June 20, 2026

Mi Tía Hizo Brujería En Nuestra Casa Y Maldijo A Mi Mamá - Historias De Terror - REDE

Mi Tía Hizo Brujería En Nuestra Casa Y Maldijo A Mi Mamá - Historias De Terror - REDE
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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi tía llegó a vivir con nosotros porque dijo que se había quedado sin casa. Mi papá la recibió por ser su hermana y mi mamá aceptó. Le dieron el cuarto del fondo, el que daba al patio. Traía dos maletas y una caja. Mi papá quiso ayudarla, pero ella no lo dejó. Entró al cuarto, cerró la puerta y tardó en salir. Cuando volvió al pasillo, ya traía la llave en la mano. Mi mamá le preguntó si necesitaba algo y ella le respondió que quería descansar. Los primeros días fueron tranquilos. Mi tía comía con nosotros, lavaba su plato y hablaba poco. Mi papá pedía que la dejáramos adaptarse, pero mi mamá empezó a notar cosas. Mi tía cerraba el cuarto cada vez que salía, aunque solo fuera al baño o al patio. Si alguien pasaba por el pasillo, guardaba silencio. Una noche me levanté a tomar agua y vi luz debajo de su puerta. Era luz baja, de veladoras.

1:05 Me quedé en la cocina y escuché su voz. Hablaba despacio, con frases cortas, y después comenzaron unos golpes sobre una mesa. Regresé a mi cuarto y al día siguiente se lo conté a mi mamá. Con los días los ruidos aumentaron. Se oían muebles arrastrándose, agua cayendo en un recipiente y una voz baja que se repetía durante varios minutos. Una madrugada escuchamos una gallina dentro de la casa y el sonido venía del cuarto de mi tía. Mi mamá salió primero, luego salí yo y después mi papá. Nos quedamos frente a la puerta. Adentro mi tía hablaba, no rezaba oraciones de iglesia. Decía que cumplía con su parte, que entregaba la sangre y que pedía protección. Mi papá le ordenó que abriera. Ella dejó de hablar pero no abrió. Mi papá se enojó y le recordó que esa era su casa y que tenía derecho a saber qué pasaba ahí dentro.

2:07 Mi tía respondió desde el cuarto que estaba ocupada. Mi mamá le pidió que esperara. Él se quedó frente a la puerta, luego se fue a la sala. Esa noche nadie descansó. Al día siguiente, mi mamá habló con mi tía. Le dijo que si necesitaba ayuda, podía pedirla, pero que no iba a permitir rituales ni cosas extrañas en la casa. Mi tía respondió que mi mamá no debía meterse en asuntos que no entendía. Mi mamá le contestó que también era su casa y que sus hijos estaban asustados. Mi tía se metió al cuarto y cerró con llave. Esa tarde, cuando mi tía salió al patio, mi mamá vio parte del cuarto desde el pasillo. Vio veladoras, una mesa, una imagen oscura y manchas en el piso, cerca de una cubeta.

2:57 Mi tía la descubrió mirando y cerró la puerta de golpe. Mi mamá esperó a que mi papá regresara, y cuando llegó, le contó todo. Esta vez no lo dejó pasar. Esperó a que mi tía saliera y le dijo que necesitaba revisar el cuarto. Ella se negó y mi papá le preguntó qué escondía. Mi tía respondió que él no debía abrir esa puerta. Esa noche mi papá se quedó en la sala y mi mamá también permaneció despierta. Yo estaba en mi cuarto con la puerta abierta. Cuando volvió la luz debajo de la puerta, mi papá caminó hacia el fondo y le pidió a mi tía que abriera, pero ella no respondió. Después escuchamos su voz, más clara que antes.

3:42 Le rezaba al diablo. Pedía que recibiera la sangre, que aceptara lo ofrecido y que no dejara sin pago a quien le había servido. Mi papá fue por una herramienta y abrió la puerta. Mi mamá y yo nos quedamos en el pasillo. Al entrar vimos el altar. Había veladoras, una imagen del diablo, sangre en un recipiente, fotografías y restos de una gallina. Mi tía estaba de rodillas con las manos manchadas. No gritó ni escondió nada. Miró a mi papá de frente. Mi mamá empezó a llorar. Mi papá ordenó a mi tía que se levantara. Ella obedeció. Él le preguntó qué hacía en su casa y ella respondió que ya estaba hecho y que no podía detenerlo.

4:29 Mi papá le dijo que recogiera sus cosas y se fuera. Mi tía volteó hacia mi mamá y dijo que ella iba a pagar primero. que ya estaba entregada, que su cuerpo iba a fallar poco a poco y que nadie volvería a dormir tranquilo. Mi papá le advirtió que no amenazara a su familia, pero mi tía siguió mirando a mi mamá y dijo que cada puerta y cada ventana nos iba a recordar esa noche. Mi mamá le pidió que se callara. Mi papá la sacó del cuarto y le ordenó tomar sus maletas. Ella recogió sus cosas. Mi papá no le permitió llevarse nada del altar. La acompañó hasta la puerta principal. Pero antes de irse, mi tía volvió a decir que mi mamá ya estaba ofrecida y que no íbamos a romper eso con rezos ni médicos.

5:19 Luego se fue caminando y nadie salió detrás de ella. Mi papá cerró con llave, después regresó al cuarto y metió todo en bolsas y no dejó que mi mamá tocara nada. Al levantar unas fotografías, encontró una de mi mamá doblada y amarrada con hilo negro. Se quedó quieto, la rompió y la tiró junto con lo demás. Luego, limpió el cuarto con cloro y dejó la ventana abierta. Después de esa noche, mi mamá empezó a sentirse mal. Primero tuvo dolor de cabeza, luego náuseas y cansancio. Mi papá la llevó al médico. Le revisaron la presión. Le mandaron a hacer estudios y le dieron medicamento, pero siguió igual.

6:03 Comía poco, dormía mal y se veía más débil. Luego comenzaron las cosas en las ventanas. La primera vez fue en la cocina. Yo lavaba un vaso cuando vi una cara pegada al vidrio. Tenía los ojos abiertos y la boca quieta. Solté el vaso y grité. Mi papá salió al patio, revisó la reja y la entrada, pero no encontró a nadie. Mi mamá empezó a rezar más. Mi papá decía que había que seguir con los médicos, pero dejó de burlarse de lo que veíamos. En las noches revisaba puertas y ventanas antes de acostarse. Aún así, seguían los golpes en la puerta del fondo, los pasos cerca del cuarto y los ruidos en el pasillo. Cuando mi papá abría, todo estaba vacío. Una vecina supo que mi mamá seguía enferma y mencionó a una mujer que conocía trabajos de brujería. Mi papá no quería ir porque temía meternos en algo peor. Mi mamá respondió que ya estábamos mal y al final fueron los dos. Regresaron serios. Mi mamá venía llorando. Mi papá contó que la mujer habló de un trabajo con sangre y fotografía, hecho para entregar a mi mamá como ofrenda al diablo. También dijo que el trabajo era fuerte, porque se había hecho dentro de la casa y se había repetido. La intención era acabarla poco a poco, hasta que los médicos lo tomaran por una enfermedad común. Mi papá escuchó todo y se quedó

7:34 sentado en la mesa con las manos juntas. Mi mamá se fue a acostar y no quiso cenar. Esa noche dormimos en la sala, con la luz encendida y la puerta asegurada. En la madrugada escuchamos golpes en la puerta principal. Fueron tres golpes fuertes. Mi papá se levantó. Caminó hasta la entrada y preguntó quién estaba ahí, pero nadie respondió. Mi mamá comenzó a rezar y mi hermano se cubrió hasta la cabeza. Luego se oyó una risa baja afuera. Mi papá abrió de golpe, pero la calle estaba vacía. Revisó la entrada y el patio, pero no encontró a nadie.

8:14 Cerró con llave, puso una silla contra la puerta y volvió a la sala sin decir nada. Después de eso, aceptó ir a la iglesia. Solo dijo que necesitábamos ayuda. Fuimos a misa y recuerdo a mi mamá sentada con las manos frías y la mirada fija en el altar. Mi papá habló con el sacerdote al terminar. Le contó que una familiar había hecho rituales en la casa, que habíamos encontrado sangre, fotografías y un altar, y que mi mamá estaba enferma desde esa noche. El sacerdote lo escuchó serio. Pidió que siguiéramos con los médicos y que no dejáramos sola a mi mamá Mi papá le respondió que ya había tirado todo lo del cuarto Entonces el sacerdote pidió ir a bendecir la casa Fue unos días después, rezó en la sala, en la cocina, en los cuartos y en el patio Cuando llegó al cuarto del fondo, la puerta se cerró Mi papá estaba junto a él y la abrió de inmediato El sacerdote siguió rezando y mi mamá estaba conmigo en el pasillo Cuando el agua tocó la pared donde había estado el altar, sonaron golpes dentro del cuarto. Mi papá revisó la pared y la ventana, pero no encontró nada. El sacerdote terminó la oración y nos pidió mantener la calma, pero en su cara había preocupación.

9:36 La casa estuvo tranquila poco tiempo. Mi mamá comió mejor dos días y se bañó sola. Mi papá regresó al trabajo, aunque llamaba para preguntar por ella. Yo revisaba las ventanas y mi hermano evitaba pasar por el cuarto del fondo. Una tarde llegué de la escuela y encontré a mi mamá sentada frente a la ventana de la sala. Tenía los ojos clavados en el vidrio. Me dijo que había visto a mi tía en el patio con la ropa de esa noche. Detrás de ella había una figura alta con la cara roja. Mi tía señaló a mi mamá, la figura puso una mano en el vidrio y luego desaparecieron. Me acerqué a la ventana y vi la marca afuera.

10:19 Era una mano grande con dedos largos. No la toqué. Cuando mi papá llegó, tomó una foto y llamó a la policía. Dijo que alguien estaba entrando al patio. Llegaron dos agentes, revisaron la entrada, las ventanas y la barda. Uno preguntó si teníamos problemas con alguien. Mi papá mencionó a mi tía, pero no habló del altar. Los agentes dijeron que sin una persona identificada o una entrada forzada no podían hacer mucho. Mi papá empezó a preguntar por mi tía. Un primo le dijo dónde estaba viviendo. Mi mamá le pidió que no fuera, pero él se fue solo.

10:59 Regresó con un golpe en la ceja y la camisa rota. Se sentó en la mesa y contó poco. Dijo que la encontró en una casa y que ella salió a verlo. Le pidió que dejara en paz a mi mamá. Ella respondió que mi mamá ya le pertenecía al diablo y que el trabajo no se deshacía sin entregar otra cosa. Mi papá quiso entrar, pero lo empujaron y se fue. Mi mamá empeoró después de esa visita. Bajó más de peso, caminaba lento y le salieron moretones en los brazos. Los médicos pidieron estudios nuevos y le hablaron de anemia, infección, debilidad y estrés. Mi papá guardaba los resultados en una carpeta y hacía llamadas por otra cita. En la casa siguieron los ruidos. La chapa del cuarto del fondo se movía sin que hubiera nadie adentro y en la puerta aparecían rascuños. A veces una voz llamaba a mi mamá desde el patio. Una noche la encontramos frente a la puerta principal con la mano en la chapa. Mi papá le preguntó qué hacía y ella respondió que alguien le había pedido salir. Desde entonces nadie durmió solo. Mi papá puso un mueble contra la puerta cada noche. El sacerdote volvió dos veces, rezó con nosotros y bendijo la casa otra vez. También habló con mi mamá. Le pidió que no dejara el tratamiento y que avisara si escuchaba la voz.

12:27 Mi mamá lloraba en silencio y la familia empezó a dividirse. Unos decían que debíamos buscar a otra bruja para deshacer el trabajo. Otros insistían en que todo era enfermedad y miedo. Mi papá no discutía. Decía que iba a llevar a mi mamá al médico, a la iglesia y a donde hiciera falta. Lo peor pasó otra madrugada. Mi hermano me despertó por rasguños en el cuarto del fondo. Salimos al pasillo. La puerta estaba cerrada, pero del otro lado se escuchaba una respiración lenta. Mi papá llegó con una lámpara y mi mamá apareció detrás de él descalza apoyada en la pared la chapa comenzó a moverse luego la puerta se abrió unos centímetros en la abertura vimos una cara roja pegada al borde con los ojos abiertos y la boca quieta mi papá empujó la puerta con el hombro y la cerró puso una silla contra la perilla mi mamá cayó al piso y empezó a respirar rápido mi papá la cargó al carro y la llevamos al hospital La dejaron internada, le pusieron suero, le dieron medicamento y le hicieron estudios. Los doctores hablaron con mi papá en el pasillo.

13:44 Dijeron que estaba muy débil, que tenía anemia y que necesitaban revisar más. Mi papá firmó papeles, respondió preguntas y se quedó junto a la cama. Yo lo vi sentado ahí, con la misma ropa, mirando el piso. Mientras mi mamá dormía, me dijo que no sabía si mi tía había hecho algo real o si el miedo nos estaba destruyendo. No buscaba consolarme, estaba cansado y decía lo único que tenía claro. Mi mamá salió días después con medicamentos y citas pendientes. Regresó con menos fuerza. En la casa seguimos con reglas. Nadie se quedaba solo. Nadie abría la puerta sin avisar y el cuarto del fondo permanecía cerrado. Mi papá puso una cruz arriba de la puerta y dejó una silla contra la perilla cada noche. No volvimos a ver a mi tía, pero supimos por un primo que seguía viviendo en la misma colonia. Pero mi papá no volvió a buscarla.

14:41 Dijo que no iba a traer más problemas. Las marcas siguieron apareciendo en las ventanas. A veces eran dedos, a veces una palma completa. Mi papá las limpiaba antes de que mi mamá se levantara. Una mañana lo vi hacerlo con un trapo, sin hacer ruido. Me miró y no dijo nada. Yo tampoco. Seguimos yendo a la iglesia, llevando a mi mamá al médico y revisando las puertas antes de dormir. Mi mamá no murió, pero no volvió a ser la misma. Mi papá cambió. Mi hermano dejó de dormir con la luz apagada y yo aprendí a despertar con cualquier ruido. Hasta ahora seguimos esperando una mañana sin señales en el vidrio. Había noches en que el miedo no venía de un golpe ni de una voz, sino del silencio que quedaba en la casa. Todos estábamos acostados, pero nadie dormía de verdad. Se oía el refrigerador, el viento en el patio y la respiración de mi mamá, débil, cortada por momentos. Entonces empezaba lo peor. Una sombra pasaba por la ventana, lenta, sin pasos afuera. Mi papá se levantaba y miraba por la cortina, pero no abría. Ya había aprendido que abrir no servía de nada. Una vez escuché uñas raspando el vidrio de mi cuarto. No fue un golpe fuerte, fue un sonido bajo, seguido, desde una esquina de la ventana. Me quedé sentado en la cama con la espalda pegada a la pared sin poder llamar

16:14 a nadie. Después vi una mano apoyarse en el cristal. Los dedos eran largos y oscuros. Se quedaron ahí unos segundos. Luego bajaron despacio, dejando marcas. Mi mamá decía que, cuando cerraba los ojos, escuchaba a mi tía rezando cerca de su oído. No la veía, pero reconocía su voz. Decía que el diablo cobraba despacio, que no tenía prisa, que lo entregado ya no se soltaba fácil. Mi papá le pedía que rezara, pero ella respondía que las oraciones le pesaban en la boca. Lo más duro era sentir que la casa tenía dueño. Caminábamos despacio, hablábamos bajo y evitábamos mirar las ventanas de noche. Había una presencia pegada a nosotros, en los pasillos, detrás de las puertas, junto al cuarto del fondo. Nadie la nombraba, nadie quería decir que era el diablo, pero todos lo pensábamos. Y cada vez que amanecía otra marca en el vidrio, entendíamos que seguía ahí.