Sept. 10, 2026

Yo Fui Quien Le Abrió La Puerta

Yo Fui Quien Le Abrió La Puerta
Yo Fui Quien Le Abrió La Puerta
REDE (Relatos Desclasificados)
Yo Fui Quien Le Abrió La Puerta

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:05 Durante tres semanas me estuve muriendo de hambre, aunque seguía comiendo todos los días, porque cada vez que intentaba tragar comida normal, terminaba vomitando tierra. No eran restos oscuros ni comida mal digerida, sino tierra húmeda, con pequeñas piedras y pedazos de raíz. La primera vez pensé que la comida estaba contaminada. La segunda fui al hospital y después de varios estudios y dos ingresos, Los médicos seguían sin encontrar una causa. En menos de un mes perdí 20 kilos. Empecé a deshidratarme. Mi presión bajaba sin aviso y los riñones comenzaron a fallar. Apenas podía caminar unos minutos sin sentir que las piernas cedían. Había una excepción que los médicos tampoco podían explicar. Mi cuerpo aceptaba únicamente el guiso de carne que preparaba mi suegra en casa. Ofelia empezó a llevarlo a nuestra casa cuando me vio empeorar. Casi siempre dejaba suficiente para varias porciones y Lucía, mi esposa, se encargaba de calentarlo. Yo podía terminar un plato completo sin náuseas, pero si intentaba comer pan, fruta, huevo o cualquier otra cosa, poco después acababa en el baño expulsando aquella tierra. Los médicos llegaron a preguntarme si la estaba comiendo a escondidas. Lucía nunca me acusó, aunque empezó a preguntarme si tomaba algo sin decírselo, o si podía estar haciendo cosas que después no recordaba. Yo mismo llegué a

1:39 dudar de lo que me ocurría, hasta que encontré el cabello dentro del guiso. Estaba comiendo cuando sentí algo entre los dientes. Saqué un mechón sujeto por un extremo con hilo rojo. Primero pensé que pertenecía a Ofelia, pero el color era casi igual al mío y el largo me resultó familiar. Semanas antes me había golpeado la cabeza al desmayarme y en el hospital tuvieron que cortarme una parte del cabello para curar la herida. Ofelia estuvo ahí, recogió mi ropa y guardó mis cosas mientras me atendían. No podía demostrar que aquel mechón fuera mío, pero dejé el plato. Al poco rato empezaron las náuseas. Intenté beber agua y también la vomité. Después volvió a salir tierra. Esa noche, cuando el dolor ya no me dejaba descansar, calenté una porción del guiso y la comí. Mi cuerpo la retuvo.

2:34 No le dije nada a Lucía ni enfrenté a Ofelia. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo antes de acusar a alguien. Al día siguiente, fui a casa de mi suegra cuando sabía que estaría afuera. Todavía tenía una llave porque meses antes habíamos cuidado la casa durante una ausencia suya. Revisé la cocina y dentro de un mueble encontré una caja cerrada. La forcé. Había varios frascos, tres tenían mi nombre y dos llevaban el de Lucía. En los míos encontré cabello, uñas, una fotografía, restos secos de comida y un recipiente lleno de tierra. En los de Lucía había pelo, una pulsera que había perdido tiempo atrás y otros objetos que reconocí como suyos. Tomé fotografías con el teléfono y antes de cerrar la caja vi varios sobres con hilo rojo, igual al que sujetaba el mechón de mi plato. Salí sin llevarme nada pues tenía imágenes de objetos personales guardados en frascos, pero seguía sin tener una explicación para lo que estaba pasando.

3:39 Tampoco sabía qué podía denunciar. Cuando se lo conté a mi madre, me dio el nombre de una mujer llamada Adela, una curandera conocida por atender casos relacionados con brujería. Yo nunca había buscado ayuda de ese tipo y dudaba de que los frascos tuvieran relación con brujería, pero los médicos no sabían qué más revisar y mi cuerpo seguía deteriorándose. Así que fui a verla. Le enseñé las fotografías sin mencionar el cabello que había encontrado en la comida. Adela las revisó y me preguntó quién cocinaba para mí. Le respondí que mi suegra. Luego quiso saber si había otra persona enferma en mi familia. Pensé en Lucía. Llevaba casi dos años con fiebre, cansancio, desmayos y periodos de debilidad que algunos días le impedían salir sola. Los médicos tampoco habían establecido una causa definitiva. Adela preguntó si mi esposa había mejorado desde que yo empecé a enfermar. Me quedé callado unos segundos y pensé en los últimos días. Mientras yo perdía peso, Lucía había recuperado fuerzas, volvía a salir sola, comía mejor y llevaba varios días sin fiebre, pero yo no había unido esos hechos. Adela identificó esos elementos como una práctica de vudú criollo, hecha con comida y objetos personales para mantener un vínculo. fue directa. Dijo que el

5:09 objetivo era transferir fuerza de un cuerpo a otro, y que si Ofelia controlaba el vínculo, yo estaba alimentando a Lucía sin saberlo. Le pregunté si podía dejar de comer el guiso. Respondió que hacerlo de golpe era peligroso, porque mi organismo ya rechazaba todo lo demás. Eso ya lo había comprobado durante semanas. Le pregunté cómo podía detenerlo y me dijo que la persona que controlaba el vínculo debía ingerir sangre de alguien ajeno a la familia para devolver el efecto hacia su origen. Lo llamó ritual de espejo. Preparó un frasco con unas gotas de su sangre y me pidió que no añadiera ninguna otra cosa. Me indicó que debía mezclarlas en algo que Ofelia bebiera por voluntad propia.

5:58 Antes de irme, le pregunté qué podía ocurrirle a Lucía. Adela respondió que quizá se debilitara durante un tiempo, porque dejaría de recibir lo que habían extraído de mí. Insistí en saber si corría otro peligro, y me aseguró que el ritual iba contra quien había iniciado el vínculo. Guardé el frasco y regresé a casa. Ofelia estaba en la cocina. Había llevado otro recipiente con guiso. y me preguntó en dónde había estado. Le dije que había salido por asuntos médicos. Me observó unos segundos, calentó la comida y permaneció cerca hasta que terminé. Entonces noté una conducta que llevaba semanas repitiendo.

6:42 Nunca dejaba el recipiente y se marchaba. Siempre esperaba a verme comer. Al día siguiente volvió y aceptó una taza de café. Esperé a que saliera de la cocina. Saqué el frasco de Adela. Puse unas gotas y lo revolví. Cuando regresó, le acerqué la taza. Ofelia bebió y después me sirvió el guiso. Empecé a comer mientras ella continuaba tomando café. Después de varias cucharadas, el dolor constante del abdomen comenzó a ceder. Respiré mejor y las manos dejaron de temblarme. Ofelia apoyó la taza sobre la mesa y se llevó una mano al estómago. Luego intentó levantarse, perdió fuerza y cayó junto a la silla. Lucía salió al escuchar el golpe y corrió hacia su madre. Ofelia empezó a vomitar. Primero salió el café, luego una masa oscura cayó al piso. Me acerqué y la vi con claridad.

7:38 Era tierra. Lucía se arrodilló junto a ella y trató de sostenerla mientras buscaba el teléfono. Yo seguía de pie, mirando el piso y mis manos, sin sentir el temblor de antes. Minutos antes, apenas podía mantenerme sentado. Ahora podía respirar sin dolor y sostener el vaso sin temblar. Lucía me preguntó qué estaba pasando, pero yo no sabía qué iba a ocurrir después. Ofelia levantó la cabeza, me miró y después fijó los ojos en la taza. Me señaló con la mano. Intentó acercarse a mí, pero volvió a perder fuerzas y cayó. Mientras Lucía pedía ayuda, tomé un vaso de agua y lo bebí. Esperé y mi estómago lo retuvo. Después comí un pedazo de pan y tampoco lo devolví. Ofelia seguía empeorando mientras yo recuperaba algo de fuerza por primera vez en semanas. En ese momento creí que todo había terminado y que había ganado. Ese fue el error que más caro me salió. Ofelia quedó hospitalizada y los médicos encontraron varios de los mismos problemas que yo había presentado. Presión muy baja, daño renal y una debilidad que avanzaba rápido. Lucía se quedó con su madre mientras a mí también me revisaban. Yo seguía mal, pero podía beber agua y comer sin vomitar. Intenté llamar a Adela para contarle lo ocurrido, aunque no respondió. Le dejé un mensaje. Mi preocupación era Lucía, porque si Adela tenía razón,

9:11 mi esposa debía debilitarse. Pero ocurrió lo contrario. Mientras Ofelia empeoraba, Lucía se mantenía estable. Horas después me avisó que su madre había muerto. Habló con calma y me pidió que regresara a casa mientras ella terminaba los trámites. Cuando llegué, tiré el último recipiente de guiso que Ofelia había dejado y saqué de la cocina todo lo preparado por ella. Después comí algo comprado fuera. Esperé las náuseas, el dolor y la tierra, pero no apareció nada. De verdad pensé que el vínculo había terminado. Lucía regresó más tarde con dos bolsas de comida. Durante casi dos años había caminado despacio por la debilidad, pero esa noche las cargó sin esfuerzo.

10:00 le pregunté cómo se sentía y me respondió que bien, no lloraba ni hablaba mucho de su madre, luego sacó carne, papas y los ingredientes del guiso, le pregunté por qué había comprado eso y dijo que quería cocinar, Lucía había intentado aprender esa receta varias veces y siempre terminaba llamando a Ofelia porque olvidaba cantidades o pasos. Pero esa vez empezó a prepararla. No consultó el teléfono, no buscó una receta. Agregó sal con los dedos, un gesto que yo había visto muchas veces en Ofelia. Después abrió el mueble y sacó un plato azul con un borde astillado. Era el que su madre usaba para servirme y que Lucía casi nunca tocaba. Lo puso frente a mí. Le pregunté por qué había elegido ese, y respondió que yo siempre comía ahí.

10:54 Le dije que estaba equivocada. Entonces levantó un lado de la boca al sonreír. Ofelia hacía eso cuando estaba molesta y quería ocultarlo. Yo todavía no sabía qué estaba viendo realmente. Sentí un golpe en el estómago. Lucía terminó de servir el guiso y me pidió que comiera, pero le dije que no tenía hambre. Su expresión se endureció y volvió a pedirme que me sentara. No obedecí, entonces me llamó Mateito. Ofelia había empezado a usar ese apodo cuando Lucía y yo éramos novios. Yo siempre le pedía que no lo hiciera y mi esposa lo sabía. Ella nunca me había llamado así. Le pregunté por qué acababa de decirlo y me respondió que se le había salido. Saqué el teléfono y llamé a Adela. Esta vez me contestó. Me alejé de la cocina y le dije que Ofelia había muerto, pero Lucía estaba cocinando igual que ella. Había usado el mismo plato, sonreía y acababa de llamarme por el apodo de su madre. Adela guardó silencio. Le pregunté qué había hecho.

12:04 y respondió que había roto mi parte del vínculo. Le recordé que le había preguntado dos veces si Lucía corría peligro. Después volvió a callarse. Le exigí una explicación, y Adela admitió que los objetos de Lucía guardados en los frascos no servían solo para transferirle fuerza. Ofelia llevaba tiempo preparando el cuerpo de su hija para recibirla. La enfermedad de Lucía formaba parte del proceso. Primero la había debilitado, y después había utilizado mi energía para reconstruirlo. Le pregunté por qué no me lo dijo antes. Respondió que si yo hubiera conocido el resultado posible, nunca habría puesto su sangre en el café. La verdad tenía razón. Le pregunté si podía sacar a Ofelia del cuerpo de mi esposa. Adela dijo que no conocía ningún método que pudiera hacerlo sin arriesgar la vida de Lucía. Dijo que yo le había pedido detener la transferencia que me estaba matando, y eso había hecho. Corté la llamada. Cuando regresé a la cocina, Lucía seguía frente al plato. Le pregunté dónde estaba mi esposa, pero no respondió. Le pregunté si Lucía seguía consciente, si podía escucharme o si quedaba algo de ella dentro. Acercó el plato y me dijo que comiera antes de que se enfriara. salí de la casa sin tocar la comida, pasé la noche fuera y pude comer sin problemas, también

13:34 bebí agua y dormí varias horas, a la mañana siguiente seguía estable, así que pensé que bastaba con mantenerme lejos, durante el día recibí varios mensajes de Lucía, algunos preguntaban en dónde estaba y decían que necesitábamos hablar, otro decía que no debía obligarla a ir por mí, no respondí, Más tarde pedí comida, di unos bocados y sentí las náuseas. Corrí al baño y vomité tierra. Intenté tomar agua, pero la expulsé también. Llamé a Adela y le conté lo ocurrido. Me preguntó cuánto tiempo llevaba lejos de Lucía. Después explicó que el vínculo con el cuerpo de Ofelia había terminado, pero una parte había pasado al nuevo cuerpo. Yo seguía unido a quien ocupara su lugar dentro del ritual. Regresé a casa. Lucía abrió la puerta antes de que tocara y en la cocina había un plato con el mismo guiso.

14:34 Me senté porque llevaba horas sin retener nada. Probé una cucharada y el dolor bajó. Comí otra y las náuseas desaparecieron. Lucía se sentó frente a mí y esperó hasta que terminé. Durante los días siguientes recuperé fuerza y mis análisis siguieron mejorando. Lucía estaba completamente sana. Ya no tenía fiebre, no se desmayaba y había dejado varios medicamentos. Nadie relacionó nuestra recuperación con la muerte de Ofelia. Yo tampoco podía demostrar lo ocurrido. Intenté dormir en otra habitación y volví a enfermarme. Preparé mi propia comida y pasó lo mismo. Lucía nunca tenía que obligarme. Cocinaba, dejaba el plato y esperaba. Si comía, mi cuerpo funcionaba, pero si me negaba. Todo volvía a empezar.

15:27 Un día aproveché que salió y revisé el lugar donde guardaba algunos productos de limpieza. Encontré un frasco con mi nombre. Dentro había cabello, uñas y tierra. Lo dejé en su sitio y, cuando Lucía regresó, vio el mueble abierto y me miró, pero no preguntó nada. Empezó a preparar la cena y mientras cocinaba hizo una llamada. Solo escuché una parte. Preguntó cuánto tiempo debía esperar antes de iniciar otra transferencia. Me quedé en el pasillo. Ella giró la cabeza, levantó un lado de la boca y siguió hablando. A la mañana siguiente, encontré otro frasco junto al mío. Estaba vacío y no tenía nombre. Pensé en marcharme otra vez, pero ya sabía lo que ocurriría. Podía denunciarla, aunque no tenía pruebas que explicaran nada. También podía intentar detenerla por mi cuenta.

16:20 Pero cada vez que la miraba, seguía viendo la cara de Lucía, y esa duda bastaba para frenarme. No sabía si mi esposa había desaparecido o si seguía consciente dentro de su propio cuerpo. Esa noche, Lucía volvió a servirme el guiso. Antes de comer, moví la carne con el tenedor y encontré un mechón largo amarrado con hilo rojo. Era el cabello de Lucía. Levanté la vista y ella seguía observándome. Tomé el teléfono para llamar a Adela, pero Lucía me pidió que no lo hiciera. La voz era la de mi esposa, aunque la forma de pronunciar mi nombre y la calma con que me dio la orden pertenecían a Ofelia. Dejé el teléfono sobre la mesa. Ella acercó el plato y volvió a llamarme Mateito. Desde entonces entendí el precio del ritual. Yo había conseguido dejar de morir, pero también había abierto el camino para que Ofelia ocupara el cuerpo de Lucía. Y cada vez que intento alejarme o rechazo su comida, vuelvo a vomitar tierra. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver La brujería estaba escondida en mi comida y también La noche en que la maldición cambió de dueño.