Yo Fui Quien Le Abrió La Puerta
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0:05 Durante tres semanas me estuve muriendo de hambre, aunque seguÃa comiendo todos los dÃas, porque cada vez que intentaba tragar comida normal, terminaba vomitando tierra. No eran restos oscuros ni comida mal digerida, sino tierra húmeda, con pequeñas piedras y pedazos de raÃz. La primera vez pensé que la comida estaba contaminada. La segunda fui al hospital y después de varios estudios y dos ingresos, Los médicos seguÃan sin encontrar una causa. En menos de un mes perdà 20 kilos. Empecé a deshidratarme. Mi presión bajaba sin aviso y los riñones comenzaron a fallar. Apenas podÃa caminar unos minutos sin sentir que las piernas cedÃan. HabÃa una excepción que los médicos tampoco podÃan explicar. Mi cuerpo aceptaba únicamente el guiso de carne que preparaba mi suegra en casa. Ofelia empezó a llevarlo a nuestra casa cuando me vio empeorar. Casi siempre dejaba suficiente para varias porciones y LucÃa, mi esposa, se encargaba de calentarlo. Yo podÃa terminar un plato completo sin náuseas, pero si intentaba comer pan, fruta, huevo o cualquier otra cosa, poco después acababa en el baño expulsando aquella tierra. Los médicos llegaron a preguntarme si la estaba comiendo a escondidas. LucÃa nunca me acusó, aunque empezó a preguntarme si tomaba algo sin decÃrselo, o si podÃa estar haciendo cosas que después no recordaba. Yo mismo llegué a
1:39 dudar de lo que me ocurrÃa, hasta que encontré el cabello dentro del guiso. Estaba comiendo cuando sentà algo entre los dientes. Saqué un mechón sujeto por un extremo con hilo rojo. Primero pensé que pertenecÃa a Ofelia, pero el color era casi igual al mÃo y el largo me resultó familiar. Semanas antes me habÃa golpeado la cabeza al desmayarme y en el hospital tuvieron que cortarme una parte del cabello para curar la herida. Ofelia estuvo ahÃ, recogió mi ropa y guardó mis cosas mientras me atendÃan. No podÃa demostrar que aquel mechón fuera mÃo, pero dejé el plato. Al poco rato empezaron las náuseas. Intenté beber agua y también la vomité. Después volvió a salir tierra. Esa noche, cuando el dolor ya no me dejaba descansar, calenté una porción del guiso y la comÃ. Mi cuerpo la retuvo.
2:34 No le dije nada a LucÃa ni enfrenté a Ofelia. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo antes de acusar a alguien. Al dÃa siguiente, fui a casa de mi suegra cuando sabÃa que estarÃa afuera. TodavÃa tenÃa una llave porque meses antes habÃamos cuidado la casa durante una ausencia suya. Revisé la cocina y dentro de un mueble encontré una caja cerrada. La forcé. HabÃa varios frascos, tres tenÃan mi nombre y dos llevaban el de LucÃa. En los mÃos encontré cabello, uñas, una fotografÃa, restos secos de comida y un recipiente lleno de tierra. En los de LucÃa habÃa pelo, una pulsera que habÃa perdido tiempo atrás y otros objetos que reconocà como suyos. Tomé fotografÃas con el teléfono y antes de cerrar la caja vi varios sobres con hilo rojo, igual al que sujetaba el mechón de mi plato. Salà sin llevarme nada pues tenÃa imágenes de objetos personales guardados en frascos, pero seguÃa sin tener una explicación para lo que estaba pasando.
3:39 Tampoco sabÃa qué podÃa denunciar. Cuando se lo conté a mi madre, me dio el nombre de una mujer llamada Adela, una curandera conocida por atender casos relacionados con brujerÃa. Yo nunca habÃa buscado ayuda de ese tipo y dudaba de que los frascos tuvieran relación con brujerÃa, pero los médicos no sabÃan qué más revisar y mi cuerpo seguÃa deteriorándose. Asà que fui a verla. Le enseñé las fotografÃas sin mencionar el cabello que habÃa encontrado en la comida. Adela las revisó y me preguntó quién cocinaba para mÃ. Le respondà que mi suegra. Luego quiso saber si habÃa otra persona enferma en mi familia. Pensé en LucÃa. Llevaba casi dos años con fiebre, cansancio, desmayos y periodos de debilidad que algunos dÃas le impedÃan salir sola. Los médicos tampoco habÃan establecido una causa definitiva. Adela preguntó si mi esposa habÃa mejorado desde que yo empecé a enfermar. Me quedé callado unos segundos y pensé en los últimos dÃas. Mientras yo perdÃa peso, LucÃa habÃa recuperado fuerzas, volvÃa a salir sola, comÃa mejor y llevaba varios dÃas sin fiebre, pero yo no habÃa unido esos hechos. Adela identificó esos elementos como una práctica de vudú criollo, hecha con comida y objetos personales para mantener un vÃnculo. fue directa. Dijo que el
5:09 objetivo era transferir fuerza de un cuerpo a otro, y que si Ofelia controlaba el vÃnculo, yo estaba alimentando a LucÃa sin saberlo. Le pregunté si podÃa dejar de comer el guiso. Respondió que hacerlo de golpe era peligroso, porque mi organismo ya rechazaba todo lo demás. Eso ya lo habÃa comprobado durante semanas. Le pregunté cómo podÃa detenerlo y me dijo que la persona que controlaba el vÃnculo debÃa ingerir sangre de alguien ajeno a la familia para devolver el efecto hacia su origen. Lo llamó ritual de espejo. Preparó un frasco con unas gotas de su sangre y me pidió que no añadiera ninguna otra cosa. Me indicó que debÃa mezclarlas en algo que Ofelia bebiera por voluntad propia.
5:58 Antes de irme, le pregunté qué podÃa ocurrirle a LucÃa. Adela respondió que quizá se debilitara durante un tiempo, porque dejarÃa de recibir lo que habÃan extraÃdo de mÃ. Insistà en saber si corrÃa otro peligro, y me aseguró que el ritual iba contra quien habÃa iniciado el vÃnculo. Guardé el frasco y regresé a casa. Ofelia estaba en la cocina. HabÃa llevado otro recipiente con guiso. y me preguntó en dónde habÃa estado. Le dije que habÃa salido por asuntos médicos. Me observó unos segundos, calentó la comida y permaneció cerca hasta que terminé. Entonces noté una conducta que llevaba semanas repitiendo.
6:42 Nunca dejaba el recipiente y se marchaba. Siempre esperaba a verme comer. Al dÃa siguiente volvió y aceptó una taza de café. Esperé a que saliera de la cocina. Saqué el frasco de Adela. Puse unas gotas y lo revolvÃ. Cuando regresó, le acerqué la taza. Ofelia bebió y después me sirvió el guiso. Empecé a comer mientras ella continuaba tomando café. Después de varias cucharadas, el dolor constante del abdomen comenzó a ceder. Respiré mejor y las manos dejaron de temblarme. Ofelia apoyó la taza sobre la mesa y se llevó una mano al estómago. Luego intentó levantarse, perdió fuerza y cayó junto a la silla. LucÃa salió al escuchar el golpe y corrió hacia su madre. Ofelia empezó a vomitar. Primero salió el café, luego una masa oscura cayó al piso. Me acerqué y la vi con claridad.
7:38 Era tierra. LucÃa se arrodilló junto a ella y trató de sostenerla mientras buscaba el teléfono. Yo seguÃa de pie, mirando el piso y mis manos, sin sentir el temblor de antes. Minutos antes, apenas podÃa mantenerme sentado. Ahora podÃa respirar sin dolor y sostener el vaso sin temblar. LucÃa me preguntó qué estaba pasando, pero yo no sabÃa qué iba a ocurrir después. Ofelia levantó la cabeza, me miró y después fijó los ojos en la taza. Me señaló con la mano. Intentó acercarse a mÃ, pero volvió a perder fuerzas y cayó. Mientras LucÃa pedÃa ayuda, tomé un vaso de agua y lo bebÃ. Esperé y mi estómago lo retuvo. Después comà un pedazo de pan y tampoco lo devolvÃ. Ofelia seguÃa empeorando mientras yo recuperaba algo de fuerza por primera vez en semanas. En ese momento creà que todo habÃa terminado y que habÃa ganado. Ese fue el error que más caro me salió. Ofelia quedó hospitalizada y los médicos encontraron varios de los mismos problemas que yo habÃa presentado. Presión muy baja, daño renal y una debilidad que avanzaba rápido. LucÃa se quedó con su madre mientras a mà también me revisaban. Yo seguÃa mal, pero podÃa beber agua y comer sin vomitar. Intenté llamar a Adela para contarle lo ocurrido, aunque no respondió. Le dejé un mensaje. Mi preocupación era LucÃa, porque si Adela tenÃa razón,
9:11 mi esposa debÃa debilitarse. Pero ocurrió lo contrario. Mientras Ofelia empeoraba, LucÃa se mantenÃa estable. Horas después me avisó que su madre habÃa muerto. Habló con calma y me pidió que regresara a casa mientras ella terminaba los trámites. Cuando llegué, tiré el último recipiente de guiso que Ofelia habÃa dejado y saqué de la cocina todo lo preparado por ella. Después comà algo comprado fuera. Esperé las náuseas, el dolor y la tierra, pero no apareció nada. De verdad pensé que el vÃnculo habÃa terminado. LucÃa regresó más tarde con dos bolsas de comida. Durante casi dos años habÃa caminado despacio por la debilidad, pero esa noche las cargó sin esfuerzo.
10:00 le pregunté cómo se sentÃa y me respondió que bien, no lloraba ni hablaba mucho de su madre, luego sacó carne, papas y los ingredientes del guiso, le pregunté por qué habÃa comprado eso y dijo que querÃa cocinar, LucÃa habÃa intentado aprender esa receta varias veces y siempre terminaba llamando a Ofelia porque olvidaba cantidades o pasos. Pero esa vez empezó a prepararla. No consultó el teléfono, no buscó una receta. Agregó sal con los dedos, un gesto que yo habÃa visto muchas veces en Ofelia. Después abrió el mueble y sacó un plato azul con un borde astillado. Era el que su madre usaba para servirme y que LucÃa casi nunca tocaba. Lo puso frente a mÃ. Le pregunté por qué habÃa elegido ese, y respondió que yo siempre comÃa ahÃ.
10:54 Le dije que estaba equivocada. Entonces levantó un lado de la boca al sonreÃr. Ofelia hacÃa eso cuando estaba molesta y querÃa ocultarlo. Yo todavÃa no sabÃa qué estaba viendo realmente. Sentà un golpe en el estómago. LucÃa terminó de servir el guiso y me pidió que comiera, pero le dije que no tenÃa hambre. Su expresión se endureció y volvió a pedirme que me sentara. No obedecÃ, entonces me llamó Mateito. Ofelia habÃa empezado a usar ese apodo cuando LucÃa y yo éramos novios. Yo siempre le pedÃa que no lo hiciera y mi esposa lo sabÃa. Ella nunca me habÃa llamado asÃ. Le pregunté por qué acababa de decirlo y me respondió que se le habÃa salido. Saqué el teléfono y llamé a Adela. Esta vez me contestó. Me alejé de la cocina y le dije que Ofelia habÃa muerto, pero LucÃa estaba cocinando igual que ella. HabÃa usado el mismo plato, sonreÃa y acababa de llamarme por el apodo de su madre. Adela guardó silencio. Le pregunté qué habÃa hecho.
12:04 y respondió que habÃa roto mi parte del vÃnculo. Le recordé que le habÃa preguntado dos veces si LucÃa corrÃa peligro. Después volvió a callarse. Le exigà una explicación, y Adela admitió que los objetos de LucÃa guardados en los frascos no servÃan solo para transferirle fuerza. Ofelia llevaba tiempo preparando el cuerpo de su hija para recibirla. La enfermedad de LucÃa formaba parte del proceso. Primero la habÃa debilitado, y después habÃa utilizado mi energÃa para reconstruirlo. Le pregunté por qué no me lo dijo antes. Respondió que si yo hubiera conocido el resultado posible, nunca habrÃa puesto su sangre en el café. La verdad tenÃa razón. Le pregunté si podÃa sacar a Ofelia del cuerpo de mi esposa. Adela dijo que no conocÃa ningún método que pudiera hacerlo sin arriesgar la vida de LucÃa. Dijo que yo le habÃa pedido detener la transferencia que me estaba matando, y eso habÃa hecho. Corté la llamada. Cuando regresé a la cocina, LucÃa seguÃa frente al plato. Le pregunté dónde estaba mi esposa, pero no respondió. Le pregunté si LucÃa seguÃa consciente, si podÃa escucharme o si quedaba algo de ella dentro. Acercó el plato y me dijo que comiera antes de que se enfriara. salà de la casa sin tocar la comida, pasé la noche fuera y pude comer sin problemas, también
13:34 bebà agua y dormà varias horas, a la mañana siguiente seguÃa estable, asà que pensé que bastaba con mantenerme lejos, durante el dÃa recibà varios mensajes de LucÃa, algunos preguntaban en dónde estaba y decÃan que necesitábamos hablar, otro decÃa que no debÃa obligarla a ir por mÃ, no respondÃ, Más tarde pedà comida, di unos bocados y sentà las náuseas. Corrà al baño y vomité tierra. Intenté tomar agua, pero la expulsé también. Llamé a Adela y le conté lo ocurrido. Me preguntó cuánto tiempo llevaba lejos de LucÃa. Después explicó que el vÃnculo con el cuerpo de Ofelia habÃa terminado, pero una parte habÃa pasado al nuevo cuerpo. Yo seguÃa unido a quien ocupara su lugar dentro del ritual. Regresé a casa. LucÃa abrió la puerta antes de que tocara y en la cocina habÃa un plato con el mismo guiso.
14:34 Me senté porque llevaba horas sin retener nada. Probé una cucharada y el dolor bajó. Comà otra y las náuseas desaparecieron. LucÃa se sentó frente a mà y esperó hasta que terminé. Durante los dÃas siguientes recuperé fuerza y mis análisis siguieron mejorando. LucÃa estaba completamente sana. Ya no tenÃa fiebre, no se desmayaba y habÃa dejado varios medicamentos. Nadie relacionó nuestra recuperación con la muerte de Ofelia. Yo tampoco podÃa demostrar lo ocurrido. Intenté dormir en otra habitación y volvà a enfermarme. Preparé mi propia comida y pasó lo mismo. LucÃa nunca tenÃa que obligarme. Cocinaba, dejaba el plato y esperaba. Si comÃa, mi cuerpo funcionaba, pero si me negaba. Todo volvÃa a empezar.
15:27 Un dÃa aproveché que salió y revisé el lugar donde guardaba algunos productos de limpieza. Encontré un frasco con mi nombre. Dentro habÃa cabello, uñas y tierra. Lo dejé en su sitio y, cuando LucÃa regresó, vio el mueble abierto y me miró, pero no preguntó nada. Empezó a preparar la cena y mientras cocinaba hizo una llamada. Solo escuché una parte. Preguntó cuánto tiempo debÃa esperar antes de iniciar otra transferencia. Me quedé en el pasillo. Ella giró la cabeza, levantó un lado de la boca y siguió hablando. A la mañana siguiente, encontré otro frasco junto al mÃo. Estaba vacÃo y no tenÃa nombre. Pensé en marcharme otra vez, pero ya sabÃa lo que ocurrirÃa. PodÃa denunciarla, aunque no tenÃa pruebas que explicaran nada. También podÃa intentar detenerla por mi cuenta.
16:20 Pero cada vez que la miraba, seguÃa viendo la cara de LucÃa, y esa duda bastaba para frenarme. No sabÃa si mi esposa habÃa desaparecido o si seguÃa consciente dentro de su propio cuerpo. Esa noche, LucÃa volvió a servirme el guiso. Antes de comer, movà la carne con el tenedor y encontré un mechón largo amarrado con hilo rojo. Era el cabello de LucÃa. Levanté la vista y ella seguÃa observándome. Tomé el teléfono para llamar a Adela, pero LucÃa me pidió que no lo hiciera. La voz era la de mi esposa, aunque la forma de pronunciar mi nombre y la calma con que me dio la orden pertenecÃan a Ofelia. Dejé el teléfono sobre la mesa. Ella acercó el plato y volvió a llamarme Mateito. Desde entonces entendà el precio del ritual. Yo habÃa conseguido dejar de morir, pero también habÃa abierto el camino para que Ofelia ocupara el cuerpo de LucÃa. Y cada vez que intento alejarme o rechazo su comida, vuelvo a vomitar tierra. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver La brujerÃa estaba escondida en mi comida y también La noche en que la maldición cambió de dueño.
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