VIVIENDO Con Una BRUJA Historias De Terror - REDE
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0:05 Todo empezó de manera inocente cuando recibà en mi casa a una prima mÃa llamada Lidia. Crecimos juntas desde niñas y siempre la vi como una hermana más que como prima. Jugábamos en la misma calle, compartÃamos meriendas y pasábamos los fines de semana metidas en la casa de mi abuela, pero con el paso del tiempo ella se fue a la ciudad y perdimos contacto. Durante años no supe nada de su vida, hasta que un dÃa apareció de nuevo, con la cara cansada y la voz baja, diciéndome que habÃa tenido problemas y necesitaba un lugar tranquilo para quedarse unos dÃas. Yo, de buena fe, la recibÃ. No dudé en abrirle la puerta porque los recuerdos de la infancia pesaban más que la desconfianza. Preparé un cuarto para ella, lo limpié lo mejor que pude y quise que se sintiera cómoda. Esa noche cenamos juntas y hablamos de los viejos tiempos. Ella parecÃa agradecida. SonreÃa y me decÃa que en mi casa se sentÃa segura, que no recordaba la última vez que habÃa dormido tranquila. Yo también me sentà bien al verla de nuevo, convencida de que esos dÃas serÃan una oportunidad para recuperar la cercanÃa que tenÃamos de niñas.
1:22 Los primeros dÃas fueron normales. Lidia ayudaba a limpiar, a cocinar y a y hasta me acompañaba al mercado. ReÃa cuando recordábamos alguna travesura del pasado, y me decÃa que la comida del pueblo le sabÃa mejor que todo lo que habÃa probado en la ciudad. Yo pensaba que poco a poco se irÃa acomodando, que encontrarÃa paz, y que tal vez se quedarÃa más tiempo con nosotros. Pero esa calma no duró mucho. Al tercer o cuarto dÃa empecé a notar cosas raras. Por las noches escuchaba pasos en la casa. Al principio creà que eran mis propios hijos levantándose por agua, pero pronto me di cuenta de que era Lidia. Caminaba descalza por los pasillos, movÃa cosas en la cocina y abrÃa el refrigerador con cuidado, como tratando de no hacer ruido. No era un andar normal. HabÃa algo en la forma en que arrastraba los pies y en los murmullos que se escuchaban a ratos. Una mañana, cuando entré en su habitación para dejarle unas sábanas limpias, me encontré con algo que me heló el estómago. Sobre la mesa habÃa varios frascos pequeños llenos de lÃquidos oscuros, espesos, que no reconocÃ. También habÃa ramas secas, pedazos de hierbas y raÃces. todas amontonadas como si estuviera preparando un remedio casero.
2:45 Pero lo que más me impactó fue un plato colocado en medio de la mesa. Encima habÃa cucarachas y grillos aplastados, algunos enteros, otros medio molidos, pegados entre sà por un lÃquido espeso que olÃa fuerte. Me quedé mirando en silencio, sin saber qué decir. Ella entró justo en ese momento y me sorprendió revisando. Le pregunté qué era todo eso, y sin inmutarse me respondió que formaba parte de un tratamiento natural que estaba siguiendo. Dijo que necesitaba limpiar el cuerpo y que los insectos le daban energÃa viva. Lo dijo con una calma extraña, convencida de lo que decÃa, como si fuera lo más normal del mundo. Yo asentà para no discutir, pero por dentro sentà un profundo asco.
3:32 Decidà no comentarlo con nadie y evitar confrontarla. Pensé que, si era algo pasajero o una rareza suya, lo dejarÃa pronto. Pero en los dÃas siguientes las cosas empeoraron. Lidia comenzó a dejar platos con insectos molidos en lugares extraños. Una vez encontré un cuenco detrás de la estufa con un lÃquido espeso que se habÃa regado en el piso. Otro dÃa descubrà un plato bajo su cama lleno de hormigas muertas mezcladas con hojas trituradas. También colocaba recipientes junto a las ventanas, como si los escondiera de propósito. Yo trataba de limpiar sin hacer preguntas, pero cada vez me costaba más disimular mi incomodidad. La casa empezó a oler raro, a una mezcla de humedad y restos podridos, y aunque me repetÃa que era mi prima, que tenÃa que apoyarla, una parte de mà ya no podÃa ignorar que algo en ella habÃa cambiado demasiado desde aquellos dÃas en que éramos niñas inseparables. Con cada dÃa que pasaba, me sentÃa más incómoda con la presencia de Lidia en mi casa.
4:38 Al principio intentaba convencerme de que solo eran costumbres raras, pero llegó un punto en que ya no podÃa justificar lo que veÃa. Una noche me levanté al baño y al pasar por la ventana quedaba al patio. Noté una sombra moviéndose. Me asomé con cuidado y vi a mi prima agachada frente a un bote de plástico. RevolvÃa algo dentro con las manos, metiéndolas y sacándolas como si amasara tierra mojada. La luz de la luna dejaba ver que lo que removÃa no era solo tierra. También habÃa hojas secas y pedazos de ramas que parecÃan podridas. Abrà la puerta y le pregunté qué estaba haciendo a esas horas.
5:18 Lydia levantó la cabeza despacio, con la cara manchada de tierra, y me dijo con voceria que estaba alimentando la tierra y que no debÃa interrumpirla. Luego volvió a agacharse y siguió metiendo las manos en el bote, ignorándome por completo. Me quedé paralizada unos segundos y después preferà volver al cuarto sin decir más. Al dÃa siguiente la casa amaneció con un olor insoportable, como a podredumbre. Revisé la cocina pensando que tal vez algo se habÃa echado a perder en el refrigerador. El hedor parecÃa salir de todas partes. Abrà cajones, movà trastes hasta que llegué al horno. Dentro habÃa un trapo húmedo, arrugado, y al abrirlo descubrà que estaba lleno de insectos aplastados mezclados con sangre seca. Lo solté de inmediato con el estómago revuelto y casi vomito en el fregadero. Cuando le pedà explicaciones a Lidia, reaccionó con molestia. Me dijo que no todos entendÃan lo espiritual y que no debÃa meterme en sus cosas. Sus palabras me hicieron sentir rabia, pero también miedo. Desde ese dÃa, su comportamiento se volvió más extraño todavÃa. Empezó a hablar sola en la sala, como si conversara con alguien invisible.
6:37 Dejaba velas encendidas en rincones de la casa, algunas a punto de consumir las cortinas. A veces se sentaba frente a la mesa y se quedaba riéndose, mientras observaba cómo los insectos caminaban sobre los frascos o sobre las hojas que habÃa dejado esparcidas. Mi perro fue el primero en reaccionar distinto. Hasta entonces siempre dormÃa en mi cuarto o me acompañaba en la cocina, pero de pronto dejó de acercarse al pasillo donde estaba el cuarto de Lidia. Cada vez que ella pasaba cerca, el animal retrocedÃa con las orejas bajas, gruñendo, como si quisiera avisarme de algo. Esa conducta me inquietó más que nada, porque nunca antes lo habÃa visto rechazar a alguien asÃ. Unos dÃas después aproveché que Lidia salió al mercado para revisar su habitación. SentÃa culpa por invadir su espacio, pero la curiosidad y el miedo me empujaban a hacerlo. Entre la ropa y los trapos encontré una caja de cartón arrinconada. Dentro habÃa varios objetos que me helaron. HabÃa trozos de hueso pequeños, como de aves, uñas guardadas en bolsitas de plástico. Una botella con un lÃquido espeso y negro que olÃa a aceite quemado y varias figuras hechas con tela y alambre. Algunas tenÃan forma humana, torpe pero reconocible, como muñecos pequeños. Me quedé mirando la caja con las manos temblorosas. Sentà un frÃo recorrerme al pensar que todo eso estaba dentro de
8:07 mi casa, a unos metros de donde dormÃa mi familia. Cerré la caja de golpe y la volvà a meter debajo de la cama, con el corazón acelerado. Cuando Lidia regresó, no pude contenerme y le reclamé. Le pregunté por qué guardaba ese tipo de cosas, por qué traÃa esas porquerÃas a mi casa. Ella me miró tranquila, sin inmutarse, y me dijo que eran protecciones, que si las tiraba, todo lo que cargaban se me regresarÃa a mÃ. Lo dijo con tanta seguridad que me dejó sin palabras. Esa discusión fue el inicio del conflicto entre nosotras. A partir de ahÃ, la tensión creció cada dÃa más. Yo ya no podÃa comer tranquila porque, de repente, encontraba insectos en la comida servida.
8:53 A veces eran cucarachas en el plato, otras grillos flotando en la sopa. Una mañana descubrà el fregadero lleno de hormigas, como si alguien las hubiera echado ahà a propósito. No habÃa manera de que fuera casualidad. Con cada hallazgo sentÃa que Lydia estaba cruzando una lÃnea peligrosa. Ya no era solo su comportamiento extraño, era la sensación clara de que lo hacÃa para molestarme, para marcar territorio en mi propia casa. Y aunque intentaba mantener la calma, por dentro sabÃa que aquello terminarÃa mal. La tensión se volvió insoportable. Una de esas noches, mientras dormÃa, escuché golpes leves en la puerta de mi cuarto. Eran tres toques pausados, como si alguien hubiera puesto los nudillos con cuidado. Abrà los ojos de golpe y me quedé escuchando. El resto de la casa estaba en silencio. Me levanté con cautela, encendà la lámpara y caminé hasta la puerta. Cuando abrÃ, no habÃa nadie en el pasillo, pero al bajar la mirada vi un plato en el suelo. Estaba lleno de tierra húmeda y en medio tenÃa una vela apagada, manchada en la base por restos de cera chorreada. Lo tomé con repulsión y lo llevé directo al patio, tirándolo entre la basura. A la mañana siguiente ya no quise aguantar más. Confronté a Lidia directamente, sin rodeos. Le dije que estaba harta de sus cosas raras, que no podÃa seguir metiendo esas porquerÃas
10:23 en mi casa y que debÃa irse de inmediato. Ella no se defendió. Se quedó mirándome con una expresión frÃa, sin un gesto de arrepentimiento. Y me dijo con voz baja que me arrepentirÃa de lo que acababa de hacer. Ese tono me atravesó, pero no mostré miedo. Le cerré la puerta de su habitación y arrojé al patio todo lo que encontré. Frascos, trapos, huesos, insectos. No querÃa que nada de eso siguiera bajo mi techo. Esa misma tarde, Lidia empacó sus cosas en silencio. No me dirigió palabra alguna ni me dio la mÃnima señal de despedida. Simplemente tomó una mochila y se marchó por la puerta principal, caminando sin voltear atrás. Yo cerré con llave y sentà que por fin recuperaba mi casa. Los primeros dÃas después de su partida, el ambiente cambió. La casa se sintió tranquila, ligera, como si hubiera salido una carga. DormÃa mejor, comÃa sin pensar en insectos, y el olor extraño que solÃa rondar en los rincones desapareció. Aún asÃ, mi perro seguÃa intranquilo.
11:30 Durante las noches, no querÃa salir al patio. Cuando lo intentaba, se detenÃa en seco y regresaba corriendo a mi cuarto, con la cola entre las patas. Pasó una semana sin novedades hasta que una madrugada, al salir a sacar la basura, vi algo en la entrada. Era un costal chico, atado con un cordón de hilo rojo. El bulto estaba húmedo y despedÃa un olor penetrante, como carne descompuesta. Dudé en abrirlo, pero la curiosidad me ganó. Lo llevé al patio y deshice el nudo con cuidado. Dentro habÃa un animal muerto. No pude reconocer si era un gato o un conejo, porque el cuerpo estaba abierto desde el pecho hasta el vientre.
12:11 Lo más perturbador fue que el interior no tenÃa vÃsceras. Estaba rellenado con tierra seca, hojas y ramas pequeñas. La peste me revolvió el estómago. Me tapé la boca y lo arrojé lejos detrás del terreno baldÃo. Pasé el resto de la noche sin poder dormir, con la sensación constante de que alguien me estaba observando desde afuera. Los dÃas siguientes trajeron nuevos sobresaltos. Algunas cosas dentro de la casa empezaron a moverse solas. Vasos que amanecÃan en otro lugar, sillas que rechinaban sin que nadie las tocara, y pequeños montones de tierra que aparecÃan en la cocina como si alguien hubiera vaciado puñados durante la noche. Me pasaba horas limpiando y al otro dÃa encontraba lo mismo. Nunca descubrà de dónde salÃa esa tierra. Lo más inquietante eran las noches.
13:01 En ocasiones, cuando salÃa al patio por agua o para atender al perro, sentÃa que no estaba sola. El aire se ponÃa pesado y me parecÃa escuchar pasos descalzos sobre la tierra, lentos, arrastrados. iguales a los que escuchaba cuando lidia caminaba por los pasillos durante su estancia abrÃa la puerta con rapidez apuntaba la lámpara hacia el suelo y no habÃa nada sólo las huellas que yo misma dejaba y el perro acurrucado con miedo en la esquina nunca volvà a ver a lidia nadie en el pueblo supo decirme qué fue de ella ni dónde se quedó después de salir de mi casa se fue como habÃa llegado De repente, dejando tras de sà un ambiente extraño que tardé meses en sacudirme. Hoy, cuando pienso en esos dÃas, me convenzo de que cometà un error al recibirla. Tal vez todo empezó con buena intención, pero terminó trayendo a mi vida cosas que no entiendo ni quiero volver a vivir.
14:00 Desde entonces nunca más recibà a nadie en mi casa, ni siquiera familiares cercanos. Prefiero estar sola que abrir la puerta a alguien que traiga consigo pasos descalzos y sombras que no se van.
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