Oct. 5, 2025

VIVIENDO Con Una BRUJA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Todo empezó de manera inocente cuando recibí en mi casa a una prima mía llamada Lidia. Crecimos juntas desde niñas y siempre la vi como una hermana más que como prima. Jugábamos en la misma calle, compartíamos meriendas y pasábamos los fines de semana metidas en la casa de mi abuela, pero con el paso del tiempo ella se fue a la ciudad y perdimos contacto. Durante años no supe nada de su vida, hasta que un día apareció de nuevo, con la cara cansada y la voz baja, diciéndome que había tenido problemas y necesitaba un lugar tranquilo para quedarse unos días. Yo, de buena fe, la recibí. No dudé en abrirle la puerta porque los recuerdos de la infancia pesaban más que la desconfianza. Preparé un cuarto para ella, lo limpié lo mejor que pude y quise que se sintiera cómoda. Esa noche cenamos juntas y hablamos de los viejos tiempos. Ella parecía agradecida. Sonreía y me decía que en mi casa se sentía segura, que no recordaba la última vez que había dormido tranquila. Yo también me sentí bien al verla de nuevo, convencida de que esos días serían una oportunidad para recuperar la cercanía que teníamos de niñas.

1:22 Los primeros días fueron normales. Lidia ayudaba a limpiar, a cocinar y a y hasta me acompañaba al mercado. Reía cuando recordábamos alguna travesura del pasado, y me decía que la comida del pueblo le sabía mejor que todo lo que había probado en la ciudad. Yo pensaba que poco a poco se iría acomodando, que encontraría paz, y que tal vez se quedaría más tiempo con nosotros. Pero esa calma no duró mucho. Al tercer o cuarto día empecé a notar cosas raras. Por las noches escuchaba pasos en la casa. Al principio creí que eran mis propios hijos levantándose por agua, pero pronto me di cuenta de que era Lidia. Caminaba descalza por los pasillos, movía cosas en la cocina y abría el refrigerador con cuidado, como tratando de no hacer ruido. No era un andar normal. Había algo en la forma en que arrastraba los pies y en los murmullos que se escuchaban a ratos. Una mañana, cuando entré en su habitación para dejarle unas sábanas limpias, me encontré con algo que me heló el estómago. Sobre la mesa había varios frascos pequeños llenos de líquidos oscuros, espesos, que no reconocí. También había ramas secas, pedazos de hierbas y raíces. todas amontonadas como si estuviera preparando un remedio casero.

2:45 Pero lo que más me impactó fue un plato colocado en medio de la mesa. Encima había cucarachas y grillos aplastados, algunos enteros, otros medio molidos, pegados entre sí por un líquido espeso que olía fuerte. Me quedé mirando en silencio, sin saber qué decir. Ella entró justo en ese momento y me sorprendió revisando. Le pregunté qué era todo eso, y sin inmutarse me respondió que formaba parte de un tratamiento natural que estaba siguiendo. Dijo que necesitaba limpiar el cuerpo y que los insectos le daban energía viva. Lo dijo con una calma extraña, convencida de lo que decía, como si fuera lo más normal del mundo. Yo asentí para no discutir, pero por dentro sentí un profundo asco.

3:32 Decidí no comentarlo con nadie y evitar confrontarla. Pensé que, si era algo pasajero o una rareza suya, lo dejaría pronto. Pero en los días siguientes las cosas empeoraron. Lidia comenzó a dejar platos con insectos molidos en lugares extraños. Una vez encontré un cuenco detrás de la estufa con un líquido espeso que se había regado en el piso. Otro día descubrí un plato bajo su cama lleno de hormigas muertas mezcladas con hojas trituradas. También colocaba recipientes junto a las ventanas, como si los escondiera de propósito. Yo trataba de limpiar sin hacer preguntas, pero cada vez me costaba más disimular mi incomodidad. La casa empezó a oler raro, a una mezcla de humedad y restos podridos, y aunque me repetía que era mi prima, que tenía que apoyarla, una parte de mí ya no podía ignorar que algo en ella había cambiado demasiado desde aquellos días en que éramos niñas inseparables. Con cada día que pasaba, me sentía más incómoda con la presencia de Lidia en mi casa.

4:38 Al principio intentaba convencerme de que solo eran costumbres raras, pero llegó un punto en que ya no podía justificar lo que veía. Una noche me levanté al baño y al pasar por la ventana quedaba al patio. Noté una sombra moviéndose. Me asomé con cuidado y vi a mi prima agachada frente a un bote de plástico. Revolvía algo dentro con las manos, metiéndolas y sacándolas como si amasara tierra mojada. La luz de la luna dejaba ver que lo que removía no era solo tierra. También había hojas secas y pedazos de ramas que parecían podridas. Abrí la puerta y le pregunté qué estaba haciendo a esas horas.

5:18 Lydia levantó la cabeza despacio, con la cara manchada de tierra, y me dijo con voceria que estaba alimentando la tierra y que no debía interrumpirla. Luego volvió a agacharse y siguió metiendo las manos en el bote, ignorándome por completo. Me quedé paralizada unos segundos y después preferí volver al cuarto sin decir más. Al día siguiente la casa amaneció con un olor insoportable, como a podredumbre. Revisé la cocina pensando que tal vez algo se había echado a perder en el refrigerador. El hedor parecía salir de todas partes. Abrí cajones, moví trastes hasta que llegué al horno. Dentro había un trapo húmedo, arrugado, y al abrirlo descubrí que estaba lleno de insectos aplastados mezclados con sangre seca. Lo solté de inmediato con el estómago revuelto y casi vomito en el fregadero. Cuando le pedí explicaciones a Lidia, reaccionó con molestia. Me dijo que no todos entendían lo espiritual y que no debía meterme en sus cosas. Sus palabras me hicieron sentir rabia, pero también miedo. Desde ese día, su comportamiento se volvió más extraño todavía. Empezó a hablar sola en la sala, como si conversara con alguien invisible.

6:37 Dejaba velas encendidas en rincones de la casa, algunas a punto de consumir las cortinas. A veces se sentaba frente a la mesa y se quedaba riéndose, mientras observaba cómo los insectos caminaban sobre los frascos o sobre las hojas que había dejado esparcidas. Mi perro fue el primero en reaccionar distinto. Hasta entonces siempre dormía en mi cuarto o me acompañaba en la cocina, pero de pronto dejó de acercarse al pasillo donde estaba el cuarto de Lidia. Cada vez que ella pasaba cerca, el animal retrocedía con las orejas bajas, gruñendo, como si quisiera avisarme de algo. Esa conducta me inquietó más que nada, porque nunca antes lo había visto rechazar a alguien así. Unos días después aproveché que Lidia salió al mercado para revisar su habitación. Sentía culpa por invadir su espacio, pero la curiosidad y el miedo me empujaban a hacerlo. Entre la ropa y los trapos encontré una caja de cartón arrinconada. Dentro había varios objetos que me helaron. Había trozos de hueso pequeños, como de aves, uñas guardadas en bolsitas de plástico. Una botella con un líquido espeso y negro que olía a aceite quemado y varias figuras hechas con tela y alambre. Algunas tenían forma humana, torpe pero reconocible, como muñecos pequeños. Me quedé mirando la caja con las manos temblorosas. Sentí un frío recorrerme al pensar que todo eso estaba dentro de

8:07 mi casa, a unos metros de donde dormía mi familia. Cerré la caja de golpe y la volví a meter debajo de la cama, con el corazón acelerado. Cuando Lidia regresó, no pude contenerme y le reclamé. Le pregunté por qué guardaba ese tipo de cosas, por qué traía esas porquerías a mi casa. Ella me miró tranquila, sin inmutarse, y me dijo que eran protecciones, que si las tiraba, todo lo que cargaban se me regresaría a mí. Lo dijo con tanta seguridad que me dejó sin palabras. Esa discusión fue el inicio del conflicto entre nosotras. A partir de ahí, la tensión creció cada día más. Yo ya no podía comer tranquila porque, de repente, encontraba insectos en la comida servida.

8:53 A veces eran cucarachas en el plato, otras grillos flotando en la sopa. Una mañana descubrí el fregadero lleno de hormigas, como si alguien las hubiera echado ahí a propósito. No había manera de que fuera casualidad. Con cada hallazgo sentía que Lydia estaba cruzando una línea peligrosa. Ya no era solo su comportamiento extraño, era la sensación clara de que lo hacía para molestarme, para marcar territorio en mi propia casa. Y aunque intentaba mantener la calma, por dentro sabía que aquello terminaría mal. La tensión se volvió insoportable. Una de esas noches, mientras dormía, escuché golpes leves en la puerta de mi cuarto. Eran tres toques pausados, como si alguien hubiera puesto los nudillos con cuidado. Abrí los ojos de golpe y me quedé escuchando. El resto de la casa estaba en silencio. Me levanté con cautela, encendí la lámpara y caminé hasta la puerta. Cuando abrí, no había nadie en el pasillo, pero al bajar la mirada vi un plato en el suelo. Estaba lleno de tierra húmeda y en medio tenía una vela apagada, manchada en la base por restos de cera chorreada. Lo tomé con repulsión y lo llevé directo al patio, tirándolo entre la basura. A la mañana siguiente ya no quise aguantar más. Confronté a Lidia directamente, sin rodeos. Le dije que estaba harta de sus cosas raras, que no podía seguir metiendo esas porquerías

10:23 en mi casa y que debía irse de inmediato. Ella no se defendió. Se quedó mirándome con una expresión fría, sin un gesto de arrepentimiento. Y me dijo con voz baja que me arrepentiría de lo que acababa de hacer. Ese tono me atravesó, pero no mostré miedo. Le cerré la puerta de su habitación y arrojé al patio todo lo que encontré. Frascos, trapos, huesos, insectos. No quería que nada de eso siguiera bajo mi techo. Esa misma tarde, Lidia empacó sus cosas en silencio. No me dirigió palabra alguna ni me dio la mínima señal de despedida. Simplemente tomó una mochila y se marchó por la puerta principal, caminando sin voltear atrás. Yo cerré con llave y sentí que por fin recuperaba mi casa. Los primeros días después de su partida, el ambiente cambió. La casa se sintió tranquila, ligera, como si hubiera salido una carga. Dormía mejor, comía sin pensar en insectos, y el olor extraño que solía rondar en los rincones desapareció. Aún así, mi perro seguía intranquilo.

11:30 Durante las noches, no quería salir al patio. Cuando lo intentaba, se detenía en seco y regresaba corriendo a mi cuarto, con la cola entre las patas. Pasó una semana sin novedades hasta que una madrugada, al salir a sacar la basura, vi algo en la entrada. Era un costal chico, atado con un cordón de hilo rojo. El bulto estaba húmedo y despedía un olor penetrante, como carne descompuesta. Dudé en abrirlo, pero la curiosidad me ganó. Lo llevé al patio y deshice el nudo con cuidado. Dentro había un animal muerto. No pude reconocer si era un gato o un conejo, porque el cuerpo estaba abierto desde el pecho hasta el vientre.

12:11 Lo más perturbador fue que el interior no tenía vísceras. Estaba rellenado con tierra seca, hojas y ramas pequeñas. La peste me revolvió el estómago. Me tapé la boca y lo arrojé lejos detrás del terreno baldío. Pasé el resto de la noche sin poder dormir, con la sensación constante de que alguien me estaba observando desde afuera. Los días siguientes trajeron nuevos sobresaltos. Algunas cosas dentro de la casa empezaron a moverse solas. Vasos que amanecían en otro lugar, sillas que rechinaban sin que nadie las tocara, y pequeños montones de tierra que aparecían en la cocina como si alguien hubiera vaciado puñados durante la noche. Me pasaba horas limpiando y al otro día encontraba lo mismo. Nunca descubrí de dónde salía esa tierra. Lo más inquietante eran las noches.

13:01 En ocasiones, cuando salía al patio por agua o para atender al perro, sentía que no estaba sola. El aire se ponía pesado y me parecía escuchar pasos descalzos sobre la tierra, lentos, arrastrados. iguales a los que escuchaba cuando lidia caminaba por los pasillos durante su estancia abría la puerta con rapidez apuntaba la lámpara hacia el suelo y no había nada sólo las huellas que yo misma dejaba y el perro acurrucado con miedo en la esquina nunca volví a ver a lidia nadie en el pueblo supo decirme qué fue de ella ni dónde se quedó después de salir de mi casa se fue como había llegado De repente, dejando tras de sí un ambiente extraño que tardé meses en sacudirme. Hoy, cuando pienso en esos días, me convenzo de que cometí un error al recibirla. Tal vez todo empezó con buena intención, pero terminó trayendo a mi vida cosas que no entiendo ni quiero volver a vivir.

14:00 Desde entonces nunca más recibí a nadie en mi casa, ni siquiera familiares cercanos. Prefiero estar sola que abrir la puerta a alguien que traiga consigo pasos descalzos y sombras que no se van.