Aug. 29, 2025

Técnico De Infinitum Es Agredido Por Una BRUJA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Miguel y soy técnico de Infinitum desde hace más de 10 años. En este tiempo me ha tocado recorrer pueblos, rancherías y ciudades, instalando y reparando equipos de comunicación. Es un trabajo que parece sencillo para quien lo ve de fuera, pero muchas veces implica largas horas bajo el sol, trepado en postes o antenas en lugares aislados, con el riesgo de que cualquier descuido termine en accidente. Recuerdo con claridad un servicio al que me mandaron una mañana de verano, hace ya varios años. El reporte era de una antena pequeña de comunicación ubicada en las afueras de un pueblo de Zacatecas. Según la gente de la compañía, aquella instalación llevaba años trabajando sin problemas y nunca había dado fallas graves.

0:51 Por eso me pareció raro que, de pronto, quedara fuera de servicio durante varios días. Tomé la camioneta de la empresa con mis herramientas y seguí el camino de terracería que llevaba hasta la antena. El trayecto era solitario, con cerros secos y algunos mezquites a los lados. Al llegar, estacioné la camioneta junto a la base de la torre. Era una estructura metálica de unos 15 metros, con cables que se extendían al suelo para sostenerla. Desde abajo parecía intacta, aunque ya se notaba el desgaste del tiempo. Me coloqué el cinturón de seguridad, amarré la escalera y comencé a subir con calma. El sol caía fuerte, y el silencio del lugar era tan grande que podía escuchar mis propios pasos sobre el metal. Al llegar arriba, abrí la caja de conexiones y, de inmediato, noté algo extraño. Los cables estaban cortados de forma limpia, como si hubieran usado una navaja o unas pinzas de corte. No era un daño provocado por el viento ni por animales, alguien lo había hecho intencionalmente. Mientras revisaba con cuidado, un movimiento abajo llamó mi atención. Levanté la vista y vi a una mujer acercándose lentamente por el camino de tierra. Llevaba una sombrilla vieja para cubrirse del sol y caminaba. Al principio pensé que sería alguien del pueblo que iba de paso, pero pronto noté que su atención estaba dirigida hacia mi camioneta.

2:20 Se acercó al vehículo y comenzó a rodearlo con calma. No levantaba la vista hacia la antena, como si no le importara que yo estuviera ahí arriba. Después se inclinó a asomarse por la ventana del conductor, como queriendo mirar lo que había dentro. Mi primera reacción fue sentir un mal presentimiento. Estaba solo en medio de un terreno aislado, y aquella mujer, en vez de saludar o preguntar, se acercaba a ver mi camioneta. Pensé que, si no hacía nada, podría intentar abrirla. Así que grité fuerte desde arriba de la torre. Le grité que estaba arriba, que si necesitaba algo. La mujer se me quedó mirando. No dijo nada. Sus ojos parecían clavarse en los míos a pesar de la distancia.

3:07 Solo se quedó sin moverse, mirándome en silencio hasta que se fue. Caminó hacia los arbustos. Volví a unir los cables, aseguré las conexiones y comprobé la señal con el medidor portátil. El sistema comenzó a responder. El indicador de potencia marcaba estable y la antena volvía a estar en funcionamiento. Guardé las herramientas en mi cinturón, bajé con cuidado por la escalera y llegué hasta el suelo. El calor era más fuerte a esa hora. Miré hacia el camino por donde había desaparecido la mujer, pero no vi nada. Todo parecía tranquilo, como si nunca hubiera pasado. Me acerqué despacio a la camioneta, esperando encontrar alguna señal de que había intentado abrirla. Revisé primero las puertas, después las ventanas. Todo estaba igual que como lo había dejado. Abrí la puerta del conductor y me asomé al interior. Mis papeles, las herramientas y hasta la botella de agua seguían en el mismo lugar. No había nada fuera de sitio, no había pasado nada. Sin embargo, la forma en que aquella mujer se había acercado a la camioneta no dejaba de parecerme sospechosa. No había preguntado, no había saludado, ni se había sorprendido cuando la descubrí.

4:23 Simplemente se retiró, sin palabra alguna. Encendí el motor y anoté en mi libreta de servicio que el daño había sido intencional. Eso debía reportarse como vandalismo, porque los cortes de los cables eran demasiado claros para hacer otra cosa. Trataba de convencerme de que la mujer había sido solo una curiosa, alguien con malas intenciones que prefirió marcharse al saber que estaba yo presente. Tenía que seguir atendiendo reportes en otros pueblos. Durante dos semanas no pensé en la antena ni en la mujer de la sombrilla. Hasta que en la pantalla del sistema apareció de nuevo el mismo aviso.

5:05 La antena del cerro había dejado de funcionar. Esta vez la nota añadía que podía tratarse de robo de cableado. Estacioné en el mismo sitio y al bajarme vi que la caja de conexiones estaba abierta. La chapa no estaba forzada ni rota. Parecía que alguien con calma había manipulado el seguro. Me puse los guantes y revisé con detalle. Los cables estaban otra vez cortados, limpios y parejos, como si hubieran usado una herramienta afilada. Entre las piedras y el polvo se encontraban objetos que no tenían razón de estar ahí. Había trozos de tela negra enrollados con listones rojos, pequeñas figuras de barro quebradas a la mitad, y un frasco de vidrio turbio, tapado con corcho, con un líquido amarillento en su interior. Me incliné para recogerlos y me di cuenta de que no estaban tirados al azar, estaban acomodados con intención. Los metí en una bolsa aparte y fue entonces cuando sentí el olor. Era un aroma fuerte, como a vinagrado que impregnó los guantes. El hedor no se fue aunque sacudí la mano o traté de frotarla contra la tela del pantalón. Era un olor que parecía pegarse con fuerza. He visto muchas veces instalaciones dañadas a propósito y también vandalismo para robar cable, pero nunca algo parecido.

6:28 Aquello no parecía el rastro de ladrones comunes. Era una advertencia. Un mensaje, un ritual dejado a propósito para que el siguiente que llegara lo encontrara. Terminé la reparación, corté los extremos, uní nuevos conectores y reforcé el candado de la caja. Encendí el medidor y confirmé que la antena volvía a funcionar. En mi libreta anoté el reporte. De regreso pasé por el pueblo para comprar agua y algo de comer. El lugar era pequeño y tranquilo, con pocas calles y apenas algunos comercios abiertos. Entré a una tienda, pedí lo necesario y mientras esperaba a que me atendieran no dejaba de pensar en los objetos. Había alguien detrás, alguien que de manera deliberada se encargaba de dañar esa antena y dejar objetos con olor a vinagre como rastro. Subí a la camioneta con la bolsa de los objetos guardada en la parte trasera. Esa tarde confirmé que el daño a la antena no era simple vandalismo. Pasaron pocos días antes de que el sistema volviera a marcar la misma antena como fuera de servicio. Era la tercera vez en menos de un mes. Cuando miré el reporte, sentí un enojo porque sabía que me iba a encontrar. Porque sabía perfectamente lo que me iba a encontrar. Llegué al cerro al mediodía.

7:48 Me coloqué los guantes, la herramienta y subí de nuevo hasta la caja de conexiones. Tal como imaginaba, los cables estaban cortados otra vez y el candado forzado. Mientras reparaba, escuché golpes contra la camioneta. Me asomé desde la cima y lo vi con claridad. Era la misma mujer de la sombrilla, solo que esta vez no se limitaba a rodear el vehículo. Estaba lanzando piedras grandes contra las puertas y los vidrios. Me enojé mucho. Bajé de la torre lo más rápido que pude, todavía con la herramienta colgando. Al llegar al suelo, caminé directo hacia ella, que seguía sosteniendo la sombrilla con una mano y una piedra en la otra. Me puse frente a la camioneta, levanté la voz y le grité que dejara de hacer eso. La mujer se quedó mirándome fijo, y en ese instante comenzó la discusión. me dijo que no quería esa antena en su tierra aseguraba que las señales que salían de ahí enfermaban a la gente que traían males al pueblo y que nadie iba a obligarla a soportar eso decía que llevaba tiempo advirtiendo que nadie la escuchaba y que por eso se encargaba de arruinar el equipo cada vez que podía Yo, con el calor del momento y el enojo acumulado, le grité que aquello no eran más que tonterías, que la antena llevaba funcionando más de una década sin problema, y que, por su culpa, el servicio se caía y las familias se quedaban incomunicadas. Le dije que era su responsabilidad,

9:21 que estaba dañando propiedad ajena y que tarde o temprano las autoridades la iban a detener. Mientras discutíamos, un joven apareció. No tardé en darme cuenta de que era su hijo. Tendría unos 28 años, fuerte y más alto que yo. Se acercó rápido, con un tono amenazante, reclamando que dejara a su madre en paz. Lo vi avanzar con el puño cerrado, y en ese momento tomé un destornillador largo que llevaba en el cinturón. No lo levanté, pero lo mantuve visible en mi mano, listo para usarlo si se atrevía a acercarse más. El muchacho frenó su paso, se notaba muy agresivo, pero el destornillador lo mantuvo a distancia. La anciana no dejaba de repetir sus acusaciones sobre la antena y las enfermedades, mientras el hijo me insultaba a lo lejos. Yo les respondí con firmeza que aquello ya no quedaría en silencio.

10:15 Les advertí que la policía se encargaría de ellos, porque yo mismo iba a reportar lo que había visto, que eran los responsables de los cortes, que me habían atacado y que había daños en la camioneta como prueba. El hijo, aunque quería lanzarse, no dio un paso más. Subí a la camioneta con miedo, guardé la herramienta y me fui de ahí. Cumplí con mi reporte en la compañía, dejé constancia de los daños y mencioné que había identificado a los responsables. Después de eso, volví en un par de ocasiones al pueblo, pero ya para instalar internet en casas, no para revisar la antena. Con el tiempo, la gente del pueblo me contó sobre esa mujer. Decían que la mujer se llamaba Berta, pero todos la nombraban con burla y miedo como Berta Loca. Algunos consideraban que estaba enferma, pero otros aseguraban que era bruja, que por las noches hacía cosas raras.