Técnico De Infinitum Es Agredido Por Una BRUJA Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:02 Me llamo Miguel y soy técnico de Infinitum desde hace más de 10 años. En este tiempo me ha tocado recorrer pueblos, rancherÃas y ciudades, instalando y reparando equipos de comunicación. Es un trabajo que parece sencillo para quien lo ve de fuera, pero muchas veces implica largas horas bajo el sol, trepado en postes o antenas en lugares aislados, con el riesgo de que cualquier descuido termine en accidente. Recuerdo con claridad un servicio al que me mandaron una mañana de verano, hace ya varios años. El reporte era de una antena pequeña de comunicación ubicada en las afueras de un pueblo de Zacatecas. Según la gente de la compañÃa, aquella instalación llevaba años trabajando sin problemas y nunca habÃa dado fallas graves.
0:51 Por eso me pareció raro que, de pronto, quedara fuera de servicio durante varios dÃas. Tomé la camioneta de la empresa con mis herramientas y seguà el camino de terracerÃa que llevaba hasta la antena. El trayecto era solitario, con cerros secos y algunos mezquites a los lados. Al llegar, estacioné la camioneta junto a la base de la torre. Era una estructura metálica de unos 15 metros, con cables que se extendÃan al suelo para sostenerla. Desde abajo parecÃa intacta, aunque ya se notaba el desgaste del tiempo. Me coloqué el cinturón de seguridad, amarré la escalera y comencé a subir con calma. El sol caÃa fuerte, y el silencio del lugar era tan grande que podÃa escuchar mis propios pasos sobre el metal. Al llegar arriba, abrà la caja de conexiones y, de inmediato, noté algo extraño. Los cables estaban cortados de forma limpia, como si hubieran usado una navaja o unas pinzas de corte. No era un daño provocado por el viento ni por animales, alguien lo habÃa hecho intencionalmente. Mientras revisaba con cuidado, un movimiento abajo llamó mi atención. Levanté la vista y vi a una mujer acercándose lentamente por el camino de tierra. Llevaba una sombrilla vieja para cubrirse del sol y caminaba. Al principio pensé que serÃa alguien del pueblo que iba de paso, pero pronto noté que su atención estaba dirigida hacia mi camioneta.
2:20 Se acercó al vehÃculo y comenzó a rodearlo con calma. No levantaba la vista hacia la antena, como si no le importara que yo estuviera ahà arriba. Después se inclinó a asomarse por la ventana del conductor, como queriendo mirar lo que habÃa dentro. Mi primera reacción fue sentir un mal presentimiento. Estaba solo en medio de un terreno aislado, y aquella mujer, en vez de saludar o preguntar, se acercaba a ver mi camioneta. Pensé que, si no hacÃa nada, podrÃa intentar abrirla. Asà que grité fuerte desde arriba de la torre. Le grité que estaba arriba, que si necesitaba algo. La mujer se me quedó mirando. No dijo nada. Sus ojos parecÃan clavarse en los mÃos a pesar de la distancia.
3:07 Solo se quedó sin moverse, mirándome en silencio hasta que se fue. Caminó hacia los arbustos. Volvà a unir los cables, aseguré las conexiones y comprobé la señal con el medidor portátil. El sistema comenzó a responder. El indicador de potencia marcaba estable y la antena volvÃa a estar en funcionamiento. Guardé las herramientas en mi cinturón, bajé con cuidado por la escalera y llegué hasta el suelo. El calor era más fuerte a esa hora. Miré hacia el camino por donde habÃa desaparecido la mujer, pero no vi nada. Todo parecÃa tranquilo, como si nunca hubiera pasado. Me acerqué despacio a la camioneta, esperando encontrar alguna señal de que habÃa intentado abrirla. Revisé primero las puertas, después las ventanas. Todo estaba igual que como lo habÃa dejado. Abrà la puerta del conductor y me asomé al interior. Mis papeles, las herramientas y hasta la botella de agua seguÃan en el mismo lugar. No habÃa nada fuera de sitio, no habÃa pasado nada. Sin embargo, la forma en que aquella mujer se habÃa acercado a la camioneta no dejaba de parecerme sospechosa. No habÃa preguntado, no habÃa saludado, ni se habÃa sorprendido cuando la descubrÃ.
4:23 Simplemente se retiró, sin palabra alguna. Encendà el motor y anoté en mi libreta de servicio que el daño habÃa sido intencional. Eso debÃa reportarse como vandalismo, porque los cortes de los cables eran demasiado claros para hacer otra cosa. Trataba de convencerme de que la mujer habÃa sido solo una curiosa, alguien con malas intenciones que prefirió marcharse al saber que estaba yo presente. TenÃa que seguir atendiendo reportes en otros pueblos. Durante dos semanas no pensé en la antena ni en la mujer de la sombrilla. Hasta que en la pantalla del sistema apareció de nuevo el mismo aviso.
5:05 La antena del cerro habÃa dejado de funcionar. Esta vez la nota añadÃa que podÃa tratarse de robo de cableado. Estacioné en el mismo sitio y al bajarme vi que la caja de conexiones estaba abierta. La chapa no estaba forzada ni rota. ParecÃa que alguien con calma habÃa manipulado el seguro. Me puse los guantes y revisé con detalle. Los cables estaban otra vez cortados, limpios y parejos, como si hubieran usado una herramienta afilada. Entre las piedras y el polvo se encontraban objetos que no tenÃan razón de estar ahÃ. HabÃa trozos de tela negra enrollados con listones rojos, pequeñas figuras de barro quebradas a la mitad, y un frasco de vidrio turbio, tapado con corcho, con un lÃquido amarillento en su interior. Me incliné para recogerlos y me di cuenta de que no estaban tirados al azar, estaban acomodados con intención. Los metà en una bolsa aparte y fue entonces cuando sentà el olor. Era un aroma fuerte, como a vinagrado que impregnó los guantes. El hedor no se fue aunque sacudà la mano o traté de frotarla contra la tela del pantalón. Era un olor que parecÃa pegarse con fuerza. He visto muchas veces instalaciones dañadas a propósito y también vandalismo para robar cable, pero nunca algo parecido.
6:28 Aquello no parecÃa el rastro de ladrones comunes. Era una advertencia. Un mensaje, un ritual dejado a propósito para que el siguiente que llegara lo encontrara. Terminé la reparación, corté los extremos, unà nuevos conectores y reforcé el candado de la caja. Encendà el medidor y confirmé que la antena volvÃa a funcionar. En mi libreta anoté el reporte. De regreso pasé por el pueblo para comprar agua y algo de comer. El lugar era pequeño y tranquilo, con pocas calles y apenas algunos comercios abiertos. Entré a una tienda, pedà lo necesario y mientras esperaba a que me atendieran no dejaba de pensar en los objetos. HabÃa alguien detrás, alguien que de manera deliberada se encargaba de dañar esa antena y dejar objetos con olor a vinagre como rastro. Subà a la camioneta con la bolsa de los objetos guardada en la parte trasera. Esa tarde confirmé que el daño a la antena no era simple vandalismo. Pasaron pocos dÃas antes de que el sistema volviera a marcar la misma antena como fuera de servicio. Era la tercera vez en menos de un mes. Cuando miré el reporte, sentà un enojo porque sabÃa que me iba a encontrar. Porque sabÃa perfectamente lo que me iba a encontrar. Llegué al cerro al mediodÃa.
7:48 Me coloqué los guantes, la herramienta y subà de nuevo hasta la caja de conexiones. Tal como imaginaba, los cables estaban cortados otra vez y el candado forzado. Mientras reparaba, escuché golpes contra la camioneta. Me asomé desde la cima y lo vi con claridad. Era la misma mujer de la sombrilla, solo que esta vez no se limitaba a rodear el vehÃculo. Estaba lanzando piedras grandes contra las puertas y los vidrios. Me enojé mucho. Bajé de la torre lo más rápido que pude, todavÃa con la herramienta colgando. Al llegar al suelo, caminé directo hacia ella, que seguÃa sosteniendo la sombrilla con una mano y una piedra en la otra. Me puse frente a la camioneta, levanté la voz y le grité que dejara de hacer eso. La mujer se quedó mirándome fijo, y en ese instante comenzó la discusión. me dijo que no querÃa esa antena en su tierra aseguraba que las señales que salÃan de ahà enfermaban a la gente que traÃan males al pueblo y que nadie iba a obligarla a soportar eso decÃa que llevaba tiempo advirtiendo que nadie la escuchaba y que por eso se encargaba de arruinar el equipo cada vez que podÃa Yo, con el calor del momento y el enojo acumulado, le grité que aquello no eran más que tonterÃas, que la antena llevaba funcionando más de una década sin problema, y que, por su culpa, el servicio se caÃa y las familias se quedaban incomunicadas. Le dije que era su responsabilidad,
9:21 que estaba dañando propiedad ajena y que tarde o temprano las autoridades la iban a detener. Mientras discutÃamos, un joven apareció. No tardé en darme cuenta de que era su hijo. TendrÃa unos 28 años, fuerte y más alto que yo. Se acercó rápido, con un tono amenazante, reclamando que dejara a su madre en paz. Lo vi avanzar con el puño cerrado, y en ese momento tomé un destornillador largo que llevaba en el cinturón. No lo levanté, pero lo mantuve visible en mi mano, listo para usarlo si se atrevÃa a acercarse más. El muchacho frenó su paso, se notaba muy agresivo, pero el destornillador lo mantuvo a distancia. La anciana no dejaba de repetir sus acusaciones sobre la antena y las enfermedades, mientras el hijo me insultaba a lo lejos. Yo les respondà con firmeza que aquello ya no quedarÃa en silencio.
10:15 Les advertà que la policÃa se encargarÃa de ellos, porque yo mismo iba a reportar lo que habÃa visto, que eran los responsables de los cortes, que me habÃan atacado y que habÃa daños en la camioneta como prueba. El hijo, aunque querÃa lanzarse, no dio un paso más. Subà a la camioneta con miedo, guardé la herramienta y me fui de ahÃ. Cumplà con mi reporte en la compañÃa, dejé constancia de los daños y mencioné que habÃa identificado a los responsables. Después de eso, volvà en un par de ocasiones al pueblo, pero ya para instalar internet en casas, no para revisar la antena. Con el tiempo, la gente del pueblo me contó sobre esa mujer. DecÃan que la mujer se llamaba Berta, pero todos la nombraban con burla y miedo como Berta Loca. Algunos consideraban que estaba enferma, pero otros aseguraban que era bruja, que por las noches hacÃa cosas raras.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed