Oct. 29, 2025

Su Madre Era La BRUJA Mayor Y Usó Mi Alma Para Alargar Su Vida - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 En 2019 me mudé al sur del país para estudiar arquitectura. Venía de un pueblo pequeño y aunque la ciudad no era tan grande como las del norte, el cambio se sentía. No conocía a nadie ni tenía familiares cerca, así que pasé las primeras semanas buscando dónde vivir. Los cuartos para estudiantes estaban todos ocupados o eran demasiado caros. hasta que encontré un anuncio pegado en la entrada de la universidad. Decía, habitación en casa familiar, céntrica, con comida incluida y precio accesible. Llamé al número y me atendió una mujer con voz suave que se presentó como Doña Mireya. Me citó esa misma tarde para conocer el lugar. La casa estaba a unas diez cuadras del centro, en una calle tranquila con árboles viejos y casas de teja. Era una construcción de dos pisos, con paredes de color crema descascaradas por la humedad.

1:04 la fachada tenía rejas altas y un zaguán de madera me pareció un lugar seguro y además el precio era justo doña mireya tendría unos 50 años cabello negro con canas y piel muy pálida como si no tomara el sol me recibió con una sonrisa amable y me mostró la habitación era pequeña pero limpia con una cama individual un escritorio de madera y una ventana que daba al jardín trasero desde ahí se veía un pozo cubierto con una tapa de cemento y rodeado de plantas había un olor constante a tierra mojada y hierbas como si acabaran de regar Acepté quedarme sin pensarlo mucho. Ella me explicó que vivía sola, que la casa había sido de sus padres y que rentaba cuartos a estudiantes cada semestre. Incluía la comida y el lavado de ropa, y solo pedía que no hiciera fiestas ni recibiera visitas. Eso me pareció razonable.

2:05 los primeros días todo fue normal doña mireya me preparaba el desayuno antes de irme a clases y por las noches solía servirme un té para el cansancio siempre olía igual una mezcla entre canela y algo amargo que no podía identificar A veces hablábamos un poco en la mesa del comedor, pero la mayoría del tiempo ella se quedaba en la cocina, revisando frascos o cortando plantas. La casa era silenciosa, los únicos sonidos venían del reloj del pasillo y del agua que corría en una pequeña fuente del jardín. El pasillo principal era largo, con piso de mosaico desgastado y paredes con grietas que habían sido pintadas encima varias veces.

2:50 A mitad del pasillo había un espejo colgado, grande y antiguo, con el marco de madera tallada. No reflejaba bien la luz, como si el vidrio estuviera empañado por dentro. Con el paso de las semanas empecé a notar que me sentía cansado todo el tiempo y dormía más de lo habitual me costaba concentrarme en clase y había bajado de peso sin proponérmelo pensé que era por el cambio de clima o por la presión de la escuela así que no le di importancia pero un día al mirarme en el espejo del pasillo Noté que tenía las ojeras hundidas y la piel más pálida. Doña Mireya me dijo que eso era normal, que el cuerpo se estaba acostumbrando al lugar y que tomara más té por las noches. A veces en la madrugada escuchaba pasos en la casa. No eran fuertes, sino lentos, medidos, como si alguien caminara descalzo sobre el mosaico.

3:49 La primera vez pensé que era ella revisando algo, pero los pasos se detenían justo frente a mi puerta, y permanecían ahí un rato, sin moverse, luego se alejaban hacia el fondo donde estaba el jardín. Pero nunca me animé a asomarme. Un sábado decidí limpiar mi cuarto a fondo, moví la cama y el escritorio. barrí debajo de todo y encontré una fina capa de polvo mezclada con hojas secas en la pared detrás del escritorio había un espejo viejo apoyado de lado El vidrio estaba rajado y cubierto por una tela. Supuse que no servía, así que lo moví con cuidado para sacarlo. Pero el marco se soltó y el espejo se partió en dos cayendo al suelo.

4:37 El ruido fue tan fuerte que Doña Mireya apareció de inmediato. Entró casi sin respirar, me apartó del espejo y comenzó a recoger los pedazos con las manos. Me dijo con voz temblorosa que ese espejo no se tocaba, que debía dejarlo ahí. Intenté disculparme, pero ella no me escuchó. Juntó los fragmentos en una bolsa y se los llevó al fondo del pasillo. Desde la puerta la vi inclinarse sobre el pozo tapado, pero no alcancé a ver qué hacía. Esa noche cenamos en silencio. No quiso hablar del tema y me sirvió el té de siempre. insistiendo en que lo debiera completo tenía un sabor más fuerte casi amargo y me dijo que dormiría mejor y que al día siguiente pondría otro espejo en mi cuarto no insistí pues estaba cansado y sólo quería acostarme apague la luz y poco después escuché los mismos pasos de siempre pero más cercanos lentos y arrastrados pasaron frente a mi puerta y se detuvieron unos segundos después escuché un sonido que me heló la sangre algo duro como un pedazo de cristal arrastrándose por el suelo del pasillo el ruido iba y venía como si lo empujaran de un extremo al otro me levanté despacio y miré por la rendija de la puerta pero el pasillo estaba casi a oscuras solo iluminado por la luz amarillenta del jardín que entraba por el

6:08 ventanal en el suelo alcancé a ver un destello un fragmento de espejo que se movía solo como si el vidrio estuviera vivo me quedé inmóvil sin atreverme a abrir el fragmento se detuvo frente a mi puerta y aunque no lo veía completo juraría que dentro del vidrio se reflejaba algo que no estaba ahí una mano blanca apoyada del otro lado del cristal esa fue la primera noche que no dormí decidí quedarme pues si me iba perdería el semestre y tendría que volver a mi pueblo sin haber logrado nada pensé que todo lo raro que pasaba era simple sugestión que el cansancio y la mala alimentación me estaban jugando en contra me convencí de que necesitaba tiempo para adaptarme A partir de esa decisión, todo se volvió más extraño. Cada noche, después de beber el té que doña Mireya me servía, tenía el mismo sueño. Un cuarto oscuro donde alguien respiraba con dificultad. No veía su rostro.

7:14 Solo el movimiento lento del pecho subiendo y bajando, como si el aire le pesara. El sonido era tan real que a veces despertaba agitado, seguro de haber escuchado esa respiración dentro de mi cuarto. Mi cuerpo comenzó a deteriorarse con rapidez. El cabello se me caía a mechones. Cada vez que me bañaba, la piel se me volvió tan pálida que podía ver las venas azules en los brazos, y las costillas se me marcaban como si hubiera pasado semanas sin comer. Intentaba estudiar, pero no lograba concentrarme. A veces me descubría viendo el mismo punto de la pared durante minutos, sin recordar lo que estaba pensando. Doña Mireya me aseguraba que era solo debilidad. Me repetía que debía tomar todo el té y descansar, que pronto me sentiría mejor.

8:07 Su voz era suave, pero había algo en su mirada que me incomodaba. como si esperara algo de mí en el fondo del pasillo el espejo que había roto ya no estaba ella me dijo que lo había llevado a restaurar aunque me pareció extraño que lo mencionara con tanta calma después del enojo que tuvo aquel día Una mañana, mientras salía rumbo a la universidad, me crucé con un hombre mayor que vivía en la casa de al lado. Era carpintero y siempre olía a barniz. Me saludó y me preguntó si estaba rentando con la señora Mireya. Cuando respondí que sí, se quedó en silencio unos segundos y luego me dijo,« Tenga cuidado, muchacho. Esa mujer ha tenido muchos inquilinos, pero ninguno dura más de tres meses». No quise darle importancia, pero esas palabras se me quedaron grabadas.

9:01 Esa misma tarde, mientras regresaba a la casa, noté que las ventanas estaban cerradas y que el olor a hierbas era más fuerte que nunca. Doña Mireya no estaba. Había salido al mercado según la vecina del frente. Decidí aprovechar para revisar su habitación. La puerta estaba apenas cerrada. Dentro olía a humedad y a algo más. una mezcla de cera y hierbas secas. Había frascos en repisas, algunos con líquidos oscuros, otros con cabello enredado. En una mesa encontré montones de ropa doblada, de distintos tamaños y estilos, claramente de personas jóvenes. Junto a eso, una caja de madera con fotografías. La saqué una por una. La mayoría mostraba rostros que no conocía, hombres y mujeres, todos con la misma expresión cansada. En una de las últimas fotos aparecía yo, dormido, con la cabeza girada hacia la ventana. La imagen había sido tomada desde dentro de mi habitación, lo que significaba que alguien había estado ahí mientras dormía. Sentí un frío recorrerme entero. Al fondo de la habitación vi algo que me dejó sin aire. Era el espejo que había roto, pero ahora estaba de pie, pegado con cera amarillenta y cinta en los bordes. El vidrio parecía limpio, pero no reflejaba mi imagen. En lugar de eso, mostraba otra habitación,

10:32 una cama metálica, una lámpara colgando del techo y una mujer muy vieja, inmóvil, con tubos improvisados en la nariz y los brazos. Me acerqué lentamente, intentando entender lo que estaba viendo. La anciana respiraba con dificultad, igual que en mis sueños. Cuando estiré la mano para tocar el vidrio, un dolor agudo me atravesó el pecho. Sentí que el aire me faltaba y tuve que apoyarme en la pared. En ese instante, escuché una voz detrás de mí.« No debiste mirar», dijo doña Mireya, parada en la puerta. la vi avanzar con una calma que me paralizó sus ojos brillaban con una luz rojiza que el cuarto no tenía me tomó del hombro y me obligó a girar hacia el espejo la vida no se desperdicia me susurró al oído se comparte le pregunté qué significaba eso y ella señaló la imagen de la anciana mi madre ella me dio su vida cuando la mía se agotaba ahora tú me ayudas a mantenerla con lo que ya no usas« No te hace falta, solo te quita lo que te sobra».

11:39 Intenté apartarme, pero el cuerpo no me respondía. Todo el aire se me fue de golpe, como si me estuvieran exprimiendo los pulmones. Ella me sujetó por detrás de la cabeza, obligando a mirar el espejo. La anciana del reflejo respiraba con más fuerza, mientras yo apenas podía mantenerme de pie. Doña Mireya murmuraba algo, una oración o un cántico. y cada palabra hacia que mi vision se nublara vi mi propio reflejo mezclarse con el de la anciana como si los dos estuviéramos en el mismo lugar el espejo empezó a temblar y senti que me tiraba hacia adentro como si me succionara Saqué fuerzas de donde pude y la empujé.

12:24 Corrí hacia la puerta, tropezando con los frascos y las fotos. El pasillo estaba más oscuro que nunca, el aire espeso, imposible de respirar. Intenté alcanzar la salida, pero cada paso pesaba el doble. Doña Mireya gritó mi nombre desde el fondo con una voz tan ronca que ya no parecía humana. Sentí que me alcanzaba el aire caliente de su respiración en la nuca. Logré llegar al final del pasillo, pero el cuerpo me falló. Caí frente al espejo que colgaba en el muro. No sé cómo llegó ahí, pero estaba entero. Me miré y vi algo que me heló la sangre. Mi reflejo era transparente, como si la luz pasara a través de mí. Alcancé a ver la pared del fondo, detrás de mi figura, y mis ojos se veían apagados, sin color. el pecho me dolía tanto que no podía gritar lo último que recuerdo fue ver cómo la imagen del espejo se oscurecía y cómo la silueta de la anciana del reflejo se enderezaba en su cama respirando con fuerza mientras yo me iba desvaneciendo poco a poco Desperté en un hospital. La luz blanca me lastimaba los ojos y el olor a desinfectante era tan fuerte que me dieron arcadas. Tardé unos segundos en reconocer dónde estaba. Mi madre estaba sentada a un lado de la cama, con la mirada perdida y las manos temblorosas. Cuando me vio abrir los ojos, se cubrió la cara y empezó a llorar.

13:56 Me tomó del brazo y su tacto era cálido, como si intentara comprobar que seguía vivo. Me contó que me habían encontrado tirado frente a la entrada de una casa abandonada. Según los paramédicos, estaba deshidratado y con el pulso tan débil que pensaron que no sobreviviría. Dijo que la policía había revisado la vivienda, pero no encontraron a ninguna mujer, ni muebles, ni fotos, ni señales de que alguien viviera ahí. Solo una habitación vacía con el piso cubierto de polvo y un espejo roto apoyado contra la pared. No entendía cómo había llegado hasta ese lugar. Recordaba el pasillo, el espejo, el dolor en el pecho y la voz de doña Mireya repitiendo que la vida se comparte. Pero después todo era confuso. Cuando intenté explicarlo, mi madre me pidió que no hablara más, que descansara. En su rostro había una mezcla de miedo y alivio. pasé más de una semana internado la verdad no podía moverme con facilidad y a veces me despertaba gritando por pesadillas que no recordaba los médicos dijeron que mi cuerpo estaba en un estado de agotamiento extremo aunque no había señales de lesiones ni enfermedades No sabían explicar cómo había llegado a ese punto. Me alimentaban con suero, y cada vez que me traían un espejo para afeitarme, lo rechazaba, pues no soportaba verme. Cuando por fin me dieron de alta, regresé a casa con

15:28 mis padres. Los primeros días fueron tranquilos, pero algo dentro de mí no estaba bien. Cada vez que pasaba frente a un espejo, sentía que me observaban. No era una sensación común, era una mirada que venía del otro lado, fija, esperando. En una ocasión, al lavarme las manos, vi que mi reflejo no hacía el mismo movimiento que yo. Se demoró apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente para soltar el jabón y salir del baño con el corazón acelerado. Intenté continuar con mi vida, volví a estudiar, retomé mis clases y traté de convencerme. de que todo había sido producto del estrés o de alguna enfermedad temporal mis amigos decían que me veía mejor aunque insistían en que seguía demasiado pálido yo evitaba los espejos todo lo posible cubrí el del baño con una toalla y el del ropero lo quité por completo dormía con las luces encendidas porque en la oscuridad me parecía escuchar respiraciones que no eran las mías tres meses después una noche en la terminal de autobuses algo volvió a removerlo todo estaba esperando a un compañero que llegaba de otra ciudad y mientras revisaba el horario de llegadas la vi a lo lejos entre la gente una mujer empujaba una silla de ruedas su andar era lento y cuidadoso La iluminación del lugar era amarillenta, pero reconocí su silueta sin dudarlo. Tenía el cabello recogido

17:02 en un moño y vestía igual que siempre. Blusa clara, falda larga y un suéter gris sobre los hombros. En la silla iba una anciana cubierta con una manta blanca. No se veía su rostro, pero el temblor del brazo que asomaba me resultó familiar. Me quedé paralizado. La mujer levantó la vista y aunque estaba lejos, su mirada me encontró. Era doña Mireya. Sentí el mismo mareo que aquel día en el pasillo. El pecho se me apretó y el aire se volvió espeso. Me apoyé en una columna, intentando no caer. Vi cómo ambas se dirigían hacia el andén, donde un autobús encendía sus luces para salir. En el letrero del destino alcancé a leer el nombre de otra ciudad del sur. Ella no apartaba la vista de mí, como si supiera que la estaba viendo. El sonido del motor del autobús llenó la terminal. Vi cómo subía primero la anciana y luego doña Mireya, ayudándola con cuidado. Antes de que la puerta se cerrara, giró ligeramente la cabeza.

18:07 No sonrió ni hizo gesto alguno, solo me observó unos segundos más. El mareo fue tan fuerte que tuve que sentarme. y cuando me levanté el autobús ya se había ido durante los días siguientes no pude dormir pues cada vez que cerraba los ojos veía el reflejo de la anciana respirando detrás del vidrio comencé a tener fiebre sin causa aparente y un zumbido en los oídos que aparecía siempre que pasaba cerca de un espejo mis padres pensaban que estaba paranoico y la verdad yo ya no estaba seguro de nada Con el tiempo logré estabilizarme o al menos aparentarlo.

18:48 Terminé la carrera y traté de dejar todo atrás. Me mudé a otra ciudad, cambié de número, de correo, de todo. Pero el reflejo nunca se fue. Los espejos no me devuelven la misma imagen que antes. Mi piel se ve más blanca, mis ojos más apagados y cuando estoy cansado mi reflejo parece más vivo que yo. Una vez, al cepillarme los dientes, juré ver cómo el reflejo me observaba antes de que yo levantara la mirada. No sé si fue imaginación o si de verdad lo hizo primero, pero, desde entonces, evito mirarme por completo. Han pasado años desde aquello. No volví a saber nada de doña Mireya, ni de la casa, ni de nadie que la conociera. La policía cerró el caso sin explicación. A veces pienso que la mujer del espejo, la que respiraba en mis sueños, sigue viva gracias a mí, sostenida por lo que me quitó aquella noche. Nunca volví a sentirme igual. Todavía sueño con pasillos oscuros, con pasos arrastrados y con el sonido del cristal deslizándose por el suelo. Despierto sudando, con el pecho pesado y la sensación de que me falta algo, aunque no sepa qué. No sé qué fue lo que me quitó, pero estoy seguro de que no lo he recuperado. Vivía en un edificio de tres pisos en una colonia vieja del oriente de la ciudad. Estudiaba diseño gráfico en una

20:19 universidad pequeña a unas cuadras del centro. En mi grupo había varios compañeros que hablaban con naturalidad de brujería, astrología y cosas que para mí eran más curiosidades que creencias. Lo mencionaban con tanta seriedad que terminé prestando atención. Entre ellos destacaba Marcos, un tipo callado, de mirada fija, que llevaba un anillo negro en el dedo medio y siempre olía a incienso. Una tarde, mientras esperábamos entrar a clase, me preguntó si quería acompañarlos a una reunión en el centro histórico. Dijo que era una especie de círculo de estudio espiritual. donde se compartían conocimientos antiguos sobre el alma y la energía humana. Acepté sin pensarlo mucho. No creía en esas cosas, pero la manera en que lo decía despertaba cierta curiosidad. Me dio la dirección en una hoja y solo agregó que fuera puntual a las nueve. Esa noche salí de casa caminando. El edificio estaba entre locales cerrados con un portón metálico medio oxidado. Sonaba música lejana de los bares de alrededor y el aire olía a humedad y a basura vieja. Toqué la puerta y Marcos abrió sin decir nada. Subimos por una escalera angosta que crujía en cada paso. Al llegar a la azotea me sorprendió la escena. Habían formado un círculo con velas negras sobre el cemento y en el centro había varias bolsas pequeñas,

21:51 cada una cerrada con un hilo rojo. El olor era fuerte, una mezcla de alcohol con hierbas quemadas. Había cinco personas más. Todos estaban en silencio mirando hacia el centro del círculo. Una mujer de piel muy blanca y brazos cubiertos de tatuajes encendía las velas mientras murmuraba palabras en un idioma que no reconocí. el humo se levantaba denso como si el aire se espesara marcos me entregó una bolsa igual a las otras y dijo que debía poner algo personal dentro revisé mis bolsillos sin saber qué dejar hasta que saqué una moneda de diez pesos y la metí me senté junto a los demás sintiendo el calor de las velas en la cara nadie hablaba pero el sonido lejano de los autos parecía encajar con el ritmo lento de los rezos la mujer tomó un trozo de tiza blanca y comenzó a trazar símbolos alrededor del grupo dibujando una especie de marco en el suelo. Se movía despacio, concentrada, murmurando entre dientes. Cuando terminó, apagó las velas una por una, dejando solo el resplandor de la ciudad que se filtraba por los bordes. Dijo una frase corta, en voz firme.

23:06 No entendí lo que significaba, pero en cuanto la pronunció, sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Todo quedó a oscuras y nadie se movió. Por unos segundos escuché respiraciones profundas y el leve sonido de algo arrastrándose en el suelo. Giré la cabeza hacia el centro del círculo. Las bolsas estaban inmóviles, o eso creí al principio. Luego noté un movimiento leve, como si el aire dentro se contrajera y expandiera lentamente. Pensé que era mi vista adaptándose a la oscuridad, pero no. Una de ellas se levantó apenas unos centímetros y volvió a caer. Marcos encendió una linterna pequeña y el grupo comenzó a levantarse en completo silencio. La mujer tatuada recogió las bolsas y las guardó en una caja de madera. Dijo que el primer paso estaba cumplido y que el resto se haría cuando el círculo volviera a reunirse.

24:06 Bajamos en fila por la misma escalera. En la calle el ruido de los carros me pareció más fuerte que antes. Marcos me dio una palmada en el hombro y me dijo que pronto entendería lo que había pasado. Me fui caminando hasta mi casa, con el olor a hierbas y alcohol pegado en la ropa. Al llegar me senté en la cama. Y traté de convencerme de que solo había sido una especie de juego. Pero mientras me quitaba los tenis, sentí el bolsillo más pesado. Saqué la moneda que había dejado en la bolsa. Era la misma, pero tenía una capa verdosa sobre la superficie, como si se hubiera oxidado de golpe. Guardé la moneda en el cajón del buró, cerré la ventana y apagué la luz. Me costó trabajo dormir, pues cada vez que cerraba los ojos recordaba el movimiento leve de las bolsas en el suelo y la sensación de que por un instante algo respiraba entre nosotros. Pasaron cinco días desde aquella noche en la azotea y no logré dormir bien en ninguno. Me despertaba varias veces con la sensación de que alguien caminaba dentro del cuarto. A veces creía escuchar el sonido de una bolsa arrugándose, como si alguien jugara con una dentro del closet. Además, comencé a marearme sin razón, incluso sentado. No tenía hambre y cualquier ruido fuerte me hacía doler la cabeza. Pensé en ir al médico, pero lo dejé pasar. Una tarde, mientras salía de la universidad, vi que Marcos me esperaba junto

25:38 al portón. Me saludó con una sonrisa forzada y me dijo que ya había sido aceptado, que la primera noche solo fue una prueba y que si quería continuar debía asistir a la segunda reunión. Dudé en contestar, pues no sabía si seguir o fingir que todo me parecía una broma. pero algo en su manera de hablar me convenció. Dijo que la reunión sería el viernes en otro edificio más grande y que esta vez debía llevar una vela con mi nombre escrito. El viernes llegué 15 minutos antes. El edificio estaba sobre una avenida transitada con una fachada descuidada. Desde afuera se veían las luces del tráfico reflejándose en los ventanales.

26:23 al subir al último piso el ambiente cambió por completo en la entrada había incienso encendido y un olor penetrante a alcohol en el centro del salón un grupo más numeroso formaba un círculo alrededor de una mesa todos tenían velas con sus nombres escritos en marcador negro la mujer de los tatuajes a la que ahora todos llamaban la guía daba instrucciones dijo que nadie debía romper el círculo bajo ninguna circunstancia su voz era firme acostumbrada a mandar nos hizo colocarnos de pie cada uno frente a su vela había más de una docena de personas y en el centro sobre una tela negra había botellas frascos y un cuenco metálico lleno de líquido oscuro Vi como la mujer vertía en ese cuenco una mezcla de alcohol con sangre animal. Lo supe por el olor metálico que se esparció en el aire. Dijo que con eso se abría el paso, que era la forma de convocar al vínculo.

27:25 Algunos tragaron saliva y otros cerraron los ojos. Yo respiré por la boca para no vomitar. Entre los objetos sobre la mesa, reconocí algo que me heló la espalda. La caja donde había dejado mi bolsa la primera noche estaba abierta. La mujer tomó una de las bolsas y la levantó con cuidado. Dentro se veía la moneda que yo había metido, pero estaba cubierta por una sustancia espesa parecida a miel. Pregunté qué era eso. Marcos me hizo una seña para que guardara silencio, pero la mujer respondió sin mirarme. Es la prueba de que el pacto ya respondió. En ese momento, una de las velas se apagó sola. El aire estaba quieto, no había corriente. La mujer sonrió como si lo hubiera esperado y dijo que uno de nosotros sería el nuevo guardián.

28:20 todos bajaron la cabeza nadie dijo nada pero el ambiente cambió sentí la piel helada y un temblor involuntario en las piernas marco se acercó y me susurró al oído que no podía faltar a las sesiones ni hablar con nadie de eso que el grupo debía permanecer cerrado Le pregunté qué pasaba si no iba. Dijo que romper un compromiso así era peligroso. Lo dijo con un tono seco, sin amenazas, pero lo suficientemente convincente para que no insistiera. La mujer comenzó a repetir una frase corta en un idioma que no reconocía. Todos pusieron las manos sobre la mesa, incluyendo yo. El líquido del cuenco reflejaba las llamas de las velas, que se movían como si el aire temblara.

29:09 El olor a sangre y alcohol era tan fuerte que los ojos me lloraban. De pronto, el ritmo de las palabras aumentó. La mujer hablaba cada vez más rápido, casi gritando, y nadie se atrevía a moverse. Una de las velas se dobló por completo, derramando cera sobre el suelo. En ese instante escuché un sonido seco, como un golpe, y vi que uno de los muchachos del grupo cayó hacia atrás. Se retorcía con los dientes apretados y los ojos abiertos. Dos personas intentaron sujetarlo, pero la mujer las detuvo con un gesto. Dijo que no lo tocaran. El cuerpo del muchacho se estremecía sin control. La mujer lo cubrió con un manto negro que sacó de una caja y siguió murmurando, ahora con voz más baja. Todo el grupo observaba sin moverse.

30:02 Pasaron unos segundos hasta que el cuerpo dejó de temblar. Levantó la cabeza y anunció que había sido elegido. Nadie aplaudió y nadie habló. Sólo el zumbido de las velas llenaba el aire. Sentí un mareo fuerte y tuve que apoyarme en la pared. Quise salir, pero Marcos me detuvo y dijo que el ritual aún no había terminado. No le hice caso. Caminé hacia la puerta tambaleando. Afuera se escuchaban sirenas acercándose, mezcladas con el ruido de los autos en la avenida. Bajé las escaleras sin mirar atrás. En la calle, el aire frío me devolvió la respiración. Vi una patrulla estacionarse a unos metros del edificio. Dos oficiales bajaron y comenzaron a mirar hacia las ventanas del último piso.

30:51 No esperé a ver más. Crucé la avenida sin fijarme en los coches y caminé sin rumbo durante varios minutos, con las manos temblando y el olor a sangre aún pegado en la ropa. Esa noche no regresé a casa. Me quedé en un café toda la madrugada, mirando mi celular sin saber a quién llamar. Intenté llamarle a Marcos, pero su número marcaba fuera de servicio. Cuando amaneció, me di cuenta de que aún tenía la vela con mi nombre en la mochila. La cera estaba derretida en un lado, como si se hubiera consumido por completo en mi ausencia. Las siguientes noches fueron cada vez más pesadas. Despertaba sobresaltado con el corazón acelerado y la sensación de que alguien caminaba dentro de mi cuarto. al principio pensé que era simple paranoia por lo vivido pero empecé a notar cosas que no tenían explicación algunos objetos aparecían fuera de su lugar las llaves los audífonos y la cartera un par de veces encontré la ventana abierta por la mañana aunque recordaba haberla cerrado con seguro el olor a alcohol con hierbas volvió a impregnar el cuarto Era el mismo aroma que había sentido en los rituales, mezclado con algo más agrio.

32:10 Lo peor fue una mañana en la que vi en el espejo del closet unas marcas parecidas a dedos. No eran huellas limpias, sino como si alguien hubiera tocado el vidrio, con las manos cubiertas de grasa o tierra. Las limpié con un trapo, pero al día siguiente estaban de nuevo. traté de ignorarlo me concentré en las clases en no pensar en marcos ni en aquella gente pero el sueño no regresó y los mareos volvieron con más fuerza una noche al regresar del supermercado encontré frente a la puerta de mi departamento Una vela como las del grupo, con mi nombre escrito en tinta negra. La cera parecía nueva, recién moldeada. Me quedé varios minutos mirándola sin atreverme a tocarla.

32:57 Terminé recogiéndola con una bolsa de plástico y la tiré al bote de basura del edificio. Esa fue la primera señal de que no había terminado. Al día siguiente, me decidí a buscar a Marcos. Fui a la universidad y pregunté por él en la coordinación, pero nadie lo conocía. Revisaron las listas del semestre y aseguraron que no existía ningún alumno con ese nombre. Les describí su aspecto, pero nadie pareció recordarlo. Incluso un par de compañeros que habían estado con nosotros las primeras semanas dijeron no saber de quién hablaba. Sentí un vacío extraño como si hubiera estado conviviendo con alguien invisible. Busqué también a la mujer de los tatuajes, revisé redes sociales, grupos de estudiantes, todo, pero no aparecía en ninguna parte. la dirección del primer edificio todavía la tenía anotada así que fui hasta allá el portón metálico seguía pero estaba cerrado con cadena me asomé entre las rendijas y vi el interior lleno de polvo con restos de madera y bolsas rotas un vecino que barría la banqueta me dijo que ese lugar llevaba años abandonado que antes era un taller y que nadie subía a la azotea porque las escaleras estaban quebradas No le respondí.

34:18 Rodé el edificio por una calle lateral y encontré un hueco en la reja. Subí por las escaleras con el corazón acelerado, cuidando no hacer ruido. Cuando llegué a la azotea, confirmé que el hombre decía la verdad. Todo estaba vacío. El cemento estaba cubierto de manchas oscuras y había restos de cera derretida pegados en el suelo. A un lado, encontré pedazos de una bolsa rota, igual a las que habíamos usado aquella noche. No había rastros de velas, ni de cajas, ni de nadie. Bajé sin mirar atrás. En la calle, el ruido de los coches me pareció más fuerte de lo normal. Caminé hacia la parada del camión, con la sensación de que alguien me observaba. Esa noche, ya en casa, mientras intentaba dormir, recibí un mensaje desde un número desconocido. Decía solo una frase,« Te toca cerrar el círculo». No respondí, dejé el teléfono sobre la mesa y traté de no pensar en eso. pero los ruidos regresaron escuché pasos en el pasillo como si alguien arrastrara los pies me levanté despacio y me acerqué a la ventana afuera en la banqueta del edificio de enfrente había una persona quieta parada bajo un poste fundido Sostenía una vela encendida en la mano. La luz apenas iluminaba su rostro, pero alcancé a notar que miraba directo hacia mis ventanas.

35:46 Busqué el celular para tomarle una foto, pero en cuanto abrí la cámara, la pantalla se apagó sola. Ni el botón de encendido respondió. la vela seguía ahí ardiendo en la oscuridad cerré la cortina y me quedé sentado junto a la cama hasta que amaneció al salir el poste estaba vacío pero en el suelo quedaba un círculo negro de cera pensé en denunciarlo o al menos contárselo a alguien pero no sabría cómo explicar todo sin parecer trastornado pasaron los días y las cosas se calmaron un poco hasta que un domingo escuché un golpe suave en la puerta al abrir no había nadie sólo una bolsa pequeña en el piso idéntica a las del ritual dentro había una moneda igual que la que dejé aquella primera noche Y la superficie estaba cubierta por una sustancia verdosa, seca y con un olor fuerte. La tiré de inmediato, pero al volver a cerrar la puerta, sentí un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza. Desde entonces, cada cierto tiempo, alguien deja una bolsa igual frente a mi puerta. A veces pasan semanas, otras solo unos días, pero siempre con una moneda adentro. Ya no intento tirarlas, solo las guardo en una caja y evito abrirlas. No cuento esto para convencer a nadie, tampoco busco que lo crean, solo quiero dejar claro que lo que comenzó como una curiosidad terminó

37:18 arruinando mi sueño y la tranquilidad. Hay noches en que aún percibo ese olor a hierbas quemadas y alcohol, y aunque intento ignorarlo, sé que tarde o temprano volverán a buscarme. Nunca supe quiénes eran realmente, ni qué significaba formar parte del círculo, pero algo me dice que, mientras siga apareciendo esa bolsa frente a mi puerta, el ritual sigue abierto, y que tarde o temprano me tocará cerrarlo. Cuando era niño vivía en un barrio antiguo del centro de Oaxaca, en una calle angosta de piedra, donde las casas eran viejas, con paredes gruesas y portones grandes de hierro. Todo ahí tenía un aire detenido, como si el tiempo no pasara igual que en otros lugares. La mayoría de las casas estaban habitadas por familias de toda la vida, pero había una que destacaba, porque siempre estaba cerrada. El saguán era verde oscuro, oxidado en las orillas, y tenía colgadas unas cadenas cruzadas. En el centro, alguien había dibujado una cruz con carbón, aunque nadie sabía quién lo había hecho. Esa casa, decían los mayores, había pertenecido a Doña Zenaida. una curandera conocida en todo el barrio por preparar remedios y hacer limpias con hierbas pero también se decía que la mujer

38:48 no murió como las demás los adultos hablaban poco de ella pero los niños sabíamos lo que se decía cuando los mayores no estaban que doña Zenaida era una bruja, que las noches antes de su muerte se veían luces rojas salir del patio y que el aire alrededor de su casa olía a azufre. Yo escuché a mi abuela decir una vez que la señora había empezado como buena, ayudando a enfermos, pero que con el tiempo se metió en cosas prohibidas. Nadie quiso decirme qué significaba eso. Después de su muerte, nadie quiso vivir ahí. La puerta fue asegurada con cadenas y las ventanas fueron tapiadas con madera.

39:29 El techo se llenó de murciélagos, y cuando llovía, el agua se colaba por las grietas del muro, dejando manchas oscuras. Los vecinos más viejos juraban que por las noches se oían rezos entrecortados desde dentro, aunque el lugar estaba vacío. Los niños del barrio evitábamos pasar frente a esa casa, y si jugábamos fútbol y el balón se iba de ese lado, sabíamos que ya no lo recuperaríamos. Solo con mirar el saguán uno sentía que algo lo observaba desde adentro. Una tarde, cerca del anochecer, mis amigos y yo estábamos jugando fútbol en la calle. El sol caía sobre los techos y el aire olía a pan tostado de una panadería cercana. Éramos cinco y jugábamos contra una barda. En una de esas le pegué con fuerza a la pelota y ésta salió disparada. Rebotó en el empedrado y cayó justo en la casa de la bruja por una ventana rota, que no tenía tablas. Todos quedamos callados. Uno de mis amigos, Joaquín, dijo que ya no la buscáramos, que mejor siguiéramos con otra pelota. Pero yo, que era el más chico del grupo, no quería quedar como cobarde, y dije que iría a recuperarla y que no tardaría. Di la vuelta y entré por la ventana. Cuando salté al otro lado, el polvo se levantó y me picó la garganta. Dentro, el aire era pesado, con olor a humedad y a madera podrida.

41:00 Mis pasos crujían sobre el piso de ladrillo. Había un pasillo largo con las paredes manchadas por el agua de lluvia. En un rincón vi una mesa cubierta con un mantel amarillento, y sobre ella, velas derretidas que se habían pegado al mantel formando montículos de cera. Al fondo, una cortina vieja separaba la sala del cuarto principal. La pelota estaba cerca de un mueble caído. La tomé con rapidez, pero antes de darme vuelta, escuché algo. Un sonido bajo, lento, como una respiración profunda, acompañada por un leve movimiento del aire. No era el ruido de los murciélagos ni del viento. Sonaba como si alguien dormido respirara cerca. Me quedé quieto unos segundos. Volví la vista hacia la cortina. Se movía apenas, como si del otro lado alguien la rozara con la mano.

41:53 La verdad... sentí un escalofrío pero la curiosidad pudo más di unos pasos hacia el fondo y alcancé a ver una cama de hierro cubierta con cobijas viejas sobre el colchón había una figura tendida cubierta hasta el cuello pensé que tal vez se trataba de un indigente que se había metido a dormir ahí o tal vez de un cuerpo olvidado el aire estaba más frío en ese cuarto Sobre el buró, junto a la cama, había una cadena con un crucifijo de plata y una medalla de San Cipriano. Brillaban débilmente con la luz que entraba por las rendijas. No sé por qué, pero me acerqué y tomé la medalla entre los dedos solo para verla. Sentí que el metal estaba helado. En ese momento, el colchón crujió con fuerza.

42:46 Me quedé inmóvil mirando las cobijas. El bulto sobre la cama se movió levemente y la respiración se volvió más fuerte. Retrocedí un paso, pero antes de salir vi como las cobijas se hundieron en el centro y luego se levantaron como si algo dentro se incorporara. La figura se sentó lentamente, las cobijas cayeron hacia los lados y vi su rostro. Era una mujer vieja, de piel seca y cabello blanco, pero los ojos estaban blancos por completo, sin pupilas y abiertos de par en par. No tenía expresión de dolor, sino de enojo. En el cuello llevaba la cadena del crucifijo, rota, como si alguien se la hubiera arrancado. No recuerdo haber gritado.

43:31 Tiré la pelota y corrí por el pasillo, tropezando con los muebles cubiertos. Atrás, una voz ronca dijo mi nombre con claridad. No fue un eco ni mi imaginación. De verdad dijo mi nombre. Salté por la misma ventana por donde había entrado, rasgando la camisa. Mis amigos me esperaban al final del callejón, pálidos, preguntando qué había pasado. No fui capaz de hablar. Detrás de mí, el saguán verde volvió a cerrarse solo, con un golpe seco que resonó en toda la calle. Esa noche supe que no todos los muertos descansan. Algunos se quedan esperando a que alguien los despierte. Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos blancos de la mujer sobre la cama, mirándome fijo como si aún estuviera viva.

44:22 Sentía que si me quedaba dormido volvería a abrirlos frente a mí. Me cubrí hasta la cabeza con las cobijas, pero el miedo no se iba. El sonido del viento entrando por la rendija de la ventana me hacía pensar que algo caminaba afuera. Por la mañana, mi madre me preguntó por qué tenía los brazos llenos de rasguños. Le dije que me había caído jugando con mis amigos. No insistió, pero me miró raro. Tenía la piel helada y no había pegado un ojo, y todo el día estuve distraído, esperando que anocheciera con una ansiedad que nunca había sentido. a media noche cuando la casa estaba en silencio escuché tres golpes secos en la ventana de mi cuarto no fueron ramas ni viento eran golpes con ritmo como si alguien tocara para que le abrieran me quedé inmóvil con la respiración contenida pues no tuve valor de mirar Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos. Los golpes no volvieron, pero me quedé despierto hasta que amaneció. A la mañana siguiente, el barrio entero hablaba de lo mismo. Un perro había amanecido muerto justo frente al saguán de la casa de Doña Zenaida. Decían que el cuerpo estaba reseco, como si lo hubieran exprimido, y que la lengua le había quedado negra y alargada. algunos aseguraban que era castigo por haber ladrado frente a esa casa y nadie se atrevió a

45:54 tocarlo intenté convencerme de que todo era coincidencia pero empecé a sentirme observado a cada paso que daba tenía la sensación de que alguien me seguía desde lejos en la tarde salí con mi hermano menor a comprar pan Al pasar frente a la casa de Doña Zenaida, noté que la puerta estaba entreabierta. Estoy seguro de que, cuando salí esa mañana, seguía cerrada y encadenada. Mi hermano no lo notó, pero yo no pude quitar la vista del interior oscuro. Sentí un escalofrío que me recorrió desde el cuello hasta los pies. Esa noche volví a soñar con la cama.

46:34 En el sueño, la mujer estaba sentada al borde, mirando hacia la pared, como si esperara algo. Cuando volteó, sus ojos blancos me buscaron y desperté gritando. Mi madre entró alarmada, pero le dije que solo era una pesadilla. Me acarició la frente y regresó a su cuarto. Desde entonces comenzaron a pasar cosas raras en la casa. Por las mañanas encontrábamos las cucharas dobladas en la cocina, como si alguien las hubiera torcido con la mano. Las puertas se cerraban solas con fuerza, aunque no hubiera corriente de aire. En ocasiones aparecía un olor a incienso quemado, tan fuerte que mareaba, y luego desaparecía sin dejar rastro. Una madrugada me despertó una sensación extraña. El pecho me ardía de frío, como si me hubieran echado agua helada. Cuando abrí los ojos, la vi. Estaba parada junto a mi cama con un velo negro cubriéndole el rostro y las manos huesudas a los lados. Reconocí los ojos, eran los mismos, sin pupilas, fijos sobre mí. Intenté moverme, pero el cuerpo no me respondía.

47:46 Sentí las piernas pesadas y la garganta seca. la figura se inclinó despacio hasta quedar a pocos centímetros de mi cara el velo se levantó un poco y escuché una voz áspera que me dijo eso no te pertenecía quise gritar pero la voz se me quedó atorada en el pecho sólo podía respirar con dificultad Cerré los ojos con fuerza y cuando los abrí otra vez, ya no estaba. La habitación estaba igual, pero el aire olía a ceniza húmeda. Pasé el resto de la noche despierto, sin moverme. En cuanto amaneció, salí a buscar al vecino más viejo del barrio, don Anselmo. un hombre que conocía todas las historias de esa calle le conté lo que me había pasado me escuchó en silencio sin sorpresa y cuando terminé me preguntó si había tocado algo allá dentro le conté lo de la medalla y el crucifijo entonces bajó la voz y me dijo que lo que había tomado no era una medalla cualquiera era una pieza de protección un sello que mantenía el cuerpo de la bruja quieto en su lugar si se retiraba el alma podía vagar buscando lo que le faltaba me miró serio y me dijo si no la devuelves no te dejará en paz lo que ella quiere no es el metal es recuperar lo que le quitaron Pasé el día con un nudo en el estómago.

49:13 En la tarde decidí regresar. Esperé a que anocheciera porque algo me decía que debía hacerlo cuando el barrio estuviera en silencio. Guardé la medalla en el bolsillo y salí sin decirle a nadie. El callejón estaba oscuro y el viento arrastraba hojas secas. Cuando llegué frente a la casa, el saguán estaba abierto, igual que en la tarde. Empujé la puerta con cuidado. Adentro todo estaba diferente. No olía a humedad ni a polvo. El piso estaba limpio, casi reluciente, como si alguien hubiera pasado un trapo hace poco. Caminé hasta el cuarto donde había visto la cama. Ahí me detuve, pero no había cama, ni buró, ni crucifijo. Solo el espacio vacío. En el centro del piso había una marca circular negra, como si algo se hubiera quemado ahí. El olor era fuerte. Me agaché y pasé la mano por encima del círculo. Estaba caliente, aunque no había fuego. De repente, un viento helado recorrió la habitación y sentí que algo me rozó la espalda. Me enderecé y miré alrededor, pero no había nadie. Pero el aire sonaba diferente, como si alguien respirara detrás de mí. Di unos pasos hacia atrás, saqué la medalla y la dejé caer en el centro del círculo. El sonido del metal al tocar el suelo resonó más de lo normal. En ese instante, una ráfaga

50:44 de aire apagó todas las luces del barrio. Solo se oía el zumbido del viento pasando entre las grietas. No sé cuánto tiempo me quedé ahí parado, sin poder moverme. Pero cuando recuperé el control, salí corriendo hasta mi casa y cerré la puerta con seguro. Esa noche no hubo sueños, pero el olor a incienso volvió, más fuerte que nunca, y por un momento escuché su voz en el pasillo diciendo mi nombre, como aquella vez dentro de la casa. Los días que siguieron fueron una pesadilla, empecé a enfermar sin explicación, no tenía hambre, apenas probaba bocado, y aún así sentía el estómago lleno. Cada movimiento me cansaba, como si llevara semanas sin dormir. Mi madre pensó que era una fiebre o una infección. Me tomó la temperatura varias veces, pero no tenía ni un solo grado de más. Mi padre decía que todo era por nervios, que seguro algo me había impresionado. Pero yo sabía que no era eso.

51:50 Sentía que algo se me estaba yendo del cuerpo, poco a poco. Por las noches el sueño me huía. Cerraba los ojos y en cuanto lo hacía, escuchaba mi nombre desde la ventana. Era una voz ronca, vieja, que alargaba las sílabas como si disfrutara pronunciarlo. Las primeras veces traté de ignorarla, pensando que era el viento, pero el tono era demasiado claro. A veces la escuchaba reír, otras solo respirar. Mi madre dormía en la habitación de al lado y nunca oía nada. Una madrugada, el sonido fue distinto. La puerta del cuarto se abrió sola, despacio, y un viento helado recorrió la habitación, apagando las velas del altar pequeño que teníamos en un rincón. Los vidrios de la ventana vibraban.

52:41 Me senté en la cama con el corazón desbocado. En el marco de la puerta se dibujó una sombra encorvada, moviéndose con pasos lentos. El olor me lo confirmó antes de verla bien. Era el mismo que aquel día en la casa abandonada. Un olor a tierra húmeda y a madera vieja mezclado con humo. La sombra se acercó hasta quedar frente a mí. Era Doña Zenaida, pero ya no era como la recordaba. Su rostro estaba desfigurado, con la piel gris y el cabello pegado al cráneo. chorreando un líquido oscuro que le caía por el cuello los ojos eran los mismos blancos y fijos intenté rezar pero la lengua se me quedó pegada al paladar ella levantó una mano huesuda y me tocó el pecho sentí un ardor que me atravesó de lado a lado y luego una sensación espantosa como si algo saliera de mí el aire me faltó quise gritar pero no me salía la voz sentía como el cuerpo se me entumecía como la vista se me nublaba antes de perder la conciencia vi como la anciana se inclinaba sobre mí con la boca abierta respirando justo frente a mi cara desperté gritando mi madre entró corriendo y me encontró empapado en sudor con la camisa pegada al cuerpo dijo que había estado hablando dormido que murmuraba cosas sin sentido me revisó el pecho y notó una marca roja redonda justo donde la bruja me

54:14 había tocado A la mañana siguiente, me llevaron al templo del barrio. El sacerdote me escuchó en silencio. Cuando terminé, él dijo que esas cosas no se arreglaban con misas. Nos explicó que, si la medalla era una pieza de contención, el espíritu de la mujer seguía buscando lo que la mantenía sujeta. Me miró fijo y añadió,« No basta con devolverla. Tienes que destruirla en el mismo lugar donde la tomaste». No me gustó escucharlo, pero en el fondo sabía que tenía razón. Pasé el resto del día pensando en cómo hacerlo. Mi hermano menor se ofreció a acompañarme. No quería que fuera solo, y en el fondo yo tampoco tenía valor para enfrentarme otra vez a esa casa. Esa noche salimos con una vela, cerillos y la medalla envuelta en un trapo.

55:06 El callejón estaba más oscuro que de costumbre y el silencio era tan denso que se escuchaban nuestros pasos sobre la piedra. El zaguán seguía abierto igual que la última vez. Caminamos hasta el centro donde había dejado la medalla aquella noche. Encendí la vela y la sostuve con las manos temblando. Coloqué la medalla en el suelo sobre la marca circular que seguía grabada en las losas. Saqué los cerillos y prendí un pedazo de papel para avivar el fuego. La flama casi no prendía, parecía resistirse. De pronto, una ráfaga de viento atravesó el lugar y la vela ardió con fuerza, iluminando todo el cuarto. En ese instante se escuchó un grito lejano, de mujer. No era un lamento común, era un sonido largo, agudo, lleno de rabia. la vela titiló y la medalla empezó a cambiar de color el metal se calentó y se partió en dos con un chasquido un silencio total siguió y el viento se detuvo nos quedamos quietos sin atrevernos a hablar después de unos segundos la vela se apagó sola El aire volvió a la calma y salimos del lugar sin mirar atrás. Desde aquella noche, nadie volvió a escuchar ruidos en esa casa. Los vecinos dejaron de decir que olía a incienso o que se veían luces por las ventanas. Pasaron los meses y un grupo compró el terreno para construir un restaurante moderno. Derribaron todo.

56:38 Donde antes estaba la habitación, levantaron el comedor principal. Años después, ya de adulto, regresé al barrio con mi esposa. Quise enseñarle el lugar donde había crecido. El restaurante estaba lleno de gente, con música suave y olor a café. Pedimos mesa y mientras comíamos le pregunté a uno de los meseros si sabía algo de la historia del sitio. Me respondió que sí, que antes ahí había una casa vieja, y que algunos empleados no querían trabajar de noche porque veían a una anciana de velo negro caminar por el pasillo de los baños dijo que cuando alguien se armaba de valor para preguntarle qué hacía ahí la mujer volteaba despacio y respondía siempre lo mismo Vine a buscar lo que me quitaron. El mesero lo dijo con naturalidad, sin saber que yo conocía esa frase. Me quedé callado mirando el suelo. No dije nada a mi esposa ni terminé el café. Cuando salimos, miré el pasillo por última vez y juraría haber visto por un segundo unos ojos blancos observándome desde el reflejo del cristal. No sé si aquella noche la medalla se rompió o solo se abrió el sello, lo único seguro es que ella sigue ahí, esperando que alguien más se atreva a entrar. En aquel tiempo, las cosas estaban muy mal en casa. Mi padre llevaba meses

58:09 sin conseguir trabajo estable, y lo poco que entraba alcanzaba apenas para el arroz y los frijoles. Un día, mientras regresábamos del mercado, lo escuché decirle a mi madre que había salido un encargo fuera del estado. uno bien pagado pero en la sierra dijo que no podía hacerlo solo que si queríamos comer mejor tendría que llevarnos a mi hermano mayor y a mí no lo dudamos pues en esa época uno no tenía opciones solo trabajo o hambre la salida fue al amanecer Mi madre nos preparó atole y tortillas envueltas en trapo, y antes de irnos nos pidió que no dejáramos a mi padre solo. La camioneta que nos llevó subió durante horas por una carretera que se hacía más estrecha con cada curva. a medida que avanzábamos los pueblos quedaban atrás y el paisaje se volvía más espeso con pinos altos y un aire que olía a resina el chofer un hombre moreno de voz pausada nos dijo que allá arriba la gente era diferente que hablaban su propio idioma y que hacían fiestas raras, pero que eran gente buena, si se les trataba con respeto.

59:23 El poblado al que llegamos se llamaba algo que nunca supe pronunciar. Eran pocas casas, casi todas de madera, y una pequeña escuela de techo oxidado. El camino terminaba justo ahí. Nos recibieron tres hombres del lugar, con sombreros de palma y ropa limpia pero vieja. nos saludaron dándonos la mano y uno de ellos el que parecía el jefe nos ofreció café recién hecho y pan de elote apenas hablaban español pero eran educados mi padre les explicó que veníamos listos para trabajar y que no nos íbamos hasta terminar el encargo era levantar un santuario así lo llamaron ellos nos mostraron el terreno una planicie rodeada de árboles y con varias cuevas pequeñas al fondo dijeron que el lugar era sagrado desde antes de sus abuelos y que ahora querían construir ahí una casa para sus rezos algo que resistiera el viento y la lluvia el jefe un anciano de cabello blanco y piel curtida nos indicó el sitio para empezar a cavar hablaba despacio mezclando palabras en su lengua Solo entendí que el nombre del cerro significaba la montaña que respira. Esa primera noche nos dieron alojamiento en una choza amplia, con petates y cobijas gruesas. Había café negro, frijoles y tortillas recién hechas. Los hombres comieron con nosotros y durante la cena nos contaron cosas del lugar. Dijeron

1:00:54 que en esas montañas a veces bajaban mujeres del aire, que no eran del todo humanas. Uno de ellos aseguró haber visto una, caminando entre los pinos sin tocar el suelo. Mi padre rió y dijo que eran supersticiones, que solo el cansancio hacía ver tonterías. El anciano lo miró serio y dijo que, si alguna noche escuchábamos que alguien nos llamaba por nuestro nombre, no debíamos mirar al cielo. Durante los primeros días trabajamos sin descanso. aplanamos el terreno colocamos piedra sobre piedra y levantamos una base firme el clima era raro en el día un calor seco y por la noche un frío que calaba los huesos alrededor se escuchaban los grillos pero también otros sonidos que no parecían del monte a veces al caer la tarde se oían silbidos que se movían entre los árboles como si alguien los hiciera a propósito para que resonaran de un punto a otro mi hermano y yo los escuchábamos acostados en el petate sin atrevernos a preguntar a la segunda noche le dije que tal vez eran aves pero él me respondió que no había visto ninguna desde que llegamos El jefe de los indígenas nos dijo al día siguiente que no eran pájaros, que eran ellas, probando si el cerro aún estaba protegido. La noticia que encendió la preocupación llegó al cuarto día. Un joven del pueblo subió corriendo desde

1:02:24 el sendero y le habló al anciano en su lengua. Todos los demás se quedaron callados. Cuando terminó, el jefe se levantó y nos tradujo en voz baja. vieron humo negro en las lomas del norte ellas ya saben que estamos construyendo no dijo más ordenó que se recogieran las herramientas y que nadie saliera después del anochecer esa tarde el aire cambió una neblina espesa se metió entre los árboles y el sonido del monte desapareció al caer la noche un viento helado recorrió el campamento levantando polvo y haciendo chillar las láminas los perros del poblado comenzaron a ladrar sin parar todos mirando hacia el cerro con el lomo erizado el anciano reunió a los hombres junto a la fogata yo estaba sentado junto a mi padre y mi hermano tratando de mantener las manos cerca del fuego El anciano tenía una mirada que no olvidaré nunca. Dijo que en sus sueños había visto sombras bajando por la loma y que esa misma noche cruzarían el río. Nos advirtió que debíamos mantenernos juntos, que si alguien oía su nombre o un silbido cerca, no respondiera. Mi padre quiso bromear para quitar tensión, pero el anciano le puso una mano en el hombro. las brujas ya bajaron del cerro le dijo con voz grave y no miren al cielo si escuchan que alguien los llama por su nombre nadie habló después de eso el fuego crepitaba lento y los

1:03:58 perros allá lejos seguían ladrando como si vieran algo que nosotros no podíamos ver A la mañana siguiente, el ambiente se sentía distinto. El sol apenas asomaba entre la neblina y el aire olía a tierra mojada con un toque a carbón, como si alguien hubiera encendido algo durante la madrugada. Nadie hablaba mucho. Los indígenas que trabajaban con nosotros se levantaron antes de que saliera el sol y comenzaron a cavar una zanja alrededor de la obra. Mi hermano y yo los observamos sin entender muy bien qué hacían. El jefe del grupo, el anciano de cabello blanco, nos explicó que estaban colocando piedras negras grabadas con símbolos. Dijo que servían para proteger el lugar de las que nos sangran.

1:04:46 No le preguntamos más, pero se me quedó grabada esa frase. las que nos sangran parecía decirlo con respeto y miedo a la vez el resto del día trabajamos en silencio mi padre trataba de animarnos pero era evidente que el ambiente había cambiado los hombres del pueblo apenas comían y no se alejaban ni un metro del campamento cada tanto uno levantaba la mirada hacia el cerro como esperando ver algo moverse esa noche no hubo risas ni historias alrededor del fuego los indígenas oraron en su lengua durante largo rato y después apagaron las brasas me acosté en mi tienda sin sueño y el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración En algún momento, ya entrada la madrugada, escuché pasos afuera. Eran lentos, suaves, como si alguien caminara descalzo sobre la tierra. Luego vino otro sonido, un roce constante, como si arrastraran ramas secas alrededor de las tiendas. Mi hermano también lo escuchó. Lo sentí moverse a mi lado, pero ninguno de los dos dijo nada.

1:05:56 el aire dentro de la tienda se volvió pesado casi irrespirable entonces se oyó un llanto era fino prolongado con un tono que subía y bajaba como si lo hiciera una mujer que no terminaba de romper en llanto no era de un animal lo sabía los perros comenzaron a aullar todos al mismo tiempo algunos se soltaron y corrieron al bosque en medio del alboroto uno de los indígenas gritó algo en su idioma Después, otro repitió lo mismo en español.« Ya vienen por el aire». Mi padre se levantó para asomarse, pero el anciano lo detuvo. Nos ordenó apagar la lámpara y que no levantáramos la cabeza por ningún motivo. Le obedecimos sin chistar. Afuera, el viento soplaba con fuerza y entre los árboles se empezaron a ver luces.

1:06:48 Eran pequeñas, azuladas, moviéndose de un punto a otro con velocidad, como luciérnagas gigantes. mi hermano susurró que debían ser insectos pero antes de que terminara de hablar una de esas luces bajó hasta el borde del campamento y se apagó acto seguido se escuchó una risa aguda corta como la de una mujer Después vino otra y otra más. Parecía que se reían desde distintos lugares alrededor de nosotros. Los indígenas se echaron al suelo boca abajo y nos hicieron señas para hacer lo mismo. Yo no podía ver nada, solo escuchaba el viento y las risas, cada vez más cercanas.

1:07:31 Algo silbó sobre mi cabeza, como si hubiera pasado volando algo grande. El anciano empezó a rezar en su lengua, una oración que repetía rápido y sin pausas. Entonces se oyó un golpe seco, fuerte, como si algo muy pesado hubiera caído en la tierra. Los perros callaron al instante y nadie se atrevió a moverse. Estuvimos así varios minutos, inmóviles, hasta que el silencio se hizo tan profundo que el zumbido en mis oídos me dolía. no sé en qué momento me quedé dormido pero cuando desperté el sol ya estaba alto al salir de la tienda vi a todos reunidos en el borde del campamento me acerqué y entendí de inmediato por qué en el suelo justo donde terminaba la zanja de piedras negras había una huella enorme con forma humana pero con los dedos alargados y torcidos hacia atrás no parecía hecha por un pie normal uno de los hombres la cubrió con tierra y nadie volvió a mencionarla esa tarde llegó el patrón era un mestizo de unos 50 años conocido en el pueblo venía en una camioneta vieja y traía un maletín lleno de billetes pagó una parte del trabajo adelantada y nos dijo que no nos preocupáramos por los ruidos ni por los rumores contó que había mandado llamar a un curandero de confianza que llegaría esa misma noche a proteger la obra y a todos

1:09:01 los que estábamos ahí al caer el sol el curandero apareció venía montado en un caballo negro y llevaba una chaqueta de piel era un hombre delgado de piel morena con una expresión seria no se presentó ni saludó solo pidió agua y caminó directo hacia el centro del campamento traía una bolsa de piel colgada al hombro y una cruz hecha de hueso atada al pecho con una cuerda El anciano lo saludó con respeto y ambos se apartaron a hablar unos minutos. Luego el curandero dio la orden de apagar todas las fogatas y que nadie encendiera fuego hasta que él lo indicara. Dijo que la oscuridad atraía a las brujas, pero la luz las guiaba directo a quien la encendía. Nos quedamos a oscuras, escuchando los pasos del caballo que se alejaba hacia el bosque. Pasaron las horas sin que regresara. A medianoche, cuando el aire se volvió helado, un grito desgarrador retumbó entre los árboles. No era humano, el caballo relinchó, y el ruido de cascos se perdió en la distancia. El anciano quiso salir, pero los demás lo sujetaron. Mi padre murmuró que quizá el curandero había encontrado a las brujas, pero nadie respondió. Permanecimos despiertos, inmóviles, hasta que la noche empezó a volverse más clara. Justo antes del amanecer se escuchó un rugido. Era grave, profundo,

1:10:34 diferente a cualquier animal que yo conociera. No duró mucho, pero hizo vibrar la tierra. Después vino un silencio absoluto que duró varios minutos. El sol salió poco después y el aire olía de nuevo a tierra mojada, pero esta vez con un fondo metálico, como sangre seca. Nadie lo dijo, pero todos sabíamos que algo había pasado en el bosque esa noche, y aunque el curandero no volvió, las risas tampoco se escucharon más. Cuando amaneció, el curandero no volvió. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos sabíamos que no lo veríamos más. el caballo había regresado solo cubierto de lodo y con espuma en el hocico a unos metros del campamento entre los arbustos encontramos ramas partidas y rastros de sangre fresca las huellas eran confusas mezcladas con otras más grandes como si algo pesado hubiera sido arrastrado hacia el bosque El jefe de los indígenas reunió a todos.

1:11:37 Tenía la mirada cansada, pero hablaba con firmeza, y nos dijo que una bruja había sido cazada, pero que no debíamos alegrarnos, porque también algo había salido herido, algo que según sus palabras... no pertenece al mundo de los vivos pero tampoco al de los muertos aseguró que el cerro estaba en equilibrio sólo mientras esa cosa permaneciera dormida y que debíamos terminar la obra cuanto antes antes de que la noche reclamará lo suyo durante los días siguientes trabajamos con un miedo silencioso nadie se atrevía a mencionar al curandero ni a las luces que habíamos visto Sólo el golpeteo de las palas y el sonido de las piedras rompiéndose llenaban el aire. Los indígenas rezaban en voz baja mientras cargaban material y cada tarde encendían humo de copal en los cuatro puntos del terreno. Decían que así se mantenían lejos los espíritus de las brujas. Una tarde el cielo se puso gris de golpe y el aire se volvió pesado, sin viento. Mi hermano y yo estábamos cargando piedras cerca del borde del campamento cuando escuchamos un grito.

1:12:52 Era la voz de mi padre. Corrimos hacia él y lo encontramos de pie, mirando hacia el bosque con la boca entreabierta. Le temblaban las manos y le preguntamos qué pasaba y sólo señaló con un dedo hacia arriba. Entre los árboles, a contraluz del atardecer, se veía una figura. Era una mujer cubierta con trapos viejos. No caminaba ni volaba, simplemente se deslizaba entre las ramas. Tenía los ojos encendidos de un color que no sé describir, entre amarillo y blanco. se quedó quieta observándonos y luego se perdió entre los pinos sin hacer ruido mi padre juró que era una de las brujas que había logrado sobrevivir al ataque del curandero el anciano del grupo dijo que si la habíamos visto sin que ella huyera significaba que no nos temía Esa noche todos sabíamos que algo iba a pasar. El viento comenzó a soplar antes del anochecer. Las fogatas se apagaron solas, una tras otra, como si alguien las soplara desde lejos. Los perros del poblado, que solían dormir cerca de los indígenas, salieron corriendo hacia el monte con el rabo entre las patas. Y en cuestión de minutos el lugar quedó en una oscuridad total. los hombres se refugiaron dentro de las tiendas yo traté de hacerlo también pero un susurro me detuvo venía de afuera tan claro como si alguien me hablara al oído dijo mi nombre una

1:14:25 sola vez alargando la última sílaba sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo entero salí con cuidado mirando en todas direcciones pero no había nadie a unos metros entre la neblina vi una sombra de mujer que se movía despacio y parecía flotar No tenía rostro, solo un hueco oscuro donde deberían estar los ojos. Avanzaba directo hacia mí, pero no podía moverme. Era como si el aire se hubiera vuelto espeso. Extendió una mano delgada, gris, con dedos larguísimos que terminaban en puntas negras. Cuando estaba por tocarme, algo la golpeó desde un costado, con tal fuerza que la lanzó varios metros. Escuché un rugido bajo, ronco, que me hizo vibrar el pecho. En eso, desde el suelo, se levantó una figura enorme cubierta de barro, con los brazos tan largos que casi tocaban el suelo. En su rostro no había rasgos humanos, solo una mandíbula abierta, llena de dientes irregulares que se movía sin sonido. La sombra de la bruja chilló, y el monstruo la tomó del cuello y la arrastró hacia el bosque, rompiendo ramas a su paso. yo caí de rodillas temblando sin poder respirar detrás de mí los indígenas comenzaron a rezar a gritos repitiendo palabras que no entendía el ruido duró varios minutos luego cesó de golpe y todo quedó en silencio No

1:15:58 se escuchaba ni un insecto, ni los perros, ni el viento, solo el crujido de las brasas, y me quedé en el suelo hasta que amaneció. Cuando el sol salió, el campamento parecía otro. Las tiendas estaban cubiertas de polvo y las ramas caídas formaban un círculo alrededor del terreno. En los árboles había plumas negras pegadas al tronco, como si hubieran sido lanzadas. El aire olía a sangre seca y a ceniza. El anciano reunió a todos y dijo que el cerro había sido limpiado, que el monstruo había cumplido su parte, pero que debíamos marcharnos antes del anochecer porque la tierra reclamaría silencio. Nadie discutió, empacamos las herramientas y recogimos lo necesario. El patrón nos pagó más de lo acordado y solo dijo...« No hablen de lo que vieron.

1:16:52 Esto termina aquí». El trabajo se dio por terminado antes de tiempo, y la comunidad nos despidió en silencio. Mientras bajábamos por el camino, sentí que alguien nos observaba desde el bosque. No volteé, pero supe que algo seguía ahí, esperando. Semanas después, mi padre regresó para entregar unas herramientas, pero cuando volvió lo noté diferente. Contó que al llegar ya no había nada, ni la base de piedra, ni la zanja, ni las tiendas. Solo tierra removida y cenizas esparcidas por el viento. Dijo que el cerro estaba en calma, pero que se escuchaban risas muy suaves al caer la tarde.

1:17:33 Desde entonces, a veces, sueño con ese lugar. Veo el bosque cubierto de neblina, las risas de las brujas y el rugido del monstruo. Pero cuando despierto, el cuarto huele a tierra quemada y siento el eco de risas lejanas que parecen venir de los árboles. Nunca volví a saber qué era aquella criatura, pero estoy seguro de que las brujas no murieron esa noche. Solo se fueron a esperar el siguiente llamado.