July 9, 2025

SOMBRA DE NAHUAL Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 Sombra de Nahual Yo me llamo Emiliano, tenía 17 años, vivíamos en una casa pequeña, en un pueblo de sierra donde casi todos se conocían. En esa casa solo estábamos mi mamá, mi abuelo y yo. Mi papá murió cuando yo era niño, y desde entonces mi abuelo fue quien se hizo cargo de muchas cosas. Esa tarde, mientras regresábamos del molino, un hombre apareció en la vereda. caminaba lento se miraba muy cansado llevaba un sombrero de palma una chamarra vieja y una mochila que parecía vacía se detuvo frente a nosotros y nos saludó con un gesto de la mano no tenía expresión en la cara sólo nos vio y dijo que llevaba días caminando que venía del sur que no buscaba problemas sólo un lugar donde dormir unas noches y que podía pagar un poco su estancia Mi mamá lo miró.

0:58 No dijo que no, pero tampoco se apresuró a decir que sí. Le preguntó de dónde venía exactamente, y él respondió que de un pueblo que no conocíamos, uno que quedaba más allá del cerro, según él. También dijo que lo habían corrido de una parcela donde estuvo trabajando, y que no tenía a dónde más ir. Mi abuelo se quedó callado todo el tiempo mirando. Cuando mi mamá volvió a mirarlo, él solo asintió con la cabeza. Ella le respondió al anciano que sí, que podía quedarse unas noches sin necesidad de pagar, pero que, por seguridad, dormiría en una habitación que estaba apartada, al fondo del patio, y que le pondríamos seguro por fuera. El anciano no discutió.

1:43 dijo que entendía que solo necesitaba descansar ni siquiera pidió comida solo agua le dimos un jarro con agua fresca del cántaro y se la tomó después lo guiamos hasta la habitación era una pieza donde antes dormía un tío que ya no vivía con nosotros Tenía una cama sencilla, una cobija y una lámpara de petróleo. Mi mamá se aseguró de que todo estuviera limpio. El hombre se sentó en la cama, se quitó los guaraches y dijo que no necesitaba nada más. Mi mamá le explicó que cerraría la puerta por fuera, que era por precaución, no por desconfianza. El anciano solo hizo un gesto con la mano, como si no le importara. Mi abuelo fue quien colocó el pestillo por fuera. Nadie dijo nada más. Ya en la noche yo no podía dormir. Me costaba trabajo hacerlo, y más si habían visitas desconocidas. Me levanté para ir al baño, y de paso pasé cerca de la habitación. Había una rendija en la parte baja de la puerta. Me agaché y miré un momento. El cuarto estaba a oscuras, solo la lámpara de petróleo encendida muy tenue. El anciano estaba en la cama, acostado boca arriba. No se movía nada, parecía más una figura que una persona dormida. Los brazos estirados, los ojos cerrados, la cara completamente quieta. No hacía ruidos, no se acurrucaba, no se volteaba. Era como si no estuviera vivo, como si solo lo hubieran puesto ahí. Me

3:15 quedé mirando un rato, esperando ver si se rascaba o si hacía algún gesto, pero no, no hizo nada, solo estaba acostado, inmóvil. Me dio algo de miedo, así que me fui rápido a mi cuarto y me tapé hasta la cabeza. Al día siguiente, muy temprano, fui al patio a sacar la basura. Había huellas en la tierra. No eran marcas viejas, eran frescas. Huellas de pies descalzos, que venían desde la parte trasera de la casa. Cruzaban junto al gallinero y se perdían cerca de los árboles que colindaban con el monte. Mi mamá salió también con el balde de agua y cuando vio las huellas se detuvo a ver. Me preguntó si yo había salido durante la madrugada.

4:00 Le dije que no. Ella negó con la cabeza y fue directo a revisar la puerta de la habitación. El pestillo seguía puesto. No había sido removido. Lo quitó con cuidado y abrió. El anciano seguía acostado en la cama exactamente igual. No se había movido. Tenía los mismos brazos estirados, la misma cara tranquila y la misma respiración apenas perceptible. Mi mamá me miró como preguntándome si yo veía lo mismo. Yo asentí. El abuelo apareció en ese momento con su machete envainado en la cintura. También vio las huellas y se acercó sin decir palabra. Entró al cuarto, se quedó parado en la puerta y luego volvió a salir. No dijo nada, solo pidió café. Mi mamá, que todavía no sabía qué pensar, preparó algo de desayuno, pero no quiso hablar del tema. Solo dijo que no era normal, pero que no debíamos juzgar. Yo no dije nada. Mi mamá revisó el pestillo varias veces durante la mañana. Lo abría, lo cerraba, lo volvía a mirar, como si buscara alguna marca, algún indicio de que había sido forzado. El gancho estaba bien firme. La madera no tenía rayones. No había señales de que alguien lo hubiera abierto desde adentro. Según eso, el anciano no había salido. Y las huellas seguían ahí, marcadas sobre la tierra húmeda. No eran de un día anterior.

5:29 Había lloviznado en la madrugada y las huellas estaban bien formadas, frescas, con el borde claro. Eso no tenía sentido. Pasó la mañana sin que nadie dijera mucho. El abuelo, como siempre, se sentó bajo el tejabán, a picar leña en silencio. Mi mamá se puso a barrer el patio más veces de lo normal, como si necesitara calmarse haciendo algo. Yo me quedé atento. No dejaba de pensar en cómo había visto al anciano acostado, sin moverse, como si estuviera en otro mundo. Por la tarde, mientras mi mamá lavaba ropa, vino doña Malena, una vecina que vivía cruzando el arroyo.

6:11 Vino a dejar unas tortillas, como a veces lo hacía. Mi mamá le preguntó si había escuchado algo raro en la noche, porque había encontrado huellas en el patio. La señora puso cara de duda, pero luego dijo algo que me hizo quedarme quieto. Contó que en la madrugada, como a las tres, se levantó al baño y vio algo moverse por el corral de nuestra casa. Que creyó que era un perro, pero que se le hizo raro porque no caminaba como uno. Dijo que era un bulto negro, que se desplazaba bajito, como agachado, y que lo vio trepar por la barda del fondo. Pensó que quizá era un mapache o algo parecido. pero que no hizo ruido, solo lo vio desaparecer hacia el monte, mi mamá se quedó callada, no le dijo nada del huésped, solo le agradeció por las tortillas y cuando doña Malena se fue me llamó aparte, me pidió que no comentara nada con nadie, que era mejor esperar a ver qué pasaba, que no quería levantar sospechas sin tener claro qué estaba ocurriendo, la tarde se fue lenta y El anciano seguía en la habitación.

7:18 A ratos salía al patio, se sentaba en un banco de piedra y tomaba agua, sin hablar con nadie. No preguntaba nada, no miraba más de lo necesario. Solo estaba ahí, como si no quisiera molestar, pero tampoco irse. Cuando lo veía moverse, parecía normal, cansado. Pero en la noche me quedé despierto más tiempo. Me acosté con ropa y sin apagar la lámpara. Cada crujido de la madera me ponía nervioso. Cada sonido del monte me parecía más fuerte que de costumbre. Eran como las dos y media de la madrugada cuando escuché algo en el patio. Era un sonido seco, como cuando alguien pisa tierra húmeda con los pies descalzos. Me levanté en silencio. Me asomé por la ventana de mi cuarto.

8:07 Quedaba al lado opuesto de la casa. No vi nada. Caminé despacio hasta la sala. La ventana del frente estaba cerrada. Fui hasta la cocina, que tenía vista al gallinero. Una sombra humana, delgada, se movía por el patio. Caminaba despacio con pasos largos. Tenía forma de persona. Iba encorvada con los brazos colgando. Pasó junto al árbol de guayaba y luego se acercó a la barda. La trepó sin esfuerzo como si no pesara nada. No usó las manos. Solo se deslizó hacia arriba y desapareció del otro lado. Sentí un escalofrío en la espalda. Me quedé quieto con la vista clavada donde había estado esa sombra. No supe qué hacer.

8:52 Pensé en despertar a mi mamá, pero primero fui directo al cuarto del anciano. No quería ni acercarme, pero tenía que ver. Caminé con cuidado. La lámpara de petróleo todavía estaba encendida. Me agaché y miré por la rendija de nuevo. Estaba ahí acostado, con los brazos a los lados, la cara recta, los ojos cerrados. Igual que la noche anterior, no se había movido un solo centímetro. ni siquiera parecía respirar como si ni siquiera fuera de verdad me alejé despacio me fui a mi cuarto sin hacer ruido me acosté y me tapé hasta la cabeza el corazón me latía fuerte yo no estaba seguro de lo que había visto pero sabía que no era normal y sabía que la cosa que había cruzado el patio no era un perro ni un ladrón era una sombra con forma de humano y no caminaba como alguien vivo A la mañana siguiente, después del desayuno, mi abuelo me pidió que lo acompañara al patio. Caminamos hasta la parte de atrás junto al gallinero.

9:58 Revisó la tierra. Todavía había algunas marcas como de pasos arrastrados. No eran tan claras como las del primer día, pero seguían ahí. Se agachó, pasó la mano por encima de una huella y me dijo algo que no me esperaba. Dijo que hay ciertos nahuales que pueden desprender su sombra. que no todos lo logran, pero los más viejos, los más fuertes, a veces lo hacen, me explicó que la sombra puede moverse sola, puede salir de noche mientras el cuerpo queda dormido, me aseguró que eso no era cosa nueva, que desde joven había escuchado de hombres capaces de dejar su sombra vagando, y que la usaban para espiar, para cazar o para meterse en casas ajenas. Pero que si uno llega a verla, lo mejor es no tocarla, porque si la sombra siente que fue vista, puede volverse violenta.

10:50 Me advirtió que, si volvía a aparecer, no se me ocurriera acercarme, ni gritarle, ni lanzarle nada, solo observarla desde lejos y, si era posible, rezar bajito. que no debía romperse el silencio cuando eso andaba suelto, porque al menor error la sombra podía darse cuenta de quién la vio, y entonces ya no se iría. Le conté lo que vi con más detalle, lo de cómo trepó la barda, cómo se deslizaba sin hacer ruido. Mi abuelo no parecía sorprendido. Solo asentía con la cabeza y decía que tenía sentido, que si el cuerpo seguía acostado, pero las huellas aparecían fuera, entonces era la sombra la que salía. Dijo que no había que hacer escándalo aún, pero que esa noche no iba a dormir, que iba a vigilar desde el gallinero.

11:43 Esa tarde no salimos para nada. Mi mamá preparó comida, pero apenas probamos bocado. Nadie tenía hambre. El anciano seguía igual, callado, discreto, como si no supiera lo que pasaba. Pero ya no me atrevía a mirarlo mucho tiempo seguido. Había algo raro en su cara, algo que no había notado los primeros días. Sus mejillas estaban más hundidas, la piel de los brazos más opaca, como si no estuviera comiendo bien o como si el cuerpo no le sirviera del todo. Mi mamá también lo notó. Me dijo en voz baja que si seguía así iba a tener que decirle que se fuera, pero que por ahora prefería esperar una noche más. Cuando anocheció, el abuelo se sentó junto a la ventana del cuarto de herramientas. Tenía su machete sobre las piernas y un foco colgado desde arriba. No prendió la luz, solo se quedó ahí mirando hacia la barda. Yo me senté en la sala con la cortina apenas corrida y mi mamá se quedó en la cocina con la lámpara apagada. Nadie dijo una palabra. Eran casi las tres cuando empezó el ruido, algo que se arrastra por la tierra. Me acerqué a la ventana sin hacer ruido y traté de mirar. Entre las sombras del patio lo vi otra vez, la misma figura, delgada, encorvada, moviéndose cerca del árbol, pero esta vez no iba directo a la barda. Esta vez iba más lento, más bajo, como si buscara algo. Se acercó al gallinero, rodeó las

13:17 jaulas de los pollos y se quedó ahí, quieta, pegada a la pared. Mi mamá lo vio desde la ventana de la cocina y no aguantó. Soltó un grito. No muy fuerte, pero sí claro. La sombra reaccionó. Se deslizó por la pared del gallinero como si se hubiera estirado y luego se encogió. Fue un movimiento raro, como si se deshiciera por un momento y luego tomara forma de nuevo. El abuelo se levantó con el machete en mano y me gritó que no me moviera. Se quedó de pie, mirando fijamente. La sombra no desapareció. Se quedó pegada al gallinero, moviéndose apenas, como si respirara. Quería correr, meterme bajo la cama, pero no podía moverme. Esa cosa seguía ahí, más densa que antes. Ya no parecía una figura hecha de oscuridad común.

14:09 Era más gruesa, más marcada, casi sólida. Mi mamá se tapó la boca con las manos, se quedó pegada a la pared sin atreverse a mirar otra vez. El abuelo regresó al cuarto de herramientas y me dijo que no prendiera luces, que no hiciera ruido, que si esa sombra nos había escuchado, ahora sabía que estábamos viéndola, y eso no era bueno. Esa misma mañana, apenas salió el sol, el abuelo nos pidió que barriéramos todo el patio. No quería ni una hoja seca ni un trozo de basura. Quería la tierra limpia para que las huellas se marcaran mejor. Luego sacó un costal que guardaba en el gallinero, lleno de sal gruesa. Nos explicó que la sal no solo sirve para limpiar energías, sino que también daña a lo que no tiene cuerpo completo. que si esa sombra pisaba la sal el daño le llegaría directo al cuerpo del nahual dondequiera que estuviera nos puso a trazar una línea continua por todo el contorno de la casa desde la entrada principal bordeando el patio pasando por detrás del gallinero y regresando por el lado de la cocina Todo debía quedar cerrado, sin huecos. Al final colocó una línea doble en la puerta trasera, como refuerzo. Dijo que esa era la parte más expuesta. La sal crujía al pisarla. Nos hizo caminar con cuidado para no romper el trazo. Cuando terminamos, mi mamá se metió a preparar algo de comer, pero

15:41 nadie probó mucho. El anciano seguía en su cuarto, sin hacer ruido. Solo se escuchaba su respiración, débil y espaciada. Mi abuelo fue a asomarse un par de veces. Decía que parecía dormido, pero su cuerpo estaba tenso, como si no descansara. No movía los brazos ni las piernas, no cambiaba de posición, solo estaba ahí, acostado boca arriba, con los ojos cerrados. Ese día no salimos. Todo el tiempo estuvimos con la atención puesta en el silencio. Mi abuelo nos decía que la sal funcionaba mejor si uno la ponía con intención, sin distracciones. Y así fue. Nadie hablaba más de lo necesario. Nadie preguntaba lo que ya sabíamos.

16:26 Cuando cayó la noche, el abuelo se volvió a sentar junto a la ventana con el machete a un lado y una linterna apagada. Mi mamá se quedó en la sala con la vista en la puerta. Yo me acosté en la hamaca de la cocina con una cobija encima, pero no dormía. Solo escuchaba. No pasaba ni un minuto sin que revisara la puerta trasera con la mirada. Cerca de la medianoche se levantó un aire helado. No había viento, pero dentro de la casa el ambiente se sintió diferente, como cuando se va la luz en un día nublado. Más que oscuridad, era un tipo de frío que no tenía sentido, y la puerta principal soltó un crujido, muy leve, apenas audible, pero suficiente para que todos nos pusiéramos tensos.

17:14 El abuelo alzó la mano y nos hizo una seña para que no nos moviéramos. Se acercó a la ventana. Yo me asomé por una rendija de la cortina. No vi nada al principio. El patio seguía igual. Todo parecía en calma, hasta que noté una mancha que se deslizaba por el suelo como si no tuviera forma exacta. Era como humo pegado al piso. Se acercaba a la línea de sal. Yo no dije nada. Ni respiré. Solo la vi avanzar. Cuando estuvo a punto de cruzar la línea, se detuvo. Luego retrocedió un poco y de pronto, como si algo la empujara, se lanzó hacia adelante. En cuanto tocó la sal, se encogió. Se retorció como si algo la estuviera aplastando. No era una reacción normal, no era como si se espantara o se deshiciera. Fue como si le doliera, como si la sal le quemara. Y entonces, desde el cuarto donde dormía el anciano, se escuchó un grito.

18:13 La sombra seguía encima de la sal, temblando. No desaparecía, solo vibraba, como si tratara de recuperar la forma. Mi mamá se llevó las manos a la boca. No se atrevía a hablar. El abuelo no apartaba la mirada. Yo no sabía si salir corriendo o quedarme ahí, pegado a la pared. El grito se escuchó otra vez, más fuerte. No venía del patio, venía del cuarto. El anciano no gritaba palabras, solo lanzaba ese sonido como si estuviera sufriendo. La sombra finalmente se replegó. Se arrastró hacia atrás, pero con torpeza, como si algo la jalara. se encogió y desapareció detrás de la barda y el grito dejó de escucharse todo se quedó en silencio otra vez el abuelo nos dijo que no nos acercáramos que nadie debía entrar a ese cuarto hasta que saliera el sol mi mamá no aguantó más apenas se cayó el grito se levantó de golpe y fue directo hacia el cuarto del anciano no le importó lo que dijo el abuelo la noche anterior Le dijo al abuelo que algo estaba mal, que ese grito no era normal, que quizá el viejo se había lastimado. El abuelo se interpuso en la puerta. Le dijo que no entrara, que todavía era de noche, que no sabíamos si eso ya había terminado. Pero ella insistía.

19:37 Decía que un ser humano no grita así si no está sintiendo algo de verdad. El abuelo no la dejó pasar. Le dijo que si ese hombre no era del todo humano, ayudarlo a mitad del proceso podría hacer más daño.¿ Qué había que esperar? Mi mamá se quedó ahí, temblando, con la mano en la chapa, pero no la giró. Solo bajó la mirada y se quedó quieta. Afuera, la sombra seguía moviéndose. Se arrastraba por el patio como si le costara mantenerse unida. No tenía forma clara. Parecía más líquida que otra cosa, como si se estuviera deshaciendo. Se pegó contra la pared del gallinero y se contrajo. Luego empezó a temblar, como si algo dentro de ella intentara estirarse.

20:26 Luego se estiraba de más, como si se fuera a romper. Era como si algo invisible le estuviera jalando los extremos. Mi abuelo dijo que era buena señal, que estaba perdiendo fuerza. La sombra se sacudió una última vez, como si se agitara desde adentro. Después se aplanó. ya no se veía espesa ni fuerte se convirtió en una mancha delgada que poco a poco se fue pegando al suelo hasta desaparecer por completo como si se hubiera desecho dentro de la tierra todos teníamos la vista puesta en el mismo punto en donde había quedado la sombra el abuelo fue el primero en moverse dijo que ya podíamos entrar al cuarto fue él quien abrió la puerta Lo acompañamos en silencio, esperando encontrar al anciano sentado, despierto o al menos consciente.

21:18 El hombre seguía acostado en la misma posición, con los brazos a los lados, las piernas estiradas y los ojos cerrados, pero tenía sangre en la boca. No mucha, pero lo suficiente como para que la almohada tuviera una mancha. La piel se le veía más flaca, como si hubiera envejecido años en una sola noche. Seguía respirando, pero apenas. El pecho se le levantaba y bajaba de forma casi imperceptible. Parecía más un cuerpo al que se le escapa la vida que alguien durmiendo. Mi mamá quiso correr a buscar agua o un trapo. El abuelo la detuvo. Le dijo que eso no era una simple enfermedad, que no sabíamos cuánto quedaba del hombre y cuánto era lo otro. Lo dijo así, con esas palabras. Lo otro. Mi mamá solo lo miró sin saber qué decir. Estaba claro que quería ayudarlo, pero también entendía que no era una situación normal. El abuelo se acercó al cuerpo, lo revisó por encima sin tocarlo mucho. Dijo que no había heridas visibles, solo la sangre en la boca. Pero lo más preocupante era el estado del rostro. Ya no era el mismo hombre que llegó pidiendo hospedaje. Ahora tenía el semblante agotado, con la mandíbula ligeramente abierta, los ojos cerrados con fuerza y la piel tan delgada que se le notaban los huesos de la cara. El abuelo dio un paso atrás. Dijo que la sombra no había terminado, que no se había ido

22:50 del todo. Lo que más le preocupaba era lo que podía pasar después, que esa sombra buscara otra forma de regresar o de vengarse, que si no se había destruido por completo podía tomar otra forma, colarse por otra parte de la casa o esperar a que bajáramos la guardia. Entonces dijo que no podíamos enfrentar eso solos, que necesitábamos a alguien que supiera más, un curandero de verdad, Alguien que conociera estos casos, no de oídas, sino por experiencia. Dijo que todavía conocía a uno, que vivía en la siguiente comunidad, más arriba en la sierra. No era fácil de encontrar, pero si alguien podía decirnos que era ese viejo y que quería, era él. Mi mamá no dijo nada.

23:37 Yo tampoco dije nada, no sabía qué pensar. Era como si hubiéramos abierto una puerta que no debíamos abrir. como si algo se nos hubiera metido encima aunque ya no lo viéramos el abuelo se fue a preparar un burro y a alistar una linterna dijo que saldría antes del amanecer que mientras tanto nadie tocara al anciano y nadie saliera solo el curandero llegó por la tarde era un hombre ya mayor más alto que mi abuelo con el cabello blanco traía sólo una bolsa de yute en la mano y un bastón de madera apenas entró preguntó si el hombre seguía vivo mi abuelo asintió le dijo que no se había movido desde el amanecer que respiraba pero apenas el curandero pidió verlo de inmediato no hizo preguntas no quiso sentarse se metió al cuarto como si ya supiera lo que iba a encontrar yo me quedé junto a mi madre en el pasillo el abuelo entró con él desde donde estábamos alcanzábamos a ver parte de la cama el curandero no tardó en hablar Dijo que no era un hombre cualquiera, que ese cuerpo que veíamos ahí había sido de un Nahual, uno viejo, uno que en algún momento supo cómo separarse de su sombra. Mi mamá lo miró con los ojos bien abiertos. Yo sentí un escalofrío.

24:57 Lo dijo como si fuera algo que ya había visto muchas veces. Dijo que no era el primero, pero sí uno de los más antiguos que había sentido por la zona, que seguramente llevaba años vagando, cambiando de pueblo en pueblo. dijo que cuando los nahuales envejecen demasiado su cuerpo ya no les responde como antes pero sus sombras sí y algunos aprendían a vivir fuera de ellos soltándolas por ratos usándolas como si fueran parte viva Dijo que eso los debilitaba, pero también los hacía peligrosos, porque ya no eran completamente humanos y porque no tenían nada que perder. Revisó al anciano, solo observaba. Lo miraba de perfil, luego de frente. se agachó para verle los pies dijo que su alma ya estaba dividida que lo que quedaba ahí era solo una parte que mientras la sombra siguiera suelta iba a buscar una de dos cosas o regresaba al cuerpo o se alimentaba de algo vivo para mantenerse activa y que si eso pasaba lo peor no sería que el anciano despertara sino que despertara con otra cosa dentro algo que no podíamos controlar Mi abuelo le preguntó qué podíamos hacer. El curandero dijo que lo importante era no dejar que la sombra entrara, que había que reforzar las orillas con sal, que nadie debía estar solo, que la casa entera era ahora parte del conflicto. que lo habíamos traído adentro, y

26:31 que eso ya no se podía deshacer tan fácil. Fue justo en ese momento cuando la vimos, pegada al ventanal. Al principio pensamos que era solo el reflejo de algo, pero no. Era la sombra, más oscura que la vez anterior. No tenía forma exacta, pero sí altura. Era como un cuerpo cubierto por una capa negra, sin rostro, pero con presencia. Estaba ahí, inmóvil, justo al otro lado del vidrio. No se movía. Mi madre la vio antes que yo. Dio un paso atrás y me agarró del brazo. Yo solo alcancé a verla de reojo, pero no quise mirar más. Sentí que si la veía directo, algo iba a pasar.

27:13 Era como si supiera que la estábamos viendo. El curandero salió del cuarto sin preguntar nada, se acercó a la ventana y la observó desde lejos. Dijo que no iba a tardar, que ya estaba débil, que por eso se mostraba así, buscando provocar miedo, que necesitaba algo vivo, algo que la aceptara o la tocara, que si no lo conseguía iba a tratar de forzarlo. Mi abuelo fue por el machete, lo tenía colgado junto a la estufa. También agarró el costal con la sal. Se le notaba en la cara que ya estaba harto de estar a la defensiva. Dijo que si tenía que enfrentarla, lo iba a hacer.

27:54 El curandero le dijo que no se adelantara, que si la sombra entraba otra vez, tenían que atraparla, no dispersarla. que si la rompían sin que estuviera cerca del cuerpo, podía quedarse en la casa para siempre, como una presencia que ya no tiene a dónde volver. El abuelo solo asintió. No era la primera vez que seguía instrucciones difíciles. Solo pidió que estuviéramos listos, que si la sombra entraba, nadie debía tocarla, nadie debía abrir puertas ni ventanas, que lo dejaran a él y al curandero, que nosotros nos quedáramos detrás, atentos. yo no sabía cómo sentirme por una parte me daba miedo por otra me daba coraje esa cosa estaba afuera viéndonos como si tuviera derecho como si ésta fuera su casa y nosotros los intrusos me quedé junto a mi madre respirando despacio viendo como el abuelo afilaba el machete contra el cemento del umbral la sombra seguía en el ventanal pegada como esperando la noche Esa noche no se durmió nadie. El curandero nos pidió que apagáramos todas las luces, que mantuviéramos silencio, que escucháramos cualquier ruido que viniera desde afuera o desde el cuarto. Cerramos bien las ventanas y atrancamos la puerta principal. La única lámpara encendida fue la de la cocina, con un trapo colgado para que apenas alumbrara.

29:25 El abuelo colocó montones de sal en las esquinas del cuarto del anciano, en el pasillo, en el marco de cada puerta y en el centro del patio. Tenía el machete junto a la silla y la mirada fija en la entrada. El curandero se sentó en el suelo con un rosario de madera en las manos. Empezó a rezar en voz baja, con palabras que yo no entendía. yo estaba junto a mi madre en un rincón del comedor nadie hablaba solo se escuchaba la respiración del anciano en el cuarto suave y de pronto un golpe como si algo hubiera chocado contra la puerta Todos nos quedamos quietos. El curandero apretó el rosario. El abuelo se levantó de inmediato.

30:08 Otro golpe, esta vez más cerca de la ventana del pasillo. Después uno más, en la parte trasera de la casa donde daba al corral. Eran como manotazos, como si algo estuviera tanteando por donde entrar. Mi madre me agarró del brazo con fuerza. Sentí como me sudaban las manos. Los golpes siguieron, más rápidos, más desesperados. Era como si algo diera vueltas a la casa entera, sin parar. Buscando un punto débil, las ventanas temblaban. La puerta principal se sacudía. Se oían chillidos agudos, como si rascaran las paredes con algo filoso. El curandero alzó la voz. Seguía rezando, pero no paraba nada. Todo seguía igual o peor. El abuelo se asomó por la rendija de una ventana. Alcanzó a ver algo que lo hizo girar hacia nosotros. Dijo que la sombra ya no estaba quieta, que estaba golpeando con fuerza.

31:04 que si seguía así iba a entrar. El curandero se detuvo, dijo que no había más opción, que no podíamos esperar al amanecer. El abuelo no lo pensó dos veces, agarró el machete, metió el costal de sal bajo el brazo y me dijo que me quedara donde estaba. Salió por la puerta del fondo, la que daba al patio trasero. El curandero lo siguió. yo no me aguanté fui tras ellos mi madre intentó detenerme pero ya estaba en la puerta el aire afuera estaba helado apenas se veía con la luz tenue que salía por la ventana de la cocina el abuelo avanzó por el patio con el machete en alto buscando entre las sombras el curandero iba detrás murmurando rezos y rociando sal a su alrededor yo me quedé en el marco de la puerta Quería ver, pero no quería salir más. Y entonces, algo me agarró el pie.

31:57 Era algo frío, húmedo, que se enroscó por el tobillo y subió apenas hasta la pantorrilla. Bajé la mirada. No había nada. Quise gritar, pero no me salió la voz. Me agarré del marco. No me moví, solo apreté los dientes. Era como si algo invisible se estuviera colando desde el suelo, subiéndome por la pierna y no lo podía sacudir. El abuelo volteó y me gritó que me metiera. El curandero arrojó sal hacia donde yo estaba, y al momento el frío se cortó, como si me hubieran soltado. Me metí de un salto, cerré la puerta y me quedé temblando contra la pared. Mi madre vino corriendo, me preguntó qué pasó, y solo le dije que algo me tocó. No sabía explicar qué era, pero lo sentí claro. No fue mi imaginación ni el susto, fue real. El curandero volvió a entrar, tenía la cara seria, los ojos alertas, dijo que estaba más cerca, que ya no era solo una sombra suelta, que estaba desesperada, que si no la sacábamos pronto iba a quedarse ahí, metida en la casa y no la íbamos a poder sacar jamás. El curandero gritó que había que despegarla de la casa, que si no lo hacíamos, esa cosa iba a quedarse atrapada ahí para siempre. El abuelo no preguntó nada, corrió por el costal con sal y lo arrojó cerca de la entrada. El viento levantó parte del polvo, pero lo que alcanzó a caer sobre la sombra bastó. La figura se encogió como si la

33:28 sal la quemara. Se arrastró hacia un rincón, estirándose por la pared como si buscara escaparse, pero no pudo. Gritaba, no con voz humana, sino con un sonido agudo, como un chillido que se colaba por los oídos y hacía doler la cabeza. Yo retrocedí sin saber a dónde ir, y el abuelo volvió a lanzar más sal, esta vez directo a la figura. En cuanto la tocó, la sombra se sacudió con fuerza, como si algo se le estuviera arrancando desde adentro. En ese momento, desde el cuarto se oyó un gemido. El anciano, el que todavía estaba en cama, se retorció y gritó que no lo matáramos. Su voz sonaba diferente, más grave, como si viniera desde otro lugar.

34:14 Nadie se movió, nadie dijo nada. El curandero miró al abuelo, le hizo una señal con la cabeza y los dos entraron al cuarto sin que nadie se los pidiera. Mi madre no quería que se acercaran, decía que lo iban a lastimar más. Pero el curandero le aseguró que ya era tarde, que el daño estaba hecho y que no era por nosotros, que el viejo se lo había buscado solo. Desde la entrada vi cómo el anciano se encogía sobre el petate. Tenía espuma en la boca y los ojos casi blancos, sus uñas estaban negras, como si se hubieran podrido, y la piel de los dedos se le despegaba. El curandero sacó un puño de sal y la colocó cerca del pecho del hombre, justo donde respiraba. Apenas lo hizo, la sombra se volvió a mover allá afuera, retorciéndose en el suelo, estirando una especie de brazo, como si tratara de alcanzarlo. El abuelo le gritó al narrador que no se acercara, que nadie más se moviera y que todo dependía de resistir un poco más. La sombra daba tumbos, su forma ya no era clara, parecía un pedazo de humo pegado a la tierra y de pronto se desvaneció con un sonido seco, como si se hubiera partido algo por dentro. El anciano abrió los ojos, respiró una última vez y se quedó quieto. El cuarto se llenó de un olor agrio, como carne vieja. Mi madre rompió en llanto, pero el curandero le dijo que ya no había nada

35:45 que hacer, que no lo habíamos matado, que fue la sombra al separarse por completo. En el piso no quedó cuerpo de sombra, pero sí una mancha negra, irregular, como un tizne que se había metido entre las grietas del cemento. El abuelo dijo que no debíamos tocarla, que la dejáramos ahí, que era mejor no provocar nada más. Nadie habló por varios minutos. El silencio que quedó después de la muerte del anciano no fue de paz, fue de algo incompleto, como si todavía hubiera algo más rondando por ahí, algo que no terminó de irse del todo. Cuando amaneció, lo primero que hicimos fue revisar el cuarto. El anciano seguía ahí, muerto, encogido sobre sí mismo como si el cuerpo se hubiera arrugado hacia adentro. Tenía la boca entreabierta, los dedos doblados y el rostro cubierto por una palidez casi verdosa. El curandero lo cubrió con una manta sin decir nada. Nadie lloró, nadie lo tocó, solo nos quedamos viendo desde la puerta.

36:48 lo que más nos llamó la atención no fue su cuerpo sino la mancha en el suelo era una marca oscura más negra que el carbón como si algo se hubiera derretido ahí pero al tocarla no estaba húmeda tampoco seca era como una costra pegada al cemento la madre intentó frotarla con un trapo luego con escoba, con agua caliente, pero nada, no se quitaba, era como si hubiera quedado impregnada en la casa, como si eso fuera lo único que quedaba de la sombra. El abuelo dijo que no insistiéramos, que dejaran eso así, que era la prueba de lo que había estado aquí, que a veces las cosas dejan marcas aunque se vayan, que no importaba si ya no se movía, si no hablaba, si no tenía forma, seguía siendo un aviso. Mi madre solo asintió, no discutió, no preguntó más, salió del cuarto y dijo que no lo usaríamos nunca más. Agarró clavos, madera, lo que encontró a la mano, y entre los tres sellamos la puerta desde fuera.

37:51 Le pusimos cruces de cal, ramas secas en la entrada, y el curandero marcó algo con tierra mezclada con sal. Nadie dijo si funcionaría o no, solo lo hicimos por sentir que hacíamos algo. Esa noche dormimos todos en la misma habitación. No hablamos mucho, apenas y probamos algo de comida. El aire en la casa se sentía diferente, más frío, más denso. No se oían los grillos ni los perros. Parecía que hasta el pueblo sabía lo que había pasado. Me costó dormir. Aunque no escuché nada raro, solo pensé en la sombra, en el anciano, en lo que vimos. No volví a asomarme por la rendija del cuarto, ni pasé cerca de ahí. Sentía que, si me acercaba, algo me iba a ver desde dentro. Pasaron los días y la sombra no regresó. Nadie en la casa volvió a verla.

38:46 Tampoco escuchamos pasos ni sentimos frío, ni vimos nada raro por el patio, pero la inquietud no se fue. El abuelo decía que esas cosas no siempre vuelven por el mismo camino y que a veces no vuelven, pero tampoco se van del todo, solo se esconden. Mi madre no quiso saber más. Decidió que lo mejor era no hablar del tema. que cada quien lo guardara por dentro yo tampoco dije nada aunque por las noches todavía soñaba con esa figura pegada a la pared moviéndose sin hacer ruido como si aún buscara un cuerpo donde quedarse el cuerpo del anciano lo enterramos al tercer día con la ayuda del curandero y sin decirle nada a las autoridades Mi madre no quiso velorio ni misa, solo pidió que lo sacáramos de la casa antes de que comenzara a descomponerse.

39:40 Lo envolvimos en un petate viejo, lo amarramos con lazos y lo cargamos entre todos. Caminamos por un sendero que baja hacia un arroyo seco, lejos del pueblo, donde ya no se oyen las campanas ni se ven los techos de las casas. Ahí cavamos un hoyo grande, profundo, entre piedras y raíces. No dijimos palabras, no hicimos cruces, ni pusimos señal. Solo dejamos que la tierra lo cubriera por completo, como si así también quisiéramos enterrar el recuerdo. El curandero dijo que era mejor hacerlo así, en silencio, en un lugar apartado, que ese tipo de cuerpos no se debían dejar en un cementerio común, que a veces lo que habita dentro no se va del todo, y hay que asegurarse de que no vuelva a encontrar el camino de regreso.

40:30 Mi madre le agradeció sin mirarlo a los ojos. El abuelo solo asentía, con la pala apoyada en el hombro. Yo no sabía si sentía miedo, rabia o tristeza. Solo sabía que algo había cambiado en nosotros y que esa casa ya no iba a ser la misma. Durante las semanas siguientes evitamos hablar del tema. La gente del pueblo preguntó por el anciano. Algunos recordaban haberlo visto llegar. Otros solo decían que lo habíamos ayudado. Pero nadie preguntó mucho. En esos pueblos de sierra la gente no es tonta, y cuando no se habla de algo, por algo es.

41:10 Una vecina mayor, de esas que apenas salen de casa, le dijo a mi madre que a veces el error no está en abrir la puerta, sino en no saber a quién se le está abriendo. Que los caminantes no siempre caminan por necesidad. Algunos andan porque no tienen cuerpo, y otros porque lo que tienen dentro no puede quedarse quieto por mucho tiempo. Otra señora, más joven, comentó en la tienda que no era bueno dar posadas sin saber a quién, que eso atraía cosas, que lo que uno mete por compasión a veces no se va ni con la muerte. Nosotros no dijimos nada, solo regresamos a nuestra rutina o lo intentamos. Mi madre ya no volvió a pasar por el pasillo donde estaba la habitación sellada, le puso muebles enfrente como si así pudiera olvidarla. El abuelo dormía más poco y pasaba horas sentado en la banqueta con su bastón en la mano como si esperara algo.

42:08 Yo intenté seguir con la escuela, con los mandados, con lo de siempre, pero cada que anochecía me ponía a mirar las paredes, las ventanas, los rincones, no porque creyera que iba a volver, sino porque ya no confiaba del todo en la casa. A veces oía ruidos pequeños, como si alguien caminara despacio dentro del cuarto cerrado. o como si algo rascara la madera desde dentro pensé que eran ratas o ramas chocando con el techo pero no lo dije mi madre fingía no escuchar nada el abuelo sí lo oía lo sé porque se levantaba a mitad de la noche caminaba con cuidado hasta el pasillo y se quedaba un rato frente a la puerta en silencio sin tocarla luego se regresaba despacio como si confirmara que todo seguía igual nunca me preguntó si yo escuchaba lo mismo solo me decía que durmiera que no pensara tanto no sé si esa sombra desapareció del todo o si solo se quedó quieta escondida pero desde aquel día en que el anciano llegó nuestra casa ya no volvió a sentirse como antes Mi nombre es David Miller. Hasta 1992 trabajé como investigador adjunto en la Oficina de Asuntos Internacionales del Bureau of Indian Affairs, BIA, en Tucson, Arizona. El 4 de junio de ese año recibí un memorando interno con la clasificación Nivel 2,

43:41 Información Preliminar. El remitente era el subdirector regional, William A. Garretson. El asunto estaba titulado Quejas no resueltas, Sonayaqui, Sonora, México. El documento describía una serie de reportes que habían llegado por medio de la Embajada de Estados Unidos en Hermosillo. El contenido resumía desapariciones de ganado y dos casos de personas extraviadas entre 1986 y 1991 en un área conocida como Monte Bacatete. Lo que llamó mi atención fue que varios testimonios coincidían en describir la figura de un hombre cubierto de piel oscura que se movía de noche. El texto citaba expresiones locales que se traducían como« hombre animal» o« el que camina con patas». El memorando ordenaba recopilar información verificable. Mi tarea consistía en« contactar autoridades municipales de Bicam y Potam».

44:45 reunir registros o declaraciones de familias afectadas, documentar cualquier evidencia física, huellas, rastros, objetos, determinar si existía base para un informe conjunto con la Secretaría de Gobernación de México. Ese mismo día redacté una hoja de ruta. Saldría de Tucson el 6 de junio en un vuelo hacia Hermosillo, donde pasaría dos noches. Luego me desplazaría por tierra hasta Bicam en un vehículo de la embajada. Mi plan inicial era permanecer en la zona no más de 10 días, considerando que este tipo de reportes solía desestimarse por falta de pruebas. Tomé el vuelo a primera hora. El asiento junto a mí quedó libre. Pasé el trayecto revisando una carpeta con antecedentes de la región Yaqui. Entre los papeles incluían recortes de periódicos locales que hablaban de ganado hallado sin sangre, con cortes circulares en el cuello y el pecho. En uno de esos artículos, un reportero mencionaba que la gente prefería guardar silencio para no ser objeto de burlas. Cuando aterrizamos, un funcionario del consulado me esperaba con una camioneta gris. Me llevó al Hotel Gándara, sobre el bulevar Quino. Esa noche, revisé las hojas de registro y anoté que varios casos señalaban el mismo punto de referencia. un arroyo seco en la base del Bacatete dos nombres se repetían como testigos principales Martín López y Pedro Ruiz al día siguiente el cónsul auxiliar me presentó

46:19 con el encargado de enlace con autoridades mexicanas se limitó a decir que los casos parecían historias de rancho pero que de todas formas debía levantarse un informe formal Recogí las credenciales temporales y un juego de formularios de entrevistas. El 8 de junio por la mañana inicié el trayecto hacia Beacom. El vehículo era una Chevrolet Blazer con placas diplomáticas. El camino se extendía casi en línea recta, rodeado de sembradíos secos y casas bajas con techos de lámina. A medida que avanzaba, noté que muchas parcelas tenían cercas rotas y que algunos animales andaban sueltos. Me detuve en un expendio de gasolina cerca de Potam. Compré agua embotellada y un cuaderno nuevo, donde pensaba transcribir los relatos. El dependiente del negocio miró mi identificación y preguntó si venía por Los Muertos del Cerro. Le pedí que me explicara, pero solo dijo que la gente de por allí ya no subía al Bacatete desde hacía tiempo. Antes de continuar, marqué al consulado para informar mi ubicación. Les avisé que llegaría a Bicam antes del mediodía. Mi plan era presentarme con el comisario municipal, identificarme con la carta oficial del VIA y solicitar los archivos de reportes comunitarios. Al retomar el camino, pensé que aquel caso sería otra colección de supersticiones locales.

47:47 Durante los últimos dos años había recibido decenas de expedientes sobre brujería. Hombres que se convertían en animales o luces que bajaban de los cerros. Casi siempre terminaban en papeles archivados sin seguimiento. Lo que no sabía entonces era que esta vez la evidencia sería demasiado consistente como para desecharla. Llegué a Beacon poco antes del mediodía. El calor era más seco que en Hermosillo, y el camino principal estaba lleno de camionetas con cajas de madera donde llevaban sacos de grano. Me estacioné frente a la comisaría municipal, un edificio pequeño pintado de color blanco, con la puerta abierta y un escritorio de metal junto a un archivero oxidado que apenas se sostenía. Un hombre de unos 50 años salió a recibirme. Se presentó como comisario Jesús Padilla, y después de leer la carta membretada del Bureau of Indian Affairs, comentó que entendía la importancia del asunto. pero que la mayoría de la gente no quería hablar porque temían que se burlaran de ellos. Se sentó frente a mí, acomodó un cuaderno donde llevaba notas, y dijo que durante años habían circulado historias sobre un ser que bajaba del monte por las noches. Algunos aseguraban que era un brujo antiguo y otros creían que se trataba de un animal que nadie podía herir con un arma y que por eso muchos preferían guardar silencio. Le pedí que me mostrara cualquier registro disponible, abrió el cuaderno y señaló una lista de nombres.

49:22 Explicó que eran las familias que habían reportado incidentes entre 1986 y 1992, y detalló que había ocho casos de ganado muerto en circunstancias extrañas. En cinco de ellos, los cuerpos aparecían con heridas que parecían hechas con cuchillos, pero sin rastros de sangre alrededor. Le pregunté si podía fotocopiar las páginas. Dijo que no contaba con máquina en ese edificio. pero me permitió anotar los nombres a mano, así que transcribí. Familia López García, sector norte del ejido, pérdida de tres cabras en junio de 1986. Familia Ruiz Vega, sector sur, dos vacas muertas en 1986-agosto de 1989. Familia Romero Sánchez, desaparición de un joven de 17 años en septiembre de 1990. Familia Valencia Ochoa. Desaparición de un adulto en marzo de 1992. Al terminar, pregunté si recordaba detalles de las dos desapariciones y me dijo que, en ambos casos, los hombres habían subido al monte a recoger leña, que sus cuerpos nunca se encontraron y que la búsqueda duró menos de una semana porque la comunidad insistía en que nadie debía permanecer allí de noche. El comisario me entregó una hoja con los datos de contacto de las familias y un croquis dibujado a mano que

50:53 marcaba el sendero hacia un lugar llamado el Manantial Viejo. Según él, ese era el punto donde casi siempre empezaban los problemas. Antes de salir, le pregunté si alguna autoridad estatal había dado seguimiento a los casos. Negó con la cabeza y comentó que a veces llegaban policías de Ciudad Obregón. Pero no se quedaban más de un día. Luego me recomendó buscar a un maestro yaqui llamado Don Eliseo Ramírez, que vivía cerca del bordo de Riego y que, según decían, guardaba un cuaderno con testimonios antiguos. Le agradecí la información, salí del edificio y crucé la calle para comprar agua y pan en una tienda pequeña. El dependiente me miró de arriba abajo y preguntó si era periodista. Le expliqué que trabajaba para una agencia de Estados Unidos. No dijo nada más. Me alojé en una casa de huéspedes junto a la iglesia principal. El dueño me ofreció un cuarto con una cama de hierro y un ventilador que apenas movía el aire caliente. Dejé la carpeta con los apuntes sobre la mesa y me recosté un momento. Cuando oscureció, salí a caminar por la calle principal. Frente a una casa baja, un grupo de mujeres sentadas en sillas de plástico cantaba una melodía en yaqui que repetían con un tono lento y pausas largas. De regreso a la habitación, me senté junto a la lámpara y revisé la lista de familias. Subrayé los casos de las desapariciones humanas y

52:25 anoté que, al día siguiente, visitaría a don Eliseo Ramírez. Antes de apagar la luz, escribí que, hasta ese momento, no había ninguna prueba material de la existencia de un hombre animal, pero la consistencia de los relatos me hacía pensar que, al menos, todos creían en lo que contaban. A la mañana siguiente caminé hasta la vivienda de don Martín López, que vivía en una casa de bloques con techo de lámina al norte del ejido. Llevaba un sombrero de palma y una camisa vieja de cuadros. Se presentó con voz tranquila y me invitó a sentarme en una silla de madera junto a la puerta. Le expliqué que trabajaba para una dependencia estadounidense que recopilaba información sobre desapariciones y ataques a ganado. Me dijo que no tenía problema en contar lo que recordaba, pero que no me garantizaba que pudiera entenderlo todo. Según sus palabras, hay cosas que no se pueden explicar con claridad. Me relató que su sobrino, Emilio López, de 17 años, había desaparecido en septiembre de 1990 cuando subió al cerro a cortar leña. Según contó, esa tarde se llevó un machete, un morral con tortillas y un costal donde acostumbraba guardar la leña. No regresó al anochecer y, a la mañana siguiente, salieron a buscarlo con otros familiares.

53:51 Encontraron el machete tirado cerca de un tronco. El costal estaba más arriba, pero no había rastros de pelea ni huellas de sangre. Le pregunté qué huellas vieron. Don Martín dijo que junto al machete había marcas grandes que parecían pies descalzos con garras. Las huellas seguían hacia un claro en la ladera donde se perdían entre las piedras. Cuando le pregunté si podían ser de un animal común, negó con la cabeza y comentó que ningún puma ni coyote deja rastros tan simétricos. Anoté cada detalle en mi cuaderno. También le pregunté si había escuchado algo extraño durante las búsquedas. Explicó que por las noches se escuchaban pasos que no se parecían a pisadas de animal. Decía que sonaban más largas y pesadas, como si alguien caminara sobre dos piernas.

54:43 Después de casi una hora de conversación, me recomendó que hablara con Pedro Ruiz, un vecino que aseguraba haber visto la figura de cerca. Caminé hasta su parcela que quedaba al otro lado del camino. Pedro estaba arreglando una cerca rota. Se limpió las manos en el pantalón antes de saludarme. Parecía más desconfiado que don Martín, pero accedió a platicar después de ver la carta de presentación. Pedro relató que una madrugada de 1989 salió a buscar una cabra que se había soltado. Cuando llegó a un arroyo seco, vio algo que caminaba erguido. Dijo que, al principio, creyó que era un hombre cubierto con un abrigo de piel. Pero cuando se acercó un poco, vio que los brazos terminaban en garras.

55:31 La cabeza era ancha y alargada. Aseguró que la figura se detuvo y lo miró directamente. Después habló con una voz ronca que no parecía de persona. No quiso repetir lo que escuchó porque, según él, si se repite, se invita a que vuelva. Le pregunté si podía describir la voz. Solo dijo que sonaba como si hablara desde un lugar muy profundo. Me comentó que la cabra apareció muerta días después, con el cuello roto y marcas de cortes alrededor del pecho. Pedro afirmó que desde esa noche nadie en su familia sube al monte después de que cae el sol. Tomé nota de todo en el cuaderno principal y también grabé algunos fragmentos con una grabadora portátil que llevaba para documentación de campo cuando terminé de escribir. Agradecí a Pedro su tiempo y volví al cuarto de huéspedes. Me senté en la mesa para pasar en limpio lo más importante y dejé un espacio para las transcripciones. Apunté que hasta ese momento dos testimonios coincidían en detalles clave. El tamaño de las huellas. la forma de caminar y la voz que hablaba.

56:38 Antes de acostarme, revisé las hojas con atención. Pensé que había entrevistado a muchas personas que aseguraban haber visto brujas, luces o animales extraños, pero casi nunca describían la misma escena con tanta coincidencia. Escribía en la última línea que no esperaba encontrar relatos tan consistentes y que al día siguiente me reuniría con don Eliseo Ramírez para saber qué contenía el cuaderno antiguo. La mañana empezó con un recorrido hasta el bordo de riego donde, según el comisario, vivía don Eliseo Ramírez. Caminé por un sendero de tierra rodeado de parcelas con malla ciclónica. Al llegar encontré una casa de bloques pintada con cal. Frente a la puerta había una anciana sentada en una silla de plástico. Al verme se levantó despacio y preguntó a quién buscaba. Le expliqué que me llamaba David Miller y que estaba en Beacom para recopilar información sobre ciertos casos relacionados con el Monte Bacatete.

57:40 Ella asintió sin sorpresa y dijo que Eliseo había salido temprano a ver unas tierras, pero que si necesitaba algo podía hablar con ella. Le pregunté si conocía un cuaderno con relatos de curanderos antiguos. Me miró en silencio un momento y después entró a la casa sin responder. Tardó varios minutos en volver. Traía un cuaderno de tapas gruesas envuelto en un trapo color marrón. Me lo entregó sin decir palabra. Cuando le pregunté si pertenecía a Eliseo, contestó que ese cuaderno lo había escrito Leandro Ibarra. un curandero que vivió cerca de Potam y que desapareció en circunstancias extrañas hacía más de 20 años. Añadió que algunas páginas contenían nombres de personas que aseguraban haber visto al mazo yuku, un término que traducía como espíritu animal. Le pedí permiso para sentarme y revisar el contenido. Aceptó con un movimiento de cabeza. Busqué un sitio junto a la pared donde llegaba un poco de sombra. Abrí el cuaderno con cuidado porque el lomo estaba quebradizo. La primera página era una lista de nombres y fechas, muchas de ellas entre 1971 y 1980.

58:54 En el margen superior había una oración en lengua yaqui que no entendía. Pasé varias hojas hasta encontrar un apartado titulado Ritual de Transferencia. La caligrafía era irregular pero clara. El texto describía un procedimiento que consistía en tomar un objeto personal del enfermo, mezclarlo con ceniza y sangre de animal. y colocarlo sobre una piedra marcada con un símbolo de cuatro líneas. Decía que, con ese acto, el Masoyuku retiraba la enfermedad, pero que a cambio debía alimentarse de otro ser vivo. Al leerlo, comprendí que esa creencia coincidía con las historias sobre ganado muerto y personas desaparecidas. Saqué una libreta donde iba transcribiendo los fragmentos más relevantes. Copié varias frases tal cual aparecían, para que no se perdiera el sentido original. Anoté que, según el cuaderno, el espíritu podía elegir cuándo reclamar su pago y que no siempre avisaba de qué forma lo haría. En otra hoja aparecía un dibujo hecho con tinta azul. Mostraba un círculo rodeado por cuatro trazos en cruz. Me pareció que era el mismo símbolo que el comisario mencionó al hablar del manantial. Mientras escribía, llegó don Eliseo, un hombre de cabello blanco que caminaba con paso corto. Se presentó con voz baja y me pidió que le explicara qué interés tenía en esos papeles.

1:00:20 Saqué la carta del vía y se la entregué. La leyó con calma y comentó que ya le habían dicho que alguien vendría de fuera a preguntar. Me preguntó si conocía el idioma yaqui. Le contesté que no, por lo que se ofreció a traducir algunos pasajes que él mismo había revisado con Leandro Ibarra cuando todavía vivía. Se sentó en un banco de madera y empezó a leer en voz alta. La traducción decía que el Masoyuku no era un brujo común, sino un ente que existía desde antes de que llegaran los misioneros españoles. Según la creencia, aparecía cuando la gente cruzaba ciertos límites del monte sin permiso.

1:01:01 Comentó que algunos ancianos decían que era un protector del manantial, y otros creían que se alimentaba de la enfermedad para prolongar su existencia. le pregunté si él había visto algo que confirmara esos relatos contestó que nunca subió al cerro después del atardecer y que no pensaba hacerlo ahora añadió que el cuaderno era una copia de otro más antiguo que se había perdido cuando quemaron la casa de leandro ibarra después se quedó un momento con la mirada baja como si recordara algo que prefería no decir guardé mis notas con cuidado y le devolví el cuaderno le agradecí su tiempo y le pregunté si podía visitarlo más adelante si surgían otras preguntas dijo que sí con un gesto breve antes de despedirme me advirtió que si tenía intención de subir al manantial debía llevar una ofrenda aunque fuera simbólica porque en esas tierras no bastaba con pedir permiso de palabra Salí de la casa con la sensación de que aquel cuaderno era más importante de lo que parecía.

1:02:07 Al volver a la calle principal, anoté en mi libreta que, al día siguiente, iniciaría un recorrido hasta la base del bacatete, para verificar si ese símbolo seguía allí. La mañana siguiente me reuní con dos hombres que aceptaron acompañarme hasta la base del Bacatete. Se llamaban Alberto Valenzuela y Domingo Carpio. Los contacté gracias a un comerciante que me dijo que ellos a veces servían de guías para personas que buscaban leña o marcaban límites de terrenos. Cada uno traía un machete envuelto en una funda de lona y un morral con tortillas y agua. Antes de salir revisé la grabadora portátil y el cuaderno de apuntes. Caminamos por un sendero angosto que subía en dirección al manantial. La tierra era parda y estaba cubierta de hojarasca seca. A cada lado crecían mezquites con ramas bajas que arañaban la ropa si uno no ponía cuidado. Pasamos un bordo de piedra que, según Alberto, marcaba el límite donde la gente del ejido solía recoger leña. Más arriba, dijo, ya nadie iba después de la última desaparición. A unos 300 metros de ese punto encontramos las primeras huellas. Eran marcas anchas, más grandes que las de un pie humano corriente. Se distinguían con claridad porque la tierra estaba húmeda por las lluvias de la semana anterior. Me agaché para verlas de cerca y conté cuatro dedos largos con una hendidura que parecía una garra.

1:03:35 Domingo se quedó a un lado sin decir nada mientras Alberto comentaba que, desde niño, había escuchado que el cerro guardaba cosas que no se podían entender. Saqué la cámara fotográfica y tomé varias imágenes con la etiqueta de fecha. Después marqué el sitio con una piedra que recogí del camino. Seguimos avanzando hasta un claro donde los troncos de algunos árboles tenían marcas horizontales. Parecían cortes hechos con filo. pero eran demasiado altos como para que los hubiera provocado una persona de pie. Calculé que las hendiduras estaban a más de un metro ochenta del suelo. Domingo dijo que a veces encontraban cabras muertas cerca de esos árboles, aunque hacía tiempo que nadie subía a comprobarlo. Cuando llegamos a la orilla del manantial, el agua se veía quieta y opaca.

1:04:27 Un círculo de piedras cubría parte del margen. Uno de esos bloques tenía grabado un símbolo, un círculo con cuatro líneas que salían hacia afuera, igual al dibujo que había visto en el cuaderno de Leandro Ibarra. Pasé la mano sobre la superficie y sentí la piedra rugosa bajo los dedos. Alberto me preguntó si pensaba dejar algo allí. Le contesté que solo necesitaba registrar el lugar. Saqué el bloc de notas y anoté el croquis de la disposición de las piedras. Marqué la ubicación aproximada según la brújula de mano que llevaba mientras lo hacía. Noté que Domingo miraba con insistencia hacia el bosque. Le pregunté si escuchaba algo y respondió que a veces en esa zona se oía un silbido largo, como si alguien estuviera llamando, pero que nadie debía contestar porque eso traía desgracia. La tarde empezó a oscurecer más rápido de lo que esperaba. Decidimos quedarnos a pasar la noche en un pequeño claro que tenía menos vegetación. Alberto dijo que era mejor no moverse una vez que el sol desapareciera. Encendimos una fogata baja y prepararon café en una olla negra que llevaban. Yo revisé las fotografías en la cámara y comprobé que las huellas y las marcas en los troncos salían con nitidez. Poco después de medianoche, el fuego se redujo a brasas. El aire estaba tan quieto que se oían los insectos entre la maleza. En

1:05:57 un momento creí distinguir un sonido prolongado que se movía de un lado a otro, un silbido que empezaba muy fino y luego subía de tono. Levanté la linterna e hice un barrido alrededor, pero no vi nada. domingo me miró y dijo en voz baja que era mejor no hablar si aquello seguía sentí un frío que no venía del ambiente notaba la respiración más rápida y me di cuenta de que no podía quitar la vista del borde del claro en la libreta donde anotaba todo escribí que algo se movía fuera del alcance de la linterna después guardé el cuaderno y me quedé sentado con la espalda apoyada en un tronco mirando la oscuridad hasta que el sonido se fue alejando despacio amaneció sin que pasara nada más recogimos las cosas y descendimos con paso lento cuando llegamos al sendero principal los dos hombres se despidieron sin hablar mucho me quedé un momento mirando hacia el monte Luego tomé la cámara y revisé las imágenes una por una para asegurarme de que no había perdido nada de lo que había documentado. La siguiente tarde volví a subir con Alberto y Domingo. Llevábamos agua, un paquete de tortillas y una lámpara portátil. El plan era tomar fotografías del claro donde habíamos visto las marcas y documentar si aparecían nuevas huellas. Mientras caminábamos, Alberto mencionó que su abuelo le contaba historias de un ser que caminaba erguido y que

1:07:29 podía cambiar de forma si así lo deseaba. Preferí no interrumpirlo. Solo anoté cada detalle en mi cuaderno de campo. Al llegar al sitio, me agaché para enfocar la cámara sobre una piedra con musgo. Tomé varias imágenes en secuencia y marqué con un pequeño listón rojo los puntos donde habían aparecido huellas el día anterior. Domingo permanecía cerca, vigilando el límite de la arboleda. La luz empezaba a caer con rapidez, así que me apuré en colocar la regla de medición junto a las marcas. En un momento, mientras revisaba el visor, sentí que Domingo me tocaba el hombro con fuerza. Levanté la vista y vi que Alberto no se movía. tenía la mirada fija hacia un claro que se abría entre dos troncos caídos, seguí la dirección de sus ojos y distinguí una figura alta, con los hombros anchos y la cabeza agachada, estaba cubierta de una piel oscura que se veía distinta de cualquier prenda, el cuerpo tenía una forma humana, Pero algo en la postura y el tamaño no coincidía con ninguna persona que hubiera visto. Nadie habló. Alberto respiraba con dificultad mientras se llevaba la mano al pecho. Domingo bajó la vista, se arrodilló en el suelo y empezó a rezar en voz baja, aunque no entendí las palabras.

1:08:51 El tono era tan uniforme que sentí un escalofrío. La figura permanecía inmóvil, parecía observarnos sin acercarse. Levanté la cámara y tomé dos fotografías rápidas con el obturador en modo silencioso. En ese momento la figura inclinó la cabeza hacia un lado y emitió un sonido que no se parecía a un animal. Era un murmullo grave que subía de intensidad por segundos. No entendí lo que decía, pero el ritmo sonaba como un idioma desconocido. Intenté anotar algo en la libreta, pero la mano me temblaba. y apenas logré escribir que el sonido no era un grito ni un gemido. La presión en el pecho empezó como un peso suave que me costaba ignorar. Aumentó hasta que me faltó aire. Sentía que me aplastaba por dentro sin tocarme. Aparté la vista un instante al volver a mirar. La figura había dado un paso hacia atrás y después comenzó a alejarse entre los árboles sin hacer ruido. La piel oscura desapareció detrás de los troncos con una facilidad que me pareció imposible.

1:10:00 Alberto se sentó en el suelo con la espalda contra un tronco. Respiraba con la boca abierta y las manos apoyadas en las rodillas. Domingo permanecía arrodillado. Seguía rezando sin levantar la vista. Me quedé un momento mirando el punto donde había estado la figura. Notaba la garganta seca y el corazón acelerado. Intenté volver a tomar la cámara, pero sentía las manos rígidas. Cuando el silencio regresó, Alberto me miró y dijo que no volvería a subir conmigo, que aquello no era asunto de gente común. Domingo no habló, solo recogió su morral y empezó a caminar despacio por el sendero de bajada. Guardé la cámara con cuidado y revisé que la tarjeta de memoria siguiera en su lugar.

1:10:45 Después recogí la libreta y la linterna. Antes de marcharme, escribí que en todo el tiempo que llevaba haciendo investigaciones, nunca había visto a dos testigos reaccionar con tanto miedo ante algo que ni siquiera los tocó. La bajada fue más lenta. Ninguno de los tres se detuvo a comentar lo ocurrido. Cuando llegamos al borde del poblado, Alberto se quitó el sombrero y dijo que prefería no volver a hablar de lo que vio. Le di las gracias por acompañarme y me quedé mirando cómo se alejaban hacia la parte más vieja del ejido, cuando el polvo de sus pasos se asentó. Supe que estaba solo con las pruebas que acabábamos de recoger. Esa noche volví a la casa de huéspedes con la sensación de que algo había cambiado en mi forma de ver aquel caso. Guardé la cámara, las libretas y la grabadora en una mochila que dejé junto a la cama. Revisé una por una las imágenes.

1:11:41 La figura aparecía en dos de ellas, apenas un contorno oscuro, pero se distinguían los hombros anchos y parte del brazo. Me quedé mirando la pantalla varios minutos sin decidir si era mejor borrar el archivo o guardarlo como prueba. A las nueve de la noche sonó el teléfono que estaba en la recepción. El dueño del hospedaje tocó la puerta y me dijo que la llamada era para mí. bajé con el estómago revuelto contesté y escuché la voz del asistente del cónsul preguntó si había tenido avances y si ya contaba con material que pudiera remitir a la oficina central en Tucson respondí que estaba recopilando información y que aún debía verificar algunas referencias noté que hizo una pausa breve antes de decir que el director regional quería un informe preliminar en no más de tres días le aseguré que enviaría un resumen con lo que tuviera regresé al cuarto y me senté frente a la mesa saqué el cuaderno principal y repasé cada página las descripciones de las huellas los testimonios de don martín y pedro ruiz el dibujo del símbolo en la piedra las dos fotografías de la figura Cada elemento parecía encajar demasiado bien con los relatos antiguos del cuaderno que me había mostrado don Eliseo.

1:13:02 Mientras más leía, menos sentía que aquello pudiera reducirse a un informe técnico para archivar. Cerré la libreta y caminé hasta la puerta. Afuera, la calle estaba casi vacía. solo se oían algunos perros ladrando a lo lejos crucé la plaza y fui a buscar a don Eliseo Ramírez lo encontré sentado bajo un corredor de lámina fumaba con la mirada fija en el suelo me acerqué y le pedí permiso para conversar unos minutos levantó la vista y me hizo un gesto para que me sentara en un banco frente a él le expliqué que el consulado esperaba un informe con todo lo que había documentado Le conté que en Estados Unidos este tipo de casos se trataban como folclor.

1:13:48 A veces se exhibían en conferencias sobre creencias locales. Mientras hablaba, me di cuenta de que estaba justificando algo que ni yo terminaba de entender. Cuando terminé, don Eliseo guardó silencio unos segundos. Luego dijo que los extranjeros siempre buscaban convertir todo en una historia que se pudiera explicar con palabras de ciudad. Me miró sin parpadear. Comentó que el Nahual no era un mito para asustar niños, que había existido antes de que llegara cualquier iglesia o gobierno. Añadió que si yo entregaba esas fotos y esas notas, no cambiaría nada en el monte, pero sí podría atraer curiosidad de gente que no respetaría el lugar. dijo que cada vez que llegaba un extraño a preguntar algo se movía en el cerro como si la atención despertara algo que prefería quedarse quieto le pregunté si creía que debía ocultar la información negó despacio y aclaró que no era cuestión de esconder nada sino de decidir si valía la pena que más gente viniera solo a mirar, dijo que cada quien debía cargar con lo que elegía contar y con lo que decidía callar, después se quedó callado y miró hacia la plaza, donde un foco iluminaba la entrada de la iglesia.

1:15:10 Comprendí que la conversación había terminado. Volví al hospedaje con la cabeza llena de preguntas que no había previsto al aceptar la asignación. Me senté en la cama y repasé mentalmente todo lo que llevaba recogido. Sabía que, si enviaba esas imágenes y relatos, sería cuestión de semanas antes de que alguien llegara con cámaras y permisos para explorar. Cerré los ojos un momento, intentando pensar como investigador, pero no conseguí separar lo que había visto de lo que sentía. Al final, anoté en la libreta que, al día siguiente, redactaría el informe preliminar con los datos básicos, sin incluir las fotografías ni las transcripciones completas. Me quedé sentado en la oscuridad, escuchando el ruido de un ventilador que giraba lento, sin poder decidir si aquello era un acto de prudencia o de cobardía. Amanecí con la decisión tomada. Me levanté antes de que saliera el sol y revisé por última vez el contenido de la mochila. Saqué la cámara y retiré la tarjeta de memoria. La guardé en un sobre que coloqué en el fondo de mi maleta junto a las libretas. Preparé una versión resumida del informe donde solo incluí datos de contexto, las fechas de las desapariciones, los nombres de las familias que habían denunciado y una descripción general del terreno. Omití cualquier referencia a huellas, símbolos o grabaciones de voz. Escribí que la información recabada no permitía

1:16:42 confirmar la existencia de ningún responsable humano o animal con comportamiento anómalo, que los testimonios recopilados coincidían con creencias locales de carácter tradicional. Señalé que no se observaron indicios de actividad reciente que justificaran la apertura de una investigación formal. Revisé cada párrafo con cuidado para que pareciera un reporte incompleto pero coherente, que no levantara sospechas ni provocara preguntas adicionales. Cuando terminé, lo imprimí en una pequeña oficina de Bicam que tenía una máquina de escribir y un sello oficial. Pagué por tres copias y firmé las hojas con mi nombre completo y el número de empleado federal. Guardé el original en un sobre dirigido al cónsul adjunto y dejé la copia sellada en la comisaría municipal. Al salir, crucé la plaza sin mirar a nadie. Sentía el estómago tenso, pero al mismo tiempo una claridad que no había sentido en días. Volví a la casa de huéspedes y tomé la maleta. El dueño me deseó buen viaje y preguntó si volvería pronto. Le respondí que no tenía previsto regresar.

1:17:51 Salí caminando con paso tranquilo, aunque por dentro sabía que esa calma era más apariencia que otra cosa. Cuando llegué a la carretera, un chofer que conocía del día anterior me llevó hasta Ciudad Obregón. Durante el trayecto no hablamos. Yo me dediqué a repasar mentalmente cada detalle que quedaba fuera del informe. En la central camionera compré un boleto para Guadalajara. donde vivía un antiguo compañero de estudios que me había ofrecido alojamiento si alguna vez necesitaba tomar distancia. Mientras esperaba la salida del autobús, abrí el cuaderno principal y arranqué varias páginas donde describía la figura en el claro y las palabras que había oído. Guardé esos fragmentos doblados en un bolsillo interior de la chaqueta. El resto del cuaderno lo coloqué en un cesto de basura que estaba junto a la banca. Sabía que si el consulado recibía solo un informe básico y una carpeta con referencias vagas, pensarían que el caso era otro expediente rural que no justificaba recursos. Así podrían cerrar el asunto sin mandar a nadie más a buscar lo que nosotros habíamos visto. Entendí que ese era el único modo de evitar que convirtieran aquella historia en un tema de conferencias y análisis que no respetarían lo que significaba para la gente del lugar.

1:19:15 mientras subía al autobús sentí por primera vez en semanas que había recuperado un poco de control me acomodé junto a la ventana y saqué el cuaderno pequeño donde llevaba notas personales escribí la última línea con letra firme no puedo permitir que conviertan esto en un caso para exhibirlo en conferencias después cerré la libreta y la guardé en la bolsa lateral del asiento El motor arrancó con un traqueteo que se fue mezclando con el ruido de la carretera. Me apoyé en el respaldo y decidí no volver a mirar hacia el norte. Nunca regresé a Arizona. Después de entregar aquel informe incompleto, decidí que no tenía sentido continuar en una oficina que jamás entendería lo que encontramos. En septiembre de 1992, firmé mi renuncia y solicité que mi expediente quedara cerrado sin observaciones. Nadie me preguntó por los materiales que faltaban ni por las copias que nunca entregué. Con el tiempo, supe que en Washington la carpeta oficial del caso Bacatete quedó registrada como incompleta. Nunca apareció constancia de recepción de las fotografías, las grabaciones o las libretas originales, aunque algunos insistieron en que debía enviar todo para cerrar el archivo. No volví a responder sus cartas. Me establecí en Guadalajara y empecé a trabajar como consultor independiente en proyectos relacionados con estudios de campo. Conservé los apuntes y la tarjeta de memoria con las imágenes tomadas en el monte.

1:20:47 Todo sigue guardado en un archivador metálico que nadie más ha abierto. A veces pienso que si algún día me faltan las fuerzas, lo destruiré sin dejar copia. Han pasado más de dos décadas desde entonces, y aunque varias personas han intentado convencerme de compartir lo que tengo, nunca accedí a hacerlo. Entiendo que muchos creen que los documentos podrían aclarar algo, pero después de tanto tiempo, sé que nadie podría hacer nada con ellos. Los detalles siguen conmigo, intactos, y así permanecerán mientras yo tenga la decisión de conservarlos.