March 11, 2026

SANTERO Que Atraía La Muerte Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Mi esposo llevaba meses mal cuando todo eso empezó de verdad. Al principio lo tomé como cansancio. Él trabajaba desde temprano, a veces bajo el sol, cargando costales, resolviendo pendientes del rancho que no se acababan nunca. Era normal que llegara rendido, callado, con ganas de bañarse, cenar poco y acostarse. Eso pensé yo. Pero después entendí que no era cansancio, porque el cansancio se quita con descanso, y lo de él iba empeorando aunque durmiera, aunque no trabajara un día, aunque se quedara en casa. Primero dejó de hablar como antes, él siempre había sido un hombre sencillo, no muy platicador, pero presente.

0:48 Llegaba y preguntaba por los niños, por la comida, por los animales, por cualquier cosa. De pronto empezó a entrar a la casa y a sentarse sin decir nada. A veces ni se quitaba las botas, solo se quedaba viendo una parte de la pared como si tuviera la cabeza en otro lado. Yo le servía de comer y apenas probaba dos o tres bocados. Me decía que no tenía hambre, que traía el estómago revuelto. que le dolía la cabeza, que al rato comía algo, pero ese rato nunca llegaba, empezó a bajar de peso, se le hundieron los ojos y la cara se le puso distinta, como si trajera encima una tristeza que no sabía explicar, no era una sola enfermedad, ese fue el problema desde el principio, un día decía que le dolía mucho la cabeza, otro día era el cuerpo entero, Luego amanecía con escalofríos aunque no hiciera frío. Después vomitaba. Luego decía que no tenía fuerza en las piernas. Había mañanas en que parecía mejorar un poco y yo me tranquilizaba, pero en la tarde volvía a verlo igual o peor. También dejó de interesarse por los niños. Eso fue lo que más me empezó a asustar, porque él quería mucho a nuestros hijos y siempre estaba al pendiente de ellos. De repente ya no les preguntaba cómo les había ido. Ya no salía con ellos al patio.

2:13 Ya no les hacía caso cuando le enseñaban cualquier cosa. No era que estuviera enojado. Era como si estuviera ausente. Lo llevamos al doctor más de una vez. Le hicieron estudios, revisiones. Le dieron medicamento para el dolor, para el estómago, vitaminas. Luego otras pastillas para dormir mejor. Nada cambió. Salían algunas cosas alteradas, pero no algo que explicara por qué se iba consumiendo así. Un médico nos dijo que podía ser estrés, otro que tal vez una infección que no terminaba de irse, otro que descansara más y comiera mejor. Yo seguí todo al pie de la letra, le hice caldos, le di las medicinas a su hora, traté de mantenerlo tranquilo, pero él seguía igual, y en las noches era peor. Las pesadillas empezaron casi junto con lo demás, pero al principio no les dimos importancia. Pensamos que eran por la fiebre o por el mismo malestar. Luego se volvieron cosa de todas las madrugadas. Se despertaba sudando, con la respiración agitada, mirando hacia todos lados como si no reconociera el cuarto por unos segundos. Yo le preguntaba qué había soñado y al principio me decía poco. Pero después empezó a contarme siempre lo mismo. Decía que veía un patio grande de tierra, muy grande, más grande que cualquier patio de casa. Había mucha gente hincada en el suelo, con la cabeza baja,

3:44 todos quietos, sin levantar la cara. Él estaba parado en medio y no podía moverse. Quería salirse, pero las piernas no le respondían. A veces escuchaba rezos como murmullos repetidos, y otras veces escuchaba cadenas arrastrándose sobre la tierra. En algunas noches decía que entre la gente hincada había personas conocidas, gente del pueblo o de la familia, pero al despertar ya no lograba decirme quiénes eran. Solo se quedaba con esa idea de que había reconocido a alguien. Con el paso de las semanas el sueño se le metió también al día. Varias veces lo encontré mirando el patio de la casa con una fijeza que me daba miedo. No estaba viendo nada en concreto, solo el suelo. Yo le hablaba y tardaba en reaccionar. Una tarde le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que, por un momento, pensó que era el mismo patio del sueño. Me lo dijo muy serio, sin querer asustarme, pero a mí me dejó helada esa respuesta. Desde entonces empecé a vigilarlo más. No lo dejaba solo mucho tiempo, porque sentía que en cualquier momento se me podía perder aunque siguiera dentro de la casa.

5:00 En el pueblo empezaron los comentarios como siempre pasa cuando alguien se enferma y nadie entiende por qué. Unos decían que le habían hecho brujería, otros que era un castigo por algo que ni él mismo sabía. Otros decían que alguien le tenía mucho coraje y que eso no era enfermedad normal. Yo trataba de no escuchar. nunca me gustó andar creyendo todo lo que dice la gente pero una cosa es no creer y otra ver a tu marido apagarse frente a ti sin poder hacer nada una mañana intentó levantarse para ir a trabajar se vistió despacio se puso la camisa agarró las llaves y cuando iba cruzando el cuarto se le doblaron las piernas no alcanzó ni a sostenerse de la puerta cayó de lado y el golpe me hizo correr desde la cocina Cuando llegué estaba consciente, pero no podía incorporarse. Me dijo que sentía el cuerpo vacío, como si no trajera fuerza en ningún lado. Ese día ya no me pude seguir engañando con que se le iba a pasar solo. Poco después empezó a hablar dormido.

6:07 No decía cosas sueltas ni palabras sin sentido. Repetía una frase que me dejó marcada. Decía que no quería arrodillarse. Lo decía varias veces como si se lo estuvieran ordenando. Una noche incluso soltó el llanto dormido. Yo lo moví para despertarlo y cuando abrió los ojos estaba temblando. Me abrazó con una desesperación que nunca le había visto y me dijo que ya casi le tocaba entrar al patio. Así me lo dijo, llorando, con la voz quebrada. Y yo supe que ya no podía seguir esperando a que un doctor nos diera una explicación mejor. Fue una vecina mayor la que me habló del santero. Me dijo que estaba en un pueblo cercano en una casa apartada y que ya había atendido a personas que llegaban mal por cosas que la medicina no entendía. Yo dudé mucho. No me daba confianza meterme en eso, pero ya veníamos de estudios, medicinas y meses perdidos. Mi esposo cada día estaba peor y yo sentía que algo se nos estaba cerrando. Esa misma noche tomé la decisión. Nos fuimos temprano cuando todavía el sol no pegaba fuerte. El camino era de terracería y se sentía más largo por el silencio que traíamos.

7:22 Mi esposo iba recargado en la ventana sin ganas de hablar, mirando hacia afuera con esa misma expresión apagada que ya se le había quedado pegada en la cara. Cuando llegamos vi una vivienda apartada, con animales amarrados afuera, humo saliendo por un costado y un olor fuerte a hierbas quemadas. Había veladoras, ramos secándose colgados, imágenes religiosas junto a objetos que a mí me dieron mala espina desde que los vi. Todo estaba mezclado, como si la casa no perteneciera del todo ni a una cosa ni a la otra. El santero salió antes de que tocáramos bien. Apenas vio a mi esposo, se le acercó. Le tomó la cara con una mano y le levantó un poco el rostro para verle los ojos. Ni siquiera nos dejó explicar mucho. Dijo que eso no se iba a quitar con medicina común, que mi esposo traía una carga encima y que si no se atendía pronto lo iban a terminar doblando. Luego nos hizo pasar y habló del trabajo de siete viernes, uno por semana. Dijo que iba a ser pesado, que no todos aguantaban el proceso, pero que todavía estaba a tiempo de sacarlo adelante, siempre y cuando hiciéramos todo exactamente como él dijera. El primer viernes llegamos antes de que anocheciera.

8:42 Yo iba nerviosa, pero también con una esperanza que ya tenía mucho tiempo sin sentir. Mi esposo apenas podía caminar bien, así que lo llevé casi del brazo desde donde dejamos el carro hasta la entrada de la casa del santero. El lugar se veía igual de cargado que la vez anterior, con ese humo que salía desde un fogón a un lado, las veladoras encendidas aunque todavía había luz. las ramas colgadas, los recipientes acomodados en una mesa de madera y varias imágenes de santos junto a otras cosas que yo no supe identificar. El santero no habló mucho, solo nos hizo pasar. Le indicó a mi esposo que se sentara en una silla baja en medio del cuarto y empezó a preparar todo.

9:28 Sacó un ramo de hierbas amarradas con hilo rojo, lo pasó primero por el humo de un bracero y luego comenzó a limpiarlo desde la cabeza hasta los pies. Lo hacía despacio, murmurando rezos que yo no entendía bien porque mezclaba palabras religiosas con otras que me sonaban raras. Después tomó un vaso con un líquido oscuro, casi negro, y le echó unas gotas en la frente, en las manos y en el pecho. Luego puso frente a él una cubeta con agua y empezó a exprimir las ramas arriba de su cabeza. Yo vi como al agua iban cayendo cosas extrañas. Al principio pensé que era tierra. Luego se formaron como manchas de grasa flotando y más tarde salieron dos insectos pequeños que yo no vi de dónde pudieron haber salido. El santero no se sorprendió. Siguió rezando, siguió pasando humo, siguió limpiándolo como si todo eso confirmara algo que él ya sabía. Mi esposo aguantó como pudo. pero salió muy mal de esa sesión. Cuando terminamos ni siquiera quiso hablar. Afuera se dobló del estómago y vomitó junto a una piedra. Yo me asusté y quise decirle al santero que eso ya era demasiado, pero él solo respondió que era normal, que lo pesado estaba saliendo, que era buena señal. En el camino de regreso mi esposo iba agotado, con la ropa pegada del sudor y los ojos casi cerrados.

10:57 yo llegué a pensar que habíamos cometido un error, pero esa misma noche pasó algo que no había pasado en meses, durmió de corrido, no se despertó gritando, no se levantó sudando, yo misma casi no pude descansar de estar al pendiente, esperando que en cualquier momento se agitara otra vez, pero no pasó, al día siguiente amaneció distinto, tenía más color en la cara, pidió desayuno y se comió todo, después salió al patio por su cuenta y caminó un rato despacio pero con ganas hasta les habló con más ánimo a los niños yo lo miraba y sentía un alivio que ya casi no recordaba de verdad pensé que por fin habíamos encontrado la solución aunque fuera por un camino que yo no habría tomado en otro momento ese mismo fin de semana empecé a respirar un poco mejor la casa se sentía menos pesada pero no nos duró mucho Mi hijo menor, que hasta entonces había estado bien, comenzó a sentirse mal el sábado por la noche. Le dio fiebre sin razón clara. No tenía tos, no tenía gripe.

12:08 No traía dolor de garganta, pero estaba caliente y muy desganado. Pensé que era un resfriado o algo pasajero. Le di lo que correspondía. Lo mantuve vigilado y traté de no relacionarlo con nada más. El problema fue que no se quedó solo en la fiebre. El niño empezó a decir que no quería dormir solo algo raro en él porque nunca había sido miedoso. Luego, ya acostado, se despertó llorando dos veces esa noche. Decía que había mucha gente en el suelo y que nadie se levantaba. Cuando me lo dijo, sentí un golpe en el pecho, pero me obligué a pensar que, tal vez, había escuchado a su padre hablar dormido otros días y se le había quedado la idea.

12:52 No quise mezclar una cosa con la otra, porque en ese momento yo necesitaba creer que lo de mi esposo iba mejorando por una causa limpia. El segundo viernes volvimos con el santero. Esta vez nos recibió como si ya esperara que fuéramos a obedecer sin preguntar. Repitió parte del trabajo, aunque yo lo noté más seguro y más duro en la manera de hablar. Antes de empezar, nos dio varias instrucciones. Dijo que, después de esa sesión, no debíamos barrer la casa cuando se metiera el sol. Que el agua que se usara ese día para lavar a mi esposo no podía tirarse dentro del terreno. Que ninguna ropa de él debía quedarse colgada afuera durante la noche y que no le contáramos a nadie los detalles del proceso. Lo dijo con un tono autoritario, como si no fueran recomendaciones, sino órdenes.

13:42 Yo asentí porque ya había visto a mi esposo mejorar después del primer viernes y no quería arriesgarme a contrariarlo. Después de esa segunda sesión, el cambio en mi esposo fue todavía más notorio. Empezó a conversar como antes, a salir un rato a la calle, a preguntar por pendientes de la casa y hasta a bromear con los niños. Una tarde incluso se burló de sus propios sueños y dijo que esa imagen del patio ya se sentía lejos. como si se estuviera borrando. Yo quise alegrarme completa, pero en esos mismos días empezó a empeorar su madre, que iba mucho a la casa y prácticamente se la pasaba con nosotros. Primero dijo que se sentía muy cansada, luego empezó a quejarse de una presión en el pecho cuando intentaba dormir. Después dijo que estaba soñando feo, que escuchaba murmullos y que amanecía más cansada que cuando se acostaba.

14:37 Yo otra vez vi la coincidencia, pero me forcé a pensar que eran nervios míos, ganas de encontrar relación entre cosas que podían no tenerla. Para el tercer viernes ya no fui con la misma tranquilidad. Había alivio por mi esposo, sí, pero también una inquietud que no me dejaba en paz. El santero trabajó de nuevo sobre él, aunque esa vez habló menos, se veía más seco, menos paciente. Yo aproveché un momento para preguntarle por qué cada vez que mi esposo mejoraba a alguien más en la familia, empezaba a sentirse mal. No le reclamé, solo se lo pregunté directo. Él ni siquiera me miró de frente al responder. Dijo que cuando algo se mueve, todo se acomoda alrededor, que una limpia fuerte siempre sacude a quienes están cerca. Le pregunté si eso era normal y me dijo que normal no era la palabra, pero que así pasaban esas cosas.

15:35 No me dejó tranquila esa respuesta, sonaba a explicación armada para no decirme la verdad. Aún así seguimos, porque yo tenía miedo de detener el proceso y que mi esposo volviera a caer peor que antes. Esa noche él durmió bien otra vez, pero en la madrugada se despertó serio, no alterado como antes, sino pensativo. Me dijo que había vuelto a soñar con el patio. Sentí el cuerpo helarse cuando lo escuché. Le pregunté qué había visto y me dijo que la gente seguía hincada, pero que ahora había un espacio vacío, como si alguien hubiera salido de ahí. Luego agregó algo peor. Dijo que entre los que seguían en el suelo vio de espaldas a alguien que se parecía mucho a su madre. No me lo dijo para asustarme, me lo dijo confundido, como tratando de entenderlo él también.

16:30 Al día siguiente, estábamos los cuatro en la casa, y su madre vino a sentarse un rato con nosotros. Yo preparé café y desde la cocina los miré sin que me vieran mucho. Mi esposo, que semanas atrás no podía ni sostenerse bien, se veía cada vez más firme. Mi hijo seguía apagado, todavía con miedo de quedarse solo, y su madre tenía la cara vencida, como si no hubiera descansado en varios días. Ahí fue cuando tuve la primera sospecha real. no una idea vaga, no un simple mal presentimiento. Pensé con claridad que tal vez ese hombre no estaba curando a mi esposo. Tal vez solo estaba acomodando la carga para que dejara de caerle a él y empezara a caer sobre otros. Después del cuarto viernes, mi esposo parecía otro hombre. No lo digo por exagerar. Lo vi volver a pararse temprano, cambiarse solo, Lavarse la cara con ganas, salir al patio y hasta revisar unas cosas del rancho que tenía meses sin tocar. Volvió a comer bien, volvió a hablar con los niños, volvió a reírse por comentarios sencillos que antes ni escuchaba. En las noches dormía varias horas seguidas y por primera vez en mucho tiempo dejó de despertar empapado en sudor. Cualquiera que lo viera habría dicho que por fin estaba saliendo de la enfermedad. Y eso era justamente lo que más me estaba partiendo por dentro, porque mientras él se levantaba, en la casa empezaban a

18:00 venirse abajo otros. Mi hijo menor, que ya había tenido fiebre y miedo para dormir después del primer viernes, empeoró de golpe después del cuarto. Ya no era solo que no quisiera dormir solo. Ahora se despertaba llorando casi todas las madrugadas, con el cuerpo tenso y los ojos bien abiertos, como si se hubiera levantado de un lugar donde lo estaban obligando a hacer algo. Una noche lo oí decir dormido que no quería entrar al patio. Me quedé inmóvil junto a la cama. Esas eran las mismas palabras que mi esposo había repetido durante semanas. No parecidas, las mismas. Al día siguiente, el niño no quería salir al patio de la casa. Se quedaba junto a la puerta y miraba hacia afuera con miedo. Le pregunté qué veía y me dijo que nada, pero que no quería ir para allá porque sentía que si caminaba hasta el centro ya no iba a poder regresar. Esa respuesta me dejó sin aire.

19:00 Mi suegra tampoco mejoraba. Al contrario, empezó a perder fuerza en las piernas. Al principio dijo que era cansancio, luego que era un dolor que le bajaba desde la espalda, pero después ya no pudo levantarse con la misma facilidad. Dos veces tuve que ayudarla a sentarse porque dijo que las piernas no le respondían bien. Cuando la veía así y luego volteaba a ver a mi esposo tan compuesto, ya no podía seguir mintiéndome. Había un patrón y lo tenía frente a la cara. Cada vez que él mejoraba, alguien más se quebraba. Ya no era una sospecha pequeña. Era algo que se estaba repitiendo dentro de mi propia casa.

19:41 Empecé a recordar detalles que antes había dejado pasar. los botes que el santero nos daba para tirar lejos, la manera en que nos decía dónde enterrar ciertas cosas, las veces que insistió en que no habláramos con nadie del proceso, el tono con que corregía cualquier mínima cosa si no se hacía como él había ordenado. Una tarde, después de una de las sesiones, fui al lugar donde me había dicho que dejara un paquete envuelto en tela y tierra. No lo había enterrado tan hondo como él pidió, porque esa vez traía la cabeza revuelta y quería volver rápido a la casa. Fui sola. Llevé una pala pequeña y lo saqué con las manos temblándome. La tela estaba húmeda y olía feo. Adentro había cera derretida, tierra negra, cabello enredado con hilo, unas semillas, grasa endurecida en las orillas y un papel doblado muchas veces. Cuando lo abrí, vi nombres.

20:40 Primero el de mi esposo. Abajo, escritos más pequeños, estaban el de mi hijo, el de mi suegra y el mío. Me quedé agachada en el suelo sin saber qué hacer. No eran nombres puestos al azar. Estaban acomodados como en una lista. El de mi esposo estaba marcado con una cruz encima y los otros tenían líneas alrededor, como si estuvieran metidos dentro de un mismo círculo. Volví a envolver todo y lo guardé en una bolsa. Ya no podía seguir fingiendo que eran ideas mías. Dos días después me encontré con una mujer del pueblo del Santero. Yo había ido a comprar unas cosas y ella me reconoció porque nos había visto llegar otros viernes. No me preguntó mucho, solo me dijo que tuviera cuidado. Le pregunté por qué y al principio no quiso hablar. Cuando vio mi cara, me dijo en voz baja que ese hombre no quitaba cargas, que las movía. Así me lo dijo, sin darle vueltas.

21:38 Me contó de un caso de años atrás de un señor que estaba muy mal y que después de varios trabajos empezó a levantarse, pero luego se enfermaron dos hermanas y una sobrina. Una murió en pocos meses y las otras quedaron postradas sin que los doctores encontraran una razón clara. Le pregunté si estaba segura y me respondió que en ese pueblo todos sabían cómo trabajaba ese hombre, solo que iban con él porque a veces no buscaban una cura limpia, sino tiempo, aunque el costo lo pagara otro. Esa misma noche, esperé a que mi esposo se durmiera para preguntarle al día siguiente si había soñado otra vez con el patio.

22:21 Me dijo que sí, pero que había sido distinto. Lo contó como si todavía no entendiera lo que había visto. Dijo que, esta vez, él estaba cerca de la salida. Que sentía una mano empujándolo por la espalda, obligándolo a salir. Y que, entre la gente hincada, vio a nuestro hijo con la cabeza baja. Me dijo que quiso acercarse, pero no pudo, porque mientras lo sacaban del patio, alguien más ocupaba su lugar. Cuando escuché eso, ya no tuve ninguna duda. Lo que ese hombre estaba haciendo no era romper el daño ni arrancarlo de raíz. Lo estaba pasando de un cuerpo a otro dentro de la misma familia. Cada viernes soltaba más a mi esposo y amarraba a alguien más.

23:06 Al día siguiente fui sola a la casa del santero. No le dije a nadie. Le llevé de pretexto unas veladoras y un frasco que, según yo, se nos había terminado. Él me hizo pasar, pero desde que me vio supo que yo no iba con la misma actitud de antes. Mientras me hablaba, fui mirando mejor el cuarto donde trabajaba. Había fotografías clavadas con alfileres, pedazos de ropa doblados por montones, frascos con agua turbia y recipientes marcados con nombres escritos en cinta. También vi muñecos hechos con trapos y cabello amarrado. No era un altar improvisado ni un lugar de rezos. Era un sitio donde guardaba cosas de la gente como si fueran partes de ellos. Le saqué el papel con los nombres y se lo puse enfrente. No grité. Le pregunté directo qué estaba haciendo. Él ni siquiera se molestó en negarlo. Me dijo que yo había ido a buscarlo cuando mi esposo ya se estaba doblando. que si no intervenía se me iba a morir o se iba a quedar mal de la cabeza. Le pregunté si por eso estaba enfermando a los demás y me respondió que él no inventó la carga, solo evitó que siguiera cayendo toda sobre el mismo cuerpo. Dijo que en trabajos así siempre alguien recibe lo que otro ya no puede aguantar. Lo dijo con una frialdad que todavía me da coraje recordar.

24:29 No hablaba como un loco ni como alguien poseído por algo. Hablaba como quien explica un oficio cualquiera. Me fui de ahí con una desesperación que no había sentido antes. Ya sabía que no podíamos seguir con los siete viernes, pero también entendí que cortar el trabajo de golpe podía ser peor. Si él estaba moviendo esa carga por partes, detenerlo en seco podía hacer que todo volviera de una vez sobre mi esposo o que se soltara dentro de la casa y cayera sobre todos. Cuando regresé y vi a mi hijo dormido con la frente caliente, a mi suegra sentada sin poder levantarse bien y a mi esposo hablando como si por fin estuviera saliendo de una mala racha, entendí lo peor de todo. Yo misma había metido a mi familia en algo que ya no sabíamos cómo detener. Cuando regresé de ver al santero, no dije nada de inmediato.

25:23 Llegué con la cabeza llena de cosas, con miedo, coraje y una culpa que no me dejaba ni respirar bien. Pero al entrar a la casa, vi a mi esposo sentado a la mesa, comiendo con ganas y platicando con los niños como hacía meses no lo veía, y me quedé callada. Esa fue la peor parte de todo, que la verdad no llegaba en un momento donde él siguiera mal y fuera fácil convencerlo, sino cuando por fin se sentía vivo otra vez. Yo lo miraba y entendía por qué alguien en su lugar no querría hacerse preguntas. Cuando uno lleva tanto tiempo sintiéndose destruido, se agarra de lo primero que le devuelva fuerzas, aunque el costo no esté claro, esa noche casi no hablé, él lo notó, pero pensé que si le soltaba todo de golpe me iba a tomar por loca o por nerviosa, al día siguiente intenté decirle con calma que ya no quería seguir yendo con el santero, no alcancé ni a explicarme bien, en cuanto escuchó que yo quería detener el proceso se enojó, Me dijo que por fin estaba mejorando, que los doctores no habían servido para nada, que yo misma había visto cómo había cambiado desde que empezó el trabajo y que ahora no podía salir con eso. Le dije que algo no estaba bien, que mientras él mejoraba a otros en la casa se estaban viniendo abajo. Él respondió que eso eran coincidencias, que yo ya estaba buscando problemas donde no lo sabía,

26:57 que seguro eran nervios míos de tanto pensar. Luego me dijo algo que me dolió más porque supe que en parte era cierto. Me dijo que era muy fácil desconfiar cuando el que había estado al borde de quebrarse era él y no yo. No seguí discutiendo porque en ese momento mi hijo volvió a empeorar. Esa tarde le subió la fiebre más fuerte que otras veces. Se quedó acostado sin querer comer con la mirada perdida, como si ni siquiera tuviera fuerza para contestar cuando le hablábamos. Ya entrada la noche, empezó a moverse dormido y a decir palabras sueltas. Me acerqué para escuchar mejor y volvió a repetir lo del patio. Dijo que no quería entrar, que no quería ponerse ahí. Más tarde hizo algo que terminó de romperme.

27:46 Me desperté de madrugada y no lo vi en la cama. Pensé que había ido al baño, pero cuando salí del cuarto lo encontré junto a la cama, de rodillas, con la cabeza inclinada hacia el suelo. No estaba rezando ni despierto del todo. Lo moví del hombro y reaccionó confundido, como si no entendiera por qué estaba así. Al día siguiente no recordó nada. Ahí supe que ya no había tiempo para seguir pensando qué hacer. Mi suegra seguía sin fuerza en las piernas. Mi hijo ya estaba repitiendo lo mismo que antes decía su padre. Y mi esposo, aunque todavía defendía al santero, ya empezaba a mostrar otra cosa detrás del enojo. Miedo a volver a caer. Ese mismo día fui a ver a una mujer mayor, familiar lejana de una vecina que conocía rezos y cosas viejas de las que casi nadie habla hasta que se ve metido en algo serio. No la busqué esperando un milagro ni una solución limpia. Ya a esas alturas yo no creía en salidas fáciles. Solo necesitaba entender cómo parar lo que se estaba moviendo dentro de mi casa. La mujer me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, me dijo que si ese trabajo se había hecho usando nombres, restos de ropa, tierra y cosas del cuerpo de la familia, entonces no estaban curando a nadie. Estaban repartiendo la carga entre los más cercanos para sostener al que se quería levantar. Me dijo que si seguíamos alimentando el proceso... Tarde o temprano iba

29:18 a tocarle de lleno al niño o a alguien más de la casa. Le pregunté cómo cortarlo y no me respondió como quien trae una receta. Me dijo que había que negarle nuevos cuerpos, juntar todo lo que ese hombre hubiera usado, romper los nombres, regresar a un mismo sitio. volviera a ponerse en sus manos también dijo que al cortar eso podía venir una recaída fuerte porque lo que habían movido iba a buscar volver a su lugar no me adornó nada me dijo claro que iba a ser feo y que alguien iba a pagar las consecuencias pero continuar ya garantizaba que el daño siguiera corriendo entre nosotros esa noche junte todo lo que teníamos Los listones, las velas gastadas, las botellas con residuos, las telas manchadas, la tierra envuelta, la ropa que el santero había pedido, los papeles donde encontré los nombres. Todo lo fui sacando en silencio mientras mi esposo dormía. Cuando me vio acomodando las cosas en la mesa del patio, me preguntó qué estaba haciendo.

30:25 Le dije la verdad, ahora sí completa. Le dije que ese hombre no lo estaba curando. que lo estaba soltando a costa de nuestro hijo, de su madre y de cualquiera que estuviera cerca. Al principio se negó a creerme. Se enojó otra vez. Me dijo que ya estaba desesperada y que estaba inventando. Pero cuando le enseñé el papel con los nombres escritos y le repetí lo que me había contado sobre el sueño, eso de que lo empujaban hacia afuera mientras otro ocupaba su lugar, se quedó callado. No aceptó todo de inmediato. pero su cara cambió. Entendió al menos una parte. No alcanzamos a discutir más porque empezó lo peor. Mi hijo volvió a calentarse de fiebre y a temblar dormido, y al mismo tiempo mi esposo se dobló del dolor como no le había pasado desde antes del primer viernes. Se agarró del marco de la puerta, respirando con dificultad, diciendo que el patio estaba otra vez ahí.

31:25 Lo sentamos como pudimos, pero entró en una especie de trance. No gritaba ni se retorcía como en las películas. Solo hablaba con una voz rara, apagada, repitiendo que no los quería ver hincados, que ya había entendido por qué lo estaban sacando a él. Esa frase fue lo que terminó de hundirlo, porque la dijo llorando. Mi esposo entendió en ese momento que su mejoría había salido del cuerpo de los suyos. Yo seguí con lo que me habían dicho, rompí el papel de los nombres, separé el de mi hijo, el de mi suegra y el mío del de él. Eché al fuego los listones, la cera, las telas y los restos que olían a hierbas podridas. La tierra y el agua sucia no las dejé dentro del terreno, saqué todo hasta la orilla del camino, donde termina nuestra propiedad, y lo vacié ahí, lejos de la casa, como me indicaron.

32:20 Mientras lo hacía, escuché el carro detenerse afuera. Era un muchacho mandado por el santero. No se bajó mucho tiempo. Solo gritó desde la entrada que si rompíamos el trabajo, alguien lo iba a pagar completo. Yo ya lo sabía. No le respondí. Cerré el portón y seguí. La madrugada se nos hizo eterna. Mi esposo pasó horas débil, con vómito, escalofríos y un dolor que lo dejó casi sin hablar. Mi hijo siguió ardiendo en fiebre, pero poco antes del amanecer por fin se quedó dormido sin moverse ni hablar. Mi suegra también pudo descansar un poco. Nadie salió limpio de esa noche. Nadie se levantó como si no hubiera pasado nada. Pero algo sí cambió. Desde ese día el deterioro dejó de correr de uno a otro como lo estaba haciendo. Mi esposo volvió a enfermar, eso es verdad.

33:17 No regresó exactamente al punto inicial. pero quedó débil, marcado, como si el cuerpo hubiera envejecido de golpe en pocos meses. Ya no pudo trabajar igual por un buen tiempo y todavía hay días en que amanece sin fuerza. Mi hijo mejoró despacio. Tardó semanas en dejar de despertarse llorando y meses en volver a dormir solo sin miedo. Mi suegra recuperó algo de fuerza, no toda. Del santero se dijo después que dejó de atender y que por un tiempo desapareció del pueblo. No sé si fue por miedo a que alguien hablara o porque encontró otro lugar donde seguir haciendo lo mismo. Yo nunca supe quién le puso ese daño original a mi esposo. Hasta la fecha no sé de dónde vino lo que lo enfermó primero, pero sí entendí algo peor que eso. Hay gente que no cura, solo administra el sufrimiento y lo reparte donde le conviene.

34:14 Eso fue lo que hizo ese hombre con nosotros, y si yo no hubiera visto a tiempo lo que estaba pasando, tal vez mi hijo habría terminado en el lugar de su padre sin que nadie lo detuviera. A veces pienso que todo terminó, pero no sería verdad decirlo así. Mi esposo todavía sueña de vez en cuando con el patio, ya no ve a toda la gente hincada como antes, o al menos eso me dice. Ahora son menos, pero en algunas madrugadas se despierta serio y me cuenta que algunos ya levantaron la cabeza. No hablan, no se mueven mucho, solo miran como si siguieran esperando que alguien más llegue a ocupar un lugar.