SANTERO Que Atraía La Muerte Historias De Terror - REDE
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0:05 Mi esposo llevaba meses mal cuando todo eso empezó de verdad. Al principio lo tomé como cansancio. Ãl trabajaba desde temprano, a veces bajo el sol, cargando costales, resolviendo pendientes del rancho que no se acababan nunca. Era normal que llegara rendido, callado, con ganas de bañarse, cenar poco y acostarse. Eso pensé yo. Pero después entendà que no era cansancio, porque el cansancio se quita con descanso, y lo de él iba empeorando aunque durmiera, aunque no trabajara un dÃa, aunque se quedara en casa. Primero dejó de hablar como antes, él siempre habÃa sido un hombre sencillo, no muy platicador, pero presente.
0:48 Llegaba y preguntaba por los niños, por la comida, por los animales, por cualquier cosa. De pronto empezó a entrar a la casa y a sentarse sin decir nada. A veces ni se quitaba las botas, solo se quedaba viendo una parte de la pared como si tuviera la cabeza en otro lado. Yo le servÃa de comer y apenas probaba dos o tres bocados. Me decÃa que no tenÃa hambre, que traÃa el estómago revuelto. que le dolÃa la cabeza, que al rato comÃa algo, pero ese rato nunca llegaba, empezó a bajar de peso, se le hundieron los ojos y la cara se le puso distinta, como si trajera encima una tristeza que no sabÃa explicar, no era una sola enfermedad, ese fue el problema desde el principio, un dÃa decÃa que le dolÃa mucho la cabeza, otro dÃa era el cuerpo entero, Luego amanecÃa con escalofrÃos aunque no hiciera frÃo. Después vomitaba. Luego decÃa que no tenÃa fuerza en las piernas. HabÃa mañanas en que parecÃa mejorar un poco y yo me tranquilizaba, pero en la tarde volvÃa a verlo igual o peor. También dejó de interesarse por los niños. Eso fue lo que más me empezó a asustar, porque él querÃa mucho a nuestros hijos y siempre estaba al pendiente de ellos. De repente ya no les preguntaba cómo les habÃa ido. Ya no salÃa con ellos al patio.
2:13 Ya no les hacÃa caso cuando le enseñaban cualquier cosa. No era que estuviera enojado. Era como si estuviera ausente. Lo llevamos al doctor más de una vez. Le hicieron estudios, revisiones. Le dieron medicamento para el dolor, para el estómago, vitaminas. Luego otras pastillas para dormir mejor. Nada cambió. SalÃan algunas cosas alteradas, pero no algo que explicara por qué se iba consumiendo asÃ. Un médico nos dijo que podÃa ser estrés, otro que tal vez una infección que no terminaba de irse, otro que descansara más y comiera mejor. Yo seguà todo al pie de la letra, le hice caldos, le di las medicinas a su hora, traté de mantenerlo tranquilo, pero él seguÃa igual, y en las noches era peor. Las pesadillas empezaron casi junto con lo demás, pero al principio no les dimos importancia. Pensamos que eran por la fiebre o por el mismo malestar. Luego se volvieron cosa de todas las madrugadas. Se despertaba sudando, con la respiración agitada, mirando hacia todos lados como si no reconociera el cuarto por unos segundos. Yo le preguntaba qué habÃa soñado y al principio me decÃa poco. Pero después empezó a contarme siempre lo mismo. DecÃa que veÃa un patio grande de tierra, muy grande, más grande que cualquier patio de casa. HabÃa mucha gente hincada en el suelo, con la cabeza baja,
3:44 todos quietos, sin levantar la cara. Ãl estaba parado en medio y no podÃa moverse. QuerÃa salirse, pero las piernas no le respondÃan. A veces escuchaba rezos como murmullos repetidos, y otras veces escuchaba cadenas arrastrándose sobre la tierra. En algunas noches decÃa que entre la gente hincada habÃa personas conocidas, gente del pueblo o de la familia, pero al despertar ya no lograba decirme quiénes eran. Solo se quedaba con esa idea de que habÃa reconocido a alguien. Con el paso de las semanas el sueño se le metió también al dÃa. Varias veces lo encontré mirando el patio de la casa con una fijeza que me daba miedo. No estaba viendo nada en concreto, solo el suelo. Yo le hablaba y tardaba en reaccionar. Una tarde le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que, por un momento, pensó que era el mismo patio del sueño. Me lo dijo muy serio, sin querer asustarme, pero a mà me dejó helada esa respuesta. Desde entonces empecé a vigilarlo más. No lo dejaba solo mucho tiempo, porque sentÃa que en cualquier momento se me podÃa perder aunque siguiera dentro de la casa.
5:00 En el pueblo empezaron los comentarios como siempre pasa cuando alguien se enferma y nadie entiende por qué. Unos decÃan que le habÃan hecho brujerÃa, otros que era un castigo por algo que ni él mismo sabÃa. Otros decÃan que alguien le tenÃa mucho coraje y que eso no era enfermedad normal. Yo trataba de no escuchar. nunca me gustó andar creyendo todo lo que dice la gente pero una cosa es no creer y otra ver a tu marido apagarse frente a ti sin poder hacer nada una mañana intentó levantarse para ir a trabajar se vistió despacio se puso la camisa agarró las llaves y cuando iba cruzando el cuarto se le doblaron las piernas no alcanzó ni a sostenerse de la puerta cayó de lado y el golpe me hizo correr desde la cocina Cuando llegué estaba consciente, pero no podÃa incorporarse. Me dijo que sentÃa el cuerpo vacÃo, como si no trajera fuerza en ningún lado. Ese dÃa ya no me pude seguir engañando con que se le iba a pasar solo. Poco después empezó a hablar dormido.
6:07 No decÃa cosas sueltas ni palabras sin sentido. RepetÃa una frase que me dejó marcada. DecÃa que no querÃa arrodillarse. Lo decÃa varias veces como si se lo estuvieran ordenando. Una noche incluso soltó el llanto dormido. Yo lo movà para despertarlo y cuando abrió los ojos estaba temblando. Me abrazó con una desesperación que nunca le habÃa visto y me dijo que ya casi le tocaba entrar al patio. Asà me lo dijo, llorando, con la voz quebrada. Y yo supe que ya no podÃa seguir esperando a que un doctor nos diera una explicación mejor. Fue una vecina mayor la que me habló del santero. Me dijo que estaba en un pueblo cercano en una casa apartada y que ya habÃa atendido a personas que llegaban mal por cosas que la medicina no entendÃa. Yo dudé mucho. No me daba confianza meterme en eso, pero ya venÃamos de estudios, medicinas y meses perdidos. Mi esposo cada dÃa estaba peor y yo sentÃa que algo se nos estaba cerrando. Esa misma noche tomé la decisión. Nos fuimos temprano cuando todavÃa el sol no pegaba fuerte. El camino era de terracerÃa y se sentÃa más largo por el silencio que traÃamos.
7:22 Mi esposo iba recargado en la ventana sin ganas de hablar, mirando hacia afuera con esa misma expresión apagada que ya se le habÃa quedado pegada en la cara. Cuando llegamos vi una vivienda apartada, con animales amarrados afuera, humo saliendo por un costado y un olor fuerte a hierbas quemadas. HabÃa veladoras, ramos secándose colgados, imágenes religiosas junto a objetos que a mà me dieron mala espina desde que los vi. Todo estaba mezclado, como si la casa no perteneciera del todo ni a una cosa ni a la otra. El santero salió antes de que tocáramos bien. Apenas vio a mi esposo, se le acercó. Le tomó la cara con una mano y le levantó un poco el rostro para verle los ojos. Ni siquiera nos dejó explicar mucho. Dijo que eso no se iba a quitar con medicina común, que mi esposo traÃa una carga encima y que si no se atendÃa pronto lo iban a terminar doblando. Luego nos hizo pasar y habló del trabajo de siete viernes, uno por semana. Dijo que iba a ser pesado, que no todos aguantaban el proceso, pero que todavÃa estaba a tiempo de sacarlo adelante, siempre y cuando hiciéramos todo exactamente como él dijera. El primer viernes llegamos antes de que anocheciera.
8:42 Yo iba nerviosa, pero también con una esperanza que ya tenÃa mucho tiempo sin sentir. Mi esposo apenas podÃa caminar bien, asà que lo llevé casi del brazo desde donde dejamos el carro hasta la entrada de la casa del santero. El lugar se veÃa igual de cargado que la vez anterior, con ese humo que salÃa desde un fogón a un lado, las veladoras encendidas aunque todavÃa habÃa luz. las ramas colgadas, los recipientes acomodados en una mesa de madera y varias imágenes de santos junto a otras cosas que yo no supe identificar. El santero no habló mucho, solo nos hizo pasar. Le indicó a mi esposo que se sentara en una silla baja en medio del cuarto y empezó a preparar todo.
9:28 Sacó un ramo de hierbas amarradas con hilo rojo, lo pasó primero por el humo de un bracero y luego comenzó a limpiarlo desde la cabeza hasta los pies. Lo hacÃa despacio, murmurando rezos que yo no entendÃa bien porque mezclaba palabras religiosas con otras que me sonaban raras. Después tomó un vaso con un lÃquido oscuro, casi negro, y le echó unas gotas en la frente, en las manos y en el pecho. Luego puso frente a él una cubeta con agua y empezó a exprimir las ramas arriba de su cabeza. Yo vi como al agua iban cayendo cosas extrañas. Al principio pensé que era tierra. Luego se formaron como manchas de grasa flotando y más tarde salieron dos insectos pequeños que yo no vi de dónde pudieron haber salido. El santero no se sorprendió. Siguió rezando, siguió pasando humo, siguió limpiándolo como si todo eso confirmara algo que él ya sabÃa. Mi esposo aguantó como pudo. pero salió muy mal de esa sesión. Cuando terminamos ni siquiera quiso hablar. Afuera se dobló del estómago y vomitó junto a una piedra. Yo me asusté y quise decirle al santero que eso ya era demasiado, pero él solo respondió que era normal, que lo pesado estaba saliendo, que era buena señal. En el camino de regreso mi esposo iba agotado, con la ropa pegada del sudor y los ojos casi cerrados.
10:57 yo llegué a pensar que habÃamos cometido un error, pero esa misma noche pasó algo que no habÃa pasado en meses, durmió de corrido, no se despertó gritando, no se levantó sudando, yo misma casi no pude descansar de estar al pendiente, esperando que en cualquier momento se agitara otra vez, pero no pasó, al dÃa siguiente amaneció distinto, tenÃa más color en la cara, pidió desayuno y se comió todo, después salió al patio por su cuenta y caminó un rato despacio pero con ganas hasta les habló con más ánimo a los niños yo lo miraba y sentÃa un alivio que ya casi no recordaba de verdad pensé que por fin habÃamos encontrado la solución aunque fuera por un camino que yo no habrÃa tomado en otro momento ese mismo fin de semana empecé a respirar un poco mejor la casa se sentÃa menos pesada pero no nos duró mucho Mi hijo menor, que hasta entonces habÃa estado bien, comenzó a sentirse mal el sábado por la noche. Le dio fiebre sin razón clara. No tenÃa tos, no tenÃa gripe.
12:08 No traÃa dolor de garganta, pero estaba caliente y muy desganado. Pensé que era un resfriado o algo pasajero. Le di lo que correspondÃa. Lo mantuve vigilado y traté de no relacionarlo con nada más. El problema fue que no se quedó solo en la fiebre. El niño empezó a decir que no querÃa dormir solo algo raro en él porque nunca habÃa sido miedoso. Luego, ya acostado, se despertó llorando dos veces esa noche. DecÃa que habÃa mucha gente en el suelo y que nadie se levantaba. Cuando me lo dijo, sentà un golpe en el pecho, pero me obligué a pensar que, tal vez, habÃa escuchado a su padre hablar dormido otros dÃas y se le habÃa quedado la idea.
12:52 No quise mezclar una cosa con la otra, porque en ese momento yo necesitaba creer que lo de mi esposo iba mejorando por una causa limpia. El segundo viernes volvimos con el santero. Esta vez nos recibió como si ya esperara que fuéramos a obedecer sin preguntar. Repitió parte del trabajo, aunque yo lo noté más seguro y más duro en la manera de hablar. Antes de empezar, nos dio varias instrucciones. Dijo que, después de esa sesión, no debÃamos barrer la casa cuando se metiera el sol. Que el agua que se usara ese dÃa para lavar a mi esposo no podÃa tirarse dentro del terreno. Que ninguna ropa de él debÃa quedarse colgada afuera durante la noche y que no le contáramos a nadie los detalles del proceso. Lo dijo con un tono autoritario, como si no fueran recomendaciones, sino órdenes.
13:42 Yo asentà porque ya habÃa visto a mi esposo mejorar después del primer viernes y no querÃa arriesgarme a contrariarlo. Después de esa segunda sesión, el cambio en mi esposo fue todavÃa más notorio. Empezó a conversar como antes, a salir un rato a la calle, a preguntar por pendientes de la casa y hasta a bromear con los niños. Una tarde incluso se burló de sus propios sueños y dijo que esa imagen del patio ya se sentÃa lejos. como si se estuviera borrando. Yo quise alegrarme completa, pero en esos mismos dÃas empezó a empeorar su madre, que iba mucho a la casa y prácticamente se la pasaba con nosotros. Primero dijo que se sentÃa muy cansada, luego empezó a quejarse de una presión en el pecho cuando intentaba dormir. Después dijo que estaba soñando feo, que escuchaba murmullos y que amanecÃa más cansada que cuando se acostaba.
14:37 Yo otra vez vi la coincidencia, pero me forcé a pensar que eran nervios mÃos, ganas de encontrar relación entre cosas que podÃan no tenerla. Para el tercer viernes ya no fui con la misma tranquilidad. HabÃa alivio por mi esposo, sÃ, pero también una inquietud que no me dejaba en paz. El santero trabajó de nuevo sobre él, aunque esa vez habló menos, se veÃa más seco, menos paciente. Yo aproveché un momento para preguntarle por qué cada vez que mi esposo mejoraba a alguien más en la familia, empezaba a sentirse mal. No le reclamé, solo se lo pregunté directo. Ãl ni siquiera me miró de frente al responder. Dijo que cuando algo se mueve, todo se acomoda alrededor, que una limpia fuerte siempre sacude a quienes están cerca. Le pregunté si eso era normal y me dijo que normal no era la palabra, pero que asà pasaban esas cosas.
15:35 No me dejó tranquila esa respuesta, sonaba a explicación armada para no decirme la verdad. Aún asà seguimos, porque yo tenÃa miedo de detener el proceso y que mi esposo volviera a caer peor que antes. Esa noche él durmió bien otra vez, pero en la madrugada se despertó serio, no alterado como antes, sino pensativo. Me dijo que habÃa vuelto a soñar con el patio. Sentà el cuerpo helarse cuando lo escuché. Le pregunté qué habÃa visto y me dijo que la gente seguÃa hincada, pero que ahora habÃa un espacio vacÃo, como si alguien hubiera salido de ahÃ. Luego agregó algo peor. Dijo que entre los que seguÃan en el suelo vio de espaldas a alguien que se parecÃa mucho a su madre. No me lo dijo para asustarme, me lo dijo confundido, como tratando de entenderlo él también.
16:30 Al dÃa siguiente, estábamos los cuatro en la casa, y su madre vino a sentarse un rato con nosotros. Yo preparé café y desde la cocina los miré sin que me vieran mucho. Mi esposo, que semanas atrás no podÃa ni sostenerse bien, se veÃa cada vez más firme. Mi hijo seguÃa apagado, todavÃa con miedo de quedarse solo, y su madre tenÃa la cara vencida, como si no hubiera descansado en varios dÃas. Ahà fue cuando tuve la primera sospecha real. no una idea vaga, no un simple mal presentimiento. Pensé con claridad que tal vez ese hombre no estaba curando a mi esposo. Tal vez solo estaba acomodando la carga para que dejara de caerle a él y empezara a caer sobre otros. Después del cuarto viernes, mi esposo parecÃa otro hombre. No lo digo por exagerar. Lo vi volver a pararse temprano, cambiarse solo, Lavarse la cara con ganas, salir al patio y hasta revisar unas cosas del rancho que tenÃa meses sin tocar. Volvió a comer bien, volvió a hablar con los niños, volvió a reÃrse por comentarios sencillos que antes ni escuchaba. En las noches dormÃa varias horas seguidas y por primera vez en mucho tiempo dejó de despertar empapado en sudor. Cualquiera que lo viera habrÃa dicho que por fin estaba saliendo de la enfermedad. Y eso era justamente lo que más me estaba partiendo por dentro, porque mientras él se levantaba, en la casa empezaban a
18:00 venirse abajo otros. Mi hijo menor, que ya habÃa tenido fiebre y miedo para dormir después del primer viernes, empeoró de golpe después del cuarto. Ya no era solo que no quisiera dormir solo. Ahora se despertaba llorando casi todas las madrugadas, con el cuerpo tenso y los ojos bien abiertos, como si se hubiera levantado de un lugar donde lo estaban obligando a hacer algo. Una noche lo oà decir dormido que no querÃa entrar al patio. Me quedé inmóvil junto a la cama. Esas eran las mismas palabras que mi esposo habÃa repetido durante semanas. No parecidas, las mismas. Al dÃa siguiente, el niño no querÃa salir al patio de la casa. Se quedaba junto a la puerta y miraba hacia afuera con miedo. Le pregunté qué veÃa y me dijo que nada, pero que no querÃa ir para allá porque sentÃa que si caminaba hasta el centro ya no iba a poder regresar. Esa respuesta me dejó sin aire.
19:00 Mi suegra tampoco mejoraba. Al contrario, empezó a perder fuerza en las piernas. Al principio dijo que era cansancio, luego que era un dolor que le bajaba desde la espalda, pero después ya no pudo levantarse con la misma facilidad. Dos veces tuve que ayudarla a sentarse porque dijo que las piernas no le respondÃan bien. Cuando la veÃa asà y luego volteaba a ver a mi esposo tan compuesto, ya no podÃa seguir mintiéndome. HabÃa un patrón y lo tenÃa frente a la cara. Cada vez que él mejoraba, alguien más se quebraba. Ya no era una sospecha pequeña. Era algo que se estaba repitiendo dentro de mi propia casa.
19:41 Empecé a recordar detalles que antes habÃa dejado pasar. los botes que el santero nos daba para tirar lejos, la manera en que nos decÃa dónde enterrar ciertas cosas, las veces que insistió en que no habláramos con nadie del proceso, el tono con que corregÃa cualquier mÃnima cosa si no se hacÃa como él habÃa ordenado. Una tarde, después de una de las sesiones, fui al lugar donde me habÃa dicho que dejara un paquete envuelto en tela y tierra. No lo habÃa enterrado tan hondo como él pidió, porque esa vez traÃa la cabeza revuelta y querÃa volver rápido a la casa. Fui sola. Llevé una pala pequeña y lo saqué con las manos temblándome. La tela estaba húmeda y olÃa feo. Adentro habÃa cera derretida, tierra negra, cabello enredado con hilo, unas semillas, grasa endurecida en las orillas y un papel doblado muchas veces. Cuando lo abrÃ, vi nombres.
20:40 Primero el de mi esposo. Abajo, escritos más pequeños, estaban el de mi hijo, el de mi suegra y el mÃo. Me quedé agachada en el suelo sin saber qué hacer. No eran nombres puestos al azar. Estaban acomodados como en una lista. El de mi esposo estaba marcado con una cruz encima y los otros tenÃan lÃneas alrededor, como si estuvieran metidos dentro de un mismo cÃrculo. Volvà a envolver todo y lo guardé en una bolsa. Ya no podÃa seguir fingiendo que eran ideas mÃas. Dos dÃas después me encontré con una mujer del pueblo del Santero. Yo habÃa ido a comprar unas cosas y ella me reconoció porque nos habÃa visto llegar otros viernes. No me preguntó mucho, solo me dijo que tuviera cuidado. Le pregunté por qué y al principio no quiso hablar. Cuando vio mi cara, me dijo en voz baja que ese hombre no quitaba cargas, que las movÃa. Asà me lo dijo, sin darle vueltas.
21:38 Me contó de un caso de años atrás de un señor que estaba muy mal y que después de varios trabajos empezó a levantarse, pero luego se enfermaron dos hermanas y una sobrina. Una murió en pocos meses y las otras quedaron postradas sin que los doctores encontraran una razón clara. Le pregunté si estaba segura y me respondió que en ese pueblo todos sabÃan cómo trabajaba ese hombre, solo que iban con él porque a veces no buscaban una cura limpia, sino tiempo, aunque el costo lo pagara otro. Esa misma noche, esperé a que mi esposo se durmiera para preguntarle al dÃa siguiente si habÃa soñado otra vez con el patio.
22:21 Me dijo que sÃ, pero que habÃa sido distinto. Lo contó como si todavÃa no entendiera lo que habÃa visto. Dijo que, esta vez, él estaba cerca de la salida. Que sentÃa una mano empujándolo por la espalda, obligándolo a salir. Y que, entre la gente hincada, vio a nuestro hijo con la cabeza baja. Me dijo que quiso acercarse, pero no pudo, porque mientras lo sacaban del patio, alguien más ocupaba su lugar. Cuando escuché eso, ya no tuve ninguna duda. Lo que ese hombre estaba haciendo no era romper el daño ni arrancarlo de raÃz. Lo estaba pasando de un cuerpo a otro dentro de la misma familia. Cada viernes soltaba más a mi esposo y amarraba a alguien más.
23:06 Al dÃa siguiente fui sola a la casa del santero. No le dije a nadie. Le llevé de pretexto unas veladoras y un frasco que, según yo, se nos habÃa terminado. Ãl me hizo pasar, pero desde que me vio supo que yo no iba con la misma actitud de antes. Mientras me hablaba, fui mirando mejor el cuarto donde trabajaba. HabÃa fotografÃas clavadas con alfileres, pedazos de ropa doblados por montones, frascos con agua turbia y recipientes marcados con nombres escritos en cinta. También vi muñecos hechos con trapos y cabello amarrado. No era un altar improvisado ni un lugar de rezos. Era un sitio donde guardaba cosas de la gente como si fueran partes de ellos. Le saqué el papel con los nombres y se lo puse enfrente. No grité. Le pregunté directo qué estaba haciendo. Ãl ni siquiera se molestó en negarlo. Me dijo que yo habÃa ido a buscarlo cuando mi esposo ya se estaba doblando. que si no intervenÃa se me iba a morir o se iba a quedar mal de la cabeza. Le pregunté si por eso estaba enfermando a los demás y me respondió que él no inventó la carga, solo evitó que siguiera cayendo toda sobre el mismo cuerpo. Dijo que en trabajos asà siempre alguien recibe lo que otro ya no puede aguantar. Lo dijo con una frialdad que todavÃa me da coraje recordar.
24:29 No hablaba como un loco ni como alguien poseÃdo por algo. Hablaba como quien explica un oficio cualquiera. Me fui de ahà con una desesperación que no habÃa sentido antes. Ya sabÃa que no podÃamos seguir con los siete viernes, pero también entendà que cortar el trabajo de golpe podÃa ser peor. Si él estaba moviendo esa carga por partes, detenerlo en seco podÃa hacer que todo volviera de una vez sobre mi esposo o que se soltara dentro de la casa y cayera sobre todos. Cuando regresé y vi a mi hijo dormido con la frente caliente, a mi suegra sentada sin poder levantarse bien y a mi esposo hablando como si por fin estuviera saliendo de una mala racha, entendà lo peor de todo. Yo misma habÃa metido a mi familia en algo que ya no sabÃamos cómo detener. Cuando regresé de ver al santero, no dije nada de inmediato.
25:23 Llegué con la cabeza llena de cosas, con miedo, coraje y una culpa que no me dejaba ni respirar bien. Pero al entrar a la casa, vi a mi esposo sentado a la mesa, comiendo con ganas y platicando con los niños como hacÃa meses no lo veÃa, y me quedé callada. Esa fue la peor parte de todo, que la verdad no llegaba en un momento donde él siguiera mal y fuera fácil convencerlo, sino cuando por fin se sentÃa vivo otra vez. Yo lo miraba y entendÃa por qué alguien en su lugar no querrÃa hacerse preguntas. Cuando uno lleva tanto tiempo sintiéndose destruido, se agarra de lo primero que le devuelva fuerzas, aunque el costo no esté claro, esa noche casi no hablé, él lo notó, pero pensé que si le soltaba todo de golpe me iba a tomar por loca o por nerviosa, al dÃa siguiente intenté decirle con calma que ya no querÃa seguir yendo con el santero, no alcancé ni a explicarme bien, en cuanto escuchó que yo querÃa detener el proceso se enojó, Me dijo que por fin estaba mejorando, que los doctores no habÃan servido para nada, que yo misma habÃa visto cómo habÃa cambiado desde que empezó el trabajo y que ahora no podÃa salir con eso. Le dije que algo no estaba bien, que mientras él mejoraba a otros en la casa se estaban viniendo abajo. Ãl respondió que eso eran coincidencias, que yo ya estaba buscando problemas donde no lo sabÃa,
26:57 que seguro eran nervios mÃos de tanto pensar. Luego me dijo algo que me dolió más porque supe que en parte era cierto. Me dijo que era muy fácil desconfiar cuando el que habÃa estado al borde de quebrarse era él y no yo. No seguà discutiendo porque en ese momento mi hijo volvió a empeorar. Esa tarde le subió la fiebre más fuerte que otras veces. Se quedó acostado sin querer comer con la mirada perdida, como si ni siquiera tuviera fuerza para contestar cuando le hablábamos. Ya entrada la noche, empezó a moverse dormido y a decir palabras sueltas. Me acerqué para escuchar mejor y volvió a repetir lo del patio. Dijo que no querÃa entrar, que no querÃa ponerse ahÃ. Más tarde hizo algo que terminó de romperme.
27:46 Me desperté de madrugada y no lo vi en la cama. Pensé que habÃa ido al baño, pero cuando salà del cuarto lo encontré junto a la cama, de rodillas, con la cabeza inclinada hacia el suelo. No estaba rezando ni despierto del todo. Lo movà del hombro y reaccionó confundido, como si no entendiera por qué estaba asÃ. Al dÃa siguiente no recordó nada. Ahà supe que ya no habÃa tiempo para seguir pensando qué hacer. Mi suegra seguÃa sin fuerza en las piernas. Mi hijo ya estaba repitiendo lo mismo que antes decÃa su padre. Y mi esposo, aunque todavÃa defendÃa al santero, ya empezaba a mostrar otra cosa detrás del enojo. Miedo a volver a caer. Ese mismo dÃa fui a ver a una mujer mayor, familiar lejana de una vecina que conocÃa rezos y cosas viejas de las que casi nadie habla hasta que se ve metido en algo serio. No la busqué esperando un milagro ni una solución limpia. Ya a esas alturas yo no creÃa en salidas fáciles. Solo necesitaba entender cómo parar lo que se estaba moviendo dentro de mi casa. La mujer me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, me dijo que si ese trabajo se habÃa hecho usando nombres, restos de ropa, tierra y cosas del cuerpo de la familia, entonces no estaban curando a nadie. Estaban repartiendo la carga entre los más cercanos para sostener al que se querÃa levantar. Me dijo que si seguÃamos alimentando el proceso... Tarde o temprano iba
29:18 a tocarle de lleno al niño o a alguien más de la casa. Le pregunté cómo cortarlo y no me respondió como quien trae una receta. Me dijo que habÃa que negarle nuevos cuerpos, juntar todo lo que ese hombre hubiera usado, romper los nombres, regresar a un mismo sitio. volviera a ponerse en sus manos también dijo que al cortar eso podÃa venir una recaÃda fuerte porque lo que habÃan movido iba a buscar volver a su lugar no me adornó nada me dijo claro que iba a ser feo y que alguien iba a pagar las consecuencias pero continuar ya garantizaba que el daño siguiera corriendo entre nosotros esa noche junte todo lo que tenÃamos Los listones, las velas gastadas, las botellas con residuos, las telas manchadas, la tierra envuelta, la ropa que el santero habÃa pedido, los papeles donde encontré los nombres. Todo lo fui sacando en silencio mientras mi esposo dormÃa. Cuando me vio acomodando las cosas en la mesa del patio, me preguntó qué estaba haciendo.
30:25 Le dije la verdad, ahora sà completa. Le dije que ese hombre no lo estaba curando. que lo estaba soltando a costa de nuestro hijo, de su madre y de cualquiera que estuviera cerca. Al principio se negó a creerme. Se enojó otra vez. Me dijo que ya estaba desesperada y que estaba inventando. Pero cuando le enseñé el papel con los nombres escritos y le repetà lo que me habÃa contado sobre el sueño, eso de que lo empujaban hacia afuera mientras otro ocupaba su lugar, se quedó callado. No aceptó todo de inmediato. pero su cara cambió. Entendió al menos una parte. No alcanzamos a discutir más porque empezó lo peor. Mi hijo volvió a calentarse de fiebre y a temblar dormido, y al mismo tiempo mi esposo se dobló del dolor como no le habÃa pasado desde antes del primer viernes. Se agarró del marco de la puerta, respirando con dificultad, diciendo que el patio estaba otra vez ahÃ.
31:25 Lo sentamos como pudimos, pero entró en una especie de trance. No gritaba ni se retorcÃa como en las pelÃculas. Solo hablaba con una voz rara, apagada, repitiendo que no los querÃa ver hincados, que ya habÃa entendido por qué lo estaban sacando a él. Esa frase fue lo que terminó de hundirlo, porque la dijo llorando. Mi esposo entendió en ese momento que su mejorÃa habÃa salido del cuerpo de los suyos. Yo seguà con lo que me habÃan dicho, rompà el papel de los nombres, separé el de mi hijo, el de mi suegra y el mÃo del de él. Eché al fuego los listones, la cera, las telas y los restos que olÃan a hierbas podridas. La tierra y el agua sucia no las dejé dentro del terreno, saqué todo hasta la orilla del camino, donde termina nuestra propiedad, y lo vacié ahÃ, lejos de la casa, como me indicaron.
32:20 Mientras lo hacÃa, escuché el carro detenerse afuera. Era un muchacho mandado por el santero. No se bajó mucho tiempo. Solo gritó desde la entrada que si rompÃamos el trabajo, alguien lo iba a pagar completo. Yo ya lo sabÃa. No le respondÃ. Cerré el portón y seguÃ. La madrugada se nos hizo eterna. Mi esposo pasó horas débil, con vómito, escalofrÃos y un dolor que lo dejó casi sin hablar. Mi hijo siguió ardiendo en fiebre, pero poco antes del amanecer por fin se quedó dormido sin moverse ni hablar. Mi suegra también pudo descansar un poco. Nadie salió limpio de esa noche. Nadie se levantó como si no hubiera pasado nada. Pero algo sà cambió. Desde ese dÃa el deterioro dejó de correr de uno a otro como lo estaba haciendo. Mi esposo volvió a enfermar, eso es verdad.
33:17 No regresó exactamente al punto inicial. pero quedó débil, marcado, como si el cuerpo hubiera envejecido de golpe en pocos meses. Ya no pudo trabajar igual por un buen tiempo y todavÃa hay dÃas en que amanece sin fuerza. Mi hijo mejoró despacio. Tardó semanas en dejar de despertarse llorando y meses en volver a dormir solo sin miedo. Mi suegra recuperó algo de fuerza, no toda. Del santero se dijo después que dejó de atender y que por un tiempo desapareció del pueblo. No sé si fue por miedo a que alguien hablara o porque encontró otro lugar donde seguir haciendo lo mismo. Yo nunca supe quién le puso ese daño original a mi esposo. Hasta la fecha no sé de dónde vino lo que lo enfermó primero, pero sà entendà algo peor que eso. Hay gente que no cura, solo administra el sufrimiento y lo reparte donde le conviene.
34:14 Eso fue lo que hizo ese hombre con nosotros, y si yo no hubiera visto a tiempo lo que estaba pasando, tal vez mi hijo habrÃa terminado en el lugar de su padre sin que nadie lo detuviera. A veces pienso que todo terminó, pero no serÃa verdad decirlo asÃ. Mi esposo todavÃa sueña de vez en cuando con el patio, ya no ve a toda la gente hincada como antes, o al menos eso me dice. Ahora son menos, pero en algunas madrugadas se despierta serio y me cuenta que algunos ya levantaron la cabeza. No hablan, no se mueven mucho, solo miran como si siguieran esperando que alguien más llegue a ocupar un lugar.
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