Risas En La Oscuridad: Operación Brujas Y Nahual - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Carlos y fui soldado en los años 80. Pasé casi toda mi juventud dentro del ejército, recorriendo sierras y selvas en operaciones que pocos recuerdan ahora. Entré cuando apenas tenÃa 19 años, buscando una salida de la pobreza. y con la ilusión de ganarme un nombre lo que encontré fue un mundo duro hecho de órdenes gritadas botas rotas hambre y noche sin dormir el entrenamiento fue brutal nos levantaban a las cuatro de la mañana para correr kilómetros con el equipo completo, atravesando lodo y piedras que desgarraban los pies.
0:46 Aprendimos a cargar armas bajo lluvia torrencial, a caminar en silencio durante horas, a comer lo que encontráramos en el monte, iguanas, serpientes o raÃces amargas. En el campo militar no habÃa excusas, el que se quejaba recibÃa castigo inmediato. nos forjaban para soportar lo que fuera, porque las misiones a las que nos enviarÃan no eran entrenamientos, eran asuntos de vida o muerte. Me tocó operar en regiones inhóspitas, primero en la sierra donde las montañas parecÃan no tener fin, y después en la selva, ese lugar donde el calor sofoca desde la primera hora del dÃa, y el aire se siente pesado en los pulmones. Ahà aprendà a sobrevivir con lo mÃnimo, a recoger agua de los troncos huecos, a reconocer plantas venenosas y a orientarme por el canto de las aves.
1:40 lo que más me impresionó fue la soledad porque en esos lugares uno podÃa caminar dÃas sin encontrar una sola persona y sin embargo nunca se sentÃa del todo solo en el ejército hablábamos poco de lo sobrenatural los mandos no toleraban supersticiones pero entre los soldados corrÃan historias que se susurraban en las noches de guardia Los veteranos advertÃan que en la selva mexicana no sólo habÃa hombres armados escondidos entre la maleza, DecÃan que habÃa fuerzas que no pertenecÃan a este mundo, que desde antes de la conquista ya dominaban esas tierras y que jamás fueron expulsadas. Aseguraban que las montañas y los rÃos tenÃan guardianes oscuros, que las brujas se aparecÃan como luces errantes y que algunos hombres pactaban para convertirse en Nahuales mitad bestia mitad humano.
2:37 la primera vez que escuché algo asà fue durante una operación en chiapas marchábamos de noche en completo silencio con la orden de rodear un campamento el terreno era complicado con barrancos ocultos entre la maleza y el zumbido constante de los insectos de pronto uno de los soldados mayores empezó a contar en voz baja que años atrás un pelotón completo habÃa desaparecido en esa misma zona No encontraron ni cuerpos ni armas, solo hallaron huellas profundas en el suelo, como de un animal enorme que se movÃa erguido. Yo intenté no darle importancia, pensando que era un cuento para asustar a los nuevos, pero las miradas serias de los demás me hicieron dudar. Con el tiempo entendà que esas historias eran advertencias. muchos compañeros juraban haber visto cosas extrañas sombras moviéndose en los árboles risas de mujeres cuando no habÃa nadie cerca huellas que aparecÃan alrededor de los campamentos aunque nadie hubiera pasado por ahà algunos perros de los batallones se negaban a entrar a ciertos lugares se echaban en el suelo temblando con el pelo erizado y eso era más inquietante que cualquier relato La misión que cambió mi vida llegó en 1986. Nos enviaron a una región selvática donde, según los reportes, habÃa movimientos sospechosos de grupos armados. Avanzamos con cautela, formando pequeños destacamentos hasta que nos internamos tanto
4:12 que la vegetación nos tragó. de dÃa apenas entraba la luz del sol y de noche la oscuridad era total una negrura que ni las linternas lograban atravesar esa noche me tocó guardia el calor era insoportable y el ruido de la selva nunca se detenÃa insectos aves nocturnas o crujidos de ramas que se partÃan a lo lejos Trataba de mantenerme firme, repasando mentalmente el procedimiento en caso de emboscada, cuando de pronto sentà una mirada fija sobre mÃ. No escuché pasos, no vi movimiento claro, pero el instinto me decÃa que habÃa algo más ahÃ. Levanté el rifle y apunté hacia la espesura, conteniendo la respiración. Pero la sensación no se fue. Al contrario, creció. Era como si algo se ocultara a escasos metros, esperando el momento de moverse.
5:08 Los segundos se hicieron eternos, y lo único que logré distinguir fue una sombra enorme que cruzó entre los árboles. No era humano por la forma en que se movÃa, demasiado rápido y demasiado alto para ser un hombre. Disparé un par de veces, pero el sonido del fusil se perdió entre los ruidos de la selva y no alcancé a darle. los demás despertaron alarmados y cuando les conté lo que habÃa visto no hicieron preguntas sólo se miraron entre ellos como si ya esperaran que tarde o temprano algo asà ocurriera esa madrugada entendà que ni las armas ni el entrenamiento servÃan contra lo que habitaba en la oscuridad PodrÃa enfrentar a un enemigo con uniforme, con fusil, con estrategia, pero no a lo que se arrastraba en la selva, observando desde los rincones más profundos. Y lo que sentà en ese momento no fue miedo común, fue un presentimiento de que la guerra más dura no era contra hombres, sino contra fuerzas que no comprendÃamos. Y desde entonces supe que mi vida ya no serÃa la misma.
6:20 Nos enviaron en patrulla hacia un sector de la selva que los propios guÃas locales evitaban. Eran hombres acostumbrados al monte, curtidos por la vida dura en comunidades aisladas, pero esa vez se negaron a seguirnos después del atardecer. Recuerdo a uno de ellos, un viejo de rostro arrugado, que nos dijo que en esa parte la oscuridad no pertenecÃa a los hombres. Los oficiales no aceptaron excusas y avanzamos solos. Desde el inicio se notaba distinto. El aire era más pesado, las ramas parecÃan cerrarse sobre nosotros y el suelo estaba lleno de huellas viejas que no logramos identificar. Al internarnos más, dimos con un grupo de chozas abandonadas. Estaban cubiertas de maleza, pero todavÃa se mantenÃan en pie. Lo extraño eran los sÃmbolos pintados en las paredes con pintura roja, algunos en forma de cruces torcidas, otros como cÃrculos incompletos llenos de marcas.
7:23 Dentro de las chozas encontramos restos de vasijas quebradas y manchas que parecÃan sangre vieja. Afuera, colgados en las ramas, habÃa muñecos de trapo con agujas clavadas, algunos con la tela quemada en la cara. El ambiente era sofocante, como si el calor aumentara solo ahÃ. Uno de los soldados pateó un costal y de adentro rodaron huesos pequeños, huesos de animales mezclados con plumas negras y cabellos humanos. La visión nos dejó tensos, nadie decÃa nada, pero todos tenÃamos la misma idea, aquello era brujerÃa. Los más jóvenes fingÃan que no creÃan, pero los veteranos se mantenÃan callados, observando alrededor con recelo, como si esperaran que alguien saliera de entre la maleza. Decidimos establecer el campamento cerca de ahÃ, porque el oficial aseguraba que la zona era estratégica. Esa noche el calor era insoportable y el silencio pesaba más que en cualquier otra parte de la selva. Apenas encendimos un fuego pequeño, los perros que llevábamos comenzaron a inquietarse.
8:36 Primero gimieron bajo, luego ladraron con furia hacia los matorrales. El pelo se les erizó y retrocedieron como si algo los empujara. Tratamos de calmarlos, pero se negaban a avanzar. Se echaban en el suelo temblando. Eso nos puso nerviosos, porque los animales de servicio estaban entrenados para soportar de todo. Minutos después, escuchamos lo que nunca olvidaré. Risas de mujeres, claras, repetidas, como si estuvieran escondidas a unos metros de nosotros. No eran gritos ni alaridos, eran carcajadas tranquilas y burlonas. Saltamos de inmediato con las armas listas, pero no habÃa nada.
9:17 Revisamos con lámparas entre los arbustos, y solo encontramos ramas moviéndose con el viento. Pero el sonido seguÃa, a veces a la derecha, a veces a la izquierda, como rodeándonos. esa madrugada nos turnamos para mantener la guardia pero nadie pudo dormir bien uno de mis compañeros ramÃrez despertó gritando cuando fuimos a verlo tenÃa el uniforme abierto y el pecho lleno de moretones como si lo hubieran golpeado con fuerza estaba pálido sudando frÃo y juraba que habÃa visto a una mujer anciana sentada sobre él mirándolo con los ojos oscuros decÃa que no podÃa moverse ni gritar hasta que ella desapareció al escuchar nuestros pasos algunos se burlaron nerviosos pero al revisar su cuerpo todos vimos las marcas no eran simples moretones tenÃan la forma de dedos hundidos en la piel ese incidente nos alteró a todos los oficiales ordenaron reanudar la marcha antes del amanecer convencidos de que permanecer en ese sitio era peligroso Avanzamos rápido, tratando de dejar atrás las chozas y los sÃmbolos, pero la sensación de que nos observaban seguÃa. Cada cierto tiempo se escuchaban ramas quebrarse y el sonido de pasos que nunca alcanzábamos a ver. En la selva uno aprende a distinguir entre el movimiento de un animal y el de una persona, y aquello no era ni lo uno ni lo otro.
10:50 Durante la caminata noté que algunos soldados se persignaban en silencio, otros mascullaban rezos mientras apretaban el fusil. yo trataba de mantener la mente frÃa pero no podÃa sacarme de la cabeza la imagen de los muñecos de trapo colgados y las risas en la oscuridad me convencà de que los pobladores tenÃan razón al no entrar después del atardecer esas tierras estaban dominadas por fuerzas que no entendÃamos cuando descansamos al mediodÃa encontré cerca del campamento un un montÃculo de tierra removida. Lo pateé y dentro habÃa restos frescos de animales, cabras pequeñas y gallinas con el cuello torcido, apenas cubiertas con hojas. Encima habÃan dejado un collar de huesos ensartados con hilos rojos. Se lo mostré a Manuel, mi compañero de confianza, y me dijo en voz baja que no lo tocara.« Son de ofrendas», murmuró,« y no son para nosotros».
11:51 Asà que lo dejamos ahÃ, temiendo que un error pudiera costarnos caro. Lo más inquietante fue que a medida que avanzábamos, comenzamos a encontrar esas señales con más frecuencia, piedras acomodadas en forma de cÃrculos, ramas dobladas en arcos y montÃculos de tierra fresca. Era como si alguien nos marcara el camino, como si supieran exactamente por dónde Ãbamos a pasar. Los guÃas locales no exageraban, habÃa algo que dominaba ese lugar, algo que nos seguÃa. Esa noche, de nuevo, los perros se negaron a moverse, se echaban con el hocico entre las patas, gimiendo como nunca los habÃa escuchado. El oficial insistÃa en que siguiéramos el plan, pero nosotros ya sabÃamos que estábamos en un territorio que no nos pertenecÃa. Cada ruido en la oscuridad nos hacÃa apretar el gatillo y el eco de las risas regresaba cuando menos lo esperábamos.
12:51 Fue en ese momento cuando empecé a creer que no solo lidiábamos con enemigos de carne y hueso, lo que rondaba la selva tenÃa otra naturaleza. Puede que fueran brujas. Puede que fueran espÃritus antiguos, pero lo cierto es que estaban ahÃ, vigilando, jugando con nosotros. Y comprendà que los pobladores no eran ignorantes, ellos lo sabÃan bien, habÃa pactos, habÃa respeto por esas fuerzas. Y nosotros, con nuestra soberbia militar, habÃamos cruzado un lÃmite que no debÃamos cruzar. Nos asignaron otra misión dÃas después, cuando todavÃa seguÃamos tensos, por lo que habÃamos vivido en las chozas abandonadas. El objetivo era explorar un sector profundo de la selva, donde según los informes se habÃan detectado movimientos extraños. Algunos decÃan que eran cazadores furtivos, otros que habÃa campamentos clandestinos, pero a nosotros ya no nos sorprendÃa nada. SabÃamos que en esas tierras lo humano y lo sobrenatural se mezclaban de maneras que ni los oficiales querÃan aceptar. Avanzamos durante horas bajo un calor insoportable hasta que llegamos a un claro que parecÃa preparado a propósito. En el centro habÃa un cÃrculo de piedras grandes, acomodadas con demasiada precisión para ser casualidad. Entre ellas se encontraban velas negras, algunas aún encendidas, aunque era
14:23 pleno dÃa. El olor a cera derretida y humo viejo impregnaba el aire. Dentro del cÃrculo habÃa plumas regadas. restos de animales sacrificados y pedazos de tela manchados. El silencio era absoluto, ni insectos ni aves se escuchaban. Los oficiales ordenaron revisar el perÃmetro, pero todos sabÃamos que aquello era un altar. Lo inquietante fue que las velas seguÃan ardiendo, lo que significaba que alguien habÃa estado ahà recientemente. el ambiente se sentÃa cargado como si nos observaran desde los árboles y nadie quiso quedarse demasiado tiempo armamos el campamento unos metros más lejos en un terreno menos abierto aunque todos sabÃamos que no servirÃa de nada si lo que rondaba decidÃa volver Al caer la noche, nos encontramos de nuevo con la oscuridad total de la selva. Apenas se distinguÃan las siluetas de los árboles contra la luz de la luna. Fue entonces cuando lo escuchamos, un aullido grave que resonó en la oscuridad. No era un lobo, tampoco un perro común. Sonaba profundo, casi humano, y cada vez que se repetÃa, sentÃamos que venÃa más cerca. Los perros que llevábamos se encogieron contra el suelo, gimiendo y aullando del miedo. Esa fue la señal de que algo se acercaba.
15:51 De pronto, lo vimos. De entre la maleza emergió una figura enorme, negra como la sombra más densa. caminaba erguido sobre dos patas con el cuerpo cubierto de un pelaje áspero y el hocico alargado mostrando colmillos largos y filosos y sus brazos eran largos y terminaban en garras enormes que brillaban con la luz de la luna con los ojos rojos que parecÃan brasas encendidas no se movÃa como un animal cualquiera avanzaba despacio midiendo cada paso consciente de que nos tenÃan rodeados por el miedo los oficiales dieron la orden de abrir fuego disparamos en ráfaga el sonido de los fusiles retumbó en el claro pero las balas parecÃan no detenerlo el monstruo retrocedÃa un instante y volvÃa a avanzar gruñendo con un rugido que helaba la sangre.
16:45 Era como disparar contra una sombra sólida, inmune al plomo. De entre los árboles se escucharon carcajadas, risas de mujeres que parecÃan burlarse de nosotros, mezclándose con el rugido. Se sentÃan muy cerca, rodeándonos, y aunque no veÃamos a nadie, era como si la selva entera estuviera viva, aliada con esa criatura. Algunos soldados comenzaron a temblar, otros disparaban sin mirar consumiendo cargadores enteros, pero el caos era total. El animal avanzó de golpe hacia nosotros, derribando a uno de los muchachos con una sola embestida. Yo apenas alcancé a reaccionar, tenÃa la bayoneta calada en el fusil, y cuando lo tuve encima, lancé una estocada desesperada. La hoja se hundió en su costado, y el chillido que lanzó no era animal.
17:40 Era un alarido humano, desgarrador, como si alguien gritara desde lo más profundo de su ser. El sonido nos paralizó. Era un sonido aterrador y demonÃaco. La bestia retrocedió tambaleándose. El aire se llenó de un olor fétido. Mezcla de sangre y tierra mojada. se retorció mirándonos con rabia y de pronto se lanzó hacia la maleza los arbustos se agitaron violentos y el aullido se perdió en la distancia las risas también se apagaron dejando un silencio brutal nos quedamos quietos respirando con dificultad apuntando a todas partes aunque ya no habÃa nada el soldado que habÃa sido derribado estaba inconsciente con marcas de garras en el pecho pero vivo Los demás estábamos en shock, pues nadie podÃa explicar cómo una criatura tan grande habÃa escapado después de recibir tantos disparos y un golpe directo de bayoneta. Los oficiales ordenaron mantener posición, pero sabÃamos que esa noche ya estaba perdida.
18:47 Dormir era imposible, y cada crujido de ramas nos hacÃa apuntar de nuevo. Al amanecer recogimos el campamento con prisa. El ambiente seguÃa cargado, como si lo que habÃamos enfrentado aún nos vigilara desde lejos. Avanzamos hacia una comunidad cercana para buscar apoyo. Fue ahà donde encontramos la prueba, que terminó de confirmar lo que todos temÃamos. En una choza apartada estaba un hombre del pueblo, tendido en un catre, cubierto con trapos. TenÃa el rostro desencajado por el dolor, y en el costado mostraba una herida fresca, idéntica al corte que yo le habÃa hecho a la bestia con la bayoneta. Algunos soldados no pudieron contener la sorpresa. Murmuraban que era imposible, que debÃa ser coincidencia. Pero no lo era, pues el hombre herido era conocido en la zona como un curandero extraño, alguien al que muchos señalaban de brujo.
19:49 No habÃa duda. Lo que enfrentamos en el claro no era un simple animal. Era ese mismo hombre transformado en Nahual. Los pobladores no parecÃan sorprendidos. Ninguno se alarmó al verlo herido. Al contrario, lo miraban con respeto y miedo. Entendimos entonces que no era la primera vez que algo asà ocurrÃa. para ellos el brujo era parte de su mundo alguien que habÃa hecho un pacto que lo ligaba a la selva y a sus fuerzas oscuras y nosotros sólo habÃamos interrumpido lo que llevaba años sucediendo regresamos al destacamento con más preguntas que respuestas los oficiales redactaron un informe frÃo sin mencionar nada sobrenatural como si hubiéramos encontrado a un civil común herido en la selva pero los que estuvimos ahà sabÃamos la verdad habÃamos visto al Nahual de frente habÃamos escuchado las risas de las brujas en la oscuridad y comprobado que las balas no servÃan contra él esa misión me marcó más que cualquier enfrentamiento armado Fue la confirmación de que en la selva no solo combatÃamos a hombres, ahà vivÃan fuerzas viejas, más antiguas que el ejército mismo, y nosotros apenas habÃamos rozado sus dominios. Me retiré del ejército después de más de diez años de servicio. habÃa participado en múltiples operaciones enfrentado emboscadas soportado hambre y marchas
21:20 interminables pero nada de eso me dejó la misma huella que lo que vivimos en aquella selva puedo contar anécdotas de combates de noches heladas en la sierra de dÃas enteros sin probar bocado pero lo que se quedó grabado en mà no fueron las balas ni las órdenes gritadas fueron los alaridos humanos saliendo de la garganta de una bestia y las risas de las brujas que se burlaban en la oscuridad eso más que cualquier guerra fue lo que me marcó nunca volvà a ver a la mayorÃa de los compañeros que estuvieron conmigo en esa misión y con los años me fui enterando de lo que les pasó unos desertaron poco tiempo después incapaces de seguir cargando con lo que vieron se fueron a trabajar de albañiles, choferes o campesinos Pero ninguno volvió a hablar del ejército.
22:13 Otros murieron jóvenes, algunos en accidentes extraños, otros enfermos de manera repentina, como si algo los hubiera alcanzado desde aquella selva y no los hubiera soltado. Cada vez que recibÃa noticias me invadÃa la misma certeza. Ninguno de nosotros salió intacto. yo seguà un tiempo más pero ya no era el mismo marchaba cumplÃa con las órdenes disparaba cuando habÃa que hacerlo pero en el fondo estaba en otra parte cada guardia nocturna me llevaba de regreso a ese claro con velas negras cada ruido entre los árboles me recordaba la figura del nahual avanzando en dos patas con ojos rojos ardiendo en la oscuridad Cuando los superiores me dieron la opción de retirarme con una pensión modesta, no lo dudé.
23:04 SabÃa que no podÃa seguir viviendo entre armas y junglas sin perder la cordura. La vida civil fue un alivio y una condena al mismo tiempo. Dejé el uniforme, pero no las memorias. No hay noche en que no recuerde los gritos, los rostros de mis compañeros tensos bajo la luz de la luna. La sensación de que no éramos dueños de esas tierras, aunque lleváramos fusiles. A veces sueño que vuelvo a despertar en la selva, con la respiración pesada del Nahual a mis espaldas, y me levanto bañado en sudor. Lo más difÃcil es vivir con la certeza de que lo sobrenatural se esconde en lo más profundo de México. Yo lo vi, lo enfrenté, y nadie puede convencerme de que fue una alucinación o un invento del cansancio.
23:55 A veces pienso que esos lugares son guardianes de secretos muy antiguos, y que nosotros, por órdenes que jamás entendimos, nos metimos en territorios que no debÃamos pisar. lo poco que he contado a mi familia lo digo a medias disfrazando los detalles para no parecer un loco les digo que en la selva hay cosas que no se pueden explicar que la gente de los pueblos no inventa cuando habla de brujas o de nahuales ellos me escuchan pero sé que no comprenden el peso de lo que digo y no pueden porque no estuvieron ahà con el fusil en las manos temblando disparando contra algo que no era ni hombre ni animal Hoy vivo tranquilo en un pueblo pequeño, lejos del bullicio de las ciudades. Trabajo en lo que puedo, cultivo un poco de tierra, pero el pasado siempre me alcanza.
24:49 Cada madrugada cuando los perros del vecindario comienzan a ladrar todos al mismo tiempo, siento el mismo escalofrÃo que me recorrió aquella noche en la selva. No importa si estoy en mi cama o en la sala, el cuerpo reacciona igual. Los músculos se tensan, la respiración se acelera y me quedo escuchando, esperando escuchar de nuevo un rugido grave o una risa femenina oculta entre los árboles. Sé que a muchos les cuesta creer. Algunos me dicen que fueron cuentos para asustar a los jóvenes soldados, otros que la selva estaba llena de alucinaciones por el cansancio y el calor.
25:31 Pero yo no necesito convencer a nadie. Cargar con el recuerdo es suficiente. Cuando cierro los ojos todavÃa puedo ver la silueta del Nahual, retrocediendo herido, soltando un grito humano antes de desaparecer en la maleza. Y puedo sentir que, aunque murió aquel brujo o desapareció, las fuerzas que lo rodeaban siguen vivas, vigilando. Los verdaderos enemigos de mi vida. no fueron los hombres armados ni los combates que peleé no fueron las balas silbando ni las explosiones que me sacudieron el cuerpo fueron esas fuerzas oscuras que nunca pudimos derrotar y que nos acompañaron de regreso sin que los oficiales lo reconocieran esos enemigos no se acaban con tiros ni con disciplina militar se quedan en la mente, en los sueños, en los ruidos de la madrugada Han pasado décadas desde aquel enfrentamiento en la selva. El mundo cambió.
26:29 Los batallones se renovaron. Pero yo sigo siendo el mismo joven que tembló aquella noche con la bayoneta clavada en el cuerpo de algo demonÃaco. Desde entonces vivo con el silencio de lo que nadie quiere aceptar. Y aunque me retire, aunque me haga viejo, esas sombras seguirán caminando a mi lado, invisibles, recordando que hay guerras que nunca terminan.
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