RANCHERÍA Con GENTE SOMBRA Historias De Terror - REDE
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0:02 En aquel tiempo buscábamos tranquilidad. Mi esposa y yo estábamos cansados de la ciudad. Soñábamos con algo más sencillo. Recordé entonces el rancho que mi abuelo nos habÃa dejado cerca de unos cerros en el norte del estado, en un terreno que ni en los mapas aparecÃa. Me pareció buena idea rehabilitarlo, empezar de nuevo. Teresa aceptó sin muchas preguntas. A Camila, que tenÃa apenas cinco años, le dijimos que vivirÃamos rodeados de árboles, con un cielo grande donde se podÃan ver las estrellas. El lugar estaba aislado. Lo más cercano era un pueblo pequeño a media hora en coche.
0:44 siempre y cuando no lloviera cuando llovÃa la terracerÃa se hacÃa a lo dazal aún asà el paisaje era hermoso una casa vieja de adobe y madera techos altos de lámina oxidada puertas que crujÃan y ventanas con marco torcido Todo parecÃa detenido en el tiempo. Para mà era perfecto. Al principio nos adaptamos bien. Camila se mostraba feliz. Pasaba el dÃa correteando a un perro mestizo que nos regalaron apenas llegamos. Teresa cocinaba como antes, encendÃa la leña y tejÃa en las tardes. Yo me ocupaba de los cercos, el pozo, algunas reparaciones. El aire era limpio y las noches tenÃan un silencio bastante tranquilo. Pero como sucede en esos lugares apartados, ese mismo silencio se volvió poco a poco en algo que nos incomodaba. La primera señal la dio Camila. Fue una noche durante la cena cuando nos dijo con voz baja que habÃa visto a una mujer parada junto a su ventana. DecÃa que no se movÃa, que la observaba mientras dormÃa y que sus ojos parecÃan quemados.
1:53 Teresa y yo tratamos de tranquilizarla. Pensamos que habrÃa sido una sombra o quizá algún reflejo y que Camila habÃa confundido la imaginación con la realidad. No le dimos más importancia, pero la niña siguió hablando de eso durante los dÃas siguientes. No se trataba ya solo de una mujer, sino de varios seres oscuros, a los que empezó a llamarlas, las sombras que caminan. DecÃa que entraban por las paredes cuando nosotros dormÃamos, que se movÃan por el techo y que nunca hacÃan ruido. Lo contaba sin llorar, sin buscar consuelo. Era como si ya se hubiera resignado a su presencia.
2:35 Empezamos a preocuparnos más en serio cuando una mañana Teresa me llamó asustada. Encontró a Camila dormida con marcas extrañas en el brazo. Eran como dedos largos, cinco exactamente, muy delgados, como si alguien la hubiera sujetado con fuerza. Ella no recordaba nada. Solo decÃa que habÃa soñado que una de las sombras le tomaba el brazo para que no se moviera. Yo intenté racionalizarlo todo. Dije que se habrÃa golpeado en la cama o que se habÃa dormido encima del brazo, pero en el fondo sabÃa que algo no estaba bien. Desde entonces, Teresa ya no dormÃa tranquila, y yo comencé a quedarme en la sala por las noches, tratando de hacer guardia. Los dÃas se volvieron pesados. Camila ya no se reÃa. Empezó a hablar menos, a comer menos. Pasaba horas dibujando en una libreta que encontramos bajo su cama.
3:30 Figuras sin rostro, alargadas, delgadas como ramas. Lo más extraño era que el perro, que siempre fue protector con ella, ya no se le acercaba. Se quedaba echado en la entrada con el lomo erizado y los ojos fijos en la pared del fondo del pasillo. GruñÃa sin razón y luego retrocedÃa como si algo invisible lo amenazara. Una madrugada, mientras Teresa dormÃa y yo intentaba leer algo, sentà que el ambiente cambiaba. Supe que algo estaba afuera, observando. Me levanté en silencio, empuñando una linterna vieja, y abrà con cuidado la puerta principal. Frente a mÃ, entre los árboles, vi una figura negra, alargada, sin rasgos humanos. No se movÃa como persona ni como animal. Se deslizaba. A veces parecÃa tener piernas, otras veces no. No podÃa decir si tenÃa ojos, pero sentÃa su mirada encima. No era niebla, no era sombra, era una presencia rara. No me movÃ, ni siquiera encendà la linterna. Cerré la puerta despacio, con el pecho apretado, y regresé a la sala. No hice nada esa noche, pero esa figura no era la única.
4:44 Lo supe después porque a la noche siguiente al ir a revisar el cuarto de Camila la encontré despierta, estaba sentada mirando hacia la pared, dijo que ya se habÃan metido, que ahora no querÃan jugar, que querÃan quedarse y entonces vi las marcas de nuevo, pero esta vez estaban en su cuello. A partir de aquella noche, las paredes empezaron a sudar humedad, como si respiraran. En las noches, los tablones crujÃan como si alguien caminara descalzo de un cuarto a otro. SabÃa que no podÃa ser el viento el que hiciera esos ruidos. Las puertas amanecÃan abiertas, incluso aquellas que yo sabÃa haber cerrado con llave. La atmósfera se volvió densa, cada vez más difÃcil de respirar. Teresa enfermó del estómago y luego de la cabeza. Se quejaba de punzadas al fondo de los ojos y de sueños donde ella caminaba dormida entre sombras. DecÃa que escuchaba voces en la madrugada, que la llamaban desde el campo detrás del corral.
5:48 Yo intentaba mantener la calma, hacerme cargo de todo, pero también me estaba afectando bastante. DormÃa poco, vigilando la casa con una lámpara en la mano y una pala vieja junto a la silla. El perro ya no ladraba. Se escondÃa bajo la mesa y se orinaba si alguien se le acercaba. A veces lloraba sin razón. Camila ya no parecÃa una niña. Su piel habÃa empalidecido y sus ojos se veÃan hundidos, apagados. Hablaba poco y cuando lo hacÃa era para nombrar cosas que no comprendÃamos. Mencionaba lugares que no existÃan en el rancho. Personas que nadie conocÃa y momentos que, según ella, habÃan sucedido antes de que llegáramos.
6:34 Aseguraba que debajo de la casa vivÃa una familia de sombras y que por las noches salÃan para jugar con ella. DecÃa que no siempre eran malas, pero que ahora estaban molestas. Una mañana, mientras lavaba una sábana en el lavadero, Teresa encontró algo enterrado entre la tierra húmeda. Una bolsa de dientes manchados. La trajo hasta la casa y me la mostró. En cuanto la toqué, sentà una especie de calor helado subir por mis dedos, como si el objeto estuviera vivo. No sé cómo explicarlo. Alrededor de las tres de la madrugada, la casa comenzó a crujir desde dentro. El techo vibraba.
7:16 Las paredes se estremecÃan con un sonido grave, imposible de ubicar. Era como si algo grande se arrastrara por el interior de las vigas. Teresa se tapó los oÃdos y empezó a gritar, que se acercaban por debajo de los cimientos. Yo intenté calmarla, pero en ese instante se escuchó un golpe seco en el cuarto de Camila. CorrÃa a verla. estaba en su cama sentada con la mirada fija en la ventana no se habÃa movido pero sobre su espalda habÃa nuevas marcas más profundas más largas esta vez también habÃa una especie de zarpazo sobre el colchón como si algo con uñas enormes hubiera caÃdo sobre ella El perro ladró una sola vez. Luego se quedó en silencio. Esa madrugada decidà que, al amanecer, nos irÃamos del rancho. No importaba el lodo ni el camino. CargarÃa a Camila si era necesario. Pero cuando amaneció, encontramos el vehÃculo con las llantas destrozadas, como mordidas por algo muy fuerte. El motor no encendÃa. La baterÃa estaba muerta. regresamos dentro de la casa y al rato camila parecÃa estar en paz hablaba con los rincones murmuraba cosas mientras pintaba figuras en la tierra con ramas secas le pregunté una vez si tenÃa miedo me respondió con la voz más tranquila que le habÃa escuchado en semanas que ya no tenÃa nada que temer porque ellos le habÃan dicho que pronto estarÃa con ellos para siempre esa noche llovió fuerte el viento empujaba
8:49 las paredes como si quisiera llevárselas la lámpara de gas se apagaba a cada rato teresa y yo no dormimos cuando entré al cuarto de camila para revisarla ya no estaba en su cama La buscamos por toda la casa, por el corral, por el campo embarrado. Gritamos su nombre hasta quedarnos sin voz. Cuando finalmente la encontramos, estaba de pie bajo uno de los árboles del fondo, completamente empapada. TenÃa la mirada perdida y el cuerpo cubierto de tierra. En su pecho, con lÃneas rojas como arañazos frescos, habÃa una figura dibujada, una silueta alargada de brazos extendidos. Esa fue la noche en que supe que ya no estábamos solos.
9:35 A partir de esa noche no quedó ninguna duda. La casa no nos querÃa o tal vez nunca fue nuestra. Era como si algo o varios de esos algo estuvieran esperando que bajáramos la guardia para quedarse con Camila. Y aunque me resistÃa a creer en lo sobrenatural, era difÃcil no pensar en eso. Empaqué lo que pude a oscuras. Teresa no discutió. Apenas podÃa sostenerse en pie. Le temblaban las manos y los ojos le lagrimeaban. Camila no dijo una palabra. Caminaba detrás de nosotros como dormida, con la ropa húmeda pegada al cuerpo. Yo la cargué un buen tramo del camino hasta que se quedó dormida en mis brazos.
10:17 Salimos a pie antes del amanecer. No esperé que mejorara el clima. El barro nos llegaba a los tobillos y el viento golpeaba de frente. Cada tanto Teresa volteaba a mirar la casa como si esperara ver a alguien salir de ella, pero nunca ocurrió. La silueta del rancho fue perdiéndose entre la bruma del monte hasta que solo quedó el cerro. No nos detuvimos. Caminamos sin rumbo claro hasta que un camión viejo nos recogió por pura suerte. El chofer dijo que nos habÃa visto desde lejos y que pensó que se trataba de un accidente. No le explicamos nada, ni entonces ni después. Solo pedimos que nos acercara al pueblo.
11:01 Desde ahà conseguimos comunicarnos con un primo de Teresa que vivÃa a unas horas. La camioneta que pasó por nosotros era de su vecino. Nadie dijo una palabra durante el trayecto. La casa del primo quedaba en un ejido más al sur. También aislado, pero no tanto como el rancho. Al menos habÃa luz eléctrica, vecinos y señal de celular. El primo nos acomodó en un cuarto de tabla roca al fondo, junto al gallinero. Nos dejó unas cobijas y un colchón en el piso. Fue suficiente. Durante el primer dÃa, Camila no habló casi nada. Comió poco, se le notaba agotada, como si no hubiera dormido en semanas. Teresa no se separaba de ella. Cada vez que podÃa, le revisaba los brazos y la espalda buscando nuevas marcas. Ese dÃa no hubo, pero por la noche, mientras intentábamos dormir, Camila se levantó y se quedó parada junto a la puerta. Le pregunté qué hacÃa. Dijo que las sombras no se habÃan ido, que solo estaban afuera, esperándola. A la mañana siguiente, el primo me preguntó si habÃa pasado algo. Dijo que escuchó ruidos extraños en el patio durante la madrugada, como pasos arrastrados y algo que respiraba fuerte. Pensó que serÃa un perro, pero su perro no habÃa ladrado en toda la noche, ni al que habÃamos llevado nosotros. Yo no le respondÃ.
12:24 no tenÃa ánimos para empezar a explicar cosas que no entendÃa las siguientes noches fueron iguales camila no dormÃa bien se despertaba diciendo que alguien la llamaba por su nombre desde el árbol del patio una noche la encontramos hablando sola sentada al pie de la cama mirando a la nada teresa ya no discutÃa con ella sólo la abrazaba y se le llenaban los ojos de lágrimas el primo empezó a notar cosas también Su mujer le dijo que habÃa visto una figura parada afuera del baño en la madrugada, que pensó que era uno de nosotros, pero cuando se acercó no habÃa nadie. Las gallinas también se vieron afectadas.
13:06 Una de ellas apareció muerta en el gallinero, sin cabeza. Otra estaba pegada a la cerca, como si algo la hubiera estrellado contra los alambres con fuerza. Decidimos volver al rancho solo para recuperar el auto. Lo necesitábamos para salir definitivamente de la zona, buscar un lugar donde pudiéramos estar lejos de todo esto. El primo me acompañó. Salimos temprano, con el camino todavÃa húmedo, pero transitable. Llegamos a la casa pasada a la media mañana. El cielo seguÃa nublado. Al bajarnos, el primo me dijo que el ambiente estaba raro, como espeso. El silencio era completo. Ni un ave, ni el ladrido de algún perro lejano. solo se escuchaba el crujido del pasto seco bajo nuestros pasos el auto seguÃa donde lo habÃamos dejado cubierto de lodo seco con las llantas bajas y las ventanas empañadas desde dentro abrà la puerta del conductor el olor era fuerte como a encierro y humedad podrida revisé el motor todo seguÃa igual Conectamos la baterÃa nueva que habÃamos traÃdo y, después de unos segundos, encendió. Pero, en ese mismo instante, escuchamos un golpe seco dentro de la casa. Los dos nos quedamos quietos. Volvimos la vista hacia la entrada. Las ventanas estaban cerradas, las cortinas tiesas por la humedad, pero ambos lo oÃmos. Otro golpe, luego un chirrido, como si arrastraran algo pesado por el piso.
14:39 El primo me preguntó si habÃa dejado algo encendido. Le dije que no, todo debÃa estar como lo dejamos, pero entonces los tablones del techo crujieron, como aquella última madrugada. Cerré el cofre del auto sin hacer ruido. Subimos y arrancamos con las llantas ponchadas, siendo jalado por el otro carro. Regresamos con el vehÃculo hasta que pude reemplazar las llantas pudimos irnos, conseguimos una renta en la ciudad, una casa modesta, Camila dejó de hablar de las sombras, no volvió a levantarse por las noches ni a dibujar cosas extrañas, algunas marcas desaparecieron con el tiempo. otras quedaron como cicatrices delgadas y pálidas en su espalda y en los brazos la de su pecho la figura alargada con los brazos extendidos se desvaneció después de unas semanas pero dejó una sombra rojiza en la piel que a veces parece dibujarse de nuevo si se expone mucho al sol nadie supo qué fue lo que habitaba en ese rancho la casa sigue en pie nunca regresamos por lo que dejamos
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