POLICÍAS: Arrestan A POSEÍDO Historias De Terror - REDE
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0:04 Me llamo Julián y durante varios años trabajé como custodio en la cárcel municipal. No era un reclusorio grande ni mucho menos, apenas un edificio de paredes viejas con unas cuantas celdas que servÃan para encierros de 24 horas. Ahà metÃan a los borrachos que hacÃan escándalo, a los que se peleaban en la calle o a los que detenÃan por disturbios en alguna fiesta del pueblo. Mi trabajo era sencillo, vigilar las puertas, revisar que nadie se lastimara y esperar a que amaneciera para entregar los detenidos a la comandancia. Nunca pasaba gran cosa, hasta la noche en que me tocó ver algo que todavÃa me cuesta contar. Esa tarde trajeron a un hombre distinto a los habituales. Desde que lo vi, supe que no era como los borrachos gritones ni como los peleoneros de siempre. VenÃa sin playera, con el torso cubierto de marcas raras que parecÃan pintadas con carbón o talladas con cuchillo. Eran sÃmbolos que yo no habÃa visto nunca, figuras torcidas que se cruzaban en la piel como cicatrices recientes. El sudor le brillaba en el pecho y los ojos los tenÃa rojos, inyectados, como si llevara dÃas sin dormir. escupÃa al suelo cada pocos pasos y lanzaba maldiciones sin sentido los policÃas que lo traÃan lo sujetaban aunque se notaba que no querÃan tocarlo más de lo necesario mientras lo empujaban por el pasillo contaron que lo habÃan detenido en la plaza Dicen que estaba
1:36 insultando a todos, que gritaba que iba a matar a cualquiera que se le pusiera enfrente y que no dejaba a nadie tranquilo. Lo rodearon entre varios porque ni las esposas bastaban para controlarlo. Uno de los agentes comentó en voz baja que nunca habÃa visto a un hombre con tanta fuerza para resistirse. Cuando lo pararon frente a la reja para revisarlo, el sujeto se retorció como si tuviera espasmos. sus brazos se doblaban hacia atrás el cuello se echaba de lado pero a pesar de esos movimientos su boca formaba una sonrisa torcida era una mueca que ponÃa nervioso a cualquiera porque no parecÃa de dolor ni de rabia sino de gusto Mientras se sacudÃa, repetÃa que las voces le hablaban, que le decÃan qué hacer, y que lo único que le ordenaban era matar a quien se le acercara.
2:28 Los policÃas trataban de bromear para quitarse el miedo. Uno le dijo que ya se callara, que al dÃa siguiente lo soltarÃan si no debÃa nada grave. Otro dijo riéndose que ni loco se quedaba cerca de ese loco. Aunque lo decÃan en tono de chiste, yo noté que ninguno lo miraba directo a los ojos. Todos bajaban la vista cuando él levantaba la cara y clavaba esa mirada roja. Yo estaba de pie al fondo del pasillo y sentÃa como si me buscara a mà entre todos. Al final, lo empujaron hasta la celda más retirada. Era la única que tenÃa una ventila pequeña, pero sin salida al exterior.
3:08 Apenas lo encerraron, el hombre se abalanzó contra los barrotes y los golpeó con los hombros. Gritaba que nadie saldrÃa vivo de ese lugar, que ya estábamos marcados. Su voz retumbaba en las paredes estrechas y rebotaba por el pasillo hasta llegar a la entrada. uno de los agentes golpeó los barrotes con la macana y le gritó que se calmara pero el hombre no dejó de sonreÃr yo empecé mi turno de guardia cuando anocheció los policÃas de ronda se fueron y me quedé solo con los detenidos habÃa tres borrachos que dormÃan en las primeras celdas roncando y murmurando como cualquier otro dÃa pero al fondo estaba ese hombre y su presencia se sentÃa en todo el lugar Desde el inicio noté que no se quedaba quieto. Caminaba en cÃrculos dentro de la celda, murmurando frases que no alcanzaba a entender. A ratos se detenÃa frente a los barrotes, los sujetaba con fuerza y se golpeaba la frente contra el metal una y otra vez. El ruido metálico me hacÃa apretar los dientes. Cuando no se golpeaba, se hablaba solo.
4:14 ReÃa en voz baja, como platicando con alguien invisible. Después levantaba la voz y decÃa palabras en otro idioma No eran maldiciones ni insultos comunes, eran sonidos extraños, cuturales, que me ponÃan la piel de gallina. Yo permanecÃa sentado frente al escritorio, con las llaves colgando a un lado, observándolo de reojo. SabÃa que mientras estuviera encerrado no podÃa hacerme nada, pero la sensación de peligro era constante, como si la reja no significara nada. Pasaban los minutos y el hombre no dejaba de moverse. A veces se arrodillaba y se golpeaba el pecho con el puño, otras se tiraba al suelo y reptaba hasta el rincón oscuro para después regresar arrastrándose.
5:00 Cada movimiento suyo hacÃa eco en el pasillo vacÃo, y aunque los otros detenidos seguÃan dormidos, yo no podÃa quitarle la vista de encima. SentÃa que en cualquier momento harÃa algo que nunca habÃa visto dentro de esas paredes. Pasada la medianoche, comencé a sentir que la guardia se hacÃa más pesada. El silencio en la cárcel era interrumpido solo por los ronquidos de los borrachos de las primeras celdas y el chirrido ocasional de la lámina del techo al enfriarse. Yo hacÃa mis rondines cada cierto tiempo, caminando con la lámpara en la mano y revisando que todo estuviera en orden. Fue en una de esas vueltas cuando noté que el hombre del fondo ya no murmuraba cosas incomprensibles como antes.
5:45 Ahora hablaba con claridad, como si de verdad conversara con alguien dentro de la celda. Me quedé quieto unos segundos escuchando. Primero lo oà insultar, con la voz cargada de rabia, diciendo que lo dejaran salir, que no aguantaba más. Golpeaba los barrotes mientras gritaba, como si quisiera que el hierro se doblara. Luego, de pronto, cambiaba el tono. Su voz se volvÃa suave, casi como la de alguien arrepentido. DecÃa que estaba cansado, que no querÃa seguir ahÃ, que si yo le abrÃa la puerta me lo agradecerÃa. Por momentos sonaba como un hombre normal, suplicando con humildad. Después regresaba a los gritos, maldiciendo otra vez. Esa alternancia me inquietaba más que sus golpes, porque parecÃa que hubiera dos personas hablando desde la misma garganta. Me acerqué despacio, con la lámpara apuntando al frente. Cada vez que me aproximaba a la reja, sentÃa un olor penetrante. No era solo el sudorrancio de alguien encerrado todo el dÃa. HabÃa algo más.
6:51 un aroma fuerte, parecido al azufre quemado, mezclado con la humedad del cuerpo. Era un olor que me mareaba si respiraba demasiado cerca, y que se quedaba pegado en la ropa aun cuando me alejaba. El hombre me miró y se rió, pero no era una risa ligera. De repente soltó carcajadas largas y profundas que llenaron todo el pasillo. Eran tan fuertes que despertaron a los otros presos. Escuché a uno de los borrachos golpear los barrotes de su celda y gritar que lo callaran. Otro empezó a quejarse diciendo que no lo dejaba dormir, pero el hombre del fondo no se detuvo. Sus risas rebotaban en las paredes como si fueran más de una persona riendo al mismo tiempo.
7:37 Con la lámpara vi cómo se jalaba el cabello con ambas manos. Se tiraba mechones completos mientras seguÃa carcajeando. Después empezó a morderse los brazos. Lo hacÃa con tanta fuerza que la piel se abrÃa y la sangre le chorreaba hasta el codo. No se quejaba de dolor, al contrario, parecÃa disfrutarlo. Chupaba la sangre y luego volvÃa a reÃr, como si aquello fuera un juego. Le ordené que se calmara, que dejara de hacer eso, alzando la voz para que me escuchara entre tanta risa. Ãl levantó la cabeza y me miró directo. Esa fue la primera vez que lo vi tan quieto. Se quedó fijo, sin parpadear, y con una voz tranquila, sin gritos ni burlas. Me dijo que yo también iba a morir antes de que saliera el sol.
8:26 Lo dijo despacio. Me quedé quieto, asustado. Le respondà que se callara y me di la vuelta. Regresé a la oficina donde tenÃa la lámpara de repuesto y el radio en la mesa. Lo puse cerca de mà por si necesitaba llamar a los agentes de ronda. Intentaba convencerme de que solo eran amenazas de un loco que estaba buscando asustarme. Pero la manera en que lo habÃa dicho se me quedó grabada. Pasaron unos minutos en silencio. Yo me mantenÃa sentado, mirando la puerta del pasillo sin quitarle la mano al radio. Entonces escuché un ruido fuerte que venÃa desde el fondo. Era como si arrastraran un mueble pesado contra la pared.
9:07 me levanté de inmediato pensando que intentaba tumbar algo el sonido continuó un rato un rechinar metálico que resonaba con cada golpe supe que era la cama de fierro que tenÃan todas las celdas no podÃa entender cómo la movÃa con tanta fuerza en un espacio tan reducido caminé hasta el fondo con la lámpara en alto los borrachos de las primeras celdas me miraban medio dormidos preguntando qué pasaba al llegar a la última celda me quedé sin palabras La cama estaba en su lugar, pegada contra la pared como siempre. El hombre no la estaba moviendo. Estaba sentado sobre ella, tranquilo, con los brazos cruzados, la cabeza erguida y una sonrisa en la cara. No habÃa rastro del esfuerzo que hubiera explicado ese estruendo. Me miró como si esperara una reacción, sin hablar, solo sonriendo con los labios manchados de sangre. Sentà un frÃo recorrerme la espalda. Apunté la lámpara hacia el suelo, buscando marcas que probaran que la cama se habÃa movido, pero no habÃa nada. El piso estaba limpio, sin rasguños ni polvo alterado. El hombre seguÃa ahÃ, inmóvil, como si se burlara de mà en silencio.
10:22 Me quedé observándolo unos segundos más y luego regresé despacio hacia la oficina. Cerca de las tres de la madrugada me invadió una sensación extraña. No era solo cansancio. Era un silencio tan absoluto que me hizo tensar los hombros. Los borrachos que habÃan protestado horas antes ya no murmuraban ni se quejaban. ParecÃan dormidos profundamente, como si alguien hubiera apagado sus voces de golpe. Tampoco se escuchaban ruidos de la calle ni ladridos de perros afuera. La cárcel estaba hundida en un silencio que no era normal. Me levanté de la silla con la lámpara en la mano. Caminé por el pasillo, dejando que la luz alumbrara las celdas una por una. En las primeras dos, los borrachos roncaban pesadamente, inmóviles, como si no respiraran más que lo justo para no morir.
11:16 Seguà caminando hasta el fondo, donde estaba el hombre. Desde antes de llegar, noté algo raro. Esa celda estaba oscura, aunque todas tenÃan una lámpara en la parte superior que se mantenÃa encendida toda la noche. La bombilla de la suya parecÃa apagada, y no entendÃa por qué. Porque por la tarde habÃa funcionado bien. Cuando me acerqué, lo vi de pie junto a los barrotes. Estaba inmóvil, con los ojos fijos en mÃ. No parpadeaba ni se movÃa, parecÃa una estatua. Lo que más me inquietó fue que los sÃmbolos que llevaba en el torso ya no parecÃan pintados ni superficiales. La luz de mi lámpara los iluminó y noté que estaban más marcados, como si se hubieran grabado en su piel. Se veÃan rojos, frescos, casi como heridas recientes que brillaban con el sudor. Me quedé quieto a unos metros con la boca seca. Entonces él habló. Lo hizo en voz baja, tan clara que no tuve duda de lo que dijo, que ya le habÃan abierto, que solo esperaba a que yo se lo permitiera. Sentà que las piernas me temblaban. Retrocedà un paso sin quitarle la lámpara de encima. Trataba de mantener la calma, de no mostrar miedo, pero el tono con el que lo dijo me atravesó como un cuchillo. Su voz no sonó como un reto. Sonó como una certeza. De pronto, escuché un ruido metálico. VenÃa de la puerta de su celda. El candado que aseguraba la reja se movÃa solo. Escuché claramente
12:49 el golpeteo del metal sacudiéndose, como si alguien lo estuviera probando por dentro. La lámpara iluminaba la cerradura y vi cómo la argolla vibraba, aunque el hombre no la tocaba. SeguÃa de pie, inmóvil, con esa mirada fija en mÃ. Me giré de inmediato y caminé hacia la oficina. Cerré la puerta con brusquedad y me senté frente al escritorio. Me incliné sobre mis manos y comencé a rezar en silencio, palabras sueltas que apenas recordaba. Trataba de convencerme de que todo eran imaginaciones, que la tensión y el sueño me estaban jugando una mala pasada. Me repetÃa que la reja seguÃa cerrada, que nada podÃa salir de ahÃ. No habÃa pasado mucho tiempo cuando un golpe fuerte retumbó desde el fondo.
13:38 Fue tan violento que la estructura del pasillo vibró. Sonó como si alguien hubiera pateado la puerta de la celda con todas sus fuerzas. El eco viajó hasta la oficina, retumbando en las paredes. Me levanté con la lámpara, pero me detuve antes de abrir. Al golpe lo siguió algo peor, un murmullo. No era una sola voz, eran varias, mezcladas, susurrando todas al mismo tiempo. Me obligué a caminar de nuevo hacia el pasillo. Apunté la lámpara y avancé despacio. El hombre seguÃa adentro, lo veÃa de pie, pero lo que escuchaba no correspondÃa con su boca. Los murmullos eran de varias personas, como un coro que se mezclaba y crecÃa, resonando en el aire. No podÃa entender las palabras, pero eran claras en número. Más de una, más de dos, como si un grupo entero hablara desde ese rincón. Retrocedà con el estómago encogido y corrà de vuelta a la oficina.
14:37 Encendà el radio de inmediato para pedir apoyo a la patrulla de turno. Giré la perilla buscando la frecuencia de siempre, pero la señal estaba muerta. No habÃa estática, ni ruido, nada. Movà el aparato varias veces, probé las baterÃas, y nada. La comunicación estaba cortada, como si de repente la cárcel hubiera quedado aislada. Me quedé solo, con la lámpara encendida y el radio inútil sobre la mesa. El eco del último golpe todavÃa parecÃa vibrar en mis oÃdos. Poco antes del amanecer, cuando apenas empezaba a aclarear el cielo y yo seguÃa sentado frente al escritorio, escuché un chirrido metálico que me levantó de golpe. Era un sonido lento, prolongado, como el roce de hierro contra hierro. Reconocà de inmediato lo que era, la puerta de una celda abriéndose. Tomé la lámpara y corrà hacia el pasillo. El eco del chirrido seguÃa retumbando cuando llegué al fondo. Alcancé a ver cómo la reja del hombre se movÃa sola. Estaba entreabierta, abriéndose lentamente como si alguien la empujara desde dentro. Antes de que pudiera reaccionar, se cerró de golpe, con una fuerza que me hizo brincar hacia atrás. el sonido metálico fue tan fuerte que rebotó en todas las paredes y pareció recorrerme los huesos me quedé mirando sin entender cómo podÃa moverse sin que nadie la tocara fue entonces cuando lo vi el hombre salió corriendo desde el fondo del
16:08 pasillo directo hacia la salida de la cárcel Iba desnudo de la cintura hacia arriba, con las marcas negras cubriéndole el torso y los brazos. Eran tantas y tan oscuras que parecÃan extenderse por su piel como raÃces vivas. La luz de mi lámpara lo alcanzó apenas unos segundos, lo suficiente para ver la expresión de su cara, una mezcla de furia y risa que no parecÃa humana. Corrà tras él gritando que se detuviera, pero mi voz no tuvo efecto alguno. Se movÃa rápido, con pasos largos que resonaban en el piso de cemento. No entendÃa cómo habÃa abierto la puerta principal, porque las llaves seguÃan sobre el escritorio, donde yo las habÃa dejado toda la noche. Nadie más habÃa entrado, y aún asà la puerta estaba abierta de par en par. lo perseguà hasta la entrada pero al cruzar el umbral ya no lo vi afuera las calles de san gregorio estaban desiertas el aire era frÃo y el cielo apenas comenzaba a iluminarse miré hacia un lado y hacia el otro pero no habÃa rastro de él Se habÃa desvanecido como si nunca hubiera estado ahÃ. Ni pasos en la tierra, ni sombra alguna. Solo silencio y el pueblo dormido. Me quedé parado en la entrada varios segundos, con la lámpara en la mano temblando. El sudor me corrÃa por la frente y el estómago se me revolvÃa.
17:35 SentÃa que estaba despierto en una pesadilla de la que no podÃa salir. Cuando regresé al pasillo, la celda seguÃa cerrada. El candado estaba en su sitio, asegurando la reja como si nunca se hubiera abierto. Me acerqué con la lámpara temblando y comprobé que estaba bien puesto, sin señales de que lo hubieran forzado. Pero adentro ya no habÃa nadie. El colchón estaba intacto, la cama en su lugar y el espacio vacÃo. Poco después llegaron los demás policÃas para relevarme. Al verme se sorprendieron por mi aspecto. Yo estaba pálido, con las manos frÃas y el cuerpo temblando. Apenas podÃa hablar.
18:16 Les conté lo que habÃa pasado, cómo lo habÃa visto correr hacia la salida y desaparecer en la calle. Revisaron la celda conmigo, comprobaron el candado y luego se miraron entre ellos sin decir palabra. Nadie me creyó del todo. Algunos dijeron que seguramente me habÃa quedado dormido y lo habÃa imaginado. Otros comentaron que tal vez habÃa escapado por una rendija o que algún cómplice habÃa abierto la puerta. Pero ninguno pudo explicar cómo el candado seguÃa puesto, intacto, cuando yo juraba haberlo visto abrirse y cerrarse solo. Tampoco habÃa forma de justificar cómo la puerta principal estaba abierta, si las llaves seguÃan sobre el escritorio, sin que nadie las hubiera tocado. Desde ese dÃa, cada vez que recuerdo esa guardia, estoy convencido de que ese hombre no era un detenido común. No era un borracho escandaloso ni un pleitista de cantina. HabÃa algo más en él, algo marcado por fuerzas que no comprendÃa. no sé si las marcas en su cuerpo eran tatuajes cicatrices o sÃmbolos pero parecÃan tener vida propia tampoco sé a dónde corrió cuando salió de la cárcel ni cómo logró desvanecerse en cuestión de segundos lo único que sé es que esa noche en san gregorio me tocó vigilar a alguien que no pertenecÃa a un encierro de 24 horas era otra cosa algo que no debÃa estar ahÃ
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