PERRO NAHUAL Sin Lengua Historias De Terror - REDE
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0:02 Tengo una hija de siete años que va a primaria y un esposo que trabaja todo el dÃa, asà que casi siempre soy yo quien se encarga de la casa. No nos falta nada, pero tampoco estamos sobrados. Los fines de semana los usamos para hacer mandado, lavar ropa y limpiar el patio. Fue en uno de esos sábados cuando vimos por primera vez un perro de tamaño mediano, mestizo, con el pelaje café oscuro y una mancha blanca en el pecho. Estaba acostado de lado, con las patas estiradas. No se movió cuando nos acercamos, solo abrió los ojos y nos miró. Mi hija fue la primera en hablarle. Se le acercó con cuidado, le extendió la mano y él la olfateó sin levantarse. Solo movió la cola despacio, sin emitir ningún sonido. TenÃa las orejas caÃdas y la mirada tranquila. Mi esposo comentó que lo habÃa visto antes, un par de veces, caminando por la calle de atrás.
1:01 Dijo que nunca lo vio meterse con nadie, que parecÃa andar de paso. Mi hija, en cambio, se emocionó de inmediato. Le llevó un recipiente viejo y lo dejó junto a la reja con agua. El perro se acercó, bebió con calma y luego volvió a echarse. No hizo ningún intento por entrar ni por acercarse más. Solo se quedó ahÃ, mirando. Esa noche no se movió del mismo lugar. Lo miramos desde la ventana del cuarto y ahà seguÃa, acurrucado junto a la reja. Al dÃa siguiente seguÃa ahÃ. No ladró cuando pasaron otros perros ni cuando un vecino se acercó a dejar una bolsa de basura. Solo lo vio pasar.
1:43 Empezamos a acostumbrarnos. Al tercer dÃa le pusimos un plato con croquetas y una cobija vieja para que se acostara. Mi hija lo acariciaba cada vez que salÃa. El perro nunca se mostró juguetón, pero tampoco era agresivo, solo la seguÃa con los ojos. A veces se levantaba y la acompañaba hasta la banqueta, luego regresaba a su rincón. Nunca lo escuchamos hacer ruido, ni un gruñido, ni un resoplido. ni siquiera cuando corrÃa detrás de una pelota que mi hija le lanzaba corrÃa pero sin hacer el menor sonido ni siquiera ladraba decidimos adoptarlo simplemente empezó a vivir con nosotros lo bañamos con una manguera le compramos una cama en la tienda de mascotas y lo dejamos dormir en el porche Fue durante una noche que noté algo raro.
2:34 Estábamos viendo la televisión en la sala. Mi hija estaba recostada en el sillón, acariciando al perro que estaba echado a su lado. Yo me acerqué para hacerle cariño en la cabeza. El perro se dejó como siempre, pero al pasar la mano por debajo del hocico, noté algo extraño. Le levanté un poco la quijada y vi que no tenÃa lengua. Me agaché más y lo revisé con ayuda de mi esposo. Le abrimos el hocico con cuidado. El interior estaba seco, cicatrizado. No habÃa rastro de la lengua, ni un pedazo, solo una superficie lisa y cerrada, como si se la hubieran arrancado hacÃa mucho tiempo. Nos quedamos callados varios segundos. Mi esposo lo miró con preocupación. Dijo que tal vez alguien se la cortó, que podÃa ser por crueldad o por alguna infección. Pero que igual era raro que el perro hubiera sobrevivido asÃ. Yo no entendÃa cómo podÃa tragar croquetas o beber agua sin lengua. Y más aún, cómo era que no se le salÃa el aliento por la boca, como hacen todos los perros. esa noche me quedé pensando en él en la forma en que se movÃa en cómo no emitÃa ningún sonido empecé a notar detalles pequeños que no jadeaban y después de correr que podÃa estar parado a unos centÃmetros sin que lo notáramos Con el paso de los dÃas, el perro se volvió parte de la rutina, pero seguÃa siendo raro.
4:02 No hacÃa desorden, no rompÃa cosas, no saltaba sobre nadie. ComÃa despacio, dormÃa casi todo el dÃa y no hacÃa ruido. Nunca ladró, ni una sola vez, ni cuando pasaban perros por la banqueta, ni cuando tocaban el timbre, ni cuando escuchaba pasos afuera. Solo levantaba la cabeza y observaba, como si pensara en algo. Eso fue lo primero que empecé a notar, que no reaccionaba como los demás. En lugar de avisar, se quedaba quieto. No se sobresaltaba ni se echaba a correr. Solo se detenÃa, giraba la cabeza y miraba. A veces lo encontraba parado frente a la puerta del cuarto de mi hija. Era de noche y él solo se quedaba ahÃ, inmóvil, mirando hacia adentro. La puerta siempre quedaba entornada y desde la sala alcanzaba a ver su silueta parada frente al marco. Solo estaba ahÃ, en completo silencio.
4:58 La primera vez me asusté. Pensé que algo le pasaba. Me acerqué y lo cargué con cuidado. Lo curioso fue que no reaccionó. No hizo fuerza ni intentó bajarse. Se dejó mover como si no tuviera voluntad. Lo llevé a su cama, lo acosté y lo arropé con una manta. Ãl cerró los ojos sin quejarse. Volvà a mi cuarto, pero ya no dormà igual. En otras ocasiones lo veÃa acostado en la sala o junto a la ventana, y su respiración se volvÃa agitada. Estaba echado, sin moverse y de pronto empezaba a respirar como si estuviera corriendo, pero lo hacÃa con la boca cerrada. Solo se le movÃa el pecho rápido, como si algo lo alterara por dentro.
5:42 Mi esposo me dijo que tal vez tenÃa algo en la garganta, que quizás su forma de respirar era distinta porque estaba lastimado o mal de la nariz. La niña se encariñó más, le hablaba todo el dÃa, le contaba cosas, le mostraba sus dibujos, le decÃa que él la entendÃa. que no hacÃa falta que hablara porque, con verla, ya sabÃa lo que querÃa. Yo pensaba que era imaginación de niña, pero habÃa algo en esa relación que me hacÃa sentir extraña. Era como si el perro la escuchara de verdad. Se quedaba viéndola con los ojos clavados, como si cada palabra que ella decÃa se le quedara grabada. Una madrugada me levanté al baño y al salir vi algo que me detuvo.
6:31 El perro estaba en medio de la sala, completamente quieto, con la cabeza girada hacia la ventana. No se movÃa, parecÃa una estatua. La luz del poste de afuera entraba apenas por la cortina. Me quedé mirándolo. No sabÃa si estaba dormido parado o si habÃa escuchado algo. Caminé hacia la cocina y encendà la luz. Fue ahà cuando giró la cabeza, despacio, como si le pesara. Me miró. Solo me miró durante unos segundos. Luego volvió a mirar hacia la ventana. Me acerqué para tocarlo, pero no se movió. No temblaba ni mostraba miedo. Solo estaba ahÃ. La verdad que sà daba miedo, pero no lo notaba en su momento.
7:14 Al dÃa siguiente, mientras limpiaba el piso del pasillo, noté que tenÃa tierra seca en las patas. No mucha, pero suficiente para dejar algunas partÃculas sueltas. Revisé el patio, pero todo estaba limpio. No habÃa rastro de hoyos ni de tierra removida. Las macetas estaban en su lugar. No encontré nada fuera de sitio. Se lo comenté a mi esposo, y él dijo que probablemente salió por el hueco de la malla que daba al terreno baldÃo. que seguro fue a dar la vuelta y regresó. Pero el portón estaba cerrado, la puerta trasera también. No habÃa forma de que hubiera salido sin ayuda. Ese domingo decidimos aprovechar la tarde para limpiar el patio. HabÃa hojas secas por todos lados y ramas caÃdas que llevaban semanas amontonadas cerca de la reja.
8:04 Sacamos escoba, rastrillo, bolsas negras y nos pusimos a trabajar. Mi esposo se encargó de barrer la banqueta. Y yo me quedé en el patio trasero, donde casi nunca hacÃamos nada. La niña jugaba cerca, lanzándole una pelota al perro, aunque él no se la devolvÃa ni mostraba interés, solo la seguÃa con la mirada. Estábamos en eso cuando noté que el perro se le acercó más de lo normal. No corrió ni saltó. Caminó despacio y al llegar junto a ella, le mordió con cuidado la orilla de la blusa. No fue un mordisco agresivo, solo la agarró con los dientes y tiró hacia atrás con suavidad, como si quisiera que lo siguiera. Ella se rió, le acarició la cabeza y le dijo algo que no alcancé a oÃr. Yo la observaba desde unos metros, el perro seguÃa jalando sin apurarse, sin hacer fuerza. Mi hija me miró y dijo que el perro querÃa mostrarle algo. Pensé que estaba imaginando que era parte del juego. Asentà con la cabeza sin dejar de barrer. Lo siguió. El camino directo hacia la esquina trasera del terreno, donde habÃa un árbol seco que llevaba ahà desde que compramos la casa. Era un tronco viejo, sin hojas, con ramas delgadas que se partÃan al tocarlas.
9:26 Nadie habÃa sembrado nada ahÃ. La tierra siempre estuvo dura y sin vida, pero el perro se detuvo justo al pie del tronco, miró hacia atrás como asegurándose de que la niña lo viera, y empezó a escarbar. Lo hacÃa con calma, sus patas se hundÃan apenas unos centÃmetros antes de sacar montones de tierra suelta. No era como cuando los perros juegan. Este movimiento era más lento. ParecÃa saber lo que estaba haciendo. Mi hija se agachó junto a él, curiosa. Pero yo me acerqué antes de que tocara algo. Le pedà que se hiciera a un lado. El perro no se apartó. Siguió rascando un poco más y luego se echó a un lado. Me agaché y aparté con las manos el resto de la tierra removida. AhÃ, a poca profundidad, habÃa una bolsa de plástico negra, vieja, rota por varias partes.
10:19 La saqué con cuidado. Estaba húmeda por dentro. HabÃa collares viejos, algunos con cuentas rotas y uno que tenÃa amarrado lo que parecÃa un hueso pequeño. No era de animal. ParecÃa un diente o una falange. También habÃa dos patas secas de conejo, una más grande, que parecÃa de cabra, pedazos de cera derretida y restos de velas negras ya deformadas por el tiempo. No quise revisar más. Me paré rápido y le dije a mi hija que no tocara nada. metà todo en otra bolsa de basura que tenÃa cerca la cerré con fuerza y le puse doble nudo el perro no se movió seguÃa echado con la cabeza baja mirando hacia la raÃz del árbol yo no sabÃa si lo que habÃamos encontrado era parte de algún ritual o simple basura de algún loco Pero el estómago me empezó a doler desde ese momento. Mi esposo llegó en ese momento y le conté lo que habÃamos hallado. Le dije que probablemente alguien habÃa hecho cosas raras ahÃ, mucho antes de que compráramos el terreno. me dijo que me deshiciera de todo cuanto antes esa misma noche salà en el coche con la bolsa en la cajuela no la quise dejar en el bote de basura de la casa ni en el de la esquina manejé hasta el contenedor grande que está junto al mercado viejo donde tiran ramas y escombros Cuando volvÃ, noté que el perro seguÃa en el patio.
11:48 No se habÃa movido del árbol. Ya no escarbaba. Estaba acostado de lado con la cabeza sobre las patas como si estuviera cansado. Me fui a la cama sintiéndome rara. Esa noche no soñé nada, pero me levanté varias veces a mirar por la ventana del cuarto. Cada vez que lo hacÃa, él seguÃa ahÃ, con la mirada fija en el árbol seco, como si estuviera esperando que algo saliera. Volté a ver el reloj del buró. Eran las tres con cuatro minutos. Me levanté al baño, sin hacer ruido. Caminé descalza por el pasillo, todavÃa con el cuerpo medio dormido. Al cruzar frente a la sala habÃa una figura junto al ventanal. Estaba parada, muy quieta, a contraluz. Pensé que alguien se habÃa metido. Sentà un susto horrible y encendà la luz lo más rápido que pude. El perro estaba ahÃ, en dos patas, la espalda recta, las orejas caÃdas. TenÃa la cabeza inclinada hacia un lado, como si escuchara algo que venÃa del pasillo. me quedé donde estaba no supe qué hacer ni me quise acercar no podÃa respirar bien sentÃa la piel del cuello tensarse como si estuviera en peligro pero sin entender de qué pasaron varios segundos fue hasta que di un paso que reaccionó apenas avancé un poco el cuerpo del perro se venció Sus patas traseras se doblaron como si se le hubieran quebrado, y cayó de lado golpeando el piso con fuerza. Empezó a sacudirse
13:19 de inmediato. Se arqueaba, se giraba, temblaba entero. Las patas se le estiraban de forma violenta. Golpeaba el suelo con la cabeza. Era como una convulsión, pero exagerada, como si algo más lo estuviera moviendo por dentro. Grité. Llamé a mi esposo con todas mis fuerzas. Ãl salió corriendo del cuarto y lo vio en el suelo. Se tiró de rodillas y lo sujetó por el lomo. Yo agarré las patas traseras. Intentábamos detenerlo que no se golpeara, pero no servÃa de mucho. La fuerza que tenÃa no correspondÃa al tamaño. Y entonces el perro dio un llanto agudo, como un grito contenido que no salÃa de la garganta, sino del pecho.
14:03 El sonido parecÃa no tener principio ni final. Vibraba en las paredes, se metÃa por los oÃdos y se sentÃa en el estómago. Mi hija llegó corriendo por el pasillo. Lloraba. Solo la abracé y le tapé los oÃdos, porque el llanto seguÃa. No subÃa ni bajaba. Duró casi un minuto, luego se detuvo de golpe, el perro quedó tendido, respirando apenas, los ojos abiertos, la lengua ausente, el cuerpo estirado, le temblaban los músculos, no nos miraba, solo jadeaba en silencio como si hubiera corrido por horas. Mi esposo dijo que habÃa que llevarlo al veterinario, que eso no era normal, que podÃa tener daño cerebral o algo más grave. Pero antes de que pudiéramos hacer algo, el perro se levantó, solo, sin ayuda, con las patas temblorosas pero firmes. Caminó despacio hasta su cama, no nos miró ni hizo ruido, solo se acostó, se enroscó sobre sà mismo y cerró los ojos.
15:06 Nos quedamos en la sala sin saber qué hacer. La niña se fue con mi esposo al cuarto. Yo me quedé despierta. Me senté en el sillón con los brazos cruzados y los ojos fijos en él. DormÃa, respiraba lento, pero ya no era igual. Algo dentro de mà me decÃa que lo que habÃa pasado no era una simple convulsión. No era un susto ni un malestar fÃsico. No volvió a hacer ruido el resto de la noche. Tampoco se movió. Cuando amaneció, seguÃa ahÃ, dormido, como si no hubiera pasado nada, y aunque volvió a parecer tranquilo. Esa madrugada, por primera vez, nos mostró que no era solo un perro perdido. Desde la madrugada en que convulsionó, el perro ya no volvió a dormir en su cama, ni en la sala, ni en el porche, ni junto a la ventana. Empezó a quedarse parado frente a la puerta del cuarto de mi hija todas las noches. No se echaba ni se movÃa.
16:04 Solo permanecÃa ahÃ, en completo silencio, con la cabeza baja, mirando fijo al marco como si esperara que algo saliera, o que algo intentara entrar. Yo me levantaba a medianoche a tomar agua o al baño y siempre lo encontraba ahÃ, parado como si el tiempo no le afectara. No importaba si eran las 2 o las 5, no cambiaba de postura, nunca me miraba, solo permanecÃa atento a la puerta. Al principio pensé que protegÃa, pero después empecé a sentir que no vigilaba por ella sino contra ella. Me empezaba a preocupar ese comportamiento. Una madrugada cerca de las cuatro, mi hija despertó gritando. Salà corriendo del cuarto. Mi esposo se levantó detrás de mÃ. La encontramos sentada en su cama, temblando con las sábanas tiradas en el suelo. Lloraba con miedo de hablar. Cuando logré calmarla un poco, le pregunté qué habÃa pasado. Me dijo que el perro la habÃa llevado afuera, que la habÃa despertado y le habÃa dicho que tenÃa que salir, que lo habÃa seguido porque ellos ya habÃan regresado.
17:13 Le pregunté quiénes eran, solo dijo que no podÃa verlos, que el perro le pidió que no los mirara a los ojos, que si lo hacÃa se quedarÃa con ellos. Revisamos su ropa. TenÃa tierra seca en los tobillos como si hubiera caminado descalza. Bajamos corriendo a la cocina. La puerta trasera estaba entreabierta. Esa puerta siempre la dejábamos cerrada con seguro. Yo misma la revisaba antes de acostarme. Esa noche estaba abierta sin que nadie la tocara. Le pedà a mi esposo que se quedara con la niña. Me asomé por la ventana del fregadero. El patio estaba oscuro, pero la luz de la calle iluminaba lo suficiente para distinguir las siluetas. El perro estaba junto al árbol seco, de nuevo, pero no estaba solo. Al fondo del terreno, entre los matorrales, vi al menos dos figuras. Estaban agachadas, quietas, No caminaban ni se acercaban. Solo se movÃan de forma leve.
18:15 No podÃa distinguir si eran personas, pero se notaban más grandes que un perro. Y tenÃan los brazos doblados de forma extraña. Me quedé muy asustada. Encendà la luz del patio. Las figuras ya no estaban, solo el perro permanecÃa ahÃ, con la cabeza agachada, como si nada hubiera pasado. Llamé a mi esposo, salió con un martillo y revisó todo el terreno. Caminó hasta el árbol, se metió entre los matorrales, no encontró a nadie, solo ramas secas, tierra dura y marcas dispersas. Cuando regresábamos a la casa, vi que el perro traÃa algo en el hocico. No lo solté de vista. Estaba cubierto de tierra húmeda en las patas y en el pecho. Lo seguà hasta la sala. Ahà dejó caer lo que traÃa. Un collar viejo, de cuero, con algo colgando.
19:06 Me agaché para verlo. Era un diente humano, pequeño, amarillento, atado con un hilo. ya habÃa visto uno igual entre los objetos enterrados junto al árbol no lo toqué le grité a mi esposo lo recogió con una bolsa y lo arrojó al bote de basura con fuerza sin pensarlo esa noche no dormimos ni uno solo de los tres yo me quedé sentada en la cama con la lámpara encendida a partir de esa madrugada empecé a tener sueños muy raros despertaba empapada en sudor con la sensación de tener la boca seca con un temblor en los dedos que no se me quitaba. Mi hija dejó de hablar, dos dÃas completos sin decir una sola palabra. Después de todo lo que habÃa pasado, decidà que no volverÃa a dejar a mi hija sola con el perro. Aunque él nunca le hizo daño, aunque nunca gruñó ni mostró los dientes, ya no podÃa confiar. Yo misma me sentaba junto a ella a hacer la tarea, a ver la televisión, incluso a lavarse los dientes. No me despegaba, y si el perro se acercaba demasiado, lo mandaba a la sala. No me obedecÃa como antes, pero se iba, despacio, sin mirar atrás.
20:21 Aunque no volvió a convulsionar, todas las noches se paraba frente a la puerta del patio. Siempre en la misma posición, de pie, con las patas firmes, la cabeza agachada, mirando fijo hacia la madera. Yo ya no dormÃa bien, me despertaba con cualquier ruido. Empecé a rezar en voz baja cada noche antes de acostarme. Nunca he sido devota, pero sentÃa que necesitaba decir algo. RepetÃa lo poco que me acordaba del catecismo, aunque no tuviera sentido. Lo hacÃa en voz baja, mirando hacia el techo con los ojos cerrados, como si mis palabras pudieran cubrir la casa. Una madrugada, mientras recitaba el último Padre Nuestro en silencio, escuché pasos.
21:04 VenÃan desde el pasillo hacia la sala. Me levanté sin pensarlo. Salà rápido, descalza, con la lámpara del celular en la mano. Todos estaban en sus cuartos, las puertas cerradas. solo la trasera estaba abierta el perro ya no estaba caminé hasta la entrada no se veÃa nada llamé a mi esposo salimos con linternas buscamos por la colonia dimos vueltas en el coche le pusimos agua en su plato pasó el primer dÃa y no volvió el segundo también fue igual no apareció la niña no preguntó mucho Me limité a seguir con la rutina. Mi hija sà lloró mucho por no tenerlo, pero la verdad yo me sentÃa muy a gusto.
21:47 Es perro, ya me estaba incomodando mucho. En la mañana del tercer dÃa, una vecina tocó la puerta. Dijo que habÃa visto a nuestro perro a tres calles, atropellado. Fui yo sola. Caminé rápido. Al doblar la esquina, lo vi desde lejos. Era él. Estaba tendido de lado, con el cuerpo estirado, el pecho hundido, como si lo hubiera aplastado algo pesado. Me acerqué despacio, en su hocico sostenÃa algo. Era un pedazo de tela. No me atrevà a abrirlo ni a tocarlo. Llamé a mi esposo. Llegó en el coche con una caja de madera, lo envolvimos con una sábana y lo pusimos adentro, sin revisar más. La niña dejó de gritar en las noches, ya no se levanta hablando sola, no dice que alguien la llama, nunca le contamos lo del perro.
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