Pasos Para Ser Un Nahual Historias De Terror - REDE
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0:03 Yo me habÃa ido un par de años buscando trabajo en la ciudad, pero después de tanto desgaste decidà regresar para vivir de nuevo en la casa con mis padres. Mi hermana Zulema ya estaba ahÃ, cuidando el terreno y manteniendo en pie lo poco que quedaba. Los primeros meses después de mi regreso fueron tranquilos, hasta que empezaron las visitas de la tÃa Clara, hermana de mamá. Al principio lo vimos como algo natural. Después de tantos años sin aparecer, de pronto comenzó a llegar una o dos veces por semana, con pretexto de ver cómo estábamos, de traer pan o de compartirnos noticias. Zulema la recibÃa con cariño porque siempre habÃa sido más confiada que yo. Pero yo mantenÃa cierta distancia, no podÃa evitar sentir algo extraño en su manera de mirarnos, como si detrás de sus palabras amables hubiera un interés que no alcanzaba a entender. La relación se mantuvo cordial, nunca hubo pleitos ni malos gestos, pero tampoco un afecto genuino de mi parte. Yo contestaba a sus preguntas y agradecÃa sus visitas, pero en el fondo no me gustaba que pasara tanto tiempo con nosotras. Según la abuela, Clara nunca habÃa sido bien vista en los lugares donde vivió.
1:20 En un pueblo al sur, donde pasó la mayor parte de su vida, la gente comenzó a señalarla por cosas extrañas que ocurrÃan alrededor de su casa. Vecinos juraban haberla visto salir desnuda al monte en las madrugadas, y decÃan que cuando regresaba lo hacÃa cubierta de tierra y con los pies enrojecidos, como si hubiera corrido largas distancias sin descanso. La abuela nos contó que los rumores eran tan fuertes que con el tiempo casi nadie querÃa tratar con ella. La señalaban no solo de curandera como a muchas mujeres de la región, sino directamente de bruja. Y más grave todavÃa, algunos aseguraban que no solo practicaba artes oscuras, sino que también tenÃa la capacidad de transformarse. La palabra que usaron fue Nahual. Yo me sorprendà mucho. No era un tema que se hablara a la ligera, menos viniendo de la abuela, que no solÃa repetir chismes sin sentido. La abuela añadió que más de una vez escuchó a la gente contar que, cuando algún animal amanecÃa muerto en los corrales, siempre habÃa quien lo relacionaba con Clara. y que en varias ocasiones vecinos aseguraban haber visto un perro negro enorme rondando sus calles, un animal que desaparecÃa sin dejar rastro en cuanto amanecÃa.
2:39 Por eso, cada vez que alguien perdÃa gallinas o escuchaba ruidos extraños en el techo de sus casas, no tardaban en mirar hacia la puerta de la tÃa. Ese dÃa entendà por qué nunca habÃa tenido una buena impresión de ella, incluso antes de escuchar la historia, y aunque traté de guardar la calma frente a su lema, no pude evitar que mis pensamientos se quedaran atrapados en lo que acababa de escuchar. Porque no era lo mismo sospechar que alguien ocultaba malas intenciones, a que te confirmaran que toda una comunidad la habÃa acusado de ser bruja y nahual. A partir de entonces, cada visita de la tÃa Clara se sintió distinta. Ya no la veÃa solo como la mujer sonriente que traÃa pan bajo el brazo. sino como alguien rodeada de sombras que podÃan entrar a nuestra casa sin que nos diéramos cuenta. Y lo peor de todo era que, aunque yo intentaba poner excusas, Zulema seguÃa recibiéndola con cariño, sin entender que, detrás de esa amabilidad, podÃa esconderse algo que nos arrastrarÃa a las dos. Mi abuela comenzó a contarnos una de las historias más repetidas en su pueblo sobre la tÃa Clara. No hablaba con rencor ni con intención de asustarnos, sino con la seriedad de quien comparte un recuerdo que todavÃa le causa desconfianza. Nos dijo que todo empezó con un niño de unos ocho años, que aseguraba haber sido atacado en el campo por una serpiente enorme.
4:10 La criatura lo sorprendió mientras recogÃa leña y lo derribó de un empujón con el cuerpo, enrollándose en su pierna con fuerza. El niño logró liberarse a golpes de piedra y corrió hasta su casa llorando y sangrando por los rasguños. Hasta ahà podrÃa haber parecido un simple encuentro con un animal cualquiera, pero lo que repitió después cambió todo. Aseguraba que la serpiente lo habÃa mirado a los ojos y que en su rostro escamoso habÃa un lunar idéntico al que la tÃa Clara tenÃa en la mejilla izquierda. Nadie le creyó al principio. Pensaron que los nervios lo habÃan confundido. Pero el niño se mantuvo diciendo una y otra vez que lo que habÃa visto no era un animal común, sino la misma tÃa transformada. La gente empezó a observarla con otros ojos. Ya no la saludaban con confianza, sino con cautela, bajando la mirada o hablando a sus espaldas.
5:09 No era extraño que alguien fuera acusado de curandera o de bruja. Pero lo del niño fue diferente. Lo que él describÃa no era un simple mal de ojo o un hechizo, sino la capacidad de convertirse en otra cosa, algo que no pertenecÃa al mundo de los hombres. Poco a poco se fueron sumando más rumores. Unos decÃan que en las noches se escuchaban pasos extraños en los corrales, como si un animal pesado caminara sobre los techos. Afirmaban haber visto un perro enorme merodeando cerca de los rÃos, con ojos que brillaban en la oscuridad. los más atrevidos juraban que ese perro cuando uno intentaba seguirlo se levantaba sobre dos patas y desaparecÃa entre la maleza siempre de un modo u otro esas apariciones terminaban vinculadas con la tÃa Clara la abuela relataba todo con calma Pero sus palabras se me fueron quedando clavadas. DecÃa que cada animal extraño, cada sombra extraña en el monte, cada cosa inexplicable, la gente la relacionaba con ella. Y no importaba que no tuvieran pruebas, yo escuchaba en silencio, con el corazón apretado.
6:21 TenÃa presente la imagen de la tÃa llegando a nuestra casa con su pan bajo el brazo, hablando con voz tranquila y sonrisa en el rostro. Me costaba trabajo imaginar que esa misma mujer pudiera transformarse en serpiente o en perro. Con el tiempo traté de no darle demasiada importancia. Le decÃa a su lema que eran solo historias de pueblo, exageraciones que la gente inventaba para darle sentido a lo que no entendÃan. La abuela no se detuvo en la historia del niño. Después contó otra anécdota que, según ella, habÃa marcado a la gente del pueblo donde vivió la tÃa Clara. Contó que, años atrás, una familia humilde pidió prestado dinero a la tÃa para cubrir los gastos de una enfermedad. Al principio, la relación parecÃa cordial. Ella les prestó sin poner condiciones duras, solo con la promesa de que le pagarÃan pronto. Pero el tiempo pasó y el dinero nunca regresó. Se decÃa que Clara fue varias veces a cobrar y que siempre la hacÃan esperar con excusas, hasta que un dÃa se cansó. Esa misma noche, sin que hubiera explicación clara, parte de la casa de aquella familia ardió en llamas. No fue un incendio común, no habÃa velas encendidas, ni fogón prendido, ni cables eléctricos que pudieran justificarlo. El fuego empezó en el techo, como si alguien lo hubiera provocado desde afuera, y se extendió con rapidez hasta devorar medio cuarto antes de que los vecinos
7:54 pudieran ayudar a apagarlo. Lo más extraño, decÃa la abuela, era que las llamas no parecÃan normales, sino que salÃan con un resplandor raro, como si ardieran más de lo que un simple tejado podÃa ofrecer. La familia, asustada, juró que todo habÃa sido un accidente, pero en el pueblo nadie lo creyó. Todos recordaban que la tÃa habÃa salido molesta de esa casa horas antes, después de exigir el dinero. Para los pobladores, la coincidencia era imposible de ignorar. DecÃan que Clara habÃa provocado el incendio con brujerÃa. que habÃa lanzado algún mal desde la distancia o que habÃa dejado enterrado un trabajo cerca de la casa. La abuela insistÃa en que a partir de ese momento nadie quiso meterse con ella. Aunque la gente seguÃa murmurando a sus espaldas, evitaban cualquier confrontación directa. Si Clara pedÃa algo, se lo daban.
8:51 Si pasaba por una calle, nadie la detenÃa. Era mejor hacerse a un lado y no llamar su atención. Yo escuchaba todo eso con un nudo en la garganta. No buscaba asustarnos con inventos. Hablaba con una seriedad distinta, como quien revive un hecho que vio con sus propios ojos. Su manera de narrarlo hacÃa que me costara mucho descartar todo como simples cuentos de pueblo. Cada palabra caÃa pesada, dejándome con la impresión de que mi tÃa, esa misma mujer que ahora nos visitaba sonriente, cargaba con una historia demasiado oscura. Zulema intentó aligerar el ambiente diciendo que la gente siempre busca culpables cuando pasa una desgracia, que era más fácil señalar a alguien que admitir la mala suerte.
9:38 La abuela dijo que a ella no le gustaba repetir chismes, que solo contaba lo que habÃa visto y lo que todos en ese pueblo recordaban. No eran inventos, eran cosas que pasaban y nadie podÃa negar. Esa noche, cuando la tÃa Clara volvió a visitarnos y se sentó en la cocina a platicar con su lema, yo no podÃa dejar de pensar en lo que la abuela nos habÃa contado. Esa noche estábamos todos reunidos en la mesa grande de la casa de la abuela. HabÃa sido una cena especial, con varios parientes que no solÃan juntarse tan seguido. Entre risas, pláticas de trabajo y recuerdos de los que ya no estaban, estábamos muy a gusto. el humo del café recién colado llenaba el aire mezclado con el aroma de las tortillas de comal y el guisado que aún hervÃa en la olla yo estaba sentada al lado de su lema escuchando de reojo las conversaciones cruzadas cuando la tÃa clara se inclinó hacia mi hermana y con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos le dijo que podÃa enseñarle a transformarse en cualquier animal que quisiera Lo dijo como si fuera la cosa más normal del mundo, como si hablara de bordar o de cocinar. La mesa entera se quedó en silencio unos segundos, porque nadie esperaba algo asà en medio de la reunión. Algunos se rieron. Zulema fue la única que respondió con naturalidad. Primero abrió los ojos sorprendida, y luego soltó una risa corta, pero no burlona. Preguntó
11:09 si de verdad se podÃa, si era posible escoger cualquier animal. y hasta bromeó diciendo que le gustarÃa ser un águila para volar sobre todo el pueblo la tÃa la miró y aseguró que no habÃa lÃmites que todo dependÃa de lo que ella quisiera aprender yo al escuchar aquello no pude contenerme y solté un comentario para romper la tensión Dije que entonces yo querÃa convertirme en gallina para esconderme en el corral y no lavar los trastes. Ya todos nos reÃmos de nuevo para tratar de pasar ese tema que se nos hacÃa ridÃculo. Yo no creÃa en esas cosas, o al menos trataba de convencerme de que eran solo supersticiones para entretener a la gente. Pensé que la tÃa hablaba en serio porque siempre habÃa tenido esa fama. pero también creà que exageraba para llamar la atención. Aún asÃ, noté que la mirada de Clara permaneció fija en su lema, como si no le importara lo que yo hubiera dicho ni las carcajadas de los demás. Era evidente que le hablaba a ella y que esperaba una respuesta más comprometida.
12:16 Mi hermana, en lugar de apartarse, parecÃa intrigada. con una chispa de curiosidad que me hizo sentir un mal presentimiento. El resto de la cena continuó, pero ya no fue igual. Yo notaba cómo la tÃa buscaba la atención de su lema en cada comentario, preguntándole qué animal le gustarÃa ser, cómo imaginaba la experiencia de correr por el monte sin ser reconocida.¿ O qué harÃa si pudiera entrar a las casas sin ser vista? Después de esa noche, las visitas de Clara a nuestra casa cambiaron. Antes llegaba saludando a todos por igual, preguntando por los vecinos o contando noticias del pueblo. Ahora parecÃa interesada solo en su lema. Se sentaba junto a ella en la cocina, le traÃa frutas o hierbas envueltas en papel, y le hablaba en voz baja, como compartiendo secretos que no querÃa repetir frente a mÃ.
13:09 Yo la miraba desde la distancia, tratando de convencerme de que eran cosas sin importancia. Pero con el tiempo fue imposible no notar la cercanÃa especial que habÃa surgido entre ellas. Zulema empezó a mostrarse más reservada conmigo. No es que me negara conversación, pero ya no me contaba todo como antes. Cuando le preguntaba qué tanto le decÃa la tÃa, respondÃa que eran consejos de mujer, cosas para protegernos o para atraer buena suerte. Lo decÃa con una sonrisa tranquila, y yo preferÃa no insistir. Me quedé pensando muchas veces en aquella frase durante la cena, cuando Clara le ofreció enseñarle a transformarse en cualquier animal. Con el paso de los dÃas, la tÃa Clara comenzó a mostrarle a Zulema lo que ella llamaba los primeros pasos para poder transformarse. No eran consejos comunes ni prácticas que se parecieran a rezos o remedios de campo. Eran cosas extrañas, incómodas. Lo primero que le pidió fue que comiera patas de araña. Yo estaba presente cuando se lo dijo. Clara habÃa llegado con un frasco pequeño dentro del cual habÃa restos de insectos secos.
14:20 Con calma le explicó a Zulema que debÃa tomarlos como si fueran medicina, que aquello ayudarÃa a preparar su cuerpo. Zulema lo hizo sin dudar, como si creyera firmemente en la palabra de nuestra tÃa. Yo al ver eso no pude contener la risa nerviosa y le pregunté si no le daba asco. Ella respondió con seriedad que no, que confiaba en lo que la tÃa le enseñaba. Me dejó asustada un poco, porque nunca habÃa visto a mi hermana aceptar algo tan desagradable con tanta facilidad. Después vinieron otras instrucciones. La tÃa le dijo que debÃa dormir algunas noches en el piso, con un trapo sucio extendido bajo la espalda.
15:03 Según ella, eso ayudaba a que los espÃritus del monte reconocieran su olor y la aceptaran como parte de ellos. Zulema obedeció sin protestar. Mientras yo dormÃa en la cama, la veÃa recostarse en el suelo de tierra apisonada, tapándose apenas con un rebozo viejo. El cuarto se llenaba de un olor húmedo y desagradable, y aunque me costaba conciliar el sueño, ella permanecÃa ahÃ, firme en la idea de que estaba siguiendo un aprendizaje. Otra de las órdenes de la tÃa fue beber agua de un cuenco dejado afuera, junto al patio. DecÃa que, si lo dejaba toda la noche, al amanecer tendrÃa la energÃa del ser en que querÃa transformarse.
15:46 Yo me reà de nuevo cuando escuché eso, pero Zulema lo tomó con seriedad. Cada madrugada antes de desayunar iba al patio y bebÃa del cuenco, aunque el agua estaba turbia con polvo y hojas caÃdas. No podÃa creer lo que estaba pasando. Ver a mi hermana hacer esas cosas me llenaba de rabia e impotencia. Varias veces intenté detenerla. Le decÃa que eran tonterÃas, que la tÃa se estaba burlando de ella, que lo único que conseguÃa era enfermarse. Pero su lema me respondÃa que yo no entendÃa, que era algo que iba más allá de lo que se podÃa explicar con palabras. DecÃa que Clara le habÃa confiado secretos que yo no estaba lista para escuchar. Esas diferencias comenzaron a generar discusiones entre nosotras. Yo me molestaba cada vez que la veÃa tragarse las patas de araña o acostarse en el suelo como si fuera un animal. Me daba miedo que terminara enferma o que su mente se llenara de ideas que la alejaran de la realidad. Ella se defendÃa, me acusaba de querer detenerla, de no dejarla crecer, de burlarme siempre de lo que no entendÃa. En más de una ocasión terminamos la noche sin hablarnos, cada una dando la espalda a la otra. Lo que más me preocupaba era la seriedad con la que lo hacÃa. Zulema siempre habÃa sido alegre, bromista, dispuesta a dejar las cosas a medias cuando se aburrÃa, pero con las órdenes de
17:16 la tÃa era distinta. No reÃa, no dudaba, no se quejaba. Las cumplÃa con una disciplina que me asustaba, como si hubiera encontrado en Clara una guÃa que valÃa más que cualquier consejo mÃo. Zulema no sólo obedecÃa las órdenes de la tÃa Clara, sino que cada vez se mostraba más convencida de que aquello tenÃa sentido. Ya no lo hacÃa con la timidez de las primeras veces, ahora se la veÃa decidida. La tÃa le repetÃa una y otra vez que la clave era la disciplina, que debÃa aprender a soportar el asco y el cansancio porque solo asà llegarÃa a conseguir poder. Le decÃa que los animales del monte no aceptaban a cualquiera, que solo quienes se sometÃan podÃan alcanzar la transformación. Yo escuchaba esas palabras, preguntándome cómo era posible que su lema se tragara todo aquello sin cuestionarlo.
18:11 Lo peor era verla sentir con seriedad, como si estuviera recibiendo una enseñanza sagrada. Con el paso de las semanas, noté que la relación entre ellas se volvÃa cada vez más estrecha. Clara llegaba casi todos los dÃas, y cuando lo hacÃa, ya no saludaba a todos con la misma amabilidad. Apenas entraba a la casa, buscaba a Zulema y se sentaba a su lado, hablándole en voz baja, compartiéndole hierbas envueltas en periódicos o frascos con lÃquidos turbios. Yo trataba de acercarme para escuchar, pero se callaban en cuanto notaban mi presencia. Eso me llenaba de enojo, porque era evidente que querÃan dejarme fuera de todo. Yo ya no podÃa callarme cuando veÃa a mi hermana dormir en el piso.
18:57 o beber agua sucia como si fuera remedio. Le reclamaba, le decÃa que estaba loca, que se estaba dejando engañar. Ella me respondÃa con un enojo que no le conocÃa, acusándome de querer limitarla, de tener miedo de lo que no entendÃa. Nuestras discusiones se volvÃan cada vez más frecuentes, al grado de que la casa se llenaba de gritos en las noches. Mis padres preferÃan no meterse, tal vez porque no querÃan enfrentarse a Clara o porque les costaba aceptar lo que estaba pasando dentro de su propio techo. Recuerdo una ocasión en que discutimos tan fuerte que pensé que terminarÃamos a golpes. Yo le arrojé el cuenco con agua turbia que habÃa dejado en el patio, y ella corrió a llorar como si hubiera perdido algo valioso. La tÃa Clara apareció justo en ese momento. En lugar de calmarla, se inclinó hacia ella y le dijo que no se preocupara, que siempre habrÃa más pruebas que superar y que esas lágrimas eran parte del aprendizaje. Después me miró como si yo fuera la ignorante, y siguió conversando con su lema como si nada hubiera ocurrido. Esa actitud me desesperaba. Clara actuaba como si todo fuera normal, como si lo que le pedÃa a mi hermana no tuviera nada de raro ni de peligroso. Nunca reconocÃa mi preocupación, nunca se dirigÃa a mà para explicarme qué pretendÃa con tantas prácticas. Era como si me borrara del cuadro, como si yo no existiera cuando estaba con su lema. Eso me hacÃa sentir
20:30 aislada dentro de mi propia casa, viendo como mi hermana se alejaba cada vez más de mà para acercarse a alguien que en el fondo yo sabÃa que no le traerÃa nada bueno. Aquella noche me costaba conciliar el sueño. La casa estaba en silencio, pero afuera se escuchaban ruidos que no eran comunes. Pasos rápidos, como de alguien descalzo sobre la tierra, y un jadeo que venÃa y se iba. Pensé que serÃan perros hurgando en los botes de basura, pero el sonido era distinto, más pesado, como si arrastrara algo detrás. Me levanté con cuidado para no despertar a mis padres y me asomé por la ventana del cuarto, pero no vi nada. Abrà la puerta trasera y salà al patio. El aire estaba fresco y el cielo apenas iluminado por la luna. Caminé hasta la reja, con el corazón latiendo más rápido de lo normal, tratando de ubicar de dónde provenÃan los ruidos. Fue entonces cuando la vi.
21:31 A pocos metros, en medio de la calle polvorienta, Zulema avanzaba en cuatro patas, con una rapidez y una fuerza que jamás le habÃa visto. No se movÃa como alguien que jugaba o que imitaba a un animal. Sus brazos y piernas se apoyaban con firmeza en el suelo, y su cuerpo se impulsaba hacia adelante con un ritmo que parecÃa natural, como si lo hubiera hecho toda su vida. Me quedé paralizada, no podÃa creer lo que estaba viendo. La ropa de Zulema estaba sucia, pegada a su piel por el sudor. y su cabello caÃa hacia adelante cubriéndole parte del rostro. Era como si me encontrara frente a otra cosa. Traté de llamarla, pero la voz se me atoró en la garganta. Solo logré soltar un murmullo que ni siquiera llegó hasta ella. Cuando por fin conseguà dar un paso hacia adelante, su lema ya estaba a punto de llegar al cruce de la calle, y aunque quise alcanzarla, mis piernas no me respondÃan. En un intento desesperado, grité su nombre, pero no volteó. Ni siquiera dio señales de reconocerme.
22:39 Corrà unos metros detrás de ella, descalza. La tierra me raspaba los pies, pero fue inútil. Zulema se internó en la oscuridad del camino de terracerÃa y desapareció como si se la hubiera tragado la noche. Me quedé allÃ, con el pecho agitado, temblando de pies a cabeza y con la certeza de que lo que habÃa visto no era un sueño ni una confusión. Era real. Volvà a la casa tambaleándome con las manos heladas y con mucho miedo. Cerré la puerta con cuidado, temiendo que mis padres despertaran y me preguntaran qué hacÃa afuera a esas horas. Me acosté en la cama, pero fue imposible dormir. La imagen de Zulema corriendo en cuatro patas me venÃa una y otra vez a la mente. me preguntaba qué habrÃa detrás de esa transformación hasta dónde habÃa llegado la influencia de la tÃa clara y que más estaba dispuesta a ser mi hermana la madrugada se me hizo eterna me hacÃa pensar que su lema estaba regresando que entrarÃa arrastrándose por el patio como un animal cuando por fin la luz del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de la ventana mi angustia no habÃa disminuido al contrario Me dolÃa la cabeza de tanto imaginar lo peor. La vi entrar a la casa poco después, con la ropa revuelta y los pies cubiertos de tierra. Caminaba tranquila, como si nada hubiera pasado. No me atrevà a preguntarle dónde habÃa estado ni por qué la habÃa visto de esa manera. Solo
24:11 me quedé callada. La mañana me levanté temprano, esperando ver a Zulema en el cuarto o en la cocina. Pero su cama estaba vacÃa y la casa en silencio. No habÃa señales de que hubiera dormido allÃ. Sentà un hueco en el estómago, porque lo que habÃa visto la noche anterior no me dejaba tranquila. Pregunté a mi madre si sabÃa dónde estaba, pero respondió que no, que quizá habÃa salido al molino o con alguna vecina. Yo sabÃa que no era asÃ. Pasaron las horas. Miraba por la ventana cada vez que escuchaba pasos en la calle, con la esperanza de verla aparecer. Nadie en la familia parecÃa preocupados como yo, quizá porque estaban acostumbrados a las ausencias ocasionales de su lema. pero para mà era distinto. ConocÃa demasiado bien las rarezas en las que estaba metida y entendÃa que algo no andaba bien. Fue hasta pasado el mediodÃa cuando la vi regresar. VenÃa caminando despacio, con el cabello enredado, la ropa rota en varias partes y manchas de tierra pegadas a la piel. Lo que más me impresionó fueron las heridas en sus piernas, raspones profundos que todavÃa sangraban en algunos puntos. Se sostenÃa de la pared como si le costara mantenerse en pie. Corrà hacia ella y le pregunté qué habÃa pasado, dónde habÃa estado, pero apenas me miró y respondió que estaba cansada. No quiso dar más explicaciones.
25:40 Se encerró en el cuarto y no salió en el resto del dÃa. Yo querÃa gritarle a mis padres lo que habÃa visto la noche anterior. contarles que habÃa corrido como un animal hasta perderse en la oscuridad, pero no me atrevÃ. Los dÃas siguientes fueron todavÃa peores. Zulema empezó a enfermarse de una manera extraña. Al principio se quejaba de mareos, como si el piso se moviera bajo sus pies. Luego vinieron los vómitos que la dejaban débil y pálida. apenas podÃa probar bocado sin que el estómago se le revolviera también comenzó a caminar con dificultad arrastrando los pies como si las piernas no le respondieran yo la miraba y sentÃa que se me partÃa el alma porque esa no era la hermana fuerte y vivaz que conocÃa sino una muchacha consumida por algo que no podÃa explicar Intenté convencerla de que dejara esas prácticas, que lo que estaba haciendo no la llevaba a ningún lado, solo a enfermarse más.
26:42 Se lo dije con lágrimas en los ojos, rogándole que pensara en sà misma y en la familia. Pero ella se aferraba a las palabras de la tÃa. Me repetÃa que todo sacrificio tenÃa un costo, que estaba pasando por pruebas necesarias. que debÃa soportar el dolor si querÃa alcanzar la transformación. La tÃa Clara, por su parte, actuaba como si no pasara nada fuera de lo normal. Cuando venÃa a visitarnos y veÃa a su lema pálida y temblorosa, le decÃa que era parte del proceso, que debÃa tener paciencia y no rendirse. Nunca le ofrecÃa un remedio real ni mostraba preocupación por su salud. Yo sentÃa que en su mirada habÃa algo frÃo, como si disfrutara ver a mi hermana debilitada, como si cada sÃntoma confirmara que estaba más cerca de lo que buscaba. Mis padres notaban que Zulema estaba enferma, pero no sabÃan a qué atribuirlo. en más de una ocasión estuve a punto de contar todo lo que habÃa visto no habÃa noche en la que pudiera dormir tranquila escuchaba sus quejidos desde mi cama o el ruido de sus pasos tambaleantes cuando intentaba ir al patio a beber agua de los cuencos que seguÃa dejando afuera yo sabÃa que esas prácticas la estaban matando lentamente pero ella se aferraba con uñas y dientes a la idea de que todo eso la llevarÃa a un poder mayor y yo solo podÃa observar cómo mi hermana se hundÃa más en el camino que Clara habÃa trazado para ella.
28:15 El deterioro de su lema fue tan rápido que, en cuestión de semanas, dejó de ser la muchacha fuerte y alegre. Su cuerpo se fue apagando poco a poco, hasta que ya no podÃa levantarse de la cama sin ayuda. TenÃa los ojos hundidos, la piel amarillenta y las piernas tan débiles que apenas lograba dar unos pasos antes de caer. Lo que empezó como mareos y vómitos se convirtió en una enfermedad. Mis padres, muy asustados, la llevaron a un médico del pueblo cercano. Yo los acompañé y recuerdo bien la expresión de aquel hombre cuando la revisó. No tardó mucho en dar su veredicto. Zulema habÃa ingerido algo que le habÃa provocado daños irreversibles en el estómago y en el sistema nervioso. Dijo que no se trataba de una enfermedad común ni de un virus, sino de un envenenamiento lento.
29:06 No habÃa cura posible, solo cuidados para evitar que empeorara más. Yo sabÃa lo que ella habÃa tragado, lo habÃa visto con mis propios ojos. Recordaba las patas de arañas secas, las aguas turbias de los cuencos y las hierbas sospechosas que la tÃa Clara le entregaba envueltas en papel. Mientras mis padres se lamentaban por la desgracia, yo lo tuve claro. Zulema no se enfermó sola, alguien la habÃa llevado hasta allÃ. Y esa persona era Clara. Apenas regresamos del consultorio, enfrenté a mi tÃa sin importarme si mis padres escuchaban. Le dije que ella habÃa sido la responsable de la desgracia de mi hermana, que la habÃa manipulado con sus palabras de poder y disciplina hasta llevarla a destruir su propio cuerpo.
29:56 Clara no se defendió ni se inmutó. Me miró y solo dijo que su lema habÃa elegido ese camino por voluntad propia. Esa indiferencia me hizo temblar de coraje. A partir de ese dÃa decidà que no permitirÃa que volviera a poner un pie en nuestra casa. Se lo dije a mis padres y aunque al principio dudaron, al final aceptaron porque ya no podÃa negar el daño evidente. Cuando Clara intentó regresar, la enfrenté en la puerta y le prohibà acercarse a Zulema. Ella sonrió como si mis amenazas no significaran nada, pero se fue. Desde entonces nunca volvió a tener el mismo contacto con nosotros. Zulema sobrevivió, pero ya no fue la misma. Sus piernas nunca se recuperaron y quedó con una discapacidad que la obligó a usar bastón desde muy joven. Su carácter también cambió. Yo la cuidaba lo más que podÃa, pero en mi interior sabÃa que habÃa perdido a la Zulema de antes. Con los años, Clara siguió viviendo en el mismo pueblo. Nunca enfrentó castigo ni señalamiento directo. Todos sabÃan de lo que era capaz, pero nadie se atrevÃa a acusarla de frente. Para nosotros se volvió un fantasma incómodo, siempre cerca, siempre temida. Hoy, al recordar todo lo que pasó, sé que aquella mujer nos arrebató a mi hermana de la manera más cruel.
31:20 No la mató, pero la transformó en alguien distinto, apagando sus sueños y robándole la fuerza que la distinguÃa. Yo la culpo por cada paso que su lema ya no puede dar, por cada mirada perdida que se queda fija en la nada. Cuando llegué a vivir a esa colonia, todo era nuevo. Las calles apenas estaban pavimentadas y en algunas ni siquiera habÃa postes de luz, asà que al caer la noche la oscuridad cubrÃa casi todo. Las casas se levantaban rápido, una tras otra, pero la mayorÃa seguÃan en obra negra, muros de bloc sin aplanar, techos con varillas expuestas, puertas improvisadas de lámina o de madera vieja.
32:09 Poco a poco iban llegando familias jóvenes, parejas que buscaban su primera vivienda, matrimonios con niños pequeños que preferÃan soportar la incomodidad con tal de tener un espacio propio. Yo era uno de esos vecinos, al principio todos compartÃamos la misma ilusión de empezar en un lugar nuevo, aunque faltaran servicios y el transporte fuera escaso. Las tardes se llenaban con el ruido de albañiles trabajando, el polvo de la mezcla, y el golpeteo de los martillos que parecÃa no terminar nunca. Pero lo que más me llamaba la atención era el lote baldÃo que quedaba en la esquina de nuestra calle. Nadie construÃa allÃ, aunque estaba delimitado por bardas bajas y tenÃa acceso para edificar. Era un terreno en apariencia común, lleno de hierba alta y montones de basura que se acumulaban con el viento. Desde los primeros meses empezamos a notar algo extraño. Todas las noches, casi a la misma hora, los perros de la colonia comenzaban a ladrar sin parar hacia ese mismo terreno. Primero, lo tomamos como algo normal.
33:17 Pensamos que, tal vez, habÃa tlacuaches, ratas grandes... La idea de que fueran animales salvajes no nos preocupaba demasiado, porque estábamos en las orillas de la ciudad y era común que se colaran. Pero los ladridos se volvieron una constante. No eran simples avisos ni ladridos sueltos. Se escuchaban largos, intensos, como si los animales estuvieran enojados o aterrados. Lo más inquietante era que siempre iban dirigidos hacia el mismo punto oscuro del terreno, un rincón donde la hierba crecÃa más alta y densa. Ahà fijaban la mirada, ahà gruñÃan y ahà se quedaban horas enteras, sin que nada ni nadie pudiera calmarlos. Recuerdo que la primera vez que lo comentamos fue durante una junta improvisada entre vecinos, afuera de una de las casas en construcción. Varios coincidimos en que los ladridos nos estaban quitando el sueño, y que parecÃa raro que siempre fueran en la misma dirección. Uno sugirió que quizá alguien habÃa enterrado carne o desperdicios y que eso atraÃa a los perros. Otro dijo que podÃa tratarse de personas escondiéndose, tal vez drogadictos que usaban el terreno vacÃo como refugio. Pasaban los dÃas y la situación no cambiaba.
34:36 Todas las noches, sin excepción, los perros se desataban al caer la oscuridad. Algunos vecinos, molestos, intentaban callarlos con gritos o aventándoles agua, pero era inútil. Los animales no apartaban la vista de aquel punto en el baldÃo. Más de una vez pensé que si los perros actuaban asà era porque veÃan algo que nosotros no podÃamos ver. Lo más extraño era que durante el dÃa los perros no mostraban interés en el terreno. CorrÃan, jugaban o descansaban sin siquiera acercarse al rincón donde de noche ladraban sin descanso. Era como si solo en la oscuridad algo se manifestara ahÃ. Con el tiempo, los ladridos se hicieron parte de la rutina.
35:19 A las once de la noche empezaban los primeros, y poco después se les unÃan todos los perros de la colonia, como si se pusieran de acuerdo. Los más cercanos a ese lote eran los que más se desesperaban. Se erizaban, mostraban los colmillos y se lanzaban contra la barda baja como queriendo saltar. Los que estábamos en casa escuchábamos todo y nos mirábamos entre nosotros. La tensión aumentó con los dÃas. Algunos vecinos empezaron a evitar pasar frente al terreno de noche. Aunque la calle estuviera oscura y significara dar más vuelta, otros prefirieron no hablar del tema, como si ignorarlo lo hiciera menos perturbador. Yo cada vez que escuchaba a los perros me quedaba despierto, tratando de distinguir alguna figura entre las sombras del lote. Nunca vi nada, solo la hierba moviéndose con el viento, pero los animales seguÃan ahÃ, ladrando como si algo invisible se plantara frente a ellos. fue asà como la colonia a pesar de ser nueva y llena de familias jóvenes empezó a sentir ese ambiente raro con el paso del tiempo ese rincón se volvió un punto de conversación ya no era sólo que los perros ladraran todas las noches sino que lo hacÃan todos al mismo tiempo como si hubieran recibido una señal que nosotros no percibÃamos los vecinos empezaron a comentar entre ellos lo raro que resultaba esa coincidencia No importaba si eran perros
36:51 grandes o pequeños, callejeros o de caza, todos se ponÃan alerta y fijaban la vista en el mismo punto. Algunos lo tomaban a broma, decÃan que seguro habÃa un vagabundo escondido o que el baldÃo servÃa de madriguera a algún animal. Pero, en el fondo, nadie se atrevÃa a comprobarlo. HabÃa algo en la forma en que los perros jalaban de sus cadenas, golpeando las bardas y arrastrando los costales o láminas que los dueños les ponÃan de lÃmite, que nos hacÃa sentir que se enfrentaban algo más. Ninguno de nosotros querÃa asomarse de verdad. Fue entonces cuando un vecino, don Ramiro, una tarde, lo escuchamos decir que él iba a vigilar, que no se quedarÃa con la duda mientras los demás se encogÃan de hombros. Nos aseguró que iba a llevar su lámpara y que, si veÃa a alguien husmeando en el lote, lo correrÃa a gritos. Nadie quiso acompañarlo y, en realidad, tampoco insistió. Pasada la medianoche, cuando los ladridos volvieron a comenzar, don Ramiro salió de su casa con la lámpara en la mano. Algunos vecinos, yo entre ellos, lo vimos desde las ventanas. Caminó hasta la barda baja del lote y apuntó la luz hacia el interior. Después nos contarÃa lo que vio, aunque al principio ni siquiera quiso hablar. Según su versión, entre las hierbas altas, alcanzó a distinguir una silueta distinta a la de los perros de la colonia.
38:19 Era más grande, más robusta, y lo que lo asustó fue que no estaba en cuatro patas, sino de pie, erguido como una persona. En el reflejo de la lámpara, Lo que parecÃa un perro enorme se sostenÃa sobre las patas traseras y miraba en dirección a las casas, como si estudiara a la gente que dormÃa adentro. Don Ramiro se quedó paralizado unos segundos sin poder bajar la lámpara ni apartar la vista. Lo que más lo perturbó fue que la criatura no reaccionó a las de luz, no se movió ni trató de huir, simplemente permaneció observando. Dijo que su tamaño era descomunal, al menos el doble de cualquier perro normal. El miedo le ganó y salió corriendo.
39:03 Abandonó la lámpara en el camino y se encerró en su casa. Nadie escuchó más de él esa noche. Fue hasta el dÃa siguiente cuando los vecinos lo encontramos sentado en la banqueta que contó lo sucedido. Se veÃa muy cansado. No quiso dar muchos detalles, solo repitió que no era un perro cualquiera, que nunca habÃa visto nada parecido. Ese dÃa todos lo notamos más callado, ni siquiera bromeaba como antes, y aunque algunos quisieron pensar que lo habÃa imaginado, el hecho de que un hombre tan terco y acostumbrado a la calle terminara asà de asustado, nos dejó intranquilos a todos. Nadie volvió a dudar que en ese baldÃo pasaba algo extraño.
39:47 La mañana siguiente yo me levanté temprano, como de costumbre, para barrer el frente de mi casa, y varios vecinos estaban reunidos en pequeños grupos. Me acerqué sin entender, y fue entonces cuando vi a Don Chema, el de la esquina, parado frente a lo que quedaba de sus gallinas. Las aves estaban tiradas en el suelo, rÃgidas, pero lo más perturbador era la manera en que las habÃan dejado. TenÃan el pecho abierto de par en par, como si alguien las hubiera destripado con precisión, pero sin una gota de sangre alrededor. Era un cuadro tan antinatural que ni siquiera parecÃa obra de un animal salvaje. Los perros callejeros solÃan morder y desgarrar. dejando rastros de lucha. Pero esto era distinto.
40:34 Los cuerpos estaban intactos salvo por el hueco vacÃo donde debÃan estar las entrañas. No pasó mucho tiempo antes de que llegara otro vecino, gritando que, en su corral, habÃan encontrado dos chivos en las mismas condiciones. Varios fuimos a mirar y nos topamos con la misma escena. Los animales yacÃan de costado, abiertos, con los ojos vidriosos y sin sangre en la tierra. Las piedras y la tierra del corral estaban limpias, como si alguien hubiera limpiado cuidadosamente después de cometer semejante atrocidad. Nadie entendÃa cómo era posible. El horror creció aún más cuando se supo que hasta un perro habÃa sido encontrado de esa manera. Era el animal de Doña Marta, una mujer mayor que vivÃa sola con él.
41:22 Lo halló en su patio, echado como si durmiera, pero al acercarse notó la abertura en el abdomen. Ella gritaba y lloraba en la calle, diciendo que se lo habÃan matado de manera diabólica. Nadie se atrevÃa a contradecirla porque lo que vimos no parecÃa obra de nada conocido. Los dueños de los animales estaban muy asustados, incapaces de encontrar una explicación lógica. Algunos querÃan pensar que podÃa tratarse de personas con malas intenciones. Pero,¿ qué clase de gente harÃa algo asÃ, sin llevarse nada, sin dejar señales de entrada ni huellas de sangre? Otros repetÃan que, tal vez, era un animal salvaje desconocido. Aunque eso no explicaba la precisión con que habÃan quedado los cuerpos. El rumor comenzó a correr rápido entre las familias. Los niños escuchaban las conversaciones de sus padres y se asustaban tanto que no querÃan salir a jugar. las madres prohibieron dejar gallinas sueltas en los patios y los hombres se turnaban para vigilar por las noches aunque en el fondo nadie querÃa enfrentarse a lo que fuera que anduviera rondando aquello no podÃa ser un perro común recordábamos lo que don ramiro habÃa visto en el baldÃo la noche anterior una figura enorme erguida sobre dos patas con la calma de alguien que sabe que los demás no se atreverán a acercarse ahora con los animales muertos sus palabras cobraban un sentido aterrador tal vez esa cosa no sólo se mostraba entre las hierbas
42:56 sino que ya estaba entrando a los patios cazando sin que nadie lo escuchara Los más mayores empezaron a decir que en los montes de Sonora y Sinaloa se contaban historias viejas sobre animales que caminaban como hombres, seres que salÃan de noche a alimentarse del ganado, dejando los cuerpos abiertos y vacÃos. Nunca faltaba quien conociera a alguien que habÃa escuchado esos relatos de niño. Yo no querÃa creerlo, pero ver los cuerpos tendidos frente a mà me obligaba a considerar que quizás esas historias no eran solo leyendas. El resto del dÃa lo pasamos entre discusiones. Algunos pensaban en llamar a las autoridades, pero otros aseguraban que no servirÃa de nada. que se reirÃan de nosotros o dirÃan que fueron coyotes. Decidimos guardar silencio hacia afuera y mantenernos unidos entre los vecinos. Por la noche, cada quien reforzó como pudo sus casas. Candados nuevos, cadenas en las puertas, varillas atravesadas en las ventanas. Pero si algo habÃa sido capaz de abrir animales sin dejar rastro, también podÃa entrar a nuestras casas si se lo proponÃa. En cuestión de horas pasó a convertirse en un sitio donde todos caminábamos con miedo, donde cada sombra y cada ruido nos recordaba que lo que rondaba en la oscuridad no tenÃa nada de normal. Los animales también empezaron a desaparecer de los patios.
44:25 Antes era común ver gallinas picoteando en los solares, chivos amarrados en los baldÃos y perros echados en la banqueta. Pero tras lo ocurrido, la mayorÃa de los vecinos guardaba a sus animales en cuartos cerrados, improvisando jaulas con tablas o metiéndolos en las mismas habitaciones donde dormÃan las familias. Nadie se atrevÃa a dejar a sus animales afuera. Alguien aseguraba haber visto sombras moverse entre la hierba. Otro decÃa que escuchó un gruñido profundo cuando pasó cerca en la madrugada. La gente se reunÃa en pequeños grupos para comentar lo mismo una y otra vez, tratando de encontrar una explicación.
45:06 Fue en esas charlas donde empezaron a surgir historias que muchos conocÃan de oÃdas, pero que hasta entonces parecÃan cosas lejanas, propias de pueblos más viejos. Historias de nahuales que se transformaban en animales para atacar a la gente, o de brujos que trabajaban con fuerzas oscuras y dejaban señales en los baldÃos. Se hablaba de pactos, de hombres que se vestÃan con pieles de animales y vagaban por las noches buscando carne. Algunos vecinos recordaban haber escuchado relatos similares en sus pueblos de origen y los contaban con detalle, haciendo que los demás se miraran unos a otros. Lo que hasta hacÃa poco eran supersticiones. Se volvió una posibilidad real que nadie querÃa descartar. Comenzaron a poner cruces de madera en sus puertas o a esparcir sal en las entradas.
45:59 Cada familia buscaba la forma de protegerse, aunque nadie estaba seguro de que eso funcionara. Los hombres comenzaron a organizarse para rondar en las noches, armados con palos, machetes y algunas lámparas. No era una guardia oficial, sino turnos improvisados en los que se quedaban vigilando en las esquinas, tratando de mostrar que no estaban dispuestos a dejar que algo más ocurriera. El simple hecho de reunirse les daba valor, aunque en el fondo todos sabÃan que, si aparecÃa lo mismo que habÃa matado a los animales, poco podrÃan hacer con sus armas improvisadas. Yo también participaba en esas vigilias.
46:39 Recuerdo bien cómo se sentÃa estar parado en la banqueta, con la lámpara en la mano, escuchando los ruidos del monte y los ladridos lejanos de los perros. Nadie querÃa dejar todo a la suerte, menos después de lo que habÃa pasado con los animales. Se formaron grupos de tres o cuatro personas, elegidos entre los hombres de la colonia y algunos jóvenes. Cada noche nos reunÃamos poco antes de la medianoche en la esquina más cercana al lote baldÃo. Allà repartÃamos quién cubrÃa qué calles y cuánto tiempo permanecÃa cada grupo en su turno. El armamento era improvisado. La mayorÃa llevaba palos gruesos, trozos de varilla o tubos de construcción.
47:20 Otros preferÃan los machetes. afilados durante la tarde como si fueran a usarlos contra alguien apenas los postes funcionaban en toda la colonia y la oscuridad hacÃa que cualquier sombra pareciera más grande de lo que era algunos incluso llevaron silbatos con la idea de que si algo ocurrÃa los demás podrÃan salir corriendo en ayuda La primera noche de rondÃn, caminábamos despacio, con los ojos fijos en cada rincón oscuro, esperando ver algún movimiento entre la maleza del baldÃo. No sucedió nada fuera de lo común, salvo los ladridos incesantes de los perros. Esa rutina se repitió las noches siguientes.
48:02 Apenas caÃa la oscuridad, los animales comenzaban con sus ladridos. siempre dirigidos al mismo punto del terreno. El cansancio comenzó a sentirse pronto. No era fácil pasar la jornada en el trabajo y luego sacrificar las pocas horas de descanso para caminar en silencio por calles. Algunos bostezaban en plena guardia, otros se quejaban de dolor en las piernas por tanto recorrer la colonia de un extremo a otro. Caminábamos hombro con hombro, con las lámparas apuntando a todas partes, imaginando que en cualquier momento verÃamos asomar la figura que habÃa descrito don Ramiro. Las noches pasaban y la vigilancia continuaba.
48:45 Algunos vecinos comenzaron a proponer que era inútil, que tal vez exagerábamos y que solo se trataba de perros callejeros o de algún coyote perdido, pero nadie se atrevÃa a dejar el rondÃn. En más de una ocasión los silbatos sonaron, no por un ataque, sino porque alguien creyó ver una sombra moverse entre las bardas incompletas, o juró escuchar pasos detrás de las casas. Al llegar nunca encontrábamos nada, salvo los perros enloquecidos ladrando hacia el baldÃo. Esos momentos de alarma nos dejaban con el corazón acelerado, como si de verdad hubiéramos estado a punto de toparnos con aquello que todos temÃamos. El cansancio acumulado comenzó a reflejarse en el dÃa.
49:29 La gente iba a trabajar con ojeras, aún asà nadie proponÃa suspender los rondines. Al contrario, parecÃa que mientras más tensión habÃa, más empeño ponÃamos en mantener la vigilancia. Una madrugada yo caminaba con dos vecinos más, machete en mano y la lámpara apuntando hacia el baldÃo, cuando escuchamos que los perros de las casas cercanas comenzaron a ladrar de forma distinta. No eran los ladridos de costumbre, llenos de enojos contra un punto invisible, sino ladridos cortados, como si no supieran si atacar o retroceder. Nos detuvimos un momento mirando hacia el lote. En medio del terreno, entre la hierba seca y los montones de basura que los albañiles habÃan dejado olvidados, se distinguÃa una silueta. Era más baja de lo que esperábamos, encorvada, pero se movÃa con torpeza como si apenas pudiera sostenerse en pie. Nos acercamos despacio, iluminando con la lámpara. y fue ahà cuando el haz de luz reveló algo que nos dejó helados un hombre desnudo cubierto de lodo hasta la cintura con el cabello pegado al rostro y la mirada perdida el cuerpo estaba lleno de raspones cortes superficiales en brazos, piernas y pecho como si hubiera corrido sin rumbo entre piedras y ramas tenÃa la piel marcada por espinas y moretones recientes señales de que no habÃa estado en un lugar seguro en mucho tiempo Apenas se balanceaba de un lado a otro,
51:00 respirando con dificultad, y cada tanto murmuraba algo que no entendÃamos, sonidos que no parecÃan formar palabras. Al principio pensamos que era un borracho que se habÃa perdido en la madrugada, o quizá algún drogadicto que habÃa terminado allà después de una mala noche. La colonia todavÃa estaba en construcción y no era raro que vagabundos rondaran los terrenos vacÃos. Nos miramos unos a otros sin saber qué hacer. Era peligroso dejarlo suelto, porque en ese estado podÃa atacar a cualquiera o lastimarse él mismo. Fue entonces cuando uno de los hombres decidió que lo mejor serÃa amarrarlo, al menos hasta que amaneciera y pudiéramos entregarlo a las autoridades. Buscamos un tramo de cuerda que uno llevaba en la mochila y nos acercamos a sujetarlo. El hombre no ofreció resistencia, pero tampoco colaboraba. Se dejaba manipular con una pasividad inquietante, como si ni siquiera se diera cuenta de lo que ocurrÃa.
52:03 Sus ojos no miraban a ninguno de nosotros, sino a un punto lejano, invisible. Aún asÃ, habÃa algo en la tensión de sus músculos que nos mantenÃa en alerta. parecÃa que en cualquier momento podÃa soltarse y reaccionar con violencia le atamos las manos hacia atrás y luego lo hicimos caminar hasta una de las casas más cercanas en el trayecto algunos vecinos que escucharon el alboroto salieron con lámparas y se quedaron boquiabiertos al vernos arrastrar a un hombre desnudo y cubierto de lodo preguntaban de dónde habÃa salido si alguien lo conocÃa pero nadie sabÃa Ninguna cara resultaba familiar.
52:45 Una señora dijo que en el monte, cuando alguien se entregaba a los malos trabajos de brujerÃa, era común que terminara de esa forma, como si el cuerpo quedara vacÃo después de una transformación. Otros aseguraban que podÃa tratarse de un enfermo que habÃa escapado de algún hospital psiquiátrico. Lo cierto es que nadie en la colonia lo habÃa visto jamás, y eso lo hacÃa todavÃa más inquietante. Decidimos dejarlo atado en el patio de Don Filemón, que tenÃa una barda alta y un cuarto vacÃo donde podÃamos encerrarlo sin riesgo. Lo acomodamos en una esquina dándole una cobija vieja para cubrirse, aunque no parecÃa sentir frÃo. Solo se quedó sentado con la espalda contra la pared, murmurando palabras que no entendÃamos.
53:34 A ratos reÃa sin motivo, y a ratos parecÃa gruñir como un animal cansado. La vigilancia de esa madrugada se centró en él. Nadie despegaba los ojos de aquel desconocido, temiendo que en cualquier instante se levantara y mostrara una fuerza inesperada. Los perros no dejaban de ladrar, pero esta vez no lo hacÃan hacia el baldÃo, sino hacia la casa donde estaba encerrado el hombre. Era como si los animales reconocieran en él la misma presencia que habÃan señalado desde semanas atrás. Nadie quiso irse a dormir. Nos quedamos todos en vela hasta que comenzó a amanecer. Lo sentamos en una silla vieja y lo amarramos bien, usando otra cuerda más gruesa para asegurarnos de que no pudiera soltarse.
54:22 La mayorÃa mantenÃa la distancia, mirándolo con miedo. En ese momento surgieron las discusiones. Algunos vecinos insistÃan en que no era buena idea tenerlo allÃ, que lo mejor era entregarlo de inmediato a las autoridades. DecÃan que no se trataba de un borracho común ni de un vagabundo, sino de alguien peligroso. Recordaban cómo los perros habÃan reaccionado al verlo, ladrándole como si reconocieran algo oculto detrás de su aspecto humano. Otros pensaban que podÃa ser un enfermo o una persona perdida. y que lo mÃnimo era esperar a que llegara la patrulla antes de tomar una decisión. La tensión creció con cada minuto. El hombre seguÃa en silencio, con la cabeza baja, respirando fuerte, y de vez en cuando levantaba la vista para clavar sus ojos en cualquiera que se le acercara.
55:13 Esa mirada era lo que más nos incomodaba. No parecÃa la de alguien en estado de shock ni la de un enfermo. Era una mirada vacÃa. Pasaron casi dos horas antes de que la patrulla apareciera, cuando al fin vimos las luces de la camioneta acercarse por la calle principal. Muchos se comenzaron a sentir tranquilos. QuerÃamos quitarnos de encima la responsabilidad de tenerlo ahÃ. Los policÃas bajaron con gesto cansado. Eran dos, un hombre y una mujer. preguntaron qué ocurrÃa y varios vecinos hablaron al mismo tiempo contando que lo habÃan encontrado desnudo cubierto de lodo y en medio del baldÃo la patrulla tardó en llegar porque la colonia aún no estaba registrada oficialmente y decÃan que habÃan batallado para dar con el lugar Cuando lo vieron, se quedaron un momento en silencio. Solo lo miraron con desconfianza, igual que nosotros.
56:09 El policÃa hombre preguntó si alguien lo conocÃa, y al escuchar las negativas, sacó unas esposas. Pero antes de usarlas, nos pidió soltar las cuerdas para ver cómo reaccionaba. Nadie quiso hacerlo. Fue don Filemón, dueño de la casa, quien aceptó aflojar un poco los nudos. El hombre, lejos de intentar liberarse, apenas se movió. Se quedó quieto con la misma mirada perdida, aunque los murmullos extraños continuaban, como si hablara solo en un idioma que nadie entendÃa. La mujer policÃa dijo que lo mejor era llevárselo sin perder más tiempo, asà que entre ambos lo hicieron levantar y lo guiaron hacia la camioneta. Cuando lo sacaron a la calle, los perros de las casas comenzaron a ladrar, más fuerte que nunca.
56:57 El hombre no se inmutó. Caminaba con pasos lentos, las piernas temblorosas, pero sin resistirse. El lodo seco en su piel se caÃa en pedazos, dejando ver las marcas de los raspones y heridas frescas en todo el cuerpo. Los policÃas lo subieron a la parte trasera de la patrulla. aún atado con las cuerdas que le habÃan dejado en las muñecas. Los vecinos salieron de sus casas para ver. Cuando la patrulla se alejó por la calle de terracerÃa, la colonia entera lo siguió con la vista hasta que desapareció en la distancia. Yo no estuve ahà para verlo con mis propios ojos, pero lo que voy a contar me llegó de boca de los que acompañaron a la patrulla esa madrugada. Lo supe por varios vecinos que juraban que jamás olvidarÃan lo que vieron, y lo repetÃan una y otra vez con la misma expresión de miedo. Ninguno buscaba exagerar. Todos coincidÃan en cada detalle, como si hubieran quedado marcados para siempre por lo que ocurrió. Dicen que en el trayecto hacia el pueblo... La camioneta avanzaba lentamente por las calles de terracerÃa, mientras el hombre permanecÃa en la parte trasera, atado con las cuerdas y cubierto de lodo.
58:12 Los policÃas iban en silencio, atentos a cualquier movimiento, porque desde que lo subieron notaron algo extraño en él. De pronto, el hombre empezó a convulsionar. Su cuerpo se sacudÃa con fuerza. golpeando contra las paredes metálicas de la caja al principio pensaron que estaba teniendo un ataque y que se les iba a morir antes de llegar a la comandancia el policÃa que iba manejando aceleró intentando llegar más rápido mientras su compañera gritaba que aguantara que ya lo atenderÃan en el pueblo pero los movimientos se volvieron cada vez más violentos el sonido de los huesos tronando se escuchaba incluso desde el asiento delantero como si algo dentro de él estuviera rompiéndose y volviendo a armarse los gritos se mezclaron con un rugido grave Lo que más aterró a quienes estaban presentes fue ver cómo su cuerpo comenzó a deformarse frente a ellos. La piel se tensaba y se abrÃa en partes, los brazos se alargaban, los dedos se transformaban en garras gruesas y los músculos se hinchaban como si algo estuviera creciendo bajo su carne. La cabeza se deformó también, con la mandÃbula abriéndose más de lo posible hasta que ya no parecÃa un rostro humano, sino un hocico animal lleno de dientes filosos. Los testigos juraron que en cuestión de segundos dejó de ser un hombre. Lo que tenÃan frente a ellos era un animal enorme, imposible de describir
59:43 con exactitud, pero con la silueta de un perro monstruoso. Sus ojos brillaban rojos en la oscuridad de la caja, y cada respiración salÃa en forma de gruñidos profundos que estremecÃan a cualquiera. Las cuerdas que lo sujetaban no resistieron. Con un solo movimiento las reventó, como si fueran delgadas ramas. La patrulla entera se sacudió cuando la criatura golpeó las paredes desde adentro. El policÃa que conducÃa casi pierde el control, y los que iban en la parte trasera intentaron abrir la puerta para escapar, pero no tuvieron tiempo. La bestia saltó de un brinco y cayendo al suelo con una agilidad imposible para un cuerpo humano. Los vecinos que iban con los oficiales contaban que apenas pudieron cubrirse con los brazos cuando lo vieron salir. El animal, ya completamente transformado, cayó sobre el pavimento y en un segundo se lanzó hacia un callejón cercano, perdiéndose entre las primeras casas del pueblo.
1:00:44 Los ladridos de los perros comenzaron al instante. La patrulla frenó en seco. Los policÃas estaban pálidos, sin palabras, sin saber si perseguirlo o regresar. Al final... Nadie se atrevió a seguirlo. La noticia del escape no tardó en llegar a todos. Apenas amaneció, ya corrÃa de boca en boca lo que habÃa pasado con la patrulla. Algunos lo supieron porque los mismos policÃas lo dejaron caer en confianza, otros porque los vecinos que iban de acompañantes no pudieron guardar silencio. Lo cierto es que para el mediodÃa toda la colonia hablaba del hombre desnudo cubierto de lodo, que en medio del camino se habÃa convertido en un animal enorme con ojos rojos y habÃa desaparecido entre las casas. Nadie querÃa repetir los rondines. Después de lo que habÃa pasado con el hombre del baldÃo, la idea de caminar armado con un machete o un palo se volvió ridÃcula.¿ De qué servÃa una lámpara o un silbato contra algo que podÃa romper cuerdas y saltar de una patrulla en movimiento? AsÃ, poco a poco, se decidió suspender las vigilancias. Cada familia optó por encerrarse temprano, atrancar bien puertas y ventanas, y evitar salir después del anochecer. La vida diaria siguió su curso.
1:02:04 La gente iba a trabajar y los niños a la escuela, pero el ambiente nunca volvió a ser el mismo. El lote baldÃo quedó abandonado. Nadie se atrevió a levantar una casa en ese terreno, ni siquiera los albañiles que en su momento habÃan trabajado en la zona. Todo comenzó con algo que, en un principio, no parecÃa tan grave. La desaparición de gatos en la colonia. Yo lo noté porque tenÃa la costumbre de madrugar y barrer el frente de la casa. Y casi siempre veÃa a los mismos animales merodeando, echados en las banquetas o caminando sobre las bardas. De pronto dejaron de aparecer. Al principio pensé que era casualidad, pero los vecinos empezaron a comentarlo entre sÃ. Una señora de la esquina preguntaba si alguien habÃa visto a su gata blanca, y un joven que vivÃa dos calles más abajo buscaba a su siamés. La explicación más lógica era que alguien se los estaba llevando para venderlos. La idea de un ladrón de mascotas parecÃa razonable porque no habÃa señales de violencia. Nadie encontraba restos ni manchas de sangre.
1:03:20 Tampoco habÃa maullidos de pelea o huida. Simplemente dejaban de regresar a sus casas. Esa teorÃa calmaba un poco a los dueños, pero la molestia crecÃa, porque los gatos eran parte de las familias. Recuerdo bien las escenas de esos dÃas. Niños llorando porque no entendÃan por qué su gato no volvÃa, señoras pegando carteles de búsqueda en postes y tiendas, promesas de recompensa que colgaban en hojas arrugadas bajo el sol. En pocas semanas ya eran más de diez los gatos desaparecidos y la colonia entera estaba inquieta. No era normal que se fueran tantos en tan poco tiempo, y lo más extraño era que nadie habÃa visto nada. La colonia era urbana, con casas pegadas una a la otra, bardas bajas y techos conectados por láminas y cables. Siempre habÃa gente afuera, vendedores ambulantes, vecinos platicando en las esquinas, niños jugando en las banquetas. Resultaba difÃcil de creer que en un lugar tan habitado nadie hubiera notado lo que estaba pasando.
1:04:26 La explicación cambió una noche, cuando un niño aseguró haber visto algo que asustó a todos. Contó que, mientras buscaba su balón, alzó la vista hacia la azotea de una casa y alcanzó a ver a un hombre joven agachado, con algo entre las manos. El niño se quedó mirando, pensando que el tipo estaba arreglando cables o revisando el tanque de gas. Pero después distinguió que lo que sostenÃa era un gato y que no lo acariciaba ni lo alimentaba. Se lo estaba comiendo crudo, desgarrando el animal con los dientes. El niño gritó y corrió a contarle a su madre. Ella no quiso creerle, pensando que habÃa tenido una pesadilla o que habÃa confundido lo que vio. Pero el pequeño insistió con tal desesperación que al dÃa siguiente la historia corrió por toda la colonia. No tardó en convertirse en un rumor fuerte. De la molestia se pasó al miedo.
1:05:25 Ya no se hablaba de ladrones de mascotas, sino de alguien que vivÃa entre nosotros, en esas mismas casas pegadas, capaz de hacer algo tan aterrador. Nadie sabÃa quién era ese hombre joven, ni en qué azotea lo habÃa visto exactamente el niño. El testimonio del niño dividió por completo a la colonia. Algunos decÃan que se trataba de una simple imaginación, que el pequeño estaba sugestionado por tantas historias de los gatos desaparecidos. Aseguraban que un niño podÃa confundir sombras o inventar cosas para llamar la atención. Otros lo creyeron de inmediato. DecÃan que esa explicación encajaba con lo extraño del caso, que por fin habÃa una razón para tantas desapariciones, y que solo alguien con una mente perturbada podÃa estar detrás de todo. La colonia se partió en dos bandos, los que intentaban restar la importancia y los que comenzaron a vivir con miedo. Lo cierto es que varios vecinos empezaron a recordar cosas que antes habÃan pasado por alto. Hubo quienes mencionaron que en las madrugadas escuchaban ruidos raros, como chillidos de animales, golpes en las azoteas o maullidos que terminaban de forma abrupta. al contarlo en voz alta coincidÃan en que esos sonidos parecÃan venir de los techos no de la calle lo que antes se habÃa tomado como peleas entre gatos ahora sonaba distinto eran chillidos desgarradores como de sufrimiento Yo misma no pude negar
1:06:59 lo que escuché una noche. Mi hijo se despertó temblando y vino a mi cuarto para decirme que habÃa oÃdo maullidos cerca de su ventana. DecÃa que no eran normales, que eran gritos de dolor que lo hicieron llorar. SalÃa a asomarme, pero no vi nada en el patio ni en la calle. Desde entonces me convencà de que algo raro sà estaba pasando y que el niño que habló de aquel hombre en la azotea quizá habÃa dicho la verdad. En medio de esa tensión, uno de los vecinos propuso organizar rondas de vigilancia nocturna. Argumentó que si lo que el niño habÃa dicho era cierto, entonces habÃa alguien rondando las casas con malas intenciones y que lo mejor era enfrentarlo entre todos. La idea fue aceptada. Era preferible desvelarse que seguir con esa sensación de indefensión. La primera noche de guardia fue más larga de lo que imaginamos. Nos reunimos varios en la esquina principal, algunos con lámparas, otros con palos o fierros por si llegaba a ser necesario.
1:08:05 Caminamos por las calles oscuras, atentos a cada ruido, pero lo único que encontramos fueron perros callejeros husmeando entre bolsas de basura y alguna que otra sombra movida por el viento. No vimos nada sospechoso y algunos se burlaron diciendo que habÃamos perdido el tiempo. Aún asÃ, esa primera ronda sirvió para algo importante. Nos dio unión. Vecinos que apenas se saludaban empezaron a conocerse mejor en medio de la vigilancia. Se hicieron grupos para turnarse cada noche, de manera que siempre hubiera alguien cuidando. La colonia, que hasta hacÃa poco habÃa estado tranquila y desinteresada, se convirtió en un lugar donde la gente hablaba de estrategias, de señales para avisar si ocurrÃa algo, y de cómo proteger a los suyos, aunque todavÃa no se habÃa visto nada fuera de lo normal.
1:08:58 Pasaron varias noches en las que las rondas parecÃan inútiles, hasta que una madrugada dos de los hombres que hacÃan la vigilancia aseguraron haber visto algo extraño. VenÃan caminando por la calle más cercana al lote señalado, cuando alzaron la vista hacia la azotea y distinguieron movimiento. No se trataba de una sombra solitaria. sino de varias siluetas que parecÃan reunirse en el techo de la misma casa donde el niño habÃa dicho que vio al hombre comiendo al gato. Los vigilantes contaron que no lograron distinguir rostros ni ropa con claridad, pero las figuras se inclinaban hacia adelante como si observaran algo en el suelo. Uno de ellos aseguró que mientras trataba de enfocar mejor con la lámpara, escuchó un maullido fuerte que lo asustó. era un grito desesperado distinto a cualquier pelea de gatos y se cortó de golpe como si alguien lo hubiera apagado con las manos los hombres se miraron entre sà y decidieron no acercarse más regresaron al punto de reunión y avisaron a los demás todavÃa temblando por lo que habÃan presenciado. A la mañana siguiente ya todos en la colonia sabÃan lo que habÃa pasado. Las dudas se redujeron y ahora la mayorÃa estaba convencida de que algo raro ocurrÃa en esa casa.
1:10:17 Ya no se trataba solo de rumores de un niño, sino de testigos adultos que afirmaban haber visto y escuchado algo real. Los vecinos comenzaron a hablar de tomar medidas más arriesgadas. Algunos proponÃan denunciar a la policÃa, pero otros decÃan que no servirÃa de nada, porque sin pruebas claras los oficiales no se moverÃan. La propuesta que tomó más fuerza fue la de vigilar desde los techos cercanos, para tener una vista más directa de lo que pasaba adentro. Se organizaron grupos pequeños con cuidado de no ser descubiertos y acordaron turnarse para trepar a las azoteas y observar.
1:10:59 Recuerdo la primera noche en que lograron acercarse lo suficiente. Unos hombres se subieron al techo de la casa y desde allà tuvieron vista parcial hacia el interior de un cuarto iluminado tenuemente. Contaron que la luz era amarillenta, como de velas, y que adentro habÃa varias personas reunidas. No podÃan precisar cuántas, pero no eran menos de cinco o seis. Lo más inquietante fue que no hablaban como en una reunión común. De aquel lugar salÃan cantos bajos repetitivos, con un ritmo que se sostenÃa por varios minutos. Al describirlo después, dijeron que no era música, tampoco rezos conocidos. Era una especie de murmullo colectivo que se elevaba y caÃa en intervalos, como si solo ellos entendÃan. Ese sonido se mezclaba con los lamentos apagados de animales que parecÃan venir desde dentro.
1:11:53 Nadie en la colonia habÃa escuchado algo semejante. Esa misma noche, los hombres bajaron apresurados, convencidos de que allà dentro se hacÃa algo que no tenÃa explicación normal. A partir de entonces, la colonia dejó de estar simplemente preocupada. Ahora, la gente tenÃa miedo real. el rumor ya no era un simple cuento de niños esa noche los vecinos que habÃan subido a las azoteas regresaron pálidos dijeron que al asomarse con cuidado por una rendija del techo alcanzaron a ver la escena completa dentro del cuarto iluminado No eran solo sombras ni murmullos. HabÃa varias personas, jóvenes y adultos, reunidos alrededor de un cÃrculo extraño pintado en el suelo. Cada uno sostenÃa un gato entre los brazos y los animales se retorcÃan maullando con desesperación. Los testigos aseguraron que vieron con toda claridad cuando uno de ellos, un muchacho que no debÃa pasar de 20 años, tomó un cuchillo brillante y degolló a uno de los gatos. La sangre corrió de inmediato y fue colocada en el centro del cÃrculo. justo sobre aquellos sÃmbolos que parecÃan dibujados con tiza o con carbón.
1:13:04 Nadie pudo describirlos con exactitud, pero todos coincidieron en que no eran figuras comunes, eran marcas raras con lÃneas entrecruzadas y formas que parecÃan ojos y garras. El grupo entero comenzó a untarse la sangre en la cara, algunos se la pasaban con las manos en la frente, otros en la boca y en los ojos. Después de eso, empezaron a moverse de manera extraña, inclinando el cuerpo, girando la cabeza en ángulos imposibles y emitiendo ruidos. Los vecinos que miraban desde los techos dijeron que era insoportable seguir viendo. Les parecÃa que esas personas habÃan dejado de comportarse como humanos y que imitaban a los animales, encorvándose y caminando a cuatro extremidades como si fueran bestias. La noticia se expandió al amanecer y la colonia entera se aterró mucho.
1:13:56 Ya no eran rumores de voces extrañas ni maullidos perdidos. Ahora habÃa testigos que afirmaban haber visto con sus propios ojos un sacrificio y un ritual. Se empezó a decir que aquellos individuos intentaban transformarse en algo, que buscaban usar a los gatos como ofrenda para cambiar de cuerpo o adquirir fuerza animal. La idea de Nahuales apareció en todas las conversaciones, y las mujeres más viejas de la colonia decÃan que eso explicaba la desaparición masiva de mascotas. En medio de ese ambiente se discutió qué hacer. Algunos vecinos plantearon llamar a la policÃa, confiando en que un reporte oficial detendrÃa la situación. También estaba el miedo de que al ser descubiertos como testigos, se convirtieran en los siguientes objetivos.
1:14:46 Después de las escenas que algunos alcanzaron a presenciar, la comunidad decidió organizarse con más seriedad. Ya no se trataba solo de rondas para espantar a ladrones de mascotas, sino de vigilar una situación que cada dÃa parecÃa más peligrosa. Aún asÃ, la cautela fue lo primero que acordamos. Nadie querÃa exponerse de frente a los que habitaban esa casa, porque el simple hecho de imaginar lo que podÃan hacer si descubrÃan a los testigos nos asustaba. La idea fue mantener distancia, observar desde los techos o desde las sombras y reunir pruebas que sirvieran para confirmar lo que tanto temÃamos.
1:15:27 Se hicieron grupos pequeños que se turnaban por las noches. Algunos llevaban cámaras prestadas o celulares viejos capaces de tomar fotos con flash apagado. Otros preferÃan anotar en libretas la hora exacta en que escuchaban ruidos, cantos o maullidos. Lo importante era documentar, aunque fuera de lejos, para que no quedara como simples rumores. HabÃa vecinos que dudaban todavÃa. Los sucesos no se detuvieron. Al contrario, parecÃan intensificarse. Cada semana desaparecÃan más gatos, incluso algunos que estaban encerrados en patios con rejas altas. Nadie podÃa explicar cómo se los llevaban sin romper candados ni forzar puertas. Y en varias madrugadas volvieron a escucharse los cantos, ese murmullo rÃtmico que subÃa y bajaba como si se tratara de un rezo invertido.
1:16:21 Una de esas noches ocurrió algo que terminó de convencer a todos. Un grupo de vecinos que vigilaba desde la esquina aseguró haber visto a uno de los participantes salir de la casa. No caminaba como una persona común, sino arrastrándose con movimientos torpes, como si sus brazos y piernas se doblaran de manera incorrecta. Lo más aterrador fue que al voltear un momento hacia la calle, sus ojos brillaron con un resplandor extraño, como los de un animal atrapado en la luz de un coche. Nadie quiso acercarse y apenas lograron contener los gritos para no delatarse. El hombre se perdió entre los pasillos de la colonia y nadie supo a dónde fue. Con ese relato ya no hubo duda.
1:17:05 Lo que ocurrÃa en esa casa no eran simples desapariciones de animales ni reuniones secretas. Lo que se practicaba allà eran actos de brujerÃa, intentos de transformación, un culto extraño que buscaba volverse algo distinto usando la sangre de los gatos como sacrificio. Esa conclusión corrÃa de boca en boca y cada vez habÃa más miedo de estar viviendo en medio de un foco de maldad. Con el tiempo algunos intentaron llamar a las autoridades, pero las visitas nunca coincidÃan con las noches de actividad. los oficiales decÃan que no podÃan hacer nada sin pruebas sólidas la colonia se cansó de insistir y poco a poco la vigilancia se fue deshaciendo aún asà el recuerdo de esos cantos y de los ojos brillantes siguió persiguiéndonos la casa quedó marcada nadie quiso volver a ocuparla ni siquiera después de que los que la usaban desaparecieron de un dÃa para otro con el paso de los años se convirtió en un punto maldito Un lugar que todos evitamos al pasar y que los niños señalan con miedo. Yo misma no puedo mirarla sin recordar aquellas noches de insomnio. Hasta hoy esa casa sigue vacÃa, como un recordatorio de que en pleno centro de nuestra colonia hubo quienes jugaron con cosas que no eran humanas.
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