Sept. 30, 2025

Pasos Para Ser Un Nahual Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 Yo me había ido un par de años buscando trabajo en la ciudad, pero después de tanto desgaste decidí regresar para vivir de nuevo en la casa con mis padres. Mi hermana Zulema ya estaba ahí, cuidando el terreno y manteniendo en pie lo poco que quedaba. Los primeros meses después de mi regreso fueron tranquilos, hasta que empezaron las visitas de la tía Clara, hermana de mamá. Al principio lo vimos como algo natural. Después de tantos años sin aparecer, de pronto comenzó a llegar una o dos veces por semana, con pretexto de ver cómo estábamos, de traer pan o de compartirnos noticias. Zulema la recibía con cariño porque siempre había sido más confiada que yo. Pero yo mantenía cierta distancia, no podía evitar sentir algo extraño en su manera de mirarnos, como si detrás de sus palabras amables hubiera un interés que no alcanzaba a entender. La relación se mantuvo cordial, nunca hubo pleitos ni malos gestos, pero tampoco un afecto genuino de mi parte. Yo contestaba a sus preguntas y agradecía sus visitas, pero en el fondo no me gustaba que pasara tanto tiempo con nosotras. Según la abuela, Clara nunca había sido bien vista en los lugares donde vivió.

1:20 En un pueblo al sur, donde pasó la mayor parte de su vida, la gente comenzó a señalarla por cosas extrañas que ocurrían alrededor de su casa. Vecinos juraban haberla visto salir desnuda al monte en las madrugadas, y decían que cuando regresaba lo hacía cubierta de tierra y con los pies enrojecidos, como si hubiera corrido largas distancias sin descanso. La abuela nos contó que los rumores eran tan fuertes que con el tiempo casi nadie quería tratar con ella. La señalaban no solo de curandera como a muchas mujeres de la región, sino directamente de bruja. Y más grave todavía, algunos aseguraban que no solo practicaba artes oscuras, sino que también tenía la capacidad de transformarse. La palabra que usaron fue Nahual. Yo me sorprendí mucho. No era un tema que se hablara a la ligera, menos viniendo de la abuela, que no solía repetir chismes sin sentido. La abuela añadió que más de una vez escuchó a la gente contar que, cuando algún animal amanecía muerto en los corrales, siempre había quien lo relacionaba con Clara. y que en varias ocasiones vecinos aseguraban haber visto un perro negro enorme rondando sus calles, un animal que desaparecía sin dejar rastro en cuanto amanecía.

2:39 Por eso, cada vez que alguien perdía gallinas o escuchaba ruidos extraños en el techo de sus casas, no tardaban en mirar hacia la puerta de la tía. Ese día entendí por qué nunca había tenido una buena impresión de ella, incluso antes de escuchar la historia, y aunque traté de guardar la calma frente a su lema, no pude evitar que mis pensamientos se quedaran atrapados en lo que acababa de escuchar. Porque no era lo mismo sospechar que alguien ocultaba malas intenciones, a que te confirmaran que toda una comunidad la había acusado de ser bruja y nahual. A partir de entonces, cada visita de la tía Clara se sintió distinta. Ya no la veía solo como la mujer sonriente que traía pan bajo el brazo. sino como alguien rodeada de sombras que podían entrar a nuestra casa sin que nos diéramos cuenta. Y lo peor de todo era que, aunque yo intentaba poner excusas, Zulema seguía recibiéndola con cariño, sin entender que, detrás de esa amabilidad, podía esconderse algo que nos arrastraría a las dos. Mi abuela comenzó a contarnos una de las historias más repetidas en su pueblo sobre la tía Clara. No hablaba con rencor ni con intención de asustarnos, sino con la seriedad de quien comparte un recuerdo que todavía le causa desconfianza. Nos dijo que todo empezó con un niño de unos ocho años, que aseguraba haber sido atacado en el campo por una serpiente enorme.

4:10 La criatura lo sorprendió mientras recogía leña y lo derribó de un empujón con el cuerpo, enrollándose en su pierna con fuerza. El niño logró liberarse a golpes de piedra y corrió hasta su casa llorando y sangrando por los rasguños. Hasta ahí podría haber parecido un simple encuentro con un animal cualquiera, pero lo que repitió después cambió todo. Aseguraba que la serpiente lo había mirado a los ojos y que en su rostro escamoso había un lunar idéntico al que la tía Clara tenía en la mejilla izquierda. Nadie le creyó al principio. Pensaron que los nervios lo habían confundido. Pero el niño se mantuvo diciendo una y otra vez que lo que había visto no era un animal común, sino la misma tía transformada. La gente empezó a observarla con otros ojos. Ya no la saludaban con confianza, sino con cautela, bajando la mirada o hablando a sus espaldas.

5:09 No era extraño que alguien fuera acusado de curandera o de bruja. Pero lo del niño fue diferente. Lo que él describía no era un simple mal de ojo o un hechizo, sino la capacidad de convertirse en otra cosa, algo que no pertenecía al mundo de los hombres. Poco a poco se fueron sumando más rumores. Unos decían que en las noches se escuchaban pasos extraños en los corrales, como si un animal pesado caminara sobre los techos. Afirmaban haber visto un perro enorme merodeando cerca de los ríos, con ojos que brillaban en la oscuridad. los más atrevidos juraban que ese perro cuando uno intentaba seguirlo se levantaba sobre dos patas y desaparecía entre la maleza siempre de un modo u otro esas apariciones terminaban vinculadas con la tía Clara la abuela relataba todo con calma Pero sus palabras se me fueron quedando clavadas. Decía que cada animal extraño, cada sombra extraña en el monte, cada cosa inexplicable, la gente la relacionaba con ella. Y no importaba que no tuvieran pruebas, yo escuchaba en silencio, con el corazón apretado.

6:21 Tenía presente la imagen de la tía llegando a nuestra casa con su pan bajo el brazo, hablando con voz tranquila y sonrisa en el rostro. Me costaba trabajo imaginar que esa misma mujer pudiera transformarse en serpiente o en perro. Con el tiempo traté de no darle demasiada importancia. Le decía a su lema que eran solo historias de pueblo, exageraciones que la gente inventaba para darle sentido a lo que no entendían. La abuela no se detuvo en la historia del niño. Después contó otra anécdota que, según ella, había marcado a la gente del pueblo donde vivió la tía Clara. Contó que, años atrás, una familia humilde pidió prestado dinero a la tía para cubrir los gastos de una enfermedad. Al principio, la relación parecía cordial. Ella les prestó sin poner condiciones duras, solo con la promesa de que le pagarían pronto. Pero el tiempo pasó y el dinero nunca regresó. Se decía que Clara fue varias veces a cobrar y que siempre la hacían esperar con excusas, hasta que un día se cansó. Esa misma noche, sin que hubiera explicación clara, parte de la casa de aquella familia ardió en llamas. No fue un incendio común, no había velas encendidas, ni fogón prendido, ni cables eléctricos que pudieran justificarlo. El fuego empezó en el techo, como si alguien lo hubiera provocado desde afuera, y se extendió con rapidez hasta devorar medio cuarto antes de que los vecinos

7:54 pudieran ayudar a apagarlo. Lo más extraño, decía la abuela, era que las llamas no parecían normales, sino que salían con un resplandor raro, como si ardieran más de lo que un simple tejado podía ofrecer. La familia, asustada, juró que todo había sido un accidente, pero en el pueblo nadie lo creyó. Todos recordaban que la tía había salido molesta de esa casa horas antes, después de exigir el dinero. Para los pobladores, la coincidencia era imposible de ignorar. Decían que Clara había provocado el incendio con brujería. que había lanzado algún mal desde la distancia o que había dejado enterrado un trabajo cerca de la casa. La abuela insistía en que a partir de ese momento nadie quiso meterse con ella. Aunque la gente seguía murmurando a sus espaldas, evitaban cualquier confrontación directa. Si Clara pedía algo, se lo daban.

8:51 Si pasaba por una calle, nadie la detenía. Era mejor hacerse a un lado y no llamar su atención. Yo escuchaba todo eso con un nudo en la garganta. No buscaba asustarnos con inventos. Hablaba con una seriedad distinta, como quien revive un hecho que vio con sus propios ojos. Su manera de narrarlo hacía que me costara mucho descartar todo como simples cuentos de pueblo. Cada palabra caía pesada, dejándome con la impresión de que mi tía, esa misma mujer que ahora nos visitaba sonriente, cargaba con una historia demasiado oscura. Zulema intentó aligerar el ambiente diciendo que la gente siempre busca culpables cuando pasa una desgracia, que era más fácil señalar a alguien que admitir la mala suerte.

9:38 La abuela dijo que a ella no le gustaba repetir chismes, que solo contaba lo que había visto y lo que todos en ese pueblo recordaban. No eran inventos, eran cosas que pasaban y nadie podía negar. Esa noche, cuando la tía Clara volvió a visitarnos y se sentó en la cocina a platicar con su lema, yo no podía dejar de pensar en lo que la abuela nos había contado. Esa noche estábamos todos reunidos en la mesa grande de la casa de la abuela. Había sido una cena especial, con varios parientes que no solían juntarse tan seguido. Entre risas, pláticas de trabajo y recuerdos de los que ya no estaban, estábamos muy a gusto. el humo del café recién colado llenaba el aire mezclado con el aroma de las tortillas de comal y el guisado que aún hervía en la olla yo estaba sentada al lado de su lema escuchando de reojo las conversaciones cruzadas cuando la tía clara se inclinó hacia mi hermana y con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos le dijo que podía enseñarle a transformarse en cualquier animal que quisiera Lo dijo como si fuera la cosa más normal del mundo, como si hablara de bordar o de cocinar. La mesa entera se quedó en silencio unos segundos, porque nadie esperaba algo así en medio de la reunión. Algunos se rieron. Zulema fue la única que respondió con naturalidad. Primero abrió los ojos sorprendida, y luego soltó una risa corta, pero no burlona. Preguntó

11:09 si de verdad se podía, si era posible escoger cualquier animal. y hasta bromeó diciendo que le gustaría ser un águila para volar sobre todo el pueblo la tía la miró y aseguró que no había límites que todo dependía de lo que ella quisiera aprender yo al escuchar aquello no pude contenerme y solté un comentario para romper la tensión Dije que entonces yo quería convertirme en gallina para esconderme en el corral y no lavar los trastes. Ya todos nos reímos de nuevo para tratar de pasar ese tema que se nos hacía ridículo. Yo no creía en esas cosas, o al menos trataba de convencerme de que eran solo supersticiones para entretener a la gente. Pensé que la tía hablaba en serio porque siempre había tenido esa fama. pero también creí que exageraba para llamar la atención. Aún así, noté que la mirada de Clara permaneció fija en su lema, como si no le importara lo que yo hubiera dicho ni las carcajadas de los demás. Era evidente que le hablaba a ella y que esperaba una respuesta más comprometida.

12:16 Mi hermana, en lugar de apartarse, parecía intrigada. con una chispa de curiosidad que me hizo sentir un mal presentimiento. El resto de la cena continuó, pero ya no fue igual. Yo notaba cómo la tía buscaba la atención de su lema en cada comentario, preguntándole qué animal le gustaría ser, cómo imaginaba la experiencia de correr por el monte sin ser reconocida.¿ O qué haría si pudiera entrar a las casas sin ser vista? Después de esa noche, las visitas de Clara a nuestra casa cambiaron. Antes llegaba saludando a todos por igual, preguntando por los vecinos o contando noticias del pueblo. Ahora parecía interesada solo en su lema. Se sentaba junto a ella en la cocina, le traía frutas o hierbas envueltas en papel, y le hablaba en voz baja, como compartiendo secretos que no quería repetir frente a mí.

13:09 Yo la miraba desde la distancia, tratando de convencerme de que eran cosas sin importancia. Pero con el tiempo fue imposible no notar la cercanía especial que había surgido entre ellas. Zulema empezó a mostrarse más reservada conmigo. No es que me negara conversación, pero ya no me contaba todo como antes. Cuando le preguntaba qué tanto le decía la tía, respondía que eran consejos de mujer, cosas para protegernos o para atraer buena suerte. Lo decía con una sonrisa tranquila, y yo prefería no insistir. Me quedé pensando muchas veces en aquella frase durante la cena, cuando Clara le ofreció enseñarle a transformarse en cualquier animal. Con el paso de los días, la tía Clara comenzó a mostrarle a Zulema lo que ella llamaba los primeros pasos para poder transformarse. No eran consejos comunes ni prácticas que se parecieran a rezos o remedios de campo. Eran cosas extrañas, incómodas. Lo primero que le pidió fue que comiera patas de araña. Yo estaba presente cuando se lo dijo. Clara había llegado con un frasco pequeño dentro del cual había restos de insectos secos.

14:20 Con calma le explicó a Zulema que debía tomarlos como si fueran medicina, que aquello ayudaría a preparar su cuerpo. Zulema lo hizo sin dudar, como si creyera firmemente en la palabra de nuestra tía. Yo al ver eso no pude contener la risa nerviosa y le pregunté si no le daba asco. Ella respondió con seriedad que no, que confiaba en lo que la tía le enseñaba. Me dejó asustada un poco, porque nunca había visto a mi hermana aceptar algo tan desagradable con tanta facilidad. Después vinieron otras instrucciones. La tía le dijo que debía dormir algunas noches en el piso, con un trapo sucio extendido bajo la espalda.

15:03 Según ella, eso ayudaba a que los espíritus del monte reconocieran su olor y la aceptaran como parte de ellos. Zulema obedeció sin protestar. Mientras yo dormía en la cama, la veía recostarse en el suelo de tierra apisonada, tapándose apenas con un rebozo viejo. El cuarto se llenaba de un olor húmedo y desagradable, y aunque me costaba conciliar el sueño, ella permanecía ahí, firme en la idea de que estaba siguiendo un aprendizaje. Otra de las órdenes de la tía fue beber agua de un cuenco dejado afuera, junto al patio. Decía que, si lo dejaba toda la noche, al amanecer tendría la energía del ser en que quería transformarse.

15:46 Yo me reí de nuevo cuando escuché eso, pero Zulema lo tomó con seriedad. Cada madrugada antes de desayunar iba al patio y bebía del cuenco, aunque el agua estaba turbia con polvo y hojas caídas. No podía creer lo que estaba pasando. Ver a mi hermana hacer esas cosas me llenaba de rabia e impotencia. Varias veces intenté detenerla. Le decía que eran tonterías, que la tía se estaba burlando de ella, que lo único que conseguía era enfermarse. Pero su lema me respondía que yo no entendía, que era algo que iba más allá de lo que se podía explicar con palabras. Decía que Clara le había confiado secretos que yo no estaba lista para escuchar. Esas diferencias comenzaron a generar discusiones entre nosotras. Yo me molestaba cada vez que la veía tragarse las patas de araña o acostarse en el suelo como si fuera un animal. Me daba miedo que terminara enferma o que su mente se llenara de ideas que la alejaran de la realidad. Ella se defendía, me acusaba de querer detenerla, de no dejarla crecer, de burlarme siempre de lo que no entendía. En más de una ocasión terminamos la noche sin hablarnos, cada una dando la espalda a la otra. Lo que más me preocupaba era la seriedad con la que lo hacía. Zulema siempre había sido alegre, bromista, dispuesta a dejar las cosas a medias cuando se aburría, pero con las órdenes de

17:16 la tía era distinta. No reía, no dudaba, no se quejaba. Las cumplía con una disciplina que me asustaba, como si hubiera encontrado en Clara una guía que valía más que cualquier consejo mío. Zulema no sólo obedecía las órdenes de la tía Clara, sino que cada vez se mostraba más convencida de que aquello tenía sentido. Ya no lo hacía con la timidez de las primeras veces, ahora se la veía decidida. La tía le repetía una y otra vez que la clave era la disciplina, que debía aprender a soportar el asco y el cansancio porque solo así llegaría a conseguir poder. Le decía que los animales del monte no aceptaban a cualquiera, que solo quienes se sometían podían alcanzar la transformación. Yo escuchaba esas palabras, preguntándome cómo era posible que su lema se tragara todo aquello sin cuestionarlo.

18:11 Lo peor era verla sentir con seriedad, como si estuviera recibiendo una enseñanza sagrada. Con el paso de las semanas, noté que la relación entre ellas se volvía cada vez más estrecha. Clara llegaba casi todos los días, y cuando lo hacía, ya no saludaba a todos con la misma amabilidad. Apenas entraba a la casa, buscaba a Zulema y se sentaba a su lado, hablándole en voz baja, compartiéndole hierbas envueltas en periódicos o frascos con líquidos turbios. Yo trataba de acercarme para escuchar, pero se callaban en cuanto notaban mi presencia. Eso me llenaba de enojo, porque era evidente que querían dejarme fuera de todo. Yo ya no podía callarme cuando veía a mi hermana dormir en el piso.

18:57 o beber agua sucia como si fuera remedio. Le reclamaba, le decía que estaba loca, que se estaba dejando engañar. Ella me respondía con un enojo que no le conocía, acusándome de querer limitarla, de tener miedo de lo que no entendía. Nuestras discusiones se volvían cada vez más frecuentes, al grado de que la casa se llenaba de gritos en las noches. Mis padres preferían no meterse, tal vez porque no querían enfrentarse a Clara o porque les costaba aceptar lo que estaba pasando dentro de su propio techo. Recuerdo una ocasión en que discutimos tan fuerte que pensé que terminaríamos a golpes. Yo le arrojé el cuenco con agua turbia que había dejado en el patio, y ella corrió a llorar como si hubiera perdido algo valioso. La tía Clara apareció justo en ese momento. En lugar de calmarla, se inclinó hacia ella y le dijo que no se preocupara, que siempre habría más pruebas que superar y que esas lágrimas eran parte del aprendizaje. Después me miró como si yo fuera la ignorante, y siguió conversando con su lema como si nada hubiera ocurrido. Esa actitud me desesperaba. Clara actuaba como si todo fuera normal, como si lo que le pedía a mi hermana no tuviera nada de raro ni de peligroso. Nunca reconocía mi preocupación, nunca se dirigía a mí para explicarme qué pretendía con tantas prácticas. Era como si me borrara del cuadro, como si yo no existiera cuando estaba con su lema. Eso me hacía sentir

20:30 aislada dentro de mi propia casa, viendo como mi hermana se alejaba cada vez más de mí para acercarse a alguien que en el fondo yo sabía que no le traería nada bueno. Aquella noche me costaba conciliar el sueño. La casa estaba en silencio, pero afuera se escuchaban ruidos que no eran comunes. Pasos rápidos, como de alguien descalzo sobre la tierra, y un jadeo que venía y se iba. Pensé que serían perros hurgando en los botes de basura, pero el sonido era distinto, más pesado, como si arrastrara algo detrás. Me levanté con cuidado para no despertar a mis padres y me asomé por la ventana del cuarto, pero no vi nada. Abrí la puerta trasera y salí al patio. El aire estaba fresco y el cielo apenas iluminado por la luna. Caminé hasta la reja, con el corazón latiendo más rápido de lo normal, tratando de ubicar de dónde provenían los ruidos. Fue entonces cuando la vi.

21:31 A pocos metros, en medio de la calle polvorienta, Zulema avanzaba en cuatro patas, con una rapidez y una fuerza que jamás le había visto. No se movía como alguien que jugaba o que imitaba a un animal. Sus brazos y piernas se apoyaban con firmeza en el suelo, y su cuerpo se impulsaba hacia adelante con un ritmo que parecía natural, como si lo hubiera hecho toda su vida. Me quedé paralizada, no podía creer lo que estaba viendo. La ropa de Zulema estaba sucia, pegada a su piel por el sudor. y su cabello caía hacia adelante cubriéndole parte del rostro. Era como si me encontrara frente a otra cosa. Traté de llamarla, pero la voz se me atoró en la garganta. Solo logré soltar un murmullo que ni siquiera llegó hasta ella. Cuando por fin conseguí dar un paso hacia adelante, su lema ya estaba a punto de llegar al cruce de la calle, y aunque quise alcanzarla, mis piernas no me respondían. En un intento desesperado, grité su nombre, pero no volteó. Ni siquiera dio señales de reconocerme.

22:39 Corrí unos metros detrás de ella, descalza. La tierra me raspaba los pies, pero fue inútil. Zulema se internó en la oscuridad del camino de terracería y desapareció como si se la hubiera tragado la noche. Me quedé allí, con el pecho agitado, temblando de pies a cabeza y con la certeza de que lo que había visto no era un sueño ni una confusión. Era real. Volví a la casa tambaleándome con las manos heladas y con mucho miedo. Cerré la puerta con cuidado, temiendo que mis padres despertaran y me preguntaran qué hacía afuera a esas horas. Me acosté en la cama, pero fue imposible dormir. La imagen de Zulema corriendo en cuatro patas me venía una y otra vez a la mente. me preguntaba qué habría detrás de esa transformación hasta dónde había llegado la influencia de la tía clara y que más estaba dispuesta a ser mi hermana la madrugada se me hizo eterna me hacía pensar que su lema estaba regresando que entraría arrastrándose por el patio como un animal cuando por fin la luz del amanecer comenzó a colarse por las rendijas de la ventana mi angustia no había disminuido al contrario Me dolía la cabeza de tanto imaginar lo peor. La vi entrar a la casa poco después, con la ropa revuelta y los pies cubiertos de tierra. Caminaba tranquila, como si nada hubiera pasado. No me atreví a preguntarle dónde había estado ni por qué la había visto de esa manera. Solo

24:11 me quedé callada. La mañana me levanté temprano, esperando ver a Zulema en el cuarto o en la cocina. Pero su cama estaba vacía y la casa en silencio. No había señales de que hubiera dormido allí. Sentí un hueco en el estómago, porque lo que había visto la noche anterior no me dejaba tranquila. Pregunté a mi madre si sabía dónde estaba, pero respondió que no, que quizá había salido al molino o con alguna vecina. Yo sabía que no era así. Pasaron las horas. Miraba por la ventana cada vez que escuchaba pasos en la calle, con la esperanza de verla aparecer. Nadie en la familia parecía preocupados como yo, quizá porque estaban acostumbrados a las ausencias ocasionales de su lema. pero para mí era distinto. Conocía demasiado bien las rarezas en las que estaba metida y entendía que algo no andaba bien. Fue hasta pasado el mediodía cuando la vi regresar. Venía caminando despacio, con el cabello enredado, la ropa rota en varias partes y manchas de tierra pegadas a la piel. Lo que más me impresionó fueron las heridas en sus piernas, raspones profundos que todavía sangraban en algunos puntos. Se sostenía de la pared como si le costara mantenerse en pie. Corrí hacia ella y le pregunté qué había pasado, dónde había estado, pero apenas me miró y respondió que estaba cansada. No quiso dar más explicaciones.

25:40 Se encerró en el cuarto y no salió en el resto del día. Yo quería gritarle a mis padres lo que había visto la noche anterior. contarles que había corrido como un animal hasta perderse en la oscuridad, pero no me atreví. Los días siguientes fueron todavía peores. Zulema empezó a enfermarse de una manera extraña. Al principio se quejaba de mareos, como si el piso se moviera bajo sus pies. Luego vinieron los vómitos que la dejaban débil y pálida. apenas podía probar bocado sin que el estómago se le revolviera también comenzó a caminar con dificultad arrastrando los pies como si las piernas no le respondieran yo la miraba y sentía que se me partía el alma porque esa no era la hermana fuerte y vivaz que conocía sino una muchacha consumida por algo que no podía explicar Intenté convencerla de que dejara esas prácticas, que lo que estaba haciendo no la llevaba a ningún lado, solo a enfermarse más.

26:42 Se lo dije con lágrimas en los ojos, rogándole que pensara en sí misma y en la familia. Pero ella se aferraba a las palabras de la tía. Me repetía que todo sacrificio tenía un costo, que estaba pasando por pruebas necesarias. que debía soportar el dolor si quería alcanzar la transformación. La tía Clara, por su parte, actuaba como si no pasara nada fuera de lo normal. Cuando venía a visitarnos y veía a su lema pálida y temblorosa, le decía que era parte del proceso, que debía tener paciencia y no rendirse. Nunca le ofrecía un remedio real ni mostraba preocupación por su salud. Yo sentía que en su mirada había algo frío, como si disfrutara ver a mi hermana debilitada, como si cada síntoma confirmara que estaba más cerca de lo que buscaba. Mis padres notaban que Zulema estaba enferma, pero no sabían a qué atribuirlo. en más de una ocasión estuve a punto de contar todo lo que había visto no había noche en la que pudiera dormir tranquila escuchaba sus quejidos desde mi cama o el ruido de sus pasos tambaleantes cuando intentaba ir al patio a beber agua de los cuencos que seguía dejando afuera yo sabía que esas prácticas la estaban matando lentamente pero ella se aferraba con uñas y dientes a la idea de que todo eso la llevaría a un poder mayor y yo solo podía observar cómo mi hermana se hundía más en el camino que Clara había trazado para ella.

28:15 El deterioro de su lema fue tan rápido que, en cuestión de semanas, dejó de ser la muchacha fuerte y alegre. Su cuerpo se fue apagando poco a poco, hasta que ya no podía levantarse de la cama sin ayuda. Tenía los ojos hundidos, la piel amarillenta y las piernas tan débiles que apenas lograba dar unos pasos antes de caer. Lo que empezó como mareos y vómitos se convirtió en una enfermedad. Mis padres, muy asustados, la llevaron a un médico del pueblo cercano. Yo los acompañé y recuerdo bien la expresión de aquel hombre cuando la revisó. No tardó mucho en dar su veredicto. Zulema había ingerido algo que le había provocado daños irreversibles en el estómago y en el sistema nervioso. Dijo que no se trataba de una enfermedad común ni de un virus, sino de un envenenamiento lento.

29:06 No había cura posible, solo cuidados para evitar que empeorara más. Yo sabía lo que ella había tragado, lo había visto con mis propios ojos. Recordaba las patas de arañas secas, las aguas turbias de los cuencos y las hierbas sospechosas que la tía Clara le entregaba envueltas en papel. Mientras mis padres se lamentaban por la desgracia, yo lo tuve claro. Zulema no se enfermó sola, alguien la había llevado hasta allí. Y esa persona era Clara. Apenas regresamos del consultorio, enfrenté a mi tía sin importarme si mis padres escuchaban. Le dije que ella había sido la responsable de la desgracia de mi hermana, que la había manipulado con sus palabras de poder y disciplina hasta llevarla a destruir su propio cuerpo.

29:56 Clara no se defendió ni se inmutó. Me miró y solo dijo que su lema había elegido ese camino por voluntad propia. Esa indiferencia me hizo temblar de coraje. A partir de ese día decidí que no permitiría que volviera a poner un pie en nuestra casa. Se lo dije a mis padres y aunque al principio dudaron, al final aceptaron porque ya no podía negar el daño evidente. Cuando Clara intentó regresar, la enfrenté en la puerta y le prohibí acercarse a Zulema. Ella sonrió como si mis amenazas no significaran nada, pero se fue. Desde entonces nunca volvió a tener el mismo contacto con nosotros. Zulema sobrevivió, pero ya no fue la misma. Sus piernas nunca se recuperaron y quedó con una discapacidad que la obligó a usar bastón desde muy joven. Su carácter también cambió. Yo la cuidaba lo más que podía, pero en mi interior sabía que había perdido a la Zulema de antes. Con los años, Clara siguió viviendo en el mismo pueblo. Nunca enfrentó castigo ni señalamiento directo. Todos sabían de lo que era capaz, pero nadie se atrevía a acusarla de frente. Para nosotros se volvió un fantasma incómodo, siempre cerca, siempre temida. Hoy, al recordar todo lo que pasó, sé que aquella mujer nos arrebató a mi hermana de la manera más cruel.

31:20 No la mató, pero la transformó en alguien distinto, apagando sus sueños y robándole la fuerza que la distinguía. Yo la culpo por cada paso que su lema ya no puede dar, por cada mirada perdida que se queda fija en la nada. Cuando llegué a vivir a esa colonia, todo era nuevo. Las calles apenas estaban pavimentadas y en algunas ni siquiera había postes de luz, así que al caer la noche la oscuridad cubría casi todo. Las casas se levantaban rápido, una tras otra, pero la mayoría seguían en obra negra, muros de bloc sin aplanar, techos con varillas expuestas, puertas improvisadas de lámina o de madera vieja.

32:09 Poco a poco iban llegando familias jóvenes, parejas que buscaban su primera vivienda, matrimonios con niños pequeños que preferían soportar la incomodidad con tal de tener un espacio propio. Yo era uno de esos vecinos, al principio todos compartíamos la misma ilusión de empezar en un lugar nuevo, aunque faltaran servicios y el transporte fuera escaso. Las tardes se llenaban con el ruido de albañiles trabajando, el polvo de la mezcla, y el golpeteo de los martillos que parecía no terminar nunca. Pero lo que más me llamaba la atención era el lote baldío que quedaba en la esquina de nuestra calle. Nadie construía allí, aunque estaba delimitado por bardas bajas y tenía acceso para edificar. Era un terreno en apariencia común, lleno de hierba alta y montones de basura que se acumulaban con el viento. Desde los primeros meses empezamos a notar algo extraño. Todas las noches, casi a la misma hora, los perros de la colonia comenzaban a ladrar sin parar hacia ese mismo terreno. Primero, lo tomamos como algo normal.

33:17 Pensamos que, tal vez, había tlacuaches, ratas grandes... La idea de que fueran animales salvajes no nos preocupaba demasiado, porque estábamos en las orillas de la ciudad y era común que se colaran. Pero los ladridos se volvieron una constante. No eran simples avisos ni ladridos sueltos. Se escuchaban largos, intensos, como si los animales estuvieran enojados o aterrados. Lo más inquietante era que siempre iban dirigidos hacia el mismo punto oscuro del terreno, un rincón donde la hierba crecía más alta y densa. Ahí fijaban la mirada, ahí gruñían y ahí se quedaban horas enteras, sin que nada ni nadie pudiera calmarlos. Recuerdo que la primera vez que lo comentamos fue durante una junta improvisada entre vecinos, afuera de una de las casas en construcción. Varios coincidimos en que los ladridos nos estaban quitando el sueño, y que parecía raro que siempre fueran en la misma dirección. Uno sugirió que quizá alguien había enterrado carne o desperdicios y que eso atraía a los perros. Otro dijo que podía tratarse de personas escondiéndose, tal vez drogadictos que usaban el terreno vacío como refugio. Pasaban los días y la situación no cambiaba.

34:36 Todas las noches, sin excepción, los perros se desataban al caer la oscuridad. Algunos vecinos, molestos, intentaban callarlos con gritos o aventándoles agua, pero era inútil. Los animales no apartaban la vista de aquel punto en el baldío. Más de una vez pensé que si los perros actuaban así era porque veían algo que nosotros no podíamos ver. Lo más extraño era que durante el día los perros no mostraban interés en el terreno. Corrían, jugaban o descansaban sin siquiera acercarse al rincón donde de noche ladraban sin descanso. Era como si solo en la oscuridad algo se manifestara ahí. Con el tiempo, los ladridos se hicieron parte de la rutina.

35:19 A las once de la noche empezaban los primeros, y poco después se les unían todos los perros de la colonia, como si se pusieran de acuerdo. Los más cercanos a ese lote eran los que más se desesperaban. Se erizaban, mostraban los colmillos y se lanzaban contra la barda baja como queriendo saltar. Los que estábamos en casa escuchábamos todo y nos mirábamos entre nosotros. La tensión aumentó con los días. Algunos vecinos empezaron a evitar pasar frente al terreno de noche. Aunque la calle estuviera oscura y significara dar más vuelta, otros prefirieron no hablar del tema, como si ignorarlo lo hiciera menos perturbador. Yo cada vez que escuchaba a los perros me quedaba despierto, tratando de distinguir alguna figura entre las sombras del lote. Nunca vi nada, solo la hierba moviéndose con el viento, pero los animales seguían ahí, ladrando como si algo invisible se plantara frente a ellos. fue así como la colonia a pesar de ser nueva y llena de familias jóvenes empezó a sentir ese ambiente raro con el paso del tiempo ese rincón se volvió un punto de conversación ya no era sólo que los perros ladraran todas las noches sino que lo hacían todos al mismo tiempo como si hubieran recibido una señal que nosotros no percibíamos los vecinos empezaron a comentar entre ellos lo raro que resultaba esa coincidencia No importaba si eran perros

36:51 grandes o pequeños, callejeros o de caza, todos se ponían alerta y fijaban la vista en el mismo punto. Algunos lo tomaban a broma, decían que seguro había un vagabundo escondido o que el baldío servía de madriguera a algún animal. Pero, en el fondo, nadie se atrevía a comprobarlo. Había algo en la forma en que los perros jalaban de sus cadenas, golpeando las bardas y arrastrando los costales o láminas que los dueños les ponían de límite, que nos hacía sentir que se enfrentaban algo más. Ninguno de nosotros quería asomarse de verdad. Fue entonces cuando un vecino, don Ramiro, una tarde, lo escuchamos decir que él iba a vigilar, que no se quedaría con la duda mientras los demás se encogían de hombros. Nos aseguró que iba a llevar su lámpara y que, si veía a alguien husmeando en el lote, lo correría a gritos. Nadie quiso acompañarlo y, en realidad, tampoco insistió. Pasada la medianoche, cuando los ladridos volvieron a comenzar, don Ramiro salió de su casa con la lámpara en la mano. Algunos vecinos, yo entre ellos, lo vimos desde las ventanas. Caminó hasta la barda baja del lote y apuntó la luz hacia el interior. Después nos contaría lo que vio, aunque al principio ni siquiera quiso hablar. Según su versión, entre las hierbas altas, alcanzó a distinguir una silueta distinta a la de los perros de la colonia.

38:19 Era más grande, más robusta, y lo que lo asustó fue que no estaba en cuatro patas, sino de pie, erguido como una persona. En el reflejo de la lámpara, Lo que parecía un perro enorme se sostenía sobre las patas traseras y miraba en dirección a las casas, como si estudiara a la gente que dormía adentro. Don Ramiro se quedó paralizado unos segundos sin poder bajar la lámpara ni apartar la vista. Lo que más lo perturbó fue que la criatura no reaccionó a las de luz, no se movió ni trató de huir, simplemente permaneció observando. Dijo que su tamaño era descomunal, al menos el doble de cualquier perro normal. El miedo le ganó y salió corriendo.

39:03 Abandonó la lámpara en el camino y se encerró en su casa. Nadie escuchó más de él esa noche. Fue hasta el día siguiente cuando los vecinos lo encontramos sentado en la banqueta que contó lo sucedido. Se veía muy cansado. No quiso dar muchos detalles, solo repitió que no era un perro cualquiera, que nunca había visto nada parecido. Ese día todos lo notamos más callado, ni siquiera bromeaba como antes, y aunque algunos quisieron pensar que lo había imaginado, el hecho de que un hombre tan terco y acostumbrado a la calle terminara así de asustado, nos dejó intranquilos a todos. Nadie volvió a dudar que en ese baldío pasaba algo extraño.

39:47 La mañana siguiente yo me levanté temprano, como de costumbre, para barrer el frente de mi casa, y varios vecinos estaban reunidos en pequeños grupos. Me acerqué sin entender, y fue entonces cuando vi a Don Chema, el de la esquina, parado frente a lo que quedaba de sus gallinas. Las aves estaban tiradas en el suelo, rígidas, pero lo más perturbador era la manera en que las habían dejado. Tenían el pecho abierto de par en par, como si alguien las hubiera destripado con precisión, pero sin una gota de sangre alrededor. Era un cuadro tan antinatural que ni siquiera parecía obra de un animal salvaje. Los perros callejeros solían morder y desgarrar. dejando rastros de lucha. Pero esto era distinto.

40:34 Los cuerpos estaban intactos salvo por el hueco vacío donde debían estar las entrañas. No pasó mucho tiempo antes de que llegara otro vecino, gritando que, en su corral, habían encontrado dos chivos en las mismas condiciones. Varios fuimos a mirar y nos topamos con la misma escena. Los animales yacían de costado, abiertos, con los ojos vidriosos y sin sangre en la tierra. Las piedras y la tierra del corral estaban limpias, como si alguien hubiera limpiado cuidadosamente después de cometer semejante atrocidad. Nadie entendía cómo era posible. El horror creció aún más cuando se supo que hasta un perro había sido encontrado de esa manera. Era el animal de Doña Marta, una mujer mayor que vivía sola con él.

41:22 Lo halló en su patio, echado como si durmiera, pero al acercarse notó la abertura en el abdomen. Ella gritaba y lloraba en la calle, diciendo que se lo habían matado de manera diabólica. Nadie se atrevía a contradecirla porque lo que vimos no parecía obra de nada conocido. Los dueños de los animales estaban muy asustados, incapaces de encontrar una explicación lógica. Algunos querían pensar que podía tratarse de personas con malas intenciones. Pero,¿ qué clase de gente haría algo así, sin llevarse nada, sin dejar señales de entrada ni huellas de sangre? Otros repetían que, tal vez, era un animal salvaje desconocido. Aunque eso no explicaba la precisión con que habían quedado los cuerpos. El rumor comenzó a correr rápido entre las familias. Los niños escuchaban las conversaciones de sus padres y se asustaban tanto que no querían salir a jugar. las madres prohibieron dejar gallinas sueltas en los patios y los hombres se turnaban para vigilar por las noches aunque en el fondo nadie quería enfrentarse a lo que fuera que anduviera rondando aquello no podía ser un perro común recordábamos lo que don ramiro había visto en el baldío la noche anterior una figura enorme erguida sobre dos patas con la calma de alguien que sabe que los demás no se atreverán a acercarse ahora con los animales muertos sus palabras cobraban un sentido aterrador tal vez esa cosa no sólo se mostraba entre las hierbas

42:56 sino que ya estaba entrando a los patios cazando sin que nadie lo escuchara Los más mayores empezaron a decir que en los montes de Sonora y Sinaloa se contaban historias viejas sobre animales que caminaban como hombres, seres que salían de noche a alimentarse del ganado, dejando los cuerpos abiertos y vacíos. Nunca faltaba quien conociera a alguien que había escuchado esos relatos de niño. Yo no quería creerlo, pero ver los cuerpos tendidos frente a mí me obligaba a considerar que quizás esas historias no eran solo leyendas. El resto del día lo pasamos entre discusiones. Algunos pensaban en llamar a las autoridades, pero otros aseguraban que no serviría de nada. que se reirían de nosotros o dirían que fueron coyotes. Decidimos guardar silencio hacia afuera y mantenernos unidos entre los vecinos. Por la noche, cada quien reforzó como pudo sus casas. Candados nuevos, cadenas en las puertas, varillas atravesadas en las ventanas. Pero si algo había sido capaz de abrir animales sin dejar rastro, también podía entrar a nuestras casas si se lo proponía. En cuestión de horas pasó a convertirse en un sitio donde todos caminábamos con miedo, donde cada sombra y cada ruido nos recordaba que lo que rondaba en la oscuridad no tenía nada de normal. Los animales también empezaron a desaparecer de los patios.

44:25 Antes era común ver gallinas picoteando en los solares, chivos amarrados en los baldíos y perros echados en la banqueta. Pero tras lo ocurrido, la mayoría de los vecinos guardaba a sus animales en cuartos cerrados, improvisando jaulas con tablas o metiéndolos en las mismas habitaciones donde dormían las familias. Nadie se atrevía a dejar a sus animales afuera. Alguien aseguraba haber visto sombras moverse entre la hierba. Otro decía que escuchó un gruñido profundo cuando pasó cerca en la madrugada. La gente se reunía en pequeños grupos para comentar lo mismo una y otra vez, tratando de encontrar una explicación.

45:06 Fue en esas charlas donde empezaron a surgir historias que muchos conocían de oídas, pero que hasta entonces parecían cosas lejanas, propias de pueblos más viejos. Historias de nahuales que se transformaban en animales para atacar a la gente, o de brujos que trabajaban con fuerzas oscuras y dejaban señales en los baldíos. Se hablaba de pactos, de hombres que se vestían con pieles de animales y vagaban por las noches buscando carne. Algunos vecinos recordaban haber escuchado relatos similares en sus pueblos de origen y los contaban con detalle, haciendo que los demás se miraran unos a otros. Lo que hasta hacía poco eran supersticiones. Se volvió una posibilidad real que nadie quería descartar. Comenzaron a poner cruces de madera en sus puertas o a esparcir sal en las entradas.

45:59 Cada familia buscaba la forma de protegerse, aunque nadie estaba seguro de que eso funcionara. Los hombres comenzaron a organizarse para rondar en las noches, armados con palos, machetes y algunas lámparas. No era una guardia oficial, sino turnos improvisados en los que se quedaban vigilando en las esquinas, tratando de mostrar que no estaban dispuestos a dejar que algo más ocurriera. El simple hecho de reunirse les daba valor, aunque en el fondo todos sabían que, si aparecía lo mismo que había matado a los animales, poco podrían hacer con sus armas improvisadas. Yo también participaba en esas vigilias.

46:39 Recuerdo bien cómo se sentía estar parado en la banqueta, con la lámpara en la mano, escuchando los ruidos del monte y los ladridos lejanos de los perros. Nadie quería dejar todo a la suerte, menos después de lo que había pasado con los animales. Se formaron grupos de tres o cuatro personas, elegidos entre los hombres de la colonia y algunos jóvenes. Cada noche nos reuníamos poco antes de la medianoche en la esquina más cercana al lote baldío. Allí repartíamos quién cubría qué calles y cuánto tiempo permanecía cada grupo en su turno. El armamento era improvisado. La mayoría llevaba palos gruesos, trozos de varilla o tubos de construcción.

47:20 Otros preferían los machetes. afilados durante la tarde como si fueran a usarlos contra alguien apenas los postes funcionaban en toda la colonia y la oscuridad hacía que cualquier sombra pareciera más grande de lo que era algunos incluso llevaron silbatos con la idea de que si algo ocurría los demás podrían salir corriendo en ayuda La primera noche de rondín, caminábamos despacio, con los ojos fijos en cada rincón oscuro, esperando ver algún movimiento entre la maleza del baldío. No sucedió nada fuera de lo común, salvo los ladridos incesantes de los perros. Esa rutina se repitió las noches siguientes.

48:02 Apenas caía la oscuridad, los animales comenzaban con sus ladridos. siempre dirigidos al mismo punto del terreno. El cansancio comenzó a sentirse pronto. No era fácil pasar la jornada en el trabajo y luego sacrificar las pocas horas de descanso para caminar en silencio por calles. Algunos bostezaban en plena guardia, otros se quejaban de dolor en las piernas por tanto recorrer la colonia de un extremo a otro. Caminábamos hombro con hombro, con las lámparas apuntando a todas partes, imaginando que en cualquier momento veríamos asomar la figura que había descrito don Ramiro. Las noches pasaban y la vigilancia continuaba.

48:45 Algunos vecinos comenzaron a proponer que era inútil, que tal vez exagerábamos y que solo se trataba de perros callejeros o de algún coyote perdido, pero nadie se atrevía a dejar el rondín. En más de una ocasión los silbatos sonaron, no por un ataque, sino porque alguien creyó ver una sombra moverse entre las bardas incompletas, o juró escuchar pasos detrás de las casas. Al llegar nunca encontrábamos nada, salvo los perros enloquecidos ladrando hacia el baldío. Esos momentos de alarma nos dejaban con el corazón acelerado, como si de verdad hubiéramos estado a punto de toparnos con aquello que todos temíamos. El cansancio acumulado comenzó a reflejarse en el día.

49:29 La gente iba a trabajar con ojeras, aún así nadie proponía suspender los rondines. Al contrario, parecía que mientras más tensión había, más empeño poníamos en mantener la vigilancia. Una madrugada yo caminaba con dos vecinos más, machete en mano y la lámpara apuntando hacia el baldío, cuando escuchamos que los perros de las casas cercanas comenzaron a ladrar de forma distinta. No eran los ladridos de costumbre, llenos de enojos contra un punto invisible, sino ladridos cortados, como si no supieran si atacar o retroceder. Nos detuvimos un momento mirando hacia el lote. En medio del terreno, entre la hierba seca y los montones de basura que los albañiles habían dejado olvidados, se distinguía una silueta. Era más baja de lo que esperábamos, encorvada, pero se movía con torpeza como si apenas pudiera sostenerse en pie. Nos acercamos despacio, iluminando con la lámpara. y fue ahí cuando el haz de luz reveló algo que nos dejó helados un hombre desnudo cubierto de lodo hasta la cintura con el cabello pegado al rostro y la mirada perdida el cuerpo estaba lleno de raspones cortes superficiales en brazos, piernas y pecho como si hubiera corrido sin rumbo entre piedras y ramas tenía la piel marcada por espinas y moretones recientes señales de que no había estado en un lugar seguro en mucho tiempo Apenas se balanceaba de un lado a otro,

51:00 respirando con dificultad, y cada tanto murmuraba algo que no entendíamos, sonidos que no parecían formar palabras. Al principio pensamos que era un borracho que se había perdido en la madrugada, o quizá algún drogadicto que había terminado allí después de una mala noche. La colonia todavía estaba en construcción y no era raro que vagabundos rondaran los terrenos vacíos. Nos miramos unos a otros sin saber qué hacer. Era peligroso dejarlo suelto, porque en ese estado podía atacar a cualquiera o lastimarse él mismo. Fue entonces cuando uno de los hombres decidió que lo mejor sería amarrarlo, al menos hasta que amaneciera y pudiéramos entregarlo a las autoridades. Buscamos un tramo de cuerda que uno llevaba en la mochila y nos acercamos a sujetarlo. El hombre no ofreció resistencia, pero tampoco colaboraba. Se dejaba manipular con una pasividad inquietante, como si ni siquiera se diera cuenta de lo que ocurría.

52:03 Sus ojos no miraban a ninguno de nosotros, sino a un punto lejano, invisible. Aún así, había algo en la tensión de sus músculos que nos mantenía en alerta. parecía que en cualquier momento podía soltarse y reaccionar con violencia le atamos las manos hacia atrás y luego lo hicimos caminar hasta una de las casas más cercanas en el trayecto algunos vecinos que escucharon el alboroto salieron con lámparas y se quedaron boquiabiertos al vernos arrastrar a un hombre desnudo y cubierto de lodo preguntaban de dónde había salido si alguien lo conocía pero nadie sabía Ninguna cara resultaba familiar.

52:45 Una señora dijo que en el monte, cuando alguien se entregaba a los malos trabajos de brujería, era común que terminara de esa forma, como si el cuerpo quedara vacío después de una transformación. Otros aseguraban que podía tratarse de un enfermo que había escapado de algún hospital psiquiátrico. Lo cierto es que nadie en la colonia lo había visto jamás, y eso lo hacía todavía más inquietante. Decidimos dejarlo atado en el patio de Don Filemón, que tenía una barda alta y un cuarto vacío donde podíamos encerrarlo sin riesgo. Lo acomodamos en una esquina dándole una cobija vieja para cubrirse, aunque no parecía sentir frío. Solo se quedó sentado con la espalda contra la pared, murmurando palabras que no entendíamos.

53:34 A ratos reía sin motivo, y a ratos parecía gruñir como un animal cansado. La vigilancia de esa madrugada se centró en él. Nadie despegaba los ojos de aquel desconocido, temiendo que en cualquier instante se levantara y mostrara una fuerza inesperada. Los perros no dejaban de ladrar, pero esta vez no lo hacían hacia el baldío, sino hacia la casa donde estaba encerrado el hombre. Era como si los animales reconocieran en él la misma presencia que habían señalado desde semanas atrás. Nadie quiso irse a dormir. Nos quedamos todos en vela hasta que comenzó a amanecer. Lo sentamos en una silla vieja y lo amarramos bien, usando otra cuerda más gruesa para asegurarnos de que no pudiera soltarse.

54:22 La mayoría mantenía la distancia, mirándolo con miedo. En ese momento surgieron las discusiones. Algunos vecinos insistían en que no era buena idea tenerlo allí, que lo mejor era entregarlo de inmediato a las autoridades. Decían que no se trataba de un borracho común ni de un vagabundo, sino de alguien peligroso. Recordaban cómo los perros habían reaccionado al verlo, ladrándole como si reconocieran algo oculto detrás de su aspecto humano. Otros pensaban que podía ser un enfermo o una persona perdida. y que lo mínimo era esperar a que llegara la patrulla antes de tomar una decisión. La tensión creció con cada minuto. El hombre seguía en silencio, con la cabeza baja, respirando fuerte, y de vez en cuando levantaba la vista para clavar sus ojos en cualquiera que se le acercara.

55:13 Esa mirada era lo que más nos incomodaba. No parecía la de alguien en estado de shock ni la de un enfermo. Era una mirada vacía. Pasaron casi dos horas antes de que la patrulla apareciera, cuando al fin vimos las luces de la camioneta acercarse por la calle principal. Muchos se comenzaron a sentir tranquilos. Queríamos quitarnos de encima la responsabilidad de tenerlo ahí. Los policías bajaron con gesto cansado. Eran dos, un hombre y una mujer. preguntaron qué ocurría y varios vecinos hablaron al mismo tiempo contando que lo habían encontrado desnudo cubierto de lodo y en medio del baldío la patrulla tardó en llegar porque la colonia aún no estaba registrada oficialmente y decían que habían batallado para dar con el lugar Cuando lo vieron, se quedaron un momento en silencio. Solo lo miraron con desconfianza, igual que nosotros.

56:09 El policía hombre preguntó si alguien lo conocía, y al escuchar las negativas, sacó unas esposas. Pero antes de usarlas, nos pidió soltar las cuerdas para ver cómo reaccionaba. Nadie quiso hacerlo. Fue don Filemón, dueño de la casa, quien aceptó aflojar un poco los nudos. El hombre, lejos de intentar liberarse, apenas se movió. Se quedó quieto con la misma mirada perdida, aunque los murmullos extraños continuaban, como si hablara solo en un idioma que nadie entendía. La mujer policía dijo que lo mejor era llevárselo sin perder más tiempo, así que entre ambos lo hicieron levantar y lo guiaron hacia la camioneta. Cuando lo sacaron a la calle, los perros de las casas comenzaron a ladrar, más fuerte que nunca.

56:57 El hombre no se inmutó. Caminaba con pasos lentos, las piernas temblorosas, pero sin resistirse. El lodo seco en su piel se caía en pedazos, dejando ver las marcas de los raspones y heridas frescas en todo el cuerpo. Los policías lo subieron a la parte trasera de la patrulla. aún atado con las cuerdas que le habían dejado en las muñecas. Los vecinos salieron de sus casas para ver. Cuando la patrulla se alejó por la calle de terracería, la colonia entera lo siguió con la vista hasta que desapareció en la distancia. Yo no estuve ahí para verlo con mis propios ojos, pero lo que voy a contar me llegó de boca de los que acompañaron a la patrulla esa madrugada. Lo supe por varios vecinos que juraban que jamás olvidarían lo que vieron, y lo repetían una y otra vez con la misma expresión de miedo. Ninguno buscaba exagerar. Todos coincidían en cada detalle, como si hubieran quedado marcados para siempre por lo que ocurrió. Dicen que en el trayecto hacia el pueblo... La camioneta avanzaba lentamente por las calles de terracería, mientras el hombre permanecía en la parte trasera, atado con las cuerdas y cubierto de lodo.

58:12 Los policías iban en silencio, atentos a cualquier movimiento, porque desde que lo subieron notaron algo extraño en él. De pronto, el hombre empezó a convulsionar. Su cuerpo se sacudía con fuerza. golpeando contra las paredes metálicas de la caja al principio pensaron que estaba teniendo un ataque y que se les iba a morir antes de llegar a la comandancia el policía que iba manejando aceleró intentando llegar más rápido mientras su compañera gritaba que aguantara que ya lo atenderían en el pueblo pero los movimientos se volvieron cada vez más violentos el sonido de los huesos tronando se escuchaba incluso desde el asiento delantero como si algo dentro de él estuviera rompiéndose y volviendo a armarse los gritos se mezclaron con un rugido grave Lo que más aterró a quienes estaban presentes fue ver cómo su cuerpo comenzó a deformarse frente a ellos. La piel se tensaba y se abría en partes, los brazos se alargaban, los dedos se transformaban en garras gruesas y los músculos se hinchaban como si algo estuviera creciendo bajo su carne. La cabeza se deformó también, con la mandíbula abriéndose más de lo posible hasta que ya no parecía un rostro humano, sino un hocico animal lleno de dientes filosos. Los testigos juraron que en cuestión de segundos dejó de ser un hombre. Lo que tenían frente a ellos era un animal enorme, imposible de describir

59:43 con exactitud, pero con la silueta de un perro monstruoso. Sus ojos brillaban rojos en la oscuridad de la caja, y cada respiración salía en forma de gruñidos profundos que estremecían a cualquiera. Las cuerdas que lo sujetaban no resistieron. Con un solo movimiento las reventó, como si fueran delgadas ramas. La patrulla entera se sacudió cuando la criatura golpeó las paredes desde adentro. El policía que conducía casi pierde el control, y los que iban en la parte trasera intentaron abrir la puerta para escapar, pero no tuvieron tiempo. La bestia saltó de un brinco y cayendo al suelo con una agilidad imposible para un cuerpo humano. Los vecinos que iban con los oficiales contaban que apenas pudieron cubrirse con los brazos cuando lo vieron salir. El animal, ya completamente transformado, cayó sobre el pavimento y en un segundo se lanzó hacia un callejón cercano, perdiéndose entre las primeras casas del pueblo.

1:00:44 Los ladridos de los perros comenzaron al instante. La patrulla frenó en seco. Los policías estaban pálidos, sin palabras, sin saber si perseguirlo o regresar. Al final... Nadie se atrevió a seguirlo. La noticia del escape no tardó en llegar a todos. Apenas amaneció, ya corría de boca en boca lo que había pasado con la patrulla. Algunos lo supieron porque los mismos policías lo dejaron caer en confianza, otros porque los vecinos que iban de acompañantes no pudieron guardar silencio. Lo cierto es que para el mediodía toda la colonia hablaba del hombre desnudo cubierto de lodo, que en medio del camino se había convertido en un animal enorme con ojos rojos y había desaparecido entre las casas. Nadie quería repetir los rondines. Después de lo que había pasado con el hombre del baldío, la idea de caminar armado con un machete o un palo se volvió ridícula.¿ De qué servía una lámpara o un silbato contra algo que podía romper cuerdas y saltar de una patrulla en movimiento? Así, poco a poco, se decidió suspender las vigilancias. Cada familia optó por encerrarse temprano, atrancar bien puertas y ventanas, y evitar salir después del anochecer. La vida diaria siguió su curso.

1:02:04 La gente iba a trabajar y los niños a la escuela, pero el ambiente nunca volvió a ser el mismo. El lote baldío quedó abandonado. Nadie se atrevió a levantar una casa en ese terreno, ni siquiera los albañiles que en su momento habían trabajado en la zona. Todo comenzó con algo que, en un principio, no parecía tan grave. La desaparición de gatos en la colonia. Yo lo noté porque tenía la costumbre de madrugar y barrer el frente de la casa. Y casi siempre veía a los mismos animales merodeando, echados en las banquetas o caminando sobre las bardas. De pronto dejaron de aparecer. Al principio pensé que era casualidad, pero los vecinos empezaron a comentarlo entre sí. Una señora de la esquina preguntaba si alguien había visto a su gata blanca, y un joven que vivía dos calles más abajo buscaba a su siamés. La explicación más lógica era que alguien se los estaba llevando para venderlos. La idea de un ladrón de mascotas parecía razonable porque no había señales de violencia. Nadie encontraba restos ni manchas de sangre.

1:03:20 Tampoco había maullidos de pelea o huida. Simplemente dejaban de regresar a sus casas. Esa teoría calmaba un poco a los dueños, pero la molestia crecía, porque los gatos eran parte de las familias. Recuerdo bien las escenas de esos días. Niños llorando porque no entendían por qué su gato no volvía, señoras pegando carteles de búsqueda en postes y tiendas, promesas de recompensa que colgaban en hojas arrugadas bajo el sol. En pocas semanas ya eran más de diez los gatos desaparecidos y la colonia entera estaba inquieta. No era normal que se fueran tantos en tan poco tiempo, y lo más extraño era que nadie había visto nada. La colonia era urbana, con casas pegadas una a la otra, bardas bajas y techos conectados por láminas y cables. Siempre había gente afuera, vendedores ambulantes, vecinos platicando en las esquinas, niños jugando en las banquetas. Resultaba difícil de creer que en un lugar tan habitado nadie hubiera notado lo que estaba pasando.

1:04:26 La explicación cambió una noche, cuando un niño aseguró haber visto algo que asustó a todos. Contó que, mientras buscaba su balón, alzó la vista hacia la azotea de una casa y alcanzó a ver a un hombre joven agachado, con algo entre las manos. El niño se quedó mirando, pensando que el tipo estaba arreglando cables o revisando el tanque de gas. Pero después distinguió que lo que sostenía era un gato y que no lo acariciaba ni lo alimentaba. Se lo estaba comiendo crudo, desgarrando el animal con los dientes. El niño gritó y corrió a contarle a su madre. Ella no quiso creerle, pensando que había tenido una pesadilla o que había confundido lo que vio. Pero el pequeño insistió con tal desesperación que al día siguiente la historia corrió por toda la colonia. No tardó en convertirse en un rumor fuerte. De la molestia se pasó al miedo.

1:05:25 Ya no se hablaba de ladrones de mascotas, sino de alguien que vivía entre nosotros, en esas mismas casas pegadas, capaz de hacer algo tan aterrador. Nadie sabía quién era ese hombre joven, ni en qué azotea lo había visto exactamente el niño. El testimonio del niño dividió por completo a la colonia. Algunos decían que se trataba de una simple imaginación, que el pequeño estaba sugestionado por tantas historias de los gatos desaparecidos. Aseguraban que un niño podía confundir sombras o inventar cosas para llamar la atención. Otros lo creyeron de inmediato. Decían que esa explicación encajaba con lo extraño del caso, que por fin había una razón para tantas desapariciones, y que solo alguien con una mente perturbada podía estar detrás de todo. La colonia se partió en dos bandos, los que intentaban restar la importancia y los que comenzaron a vivir con miedo. Lo cierto es que varios vecinos empezaron a recordar cosas que antes habían pasado por alto. Hubo quienes mencionaron que en las madrugadas escuchaban ruidos raros, como chillidos de animales, golpes en las azoteas o maullidos que terminaban de forma abrupta. al contarlo en voz alta coincidían en que esos sonidos parecían venir de los techos no de la calle lo que antes se había tomado como peleas entre gatos ahora sonaba distinto eran chillidos desgarradores como de sufrimiento Yo misma no pude negar

1:06:59 lo que escuché una noche. Mi hijo se despertó temblando y vino a mi cuarto para decirme que había oído maullidos cerca de su ventana. Decía que no eran normales, que eran gritos de dolor que lo hicieron llorar. Salía a asomarme, pero no vi nada en el patio ni en la calle. Desde entonces me convencí de que algo raro sí estaba pasando y que el niño que habló de aquel hombre en la azotea quizá había dicho la verdad. En medio de esa tensión, uno de los vecinos propuso organizar rondas de vigilancia nocturna. Argumentó que si lo que el niño había dicho era cierto, entonces había alguien rondando las casas con malas intenciones y que lo mejor era enfrentarlo entre todos. La idea fue aceptada. Era preferible desvelarse que seguir con esa sensación de indefensión. La primera noche de guardia fue más larga de lo que imaginamos. Nos reunimos varios en la esquina principal, algunos con lámparas, otros con palos o fierros por si llegaba a ser necesario.

1:08:05 Caminamos por las calles oscuras, atentos a cada ruido, pero lo único que encontramos fueron perros callejeros husmeando entre bolsas de basura y alguna que otra sombra movida por el viento. No vimos nada sospechoso y algunos se burlaron diciendo que habíamos perdido el tiempo. Aún así, esa primera ronda sirvió para algo importante. Nos dio unión. Vecinos que apenas se saludaban empezaron a conocerse mejor en medio de la vigilancia. Se hicieron grupos para turnarse cada noche, de manera que siempre hubiera alguien cuidando. La colonia, que hasta hacía poco había estado tranquila y desinteresada, se convirtió en un lugar donde la gente hablaba de estrategias, de señales para avisar si ocurría algo, y de cómo proteger a los suyos, aunque todavía no se había visto nada fuera de lo normal.

1:08:58 Pasaron varias noches en las que las rondas parecían inútiles, hasta que una madrugada dos de los hombres que hacían la vigilancia aseguraron haber visto algo extraño. Venían caminando por la calle más cercana al lote señalado, cuando alzaron la vista hacia la azotea y distinguieron movimiento. No se trataba de una sombra solitaria. sino de varias siluetas que parecían reunirse en el techo de la misma casa donde el niño había dicho que vio al hombre comiendo al gato. Los vigilantes contaron que no lograron distinguir rostros ni ropa con claridad, pero las figuras se inclinaban hacia adelante como si observaran algo en el suelo. Uno de ellos aseguró que mientras trataba de enfocar mejor con la lámpara, escuchó un maullido fuerte que lo asustó. era un grito desesperado distinto a cualquier pelea de gatos y se cortó de golpe como si alguien lo hubiera apagado con las manos los hombres se miraron entre sí y decidieron no acercarse más regresaron al punto de reunión y avisaron a los demás todavía temblando por lo que habían presenciado. A la mañana siguiente ya todos en la colonia sabían lo que había pasado. Las dudas se redujeron y ahora la mayoría estaba convencida de que algo raro ocurría en esa casa.

1:10:17 Ya no se trataba solo de rumores de un niño, sino de testigos adultos que afirmaban haber visto y escuchado algo real. Los vecinos comenzaron a hablar de tomar medidas más arriesgadas. Algunos proponían denunciar a la policía, pero otros decían que no serviría de nada, porque sin pruebas claras los oficiales no se moverían. La propuesta que tomó más fuerza fue la de vigilar desde los techos cercanos, para tener una vista más directa de lo que pasaba adentro. Se organizaron grupos pequeños con cuidado de no ser descubiertos y acordaron turnarse para trepar a las azoteas y observar.

1:10:59 Recuerdo la primera noche en que lograron acercarse lo suficiente. Unos hombres se subieron al techo de la casa y desde allí tuvieron vista parcial hacia el interior de un cuarto iluminado tenuemente. Contaron que la luz era amarillenta, como de velas, y que adentro había varias personas reunidas. No podían precisar cuántas, pero no eran menos de cinco o seis. Lo más inquietante fue que no hablaban como en una reunión común. De aquel lugar salían cantos bajos repetitivos, con un ritmo que se sostenía por varios minutos. Al describirlo después, dijeron que no era música, tampoco rezos conocidos. Era una especie de murmullo colectivo que se elevaba y caía en intervalos, como si solo ellos entendían. Ese sonido se mezclaba con los lamentos apagados de animales que parecían venir desde dentro.

1:11:53 Nadie en la colonia había escuchado algo semejante. Esa misma noche, los hombres bajaron apresurados, convencidos de que allí dentro se hacía algo que no tenía explicación normal. A partir de entonces, la colonia dejó de estar simplemente preocupada. Ahora, la gente tenía miedo real. el rumor ya no era un simple cuento de niños esa noche los vecinos que habían subido a las azoteas regresaron pálidos dijeron que al asomarse con cuidado por una rendija del techo alcanzaron a ver la escena completa dentro del cuarto iluminado No eran solo sombras ni murmullos. Había varias personas, jóvenes y adultos, reunidos alrededor de un círculo extraño pintado en el suelo. Cada uno sostenía un gato entre los brazos y los animales se retorcían maullando con desesperación. Los testigos aseguraron que vieron con toda claridad cuando uno de ellos, un muchacho que no debía pasar de 20 años, tomó un cuchillo brillante y degolló a uno de los gatos. La sangre corrió de inmediato y fue colocada en el centro del círculo. justo sobre aquellos símbolos que parecían dibujados con tiza o con carbón.

1:13:04 Nadie pudo describirlos con exactitud, pero todos coincidieron en que no eran figuras comunes, eran marcas raras con líneas entrecruzadas y formas que parecían ojos y garras. El grupo entero comenzó a untarse la sangre en la cara, algunos se la pasaban con las manos en la frente, otros en la boca y en los ojos. Después de eso, empezaron a moverse de manera extraña, inclinando el cuerpo, girando la cabeza en ángulos imposibles y emitiendo ruidos. Los vecinos que miraban desde los techos dijeron que era insoportable seguir viendo. Les parecía que esas personas habían dejado de comportarse como humanos y que imitaban a los animales, encorvándose y caminando a cuatro extremidades como si fueran bestias. La noticia se expandió al amanecer y la colonia entera se aterró mucho.

1:13:56 Ya no eran rumores de voces extrañas ni maullidos perdidos. Ahora había testigos que afirmaban haber visto con sus propios ojos un sacrificio y un ritual. Se empezó a decir que aquellos individuos intentaban transformarse en algo, que buscaban usar a los gatos como ofrenda para cambiar de cuerpo o adquirir fuerza animal. La idea de Nahuales apareció en todas las conversaciones, y las mujeres más viejas de la colonia decían que eso explicaba la desaparición masiva de mascotas. En medio de ese ambiente se discutió qué hacer. Algunos vecinos plantearon llamar a la policía, confiando en que un reporte oficial detendría la situación. También estaba el miedo de que al ser descubiertos como testigos, se convirtieran en los siguientes objetivos.

1:14:46 Después de las escenas que algunos alcanzaron a presenciar, la comunidad decidió organizarse con más seriedad. Ya no se trataba solo de rondas para espantar a ladrones de mascotas, sino de vigilar una situación que cada día parecía más peligrosa. Aún así, la cautela fue lo primero que acordamos. Nadie quería exponerse de frente a los que habitaban esa casa, porque el simple hecho de imaginar lo que podían hacer si descubrían a los testigos nos asustaba. La idea fue mantener distancia, observar desde los techos o desde las sombras y reunir pruebas que sirvieran para confirmar lo que tanto temíamos.

1:15:27 Se hicieron grupos pequeños que se turnaban por las noches. Algunos llevaban cámaras prestadas o celulares viejos capaces de tomar fotos con flash apagado. Otros preferían anotar en libretas la hora exacta en que escuchaban ruidos, cantos o maullidos. Lo importante era documentar, aunque fuera de lejos, para que no quedara como simples rumores. Había vecinos que dudaban todavía. Los sucesos no se detuvieron. Al contrario, parecían intensificarse. Cada semana desaparecían más gatos, incluso algunos que estaban encerrados en patios con rejas altas. Nadie podía explicar cómo se los llevaban sin romper candados ni forzar puertas. Y en varias madrugadas volvieron a escucharse los cantos, ese murmullo rítmico que subía y bajaba como si se tratara de un rezo invertido.

1:16:21 Una de esas noches ocurrió algo que terminó de convencer a todos. Un grupo de vecinos que vigilaba desde la esquina aseguró haber visto a uno de los participantes salir de la casa. No caminaba como una persona común, sino arrastrándose con movimientos torpes, como si sus brazos y piernas se doblaran de manera incorrecta. Lo más aterrador fue que al voltear un momento hacia la calle, sus ojos brillaron con un resplandor extraño, como los de un animal atrapado en la luz de un coche. Nadie quiso acercarse y apenas lograron contener los gritos para no delatarse. El hombre se perdió entre los pasillos de la colonia y nadie supo a dónde fue. Con ese relato ya no hubo duda.

1:17:05 Lo que ocurría en esa casa no eran simples desapariciones de animales ni reuniones secretas. Lo que se practicaba allí eran actos de brujería, intentos de transformación, un culto extraño que buscaba volverse algo distinto usando la sangre de los gatos como sacrificio. Esa conclusión corría de boca en boca y cada vez había más miedo de estar viviendo en medio de un foco de maldad. Con el tiempo algunos intentaron llamar a las autoridades, pero las visitas nunca coincidían con las noches de actividad. los oficiales decían que no podían hacer nada sin pruebas sólidas la colonia se cansó de insistir y poco a poco la vigilancia se fue deshaciendo aún así el recuerdo de esos cantos y de los ojos brillantes siguió persiguiéndonos la casa quedó marcada nadie quiso volver a ocuparla ni siquiera después de que los que la usaban desaparecieron de un día para otro con el paso de los años se convirtió en un punto maldito Un lugar que todos evitamos al pasar y que los niños señalan con miedo. Yo misma no puedo mirarla sin recordar aquellas noches de insomnio. Hasta hoy esa casa sigue vacía, como un recordatorio de que en pleno centro de nuestra colonia hubo quienes jugaron con cosas que no eran humanas.