Oct. 21, 2026

No pidan Verme Vecina bruja

No pidan Verme Vecina bruja
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REDE (Relatos Desclasificados)
No pidan Verme Vecina bruja

0:00 Yo estaba ahí. Mi hermano me alumbró la cara con la linterna y preguntó dónde estaba yo. Lo tenía a menos de dos metros. Había conseguido sentarme en el suelo, junto a la cama. Tenía una muñeca amarrada al tubo de la cabecera y la otra mano libre. Con esa mano le hacía señas. ¡Arturo, aquí estoy! Le grité a mi hermano. Él movió la luz hacia el ropero. Después se volvió hacia Berenice.¿ Y este cuarto, ya lo revisaron? Le preguntó Arturo. Ella estaba detrás de la puerta con mi teléfono entre las manos. Yo seguí llamándolo hasta que me dolió la garganta. Mi hermano pasó la luz otra vez sobre mí, la detuvo un momento en la cama y, después, empezó a darse la vuelta. Todavía recuerdo el ruido de sus botas alejándose. Esto pasó en 2010, en una comunidad de Guanajuato. Yo tenía 23 años y me había ido a cuidar a mi abuela durante unas semanas. Se había caído y estaba recuperándose de una operación de cadera. Podía caminar distancias cortas con una andadera, pero necesitaba ayuda para bañarse, ponerse las medias y levantarse de la cama. Arturo, mi hermano mayor, vivía en Irapuato. Trabajaba en un taller y pagaba parte de las medicinas. Yo acababa de dejar un empleo en una tienda. Así que, entre los dos, decidimos que me quedaría con ella hasta que pudiera manejarse mejor.

1:27 Mi abuela tenía 71 años. Era una señora acostumbrada a hacer todo sola. Antes de la caída, todavía iba al mercado, preparaba su comida y lavaba a mano cosas que perfectamente podía meter a la lavadora. Lo que más le molestaba de estar enferma era tener que pedir ayuda. Si quería un vaso de agua, primero intentaba levantarse. Si necesitaba cambiarse de lugar, arrastraba la andadera aunque yo estuviera sentada junto a ella. Discutíamos por eso. A veces me hablaba fuerte y después me dejaba dinero sobre la mesa, como si con eso pudiera compensar el mal rato. Yo también me desesperaba. Tenía 23 años y pensaba que cuidar a alguien consistía en darle sus pastillas a la hora correcta y acompañarlo a consulta. A los pocos días ya estaba cansada de levantarme durante la noche, lavar sábanas y escucharla quejarse cuando intentaba ayudarla. Berenice vivía cerca. a unos 50 metros. Tenía una tienda en la parte de adelante de su casa.

2:28 Vendía refrescos, jabón, veladoras, bolsas de arroz y algunas cosas que la gente encargaba de la cabecera. También sobaba. Yo la había visto antes de irme a cuidar a mi abuela. La recordaba atendiendo detrás del mostrador, con el cabello recogido y una libreta donde apuntaba lo que vendía fiado. Mi abuela le compraba desde hacía años. Cuando llegué, Berenice ya estaba acostumbrada a llevarle algunas cosas. Pan, leche, una recarga para el teléfono. Durante los días que mi abuela había pasado sola después de volver del hospital, ella se había acercado a preguntar qué necesitaba. Por eso le teníamos confianza.

3:09 Una mañana llevó un frasco de aceite y le frotó la pierna sana porque mi abuela decía que se le estaba cargando todo el peso de ese lado. La vi trabajar despacio, preguntándole dónde le dolía. Mi abuela se relajó tanto que terminó dormitando en la silla. Berenice me pidió una toalla para cubrirle las piernas. Mientras yo la buscaba, ella siguió hablándole bajito. Cuando regresé, estaba inclinada cerca de su oído. Pensé que le decía algo sobre el dolor. Mi abuela abrió los ojos y preguntó por mí. Yo estaba enfrente, con la toalla en las manos.— Aquí estoy, abuela— le contesté. Ella miró hacia el corredor. Berenice levantó la cara.— Te está hablando la muchacha— le dijo Berenice a mi abuela. Entonces mi abuela me vio. Me preguntó dónde me había metido. Le dije que había ido por la toalla y que llevaba un rato parada ahí. Después quiso que le sirviera agua. Esa fue la primera vez.

4:14 Mi abuela estaba tomando varias medicinas y dormía a ratos durante el día. En las consultas preguntaban si andaba confundida, si comía bien y si se levantaba de noche. Yo tenía todo anotado en una hoja pegada al refrigerador. Aquella mañana escribí que me había buscado mientras estaba enfrente de ella. Cuando fuimos a revisión, lo mencioné. Nos preguntaron si había sucedido otra vez y nos pidieron que siguiéramos pendientes. Durante los siguientes días, mi abuela estuvo bastante despierta. Se acordaba de las horas de sus programas, del dinero que me había dado y de qué vecina le debía un recipiente. Así que dejé de pensar en aquel momento. Berenice seguía visitándola.

4:59 Una tarde, mientras yo lavaba los trastes, me preguntó si quería ayudarla a acomodar mercancía. Le habían llevado varias cajas y tenía pendiente separar lo que iba a devolver a un proveedor. Me ofreció pagarme por las tardes. A mí me convenía. Mi abuela se quedaba dormida después de comer y la tienda estaba cerca. Podía ir a revisar cómo seguía sin tardarme mucho. Berenice también me dijo que sí hacía falta. lleváramos a mi abuela a sentarse con nosotras. Le pregunté si podía trabajar solamente unas horas. Ella me dijo que sí. Empecé un jueves. La tienda tenía un mostrador de madera y, detrás, una puerta que daba al resto de la casa. Desde ahí, se entraba a una cocina y a un patio pequeño. Al fondo, había un dormitorio donde Berenice guardaba cajas. En ese cuarto, también tenía una cama de fierro cubierta con una colcha gruesa. Me explicó que ahí acostaba a las personas cuando necesitaba sobarles la espalda. La ventana daba al patio y tenía una cortina amarillenta. En una esquina había un ropero, dos sillas y una mesa con frascos. Yo trabajaba sentada cerca de esa mesa. Separaba mercancía, copiaba cantidades en una libreta y recortaba etiquetas de unas cajas que iban a regresar. Durante la tarde entraban clientes. Berenice dejaba lo que estuviera haciendo y salía a atender. Algunas personas iban a comprar una cosa y terminaban preguntándole por un familiar enfermo, un marido

6:29 que se había ido o una discusión en la casa. Una mujer llegó con una fotografía doblada dentro de una bolsa. Berenice la llevó a la cocina y me pidió que esperara en el cuarto. Yo escuchaba sus voces y el ruido de una cuchara contra un vaso. Después salió la señora, pagó y se fue. Cuando le pregunté si también hacía limpias, Berenice me dijo que ayudaba a la gente cuando podía. Mi abuela ya me había contado que algunas vecinas le llevaban veladoras para que rezara por ellas. Yo seguía acomodando cajas. El sábado, Arturo fue a visitarnos. Había llevado fruta, unas vendas y el dinero para la siguiente consulta. Encontró a mi abuela en su casa, sentada frente a la televisión.

7:16 Ella le dijo que yo estaba trabajando con Berenice. Yo lo vi entrar a la tienda. Estaba sentada en el dormitorio junto a la mesa. Desde ahí alcanzaba a mirar un pedazo del mostrador y la puerta por donde se pasaba a la cocina. Arturo preguntó por mí. Berenice estaba contando monedas. Hace rato andaba por aquí, le contestó Berenice. Yo levanté la mano. Aquí estoy, le dije a Arturo. Él se asomó hacia el corredor. En ese momento, le sonó el teléfono. Miró la pantalla y salió a contestar. Yo me quedé con la mano levantada. Berenice se volvió hacia mí y me pidió que terminara de contar unas botellas. Pensé que Arturo me había escuchado y que regresaría al acabar su llamada. Tardé unos minutos. Cuando salí, él estaba junto a la tienda mirando hacia la casa de mi abuela.

8:06 Me preguntó de dónde venía. Le dije que del cuarto. Arturo miró hacia adentro.« Te hablé desde que llegaste», le dije a mi hermano. Él me contestó que solamente había visto a Berenice. Yo le dije dónde estaba sentada. Incluso regresé al mostrador y le señalé la mesa. Arturo se asomó otra vez. Dijo que quizá había estado pendiente del teléfono. Nos fuimos juntos a comer con mi abuela. Mientras caminábamos, me preguntó si me estaban pagando bien y si Berenice me hacía cargar cosas pesadas. Yo le dije que eran unas cajas pequeñas y que el dinero me ayudaba. Mi hermano se quedó esa tarde con mi abuela para que yo pudiera salir un rato. Antes de irse, me pidió que le avisara si necesitábamos cualquier cosa. Me dio vergüenza contarle que, a veces, me enojaba con ella. Él trabajaba toda la semana, todavía viajaba para vernos, y yo sentía que me estaba quejando de algo que había aceptado hacer.

9:06 Le dije que estábamos bien. La semana siguiente mi abuela empezó a caminar un poco más. Llegaba hasta la puerta de su casa y se quedaba mirando la calle. Una mañana quiso acompañarme a comprar pan. La panadería estaba junto a la tienda de Berenice. Tardamos bastante en recorrer esos 50 metros. Yo iba de un lado cuidando que la andadera quedara bien apoyada antes de que avanzara. Berenice salió al vernos. Nos acercó una silla y le dijo a mi abuela que descansara un rato dentro de la tienda. Yo fui por el pan. Cuando regresé, mi abuela estaba en el dormitorio del fondo, sentada junto a la cama. Berenice le había puesto las piernas sobre un banco. Me acerqué con la bolsa y le pregunté si quería una pieza.

9:52 Mi abuela siguió mirando hacia la puerta. Me quedé frente a ella.«¿ Abuela?», le dije. Ella movió la cabeza como intentando localizar mi voz. Berenice estaba detrás de mí. Me tocó el brazo y me pidió que dejar el pan en la cocina. Yo volví a hablarle a mi abuela. Esta vez me agaché hasta quedar a la altura de su cara y le puse una mano sobre la rodilla. Entonces me miró. Me preguntó por qué le hablaba tan fuerte. Yo estaba empezando a sentirme incómoda. Le dije que nos fuéramos a la casa. Mi abuela quiso quedarse otro rato porque la pierna le dolía menos después de que Berenice se la frotó. Berenice insistió en que la dejara descansar.

10:36 Yo miré el reloj. Le tocaba comer en menos de una hora. Le dije que podíamos volver otro día. A mi abuela le molestó que hablara por ella. Me apartó la mano y me pidió la andadera. Durante el camino de regreso casi no me dirigió la palabra. Ya en su casa le pregunté si me había visto cuando entré al cuarto. Me contestó que me había visto cuando me agaché. Quise saber si antes estaba dormida. Me dijo que estaba despierta, esperando a que regresara del pan. Me quedé callada. Después me pidió que dejara de preguntarle lo mismo. Aquella noche llamé a Arturo. Le conté las dos veces que mi abuela había preguntado por mí estando yo cerca. También le recordé lo de su visita a la tienda. Mi hermano me preguntó si estaba durmiendo bien. Le dije que más o menos. Hablamos de las medicinas de mi abuela y de la siguiente consulta. Quedamos en anotar cualquier otro episodio.

11:32 Antes de colgar, Arturo me pidió que descansara de las tardes en la tienda si me estaba pesando hacer las dos cosas. Al día siguiente, le dije a Berenice que iba a dejar de ayudarla por unos días. Ella me preguntó si había pasado algo. Le expliqué que quería estar más pendiente de mi abuela. Me pagó lo que me debía. Mientras contaba los billetes, me dijo que yo estaba haciendo demasiado y que así me iba a terminar enfermando. Después volvió a ofrecer que lleváramos a mi abuela a su casa durante las tardes.« Aquí tiene donde acostarse y yo estoy pendiente», me dijo Beremice. Le agradecí. Ella me miró y dejó de mover los billetes. Tu abuela se queda muy tranquila conmigo, me dijo. Me guardé el dinero. Por la tarde, mi abuela preguntó por qué ya no había ido a trabajar. Le dije que quería acompañarla. Se molestó otra vez. Dijo que ella podía quedarse sola unas horas y que yo necesitaba mi dinero. La conversación terminó con las dos hablando más fuerte de lo necesario. Mi abuela se fue hasta el dormitorio arrastrando la andadera. Yo me quedé en la cocina llorando de puro cansancio. Berenice llegó un rato después. Se sentó con mi abuela y estuvieron platicando.

12:49 Yo las escuchaba desde la cocina mientras preparaba la cena. Cuando la acompañé a la puerta, me dijo que las personas mayores se ponían difíciles porque tenían miedo. Le contesté que lo sabía. Ella me pasó una mano por el hombro. Me pidió que tuviera paciencia. En ese momento le agradecí que hubiera ido. Dos días después teníamos que recoger una medicina en una farmacia de la misma calle. Mi abuela quiso salir. Llevábamos rato discutiendo porque yo prefería ir sola. Ella decía que necesitaba caminar y que la estaban volviendo inútil entre todos. Acabamos saliendo despacio después de que desayunó.

13:30 Berenice nos vio pasar y preguntó a dónde íbamos. Cuando le dije, nos ofreció que mi abuela esperara con ella mientras yo recogía la medicina. La farmacia estaba a unas dos cuadras. Mi abuela aceptó antes de que yo contestara. Le acomodaron una silla en la tienda. Yo dejé la andadera junto al mostrador y me agaché para decirle que regresaba enseguida. Ella me dio su monedero porque también quería que comprara algodón. Tardé unos quince minutos. Había una persona antes que yo y el muchacho tuvo que buscar una caja en la parte de atrás. Me quedé esperando junto a la puerta. Cuando regresé a la tienda, la silla estaba vacía. La andadera seguía junto al mostrador. Pensé que habían llevado a mi abuela al dormitorio. Berenice salió de la cocina secándose las manos. Le pregunté cómo estaba. Ella miró hacia la calle. Ya se fue, me contestó Berenice.

14:28 Me quedé esperando a que terminara. Después le pregunté con quién. Me dijo que se había levantado. Había dicho que quería regresar a su casa y había salido. Señalé la andadera. Berenice la miró. Dijo que quizá la había dejado porque se sentía mejor. Salí de inmediato. Recorrí el camino hasta la casa mirando las puertas por si se había sentado con alguna vecina. Nuestra entrada estaba cerrada. Abrí y la llamé desde la sala. Revisé el dormitorio, el baño y el patio. Regresé a la tienda corriendo. Berenice estaba detrás del mostrador. Le dije que mi abuela no había llegado a su casa. Volvió a decirme que la había visto salir.

15:10 Le pedí que me enseñara dónde había estado sentada. Me llevó al cuarto del fondo. Habían puesto la silla junto a la cama. La colcha estaba corrida hacia un lado y una parte de la tela caía al piso. Me asomé al baño que estaba junto al patio. Volví al dormitorio y miré detrás de la puerta. Al dar la vuelta, se me atoró un zapato con la tela que había en el suelo. Tuve que levantar el pie y tirar de la punta para soltarlo. Berenice me pidió que tuviera cuidado con sus cosas. Yo ni siquiera le contesté. Seguí llamando a mi abuela. Lo primero que pensé fue que había intentado ir sola y se había caído en alguna entrada.

15:51 Pregunté en la panadería. El señor que atendía la había visto llegar conmigo. Después estuvo trabajando en la parte de atrás y no había prestado atención a la calle. Fui a las casas más cercanas. Una vecina salió conmigo. Otra se quedó esperando en nuestra puerta por si mi abuela regresaba. Llamé a Arturo. Él me pidió que le dijera exactamente qué había pasado. Yo hablaba tan rápido que tuvo que interrumpirme. Le conté que la había dejado en la tienda, que tardé poco y que la andadera seguía ahí. Me pidió que me quedara acompañada. Dijo que iba a salir del trabajo. Mientras llegaba, buscamos alrededor de la iglesia, en una calle donde vivía una amiga de mi abuela y en un terreno por el que a veces cortaba camino antes de enfermarse.

16:38 Yo repetía que casi no podía caminar. La vecina que iba conmigo me decía que, por eso, debía estar cerca. Berenice salió de su casa y se unió un rato a la búsqueda. Le preguntaba a la gente si habían visto a una señora mayor. Llevaba el suéter de mi abuela doblado sobre un brazo. Cuando lo vi, se lo quité. Ella dijo que lo había dejado en la silla. Yo me quedé apretándolo contra el pecho. Uno de los vecinos llamó a la policía. Cuando llegaron, les enseñé una fotografía en mi teléfono. Expliqué lo de la operación y las medicinas. Berenice contó que mi abuela había estado sentada, se había sentido mejor y había decidido regresar. Un policía le preguntó por qué había salido sin su andadera. Ella se encogió de hombros. Los acompañó a revisar la casa. Yo entré detrás.

17:29 Pasamos por la cocina, el patio, el baño y el dormitorio. Uno de los policías movió unas cajas para mirar al fondo. Yo revisé otra vez junto a la cama. La silla estaba vacía. Recuerdo haber visto una sandalia debajo del borde de la colcha. Me agaché, pero Berenice dijo que había varios pares guardados ahí y empezó a hablar con el policía. Él nos pidió que saliéramos al patio para hacer unas preguntas. Yo salí con ellos. Afuera me preguntaron si mi abuela había intentado irse antes, si discutíamos, si tenía otros familiares cerca. Les dije que habíamos discutido por salir, por caminar, por dejarla sola. Me puse a llorar cuando tuve que decirlo.

18:14 Uno de los policías me pidió que me calmara para poder tomar los datos. Arturo llegó a media tarde. Traía la ropa del taller y las manos todavía manchadas. Entró a la casa de mi abuela, la recorrió y después fue a hablar con Berenice. Yo lo seguí hasta su tienda. Le hizo repetir lo de la salida. Ella dio la misma explicación. Arturo levantó la andadera.« Con esto se sostiene para ir del cuarto al baño», le dijo mi hermano. Berenice le contestó que eso había sucedido cuando yo estaba en la farmacia. Arturo miró hacia el dormitorio. Después le pidió permiso para revisar otra vez. Ella se hizo a un lado. Mi hermano levantó la colcha. Yo estaba junto a la puerta. Miró debajo de la cama, abrió el ropero y movió la silla. Al salir traía la cara muy seria. Me preguntó si habíamos revisado los patios de al lado. Seguimos buscando. Uno de los policías se fue a preguntar a la clínica. La vecina consiguió los teléfonos de dos hospitales y llamó desde su casa. Yo iba de un lado a otro con el suéter de mi abuela.

19:23 A ratos regresaba a nuestra casa por si había llegado mientras estábamos afuera. Cada vez que abría la puerta, esperaba escuchar la televisión. Me quedaba unos segundos en la sala antes de volver a salir. Arturo empezó a preguntar por vehículos que hubieran pasado. Le preocupaba que alguien se lo hubiera llevado. Se acercó a un señor que había estado descargando costales cerca de la panadería. Después fue con otro vecino a revisar una calle que salía hacia la calle. carretera. Yo quise acompañarlo. Me pidió que me quedara cerca de la casa y del teléfono. Ya me dolía el estómago por no haber comido. Berenice apareció con un vaso de agua. Me dijo que me estaba poniendo mal y que, así, iba a ser más difícil buscar. Yo tomé un poco.

20:08 Ella me preguntó si Arturo se había ido lejos. Le contesté que estaba preguntando en la siguiente calle. Berenice miró hacia allá. Después me pidió que entrara a sentarme. Le dije que quería volver a revisar el cuarto. Ella puso una mano en mi espalda y me acompañó. Antes de entrar, le mandé un mensaje a mi hermano. Le escribí que estaba otra vez en casa de Berenice. Lo hice porque no quería que regresara y tuviera que buscarme también. Guardé el teléfono en el bolsillo y fui hasta el dormitorio. Berenice dejó el vaso sobre la mesa. Me señaló la silla. Yo me quedé de pie. La colcha seguía caída de un lado. Me acerqué para recoger la sandalia que había visto.

20:52 Era de mi abuela. Tenía una tira cosida por mí unos días antes porque se le había despegado. La sostuve frente a Berenice. Le pregunté por qué seguía ahí. Ella me dijo que mi abuela se había cambiado de zapatos. Yo sabía cuáles traía. Había sido yo quien se los había puesto esa mañana. Dejé la sandalia en la cama y levanté otra vez la colcha. Vi una mano. Estaba junto a la pared, detrás de la pata de fierro. Tenía los dedos doblados y una mancha oscura cerca de la muñeca. Me agaché más. La reconocí por la uña del pulgar. A mi abuela se le había quedado gruesa después de un golpe de muchos años atrás. Me fui de rodillas. La mano se movió. Mi abuela estaba en el suelo, pegada a la cama. Tenía el vestido torcido debajo del cuerpo y una pierna doblada de una manera que me dio miedo tocar. Le dije que ya estaba ahí.

21:49 Ella abrió los ojos. Empezó a llorar en cuanto me vio. Yo metí un brazo para ayudarla a incorporarse. Berenice me agarró del hombro. Me dijo que me apartara. La empujé con el codo y seguí intentando sacar a mi abuela. Sentí que me jalaban del cabello. Me fui hacia atrás. Al tratar de agarrarme de la cama, golpeé con la cabeza uno de los tubos. Me acuerdo del sonido. Después, del piso junto a mi cara. Berenice estaba agachada encima de mí. Me sujetaba una mano detrás de la espalda y hablaba muy cerca de mi oído. No alcancé a entender todo. Yo trataba de gritarle a Arturo. Recuerdo haberle pegado con los talones en las piernas. Ella me dobló la muñeca y sentí un dolor que me subió hasta el codo. Después perdí la cuenta del tiempo. Cuando volví a abrir los ojos, estaba sentada contra la cama. Tenía la muñeca derecha amarrada al tubo de la cabecera con un cordón de plástico. El brazo me había quedado estirado hacia arriba. La otra mano estaba libre. Me dolía un lado de la cabeza y sentía húmeda la oreja. Mi abuela estaba al otro lado, junto al pie de la cama.

23:04 Había conseguido apoyar la espalda contra la pared. Me estaba mirando. Intenté acercarme y el cordón me jaló la muñeca. Mi abuela abrió la boca para decir algo. Le salió una voz muy baja. Yo me arrastré lo que pude hasta quedar más cerca. Le pregunté dónde le dolía. Ella se tocó el pecho y después señaló su pierna. Le dije que mi hermano estaba afuera, que iba a venir por nosotras. Empecé a buscar el teléfono con la mano libre. El bolsillo estaba vacío. Desde la tienda escuché sonar mi tono de llamada. Después oí la voz de Arturo. Le preguntaba a Berenice por mí. Yo grité. Mi abuela también intentó llamarlo.

23:49 Berenice le contestó algo desde el mostrador. Escuché que mi hermano decía que acababa de recibir un mensaje mío. Sus pasos se acercaron por el corredor. Yo me enderecé como pude y levanté la mano. Arturo apareció en la puerta. Llevaba una linterna que le habían prestado para buscar en un terreno. Me alumbró la cara. Le dije su nombre. Él movió la luz hacia el ropero. Luego preguntó si habían revisado ese cuarto. Yo pensé que estaba enojado conmigo. que quizá me veía ahí sentada y esperaba que le explicara qué hacía. Seguí hablándole. Le dije que mi abuela estaba al otro lado de la cama. Arturo dio un paso dentro. La luz pasó sobre las piernas de mi abuela, después sobre la silla y las cajas. Berenice estaba detrás de él junto a la puerta. Tenía mi teléfono. Le dijo que lo había dejado sobre la mesa. Arturo lo tomó.

24:45 Yo estiré el brazo libre hacia él. La distancia era muy poca. pero el cordón me impedía avanzar. Le grité que mirara mi mano. Mi hermano frunció la cara, como si hubiera escuchado un ruido que no alcanzaba a distinguir. Después se volvió hacia Berenice y le preguntó si la televisión estaba prendida. En ese cuarto, la televisión estaba apagada. Lo vi darse la vuelta. Me quedé sin aire de tanto gritar. Mi hermano salió al corredor. Yo metí los dedos debajo del cordón y traté de aflojarlo. Estaba muy apretado. Cada vez que tiraba, el plástico se me hundía más. Busqué con la mano libre el tubo donde me habían amarrado.

25:26 Intenté alcanzar el nudo, pero estaba detrás. La cama se movió apenas. Oí a Berenice decir que quizá yo había ido a la clínica. Arturo le contestó que acababa de escribirle desde ahí. Mi abuela estaba mirando hacia la puerta. Se había puesto a llorar en silencio. Yo empecé a jalar de nuevo. Sentí que la piel se abría cerca de la base de la mano. Me resbalaban los dedos. La cama chirrió contra el piso. Arturo regresó hasta la entrada. Yo levanté la cara. Volvió a alumbrar. Esta vez se quedó mirando más tiempo. Yo traté de bajar la voz. Le hablé como cuando éramos niños y quería que me hiciera caso. Le dije mi nombre. Le dije que estaba junto a la cama, que tenía la mano amarrada. Él miró hacia el suelo. Después dio un paso. La punta de su bota quedó cerca de mi pie. Intenté alcanzarlo con la mano, pero todavía estaba demasiado lejos. Berenice lo llamó desde el corredor. Le dijo que la vecina quería hablar con él. Arturo retrocedió. Yo estiré una pierna y le pegué en el zapato. Él bajó la linterna. Miró hacia la pata de la cama. Pude mover el pie otra vez. Mi hermano se agachó. Yo aproveché para lanzarme hacia adelante. El cordón me jaló el brazo, pero alcancé a cerrar la mano libre alrededor de su tobillo. Lo agarré con toda la fuerza que tenía. Arturo dio un salto y trató de apartarse. Yo seguí sujetándolo. Le gritaba que era yo. Él se quedó inclinado, mirando hacia donde

26:57 tenía mi mano. Después me vio la cara. Su expresión cambió tan rápido que todavía la recuerdo. Me dijo mi nombre. Yo asentí y empecé a llorar más fuerte. Mi hermano me agarró del brazo y tiró. El cordón se tensó. Le dije que estaba amarrada. Arturo puso la linterna en el suelo y buscó el nudo con las dos manos. Berenice apareció en la puerta. Le pidió que esperara. Arturo le gritó que se apartara. Ella entró y me agarró por el hombro. Mi hermano la empujó contra el marco. Después sacó una navaja pequeña que llevaba en las llaves y empezó a cortar el cordón. Yo seguía mirando a mi abuela. Le dije que faltaba a ella. Arturo volvió la cabeza hacia el otro lado de la cama. Mi abuela estaba haciendo señas. Él pasó la luz por encima.

27:48 Después me miró a mí. No parecía entender. Le agarré la mano y se la llevé hasta la pierna de mi abuela. Tuve que estirarme por encima de la cama y señalarle dónde. Arturo tocó la tela del vestido. Se quedó quieto. Luego se agachó de golpe. Mi abuela le agarró los dedos. Mi hermano empezó a decirle que ya estaba ahí. que ya la iba a sacar. Berenice seguía cerca de la entrada. Arturo le gritó que trajera ayuda. Ella se metió en el corredor. Yo creí que iba a salir a la tienda, pero la escuché cerrar una puerta en la parte de atrás. Mi hermano intentó levantar a mi abuela. Ella gritó de dolor. Tenía una tira de tela alrededor de un tobillo sujeta a una pata de la cama. El vestido la tapaba. Arturo la cortó.

28:36 Yo me levanté agarrándome del colchón. En cuanto apoyé bien el pie, se me dobló la rodilla. Volví a caer sentada. Mi hermano me dijo que saliera al patio y llamara a alguien. Me fui arrastrando hasta la puerta. Al pasar por el marco, me agarré con la mano que podía mover. Me puse de pie y empecé a gritar hacia la tienda. El señor de la panadería entró desde la calle. Me vio la cara y corrió hacia mí. Le dije que ayudara a mi abuela. Él pasó al dormitorio. Yo me quedé en el corredor sosteniéndome de la pared. Escuché que Arturo le pedía que la agarrara por la espalda. Entre los dos la sacaron despacio. Mi abuela llevaba el vestido mojado y una sandalia puesta. La otra se había quedado sobre la cama. Cuando pasaron junto a mí, me buscó la mano. Se la agarré. Fuimos detrás de ellos hasta la tienda. Había varias personas afuera. Una vecina empezó a preguntar de dónde habíamos salido. Arturo le gritó que llamara una ambulancia. El señor de la panadería acercó una silla, pero mi abuela se quejaba al sentarse. Terminaron acomodándola sobre unas cobijas en la entrada. Yo me senté junto a ella.

29:45 Una mujer me puso una toalla doblada contra la cabeza. Arturo entró otra vez a buscar a Berenice con dos vecinos. Regresaron por separado, Uno había salido por una puerta que daba al patio de atrás. El otro miró hacia la calle y se fue corriendo hasta la esquina. Mi hermano se quedó cerca de nosotras. Tenía el cordón cortado en una mano. Me preguntó desde cuándo estaba ahí. Yo le dije que no sabía. Él miró hacia el dormitorio. Después se agachó para revisar la pierna de mi abuela, aunque ya la habíamos desamarrado. La ambulancia tardó lo suficiente para que llegaran otra vez los policías. Uno de ellos era el que había revisado la casa por la tarde Nos miró desde la entrada Arturo le enseñó el cordón Yo traté de explicarle dónde habíamos estado Señalé el cuarto y le dije que mi abuela llevaba horas ahí El policía miró hacia adentro Después me preguntó quién me había amarrado Le dije que Berenice me había jalado del cabello Que me había golpeado contra la cama y que al despertar estaba sujeta Mi abuela también intentó hablar Le costaba sacar la voz. Yo le pedí que esperara a que la revisaran.

30:58 El policía fue a buscar a Berenice. Mi hermano se quedó con nosotras. En el traslado, mi abuela me agarraba la manga cada vez que alguien se apartaba de su lado. Le decía al paramédico que no la dejara. Él le contestaba que iba junto a ella. Yo llevaba una gaza contra la cabeza y la muñeca envuelta. Me dolía todo el brazo. Cuando llegamos al hospital, nos separaron para revisarnos. Arturo tuvo que quedarse un momento entre las dos puertas, tratando de entender a quién acompañar primero. Mi abuela empezó a llamarlo. Yo le dije que fuera con ella. Durante la revisión, me preguntaron si había perdido el conocimiento y si recordaba cómo me había golpeado. Contesté lo que podía.

31:42 También quisieron saber qué había tomado o comido antes de entrar a aquella casa. Les dije que había bebido un poco de agua, que llevaba casi todo el día buscando a mi abuela y que Berenice me la había ofrecido. Nunca supimos si aquel vaso tuvo algo que ver. Lo que yo recordaba era haber encontrado a mi abuela, el tirón del cabello y el golpe contra el fierro. Mi hermano tuvo que contar varias veces lo que había visto. Yo lo escuchaba desde donde me estaban curando. Decía que había entrado, alumbrado el cuarto y mirado debajo de la cama. Después se quedaba callado. Una enfermera le preguntó si estaba seguro de que era el mismo dormitorio. Arturo dijo que sí.

32:27 Tenía mi teléfono en la mano. Le enseñó el mensaje que le había mandado antes de entrar. La hora seguía ahí. A mi abuela la dejaron internada. Estaba muy adolorida y necesitaban revisar que la cadera siguiera bien después de haber estado en el suelo y de cómo la habían sujetado. A mí me cerraron la herida de la cabeza y me limpiaron la muñeca. El cordón me había quitado piel en una parte. Durante varios días me costó abrir y cerrar la mano. Arturo salió a comprar agua y algo de comer. Cuando regresó, se sentó junto a mí y dejó la bolsa en el suelo. Me preguntó otra vez si le había gritado. Le dije que sí. Quiso saber qué palabras había usado. Se las repetí. Mi hermano se frotó la cara. Me contó que, cuando entró al cuarto, había escuchado una voz. Pensó que venía de una televisión o de un radio que Berenice tenía en algún lado.

33:24 También me dijo que recordaba unas cosas acomodadas junto a la cama, una cobija en el suelo, cajas, ropa. Yo le pregunté si había visto mi cara cuando me alumbró. Arturo tardó en contestar. Dijo que recordaba haber movido la luz por ese lado, pero que no podía decirme qué había estado mirando. Se quedó con las manos juntas entre las rodillas. Después me pidió perdón por haberse dado la vuelta. Le dije que había regresado. Mi hermano bajó la cabeza y se puso a llorar. Yo nunca lo había visto así. Al día siguiente pudimos hablar con mi abuela más tiempo.

34:05 Estaba acostada con una almohada debajo de las piernas. Tenía los labios resecos y se cansaba al contar las cosas. Nos dijo que Berenice la había llevado al dormitorio poco después de que yo saliera hacia la farmacia. Primero le ofreció que se recostara. Mi abuela aceptó porque la silla le estaba molestando. Berenice le quitó las sandalias y empezó a frotarle la pierna. Después se inclinó sobre ella y le dijo algo muy cerca de la cara. Mi abuela intentó levantarse. Dijo que se sintió mareada, que quiso llamar a alguien, pero le costó sacar la voz. En algún momento, terminó en el suelo. Cuando intentó arrastrarse, Beremice le sujetó el tobillo a la cama. Mi abuela nos enseñó dónde tenía la marca. Arturo le preguntó si había escuchado cuando entramos a buscarla. Ella asintió. Dijo que me había visto llegar con el suéter en las manos. Recordó al policía que movió las cajas. También había escuchado a Arturo preguntar por ella. Yo le pregunté dónde estaba cuando fui por primera vez al dormitorio. Mi abuela señaló el costado de la cama del hospital, tratando de explicarnos la posición. Estaba junto a la pared. Había intentado mover el pie, pero Berenice estaba en la puerta y le hablaba por encima cada vez que ella quería llamar. Yo recordé la tela que se me había atorado en el zapato. Se lo dije.

35:32 Mi abuela se quedó mirándome. Después bajó los ojos hacia sus piernas. Era mi vestido. Yo pensé que ya me habías encontrado, me dijo mi abuela. Tardé en poder contestarle. Yo había levantado el pie para soltarme. Había seguido buscando por el patio. Mi abuela me vio salir. Los policías volvieron al hospital para tomar lo que pudiéramos declarar. Yo conté lo que recordaba desde que había dejado a mi abuela en la tienda. Arturo explicó cómo nos había sacado. El señor de la panadería también habló con ellos. Las marcas de las cuerdas, el golpe en mi cabeza y lo que había pasado al encontrarnos quedaron registrados. De lo demás, solamente pudimos hablar como lo estábamos recordando. Berenice se había ido cuando regresaron a buscarla. Una vecina dijo que la había visto salir por la calle de atrás. El señor de la panadería explicó por dónde comunicaba su patio con otra entrada. Días después, nos avisaron que la tienda seguía cerrada.

36:35 Arturo era quien contestaba las llamadas y preguntaba cómo iba todo. Yo había llegado a un punto en que, cada vez que sonaba el teléfono, pensaba que me iban a decir que mi abuela había desaparecido otra vez. En el hospital, me costaba dejarla para ir al baño. Le pedí a Arturo que se sentara junto a ella antes de levantarme. Mi abuela hacía lo mismo. Si una enfermera salía detrás de una cortina, empezaba a llamarla hasta que le contestaba. Algunas personas del pueblo dijeron que Berenice hacía trabajos. Una vecina le contó a Arturo que varias familias habían dejado de tratarla mucho antes. Eran cosas que nosotros escuchamos después.

37:16 Yo solamente sabía que la había visto vender leche. apuntar deudas y sobarle la pierna a mi abuela. También la había visto parada junto a una puerta mientras mi hermano me buscaba. Arturo pidió unos días en el taller. Fue por nuestra ropa acompañado de un tío. Sacaron las medicinas, los documentos de mi abuela y las pocas cosas que yo había llevado. Yo lo esperé en el hospital. Cuando volvió, traía la andadera. Mi abuela la reconoció en cuanto entró por la puerta. Extendió la mano para tocar uno de los tubos. Arturo la dejó junto a la cama. Durante los días siguientes empezamos a hablar de dónde iba a vivir.

37:57 Arturo le ofreció su cuarto. Él podía acomodarse en la sala mientras conseguíamos una cama para mí. Yo le dije que me iría con ellos. Mi abuela preguntó si de verdad cabíamos los tres. Mi hermano dijo que encontraríamos cómo. Al darle de alta salimos directamente hacia Irapuato. Mi abuela viajó en el asiento de atrás conmigo. Llevaba una bolsa con sus papeles y una chamarra sobre las piernas. La recuperación de la cadera siguió durante meses. Mi abuela volvió a caminar con más seguridad. Pudo bañarse con menos ayuda y empezó a hacer algunas cosas en la cocina de Arturo. A veces se enojaba porque la cuidábamos demasiado. En eso seguía siendo ella. Pero le quedó miedo de llamar y que nadie le contestara. Si estaba en un cuarto y nos hablaba, necesitaba escuchar una respuesta, aunque solamente quisiera avisar que ya había terminado de comer. Cuando alguno decía que no la había oído, se quedaba mirándolo muy seria. Durante mucho tiempo se acercó a nosotros antes de pedir cualquier cosa.

39:01 Primero nos tocaba el brazo, después hablaba. Yo tardé varios meses en poder dormir con la puerta cerrada. La cicatriz de la muñeca se me fue aclarando, aunque todavía se distingue. la de la cabeza quedó escondida entre el cabello. Arturo y yo casi nunca hablamos de la linterna. Él guarda muy claro el momento en que le agarré el tobillo. Dice que sintió una mano, bajó la vista y por fin pudo verme. Antes de eso... recuerda haber revisado el cuarto. Los dos hemos dejado de intentar completar esa parte por nuestra cuenta. Yo me quedé a vivir con mi hermano. Conseguí trabajo cerca de su casa y entre los dos seguimos cuidando a mi abuela. Un tío se encargó de sacar lo que faltaba de su casa del pueblo. Le mandaron sus platos, una cómoda y las fotografías que tenía en la sala. A mi abuela no volvimos a llevarla.

39:56 Yo tampoco regresé.