NAHUAL Se Arrastraba En El MAIZAL Historias De Terror - REDE
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0:02 Se arrastra por el maizal. Somos cuatro en la casa, mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo. Me llamo Julián, tengo 19 años y desde que nacà no hemos dejado esta tierra. Vivimos en una casa sencilla, de concreto, justo al borde de un maizal que mi papá cuida desde antes de que yo aprendiera a caminar. La casa está alejada de cualquier ciudad. La rancherÃa más cercana no tiene nombre, apenas unas cuantas casas desperdigadas entre el monte y algunos caminos de tierra. Lo más cercano al pueblo es una tiendita que abre cuando se le da la gana al dueño. Mi familia siempre ha vivido del campo.
0:46 Cultivamos un poco de maÃz y criamos algunos animales, gallinas, dos chivos y tres perros que más que cuidadores ya son parte de la familia. Aquà no hay horarios fijos, uno se despierta con la luz y se acuesta cuando la noche lo obliga. Los dÃas son iguales, pero últimamente han empezado a sentirse distintos. Hace unas semanas, notamos que las milpas más cercanas a la casa empezaron a cambiar. En lugar de verse rectas, firmes, algunas filas tienen surcos abiertos, como si alguien se hubiera arrastrado por ahÃ, empujando la tierra con el cuerpo. No es normal. Aquà todos sabemos cómo se ve cuando pasa un animal. Los perros dejan huellas claras. Las vacas, si alguna se escapa, aplastan todo.
1:35 Pero esto no es asÃ. Son marcas largas, como si algo se deslizara, no caminara. Mi papá dice que tal vez sea un armadillo o un tejón, pero yo no lo creo. durante el dÃa no pasa nada extraño las gallinas comen como siempre los chivos no se alteran y la milpa parece tranquila bajo el sol pero al caer la noche todo se transforma lo primero que empezó fue el ruido crujidos entre las cañas como si alguien las empujara al pasar pero sin pasos no hay viento Las noches han estado tan calmadas que hasta se puede oÃr el zumbido de los insectos a lo lejos, y aún asà escuchamos el movimiento entre las plantas, como si algo caminara lento, raspando la tierra. A veces también suena como si algo respirara entre las cañas, una especie de jadeo muy bajo, casi pegado al suelo. Yo soy el único que duerme en un cuarto con ventana hacia el maizal.
2:33 Me gusta tener ese lado abierto por si llega una brisa, pero desde hace dÃas me he despertado varias veces por esos ruidos. Al principio pensé que era un perro. Uno de los nuestros se ha salido antes en la noche, pero ya no. Desde que esto empezó, los tres se niegan a salir al patio. Antes se acostaban frente a la puerta, olfateaban la maleza o ladraban a cualquier cosa. Ahora lloran bajo las camas y no hay manera de sacarlos. Uno hasta se hizo del baño adentro, como si algo lo hubiera espantado de golpe. Eso nunca lo habÃa hecho. Mi mamá ha comenzado a dejar una vela encendida por las noches, cerca de la puerta que da al maizal.
3:16 Dice que es una vela bendita. Se la dieron en una misa hace tiempo y, según ella, sirve para mantener alejadas las malas cosas. Yo no me burlo, pero tampoco le creo del todo. A veces solo quiero pensar que es un animal raro, o que quizá alguien se mete de noche, pero nadie tendrÃa razón para hacerlo. La cosecha está cerca, las cañas ya están secas, altas, con ese color amarillento que anuncia que pronto tocará recoger. Siempre me ha gustado ese momento, significa que terminamos un ciclo y empieza otro, pero este año es distinto, las cañas están más altas que nunca, tanto que ya no se ve el fondo desde la orilla, si uno se asoma desde el corral, ya no puede ver a través del maÃz.
4:05 Solo se ven filas y filas de tallos secos, muy juntos, muy callados. Da la sensación de que alguien podrÃa estar ahà dentro y no te darÃas cuenta. Lo más raro de todo es que los perros, que siempre han sido los primeros en correr entre la milpa, ahora ni se acercan, ni siquiera se arriman al borde. Se quedan cerca de la casa como si intuyeran que algo anda mal. No ladran, no gruñen. Solo se quedan callados, mirando hacia la milpa como si esperaran que algo saliera de ahÃ. Y hasta donde recuerdo, eso no habÃa pasado nunca. Durante el dÃa todo parece seguir igual. El sol cae sobre el maizal como siempre. Los animales caminan tranquilos y el campo entero tiene ese silencio tÃpico de las horas largas. No hay ruidos raros, no hay sombras extrañas. Mi hermana juega con las gallinas como si nada pasara. Y hasta uno de los perros se atreve a salir al patio por unos minutos.
5:04 Pero en cuanto empieza a bajar el sol, todo se transforma. Es como si la casa cambiara de color. Como si la luz misma se hiciera más pesada. Al llegar la noche, los perros dejan de ladrar. En vez de eso, se meten bajo las camas o se acuestan en las esquinas más escondidas. Uno de ellos, el más grande, se orinó sin razón en la sala. Eso nunca lo habÃa hecho, ni siquiera cuando era cachorro. Solo se quedó quieto, con la mirada fija hacia la puerta trasera, temblando como si hubiera visto algo. Y cuando mi mamá intentó acercarse, gruñó bajito, como si no quisiera que lo tocaran. Mi madre, que no es muy de andar hablando de cosas raras, fue la primera en encender una vela bendita. Dijo que era mejor prevenir. La colocó justo al lado de la puerta trasera, esa que da directo al maizal. Le puso un vaso de vidrio encima para que no se apagara con el aire y rezó bajito antes de irse a dormir. Yo no dije nada, pero por dentro ya empezaba a sentir esa sensación incómoda. Esa que se mete por la espalda cuando uno sabe que algo no está bien. Un par de dÃas después, mi hermana y yo salimos a recoger leña antes de que oscureciera. Caminamos hacia un montón que estaba cerca del borde del maizal, justo donde mi papá suele apilar las ramas secas. El sol ya estaba bajo, pero aún habÃa luz suficiente. Mientras cargábamos un par de troncos,
6:36 escuchamos un sonido entre las cañas. No era un animal caminando, ni el viento. Era un crujido largo, arrastrado, como si algo pesado se deslizara entre los tallos, pero sin pasos. No sabrÃa cómo explicarlo, pero el sonido me puso la piel de gallina de inmediato. Mi hermana se quedó quieta, apretando los dedos contra mi brazo. No vimos nada, pero sabÃamos que ahà habÃa algo. Al llegar a la casa, se lo contamos a mi papá. esperábamos que saliera a revisar o que al menos nos dijera algo más que ya veremos pero no lo hizo solo nos dijo que al dÃa siguiente pondrÃa unas trampas de las viejas como las que usaban antes para los coyotes lo dijo sin mirarnos como si no quisiera pensar en eso y después se fue a echarle agua al maÃz como si nada, esa misma noche no pude dormir, me acosté pero los ruidos no dejaban, eran suaves al principio, casi como cuando el viento mueve las cañas, pero luego se hicieron más marcados, no eran ráfagas, no era aire, era algo que empujaba, algo que se arrastraba, desde mi ventana queda justo al maizal, se alcanzaba a ver como las cañas más cercanas se movÃan pero no de arriba hacia abajo como con la brisa sino de lado se agitaban en fila como si algo pasara entre ellas a ras del suelo me levanté despacio agarré la linterna vieja que guardo junto a la cama y traté de enfocar la orilla del maizal La
8:08 luz no alcanzaba mucho, apenas alumbraba unos metros, y la mayorÃa de las se perdÃa en los tallos. Pero justo en medio del silencio, mientras apuntaba hacia adelante, escuché otro crujido, esta vez más cercano, más claro. No hubo ningún aullido, ni ningún sonido que pareciera humano, solo el roce de algo que empujaba la tierra, como si se hundiera un poco con cada movimiento. No me atrevà a abrir la ventana, solo me quedé ahÃ, quieto, con la linterna en la mano, escuchando, esperando. Después de unos minutos el sonido desapareció, o se alejó, no lo sé, pero me quedé despierto hasta que amaneció, sin apagar la luz de mi cuarto. No querÃa volver a ver hacia el maizal. No querÃa volver a escuchar ese ruido. Por la mañana no dijimos nada. Mi hermana solo me miró de reojo durante el desayuno y yo le respondà con un gesto leve, como si todo estuviera bien.
9:10 Pero los dos sabÃamos que no. SabÃamos que algo estaba ahÃ. Algo que solo salÃa de noche y que no querÃa que lo vieran. A la mañana siguiente, mi papá salió temprano con las trampas. Las tenÃa guardadas en un baúl viejo que antes usaba mi abuelo. Estaban oxidadas en las orillas, pero aún servÃan. Eran pesadas, de metal grueso con los dientes romos, como las que usaban en otros tiempos para los coyotes que bajaban del cerro. las limpiamos rápido y luego fuimos con él al maizal las colocó entre las hileras más cercanas a la casa enterrándolas sólo un poco para que la tierra no se notara suelta encima les puso carnada huesos de pollo un pedazo de carne vieja hasta un poco de pan con manteca Nada muy fresco, pero suficiente para atraer a lo que fuera que se estuviera metiendo entre las cañas. Yo querÃa ayudar más, pero él no me dejaba acercarme tanto. DecÃa que era cosa de hombres, pero en el fondo sabÃa que era miedo.
10:14 No querÃa que me pasara algo. Esa tarde todo se mantuvo tranquilo, más de lo normal. Ni los perros ladraban, ni las gallinas se salieron del gallinero. Como si todo el patio supiera que habÃa que quedarse quieto. El sol se fue apagando y mi papá nos prohibió acercarnos al maizal. Dijo que ya estaba hecho lo que se tenÃa que hacer, que ahora solo quedaba esperar. La cena fue en silencio. Solo se oÃa el sonido de los cubiertos contra los platos. Los perros estaban echados cerca de la puerta, uno dormido y el otro mirando fijo hacia la ventana. Fue ese mismo el que se puso primero inquieto. Se levantó de golpe y empezó a gruñir bajo. El otro lo imitó, pero en vez de gruñir, se acercó a la ventana de la cocina y empezó a ladrar fuerte. No aullaba, no gemÃa, ladraba con rabia. Algo estaba del otro lado, lo sentÃamos todos. Mi hermana se asustó. Mi mamá se levantó para cerrar con seguro la puerta trasera. Y justo cuando lo hacÃa, se escuchó el grito. No era un animal común. Era un grito largo, delgado, que empezaba bajo y subÃa como si algo lo estuviera estrangulando. Duró demasiado, como si no tuviera pulmones normales. No parecÃa de perro ni de gato. Era como de un niño o algo parecido, pero distorsionado. De inmediato se nos erizó la piel a todos.
11:39 Nadie se movió, nadie habló. Mi papá fue el primero en reaccionar. Agarró una barra de metal que tenÃa apoyada detrás de la puerta y prendió la lámpara de mano. Dijo que iba a ver. Yo me levanté también, querÃa ir con él, pero no me dejó. Me miró rápido y me dijo que me quedara, que cuidara a las mujeres, y se fue. Lo seguimos desde la puerta con la mirada. Caminó firme hasta el maizal, iluminando cada paso. La lámpara apenas servÃa, pero alcanzaba a mostrar parte de las cañas y el camino entre las hileras. Se metió unos metros, luego se detuvo. Yo querÃa correr detrás de él, pero mi mamá me puso la mano en el brazo. Me dijo que esperara. Pasaron varios minutos. la lámpara parpadeaba de vez en cuando después vimos que regresaba venÃa rápido pero no corriendo sólo con paso firme como queriendo no demostrar miedo entró a la casa y cerró la puerta de un golpe nos dijo que no habÃa nadie No vio sombras, ni ojos, ni animales. Pero una de las trampas estaba manchada de sangre. Solo una. Las demás estaban cerradas como si alguien las hubiera presionado para activarlas sin caer en ellas.
12:56 La trampa manchada tenÃa la tuerca barrida. Eso lo notó en cuanto la tocó, como si algo con fuerza la hubiera abierto. No con manos, pero tampoco con garras. No sabÃa cómo explicarlo. Y lo peor, no habÃa marcas alrededor, no huellas, no arrastre, ni siquiera sangre esparcida. sólo unas gotas secas sobre la tierra en lÃnea sin forma clara que no llevaban a ninguna parte eso fue lo que más lo sacó de onda que algo se hubiera herido que hubiera sangrado ahà mismo pero que no hubiera rastro de su salida como si se hubiera desecho o como si se hubiera hundido en la tierra Nos quedamos todos en silencio. Nadie quiso cenar más. Ni mi mamá quiso preguntar.
13:44 Solo recogimos los platos y dejamos la luz encendida en la cocina. Esa noche nadie durmió bien. Yo me quedé en el pasillo, escuchando, pensando. Cada crujido de las cañas, cada ruido leve, parecÃa el mismo del grito, como si algo estuviera esperando que apagáramos la luz para volver. Al amanecer, mi papá me despertó sin decir una palabra. Me vestà rápido y lo seguà hasta el maizal. El aire estaba fresco y la tierra aún húmeda por el sereno. Caminamos en silencio entre las hileras secas, pisando despacio para no desactivar las trampas. Llegamos hasta donde la noche anterior habÃa dicho que vio sangre. La trampa seguÃa en el mismo lugar, abierta con la tuerca floja. La sangre ya se habÃa secado, era como una costra oxidada sobre el metal y parte de la tierra, pero no habÃa ni un solo rastro más, ni pisadas, ni marcas de garras, ni arrastre, nada, solo un hueco leve frente a la trampa, como si algo se hubiera apoyado ahÃ. No era un hoyo profundo, apenas una hendidura, como si el peso se concentrara en una parte muy chica del cuerpo, no en los pies ni en las rodillas. Mi papá no dijo nada, pero se agachó a tocar la tierra, luego limpió la trampa con un trapo y la volvió a colocar en el mismo lugar.
15:09 No me miraba, parecÃa estar pensando en algo que no querÃa compartir. Caminamos de regreso igual de callados. Ese dÃa, durante la mañana, él no abrió la boca para nada, ni siquiera para decir si querÃa desayuno. Se sentó en una silla vieja bajo la sombra del árbol del patio y se quedó viendo hacia el maizal. Mi mamá trató de preguntarle si habÃa visto algo más, pero él solo movió la cabeza. Mi hermana lo miraba con miedo, como si él ya supiera algo que nosotros todavÃa no. Por la tarde salimos al monte a juntar leña. Era una costumbre que hacÃamos entre todos, pero ese dÃa mi papá se quedó en casa. Solo fuimos mi mamá, mi hermana y yo. Juntamos un par de ramas secas, llenamos una carretilla chica y regresamos mientras aún habÃa luz. Al llegar al patio, mi mamá y mi hermana se detuvieron de golpe.
16:08 Yo venÃa más atrás, y cuando las vi, pensé que se habÃan lastimado con algo. Pero no. Estaban viendo hacia las cañas. Las dos dijeron que habÃan visto una figura entre las plantas. Algo bajo, encorvado, que se arrastraba. No lo vieron de frente. Solo vieron cómo cruzaba una de las hileras, rápido, pero agachado, con los brazos por delante, como si usara las manos para impulsarse. Mi hermana estaba pálida, dijo que no era un animal, que parecÃa persona, pero muy rara, que tenÃa la cabeza grande. Mi mamá dijo que no corriéramos, que habÃa que avisarle a mi papá. Ãl salió en cuanto lo llamamos, agarró la lámpara, su machete y me dijo que lo acompañara. Entramos al maizal por el mismo lado donde mi hermana señaló. No habÃa viento ni sonidos, solo el crujido seco de las cañas cuando las apartábamos. Caminamos un par de minutos, no vimos a nadie, pero encontramos un rastro. Era una lÃnea poco profunda, como si algo arrastrado hubiera pasado por ahÃ. No era ancha, ni parecÃa hecha por un costal o por un cuerpo completo.
17:19 Era una sola lÃnea, muy recta, que se metÃa entre las plantas y se perdÃa más adelante. No habÃa pisadas, solo esa marca. Mi papá la siguió un poco más, pero luego se detuvo. Dijo que no tenÃa caso, que esa cosa se movÃa sin dejar huella, que era mejor no seguirlo tanto. Regresamos. Esa noche volvió a preparar las trampas, pero esta vez decidió colocarlas más adentro del maizal. Caminamos juntos por las hileras, buscando puntos estratégicos. Yo llevaba la lámpara y él el costal con las trampas. Las fue enterrando una por una, más profundas, con más cuidado. Las carnadas eran parecidas a las de antes, pero también usó un pedazo de trapo viejo que tenÃa sangre seca. Dijo que a veces eso ayudaba. Al volver a casa, cerramos todo con seguro. Mi mamá dejó de nuevo la vela encendida junto a la ventana trasera, con una cruz de palma al lado. Nadie dijo nada durante la cena. Pasó la noche. Nadie gritó. Nadie lloró. No hubo crujidos raros, solo los grillos y el viento leve. En la mañana siguiente, mi papá y yo fuimos a revisar. Todas las trampas seguÃan ahÃ, ninguna activada, ni movidas, como si nada hubiera pasado, pero eso no nos tranquilizó, nos dejó peor, porque si no habÃa caÃdo en las trampas, entonces sabÃa cómo evitarlas, o peor aún, no necesitaba pisar el suelo como nosotros.
18:53 Mi papá se quedó un rato viendo las hileras. Me preguntó si creÃa que eso era un animal. Le dije que no, porque los animales huyen cuando los atrapan. Esto no, esto parecÃa estar jugando. Esa noche volvimos a cerrar todo con cuidado. Las trampas seguÃan puestas más adentro del maizal. Aún asÃ, los perros no estaban tranquilos. Desde que cayó la noche, comenzaron a llorar bajito. escondiéndose bajo las camas ni siquiera quisieron acercarse a los platos de comida uno de ellos el más viejo temblaba como si estuviera enfermo pero no tenÃa fiebre ni heridas solo miedo mi mamá volvió a dejar la vela bendita junto a la puerta trasera como cada noche desde que todo esto empezó. La puso dentro de un vaso de vidrio grueso, junto a una cruz de palma. Todos nos fuimos a dormir en silencio, cada quien en su cuarto, aunque ya nadie dormÃa tranquilo.
19:54 Yo tardé mucho en quedarme dormido. La imagen del rastro entre las cañas me venÃa cada rato a la cabeza, como si algo fuera a meterse por la ventana mientras parpadeaba. A la mañana siguiente, fui al patio, apenas amaneció. La vela estaba apagada. El vaso estaba quebrado, partido en dos, como si algo lo hubiera empujado desde adentro. No habÃa señales de caÃda ni vidrio esparcido. Solo el vaso roto sobre la mesa pequeña donde lo habÃan dejado. La cera no estaba derramada. Se habÃa apagado con la mecha hundida y torcida. Se lo mostré a mi papá. Ãl lo vio un momento y solo dijo que no se tocara más eso. Me acerqué a la orilla del maizal. Las cañas más cercanas a la casa estaban ladeadas, como si alguien las hubiera pisado con fuerza. Eran varias hileras. No parecÃa viento. No habÃa lluvia. Solo se veÃan pisadas grandes, abiertas, como si algo muy pesado hubiera pasado caminando en lÃnea recta.
20:56 Volvà a entrar sin decir nada. Mi papá ya se habÃa puesto las botas y revisaba su lámpara. Dijo que esa noche no iba a dormir, que lo iba a esperar despierto. Todo siguió callado el resto del dÃa. No se escuchaban carros, no habÃa gallinas en el corral. Hasta los chivos parecÃan más inquietos. al anochecer nos encerramos todos los perros no ladraban pero seguÃan escondidos como si supieran que venÃa algo eran como las cinco de la mañana cuando pasó todavÃa estaba oscuro yo estaba en el cuarto medio dormido cuando escuché el grito era mi papá un grito fuerte seco como si le hubieran arrancado algo me levanté de golpe Mi mamá ya venÃa saliendo con una lámpara en la mano. Salimos corriendo al patio. Mi hermana venÃa llorando atrás, descalza. Mi papá venÃa saliendo del maizal, arrastrándose.
21:55 TenÃa un pie ensangrentado y la manga remangada hasta el codo. En el brazo tenÃa una de sus propias trampas, la metálica, cerrada en la parte del antebrazo. Iba jadeando, arrastrándose con la otra mano, haciendo fuerza con la pierna buena. mi mamá soltó la lámpara y corrió hacia él yo me acerqué rápido y lo ayudé a levantarse logramos meterlo a la casa le quitamos la trampa como pudimos no le habÃa quebrado el brazo pero tenÃa la carne morada con una lÃnea roja profunda El pie estaba más lastimado, con una herida larga en el talón. No sabÃamos si se habÃa cortado con algo más. Lo acostamos en el suelo, sobre un costal limpio. Mi mamá corrió por vendas y agua oxigenada. Cuando se calmó un poco, mi papá empezó a contar lo que habÃa pasado. Dijo que habÃa salido al maizal antes del amanecer, con la lámpara y su machete.
22:53 HabÃa escuchado algo que se arrastraba cerca de la casa. No querÃa que se metiera de nuevo. Al llegar a las primeras hileras, vio una figura moviéndose entre las cañas, algo bajo, como un cuerpo humano a ras del suelo, pero con la cabeza más grande. Iba con los brazos extendidos, tocando el suelo. Trató de acercarse, pero al dar un paso más adentro, algo lo empujó desde el costado. Perdió el equilibrio y cayó encima de una de sus propias trampas. Dijo que mientras se intentaba zafar, escuchó un gruñido detrás de él. No era de animal. Era como si alguien forzara la garganta para hacer un ruido, entre humano y perro, y luego sintió algo húmedo tocarle la espalda. No fue una mano, fue como una lengua larga, áspera, que le pasó por encima de la camisa. Ahà fue cuando gritó.
23:46 Dijo que apenas gritó, el gruñido paró, y todo se quedó callado. Se arrastró como pudo, sin mirar atrás, hasta salir a la orilla del terreno. No quiso volver la vista. Cuando lo curábamos, notamos que su camisa tenÃa una mancha en la espalda. Era negra, como si lo hubieran embarrado con tierra húmeda, y olÃa mal. No a sudor ni a lodo, a huevo podrido. Quemamos esa camisa esa misma mañana. Después de curarlo, fui solo al maizal. Busqué donde habÃa caÃdo. Entre las cañas encontré marcas de movimiento y cerca del lugar una lÃnea en la tierra. era como una huella pero no de zapato parecÃa de garras largas como si una mano grande hubiera rascado la tierra antes de irse mi papá no quiso que lo lleváramos al centro de salud dijo que no querÃa que nadie se metiera que no era necesario Solo pidió agua y que lo dejáramos recostado en la sala con las ventanas cerradas. Jadeaba, le costaba hablar, pero cuando le dimos un poco de café con azúcar empezó a contarlo todo, despacio, como si no supiera por dónde empezar. Dijo que se habÃa levantado antes del amanecer porque habÃa escuchado otra vez ese sonido de arrastre entre las cañas, cerca de la casa. pensó que si atrapaba de una vez lo que andaba ahà podrÃamos dormir tranquilos se puso las botas agarró su lámpara y el machete y salió solo sin despertarnos caminó por el
25:16 borde del maizal y se fue metiendo despacio usando la lámpara lo menos posible para no espantar a lo que fuera que anduviera ahà dijo que no pasó mucho antes de ver una figura era algo bajo moviéndose entre las cañas casi a ras del suelo como una persona que se arrastraba pero sin hacer ruido con las piernas lo que más le llamó la atención fue la cabeza que se notaba más grande de lo normal y los brazos que parecÃan moverse como si buscaran algo en la tierra. Trató de alcanzarlo, se metió entre las hileras y ahà fue donde algo lo empujó fuerte desde el costado. No supo si fue una rama o una mano, pero lo tumbó.
25:58 Cayó justo sobre una de sus trampas, la que él mismo habÃa puesto dos dÃas antes. No le rompió el brazo, pero sintió el fierro apretarle la piel. Se le fue el aire del golpe y por un segundo solo pensó en zafarse. Mientras trataba de abrir la trampa, escuchó un sonido muy bajo detrás de él. Era un gruñido. Era como el intento de una persona de gruñir forzando la garganta, como si se le atorara algo en la voz. Luego sintió que algo le tocó la espalda. No fue un golpe. Fue algo húmedo, largo, como si le hubieran pasado una lengua sobre la camisa. Una lengua tibia, lenta, que le dejó la espalda empapada en un segundo. Gritó. No supo si fue del miedo o del asco. Gritó con todas las fuerzas que le quedaban. En ese momento, el gruñido se detuvo. No sintió más presión en el brazo. Pudo girarse y empezar a arrastrarse fuera de ahà sin mirar atrás.
26:56 Escuchó como algo crujÃa detrás de él, como si retrocediera entre las cañas, pero no quiso comprobarlo. Solo se arrastró hasta llegar al borde, donde nosotros lo encontramos. Mi mamá le limpió la herida como pudo. Le echó agua oxigenada y luego alcohol. Le amarramos un trapo limpio con cinta y le dimos algo para el dolor. Cuando le quitó la camisa, notamos que en la espalda tenÃa una mancha. Era como una costra negra, pegajosa, que olÃa mal, como si le hubieran embarrado tierra podrida, con ese olor agrio que deja el huevo echado a perder. La camisa la tiramos en el horno viejo y la quemamos ahà mismo.
27:38 Más tarde, cuando mi papá pudo dormirse un poco, salà con la lámpara y fui a buscar el lugar donde cayó. No fue difÃcil encontrarlo. Las cañas estaban abiertas, con rastros de que alguien se habÃa arrastrado de regreso. HabÃa una marca profunda en el suelo, como de cuerpo pesado, y, un poco más al fondo, la trampa cerrada, manchada con su sangre. Alrededor de la trampa, en la tierra húmeda, vi algo raro. HabÃa una forma marcada en la tierra. Era una lÃnea de cuatro marcas curvas con una más al centro, como una garra abierta. No eran de animal que yo conociera. Eran alargadas, con puntas que se enterraban un poco más. Me agaché para verlas mejor, pero no las toqué. Eran varias. Una seguÃa hacia adentro del maizal, la otra se perdÃa hacia la parte de atrás de la parcela. No quise seguirlas. Me regresé caminando despacio con la lámpara baja. Al entrar, le dije a mi mamá que ya habÃa visto. Solo me dijo que cerrara la puerta bien y que no le contara nada a mi hermana.
28:46 Ese dÃa no salimos al campo. Nos quedamos todos dentro, en silencio. Mi papá dormÃa y hablaba entre sueños, como si se peleara con algo. yo no dejaba de pensar en esas marcas en lo que fuera que habÃa lamido su espalda en ese momento entendà que eso no era un animal lo que sea que andaba en el maizal no estaba buscando comida estaba buscando entrar mi papá pasó todo el dÃa sin decir mucho sólo repitió que no se iba a acercar más al maizal ni querÃa que nadie más lo hiciera dijo que si esa cosa querÃa llevárselo ya lo hubiera hecho que estaba claro que no era un animal y que ya no se trataba de trampas ni de proteger la cosecha. Era otra cosa. Me pidió que lo ayudara a tapar la trampa donde se habÃa lastimado. Llevamos tierra, ramas y la cubrimos bien. Después cortamos madera del mezquite seco que habÃa junto al gallinero y tallamos varias cruces. Las clavamos en la tierra, una en cada esquina del terreno. Mi mamá también se unió.
29:53 Ella las frotó con sal y rezó mientras las colocábamos. No sabÃamos si eso servirÃa, pero no tenÃamos nada más. Esa noche la luna estaba llena. No necesitábamos lámpara para ver hasta cierta distancia. El aire estaba quieto. Ni siquiera se movÃan las hojas de los guayabos. Los perros se quedaron en el pasillo, todos juntos, recostados sin ladrar. Solo lloraban bajo, con la cabeza gacha, como si tuvieran miedo. Uno de ellos temblaba y ni con comida lo logramos hacer levantarse. Ya era tarde cuando me levanté al baño. Volvà a mi cuarto y, antes de acostarme, me acerqué a la ventana. La abrà un poco para que entrara aire.
30:37 Desde ahà podÃa verse la orilla del maizal. Las cañas, secas y altas, se mecÃan apenas con la brisa. Pero algo me llamó la atención. HabÃa una parte entre las cañas justo frente a la casa donde parecÃa asomarse algo. Me quedé mirando y sentà que el estómago se me encogÃa. Era una cara. Estaba medio oculta, pero se notaba bien. No era una persona. TenÃa la piel ceniza, como si la hubiera revolcado en ceniza húmeda. Los ojos estaban muy abiertos y separados más de lo normal. No pestañaba, no se movÃa. Solo estaba ahÃ, con la mitad del rostro detrás de las hojas, mirando fijo hacia la casa. No se me ocurrió gritar. Solo me quedé quieto con la boca apretada. Cerré la cortina despacio. Me alejé de la ventana sin dar la espalda. Me metà a la cama, tapado hasta el cuello. Traté de convencerme de que era mi imaginación, pero no lo era. Yo lo vi bien.
31:38 Vi esa cara. Solo estaba ahÃ, como si hubiera estado horas mirando. No dormà esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, volvÃa a ver el rostro entre las cañas. No sabÃa si era un animal raro, disfrazado de humano, o una persona que ya no lo era. Algo que se habÃa ido deformando con el tiempo, escondido entre la milpa, arrastrándose cuando nadie miraba. Al amanecer, me levanté con los ojos ardiendo del cansancio. Bajé a tomar café sin decir nada. Mis papás seguÃan dormidos. Me asomé al patio y volvà a ver el maizal. Todo parecÃa igual, pero no me atrevà a salir. Me quedé en la puerta, con la taza en la mano, como si algo pudiera asomarse otra vez.
32:24 Fue la primera vez en mi vida que me dio miedo salir al patio durante el dÃa. Porque, aunque el sol ya habÃa salido, yo sentÃa que eso seguÃa ahÃ. Y aunque no lo viera, sabÃa que podÃa estar escondido, solo esperando. Entre las cañas, donde ya no podÃamos verlo. Donde nunca debimos haber sembrado. A finales de octubre, el maÃz ya estaba completamente seco. Las cañas estaban duras, grises por el sol. Era tiempo de cosechar, pero nadie en la familia querÃa volver a poner un pie ahÃ. Ni yo, ni mi hermana, ni mi papá. Ni siquiera los perros se acercaban. Solo pasaban cerca si Ãbamos con ellos y aún asà lo hacÃan con el rabo bajo. Mi papá decidió que no lo harÃamos nosotros. Dijo que lo mejor era rentar una máquina. No querÃa que nadie caminara por ahÃ, no importaba el costo. Llamó a un conocido del ejido que tenÃa una cosechadora grande. Le explicó que necesitaba limpiar todo el terreno en un solo dÃa, sin pausas, sin meterse con nada. Solo cortar, recoger y terminar. El operador llegó temprano, con otro hombre. No se les dijo nada, solo se les marcó por dónde entrar y por dónde salir.
33:41 Se les pidió que no dejaran ningún espacio sin repasar. Mi papá les repitió que no se detuvieran por nada, ni por piedras, ni por raÃces, ni por ruidos. Ellos se miraron entre sÃ, pero no dijeron nada. se subieron a la máquina y comenzaron desde la casa los vimos nos sentamos en el porche nadie habló la cosechadora avanzaba lento pero firme iba dejando hileras limpias detrás a veces se atascaba un poco pero seguÃa no miramos hacia otro lado en todo el dÃa Solo observamos cómo la máquina tragaba el maÃz, caña por caña. No querÃamos que quedara nada en pie. Acabaron antes de que cayera el sol.
34:25 El operador bajó, recibió el pago y se fueron sin hacer preguntas. La tierra quedó expuesta, marrón, agrietada. ParecÃa otra cosa. Sin el maizal el terreno se veÃa más pequeño, más triste, más callado. Al dÃa siguiente, muy temprano, salà yo solo a ver de cerca. Caminé por los surcos donde antes estaban las cañas. Todo estaba lleno de hojas secas, palos rotos, restos de raÃz. Fue en el rincón más alejado, cerca del alambrado, donde vi algo. Eran pedazos pequeños. Al principio pensé que eran ramas, pero no. Eran huesos, delgados, quebrados, ennegrecidos por dentro, como quemados por dentro, pero sin marcas por fuera. No eran huesos grandes, no de vaca ni de perro, eran pequeños, de brazos, costillas, dedos. No quise preguntar de qué eran, solo los recogà con cuidado, uno por uno, con la pala. Llevé un saco de yute, los metà ahà y me fui caminando hacia la parte del monte donde tiramos la basura orgánica. y me regresé sin mirar atrás después de eso las cosas cambiaron no volvimos a escuchar ruidos entre las cañas ya no hubo ojos en la ventana los perros dejaron de temblar por las noches nadie lloró pero se notaba que todos estábamos más tranquilos como si al quitarle el maizal le hubiéramos quitado el escondite o el hogar desde entonces cada vez
35:56 que vamos a sembrar mi papá camina el terreno solo llega con una cruz de madera la clava en cada esquina y se queda un rato en silencio el curandero Nahual Siempre se hablaba de un rancho que quedaba detrás del Cerro Grande, donde la tierra se partÃa en grietas y el viento arrastraba ceniza. Allà vivÃa un hombre que sanaba enfermedades que ningún médico podÃa curar. Nadie contaba con detalle cómo lo hacÃa. DecÃan que cobraba un precio que cada familia descubrÃa cuando ya no habÃa vuelta atrás. Cuando alguien preguntaba qué clase de pago era, los demás bajaban la mirada o se quedaban callados, como si repetirlo pudiera traer desgracia. En el pueblo todos conocÃan alguna historia. Una de las más repetidas era la de Luisito Hernández, un niño que nació con un bulto blando en el costado, del tamaño de una naranja. La piel se le llenó de manchas moradas que reventaban y le mojaban la camisa.
37:05 Su madre, Doña Petra, decÃa que cada noche el bulto latÃa como un corazón aparte. Cuando la fiebre empezó a secarle la voz, decidieron llevarlo al rancho. Salieron antes de que amaneciera, el abuelo lo llevaba envuelto en un petate atado a la espalda. No avisaron a nadie. Regresaron tres dÃas después. Luisito venÃa con los ojos abiertos sosteniéndose de la mano de su padre. TenÃa la piel limpia y respiraba con calma. Durante un tiempo creyeron que se habÃa salvado, pero unas semanas después empezaron a encontrarlo echado en el patio de tierra suelta, siempre en el mismo lugar junto al granado. Se acostaba boca abajo, con la cara hundida en el polvo reseco que se levantaba cuando soplaba el viento.
37:51 Si lo alzaban para meterlo en la casa, lloraba con un sonido ronco y áspero que no se parecÃa a su llanto de antes. También se contaba de MarÃa del Carmen Aguirre, una mujer que se quedó ciega a los 40 años. La infección empezó con una costra blanca que le tapó los ojos. Su marido, Francisco, la llevó a médicos de otros pueblos, pero ninguno pudo curarla. cuando ya no comÃa ni respondÃa a su hijo la subieron en un burro y la llevaron al rancho volvió caminando detrás de francisco con los ojos abiertos y claros saludaba a todos recordaba los nombres y decÃa que sentÃa que la vida le habÃa regresado Durante unas semanas todo parecÃa normal, pero después empezó a mezclar las caras de la gente. Llamaba con otros nombres a los vecinos. Un dÃa no reconoció la casa.
38:44 Al final se sentaba en la puerta con la mirada perdida. Cuando su hijo se acercaba, le preguntaba quién era y qué hacÃa allÃ. Otra historia la contaba doña Fabiola, que decÃa que su hermana Elvira tenÃa los pulmones llenos de agua. No podÃa dormir por la tos que le arrancaba la voz. Una madrugada su esposo la llevó al rancho, regresó caminando sola. Ya no tosÃa, parecÃa que todo estaba resuelto. Pero cada noche, cuando se quedaba despierta, hablaba en voz baja con alguien que nadie veÃa. DecÃa que esa voz le contaba secretos que no debÃa repetir. Esos relatos iban de boca en boca.
39:25 Cuando alguien preguntaba si eran ciertos, muchos se encogÃan de hombros. Otros decÃan que todo era puro cuento. Pero en las noches de calor, cuando la gente se sentaba afuera, los nombres y los detalles siempre eran los mismos. El rancho de adobe partido, el hombre que no salÃa a recibirlos, el fogón encendido y el precio que se pagaba sin saber cuándo. Yo escuché esas historias desde que era niño. Nunca pensé que un dÃa me interesarÃan más que cualquier otro tema. Mi madre me decÃa que no me llenara la cabeza con cosas de brujerÃa, que si uno creÃa en esas leyendas terminaba viviendo con miedo. Pero a veces su voz cambiaba cuando alguien mencionaba aquel lugar. Bajaba la mirada y se quedaba callada, como si en el fondo supiera que no todo era invento. A mà me parecÃan relatos exagerados. Pensaba que, si alguien enfermaba, lo mejor era esperar al médico que llegaba en su camioneta blanca cada dos semanas. La medicina siempre tenÃa alguna respuesta. Durante años creà que bastaba con eso. Todo cambió cuando mi madre empezó a perder fuerza. Primero tuvo fiebre constante, decÃa que era un resfriado mal curado. Después dejó de comer, se quedaba acostada, con los labios partidos y los párpados medio abiertos.
40:47 El médico vino dos veces, la primera dijo que era una infección que se controlaba con antibióticos, la segunda vez se quedó mirándola un buen rato antes de hablar, explicó que sus órganos se estaban pudriendo por dentro, dijo que pronto se iba a morir. Mi padre dejó de buscar remedios. Se sentaba en la puerta con la cara entre las manos, sin moverse hasta que oscurecÃa. Yo seguà probando todo lo que alguien me sugerÃa. Compré jarabes que prometÃan limpiar la sangre. Hervà plantas que recogà detrás de la escuela. Nada cambió. La fiebre no se movió. Una tarde, mientras llenaba un balde con agua, se acercó Pablo, un vecino que trabaja en los potreros. Me preguntó si habÃa pensado en lo que hacÃan otros cuando no quedaba remedio. TenÃa la voz apagada.
41:38 Dijo que conocÃa a gente que habÃa ido al rancho y que aunque nadie querÃa contarlo, algunos regresaban con sus enfermos caminando. Me advirtió que después venÃa otra cosa, algo que no se podÃa explicar ni remediar. Lo miré sin decir palabra. El agua goteaba del balde y se formaba un charco en el piso. Pensé que la última parte de su advertencia ya no importaba. Mi madre apenas respiraba. Si quedaba un lugar donde intentar algo más, yo iba a ir. Esa noche el aire dentro de la casa estaba tan denso que costaba respirar. La fiebre de mi madre seguÃa subiendo. Cada vez que me acercaba, sentÃa el calor que salÃa de su cuerpo como si se quemara por dentro. Le pasé un trapo húmedo por la frente y por las mejillas. No abrió los ojos. Solo murmuró algo que no entendÃ. TenÃa la piel tan pálida que parecÃa un costal vacÃo. Mi padre se sentó junto a la cabecera del catre. Le tomó la mano con cuidado, como si temiera romperle los dedos. La miraba fijo, con los labios apretados. No era un hombre de muchas palabras, pero esa noche tenÃa la cara deshecha, igual que cuando murió mi hermana menor. La diferencia era que ahora no se oÃa llanto. Solo el zumbido de un mosquito atrapado entre las láminas del techo. Me quedé un rato sin moverme.
43:05 Miraba la pared llena de manchas de humedad. Pensaba en todo lo que habÃamos probado. Las infusiones, los jarabes, las oraciones que la vecina decÃa en voz baja cada vez que pasaba. Nada cambió el curso de la enfermedad. La fiebre seguÃa ahÃ, encendida. Mi madre respiraba con dificultad. El pecho subÃa despacio y tardaba en bajar. A veces pasaban varios segundos sin que se oyera el aire entrar. Yo contaba cada pausa con el corazón golpeándome en la garganta. Me levanté y busqué la vela que guardábamos para cuando se iba la luz. La encendà y la puse sobre un tabique junto a la puerta. Iluminaba apenas la mitad del cuarto. Mi padre no se movió, seguÃa sosteniéndole la mano como si fuera lo único que podÃa hacer. Decidà que esa serÃa la última noche que la verÃa asÃ.
43:57 Si quedaba un lugar donde intentar salvarla, no me importaba el precio. SabÃa que el rancho no quedaba cerca, muchos contaban que a pie era fácil perderse, pero otros aseguraban que el camino siempre se mostraba a quien iba por necesidad. salà al patio y busqué un costal limpio lo extendà sobre una banca y empecé a reunir lo que creÃa que servirÃa como ofrenda tomé dos gallinas pequeñas que criábamos detrás de la casa estaban flacas pero no conocÃa otra cosa que pudiera dar busqué también un puñado de mazorcas que guardábamos para el invierno Les quité la cáscara más sucia y las envolvà en un trapo. Entré otra vez al cuarto. Mi madre seguÃa con la respiración pesada. Mi padre levantó la vista cuando me vio acercarme con las tijeras.
44:49 Le expliqué que necesitaba un mechón de su cabello. No dijo nada. Solo apartó un poco la cobija. Con cuidado, tomé unas hebras largas que le caÃan sobre el cuello y las corté. Las até con hilo. Me temblaba la mano mientras lo hacÃa. Guardé el mechón dentro de una bolsa de tela. Sobre la mesa de la cocina dejé unas monedas que habÃamos juntado para comprar medicina. No sabÃa si el hombre del rancho aceptaba dinero, pero llevaba todo por si acaso. Antes de salir, miré a mi madre. El rostro se le veÃa hundido, con la boca apenas entreabierta. La fiebre la estaba consumiendo rápido. Mi padre se levantó de la silla y se puso de pie frente a mÃ.
45:34 Me sostuvo la mirada. TenÃa los ojos enrojecidos y la barba crecida. Me dijo que, si decidÃa ir, ya no habrÃa forma de dar marcha atrás, que no querÃa saber lo que pasarÃa después. No le respondÃ. Levanté el costal y crucé la puerta. la madrugada estaba quieta caminé despacio por el patio hasta llegar al portón de madera cuando lo abrà un viento frÃo me dio en la cara el camino hacia el cerro se perdÃa en la oscuridad empecé a andar sin pensar en cuánto tardarÃa cada paso me pesaba como si arrastrara algo más que el costal El sendero era de tierra suelta. Al principio se confundÃa con el resto del campo, pero conforme me alejaba de la casa empezaron a verse huellas. Eran marcas viejas y otras más recientes, todas en la misma dirección. Algunas parecÃan de zapatos grandes, otras de pies descalzos. Entre las huellas quedaban rastros de ceniza y trozos de cáscara de mazorca.
46:37 Cada tanto sentÃa que algo se movÃa detrás de mÃ. Me detenÃa a mirar. pero no veÃa nada, solo escuchaba el viento que pasaba entre las ramas secas. Me acomodé el costal al hombro y seguà adelante. Cuando subà la última pendiente vi la construcción. Era un rectángulo de adobe oscuro con el techo vencido en un extremo y grietas que recorrÃan la pared de arriba abajo. No tenÃa ventanas, la puerta estaba entreabierta, sostenida por una bisagra torcida. El suelo frente a la entrada estaba lleno de huellas, pisadas que iban y venÃan, algunas descalzas, otras con suela marcada.
47:18 Entre ellas quedaban restos de ceniza, mazorcas partidas y tiras de tela quemada. me detuve con el costal en los brazos di un paso y el olor me golpeó en la cara era una mezcla de grasa rancia y humo me ardieron los ojos entré despacio un hombre estaba sentado en una silla baja con la cabeza inclinada hacia adelante y las manos sobre los muslos la piel de su cara era gris amarillenta Su pecho subÃa y bajaba de manera lenta. Di otro paso, se enderezó de golpe y levantó la vista. Sus ojos opacos quedaron fijos en mÃ. Dije que venÃa por ayuda, que mi madre llevaba dÃas acostada y que ningún remedio servÃa. Mientras hablaba, tomó un cuenco de barro, lo acercó a su boca y sopló.
48:07 Un humo denso empezó a subir y el olor cambió a tierra mojada con sangre. Se puso de pie, era más alto de lo que pensaba, tenÃa los hombros rectos y un cuello largo, sus manos parecÃan demasiado grandes. Habló con voz áspera, dijo que la enfermedad podÃa dejar el cuerpo, pero siempre quedaba algo en su lugar. Me preguntó a quién querÃa salvar, contesté que a mi madre, dijo que su cuerpo se limpiarÃa cuando saliera el sol, pero que el precio llegarÃa después. Se agachó y tomó un puñado de ceniza del piso, la dejó caer sobre una piedra chata con marcas grabadas, la ceniza empezó a humear sin fuego.
48:50 Me indicó que me acercara. Avancé con pasos cortos. El humo me quemaba la cara. Dijo que todo lo que trajera debÃa entregarse antes de iniciar. Dejé el costal en el suelo. Saqué el mechón de cabello y lo puse sobre la piedra. La ceniza se volvió más espesa. lo miró un momento después volvió a mà dijo que si aceptaba no podrÃa arrepentirme pensé en mi madre tendida en el catre no podÃa volver sin hacer nada le dije que aceptaba el hombre tomó el mechón de cabello y lo sostuvo entre los dedos murmuró unas palabras que no reconocà el humo se volvió más espeso y llenó el cuarto sentà que me ardÃan los ojos y me pesaba la cabeza sacó un cuchillo corto con el mango de madera oscura lo pasó sobre la piedra con un movimiento lento la hoja estaba manchada con algo seco del color de la sangre vieja con la otra mano tomó un trozo de tela y lo envolvió alrededor de la punta me señaló con un gesto de la cabeza caminé hacia él sin pensar en nada más que en mi madre El hombre extendió el cuchillo. Me indicó que debÃa sostenerlo mientras él preparaba lo demás. Lo tomé. La madera estaba tan frÃa que me dolieron los dedos. Se arrodilló en el suelo. Su cuerpo empezó a cambiar. La piel de sus brazos se tensó y se oscureció hasta tomar un tono gris. Las manos se alargaron. Las uñas crecieron hasta volverse garras. Sus pies se apoyaron planos sobre la tierra
50:23 y sus hombros se encorvaron. Respiraba rápido, con un sonido áspero que llenaba el silencio. Me pidió que pensara en ella, que la trajera a mi mente con la mayor claridad. Mientras lo hacÃa, sentà un mareo que me dobló un poco las rodillas. No solté el cuchillo. El Nahual levantó ambas manos y las pasó por encima del mechón. El humo giraba en cÃrculos alrededor de sus dedos. luego habló con voz ronca dijo que el cuerpo de mi madre se limpiarÃa pero que un sitio vacÃo siempre reclamaba algo se inclinó sobre la piedra la ceniza subió como si el fuego la encendiera por debajo Luego estiró un brazo y apoyó la garra sobre mi pecho. No me hizo daño, pero sentà un peso frÃo que me llenó el pecho de un vacÃo que no supe explicar. Me pidió que cerrara los ojos. Cuando lo hice, vi la imagen de mi madre en la cama. con la cara hundida en la almohada y la piel pálida. Después todo se volvió negro.
51:27 No sé cuánto tiempo pasó. Oà su voz de nuevo. Me dijo que abriera los ojos. Lo hice. La piedra ya estaba limpia. No quedaba ceniza. El mechón se habÃa consumido. El hombre volvió a tomar forma. La piel de sus brazos se aclaró. Las garras se retrajeron hasta quedar en dedos normales, aunque seguÃan manchados de algo oscuro. se levantó despacio y me miró con el rostro sin expresión dijo que al salir de allà ella despertarÃa que su cuerpo estarÃa sano también dijo que no debÃa volver si algo peor ocurrÃa que el precio vendrÃa cuando el tiempo lo reclamara me devolvió el cuchillo yo no supe qué hacer con él asà que lo coloqué sobre la piedra el humo ya se habÃa disipado El hombre se giró y caminó hasta el rincón más oscuro de la habitación. Se sentó de nuevo en la silla y no habló más.
52:24 Salà al aire frÃo con la sensación de que me faltaba el aliento. Caminé hasta que la puerta quedó atrás de mÃ. La tierra del sendero estaba marcada con huellas que no distinguà bien. Al fondo, el primer resplandor del dÃa iluminaba la lÃnea de los cerros. Empecé a andar de regreso con el pensamiento fijo en que mi madre estarÃa viva cuando llegara. El camino de regreso se me hizo más corto, tal vez porque no pensaba en el cerro ni en el rancho. Solo llevaba la idea de encontrarla sentada en la cama, respirando sin esfuerzo. Llegué cuando el sol apenas tocaba el techo de lámina. Abrà el portón y crucé el patio con el corazón acelerado. Mi padre estaba sentado en la puerta. Al verme entrar, se levantó de golpe. Sus ojos parecÃan no creer que habÃa vuelto.
53:15 Entré al cuarto con el pecho apretado. Mi madre estaba incorporada sobre la almohada. TenÃa la mirada despierta, sus manos se movÃan sobre la cobija, despacio, como si confirmara que seguÃan ahÃ. Cuando me vio, se le llenaron los ojos de agua, dijo mi nombre con voz clara, sin esfuerzo. Me acerqué y le tomé la mano, la sentà tibia, firme. Ya no estaba helada como la noche anterior. Mi padre se quedó parado en la entrada con los labios temblando. Después se acercó y le pasó la mano por el cabello. Ella alzó la cara para mirarlo. Esa mañana no comimos otra cosa que tortillas frÃas, pero nada importaba. Mi madre pidió un jarro de agua y después un trozo de pan.
54:03 Se lo comió despacio, masticando con calma. Con cada bocado se notaba que recuperaba fuerza. A media mañana se levantó con cuidado y caminó hasta la mesa. Su paso era inseguro, pero se sostenÃa sin ayuda. Se sentó y miró alrededor, como si viera la casa por primera vez en mucho tiempo. Por la tarde pasaron dos vecinas que fingieron venir a preguntar si necesitábamos algo. se quedaron en el umbral mirando con curiosidad mi madre salió a saludarlas les habló con la voz que usaba antes de enfermarse les contó que ya se sentÃa bien y que pronto volverÃa a sus tareas cuando se fueron mi padre se quedó mirando el polvo que dejaron los pasos de esas mujeres SabÃamos que al dÃa siguiente todo el pueblo repetirÃa que yo habÃa ido al rancho. Nadie necesitaba confirmarlo. La sola idea de verla sana era prueba suficiente. Al anochecer, mi madre se acostó temprano. Dijo que sentÃa el cuerpo pesado, pero que era un cansancio distinto, que al fin podÃa dormir sin sentir que se apagaba. La cubrà con la manta hasta el pecho. Sus ojos se cerraron enseguida. Mi padre se sentó en su silla. TenÃa la cara relajada y los hombros sueltos, como si por fin hubiera dejado de pensar que ella iba a morirse. Al dÃa siguiente, mi madre despertó temprano, preparó café con sus propias manos, se movÃa
55:33 con lentitud pero no se quejaba, desayunó como si llevara años sin probar un alimento, tomó tortillas, un poco de frijoles y más café. Esa mañana vinieron tres vecinos más. Dijeron que se alegraban de verla mejor. Sus miradas iban de su rostro al mÃo, como si esperaran que contara en voz alta lo que habÃa hecho. No les di explicaciones. Se quedaron unos minutos, miraron alrededor y se fueron. Pasaron dos dÃas en los que todo parecÃa un milagro. Mi madre empezó a caminar por la casa, recogiendo las cosas que se habÃan quedado fuera de lugar. Revisó su baúl de ropa, ordenó trastos, abrió las ventanas para que entrara el aire. Cada gesto suyo se sentÃa como una prueba de que habÃa vuelto a la vida. Las noches se llenaron de silencio, pero no era el mismo de antes.
56:27 Ya no habÃa respiración entrecortada ni quejidos, solo su voz tranquila, que se escuchaba cuando me llamaba para que le alcanzara algo. El tercer dÃa me sorprendà al verla en la puerta, mirando el camino. Sus ojos se veÃan limpios, sin rastros de fiebre. Me preguntó si podÃa acompañarme a buscar leña. No supe qué contestar, solo asentÃ. Salimos juntos. Mientras recogÃamos ramas secas, ella caminaba despacio, levantando la vista cada tanto. DecÃa que el aire se sentÃa distinto, más fresco. Cuando volvimos, se sentó a la sombra con una expresión serena. Por un momento pensé que todo habÃa terminado de verdad, que el precio del rancho no existÃa y que esas historias eran solo miedo ajeno. Esa ilusión duró hasta la primera noche en que su voz empezó a cambiar. La tarde transcurrió en calma. Mi madre recogió algunas cosas del cuarto, limpió la mesa y se sentó junto a la puerta a mirar el camino. Cada tanto me preguntaba qué dÃa era.
57:31 Cuando oscureció preparé una lámpara y se la dejé en la mesita de noche. ParecÃa tranquila. Me acosté con la ropa puesta, esperando que todo siguiera igual. No recuerdo cuánto tiempo dormÃ. Me despertó un grito fuerte que llenó la casa. Corrà hasta su cuarto. Estaba sentada en la cama con la espalda recta y los ojos abiertos. Gritaba con la voz quebrada. Mi padre estaba a su lado, sin moverse, mirándola con la cara tensa. Le hablé con voz firme. No reaccionó. Le toqué el hombro, cerró la boca de golpe y empezó a respirar con rapidez. La cara se le veÃa pálida y húmeda de sudor. MovÃa la cabeza de un lado a otro. pregunté qué pasaba mi padre no contestó ella me miró la voz le salió baja dijo que tenÃa hambre que sentÃa un vacÃo en el estómago que le dolÃa fui a la cocina busqué un pedazo de pan un puñado de frijoles y un poco de queso regresé y se lo di lo tomó con las manos temblorosas y empezó a comer sin detenerse cada mordida era rápida se le caÃan migas sobre la manta Cuando terminó, dijo que todavÃa tenÃa hambre. Le llevé más pan, lo comió igual de rápido. El sudor le corrÃa por la cara. Me quedé parado sin saber qué hacer. Después de terminar todo lo que habÃa en la mesa, respiró hondo varias veces. Me miró y dijo que escuchaba una voz cerca de su oÃdo. Le pregunté qué decÃa. Bajó
59:03 la mirada, contestó que le pedÃa algo, que decÃa que no bastaba con seguir viva, que debÃa alimentar al Nahual. Mi padre se quedó quieto con la mirada fija en ella. Ella se llevó las manos a la cabeza. DecÃa que la voz no se callaba, que la escuchaba adentro. Me acerqué y le tomé las manos. Le pregunté qué querÃa decir con eso. Negó con la cabeza, con los ojos cerrados. Volvà a la cocina por un poco de agua. Cuando se la di, la bebió rápido. La ayudé a recostarse. Mi padre seguÃa de pie junto al catre. Me miraba sin hablar. Cuando ella cerró los ojos, le acomodé la manta. Se quedó con la mano sobre el vientre y antes de dormirse dijo que la voz volverÃa. Los dÃas siguientes fueron distintos. Al principio parecÃa que todo mejoraba. Mi madre se vestÃa sola, caminaba por la casa y hablaba como antes, pero las noches se volvieron un terreno peligroso. La primera vez que la escuchamos gritar fue tres dÃas después del episodio del hambre. Eran casi las dos de la mañana.
1:00:09 Me despertó un golpe seco. Fui al cuarto y la vi de pie junto al catre, con los brazos tensos a los costados. La respiración le salÃa a ráfagas y miraba la pared sin parpadear. Le pregunté qué pasaba, no contestó. De pronto, empezó a golpear la puerta con el puño cerrado, golpeaba sin mirarnos. Mi padre la sujetó por los hombros, ella se dio vuelta con la cara descompuesta y dijo que no podÃa dormir porque la voz no la dejaba. Logramos sentarla en la cama, pasó el resto de la noche con los ojos abiertos, mirando el techo. Cuando amaneció, dijo que no recordaba nada. Esa tarde, mientras yo partÃa leña en el patio, Pablo llegó a la casa. Se quedó parado un momento antes de hablar. Dijo que algunos habÃan comentado que era peligroso no cumplir con el trato del rancho. Contó que su tÃo, que también llevó a un hijo enfermo, se quedó sin familia al poco tiempo porque nunca ofreció nada a cambio me pregunto si yo sabÃa que pedÃa el nahual cuando reclamaba el pago le dije que no pablo se frotó las manos incómodo y dijo que era mejor averiguarlo antes de que algo peor pasara esa noche no dormimos mi madre se levantó varias veces a buscar comida ComÃa sin medir cuánto, masticaba con desesperación.
1:01:36 Entre un bocado y otro murmuraba palabras que no entendÃamos. Al amanecer la encontramos sentada en la cocina con las manos apoyadas sobre la mesa. TenÃa la mirada perdida. La voz le salió baja cuando dijo que habÃa soñado con una sombra parada al pie de la cama. Esa sombra le habló con un susurro que no se parecÃa a ninguna voz humana. Dijo que le pedÃa que se alimentara, que no bastaba con pan ni agua. Cuando intentó preguntar qué significaba, la sombra se acercó y le apoyó una mano sobre el pecho. Despertó con el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le iba a romper por dentro.
1:02:17 Mi padre escuchó todo, se levantó despacio, se acercó a ella y le tomó la mano. Le preguntó qué significaba esa sombra y qué querÃa exactamente. Mi madre contestó que no sabÃa, que solo escuchaba la voz repitiendo lo mismo. Ãl se quedó un momento en silencio con la mano sobre la suya y le dijo que, juntos, encontrarÃamos la manera de callar esa voz. La mañana empezó sin sobresaltos. Mi madre permanecÃa en la cama con la mirada fija en la pared. No pedÃa comida, no hablaba, su respiración era corta y entrecortada. Pasé casi toda la mañana sentado junto a ella. Cuando intenté preguntarle qué escuchaba en su cabeza, giró la cara y me miró con ojos apagados. Movió los labios sin emitir sonido. Al mediodÃa llegó Pablo. TraÃa un gesto serio, dijo que querÃa contarme algo que su tÃo le habÃa confesado tiempo atrás. Me hizo pasar al patio, donde el viento no dejaba que la voz se escuchara adentro.
1:03:20 Me contó que su primo, aquel que habÃa sido curado por el mismo Nahual, tuvo una recuperación igual que la de mi madre. Volvió a comer, a caminar, a vivir como antes. La familia creyó que todo habÃa terminado. pero con los dÃas empezó a hablar de un hambre que no se quitaba después llegaron las voces que pedÃan algo Pablo miró el suelo mientras hablaba dijo que su tÃo investigó con otros que habÃan ido al rancho todos coincidÃan en lo mismo quien recibe la curación debe pasar la enfermedad a otro ser vivo A veces era un animal, otras a una persona. Si no lo hacÃa, la cosa que el Nahual quitaba volvÃa y lo devoraba por dentro.
1:04:07 Le pregunté si hablaba de la enfermedad como si fuera una criatura. Me contestó que eso era lo que decÃan, que la voz que susurraba no era un recuerdo, sino un aviso de que la deuda seguÃa sin pagarse. sentà un frÃo en el estómago volvà a entrar mi madre me miraba desde la cama sus ojos parecÃan más claros como si tuvieran un brillo extraño mi padre le preguntó si habÃa vuelto a escuchar la voz ella asintió dijo que le habÃa explicado lo que debÃa hacer que sólo asà podrÃa vivir sin ese peso en el cuerpo Le pregunté qué querÃa de ella. Tardó en contestar. Al final dijo que debÃa buscar a alguien, tocarlo y pasarle la enfermedad.
1:04:53 La voz lo llamaba a alimentar al Nahual. Se me secó la garganta. Le pregunté si entendÃa que eso significaba condenar a otra persona. Mi madre cerró los ojos y dijo que si no lo hacÃa morirÃa más rápido que antes. Pasé la tarde sentado afuera. Escuchaba los ruidos de la cocina, los pasos de mi padre y el silencio que se instalaba cuando ella dejaba de hablar. Pensé en cada persona que habÃa contado historias del rancho. Nadie decÃa en voz alta qué precio se pagaba. Ahora entendÃa por qué. La noche cayó. Antes de apagar la lámpara, dijo con voz clara que la decisión no podÃa esperar más, que si no lo hacÃa, la enfermedad volverÃa a buscarla. Casi no pude pegar los ojos. Cada vez que intentaba descansar, me venÃan imágenes de mi madre caminando hasta la casa de alguien y poniéndole la mano en el pecho. La voz debÃa seguir hablándole sin descanso. Al amanecer se incorporó en el catre. TenÃa la cara pálida y los ojos hinchados.
1:05:57 Dijo que sentÃa un impulso que le subÃa desde el estómago, que si no hacÃa algo pronto terminarÃa buscando a cualquiera con tal de quitarse aquello de adentro. Mi padre se acercó y le preguntó qué pasarÃa si se negaba. Ella contestó que la enfermedad volverÃa y la matarÃa más rápido que antes. Hablaba sin mirar a ninguno de los dos. Dijo que la voz la estaba empujando a elegir, que no quedaba tiempo. Le pregunté si habÃa otra opción. Bajó la vista y explicó que en su cabeza aparecÃan imágenes de un chivo negro con los cuernos grandes, que el Nahual le habÃa mostrado que la enfermedad también podÃa pasarse a una bestia. Mi padre dijo que si tenÃa que ocurrir, preferÃa que fuera con un animal y no con una persona.
1:06:44 Mi madre se tapó la cara, se le notaban los hombros tensos. Dijo que no querÃa hacerle daño a nadie, pero que ya no soportaba sentir esa cosa creciendo por dentro. Al mediodÃa salimos de la casa. Caminamos hasta un potrero que quedaba detrás de unas casas vecinas. Era un terreno abierto donde la gente solÃa dejar chivos amarrados a las estacas. Ella se acercó a uno que estaba atado con una cuerda corta. Era negro, con los cuernos largos. Se detuvo frente al animal, levantó la mano y se la apoyó en la frente. El chivo se quedó quieto. Un momento después se estremeció entero y cayó de lado. Mi madre apartó la mano, respiró hondo y cerró los ojos un instante.
1:07:32 Regresamos a la casa. Dijo que la voz ya no estaba. Mi madre vivió muchos años después de aquello. Nunca volvió a enfermarse ni a escuchar la voz. Murió de vieja en 2012, con 78 años. Del Nahual no se supo nada más. Algunos decÃan que siguió viviendo en el rancho, pero otros aseguraban que desapareció en 1992, unos cuantos años después de haberla curado.
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