July 14, 2025

NAHUAL Se Arrastraba En El MAIZAL Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Se arrastra por el maizal. Somos cuatro en la casa, mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo. Me llamo Julián, tengo 19 años y desde que nací no hemos dejado esta tierra. Vivimos en una casa sencilla, de concreto, justo al borde de un maizal que mi papá cuida desde antes de que yo aprendiera a caminar. La casa está alejada de cualquier ciudad. La ranchería más cercana no tiene nombre, apenas unas cuantas casas desperdigadas entre el monte y algunos caminos de tierra. Lo más cercano al pueblo es una tiendita que abre cuando se le da la gana al dueño. Mi familia siempre ha vivido del campo.

0:46 Cultivamos un poco de maíz y criamos algunos animales, gallinas, dos chivos y tres perros que más que cuidadores ya son parte de la familia. Aquí no hay horarios fijos, uno se despierta con la luz y se acuesta cuando la noche lo obliga. Los días son iguales, pero últimamente han empezado a sentirse distintos. Hace unas semanas, notamos que las milpas más cercanas a la casa empezaron a cambiar. En lugar de verse rectas, firmes, algunas filas tienen surcos abiertos, como si alguien se hubiera arrastrado por ahí, empujando la tierra con el cuerpo. No es normal. Aquí todos sabemos cómo se ve cuando pasa un animal. Los perros dejan huellas claras. Las vacas, si alguna se escapa, aplastan todo.

1:35 Pero esto no es así. Son marcas largas, como si algo se deslizara, no caminara. Mi papá dice que tal vez sea un armadillo o un tejón, pero yo no lo creo. durante el día no pasa nada extraño las gallinas comen como siempre los chivos no se alteran y la milpa parece tranquila bajo el sol pero al caer la noche todo se transforma lo primero que empezó fue el ruido crujidos entre las cañas como si alguien las empujara al pasar pero sin pasos no hay viento Las noches han estado tan calmadas que hasta se puede oír el zumbido de los insectos a lo lejos, y aún así escuchamos el movimiento entre las plantas, como si algo caminara lento, raspando la tierra. A veces también suena como si algo respirara entre las cañas, una especie de jadeo muy bajo, casi pegado al suelo. Yo soy el único que duerme en un cuarto con ventana hacia el maizal.

2:33 Me gusta tener ese lado abierto por si llega una brisa, pero desde hace días me he despertado varias veces por esos ruidos. Al principio pensé que era un perro. Uno de los nuestros se ha salido antes en la noche, pero ya no. Desde que esto empezó, los tres se niegan a salir al patio. Antes se acostaban frente a la puerta, olfateaban la maleza o ladraban a cualquier cosa. Ahora lloran bajo las camas y no hay manera de sacarlos. Uno hasta se hizo del baño adentro, como si algo lo hubiera espantado de golpe. Eso nunca lo había hecho. Mi mamá ha comenzado a dejar una vela encendida por las noches, cerca de la puerta que da al maizal.

3:16 Dice que es una vela bendita. Se la dieron en una misa hace tiempo y, según ella, sirve para mantener alejadas las malas cosas. Yo no me burlo, pero tampoco le creo del todo. A veces solo quiero pensar que es un animal raro, o que quizá alguien se mete de noche, pero nadie tendría razón para hacerlo. La cosecha está cerca, las cañas ya están secas, altas, con ese color amarillento que anuncia que pronto tocará recoger. Siempre me ha gustado ese momento, significa que terminamos un ciclo y empieza otro, pero este año es distinto, las cañas están más altas que nunca, tanto que ya no se ve el fondo desde la orilla, si uno se asoma desde el corral, ya no puede ver a través del maíz.

4:05 Solo se ven filas y filas de tallos secos, muy juntos, muy callados. Da la sensación de que alguien podría estar ahí dentro y no te darías cuenta. Lo más raro de todo es que los perros, que siempre han sido los primeros en correr entre la milpa, ahora ni se acercan, ni siquiera se arriman al borde. Se quedan cerca de la casa como si intuyeran que algo anda mal. No ladran, no gruñen. Solo se quedan callados, mirando hacia la milpa como si esperaran que algo saliera de ahí. Y hasta donde recuerdo, eso no había pasado nunca. Durante el día todo parece seguir igual. El sol cae sobre el maizal como siempre. Los animales caminan tranquilos y el campo entero tiene ese silencio típico de las horas largas. No hay ruidos raros, no hay sombras extrañas. Mi hermana juega con las gallinas como si nada pasara. Y hasta uno de los perros se atreve a salir al patio por unos minutos.

5:04 Pero en cuanto empieza a bajar el sol, todo se transforma. Es como si la casa cambiara de color. Como si la luz misma se hiciera más pesada. Al llegar la noche, los perros dejan de ladrar. En vez de eso, se meten bajo las camas o se acuestan en las esquinas más escondidas. Uno de ellos, el más grande, se orinó sin razón en la sala. Eso nunca lo había hecho, ni siquiera cuando era cachorro. Solo se quedó quieto, con la mirada fija hacia la puerta trasera, temblando como si hubiera visto algo. Y cuando mi mamá intentó acercarse, gruñó bajito, como si no quisiera que lo tocaran. Mi madre, que no es muy de andar hablando de cosas raras, fue la primera en encender una vela bendita. Dijo que era mejor prevenir. La colocó justo al lado de la puerta trasera, esa que da directo al maizal. Le puso un vaso de vidrio encima para que no se apagara con el aire y rezó bajito antes de irse a dormir. Yo no dije nada, pero por dentro ya empezaba a sentir esa sensación incómoda. Esa que se mete por la espalda cuando uno sabe que algo no está bien. Un par de días después, mi hermana y yo salimos a recoger leña antes de que oscureciera. Caminamos hacia un montón que estaba cerca del borde del maizal, justo donde mi papá suele apilar las ramas secas. El sol ya estaba bajo, pero aún había luz suficiente. Mientras cargábamos un par de troncos,

6:36 escuchamos un sonido entre las cañas. No era un animal caminando, ni el viento. Era un crujido largo, arrastrado, como si algo pesado se deslizara entre los tallos, pero sin pasos. No sabría cómo explicarlo, pero el sonido me puso la piel de gallina de inmediato. Mi hermana se quedó quieta, apretando los dedos contra mi brazo. No vimos nada, pero sabíamos que ahí había algo. Al llegar a la casa, se lo contamos a mi papá. esperábamos que saliera a revisar o que al menos nos dijera algo más que ya veremos pero no lo hizo solo nos dijo que al día siguiente pondría unas trampas de las viejas como las que usaban antes para los coyotes lo dijo sin mirarnos como si no quisiera pensar en eso y después se fue a echarle agua al maíz como si nada, esa misma noche no pude dormir, me acosté pero los ruidos no dejaban, eran suaves al principio, casi como cuando el viento mueve las cañas, pero luego se hicieron más marcados, no eran ráfagas, no era aire, era algo que empujaba, algo que se arrastraba, desde mi ventana queda justo al maizal, se alcanzaba a ver como las cañas más cercanas se movían pero no de arriba hacia abajo como con la brisa sino de lado se agitaban en fila como si algo pasara entre ellas a ras del suelo me levanté despacio agarré la linterna vieja que guardo junto a la cama y traté de enfocar la orilla del maizal La

8:08 luz no alcanzaba mucho, apenas alumbraba unos metros, y la mayoría de las se perdía en los tallos. Pero justo en medio del silencio, mientras apuntaba hacia adelante, escuché otro crujido, esta vez más cercano, más claro. No hubo ningún aullido, ni ningún sonido que pareciera humano, solo el roce de algo que empujaba la tierra, como si se hundiera un poco con cada movimiento. No me atreví a abrir la ventana, solo me quedé ahí, quieto, con la linterna en la mano, escuchando, esperando. Después de unos minutos el sonido desapareció, o se alejó, no lo sé, pero me quedé despierto hasta que amaneció, sin apagar la luz de mi cuarto. No quería volver a ver hacia el maizal. No quería volver a escuchar ese ruido. Por la mañana no dijimos nada. Mi hermana solo me miró de reojo durante el desayuno y yo le respondí con un gesto leve, como si todo estuviera bien.

9:10 Pero los dos sabíamos que no. Sabíamos que algo estaba ahí. Algo que solo salía de noche y que no quería que lo vieran. A la mañana siguiente, mi papá salió temprano con las trampas. Las tenía guardadas en un baúl viejo que antes usaba mi abuelo. Estaban oxidadas en las orillas, pero aún servían. Eran pesadas, de metal grueso con los dientes romos, como las que usaban en otros tiempos para los coyotes que bajaban del cerro. las limpiamos rápido y luego fuimos con él al maizal las colocó entre las hileras más cercanas a la casa enterrándolas sólo un poco para que la tierra no se notara suelta encima les puso carnada huesos de pollo un pedazo de carne vieja hasta un poco de pan con manteca Nada muy fresco, pero suficiente para atraer a lo que fuera que se estuviera metiendo entre las cañas. Yo quería ayudar más, pero él no me dejaba acercarme tanto. Decía que era cosa de hombres, pero en el fondo sabía que era miedo.

10:14 No quería que me pasara algo. Esa tarde todo se mantuvo tranquilo, más de lo normal. Ni los perros ladraban, ni las gallinas se salieron del gallinero. Como si todo el patio supiera que había que quedarse quieto. El sol se fue apagando y mi papá nos prohibió acercarnos al maizal. Dijo que ya estaba hecho lo que se tenía que hacer, que ahora solo quedaba esperar. La cena fue en silencio. Solo se oía el sonido de los cubiertos contra los platos. Los perros estaban echados cerca de la puerta, uno dormido y el otro mirando fijo hacia la ventana. Fue ese mismo el que se puso primero inquieto. Se levantó de golpe y empezó a gruñir bajo. El otro lo imitó, pero en vez de gruñir, se acercó a la ventana de la cocina y empezó a ladrar fuerte. No aullaba, no gemía, ladraba con rabia. Algo estaba del otro lado, lo sentíamos todos. Mi hermana se asustó. Mi mamá se levantó para cerrar con seguro la puerta trasera. Y justo cuando lo hacía, se escuchó el grito. No era un animal común. Era un grito largo, delgado, que empezaba bajo y subía como si algo lo estuviera estrangulando. Duró demasiado, como si no tuviera pulmones normales. No parecía de perro ni de gato. Era como de un niño o algo parecido, pero distorsionado. De inmediato se nos erizó la piel a todos.

11:39 Nadie se movió, nadie habló. Mi papá fue el primero en reaccionar. Agarró una barra de metal que tenía apoyada detrás de la puerta y prendió la lámpara de mano. Dijo que iba a ver. Yo me levanté también, quería ir con él, pero no me dejó. Me miró rápido y me dijo que me quedara, que cuidara a las mujeres, y se fue. Lo seguimos desde la puerta con la mirada. Caminó firme hasta el maizal, iluminando cada paso. La lámpara apenas servía, pero alcanzaba a mostrar parte de las cañas y el camino entre las hileras. Se metió unos metros, luego se detuvo. Yo quería correr detrás de él, pero mi mamá me puso la mano en el brazo. Me dijo que esperara. Pasaron varios minutos. la lámpara parpadeaba de vez en cuando después vimos que regresaba venía rápido pero no corriendo sólo con paso firme como queriendo no demostrar miedo entró a la casa y cerró la puerta de un golpe nos dijo que no había nadie No vio sombras, ni ojos, ni animales. Pero una de las trampas estaba manchada de sangre. Solo una. Las demás estaban cerradas como si alguien las hubiera presionado para activarlas sin caer en ellas.

12:56 La trampa manchada tenía la tuerca barrida. Eso lo notó en cuanto la tocó, como si algo con fuerza la hubiera abierto. No con manos, pero tampoco con garras. No sabía cómo explicarlo. Y lo peor, no había marcas alrededor, no huellas, no arrastre, ni siquiera sangre esparcida. sólo unas gotas secas sobre la tierra en línea sin forma clara que no llevaban a ninguna parte eso fue lo que más lo sacó de onda que algo se hubiera herido que hubiera sangrado ahí mismo pero que no hubiera rastro de su salida como si se hubiera desecho o como si se hubiera hundido en la tierra Nos quedamos todos en silencio. Nadie quiso cenar más. Ni mi mamá quiso preguntar.

13:44 Solo recogimos los platos y dejamos la luz encendida en la cocina. Esa noche nadie durmió bien. Yo me quedé en el pasillo, escuchando, pensando. Cada crujido de las cañas, cada ruido leve, parecía el mismo del grito, como si algo estuviera esperando que apagáramos la luz para volver. Al amanecer, mi papá me despertó sin decir una palabra. Me vestí rápido y lo seguí hasta el maizal. El aire estaba fresco y la tierra aún húmeda por el sereno. Caminamos en silencio entre las hileras secas, pisando despacio para no desactivar las trampas. Llegamos hasta donde la noche anterior había dicho que vio sangre. La trampa seguía en el mismo lugar, abierta con la tuerca floja. La sangre ya se había secado, era como una costra oxidada sobre el metal y parte de la tierra, pero no había ni un solo rastro más, ni pisadas, ni marcas de garras, ni arrastre, nada, solo un hueco leve frente a la trampa, como si algo se hubiera apoyado ahí. No era un hoyo profundo, apenas una hendidura, como si el peso se concentrara en una parte muy chica del cuerpo, no en los pies ni en las rodillas. Mi papá no dijo nada, pero se agachó a tocar la tierra, luego limpió la trampa con un trapo y la volvió a colocar en el mismo lugar.

15:09 No me miraba, parecía estar pensando en algo que no quería compartir. Caminamos de regreso igual de callados. Ese día, durante la mañana, él no abrió la boca para nada, ni siquiera para decir si quería desayuno. Se sentó en una silla vieja bajo la sombra del árbol del patio y se quedó viendo hacia el maizal. Mi mamá trató de preguntarle si había visto algo más, pero él solo movió la cabeza. Mi hermana lo miraba con miedo, como si él ya supiera algo que nosotros todavía no. Por la tarde salimos al monte a juntar leña. Era una costumbre que hacíamos entre todos, pero ese día mi papá se quedó en casa. Solo fuimos mi mamá, mi hermana y yo. Juntamos un par de ramas secas, llenamos una carretilla chica y regresamos mientras aún había luz. Al llegar al patio, mi mamá y mi hermana se detuvieron de golpe.

16:08 Yo venía más atrás, y cuando las vi, pensé que se habían lastimado con algo. Pero no. Estaban viendo hacia las cañas. Las dos dijeron que habían visto una figura entre las plantas. Algo bajo, encorvado, que se arrastraba. No lo vieron de frente. Solo vieron cómo cruzaba una de las hileras, rápido, pero agachado, con los brazos por delante, como si usara las manos para impulsarse. Mi hermana estaba pálida, dijo que no era un animal, que parecía persona, pero muy rara, que tenía la cabeza grande. Mi mamá dijo que no corriéramos, que había que avisarle a mi papá. Él salió en cuanto lo llamamos, agarró la lámpara, su machete y me dijo que lo acompañara. Entramos al maizal por el mismo lado donde mi hermana señaló. No había viento ni sonidos, solo el crujido seco de las cañas cuando las apartábamos. Caminamos un par de minutos, no vimos a nadie, pero encontramos un rastro. Era una línea poco profunda, como si algo arrastrado hubiera pasado por ahí. No era ancha, ni parecía hecha por un costal o por un cuerpo completo.

17:19 Era una sola línea, muy recta, que se metía entre las plantas y se perdía más adelante. No había pisadas, solo esa marca. Mi papá la siguió un poco más, pero luego se detuvo. Dijo que no tenía caso, que esa cosa se movía sin dejar huella, que era mejor no seguirlo tanto. Regresamos. Esa noche volvió a preparar las trampas, pero esta vez decidió colocarlas más adentro del maizal. Caminamos juntos por las hileras, buscando puntos estratégicos. Yo llevaba la lámpara y él el costal con las trampas. Las fue enterrando una por una, más profundas, con más cuidado. Las carnadas eran parecidas a las de antes, pero también usó un pedazo de trapo viejo que tenía sangre seca. Dijo que a veces eso ayudaba. Al volver a casa, cerramos todo con seguro. Mi mamá dejó de nuevo la vela encendida junto a la ventana trasera, con una cruz de palma al lado. Nadie dijo nada durante la cena. Pasó la noche. Nadie gritó. Nadie lloró. No hubo crujidos raros, solo los grillos y el viento leve. En la mañana siguiente, mi papá y yo fuimos a revisar. Todas las trampas seguían ahí, ninguna activada, ni movidas, como si nada hubiera pasado, pero eso no nos tranquilizó, nos dejó peor, porque si no había caído en las trampas, entonces sabía cómo evitarlas, o peor aún, no necesitaba pisar el suelo como nosotros.

18:53 Mi papá se quedó un rato viendo las hileras. Me preguntó si creía que eso era un animal. Le dije que no, porque los animales huyen cuando los atrapan. Esto no, esto parecía estar jugando. Esa noche volvimos a cerrar todo con cuidado. Las trampas seguían puestas más adentro del maizal. Aún así, los perros no estaban tranquilos. Desde que cayó la noche, comenzaron a llorar bajito. escondiéndose bajo las camas ni siquiera quisieron acercarse a los platos de comida uno de ellos el más viejo temblaba como si estuviera enfermo pero no tenía fiebre ni heridas solo miedo mi mamá volvió a dejar la vela bendita junto a la puerta trasera como cada noche desde que todo esto empezó. La puso dentro de un vaso de vidrio grueso, junto a una cruz de palma. Todos nos fuimos a dormir en silencio, cada quien en su cuarto, aunque ya nadie dormía tranquilo.

19:54 Yo tardé mucho en quedarme dormido. La imagen del rastro entre las cañas me venía cada rato a la cabeza, como si algo fuera a meterse por la ventana mientras parpadeaba. A la mañana siguiente, fui al patio, apenas amaneció. La vela estaba apagada. El vaso estaba quebrado, partido en dos, como si algo lo hubiera empujado desde adentro. No había señales de caída ni vidrio esparcido. Solo el vaso roto sobre la mesa pequeña donde lo habían dejado. La cera no estaba derramada. Se había apagado con la mecha hundida y torcida. Se lo mostré a mi papá. Él lo vio un momento y solo dijo que no se tocara más eso. Me acerqué a la orilla del maizal. Las cañas más cercanas a la casa estaban ladeadas, como si alguien las hubiera pisado con fuerza. Eran varias hileras. No parecía viento. No había lluvia. Solo se veían pisadas grandes, abiertas, como si algo muy pesado hubiera pasado caminando en línea recta.

20:56 Volví a entrar sin decir nada. Mi papá ya se había puesto las botas y revisaba su lámpara. Dijo que esa noche no iba a dormir, que lo iba a esperar despierto. Todo siguió callado el resto del día. No se escuchaban carros, no había gallinas en el corral. Hasta los chivos parecían más inquietos. al anochecer nos encerramos todos los perros no ladraban pero seguían escondidos como si supieran que venía algo eran como las cinco de la mañana cuando pasó todavía estaba oscuro yo estaba en el cuarto medio dormido cuando escuché el grito era mi papá un grito fuerte seco como si le hubieran arrancado algo me levanté de golpe Mi mamá ya venía saliendo con una lámpara en la mano. Salimos corriendo al patio. Mi hermana venía llorando atrás, descalza. Mi papá venía saliendo del maizal, arrastrándose.

21:55 Tenía un pie ensangrentado y la manga remangada hasta el codo. En el brazo tenía una de sus propias trampas, la metálica, cerrada en la parte del antebrazo. Iba jadeando, arrastrándose con la otra mano, haciendo fuerza con la pierna buena. mi mamá soltó la lámpara y corrió hacia él yo me acerqué rápido y lo ayudé a levantarse logramos meterlo a la casa le quitamos la trampa como pudimos no le había quebrado el brazo pero tenía la carne morada con una línea roja profunda El pie estaba más lastimado, con una herida larga en el talón. No sabíamos si se había cortado con algo más. Lo acostamos en el suelo, sobre un costal limpio. Mi mamá corrió por vendas y agua oxigenada. Cuando se calmó un poco, mi papá empezó a contar lo que había pasado. Dijo que había salido al maizal antes del amanecer, con la lámpara y su machete.

22:53 Había escuchado algo que se arrastraba cerca de la casa. No quería que se metiera de nuevo. Al llegar a las primeras hileras, vio una figura moviéndose entre las cañas, algo bajo, como un cuerpo humano a ras del suelo, pero con la cabeza más grande. Iba con los brazos extendidos, tocando el suelo. Trató de acercarse, pero al dar un paso más adentro, algo lo empujó desde el costado. Perdió el equilibrio y cayó encima de una de sus propias trampas. Dijo que mientras se intentaba zafar, escuchó un gruñido detrás de él. No era de animal. Era como si alguien forzara la garganta para hacer un ruido, entre humano y perro, y luego sintió algo húmedo tocarle la espalda. No fue una mano, fue como una lengua larga, áspera, que le pasó por encima de la camisa. Ahí fue cuando gritó.

23:46 Dijo que apenas gritó, el gruñido paró, y todo se quedó callado. Se arrastró como pudo, sin mirar atrás, hasta salir a la orilla del terreno. No quiso volver la vista. Cuando lo curábamos, notamos que su camisa tenía una mancha en la espalda. Era negra, como si lo hubieran embarrado con tierra húmeda, y olía mal. No a sudor ni a lodo, a huevo podrido. Quemamos esa camisa esa misma mañana. Después de curarlo, fui solo al maizal. Busqué donde había caído. Entre las cañas encontré marcas de movimiento y cerca del lugar una línea en la tierra. era como una huella pero no de zapato parecía de garras largas como si una mano grande hubiera rascado la tierra antes de irse mi papá no quiso que lo lleváramos al centro de salud dijo que no quería que nadie se metiera que no era necesario Solo pidió agua y que lo dejáramos recostado en la sala con las ventanas cerradas. Jadeaba, le costaba hablar, pero cuando le dimos un poco de café con azúcar empezó a contarlo todo, despacio, como si no supiera por dónde empezar. Dijo que se había levantado antes del amanecer porque había escuchado otra vez ese sonido de arrastre entre las cañas, cerca de la casa. pensó que si atrapaba de una vez lo que andaba ahí podríamos dormir tranquilos se puso las botas agarró su lámpara y el machete y salió solo sin despertarnos caminó por el

25:16 borde del maizal y se fue metiendo despacio usando la lámpara lo menos posible para no espantar a lo que fuera que anduviera ahí dijo que no pasó mucho antes de ver una figura era algo bajo moviéndose entre las cañas casi a ras del suelo como una persona que se arrastraba pero sin hacer ruido con las piernas lo que más le llamó la atención fue la cabeza que se notaba más grande de lo normal y los brazos que parecían moverse como si buscaran algo en la tierra. Trató de alcanzarlo, se metió entre las hileras y ahí fue donde algo lo empujó fuerte desde el costado. No supo si fue una rama o una mano, pero lo tumbó.

25:58 Cayó justo sobre una de sus trampas, la que él mismo había puesto dos días antes. No le rompió el brazo, pero sintió el fierro apretarle la piel. Se le fue el aire del golpe y por un segundo solo pensó en zafarse. Mientras trataba de abrir la trampa, escuchó un sonido muy bajo detrás de él. Era un gruñido. Era como el intento de una persona de gruñir forzando la garganta, como si se le atorara algo en la voz. Luego sintió que algo le tocó la espalda. No fue un golpe. Fue algo húmedo, largo, como si le hubieran pasado una lengua sobre la camisa. Una lengua tibia, lenta, que le dejó la espalda empapada en un segundo. Gritó. No supo si fue del miedo o del asco. Gritó con todas las fuerzas que le quedaban. En ese momento, el gruñido se detuvo. No sintió más presión en el brazo. Pudo girarse y empezar a arrastrarse fuera de ahí sin mirar atrás.

26:56 Escuchó como algo crujía detrás de él, como si retrocediera entre las cañas, pero no quiso comprobarlo. Solo se arrastró hasta llegar al borde, donde nosotros lo encontramos. Mi mamá le limpió la herida como pudo. Le echó agua oxigenada y luego alcohol. Le amarramos un trapo limpio con cinta y le dimos algo para el dolor. Cuando le quitó la camisa, notamos que en la espalda tenía una mancha. Era como una costra negra, pegajosa, que olía mal, como si le hubieran embarrado tierra podrida, con ese olor agrio que deja el huevo echado a perder. La camisa la tiramos en el horno viejo y la quemamos ahí mismo.

27:38 Más tarde, cuando mi papá pudo dormirse un poco, salí con la lámpara y fui a buscar el lugar donde cayó. No fue difícil encontrarlo. Las cañas estaban abiertas, con rastros de que alguien se había arrastrado de regreso. Había una marca profunda en el suelo, como de cuerpo pesado, y, un poco más al fondo, la trampa cerrada, manchada con su sangre. Alrededor de la trampa, en la tierra húmeda, vi algo raro. Había una forma marcada en la tierra. Era una línea de cuatro marcas curvas con una más al centro, como una garra abierta. No eran de animal que yo conociera. Eran alargadas, con puntas que se enterraban un poco más. Me agaché para verlas mejor, pero no las toqué. Eran varias. Una seguía hacia adentro del maizal, la otra se perdía hacia la parte de atrás de la parcela. No quise seguirlas. Me regresé caminando despacio con la lámpara baja. Al entrar, le dije a mi mamá que ya había visto. Solo me dijo que cerrara la puerta bien y que no le contara nada a mi hermana.

28:46 Ese día no salimos al campo. Nos quedamos todos dentro, en silencio. Mi papá dormía y hablaba entre sueños, como si se peleara con algo. yo no dejaba de pensar en esas marcas en lo que fuera que había lamido su espalda en ese momento entendí que eso no era un animal lo que sea que andaba en el maizal no estaba buscando comida estaba buscando entrar mi papá pasó todo el día sin decir mucho sólo repitió que no se iba a acercar más al maizal ni quería que nadie más lo hiciera dijo que si esa cosa quería llevárselo ya lo hubiera hecho que estaba claro que no era un animal y que ya no se trataba de trampas ni de proteger la cosecha. Era otra cosa. Me pidió que lo ayudara a tapar la trampa donde se había lastimado. Llevamos tierra, ramas y la cubrimos bien. Después cortamos madera del mezquite seco que había junto al gallinero y tallamos varias cruces. Las clavamos en la tierra, una en cada esquina del terreno. Mi mamá también se unió.

29:53 Ella las frotó con sal y rezó mientras las colocábamos. No sabíamos si eso serviría, pero no teníamos nada más. Esa noche la luna estaba llena. No necesitábamos lámpara para ver hasta cierta distancia. El aire estaba quieto. Ni siquiera se movían las hojas de los guayabos. Los perros se quedaron en el pasillo, todos juntos, recostados sin ladrar. Solo lloraban bajo, con la cabeza gacha, como si tuvieran miedo. Uno de ellos temblaba y ni con comida lo logramos hacer levantarse. Ya era tarde cuando me levanté al baño. Volví a mi cuarto y, antes de acostarme, me acerqué a la ventana. La abrí un poco para que entrara aire.

30:37 Desde ahí podía verse la orilla del maizal. Las cañas, secas y altas, se mecían apenas con la brisa. Pero algo me llamó la atención. Había una parte entre las cañas justo frente a la casa donde parecía asomarse algo. Me quedé mirando y sentí que el estómago se me encogía. Era una cara. Estaba medio oculta, pero se notaba bien. No era una persona. Tenía la piel ceniza, como si la hubiera revolcado en ceniza húmeda. Los ojos estaban muy abiertos y separados más de lo normal. No pestañaba, no se movía. Solo estaba ahí, con la mitad del rostro detrás de las hojas, mirando fijo hacia la casa. No se me ocurrió gritar. Solo me quedé quieto con la boca apretada. Cerré la cortina despacio. Me alejé de la ventana sin dar la espalda. Me metí a la cama, tapado hasta el cuello. Traté de convencerme de que era mi imaginación, pero no lo era. Yo lo vi bien.

31:38 Vi esa cara. Solo estaba ahí, como si hubiera estado horas mirando. No dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver el rostro entre las cañas. No sabía si era un animal raro, disfrazado de humano, o una persona que ya no lo era. Algo que se había ido deformando con el tiempo, escondido entre la milpa, arrastrándose cuando nadie miraba. Al amanecer, me levanté con los ojos ardiendo del cansancio. Bajé a tomar café sin decir nada. Mis papás seguían dormidos. Me asomé al patio y volví a ver el maizal. Todo parecía igual, pero no me atreví a salir. Me quedé en la puerta, con la taza en la mano, como si algo pudiera asomarse otra vez.

32:24 Fue la primera vez en mi vida que me dio miedo salir al patio durante el día. Porque, aunque el sol ya había salido, yo sentía que eso seguía ahí. Y aunque no lo viera, sabía que podía estar escondido, solo esperando. Entre las cañas, donde ya no podíamos verlo. Donde nunca debimos haber sembrado. A finales de octubre, el maíz ya estaba completamente seco. Las cañas estaban duras, grises por el sol. Era tiempo de cosechar, pero nadie en la familia quería volver a poner un pie ahí. Ni yo, ni mi hermana, ni mi papá. Ni siquiera los perros se acercaban. Solo pasaban cerca si íbamos con ellos y aún así lo hacían con el rabo bajo. Mi papá decidió que no lo haríamos nosotros. Dijo que lo mejor era rentar una máquina. No quería que nadie caminara por ahí, no importaba el costo. Llamó a un conocido del ejido que tenía una cosechadora grande. Le explicó que necesitaba limpiar todo el terreno en un solo día, sin pausas, sin meterse con nada. Solo cortar, recoger y terminar. El operador llegó temprano, con otro hombre. No se les dijo nada, solo se les marcó por dónde entrar y por dónde salir.

33:41 Se les pidió que no dejaran ningún espacio sin repasar. Mi papá les repitió que no se detuvieran por nada, ni por piedras, ni por raíces, ni por ruidos. Ellos se miraron entre sí, pero no dijeron nada. se subieron a la máquina y comenzaron desde la casa los vimos nos sentamos en el porche nadie habló la cosechadora avanzaba lento pero firme iba dejando hileras limpias detrás a veces se atascaba un poco pero seguía no miramos hacia otro lado en todo el día Solo observamos cómo la máquina tragaba el maíz, caña por caña. No queríamos que quedara nada en pie. Acabaron antes de que cayera el sol.

34:25 El operador bajó, recibió el pago y se fueron sin hacer preguntas. La tierra quedó expuesta, marrón, agrietada. Parecía otra cosa. Sin el maizal el terreno se veía más pequeño, más triste, más callado. Al día siguiente, muy temprano, salí yo solo a ver de cerca. Caminé por los surcos donde antes estaban las cañas. Todo estaba lleno de hojas secas, palos rotos, restos de raíz. Fue en el rincón más alejado, cerca del alambrado, donde vi algo. Eran pedazos pequeños. Al principio pensé que eran ramas, pero no. Eran huesos, delgados, quebrados, ennegrecidos por dentro, como quemados por dentro, pero sin marcas por fuera. No eran huesos grandes, no de vaca ni de perro, eran pequeños, de brazos, costillas, dedos. No quise preguntar de qué eran, solo los recogí con cuidado, uno por uno, con la pala. Llevé un saco de yute, los metí ahí y me fui caminando hacia la parte del monte donde tiramos la basura orgánica. y me regresé sin mirar atrás después de eso las cosas cambiaron no volvimos a escuchar ruidos entre las cañas ya no hubo ojos en la ventana los perros dejaron de temblar por las noches nadie lloró pero se notaba que todos estábamos más tranquilos como si al quitarle el maizal le hubiéramos quitado el escondite o el hogar desde entonces cada vez

35:56 que vamos a sembrar mi papá camina el terreno solo llega con una cruz de madera la clava en cada esquina y se queda un rato en silencio el curandero Nahual Siempre se hablaba de un rancho que quedaba detrás del Cerro Grande, donde la tierra se partía en grietas y el viento arrastraba ceniza. Allí vivía un hombre que sanaba enfermedades que ningún médico podía curar. Nadie contaba con detalle cómo lo hacía. Decían que cobraba un precio que cada familia descubría cuando ya no había vuelta atrás. Cuando alguien preguntaba qué clase de pago era, los demás bajaban la mirada o se quedaban callados, como si repetirlo pudiera traer desgracia. En el pueblo todos conocían alguna historia. Una de las más repetidas era la de Luisito Hernández, un niño que nació con un bulto blando en el costado, del tamaño de una naranja. La piel se le llenó de manchas moradas que reventaban y le mojaban la camisa.

37:05 Su madre, Doña Petra, decía que cada noche el bulto latía como un corazón aparte. Cuando la fiebre empezó a secarle la voz, decidieron llevarlo al rancho. Salieron antes de que amaneciera, el abuelo lo llevaba envuelto en un petate atado a la espalda. No avisaron a nadie. Regresaron tres días después. Luisito venía con los ojos abiertos sosteniéndose de la mano de su padre. Tenía la piel limpia y respiraba con calma. Durante un tiempo creyeron que se había salvado, pero unas semanas después empezaron a encontrarlo echado en el patio de tierra suelta, siempre en el mismo lugar junto al granado. Se acostaba boca abajo, con la cara hundida en el polvo reseco que se levantaba cuando soplaba el viento.

37:51 Si lo alzaban para meterlo en la casa, lloraba con un sonido ronco y áspero que no se parecía a su llanto de antes. También se contaba de María del Carmen Aguirre, una mujer que se quedó ciega a los 40 años. La infección empezó con una costra blanca que le tapó los ojos. Su marido, Francisco, la llevó a médicos de otros pueblos, pero ninguno pudo curarla. cuando ya no comía ni respondía a su hijo la subieron en un burro y la llevaron al rancho volvió caminando detrás de francisco con los ojos abiertos y claros saludaba a todos recordaba los nombres y decía que sentía que la vida le había regresado Durante unas semanas todo parecía normal, pero después empezó a mezclar las caras de la gente. Llamaba con otros nombres a los vecinos. Un día no reconoció la casa.

38:44 Al final se sentaba en la puerta con la mirada perdida. Cuando su hijo se acercaba, le preguntaba quién era y qué hacía allí. Otra historia la contaba doña Fabiola, que decía que su hermana Elvira tenía los pulmones llenos de agua. No podía dormir por la tos que le arrancaba la voz. Una madrugada su esposo la llevó al rancho, regresó caminando sola. Ya no tosía, parecía que todo estaba resuelto. Pero cada noche, cuando se quedaba despierta, hablaba en voz baja con alguien que nadie veía. Decía que esa voz le contaba secretos que no debía repetir. Esos relatos iban de boca en boca.

39:25 Cuando alguien preguntaba si eran ciertos, muchos se encogían de hombros. Otros decían que todo era puro cuento. Pero en las noches de calor, cuando la gente se sentaba afuera, los nombres y los detalles siempre eran los mismos. El rancho de adobe partido, el hombre que no salía a recibirlos, el fogón encendido y el precio que se pagaba sin saber cuándo. Yo escuché esas historias desde que era niño. Nunca pensé que un día me interesarían más que cualquier otro tema. Mi madre me decía que no me llenara la cabeza con cosas de brujería, que si uno creía en esas leyendas terminaba viviendo con miedo. Pero a veces su voz cambiaba cuando alguien mencionaba aquel lugar. Bajaba la mirada y se quedaba callada, como si en el fondo supiera que no todo era invento. A mí me parecían relatos exagerados. Pensaba que, si alguien enfermaba, lo mejor era esperar al médico que llegaba en su camioneta blanca cada dos semanas. La medicina siempre tenía alguna respuesta. Durante años creí que bastaba con eso. Todo cambió cuando mi madre empezó a perder fuerza. Primero tuvo fiebre constante, decía que era un resfriado mal curado. Después dejó de comer, se quedaba acostada, con los labios partidos y los párpados medio abiertos.

40:47 El médico vino dos veces, la primera dijo que era una infección que se controlaba con antibióticos, la segunda vez se quedó mirándola un buen rato antes de hablar, explicó que sus órganos se estaban pudriendo por dentro, dijo que pronto se iba a morir. Mi padre dejó de buscar remedios. Se sentaba en la puerta con la cara entre las manos, sin moverse hasta que oscurecía. Yo seguí probando todo lo que alguien me sugería. Compré jarabes que prometían limpiar la sangre. Herví plantas que recogí detrás de la escuela. Nada cambió. La fiebre no se movió. Una tarde, mientras llenaba un balde con agua, se acercó Pablo, un vecino que trabaja en los potreros. Me preguntó si había pensado en lo que hacían otros cuando no quedaba remedio. Tenía la voz apagada.

41:38 Dijo que conocía a gente que había ido al rancho y que aunque nadie quería contarlo, algunos regresaban con sus enfermos caminando. Me advirtió que después venía otra cosa, algo que no se podía explicar ni remediar. Lo miré sin decir palabra. El agua goteaba del balde y se formaba un charco en el piso. Pensé que la última parte de su advertencia ya no importaba. Mi madre apenas respiraba. Si quedaba un lugar donde intentar algo más, yo iba a ir. Esa noche el aire dentro de la casa estaba tan denso que costaba respirar. La fiebre de mi madre seguía subiendo. Cada vez que me acercaba, sentía el calor que salía de su cuerpo como si se quemara por dentro. Le pasé un trapo húmedo por la frente y por las mejillas. No abrió los ojos. Solo murmuró algo que no entendí. Tenía la piel tan pálida que parecía un costal vacío. Mi padre se sentó junto a la cabecera del catre. Le tomó la mano con cuidado, como si temiera romperle los dedos. La miraba fijo, con los labios apretados. No era un hombre de muchas palabras, pero esa noche tenía la cara deshecha, igual que cuando murió mi hermana menor. La diferencia era que ahora no se oía llanto. Solo el zumbido de un mosquito atrapado entre las láminas del techo. Me quedé un rato sin moverme.

43:05 Miraba la pared llena de manchas de humedad. Pensaba en todo lo que habíamos probado. Las infusiones, los jarabes, las oraciones que la vecina decía en voz baja cada vez que pasaba. Nada cambió el curso de la enfermedad. La fiebre seguía ahí, encendida. Mi madre respiraba con dificultad. El pecho subía despacio y tardaba en bajar. A veces pasaban varios segundos sin que se oyera el aire entrar. Yo contaba cada pausa con el corazón golpeándome en la garganta. Me levanté y busqué la vela que guardábamos para cuando se iba la luz. La encendí y la puse sobre un tabique junto a la puerta. Iluminaba apenas la mitad del cuarto. Mi padre no se movió, seguía sosteniéndole la mano como si fuera lo único que podía hacer. Decidí que esa sería la última noche que la vería así.

43:57 Si quedaba un lugar donde intentar salvarla, no me importaba el precio. Sabía que el rancho no quedaba cerca, muchos contaban que a pie era fácil perderse, pero otros aseguraban que el camino siempre se mostraba a quien iba por necesidad. salí al patio y busqué un costal limpio lo extendí sobre una banca y empecé a reunir lo que creía que serviría como ofrenda tomé dos gallinas pequeñas que criábamos detrás de la casa estaban flacas pero no conocía otra cosa que pudiera dar busqué también un puñado de mazorcas que guardábamos para el invierno Les quité la cáscara más sucia y las envolví en un trapo. Entré otra vez al cuarto. Mi madre seguía con la respiración pesada. Mi padre levantó la vista cuando me vio acercarme con las tijeras.

44:49 Le expliqué que necesitaba un mechón de su cabello. No dijo nada. Solo apartó un poco la cobija. Con cuidado, tomé unas hebras largas que le caían sobre el cuello y las corté. Las até con hilo. Me temblaba la mano mientras lo hacía. Guardé el mechón dentro de una bolsa de tela. Sobre la mesa de la cocina dejé unas monedas que habíamos juntado para comprar medicina. No sabía si el hombre del rancho aceptaba dinero, pero llevaba todo por si acaso. Antes de salir, miré a mi madre. El rostro se le veía hundido, con la boca apenas entreabierta. La fiebre la estaba consumiendo rápido. Mi padre se levantó de la silla y se puso de pie frente a mí.

45:34 Me sostuvo la mirada. Tenía los ojos enrojecidos y la barba crecida. Me dijo que, si decidía ir, ya no habría forma de dar marcha atrás, que no quería saber lo que pasaría después. No le respondí. Levanté el costal y crucé la puerta. la madrugada estaba quieta caminé despacio por el patio hasta llegar al portón de madera cuando lo abrí un viento frío me dio en la cara el camino hacia el cerro se perdía en la oscuridad empecé a andar sin pensar en cuánto tardaría cada paso me pesaba como si arrastrara algo más que el costal El sendero era de tierra suelta. Al principio se confundía con el resto del campo, pero conforme me alejaba de la casa empezaron a verse huellas. Eran marcas viejas y otras más recientes, todas en la misma dirección. Algunas parecían de zapatos grandes, otras de pies descalzos. Entre las huellas quedaban rastros de ceniza y trozos de cáscara de mazorca.

46:37 Cada tanto sentía que algo se movía detrás de mí. Me detenía a mirar. pero no veía nada, solo escuchaba el viento que pasaba entre las ramas secas. Me acomodé el costal al hombro y seguí adelante. Cuando subí la última pendiente vi la construcción. Era un rectángulo de adobe oscuro con el techo vencido en un extremo y grietas que recorrían la pared de arriba abajo. No tenía ventanas, la puerta estaba entreabierta, sostenida por una bisagra torcida. El suelo frente a la entrada estaba lleno de huellas, pisadas que iban y venían, algunas descalzas, otras con suela marcada.

47:18 Entre ellas quedaban restos de ceniza, mazorcas partidas y tiras de tela quemada. me detuve con el costal en los brazos di un paso y el olor me golpeó en la cara era una mezcla de grasa rancia y humo me ardieron los ojos entré despacio un hombre estaba sentado en una silla baja con la cabeza inclinada hacia adelante y las manos sobre los muslos la piel de su cara era gris amarillenta Su pecho subía y bajaba de manera lenta. Di otro paso, se enderezó de golpe y levantó la vista. Sus ojos opacos quedaron fijos en mí. Dije que venía por ayuda, que mi madre llevaba días acostada y que ningún remedio servía. Mientras hablaba, tomó un cuenco de barro, lo acercó a su boca y sopló.

48:07 Un humo denso empezó a subir y el olor cambió a tierra mojada con sangre. Se puso de pie, era más alto de lo que pensaba, tenía los hombros rectos y un cuello largo, sus manos parecían demasiado grandes. Habló con voz áspera, dijo que la enfermedad podía dejar el cuerpo, pero siempre quedaba algo en su lugar. Me preguntó a quién quería salvar, contesté que a mi madre, dijo que su cuerpo se limpiaría cuando saliera el sol, pero que el precio llegaría después. Se agachó y tomó un puñado de ceniza del piso, la dejó caer sobre una piedra chata con marcas grabadas, la ceniza empezó a humear sin fuego.

48:50 Me indicó que me acercara. Avancé con pasos cortos. El humo me quemaba la cara. Dijo que todo lo que trajera debía entregarse antes de iniciar. Dejé el costal en el suelo. Saqué el mechón de cabello y lo puse sobre la piedra. La ceniza se volvió más espesa. lo miró un momento después volvió a mí dijo que si aceptaba no podría arrepentirme pensé en mi madre tendida en el catre no podía volver sin hacer nada le dije que aceptaba el hombre tomó el mechón de cabello y lo sostuvo entre los dedos murmuró unas palabras que no reconocí el humo se volvió más espeso y llenó el cuarto sentí que me ardían los ojos y me pesaba la cabeza sacó un cuchillo corto con el mango de madera oscura lo pasó sobre la piedra con un movimiento lento la hoja estaba manchada con algo seco del color de la sangre vieja con la otra mano tomó un trozo de tela y lo envolvió alrededor de la punta me señaló con un gesto de la cabeza caminé hacia él sin pensar en nada más que en mi madre El hombre extendió el cuchillo. Me indicó que debía sostenerlo mientras él preparaba lo demás. Lo tomé. La madera estaba tan fría que me dolieron los dedos. Se arrodilló en el suelo. Su cuerpo empezó a cambiar. La piel de sus brazos se tensó y se oscureció hasta tomar un tono gris. Las manos se alargaron. Las uñas crecieron hasta volverse garras. Sus pies se apoyaron planos sobre la tierra

50:23 y sus hombros se encorvaron. Respiraba rápido, con un sonido áspero que llenaba el silencio. Me pidió que pensara en ella, que la trajera a mi mente con la mayor claridad. Mientras lo hacía, sentí un mareo que me dobló un poco las rodillas. No solté el cuchillo. El Nahual levantó ambas manos y las pasó por encima del mechón. El humo giraba en círculos alrededor de sus dedos. luego habló con voz ronca dijo que el cuerpo de mi madre se limpiaría pero que un sitio vacío siempre reclamaba algo se inclinó sobre la piedra la ceniza subió como si el fuego la encendiera por debajo Luego estiró un brazo y apoyó la garra sobre mi pecho. No me hizo daño, pero sentí un peso frío que me llenó el pecho de un vacío que no supe explicar. Me pidió que cerrara los ojos. Cuando lo hice, vi la imagen de mi madre en la cama. con la cara hundida en la almohada y la piel pálida. Después todo se volvió negro.

51:27 No sé cuánto tiempo pasó. Oí su voz de nuevo. Me dijo que abriera los ojos. Lo hice. La piedra ya estaba limpia. No quedaba ceniza. El mechón se había consumido. El hombre volvió a tomar forma. La piel de sus brazos se aclaró. Las garras se retrajeron hasta quedar en dedos normales, aunque seguían manchados de algo oscuro. se levantó despacio y me miró con el rostro sin expresión dijo que al salir de allí ella despertaría que su cuerpo estaría sano también dijo que no debía volver si algo peor ocurría que el precio vendría cuando el tiempo lo reclamara me devolvió el cuchillo yo no supe qué hacer con él así que lo coloqué sobre la piedra el humo ya se había disipado El hombre se giró y caminó hasta el rincón más oscuro de la habitación. Se sentó de nuevo en la silla y no habló más.

52:24 Salí al aire frío con la sensación de que me faltaba el aliento. Caminé hasta que la puerta quedó atrás de mí. La tierra del sendero estaba marcada con huellas que no distinguí bien. Al fondo, el primer resplandor del día iluminaba la línea de los cerros. Empecé a andar de regreso con el pensamiento fijo en que mi madre estaría viva cuando llegara. El camino de regreso se me hizo más corto, tal vez porque no pensaba en el cerro ni en el rancho. Solo llevaba la idea de encontrarla sentada en la cama, respirando sin esfuerzo. Llegué cuando el sol apenas tocaba el techo de lámina. Abrí el portón y crucé el patio con el corazón acelerado. Mi padre estaba sentado en la puerta. Al verme entrar, se levantó de golpe. Sus ojos parecían no creer que había vuelto.

53:15 Entré al cuarto con el pecho apretado. Mi madre estaba incorporada sobre la almohada. Tenía la mirada despierta, sus manos se movían sobre la cobija, despacio, como si confirmara que seguían ahí. Cuando me vio, se le llenaron los ojos de agua, dijo mi nombre con voz clara, sin esfuerzo. Me acerqué y le tomé la mano, la sentí tibia, firme. Ya no estaba helada como la noche anterior. Mi padre se quedó parado en la entrada con los labios temblando. Después se acercó y le pasó la mano por el cabello. Ella alzó la cara para mirarlo. Esa mañana no comimos otra cosa que tortillas frías, pero nada importaba. Mi madre pidió un jarro de agua y después un trozo de pan.

54:03 Se lo comió despacio, masticando con calma. Con cada bocado se notaba que recuperaba fuerza. A media mañana se levantó con cuidado y caminó hasta la mesa. Su paso era inseguro, pero se sostenía sin ayuda. Se sentó y miró alrededor, como si viera la casa por primera vez en mucho tiempo. Por la tarde pasaron dos vecinas que fingieron venir a preguntar si necesitábamos algo. se quedaron en el umbral mirando con curiosidad mi madre salió a saludarlas les habló con la voz que usaba antes de enfermarse les contó que ya se sentía bien y que pronto volvería a sus tareas cuando se fueron mi padre se quedó mirando el polvo que dejaron los pasos de esas mujeres Sabíamos que al día siguiente todo el pueblo repetiría que yo había ido al rancho. Nadie necesitaba confirmarlo. La sola idea de verla sana era prueba suficiente. Al anochecer, mi madre se acostó temprano. Dijo que sentía el cuerpo pesado, pero que era un cansancio distinto, que al fin podía dormir sin sentir que se apagaba. La cubrí con la manta hasta el pecho. Sus ojos se cerraron enseguida. Mi padre se sentó en su silla. Tenía la cara relajada y los hombros sueltos, como si por fin hubiera dejado de pensar que ella iba a morirse. Al día siguiente, mi madre despertó temprano, preparó café con sus propias manos, se movía

55:33 con lentitud pero no se quejaba, desayunó como si llevara años sin probar un alimento, tomó tortillas, un poco de frijoles y más café. Esa mañana vinieron tres vecinos más. Dijeron que se alegraban de verla mejor. Sus miradas iban de su rostro al mío, como si esperaran que contara en voz alta lo que había hecho. No les di explicaciones. Se quedaron unos minutos, miraron alrededor y se fueron. Pasaron dos días en los que todo parecía un milagro. Mi madre empezó a caminar por la casa, recogiendo las cosas que se habían quedado fuera de lugar. Revisó su baúl de ropa, ordenó trastos, abrió las ventanas para que entrara el aire. Cada gesto suyo se sentía como una prueba de que había vuelto a la vida. Las noches se llenaron de silencio, pero no era el mismo de antes.

56:27 Ya no había respiración entrecortada ni quejidos, solo su voz tranquila, que se escuchaba cuando me llamaba para que le alcanzara algo. El tercer día me sorprendí al verla en la puerta, mirando el camino. Sus ojos se veían limpios, sin rastros de fiebre. Me preguntó si podía acompañarme a buscar leña. No supe qué contestar, solo asentí. Salimos juntos. Mientras recogíamos ramas secas, ella caminaba despacio, levantando la vista cada tanto. Decía que el aire se sentía distinto, más fresco. Cuando volvimos, se sentó a la sombra con una expresión serena. Por un momento pensé que todo había terminado de verdad, que el precio del rancho no existía y que esas historias eran solo miedo ajeno. Esa ilusión duró hasta la primera noche en que su voz empezó a cambiar. La tarde transcurrió en calma. Mi madre recogió algunas cosas del cuarto, limpió la mesa y se sentó junto a la puerta a mirar el camino. Cada tanto me preguntaba qué día era.

57:31 Cuando oscureció preparé una lámpara y se la dejé en la mesita de noche. Parecía tranquila. Me acosté con la ropa puesta, esperando que todo siguiera igual. No recuerdo cuánto tiempo dormí. Me despertó un grito fuerte que llenó la casa. Corrí hasta su cuarto. Estaba sentada en la cama con la espalda recta y los ojos abiertos. Gritaba con la voz quebrada. Mi padre estaba a su lado, sin moverse, mirándola con la cara tensa. Le hablé con voz firme. No reaccionó. Le toqué el hombro, cerró la boca de golpe y empezó a respirar con rapidez. La cara se le veía pálida y húmeda de sudor. Movía la cabeza de un lado a otro. pregunté qué pasaba mi padre no contestó ella me miró la voz le salió baja dijo que tenía hambre que sentía un vacío en el estómago que le dolía fui a la cocina busqué un pedazo de pan un puñado de frijoles y un poco de queso regresé y se lo di lo tomó con las manos temblorosas y empezó a comer sin detenerse cada mordida era rápida se le caían migas sobre la manta Cuando terminó, dijo que todavía tenía hambre. Le llevé más pan, lo comió igual de rápido. El sudor le corría por la cara. Me quedé parado sin saber qué hacer. Después de terminar todo lo que había en la mesa, respiró hondo varias veces. Me miró y dijo que escuchaba una voz cerca de su oído. Le pregunté qué decía. Bajó

59:03 la mirada, contestó que le pedía algo, que decía que no bastaba con seguir viva, que debía alimentar al Nahual. Mi padre se quedó quieto con la mirada fija en ella. Ella se llevó las manos a la cabeza. Decía que la voz no se callaba, que la escuchaba adentro. Me acerqué y le tomé las manos. Le pregunté qué quería decir con eso. Negó con la cabeza, con los ojos cerrados. Volví a la cocina por un poco de agua. Cuando se la di, la bebió rápido. La ayudé a recostarse. Mi padre seguía de pie junto al catre. Me miraba sin hablar. Cuando ella cerró los ojos, le acomodé la manta. Se quedó con la mano sobre el vientre y antes de dormirse dijo que la voz volvería. Los días siguientes fueron distintos. Al principio parecía que todo mejoraba. Mi madre se vestía sola, caminaba por la casa y hablaba como antes, pero las noches se volvieron un terreno peligroso. La primera vez que la escuchamos gritar fue tres días después del episodio del hambre. Eran casi las dos de la mañana.

1:00:09 Me despertó un golpe seco. Fui al cuarto y la vi de pie junto al catre, con los brazos tensos a los costados. La respiración le salía a ráfagas y miraba la pared sin parpadear. Le pregunté qué pasaba, no contestó. De pronto, empezó a golpear la puerta con el puño cerrado, golpeaba sin mirarnos. Mi padre la sujetó por los hombros, ella se dio vuelta con la cara descompuesta y dijo que no podía dormir porque la voz no la dejaba. Logramos sentarla en la cama, pasó el resto de la noche con los ojos abiertos, mirando el techo. Cuando amaneció, dijo que no recordaba nada. Esa tarde, mientras yo partía leña en el patio, Pablo llegó a la casa. Se quedó parado un momento antes de hablar. Dijo que algunos habían comentado que era peligroso no cumplir con el trato del rancho. Contó que su tío, que también llevó a un hijo enfermo, se quedó sin familia al poco tiempo porque nunca ofreció nada a cambio me pregunto si yo sabía que pedía el nahual cuando reclamaba el pago le dije que no pablo se frotó las manos incómodo y dijo que era mejor averiguarlo antes de que algo peor pasara esa noche no dormimos mi madre se levantó varias veces a buscar comida Comía sin medir cuánto, masticaba con desesperación.

1:01:36 Entre un bocado y otro murmuraba palabras que no entendíamos. Al amanecer la encontramos sentada en la cocina con las manos apoyadas sobre la mesa. Tenía la mirada perdida. La voz le salió baja cuando dijo que había soñado con una sombra parada al pie de la cama. Esa sombra le habló con un susurro que no se parecía a ninguna voz humana. Dijo que le pedía que se alimentara, que no bastaba con pan ni agua. Cuando intentó preguntar qué significaba, la sombra se acercó y le apoyó una mano sobre el pecho. Despertó con el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le iba a romper por dentro.

1:02:17 Mi padre escuchó todo, se levantó despacio, se acercó a ella y le tomó la mano. Le preguntó qué significaba esa sombra y qué quería exactamente. Mi madre contestó que no sabía, que solo escuchaba la voz repitiendo lo mismo. Él se quedó un momento en silencio con la mano sobre la suya y le dijo que, juntos, encontraríamos la manera de callar esa voz. La mañana empezó sin sobresaltos. Mi madre permanecía en la cama con la mirada fija en la pared. No pedía comida, no hablaba, su respiración era corta y entrecortada. Pasé casi toda la mañana sentado junto a ella. Cuando intenté preguntarle qué escuchaba en su cabeza, giró la cara y me miró con ojos apagados. Movió los labios sin emitir sonido. Al mediodía llegó Pablo. Traía un gesto serio, dijo que quería contarme algo que su tío le había confesado tiempo atrás. Me hizo pasar al patio, donde el viento no dejaba que la voz se escuchara adentro.

1:03:20 Me contó que su primo, aquel que había sido curado por el mismo Nahual, tuvo una recuperación igual que la de mi madre. Volvió a comer, a caminar, a vivir como antes. La familia creyó que todo había terminado. pero con los días empezó a hablar de un hambre que no se quitaba después llegaron las voces que pedían algo Pablo miró el suelo mientras hablaba dijo que su tío investigó con otros que habían ido al rancho todos coincidían en lo mismo quien recibe la curación debe pasar la enfermedad a otro ser vivo A veces era un animal, otras a una persona. Si no lo hacía, la cosa que el Nahual quitaba volvía y lo devoraba por dentro.

1:04:07 Le pregunté si hablaba de la enfermedad como si fuera una criatura. Me contestó que eso era lo que decían, que la voz que susurraba no era un recuerdo, sino un aviso de que la deuda seguía sin pagarse. sentí un frío en el estómago volví a entrar mi madre me miraba desde la cama sus ojos parecían más claros como si tuvieran un brillo extraño mi padre le preguntó si había vuelto a escuchar la voz ella asintió dijo que le había explicado lo que debía hacer que sólo así podría vivir sin ese peso en el cuerpo Le pregunté qué quería de ella. Tardó en contestar. Al final dijo que debía buscar a alguien, tocarlo y pasarle la enfermedad.

1:04:53 La voz lo llamaba a alimentar al Nahual. Se me secó la garganta. Le pregunté si entendía que eso significaba condenar a otra persona. Mi madre cerró los ojos y dijo que si no lo hacía moriría más rápido que antes. Pasé la tarde sentado afuera. Escuchaba los ruidos de la cocina, los pasos de mi padre y el silencio que se instalaba cuando ella dejaba de hablar. Pensé en cada persona que había contado historias del rancho. Nadie decía en voz alta qué precio se pagaba. Ahora entendía por qué. La noche cayó. Antes de apagar la lámpara, dijo con voz clara que la decisión no podía esperar más, que si no lo hacía, la enfermedad volvería a buscarla. Casi no pude pegar los ojos. Cada vez que intentaba descansar, me venían imágenes de mi madre caminando hasta la casa de alguien y poniéndole la mano en el pecho. La voz debía seguir hablándole sin descanso. Al amanecer se incorporó en el catre. Tenía la cara pálida y los ojos hinchados.

1:05:57 Dijo que sentía un impulso que le subía desde el estómago, que si no hacía algo pronto terminaría buscando a cualquiera con tal de quitarse aquello de adentro. Mi padre se acercó y le preguntó qué pasaría si se negaba. Ella contestó que la enfermedad volvería y la mataría más rápido que antes. Hablaba sin mirar a ninguno de los dos. Dijo que la voz la estaba empujando a elegir, que no quedaba tiempo. Le pregunté si había otra opción. Bajó la vista y explicó que en su cabeza aparecían imágenes de un chivo negro con los cuernos grandes, que el Nahual le había mostrado que la enfermedad también podía pasarse a una bestia. Mi padre dijo que si tenía que ocurrir, prefería que fuera con un animal y no con una persona.

1:06:44 Mi madre se tapó la cara, se le notaban los hombros tensos. Dijo que no quería hacerle daño a nadie, pero que ya no soportaba sentir esa cosa creciendo por dentro. Al mediodía salimos de la casa. Caminamos hasta un potrero que quedaba detrás de unas casas vecinas. Era un terreno abierto donde la gente solía dejar chivos amarrados a las estacas. Ella se acercó a uno que estaba atado con una cuerda corta. Era negro, con los cuernos largos. Se detuvo frente al animal, levantó la mano y se la apoyó en la frente. El chivo se quedó quieto. Un momento después se estremeció entero y cayó de lado. Mi madre apartó la mano, respiró hondo y cerró los ojos un instante.

1:07:32 Regresamos a la casa. Dijo que la voz ya no estaba. Mi madre vivió muchos años después de aquello. Nunca volvió a enfermarse ni a escuchar la voz. Murió de vieja en 2012, con 78 años. Del Nahual no se supo nada más. Algunos decían que siguió viviendo en el rancho, pero otros aseguraban que desapareció en 1992, unos cuantos años después de haberla curado.