Oct. 14, 2025

MUÑECA POSEÍDA Por Un DEMONIO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Desde niña me incliné por los objetos antiguos, y con los años esa costumbre se volvió una colección ordenada. En mi casa hay estantes con cajas de lata, radios de válvulas que todavía encienden, peines de carey, frascos de botica y, sobre todo, muñecas de porcelana. Las reúno con paciencia, anoto sus rasgos, mido la altura, registro el estado de las articulaciones y de la pintura de las mejillas. me gusta limpiarlas con un paño suave y dejarlas en vitrinas cerradas lejos del polvo no las visto con ropa moderna ni les agrego lazos las conservo tal como llegaron con las telas originales y los botones que aguantaron décadas un sábado después de terminar el aseo de la mañana fui al centro a revisar una tienda vieja que abre de forma irregular el local está en una esquina con banqueta desnivelada y un letrero pintado a mano En el interior hay olor a madera guardada y acera para muebles. Reconozco al anticuario por la forma en que mueve los objetos sin apuro, y por la libreta donde anota precios que luego corrige.

1:14 Caminé con calma entre los aparadores. Vi platos con borde dorado, lámparas con cristales incompletos, marcos con retratos de estudio, y detrás de una mesa baja, casi escondida, vi la muñeca. Estaba sentada sobre un cojín de terciopelo descolorido. Llevaba un vestido azul de tela fina con un brillo parejo y puntillas en el cuello y las mangas. El color no tenía manchas ni zonas opacas. El dobladillo caía recto y los pliegues se veían definidos, sin arrugas de almacenamiento. El rostro era de porcelana clara, con las cejas pintadas en trazos firmes y la boca cerrada con un trazo rojizo uniforme.

1:55 El pelo de fibra antigua estaba peinado hacia atrás con raya al centro y sujeto con alfileres diminutos. Las manos tenían dedos completos, sin golpes ni pérdidas de esmalte. Los zapatos eran de cuero azul con hebilla pequeña y suelas sin marcas profundas. Me llamó la atención la limpieza del conjunto. No era el aspecto de una prenda recién planchada, pero sí el de una tela que no conocía polvo reciente. el anticuario se acercó cuando notó que la miraba con detenimiento y me dijo con ese tono que usa cuando quiere que uno sepa la procedencia que era una pieza única aseguró que la trajo de una casa cerrada durante años en un barrio antiguo y que el vestido nunca se había lavado explicó que la familia dueña no la usaba para juego sino como adorno de sala y que por eso conservaba la forma del almidón original Dijo que el precio era alto por el estado de la tela y por la porcelana sin restauración. Mientras hablaba, yo pasaba el dedo por el borde del cuello para sentir la rigidez del encaje. No noté desprendimiento de hilos ni olor a humedad. Decidí comprarla. Pedí que no la envolviera en plástico porque a veces la estática levanta fibras de la peluca y preferí una caja de cartón con papel de seda.

3:17 El anticuario colocó algodón alrededor del rostro para que no golpeara durante el traslado y me entregó un recibo con fecha y una nota de origen abreviada. Caminar con la caja no fue difícil, el peso era equilibrado. En el trayecto pensé en la vitrina de mi habitación y en el espacio que había dejado la semana anterior al reacomodar las demás. Al llegar a casa subí la caja con cuidado, abrí la vitrina grande que está junto a la cama. Es de vidrio por los cuatro lados y tiene dos repisas de madera con soportes que aseguran la posición. Coloqué la muñeca en la repisa del medio entre una alemana de cara redonda y una francesa con cuerpo de composición.

4:01 Ajusté la base con tres topes de fieltro y verifiqué que los zapatos quedaran firmes. Cerré la puerta de la vitrina y limpié las huellas con un paño. El reflejo del vidrio mostró el azul del vestido más intenso de lo que se veía bajo la luz del pasillo. Me quedé un momento observando la línea de las pestañas pintadas y la dirección de la mirada que parecía fija hacia el frente. Tomé dos fotografías para el registro. y anoté en mi cuaderno la altura, el color del iris, el tipo de costura del cuerpo y el estado de la articulación del cuello. El resto del día lo ocupé en tareas comunes. Preparé comida sencilla, cambié las sábanas, barrí el pasillo y respondí mensajes atrasados. Cada tanto volvía a la habitación para mirar la vitrina desde distintos ángulos. No vi cambios.

4:52 El vestido se mantenía sin pliegues nuevos y la peluca no soltó fibras. Cerré las cortinas al atardecer para que la luz no pegara de frente. Revisé la cerradura de la vitrina y confirmé el clic del imán en la puerta. Esa noche me acosté temprano. Apagué la lámpara del buró y dejé encendido el foco pequeño del pasillo, como acostumbro para ubicarme si me levanto a medianoche. Antes de cerrar los ojos, miré la vitrina una vez más. Los reflejos del vidrio formaban sombras rectas sobre la pared. Me dormí sin dificultad. Me desperté de madrugada para ir al baño. Al volver, encendí la lámpara del buró solo un momento, lo suficiente para ver la hora. Fue entonces cuando noté un detalle que me hizo detenerme. La muñeca que había colocado mirando hacia el frente ya no apuntaba exactamente al mismo sitio. El cuerpo seguía recto, pero la cabeza estaba apenas girada hacia la derecha. en un ángulo pequeño y los ojos parecían alinearse con la puerta de la habitación no era un giro brusco era una desviación mínima que se notaba si uno comparaba con la posición de las otras dos en ese instante pensé que yo misma la habría movido sin querer al limpiar el vidrio por fuera o que los topes de fieltro no la habían fijado lo suficiente y la vibración de la calle habría hecho el resto. Abrí la vitrina para revisar. Toqué apenas la base y comprobé que estaba firme. Volví a enderezar la cabeza,

6:25 apagué la lámpara y me acosté. No sentí inquietud. Me repetí que el movimiento lo había causado yo al acomodarla. Aún así, antes de quedarme dormida... Me propuse verificarla a la mañana siguiente con luz natural y tomar nuevas fotografías para comparar. Cerré los ojos con la idea simple de tratarlo como cualquier ajuste de inventario. Revisar, anotar, corregir la base y seguir con la rutina. no hice nada más me dormí con la puerta cerrada la vitrina asegurada y el silencio habitual de la casa durante los días siguientes noté detalles que al principio me parecieron simples fallas de memoria la muñeca del vestido azul seguía en la vitrina pero cada vez que la observaba parecía tener un aspecto distinto El primer cambio fue en el cabello. Una tarde mientras limpiaba el polvo del cristal, me di cuenta de que el peinado ya no estaba tan parejo. Las puntas sobresalían más allá del cuello, desiguales, como si alguien las hubiera cortado torcidamente. Pensé que la peluca se había soltado, pero al revisar por dentro los alfileres seguían fijos. Tomé una foto nueva para comparar con la anterior. En la imagen el cabello era más largo, aunque no mucho, solo lo suficiente para notarse. Traté de ignorarlo pensando que la iluminación o la posición habían cambiado. Aún así pasaba más tiempo frente a la vitrina. Me inclinaba, revisaba los pliegues del vestido y la postura del cuerpo. Todo parecía igual

7:58 salvo el pelo. En una de esas revisiones noté que la cabeza estaba un poco inclinada hacia abajo. Antes miraba al frente, recta, pero ahora parecía observar sus propias piernas. También las manos habían cambiado de posición. Estaban apoyadas sobre el regazo, con los dedos extendidos, y yo recordaba haberlas visto antes abiertas a los lados, descansando sobre la tela del vestido. Abrí la vitrina con la llave, acomodé la cabeza y los brazos y cerré de nuevo. Pasé el trapo húmedo por el vidrio, guardé la llave y me repetí que todo era su gestión. Las muñecas de porcelana con su rigidez a veces engañan la vista. La luz o el ángulo pueden crear la ilusión de movimiento. Además, llevaba días pensando demasiado en esa pieza nueva, tal vez por el contraste del color azul en medio de las demás, más pálidas. Decidí que no valía la pena seguir observándola tanto.

8:58 Esa noche traté de mantener la rutina normal, cenando frente al televisor evitando mirar la vitrina. me metí a la cama temprano con un libro para distraerme la casa estaba en silencio salvo el ruido del refrigerador y el viento que movía las ramas del patio leí por un rato sin pensar en nada hasta que escuché un sonido leve no era fuerte apenas un golpeteo seco rítmico que provenía del pasillo Al principio pensé que era el reloj del comedor, pero el sonido era distinto, más irregular, como si algo golpeara el piso de madera en intervalos cortos. Apagué la lámpara, esperando oírlo mejor. Se repitió tres veces. Era un ruido suave, casi húmedo, como si unas suelas pequeñas pisaran con cuidado.

9:47 Me levanté, tomé la linterna del buró y caminé despacio hacia la puerta. El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por la luz débil del foco del baño. Avancé unos pasos sin hacer ruido. El sonido se había detenido. Miré hacia la sala y luego hacia el comedor. Todo estaba en su sitio. No había corriente de aire ni objetos caídos. El reloj marcaba las once y media. Me asomé por la ventana que da al patio y no vi movimiento. El silencio era completo. Cuando regresé a la habitación, sentí una corriente de aire más fría. No provenía de la ventana que seguía cerrada. Al acercarme a la vitrina, noté algo que me detuvo en seco. El cristal delantero estaba empañado desde adentro. La superficie mostraba una capa delgada de vaho, como si alguien hubiera respirado muy cerca del vidrio. Dibujaba un círculo irregular justo frente al rostro de la muñeca.

10:46 Me incliné para mirar mejor y el reflejo del foco del pasillo dejó ver que el empañado se extendía por el lado izquierdo también, con pequeñas gotas que escurrían hacia el borde inferior. Me quedé observando sin tocar el cristal. no podía entender cómo podía estar húmedo por dentro si la vitrina permanecía cerrada y sellada recordé que había usado la llave más temprano y que la puerta había quedado bien ajustada busqué la llave en el cajón y comprobé que seguía ahí la saqué y abrí la puerta con cuidado el interior estaba en orden No había signos de humedad ni olores extraños. El vestido seguía limpio y el cabello igual de brillante, aunque al tocar el aire dentro, sentí una leve tibieza, distinta al resto de la habitación.

11:36 Cerré de nuevo y me quedé de pie frente a la vitrina un buen rato. La sensación era difícil de describir. No era miedo completo, pero sí algo cercano a la desconfianza. guardé la llave y volví a la cama leí un par de páginas sin entender el texto cada tanto levantaba la vista para comprobar que la vitrina seguía cerrada las luces del pasillo estaban apagadas pero el reflejo del vidrio me permitía ver el contorno azul del vestido Pasé la noche inquieta, escuchando los ruidos comunes de la casa con más atención de la necesaria. Cuando al fin me dormí soñé con el interior de la tienda donde la había comprado.

12:17 En el sueño el anticuario me decía que la muñeca no estaba a la venta y que debía devolverla. Pero cada vez que intentaba sacarla de la vitrina, el vestido se enredaba en mis brazos y el vidrio se empañaba igual que ahora. Desperté antes del amanecer. Encendí la lámpara de inmediato. El cristal seguía limpio, sin vaho, pero el aire olía distinto. Una mezcla leve de cera y tela húmeda. Tomé otra fotografía para comparar con las anteriores. En la pantalla se veía igual que siempre, aunque al hacer zoom me pareció distinguir una sombra detrás del reflejo. Cerré el archivo sin revisarlo más. Me quedé mirando la vitrina unos minutos, hasta que amaneció por completo, convencida de que lo mejor sería dejar de observarla tanto, como si al hacerlo yo misma le diera motivos para moverse. Aún así, mientras me preparaba el desayuno... No dejaba de pensar en el empañado del vidrio y en aquel sonido leve del pasillo. Me dije que en la noche revisaría las cerraduras y sellaría las rendijas, solo para quedarme tranquila, pero en el fondo sabía que la sensación no venía del aire ni de la madera. Venía del simple hecho de tener esa muñeca en casa. Al día siguiente me levanté decidida a devolver la muñeca. Había pasado mala noche, con la cabeza llena de imágenes que no lograba distinguir del todo, y el

13:48 aire del cuarto seguía oliendo a cera. Envolví la muñeca en el mismo papel de seda con el que el anticuario la había entregado y la guardé en su caja. No me detuve a mirar la vitrina, aunque alcancé a notar que el vidrio tenía una marca circular, como si la humedad del día anterior se hubiera secado mal. Cerré la puerta del cuarto y salí sin desayunar. La tienda abrió a media mañana. El anticuario estaba sentado detrás del mostrador, leyendo un periódico doblado. Al verme llegar, sonrió con cortesía y me preguntó si había venido por otra pieza. Le expliqué con calma que quería devolver la muñeca. Le dije que algo no estaba bien con ella, que desde que la compré no dormía bien y que prefería no conservarla.

14:38 El hombre me escuchó sin interrumpir. Solo movía los dedos sobre el borde del mostrador. Cuando terminé, me preguntó si el vestido seguía limpio. Asentí. Me respondió que entonces no había motivo para la devolución. que la pieza estaba completa y en perfecto estado. Insistí. Dije que no se trataba del estado físico, sino de algo más, de una sensación. Él bajó el periódico y me miró fijo. Me dijo con voz pausada que esa muñeca no tenía reembolso y que, cuando uno lleva ciertas cosas a casa, debe dejarlas donde las pone. Agregó que moverla solo complica las energías de quien las toca. No me gustó su tono. Sentí que me estaba advirtiendo, no explicando. Le pedí que al menos la recibiera de vuelta como donación, que no quería el dinero, solo deshacerme de ella. Dijo que no podía hacerlo, que la tienda no aceptaba devoluciones de piezas antiguas por supersticiones personales.

15:42 Guardó silencio un momento y después añadió que, si la había comprado, era porque algo de ella me había llamado y que, en esos casos, lo mejor era aceptar el vínculo y no pelearlo. Sus palabras me incomodaron. Tomé la caja con firmeza y salí sin responder. El sonido de la campanilla de la puerta me siguió hasta la calle. El trayecto de regreso me pareció más largo. La caja pesaba más que el día en que la compré, o eso creí. No la abrí. Al llegar a casa, antes de abrir la puerta, sentí un silencio distinto. No era el silencio común de una casa vacía, sino uno que se siente en el cuerpo, como si el aire pesara más.

16:25 Dejé las llaves sobre la mesa y avancé despacio. El reloj del pasillo estaba detenido, aunque la noche anterior funcionaba bien. Subí las escaleras con la caja en brazos. A mitad del tramo noté un resplandor suave viniendo del piso de arriba. Era una luz cálida parecida a la de mi lámpara de buró, pero yo recordaba haberla apagado. me detuve unos segundos y escuché no se oía nada ni pasos ni ruido de la calle seguí subiendo al llegar al pasillo superior la puerta del cuarto estaba entreabierta la luz salía por el borde empuje despacio y la lámpara seguía encendida Pero la vitrina estaba vacía. Sentí que el estómago se me apretaba. Dejé la caja sobre la cama y me acerqué.

17:15 El cristal frontal tenía una abertura grande, como una estrella rota con los pedazos más finos esparcidos por el suelo. Algunos estaban sobre el tapete, otros bajo la repisa inferior. Lo más extraño era la dirección de las astillas. Todo apuntaba hacia afuera, como si el vidrio se hubiera quebrado desde adentro. Miré alrededor por reflejo, buscando si acaso la muñeca había caído. Revisé debajo de la cama, detrás del buró, entre las cortinas. No había rastro de ella. El resto de las muñecas seguía en su sitio, inmóviles, con las miradas fijas. Me incliné para recoger uno de los fragmentos de vidrio y noté que estaba tibio. Lo sostuve un instante antes de soltarlo. El aire del cuarto tenía un olor que no recordaba, una mezcla de tela quemada y perfume antiguo. La caja seguía sobre la cama, vacía. Me di cuenta de que tenía las manos temblorosas y los dedos marcados por el borde del cartón. Cerré la puerta y bajé de nuevo las escaleras para buscar una bolsa grande, pensando en recoger los pedazos y tirarlos fuera. Pero al volver, la luz del cuarto estaba apagada. Encendí el interruptor. La lámpara del buró seguía apagada y la habitación se veía igual, salvo por la vitrina. Los fragmentos de vidrio seguían en el suelo, pero la superficie del cristal, que antes estaba rota, ahora parecía empañada por dentro, como la noche anterior. Sólo que esta vez el vaho formaba una figura alargada, como

18:48 si alguien hubiera apoyado la frente y la mano contra el vidrio. No me acerqué más, cerré la puerta y me quedé en el pasillo un rato largo escuchando. Todo estaba en silencio, aunque esa quietud se sentía forzada, como si la casa esperara que yo hiciera el siguiente movimiento. Bajé otra vez y dejé la caja en el recibidor. Me serví un vaso de agua, pero el temblor no se me quitó. La bebí entera y la garganta me supo a polvo. Pensé en volver a la tienda, pero ya estaba cerrada. Miré el reloj. Pasaban de las ocho. No me atreví a subir de nuevo. Dormí en el sillón de la sala, con las luces encendidas, escuchando los ruidos normales de la noche. Aún así, juraría que, por momentos, oí el tintineo de los trozos de vidrio chocando entre sí, como si alguien los moviera con cuidado. Me prometí que al amanecer llamaría a alguien para ayudarme a sacar la vitrina.

19:46 No sabía si tirarla, venderla o llevarla a otro sitio, pero no podía dejarla ahí. Esa decisión me dio algo de tranquilidad, al menos por unas horas. Aún así, mientras cerraba los ojos en el sillón, tuve la sensación de que el aire olía cada vez más a perfume antiguo. el mismo que se impregnaba en el vestido azul. Al amanecer subí con decisión. Tenía la idea de revisar todo el cuarto, recoger los vidrios y sacar la vitrina al patio. El sol entraba por la ventana y la luz aclaraba el polvo en suspensión. Caminé despacio, evitando pisar los fragmentos que aún quedaban sobre el tapete. A simple vista, la vitrina seguía vacía, intacta, con el cristal opaco por dentro.

20:34 Abrí la puerta con cuidado y empecé a revisar los rincones. Moví la cama, arrastré el buró y aparté las cortinas. Revisé detrás del ropero, debajo de la alfombra y en el cesto de la ropa. No había rastro de la muñeca. Ni una pieza rota, ni un zapato suelto, nada. Todo estaba limpio, como si nunca hubiera estado ahí. Las demás muñecas seguían firmes, alineadas, con la mirada al frente. Me incliné para mirar bajo el colchón, pero solo encontré polvo y una hebra suelta del tapete. Cuando me incorporé para ir hacia la puerta, vi algo en el suelo justo frente a la cama. Era el vestido azul. Estaba doblado con cuidado, en un cuadrado perfecto, con las mangas hacia adentro y la falda alineada. No tenía arrugas ni manchas.

21:25 El encaje del cuello se veía más nuevo que antes. Me quedé observándolo sin moverme. Me acerqué despacio y noté que en la parte del cuello había algo cosido con hilo negro. Me agaché para mirar mejor y el aire me dio un golpe seco en la cara, con un olor que reconocí enseguida, polvo mezclado con perfume antiguo. El hilo negro atravesaba un mechón de cabello. Estaba trenzado entre las puntadas, apretado contra la tela. Era de color oscuro, igual que el mío. Pasé los dedos por el borde y confirmé lo que ya sabía, ese cabello era mío, la textura, el grosor, incluso el largo, no había duda, recordé que en los últimos días al cepillarme había notado huecos en la parte de atrás de la cabeza, como si el peine arrancara más de lo normal. No le había dado importancia pensando que era estrés. Me quedé arrodillada frente al vestido, sin tocarlo. El aire del cuarto cambió, más pesado. No se movía ninguna cortina, pero el olor se intensificó. Era el mismo aroma que sentí la noche que traje la muñeca, una mezcla de cera, tela húmeda y algo dulce que se colaba por la garganta. La vitrina detrás de mí comenzó a empañarse otra vez. Escuché el sonido leve de un vidrio crujiendo, como si una presión interna lo empujara desde adentro. No quise voltear. me concentré en el vestido a medida que lo miraba tuve

22:58 la impresión de que las costuras del cuello se tensaban como si el hilo estuviera fresco no había viento pero la tela se movía apenas con un vaiven suave retrocedí sin dejar de mirarlo hasta quedar cerca de la puerta el piso crujió bajo mis pasos y el sonido retumbó en el silencio salí del cuarto sin cerrar por completo bajé las escaleras con el corazón acelerado me serví un vaso de agua pero el sabor era metálico como si el polvo se hubiera metido en la tubería al llegar al pasillo la puerta del cuarto estaba entreabierta y dentro ya no se veía el vestido en el suelo me asomé con cuidado la vitrina estaba limpia el cristal sin empañar no había nada tirado caminé hasta la cama moví las sábanas miré debajo todo en orden Cerré las cortinas y bajé de nuevo, pero la sensación de que alguien respiraba detrás de mí no se fue. Decidí no dormir ahí.

24:00 Esa misma tarde cambié la ropa de cama, limpié la vitrina y cerré la puerta con llave. Dormí en la habitación de invitados, con la lámpara encendida. Pasé la noche entera despierta, oyendo cada crujido de la casa. A medianoche escuché un sonido leve, el roce de tela arrastrándose sobre el piso, subiendo por el pasillo. No me atreví a moverme. Desde entonces no volví a entrar al cuarto. Lo mantengo cerrado. No dejo que nadie lo limpie ni abra las cortinas. Cada mañana, al pasar frente a la puerta, escucho el mismo sonido, un roce suave que va de un extremo a otro del piso, como si una falda larga se deslizara lentamente por la madera. No es continuo, aparece solo cuando me detengo. Ya no intento buscar explicaciones. Sé que la muñeca no desapareció, solo cambió de forma. El vestido sigue ahí adentro, moviéndose despacio. A veces el olor a perfume antiguo sale por la rendija, y si acerco la mano puedo sentir una corriente tibia que se escapa, igual que un suspiro. Desde aquel día no duermo en esa habitación, ni de noche, ni de día. Nadie más la ha visto, pero yo sé que el vestido azul todavía se mueve dentro, rozando el piso, esperando que vuelva a abrir la puerta.