MUÑECA POSEÍDA Por Un DEMONIO Historias De Terror - REDE
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0:05 Desde niña me incliné por los objetos antiguos, y con los años esa costumbre se volvió una colección ordenada. En mi casa hay estantes con cajas de lata, radios de válvulas que todavÃa encienden, peines de carey, frascos de botica y, sobre todo, muñecas de porcelana. Las reúno con paciencia, anoto sus rasgos, mido la altura, registro el estado de las articulaciones y de la pintura de las mejillas. me gusta limpiarlas con un paño suave y dejarlas en vitrinas cerradas lejos del polvo no las visto con ropa moderna ni les agrego lazos las conservo tal como llegaron con las telas originales y los botones que aguantaron décadas un sábado después de terminar el aseo de la mañana fui al centro a revisar una tienda vieja que abre de forma irregular el local está en una esquina con banqueta desnivelada y un letrero pintado a mano En el interior hay olor a madera guardada y acera para muebles. Reconozco al anticuario por la forma en que mueve los objetos sin apuro, y por la libreta donde anota precios que luego corrige.
1:14 Caminé con calma entre los aparadores. Vi platos con borde dorado, lámparas con cristales incompletos, marcos con retratos de estudio, y detrás de una mesa baja, casi escondida, vi la muñeca. Estaba sentada sobre un cojÃn de terciopelo descolorido. Llevaba un vestido azul de tela fina con un brillo parejo y puntillas en el cuello y las mangas. El color no tenÃa manchas ni zonas opacas. El dobladillo caÃa recto y los pliegues se veÃan definidos, sin arrugas de almacenamiento. El rostro era de porcelana clara, con las cejas pintadas en trazos firmes y la boca cerrada con un trazo rojizo uniforme.
1:55 El pelo de fibra antigua estaba peinado hacia atrás con raya al centro y sujeto con alfileres diminutos. Las manos tenÃan dedos completos, sin golpes ni pérdidas de esmalte. Los zapatos eran de cuero azul con hebilla pequeña y suelas sin marcas profundas. Me llamó la atención la limpieza del conjunto. No era el aspecto de una prenda recién planchada, pero sà el de una tela que no conocÃa polvo reciente. el anticuario se acercó cuando notó que la miraba con detenimiento y me dijo con ese tono que usa cuando quiere que uno sepa la procedencia que era una pieza única aseguró que la trajo de una casa cerrada durante años en un barrio antiguo y que el vestido nunca se habÃa lavado explicó que la familia dueña no la usaba para juego sino como adorno de sala y que por eso conservaba la forma del almidón original Dijo que el precio era alto por el estado de la tela y por la porcelana sin restauración. Mientras hablaba, yo pasaba el dedo por el borde del cuello para sentir la rigidez del encaje. No noté desprendimiento de hilos ni olor a humedad. Decidà comprarla. Pedà que no la envolviera en plástico porque a veces la estática levanta fibras de la peluca y preferà una caja de cartón con papel de seda.
3:17 El anticuario colocó algodón alrededor del rostro para que no golpeara durante el traslado y me entregó un recibo con fecha y una nota de origen abreviada. Caminar con la caja no fue difÃcil, el peso era equilibrado. En el trayecto pensé en la vitrina de mi habitación y en el espacio que habÃa dejado la semana anterior al reacomodar las demás. Al llegar a casa subà la caja con cuidado, abrà la vitrina grande que está junto a la cama. Es de vidrio por los cuatro lados y tiene dos repisas de madera con soportes que aseguran la posición. Coloqué la muñeca en la repisa del medio entre una alemana de cara redonda y una francesa con cuerpo de composición.
4:01 Ajusté la base con tres topes de fieltro y verifiqué que los zapatos quedaran firmes. Cerré la puerta de la vitrina y limpié las huellas con un paño. El reflejo del vidrio mostró el azul del vestido más intenso de lo que se veÃa bajo la luz del pasillo. Me quedé un momento observando la lÃnea de las pestañas pintadas y la dirección de la mirada que parecÃa fija hacia el frente. Tomé dos fotografÃas para el registro. y anoté en mi cuaderno la altura, el color del iris, el tipo de costura del cuerpo y el estado de la articulación del cuello. El resto del dÃa lo ocupé en tareas comunes. Preparé comida sencilla, cambié las sábanas, barrà el pasillo y respondà mensajes atrasados. Cada tanto volvÃa a la habitación para mirar la vitrina desde distintos ángulos. No vi cambios.
4:52 El vestido se mantenÃa sin pliegues nuevos y la peluca no soltó fibras. Cerré las cortinas al atardecer para que la luz no pegara de frente. Revisé la cerradura de la vitrina y confirmé el clic del imán en la puerta. Esa noche me acosté temprano. Apagué la lámpara del buró y dejé encendido el foco pequeño del pasillo, como acostumbro para ubicarme si me levanto a medianoche. Antes de cerrar los ojos, miré la vitrina una vez más. Los reflejos del vidrio formaban sombras rectas sobre la pared. Me dormà sin dificultad. Me desperté de madrugada para ir al baño. Al volver, encendà la lámpara del buró solo un momento, lo suficiente para ver la hora. Fue entonces cuando noté un detalle que me hizo detenerme. La muñeca que habÃa colocado mirando hacia el frente ya no apuntaba exactamente al mismo sitio. El cuerpo seguÃa recto, pero la cabeza estaba apenas girada hacia la derecha. en un ángulo pequeño y los ojos parecÃan alinearse con la puerta de la habitación no era un giro brusco era una desviación mÃnima que se notaba si uno comparaba con la posición de las otras dos en ese instante pensé que yo misma la habrÃa movido sin querer al limpiar el vidrio por fuera o que los topes de fieltro no la habÃan fijado lo suficiente y la vibración de la calle habrÃa hecho el resto. Abrà la vitrina para revisar. Toqué apenas la base y comprobé que estaba firme. Volvà a enderezar la cabeza,
6:25 apagué la lámpara y me acosté. No sentà inquietud. Me repetà que el movimiento lo habÃa causado yo al acomodarla. Aún asÃ, antes de quedarme dormida... Me propuse verificarla a la mañana siguiente con luz natural y tomar nuevas fotografÃas para comparar. Cerré los ojos con la idea simple de tratarlo como cualquier ajuste de inventario. Revisar, anotar, corregir la base y seguir con la rutina. no hice nada más me dormà con la puerta cerrada la vitrina asegurada y el silencio habitual de la casa durante los dÃas siguientes noté detalles que al principio me parecieron simples fallas de memoria la muñeca del vestido azul seguÃa en la vitrina pero cada vez que la observaba parecÃa tener un aspecto distinto El primer cambio fue en el cabello. Una tarde mientras limpiaba el polvo del cristal, me di cuenta de que el peinado ya no estaba tan parejo. Las puntas sobresalÃan más allá del cuello, desiguales, como si alguien las hubiera cortado torcidamente. Pensé que la peluca se habÃa soltado, pero al revisar por dentro los alfileres seguÃan fijos. Tomé una foto nueva para comparar con la anterior. En la imagen el cabello era más largo, aunque no mucho, solo lo suficiente para notarse. Traté de ignorarlo pensando que la iluminación o la posición habÃan cambiado. Aún asà pasaba más tiempo frente a la vitrina. Me inclinaba, revisaba los pliegues del vestido y la postura del cuerpo. Todo parecÃa igual
7:58 salvo el pelo. En una de esas revisiones noté que la cabeza estaba un poco inclinada hacia abajo. Antes miraba al frente, recta, pero ahora parecÃa observar sus propias piernas. También las manos habÃan cambiado de posición. Estaban apoyadas sobre el regazo, con los dedos extendidos, y yo recordaba haberlas visto antes abiertas a los lados, descansando sobre la tela del vestido. Abrà la vitrina con la llave, acomodé la cabeza y los brazos y cerré de nuevo. Pasé el trapo húmedo por el vidrio, guardé la llave y me repetà que todo era su gestión. Las muñecas de porcelana con su rigidez a veces engañan la vista. La luz o el ángulo pueden crear la ilusión de movimiento. Además, llevaba dÃas pensando demasiado en esa pieza nueva, tal vez por el contraste del color azul en medio de las demás, más pálidas. Decidà que no valÃa la pena seguir observándola tanto.
8:58 Esa noche traté de mantener la rutina normal, cenando frente al televisor evitando mirar la vitrina. me metà a la cama temprano con un libro para distraerme la casa estaba en silencio salvo el ruido del refrigerador y el viento que movÃa las ramas del patio leà por un rato sin pensar en nada hasta que escuché un sonido leve no era fuerte apenas un golpeteo seco rÃtmico que provenÃa del pasillo Al principio pensé que era el reloj del comedor, pero el sonido era distinto, más irregular, como si algo golpeara el piso de madera en intervalos cortos. Apagué la lámpara, esperando oÃrlo mejor. Se repitió tres veces. Era un ruido suave, casi húmedo, como si unas suelas pequeñas pisaran con cuidado.
9:47 Me levanté, tomé la linterna del buró y caminé despacio hacia la puerta. El pasillo estaba oscuro, iluminado solo por la luz débil del foco del baño. Avancé unos pasos sin hacer ruido. El sonido se habÃa detenido. Miré hacia la sala y luego hacia el comedor. Todo estaba en su sitio. No habÃa corriente de aire ni objetos caÃdos. El reloj marcaba las once y media. Me asomé por la ventana que da al patio y no vi movimiento. El silencio era completo. Cuando regresé a la habitación, sentà una corriente de aire más frÃa. No provenÃa de la ventana que seguÃa cerrada. Al acercarme a la vitrina, noté algo que me detuvo en seco. El cristal delantero estaba empañado desde adentro. La superficie mostraba una capa delgada de vaho, como si alguien hubiera respirado muy cerca del vidrio. Dibujaba un cÃrculo irregular justo frente al rostro de la muñeca.
10:46 Me incliné para mirar mejor y el reflejo del foco del pasillo dejó ver que el empañado se extendÃa por el lado izquierdo también, con pequeñas gotas que escurrÃan hacia el borde inferior. Me quedé observando sin tocar el cristal. no podÃa entender cómo podÃa estar húmedo por dentro si la vitrina permanecÃa cerrada y sellada recordé que habÃa usado la llave más temprano y que la puerta habÃa quedado bien ajustada busqué la llave en el cajón y comprobé que seguÃa ahà la saqué y abrà la puerta con cuidado el interior estaba en orden No habÃa signos de humedad ni olores extraños. El vestido seguÃa limpio y el cabello igual de brillante, aunque al tocar el aire dentro, sentà una leve tibieza, distinta al resto de la habitación.
11:36 Cerré de nuevo y me quedé de pie frente a la vitrina un buen rato. La sensación era difÃcil de describir. No era miedo completo, pero sà algo cercano a la desconfianza. guardé la llave y volvà a la cama leà un par de páginas sin entender el texto cada tanto levantaba la vista para comprobar que la vitrina seguÃa cerrada las luces del pasillo estaban apagadas pero el reflejo del vidrio me permitÃa ver el contorno azul del vestido Pasé la noche inquieta, escuchando los ruidos comunes de la casa con más atención de la necesaria. Cuando al fin me dormà soñé con el interior de la tienda donde la habÃa comprado.
12:17 En el sueño el anticuario me decÃa que la muñeca no estaba a la venta y que debÃa devolverla. Pero cada vez que intentaba sacarla de la vitrina, el vestido se enredaba en mis brazos y el vidrio se empañaba igual que ahora. Desperté antes del amanecer. Encendà la lámpara de inmediato. El cristal seguÃa limpio, sin vaho, pero el aire olÃa distinto. Una mezcla leve de cera y tela húmeda. Tomé otra fotografÃa para comparar con las anteriores. En la pantalla se veÃa igual que siempre, aunque al hacer zoom me pareció distinguir una sombra detrás del reflejo. Cerré el archivo sin revisarlo más. Me quedé mirando la vitrina unos minutos, hasta que amaneció por completo, convencida de que lo mejor serÃa dejar de observarla tanto, como si al hacerlo yo misma le diera motivos para moverse. Aún asÃ, mientras me preparaba el desayuno... No dejaba de pensar en el empañado del vidrio y en aquel sonido leve del pasillo. Me dije que en la noche revisarÃa las cerraduras y sellarÃa las rendijas, solo para quedarme tranquila, pero en el fondo sabÃa que la sensación no venÃa del aire ni de la madera. VenÃa del simple hecho de tener esa muñeca en casa. Al dÃa siguiente me levanté decidida a devolver la muñeca. HabÃa pasado mala noche, con la cabeza llena de imágenes que no lograba distinguir del todo, y el
13:48 aire del cuarto seguÃa oliendo a cera. Envolvà la muñeca en el mismo papel de seda con el que el anticuario la habÃa entregado y la guardé en su caja. No me detuve a mirar la vitrina, aunque alcancé a notar que el vidrio tenÃa una marca circular, como si la humedad del dÃa anterior se hubiera secado mal. Cerré la puerta del cuarto y salà sin desayunar. La tienda abrió a media mañana. El anticuario estaba sentado detrás del mostrador, leyendo un periódico doblado. Al verme llegar, sonrió con cortesÃa y me preguntó si habÃa venido por otra pieza. Le expliqué con calma que querÃa devolver la muñeca. Le dije que algo no estaba bien con ella, que desde que la compré no dormÃa bien y que preferÃa no conservarla.
14:38 El hombre me escuchó sin interrumpir. Solo movÃa los dedos sobre el borde del mostrador. Cuando terminé, me preguntó si el vestido seguÃa limpio. AsentÃ. Me respondió que entonces no habÃa motivo para la devolución. que la pieza estaba completa y en perfecto estado. InsistÃ. Dije que no se trataba del estado fÃsico, sino de algo más, de una sensación. Ãl bajó el periódico y me miró fijo. Me dijo con voz pausada que esa muñeca no tenÃa reembolso y que, cuando uno lleva ciertas cosas a casa, debe dejarlas donde las pone. Agregó que moverla solo complica las energÃas de quien las toca. No me gustó su tono. Sentà que me estaba advirtiendo, no explicando. Le pedà que al menos la recibiera de vuelta como donación, que no querÃa el dinero, solo deshacerme de ella. Dijo que no podÃa hacerlo, que la tienda no aceptaba devoluciones de piezas antiguas por supersticiones personales.
15:42 Guardó silencio un momento y después añadió que, si la habÃa comprado, era porque algo de ella me habÃa llamado y que, en esos casos, lo mejor era aceptar el vÃnculo y no pelearlo. Sus palabras me incomodaron. Tomé la caja con firmeza y salà sin responder. El sonido de la campanilla de la puerta me siguió hasta la calle. El trayecto de regreso me pareció más largo. La caja pesaba más que el dÃa en que la compré, o eso creÃ. No la abrÃ. Al llegar a casa, antes de abrir la puerta, sentà un silencio distinto. No era el silencio común de una casa vacÃa, sino uno que se siente en el cuerpo, como si el aire pesara más.
16:25 Dejé las llaves sobre la mesa y avancé despacio. El reloj del pasillo estaba detenido, aunque la noche anterior funcionaba bien. Subà las escaleras con la caja en brazos. A mitad del tramo noté un resplandor suave viniendo del piso de arriba. Era una luz cálida parecida a la de mi lámpara de buró, pero yo recordaba haberla apagado. me detuve unos segundos y escuché no se oÃa nada ni pasos ni ruido de la calle seguà subiendo al llegar al pasillo superior la puerta del cuarto estaba entreabierta la luz salÃa por el borde empuje despacio y la lámpara seguÃa encendida Pero la vitrina estaba vacÃa. Sentà que el estómago se me apretaba. Dejé la caja sobre la cama y me acerqué.
17:15 El cristal frontal tenÃa una abertura grande, como una estrella rota con los pedazos más finos esparcidos por el suelo. Algunos estaban sobre el tapete, otros bajo la repisa inferior. Lo más extraño era la dirección de las astillas. Todo apuntaba hacia afuera, como si el vidrio se hubiera quebrado desde adentro. Miré alrededor por reflejo, buscando si acaso la muñeca habÃa caÃdo. Revisé debajo de la cama, detrás del buró, entre las cortinas. No habÃa rastro de ella. El resto de las muñecas seguÃa en su sitio, inmóviles, con las miradas fijas. Me incliné para recoger uno de los fragmentos de vidrio y noté que estaba tibio. Lo sostuve un instante antes de soltarlo. El aire del cuarto tenÃa un olor que no recordaba, una mezcla de tela quemada y perfume antiguo. La caja seguÃa sobre la cama, vacÃa. Me di cuenta de que tenÃa las manos temblorosas y los dedos marcados por el borde del cartón. Cerré la puerta y bajé de nuevo las escaleras para buscar una bolsa grande, pensando en recoger los pedazos y tirarlos fuera. Pero al volver, la luz del cuarto estaba apagada. Encendà el interruptor. La lámpara del buró seguÃa apagada y la habitación se veÃa igual, salvo por la vitrina. Los fragmentos de vidrio seguÃan en el suelo, pero la superficie del cristal, que antes estaba rota, ahora parecÃa empañada por dentro, como la noche anterior. Sólo que esta vez el vaho formaba una figura alargada, como
18:48 si alguien hubiera apoyado la frente y la mano contra el vidrio. No me acerqué más, cerré la puerta y me quedé en el pasillo un rato largo escuchando. Todo estaba en silencio, aunque esa quietud se sentÃa forzada, como si la casa esperara que yo hiciera el siguiente movimiento. Bajé otra vez y dejé la caja en el recibidor. Me servà un vaso de agua, pero el temblor no se me quitó. La bebà entera y la garganta me supo a polvo. Pensé en volver a la tienda, pero ya estaba cerrada. Miré el reloj. Pasaban de las ocho. No me atrevà a subir de nuevo. Dormà en el sillón de la sala, con las luces encendidas, escuchando los ruidos normales de la noche. Aún asÃ, jurarÃa que, por momentos, oà el tintineo de los trozos de vidrio chocando entre sÃ, como si alguien los moviera con cuidado. Me prometà que al amanecer llamarÃa a alguien para ayudarme a sacar la vitrina.
19:46 No sabÃa si tirarla, venderla o llevarla a otro sitio, pero no podÃa dejarla ahÃ. Esa decisión me dio algo de tranquilidad, al menos por unas horas. Aún asÃ, mientras cerraba los ojos en el sillón, tuve la sensación de que el aire olÃa cada vez más a perfume antiguo. el mismo que se impregnaba en el vestido azul. Al amanecer subà con decisión. TenÃa la idea de revisar todo el cuarto, recoger los vidrios y sacar la vitrina al patio. El sol entraba por la ventana y la luz aclaraba el polvo en suspensión. Caminé despacio, evitando pisar los fragmentos que aún quedaban sobre el tapete. A simple vista, la vitrina seguÃa vacÃa, intacta, con el cristal opaco por dentro.
20:34 Abrà la puerta con cuidado y empecé a revisar los rincones. Movà la cama, arrastré el buró y aparté las cortinas. Revisé detrás del ropero, debajo de la alfombra y en el cesto de la ropa. No habÃa rastro de la muñeca. Ni una pieza rota, ni un zapato suelto, nada. Todo estaba limpio, como si nunca hubiera estado ahÃ. Las demás muñecas seguÃan firmes, alineadas, con la mirada al frente. Me incliné para mirar bajo el colchón, pero solo encontré polvo y una hebra suelta del tapete. Cuando me incorporé para ir hacia la puerta, vi algo en el suelo justo frente a la cama. Era el vestido azul. Estaba doblado con cuidado, en un cuadrado perfecto, con las mangas hacia adentro y la falda alineada. No tenÃa arrugas ni manchas.
21:25 El encaje del cuello se veÃa más nuevo que antes. Me quedé observándolo sin moverme. Me acerqué despacio y noté que en la parte del cuello habÃa algo cosido con hilo negro. Me agaché para mirar mejor y el aire me dio un golpe seco en la cara, con un olor que reconocà enseguida, polvo mezclado con perfume antiguo. El hilo negro atravesaba un mechón de cabello. Estaba trenzado entre las puntadas, apretado contra la tela. Era de color oscuro, igual que el mÃo. Pasé los dedos por el borde y confirmé lo que ya sabÃa, ese cabello era mÃo, la textura, el grosor, incluso el largo, no habÃa duda, recordé que en los últimos dÃas al cepillarme habÃa notado huecos en la parte de atrás de la cabeza, como si el peine arrancara más de lo normal. No le habÃa dado importancia pensando que era estrés. Me quedé arrodillada frente al vestido, sin tocarlo. El aire del cuarto cambió, más pesado. No se movÃa ninguna cortina, pero el olor se intensificó. Era el mismo aroma que sentà la noche que traje la muñeca, una mezcla de cera, tela húmeda y algo dulce que se colaba por la garganta. La vitrina detrás de mà comenzó a empañarse otra vez. Escuché el sonido leve de un vidrio crujiendo, como si una presión interna lo empujara desde adentro. No quise voltear. me concentré en el vestido a medida que lo miraba tuve
22:58 la impresión de que las costuras del cuello se tensaban como si el hilo estuviera fresco no habÃa viento pero la tela se movÃa apenas con un vaiven suave retrocedà sin dejar de mirarlo hasta quedar cerca de la puerta el piso crujió bajo mis pasos y el sonido retumbó en el silencio salà del cuarto sin cerrar por completo bajé las escaleras con el corazón acelerado me servà un vaso de agua pero el sabor era metálico como si el polvo se hubiera metido en la tuberÃa al llegar al pasillo la puerta del cuarto estaba entreabierta y dentro ya no se veÃa el vestido en el suelo me asomé con cuidado la vitrina estaba limpia el cristal sin empañar no habÃa nada tirado caminé hasta la cama movà las sábanas miré debajo todo en orden Cerré las cortinas y bajé de nuevo, pero la sensación de que alguien respiraba detrás de mà no se fue. Decidà no dormir ahÃ.
24:00 Esa misma tarde cambié la ropa de cama, limpié la vitrina y cerré la puerta con llave. Dormà en la habitación de invitados, con la lámpara encendida. Pasé la noche entera despierta, oyendo cada crujido de la casa. A medianoche escuché un sonido leve, el roce de tela arrastrándose sobre el piso, subiendo por el pasillo. No me atrevà a moverme. Desde entonces no volvà a entrar al cuarto. Lo mantengo cerrado. No dejo que nadie lo limpie ni abra las cortinas. Cada mañana, al pasar frente a la puerta, escucho el mismo sonido, un roce suave que va de un extremo a otro del piso, como si una falda larga se deslizara lentamente por la madera. No es continuo, aparece solo cuando me detengo. Ya no intento buscar explicaciones. Sé que la muñeca no desapareció, solo cambió de forma. El vestido sigue ahà adentro, moviéndose despacio. A veces el olor a perfume antiguo sale por la rendija, y si acerco la mano puedo sentir una corriente tibia que se escapa, igual que un suspiro. Desde aquel dÃa no duermo en esa habitación, ni de noche, ni de dÃa. Nadie más la ha visto, pero yo sé que el vestido azul todavÃa se mueve dentro, rozando el piso, esperando que vuelva a abrir la puerta.
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