Aug. 13, 2025

Mi HIJA BRUJA Maltrata A Sus Hijos Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Hacía ocho meses que no veía a mi hija. Desde que se había divorciado, la comunicación entre nosotras se volvió menos frecuente. Me contó que su esposo la había engañado y que él ya vivía con otra mujer. Tuvieron dos hijos juntos, ya tenían cinco y siete años, y después de la separación ella se quedó con ellos. Al principio me llamaba seguido para contarme cómo estaban, pero con el paso de los meses esas llamadas se fueron volviendo esporádicas. Cuando le preguntaba si vendría a visitarme, decía que tenía mucho trabajo y que no podía dejar a los niños solos. Yo le ofrecí ayudarle, pero siempre encontraba una razón para no aceptar. Un día pensé que quizá lo mejor sería ir a verla yo misma sin avisar, para no darle tiempo de decir que no. Vivíamos en estados distintos, yo en Sonora y ellos en Michoacán. me organicé para el viaje con la idea de quedarme un tiempo. Mi plan era cuidar a mis nietos mientras ella trabajaba, así podría ahorrarse el gasto de una niñera. Pensaba que sería un alivio para ella y una oportunidad para convivir con mi hija y mis nietos. Cuando llegué al pueblo donde vivían, Vi la casa de mi hija a lo lejos, rodeada de maleza alta y con una cerca de madera que tenía varios tramos caídos. No escuché voces ni vi a nadie en el patio. Toqué la puerta y esperé. Al cabo de un momento mi hija abrió. Llevaba un mandil

1:33 manchado y el cabello recogido de forma descuidada. Me miró sorprendida. Le dije que había decidido visitarla y que quería pasar unos días con ella y los niños. Me dejó entrar sin decir mucho. El interior estaba oscuro. Las cortinas de la sala estaban cerradas y había un olor a humo de cigarro. En un rincón había sillas apiladas y sobre la mesa, trastos sucios. Busqué a los niños con la mirada y los vi sentados en el suelo junto a una de las paredes. El mayor estaba descalzo y el pequeño tenía una camiseta rota. Los dos estaban delgados. Me acerqué para saludarlos. El menor apenas levantó la cabeza y el mayor me miró de reojo. Vi que ambos tenían el cabello sucio y que en los brazos les quedaban marcas rojizas como si hubieran sido golpeados con algo. le pregunté a mi hija que tenían los niños y ella solo me dijo que los acababa de regañar por algo que hicieron que se habían portado mal y que las marcas rojas eran de picaduras de moscos les pregunté si habían comido pero no respondieron Fui a la cocina. La estufa tenía una olla con comida quemada y sobre la mesa había frascos de vidrio con líquidos turbios. Algunos tenían ramas y hojas adentro. El olor fuerte que sentí al entrar parecía salir de ahí. En una esquina había un balde con agua ennegrecida y un par de gallinas encerradas en una jaula pequeña. Le dije a mi hija que

3:06 me gustaría preparar algo para todos, pero me contestó que ya habían comido. Revisé la alacena y encontré solo un poco de arroz y dos latas de frijoles. Puse a cocer el arroz y le serví a los niños, que comieron despacio. Durante la tarde intenté hablar más con ellos. El mayor me dijo en voz baja que a veces su mamá se enojaba si agarraban comida sin pedirla. Me quedé pensando en eso. No quería discutir con mi hija en ese momento, pero me preocupó verlos así. Se miraban muy descuidados. Esa noche me instalé en un cuarto pequeño junto a la cocina. El colchón estaba duro y las cobijas olían a humedad. A la mañana siguiente hablé un poco más con los niños. Me contaron que su mamá les ponía agua de los frascos en la cabeza para quitarles los piojos, pero que les ardía mucho. Me impactó escuchar eso. Y al revisarles la cabeza, tenían demasiados piojos.

4:06 Ya hasta había muchos que estaban muertos. Y otros brincaban. Nada más movía el cabello. Era exagerada la cantidad de piojos que tenían. También dijeron que las marcas en los brazos se las hacía con unas ramas cuando se portaban mal. Sentí rabia y tristeza al escucharlos. La verdad me enojé mucho, porque en ese momento ya me di cuenta de que mi hija estaba descuidando demasiado a los niños. Ya pensaba que no les daba de comer y los golpeaba, quién sabe qué otras cosas más. Pensé que tendría que ir con cuidado para entender lo que estaba pasando y no causar un problema con ella y provocar que me corriera.

4:48 Esa mañana, después de escuchar lo que me contaron y de revisarles la cabeza, supe que lo primero era atenderlos. Salí a pie hacia el centro del pueblo. Encontré una tiendita que vendía productos para el cabello y pedí uno especial para eliminar piojos. Compré también un peine de dientes finos, jabón y un paquete de cotonetes. Regresé con todo en una bolsa, decidida a dejarlos limpios ese mismo día. Puse agua a calentar en la estufa y llevé al más pequeño primero. Lo senté en un banquito dentro del baño y le mojé el cabello. Apliqué el producto con cuidado, asegurándome de cubrir toda la cabeza. Lo dejé actuar unos minutos y comencé a peinarlo con el peine nuevo. Los piojos cilindres caían al piso y al agua en grandes cantidades.

5:37 Tenía tantos que tuve que detenerme varias veces para limpiar el peine. Cuando terminé, lo enjuagué bien y lo vestí con una de las pocas mudas limpias que encontré. Después le tocó el turno al mayor. Fue peor. Apenas comencé a peinarlo, vi que algunos piojos estaban pegados en la cera de sus oídos. Tomé un cotonete y le limpié despacio. La cantidad de cera que salió me impresionó. Dentro de ella había varios piojos muertos, pegados, como si hubieran estado ahí desde hacía tiempo. Hice lo mismo con el más pequeño y también encontré lo mismo. Terminé sintiéndome aliviada al verlos limpios, pero me sentía muy triste y enojada por haberlos encontrado así. Cuando terminé de bañar a los dos lavé la ropa que traían puesta y la poca que tenían en el cuarto. El agua se volvió oscura en segundos.

6:30 Mientras la ropa se secaba fui a su cama. El colchón estaba lleno de manchas y olía mal. Lo saqué al patio para que le diera el sol. Lavé las sábanas y las cobijas y barrí toda la habitación. En las esquinas había polvo acumulado y debajo de la cama encontré juguetes rotos, papeles sucios y un par de zapatos llenos de tierra. Tiré lo que no servía y acomodé lo demás. En medio de la limpieza me di cuenta de que no tenían cepillos de dientes. Busqué por toda la casa y no encontré ninguno. Tampoco había pasta dental. Guardé el dinero que me quedaba y volví a salir. En la tienda compré dos cepillos nuevos, uno para cada niño y una pasta grande. Ese mismo día les lavé los dientes yo misma. Se quejaron un poco. Les molestaba porque no estaban acostumbrados, pero no paré hasta que vi que quedaban limpios. La casa entera estaba en malas condiciones, pero decidí empezar por ellos. si quería poner en orden todo tenía que hacerlo paso a paso lo más urgente era que los niños estuvieran aseados con ropa limpia sin piojos y con un lugar decente para dormir estaba bastante decepcionada de mi hija la verdad Al mediodía les preparé algo sencillo, arroz con frijoles. Lo comieron sin dejar nada en el plato. El menor, que apenas me había hablado desde que llegué, sonrió un poco mientras comía. El mayor,

8:00 en voz baja y sin que su mamá escuchara, me dijo que la comida estaba buena. Por la tarde, seguí limpiando su cuarto. Pasé un trapo húmedo por las paredes y moví los muebles para sacar toda la basura acumulada detrás. Organicé su ropa y dejé las prendas limpias dobladas en el ropero. Las pocas cobijas que tenían quedaron tendidas y limpias sobre la cama. Cerré la ventana para evitar que les entrara polvo en la noche, pero dejé que el aire circulara para que se quitara el olor a humedad. Cuando mi hija llegó a la cocina en la tarde, me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que estaba limpiando el cuarto de los niños porque tenían muchos piojos y que ya los había bañado. No respondió nada y se fue al patio. No quise buscar más conversación, preferí seguir concentrada en lo mío. Esa noche los acosté temprano, después de cenar. Antes de dormir, volví a peinarles el cabello para quitar cualquier liendre que hubiera quedado. se durmieron rápido limpios y arropados yo me quedé despierta un rato en mi cuarto pensando en todo lo que faltaba por hacer sabía que limpiar la casa completa me iba a tomar varios días pero ya había dado el primer paso decidí que al día siguiente comenzaría a ordenar la cocina y la sala, sin dejar de lado a los niños. Quería que cada día estuvieran un poco mejor, aunque eso significara que mi hija no estuviera del todo de acuerdo con

9:33 mis decisiones, porque desde que llegué no estaba muy cómoda desde que empecé a ordenar la casa. No sé si le molestó que limpiara y atendiera bien a mis nietos, pero si sentía que se enojaba por la casa, A la mañana siguiente me levanté temprano. Preparé café y un poco de pan para los niños. Les serví antes de que su mamá saliera, así no habría discusiones por la comida. Después de desayunar, les puse a hacer dibujos en la mesa de la cocina para poder seguir limpiando sin que estuvieran en medio. Empecé por la sala. Había polvo acumulado en cada esquina y telarañas pegadas en las paredes. Moví los muebles con cuidado y pasé el trapo húmedo por las repisas. En una esquina encontré un mueble viejo, con varios cajones que estaban atascados por la suciedad. Tuve que jalar fuerte para abrir el primero. Adentro había velas negras y rojas, algunas usadas y otras nuevas, junto con frascos pequeños llenos de polvos de distintos colores. El segundo cajón tenía figuras hechas con cera, envueltas en pedazos de tela y amarradas con hilo. En el tercero encontré fotos de distintas personas, muchas de ellas dobladas o con marcas hechas con plumón, algunas estaban metidas en frascos con aceite o líquido turbio. Me quedé mirando todo eso sin saber qué pensar.

11:00 No era basura común ni cosas que cualquiera tendría guardadas así. Seguí revisando y encontré un mazo de cartas con dibujos extraños y una bolsa con huesos pequeños que parecían de animal. Sentí un escalofrío. Escuché a los niños moverse y les pedí que se quedaran en la cocina. No quería que vieran nada de eso. Pensé en guardarlo en una caja aparte para preguntarle a mi hija cuando regresara. pero no quería que dijera que me estaba metiendo en sus cosas. Aún así, lo dejé sobre la mesa, pensando que era mejor aclararlo en cuanto llegara. Al mediodía, preparé comida, le serví a los niños y, mientras comían, seguí limpiando la sala y la entrada. Poco después, escuché que la puerta se abrió. Mi hija había llegado. Me miró, luego miró la mesa donde estaban las cosas que había encontrado, y su expresión cambió de inmediato. Se acercó rápido y me preguntó con voz seria qué estaba haciendo con eso. Le dije que lo había encontrado en los cajones de la sala mientras limpiaba, y que quería saber para qué lo usaba.

12:10 Se molestó. Me dijo que no tenía por qué andar limpiando toda la casa ni metiéndome en sus cosas, que eso no me importaba. Tomó todo lo que estaba sobre la mesa, lo metió en una bolsa negra, y sin decir nada más se fue directo a su habitación, cerrando la puerta con fuerza. Me quedé parada un momento, sin saber qué hacer. No me había explicado nada, solo había reaccionado con enojo y se había encerrado. Los niños se asomaron desde la cocina y me miraron. Les dije que terminaran de comer, pero el mayor se acercó y me habló en voz baja. Me dijo que su mamá a veces hacía cosas raras en la casa, que venía gente a visitarla, y que después de hablar con ella se iban diciendo que les iba a cumplir lo que le habían pedido. El pequeño, que escuchaba atento, agregó que a veces los hacía irse a dormir temprano porque tenía visitas y que no podían salir de sus cuartos. No supe qué responderles. Eran niños pequeños, pero la manera en que lo contaban me dejaba claro que no era algo inventado.

13:17 Les pregunté si sabían qué pedía la gente, pero no supieron explicarlo. Solo dijeron que su mamá preparaba cosas en frascos, escribía en papeles y quemaba cosas en el patio por la noche. Me quedé pensando mucho en eso. Yo conocía a gente que hacía limpias o rezos, pero lo que había visto en esos cajones era diferente. Me asustó que mis nietos vivieran en medio de todo eso, sin entender realmente qué pasaba. Pensé en hablar con ella otra vez, pero recordé lo molesta que se había puesto y no quería provocar una discusión que terminara conmigo fuera de la casa. El resto de la tarde la pasé en silencio, ocupándome de lavar más ropa y de barrer la entrada. Cada vez que pasaba frente a la puerta de su habitación, escuchaba ruidos suaves, como si estuviera moviendo cosas o murmurando.

14:10 No salía y yo tampoco quería insistir. Esa noche, cuando acosté a los niños, el mayor volvió a decirme que su mamá hacía que la gente le diera dinero o cosas a cambio de que les ayudara. No entendía bien cómo funcionaba, pero me dijo que algunas personas regresaban varias veces. El pequeño solo escuchaba, pero no decía nada más. Ya no se trataba solo del descuido con los niños. Ahora me daba cuenta de que mi hija estaba metida en algo que yo no entendía del todo. Me costó dormir. Me quedé pensando en lo que habían dicho los niños y en todo lo que había encontrado en la sala.

14:50 Antes de que amaneciera, ya estaba en pie preparando algo para el desayuno. Le serví pan y leche, y cuando estuvieron más tranquilos, el mayor comenzó a hablar sin que yo le preguntara. Me dijo que, desde que su papá se había ido, su mamá había cambiado mucho. Les gritaba por cualquier cosa y a veces les decía que ellos tenían la culpa de que él se hubiera ido, que por su culpa la casa estaba sola y que nadie quería vivir con ellos. El pequeño dijo que cuando no obedecían rápido, su mamá les pegaba, a veces con la mano y otras con unas ramas que tenía en la cocina. Sentí una mezcla de rabia y tristeza.¿ Cómo podía mi hija decirles algo así? Eran niños pequeños, no tenían la culpa de nada. Me mordí los labios para no dejar salir lo que quería decir en ese momento, porque si empezaba a reclamarle frente a ellos, todo se pondría peor.

15:46 Pero por dentro estaba furiosa. Mientras recogía los platos, el mayor siguió contando que a veces, si se peleaban entre ellos, su mamá los dejaba sin cenar o los mandaba a dormir temprano. Aunque no tuvieran sueño ni hubieran comido bien en todo el día, me costaba escucharlos. Hubo una noche en que mi hija salió de la cocina y recibió a un hombre en la puerta. No era tarde, pero ya oscurecía. Entró con él y se fueron directo a su habitación, cerrando la puerta sin decir nada. Esa vez yo no quise pensar mal, me quedé en la sala mirando a los niños que estaban inquietos. Me levanté, los llevé a mi cuarto y me quedé con ellos hasta que se durmieron. No quería que escucharan lo que pasaba en la habitación de su mamá. Desde entonces me di cuenta de que tenía que estar pendiente, porque mi hija parecía más interesada en su vida personal que en el bienestar de sus hijos. Sentía que cada cosa nueva que me decían hacía que se confirmara que no podía confiar en que su madre cuidara de ellos como debía. Me daba miedo enfrentarla directamente, porque si me corría, ellos se quedarían solos otra vez. Por la tarde, mi hija salió a hacer unas compras y yo aproveché para seguir limpiando.

17:07 Me concentré en la cocina, lavando cada trasto y desechando lo que estaba en mal estado. Los niños estaban más tranquilos conmigo, pero aún así notaba que se ponían tensos cuando escuchaban la puerta principal. Parecía que vivían esperando que en cualquier momento su mamá los regañara. Cuando ella regresó, traía bolsas con comida y algunas cosas que no parecían necesarias. como refrescos y botanas, mientras yo seguía buscando lo básico para mantener la casa limpia y a los niños atendidos. No dijo nada sobre lo que yo hacía, pero su forma de mirarme dejaba claro que no estaba cómoda con mi presencia. esa noche mientras los niños dormían llamé a mi esposo le conté todo lo que estaba pasando desde que llegué lo que había visto en la sala lo que me habían dicho los niños y la forma en que mi hija reaccionaba cada vez que intentaba ayudar le hablé del descuido de los maltratos y de las personas extrañas que recibía en la casa se quedó en silencio unos segundos y luego me dijo que lo mejor era que me llevara a los niños conmigo que acá podrían estar bien cuidados, comer bien y vivir tranquilos. Dijo que no veía que su mamá fuera capaz de cuidarlos como debía y que si me quedaba callada, solo seguirían creciendo en medio de eso. También llamé a mis otros hijos.

18:34 Les expliqué lo que estaba ocurriendo, les conté lo que había escuchado de boca de sus sobrinos. Uno de ellos me dijo de inmediato que lo mejor era quitarles a los niños, que no podían seguir viviendo así, que si yo no hacía nada al final me iba a arrepentir. Pasaron un par de días y una tarde mi hija llegó con un hombre de unos 60 años. Entraron juntos y se sentaron en la sala. Me llamó aparte y me dijo que me metiera en uno de los cuartos y que no saliera, que iba a estar ocupada. no me dio más detalles pero la forma en que lo dijo no me animé a preguntarle me metí en el cuarto con los niños cerré la puerta y me quedé escuchando se oían pasos y murmullos el arrastre de una silla el sonido de algo moviéndose sobre la mesa También un olor raro, como a hierbas quemadas, empezó a entrar por la rendija. Después de un buen rato, escuché que la puerta principal se cerró. Salí del cuarto y la vi guardando unas velas y unos frascos en una bolsa. Me miró y dijo que ya podía salir. Le pregunté directamente qué era lo que estaba haciendo y ella por primera vez me lo dijo que se dedicaba a ayudar a la gente a conseguir lo que quería, que hacía trabajos para que se cumplieran cosas, que era buena en eso y que por eso siempre había gente buscándola. Le dije que lo que estaba haciendo estaba mal, que no podía estar metiendo personas desconocidas a la casa, que no sabía

20:05 quiénes eran ni qué intenciones podían tener. Le dije que si quería seguir con eso, que lo hiciera en otro lugar. pero que ahí vivían sus hijos y que lo más importante debía ser su bienestar. Le recordé lo que ellos me habían contado, cómo los dejaba solos, cómo les gritaba y los castigaba sin razón. Ella solo me miró con gesto serio y dijo que yo no entendía, que esa era su manera de ganarse la vida ahora. que, si no lo hacía, no tendría cómo mantenerlos. Le respondí que mantenerlos no significaba solo darles comida, sino cuidarlos, atenderlos, asegurarse de que vivieran en un ambiente sano y seguro. Me escuchó en silencio, sin decir nada más, y luego se encerró en su cuarto. Yo me quedé parada en la sala, mirando hacia la puerta cerrada. Sentía que la distancia entre nosotras iba a ser más. mientras los niños siguieran ahí no estaría tranquila al día siguiente después de dejar a los niños desayunados salí temprano con ellos para hacer unos trámites había estado pensando que necesitaban convivir con otros niños aprender cosas distraerse y no pasar los días enteros encerrados en esa casa el más pequeño tenía la edad para entrar a kinder y el mayor ya debía estar en la primaria pero hasta ese momento no iban a ningún lado fui primero al kinder más cercano y pregunté por los requisitos después de entregar papeles y firmar lo necesario

21:39 quedó inscrito para empezar en unos días luego fuimos a la primaria donde también registré al mayor Sentí un alivio, porque así tendrían al menos unas horas al día en un ambiente distinto, lejos de los gritos y del encierro. Cuando regresamos, mi hija estaba en la sala. Le conté lo que había hecho, pensando que se alegraría. En lugar de eso, me dijo con un tono serio que no estaba de acuerdo. dijo que cuando yo me fuera ella no iba a poder atenderlos que no tendría tiempo de ir por ellos al kinder y que era mejor esperar a que el más pequeño creciera para entrar directo a la primaria respondí que el mayor ya debía estar en la escuela y que el pequeño no podía seguir encerrado sin hacer nada que los niños necesitaban aprender y convivir no estar todo el día sin salir le dije que no podía tenerlos como si fueran animales encerrados mirando por la ventana o esperando a que pasara el día le recordé que hasta ahora pasaban más tiempo conmigo que con ella y y que lo único que yo buscaba era su bienestar. No contestó nada más, solo hizo un gesto molesto y se quedó en el celular. Por la tarde, los niños y yo estuvimos en el patio, lavando ropa y colgándola. Poco después de que oscureció, escuché que tocaban la puerta. me asomé y vi que entraron tres personas dos mujeres y un hombre todos cargando bolsas negras y

23:11 una caja de cartón mi hija les abrió y les indicó que pasaran a la sala luego vino hasta donde yo estaba y me dijo que me metiera con los niños a un cuarto que no saliera porque iba a estar ocupada La manera en que lo dijo me dio una mala sensación. Cerré la puerta de la habitación y me quedé con ellos, tratando de distraerlos con cuentos y dibujos. A los pocos minutos empezamos a escuchar ruidos extraños desde la sala. Arrastraban muebles otra vez, se escuchaban murmullos y el golpeteo de objetos contra la mesa. El olor a humo y hierbas empezó a colarse por la rendija de la puerta. De pronto, escuchamos un golpe fuerte, seguido de otro y luego otro más, como si estuvieran golpeando algo blando y pesado. Los niños se miraron asustados. Después de varios segundos, se escuchó claramente el chillido de un animal.

24:08 y entendí que lo estaban lastimando. Los golpes continuaron, uno tras otro, acompañados de esos chillidos cada vez más bajos. Sentí que no podía quedarme ahí sin hacer nada. Abrí la puerta y caminé rápido hacia la sala. El olor era más intenso, mezclado con algo metálico. Vi a las tres personas alrededor de una mesa, y sobre ella había un animal pequeño, cubierto de sangre. Mi hija estaba de pie junto a ellos sosteniendo una vela encendida. Me miró sorprendida como si no esperara que saliera. Le pregunté con enojo qué estaba haciendo y le dije que no tenía derecho a hacer esas cosas en la misma casa donde vivían sus hijos, que no iba a permitir que crecieran escuchando y viendo esas escenas. Uno de los hombres me pidió que me calmara, pero lo ignoré. Le dije a mi hija que aquello no solo era cruel, sino peligroso, porque no sabía con quién se estaba metiendo ni qué consecuencias podría tener. Ella trató de explicarme que era parte de un trabajo que le habían pedido y que ya estaba a punto de terminar, que no me preocupara si se le notaba enojada, pero en ese momento me estaba hablando calmada. Le respondí que sí me preocupaba, que cada vez que metía personas extrañas a la casa ponía en riesgo a los niños, y que si quería seguir con sus trabajos, buscara otro lugar para hacerlo. Me miró con frialdad y dijo que yo no entendía nada, que estaba exagerando.

25:40 Regresé al cuarto con los niños, cerré la puerta y los abracé. Sentía el cuerpo tenso, el corazón acelerado, sabía que esa situación no podía seguir así por mucho tiempo. Me quedé en silencio con los niños, tratando de que se tranquilizaran, aunque yo misma sentía un nudo en el pecho de la impotencia que sentía. Afuera seguían escuchándose murmullos, pasos y el arrastre de algo pesado. El olor a humo y sangre se mantenía en el aire y cada tanto llegaban golpes secos contra la mesa. El tiempo pasó lento. yo calculo que estuvo cerca de una hora antes de que todo se calmara escuché la puerta principal abrirse y cerrarse varias veces como si las personas que habían estado ahí se fueran una por una sus pasos se alejaron y la casa quedó callada poco después se escucharon pasos rápidos hacia el cuarto donde estábamos antes de que pudiera reaccionar mi hija comenzó a golpear la puerta con fuerza Los golpes eran tan duros que la madera vibraba, y al mismo tiempo me gritaba que abriera. Los niños se encogieron contra la pared, asustados. Abrí apenas unos centímetros y ella empujó la puerta, entrando con una expresión de enojo que pocas veces le había visto. Sin decir nada, levantó la mano y me dio una cachetada que me hizo girar la cara. Sentí el ardor inmediato en la mejilla y antes de que pudiera hablar, empezó a gritar que fuera la última vez que salía cuando estaba ocupada. Su

27:12 voz resonaba en todo el cuarto, exagerada. Me dijo que si no me gustaba lo que hacía, que agarrara mis cosas y me fuera de ahí, que no estaba obligada a quedarme, yo todavía con el golpe. Le respondí que si me iba, me llevaba a los niños conmigo, que no pensara que los iba a dejar viviendo en ese ambiente. Al escuchar eso, se puso aún más alterada y comenzó a gritar que no me los iba a llevar, que eran sus hijos y que no tenía derecho a quitárselos. Los niños estaban despiertos, pegados a la pared, escuchando cada palabra de la pelea. Yo no podía evitar ver el miedo en sus caras. La discusión se alargó unos minutos más hasta que ella salió dando un portazo. Me quedé con los niños abrazados a mi cintura, tratando de calmarlos.

28:01 Pensaba en lo que había pasado, en lo rápido que había subido el tono de la discusión. Al amanecer, me levanté temprano y preparé algo de desayunar. Mientras los niños comían, me encerré en otro cuarto para llamar a mi yerno. Le conté todo, sin dejar fuera ningún detalle. Le dije lo que había visto, lo que escucharon sus hijos y lo que había hecho su mamá. Le pedí que me ayudara a sacarlos de ahí, que no podía seguir exponiéndolos a eso. Esperaba que se preocupara, que dijera que iba a buscar una solución, pero me dijo que no podía hacer mucho, que la situación era complicada y que no quería meterse. Lo que le conté no le importó. Le colgué muy enojada. Sentía que estaba sola en esto, que nadie más veía el peligro de dejar a los niños ahí.

28:50 En la tarde, mientras preparaba unas tortillas en la cocina, escuché ruidos en el patio. Me asomé por la ventana y vi a mi hija sentada en una silla. hablando con un hombre que le pasó algo pequeño envuelto en papel ella lo guardó rápido en el bolsillo y miró hacia todos lados antes de entrar cuando la vi de frente tenía los ojos rojos y una forma de moverse distinta inquieta ahí supe que estaba metida en algo más No quise decirle nada en ese momento porque los niños estaban cerca, pero la idea de que además de todo se estuviera drogando me hizo sentir todavía más urgencia por sacarlos de ahí. Minutos después, uno de los niños se acercó a ella con un dibujo que había hecho. El pequeño se lo enseñó con una sonrisa tímida, pero mi hija, sin siquiera mirarlo bien, le dio un manotazo en la hoja.

29:42 El niño se quedó quieto como esperando que le dijera algo. Ella de repente le dio un golpe con el puño en el brazo solo por estar a su lado. El niño retrocedió con lágrimas en los ojos, sobándose donde lo había golpeado. Ahí ya no me pude contener. Le dije que no tenía derecho a tratar así a sus hijos, que por eso ellos siempre estaban callados y nerviosos, que su conducta no era normal. Ella me gritó que no me metiera, que yo no sabía nada y que no le diera lecciones de cómo criar a sus hijos. Yo le contesté que no se trataba de criar, sino de cuidar, y que ella ni siquiera parecía ver que los estaba dañando.

30:23 La discusión subió de tono en segundos. Me dijo que ya estaba harta de mí, que yo solo estaba ahí para criticarla. que si tanto me molestaba me fuera de su casa de una vez. Le respondí que no me iba a ir, que no iba a dejar a los niños solos con ella en ese estado y que podía decir lo que quisiera, pero no me iba a mover. Su cara se puso más seria todavía. me señaló la puerta y repitió que me fuera pero yo me quedé ahí sin moverme después de unos segundos en los que parecía medir qué hacer agarró sus llaves y salió sin decir más la vi desde la ventana caminando rápido por la calle Los niños se quedaron conmigo en la cocina.

31:06 No dijeron nada, pero uno de ellos me abrazó por la espalda. Yo respiré hondo y pensé que al menos por esa noche iban a estar tranquilos, sin gritos ni golpes. Siempre pensé que mi hija no era así. Tenía un carácter fuerte desde joven, pero no era una persona cruel, y mucho menos con sus propios hijos. Después de su divorcio, algo cambió en ella. Como si hubiera perdido toda la paciencia y la calidez que alguna vez tuvo. Quizá la vida le había golpeado duro, pero eso no le daba ningún derecho a tratarlos de esa manera, a gritarles, a golpearlos o a dejarlos solos por días. después de que salió aquella tarde no volvió al día siguiente pasaron dos días completos sin que apareciera los niños se mantuvieron tranquilos comiendo conmigo ayudándome a ordenar un poco la casa fue en uno de esos momentos cuando el mayor me dijo que era normal que su mamá no llegara que a veces desaparecía varios días y ellos se quedaban solos lo dijo como si fuera lo más común del mundo como si ya estuviera acostumbrado a no esperarla me dolió escuchar eso imaginarme a esos dos pequeños encerrados sin nadie que los cuidara sin saber si tendrían comida o no me quedé pensando en todo lo que no había visto antes y en lo que habrían pasado sin que yo me enterara ese segundo día en la tarde mientras los niños

32:38 jugaban en la sala me quedé mirando la puerta cerrada de la habitación de mi hija Hasta ese momento no había entrado por respeto a su privacidad. Siempre pensé que por mucho que me molestaran sus decisiones, su cuarto era su espacio y no debía meterme. Pero después de todo lo que había pasado, ya no me quedaba respeto que darle. Lo que me importaba eran sus hijos, no sus secretos. Empujé la puerta con cuidado y entré. El olor era extraño. Lo primero que vi fue una mesa contra la pared, cubierta con un mantel oscuro. y encima varias cosas que me hicieron sentir un escalofrío. Frascos con líquidos de colores, figuras extrañas hechas con huesos y un manojo de velas usadas.

33:25 Al abrir un cajón encontré una caja de madera. Dentro había una tabla ouija envuelta en un paño negro. Sentí mucho miedo. Desde siempre le tuve respeto a esas cosas y verla ahí tan escondida me hizo pensar que la usaba más de lo que imaginaba. Seguí revisando con cuidado de no mover nada de forma evidente. En otra esquina del cuarto había una mochila tirada. Al abrirla me sorprendió ver fajos de billetes envueltos con ligas, más dinero del que pensé que podía tener. Cerca de la mochila había una caja metálica, y dentro encontré cuchillos de diferentes tamaños y varias navajas plegables. En un estante, junto a ropa desordenada, vi un par de pipas y bolsas pequeñas con restos de hierba seca. Entre unos cuadernos y papeles sueltos había varios libros de aspecto viejo, con títulos raros que no reconocí, pero las portadas estaban llenas de símbolos y dibujos que me parecieron satánicos. Me quedé un momento mirando todo aquello.

34:32 Era como si cada cosa confirmara que mi hija estaba metida en un mundo peligroso, no solo por la brujería, sino por las personas con las que podía estar relacionándose. Cerré todo lo mejor que pude para que no notara que había entrado, pero más decidida a sacar a los niños de ahí antes de que algo peor pasara. Después de ver todo lo que había en el cuarto de mi hija, me sentí más tensa que en cualquier otro momento desde que llegué a su casa. No podía dejar de pensar en cada cosa que vi. Esa imagen me acompañaba incluso cuando intentaba concentrarme en algo tan simple como preparar café o doblar ropa. Al día siguiente, empezaron a llegar personas preguntando por ella. Primero fue una mujer de cabello recogido que llegó a media mañana y me dijo que necesitaba hablar con mi hija para que le hiciera un trabajo. No me explicó qué tipo de trabajo, pero su forma de hablar y de mirar el interior de la casa me hizo sentir incómoda. Le respondí que no sabía cuándo regresaría. Ella solo se fue sin despedirse. Más tarde llegó un hombre alto con camisa desabotonada y un olor fuerte a sudor y alcohol. Preguntó directamente si mi hija estaba, diciendo que la había buscado varios días sin encontrarla.

35:51 Le dije lo mismo que no sabía cuándo volvería y se quedó un momento observándome antes de marcharse. Durante esa tarde llegaron dos personas más, ambas con rostros serios, y en todas las ocasiones tuve que dar la misma respuesta. Fue entonces cuando entendí que ni siquiera para sus clientes tenía una presencia constante. Si estaba desaparecida para ellos, estaba claro que a sus hijos les importaba todavía menos. En ese momento me di cuenta de que podía llevármelos sin que ella pudiera evitarlo, pero no lo hice porque también me preocupaba su ausencia. Por mucho coraje que me diera su forma de ser, no podía dejar de pensar que tal vez algo malo le había pasado. La llamé varias veces ese día. dejaba el teléfono sobre la mesa para marcar una y otra vez esperando escuchar su voz pero las llamadas pasaban a buzón o sonaban hasta cortarse la repetición de ese tono una y otra vez me desesperaba me preguntaba dónde estaba con quién y por qué no se comunicaba Esa noche me acosté tarde. Me quedé pensando en todo lo que había visto y escuchado, en los clientes que llegaron y en el silencio que había quedado después de que se fueron. Cerré bien la puerta y aseguré las ventanas antes de ir a la cama. Me desperté a las dos y media de la madrugada. Lo primero que escuché fue como fuego consumiendo algo, un crepitar rápido y fuerte, parecido al que se escucha cuando se

37:25 quema madera seca o tela gruesa. Me levanté despacio, con cuidado de no hacer ruido, y crucé el pasillo hacia la habitación de mi hija. De ahí escuchaba el fuego. El sonido se mantenía, como si estuviera justo detrás de la puerta de su habitación. Abrí de golpe y me quedé inmóvil en la entrada. Todo estaba en orden. La mesa seguía cubierta con el mantel, las cosas en su sitio, las paredes oscuras y el mismo olor que ya había sentido antes. El fuego no estaba en ninguna parte, no había humo, ni luz, ni rastro de que algo se hubiera quemado. Retrocedí un paso, pero me quedé mirando el interior.

38:06 Cerré la puerta y volví a mi cuarto, aunque me sentía muy asustada. Me senté en la cama, pero no pude acostarme. La idea de que fuera un sueño se me pasó por la cabeza, pero lo había escuchado antes de levantarme y seguía escuchándolo después. Era imposible que todo fuera imaginado. Me quedé despierta el resto de la noche con las luces apagadas prestando atención a cualquier ruido. Afuera no pasaba nadie y los perros no ladraban. Esa mañana me levanté con la decisión tomada. Ya no iba a seguir esperando a que mi hija apareciera. me había cansado de ese lugar fui al cuarto de los niños y les dije que empezaran a guardar su ropa les ayudé a doblar sus cosas y a meterlas en una bolsa grande después recogí las mías lo poco que había llevado todo lo demás lo dejé tal cual sin tocar las pertenencias de mi hija Cerré bien la puerta de su habitación y me aseguré de que las ventanas estuvieran cerradas.

39:07 Antes de salir, revisé que la llave quedara pasada por dentro y que la chapa quedara firme. Llevé a los niños hasta la terminal y compré boletos para irnos. El viaje fue largo, pero ellos se comportaron tranquilos. Se sentaron juntos, mirando por la ventana y hablando en voz baja. No les dije mucho, solo que íbamos a mi casa y que allá iban a estar bien. Llegamos en la tarde. Mi esposo estaba esperándonos en la puerta y uno de mis hijos salió también a recibirnos. Los niños corrieron a abrazarlos. Fue un momento que me dio algo de alivio, porque después de días con caras tensas y preocupadas, los vi sonreír y reír mientras jugaban con sus primos. Esa noche comimos todos juntos y los niños se durmieron rápido en una cama limpia y cómoda. Pasaron ocho días. Yo me dedicaba a cuidarlos, a darles de comer bien y a mantenerlos ocupados jugando o ayudando en cosas sencillas de la casa.

40:09 Estaban contentos y parecía que empezaban a olvidarse del ambiente que habían dejado atrás. La llamada llegó una tarde cuando estaba en la cocina lavando los trastes. Contesté y escuché la voz de mi hija, gritando desde el primer momento. Preguntaba dónde estaban sus hijos. Le respondí que estaban conmigo. que no podía dejarlos más tiempo en ese lugar, que no era seguro ni bueno para ellos. Ella empezó a gritar más fuerte, diciendo que si no se los entregaba me iba a matar. No le respondí nada más. Escuché cómo respiraba agitada y luego colgó. Me quedé un buen rato con el teléfono en la mano, pensando en lo que acababa de escuchar. Nunca imaginé que un día mi propia hija me diría que me iba a matar. Sentí tristeza, una tristeza que me pesó en el pecho y que me dejó sin fuerzas por unos minutos. No podía entender cómo habíamos llegado a ese punto, cómo la persona que yo había criado podía hablarme de esa manera. pasaron algunos días sin que volviera a comunicarse yo me ocupaba de los niños y trataba de no pensar en eso una mañana mientras lavaba ropa escuché golpes fuertes en la puerta principal me asomé por la ventana y vi a mi hija afuera gritando y golpeando con el puño Estaba fuera de sí, diciendo que le había robado a sus hijos.

41:35 Los niños no estaban en casa. El mayor estaba en la primaria y el más pequeño en el kinder, así que no escucharon nada de lo que pasaba. Yo decidí no salir. Fue mi esposo quien abrió la puerta y salió a recibirla. Desde la ventana de la sala me quedé mirando como él la saludaba y comenzaban a hablar. Se apartaron un poco de la puerta y se quedaron en la banqueta, conversando en voz baja. Estuvieron así como media hora. Yo no podía escuchar lo que decían, pero observaba sus gestos y veía como mi hija se movía de un lado a otro, alterada, mientras mi esposo permanecía más calmado. Cuando terminaron, ella se subió a un taxi y se fue. Mi esposo entró y me explicó que le había dejado claro que lo que estaba haciendo con sus hijos estaba mal, que nosotros nos encargaríamos de cuidarlos hasta que ella se recuperara de lo que tuviera, fuera depresión o cualquier otro problema psicológico. Le dijo que si no entendía las cosas íbamos a denunciarla por maltrato infantil y que como prueba usaríamos el hecho de que consumía drogas.

42:47 Las autoridades le pedirían pruebas de sangre y con eso no tendría forma de defenderse, así que era mejor que dejara a los niños con nosotros. En los días siguientes empezaron a pasar cosas extrañas. Una tarde, mientras barría el patio, encontré en una esquina un frasco pequeño con tierra, cabellos y un pedazo de tela amarrado. Lo tiré sin decir nada, pensando que podía ser alguna broma de mal gusto. Pero luego aparecieron más objetos parecidos en distintos lugares. Detrás de una maceta, debajo de una silla del porche y hasta en el pasillo que daba al patio trasero. Una mañana, el olor me llevó hasta el jardín lateral de la casa.

43:30 Entre las plantas, encontré el cuerpo de un gato. Estaba rígido y tenía espuma alrededor de la boca. No era un animal que yo hubiera visto antes, pero por el estado en el que estaba, era evidente que lo habían envenenado. Sentí un escalofrío. No solo por la crueldad del acto, sino porque cada vez me quedaba más claro que no era casualidad. Todo apuntaba a que mi hija había comenzado a dejar señales de que estaba dispuesta a llegar más lejos. Guardé silencio sobre muchas de esas cosas para no asustar a los niños. Una madrugada mi esposo se levantó para ir al baño y escuchó un ruido afuera cerca de la entrada. Se acercó despacio y al mirar por la ventana, vio a nuestra hija inclinada frente a la puerta, echando un líquido que despedía un olor fuerte, como a químico.

44:23 Sin pensarlo, abrió la puerta de golpe para sorprenderla en el acto. Le dijo que iba a llamar a la policía porque no estaba entendiendo la gravedad de lo que hacía. Ella se quedó inmóvil unos segundos y luego se alejó caminando rápido, sin decir nada. Mi esposo entró, cerró bien y me contó lo que había visto. marcó de inmediato y denunció lo ocurrido dijo claramente que la persona que estaba intentando dañar la casa era su propia hija explicando lo que había estado pasando en las últimas semanas esa misma madrugada se llevaron el reporte al día siguiente la policía vino a tomar más datos y advertirnos que era mejor mantener distancia porque si seguía con ese comportamiento podía meterse en un problema serio Desde ese momento ella dejó de aparecer. Pasaron semanas y luego meses sin que supiéramos de su paradero. En algunas ocasiones hemos intentado llamarla para saber si está bien o para buscar la manera de ayudarla con los problemas que trae encima. Pero siempre terminamos con la misma sensación de que no sería posible. Lo que pasó dejó una marca difícil de borrar. Por más que sea mi hija, lo que intentó hacer no es algo que pueda olvidarse fácilmente. Hasta hoy seguimos cuidando de los niños. Ellos ya se adaptaron a vivir con nosotros.

45:48 En cuanto a ella, su ausencia se volvió parte de la rutina. Nadie sabe cuándo volverá ni en qué condiciones.