Mi HIJA BRUJA Maltrata A Sus Hijos Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:02 HacÃa ocho meses que no veÃa a mi hija. Desde que se habÃa divorciado, la comunicación entre nosotras se volvió menos frecuente. Me contó que su esposo la habÃa engañado y que él ya vivÃa con otra mujer. Tuvieron dos hijos juntos, ya tenÃan cinco y siete años, y después de la separación ella se quedó con ellos. Al principio me llamaba seguido para contarme cómo estaban, pero con el paso de los meses esas llamadas se fueron volviendo esporádicas. Cuando le preguntaba si vendrÃa a visitarme, decÃa que tenÃa mucho trabajo y que no podÃa dejar a los niños solos. Yo le ofrecà ayudarle, pero siempre encontraba una razón para no aceptar. Un dÃa pensé que quizá lo mejor serÃa ir a verla yo misma sin avisar, para no darle tiempo de decir que no. VivÃamos en estados distintos, yo en Sonora y ellos en Michoacán. me organicé para el viaje con la idea de quedarme un tiempo. Mi plan era cuidar a mis nietos mientras ella trabajaba, asà podrÃa ahorrarse el gasto de una niñera. Pensaba que serÃa un alivio para ella y una oportunidad para convivir con mi hija y mis nietos. Cuando llegué al pueblo donde vivÃan, Vi la casa de mi hija a lo lejos, rodeada de maleza alta y con una cerca de madera que tenÃa varios tramos caÃdos. No escuché voces ni vi a nadie en el patio. Toqué la puerta y esperé. Al cabo de un momento mi hija abrió. Llevaba un mandil
1:33 manchado y el cabello recogido de forma descuidada. Me miró sorprendida. Le dije que habÃa decidido visitarla y que querÃa pasar unos dÃas con ella y los niños. Me dejó entrar sin decir mucho. El interior estaba oscuro. Las cortinas de la sala estaban cerradas y habÃa un olor a humo de cigarro. En un rincón habÃa sillas apiladas y sobre la mesa, trastos sucios. Busqué a los niños con la mirada y los vi sentados en el suelo junto a una de las paredes. El mayor estaba descalzo y el pequeño tenÃa una camiseta rota. Los dos estaban delgados. Me acerqué para saludarlos. El menor apenas levantó la cabeza y el mayor me miró de reojo. Vi que ambos tenÃan el cabello sucio y que en los brazos les quedaban marcas rojizas como si hubieran sido golpeados con algo. le pregunté a mi hija que tenÃan los niños y ella solo me dijo que los acababa de regañar por algo que hicieron que se habÃan portado mal y que las marcas rojas eran de picaduras de moscos les pregunté si habÃan comido pero no respondieron Fui a la cocina. La estufa tenÃa una olla con comida quemada y sobre la mesa habÃa frascos de vidrio con lÃquidos turbios. Algunos tenÃan ramas y hojas adentro. El olor fuerte que sentà al entrar parecÃa salir de ahÃ. En una esquina habÃa un balde con agua ennegrecida y un par de gallinas encerradas en una jaula pequeña. Le dije a mi hija que
3:06 me gustarÃa preparar algo para todos, pero me contestó que ya habÃan comido. Revisé la alacena y encontré solo un poco de arroz y dos latas de frijoles. Puse a cocer el arroz y le servà a los niños, que comieron despacio. Durante la tarde intenté hablar más con ellos. El mayor me dijo en voz baja que a veces su mamá se enojaba si agarraban comida sin pedirla. Me quedé pensando en eso. No querÃa discutir con mi hija en ese momento, pero me preocupó verlos asÃ. Se miraban muy descuidados. Esa noche me instalé en un cuarto pequeño junto a la cocina. El colchón estaba duro y las cobijas olÃan a humedad. A la mañana siguiente hablé un poco más con los niños. Me contaron que su mamá les ponÃa agua de los frascos en la cabeza para quitarles los piojos, pero que les ardÃa mucho. Me impactó escuchar eso. Y al revisarles la cabeza, tenÃan demasiados piojos.
4:06 Ya hasta habÃa muchos que estaban muertos. Y otros brincaban. Nada más movÃa el cabello. Era exagerada la cantidad de piojos que tenÃan. También dijeron que las marcas en los brazos se las hacÃa con unas ramas cuando se portaban mal. Sentà rabia y tristeza al escucharlos. La verdad me enojé mucho, porque en ese momento ya me di cuenta de que mi hija estaba descuidando demasiado a los niños. Ya pensaba que no les daba de comer y los golpeaba, quién sabe qué otras cosas más. Pensé que tendrÃa que ir con cuidado para entender lo que estaba pasando y no causar un problema con ella y provocar que me corriera.
4:48 Esa mañana, después de escuchar lo que me contaron y de revisarles la cabeza, supe que lo primero era atenderlos. Salà a pie hacia el centro del pueblo. Encontré una tiendita que vendÃa productos para el cabello y pedà uno especial para eliminar piojos. Compré también un peine de dientes finos, jabón y un paquete de cotonetes. Regresé con todo en una bolsa, decidida a dejarlos limpios ese mismo dÃa. Puse agua a calentar en la estufa y llevé al más pequeño primero. Lo senté en un banquito dentro del baño y le mojé el cabello. Apliqué el producto con cuidado, asegurándome de cubrir toda la cabeza. Lo dejé actuar unos minutos y comencé a peinarlo con el peine nuevo. Los piojos cilindres caÃan al piso y al agua en grandes cantidades.
5:37 TenÃa tantos que tuve que detenerme varias veces para limpiar el peine. Cuando terminé, lo enjuagué bien y lo vestà con una de las pocas mudas limpias que encontré. Después le tocó el turno al mayor. Fue peor. Apenas comencé a peinarlo, vi que algunos piojos estaban pegados en la cera de sus oÃdos. Tomé un cotonete y le limpié despacio. La cantidad de cera que salió me impresionó. Dentro de ella habÃa varios piojos muertos, pegados, como si hubieran estado ahà desde hacÃa tiempo. Hice lo mismo con el más pequeño y también encontré lo mismo. Terminé sintiéndome aliviada al verlos limpios, pero me sentÃa muy triste y enojada por haberlos encontrado asÃ. Cuando terminé de bañar a los dos lavé la ropa que traÃan puesta y la poca que tenÃan en el cuarto. El agua se volvió oscura en segundos.
6:30 Mientras la ropa se secaba fui a su cama. El colchón estaba lleno de manchas y olÃa mal. Lo saqué al patio para que le diera el sol. Lavé las sábanas y las cobijas y barrà toda la habitación. En las esquinas habÃa polvo acumulado y debajo de la cama encontré juguetes rotos, papeles sucios y un par de zapatos llenos de tierra. Tiré lo que no servÃa y acomodé lo demás. En medio de la limpieza me di cuenta de que no tenÃan cepillos de dientes. Busqué por toda la casa y no encontré ninguno. Tampoco habÃa pasta dental. Guardé el dinero que me quedaba y volvà a salir. En la tienda compré dos cepillos nuevos, uno para cada niño y una pasta grande. Ese mismo dÃa les lavé los dientes yo misma. Se quejaron un poco. Les molestaba porque no estaban acostumbrados, pero no paré hasta que vi que quedaban limpios. La casa entera estaba en malas condiciones, pero decidà empezar por ellos. si querÃa poner en orden todo tenÃa que hacerlo paso a paso lo más urgente era que los niños estuvieran aseados con ropa limpia sin piojos y con un lugar decente para dormir estaba bastante decepcionada de mi hija la verdad Al mediodÃa les preparé algo sencillo, arroz con frijoles. Lo comieron sin dejar nada en el plato. El menor, que apenas me habÃa hablado desde que llegué, sonrió un poco mientras comÃa. El mayor,
8:00 en voz baja y sin que su mamá escuchara, me dijo que la comida estaba buena. Por la tarde, seguà limpiando su cuarto. Pasé un trapo húmedo por las paredes y movà los muebles para sacar toda la basura acumulada detrás. Organicé su ropa y dejé las prendas limpias dobladas en el ropero. Las pocas cobijas que tenÃan quedaron tendidas y limpias sobre la cama. Cerré la ventana para evitar que les entrara polvo en la noche, pero dejé que el aire circulara para que se quitara el olor a humedad. Cuando mi hija llegó a la cocina en la tarde, me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que estaba limpiando el cuarto de los niños porque tenÃan muchos piojos y que ya los habÃa bañado. No respondió nada y se fue al patio. No quise buscar más conversación, preferà seguir concentrada en lo mÃo. Esa noche los acosté temprano, después de cenar. Antes de dormir, volvà a peinarles el cabello para quitar cualquier liendre que hubiera quedado. se durmieron rápido limpios y arropados yo me quedé despierta un rato en mi cuarto pensando en todo lo que faltaba por hacer sabÃa que limpiar la casa completa me iba a tomar varios dÃas pero ya habÃa dado el primer paso decidà que al dÃa siguiente comenzarÃa a ordenar la cocina y la sala, sin dejar de lado a los niños. QuerÃa que cada dÃa estuvieran un poco mejor, aunque eso significara que mi hija no estuviera del todo de acuerdo con
9:33 mis decisiones, porque desde que llegué no estaba muy cómoda desde que empecé a ordenar la casa. No sé si le molestó que limpiara y atendiera bien a mis nietos, pero si sentÃa que se enojaba por la casa, A la mañana siguiente me levanté temprano. Preparé café y un poco de pan para los niños. Les servà antes de que su mamá saliera, asà no habrÃa discusiones por la comida. Después de desayunar, les puse a hacer dibujos en la mesa de la cocina para poder seguir limpiando sin que estuvieran en medio. Empecé por la sala. HabÃa polvo acumulado en cada esquina y telarañas pegadas en las paredes. Movà los muebles con cuidado y pasé el trapo húmedo por las repisas. En una esquina encontré un mueble viejo, con varios cajones que estaban atascados por la suciedad. Tuve que jalar fuerte para abrir el primero. Adentro habÃa velas negras y rojas, algunas usadas y otras nuevas, junto con frascos pequeños llenos de polvos de distintos colores. El segundo cajón tenÃa figuras hechas con cera, envueltas en pedazos de tela y amarradas con hilo. En el tercero encontré fotos de distintas personas, muchas de ellas dobladas o con marcas hechas con plumón, algunas estaban metidas en frascos con aceite o lÃquido turbio. Me quedé mirando todo eso sin saber qué pensar.
11:00 No era basura común ni cosas que cualquiera tendrÃa guardadas asÃ. Seguà revisando y encontré un mazo de cartas con dibujos extraños y una bolsa con huesos pequeños que parecÃan de animal. Sentà un escalofrÃo. Escuché a los niños moverse y les pedà que se quedaran en la cocina. No querÃa que vieran nada de eso. Pensé en guardarlo en una caja aparte para preguntarle a mi hija cuando regresara. pero no querÃa que dijera que me estaba metiendo en sus cosas. Aún asÃ, lo dejé sobre la mesa, pensando que era mejor aclararlo en cuanto llegara. Al mediodÃa, preparé comida, le servà a los niños y, mientras comÃan, seguà limpiando la sala y la entrada. Poco después, escuché que la puerta se abrió. Mi hija habÃa llegado. Me miró, luego miró la mesa donde estaban las cosas que habÃa encontrado, y su expresión cambió de inmediato. Se acercó rápido y me preguntó con voz seria qué estaba haciendo con eso. Le dije que lo habÃa encontrado en los cajones de la sala mientras limpiaba, y que querÃa saber para qué lo usaba.
12:10 Se molestó. Me dijo que no tenÃa por qué andar limpiando toda la casa ni metiéndome en sus cosas, que eso no me importaba. Tomó todo lo que estaba sobre la mesa, lo metió en una bolsa negra, y sin decir nada más se fue directo a su habitación, cerrando la puerta con fuerza. Me quedé parada un momento, sin saber qué hacer. No me habÃa explicado nada, solo habÃa reaccionado con enojo y se habÃa encerrado. Los niños se asomaron desde la cocina y me miraron. Les dije que terminaran de comer, pero el mayor se acercó y me habló en voz baja. Me dijo que su mamá a veces hacÃa cosas raras en la casa, que venÃa gente a visitarla, y que después de hablar con ella se iban diciendo que les iba a cumplir lo que le habÃan pedido. El pequeño, que escuchaba atento, agregó que a veces los hacÃa irse a dormir temprano porque tenÃa visitas y que no podÃan salir de sus cuartos. No supe qué responderles. Eran niños pequeños, pero la manera en que lo contaban me dejaba claro que no era algo inventado.
13:17 Les pregunté si sabÃan qué pedÃa la gente, pero no supieron explicarlo. Solo dijeron que su mamá preparaba cosas en frascos, escribÃa en papeles y quemaba cosas en el patio por la noche. Me quedé pensando mucho en eso. Yo conocÃa a gente que hacÃa limpias o rezos, pero lo que habÃa visto en esos cajones era diferente. Me asustó que mis nietos vivieran en medio de todo eso, sin entender realmente qué pasaba. Pensé en hablar con ella otra vez, pero recordé lo molesta que se habÃa puesto y no querÃa provocar una discusión que terminara conmigo fuera de la casa. El resto de la tarde la pasé en silencio, ocupándome de lavar más ropa y de barrer la entrada. Cada vez que pasaba frente a la puerta de su habitación, escuchaba ruidos suaves, como si estuviera moviendo cosas o murmurando.
14:10 No salÃa y yo tampoco querÃa insistir. Esa noche, cuando acosté a los niños, el mayor volvió a decirme que su mamá hacÃa que la gente le diera dinero o cosas a cambio de que les ayudara. No entendÃa bien cómo funcionaba, pero me dijo que algunas personas regresaban varias veces. El pequeño solo escuchaba, pero no decÃa nada más. Ya no se trataba solo del descuido con los niños. Ahora me daba cuenta de que mi hija estaba metida en algo que yo no entendÃa del todo. Me costó dormir. Me quedé pensando en lo que habÃan dicho los niños y en todo lo que habÃa encontrado en la sala.
14:50 Antes de que amaneciera, ya estaba en pie preparando algo para el desayuno. Le servà pan y leche, y cuando estuvieron más tranquilos, el mayor comenzó a hablar sin que yo le preguntara. Me dijo que, desde que su papá se habÃa ido, su mamá habÃa cambiado mucho. Les gritaba por cualquier cosa y a veces les decÃa que ellos tenÃan la culpa de que él se hubiera ido, que por su culpa la casa estaba sola y que nadie querÃa vivir con ellos. El pequeño dijo que cuando no obedecÃan rápido, su mamá les pegaba, a veces con la mano y otras con unas ramas que tenÃa en la cocina. Sentà una mezcla de rabia y tristeza.¿ Cómo podÃa mi hija decirles algo asÃ? Eran niños pequeños, no tenÃan la culpa de nada. Me mordà los labios para no dejar salir lo que querÃa decir en ese momento, porque si empezaba a reclamarle frente a ellos, todo se pondrÃa peor.
15:46 Pero por dentro estaba furiosa. Mientras recogÃa los platos, el mayor siguió contando que a veces, si se peleaban entre ellos, su mamá los dejaba sin cenar o los mandaba a dormir temprano. Aunque no tuvieran sueño ni hubieran comido bien en todo el dÃa, me costaba escucharlos. Hubo una noche en que mi hija salió de la cocina y recibió a un hombre en la puerta. No era tarde, pero ya oscurecÃa. Entró con él y se fueron directo a su habitación, cerrando la puerta sin decir nada. Esa vez yo no quise pensar mal, me quedé en la sala mirando a los niños que estaban inquietos. Me levanté, los llevé a mi cuarto y me quedé con ellos hasta que se durmieron. No querÃa que escucharan lo que pasaba en la habitación de su mamá. Desde entonces me di cuenta de que tenÃa que estar pendiente, porque mi hija parecÃa más interesada en su vida personal que en el bienestar de sus hijos. SentÃa que cada cosa nueva que me decÃan hacÃa que se confirmara que no podÃa confiar en que su madre cuidara de ellos como debÃa. Me daba miedo enfrentarla directamente, porque si me corrÃa, ellos se quedarÃan solos otra vez. Por la tarde, mi hija salió a hacer unas compras y yo aproveché para seguir limpiando.
17:07 Me concentré en la cocina, lavando cada trasto y desechando lo que estaba en mal estado. Los niños estaban más tranquilos conmigo, pero aún asà notaba que se ponÃan tensos cuando escuchaban la puerta principal. ParecÃa que vivÃan esperando que en cualquier momento su mamá los regañara. Cuando ella regresó, traÃa bolsas con comida y algunas cosas que no parecÃan necesarias. como refrescos y botanas, mientras yo seguÃa buscando lo básico para mantener la casa limpia y a los niños atendidos. No dijo nada sobre lo que yo hacÃa, pero su forma de mirarme dejaba claro que no estaba cómoda con mi presencia. esa noche mientras los niños dormÃan llamé a mi esposo le conté todo lo que estaba pasando desde que llegué lo que habÃa visto en la sala lo que me habÃan dicho los niños y la forma en que mi hija reaccionaba cada vez que intentaba ayudar le hablé del descuido de los maltratos y de las personas extrañas que recibÃa en la casa se quedó en silencio unos segundos y luego me dijo que lo mejor era que me llevara a los niños conmigo que acá podrÃan estar bien cuidados, comer bien y vivir tranquilos. Dijo que no veÃa que su mamá fuera capaz de cuidarlos como debÃa y que si me quedaba callada, solo seguirÃan creciendo en medio de eso. También llamé a mis otros hijos.
18:34 Les expliqué lo que estaba ocurriendo, les conté lo que habÃa escuchado de boca de sus sobrinos. Uno de ellos me dijo de inmediato que lo mejor era quitarles a los niños, que no podÃan seguir viviendo asÃ, que si yo no hacÃa nada al final me iba a arrepentir. Pasaron un par de dÃas y una tarde mi hija llegó con un hombre de unos 60 años. Entraron juntos y se sentaron en la sala. Me llamó aparte y me dijo que me metiera en uno de los cuartos y que no saliera, que iba a estar ocupada. no me dio más detalles pero la forma en que lo dijo no me animé a preguntarle me metà en el cuarto con los niños cerré la puerta y me quedé escuchando se oÃan pasos y murmullos el arrastre de una silla el sonido de algo moviéndose sobre la mesa También un olor raro, como a hierbas quemadas, empezó a entrar por la rendija. Después de un buen rato, escuché que la puerta principal se cerró. Salà del cuarto y la vi guardando unas velas y unos frascos en una bolsa. Me miró y dijo que ya podÃa salir. Le pregunté directamente qué era lo que estaba haciendo y ella por primera vez me lo dijo que se dedicaba a ayudar a la gente a conseguir lo que querÃa, que hacÃa trabajos para que se cumplieran cosas, que era buena en eso y que por eso siempre habÃa gente buscándola. Le dije que lo que estaba haciendo estaba mal, que no podÃa estar metiendo personas desconocidas a la casa, que no sabÃa
20:05 quiénes eran ni qué intenciones podÃan tener. Le dije que si querÃa seguir con eso, que lo hiciera en otro lugar. pero que ahà vivÃan sus hijos y que lo más importante debÃa ser su bienestar. Le recordé lo que ellos me habÃan contado, cómo los dejaba solos, cómo les gritaba y los castigaba sin razón. Ella solo me miró con gesto serio y dijo que yo no entendÃa, que esa era su manera de ganarse la vida ahora. que, si no lo hacÃa, no tendrÃa cómo mantenerlos. Le respondà que mantenerlos no significaba solo darles comida, sino cuidarlos, atenderlos, asegurarse de que vivieran en un ambiente sano y seguro. Me escuchó en silencio, sin decir nada más, y luego se encerró en su cuarto. Yo me quedé parada en la sala, mirando hacia la puerta cerrada. SentÃa que la distancia entre nosotras iba a ser más. mientras los niños siguieran ahà no estarÃa tranquila al dÃa siguiente después de dejar a los niños desayunados salà temprano con ellos para hacer unos trámites habÃa estado pensando que necesitaban convivir con otros niños aprender cosas distraerse y no pasar los dÃas enteros encerrados en esa casa el más pequeño tenÃa la edad para entrar a kinder y el mayor ya debÃa estar en la primaria pero hasta ese momento no iban a ningún lado fui primero al kinder más cercano y pregunté por los requisitos después de entregar papeles y firmar lo necesario
21:39 quedó inscrito para empezar en unos dÃas luego fuimos a la primaria donde también registré al mayor Sentà un alivio, porque asà tendrÃan al menos unas horas al dÃa en un ambiente distinto, lejos de los gritos y del encierro. Cuando regresamos, mi hija estaba en la sala. Le conté lo que habÃa hecho, pensando que se alegrarÃa. En lugar de eso, me dijo con un tono serio que no estaba de acuerdo. dijo que cuando yo me fuera ella no iba a poder atenderlos que no tendrÃa tiempo de ir por ellos al kinder y que era mejor esperar a que el más pequeño creciera para entrar directo a la primaria respondà que el mayor ya debÃa estar en la escuela y que el pequeño no podÃa seguir encerrado sin hacer nada que los niños necesitaban aprender y convivir no estar todo el dÃa sin salir le dije que no podÃa tenerlos como si fueran animales encerrados mirando por la ventana o esperando a que pasara el dÃa le recordé que hasta ahora pasaban más tiempo conmigo que con ella y y que lo único que yo buscaba era su bienestar. No contestó nada más, solo hizo un gesto molesto y se quedó en el celular. Por la tarde, los niños y yo estuvimos en el patio, lavando ropa y colgándola. Poco después de que oscureció, escuché que tocaban la puerta. me asomé y vi que entraron tres personas dos mujeres y un hombre todos cargando bolsas negras y
23:11 una caja de cartón mi hija les abrió y les indicó que pasaran a la sala luego vino hasta donde yo estaba y me dijo que me metiera con los niños a un cuarto que no saliera porque iba a estar ocupada La manera en que lo dijo me dio una mala sensación. Cerré la puerta de la habitación y me quedé con ellos, tratando de distraerlos con cuentos y dibujos. A los pocos minutos empezamos a escuchar ruidos extraños desde la sala. Arrastraban muebles otra vez, se escuchaban murmullos y el golpeteo de objetos contra la mesa. El olor a humo y hierbas empezó a colarse por la rendija de la puerta. De pronto, escuchamos un golpe fuerte, seguido de otro y luego otro más, como si estuvieran golpeando algo blando y pesado. Los niños se miraron asustados. Después de varios segundos, se escuchó claramente el chillido de un animal.
24:08 y entendà que lo estaban lastimando. Los golpes continuaron, uno tras otro, acompañados de esos chillidos cada vez más bajos. Sentà que no podÃa quedarme ahà sin hacer nada. Abrà la puerta y caminé rápido hacia la sala. El olor era más intenso, mezclado con algo metálico. Vi a las tres personas alrededor de una mesa, y sobre ella habÃa un animal pequeño, cubierto de sangre. Mi hija estaba de pie junto a ellos sosteniendo una vela encendida. Me miró sorprendida como si no esperara que saliera. Le pregunté con enojo qué estaba haciendo y le dije que no tenÃa derecho a hacer esas cosas en la misma casa donde vivÃan sus hijos, que no iba a permitir que crecieran escuchando y viendo esas escenas. Uno de los hombres me pidió que me calmara, pero lo ignoré. Le dije a mi hija que aquello no solo era cruel, sino peligroso, porque no sabÃa con quién se estaba metiendo ni qué consecuencias podrÃa tener. Ella trató de explicarme que era parte de un trabajo que le habÃan pedido y que ya estaba a punto de terminar, que no me preocupara si se le notaba enojada, pero en ese momento me estaba hablando calmada. Le respondà que sà me preocupaba, que cada vez que metÃa personas extrañas a la casa ponÃa en riesgo a los niños, y que si querÃa seguir con sus trabajos, buscara otro lugar para hacerlo. Me miró con frialdad y dijo que yo no entendÃa nada, que estaba exagerando.
25:40 Regresé al cuarto con los niños, cerré la puerta y los abracé. SentÃa el cuerpo tenso, el corazón acelerado, sabÃa que esa situación no podÃa seguir asà por mucho tiempo. Me quedé en silencio con los niños, tratando de que se tranquilizaran, aunque yo misma sentÃa un nudo en el pecho de la impotencia que sentÃa. Afuera seguÃan escuchándose murmullos, pasos y el arrastre de algo pesado. El olor a humo y sangre se mantenÃa en el aire y cada tanto llegaban golpes secos contra la mesa. El tiempo pasó lento. yo calculo que estuvo cerca de una hora antes de que todo se calmara escuché la puerta principal abrirse y cerrarse varias veces como si las personas que habÃan estado ahà se fueran una por una sus pasos se alejaron y la casa quedó callada poco después se escucharon pasos rápidos hacia el cuarto donde estábamos antes de que pudiera reaccionar mi hija comenzó a golpear la puerta con fuerza Los golpes eran tan duros que la madera vibraba, y al mismo tiempo me gritaba que abriera. Los niños se encogieron contra la pared, asustados. Abrà apenas unos centÃmetros y ella empujó la puerta, entrando con una expresión de enojo que pocas veces le habÃa visto. Sin decir nada, levantó la mano y me dio una cachetada que me hizo girar la cara. Sentà el ardor inmediato en la mejilla y antes de que pudiera hablar, empezó a gritar que fuera la última vez que salÃa cuando estaba ocupada. Su
27:12 voz resonaba en todo el cuarto, exagerada. Me dijo que si no me gustaba lo que hacÃa, que agarrara mis cosas y me fuera de ahÃ, que no estaba obligada a quedarme, yo todavÃa con el golpe. Le respondà que si me iba, me llevaba a los niños conmigo, que no pensara que los iba a dejar viviendo en ese ambiente. Al escuchar eso, se puso aún más alterada y comenzó a gritar que no me los iba a llevar, que eran sus hijos y que no tenÃa derecho a quitárselos. Los niños estaban despiertos, pegados a la pared, escuchando cada palabra de la pelea. Yo no podÃa evitar ver el miedo en sus caras. La discusión se alargó unos minutos más hasta que ella salió dando un portazo. Me quedé con los niños abrazados a mi cintura, tratando de calmarlos.
28:01 Pensaba en lo que habÃa pasado, en lo rápido que habÃa subido el tono de la discusión. Al amanecer, me levanté temprano y preparé algo de desayunar. Mientras los niños comÃan, me encerré en otro cuarto para llamar a mi yerno. Le conté todo, sin dejar fuera ningún detalle. Le dije lo que habÃa visto, lo que escucharon sus hijos y lo que habÃa hecho su mamá. Le pedà que me ayudara a sacarlos de ahÃ, que no podÃa seguir exponiéndolos a eso. Esperaba que se preocupara, que dijera que iba a buscar una solución, pero me dijo que no podÃa hacer mucho, que la situación era complicada y que no querÃa meterse. Lo que le conté no le importó. Le colgué muy enojada. SentÃa que estaba sola en esto, que nadie más veÃa el peligro de dejar a los niños ahÃ.
28:50 En la tarde, mientras preparaba unas tortillas en la cocina, escuché ruidos en el patio. Me asomé por la ventana y vi a mi hija sentada en una silla. hablando con un hombre que le pasó algo pequeño envuelto en papel ella lo guardó rápido en el bolsillo y miró hacia todos lados antes de entrar cuando la vi de frente tenÃa los ojos rojos y una forma de moverse distinta inquieta ahà supe que estaba metida en algo más No quise decirle nada en ese momento porque los niños estaban cerca, pero la idea de que además de todo se estuviera drogando me hizo sentir todavÃa más urgencia por sacarlos de ahÃ. Minutos después, uno de los niños se acercó a ella con un dibujo que habÃa hecho. El pequeño se lo enseñó con una sonrisa tÃmida, pero mi hija, sin siquiera mirarlo bien, le dio un manotazo en la hoja.
29:42 El niño se quedó quieto como esperando que le dijera algo. Ella de repente le dio un golpe con el puño en el brazo solo por estar a su lado. El niño retrocedió con lágrimas en los ojos, sobándose donde lo habÃa golpeado. Ahà ya no me pude contener. Le dije que no tenÃa derecho a tratar asà a sus hijos, que por eso ellos siempre estaban callados y nerviosos, que su conducta no era normal. Ella me gritó que no me metiera, que yo no sabÃa nada y que no le diera lecciones de cómo criar a sus hijos. Yo le contesté que no se trataba de criar, sino de cuidar, y que ella ni siquiera parecÃa ver que los estaba dañando.
30:23 La discusión subió de tono en segundos. Me dijo que ya estaba harta de mÃ, que yo solo estaba ahà para criticarla. que si tanto me molestaba me fuera de su casa de una vez. Le respondà que no me iba a ir, que no iba a dejar a los niños solos con ella en ese estado y que podÃa decir lo que quisiera, pero no me iba a mover. Su cara se puso más seria todavÃa. me señaló la puerta y repitió que me fuera pero yo me quedé ahà sin moverme después de unos segundos en los que parecÃa medir qué hacer agarró sus llaves y salió sin decir más la vi desde la ventana caminando rápido por la calle Los niños se quedaron conmigo en la cocina.
31:06 No dijeron nada, pero uno de ellos me abrazó por la espalda. Yo respiré hondo y pensé que al menos por esa noche iban a estar tranquilos, sin gritos ni golpes. Siempre pensé que mi hija no era asÃ. TenÃa un carácter fuerte desde joven, pero no era una persona cruel, y mucho menos con sus propios hijos. Después de su divorcio, algo cambió en ella. Como si hubiera perdido toda la paciencia y la calidez que alguna vez tuvo. Quizá la vida le habÃa golpeado duro, pero eso no le daba ningún derecho a tratarlos de esa manera, a gritarles, a golpearlos o a dejarlos solos por dÃas. después de que salió aquella tarde no volvió al dÃa siguiente pasaron dos dÃas completos sin que apareciera los niños se mantuvieron tranquilos comiendo conmigo ayudándome a ordenar un poco la casa fue en uno de esos momentos cuando el mayor me dijo que era normal que su mamá no llegara que a veces desaparecÃa varios dÃas y ellos se quedaban solos lo dijo como si fuera lo más común del mundo como si ya estuviera acostumbrado a no esperarla me dolió escuchar eso imaginarme a esos dos pequeños encerrados sin nadie que los cuidara sin saber si tendrÃan comida o no me quedé pensando en todo lo que no habÃa visto antes y en lo que habrÃan pasado sin que yo me enterara ese segundo dÃa en la tarde mientras los niños
32:38 jugaban en la sala me quedé mirando la puerta cerrada de la habitación de mi hija Hasta ese momento no habÃa entrado por respeto a su privacidad. Siempre pensé que por mucho que me molestaran sus decisiones, su cuarto era su espacio y no debÃa meterme. Pero después de todo lo que habÃa pasado, ya no me quedaba respeto que darle. Lo que me importaba eran sus hijos, no sus secretos. Empujé la puerta con cuidado y entré. El olor era extraño. Lo primero que vi fue una mesa contra la pared, cubierta con un mantel oscuro. y encima varias cosas que me hicieron sentir un escalofrÃo. Frascos con lÃquidos de colores, figuras extrañas hechas con huesos y un manojo de velas usadas.
33:25 Al abrir un cajón encontré una caja de madera. Dentro habÃa una tabla ouija envuelta en un paño negro. Sentà mucho miedo. Desde siempre le tuve respeto a esas cosas y verla ahà tan escondida me hizo pensar que la usaba más de lo que imaginaba. Seguà revisando con cuidado de no mover nada de forma evidente. En otra esquina del cuarto habÃa una mochila tirada. Al abrirla me sorprendió ver fajos de billetes envueltos con ligas, más dinero del que pensé que podÃa tener. Cerca de la mochila habÃa una caja metálica, y dentro encontré cuchillos de diferentes tamaños y varias navajas plegables. En un estante, junto a ropa desordenada, vi un par de pipas y bolsas pequeñas con restos de hierba seca. Entre unos cuadernos y papeles sueltos habÃa varios libros de aspecto viejo, con tÃtulos raros que no reconocÃ, pero las portadas estaban llenas de sÃmbolos y dibujos que me parecieron satánicos. Me quedé un momento mirando todo aquello.
34:32 Era como si cada cosa confirmara que mi hija estaba metida en un mundo peligroso, no solo por la brujerÃa, sino por las personas con las que podÃa estar relacionándose. Cerré todo lo mejor que pude para que no notara que habÃa entrado, pero más decidida a sacar a los niños de ahà antes de que algo peor pasara. Después de ver todo lo que habÃa en el cuarto de mi hija, me sentà más tensa que en cualquier otro momento desde que llegué a su casa. No podÃa dejar de pensar en cada cosa que vi. Esa imagen me acompañaba incluso cuando intentaba concentrarme en algo tan simple como preparar café o doblar ropa. Al dÃa siguiente, empezaron a llegar personas preguntando por ella. Primero fue una mujer de cabello recogido que llegó a media mañana y me dijo que necesitaba hablar con mi hija para que le hiciera un trabajo. No me explicó qué tipo de trabajo, pero su forma de hablar y de mirar el interior de la casa me hizo sentir incómoda. Le respondà que no sabÃa cuándo regresarÃa. Ella solo se fue sin despedirse. Más tarde llegó un hombre alto con camisa desabotonada y un olor fuerte a sudor y alcohol. Preguntó directamente si mi hija estaba, diciendo que la habÃa buscado varios dÃas sin encontrarla.
35:51 Le dije lo mismo que no sabÃa cuándo volverÃa y se quedó un momento observándome antes de marcharse. Durante esa tarde llegaron dos personas más, ambas con rostros serios, y en todas las ocasiones tuve que dar la misma respuesta. Fue entonces cuando entendà que ni siquiera para sus clientes tenÃa una presencia constante. Si estaba desaparecida para ellos, estaba claro que a sus hijos les importaba todavÃa menos. En ese momento me di cuenta de que podÃa llevármelos sin que ella pudiera evitarlo, pero no lo hice porque también me preocupaba su ausencia. Por mucho coraje que me diera su forma de ser, no podÃa dejar de pensar que tal vez algo malo le habÃa pasado. La llamé varias veces ese dÃa. dejaba el teléfono sobre la mesa para marcar una y otra vez esperando escuchar su voz pero las llamadas pasaban a buzón o sonaban hasta cortarse la repetición de ese tono una y otra vez me desesperaba me preguntaba dónde estaba con quién y por qué no se comunicaba Esa noche me acosté tarde. Me quedé pensando en todo lo que habÃa visto y escuchado, en los clientes que llegaron y en el silencio que habÃa quedado después de que se fueron. Cerré bien la puerta y aseguré las ventanas antes de ir a la cama. Me desperté a las dos y media de la madrugada. Lo primero que escuché fue como fuego consumiendo algo, un crepitar rápido y fuerte, parecido al que se escucha cuando se
37:25 quema madera seca o tela gruesa. Me levanté despacio, con cuidado de no hacer ruido, y crucé el pasillo hacia la habitación de mi hija. De ahà escuchaba el fuego. El sonido se mantenÃa, como si estuviera justo detrás de la puerta de su habitación. Abrà de golpe y me quedé inmóvil en la entrada. Todo estaba en orden. La mesa seguÃa cubierta con el mantel, las cosas en su sitio, las paredes oscuras y el mismo olor que ya habÃa sentido antes. El fuego no estaba en ninguna parte, no habÃa humo, ni luz, ni rastro de que algo se hubiera quemado. Retrocedà un paso, pero me quedé mirando el interior.
38:06 Cerré la puerta y volvà a mi cuarto, aunque me sentÃa muy asustada. Me senté en la cama, pero no pude acostarme. La idea de que fuera un sueño se me pasó por la cabeza, pero lo habÃa escuchado antes de levantarme y seguÃa escuchándolo después. Era imposible que todo fuera imaginado. Me quedé despierta el resto de la noche con las luces apagadas prestando atención a cualquier ruido. Afuera no pasaba nadie y los perros no ladraban. Esa mañana me levanté con la decisión tomada. Ya no iba a seguir esperando a que mi hija apareciera. me habÃa cansado de ese lugar fui al cuarto de los niños y les dije que empezaran a guardar su ropa les ayudé a doblar sus cosas y a meterlas en una bolsa grande después recogà las mÃas lo poco que habÃa llevado todo lo demás lo dejé tal cual sin tocar las pertenencias de mi hija Cerré bien la puerta de su habitación y me aseguré de que las ventanas estuvieran cerradas.
39:07 Antes de salir, revisé que la llave quedara pasada por dentro y que la chapa quedara firme. Llevé a los niños hasta la terminal y compré boletos para irnos. El viaje fue largo, pero ellos se comportaron tranquilos. Se sentaron juntos, mirando por la ventana y hablando en voz baja. No les dije mucho, solo que Ãbamos a mi casa y que allá iban a estar bien. Llegamos en la tarde. Mi esposo estaba esperándonos en la puerta y uno de mis hijos salió también a recibirnos. Los niños corrieron a abrazarlos. Fue un momento que me dio algo de alivio, porque después de dÃas con caras tensas y preocupadas, los vi sonreÃr y reÃr mientras jugaban con sus primos. Esa noche comimos todos juntos y los niños se durmieron rápido en una cama limpia y cómoda. Pasaron ocho dÃas. Yo me dedicaba a cuidarlos, a darles de comer bien y a mantenerlos ocupados jugando o ayudando en cosas sencillas de la casa.
40:09 Estaban contentos y parecÃa que empezaban a olvidarse del ambiente que habÃan dejado atrás. La llamada llegó una tarde cuando estaba en la cocina lavando los trastes. Contesté y escuché la voz de mi hija, gritando desde el primer momento. Preguntaba dónde estaban sus hijos. Le respondà que estaban conmigo. que no podÃa dejarlos más tiempo en ese lugar, que no era seguro ni bueno para ellos. Ella empezó a gritar más fuerte, diciendo que si no se los entregaba me iba a matar. No le respondà nada más. Escuché cómo respiraba agitada y luego colgó. Me quedé un buen rato con el teléfono en la mano, pensando en lo que acababa de escuchar. Nunca imaginé que un dÃa mi propia hija me dirÃa que me iba a matar. Sentà tristeza, una tristeza que me pesó en el pecho y que me dejó sin fuerzas por unos minutos. No podÃa entender cómo habÃamos llegado a ese punto, cómo la persona que yo habÃa criado podÃa hablarme de esa manera. pasaron algunos dÃas sin que volviera a comunicarse yo me ocupaba de los niños y trataba de no pensar en eso una mañana mientras lavaba ropa escuché golpes fuertes en la puerta principal me asomé por la ventana y vi a mi hija afuera gritando y golpeando con el puño Estaba fuera de sÃ, diciendo que le habÃa robado a sus hijos.
41:35 Los niños no estaban en casa. El mayor estaba en la primaria y el más pequeño en el kinder, asà que no escucharon nada de lo que pasaba. Yo decidà no salir. Fue mi esposo quien abrió la puerta y salió a recibirla. Desde la ventana de la sala me quedé mirando como él la saludaba y comenzaban a hablar. Se apartaron un poco de la puerta y se quedaron en la banqueta, conversando en voz baja. Estuvieron asà como media hora. Yo no podÃa escuchar lo que decÃan, pero observaba sus gestos y veÃa como mi hija se movÃa de un lado a otro, alterada, mientras mi esposo permanecÃa más calmado. Cuando terminaron, ella se subió a un taxi y se fue. Mi esposo entró y me explicó que le habÃa dejado claro que lo que estaba haciendo con sus hijos estaba mal, que nosotros nos encargarÃamos de cuidarlos hasta que ella se recuperara de lo que tuviera, fuera depresión o cualquier otro problema psicológico. Le dijo que si no entendÃa las cosas Ãbamos a denunciarla por maltrato infantil y que como prueba usarÃamos el hecho de que consumÃa drogas.
42:47 Las autoridades le pedirÃan pruebas de sangre y con eso no tendrÃa forma de defenderse, asà que era mejor que dejara a los niños con nosotros. En los dÃas siguientes empezaron a pasar cosas extrañas. Una tarde, mientras barrÃa el patio, encontré en una esquina un frasco pequeño con tierra, cabellos y un pedazo de tela amarrado. Lo tiré sin decir nada, pensando que podÃa ser alguna broma de mal gusto. Pero luego aparecieron más objetos parecidos en distintos lugares. Detrás de una maceta, debajo de una silla del porche y hasta en el pasillo que daba al patio trasero. Una mañana, el olor me llevó hasta el jardÃn lateral de la casa.
43:30 Entre las plantas, encontré el cuerpo de un gato. Estaba rÃgido y tenÃa espuma alrededor de la boca. No era un animal que yo hubiera visto antes, pero por el estado en el que estaba, era evidente que lo habÃan envenenado. Sentà un escalofrÃo. No solo por la crueldad del acto, sino porque cada vez me quedaba más claro que no era casualidad. Todo apuntaba a que mi hija habÃa comenzado a dejar señales de que estaba dispuesta a llegar más lejos. Guardé silencio sobre muchas de esas cosas para no asustar a los niños. Una madrugada mi esposo se levantó para ir al baño y escuchó un ruido afuera cerca de la entrada. Se acercó despacio y al mirar por la ventana, vio a nuestra hija inclinada frente a la puerta, echando un lÃquido que despedÃa un olor fuerte, como a quÃmico.
44:23 Sin pensarlo, abrió la puerta de golpe para sorprenderla en el acto. Le dijo que iba a llamar a la policÃa porque no estaba entendiendo la gravedad de lo que hacÃa. Ella se quedó inmóvil unos segundos y luego se alejó caminando rápido, sin decir nada. Mi esposo entró, cerró bien y me contó lo que habÃa visto. marcó de inmediato y denunció lo ocurrido dijo claramente que la persona que estaba intentando dañar la casa era su propia hija explicando lo que habÃa estado pasando en las últimas semanas esa misma madrugada se llevaron el reporte al dÃa siguiente la policÃa vino a tomar más datos y advertirnos que era mejor mantener distancia porque si seguÃa con ese comportamiento podÃa meterse en un problema serio Desde ese momento ella dejó de aparecer. Pasaron semanas y luego meses sin que supiéramos de su paradero. En algunas ocasiones hemos intentado llamarla para saber si está bien o para buscar la manera de ayudarla con los problemas que trae encima. Pero siempre terminamos con la misma sensación de que no serÃa posible. Lo que pasó dejó una marca difÃcil de borrar. Por más que sea mi hija, lo que intentó hacer no es algo que pueda olvidarse fácilmente. Hasta hoy seguimos cuidando de los niños. Ellos ya se adaptaron a vivir con nosotros.
45:48 En cuanto a ella, su ausencia se volvió parte de la rutina. Nadie sabe cuándo volverá ni en qué condiciones.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed