Sept. 13, 2025

Me Miraba Por Las NOCHES Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Tenía ocho años cuando pasó lo que nunca he podido olvidar. Ya soy un hombre adulto con familia propia. No fue un sueño ni una alucinación de niño con miedo. Yo lo vi, y la imagen se me quedó grabada para siempre. Esa noche me había quedado dormido temprano. Recuerdo que hacía calor, y mi ventana estaba cerrada pero sin seguro, con el vidrio un poco empañado por dentro. No había ruido en la casa, todo estaba en silencio. Lo único que escuchaba era el zumbido de los insectos afuera y de vez en cuando los pasos de mi papá caminando por el pasillo. Me despertó un sonido que al principio me pareció leve, como cuando cae algo pequeño en el techo. Pero luego me di cuenta que venía directo de la ventana de mi cuarto. Eran golpecitos suaves, repetidos, como si alguien tocara con un dedo. Me incorporé en la cama confundido. Al abrir los ojos me costó acostumbrarme a la oscuridad, pero pronto vi la silueta de algo pegado al vidrio. Pensé que sería un pájaro o algún animal, pero no. Estaba demasiado quieto. Me quedé observando con miedo. Había un rostro pegado al cristal, tan cerca que parecía querer atravesarlo. Era una cara completamente blanca, sin expresión, con la piel lisa, casi como de yeso. Lo peor fueron los ojos, negros, tan negros que no tenían brillo, ni pupilas, ni fondo.

1:38 Era como si fueran dos huecos oscuros que me tragaban con la mirada. No grité. El miedo me apretó la garganta y lo único que atiné a hacer fue meterme debajo de la cobija. Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños, esperando que se fuera. Sentía el corazón golpeándome en el pecho, como si fuera a salirse de lo asustado que estaba. Pasaron unos segundos, no sé cuántos, pero para mí fueron eternos. Quise convencerme de que todo era un error, que estaba soñando despierto, que esa cara nunca había estado ahí. Cuando me animé, bajé la cobija lentamente y miré hacia la ventana. Ya no había nada. El vidrio estaba oscuro, solo se reflejaba un poco de la luz tenue que entraba del pasillo. Me levanté temblando y corrí hacia la habitación de mis padres. Abrí la puerta de golpe y les dije que había alguien mirándome por la ventana, que lo había visto muy claro. Mi papá estaba medio dormido, preguntándome qué hacía levantado a esa hora.

2:40 mi mamá se incorporó y me acarició el hombro diciendo que seguramente había sido un mal sueño insistí les repetí lo de la cara blanca y los ojos negros pero ellos no me creyeron mi papá me regañó Dijo que dejara de inventar cosas y que me fuera a dormir. Mi mamá intentó calmarme, asegurando que no había nadie afuera y que todo estaba bien. Me regresé a mi cuarto, asustado. Cerré la puerta y me metí de nuevo a la cama, esta vez con la cobija hasta arriba de la cabeza. No podía dejar de pensar que esa cara me había mirado fijamente, que no era un sueño ni una ilusión.

3:21 Tardé horas en volver a dormir dando vueltas, escuchando cada ruido de la casa como si fuera una señal de que iba a volver. Esa noche no descansé. Cada vez que cerraba los ojos recordaba los detalles de aquel rostro pegado al vidrio. Estaba seguro de que algo me había estado observando desde afuera, algo que no era una persona común. Al día siguiente nadie mencionó nada en casa. Yo traté de hablar otra vez con mis papás, pero me dijeron que dejara el tema, que había sido imaginación mía. No quise insistir más, me sentía solo. La semana que siguió después de aquella primera vez fue una de las más pesadas de mi infancia. Todas las noches me acostaba con miedo, esperando volver a ver esa cara en la ventana. Me quedaba despierto más tiempo de lo normal, mirando fijamente hacia el vidrio, convencido de que en cualquier momento volvería a aparecer.

4:19 El cansancio se me notaba en la escuela y en la casa, pero nadie me hacía caso. Mis padres pensaban que era un miedo infantil, que me estaba sugestionando con historias, y me pedían que dejara de hablar del tema. Cada vez que trataba de recordárselos, me decían que lo mejor era olvidarlo, que no había nada raro en esa ventana, intentaba hacerles caso, pero no podía. Cada noche, al apagar la luz, regresaba esa sensación de que había alguien afuera mirándome. Llegaba a taparme hasta la cabeza con la cobija, sudando, escuchando cualquier crujido de la madera o golpe del viento como si fueran pasos. Había noches en que me vencía el sueño, pero siempre con miedo. Una de esas madrugadas, mientras yo dormía, mi mamá dice que escuchó un murmullo que venía directo de mi cuarto. Eran voces muy bajas, como cuchicheos. Pensó que tal vez yo estaba hablando dormido, pero el sonido era distinto, más grave, más cercano a la ventana que a mi cama. Se levantó de inmediato, caminó por el pasillo y abrió la puerta de golpe.

5:28 Me contó después que alcanzó a ver lo mismo que yo había descrito, una cara blanca pegada al vidrio, quieta, mirándome fijamente mientras yo dormía. La piel era pálida como si no tuviera color, y los ojos negros parecían hundirse. Ella se quedó paralizada apenas un segundo, pero lo suficiente para entender que lo que yo había dicho era cierto. Se asustó mucho. Me tomó en brazos sin pensarlo, me levantó de la cama y me sacó de la habitación. Yo desperté sobresaltado por el movimiento y apenas alcancé a escuchar cómo gritaba el nombre de mi papá mientras me llevaba hacia la sala. Su voz estaba temblorosa, como si no pudiera creer lo que acababa de ver. mi papá reaccionó al instante tomó una lámpara y salió corriendo hacia el patio decidido a revisar cada rincón de la casa lo seguimos detrás aunque mi mamá me mantenía bien abrazado contra su pecho él fue directo hacia la ventana de mi cuarto alumbrando con la lámpara hacia la tierra Caminó alrededor de toda la pared, revisando los arbustos, los rincones donde alguien pudiera esconderse. No encontraron a nadie. El patio estaba vacío, los árboles se mecían con el viento y el silencio era pesado. Pero había algo que nos dejó sin palabras. En la tierra húmeda, justo frente a la ventana de mi cuarto, había huellas marcadas. No eran huellas grandes,

6:59 parecían pisadas humanas, pero estaban desordenadas, como si alguien hubiera estado parado allí un buen rato, dando vueltas sobre el mismo punto. Mi papá alumbró más cerca. Las huellas no tenían forma clara de zapatos, no se veían las suelas completas ni las marcas que normalmente deja el calzado. Eran más bien manchas hundidas, alargadas, como si alguien descalzo hubiera estado allí. Mi mamá se llevó la mano a la boca y me apretó más fuerte. Mientras mi papá murmuraba que podía ser algún vagabundo que había entrado al patio, revisaron todo el lugar con la lámpara, avanzando hasta la cerca que delimitaba el terreno. Nada. No había rastros de alguien que hubiera corrido o escapado. Sólo esas huellas frente a la ventana y después la tierra limpia, como si quien fuera simplemente hubiera desaparecido. Volvimos a entrar a la casa.

7:55 Mi papá cerró con llave todas las puertas y aseguró las ventanas, aunque yo sabía que nada de eso iba a servir contra lo que habíamos visto. Mi mamá me acostó en el sillón y se quedó a mi lado toda la noche, sin dormir, repitiendo una y otra vez que ahora entendía que yo no me lo había inventado. Ahora mi mamá también había visto la cara blanca en la ventana y la evidencia de las huellas estaba allí, marcada en la tierra. Desde entonces el miedo dejó de ser solo mío, se volvió miedo compartido en la casa. Mi papá decidió que lo mejor era tapar la ventana de mi cuarto para que nadie pudiera asomarse otra vez.

8:37 No quiso dejar nada a medias, así que al día siguiente buscó en el patio unas tablas que tenía guardadas y eligió la más grande. Con ayuda de un martillo y clavos, la ajustó por fuera hasta cubrir por completo el vidrio. se notaba que estaba convencido de que eso sería suficiente pero yo no lo estaba cuando terminó dio un par de golpes sobre la madera satisfecho de que quedara bien fija y dijo que con eso nadie iba a volver a molestar aún así al entrar al cuarto el miedo no desapareció el espacio estaba más oscuro que antes y aunque me repetía que ya no habría forma de que alguien me viera no lograba sentirme seguro esa misma noche cuando apagaron la luz y quedamos todos en silencio me daba mucho miedo estar ahí el sonido del viento pasando entre las ramas del patio los crujidos de la madera de la casa y el eco de cualquier ruido me hacían apretar los ojos con fuerza intentaba dormir Cerca de la medianoche, me despertó un golpecito en la madera recién colocada. Abrí los ojos de inmediato y me quedé paralizado, con la sensación de que el corazón me latía demasiado fuerte. El golpe se repitió, suave, como si alguien estuviera tocando con los nudillos desde afuera. No era fuerte, sino pausado, como si quien lo hiciera supiera que yo estaba escuchando. Me cubrí hasta la cabeza con la cobija, temblando, sin atreverme a gritar. El sonido volvió una y otra vez.

10:09 A veces parecía que se detenía, y cuando creía que había acabado, regresaba con el mismo ritmo. Lo único que importaba era aguantar el miedo y esperar a que amaneciera. Me quedé así, con el cuerpo rígido, escuchando. Cada nuevo golpe era como si alguien quisiera recordarme que estaba ahí afuera. Pasaron varios minutos que se sintieron eternos, hasta que por fin el sonido desapareció. Yo ya no pude dormir. Solo permanecí despierto hasta que la luz del amanecer entró por las rendijas de la puerta. Al día siguiente no dije nada. Temía que mis padres pensaran otra vez que estaba inventando o exagerando. Me guardé lo ocurrido y traté de actuar normal, aunque por dentro seguía con miedo. Durante el día podía distraerme jugando o acompañando a mi mamá en la cocina, pero cuando caía la noche sentía un terror horrible. La segunda madrugada los golpecitos comenzaron de nuevo, suaves, constantes. Esta vez me quedé sentado en la cama, con los pies encogidos y la mirada fija en la tabla. Imaginaba que detrás estaba esa cara blanca que ya había visto antes, esperando a que me acercara. El sonido duró más tiempo que la vez anterior y de nuevo no pude dormir hasta que salió el sol. Pasaron varias noches en las que se repitió lo mismo, siempre en la madrugada, siempre en la misma ventana. Los golpes nunca fueron violentos, pero

11:39 su constancia era lo que más me asustaba. Una de esas noches, mi mamá también los escuchó. Yo estaba despierto, mirando la tabla sin atreverme a moverme, cuando escuché que ella abrió la puerta del cuarto. Entró en silencio y se detuvo junto a mi cama. Pensé que me iba a decir que me tranquilizara, pero no lo hizo. Se quedó quieta, con el rostro pálido, escuchando exactamente lo mismo que yo. Los golpecitos contra la madera. Su respiración se hizo más pesada y me tomó de la mano. No dijo nada, pero con ese simple gesto entendí que por fin alguien más lo estaba viviendo conmigo. Nos quedamos así varios minutos hasta que los golpes se detuvieron de repente.

12:25 Al día siguiente no quiso hablar del tema frente a mi papá. Fingió que todo estaba en calma, preparando el desayuno como siempre. Pero yo notaba en sus ojos que estaba nerviosa. Aunque no lo admitiera, sabía que lo que yo había visto no era un invento y que, algo extraño, seguía rondando afuera de la casa. Esa rutina de esperar la madrugada se volvió insoportable. Cada noche era una batalla para no llorar del miedo, escuchando esos golpecitos, y aunque la ventana estaba cubierta, me daba la impresión de que esa cara blanca podía atravesar cualquier cosa para volver a mirarme. Después de varias noches sin dormir tranquilos, decidieron buscar ayuda en la iglesia. Una tarde mi mamá habló con el padre del pueblo y le contó lo que habíamos vivido.

13:14 El hombre escuchó con seriedad, sin interrumpirla, y al final dijo que lo mejor era bendecir la casa para devolverle la paz. Esa misma semana fue a visitarnos. Llegó con una estola sobre los hombros, un libro pequeño bajo el brazo y una botella de agua bendita. Mis padres lo recibieron y lo acompañaron por cada cuarto. Yo caminaba detrás de ellos, observando cómo mojaba las paredes con el agua, rezando en voz baja. también roció puertas y ventanas y antes de salir al patio levantó la mano para hacer la señal de la cruz en cada esquina el padre aseguraba que con eso estaríamos protegidos decía que la bendición había cerrado cualquier puerta por donde pudiera entrar el mal que ya podíamos dormir tranquilos mi mamá se veía aliviada pero mi papá no estaba del todo convencido aunque agradeció la visita me di cuenta de que no se conformaba con esas palabras cuando el padre se fue mi papá comentó que no iba a confiarse de un par de rezos nada más esa misma noche habló con su hermano y lo convenció de ayudarlo a vigilar la casa Quería comprobar con sus propios ojos que no hubiera nadie rondando o en caso de que apareciera enfrentarlo directamente. Entre los dos prepararon lámparas de mano y machetes bien afilados, decididos a quedarse despiertos todo el tiempo que hiciera falta. Mi papá dijo que esa noche yo dormiría en la sala

14:44 junto a mi mamá para que estuviera más tranquilo. movieron unas cobijas y almohadas y ahí me acosté aunque el lugar era incómodo me sentía más seguro sabiendo que no tendría la ventana cerca mi mamá se acostó a mi lado aunque se notaba que no pensaba dormir mucho mientras tanto mi papá y su hermano se acomodaron en el patio Encendieron las lámparas y comenzaron a revisar cada rincón. Primero alumbraron hacia los árboles, después recorrieron la cerca y más tarde caminaron alrededor de la casa, atentos a cualquier ruido. Desde donde estaba podía escuchar cómo el piso de tierra crujía bajo sus botas cada vez que daban una vuelta.

15:28 La primera hora pasó sin novedad. Solo se escuchaba el viento moviendo las ramas y el zumbido de los insectos. Después, a lo lejos, comenzaron a ladrar los perros del vecindario. Eran ladridos largos, insistentes, que parecían dirigirse hacia el monte. mi mamá me abrazó con fuerza cuando los escuchamos pero ninguno de los dos dijo nada mi papá y su hermano siguieron en silencio caminando de un lado a otro alumbraban hacia la calle hacia los terrenos baldíos y hacia los rincones donde el pasto crecía más alto cada tanto se detenían a escuchar con el machete en una mano y la lámpara en la otra Yo apenas lograba verlos por la rendija de la cortina, pero podía distinguir sus sombras moviéndose en la oscuridad. La medianoche llegó y nada había pasado. Los perros seguían ladrando a lo lejos, pero más allá de eso, todo parecía normal. Yo me iba quedando dormido entre los brazos de mi mamá, escuchando el sonido de las pisadas de mi papá y mi tío recorriendo el patio. Esa rutina me tranquilizó, como si el hecho de que ellos estuvieran despiertos y armados fuera suficiente para mantener alejado a lo que sea que nos había estado rondando. Mis papás no bajaron la guardia hasta que el cielo comenzó a aclarar. y al amanecer mi tío se despidió con la promesa de regresar la noche siguiente.

16:54 Mi papá entró a la sala con el rostro cansado, pero se notaba que seguía dispuesto a repetir la vigilancia todas las veces que fuera necesario. Esa madrugada no escuchamos los golpecitos en la ventana, ni se volvió a ver la cara blanca. Todo quedó en un silencio inquietante, como si lo que nos había estado molestando hubiera sabido que esa noche lo esperaban afuera. Durante las tres noches siguientes, mi papá y mi tío repitieron la misma rutina. Se levantaban cuando todos ya estábamos acostados, se colocaban las lámparas en la cintura y llevaban los machetes en la mano. Caminaban despacio por el patio, alumbrando hacia la calle y hacia el monte cercano. Revisaban cada rincón como si esperaran encontrar a alguien escondido detrás de los arbustos o junto a la cerca. Yo los escuchaba desde la sala, porque todavía no me dejaban volver a mi cuarto, y cada paso suyo me daba cierta tranquilidad. A pesar de que estaban atentos, nunca hallaron nada. No hubo sombras cruzando el patio, ni huellas nuevas en la tierra, ni ruidos que justificaran lo que habíamos vivido. era como si todo se hubiera detenido de golpe yo esperaba cada madrugada los golpecitos en la madera convencido de que volverían pero no ocurrió la tabla seguía en su lugar sin señales de haber sido tocada la cara blanca tampoco volvió a aparecer en el vidrio el tiempo comenzó a pasar y la tensión que nos había mantenido despiertos fue disminuyendo poco a poco Mi

18:28 mamá empezó a insistir en que quizá todo había terminado, que la bendición del padre había hecho efecto y que ya no teníamos de qué preocuparnos. Mi papá no decía mucho, pero lo notaba menos rígido, como si él también quisiera creerlo. Mi tío, por su parte, se despidió al final de la tercera noche diciendo que ya no valía la pena seguir montando guardias si no aparecía nada. Prometió regresar si lo volvíamos a necesitar. pero estaba seguro de que no iba a hacer falta con el paso de los días la vida en la casa fue recuperando cierta normalidad dejamos de hablar de lo ocurrido en la mesa y mis padres procuraban distraernos con tareas o juegos para que dejáramos de pensar en la ventana el miedo aunque no desapareció por completo fue haciéndose menos intenso yo todavía miraba de reojo hacia la tabla cada vez que entraba a mi cuarto pero aprendí a dormir de nuevo allí La madera nunca se quitó, aunque ya no había razón aparente. Mi papá prefirió dejarla clavada. Decía que así nos asegurábamos de que nadie pudiera acercarse otra vez a mirar desde afuera.

19:38 Esa tabla se convirtió en parte del cuarto.