Me Miraba Por Las NOCHES Historias De Terror - REDE
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0:05 TenÃa ocho años cuando pasó lo que nunca he podido olvidar. Ya soy un hombre adulto con familia propia. No fue un sueño ni una alucinación de niño con miedo. Yo lo vi, y la imagen se me quedó grabada para siempre. Esa noche me habÃa quedado dormido temprano. Recuerdo que hacÃa calor, y mi ventana estaba cerrada pero sin seguro, con el vidrio un poco empañado por dentro. No habÃa ruido en la casa, todo estaba en silencio. Lo único que escuchaba era el zumbido de los insectos afuera y de vez en cuando los pasos de mi papá caminando por el pasillo. Me despertó un sonido que al principio me pareció leve, como cuando cae algo pequeño en el techo. Pero luego me di cuenta que venÃa directo de la ventana de mi cuarto. Eran golpecitos suaves, repetidos, como si alguien tocara con un dedo. Me incorporé en la cama confundido. Al abrir los ojos me costó acostumbrarme a la oscuridad, pero pronto vi la silueta de algo pegado al vidrio. Pensé que serÃa un pájaro o algún animal, pero no. Estaba demasiado quieto. Me quedé observando con miedo. HabÃa un rostro pegado al cristal, tan cerca que parecÃa querer atravesarlo. Era una cara completamente blanca, sin expresión, con la piel lisa, casi como de yeso. Lo peor fueron los ojos, negros, tan negros que no tenÃan brillo, ni pupilas, ni fondo.
1:38 Era como si fueran dos huecos oscuros que me tragaban con la mirada. No grité. El miedo me apretó la garganta y lo único que atiné a hacer fue meterme debajo de la cobija. Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños, esperando que se fuera. SentÃa el corazón golpeándome en el pecho, como si fuera a salirse de lo asustado que estaba. Pasaron unos segundos, no sé cuántos, pero para mà fueron eternos. Quise convencerme de que todo era un error, que estaba soñando despierto, que esa cara nunca habÃa estado ahÃ. Cuando me animé, bajé la cobija lentamente y miré hacia la ventana. Ya no habÃa nada. El vidrio estaba oscuro, solo se reflejaba un poco de la luz tenue que entraba del pasillo. Me levanté temblando y corrà hacia la habitación de mis padres. Abrà la puerta de golpe y les dije que habÃa alguien mirándome por la ventana, que lo habÃa visto muy claro. Mi papá estaba medio dormido, preguntándome qué hacÃa levantado a esa hora.
2:40 mi mamá se incorporó y me acarició el hombro diciendo que seguramente habÃa sido un mal sueño insistà les repetà lo de la cara blanca y los ojos negros pero ellos no me creyeron mi papá me regañó Dijo que dejara de inventar cosas y que me fuera a dormir. Mi mamá intentó calmarme, asegurando que no habÃa nadie afuera y que todo estaba bien. Me regresé a mi cuarto, asustado. Cerré la puerta y me metà de nuevo a la cama, esta vez con la cobija hasta arriba de la cabeza. No podÃa dejar de pensar que esa cara me habÃa mirado fijamente, que no era un sueño ni una ilusión.
3:21 Tardé horas en volver a dormir dando vueltas, escuchando cada ruido de la casa como si fuera una señal de que iba a volver. Esa noche no descansé. Cada vez que cerraba los ojos recordaba los detalles de aquel rostro pegado al vidrio. Estaba seguro de que algo me habÃa estado observando desde afuera, algo que no era una persona común. Al dÃa siguiente nadie mencionó nada en casa. Yo traté de hablar otra vez con mis papás, pero me dijeron que dejara el tema, que habÃa sido imaginación mÃa. No quise insistir más, me sentÃa solo. La semana que siguió después de aquella primera vez fue una de las más pesadas de mi infancia. Todas las noches me acostaba con miedo, esperando volver a ver esa cara en la ventana. Me quedaba despierto más tiempo de lo normal, mirando fijamente hacia el vidrio, convencido de que en cualquier momento volverÃa a aparecer.
4:19 El cansancio se me notaba en la escuela y en la casa, pero nadie me hacÃa caso. Mis padres pensaban que era un miedo infantil, que me estaba sugestionando con historias, y me pedÃan que dejara de hablar del tema. Cada vez que trataba de recordárselos, me decÃan que lo mejor era olvidarlo, que no habÃa nada raro en esa ventana, intentaba hacerles caso, pero no podÃa. Cada noche, al apagar la luz, regresaba esa sensación de que habÃa alguien afuera mirándome. Llegaba a taparme hasta la cabeza con la cobija, sudando, escuchando cualquier crujido de la madera o golpe del viento como si fueran pasos. HabÃa noches en que me vencÃa el sueño, pero siempre con miedo. Una de esas madrugadas, mientras yo dormÃa, mi mamá dice que escuchó un murmullo que venÃa directo de mi cuarto. Eran voces muy bajas, como cuchicheos. Pensó que tal vez yo estaba hablando dormido, pero el sonido era distinto, más grave, más cercano a la ventana que a mi cama. Se levantó de inmediato, caminó por el pasillo y abrió la puerta de golpe.
5:28 Me contó después que alcanzó a ver lo mismo que yo habÃa descrito, una cara blanca pegada al vidrio, quieta, mirándome fijamente mientras yo dormÃa. La piel era pálida como si no tuviera color, y los ojos negros parecÃan hundirse. Ella se quedó paralizada apenas un segundo, pero lo suficiente para entender que lo que yo habÃa dicho era cierto. Se asustó mucho. Me tomó en brazos sin pensarlo, me levantó de la cama y me sacó de la habitación. Yo desperté sobresaltado por el movimiento y apenas alcancé a escuchar cómo gritaba el nombre de mi papá mientras me llevaba hacia la sala. Su voz estaba temblorosa, como si no pudiera creer lo que acababa de ver. mi papá reaccionó al instante tomó una lámpara y salió corriendo hacia el patio decidido a revisar cada rincón de la casa lo seguimos detrás aunque mi mamá me mantenÃa bien abrazado contra su pecho él fue directo hacia la ventana de mi cuarto alumbrando con la lámpara hacia la tierra Caminó alrededor de toda la pared, revisando los arbustos, los rincones donde alguien pudiera esconderse. No encontraron a nadie. El patio estaba vacÃo, los árboles se mecÃan con el viento y el silencio era pesado. Pero habÃa algo que nos dejó sin palabras. En la tierra húmeda, justo frente a la ventana de mi cuarto, habÃa huellas marcadas. No eran huellas grandes,
6:59 parecÃan pisadas humanas, pero estaban desordenadas, como si alguien hubiera estado parado allà un buen rato, dando vueltas sobre el mismo punto. Mi papá alumbró más cerca. Las huellas no tenÃan forma clara de zapatos, no se veÃan las suelas completas ni las marcas que normalmente deja el calzado. Eran más bien manchas hundidas, alargadas, como si alguien descalzo hubiera estado allÃ. Mi mamá se llevó la mano a la boca y me apretó más fuerte. Mientras mi papá murmuraba que podÃa ser algún vagabundo que habÃa entrado al patio, revisaron todo el lugar con la lámpara, avanzando hasta la cerca que delimitaba el terreno. Nada. No habÃa rastros de alguien que hubiera corrido o escapado. Sólo esas huellas frente a la ventana y después la tierra limpia, como si quien fuera simplemente hubiera desaparecido. Volvimos a entrar a la casa.
7:55 Mi papá cerró con llave todas las puertas y aseguró las ventanas, aunque yo sabÃa que nada de eso iba a servir contra lo que habÃamos visto. Mi mamá me acostó en el sillón y se quedó a mi lado toda la noche, sin dormir, repitiendo una y otra vez que ahora entendÃa que yo no me lo habÃa inventado. Ahora mi mamá también habÃa visto la cara blanca en la ventana y la evidencia de las huellas estaba allÃ, marcada en la tierra. Desde entonces el miedo dejó de ser solo mÃo, se volvió miedo compartido en la casa. Mi papá decidió que lo mejor era tapar la ventana de mi cuarto para que nadie pudiera asomarse otra vez.
8:37 No quiso dejar nada a medias, asà que al dÃa siguiente buscó en el patio unas tablas que tenÃa guardadas y eligió la más grande. Con ayuda de un martillo y clavos, la ajustó por fuera hasta cubrir por completo el vidrio. se notaba que estaba convencido de que eso serÃa suficiente pero yo no lo estaba cuando terminó dio un par de golpes sobre la madera satisfecho de que quedara bien fija y dijo que con eso nadie iba a volver a molestar aún asà al entrar al cuarto el miedo no desapareció el espacio estaba más oscuro que antes y aunque me repetÃa que ya no habrÃa forma de que alguien me viera no lograba sentirme seguro esa misma noche cuando apagaron la luz y quedamos todos en silencio me daba mucho miedo estar ahà el sonido del viento pasando entre las ramas del patio los crujidos de la madera de la casa y el eco de cualquier ruido me hacÃan apretar los ojos con fuerza intentaba dormir Cerca de la medianoche, me despertó un golpecito en la madera recién colocada. Abrà los ojos de inmediato y me quedé paralizado, con la sensación de que el corazón me latÃa demasiado fuerte. El golpe se repitió, suave, como si alguien estuviera tocando con los nudillos desde afuera. No era fuerte, sino pausado, como si quien lo hiciera supiera que yo estaba escuchando. Me cubrà hasta la cabeza con la cobija, temblando, sin atreverme a gritar. El sonido volvió una y otra vez.
10:09 A veces parecÃa que se detenÃa, y cuando creÃa que habÃa acabado, regresaba con el mismo ritmo. Lo único que importaba era aguantar el miedo y esperar a que amaneciera. Me quedé asÃ, con el cuerpo rÃgido, escuchando. Cada nuevo golpe era como si alguien quisiera recordarme que estaba ahà afuera. Pasaron varios minutos que se sintieron eternos, hasta que por fin el sonido desapareció. Yo ya no pude dormir. Solo permanecà despierto hasta que la luz del amanecer entró por las rendijas de la puerta. Al dÃa siguiente no dije nada. TemÃa que mis padres pensaran otra vez que estaba inventando o exagerando. Me guardé lo ocurrido y traté de actuar normal, aunque por dentro seguÃa con miedo. Durante el dÃa podÃa distraerme jugando o acompañando a mi mamá en la cocina, pero cuando caÃa la noche sentÃa un terror horrible. La segunda madrugada los golpecitos comenzaron de nuevo, suaves, constantes. Esta vez me quedé sentado en la cama, con los pies encogidos y la mirada fija en la tabla. Imaginaba que detrás estaba esa cara blanca que ya habÃa visto antes, esperando a que me acercara. El sonido duró más tiempo que la vez anterior y de nuevo no pude dormir hasta que salió el sol. Pasaron varias noches en las que se repitió lo mismo, siempre en la madrugada, siempre en la misma ventana. Los golpes nunca fueron violentos, pero
11:39 su constancia era lo que más me asustaba. Una de esas noches, mi mamá también los escuchó. Yo estaba despierto, mirando la tabla sin atreverme a moverme, cuando escuché que ella abrió la puerta del cuarto. Entró en silencio y se detuvo junto a mi cama. Pensé que me iba a decir que me tranquilizara, pero no lo hizo. Se quedó quieta, con el rostro pálido, escuchando exactamente lo mismo que yo. Los golpecitos contra la madera. Su respiración se hizo más pesada y me tomó de la mano. No dijo nada, pero con ese simple gesto entendà que por fin alguien más lo estaba viviendo conmigo. Nos quedamos asà varios minutos hasta que los golpes se detuvieron de repente.
12:25 Al dÃa siguiente no quiso hablar del tema frente a mi papá. Fingió que todo estaba en calma, preparando el desayuno como siempre. Pero yo notaba en sus ojos que estaba nerviosa. Aunque no lo admitiera, sabÃa que lo que yo habÃa visto no era un invento y que, algo extraño, seguÃa rondando afuera de la casa. Esa rutina de esperar la madrugada se volvió insoportable. Cada noche era una batalla para no llorar del miedo, escuchando esos golpecitos, y aunque la ventana estaba cubierta, me daba la impresión de que esa cara blanca podÃa atravesar cualquier cosa para volver a mirarme. Después de varias noches sin dormir tranquilos, decidieron buscar ayuda en la iglesia. Una tarde mi mamá habló con el padre del pueblo y le contó lo que habÃamos vivido.
13:14 El hombre escuchó con seriedad, sin interrumpirla, y al final dijo que lo mejor era bendecir la casa para devolverle la paz. Esa misma semana fue a visitarnos. Llegó con una estola sobre los hombros, un libro pequeño bajo el brazo y una botella de agua bendita. Mis padres lo recibieron y lo acompañaron por cada cuarto. Yo caminaba detrás de ellos, observando cómo mojaba las paredes con el agua, rezando en voz baja. también roció puertas y ventanas y antes de salir al patio levantó la mano para hacer la señal de la cruz en cada esquina el padre aseguraba que con eso estarÃamos protegidos decÃa que la bendición habÃa cerrado cualquier puerta por donde pudiera entrar el mal que ya podÃamos dormir tranquilos mi mamá se veÃa aliviada pero mi papá no estaba del todo convencido aunque agradeció la visita me di cuenta de que no se conformaba con esas palabras cuando el padre se fue mi papá comentó que no iba a confiarse de un par de rezos nada más esa misma noche habló con su hermano y lo convenció de ayudarlo a vigilar la casa QuerÃa comprobar con sus propios ojos que no hubiera nadie rondando o en caso de que apareciera enfrentarlo directamente. Entre los dos prepararon lámparas de mano y machetes bien afilados, decididos a quedarse despiertos todo el tiempo que hiciera falta. Mi papá dijo que esa noche yo dormirÃa en la sala
14:44 junto a mi mamá para que estuviera más tranquilo. movieron unas cobijas y almohadas y ahà me acosté aunque el lugar era incómodo me sentÃa más seguro sabiendo que no tendrÃa la ventana cerca mi mamá se acostó a mi lado aunque se notaba que no pensaba dormir mucho mientras tanto mi papá y su hermano se acomodaron en el patio Encendieron las lámparas y comenzaron a revisar cada rincón. Primero alumbraron hacia los árboles, después recorrieron la cerca y más tarde caminaron alrededor de la casa, atentos a cualquier ruido. Desde donde estaba podÃa escuchar cómo el piso de tierra crujÃa bajo sus botas cada vez que daban una vuelta.
15:28 La primera hora pasó sin novedad. Solo se escuchaba el viento moviendo las ramas y el zumbido de los insectos. Después, a lo lejos, comenzaron a ladrar los perros del vecindario. Eran ladridos largos, insistentes, que parecÃan dirigirse hacia el monte. mi mamá me abrazó con fuerza cuando los escuchamos pero ninguno de los dos dijo nada mi papá y su hermano siguieron en silencio caminando de un lado a otro alumbraban hacia la calle hacia los terrenos baldÃos y hacia los rincones donde el pasto crecÃa más alto cada tanto se detenÃan a escuchar con el machete en una mano y la lámpara en la otra Yo apenas lograba verlos por la rendija de la cortina, pero podÃa distinguir sus sombras moviéndose en la oscuridad. La medianoche llegó y nada habÃa pasado. Los perros seguÃan ladrando a lo lejos, pero más allá de eso, todo parecÃa normal. Yo me iba quedando dormido entre los brazos de mi mamá, escuchando el sonido de las pisadas de mi papá y mi tÃo recorriendo el patio. Esa rutina me tranquilizó, como si el hecho de que ellos estuvieran despiertos y armados fuera suficiente para mantener alejado a lo que sea que nos habÃa estado rondando. Mis papás no bajaron la guardia hasta que el cielo comenzó a aclarar. y al amanecer mi tÃo se despidió con la promesa de regresar la noche siguiente.
16:54 Mi papá entró a la sala con el rostro cansado, pero se notaba que seguÃa dispuesto a repetir la vigilancia todas las veces que fuera necesario. Esa madrugada no escuchamos los golpecitos en la ventana, ni se volvió a ver la cara blanca. Todo quedó en un silencio inquietante, como si lo que nos habÃa estado molestando hubiera sabido que esa noche lo esperaban afuera. Durante las tres noches siguientes, mi papá y mi tÃo repitieron la misma rutina. Se levantaban cuando todos ya estábamos acostados, se colocaban las lámparas en la cintura y llevaban los machetes en la mano. Caminaban despacio por el patio, alumbrando hacia la calle y hacia el monte cercano. Revisaban cada rincón como si esperaran encontrar a alguien escondido detrás de los arbustos o junto a la cerca. Yo los escuchaba desde la sala, porque todavÃa no me dejaban volver a mi cuarto, y cada paso suyo me daba cierta tranquilidad. A pesar de que estaban atentos, nunca hallaron nada. No hubo sombras cruzando el patio, ni huellas nuevas en la tierra, ni ruidos que justificaran lo que habÃamos vivido. era como si todo se hubiera detenido de golpe yo esperaba cada madrugada los golpecitos en la madera convencido de que volverÃan pero no ocurrió la tabla seguÃa en su lugar sin señales de haber sido tocada la cara blanca tampoco volvió a aparecer en el vidrio el tiempo comenzó a pasar y la tensión que nos habÃa mantenido despiertos fue disminuyendo poco a poco Mi
18:28 mamá empezó a insistir en que quizá todo habÃa terminado, que la bendición del padre habÃa hecho efecto y que ya no tenÃamos de qué preocuparnos. Mi papá no decÃa mucho, pero lo notaba menos rÃgido, como si él también quisiera creerlo. Mi tÃo, por su parte, se despidió al final de la tercera noche diciendo que ya no valÃa la pena seguir montando guardias si no aparecÃa nada. Prometió regresar si lo volvÃamos a necesitar. pero estaba seguro de que no iba a hacer falta con el paso de los dÃas la vida en la casa fue recuperando cierta normalidad dejamos de hablar de lo ocurrido en la mesa y mis padres procuraban distraernos con tareas o juegos para que dejáramos de pensar en la ventana el miedo aunque no desapareció por completo fue haciéndose menos intenso yo todavÃa miraba de reojo hacia la tabla cada vez que entraba a mi cuarto pero aprendà a dormir de nuevo allà La madera nunca se quitó, aunque ya no habÃa razón aparente. Mi papá prefirió dejarla clavada. DecÃa que asà nos asegurábamos de que nadie pudiera acercarse otra vez a mirar desde afuera.
19:38 Esa tabla se convirtió en parte del cuarto.
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