Oct. 8, 2025

MANADA De NAHUALES Que Me Controlaban Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 Crecí en una comunidad pequeña, formada por unas cuantas familias que se conocían entre sí desde generaciones. Las casas eran de madera levantadas sobre pilotes para evitar la humedad del suelo, y cada una tenía su fogón encendido al caer la tarde. Era común que el humo subiera entre los árboles de pino y que el olor a leña impregnara todo el ambiente. Yo vivía ahí con mis abuelos, mis padres y mi hermano menor, Miguel, que apenas tenía siete años. La vida era tranquila y sencilla. Los hombres trabajaban en la milpa, las mujeres cuidaban los animales y preparaban la comida, y los niños corríamos por los arroyos en temporada de lluvia.

0:47 En las noches la rutina siempre era la misma. Los adultos se sentaban cerca del fogón a conversar, mientras nosotros escuchábamos historias que se repetían cada invierno. Decían que en la sierra había nahuales, hombres que se transformaban en animales y caminaban entre la gente sin ser reconocidos. Los abuelos hablaban de eso con seriedad, como si no fuera un mito sino una advertencia. yo aunque me intrigaba nunca lo había tomado con el mismo peso que ellos para mí eran relatos de antes cuentos que buscaban mantenernos cerca de casa cuando oscurecía Miguel era distinto tenía una curiosidad que lo llevaba a preguntar más de lo que los abuelos estaban dispuestos a responder esa noche en particular después de cenar él se quedó sentado junto al fogón mientras todos platicaban Yo lo veía luchar contra el sueño, con los párpados cayéndole poco a poco. Mi madre le dijo que se levantara para ir a la cama, pero él respondió con voz cansada que quería quedarse ahí escuchando. Nadie insistió, y al poco rato su cabeza se inclinó hacia un costado, quedándose dormido en una posición incómoda frente al calor de las brasas. La plática de los mayores continuó hasta entrada la noche. Yo recuerdo haberme dormido antes de que apagaran las lámparas de petróleo con la imagen de Miguel recargado contra el banco de madera iluminado por el fuego. No

2:18 pensé que hubiera nada extraño en ello porque no era la primera vez que se quedaba dormido en ese lugar. Al amanecer, todo cambió. Escuché el grito de mi madre y me levanté sobresaltado. Miguel seguía junto al fogón, pero su camisa estaba rota y en el pecho tenía rasguños profundos que cruzaban de un lado a otro. La piel estaba marcada con líneas rojas, algunas sangrando todavía, como si algo lo hubiera arañado durante la noche. Mi padre lo cargó con cuidado y lo llevó al catre, mientras mi abuela buscaba un paño limpio para detener la sangre. Yo miraba sin entender cómo era posible que, en medio de todos, dentro de la misma casa, le hubiera pasado algo así sin que nadie lo notara. Los adultos se quedaron en silencio, intercambiando miradas que no necesitaban palabras. Mi abuelo se acercó, vio las heridas y dijo que no parecían de perro ni de gato, eran más largas y parejas, como si hubieran sido hechas a propósito. Después de observarlo un momento, aseguró que Miguel había sido probado por un Nahual y que, desde ese instante, quedaría marcado. Mi abuela asintió y dijo lo mismo, agregando que esas marcas no sanaban de manera normal y que siempre dejarían huella. Mi madre comenzó a llorar preguntando qué significaba estar marcado. El abuelo explicó que a los niños los nahuales los probaban para ver si

3:48 eran dignos de ser perseguidos o protegidos y que no todos salían con vida. Miguel seguía dormido, débil, con el pecho cubierto por vendas improvisadas y la respiración agitada. Yo me quedé junto a él, tratando de asimilar lo que decían, porque hasta ese día nunca había visto algo tan directo que confirmara las historias de los mayores. Ese amanecer quedó grabado en mí. Desde entonces, cada vez que los abuelos hablaban del tema, ya no eran solo advertencias para mantenernos en casa de noche. Habían visto en mi hermano la señal que tanto temían y con sus palabras dejaron claro que nada volvería a ser tan tranquilo como antes. Los días siguientes fueron de preocupación constante. Mi abuela preparaba pomadas con hierbas que guardaba en frascos de vidrio y mi madre pasaba horas aplicándolas sobre las heridas de Miguel. El olor de esas mezclas se extendía por toda la casa, fuerte y amargo. Pero aunque lo curaban con cuidado y lo cubrían con vendas limpias, los rasguños no cicatrizaban como debían.

4:54 Se veían frescos cada mañana, como si se hubieran hecho de nuevo durante la noche. Mi padre, que siempre trataba de darle una explicación lógica a las cosas, decía que tal vez Miguel se rascaba dormido. Pero yo lo había visto dormir quieto, con las manos recogidas a los costados, y no encontraba manera de justificarlo. Además de las heridas, comenzaron a ocurrir otras cosas que nos inquietaban más. Cada mañana, al despertar, Miguel tenía los pies llenos de lodo. Mi madre lo regañaba y le preguntaba a dónde había ido, pero él no respondía nada claro. Decía que no recordaba, que simplemente se había dormido y luego despertaba así. Nadie lo veía salir de la casa, y las puertas seguían cerradas por dentro, sin señales de que las hubiera abierto.

5:48 Aún así, el lodo estaba ahí, fresco y pegado entre sus dedos, como si hubiera caminado por el monte en plena madrugada. lo que más me perturbaba eran sus ojos poco a poco comenzaron a enrojecerse como si siempre estuviera desvelado a ratos se le veían las venas marcadas y cuando nos miraba parecía que su vista se quedaba fija por demasiado tiempo no era el mismo miguel risueño que buscaba jugar conmigo a cada momento Era como si se hubiera vuelto más distante, atento a algo que nosotros no podíamos ver. En ocasiones, mientras hablaba, su voz cambiaba de un instante a otro. Sonaba más grave, ronca, y en vez de palabras completas, emitía gruñidos que parecían salidos de un animal. La primera vez que lo escuché se me heló la sangre, porque estábamos solos en el patio y juré que alguien más había gruñido cerca, hasta que me di cuenta de que había sido él. Los animales también lo percibieron. Teníamos gallinas, un par de cabras y dos perros que solían seguirnos a todos lados. Desde que Miguel apareció con esos cambios, los animales dejaron de acercarse a él.

7:00 Las gallinas se alborotaban y se apartaban en cuanto lo veían pasar. Los perros, que siempre se le echaban encima para jugar, comenzaron a gruñirle desde lejos, con el lomo erizado, hasta que optaron por esconderse bajo el corredor de la casa. Una tarde, vi como uno de los perros salió corriendo al sentirlo cerca, como si lo persiguiera algo invisible. Fue en ese momento que entendí que lo que le pasaba a mi hermano no era algo que pudiéramos ignorar. El abuelo fue el primero en decir lo que todos pensaban, pero no se atrevían a mencionar. Se sentó junto al fogón mirándonos a todos con esa seriedad que le conocíamos, y aseguró que lo que ocurría no era un simple malestar.

7:45 Dijo que Miguel estaba marcado y que lo seguían, y que había que vigilarlo de noche para saber que lo rondaba. Nadie lo contradijo. Mi padre, aunque no quería aceptarlo, terminó cediendo, porque cada día el niño mostraba un cambio distinto. Esa misma noche, el abuelo se preparó. Colocó su silla de madera frente al fogón con un machete apoyado a un costado y una lámpara de petróleo encendida sobre la mesa. Dijo que no pegaría el ojo hasta ver con claridad lo que le sucedía a su nieto. Yo me ofrecía a acompañarlo, pero él me ordenó que me quedara en la cama. Aún así, no logré dormir. Desde mi catre, escuchaba el crujido de la madera bajo el peso del abuelo cada vez que se movía en su silla y el murmullo bajo de las oraciones que repetía. El ambiente dentro de la casa era pesado, y aunque intentaba convencerme de que no pasaría nada... Me quedé despierto esperando el momento en que descubriéramos qué cosa venía a buscar a Miguel.

8:46 Esa madrugada abrí los ojos por un ruido que no debía estar ahí. Era un golpeteo suave al principio, como cuando la madera se mueve con el viento, pero después se escuchó más claro. La puerta de la casa vibraba con insistencia. Me incorporé en el catre todavía adormilado y vi a Miguel frente a la salida. Estaba inmóvil, con la mano apoyada en el marco y la vista fija hacia el monte. La tenue luz de las brasas apagadas apenas alcanzaba para mostrar su silueta, pero bastaba para darme cuenta de que estaba tenso, como si lo jalaran desde afuera. El abuelo, que llevaba varias noches sentado en la silla junto al fogón, se levantó de inmediato. Le habló a Miguel con calma, diciéndole que regresara a la cama. Dio un paso hacia él, pero mi hermano no respondió ni se movió. Parecía atrapado en un trance, con los hombros rígidos y los pies bien plantados en el suelo. Yo apenas podía respirar, observando cómo todo sucedía sin entender qué lo dominaba. De pronto, Miguel empujó la puerta con una fuerza que no era normal para su edad. La madera se abrió de golpe, dejando entrar el aire helado de la madrugada. Antes de que el abuelo alcanzara a detenerlo, salió corriendo hacia la brecha oscura, con pasos rápidos que sonaban firmes sobre la tierra. Todo ocurrió en cuestión de segundos, lo suficiente para que yo me quedara paralizado al verlo

10:17 desaparecer en la negrura. El abuelo giró hacia mí con el machete en la mano y la lámpara de petróleo en la otra. Me dijo que lo siguiera sin perder tiempo, que no había forma de avisar a mi padre ni a nadie más, porque cada instante que pasara lo alejaría más. Sus palabras fueron firmes, sin dejar espacio para dudas. Me levanté deprisa, me calcé las sandalias y corrí detrás de él, con el corazón acelerado y el miedo apretándome el pecho. Desde adentro de la casa escuché la voz de mi abuela. Ella había despertado también y gritaba el nombre de Miguel mientras pedía ayuda a los familiares que vivían cerca. Su voz se quebraba en un llanto desesperado, llamando a mi padre y a mi madre. Pero nosotros ya estábamos afuera, siguiendo la brecha con la luz temblorosa que apenas iluminaba unos metros delante de nosotros. El aire olía a humedad y a tierra mojada. La oscuridad parecía cerrarse en torno al camino, y yo solo podía distinguir el contorno de los árboles cuando la lámpara pasaba frente a ellos. El abuelo avanzaba con pasos seguros, aunque se notaba la tensión en sus movimientos. Yo lo seguía de cerca, mirando hacia todos lados con la sensación de que no solo perseguíamos a Miguel, sino que algo más nos vigilaba desde la oscuridad.

11:42 Los gritos de mi abuela se fueron apagando a lo lejos, reemplazados por el sonido de nuestras pisadas sobre las piedras y el eco lejano de los pasos de Miguel. Él no se detenía. Corría con una determinación inquietante, como si conociera perfectamente a dónde lo estaban llevando. Yo sabía que el abuelo tenía razón. Si perdíamos tiempo en buscar ayuda, jamás volveríamos a alcanzarlo. Esa madrugada me quedó grabada como el momento en que comprendí que mi hermano ya no se pertenecía del todo. y que lo que lo jalaba hacia el monte estaba mucho más cerca de lo que queríamos aceptar. Caminábamos a paso rápido por la brecha, alumbrados sólo por la lámpara de mano que el abuelo llevaba al frente. La llama se movía con cada sacudida de su brazo. arrojando sombras que se estiraban y se encogían contra los troncos de los pinos yo trataba de no apartarme de su lado con la vista fija en el suelo para no tropezar con las piedras que sobresalían del camino el aire era húmedo y helado con un silencio que sólo se rompía por nuestras pisadas apresuradas y el crujido de ramas bajo los pies Después de un rato, empecé a notar que no íbamos solos. A los costados del camino, entre los árboles, se escuchaban movimientos extraños. No eran pasos claros, sino arrastres rápidos, como si alguien se deslizara por la maleza acompañándonos. Miraba hacia la oscuridad, pero la luz no alcanzaba a penetrar más allá de unos

13:14 metros y todo se convertía en sombras densas. El abuelo también lo escuchó, porque levantó la lámpara hacia la derecha y luego hacia la izquierda, en busca de lo que se movía. Los ruidos seguían apareciendo, primero cerca y luego más lejanos, como si algo jugara con nuestra atención. Yo sentía que nos seguían desde varios lados a la vez, y el miedo me hacía apretar los dientes. el abuelo no se detenía pero me apretó el hombro con su mano libre en señal de que lo mantuviera cerca de pronto el silencio se rompió con un golpe fuerte en las ramas encima de nosotros algo cayó desde lo alto y se plantó frente al camino La tierra se levantó bajo sus pies, y pude ver una figura encorvada que se movía con rapidez. El cuerpo era delgado, con brazos y piernas alargadas que le daban una agilidad extraña. Saltó hacia adelante como un chango, cruzando la brecha en un par de movimientos veloces, y desapareció entre los arbustos del otro lado. El abuelo giró la lámpara de inmediato, tratando de iluminarlo. La luz temblorosa apenas alcanzó a mostrar un rostro oscuro que se volvió hacia nosotros antes de esconderse.

14:29 Lo único que distinguí con claridad fueron unos dientes grandes y brillosos que resaltaban en medio de la negrura, como si sonriera mientras corría. La imagen fue tan breve que me quedé paralizado, incapaz de asimilar si lo que había visto era un animal o algo distinto. la criatura no se alejó escuchamos como trepaba otra vez por los árboles con un ruido ágil de ramas que se quebraban bajo su peso el sonido se movía de un lado a otro sobre nuestras cabezas siguiendo nuestro paso desde arriba De pronto comenzó a soltar unos ruidos extraños, cortos y repetidos, que se parecían a risas. No eran carcajadas humanas, pero tampoco gruñidos de animal. Eran un sonido burlón que se mezclaba con el crujido de las ramas. Yo caminaba mirando hacia arriba, esperando verlo caer de nuevo en cualquier momento.

15:22 La lámpara se agitaba en la mano del abuelo mientras intentaba seguirlo con la luz, pero el movimiento era demasiado rápido y nunca lograba alcanzarlo por completo. La risa seguía acompañándonos desde lo alto, rebotando entre los árboles y haciendo que el monte pareciera vivo, como si se burlara de nosotros en cada paso. Sentí que la brecha se volvía interminable, cada vez más estrecha y rodeada de sombras que parecían cerrarse alrededor. El abuelo no decía nada, solo avanzaba con el machete firme en la otra mano, pero yo podía notar en su respiración que estaba tan tenso como yo. En ese momento entendí que lo que nos seguía no era un simple animal y que esa madrugada nos habíamos metido en terreno que no nos pertenecía. El abuelo se detuvo en seco y levantó el machete hacia el sonido que venía desde arriba. Yo apenas podía respirar, esperando que la criatura volviera a mostrarse entre las ramas. El crujido se hizo más fuerte y de pronto cayó sobre nosotros con una velocidad que no alcancé a comprender. El abuelo levantó el brazo para defenderse, pero aquella cosa le soltó un golpe en la cara tan brutal que lo vi tambalearse hacia atrás. El machete cayó al suelo y la lámpara se balanceó en el aire hasta estrellarse contra la tierra, apagándose de inmediato. Todo se volvió confusión. La luz desapareció y lo único que quedó fue la respiración agitada del

16:54 abuelo y mi propio grito al verlo con la mitad de la cara cubierta en sangre. El ojo le colgaba hacia un costado, sujeto apenas por un hilo de carne, mientras él trataba de mantenerse en pie. El golpe lo había dejado sin fuerzas, y yo corrí hacia él para sostenerlo, sintiendo la sangre caliente empapándome las manos. Lo único que pensé fue en sacarlo de ahí. Lo jalé con todas mis fuerzas, arrastrándolo por la brecha mientras gritaba su nombre una y otra vez. Atrás quedaba la lámpara apagada, tirada en la tierra, y con ella la poca seguridad que nos daba la luz. El monte nos envolvió en una oscuridad total. Detrás de nosotros comenzaron a escucharse pasos que golpeaban la tierra con rapidez, se acercaban y luego se alejaban, como si la cosa jugara a confundirnos. A veces se escuchaban gruñidos fuertes como de un animal rabioso, y después una especie de risa corta que se desvanecía entre los árboles.

17:53 Yo sentía que nos rodeaba, que podía alcanzarnos en cualquier momento, y aún así no me detuve. El miedo me dio la fuerza para cargar con el peso del abuelo, que apenas reaccionaba. Cada metro del camino me parecía eterno. La brecha se hacía más estrecha y mis pies se tropezaban con piedras y raíces que apenas distinguía en la oscuridad. Aún así, seguía avanzando, impulsado por la idea de que, si me detenía, esa cosa nos caería encima. Escuchaba su respiración entrecortada, como si nos persiguiera a unos pasos de distancia, y luego se perdía para aparecer de nuevo más lejos, siempre jugando con nosotros. Cuando por fin vi la silueta de la casa entre los árboles, sentí que las piernas me fallaban. Grité con todas mis fuerzas, llamando a la abuela.

18:44 y ella salió de inmediato al escuchar los ruidos. Al vernos, se llevó las manos al rostro. Corrí hasta el corredor y ahí me derrumbé junto con el abuelo, que ya no respondía. Tenía el rostro cubierto de sangre, inconsciente, con la respiración débil. La abuela comenzó a gritar con desesperación, llamando a los vecinos que vivían cerca. Pedía ayuda entre sollozos, mientras yo trataba de detener la sangre con un trapo que me alcanzó. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo. Los perros del corral ladraban sin parar, como si también sintieran que la cosa seguía rondando en la oscuridad del monte. Esa noche entendí que no habíamos regresado solos, que algo nos había acompañado hasta la puerta, esperando el momento de volver a entrar en nuestras vidas. Esa noche no hubo descanso para nadie. Los perros no dejaron de ladrar hacia el monte, con gruñidos profundos que se mezclaban con aullidos prolongados.

19:44 Se movían nerviosos de un lado a otro en el corral, con el lomo erizado y la mirada fija en la oscuridad. Mi abuela ordenó que cerráramos todas las puertas y aseguráramos las ventanas con lo que tuviéramos a la mano. La casa se llenó de un silencio inquietante entre ladridos y respiraciones agitadas. Nadie se atrevía a hablar demasiado alto, como si el más mínimo ruido pudiera atraer lo que nos rondaba. El abuelo estaba tendido en el catre, con todo el rostro cubierto por vendas improvisadas. Había perdido tanta sangre que parecía dormido en un sueño profundo, con la piel pálida y fría. Mi madre y mi abuela se turnaban para limpiarle las heridas, presionando con trapos mojados y cambiando los paños manchados de rojo. Yo no podía dejar de mirar la silla vacía frente al fogón, donde hasta esa madrugada el abuelo había mantenido la vigilancia, como si su ausencia ahí dejara claro que ya nada volvería a sentirse seguro.

20:44 Pasaron horas en tensión hasta que de pronto escuchamos su voz. Era débil, casi un murmullo que obligaba a todos a acercarse para escucharlo. Con dificultad, alcanzó a decir que lo que había visto en el monte no era un animal habló despacio haciendo pausas por el dolor y explicó que aquella cosa tenía ojos de persona brillando en la oscuridad como si fueran humanos pero en un cuerpo que no lo era nadie respondió pero el silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra yo sentí un nudo en la garganta porque eso confirmaba lo que siempre habían dicho los abuelos que no todos los Nahuales caminaban como bestias, algunos mantenían lo suficiente de persona para burlarse de nosotros.

21:31 La madrugada transcurrió entre susurros y el miedo constante de que en cualquier momento golpearan de nuevo la puerta. Los perros ladraron hasta que el primer rayo de luz asomó detrás de los cerros. Fue entonces cuando empezaron a llegar familiares, alertados por los gritos de mi abuela la noche anterior. Se juntaron en el patio hombres armados con palos, machetes y lámparas de mano. No había dudas en sus rostros. Todos sabían que había que entrar al monte a buscar a Miguel, porque un niño de esa edad no podría sobrevivir solo en esas condiciones. Yo quise acompañarlos, pero mi padre me detuvo y me dijo que me quedara en la casa. Vi cómo se formaron en grupo y se internaron por la brecha, con las lámparas todavía encendidas porque la claridad del amanecer apenas alcanzaba entre los árboles. Pasaron horas antes de que regresaran, cansados, con la ropa llena de lodo y ramas pegadas en los brazos y las piernas.

22:30 No traían a Miguel consigo. Lo único que contaron fue que encontraron huellas descalzas que se internaban hacia lo profundo del monte. Eran huellas pequeñas, inconfundibles, que pertenecían a mi hermano. Siguieron el rastro hasta donde el suelo se volvía un lodazal. Pero ahí las marcas se perdieron por completo. No había más pistas, como si se hubieran borrado a propósito. Cuando escuché eso, sentí que las piernas me temblaban. Imaginé a Miguel descalzo, avanzando bajo la mirada de esa cosa que se movía entre los árboles. Pensé en sus ojos rojos y en los gruñidos que había soltado días atrás, y tuve miedo de que ya no fuera el mismo hermano al que conocía. Esa sensación me acompañó durante todo el día, con la certeza de que él seguía allá afuera, bajo el control de lo que nos había atacado, y que quizá ya nunca volvería a mirarnos como antes. Los días pasaron sin que llegaran noticias de Miguel. Los grupos de búsqueda entraban al monte cada mañana y regresaban por la tarde con las manos vacías. Traían ropa manchada de lodo, ramas pegadas al cabello y el mismo gesto cansado en el rostro. Mi madre lloraba en silencio mientras mi padre trataba de mantener la calma delante de todos, aunque en la mirada se le notaba la desesperación. La casa parecía más grande y más fría sin Miguel adentro. Cada rincón recordaba su ausencia, desde el catre vacío hasta las sandalias

24:01 que había dejado tiradas en un rincón del patio. En el pueblo, los rumores comenzaron a crecer. Unos decían que Miguel ya se había convertido. que el ataque del Nahual no era una advertencia sino una elección. Otros aseguraban que la criatura se lo había llevado para enseñarle el camino, como si lo quisiera formar a su manera. Los comentarios llegaban hasta nuestros oídos por boca de vecinos y familiares, y aunque nadie los decía con mala intención, se sentían como clavos que lastimaban más la herida abierta, Yo trataba de no escucharlos, pero las palabras se quedaban rondando en mi cabeza, haciendo que el miedo creciera todavía más. Cada noche mi abuela se arrodillaba frente al fogón apagado y me pedía que la acompañara en los rezos. Yo lo hacía por obediencia y por esperanza, repitiendo las oraciones que me dictaba, pero con cada día que pasaba sentía que servían de poco. la casa seguía igual de tensa los perros no dejaban de ladrar y miguel no regresaba había momentos en los que mientras rezaba mi mente se desviaba y pensaba en el rostro de mi hermano en sus ojos rojos y en la posibilidad de que estuviera mirándonos desde algún punto del monte Los animales continuaban inquietos, las gallinas picoteaban nerviosas en el suelo, sin acercarse nunca al corral en cuanto caía la tarde. Las cabras pasaban la

25:33 noche de pie, sin echarse, y balaban hacia el monte como si algo se moviera entre los árboles. Los perros, que solían dormir a ratos en el corredor, ahora se mantenían en guardia, con los ojos brillando en la oscuridad y el hocico apuntando siempre hacia el mismo lugar. Era evidente que sentían algo que nosotros no alcanzábamos a ver. Las madrugadas se volvieron insoportables. Desde lo alto del monte llegaban chillidos largos y agudos que descendían hasta el pueblo. No eran gritos humanos ni sonidos de animales comunes. Eran voces quebradas que se estiraban hasta helar la piel. La primera vez que los escuché me tapé los oídos, pero no sirvió de nada porque la vibración parecía meterse en el pecho. Cada vez que sonaban los perros respondían con aullidos frenéticos y la abuela apretaba el rosario contra sus manos hasta que los nudillos se le ponían blancos. una de esas madrugadas mientras todos intentaban dormir un poco pese a los ruidos yo permanecí despierto en el catre miraba hacia el techo sin poder cerrar los ojos con la sensación de que alguien nos vigilaba desde afuera decidí levantarme y asomarme por la ventana que daba al corral lo que vi me dejó sin aire a unos metros de la cerca había una sombra parada completamente inmóvil estaba de pie mirando hacia la casa sin moverse ni un instante

27:04 no pude distinguir su rostro pero la silueta era delgada y más alta de lo normal los perros estaban erizados frente a ella gruñendo sin atreverse a acercarse Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza y retrocedí de golpe, cayendo al suelo con las manos temblorosas. Sabía que esa figura no era un extraño ni un vecino. Era lo mismo que había marcado a Miguel, parado frente a nuestro corral como recordándonos que él seguía allá afuera, bajo su mirada. el día siguiente comenzó con la misma tensión que ya se había vuelto costumbre nadie había dormido bien y los perros seguían inquietos desde la madrugada el aire dentro de la casa estaba cargado como si la espera nos estuviera consumiendo poco a poco Cerca del mediodía llegaron unos jornaleros que regresaban del trabajo. Venían cansados, con la ropa sudada y los machetes colgando del cinturón, pero lo que dijeron no celó a todos. Contaron que en la carretera habían visto a un niño descalzo, sentado a la orilla del camino.

28:11 Dijeron que no había nadie más alrededor y que parecía perdido, lleno de lodo hasta las rodillas. apenas lo escuchamos varios vecinos se levantaron de inmediato yo fui con ellos acompañado de mi padre y de dos hombres armados con palos caminamos a paso rápido por la terracería siguiendo la dirección que habían señalado el corazón me golpeaba el pecho con cada paso con la esperanza de que fuera Miguel pero también con el miedo de verlo convertido en algo que ya no reconociera al llegar al sitio lo vimos Miguel estaba sentado a un lado de la carretera, encorvado, con los brazos caídos y la ropa hecha jirones. Tenía la piel cubierta de lodo seco y fresco a la vez, como si hubiera caminado días enteros por el monte. Los pies estaban llenos de rasguños, y sus ojos, cuando levantó la vista, no mostraban nada. Era una mirada perdida, fija en el vacío, sin reacción al vernos acercar. Corrí hacia él sin pensar. Me agaché para levantarlo, pero su cuerpo se sentía pesado, como si no tuviera fuerzas. Apenas respiraba, con el pecho subiendo y bajando de manera irregular. Mi padre y otro vecino me ayudaron a cargarlo, y lo llevamos entre todos de regreso al pueblo. Yo sentía cómo se me doblaban las piernas con cada paso. pensando que en cualquier momento dejaría de respirar en mis brazos. Cuando

29:42 llegamos a la casa, mi abuela rompió en llanto, se arrodilló junto al catre y le besó la frente, agradeciendo que al menos estuviera vivo. lo acostamos y lo cubrimos con mantas secas la abuela no dejaba de llorar mientras le acariciaba el rostro sucio diciendo que por fin había vuelto aunque apenas reaccionara los vecinos se quedaron en el corredor en silencio con rostros tensos que reflejaban la misma pregunta¿ Qué le había pasado realmente en esos días? Miguel tardó horas en pronunciar palabra. Estaba pálido, con los labios partidos, y solo se movía para respirar con dificultad. Yo permanecía a su lado todo el tiempo, observando cada cambio en su rostro, esperando que abriera la boca. La abuela rezaba en voz baja, con el rosario en la mano, mientras los perros no se apartaban de la puerta, atentos a cualquier ruido del exterior. Ya entrada la noche, Miguel al fin habló. Lo hizo con voz débil, apenas un susurro, pero lo suficiente para que todos guardáramos silencio y nos inclináramos hacia él. Dijo que algo lo tenía controlado. explicó que en su cabeza escuchaba una voz constante que le ordenaba moverse que no le daba descanso y que lo obligaba a internarse en el monte aunque él no quisiera contó que había tratado de resistirse pero su cuerpo se movía solo guiado por esa presencia lo que más nos

31:13 estremeció fue lo que dijo después aseguró que el ser que lo dominaba podía volverse hombre no era sólo un animal rondando entre los árboles tenía forma humana y lo usaba para moverse entre la maleza trepando como si sus pies no tocaran el suelo miguel lo describió como una sombra que se volvía carne con un rostro que cambiaba cada vez que lo miraba de frente mientras hablaba su voz temblaba como si todavía sintiera esa presencia dentro de él yo lo escuchaba sin apartar los ojos de su rostro convencido de que lo que decía no era un delirio ni una confusión había algo real detrás de cada palabra y el miedo que nos dejó a todos fue mayor que el alivio de tenerlo de vuelta cuando miguel recuperó un poco más de fuerzas su voz se hizo más clara esa noche habló entre pausas largas mirando al techo como si todavía escuchara algo dentro de su cabeza Dijo que el ser que lo controlaba lo llamaba hijo.

32:16 Aseguraba que lo acompañaba en todo momento, que se metía en sus pensamientos y lo empujaba a moverse aunque su cuerpo no quisiera. Entre susurros contó que le prometía que pronto serían iguales, que ya no habría diferencia entre él y esa cosa que lo arrastraba al monte. Sus palabras dejaron helados a todos los que estábamos alrededor del catre. El abuelo, con el rostro todavía cubierto de vendas, se enderezó un poco en la silla donde descansaba. Su voz sonó firme a pesar del dolor. Dijo que no debíamos dejarlo solo bajo ninguna circunstancia, porque el Nahual no había terminado con él. Aseguró que volvería a buscarlo, y que lo peor sería confiarse pensando que todo había pasado. Mi padre y dos vecinos asentaron en silencio. sabiendo que lo que había ocurrido en esos días no era un simple susto.

33:11 Esa misma noche, la familia decidió mantener a Miguel vigilado. Lo acostaron en el catre y mi padre le amarró los pies con lazos de ixtle, no para lastimarlo, sino para impedir que se levantara de nuevo en medio de un trance. Miguel no protestó. Al contrario, parecía aliviado, como si él mismo supiera que no podía controlarse cuando dormía. Mi madre se sentó junto a él toda la madrugada, con los ojos abiertos y un candil encendido a su lado, mientras yo permanecía despierto en el otro catre, escuchando cada movimiento dentro de la casa. La madrugada transcurrió con tensión. Afuera, los perros ladraban a ratos hacia el monte, como si algo rondara todavía. Yo no pude pegar los ojos, esperando que en cualquier momento Miguel se levantara con la misma fuerza de días atrás. Cuando llegó el amanecer, lo primero que hizo mi madre fue revisar sus pies. El lazo seguía firme, no se había desatado ni movido un centímetro.

34:15 Aún así, los pies de Miguel estaban cubiertos de lodo fresco, como si hubiera caminado por los charcos del monte mientras todos lo vigilábamos. Nadie entendió cómo había ocurrido. La abuela se llevó las manos al rostro, rezando entre sollozos, y mi padre maldijo en voz baja. El abuelo, con la voz apagada por el cansancio, sólo repitió que eso confirmaba lo que ya temía. No se trataba solo de que lo llamaran desde afuera, también estaba adentro de él. Con los años nunca supimos si el Nahual se fue o si se quedó dentro de Miguel, esperando otra noche para arrastrarlo de nuevo hacia el monte. Él creció con esa marca en el pecho y con recuerdos que jamás quiso compartir del todo. Yo mismo evité preguntar más, porque cada vez que lo hacía se quedaba callado y me miraba con esos ojos que nunca volvía a sentir como los de mi hermano de antes. Soy sepulturero en un panteón.

35:21 Llevo más de 15 años trabajando ahí, cuidando las tumbas y manteniendo el terreno limpio. Es un trabajo que muchos consideran pesado, pero yo me acostumbré desde el principio. Durante el día todo transcurre con calma. La gente llega a visitar a sus muertos, a llevar flores frescas o a encender velas. Yo los saludo, me ocupo de abrir caminos entre las cruces viejas y de reparar lo que el tiempo va desgastando. El sol ilumina cada rincón y los pájaros se posan sobre las lápidas sin que nada parezca extraño. El problema empieza cuando se mete el sol. El ambiente cambia en cuanto el cielo se oscurece y yo apago las últimas velas que dejan los visitantes. Me toca cerrar el portón de hierro y recorrer el lugar para asegurarme de que todo quede en orden. Es entonces cuando los escucho. Pasos que parecen seguirme, siempre detrás de mí a unos metros de distancia. No son rápidos, pero tampoco lentos. Es un andar firme que se detiene cuando yo me detengo y vuelve a sonar cuando avanzo. Al principio pensé que se trataba de perros callejeros. No sería raro que entraran buscando comida entre las ofrendas o que se escondieran en las criptas abiertas. También llegué a creer que podrían ser ladrones de flores, personas que aprovechan la noche para robar coronas frescas y venderlas en el pueblo. Caminaba más rápido para alcanzarlos, pero cada vez que volteaba no encontraba nada. Solo cruces,

36:52 lápidas y las sombras largas de los cipreses meciéndose con el viento. Con el tiempo fui entendiendo que no eran animales ni personas. Los pasos estaban demasiado cerca, a veces justo detrás de mí, y aún así nunca vi a nadie. Lo peor era sentir cómo me acompañaban hasta el último rincón, como si alguien invisible me vigilara de cerca. Había noches en las que llegaba al portón con la respiración agitada, casi corriendo, convencido de que, si me quedaba un minuto más, algo me alcanzaría. Una parte de mí trataba de ignorarlo. Me decía que eran imaginaciones, que tanto tiempo entre muertos había terminado por jugarme en contra. pero en el fondo sabía que no era así. Los pasos eran reales, tenían peso, sonaban contra la grava o sobre la tierra húmeda según el lugar, y aunque no viera a nadie, yo sentía esa presencia pegada a mi espalda. Una noche, cansado de vivir con esa duda, decidí quedarme escondido para averiguar quién rondaba en el panteón después de oscurecer. Apagué la lámpara más temprano de lo habitual. Recorrí el lugar como siempre y fingí que me marchaba. En vez de salir, me escondí detrás de un mausoleo grande, de esos que parecen pequeñas casas de cemento con la cruz incrustada en lo alto.

38:12 Ahí me acomodé en silencio, con la lámpara apagada en las manos y el corazón golpeándome fuerte en el pecho. El viento soplaba entre los árboles y hacía crujir las puertas oxidadas de algunos nichos, pero fuera de eso todo permanecía en calma. Me quedé quieto, esperando, hasta que la oscuridad se volvió más espesa y no se escuchaba nada más que mi propia respiración. Estaba seguro de que, si había algo caminando conmigo todas esas noches, tarde o temprano saldría cuando creyera que yo ya no estaba. Pasada la medianoche, cuando ya llevaba largo rato escondido detrás del mausoleo, escuché algo distinto a lo habitual. No eran pasos detrás de mí, ni ramas agitadas por el viento. Era un sonido pesado, húmedo, como tierra removiéndose a prisa. Al principio pensé que alguien había entrado para profanar una tumba, porque se oían paladas rápidas, seguidas de un resoplido profundo, como si quien escarbaba estuviera agotado pero no se detuviera. Me quedé inmóvil, con la lámpara apagada entre las manos, y agusé el oído para no perder detalle. El ruido venía desde el lado viejo del panteón, donde están las lápidas más desgastadas y las cruces de madera medio podridas. Me asomé con cuidado, pegando la frente a la esquina del mausoleo, y lo vi.

39:35 Entre la penumbra se distinguía la silueta de un hombre delgado, de piel clara, sin camisa, caminando descalzo entre las tumbas. La luz de la luna alcanzaba a iluminarlo apenas, y lo hacía ver aún más extraño. con los huesos de la espalda marcados como si la piel se le pegara al esqueleto se movía despacio arrastrando los pies hasta que se detuvo junto a una cruz de madera ahí se inclinó y cayó de rodillas de golpe como si lo hubieran empujado empezó a convulsionar con la espalda arqueada y los brazos sacudiéndose sin control yo lo miraba sin poder entender lo que pasaba con un miedo que me presionaba el pecho intenté decirme que tal vez estaba enfermo que quizás sufría algún ataque pero lo que ocurrió después me borró esa idea de golpe sus brazos comenzaron a torcerse doblándose hacia atrás de una manera imposible como si los huesos se quebraran por dentro y se reacomodaran con rapidez las piernas se encogieron el torso se inclinó hasta quedar a cuatro patas y el cuello se alargó mientras el rostro se deformaba frente a mis ojos La mandíbula se abrió más de lo normal, los dientes crecieron hasta brillar con la poca luz de la luna, y en cuestión de segundos el hombre dejó de serlo. Lo que quedó frente a la tumba era un perro oscuro, grande, con el lomo erizado y las orejas puntiagudas. Se movía con furia, escarbando la tierra con las patas delanteras a una velocidad

41:07 que parecía inhumana. Cada zarpazo levantaba montones de polvo y raíces, mientras de su hocico salían gruñidos roncos que retumbaban en el silencio del panteón. Yo estaba paralizado. Mi mente me gritaba que corriera, que saliera de ahí antes de que me descubriera, pero las piernas no me respondían. Sentía un frío recorrerme entero, desde la nuca hasta los pies, y lo único que podía hacer era mirar. El animal cavaba con desesperación, como si supiera exactamente lo que buscaba. Al cabo de unos segundos sacó un pedazo de algo que no alcancé a distinguir bien, pero que despedía un olor penetrante, húmedo y podrido. El perro lo sostuvo con los dientes y lo devoró ahí mismo, masticando con fuerza mientras la sangre vieja se mezclaba con la tierra removida. El sonido de los huesos crujiendo dentro de su hocico me revolvió el estómago, y tuve que taparme la boca para no dejar escapar un grito que me delatara. Sentí que el tiempo se alargaba, que cada instante frente a esa escena era más pesado que el anterior. El miedo me había clavado en el suelo, incapaz de mover un músculo, sabiendo que cualquier ruido de mi parte podía hacerlo voltear hacia mí, y aún así no podía apartar la vista de lo que estaba viendo. En ese panteón no solo reposaban los muertos, también rondaban los que habían cambiado de piel. El perro oscuro seguía devorando lo que había sacado de la tierra

42:39 cuando de pronto levantó el hocico. Se quedó quieto, con las orejas erguidas y el lomo tenso, como si hubiera detectado algo. Empezó a olfatear el aire con movimientos rápidos, aspirando con fuerza mientras sus ojos brillaban en la penumbra. Sentí que el corazón se me detenía. La poca distancia que nos separaba bastaba para que me descubriera si daba un paso en falso. Me agaché aún más detrás del mausoleo conteniendo la respiración y recé en silencio porque no volteara hacia mí. Durante varios segundos el animal no se movió, solo permaneció con la cabeza levantada, olfateando como si buscara el origen de la mirada que lo vigilaba. Yo no parpadeaba, con los músculos rígidos y el estómago revuelto. Estaba convencido de que en cualquier momento se lanzaría sobre mí, y ya me imaginaba sus fauces abriéndose para arrancarme en pedazos.

43:36 Pero de pronto se giró en dirección contraria, soltó un gruñido bajo casi como si se riera, y sin previo aviso salió corriendo hacia la salida del panteón. Avanzó con una velocidad impresionante, cruzando entre las tumbas hasta perderse en la oscuridad del monte. Solo escuché el eco de sus patas golpeando la tierra hasta que todo volvió a quedar en silencio. Me quedé escondido un buen rato más, temblando y sin atreverme a salir. El sudor me corría por la espalda a pesar del frío de la madrugada. La lámpara apagada seguía en mis manos, inútil, y yo no encontraba fuerzas para encenderla. Sabía que, si me movía muy pronto, podía toparme de frente con lo que acababa de ver, así que decidí esperar, con los ojos clavados en la brecha oscura por donde había desaparecido. Cuando por fin me animé a salir, caminé con pasos torpes, casi tropezando con las raíces que sobresalían del suelo. Crucé el panteón lo más rápido que pude, sin voltear atrás, con la certeza de que me observaban desde las sombras. Abrí el portón de hierro con las manos temblorosas y corrí hasta la casita donde me quedaba a dormir, cerrando la puerta con un golpe. Esa noche no pegué los ojos, con la imagen de aquel ser repitiéndose una y otra vez en mi mente. Al amanecer regresé al panteón, obligado por mi trabajo pero con el miedo pegado en la piel. La luz del día me daba un poco de confianza, aunque

45:08 en el fondo sabía que lo que había ocurrido no era un sueño. Recorriendo el terreno encontré las huellas frescas en la tierra, marcadas por patas grandes que se dirigían hacia el portón seguí caminando hasta que me detuve en seco frente a una de las tumbas más antiguas la tierra estaba revuelta como si alguien hubiera escarbado durante horas el montículo había desaparecido y en su lugar había un hueco profundo con restos de raíces arrancadas y piedras tiradas alrededor. El ataúd, partido y astillado, sobresalía de la fosa abierta. El olor era insoportable, una mezcla de humedad con carne podrida.

45:48 Me acerqué con el corazón acelerado y vi lo que quedaba dentro. El cuerpo estaba destrozado. Las costillas se abrían hacia los lados como si las hubieran forzado con brutalidad. El corazón ya no estaba en su lugar y lo mismo faltaba con el hígado. El interior del féretro estaba manchado de sangre seca y de tierra húmeda, con huellas de garras marcadas en la madera. Sentí náuseas y tuve que cubrirme la boca para no vomitar ahí mismo. Lo que había visto la noche anterior encajaba con lo que tenía delante. Esa cosa no solo rondaba el panteón, lo usaba como su propio alimento. Esa mañana supe que lo que había estado escuchando durante años no eran pasos sueltos ni ruidos de animales, eran visitas, y yo había sido testigo de cómo un hombre se transformaba en perro para arrancar lo que necesitaba de los muertos. Esa misma mañana, después de ver el ataúd destrozado y el cuerpo mutilado, fui directo a dar aviso a las autoridades del pueblo.

46:50 Llegué a la comandancia con las manos todavía manchadas de tierra y el estómago revuelto por lo que había encontrado. Les conté todo, desde los ruidos en la madrugada, el hombre que vi convulsionar entre las tumbas, hasta el momento en que su cuerpo cambió y se convirtió en un perro oscuro que devoraba restos humanos. Esperaba que al menos revisaran el lugar conmigo, pero apenas terminé de hablar comenzaron las burlas. Uno de los policías me dijo que seguramente los perros carroñeros habían desenterrado el cadáver, que ya había pasado antes en otros panteones descuidados. Otro se rió diciendo que tanto tiempo entre muertos me había afectado la cabeza.

47:33 Les insistí con seriedad, les repetí que lo que vi no era un perro común, que era un hombre transformándose frente a mis ojos, pero ninguno me tomó en serio. Al final, el comandante me advirtió que dejara de inventar historias, porque meter miedo con cosas de brujos o nahuales solo traería problemas en el pueblo. Salí de ahí humillado, con la rabia quemándome por dentro. Caminé de regreso al panteón con la decisión de guardar silencio. Nadie me iba a creer, y peor aún, me exponía a quedar como un loco entre los míos. Pero aunque callara, dentro de mí sabía perfectamente lo que había visto. Esa imagen del hombre torciéndose hasta convertirse en bestia no se me borraba ni un segundo.

48:19 Pasaron unos días en los que intenté retomar la rutina, aunque cada noche me costaba más cerrar los ojos. Al principio pensé que lo ocurrido sería un caso aislado, que quizá aquella criatura solo necesitaba alimentarse una vez, pero pronto comprobé lo contrario. Una mañana, al abrir el panteón, encontré otra tumba removida. La tierra estaba esparcida alrededor y la madera del ataúd mostraba arañazos profundos. Lo mismo ocurrió al día siguiente en otro rincón del camposanto. En cada fosa abierta quedaban marcas grandes sobre la tierra, huellas que no correspondían a ningún perro que yo hubiera visto. Eran más largas, pesadas, como si un animal enorme hubiera caminado en círculos alrededor de las tumbas. el miedo comenzó a extenderse entre la gente aunque nadie me culpaba directamente muchos vecinos comentaban que algo raro estaba ocurriendo en el panteón algunos insinuaban que los muertos estaban inquietos otros que las tumbas eran saqueadas por ladrones Yo me mordía la lengua para no hablar, sabiendo que si decía la verdad volvería a ser objeto de burlas. Una noche, mientras revisaba el registro de entierros en el cuarto donde guardábamos los papeles viejos, algo me llamó la atención. Decidí anotar los nombres de las tumbas profanadas y compararlas con las causas de muerte. Todos los difuntos cuyos cuerpos habían sido removidos tenían un detalle en común.

49:52 Habían muerto de manera violenta. Algunos habían sido asesinados en riñas de cantina, otros en asaltos en el camino, y había incluso un par que habían perdido la vida en accidentes sangrientos. Ninguno había muerto de enfermedad ni de vejez tranquila. Me quedé mirando esa lista con el corazón acelerado. No podía ser casualidad. Esa cosa no elegía cualquier tumba. Iba directo a los cuerpos que habían tenido un final brutal. Como si buscara algo específico en ellos, algo que los demás muertos no podían darle. Guardé los papeles con cuidado y apagué la lámpara, pero toda la noche me quedé pensando en lo que eso significaba. Lo que rondaba el panteón no solo se alimentaba de los restos, estaba siguiendo un patrón, y yo era el único que se había dado cuenta. Esa misma semana murió una vecina anciana, y como era costumbre en el pueblo, asistía al velorio. El salón comunal estaba lleno de familiares y conocidos que rezaban en voz baja mientras el ataúd permanecía abierto al frente, rodeado de flores marchitas por el calor. Me senté en una banca cerca de la entrada, tratando de pasar desapercibido, cuando, entre la multitud, lo vi. Era el mismo hombre que había presenciado aquella noche en el panteón, el que se había convulsionado frente a una tumba hasta transformarse en un perro oscuro. Estaba vestido con ropa limpia, camisa blanca bien

51:22 planchada y un pantalón oscuro. Conversaba con los vecinos como si nada. Algunos lo saludaban con respeto, otros incluso con afecto. Recordé que era dueño de una carnicería en el centro del pueblo, un negocio conocido porque siempre regalaba huesos para los perros y donaba dinero para las fiestas patronales. Todos lo tenían en buena estima, y verlo ahí, sonriendo con tranquilidad, me revolvió el estómago. En un momento me descubrió observándolo y caminó hacia mí. No me dio oportunidad de evitarlo. Me saludó con normalidad, diciéndome que hacía tiempo no cruzábamos palabra. Cuando extendió la mano, yo dudé, pero no podía rechazar el saludo frente a tantos ojos. Apenas estreché su mano, sentí que la piel me quemaba, como si estuviera demasiado caliente para ser normal. Era un calor que me recorrió los dedos y subió por el brazo hasta dejarme helado por dentro. Él sonrió como si no hubiera pasado nada y se alejó para seguir conversando con otros asistentes. Yo me quedé quieto, sin poder concentrarme en los rezos ni en las voces de los vecinos. El recuerdo de su cuerpo doblándose en el panteón se mezclaba con la imagen de su sonrisa tranquila en el velorio. Me preguntaba cuántos de los que estaban ahí lo habrían visto realmente de noche, cuántos sabían lo que era en realidad. Esa noche, de regreso en mi casa, no pude dormir. El cansancio terminó por vencerme, pero lo que vino no fue descanso. Soñé

52:56 con el panteón. En el sueño, las tumbas abiertas estaban frente a mí, con la tierra fresca esparcida por todos lados. Yo caminaba entre ellas con las manos sucias, y en lugar de sentir miedo, me inclinaba sobre la tierra removida y empezaba a escarbar con desesperación. Mis uñas se hundían en la arena húmeda, removiendo piedras y raíces hasta que encontraba pedazos blandos que llevaba a la boca sin pensar. En el sueño probaba esa tierra mezclada con un sabor dulce, parecido a carne vieja mojada, y lo hacía con una ansiedad que no parecía mía. Desperté sobresaltado, empapado en sudor. El cuarto estaba oscuro y lo primero que hice fue mirar mis manos. Las uñas estaban negras, llenas de restos que parecían tierra seca pegada en los bordes. Me pasé la lengua por los labios y sentí un sabor extraño, un dulzor metálico que me revolvió el estómago. Era el mismo sabor del sueño, como si lo hubiera traído conmigo al despertar. Me levanté de golpe con la respiración agitada, sabiendo que lo que rondaba en el panteón ya no se limitaba a las tumbas ni a las noches. De alguna manera había entrado en mí. Volví a mis rutinas de siempre con la idea de que todo había sido un sueño, un desvarío provocado por el cansancio y las noches en vela. Me repetía una y otra vez que lo del velorio no era más que coincidencia, que mi cabeza me estaba jugando malas pasadas. Así, regresé a trabajar

54:29 en el panteón también de noche, apagando las velas y cerrando el portón como si nada hubiera cambiado. Quería demostrarme que todavía tenía control, que lo que había visto no podía afectarme más. Pero los días comenzaron a pesarme. Cada vez que tomaba la pala para remover tierra, un deseo extraño me recorría. No era el impulso común de cavar por obligación, sino una necesidad que me nacía desde el estómago. Hundía la pala en la tierra y me costaba detenerme, como si el simple hecho de escarbar me diera una satisfacción rara. A veces lo hacía más tiempo del necesario, levantando montones que no tenían propósito, solo por sentir el olor húmedo subiendo hacia mí. Una tarde, mientras reparaba una tumba hundida, me descubrí con los dedos manchados de barro No me di cuenta en qué momento los llevé a la boca. Fue instintivo, como si no pudiera evitarlo. El sabor de la tierra se me quedó pegado en la lengua, dulce y metálico, y lejos de darme asco, me hizo querer más. Me quedé mirando mis manos, aterrado de mí mismo, sabiendo que no era normal, que algo dentro de mí me estaba empujando a probar lo que antes me habría repugnado.

55:46 Los días siguientes no mejoraron. Empecé a sentir que el trabajo me llamaba de otra manera. El sonido de la pala contra la tierra retumbaba en mis oídos, y cada golpe me provocaba una sensación de calma que rozaba el placer. Ya no estaba seguro de si realmente era yo o si lo que había visto aquella noche me había dejado una marca que crecía sin que pudiera detenerla. Una madrugada, mientras recorría el lado más viejo del panteón, la tensión se volvió insoportable. Caminaba entre las tumbas agrietadas cuando de pronto escuché mi nombre. No fue un grito ni un murmullo lejano, fue un susurro apagado que venía desde abajo, justo desde una de las fosas más antiguas. Me quedé helado, con la lámpara temblando en mi mano. El sonido volvió a repetirse, apenas audible, arrastrándose entre la tierra. Era mi nombre, pronunciado con una voz ronca, como si me llamaran desde lo profundo. Retrocedí de inmediato, tropezando con una raíz. Caí sentado y la lámpara se inclinó hacia un costado, iluminando la tumba desde un ángulo extraño. Fue entonces cuando lo vi.

56:59 La tierra se movía, temblaba, y poco a poco una mano comenzó a salir de la superficie. Era delgada, con la piel grisácea y las uñas largas cubierta de polvo. Se agitaba débil, temblorosa, como pidiendo ayuda para salir. El aire me faltó. Me arrastré hacia atrás con las piernas, incapaz de apartar la vista de esa mano que se retorcía buscando algo que no encontraba. Cada fibra de mi cuerpo me gritaba que corriera, pero otra parte de mí quería acercarse, quería hundir las manos en la tierra y ayudarla a salir. La lucha dentro de mí fue brutal, porque ya no sabía si seguía siendo dueño de mis actos o si el llamado de ese monte y sus muertos ya me tenía atrapado por completo. Cuando vi aquella mano temblando salir de la tierra, lo primero que hice fue retroceder a toda prisa y correr hacia el portón.

57:55 Salí del panteón con el corazón a punto de salirseme del pecho, gritando por ayuda. Alcancé a despertar a dos vecinos que vivían cerca y los convencí de acompañarme. Les conté lo que había visto, la voz que me llamó desde abajo y la mano que pedía auxilio. Ellos se miraron entre sí, dudando, pero terminaron siguiéndome, armados con lámparas y palos. Cuando regresamos al lugar, la tumba estaba en calma. La tierra se veía lisa, como si nunca hubiera sido removida. No había huellas ni rastros de que algo hubiera salido de ahí. Ni siquiera las marcas de mis pasos estaban claras, como si el suelo se hubiera acomodado por sí mismo.

58:38 Los vecinos me acusaron de haberme confundido, de haber soñado despierto. Se rieron un poco, nerviosos, y me advirtieron que no los volviera a sacar de sus casas por cosas de fantasía. Yo no respondí nada, solo me quedé mirando la fosa, con el frío recorriéndome el cuerpo. Sabía lo que había visto y estaba seguro de que no había sido un sueño. Desde esa noche empecé a sospechar que el hombre que vi transformarse en el panteón no se conformaba con lo que hacía entre las tumbas. Algo en mí me decía que lo que rondaba estaba pasándome a mí poco a poco, metiéndose en mi mente y en mi cuerpo, igual que lo hacía con él. No había otra explicación para mis sueños, para las ganas de probar la tierra, ni para la mano que apareció solo frente a mis ojos. Pasaron unos días en los que traté de ignorar mis pensamientos, pero las cosas no se detuvieron. Una tarde me quedé trabajando solo, reparando un muro de piedra cerca de los nichos más viejos.

59:43 El aire se volvió distinto de repente, más pesado, como si faltara oxígeno. Respirarse me hacía difícil y el silencio se volvió denso, interrumpido por un olor penetrante. Era un olor metálico, fuerte, idéntico al de la sangre fresca. Cerré los ojos y tragué saliva, pero el aroma no se iba. Al contrario, se hacía más intenso con cada segundo. Levanté la vista y vi sombras corriendo entre las cruces. eran pequeñas del tamaño de niños pero se movían demasiado rápido sin emitir un solo ruido al tocar el suelo se deslizaban entre lápidas y mausoleos escondiéndose detrás de los nichos como si jugaran conmigo Yo giraba la lámpara en todas direcciones, pero nunca lograba alumbrar una figura completa, solo siluetas que se desvanecían al instante. El miedo me atenazó cuando empecé a escucharlos, voces susurrando mi nombre desde distintos rincones del panteón.

1:00:46 Primero una, muy baja, arrastrando las sílabas. Después otra, más cerca, casi detrás de mí. En segundos se volvió un coro de voces, repitiéndolo desde todas partes con un tono burlón, como si me llamaran para que me uniera a su juego. Me giraba de un lado a otro, sudando frío, sin saber hacia dónde correr. Cada cruz, cada tumba y cada sombra parecía esconder algo que me conocía por completo. Y aunque sabía que debía huir, sentí por un momento el impulso de responder, de contestarles que ya estaba ahí, que no necesitaban seguir llamándome. Fue entonces cuando me di cuenta de que el peligro no estaba solo en lo que veía, sino en lo que esas voces estaban sembrando dentro de mí.

1:01:32 Esa noche el cielo estaba despejado y la luna clara iluminaba el panteón con un resplandor pálido que hacía brillar las cruces blancas y las lápidas gastadas. El aire estaba frío, pero yo no sentía el mismo miedo que otras veces. Había decidido enfrentar lo que fuera que estuviera ocurriendo, porque sabía que si seguía escondiéndome, tarde o temprano me arrastrarían con ellos sin que yo pudiera hacer nada. Me preparé como antes. Apagué la lámpara, fingí que me iba y me quedé oculto detrás del mausoleo más grande, con la vista fija en la brecha que llevaba al portón. No pasó mucho tiempo antes de escucharlo. El sonido de pasos firmes acercándose desde el camino retumbó en medio del silencio.

1:02:21 Reconocí la figura de inmediato. Era el carnicero, el mismo hombre al que todos respetaban en el pueblo, el mismo que había visto doblarse como animal sobre la tierra. Caminaba despacio, como si supiera que nadie lo estaba observando, y se dirigió sin titubear hacia la misma tumba que había abierto la primera vez. Pero esa noche no estaba solo. A los pocos segundos distinguí otras sombras que lo seguían. Eran más delgadas y caminaban con movimientos torpes, casi arrastrando los brazos. Cuando la luz de la luna los alcanzó, me di cuenta de lo que eran. Tres hombres desnudos, cubiertos de barro y tierra. que avanzaban en cuatro patas como si no recordaran caminar erguidos. Sus cuerpos parecían humanos, pero se movían con la agilidad de perros, olfateando el suelo y sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Me quedé helado.

1:03:16 la imagen era tan clara que no había manera de dudar el carnicero se arrodilló frente a la tumba y empezó a escarbar con las manos mientras las otras figuras se movían a su alrededor inquietas como si esperaran una orden sus uñas largas se hundían en la tierra fresca removiendo montones con rapidez El sonido era igual al de un perro rascando desesperado. Me incliné un poco más para ver mejor y en ese momento uno de ellos se giró hacia mi dirección. La luz de la luna cayó sobre su rostro y sentí que el corazón me golpeaba el pecho con violencia. Lo que vi me dejó sin aire. No era un desconocido. No era otra víctima atrapada en ese ritual. Era yo, mi propio rostro, manchado de barro, con los ojos hundidos y brillando en la oscuridad. Me miraba fijamente desde el otro lado de la tumba. La expresión era vacía, pero en esos ojos reconocí algo que me estremeció. No se trataba de un simple reflejo. Era como si una parte de mí ya estuviera entre ellos, escarbando junto al carnicero. Me llevé la mano a la cara, temblando, como esperando encontrarme también cubierto de lodo. Pero mis dedos solo toparon con el sudor frío. Desde la distancia, esa otra versión de mí sonrió con los labios tensos y volvió a inclinarse hacia la tierra. hundiendo las manos en la tumba mientras yo me quedaba paralizado, incapaz de decidir si corría o si debía aceptar que lo que había

1:04:47 visto en mis sueños estaba convirtiéndose en realidad. Desperté tirado entre las tumbas, con la cabeza pesada y las manos ardiendo. Sentía los dedos llenos de tierra húmeda y la piel desgarrada, con sangre seca entre las uñas. Me incorporé despacio, aturdido, y miré a mi alrededor. la tierra estaba amontonada en un círculo amplio como si hubiera pasado horas escarbando sin detenerme frente a mí había un ataúd abierto astillado y dentro no quedaba nada el cuerpo había desaparecido por completo Me quedé mirando ese hueco vacío, con la respiración entrecortada. No recordaba cómo había llegado ahí ni cuánto tiempo llevaba tendido entre las tumbas. Mi ropa estaba cubierta de barro, el sudor me corría por la frente y el olor a podredumbre se mezclaba con un dulzor que me revolvía el estómago. Intenté recordar si había soñado, pero no había sueño alguno. Solo imágenes borrosas de manos hundiéndose en la tierra, uñas quebrándose y carne deshecha entre los dedos. Desde esa noche no volví a sentir el descanso del sueño. No sé si duermo o si simplemente me pierdo en la oscuridad de las madrugadas. Pero al amanecer siempre me descubro en algún rincón del panteón, con la pala entre las manos y los brazos cubiertos de lodo. A veces encuentro tumbas recién cerradas, otras abiertas de nuevo, y nunca estoy seguro de qué enterré o qué desenterré. La línea entre

1:06:19 el trabajo y lo otro se borró para siempre. En el pueblo empezaron a hablar. Dicen que ya no se me ve de día, que mis rondas son solo de noche. Algunos aseguran que desde sus casas escuchan el eco metálico de la pala golpeando la tierra, acompañado de pasos que van y vienen entre las cruces cuando todo está en silencio. Los curiosos que se han atrevido a acercarse cuentan que han visto luces moverse solas y sombras arrastrándose detrás de los mausoleos. Yo no respondo a nada de eso, porque ya no sé qué parte de mí sigue siendo hombre y cuál parte quedó allá adentro, con ellos. Lo único que conservo claro es el sabor. Todavía lo distingo cada vez que me llevo la mano a la boca sin querer, ese sabor dulce de la tierra húmeda mezclado con algo que no debería estar ahí. Y lo peor es que, en lugar de darme asco, siento que me reclama, que me ata más a lo que ya empezó a crecer dentro de mí. Cada vez que lo pruebo, entiendo menos dónde termina mi cuerpo y dónde comienza lo que me habita.

1:07:25 Por eso lo digo como confesión, aunque nadie quiera creerlo. Sigo siendo sepulturero, pero ya no entierro solo muertos. Desde aquella noche, lo que ronda en este panteón también cava conmigo, y cada palada me recuerda que mi cuerpo ya no me pertenece del todo.