July 30, 2025

Le Renté Un Cuarto A Un Hombre NAHUAL Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Hace ya varios años que empecé a rentar una habitación en la parte trasera de mi terreno. Vivo con mi esposo y mis hijos, tengo 42 años, y ese cuarto lo mandé construir con entrada independiente, baño propio y una cocinita pequeña para quien lo ocupe. Lo he rentado a todo tipo de personas, estudiantes, trabajadores de paso, gente que solo necesita unos días. Nunca había tenido problemas graves, más allá de los que no pagan o los que hacen ruido. Una tarde llegó un hombre joven, no pasaba de los 30, tocó la reja con educación y me preguntó si todavía estaba disponible el cuarto. Hablaba poco, pero se le notaba limpio, tranquilo.

0:45 me dijo que trabajaba por su cuenta y que no necesitaba que lo molestaran, pagó el mes completo en efectivo, ni regateó, le entregué las llaves y se metió con una mochila y una maleta chica, durante los primeros días casi no lo vi, nunca salía en la mañana, ni a comprar pan, ni a tirar basura, ni a barrer el pasillo, el cuarto tenía una ventana que daba al patio, Y desde el primer día la cubrió con una lámina de aluminio pegada desde adentro. Ni siquiera dejaba una rendija. Empecé a notar su rutina. Dormía todo el día. No se escuchaba ruido de televisión ni música. Solo silencio. Entre las 8 y las 9 de la noche oía que abría la puerta. Luego, el chirrido de la reja trasera, y ya no sabía más.

1:33 No lo veía salir, solo escuchaba los pasos. A veces pasaba la madrugada entera sin ruido, y antes de que saliera el sol, como a las cinco o seis, volvía a escuchar el portón, y luego la puerta cerrándose de nuevo, siempre el mismo horario. Nunca cambiaba. Una vez me armé de valor para preguntarle a qué se dedicaba. Lo vi saliendo del baño con el cabello mojado y le hice la pregunta casual, como si fuera curiosidad normal. Solo me dijo que trabajaba de noche. Nada más. No explicó en qué. Después de eso no volví a decirle nada. Yo no soy de asustarme fácilmente. He vivido cosas pesadas, pero con ese hombre empecé a sentir algo raro. No miedo todavía.

2:19 solo esa incomodidad que uno siente cuando algo no cuadra. Me decía que tal vez era guardia de seguridad o que trabajaba en alguna granja, pero no traía botas ni uniforme y nunca olía a animales ni a químicos. Una noche me desperté con ganas de ir al baño y, sin querer, escuché la puerta de su cuarto. Me acerqué despacito a la ventana del pasillo. Desde ahí se alcanzaba a ver la reja trasera si uno abría un poco la cortina. Me asomé solo unos segundos. Lo vi salir con una mochila negra colgada del hombro. Caminaba rápido, sin mirar a los lados. Tomó el camino que lleva hacia el monte. No volteó ni una sola vez. Me pregunté a dónde iba, qué hacía a esas horas. No era el típico que sale a correr, ni parecía alguien que cuidara ganado. Parecía más bien alguien que no quería que lo vieran. Me empezó a dar pendiente que volviera tarde, que regresara herido o que estuviera metido en algo feo.

3:20 Pensé en drogas, pero por más que le daba vueltas, no tenía pruebas de nada. Solo eran costumbres extrañas. Lo que sí me quedó claro desde esa noche fue que no era como los demás. Había algo en él que no se parecía a ningún otro inquilino que hubiera tenido. no pasaron ni cinco días desde que ese hombre se instaló cuando empecé a notar el olor era un tufo espeso como a carne cruda mojada que se colaba por la puerta de la cocina cada vez que el viento venía desde el fondo del terreno al principio creí que se me había olvidado sacar la basura o que algo se había quedado echado a perder en el refrigerador Revisé todo, lavé el bote, tiré los trapos sucios, eché cloro en el fregadero, pero el olor seguía apareciendo. No era constante.

4:09 Solo se sentía cuando el aire corría hacia ese lado, y siempre venía del mismo lugar, del cuarto que le había rentado. Me paré varias veces frente a la puerta. Pensé en tocarle, preguntarle si tenía comida echada a perder o si algo se le había derramado. Pero no lo hice. Desde aquella vez que me contestó tan seco cuando le pregunté a qué se dedicaba, no me quedaron ganas de insistirle en nada. No quería broncas. El olor se me metía en la nariz, aunque cerrara puertas y ventanas. Era un olor que se quedaba. No ha podrido del todo, pero sí a carne fresca guardada demasiado tiempo. Como si alguien trajera el mandado en una bolsa sin refrigerar y lo hubiera dejado ahí, no más olvidado. Pensé que tarde o temprano iba a echarse a perder por completo y entonces ya no podría ignorarlo. Un sábado por la mañana, mientras lavaba ropa, escuché que del otro lado de la barda empezaron a gritar. La voz era del vecino, el que vive junto a mi terreno, y discutía con alguien.

5:16 Gritaban fuerte. Alcancé a oír que mencionaban un perro, y luego ruidos de sillas o algo pesado cayendo. Me asomé, pero no vi bien. Solo escuché. En ese momento no entendí qué pasaba. No fue hasta tres días después que supe todo. Fue la hija del vecino, una muchacha joven la que me vino a contar. Dijo que su papá estaba enojado porque el hombre que me rentaba había intentado jalar a su perro por la reja, que lo tenía agarrado del cuello, empujándolo hacia su lado como si quisiera meterlo al terreno. El perro chillaba, no ladraba ni gruñía, solo chillaba como si le doliera. Lo descubrieron porque el señor salió al patio por un ruido y lo vio.

6:01 Cuando le gritó, el hombre soltó al animal y se fue caminando sin decir nada. No hubo reclamos directos conmigo. La gente de la cuadra empezó a verme raro, como si yo tuviera la culpa por tenerlo ahí, como si hubiera metido un problema a la colonia. Y no los culpaba. Yo misma empecé a verlo diferente. Ya no era solo un hombre reservado. Empecé a pensar que no estaba bien. Esa noche, cuando regresó de quien sabe dónde, lo escuché cerrar la reja. Pasos lentos en el pasillo. Luego, la puerta. Se encerró como siempre. Me quedé sentada en la sala con todas las luces apagadas, escuchando, como esperando que volviera a salir. No lo hizo, pero el olor volvió. Se metía por las rendijas aunque cerrara todo. Ya no solo era incomodidad, ahora me daba miedo. Esa noche estaba sola en la casa. Mi esposo y mis hijos habían ido a visitar a la familia y yo me quedé porque al día siguiente trabajaba temprano. Ya era tarde cuando decidí meterme a bañar. Dejé la puerta del cuarto abierta, como siempre hacía cuando estaba sola. Me metí con calma, enjabonándome despacio.

7:17 Y justo cuando me enjuagaba el cabello, sentí que algo me hizo girar la vista. Fue rápido, apenas un parpadeo, pero alcancé a ver un reflejo en la ventana del baño, una sombra o una silueta, algo que no debía estar ahí. Me quedé quieta, con el agua cayéndome en la cara. Luego volteé directo hacia la ventana y juro por lo que más quiera que había alguien parado del otro lado. No vi su rostro, solo la forma, una cabeza, hombros, un cuerpo recto mirando hacia adentro. Grité sin pensarlo. El susto me sacó el aire. Me cubrí con la toalla que colgaba cerca y salí corriendo, chorreando todo el pasillo.

7:58 Me encerré en el cuarto, temblando, sin dejar de mirar hacia la puerta del baño. llamé a mi esposo por teléfono pero no contestó luego marqué al mayor de mis hijos me respondió medio dormido le conté lo que pasó dijeron que venían de regreso llegaron como en 15 minutos todos con cara de preocupación mi esposo agarró una lámpara y salió directo al patio revisó cada rincón buscó huellas no encontró nada ni rastro de que alguien hubiera estado ahí pero yo lo había visto No era un reflejo ni una sombra de algún árbol. Era una figura parada frente a la ventana, sin moverse. Les conté todo. Mis hijos se asustaron. Mi esposo trató de calmarme diciendo que probablemente fue una sombra de las ramas, que entre el vapor y la luz cualquier cosa podía parecer una figura. Sabía que no era imaginación. Sentí la mirada. No era una sensación.

8:57 Después de eso, tapamos la ventana con una sábana gruesa. luego le pusimos hasta un pedazo de triple no queríamos correr riesgos era una ventana chica pero daba justo al fondo hacia el terreno donde estaba el cuarto del inquilino yo no necesitaba más pruebas estaba segura de que había sido él pero no podía comprobar nada no había escuchado su puerta no había visto sus pasos ni siquiera sabía si estaba adentro esa noche Todo lo que tenía era el miedo y la sospecha. En otro momento tal vez hubiera pensado que era paranoia, pero no después de todo lo que había pasado. Mi esposo se quedó dormido en el sillón de la sala con la lámpara en la mano.

9:42 Mis hijos cerraron todas las ventanas. Empecé a evitar pasar cerca de su cuarto cuando él estaba. Si escuchaba su puerta, me encerraba. Si escuchaba la reja, bajaba la voz. Mis hijos empezaron a notar que yo estaba más tensa Les dije que todo estaba bien. No quería asustarlos más. Pero por dentro yo ya había tomado una decisión. Si pasaba algo más, lo iba a correr. No importaba que hubiera pagado el mes o que se molestara. Esa presencia no era normal. Y yo no iba a arriesgarme ni a mí ni a mi familia por quedarme callada. Pasaron tres noches sin sobresaltos. No se oyeron ruidos extraños ni hubo olores fuertes. Todo parecía más tranquilo. Uno de mis hijos se acercó mientras desayunábamos y dijo que había visto un perro meterse al cuarto del inquilino. Le pregunté si estaba seguro.

10:37 Dijo que era pasada la medianoche, que había ido a la cocina por agua y al pasar por el pasillo que da al patio miró por la ventana. el poste de la calle alumbraba una parte del terreno y ahí lo vio un animal de color café oscuro que cruzó corriendo y se metió directo por la puerta del cuarto la puerta estaba entreabierta dijo que al principio pensó que era un perro pero que al verlo mejor se le hizo raro era más largo del lomo con el hocico corto y sin cola No ladraba ni emitía ningún ruido, solo entró. Yo traté de mantener la calma, pero por dentro empecé a temblar. No sabía si creerle por completo, pero ya no podía negar que algo pasaba. Ese mismo día, por la tarde, tuve visita. Era la muchacha de la casa de al lado, la misma que tenía el perro que el inquilino había intentado jalar por la reja. Tenía 22 años y aunque era seria, siempre había sido respetuosa. La vi venir desde la banqueta. Venía sola, con una expresión dura.

11:45 Me saludó y preguntó directo si el hombre seguía viviendo ahí. Le dije que sí. Hizo una pausa y luego me pidió que tuviera mucho cuidado. Me dijo que no lo conocía de antes, que solo lo había visto rondando el solar varias veces antes de que yo le rentara, y que su mamá no quería meterse en problemas, pero ella ya no se quería quedar callada. Me pidió que lo corriera. Dijo que no valía la pena tener a alguien así tan cerca de los niños, que no se veía confiable. Yo me quedé callada, le agradecí a la muchacha y le prometí que iba a hablar con mi esposo. Se fue con una cara seria. No estaba buscando chisme ni exagerando.

12:26 Estaba preocupada. Se notaba. El cuarto seguía oliendo a podrido cuando el aire venía de ese lado. Él seguía saliendo de noche y regresando al amanecer. No lo veíamos comprar comida, ni sacar basura, ni hacer encargos. A la mañana siguiente hablé con mi esposo. Me dijo que ya era hora de sacar a ese hombre de la casa, que no íbamos a esperar a que pasara algo peor. Esa noche me desperté por un ruido. No fue fuerte, pero me sacó del sueño. Miré el reloj. Eran las dos con cinco. Me quedé acostada un momento tratando de escuchar algo más.

13:07 No se oía nada. Pensé que había sido un sueño. Me acomodé para volver a dormir, pero mi esposo no estaba en la cama. Me levanté despacio. Lo busqué en el baño, pero estaba vacío. Al pasar por el pasillo, vi que la luz de la cocina estaba encendida. Lo encontré ahí, parado frente a la ventana que da al patio. tenía la cara seria como concentrado me acerqué y le pregunté qué pasaba me hizo una seña para que no hablara me asomé con cuidado ahí estaba el inquilino parado justo frente a la ventana de la sala tenía la cara casi pegada al vidrio No se movía, solo estaba ahí, viendo hacia adentro. No se alcanzaba a ver la expresión, pero el cuerpo no se movía nada. Mi esposo se quedó observándolo un rato. Yo no podía dejar de mirar.

14:00 Sentía que el estómago se me encogía del miedo. Me entraron hasta ganas de vomitar. No entendíamos qué estaba haciendo. Después de unos segundos, el hombre se alejó un poco de la ventana y caminó hacia la puerta principal. Nosotros nos fuimos al pasillo para verlo mejor desde adentro. Se paró frente a la puerta, se quedó ahí y luego puso la mano en la manija. No hizo fuerza, solo la sostuvo. Parecía que estaba decidiendo si abrir o no. Entonces mi esposo abrió la puerta de golpe y le gritó qué estaba haciendo. El hombre no respondió, dio media vuelta y empezó a correr. Mi esposo lo siguió unos metros, gritándole que se detuviera, que explicara por qué estaba espiando.

14:46 Yo salí detrás de él, pero no crucé el umbral. Me quedé en la entrada, mirando cómo mi esposo avanzaba por el pasillo del jardín. El inquilino ya iba lejos, casi por la parte trasera, rumbo a los árboles que rodeaban la propiedad. Fue entonces cuando se oyó un ladrido. Sonó justo al lado de mi esposo. Un solo ladrido, ronco, profundo, como si un perro grande hubiera gruñido con fuerza a medio metro de él. Mi esposo se detuvo de golpe. Volteó hacia donde se había escuchado, pero no había nada. Yo también miré, pero no vi a ningún animal. Se quedó ahí, quieto. Luego miró hacia el fondo y alcanzó a ver al inquilino alejándose, cada vez más metido entre los árboles. No se desvió ni volteó. Solo corrió hasta perderse entre las sombras. Volvimos a la casa. Cerramos la puerta, apagamos la luz y nos sentamos en la sala. Tardamos varios minutos en recuperarnos del susto. No sabíamos qué pensar.

15:49 Lo habíamos visto con nuestros propios ojos. Estuvo espiando por la ventana. Luego intentó abrir la puerta. Y cuando se sintió descubierto, huyó. Pero lo más extraño fue ese ladrido. Esa noche no dormimos. Nos quedamos despiertos hasta que amaneció. Mi esposo dijo que íbamos a abrir el cuarto. No íbamos a esperar a que él regresara. Ya era suficiente. Nadie normal se comporta así. Nadie sano intenta abrir la puerta de una casa a las dos de la mañana. Después de espiar por la ventana... Cruzamos el patio. Teníamos las llaves del cuarto. Mi esposo las llevaba en la mano.

16:31 Caminamos hasta la puerta del fondo. Ya sentíamos nervios en ojo. Cuando metió la llave, notamos que la chapa no tenía seguro por dentro. Estaba cerrada, pero sin traba. Como si él hubiera salido sin intención de volver. Apenas empujó la puerta, nos llegó el olor. Fue como un golpe directo a la cara. No era solo humedad, como baño tapado mezclado con carne podrida. Retrocedí un paso por instinto y me cubrí la nariz con la mano. Mi esposo aguantó un poco más y terminó de abrir. El cuarto estaba oscuro. Todas las ventanas seguían cubiertas con el aluminio y el calor adentro era sofocante. El aire estaba espeso, pegajoso, como si nadie hubiera ventilado en días. A pesar de eso, entramos.

17:20 Lo primero que vimos fue la cocina. Había una montaña de trastes sucios en el fregadero. Restos de comida, grasa, servilletas mojadas y moscas. En la estufa había una olla con líquido espeso, lleno de moho, como si hubiera hervido algo y luego lo dejó ahí sin limpiar. El refrigerador estaba desenchufado y por la rendija de abajo salía un líquido marrón con olor a leche fermentada y carne echada a perder. Volteamos hacia la mesa. Había una silla de plástico con una bolsa transparente encima. Era una de esas bolsas grandes de mercado. Estaba abierta y dentro había trozos de carne cruda. Ya estaba verdosa, con partes secas y otras viscosas. Olía mal. No sabíamos qué tipo de carne era, ni queríamos saberlo. Mi esposo la envolvió como pudo, sin abrirla, y la metió directo en una bolsa negra. Después la tiró al bote que está en la calle. El baño estaba peor. Cuando abrimos la puerta nos dieron náuseas. El excusado estaba lleno hasta el borde. había papeles sucios por todo el piso. El lavabo tenía manchas negras y pegajosas.

18:33 El espejo estaba manchado con algo que parecía grasa. Todo olía a podrido. Revisamos por si había dejado algo más. No encontramos ropa, ni mochilas, ni documentos. Nada que dijera quién era. Solo basura, restos de comida y ese olor que no se quitaba con nada. En una de las paredes había una mancha oscura, como si hubiera estado quemando algo, pero no supimos si era de vela, de incienso o de otra cosa. No quisimos tocarla. Salimos a tomar aire. Mi esposo fue por un galón de cloro. Volvió con escoba, guantes y dos cubrebocas. Entre los dos limpiamos lo que se podía. Tiramos todo lo que tenía mal olor. Lavamos la estufa, tallamos el piso. Desinfectamos la mesa. En el baño echamos ácido. Cerramos el excusado con una tapa vieja y lo sellamos con cinta. Tardamos más de tres horas.

19:32 Cuando terminamos, cambiamos la chapa por una nueva, le pusimos un candado al pasador, cerramos las ventanas y aseguramos la reja trasera. Dejamos el cuarto vacío, sin muebles, sin nada, como si nunca lo hubiéramos rentado. Ese día no hablamos con nadie, no queríamos que los vecinos empezaran a chismear, pero por dentro sabíamos que habíamos tenido suerte. No sabíamos qué planeaba ese hombre, si iba a meterse a la casa, si quería hacerle daño a alguien o si simplemente estaba loco, pero ya no nos importaba. único que queríamos era que no volviera después de eso juramos no volver a rentar sin referencias hicimos una lista de requisitos credencial teléfono de algún familiar comprobante de trabajo todo no queríamos volver a pasar por algo así a veces cuando paso por el cuarto del fondo aún creo sentir un poco del olor ya no está pero se me quedó grabado El Burro Negro Pasó hace más de 10 años, cuando yo tenía 39. En ese tiempo vivía en un pueblo chico del norte, donde todos se conocían y casi nunca pasaba nada. Trabajaba en una ferretería, un local pequeño que estaba en la entrada del pueblo. Ahí me tocaba atender a gente de todos lados, albañiles, rancheros,

21:02 empleados del ayuntamiento. Fue ahí donde conocí a Fermín, un hombre serio. Era de los que hablaban poco, pero sabían trabajar. Siempre cargaba un machete afilado en la cintura como parte de su uniforme. Un día, el ayuntamiento lo contrató para abrir una brecha en la falda del cerro. Querían que los vehículos de carga pudieran subir si algún día se ofrecía. porque decían que allá arriba había una zona plana que podía servir como punto de vigilancia. El cerro quedaba a unos tres kilómetros del pueblo, aislado, con puras piedras secas, mezquites y sin caminos claros. Desde abajo se alcanzaban a ver unas rocas grandes como si formaran una espina dorsal.

21:46 Por eso la gente le decía el espinazo. A Fermín le tocó machetear solo. Él mismo dijo que no ocupaba ayuda. Se llevó agua, un morral con comida y su machete bien afilado. Al primer día bajó al atardecer. Dijo que ya había limpiado como 50 metros. Al segundo día también regresó aunque cansado. Pasó por la tienda, compró más agua y un pan dulce. Al tercer día ya no volvió. Su esposa fue la que fue a buscarlo primero. Preguntó por él en la presidencia, en la tienda, en la ferretería. Cuando vio que nadie lo había visto en todo el día, fue con el encargado del campamento. Y ahí comenzaron a sospechar.

22:29 Mandaron a unos trabajadores a buscarlo al día siguiente. Entre ellos iba mi primo. Subieron por la brecha, siguiendo las ramas cortadas, las marcas en la tierra. Pero más arriba, ya donde el monte se empezaba a cerrar de nuevo, ya no había rastro de que hubiera seguido macheteando. No estaba su mochila, ni su sombrero, ni su machete. Lo encontraron tres días después, tirado entre unas piedras grandes fuera del camino. Yo no lo vi. Todo lo que sé me lo contó mi primo, que fue el que más se acercó. Dijo que el cuerpo estaba en una posición rara. Estaba boca abajo, con los brazos estirados y la espalda doblada hacia atrás, como si se le hubiera quebrado por la mitad. no tenía ojos sus párpados estaban cerrados pero cuando se los levantaron no había nada sólo marcas negras hundidas tenía mordidas en las piernas y en los brazos no eran como de coyote no se veía que lo hubieran querido comer Más bien, parecía que lo habían arrastrado.

23:34 No había sangre fresca, ni señales de que hubiera peleado. Después de eso, el ayuntamiento mandó cerrar el proyecto. Nadie volvió a subir. Dijeron que se había caído, que tal vez se desorientó, que tal vez algún animal lo atacó. Pero nadie se lo creyó. Fermín era cuidadoso. Conocía el monte, y si se hubiera caído, sus cosas estarían cerca. Pero no estaban. Las herramientas aparecieron más abajo, como si las hubiera dejado ordenadas. El cuerpo estaba al menos cien metros más arriba, entre unas piedras que solo se alcanzaban trepando. Lo enterraron dos días después. Poca gente fue al cepelio.

24:18 Desde ese día, el espinazo quedó solo. Nadie se animó a volver, ni los trabajadores del municipio, ni los curiosos, ni los cazadores, por no saber qué había causado la muerte de Fermín. A los pocos días se empezó a oír un rebuzno en las madrugadas. Sonaba a lo lejos, como si viniera desde arriba. Era fuerte, largo y no parecía de un burro normal. Se oía entre las dos y las tres de la mañana. Al principio pensaron que algún arriero había dejado su animal suelto, pero todos contaron los suyos. Nadie tenía un burro perdido. Nadie había visto uno cerca del cerro, y aún así el rebuzno seguía escuchándose.

25:02 Cada madrugada, siempre a la misma hora, siempre desde el monte. Pasaron unos días después del entierro de Fermín. El pueblo seguía revuelto. En la tienda, en la plaza, en la iglesia, todos seguían hablando de lo mismo. Nadie quería subir al cerro. Decían que ahí se había quedado algo que no debía estar y que lo de Fermín no había sido un accidente. Algunos se persignaban solo con mencionar el espinazo. Otros decían que alguien había hecho un trabajo malo allá arriba. Pero todos coincidían en algo. No había que volver, y menos solos. El rebusno seguía oyéndose en las madrugadas, siempre entre las dos y las tres. A veces parecía lejos, como si viniera desde el cerro. Otras veces se escuchaba más cerca, como si bajara por los caminos de tierra que cruzaban los mezquites. Era un sonido fuerte que duraba varios segundos y después se apagaba. Los perros se alborotaban cuando lo oían.

26:01 Ladraban como si algo estuviera caminando cerca de los solares, pero nadie veía nada. Un hombre que vivía en un rancho a las orillas del pueblo fue el primero que contó algo más claro. Se llamaba Gavino, tenía más de 60 años y vivía solo con su esposa y dos hijos grandes. Criaba vacas y gallinas y siempre andaba armado con un machete viejo colgado de la cintura. Una noche, mientras calentaba café en el fogón de afuera, oyó pasos. Eran lentos, pesados, como de animal grande caminando sobre tierra suelta. Alzó la vista hacia el corral y lo vio. Un burro negro, quieto, parado justo frente a la cerca de alambre. No se movía, solo lo miraba. Gavino lo contó tal cual. Dijo que sintió raro desde el principio. que el burro no parecía uno normal estaba sucio con el pelo alborotado como si viniera de un lodazal pero lo más raro fue que no tenía soga ni marcas no parecía de nadie entró a la casa tomó su lámpara de mano y salió otra vez para verlo mejor el burro seguía ahí pero cuando la luz le dio de frente notó algo que lo dejó frío los ojos no reflejaban nada No brillaban como los de los animales normales. Se veían hundidos, oscuros, como si estuvieran vacíos. El burro dio unos pasos hacia los mezquites. Caminaba lento, sin apuro. Gavino lo siguió pensando que a lo mejor alguien lo había perdido. que tal

27:34 vez venía herido o enfermo. Pero cuando se acercó más, se dio cuenta de que no se movía como los burros normales. Cada paso sonaba raro, como si pisara más fuerte de lo que debía, y no volteaba la cabeza, solo caminaba derecho. En eso, el burro soltó un rebuzno largo, ronco, que parecía salido de un animal enfermo. Fue tan fuerte que los perros de la casa empezaron a ladrar como locos. Gavino sintió un escalofrío. Dio un paso atrás y el burro se detuvo. Luego se echó a correr directo hacia él. Gavino quiso moverse, pero no le dio tiempo. El burro lo tumbó al suelo con el primer golpe. Después lo empezó a patear con fuerza. El hombre solo alcanzó a cubrirse la cara con los brazos, pero las pezuñas del animal le pegaron en el pecho, en el hombro, en las costillas. Gritaba mientras intentaba arrastrarse hacia la puerta, pero el animal no se detenía. Uno de sus hijos, que dormía en un cuarto cercano, oyó los gritos y salió corriendo.

28:39 No llevaba arma, solo agarró lo primero que encontró. Empezó a aventarle cosas al burro, gritándole. El animal se detuvo un momento, lo miró, y luego corrió hacia el monte, entre los mezquites. Gavino quedó tirado en el suelo, adolorido, con la camisa rota y la cara llena de tierra. lo metieron a la casa y llamaron al doctor del pueblo le encontraron tres costillas fracturadas el brazo izquierdo golpeado y moretones en todo el pecho estuvo en cama más de una semana no quiso contar nada a los primeros que fueron a verlo sólo decía que era cierto lo del burro que no era un animal común. Después de eso, el miedo creció. Ya no se hablaba solo de Fermín.

29:24 Ahora todos estaban pendientes del burro negro. El rebusno seguía oyéndose. No todos lo escuchaban, pero los que sí decían que no era normal, que no era un burro perdido. Después de lo que pasó con Don Gavino, ya nadie volvió a mencionar a Fermín. Todo giraba en torno al burro negro. El rebusno se seguía oyendo en las madrugadas, y cada vez más personas aseguraban haberlo visto. Unos decían que caminaba entre los árboles cerca del monte, otros que lo habían encontrado parado a la orilla del camino de terracería, mirando hacia el pueblo. Siempre estaba quieto, nunca corría ni se asustaba, solo miraba. Los rumores crecieron, una señora dijo que el burro había saltado una cerca como si fuera una cabra.

30:13 Un muchacho contó que lo vio desde lejos y que tenía dientes grandes como de perro salvaje. Otro niño que vivía cerca del canal viejo aseguró que se le había aparecido junto a su ventana. Su mamá juraba que el niño despertó temblando, con los pantalones mojados y que ya no quiso dormir solo. Yo escuchaba todo eso, pero no lo creía. Sabía que la gente en el pueblo era dada al chisme. Cuando algo raro pasaba, todos querían decir que vieron más. Y entre más raro lo contaban, más atención les ponían. Pero lo de Gavino fue cierto. Yo lo vi cuando lo llevaban al consultorio. Apenas podía respirar.

30:55 Estuvo una semana sin salir de su casa. Su hijo dijo que todavía tenía miedo. y que no quería ni pasar por la orilla del monte una semana después pasó algo peor fue en una de las calles más solas del pueblo allá por la parte trasera del panteón donde apenas hay tres casas seguidas ahí vivía una familia que no hablaba mucho con los demás el papá se llamaba álvaro tenía una esposa joven y dos hijos chiquitos No salían mucho, solo se les veía en la tienda o cuando llevaban a los niños a la escuela. Contaron que esa noche estaban dormidos, todo estaba en silencio, hasta que oyeron un golpe fuerte contra la puerta, como si alguien hubiera aventado una piedra o empujado con todo el cuerpo.

31:40 Álvaro se levantó pensando que era algún borracho o un ratero. Tomó un palo y fue a ver qué pasaba, pero antes de llegar la puerta se abrió de golpe. No estaba cerrada con seguro. Dijo que lo que entró fue un burro negro. que no parecía asustado ni desorientado. Entró directo al cuarto de la cocina, tumbando lo que encontraba. Se oyó cómo rompió los trastes, cómo arrastró la mesa y rebuznó con fuerza. La esposa alcanzó a agarrar a los niños y se metieron al cuarto del fondo. Cerraron la puerta y pusieron un ropero para trabarla. Desde ahí escucharon los pasos, las patadas contra las paredes, los rebusnos que parecían lamentos. Dijeron que duró varios minutos ahí dentro, que no se fue en cuanto lo quisieron espantar, que pateaba fuerte como si quisiera tirar las paredes. Cuando al fin se fue, todo estaba revuelto. En la cocina no quedó ni un plato entero. La alacena tenía una tabla rota, y hasta en el colchón donde dormían los niños había marcas de pezuñas la mesa estaba de lado el refrigerador movido y una de las sillas rota por completo la familia quedó temblando no supieron a quién contarle primero Pero, como ya había pasado lo de Gavino, varios les creyeron sin dudar. Después de eso, la palabra Nahual empezó a sonar más seguido. Nadie lo decía con seguridad, pero todos

33:11 la pensaban. Decían que ese burro no era un burro, que algo se había metido en él, o que alguien se estaba transformando. Yo no quise creerlo en ese momento. Ese mismo día, en la tarde, un señor mayor que vendía elotes en la plaza dijo que había visto al burro pasar frente a su casa cuando apenas clareaba, que no caminaba normal, que parecía flotar un poco al dar el paso, otro joven que vivía cerca del canal. Juró que lo había visto oler las rejas de una ventana como si buscara algo. Todos empezaron a cerrar sus puertas más temprano, a encerrar a los animales. El miedo se volvió rutina, ya no se trataba de si era real o no, era cuidarse por si acaso, porque el burro ya no era un cuento. Había gente herida, casas destruidas y nadie sabía cuándo volvería a aparecer. En la ferretería donde yo trabajaba empezó a llegar gente que nunca antes había visto. Pedían cadenas gruesas, candados de gancho largo, clavos, mallas, láminas, alambre de púas. Algunos preguntaban directamente qué servía más para reforzar puertas de madera. Otros querían algo para tapar las rendijas de las ventanas o para cerrar los portones del patio.

34:29 En una sola semana vendimos lo que normalmente se movía en un mes. Ni en temporada de lluvias nos iba así. Una señora llegó preguntando por cerraduras, pero no tenía claro para qué tamaño. Le dije que si quería podía traer las medidas. Me respondió que no, que solo quería poner más cosas entre la puerta y el animal ese. Otra mujer, más joven, pidió alambre de púas como para una cerca pequeña. Le pregunté si tenía animales, pero me dijo que no, que era para el borde del techo, que no quería que se subiera nada. Los más desconfiados eran los hombres que vivían en las orillas. Algunos llegaban en moto, otros caminando.

35:12 uno traía una lista escrita en una servilleta pedía clavos grandes bisagras tabla de pino y malla ciclónica dijo que tenía un corralito de gallinas y que la noche anterior se habían alborotado sin razón que no quería arriesgarse una señora mayor doña elvira vino con una lista que le había hecho su hijo era corta clavos alambre y un hacha mientras se la preparaba me contó que su nieto no quería dormir solo tenía apenas ocho años dijo que lo había oído llorar en la madrugada Y cuando fue a verlo, el niño le dijo que había un burro parado junto a la ventana, que lo estaba viendo. Ella revisó, pero no había nada. Aún así, le creyó. Dijo que el niño no era mentiroso. Las conversaciones ya no eran discretas.

36:04 En cualquier parte se hablaba del burro. Algunos querían decir que era brujería. Otros hablaban de nahuales. Uno que otro decía que era un demonio disfrazado. Yo escuchaba sin meterme, pero notaba cómo la gente empezaba a juntar agua bendita, a poner ramas de pirul en las puertas, a encender veladoras blancas al caer la noche. Aunque no pasaba nada nuevo, el miedo estaba en todas partes. Los perros ladraban más de lo normal, los gatos no querían salir y algunas vacas dejaron de comer. La gente no dormía bien, se despertaban a cada rato por ruidos que antes no les importaban.

36:44 Para mí fue claro que el pueblo ya no estaba tranquilo. Esa tarde llegó un muchacho corriendo a la ferretería. Dijo que don Simón había matado al burro. Al principio pensé que era otra exageración, pero el rumor se regó rápido. En menos de una hora ya lo sabían todos en el pueblo. Decían que lo había encontrado parado entre unas piedras, quieto, y que le había disparado con el rifle viejo que siempre llevaba colgado en la espalda. don simón era un hombre solo vivía en un jacal de lámina y madera por la vereda del monte tenía fama de serio a veces vendía leña otras veces carne de conejo siempre andaba con su sombrero de palma los pantalones amarrados con mecate y un machete corto en la cintura Contó que ese día había salido a cortar leña temprano y que antes del mediodía vio al burro entre las piedras. No se movía, solo estaba ahí. Don Simón no dijo nada, solo levantó el rifle, apuntó y jaló el gatillo. Cayó de inmediato.

37:49 No rebusnó, no pataleó, no se retorció. Se fue para abajo como costal, directo sobre las patas y ahí quedó. Cuando lo contó, ya había gente reunida afuera de su casa. Algunos no le creían. Otros querían ver el cuerpo. Se armó un grupo entre vecinos, curiosos, y uno que otro que venía desde el otro lado del arroyo. Yo también me fui. Ver si de verdad era el mismo animal que había atacado casas, que había espantado a los niños, que tenía al pueblo entero sin dormir. Éramos más de veinte. Don Simón caminaba adelante con el rifle al hombro. No hablaba mucho. Solo decía que era por allá, cerca de donde estaban las piedras grandes. Tardamos como media hora en llegar.

38:35 El monte estaba seco. Se sentía el calor pegado en la espalda. Cuando nos acercamos, varios se taparon la nariz. Olía a podrido. A charco estancado con animal muerto. El burro estaba tirado boca abajo, con las patas estiradas y la panza inflada como globo. Tenía los ojos abiertos, pequeños, oscuros, sin brillo. Nadie se atrevía a tocarlo. Solo lo rodeaban. Algunos cuchicheaban, otros se santiguaban. Uno decía que no podía ser el mismo, que el que él había visto tenía una mancha blanca en la frente. Otro aseguraba que sí era, que lo reconocía por las orejas largas y flacas. Ninguno lo reclamó. Ahí estaba Ando Neulogio, que tenía animales. El hijo de Nabor, que arriaba burros para cargar costales. Todos decían lo mismo, ese no era de nadie, no traía soga, ni marcas, ni la cabeza pelada por costumbre. Tenía tierra seca en el lomo, pero no se veía golpeado ni lastimado, más allá del disparo, solo hinchado, como si lo hubieran inflado por dentro. Una señora gritó que no lo tocaran, que esperaran a ver si cambiaba de forma. Otro decía que lo dejaran ahí hasta que cayera la noche a ver si se levantaba. Algunos querían traer gasolina y prenderle fuego.

39:58 Nadie lo hizo. Solo nos quedamos ahí parados sin saber qué hacer, observándolo y platicando entre nosotros. Yo me acerqué más. Quería ver su cara. Tenía los ojos ahí, completos, pero vacíos. Ni siquiera parecían muertos. Parecían de animal de peluche. El cuerpo ya estaba frío. Lo toqué con una rama seca. No se movió. Alguien dijo que tenía días muerto. Él lo sostuvo, juró por su madre que todavía se revolcaba cuando llegó al jacal, que fue ese mismo día a eso de las diez. Algunos se fueron, otros seguían esperando que algo ocurriera. Un señor del grupo, don Eliseo, dijo que eso no era un burro normal, que parecía hinchado por dentro, pero que no se veía sangre, ni moscas, ni rastro de descomposición. solo la panza grande y tensa una mujer preguntó si alguien lo había visto moverse antes del disparo don simón dijo que no que estaba como petrificado después de casi una hora la mayoría se fue había visto burros muertos antes pero ninguno así ninguno con esa hinchazón cuando regresamos al pueblo ya se hablaba de quemarlo pero esa noche no se supo que hicieron nadie volvió a hablar de moverlo sólo quedó la imagen del burro inflado con la mirada vacía y las patas estiradas.

41:25 Dos días después de que don Simón mató al burro, llegó un niño a la ferretería con la noticia. Dijo que el viejo había muerto en su casa, que lo encontró uno de los hombres del monte cuando pasó a dejarle leña. Decía que estaba acostado junto a la mesa con los ojos abiertos. En menos de una hora el pueblo entero ya sabía. Dijeron que fue infarto, que no hubo señales de lucha ni de enfermedad, que no alcanzó a pedir ayuda. Solo cayó, murió solo, igual que vivía. Algunos lo tomaron como una coincidencia. En la tienda se oían las voces bajas hablando de castigo. Decían que eso del burro no era cosa común, que don Simón no debió tocarlo, que eso no era un animal normal y que matarlo fue meterse con algo que no entendía. En la iglesia también se habló. Una señora le dijo al padre que había sido por atreverse a disparar. Otra decía que lo había mirado a los ojos, que por eso le tocó así. Yo no dije nada. La verdad sí se me hizo raro. Don Simón era fuerte, aún para su edad. Nunca lo oí quejarse del pecho, ni que se enfermara. Caminaba a distancias largas, subía el monte como si tuviera veinte años menos. Y justo después de matar al burro, así de la nada, se muere en su mesa.

42:50 Claro que se me hizo raro. Después de eso, el rebuzno desapareció. Ya no se oía en la madrugada, ni en la falda del cerro, ni en los ranchos. Los perros ya no ladraban como antes. Las gallinas dormían sin alterarse. No hubo más ataques. Nadie volvió a decir que lo habían visto cerca. El hombre del rancho con el tiempo volvió a caminar bien. La gente se tranquilizó. A veces en la banqueta o en la esquina de la carnicería salía alguien con el cuento de que lo había visto otra vez, que por el camino viejo, que junto al arroyo, que cerca del panteón. siempre lejos, siempre cuando nadie más estaba, yo no les creía, se les notaba que querían seguir con el tema, como si les gustara tener algo raro que contar, nunca volvió a haber señales, no sé si era un nahual o un mal disfrazado de animal, solo sé que dejó huella, no solo por los ataques ni por el miedo, también por cómo cambió a la gente,¿ Cómo los hizo cuidarse, encerrarse, hablar distinto? Y aunque nunca más se oyó el rebuzno, cada vez que paso cerca del monte pienso en Don Simón.¿ En cómo se veía ese cuerpo inflado, con los ojos abiertos?