Le Renté Un Cuarto A Un Hombre NAHUAL Historias De Terror - REDE
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0:02 Hace ya varios años que empecé a rentar una habitación en la parte trasera de mi terreno. Vivo con mi esposo y mis hijos, tengo 42 años, y ese cuarto lo mandé construir con entrada independiente, baño propio y una cocinita pequeña para quien lo ocupe. Lo he rentado a todo tipo de personas, estudiantes, trabajadores de paso, gente que solo necesita unos dÃas. Nunca habÃa tenido problemas graves, más allá de los que no pagan o los que hacen ruido. Una tarde llegó un hombre joven, no pasaba de los 30, tocó la reja con educación y me preguntó si todavÃa estaba disponible el cuarto. Hablaba poco, pero se le notaba limpio, tranquilo.
0:45 me dijo que trabajaba por su cuenta y que no necesitaba que lo molestaran, pagó el mes completo en efectivo, ni regateó, le entregué las llaves y se metió con una mochila y una maleta chica, durante los primeros dÃas casi no lo vi, nunca salÃa en la mañana, ni a comprar pan, ni a tirar basura, ni a barrer el pasillo, el cuarto tenÃa una ventana que daba al patio, Y desde el primer dÃa la cubrió con una lámina de aluminio pegada desde adentro. Ni siquiera dejaba una rendija. Empecé a notar su rutina. DormÃa todo el dÃa. No se escuchaba ruido de televisión ni música. Solo silencio. Entre las 8 y las 9 de la noche oÃa que abrÃa la puerta. Luego, el chirrido de la reja trasera, y ya no sabÃa más.
1:33 No lo veÃa salir, solo escuchaba los pasos. A veces pasaba la madrugada entera sin ruido, y antes de que saliera el sol, como a las cinco o seis, volvÃa a escuchar el portón, y luego la puerta cerrándose de nuevo, siempre el mismo horario. Nunca cambiaba. Una vez me armé de valor para preguntarle a qué se dedicaba. Lo vi saliendo del baño con el cabello mojado y le hice la pregunta casual, como si fuera curiosidad normal. Solo me dijo que trabajaba de noche. Nada más. No explicó en qué. Después de eso no volvà a decirle nada. Yo no soy de asustarme fácilmente. He vivido cosas pesadas, pero con ese hombre empecé a sentir algo raro. No miedo todavÃa.
2:19 solo esa incomodidad que uno siente cuando algo no cuadra. Me decÃa que tal vez era guardia de seguridad o que trabajaba en alguna granja, pero no traÃa botas ni uniforme y nunca olÃa a animales ni a quÃmicos. Una noche me desperté con ganas de ir al baño y, sin querer, escuché la puerta de su cuarto. Me acerqué despacito a la ventana del pasillo. Desde ahà se alcanzaba a ver la reja trasera si uno abrÃa un poco la cortina. Me asomé solo unos segundos. Lo vi salir con una mochila negra colgada del hombro. Caminaba rápido, sin mirar a los lados. Tomó el camino que lleva hacia el monte. No volteó ni una sola vez. Me pregunté a dónde iba, qué hacÃa a esas horas. No era el tÃpico que sale a correr, ni parecÃa alguien que cuidara ganado. ParecÃa más bien alguien que no querÃa que lo vieran. Me empezó a dar pendiente que volviera tarde, que regresara herido o que estuviera metido en algo feo.
3:20 Pensé en drogas, pero por más que le daba vueltas, no tenÃa pruebas de nada. Solo eran costumbres extrañas. Lo que sà me quedó claro desde esa noche fue que no era como los demás. HabÃa algo en él que no se parecÃa a ningún otro inquilino que hubiera tenido. no pasaron ni cinco dÃas desde que ese hombre se instaló cuando empecé a notar el olor era un tufo espeso como a carne cruda mojada que se colaba por la puerta de la cocina cada vez que el viento venÃa desde el fondo del terreno al principio creà que se me habÃa olvidado sacar la basura o que algo se habÃa quedado echado a perder en el refrigerador Revisé todo, lavé el bote, tiré los trapos sucios, eché cloro en el fregadero, pero el olor seguÃa apareciendo. No era constante.
4:09 Solo se sentÃa cuando el aire corrÃa hacia ese lado, y siempre venÃa del mismo lugar, del cuarto que le habÃa rentado. Me paré varias veces frente a la puerta. Pensé en tocarle, preguntarle si tenÃa comida echada a perder o si algo se le habÃa derramado. Pero no lo hice. Desde aquella vez que me contestó tan seco cuando le pregunté a qué se dedicaba, no me quedaron ganas de insistirle en nada. No querÃa broncas. El olor se me metÃa en la nariz, aunque cerrara puertas y ventanas. Era un olor que se quedaba. No ha podrido del todo, pero sà a carne fresca guardada demasiado tiempo. Como si alguien trajera el mandado en una bolsa sin refrigerar y lo hubiera dejado ahÃ, no más olvidado. Pensé que tarde o temprano iba a echarse a perder por completo y entonces ya no podrÃa ignorarlo. Un sábado por la mañana, mientras lavaba ropa, escuché que del otro lado de la barda empezaron a gritar. La voz era del vecino, el que vive junto a mi terreno, y discutÃa con alguien.
5:16 Gritaban fuerte. Alcancé a oÃr que mencionaban un perro, y luego ruidos de sillas o algo pesado cayendo. Me asomé, pero no vi bien. Solo escuché. En ese momento no entendà qué pasaba. No fue hasta tres dÃas después que supe todo. Fue la hija del vecino, una muchacha joven la que me vino a contar. Dijo que su papá estaba enojado porque el hombre que me rentaba habÃa intentado jalar a su perro por la reja, que lo tenÃa agarrado del cuello, empujándolo hacia su lado como si quisiera meterlo al terreno. El perro chillaba, no ladraba ni gruñÃa, solo chillaba como si le doliera. Lo descubrieron porque el señor salió al patio por un ruido y lo vio.
6:01 Cuando le gritó, el hombre soltó al animal y se fue caminando sin decir nada. No hubo reclamos directos conmigo. La gente de la cuadra empezó a verme raro, como si yo tuviera la culpa por tenerlo ahÃ, como si hubiera metido un problema a la colonia. Y no los culpaba. Yo misma empecé a verlo diferente. Ya no era solo un hombre reservado. Empecé a pensar que no estaba bien. Esa noche, cuando regresó de quien sabe dónde, lo escuché cerrar la reja. Pasos lentos en el pasillo. Luego, la puerta. Se encerró como siempre. Me quedé sentada en la sala con todas las luces apagadas, escuchando, como esperando que volviera a salir. No lo hizo, pero el olor volvió. Se metÃa por las rendijas aunque cerrara todo. Ya no solo era incomodidad, ahora me daba miedo. Esa noche estaba sola en la casa. Mi esposo y mis hijos habÃan ido a visitar a la familia y yo me quedé porque al dÃa siguiente trabajaba temprano. Ya era tarde cuando decidà meterme a bañar. Dejé la puerta del cuarto abierta, como siempre hacÃa cuando estaba sola. Me metà con calma, enjabonándome despacio.
7:17 Y justo cuando me enjuagaba el cabello, sentà que algo me hizo girar la vista. Fue rápido, apenas un parpadeo, pero alcancé a ver un reflejo en la ventana del baño, una sombra o una silueta, algo que no debÃa estar ahÃ. Me quedé quieta, con el agua cayéndome en la cara. Luego volteé directo hacia la ventana y juro por lo que más quiera que habÃa alguien parado del otro lado. No vi su rostro, solo la forma, una cabeza, hombros, un cuerpo recto mirando hacia adentro. Grité sin pensarlo. El susto me sacó el aire. Me cubrà con la toalla que colgaba cerca y salà corriendo, chorreando todo el pasillo.
7:58 Me encerré en el cuarto, temblando, sin dejar de mirar hacia la puerta del baño. llamé a mi esposo por teléfono pero no contestó luego marqué al mayor de mis hijos me respondió medio dormido le conté lo que pasó dijeron que venÃan de regreso llegaron como en 15 minutos todos con cara de preocupación mi esposo agarró una lámpara y salió directo al patio revisó cada rincón buscó huellas no encontró nada ni rastro de que alguien hubiera estado ahà pero yo lo habÃa visto No era un reflejo ni una sombra de algún árbol. Era una figura parada frente a la ventana, sin moverse. Les conté todo. Mis hijos se asustaron. Mi esposo trató de calmarme diciendo que probablemente fue una sombra de las ramas, que entre el vapor y la luz cualquier cosa podÃa parecer una figura. SabÃa que no era imaginación. Sentà la mirada. No era una sensación.
8:57 Después de eso, tapamos la ventana con una sábana gruesa. luego le pusimos hasta un pedazo de triple no querÃamos correr riesgos era una ventana chica pero daba justo al fondo hacia el terreno donde estaba el cuarto del inquilino yo no necesitaba más pruebas estaba segura de que habÃa sido él pero no podÃa comprobar nada no habÃa escuchado su puerta no habÃa visto sus pasos ni siquiera sabÃa si estaba adentro esa noche Todo lo que tenÃa era el miedo y la sospecha. En otro momento tal vez hubiera pensado que era paranoia, pero no después de todo lo que habÃa pasado. Mi esposo se quedó dormido en el sillón de la sala con la lámpara en la mano.
9:42 Mis hijos cerraron todas las ventanas. Empecé a evitar pasar cerca de su cuarto cuando él estaba. Si escuchaba su puerta, me encerraba. Si escuchaba la reja, bajaba la voz. Mis hijos empezaron a notar que yo estaba más tensa Les dije que todo estaba bien. No querÃa asustarlos más. Pero por dentro yo ya habÃa tomado una decisión. Si pasaba algo más, lo iba a correr. No importaba que hubiera pagado el mes o que se molestara. Esa presencia no era normal. Y yo no iba a arriesgarme ni a mà ni a mi familia por quedarme callada. Pasaron tres noches sin sobresaltos. No se oyeron ruidos extraños ni hubo olores fuertes. Todo parecÃa más tranquilo. Uno de mis hijos se acercó mientras desayunábamos y dijo que habÃa visto un perro meterse al cuarto del inquilino. Le pregunté si estaba seguro.
10:37 Dijo que era pasada la medianoche, que habÃa ido a la cocina por agua y al pasar por el pasillo que da al patio miró por la ventana. el poste de la calle alumbraba una parte del terreno y ahà lo vio un animal de color café oscuro que cruzó corriendo y se metió directo por la puerta del cuarto la puerta estaba entreabierta dijo que al principio pensó que era un perro pero que al verlo mejor se le hizo raro era más largo del lomo con el hocico corto y sin cola No ladraba ni emitÃa ningún ruido, solo entró. Yo traté de mantener la calma, pero por dentro empecé a temblar. No sabÃa si creerle por completo, pero ya no podÃa negar que algo pasaba. Ese mismo dÃa, por la tarde, tuve visita. Era la muchacha de la casa de al lado, la misma que tenÃa el perro que el inquilino habÃa intentado jalar por la reja. TenÃa 22 años y aunque era seria, siempre habÃa sido respetuosa. La vi venir desde la banqueta. VenÃa sola, con una expresión dura.
11:45 Me saludó y preguntó directo si el hombre seguÃa viviendo ahÃ. Le dije que sÃ. Hizo una pausa y luego me pidió que tuviera mucho cuidado. Me dijo que no lo conocÃa de antes, que solo lo habÃa visto rondando el solar varias veces antes de que yo le rentara, y que su mamá no querÃa meterse en problemas, pero ella ya no se querÃa quedar callada. Me pidió que lo corriera. Dijo que no valÃa la pena tener a alguien asà tan cerca de los niños, que no se veÃa confiable. Yo me quedé callada, le agradecà a la muchacha y le prometà que iba a hablar con mi esposo. Se fue con una cara seria. No estaba buscando chisme ni exagerando.
12:26 Estaba preocupada. Se notaba. El cuarto seguÃa oliendo a podrido cuando el aire venÃa de ese lado. Ãl seguÃa saliendo de noche y regresando al amanecer. No lo veÃamos comprar comida, ni sacar basura, ni hacer encargos. A la mañana siguiente hablé con mi esposo. Me dijo que ya era hora de sacar a ese hombre de la casa, que no Ãbamos a esperar a que pasara algo peor. Esa noche me desperté por un ruido. No fue fuerte, pero me sacó del sueño. Miré el reloj. Eran las dos con cinco. Me quedé acostada un momento tratando de escuchar algo más.
13:07 No se oÃa nada. Pensé que habÃa sido un sueño. Me acomodé para volver a dormir, pero mi esposo no estaba en la cama. Me levanté despacio. Lo busqué en el baño, pero estaba vacÃo. Al pasar por el pasillo, vi que la luz de la cocina estaba encendida. Lo encontré ahÃ, parado frente a la ventana que da al patio. tenÃa la cara seria como concentrado me acerqué y le pregunté qué pasaba me hizo una seña para que no hablara me asomé con cuidado ahà estaba el inquilino parado justo frente a la ventana de la sala tenÃa la cara casi pegada al vidrio No se movÃa, solo estaba ahÃ, viendo hacia adentro. No se alcanzaba a ver la expresión, pero el cuerpo no se movÃa nada. Mi esposo se quedó observándolo un rato. Yo no podÃa dejar de mirar.
14:00 SentÃa que el estómago se me encogÃa del miedo. Me entraron hasta ganas de vomitar. No entendÃamos qué estaba haciendo. Después de unos segundos, el hombre se alejó un poco de la ventana y caminó hacia la puerta principal. Nosotros nos fuimos al pasillo para verlo mejor desde adentro. Se paró frente a la puerta, se quedó ahà y luego puso la mano en la manija. No hizo fuerza, solo la sostuvo. ParecÃa que estaba decidiendo si abrir o no. Entonces mi esposo abrió la puerta de golpe y le gritó qué estaba haciendo. El hombre no respondió, dio media vuelta y empezó a correr. Mi esposo lo siguió unos metros, gritándole que se detuviera, que explicara por qué estaba espiando.
14:46 Yo salà detrás de él, pero no crucé el umbral. Me quedé en la entrada, mirando cómo mi esposo avanzaba por el pasillo del jardÃn. El inquilino ya iba lejos, casi por la parte trasera, rumbo a los árboles que rodeaban la propiedad. Fue entonces cuando se oyó un ladrido. Sonó justo al lado de mi esposo. Un solo ladrido, ronco, profundo, como si un perro grande hubiera gruñido con fuerza a medio metro de él. Mi esposo se detuvo de golpe. Volteó hacia donde se habÃa escuchado, pero no habÃa nada. Yo también miré, pero no vi a ningún animal. Se quedó ahÃ, quieto. Luego miró hacia el fondo y alcanzó a ver al inquilino alejándose, cada vez más metido entre los árboles. No se desvió ni volteó. Solo corrió hasta perderse entre las sombras. Volvimos a la casa. Cerramos la puerta, apagamos la luz y nos sentamos en la sala. Tardamos varios minutos en recuperarnos del susto. No sabÃamos qué pensar.
15:49 Lo habÃamos visto con nuestros propios ojos. Estuvo espiando por la ventana. Luego intentó abrir la puerta. Y cuando se sintió descubierto, huyó. Pero lo más extraño fue ese ladrido. Esa noche no dormimos. Nos quedamos despiertos hasta que amaneció. Mi esposo dijo que Ãbamos a abrir el cuarto. No Ãbamos a esperar a que él regresara. Ya era suficiente. Nadie normal se comporta asÃ. Nadie sano intenta abrir la puerta de una casa a las dos de la mañana. Después de espiar por la ventana... Cruzamos el patio. TenÃamos las llaves del cuarto. Mi esposo las llevaba en la mano.
16:31 Caminamos hasta la puerta del fondo. Ya sentÃamos nervios en ojo. Cuando metió la llave, notamos que la chapa no tenÃa seguro por dentro. Estaba cerrada, pero sin traba. Como si él hubiera salido sin intención de volver. Apenas empujó la puerta, nos llegó el olor. Fue como un golpe directo a la cara. No era solo humedad, como baño tapado mezclado con carne podrida. Retrocedà un paso por instinto y me cubrà la nariz con la mano. Mi esposo aguantó un poco más y terminó de abrir. El cuarto estaba oscuro. Todas las ventanas seguÃan cubiertas con el aluminio y el calor adentro era sofocante. El aire estaba espeso, pegajoso, como si nadie hubiera ventilado en dÃas. A pesar de eso, entramos.
17:20 Lo primero que vimos fue la cocina. HabÃa una montaña de trastes sucios en el fregadero. Restos de comida, grasa, servilletas mojadas y moscas. En la estufa habÃa una olla con lÃquido espeso, lleno de moho, como si hubiera hervido algo y luego lo dejó ahà sin limpiar. El refrigerador estaba desenchufado y por la rendija de abajo salÃa un lÃquido marrón con olor a leche fermentada y carne echada a perder. Volteamos hacia la mesa. HabÃa una silla de plástico con una bolsa transparente encima. Era una de esas bolsas grandes de mercado. Estaba abierta y dentro habÃa trozos de carne cruda. Ya estaba verdosa, con partes secas y otras viscosas. OlÃa mal. No sabÃamos qué tipo de carne era, ni querÃamos saberlo. Mi esposo la envolvió como pudo, sin abrirla, y la metió directo en una bolsa negra. Después la tiró al bote que está en la calle. El baño estaba peor. Cuando abrimos la puerta nos dieron náuseas. El excusado estaba lleno hasta el borde. habÃa papeles sucios por todo el piso. El lavabo tenÃa manchas negras y pegajosas.
18:33 El espejo estaba manchado con algo que parecÃa grasa. Todo olÃa a podrido. Revisamos por si habÃa dejado algo más. No encontramos ropa, ni mochilas, ni documentos. Nada que dijera quién era. Solo basura, restos de comida y ese olor que no se quitaba con nada. En una de las paredes habÃa una mancha oscura, como si hubiera estado quemando algo, pero no supimos si era de vela, de incienso o de otra cosa. No quisimos tocarla. Salimos a tomar aire. Mi esposo fue por un galón de cloro. Volvió con escoba, guantes y dos cubrebocas. Entre los dos limpiamos lo que se podÃa. Tiramos todo lo que tenÃa mal olor. Lavamos la estufa, tallamos el piso. Desinfectamos la mesa. En el baño echamos ácido. Cerramos el excusado con una tapa vieja y lo sellamos con cinta. Tardamos más de tres horas.
19:32 Cuando terminamos, cambiamos la chapa por una nueva, le pusimos un candado al pasador, cerramos las ventanas y aseguramos la reja trasera. Dejamos el cuarto vacÃo, sin muebles, sin nada, como si nunca lo hubiéramos rentado. Ese dÃa no hablamos con nadie, no querÃamos que los vecinos empezaran a chismear, pero por dentro sabÃamos que habÃamos tenido suerte. No sabÃamos qué planeaba ese hombre, si iba a meterse a la casa, si querÃa hacerle daño a alguien o si simplemente estaba loco, pero ya no nos importaba. único que querÃamos era que no volviera después de eso juramos no volver a rentar sin referencias hicimos una lista de requisitos credencial teléfono de algún familiar comprobante de trabajo todo no querÃamos volver a pasar por algo asà a veces cuando paso por el cuarto del fondo aún creo sentir un poco del olor ya no está pero se me quedó grabado El Burro Negro Pasó hace más de 10 años, cuando yo tenÃa 39. En ese tiempo vivÃa en un pueblo chico del norte, donde todos se conocÃan y casi nunca pasaba nada. Trabajaba en una ferreterÃa, un local pequeño que estaba en la entrada del pueblo. Ahà me tocaba atender a gente de todos lados, albañiles, rancheros,
21:02 empleados del ayuntamiento. Fue ahà donde conocà a FermÃn, un hombre serio. Era de los que hablaban poco, pero sabÃan trabajar. Siempre cargaba un machete afilado en la cintura como parte de su uniforme. Un dÃa, el ayuntamiento lo contrató para abrir una brecha en la falda del cerro. QuerÃan que los vehÃculos de carga pudieran subir si algún dÃa se ofrecÃa. porque decÃan que allá arriba habÃa una zona plana que podÃa servir como punto de vigilancia. El cerro quedaba a unos tres kilómetros del pueblo, aislado, con puras piedras secas, mezquites y sin caminos claros. Desde abajo se alcanzaban a ver unas rocas grandes como si formaran una espina dorsal.
21:46 Por eso la gente le decÃa el espinazo. A FermÃn le tocó machetear solo. Ãl mismo dijo que no ocupaba ayuda. Se llevó agua, un morral con comida y su machete bien afilado. Al primer dÃa bajó al atardecer. Dijo que ya habÃa limpiado como 50 metros. Al segundo dÃa también regresó aunque cansado. Pasó por la tienda, compró más agua y un pan dulce. Al tercer dÃa ya no volvió. Su esposa fue la que fue a buscarlo primero. Preguntó por él en la presidencia, en la tienda, en la ferreterÃa. Cuando vio que nadie lo habÃa visto en todo el dÃa, fue con el encargado del campamento. Y ahà comenzaron a sospechar.
22:29 Mandaron a unos trabajadores a buscarlo al dÃa siguiente. Entre ellos iba mi primo. Subieron por la brecha, siguiendo las ramas cortadas, las marcas en la tierra. Pero más arriba, ya donde el monte se empezaba a cerrar de nuevo, ya no habÃa rastro de que hubiera seguido macheteando. No estaba su mochila, ni su sombrero, ni su machete. Lo encontraron tres dÃas después, tirado entre unas piedras grandes fuera del camino. Yo no lo vi. Todo lo que sé me lo contó mi primo, que fue el que más se acercó. Dijo que el cuerpo estaba en una posición rara. Estaba boca abajo, con los brazos estirados y la espalda doblada hacia atrás, como si se le hubiera quebrado por la mitad. no tenÃa ojos sus párpados estaban cerrados pero cuando se los levantaron no habÃa nada sólo marcas negras hundidas tenÃa mordidas en las piernas y en los brazos no eran como de coyote no se veÃa que lo hubieran querido comer Más bien, parecÃa que lo habÃan arrastrado.
23:34 No habÃa sangre fresca, ni señales de que hubiera peleado. Después de eso, el ayuntamiento mandó cerrar el proyecto. Nadie volvió a subir. Dijeron que se habÃa caÃdo, que tal vez se desorientó, que tal vez algún animal lo atacó. Pero nadie se lo creyó. FermÃn era cuidadoso. ConocÃa el monte, y si se hubiera caÃdo, sus cosas estarÃan cerca. Pero no estaban. Las herramientas aparecieron más abajo, como si las hubiera dejado ordenadas. El cuerpo estaba al menos cien metros más arriba, entre unas piedras que solo se alcanzaban trepando. Lo enterraron dos dÃas después. Poca gente fue al cepelio.
24:18 Desde ese dÃa, el espinazo quedó solo. Nadie se animó a volver, ni los trabajadores del municipio, ni los curiosos, ni los cazadores, por no saber qué habÃa causado la muerte de FermÃn. A los pocos dÃas se empezó a oÃr un rebuzno en las madrugadas. Sonaba a lo lejos, como si viniera desde arriba. Era fuerte, largo y no parecÃa de un burro normal. Se oÃa entre las dos y las tres de la mañana. Al principio pensaron que algún arriero habÃa dejado su animal suelto, pero todos contaron los suyos. Nadie tenÃa un burro perdido. Nadie habÃa visto uno cerca del cerro, y aún asà el rebuzno seguÃa escuchándose.
25:02 Cada madrugada, siempre a la misma hora, siempre desde el monte. Pasaron unos dÃas después del entierro de FermÃn. El pueblo seguÃa revuelto. En la tienda, en la plaza, en la iglesia, todos seguÃan hablando de lo mismo. Nadie querÃa subir al cerro. DecÃan que ahà se habÃa quedado algo que no debÃa estar y que lo de FermÃn no habÃa sido un accidente. Algunos se persignaban solo con mencionar el espinazo. Otros decÃan que alguien habÃa hecho un trabajo malo allá arriba. Pero todos coincidÃan en algo. No habÃa que volver, y menos solos. El rebusno seguÃa oyéndose en las madrugadas, siempre entre las dos y las tres. A veces parecÃa lejos, como si viniera desde el cerro. Otras veces se escuchaba más cerca, como si bajara por los caminos de tierra que cruzaban los mezquites. Era un sonido fuerte que duraba varios segundos y después se apagaba. Los perros se alborotaban cuando lo oÃan.
26:01 Ladraban como si algo estuviera caminando cerca de los solares, pero nadie veÃa nada. Un hombre que vivÃa en un rancho a las orillas del pueblo fue el primero que contó algo más claro. Se llamaba Gavino, tenÃa más de 60 años y vivÃa solo con su esposa y dos hijos grandes. Criaba vacas y gallinas y siempre andaba armado con un machete viejo colgado de la cintura. Una noche, mientras calentaba café en el fogón de afuera, oyó pasos. Eran lentos, pesados, como de animal grande caminando sobre tierra suelta. Alzó la vista hacia el corral y lo vio. Un burro negro, quieto, parado justo frente a la cerca de alambre. No se movÃa, solo lo miraba. Gavino lo contó tal cual. Dijo que sintió raro desde el principio. que el burro no parecÃa uno normal estaba sucio con el pelo alborotado como si viniera de un lodazal pero lo más raro fue que no tenÃa soga ni marcas no parecÃa de nadie entró a la casa tomó su lámpara de mano y salió otra vez para verlo mejor el burro seguÃa ahà pero cuando la luz le dio de frente notó algo que lo dejó frÃo los ojos no reflejaban nada No brillaban como los de los animales normales. Se veÃan hundidos, oscuros, como si estuvieran vacÃos. El burro dio unos pasos hacia los mezquites. Caminaba lento, sin apuro. Gavino lo siguió pensando que a lo mejor alguien lo habÃa perdido. que tal
27:34 vez venÃa herido o enfermo. Pero cuando se acercó más, se dio cuenta de que no se movÃa como los burros normales. Cada paso sonaba raro, como si pisara más fuerte de lo que debÃa, y no volteaba la cabeza, solo caminaba derecho. En eso, el burro soltó un rebuzno largo, ronco, que parecÃa salido de un animal enfermo. Fue tan fuerte que los perros de la casa empezaron a ladrar como locos. Gavino sintió un escalofrÃo. Dio un paso atrás y el burro se detuvo. Luego se echó a correr directo hacia él. Gavino quiso moverse, pero no le dio tiempo. El burro lo tumbó al suelo con el primer golpe. Después lo empezó a patear con fuerza. El hombre solo alcanzó a cubrirse la cara con los brazos, pero las pezuñas del animal le pegaron en el pecho, en el hombro, en las costillas. Gritaba mientras intentaba arrastrarse hacia la puerta, pero el animal no se detenÃa. Uno de sus hijos, que dormÃa en un cuarto cercano, oyó los gritos y salió corriendo.
28:39 No llevaba arma, solo agarró lo primero que encontró. Empezó a aventarle cosas al burro, gritándole. El animal se detuvo un momento, lo miró, y luego corrió hacia el monte, entre los mezquites. Gavino quedó tirado en el suelo, adolorido, con la camisa rota y la cara llena de tierra. lo metieron a la casa y llamaron al doctor del pueblo le encontraron tres costillas fracturadas el brazo izquierdo golpeado y moretones en todo el pecho estuvo en cama más de una semana no quiso contar nada a los primeros que fueron a verlo sólo decÃa que era cierto lo del burro que no era un animal común. Después de eso, el miedo creció. Ya no se hablaba solo de FermÃn.
29:24 Ahora todos estaban pendientes del burro negro. El rebusno seguÃa oyéndose. No todos lo escuchaban, pero los que sà decÃan que no era normal, que no era un burro perdido. Después de lo que pasó con Don Gavino, ya nadie volvió a mencionar a FermÃn. Todo giraba en torno al burro negro. El rebusno se seguÃa oyendo en las madrugadas, y cada vez más personas aseguraban haberlo visto. Unos decÃan que caminaba entre los árboles cerca del monte, otros que lo habÃan encontrado parado a la orilla del camino de terracerÃa, mirando hacia el pueblo. Siempre estaba quieto, nunca corrÃa ni se asustaba, solo miraba. Los rumores crecieron, una señora dijo que el burro habÃa saltado una cerca como si fuera una cabra.
30:13 Un muchacho contó que lo vio desde lejos y que tenÃa dientes grandes como de perro salvaje. Otro niño que vivÃa cerca del canal viejo aseguró que se le habÃa aparecido junto a su ventana. Su mamá juraba que el niño despertó temblando, con los pantalones mojados y que ya no quiso dormir solo. Yo escuchaba todo eso, pero no lo creÃa. SabÃa que la gente en el pueblo era dada al chisme. Cuando algo raro pasaba, todos querÃan decir que vieron más. Y entre más raro lo contaban, más atención les ponÃan. Pero lo de Gavino fue cierto. Yo lo vi cuando lo llevaban al consultorio. Apenas podÃa respirar.
30:55 Estuvo una semana sin salir de su casa. Su hijo dijo que todavÃa tenÃa miedo. y que no querÃa ni pasar por la orilla del monte una semana después pasó algo peor fue en una de las calles más solas del pueblo allá por la parte trasera del panteón donde apenas hay tres casas seguidas ahà vivÃa una familia que no hablaba mucho con los demás el papá se llamaba álvaro tenÃa una esposa joven y dos hijos chiquitos No salÃan mucho, solo se les veÃa en la tienda o cuando llevaban a los niños a la escuela. Contaron que esa noche estaban dormidos, todo estaba en silencio, hasta que oyeron un golpe fuerte contra la puerta, como si alguien hubiera aventado una piedra o empujado con todo el cuerpo.
31:40 Ãlvaro se levantó pensando que era algún borracho o un ratero. Tomó un palo y fue a ver qué pasaba, pero antes de llegar la puerta se abrió de golpe. No estaba cerrada con seguro. Dijo que lo que entró fue un burro negro. que no parecÃa asustado ni desorientado. Entró directo al cuarto de la cocina, tumbando lo que encontraba. Se oyó cómo rompió los trastes, cómo arrastró la mesa y rebuznó con fuerza. La esposa alcanzó a agarrar a los niños y se metieron al cuarto del fondo. Cerraron la puerta y pusieron un ropero para trabarla. Desde ahà escucharon los pasos, las patadas contra las paredes, los rebusnos que parecÃan lamentos. Dijeron que duró varios minutos ahà dentro, que no se fue en cuanto lo quisieron espantar, que pateaba fuerte como si quisiera tirar las paredes. Cuando al fin se fue, todo estaba revuelto. En la cocina no quedó ni un plato entero. La alacena tenÃa una tabla rota, y hasta en el colchón donde dormÃan los niños habÃa marcas de pezuñas la mesa estaba de lado el refrigerador movido y una de las sillas rota por completo la familia quedó temblando no supieron a quién contarle primero Pero, como ya habÃa pasado lo de Gavino, varios les creyeron sin dudar. Después de eso, la palabra Nahual empezó a sonar más seguido. Nadie lo decÃa con seguridad, pero todos
33:11 la pensaban. DecÃan que ese burro no era un burro, que algo se habÃa metido en él, o que alguien se estaba transformando. Yo no quise creerlo en ese momento. Ese mismo dÃa, en la tarde, un señor mayor que vendÃa elotes en la plaza dijo que habÃa visto al burro pasar frente a su casa cuando apenas clareaba, que no caminaba normal, que parecÃa flotar un poco al dar el paso, otro joven que vivÃa cerca del canal. Juró que lo habÃa visto oler las rejas de una ventana como si buscara algo. Todos empezaron a cerrar sus puertas más temprano, a encerrar a los animales. El miedo se volvió rutina, ya no se trataba de si era real o no, era cuidarse por si acaso, porque el burro ya no era un cuento. HabÃa gente herida, casas destruidas y nadie sabÃa cuándo volverÃa a aparecer. En la ferreterÃa donde yo trabajaba empezó a llegar gente que nunca antes habÃa visto. PedÃan cadenas gruesas, candados de gancho largo, clavos, mallas, láminas, alambre de púas. Algunos preguntaban directamente qué servÃa más para reforzar puertas de madera. Otros querÃan algo para tapar las rendijas de las ventanas o para cerrar los portones del patio.
34:29 En una sola semana vendimos lo que normalmente se movÃa en un mes. Ni en temporada de lluvias nos iba asÃ. Una señora llegó preguntando por cerraduras, pero no tenÃa claro para qué tamaño. Le dije que si querÃa podÃa traer las medidas. Me respondió que no, que solo querÃa poner más cosas entre la puerta y el animal ese. Otra mujer, más joven, pidió alambre de púas como para una cerca pequeña. Le pregunté si tenÃa animales, pero me dijo que no, que era para el borde del techo, que no querÃa que se subiera nada. Los más desconfiados eran los hombres que vivÃan en las orillas. Algunos llegaban en moto, otros caminando.
35:12 uno traÃa una lista escrita en una servilleta pedÃa clavos grandes bisagras tabla de pino y malla ciclónica dijo que tenÃa un corralito de gallinas y que la noche anterior se habÃan alborotado sin razón que no querÃa arriesgarse una señora mayor doña elvira vino con una lista que le habÃa hecho su hijo era corta clavos alambre y un hacha mientras se la preparaba me contó que su nieto no querÃa dormir solo tenÃa apenas ocho años dijo que lo habÃa oÃdo llorar en la madrugada Y cuando fue a verlo, el niño le dijo que habÃa un burro parado junto a la ventana, que lo estaba viendo. Ella revisó, pero no habÃa nada. Aún asÃ, le creyó. Dijo que el niño no era mentiroso. Las conversaciones ya no eran discretas.
36:04 En cualquier parte se hablaba del burro. Algunos querÃan decir que era brujerÃa. Otros hablaban de nahuales. Uno que otro decÃa que era un demonio disfrazado. Yo escuchaba sin meterme, pero notaba cómo la gente empezaba a juntar agua bendita, a poner ramas de pirul en las puertas, a encender veladoras blancas al caer la noche. Aunque no pasaba nada nuevo, el miedo estaba en todas partes. Los perros ladraban más de lo normal, los gatos no querÃan salir y algunas vacas dejaron de comer. La gente no dormÃa bien, se despertaban a cada rato por ruidos que antes no les importaban.
36:44 Para mà fue claro que el pueblo ya no estaba tranquilo. Esa tarde llegó un muchacho corriendo a la ferreterÃa. Dijo que don Simón habÃa matado al burro. Al principio pensé que era otra exageración, pero el rumor se regó rápido. En menos de una hora ya lo sabÃan todos en el pueblo. DecÃan que lo habÃa encontrado parado entre unas piedras, quieto, y que le habÃa disparado con el rifle viejo que siempre llevaba colgado en la espalda. don simón era un hombre solo vivÃa en un jacal de lámina y madera por la vereda del monte tenÃa fama de serio a veces vendÃa leña otras veces carne de conejo siempre andaba con su sombrero de palma los pantalones amarrados con mecate y un machete corto en la cintura Contó que ese dÃa habÃa salido a cortar leña temprano y que antes del mediodÃa vio al burro entre las piedras. No se movÃa, solo estaba ahÃ. Don Simón no dijo nada, solo levantó el rifle, apuntó y jaló el gatillo. Cayó de inmediato.
37:49 No rebusnó, no pataleó, no se retorció. Se fue para abajo como costal, directo sobre las patas y ahà quedó. Cuando lo contó, ya habÃa gente reunida afuera de su casa. Algunos no le creÃan. Otros querÃan ver el cuerpo. Se armó un grupo entre vecinos, curiosos, y uno que otro que venÃa desde el otro lado del arroyo. Yo también me fui. Ver si de verdad era el mismo animal que habÃa atacado casas, que habÃa espantado a los niños, que tenÃa al pueblo entero sin dormir. Ãramos más de veinte. Don Simón caminaba adelante con el rifle al hombro. No hablaba mucho. Solo decÃa que era por allá, cerca de donde estaban las piedras grandes. Tardamos como media hora en llegar.
38:35 El monte estaba seco. Se sentÃa el calor pegado en la espalda. Cuando nos acercamos, varios se taparon la nariz. OlÃa a podrido. A charco estancado con animal muerto. El burro estaba tirado boca abajo, con las patas estiradas y la panza inflada como globo. TenÃa los ojos abiertos, pequeños, oscuros, sin brillo. Nadie se atrevÃa a tocarlo. Solo lo rodeaban. Algunos cuchicheaban, otros se santiguaban. Uno decÃa que no podÃa ser el mismo, que el que él habÃa visto tenÃa una mancha blanca en la frente. Otro aseguraba que sà era, que lo reconocÃa por las orejas largas y flacas. Ninguno lo reclamó. Ahà estaba Ando Neulogio, que tenÃa animales. El hijo de Nabor, que arriaba burros para cargar costales. Todos decÃan lo mismo, ese no era de nadie, no traÃa soga, ni marcas, ni la cabeza pelada por costumbre. TenÃa tierra seca en el lomo, pero no se veÃa golpeado ni lastimado, más allá del disparo, solo hinchado, como si lo hubieran inflado por dentro. Una señora gritó que no lo tocaran, que esperaran a ver si cambiaba de forma. Otro decÃa que lo dejaran ahà hasta que cayera la noche a ver si se levantaba. Algunos querÃan traer gasolina y prenderle fuego.
39:58 Nadie lo hizo. Solo nos quedamos ahà parados sin saber qué hacer, observándolo y platicando entre nosotros. Yo me acerqué más. QuerÃa ver su cara. TenÃa los ojos ahÃ, completos, pero vacÃos. Ni siquiera parecÃan muertos. ParecÃan de animal de peluche. El cuerpo ya estaba frÃo. Lo toqué con una rama seca. No se movió. Alguien dijo que tenÃa dÃas muerto. Ãl lo sostuvo, juró por su madre que todavÃa se revolcaba cuando llegó al jacal, que fue ese mismo dÃa a eso de las diez. Algunos se fueron, otros seguÃan esperando que algo ocurriera. Un señor del grupo, don Eliseo, dijo que eso no era un burro normal, que parecÃa hinchado por dentro, pero que no se veÃa sangre, ni moscas, ni rastro de descomposición. solo la panza grande y tensa una mujer preguntó si alguien lo habÃa visto moverse antes del disparo don simón dijo que no que estaba como petrificado después de casi una hora la mayorÃa se fue habÃa visto burros muertos antes pero ninguno asà ninguno con esa hinchazón cuando regresamos al pueblo ya se hablaba de quemarlo pero esa noche no se supo que hicieron nadie volvió a hablar de moverlo sólo quedó la imagen del burro inflado con la mirada vacÃa y las patas estiradas.
41:25 Dos dÃas después de que don Simón mató al burro, llegó un niño a la ferreterÃa con la noticia. Dijo que el viejo habÃa muerto en su casa, que lo encontró uno de los hombres del monte cuando pasó a dejarle leña. DecÃa que estaba acostado junto a la mesa con los ojos abiertos. En menos de una hora el pueblo entero ya sabÃa. Dijeron que fue infarto, que no hubo señales de lucha ni de enfermedad, que no alcanzó a pedir ayuda. Solo cayó, murió solo, igual que vivÃa. Algunos lo tomaron como una coincidencia. En la tienda se oÃan las voces bajas hablando de castigo. DecÃan que eso del burro no era cosa común, que don Simón no debió tocarlo, que eso no era un animal normal y que matarlo fue meterse con algo que no entendÃa. En la iglesia también se habló. Una señora le dijo al padre que habÃa sido por atreverse a disparar. Otra decÃa que lo habÃa mirado a los ojos, que por eso le tocó asÃ. Yo no dije nada. La verdad sà se me hizo raro. Don Simón era fuerte, aún para su edad. Nunca lo oà quejarse del pecho, ni que se enfermara. Caminaba a distancias largas, subÃa el monte como si tuviera veinte años menos. Y justo después de matar al burro, asà de la nada, se muere en su mesa.
42:50 Claro que se me hizo raro. Después de eso, el rebuzno desapareció. Ya no se oÃa en la madrugada, ni en la falda del cerro, ni en los ranchos. Los perros ya no ladraban como antes. Las gallinas dormÃan sin alterarse. No hubo más ataques. Nadie volvió a decir que lo habÃan visto cerca. El hombre del rancho con el tiempo volvió a caminar bien. La gente se tranquilizó. A veces en la banqueta o en la esquina de la carnicerÃa salÃa alguien con el cuento de que lo habÃa visto otra vez, que por el camino viejo, que junto al arroyo, que cerca del panteón. siempre lejos, siempre cuando nadie más estaba, yo no les creÃa, se les notaba que querÃan seguir con el tema, como si les gustara tener algo raro que contar, nunca volvió a haber señales, no sé si era un nahual o un mal disfrazado de animal, solo sé que dejó huella, no solo por los ataques ni por el miedo, también por cómo cambió a la gente,¿ Cómo los hizo cuidarse, encerrarse, hablar distinto? Y aunque nunca más se oyó el rebuzno, cada vez que paso cerca del monte pienso en Don Simón.¿ En cómo se veÃa ese cuerpo inflado, con los ojos abiertos?
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