Sept. 11, 2025

LAGAÑAS De PERRO, La Manera Para Ver Al DIABLO Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:04 La historia que voy a contar me la dijo mi abuelo cuando yo era niño. Decía que la vida con el ganado lo había marcado más que cualquier otra cosa. Me contaba de cómo amanecían temprano, de las largas jornadas arreando vacas, de los días de lluvia en los que no tenían más que cubrirse con lo que encontraran, y de las noches en las que el único techo era el cielo lleno de estrellas. A mí me gustaba escucharlo. Lo miraba mover las manos mientras hablaba y veía cómo le cambiaba la cara al recordar esos tiempos. Algunas historias eran ligeras, como cuando recordaba que un toro se soltó y tuvieron que correr medio kilómetro para volver a amarrarlo.

0:47 Otras eran más serias, como los pleitos entre rancheros que acababan en golpes y amenazas, pero había una que sí daba mucho miedo. Esa era la historia de su amigo Rodrigo. Mi abuelo decía que Rodrigo no era un hombre conformista. Le gustaba hacer preguntas de todo.¿ Por qué los animales se movían de cierta forma?¿ Qué significaban las marcas en las piedras?¿ De dónde venían los rumores que escuchaban en el pueblo? Esa curiosidad lo hacía parecer más joven que todos, siempre con la mente activa. Me describía a Rodrigo como un hombre alto, moreno. Siempre estaba sonriendo y hasta en el trabajo más pesado encontraba algo para comentar. Compartían casi todo.

1:33 Pasaban juntos las horas cuidando el ganado. Se sentaban a comer de la misma olla. Y en el monte, cuando les tocaba quedarse a dormir, armaban un jacal pequeño con ramas y lona donde se recostaban lado a lado para aguantar la noche. Mi abuelo decía que en esos años se volvieron inseparables, confiaban el uno en el otro, pero también repetía siempre que la curiosidad de Rodrigo era demasiado grande, que esa necesidad de andar buscando explicaciones lo llevó a cometer un error que nunca debió haber hecho. Decía que de todas sus experiencias... Esa era la que más le pesaba, porque con Rodrigo había aprendido que a veces las preguntas tienen un precio, y no siempre hay vuelta atrás. Así fue como me adelantó lo que venía, que la historia de Rodrigo no era como las otras, que no se trataba de animales, ni de pleitos, ni de días difíciles en el rancho. que lo que pasó con él era algo que prefería no recordar, pero que sentía la obligación de contarme para que yo entendiera que la curiosidad, si no se controla, puede ser más peligrosa que la ignorancia misma.

2:44 Mi abuelo me contó que, en aquellos tiempos, entre los rancheros y los viejos del campo, circulaba una creencia. Decían que, con las lagañas de un perro, se podía ver lo que los animales miraban. No hablaban de cosas comunes, no se referían a distinguir mejor en la oscuridad o a escuchar movimientos a lo lejos, sino a mirar lo que no era de este mundo. La versión que más escuchaban era sencilla y peligrosa. Si uno tomaba las lagañas frescas de un perro y se las untaba cerca del lagrimal, entonces era capaz de ver presencias ocultas, entidades que normalmente permanecen fuera del alcance de los ojos humanos. No era un tema que se platicara a la ligera. Mi abuelo aseguraba que, en su juventud, muchos escuchaban esas cosas, pero casi todos las dejaban pasar, entendiendo que no valía la pena tentar lo desconocido. Pero Rodrigo no. Cuando oyó la historia, no pudo sacársela de la cabeza. Decía que, si los animales podían ver cosas que uno no, entonces tenía sentido buscar la forma de comprobarlo. Rodrigo preguntaba qué pasaría si alguien lograba ver lo mismo que un perro cuando aúlla sin razón, o qué encontraría en el monte cuando un caballo se espanta de la nada. Mi abuelo trataba de desviarlo, cambiando el tema hacia el trabajo o recordándole que esas pláticas no llevaban a nada bueno. Mi abuelo me dijo que más de una vez lo tomó por el hombro

4:14 para hablarle en serio. Le repitió que no intentara nada, que esas cosas no eran juego, que no se trataba de una curiosidad inocente, sino de un riesgo que podía costarle más de lo que imaginaba. Rodrigo no se rendía, contestaba que cómo iba a saber uno si algo era peligroso si nunca lo había probado, que lo más seguro era que se tratara de un invento de los viejos para asustar a los jóvenes. Su carácter inquieto lo llevaba a insistir, a querer comprobar por sí mismo si esa superstición tenía algo de verdad. Mi abuelo me explicó que ahí empezó el error, Rodrigo dejó de tomarlo como un rumor y comenzó a planear cuándo y cómo lo probaría, mientras más le pedían que lo dejara pasar, más se aferraba a la idea. Decía que si realmente era capaz de mirar lo que los animales ven, entonces sería el primero en el rancho en confirmarlo. Con el tiempo, la insistencia de Rodrigo se volvió tema diario entre ellos. Mi abuelo lo miraba convencido de que tarde o temprano cedería a la tentación. Y aunque le repetía que no había necesidad de meterse en cosas de las que no se podía salir, Rodrigo sonreía y le contestaba que las respuestas no se encontraban quedándose quieto. Ahí entendí, por la manera en que mi abuelo me lo contaba, que todo lo que vino después fue consecuencia directa de esa obsesión. Rodrigo no podía aceptar quedarse con la duda. Y en el campo,

5:46 donde las noches son largas y el silencio da espacio para pensar demasiado, esa idea creció hasta volverse una decisión que ya no se podía detener. Mi abuelo me dijo que aquella noche estaba fresca, con el ganado encerrado en el corral improvisado que habían armado con troncos y alambre. Ellos se turnaban para vigilar, porque sabían que en el monte siempre había riesgos, desde coyotes hasta ladrones de reces. Tenían un pequeño fuego encendido y un perro viejo echado cerca, ese que solía seguirlos en cada jornada y que se quedaba dormido a su lado. Fue en ese momento cuando Rodrigo decidió llevar su idea a la práctica. Mi abuelo lo vio agacharse junto al perro y, sin que nadie se lo pidiera, comenzó a sacarle con cuidado las lagañas que tenía en los ojos. Al principio pensó que lo hacía por juego, pero enseguida notó que se estaba llevando esos restos hacia sus propios ojos. Mi abuelo lo enfrentó de inmediato. Le gritó que parara, que no siguiera con esa tontería. Le dijo que esas cosas no eran para andarlas probando, que estaba a punto de hacer una tontería.

6:58 Pero Rodrigo se rió y contestó que lo único que quería era comprobar lo que tanto se comentaba.« Si es mentira, al menos lo sabremos», dijo mientras se tallaba el lagrimal. mi abuelo juraba que sintió un escalofrío sólo de verlo era como si de golpe hubieran cruzado un límite que nadie más se había atrevido a tocar rodrigo terminó de frotarse los ojos y luego se sentó en el tronco mirando fijo hacia el monte pasaron minutos en silencio El fuego crepitaba y el ganado resoplaba de vez en cuando, pero Rodrigo ya no hablaba, no bromeaba ni se movía. Mi abuelo lo miraba con atención. Le preguntó varias veces qué estaba viendo, pero no obtuvo respuesta. Rodrigo seguía inmóvil, como si hubiera quedado atrapado en algo invisible. lo único que notaba eran sus manos temblando sobre las rodillas y la respiración agitada que no podía controlar rodrigo dio un salto repentino y comenzó a gritar decía que ahí estaba que lo estaba mirando el abuelo intentó calmarlo tomándolo de los hombros pero rodrigo se sacudía con desesperación señalando hacia un punto oscuro del monte justo donde la luz del fuego ya no alcanzaba sus palabras fueron claras y terribles aseguraba que el diablo estaba ahí parado frente a ellos viéndolo de manera directa su voz se quebraba repetía una

8:29 y otra vez que esos ojos lo tenían atrapado que no podía dejar de sentirlos encima el ganado se alborotó los animales comenzaron a moverse inquietos dentro del corral como si también percibieran algo El perro, que hasta entonces dormía tranquilo, se levantó de golpe y empezó a ladrar furioso hacia el mismo punto que Rodrigo señalaba. Mi abuelo me dijo que ese momento fue uno de los más largos de su vida. Rodrigo seguía gritando, apuntando hacia la oscuridad mientras los ladridos y el movimiento del ganado llenaban todo el lugar de un caos extraño, y aunque él mismo miraba con todas sus fuerzas, jamás alcanzó a ver nada en ese sitio. Lo único que podía ver era la desesperación en el rostro de su amigo. Ese fue el inicio del error que nunca pudo olvidar. Mi abuelo me dijo que él nunca alcanzó a ver nada aquella noche. Alumbraba con la fogata y miraba con todas sus fuerzas hacia donde Rodrigo señalaba. Pero lo único era el rostro de su amigo asustado, con los ojos muy abiertos, como si se hubieran quedado fijos en algo que nadie más podía ver.

9:40 Tenía la cara bañada en sudor, las manos temblando y la voz quebrada. Trató de calmarlo, lo sacudió por los hombros, le repitió que no había nada, que se tranquilizara, pero Rodrigo lloraba, se cubría la cara y pedía que se alejaran de ahí. decía que no quería quedarse un minuto más en ese corral porque lo estaba mirando. El perro no dejó de ladrar hasta mucho después, como si también presintiera algo, y el ganado tardó horas en aquietarse. Esa noche casi no pegaron el ojo. Mi abuelo mantuvo el fusil a un lado y se esforzaba en mantenerse sereno, aunque lo que más le preocupaba era Rodrigo. Su amigo permaneció sentado, sin dormir, con la mirada saltando de un lado a otro, como esperando que en cualquier momento aquella figura apareciera de nuevo. Cuando el abuelo intentaba hablarle, apenas recibía respuestas cortas, y los sollozos volvían una y otra vez.

10:38 Al amanecer... Rodrigo estaba pálido, con las ojeras marcadas, y no quiso desayunar. El abuelo trató de animarlo diciéndole que regresaran a las labores, que al trabajar se le iba a pasar la impresión, pero desde ese día ya no volvió a ser el mismo. Rodrigo, que antes era curioso y siempre buscaba conversación, se volvió callado. Apenas hablaba lo necesario para dar respuesta y trabajaba en silencio, con la mirada baja. Se notaba que estaba asustado de manera constante. El ganado lo inquietaba más que antes y hasta evitaba quedarse solo en el monte. Mi abuelo recordó que lo más extraño era cómo se comportaba en las noches. Cuando intentaban dormir, Rodrigo se movía inquieto, respiraba fuerte y se levantaba de golpe. Decía que cada vez que cerraba los ojos, veía la misma figura esperándolo. No daba detalles, pero repetía que estaba ahí, esperándolo. En ocasiones se tapaba la cara con las manos, como si quisiera arrancarse esa visión, pero nunca lograba librarse. Los días pasaron y la transformación fue más evidente. Rodrigo perdió la chispa que lo había caracterizado.

11:49 Ya no sonreía, ya no hacía preguntas. Se volvió un hombre cansado con la mirada ida, que trabajaba como por obligación, sin ganas de nada. Los demás empezaron a notarlo y algunos preguntaban si estaba enfermo. El abuelo estaba convencido de que todo había comenzado aquella noche en que se puso las lagañas de perro. Decía que no era una simple superstición, que algo se había abierto frente a Rodrigo y lo había marcado para siempre. No importaba cuántas veces intentara hablar con él, la respuesta siempre era la misma, que lo seguía viendo, que no se iba. Con el tiempo, el abuelo entendió que ya no podía hacer nada más por su amigo. Rodrigo había cruzado una línea y no había forma de traerlo de vuelta. Lo que había buscado con curiosidad lo había atrapado, y ahora vivía cargando con esa visión que no lo soltaba ni un instante. Mi abuelo me confesó que Rodrigo no duró mucho después de aquella noche.

12:50 Apenas un año resistió, y cada día que pasaba se apagaba un poco más. Al principio intentó seguir trabajando, pero ya no tenía la fuerza de antes, comía muy poco, y cada vez que probaba algo se quejaba de que le sabía mal, que nada le calmaba el hambre ni la sed. El agua la escupía, la carne la dejaba a medio morder. Con el paso de los meses se volvió un hombre irreconocible. Adelgazó tanto que las costillas se le marcaban por encima de la camisa, y las piernas apenas lo sostenían. Mi abuelo lo ayudaba como podía, pero Rodrigo rechazaba todo. repetía que no valía la pena que el sabor amargo no se le quitaba de la boca los demás del rancho empezaron a apartarse de él decían que estaba embrujado que se había metido en cosas prohibidas y por eso no tenía remedio rodrigo ya casi no hablaba pasaba los días sentado mirando hacia ningún lado con los ojos perdidos como si todavía estuviera viendo lo que aquella vez se le apareció en el monte Mi abuelo lo visitó varias veces intentando darle ánimos, llevándole comida y agua, pero siempre era igual. Rodrigo se encogía, decía que no tenía caso, que el mismo diablo lo estaba esperando. Con el tiempo ya no podía levantarse solo y nadie más quiso hacerse cargo. Murió sin familia que lo velara en medio de la sequía que azotaba el pueblo aquel año.

14:20 Cuando me lo contó, mi abuelo bajaba la voz, como si todavía le pesara recordar la forma en que lo encontró. Me repetía que lo que mató a Rodrigo no fue solo la falta de comida ni la sed, sino el miedo que lo consumió desde aquella noche. Y me decía una y otra vez que la curiosidad puede costar caro, que hay cosas que es mejor no intentar comprobar. Yo era niño cuando escuché esa historia, pero no la olvidé nunca. lo que más me quedó grabado no fueron las palabras sino la expresión de mi abuelo al recordarlo hablaba con un miedo que ni el tiempo había podido borrar