La SOMBRA Detrás Del Muro Historias De Terror - REDE
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0:02 Me llamo Carlos Morales, tengo 38 años y soy técnico electricista. En noviembre de 2022 me quedé sin trabajo cuando cerró la empresa donde laboré más de 15 años, con los pocos ahorros que quedaban y un préstamo hipotecario que el banco afirme nos aprobó. compramos una casa en el municipio de Tepotzotlán, al norte de la Ciudad de México. La propiedad habÃa sido rematada por el banco porque su dueño, un hombre llamado EfraÃn Luján Gómez, murió en 2015 sin dejar testamento. Pasó años en litigio hasta que el banco la puso en venta. El precio era bajo, 430 mil pesos. Aún asÃ, era todo lo que podÃamos pagar. La casa estaba deteriorada y tenÃa varias reparaciones urgentes. Las paredes tenÃan humedad, el piso del patio estaba agrietado y en la cocina no funcionaba el calentador. Mariana, mi esposa, aceptó mudarse porque no podÃamos seguir pagando renta en el departamento de Tlalnepantla. SabÃamos que serÃa un sacrificio y que por un tiempo no habrÃa dinero para volver a mudarnos si algo salÃa mal Salimos de Tlalnepantla a las 7 de la mañana El camión de mudanza llegó una hora tarde porque el conductor no encontraba la calle llegamos a la casa a las once y media la fachada era de ladrillo pintado de blanco pero la pintura se estaba cayendo en placas grandes habÃa dos ventanas al frente
1:36 con rejas oxidadas y un portón de lámina verde al abrirlo vimos un pasillo largo lleno de hojas secas y un olor fuerte a humedad Metimos las pocas cosas que llevábamos en dos viajes desde el camión hasta la sala. Eran las dos de la tarde. El sol caÃa directo sobre el portón de lámina y se sentÃa un calor pesado. Dejamos el refrigerador viejo en la esquina que daba hacia la cocina. Los colchones quedaron apoyados en la pared del pasillo. La mesa de pino y las cuatro sillas las pusimos cerca de la ventana principal, que estaba cerrada con rejas. Las cajas con ropa y utensilios se fueron apilando junto a la puerta de entrada. Isaac tenÃa siete años. Se quedó parado en medio del umbral de la puerta principal, mirando hacia el interior. Dijo que la casa parecÃa una con jaulas. Estaba señalando la pared del fondo. Entramos los tres a revisar. La sala era amplia, de unos seis metros de largo por cuatro de ancho. El piso estaba cubierto de polvo y de hojas secas que se habÃan colado por las rendijas. HabÃa telarañas en las esquinas del techo y manchas oscuras de humedad. La pared del lado norte tenÃa nueve puertas pequeñas. MedÃan aproximadamente un metro de alto por 70 centÃmetros de ancho, como del tamaño de un armario.
2:58 Cada puerta tenÃa un candado de acero oxidado. Algunas estaban pintadas del mismo color crema que la pared y casi no se distinguÃan si uno no se acercaba. Cuando revisamos la cocina, Mariana encontró un sobre amarillo clavado con una tachuela en un costado del mueble. DecÃa, inventario de candados. Dentro habÃa una lista de llaves numeradas, pero ninguna llave estaba en la casa. pensamos que quizá los anteriores dueños se las habÃan llevado un vecino se acercó cuando bajábamos un ropero era un hombre de unos 50 años dijo que se llamaba Simón GarcÃa y que vivÃa dos casas más adelante nos ayudó a meter la mesa y preguntó si pensábamos abrir todas esas puertas le respondà que no sabÃa que guardaban él comentó que otros que vivieron ahà antes se fueron sin abrirlas todas como si no quisieran saber qué habÃa dentro Terminamos de acomodar todo hacia las seis de la tarde. Isaac encontró un cuaderno escolar tirado bajo el fregadero, con dibujos de figuras que parecÃan cajas y candados.
4:05 Mariana lo guardó en una caja de cartón junto con otros papeles. Esa noche, cuando apagamos las luces, sentà corrientes de aire frÃo que no lograba ubicar. Me levanté dos veces a revisar si habÃamos dejado alguna ventana abierta. Todas estaban cerradas. El viento seguÃa moviendo las cortinas con fuerza, como si viniera de otro lugar. al dÃa siguiente empezamos a limpiar los cuartos habÃa polvo acumulado en los marcos de las ventanas y telarañas en los focos pasamos casi toda la mañana barriendo y sacando bolsas con basura vieja cuando llegamos a la sala vi que uno de los candados estaba abierto recordaba que la noche anterior estaba cerrado mariana también lo habÃa visto asà La puerta estaba junto al extremo izquierdo de la pared. La chapa colgaba floja.
4:58 Dudamos si abrirla. Isaac estaba sentado en el suelo con un cuaderno, a un metro de donde yo revisaba el candado. Me dijo que querÃa ver qué habÃa adentro. movà la puerta con cuidado detrás sólo habÃa un hueco era un espacio de unos 40 centÃmetros de fondo se veÃan ladrillos viejos y polvo negro pasé la linterna del celular por dentro no encontré ningún objeto cerré la puerta y volvà a poner el candado aunque la cerradura no ajustaba bien Esa noche, después de cenar, apagamos las luces. Eran casi las once. Nos acostamos en el colchón que habÃamos puesto en la recámara principal. Isaac dormÃa en medio. La puerta de esa recámara daba directo al pasillo que conectaba con la sala.
5:46 Unos minutos después, escuché un rasguño. Era un sonido constante, como si algo rascara la madera. VenÃa de la sala, de la pared donde estaban las puertas. Me levanté con la linterna y caminé hasta el umbral. No encendà la luz porque no querÃa despertar a Isaac. Desde el pasillo no vi nada raro. El rasguño siguió unos segundos más y luego se detuvo. Regresé a la cama. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en la mesa de la cocina, Isaac dijo que habÃa visto a un hombre con sombrero. Contó que cuando estuvo jugando en la sala, antes de que oscureciera, la puerta que habÃamos abierto se movió un poco y el hombre se asomó. Según él, lo miró un momento. Mariana le preguntó si estaba seguro de que no era un sueño. Isaac dijo que estaba despierto, que el hombre tenÃa la cara pálida y no hablaba. A la mañana siguiente me desperté antes de las seis. Mariana seguÃa dormida y Isaac también. Salà al pasillo para revisar si el rasguño de la noche anterior habÃa dejado marcas en la pared. Cuando pasé frente a las puertas pequeñas, vi que el segundo candado estaba abierto. la chapa colgaba a un costado el resto de los candados seguÃa igual que el dÃa anterior regresé al cuarto por la linterna y desperté a Mariana le dije que viniera a ver caminamos juntos hasta la sala ella también recordaba que todos
7:17 los candados estaban cerrados cuando nos acostamos pensé si podÃa ser alguna broma o si alguien habÃa entrado pero todas las ventanas tenÃan los seguros puestos y no encontramos nada forzado La puerta estaba en la misma pared donde habÃamos visto el hueco la primera vez, pero a un metro a la derecha. Cuando la abrÃ, habÃa una muñeca sentada sobre el piso de ladrillos. Era de trapo, con la cara bordada. Le faltaba un ojo. La tela estaba manchada de algo oscuro que parecÃa tierra o moho. Mariana se tapó la boca con la mano. Dijo que la muñeca le daba mala espina. La levanté con cuidado. Estaba húmeda por la base. Mariana trajo una bolsa negra de basura y la metimos adentro. La bolsa quedó apoyada en un rincón de la sala, junto al refrigerador que todavÃa no habÃamos conectado. Pasamos el resto del dÃa acomodando la cocina y revisando qué cosas del inventario del sobre podÃan estar en la casa. No encontramos ninguna llave más. Esa noche, después de cenar, Isaac se quedó dormido en la mesa.
8:26 Eran casi las diez y media. Mariana y yo recogimos los platos. Al volver a la sala, vi que la muñeca estaba sobre la mesa de la cocina. La bolsa negra no estaba en el rincón. Mariana empezó a llorar. Dijo que ella misma habÃa puesto la bolsa ahà y que no la habÃa vuelto a tocar. Yo tampoco. Isaac seguÃa dormido y no se habÃa movido de su silla. Revisé toda la casa, pero no habÃa señales de que alguien hubiera entrado. La puerta principal estaba cerrada con el candado que pusimos al llegar. A la mañana siguiente, Mariana dijo que ya no querÃa quedarse en la casa. Se sentÃa nerviosa desde que encontramos la muñeca sobre la mesa.
9:09 Mientras desayunábamos, sacó la libreta donde llevaba las cuentas. Hicimos números otra vez. Si vendÃamos la casa en ese momento, perderÃamos todo el enganche y parte del préstamo. El banco habÃa descontado ya los gastos de notarÃa y las mensualidades de noviembre y diciembre. Quedaban apenas cuatro mil pesos en la cuenta para comida y servicios. Si rentábamos en otro lugar, no nos alcanzaba. Mariana empezó a llorar. Isaac preguntó si regresarÃamos al departamento de Tlalnepantla. No supe qué contestar. Esa tarde discutimos varias veces. Mariana decÃa que algo estaba mal con la casa y que no querÃa que Isaac siguiera ahÃ.
9:53 Yo trataba de calmarla, pero también sentÃa que las cosas se salÃan de control. Al dÃa siguiente, cuando salà de la recámara, vi que el tercer candado estaba suelto. Eran casi las siete de la mañana. La puerta estaba a la derecha de la que guardaba la muñeca. El candado colgaba del pestillo, sin seguro. Desperté a Mariana para que lo viera conmigo. Dentro habÃa un estante de madera pegado a la pared del fondo. Sobre el estante estaba un cuaderno con la pasta rota. Lo levanté con cuidado. Las hojas estaban amarillentas. Revisé las primeras páginas. TenÃa nombres y fechas escritas a mano con tinta azul. Algunas fechas eran de 1986 y otras de 1990. Más abajo aparecÃan anotaciones que decÃan.
10:44 Ruidos en el pasillo. Pisadas en la madrugada. Puertas que se abren solas. mariana se quedó mirando el cuaderno sin decir nada lo dejé sobre la mesa de pino y cerré la puerta volvà a poner el candado aunque tampoco ajustaba bien esa noche nos acostamos más temprano eran las 12 cuando escuché pasos sobre el techo de la recámara eran lentos como si alguien caminara de un lado a otro me levanté con la linterna y revisé el pasillo La casa estaba en silencio, pero los pasos seguÃan arriba. Subà al tapanco que usábamos como bodega, pero no encontré nada.
11:27 Bajé despacio. Cuando regresé a la cama, Mariana estaba despierta, con los ojos abiertos, mirando hacia el techo. Los pasos se detuvieron de pronto, como si quien caminaba se hubiera quedado quieto justo sobre nosotros. Después ya no se oyó nada. Mariana respiraba agitada. La tomé de la mano. No encendà la luz porque no querÃa que Isaac se despertara. Me quedé despierto hasta que empezó a amanecer. La fiebre de Mariana empezó un martes en la madrugada. Eran casi las cuatro cuando se despertó temblando. Dijo que habÃa soñado con gente sentada en cÃrculo alrededor de un reloj grande. No podÃa recordar sus caras. Solo repetÃa que miraban todos al mismo punto mientras el péndulo se movÃa. Ese dÃa no quiso levantarse de la cama. Isaac y yo preparamos café y revisamos si la fiebre bajaba. Antes de mediodÃa le subió a 39 grados. La acosté con un paño húmedo en la frente. Esa noche a las dos escuché pasos en el pasillo. Cuando me asomé, vi a Isaac caminando lento hacia la sala. Llevaba los ojos abiertos, pero no parpadeaba.
12:40 Lo tomé del brazo y lo regresé a la cama. No reaccionó. Se quedó dormido apenas lo acosté. la siguiente noche ocurrió lo mismo eran las tres cuando volvà a oÃrlo caminar estaba descalzo dio unos pasos hasta quedar frente a las puertas pequeñas se quedó ahà quieto lo cargué de regreso mariana respiraba con dificultad me dijo en voz baja que sentÃa que la casa se estaba llenando de algo La tercera madrugada fue distinta. Eran casi las cuatro. Yo no podÃa dormir. De pronto, sonó un golpe seco, como si algo pesado hubiera caÃdo en la sala. Me levanté de inmediato con la linterna del celular. Al entrar, vi que la cuarta puerta estaba abierta. La madera estaba torcida y el candado colgaba de un clavo, como si lo hubieran arrancado. Dentro habÃa un reloj de péndulo. Era más grande que los huecos anteriores. La base era de madera oscura. El péndulo se movÃa despacio de un lado a otro. Sentà que el aire estaba más frÃo que otras noches. Me acerqué para verlo de cerca. La madera tenÃa marcas de humedad y un olor agrio, como trapo mojado.
13:57 Isaac llegó detrás de mà sin que lo oyera. Dijo en voz baja que ese péndulo marcaba los pasos de los que viven abajo. No quise preguntarle qué significaba. Cerré la puerta con cuidado. El candado ya no encajaba. Lo colgué igual, aunque no quedara fijo. Esa noche volvimos a acostarnos todos en la recámara. Mariana dormÃa de lado con la respiración entrecortada. Isaac se quedó cerca de la pared. Yo miraba el techo esperando que volviera a sonar algo. A las tres y quince en punto el reloj de la sala se detuvo. El péndulo dio un movimiento más y se quedó inmóvil. El silencio fue tan largo que me di cuenta de que estaba conteniendo el aire. Esa mañana desperté con un olor fuerte que me hizo toser.
14:47 Era un olor rancio, como trapo mojado mezclado con tierra. Eran las seis. Mariana seguÃa dormida, pero respiraba agitada. Isaac se incorporó en la cama y preguntó si era de dÃa. Salà al pasillo. El olor venÃa de la sala. Avancé con cuidado. La luz gris de la mañana entraba por la ventana principal. Cuando llegué al marco de la puerta, sentà un escalofrÃo. Las cuatro puertas del lado derecho estaban abiertas. La quinta, la sexta, la séptima y la octava, todas al mismo tiempo. Los candados estaban tirados en el piso, alineados uno junto al otro. Me quedé parado un momento.
15:29 El olor era más intenso cerca de la pared. Miré dentro de cada hueco sin moverme demasiado. En la quinta puerta habÃa varias sillas pequeñas. Eran de madera clara puestas en cÃrculo. El asiento de cada una tenÃa una mancha oscura. La sexta puerta guardaba un espejo alto cubierto de polvo. El cristal estaba rajado en la esquina. Mi reflejo apenas se distinguÃa. En la séptima habÃa un agujero profundo. SalÃa un viento frÃo que se metÃa por el pasillo. Era un aire más helado que el de afuera. La octava puerta estaba abierta del todo. Dentro habÃa una figura cubierta con una manta gris. La tela subÃa y bajaba despacio.
16:12 Sentà que me costaba mover las piernas. Mariana llegó detrás de mà sin hacer ruido. Se quedó mirando la figura tapada. Bajó la vista y empezó a caminar hacia atrás, con la cara pálida. Se apoyó contra la pared y no habló. Isaac apareció detrás de ella. Dijo que ya casi todas se despertaron. Lo dijo con voz baja, sin emoción. No quise acercarme a la manta. Cerré despacio la puerta más próxima. Esa noche no apagamos la luz de la recámara. Mariana permaneció sentada en la orilla de la cama sin acostarse. Isaac se quedó dormido en una silla. Yo permanecà en el umbral, mirando el pasillo. Pasadas las dos, empezaron los susurros.
16:57 VenÃan de distintos cuartos. DecÃan mi nombre, con una voz que sonaba como muchas voces juntas. Cada tanto, repetÃan el nombre de Mariana y luego el de Isaac. El reloj de péndulo, en algún lugar de la casa, volvió a moverse. A las 7 de la mañana, alguien golpeó la puerta principal. Eran golpes secos, uno tras otro. Me acerqué con cuidado. Cuando abrÃ, el vecino Simón estaba en la banqueta. TenÃa la cara tensa, como si llevara rato esperando. Preguntó si podÃa entrar. Lo dejé pasar. Caminó despacio por la sala, mirando las puertas abiertas. Dijo que cuando era niño la casa también se habÃa quedado asÃ, con todo abierto, y que su padre le advirtió que, si eso pasaba, nadie podÃa cerrarlas de nuevo. Mariana se sentó en una silla junto a la entrada. Isaac se quedó de pie a su lado. Nadie habló. Simón dijo que conocÃa a un hombre con una grúa que podÃa ayudarnos a remolcar la camioneta hasta el camino principal. Dijo que iba a hacer la llamada. Mariana asintió. Recogimos algo de ropa en dos mochilas.
18:05 Isaac metió su cuaderno con dibujos. Simón salió al patio con el celular. Volvió pocos minutos después. TraÃa la mirada baja. Dijo que el hombre de la grúa estaba trabajando en otro pueblo y que no podÃa venir hasta la tarde. Mariana preguntó si podÃamos irnos caminando hasta su casa. Simón se asomó por la ventana y dijo que la neblina cubrÃa todo el camino. Afuera se veÃa el patio cubierto de bruma, como si no hubiera nada detrás del cerco. Comentó que cuando la casa estaba asÃ, la neblina no era normal. Dijo que no convenÃa salir sin ver por dónde se caminaba. Mariana se quedó callada, mirando la puerta del pasillo. Dijo que la casa se sentÃa más oscura que antes. Le respondà que era mejor esperar a que se despejara. Isaac no dijo nada. ParecÃa cansado. Simón se quedó con nosotros. Dijo que no pensaba marcharse hasta que todo se aclarara. Se sentó en una silla cerca del marco del pasillo. TenÃa las manos juntas sobre las piernas.
19:11 Isaac se sentó en el piso, junto al cuaderno viejo. Pasó la mano sobre la tapa. Levantó la vista y dijo que la última página ya estaba escrita. Fui hasta él. Tomé el cuaderno. La tinta era más oscura que las otras. Solo decÃa una frase en el centro de la hoja. Solo queda la novena. Mariana no habló. TenÃa las manos apoyadas sobre las rodillas. Isaac recostó la cabeza en su brazo. Simón se quedó quieto, sin moverse. esa noche dejamos la luz encendida en la recámara nadie durmió pasadas las dos el reloj de péndulo volvió a sonar era un golpeteo lento como si alguien lo empujara de un lado al otro pasadas las dos de la madrugada Mariana se levantó de la cama sin decir nada caminó hacia la puerta de la recámara simón abrió los ojos me incorporé de inmediato mariana salió al pasillo con pasos lentos isaac se levantó detrás de ella simón y yo fuimos tras los dos cuando llegamos a la sala mariana ya estaba frente a la octava puerta La figura tapada con la manta seguÃa adentro. Mariana levantó la mano despacio. Le dije que se detuviera. No reaccionó. Isaac se quedó a un lado, mirándola sin moverse. Simón tomó a Isaac por un brazo y lo apartó de la puerta. me acerqué a Mariana y le sujeté el brazo ella estiró la mano hasta
20:42 rozar la manta tiré de su brazo la manta se soltó y cayó al piso dentro habÃa una estatua de mármol era una figura humana agachada con la cabeza inclinada hacia el suelo la superficie estaba manchada de algo oscuro que corrÃa hasta la base Mariana se quedó mirando la estatua unos segundos. Después cerró los ojos y se desplomó. La sujeté antes de que golpeara la cabeza contra el piso. Simón dejó a Isaac a un lado y me ayudó a recostarla en el suelo. Respiraba, pero no respondÃa cuando le hablé. El reloj de péndulo empezó a sonar otra vez, con un ritmo más rápido que antes. Pasadas las cinco de la mañana, la neblina empezó a bajar. PodÃamos ver la barda del patio y parte del camino de tierra que llevaba a la calle principal. Desperté a Mariana. Abrió los ojos despacio. Isaac se incorporó al mismo tiempo. Le dije a Simón que Ãbamos a salir caminando hasta su casa.
21:44 Asintió sin discutir. Recogimos las mochilas con ropa y salimos al pasillo. el olor rancio era más intenso que en cualquier noche anterior las puertas pequeñas seguÃan abiertas bajamos los cuatro al patio el aire estaba helado pero ya no se veÃa tan espeso caminamos despacio hacia el portón cuando pasamos junto a la sala escuché un chirrido largo La novena puerta empezó a abrirse sola. Me detuve. Mariana giró la cabeza despacio hacia el umbral. Isaac se quedó inmóvil. Dijo que no querÃa mirar dentro. Todas las demás puertas crujieron al mismo tiempo. El sonido retumbó en las paredes.
22:26 La madera se movÃa como si la casa respirara. Mariana soltó la mochila y dio un paso adelante. Dentro de la novena puerta algo se desplazaba. Era una sombra que se inclinaba hacia afuera. La forma no era clara. Vi un contorno largo como un brazo que tanteaba el marco. Le grité a Mariana que saliera conmigo. No respondió. TenÃa la vista fija en el hueco. Simón se acercó a ella e intentó sujetarla del brazo. Mariana no reaccionó. Isaac empezó a llorar. Se tapó la cara con las manos. La sombra se movió un poco más hasta quedar casi a la altura del pasillo. ParecÃa que se sostenÃa en el umbral. Le dije a Simón que saliera primero con Isaac.
23:15 Ãl negó con la cabeza. Dijo que no iba a dejarnos atrás. La sombra se estiró hasta tocar el marco de la puerta principal. Sentà un escalofrÃo en la nuca. Volvà a tomar a Isaac en brazos. Mariana respiraba agitada, pero no se apartaba. Simón seguÃa sujetándola del codo. La sombra empezó a inclinarse hacia el suelo, como si fuera a cruzar la puerta. Empujé a Simón para que se moviera. Lo miré a los ojos. Le repetà que se fuera. Dio un paso atrás. Tomó a Isaac de un brazo y empezó a caminar rápido hacia la salida. Me quedé un instante mirando a Mariana. Ella tenÃa la vista clavada en la sombra. Sus labios se movÃan como si hablara en voz baja. No pude oÃr qué decÃa. Volvà a gritarle que viniera conmigo. No reaccionó. La sombra subió un poco, hasta quedar a la altura de su rostro. Di media vuelta y salà por la puerta principal. Isaac lloraba contra el pecho de Simón. Caminamos rápido por el patio hasta cruzar el portón. Cuando llegué afuera, miré hacia atrás. Mariana seguÃa de pie junto a la novena puerta. la sombra se arqueaba detrás de ella tan alta que tocaba el dintel sus brazos parecÃan abrirse hacia los costados simón nos llevó caminando hasta su casa isaac no dejaba de mirar atrás como si esperara que mariana saliera corriendo detrás de nosotros cuando entramos simón cerró la puerta con seguro y
24:47 bajo todas las cortinas nadie habló hasta que empezó a amanecer A las 8 de la mañana llamamos a la policÃa. Llegaron dos patrullas. Les expliqué lo que habÃa pasado. Uno de los agentes se quedó conmigo y con Isaac mientras otros revisaban la casa. Entraron por la puerta principal. Volvieron al poco rato. Dijeron que no encontraron a Mariana ni ninguna señal de que hubiera salido por su cuenta. Ese mismo dÃa colocaron sellos en todas las entradas. La camioneta quedó adentro del patio. Los policÃas se llevaron el cuaderno viejo como evidencia. Dijeron que lo pondrÃan bajo custodia hasta que se aclarara la situación. Simón nos permitió quedarnos en su casa unos dÃas. Isaac dormÃa en un colchón junto a su cama. Yo pasaba las noches sin poder cerrar los ojos. Cada tanto creÃa escuchar pasos que venÃan desde el patio de enfrente. Dos semanas después me mudé con Isaac a un cuarto de renta en el centro del pueblo.
25:50 Simón me ayudó a sacar algunas pertenencias que quedaban en su casa. La mÃa quedó vacÃa y cerrada con cadenas. La última vez que pasé por la calle, un vecino me dijo que por las noches se encendÃan luces en la sala. A veces se veÃa una figura que caminaba de un lado al otro. Nunca quise volver a acercarme. No recuperé el cuaderno ni supe qué hicieron con él. La camioneta sigue ahÃ, detrás del portón. Ahora trabajo en un taller mecánico en el centro del pueblo. Isaac va a la primaria que está a dos calles de donde vivimos. No hablamos de esa casa. Cuando paso cerca prefiero mirar hacia otro lado. A veces me pregunto si Mariana sigue adentro esperando que regresemos. Nunca he tenido el valor de averiguarlo.
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