July 10, 2025

La SOMBRA Detrás Del Muro Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Carlos Morales, tengo 38 años y soy técnico electricista. En noviembre de 2022 me quedé sin trabajo cuando cerró la empresa donde laboré más de 15 años, con los pocos ahorros que quedaban y un préstamo hipotecario que el banco afirme nos aprobó. compramos una casa en el municipio de Tepotzotlán, al norte de la Ciudad de México. La propiedad había sido rematada por el banco porque su dueño, un hombre llamado Efraín Luján Gómez, murió en 2015 sin dejar testamento. Pasó años en litigio hasta que el banco la puso en venta. El precio era bajo, 430 mil pesos. Aún así, era todo lo que podíamos pagar. La casa estaba deteriorada y tenía varias reparaciones urgentes. Las paredes tenían humedad, el piso del patio estaba agrietado y en la cocina no funcionaba el calentador. Mariana, mi esposa, aceptó mudarse porque no podíamos seguir pagando renta en el departamento de Tlalnepantla. Sabíamos que sería un sacrificio y que por un tiempo no habría dinero para volver a mudarnos si algo salía mal Salimos de Tlalnepantla a las 7 de la mañana El camión de mudanza llegó una hora tarde porque el conductor no encontraba la calle llegamos a la casa a las once y media la fachada era de ladrillo pintado de blanco pero la pintura se estaba cayendo en placas grandes había dos ventanas al frente

1:36 con rejas oxidadas y un portón de lámina verde al abrirlo vimos un pasillo largo lleno de hojas secas y un olor fuerte a humedad Metimos las pocas cosas que llevábamos en dos viajes desde el camión hasta la sala. Eran las dos de la tarde. El sol caía directo sobre el portón de lámina y se sentía un calor pesado. Dejamos el refrigerador viejo en la esquina que daba hacia la cocina. Los colchones quedaron apoyados en la pared del pasillo. La mesa de pino y las cuatro sillas las pusimos cerca de la ventana principal, que estaba cerrada con rejas. Las cajas con ropa y utensilios se fueron apilando junto a la puerta de entrada. Isaac tenía siete años. Se quedó parado en medio del umbral de la puerta principal, mirando hacia el interior. Dijo que la casa parecía una con jaulas. Estaba señalando la pared del fondo. Entramos los tres a revisar. La sala era amplia, de unos seis metros de largo por cuatro de ancho. El piso estaba cubierto de polvo y de hojas secas que se habían colado por las rendijas. Había telarañas en las esquinas del techo y manchas oscuras de humedad. La pared del lado norte tenía nueve puertas pequeñas. Medían aproximadamente un metro de alto por 70 centímetros de ancho, como del tamaño de un armario.

2:58 Cada puerta tenía un candado de acero oxidado. Algunas estaban pintadas del mismo color crema que la pared y casi no se distinguían si uno no se acercaba. Cuando revisamos la cocina, Mariana encontró un sobre amarillo clavado con una tachuela en un costado del mueble. Decía, inventario de candados. Dentro había una lista de llaves numeradas, pero ninguna llave estaba en la casa. pensamos que quizá los anteriores dueños se las habían llevado un vecino se acercó cuando bajábamos un ropero era un hombre de unos 50 años dijo que se llamaba Simón García y que vivía dos casas más adelante nos ayudó a meter la mesa y preguntó si pensábamos abrir todas esas puertas le respondí que no sabía que guardaban él comentó que otros que vivieron ahí antes se fueron sin abrirlas todas como si no quisieran saber qué había dentro Terminamos de acomodar todo hacia las seis de la tarde. Isaac encontró un cuaderno escolar tirado bajo el fregadero, con dibujos de figuras que parecían cajas y candados.

4:05 Mariana lo guardó en una caja de cartón junto con otros papeles. Esa noche, cuando apagamos las luces, sentí corrientes de aire frío que no lograba ubicar. Me levanté dos veces a revisar si habíamos dejado alguna ventana abierta. Todas estaban cerradas. El viento seguía moviendo las cortinas con fuerza, como si viniera de otro lugar. al día siguiente empezamos a limpiar los cuartos había polvo acumulado en los marcos de las ventanas y telarañas en los focos pasamos casi toda la mañana barriendo y sacando bolsas con basura vieja cuando llegamos a la sala vi que uno de los candados estaba abierto recordaba que la noche anterior estaba cerrado mariana también lo había visto así La puerta estaba junto al extremo izquierdo de la pared. La chapa colgaba floja.

4:58 Dudamos si abrirla. Isaac estaba sentado en el suelo con un cuaderno, a un metro de donde yo revisaba el candado. Me dijo que quería ver qué había adentro. moví la puerta con cuidado detrás sólo había un hueco era un espacio de unos 40 centímetros de fondo se veían ladrillos viejos y polvo negro pasé la linterna del celular por dentro no encontré ningún objeto cerré la puerta y volví a poner el candado aunque la cerradura no ajustaba bien Esa noche, después de cenar, apagamos las luces. Eran casi las once. Nos acostamos en el colchón que habíamos puesto en la recámara principal. Isaac dormía en medio. La puerta de esa recámara daba directo al pasillo que conectaba con la sala.

5:46 Unos minutos después, escuché un rasguño. Era un sonido constante, como si algo rascara la madera. Venía de la sala, de la pared donde estaban las puertas. Me levanté con la linterna y caminé hasta el umbral. No encendí la luz porque no quería despertar a Isaac. Desde el pasillo no vi nada raro. El rasguño siguió unos segundos más y luego se detuvo. Regresé a la cama. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en la mesa de la cocina, Isaac dijo que había visto a un hombre con sombrero. Contó que cuando estuvo jugando en la sala, antes de que oscureciera, la puerta que habíamos abierto se movió un poco y el hombre se asomó. Según él, lo miró un momento. Mariana le preguntó si estaba seguro de que no era un sueño. Isaac dijo que estaba despierto, que el hombre tenía la cara pálida y no hablaba. A la mañana siguiente me desperté antes de las seis. Mariana seguía dormida y Isaac también. Salí al pasillo para revisar si el rasguño de la noche anterior había dejado marcas en la pared. Cuando pasé frente a las puertas pequeñas, vi que el segundo candado estaba abierto. la chapa colgaba a un costado el resto de los candados seguía igual que el día anterior regresé al cuarto por la linterna y desperté a Mariana le dije que viniera a ver caminamos juntos hasta la sala ella también recordaba que todos

7:17 los candados estaban cerrados cuando nos acostamos pensé si podía ser alguna broma o si alguien había entrado pero todas las ventanas tenían los seguros puestos y no encontramos nada forzado La puerta estaba en la misma pared donde habíamos visto el hueco la primera vez, pero a un metro a la derecha. Cuando la abrí, había una muñeca sentada sobre el piso de ladrillos. Era de trapo, con la cara bordada. Le faltaba un ojo. La tela estaba manchada de algo oscuro que parecía tierra o moho. Mariana se tapó la boca con la mano. Dijo que la muñeca le daba mala espina. La levanté con cuidado. Estaba húmeda por la base. Mariana trajo una bolsa negra de basura y la metimos adentro. La bolsa quedó apoyada en un rincón de la sala, junto al refrigerador que todavía no habíamos conectado. Pasamos el resto del día acomodando la cocina y revisando qué cosas del inventario del sobre podían estar en la casa. No encontramos ninguna llave más. Esa noche, después de cenar, Isaac se quedó dormido en la mesa.

8:26 Eran casi las diez y media. Mariana y yo recogimos los platos. Al volver a la sala, vi que la muñeca estaba sobre la mesa de la cocina. La bolsa negra no estaba en el rincón. Mariana empezó a llorar. Dijo que ella misma había puesto la bolsa ahí y que no la había vuelto a tocar. Yo tampoco. Isaac seguía dormido y no se había movido de su silla. Revisé toda la casa, pero no había señales de que alguien hubiera entrado. La puerta principal estaba cerrada con el candado que pusimos al llegar. A la mañana siguiente, Mariana dijo que ya no quería quedarse en la casa. Se sentía nerviosa desde que encontramos la muñeca sobre la mesa.

9:09 Mientras desayunábamos, sacó la libreta donde llevaba las cuentas. Hicimos números otra vez. Si vendíamos la casa en ese momento, perderíamos todo el enganche y parte del préstamo. El banco había descontado ya los gastos de notaría y las mensualidades de noviembre y diciembre. Quedaban apenas cuatro mil pesos en la cuenta para comida y servicios. Si rentábamos en otro lugar, no nos alcanzaba. Mariana empezó a llorar. Isaac preguntó si regresaríamos al departamento de Tlalnepantla. No supe qué contestar. Esa tarde discutimos varias veces. Mariana decía que algo estaba mal con la casa y que no quería que Isaac siguiera ahí.

9:53 Yo trataba de calmarla, pero también sentía que las cosas se salían de control. Al día siguiente, cuando salí de la recámara, vi que el tercer candado estaba suelto. Eran casi las siete de la mañana. La puerta estaba a la derecha de la que guardaba la muñeca. El candado colgaba del pestillo, sin seguro. Desperté a Mariana para que lo viera conmigo. Dentro había un estante de madera pegado a la pared del fondo. Sobre el estante estaba un cuaderno con la pasta rota. Lo levanté con cuidado. Las hojas estaban amarillentas. Revisé las primeras páginas. Tenía nombres y fechas escritas a mano con tinta azul. Algunas fechas eran de 1986 y otras de 1990. Más abajo aparecían anotaciones que decían.

10:44 Ruidos en el pasillo. Pisadas en la madrugada. Puertas que se abren solas. mariana se quedó mirando el cuaderno sin decir nada lo dejé sobre la mesa de pino y cerré la puerta volví a poner el candado aunque tampoco ajustaba bien esa noche nos acostamos más temprano eran las 12 cuando escuché pasos sobre el techo de la recámara eran lentos como si alguien caminara de un lado a otro me levanté con la linterna y revisé el pasillo La casa estaba en silencio, pero los pasos seguían arriba. Subí al tapanco que usábamos como bodega, pero no encontré nada.

11:27 Bajé despacio. Cuando regresé a la cama, Mariana estaba despierta, con los ojos abiertos, mirando hacia el techo. Los pasos se detuvieron de pronto, como si quien caminaba se hubiera quedado quieto justo sobre nosotros. Después ya no se oyó nada. Mariana respiraba agitada. La tomé de la mano. No encendí la luz porque no quería que Isaac se despertara. Me quedé despierto hasta que empezó a amanecer. La fiebre de Mariana empezó un martes en la madrugada. Eran casi las cuatro cuando se despertó temblando. Dijo que había soñado con gente sentada en círculo alrededor de un reloj grande. No podía recordar sus caras. Solo repetía que miraban todos al mismo punto mientras el péndulo se movía. Ese día no quiso levantarse de la cama. Isaac y yo preparamos café y revisamos si la fiebre bajaba. Antes de mediodía le subió a 39 grados. La acosté con un paño húmedo en la frente. Esa noche a las dos escuché pasos en el pasillo. Cuando me asomé, vi a Isaac caminando lento hacia la sala. Llevaba los ojos abiertos, pero no parpadeaba.

12:40 Lo tomé del brazo y lo regresé a la cama. No reaccionó. Se quedó dormido apenas lo acosté. la siguiente noche ocurrió lo mismo eran las tres cuando volví a oírlo caminar estaba descalzo dio unos pasos hasta quedar frente a las puertas pequeñas se quedó ahí quieto lo cargué de regreso mariana respiraba con dificultad me dijo en voz baja que sentía que la casa se estaba llenando de algo La tercera madrugada fue distinta. Eran casi las cuatro. Yo no podía dormir. De pronto, sonó un golpe seco, como si algo pesado hubiera caído en la sala. Me levanté de inmediato con la linterna del celular. Al entrar, vi que la cuarta puerta estaba abierta. La madera estaba torcida y el candado colgaba de un clavo, como si lo hubieran arrancado. Dentro había un reloj de péndulo. Era más grande que los huecos anteriores. La base era de madera oscura. El péndulo se movía despacio de un lado a otro. Sentí que el aire estaba más frío que otras noches. Me acerqué para verlo de cerca. La madera tenía marcas de humedad y un olor agrio, como trapo mojado.

13:57 Isaac llegó detrás de mí sin que lo oyera. Dijo en voz baja que ese péndulo marcaba los pasos de los que viven abajo. No quise preguntarle qué significaba. Cerré la puerta con cuidado. El candado ya no encajaba. Lo colgué igual, aunque no quedara fijo. Esa noche volvimos a acostarnos todos en la recámara. Mariana dormía de lado con la respiración entrecortada. Isaac se quedó cerca de la pared. Yo miraba el techo esperando que volviera a sonar algo. A las tres y quince en punto el reloj de la sala se detuvo. El péndulo dio un movimiento más y se quedó inmóvil. El silencio fue tan largo que me di cuenta de que estaba conteniendo el aire. Esa mañana desperté con un olor fuerte que me hizo toser.

14:47 Era un olor rancio, como trapo mojado mezclado con tierra. Eran las seis. Mariana seguía dormida, pero respiraba agitada. Isaac se incorporó en la cama y preguntó si era de día. Salí al pasillo. El olor venía de la sala. Avancé con cuidado. La luz gris de la mañana entraba por la ventana principal. Cuando llegué al marco de la puerta, sentí un escalofrío. Las cuatro puertas del lado derecho estaban abiertas. La quinta, la sexta, la séptima y la octava, todas al mismo tiempo. Los candados estaban tirados en el piso, alineados uno junto al otro. Me quedé parado un momento.

15:29 El olor era más intenso cerca de la pared. Miré dentro de cada hueco sin moverme demasiado. En la quinta puerta había varias sillas pequeñas. Eran de madera clara puestas en círculo. El asiento de cada una tenía una mancha oscura. La sexta puerta guardaba un espejo alto cubierto de polvo. El cristal estaba rajado en la esquina. Mi reflejo apenas se distinguía. En la séptima había un agujero profundo. Salía un viento frío que se metía por el pasillo. Era un aire más helado que el de afuera. La octava puerta estaba abierta del todo. Dentro había una figura cubierta con una manta gris. La tela subía y bajaba despacio.

16:12 Sentí que me costaba mover las piernas. Mariana llegó detrás de mí sin hacer ruido. Se quedó mirando la figura tapada. Bajó la vista y empezó a caminar hacia atrás, con la cara pálida. Se apoyó contra la pared y no habló. Isaac apareció detrás de ella. Dijo que ya casi todas se despertaron. Lo dijo con voz baja, sin emoción. No quise acercarme a la manta. Cerré despacio la puerta más próxima. Esa noche no apagamos la luz de la recámara. Mariana permaneció sentada en la orilla de la cama sin acostarse. Isaac se quedó dormido en una silla. Yo permanecí en el umbral, mirando el pasillo. Pasadas las dos, empezaron los susurros.

16:57 Venían de distintos cuartos. Decían mi nombre, con una voz que sonaba como muchas voces juntas. Cada tanto, repetían el nombre de Mariana y luego el de Isaac. El reloj de péndulo, en algún lugar de la casa, volvió a moverse. A las 7 de la mañana, alguien golpeó la puerta principal. Eran golpes secos, uno tras otro. Me acerqué con cuidado. Cuando abrí, el vecino Simón estaba en la banqueta. Tenía la cara tensa, como si llevara rato esperando. Preguntó si podía entrar. Lo dejé pasar. Caminó despacio por la sala, mirando las puertas abiertas. Dijo que cuando era niño la casa también se había quedado así, con todo abierto, y que su padre le advirtió que, si eso pasaba, nadie podía cerrarlas de nuevo. Mariana se sentó en una silla junto a la entrada. Isaac se quedó de pie a su lado. Nadie habló. Simón dijo que conocía a un hombre con una grúa que podía ayudarnos a remolcar la camioneta hasta el camino principal. Dijo que iba a hacer la llamada. Mariana asintió. Recogimos algo de ropa en dos mochilas.

18:05 Isaac metió su cuaderno con dibujos. Simón salió al patio con el celular. Volvió pocos minutos después. Traía la mirada baja. Dijo que el hombre de la grúa estaba trabajando en otro pueblo y que no podía venir hasta la tarde. Mariana preguntó si podíamos irnos caminando hasta su casa. Simón se asomó por la ventana y dijo que la neblina cubría todo el camino. Afuera se veía el patio cubierto de bruma, como si no hubiera nada detrás del cerco. Comentó que cuando la casa estaba así, la neblina no era normal. Dijo que no convenía salir sin ver por dónde se caminaba. Mariana se quedó callada, mirando la puerta del pasillo. Dijo que la casa se sentía más oscura que antes. Le respondí que era mejor esperar a que se despejara. Isaac no dijo nada. Parecía cansado. Simón se quedó con nosotros. Dijo que no pensaba marcharse hasta que todo se aclarara. Se sentó en una silla cerca del marco del pasillo. Tenía las manos juntas sobre las piernas.

19:11 Isaac se sentó en el piso, junto al cuaderno viejo. Pasó la mano sobre la tapa. Levantó la vista y dijo que la última página ya estaba escrita. Fui hasta él. Tomé el cuaderno. La tinta era más oscura que las otras. Solo decía una frase en el centro de la hoja. Solo queda la novena. Mariana no habló. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas. Isaac recostó la cabeza en su brazo. Simón se quedó quieto, sin moverse. esa noche dejamos la luz encendida en la recámara nadie durmió pasadas las dos el reloj de péndulo volvió a sonar era un golpeteo lento como si alguien lo empujara de un lado al otro pasadas las dos de la madrugada Mariana se levantó de la cama sin decir nada caminó hacia la puerta de la recámara simón abrió los ojos me incorporé de inmediato mariana salió al pasillo con pasos lentos isaac se levantó detrás de ella simón y yo fuimos tras los dos cuando llegamos a la sala mariana ya estaba frente a la octava puerta La figura tapada con la manta seguía adentro. Mariana levantó la mano despacio. Le dije que se detuviera. No reaccionó. Isaac se quedó a un lado, mirándola sin moverse. Simón tomó a Isaac por un brazo y lo apartó de la puerta. me acerqué a Mariana y le sujeté el brazo ella estiró la mano hasta

20:42 rozar la manta tiré de su brazo la manta se soltó y cayó al piso dentro había una estatua de mármol era una figura humana agachada con la cabeza inclinada hacia el suelo la superficie estaba manchada de algo oscuro que corría hasta la base Mariana se quedó mirando la estatua unos segundos. Después cerró los ojos y se desplomó. La sujeté antes de que golpeara la cabeza contra el piso. Simón dejó a Isaac a un lado y me ayudó a recostarla en el suelo. Respiraba, pero no respondía cuando le hablé. El reloj de péndulo empezó a sonar otra vez, con un ritmo más rápido que antes. Pasadas las cinco de la mañana, la neblina empezó a bajar. Podíamos ver la barda del patio y parte del camino de tierra que llevaba a la calle principal. Desperté a Mariana. Abrió los ojos despacio. Isaac se incorporó al mismo tiempo. Le dije a Simón que íbamos a salir caminando hasta su casa.

21:44 Asintió sin discutir. Recogimos las mochilas con ropa y salimos al pasillo. el olor rancio era más intenso que en cualquier noche anterior las puertas pequeñas seguían abiertas bajamos los cuatro al patio el aire estaba helado pero ya no se veía tan espeso caminamos despacio hacia el portón cuando pasamos junto a la sala escuché un chirrido largo La novena puerta empezó a abrirse sola. Me detuve. Mariana giró la cabeza despacio hacia el umbral. Isaac se quedó inmóvil. Dijo que no quería mirar dentro. Todas las demás puertas crujieron al mismo tiempo. El sonido retumbó en las paredes.

22:26 La madera se movía como si la casa respirara. Mariana soltó la mochila y dio un paso adelante. Dentro de la novena puerta algo se desplazaba. Era una sombra que se inclinaba hacia afuera. La forma no era clara. Vi un contorno largo como un brazo que tanteaba el marco. Le grité a Mariana que saliera conmigo. No respondió. Tenía la vista fija en el hueco. Simón se acercó a ella e intentó sujetarla del brazo. Mariana no reaccionó. Isaac empezó a llorar. Se tapó la cara con las manos. La sombra se movió un poco más hasta quedar casi a la altura del pasillo. Parecía que se sostenía en el umbral. Le dije a Simón que saliera primero con Isaac.

23:15 Él negó con la cabeza. Dijo que no iba a dejarnos atrás. La sombra se estiró hasta tocar el marco de la puerta principal. Sentí un escalofrío en la nuca. Volví a tomar a Isaac en brazos. Mariana respiraba agitada, pero no se apartaba. Simón seguía sujetándola del codo. La sombra empezó a inclinarse hacia el suelo, como si fuera a cruzar la puerta. Empujé a Simón para que se moviera. Lo miré a los ojos. Le repetí que se fuera. Dio un paso atrás. Tomó a Isaac de un brazo y empezó a caminar rápido hacia la salida. Me quedé un instante mirando a Mariana. Ella tenía la vista clavada en la sombra. Sus labios se movían como si hablara en voz baja. No pude oír qué decía. Volví a gritarle que viniera conmigo. No reaccionó. La sombra subió un poco, hasta quedar a la altura de su rostro. Di media vuelta y salí por la puerta principal. Isaac lloraba contra el pecho de Simón. Caminamos rápido por el patio hasta cruzar el portón. Cuando llegué afuera, miré hacia atrás. Mariana seguía de pie junto a la novena puerta. la sombra se arqueaba detrás de ella tan alta que tocaba el dintel sus brazos parecían abrirse hacia los costados simón nos llevó caminando hasta su casa isaac no dejaba de mirar atrás como si esperara que mariana saliera corriendo detrás de nosotros cuando entramos simón cerró la puerta con seguro y

24:47 bajo todas las cortinas nadie habló hasta que empezó a amanecer A las 8 de la mañana llamamos a la policía. Llegaron dos patrullas. Les expliqué lo que había pasado. Uno de los agentes se quedó conmigo y con Isaac mientras otros revisaban la casa. Entraron por la puerta principal. Volvieron al poco rato. Dijeron que no encontraron a Mariana ni ninguna señal de que hubiera salido por su cuenta. Ese mismo día colocaron sellos en todas las entradas. La camioneta quedó adentro del patio. Los policías se llevaron el cuaderno viejo como evidencia. Dijeron que lo pondrían bajo custodia hasta que se aclarara la situación. Simón nos permitió quedarnos en su casa unos días. Isaac dormía en un colchón junto a su cama. Yo pasaba las noches sin poder cerrar los ojos. Cada tanto creía escuchar pasos que venían desde el patio de enfrente. Dos semanas después me mudé con Isaac a un cuarto de renta en el centro del pueblo.

25:50 Simón me ayudó a sacar algunas pertenencias que quedaban en su casa. La mía quedó vacía y cerrada con cadenas. La última vez que pasé por la calle, un vecino me dijo que por las noches se encendían luces en la sala. A veces se veía una figura que caminaba de un lado al otro. Nunca quise volver a acercarme. No recuperé el cuaderno ni supe qué hicieron con él. La camioneta sigue ahí, detrás del portón. Ahora trabajo en un taller mecánico en el centro del pueblo. Isaac va a la primaria que está a dos calles de donde vivimos. No hablamos de esa casa. Cuando paso cerca prefiero mirar hacia otro lado. A veces me pregunto si Mariana sigue adentro esperando que regresemos. Nunca he tenido el valor de averiguarlo.