Nov. 20, 2025

La Salvó Después De Todo: Brujo Nahual - Historias De Terror - REDE

La Salvó Después De Todo: Brujo Nahual - Historias De Terror - REDE
La Salvó Después De Todo: Brujo Nahual - Historias De Terror - REDE
REDE (Relatos Desclasificados)
La Salvó Después De Todo: Brujo Nahual - Historias De Terror - REDE

¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd

0:06 Siempre se hablaba de un rancho que quedaba detrás del cerro grande, donde la tierra se partía en grietas y el viento arrastraba ceniza. Allí vivía un hombre que sanaba enfermedades que ningún médico podía curar. Nadie contaba con detalle cómo lo hacía, decían que cobraba un precio que cada familia descubría cuando ya no había vuelta atrás. Cuando alguien preguntaba qué clase de pago era, los demás bajaban la mirada o se quedaban callados, como si repetirlo pudiera traer desgracia. En el pueblo todos conocían alguna historia. Una de las más repetidas era la de Luisito Hernández, un niño que nació con un bulto blando en el costado, del tamaño de una naranja. La piel se le llenó de manchas moradas que reventaban y le mojaban la camisa. Su madre, Doña Petra, decía que cada noche el bulto latía como un corazón aparte. Cuando la fiebre empezó a secarle la voz, decidieron llevarlo al rancho. Salieron antes de que amaneciera, el abuelo lo llevaba envuelto en un petate atado a la espalda.

1:10 No avisaron a nadie. Regresaron tres días después. Luisito venía con los ojos abiertos sosteniéndose de la mano de su padre. Tenía la piel limpia y respiraba con calma. Durante un tiempo creyeron que se había salvado, pero unas semanas después empezaron a encontrarlo echado en el patio de tierra suelta, siempre en el mismo lugar junto al granado. Se acostaba boca abajo, con la cara hundida en el polvo reseco que se levantaba cuando soplaba el viento. si lo alzaban para meterlo en la casa. Lloraba con un sonido ronco y áspero que no se parecía a su llanto de antes. También se contaba de María del Carmen Aguirre, una mujer que se quedó ciega a los 40 años. La infección empezó con una costra blanca que le tapó los ojos. Su marido, Francisco, la llevó a médicos de otros pueblos, pero ninguno pudo curarla.

2:06 Cuando ya no comía ni respondía a su hijo, la subieron en un burro y la llevaron al rancho. Volvió caminando detrás de Francisco, con los ojos abiertos y claros. Saludaba a todos, recordaba los nombres y decía que sentía que la vida le había regresado. Durante unas semanas todo parecía normal, pero después empezó a mezclar las caras de la gente. Llamaba con otros nombres a los vecinos. Un día no reconoció la casa. Al final se sentaba en la puerta con la mirada perdida. Cuando su hijo se acercaba, le preguntaba quién era y qué hacía allí. Otra historia la contaba doña Fabiola, que decía que su hermana Elvira tenía los pulmones llenos de agua, no podía dormir por la tos que le arrancaba la voz. Una madrugada su esposo la llevó al rancho, regresó caminando sola, ya no tosía, parecía que todo estaba resuelto, pero cada noche cuando se quedaba despierta, hablaba en voz baja con alguien que nadie veía.

3:08 decía que esa voz le contaba secretos que no debía repetir. Esos relatos iban de boca en boca. Cuando alguien preguntaba si eran ciertos, muchos se encogían de hombros. Otros decían que todo era puro cuento. Pero en las noches de calor, cuando la gente se sentaba afuera, los nombres y los detalles siempre eran los mismos. El rancho de adobe partido, el hombre que no salía a recibirlos, el fogón encendido y el precio que se pagaba sin saber cuándo. Yo escuché esas historias desde que era niño. Nunca pensé que un día me interesarían más que cualquier otro tema. Mi madre me decía que no me llenara la cabeza con cosas de brujería, que si uno creía en esas leyendas, terminaba viviendo con miedo. Pero a veces su voz cambiaba cuando alguien mencionaba aquel lugar. Bajaba la mirada y se quedaba callada, como si en el fondo supiera que no todo era invento. A mí me parecían relatos exagerados. Pensaba que, si alguien enfermaba, lo mejor era esperar al médico que llegaba en su camioneta blanca cada dos semanas. La medicina siempre tenía alguna respuesta. Durante años creí que bastaba con eso.

4:22 Todo cambió cuando mi madre empezó a perder fuerza. Primero tuvo fiebre constante, decía que era un resfriado mal curado. Después dejó de comer, se quedaba acostada, con los labios partidos y los párpados medio abiertos. El médico vino dos veces, la primera dijo que era una infección que se controlaba con antibióticos, la segunda vez se quedó mirándola un buen rato antes de hablar, explicó que sus órganos se estaban pudriendo por dentro, dijo que pronto se iba a morir. Mi padre dejó de buscar remedios. Se sentaba en la puerta con la cara entre las manos, sin moverse hasta que oscurecía. Yo seguí probando todo lo que alguien me sugería.

5:05 Compré jarabes que prometían limpiar la sangre. Herví plantas que recogí detrás de la escuela. Nada cambió. La fiebre no se movió. Una tarde, mientras llenaba un balde con agua, se acercó Pablo, un vecino que trabaja en los potreros. me preguntó si había pensado en lo que hacían otros cuando no quedaba remedio tenía la voz apagada dijo que conocía a gente que había ido al rancho y que aunque nadie quería contarlo algunos regresaban con sus enfermos caminando me advirtió que después venía otra cosa algo que no se podía explicar ni remediar lo mire sin decir palabra el agua goteaba del balde y se formaba un charco en el piso Pensé que la última parte de su advertencia ya no importaba. Mi madre apenas respiraba. Si quedaba un lugar donde intentar algo más, yo iba a ir.

6:01 Esa noche el aire dentro de la casa estaba tan denso que costaba respirar. La fiebre de mi madre seguía subiendo. Cada vez que me acercaba, sentía el calor que salía de su cuerpo como si se quemara por dentro. Le pasé un trapo húmedo por la frente y por las mejillas. No abrió los ojos, solo murmuró algo que no entendí. Tenía la piel tan pálida que parecía un costal vacío. Mi padre se sentó junto a la cabecera del catre. Le tomó la mano con cuidado, como si temiera romperle los dedos. la miraba fijo con los labios apretados no era un hombre de muchas palabras pero esa noche tenía la cara deshecha igual que cuando murió mi hermana menor la diferencia era que ahora no se oía llanto sólo el zumbido de un mosquito atrapado entre las láminas del techo me quedé un rato sin moverme miraba la pared llena de manchas de humedad pensaba en todo lo que habíamos probado las infusiones los jarabes las oraciones que la vecina decía en voz baja cada vez que pasaba nada cambió el curso de la enfermedad la fiebre seguía ahí encendida mi madre respiraba con dificultad el pecho subía despacio y tardaba en bajar a veces pasaban varios segundos sin que se oyera el aire entrar yo contaba cada pausa con el corazón golpeándome en la garganta me levanté y busqué la vela que guardábamos para cuando se iba la luz la encendí y la puse sobre un tabique junto

7:34 a la puerta iluminaba apenas la mitad del cuarto mi padre no se movió seguía sosteniéndole la mano como si fuera lo único que podía hacer decidí que esa sería la última noche que la vería así si quedaba un lugar donde intentar salvarla no me importaba el precio Sabía que el rancho no quedaba cerca, muchos contaban que a pie era fácil perderse, pero otros aseguraban que el camino siempre se mostraba a quien iba por necesidad. salí al patio y busqué un costal limpio lo extendí sobre una banca y empecé a reunir lo que creía que serviría como ofrenda tomé dos gallinas pequeñas que criábamos detrás de la casa estaban flacas pero no conocía otra cosa que pudiera dar busqué también un puñado de mazorcas que guardábamos para el invierno Les quité la cáscara más sucia y las envolví en un trapo. Entré otra vez al cuarto.

8:32 Mi madre seguía con la respiración pesada. Mi padre levantó la vista cuando me vio acercarme con las tijeras. Le expliqué que necesitaba un mechón de su cabello. No dijo nada. Solo apartó un poco la cobija. Con cuidado, tomé unas hebras largas que le caían sobre el cuello y las corté. Las até con hilo. Me temblaba la mano mientras lo hacía. Guardé el mechón dentro de una bolsa de tela. Sobre la mesa de la cocina dejé unas monedas que habíamos juntado para comprar medicina. No sabía si el hombre del rancho aceptaba dinero, pero llevaba todo por si acaso. Antes de salir, miré a mi madre. El rostro se le veía hundido, con la boca apenas entreabierta. La fiebre la estaba consumiendo rápido. Mi padre se levantó de la silla y se puso de pie frente a mí. Me sostuvo la mirada. Tenía los ojos enrojecidos y la barba crecida.

9:29 Me dijo que, si decidía ir, ya no habría forma de dar marcha atrás, que no quería saber lo que pasaría después. No le respondí. Levanté el costal y crucé la puerta. la madrugada estaba quieta caminé despacio por el patio hasta llegar al portón de madera cuando lo abrí un viento frío me dio en la cara el camino hacia el cerro se perdía en la oscuridad empecé a andar sin pensar en cuánto tardaría cada paso me pesaba como si arrastrara algo más que el costal El sendero era de tierra suelta. Al principio se confundía con el resto del campo, pero conforme me alejaba de la casa empezaron a verse huellas. Eran marcas viejas y otras más recientes, todas en la misma dirección. Algunas parecían de zapatos grandes, otras de pies descalzos. Entre las huellas quedaban rastros de ceniza y trozos de cáscara de mazorca. Cada tanto sentía que algo se movía detrás de mí. Me detenía a mirar.

10:32 pero no veía nada, solo escuchaba el viento que pasaba entre las ramas secas. Me acomodé el costal al hombro y seguí adelante. Cuando subí la última pendiente vi la construcción. Era un rectángulo de adobe oscuro con el techo vencido en un extremo y grietas que recorrían la pared de arriba abajo. No tenía ventanas, la puerta estaba entreabierta, sostenida por una bisagra torcida. El suelo frente a la entrada estaba lleno de huellas, pisadas que iban y venían, algunas descalzas, otras con suela marcada. Entre ellas quedaban restos de ceniza, mazorcas partidas y tiras de tela quemada. me detuve con el costal en los brazos di un paso y el olor me golpeó en la cara era una mezcla de grasa rancia y humo me ardieron los ojos entré despacio un hombre estaba sentado en una silla baja con la cabeza inclinada hacia adelante y las manos sobre los muslos la piel de su cara era gris amarillenta Su pecho subía y bajaba de manera lenta. Di otro paso, se enderezó de golpe y levantó la vista. Sus ojos opacos quedaron fijos en mí. Dije que venía por ayuda, que mi madre llevaba días acostada y que ningún remedio servía.

11:53 Mientras hablaba, tomó un cuenco de barro, lo acercó a su boca y sopló. Un humo denso empezó a subir y el olor cambió a tierra mojada con sangre. Se puso de pie, era más alto de lo que pensaba, tenía los hombros rectos y un cuello largo, sus manos parecían demasiado grandes. Habló con voz áspera, dijo que la enfermedad podía dejar el cuerpo, pero siempre quedaba algo en su lugar. Me preguntó a quién quería salvar. Contesté que a mi madre. Dijo que su cuerpo se limpiaría cuando saliera el sol, pero que el precio llegaría después. Se agachó y tomó un puñado de ceniza del piso. La dejó caer sobre una piedra chata con marcas grabadas. La ceniza empezó a humear sin fuego. Me indicó que me acercara.

12:42 Avancé con pasos cortos. El humo me quemaba la cara. Dijo que todo lo que trajera debía entregarse antes de iniciar. Dejé el costal en el suelo. Saqué el mechón de cabello y lo puse sobre la piedra. La ceniza se volvió más espesa. Lo miró un momento, después volvió a mí. Dijo que si aceptaba, no podría arrepentirme. Pensé en mi madre tendida en el catre. No podía volver sin hacer nada. Le dije que aceptaba. El hombre tomó el mechón de cabello y lo sostuvo entre los dedos. Murmuró unas palabras que no reconocí. El humo se volvió más espeso y llenó el cuarto. Sentí que me ardían los ojos y me pesaba la cabeza. Sacó un cuchillo corto con el mango de madera oscura. Lo pasó sobre la piedra con un movimiento lento. La hoja estaba manchada con algo seco, del color de la sangre vieja. Con la otra mano tomó un trozo de tela y lo envolvió alrededor de la punta. Me señaló con un gesto de la cabeza.

13:44 Caminé hacia él sin pensar en nada más que en mi madre. El hombre extendió el cuchillo. Me indicó que debía sostenerlo mientras él preparaba lo demás. Lo tomé. La madera estaba tan fría que me dolieron los dedos. Se arrodilló en el suelo. Su cuerpo empezó a cambiar. La piel de sus brazos se tensó y se oscureció hasta tomar un tono gris. Las manos se alargaron. Las uñas crecieron hasta volverse garras. Sus pies se apoyaron plano sobre la tierra y sus hombros se encorvaron. Respiraba rápido, con un sonido áspero que llenaba el silencio. Me pidió que pensara en ella, que la trajera a mi mente con la mayor claridad. Mientras lo hacía, sentí un mareo que me dobló un poco las rodillas. No solté el cuchillo.

14:30 El Nahual levantó ambas manos y las pasó por encima del mechón. El humo giraba en círculos alrededor de sus dedos. Luego habló con voz ronca. Dijo que el cuerpo de mi madre se limpiaría, pero que un sitio vacío siempre reclamaba algo. Se inclinó sobre la piedra. La ceniza subió como si el fuego la encendiera por debajo. Luego estiró un brazo y apoyó la garra sobre mi pecho. No me hizo daño, pero sentí un peso frío que me llenó el pecho de un vacío que no supe explicar. Me pidió que cerrara los ojos. Cuando lo hice, vi la imagen de mi madre en la cama, con la cara hundida en la almohada y la piel pálida. Después todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo pasó. Oí su voz de nuevo. Me dijo que abriera los ojos.

15:23 Lo hice, la piedra ya estaba limpia, no quedaba ceniza, el mechón se había consumido. El hombre volvió a tomar forma, la piel de sus brazos se aclaró, las garras se retrajeron hasta quedar en dedos normales, aunque seguían manchados de algo oscuro. Se levantó despacio y me miró con el rostro sin expresión. Dijo que, al salir de allí, ella despertaría, que su cuerpo estaría sano. También dijo que no debía volver si algo peor ocurría. que el precio vendría cuando el tiempo lo reclamara. Me devolvió el cuchillo, yo no supe qué hacer con él, así que lo coloqué sobre la piedra. El humo ya se había disipado. El hombre se giró y caminó hasta el rincón más oscuro de la habitación. Se sentó de nuevo en la silla y no habló más. Salí al aire frío con la sensación de que me faltaba el aliento. Caminé hasta que la puerta quedó atrás de mí. La tierra del sendero estaba marcada con huellas que no distinguí bien. Al fondo, el primer resplandor del día iluminaba la línea de los cerros.

16:31 Empecé a andar de regreso con el pensamiento fijo en que mi madre estaría viva cuando llegara. El camino de regreso se me hizo más corto, tal vez porque no pensaba en el cerro ni en el rancho. sólo llevaba la idea de encontrarla sentada en la cama, respirando sin esfuerzo. Llegué cuando el sol apenas tocaba el techo de lámina. Abrí el portón y crucé el patio con el corazón acelerado. Mi padre estaba sentado en la puerta. Al verme entrar, se levantó de golpe. Sus ojos parecían no creer que había vuelto. Entré al cuarto con el pecho apretado. Mi madre estaba incorporada sobre la almohada. tenía la mirada despierta sus manos se movían sobre la cobija despacio como si confirmara que seguían ahí cuando me vio se le llenaron los ojos de agua dijo mi nombre con voz clara sin esfuerzo me acerqué y le tomé la mano la sentí tibia firme ya no estaba helada como la noche anterior mi padre se quedó parado en la entrada con los labios temblando después se acercó y le pasó la mano por el cabello Ella alzó la cara para mirarlo.« Esa mañana no comimos otra cosa que tortillas frías, pero nada importaba. Mi madre pidió un jarro de agua y después un trozo de pan. Se lo comió despacio, masticando con calma. Con cada bocado se notaba que recuperaba fuerza».

17:59 A media mañana se levantó con cuidado y caminó hasta la mesa. Su paso era inseguro, pero se sostenía sin ayuda. Se sentó y miró alrededor, como si viera la casa por primera vez en mucho tiempo. Por la tarde pasaron dos vecinas que fingieron venir a preguntar si necesitábamos algo. Se quedaron en el umbral, mirando con curiosidad. Mi madre salió a saludarlas. Les habló con la voz que usaba antes de enfermarse. Les contó que ya se sentía bien y que pronto volvería a sus tareas. Cuando se fueron, mi padre se quedó mirando el polvo que dejaron los pasos de esas mujeres. Sabíamos que al día siguiente todo el pueblo repetiría que yo había ido al rancho, nadie necesitaba confirmarlo, la sola idea de verla sana era prueba suficiente.

18:49 Al anochecer mi madre se acostó temprano, dijo que sentía el cuerpo pesado, pero que era un cansancio distinto, que al fin podía dormir sin sentir que se apagaba. la cubrí con la manta hasta el pecho sus ojos se cerraron enseguida mi padre se sentó en su silla tenía la cara relajada y los hombros sueltos como si por fin hubiera dejado de pensar que ella iba a morirse Al día siguiente, mi madre despertó temprano, preparó café con sus propias manos, se movía con lentitud pero no se quejaba, desayunó como si llevara años sin probar un alimento, tomó tortillas, un poco de frijoles y más café. Esa mañana vinieron tres vecinos más. Dijeron que se alegraban de verla mejor.

19:39 Sus miradas iban de su rostro al mío, como si esperaran que contara en voz alta lo que había hecho. No les di explicaciones. Se quedaron unos minutos, miraron alrededor y se fueron. Pasaron dos días en los que todo parecía un milagro. Mi madre empezó a caminar por la casa, recogiendo las cosas que se habían quedado fuera de lugar. Revisó su baúl de ropa, ordenó trastos, abrió las ventanas para que entrara el aire. Cada gesto suyo se sentía como una prueba de que había vuelto a la vida. Las noches se llenaron de silencio, pero no era el mismo de antes. Ya no había respiración entrecortada ni quejidos, solo su voz tranquila, que se escuchaba cuando me llamaba para que le alcanzara algo. El tercer día me sorprendí al verla en la puerta, mirando el camino. Sus ojos se veían limpios, sin rastros de fiebre. Me preguntó si podía acompañarme a buscar leña. No supe qué contestar, solo asentí.

20:39 Salimos juntos. Mientras recogíamos ramas secas, ella caminaba despacio, levantando la vista cada tanto. Decía que el aire se sentía distinto, más fresco. Cuando volvimos, se sentó a la sombra con una expresión serena. Por un momento pensé que todo había terminado de verdad, que el precio del rancho no existía y que esas historias eran solo miedo ajeno. Esa ilusión duró hasta la primera noche en que su voz empezó a cambiar. La tarde transcurrió en calma. Mi madre recogió algunas cosas del cuarto, limpió la mesa y se sentó junto a la puerta a mirar el camino. Cada tanto me preguntaba qué día era. Cuando oscureció, preparé una lámpara y se la dejé en la mesita de noche. Parecía tranquila.

21:28 Me acosté con la ropa puesta, esperando que todo siguiera igual. No recuerdo cuánto tiempo dormí. Me despertó un grito fuerte que llenó la casa. Corrí hasta su cuarto. Estaba sentada en la cama con la espalda recta y los ojos abiertos. Gritaba con la voz quebrada. Mi padre estaba a su lado, sin moverse, mirándola con la cara tensa. Le hablé con voz firme. No reaccionó. Le toqué el hombro, cerró la boca de golpe y empezó a respirar con rapidez. La cara se le veía pálida y húmeda de sudor. Movía la cabeza de un lado a otro. pregunté qué pasaba mi padre no contestó ella me miró la voz le salió baja dijo que tenía hambre que sentía un vacío en el estómago que le dolía fui a la cocina busqué un pedazo de pan un puñado de frijoles y un poco de queso regresé y se lo di lo tomó con las manos temblorosas y empezó a comer sin detenerse cada mordida era rápida se le caían migas sobre la manta cuando terminó dijo que todavía tenía hambre le llevé más pan lo comió igual de rápido el sudor le corría por la cara me quedé parado sin saber qué hacer después de terminar todo lo que había en la mesa respiró hondo varias veces Me miró y dijo que escuchaba una voz cerca de su oído. Le pregunté qué decía. Bajó la mirada, contestó que le pedía algo, que decía que no bastaba con seguir viva, que debía

23:00 alimentar al Nahual. Mi padre se quedó quieto con la mirada fija en ella. Ella se llevó las manos a la cabeza, decía que la voz no se callaba, que la escuchaba adentro. Me acerqué y le tomé las manos. Le pregunté qué quería decir con eso. Negó con la cabeza, con los ojos cerrados. Volví a la cocina por un poco de agua. Cuando se la di, la bebió rápido. La ayudé a recostarse. Mi padre seguía de pie junto al catre. Me miraba sin hablar. Cuando ella cerró los ojos, le acomodé la manta. Se quedó con la mano sobre el vientre y antes de dormirse dijo que la voz volvería. Los días siguientes fueron distintos. Al principio parecía que todo mejoraba.

23:44 Mi madre se vestía sola, caminaba por la casa y hablaba como antes, pero las noches se volvieron un terreno peligroso. La primera vez que la escuchamos gritar fue tres días después del episodio del hambre. Eran casi las dos de la mañana. Me despertó un golpe seco. Fui al cuarto y la vi de pie junto al catre, con los brazos tensos a los costados. La respiración le salía a ráfagas y miraba la pared sin parpadear. Le pregunté qué pasaba, no contestó. De pronto, empezó a golpear la puerta con el puño cerrado. Golpeaba sin mirarnos. Mi padre la sujetó por los hombros. Ella se dio vuelta con la cara descompuesta y dijo que no podía dormir porque la voz no la dejaba. Logramos sentarla en la cama. Pasó el resto de la noche con los ojos abiertos, mirando el techo.

24:36 Cuando amaneció, dijo que no recordaba nada. Un momento antes de hablar, dijo que algunos habían comentado que era peligroso no cumplir con el trato del rancho. Contó que su tío, que también llevó a un hijo enfermo, se quedó sin familia al poco tiempo porque nunca ofreció nada a cambio. Me preguntó si yo sabía qué pedía el Nahual cuando reclamaba el pago. Le dije que no. Pablo se frotó las manos, incómodo, y dijo que era mejor averiguarlo antes de que algo peor pasara. Esa noche no dormimos. Mi madre se levantó varias veces a buscar comida. Comía sin medir cuánto. Masticaba con desesperación. Entre un bocado y otro murmuraba palabras que no entendíamos. Al amanecer la encontramos sentada en la cocina con las manos apoyadas sobre la mesa.

25:31 Tenía la mirada perdida. La voz le salió baja cuando dijo que había soñado con una sombra parada al pie de la cama. Esa sombra le habló con un susurro que no se parecía a ninguna voz humana. Dijo que le pedía que se alimentara, que no bastaba con pan ni agua. Cuando intentó preguntar qué significaba, la sombra se acercó y le apoyó una mano sobre el pecho. Despertó con el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le iba a romper por dentro. Mi padre escuchó todo, se levantó despacio, se acercó a ella y le tomó la mano. Le preguntó qué significaba esa sombra y qué quería exactamente. Mi madre contestó que no sabía, que solo escuchaba la voz repitiendo lo mismo. Él se quedó un momento en silencio con la mano sobre la suya y le dijo que, juntos, encontraríamos la manera de callar esa voz.

26:26 La mañana empezó sin sobresaltos. Mi madre permanecía en la cama con la mirada fija en la pared. no pedía comida no hablaba su respiración era corta y entrecortada pasé casi toda la mañana sentado junto a ella cuando intenté preguntarle qué escuchaba en su cabeza giró la cara y me miró con ojos apagados movió los labios sin emitir sonido al mediodía llegó pablo Traía un gesto serio, dijo que quería contarme algo que su tío le había confesado tiempo atrás. Me hizo pasar al patio, donde el viento no dejaba que la voz se escuchara adentro. Me contó que su primo, aquel que había sido curado por el mismo Nahual, tuvo una recuperación igual que la de mi madre.

27:12 Volvió a comer, a caminar, a vivir como antes. La familia creyó que todo había terminado. pero con los días empezó a hablar de un hambre que no se quitaba después llegaron las voces que pedían algo Pablo miró el suelo mientras hablaba dijo que su tío investigó con otros que habían ido al rancho todos coincidían en lo mismo quien recibe la curación debe pasar la enfermedad a otro ser vivo A veces era un animal, otras a una persona. Si no lo hacía, la cosa que el Nahual quitaba volvía y lo devoraba por dentro. Le pregunté si hablaba de la enfermedad como si fuera una criatura. Me contestó que eso era lo que decían. Que la voz que susurraba no era un recuerdo, sino un aviso de que la deuda seguía sin pagarse. Sentí un frío en el estómago.

28:08 Volví a entrar. Mi madre me miraba desde la cama. Sus ojos parecían más claros, como si tuvieran un brillo extraño. Mi padre le preguntó si había vuelto a escuchar la voz. Ella asintió. Dijo que le había explicado lo que debía hacer, que sólo así podría vivir sin ese peso en el cuerpo. Le pregunté qué quería de ella. Tardó en contestar. Al final dijo que debía buscar a alguien, tocarlo y pasarle la enfermedad. La voz lo llamaba« alimentar al Nahual». Se me secó la garganta. Le pregunté si entendía que eso significaba condenar a otra persona. Mi madre cerró los ojos y dijo que si no lo hacía moriría más rápido que antes. Pasé la tarde sentado afuera. escuchaba los ruidos de la cocina los pasos de mi padre y el silencio que se instalaba cuando ella dejaba de hablar pensé en cada persona que había contado historias del rancho nadie decía en voz alta qué precio se pagaba ahora entendía por qué La noche cayó. Antes de apagar la lámpara, dijo con voz clara que la decisión no podía esperar más, que si no lo hacía, la enfermedad volvería a buscarla.

29:22 Casi no pude pegar los ojos. Cada vez que intentaba descansar, me venían imágenes de mi madre caminando hasta la casa de alguien y poniéndole la mano en el pecho. La voz debía seguir hablándole sin descanso. Al amanecer se incorporó en el catre. Tenía la cara pálida y los ojos hinchados. Dijo que sentía un impulso que le subía desde el estómago, que si no hacía algo pronto terminaría buscando a cualquiera con tal de quitarse aquello de adentro. Mi padre se acercó y le preguntó qué pasaría si se negaba. Ella contestó que la enfermedad volvería y la mataría más rápido que antes. Hablaba sin mirar a ninguno de los dos. Dijo que la voz la estaba empujando a elegir, que no quedaba tiempo. Le pregunté si había otra opción. Bajó la vista y explicó que en su cabeza aparecían imágenes de un chivo negro con los cuernos grandes, que el Nahual le había mostrado que la enfermedad también podía pasarse a una bestia. Mi padre dijo que si tenía que ocurrir, prefería que fuera con un animal y no con una persona.

30:29 Mi madre se tapó la cara. Se le notaban los hombros tensos. Dijo que no quería hacerle daño a nadie, pero que ya no soportaba sentir esa cosa creciendo por dentro. Al mediodía salimos de la casa, caminamos hasta un potrero que quedaba detrás de unas casas vecinas. Era un terreno abierto donde la gente solía dejar chivos amarrados a las estacas. Ella se acercó a uno que estaba atado con una cuerda corta. Era negro, con los cuernos largos. Se detuvo frente al animal, levantó la mano y se la apoyó en la frente. El chivo se quedó quieto. Un momento después se estremeció entero y cayó de lado. Mi madre apartó la mano, respiró hondo y cerró los ojos un instante.

31:16 Regresamos a la casa. Dijo que la voz ya no estaba. Mi madre vivió muchos años después de aquello. Nunca volvió a enfermarse ni a escuchar la voz. Murió de vieja en 2012, con 78 años. Del Nahual no se supo nada más. Algunos decían que siguió viviendo en el rancho, pero otros aseguraban que desapareció en 1992, unos cuantos años después de haberla curado.