La Salvó Después De Todo: Brujo Nahual - Historias De Terror - REDE
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0:06 Siempre se hablaba de un rancho que quedaba detrás del cerro grande, donde la tierra se partÃa en grietas y el viento arrastraba ceniza. Allà vivÃa un hombre que sanaba enfermedades que ningún médico podÃa curar. Nadie contaba con detalle cómo lo hacÃa, decÃan que cobraba un precio que cada familia descubrÃa cuando ya no habÃa vuelta atrás. Cuando alguien preguntaba qué clase de pago era, los demás bajaban la mirada o se quedaban callados, como si repetirlo pudiera traer desgracia. En el pueblo todos conocÃan alguna historia. Una de las más repetidas era la de Luisito Hernández, un niño que nació con un bulto blando en el costado, del tamaño de una naranja. La piel se le llenó de manchas moradas que reventaban y le mojaban la camisa. Su madre, Doña Petra, decÃa que cada noche el bulto latÃa como un corazón aparte. Cuando la fiebre empezó a secarle la voz, decidieron llevarlo al rancho. Salieron antes de que amaneciera, el abuelo lo llevaba envuelto en un petate atado a la espalda.
1:10 No avisaron a nadie. Regresaron tres dÃas después. Luisito venÃa con los ojos abiertos sosteniéndose de la mano de su padre. TenÃa la piel limpia y respiraba con calma. Durante un tiempo creyeron que se habÃa salvado, pero unas semanas después empezaron a encontrarlo echado en el patio de tierra suelta, siempre en el mismo lugar junto al granado. Se acostaba boca abajo, con la cara hundida en el polvo reseco que se levantaba cuando soplaba el viento. si lo alzaban para meterlo en la casa. Lloraba con un sonido ronco y áspero que no se parecÃa a su llanto de antes. También se contaba de MarÃa del Carmen Aguirre, una mujer que se quedó ciega a los 40 años. La infección empezó con una costra blanca que le tapó los ojos. Su marido, Francisco, la llevó a médicos de otros pueblos, pero ninguno pudo curarla.
2:06 Cuando ya no comÃa ni respondÃa a su hijo, la subieron en un burro y la llevaron al rancho. Volvió caminando detrás de Francisco, con los ojos abiertos y claros. Saludaba a todos, recordaba los nombres y decÃa que sentÃa que la vida le habÃa regresado. Durante unas semanas todo parecÃa normal, pero después empezó a mezclar las caras de la gente. Llamaba con otros nombres a los vecinos. Un dÃa no reconoció la casa. Al final se sentaba en la puerta con la mirada perdida. Cuando su hijo se acercaba, le preguntaba quién era y qué hacÃa allÃ. Otra historia la contaba doña Fabiola, que decÃa que su hermana Elvira tenÃa los pulmones llenos de agua, no podÃa dormir por la tos que le arrancaba la voz. Una madrugada su esposo la llevó al rancho, regresó caminando sola, ya no tosÃa, parecÃa que todo estaba resuelto, pero cada noche cuando se quedaba despierta, hablaba en voz baja con alguien que nadie veÃa.
3:08 decÃa que esa voz le contaba secretos que no debÃa repetir. Esos relatos iban de boca en boca. Cuando alguien preguntaba si eran ciertos, muchos se encogÃan de hombros. Otros decÃan que todo era puro cuento. Pero en las noches de calor, cuando la gente se sentaba afuera, los nombres y los detalles siempre eran los mismos. El rancho de adobe partido, el hombre que no salÃa a recibirlos, el fogón encendido y el precio que se pagaba sin saber cuándo. Yo escuché esas historias desde que era niño. Nunca pensé que un dÃa me interesarÃan más que cualquier otro tema. Mi madre me decÃa que no me llenara la cabeza con cosas de brujerÃa, que si uno creÃa en esas leyendas, terminaba viviendo con miedo. Pero a veces su voz cambiaba cuando alguien mencionaba aquel lugar. Bajaba la mirada y se quedaba callada, como si en el fondo supiera que no todo era invento. A mà me parecÃan relatos exagerados. Pensaba que, si alguien enfermaba, lo mejor era esperar al médico que llegaba en su camioneta blanca cada dos semanas. La medicina siempre tenÃa alguna respuesta. Durante años creà que bastaba con eso.
4:22 Todo cambió cuando mi madre empezó a perder fuerza. Primero tuvo fiebre constante, decÃa que era un resfriado mal curado. Después dejó de comer, se quedaba acostada, con los labios partidos y los párpados medio abiertos. El médico vino dos veces, la primera dijo que era una infección que se controlaba con antibióticos, la segunda vez se quedó mirándola un buen rato antes de hablar, explicó que sus órganos se estaban pudriendo por dentro, dijo que pronto se iba a morir. Mi padre dejó de buscar remedios. Se sentaba en la puerta con la cara entre las manos, sin moverse hasta que oscurecÃa. Yo seguà probando todo lo que alguien me sugerÃa.
5:05 Compré jarabes que prometÃan limpiar la sangre. Hervà plantas que recogà detrás de la escuela. Nada cambió. La fiebre no se movió. Una tarde, mientras llenaba un balde con agua, se acercó Pablo, un vecino que trabaja en los potreros. me preguntó si habÃa pensado en lo que hacÃan otros cuando no quedaba remedio tenÃa la voz apagada dijo que conocÃa a gente que habÃa ido al rancho y que aunque nadie querÃa contarlo algunos regresaban con sus enfermos caminando me advirtió que después venÃa otra cosa algo que no se podÃa explicar ni remediar lo mire sin decir palabra el agua goteaba del balde y se formaba un charco en el piso Pensé que la última parte de su advertencia ya no importaba. Mi madre apenas respiraba. Si quedaba un lugar donde intentar algo más, yo iba a ir.
6:01 Esa noche el aire dentro de la casa estaba tan denso que costaba respirar. La fiebre de mi madre seguÃa subiendo. Cada vez que me acercaba, sentÃa el calor que salÃa de su cuerpo como si se quemara por dentro. Le pasé un trapo húmedo por la frente y por las mejillas. No abrió los ojos, solo murmuró algo que no entendÃ. TenÃa la piel tan pálida que parecÃa un costal vacÃo. Mi padre se sentó junto a la cabecera del catre. Le tomó la mano con cuidado, como si temiera romperle los dedos. la miraba fijo con los labios apretados no era un hombre de muchas palabras pero esa noche tenÃa la cara deshecha igual que cuando murió mi hermana menor la diferencia era que ahora no se oÃa llanto sólo el zumbido de un mosquito atrapado entre las láminas del techo me quedé un rato sin moverme miraba la pared llena de manchas de humedad pensaba en todo lo que habÃamos probado las infusiones los jarabes las oraciones que la vecina decÃa en voz baja cada vez que pasaba nada cambió el curso de la enfermedad la fiebre seguÃa ahà encendida mi madre respiraba con dificultad el pecho subÃa despacio y tardaba en bajar a veces pasaban varios segundos sin que se oyera el aire entrar yo contaba cada pausa con el corazón golpeándome en la garganta me levanté y busqué la vela que guardábamos para cuando se iba la luz la encendà y la puse sobre un tabique junto
7:34 a la puerta iluminaba apenas la mitad del cuarto mi padre no se movió seguÃa sosteniéndole la mano como si fuera lo único que podÃa hacer decidà que esa serÃa la última noche que la verÃa asà si quedaba un lugar donde intentar salvarla no me importaba el precio SabÃa que el rancho no quedaba cerca, muchos contaban que a pie era fácil perderse, pero otros aseguraban que el camino siempre se mostraba a quien iba por necesidad. salà al patio y busqué un costal limpio lo extendà sobre una banca y empecé a reunir lo que creÃa que servirÃa como ofrenda tomé dos gallinas pequeñas que criábamos detrás de la casa estaban flacas pero no conocÃa otra cosa que pudiera dar busqué también un puñado de mazorcas que guardábamos para el invierno Les quité la cáscara más sucia y las envolvà en un trapo. Entré otra vez al cuarto.
8:32 Mi madre seguÃa con la respiración pesada. Mi padre levantó la vista cuando me vio acercarme con las tijeras. Le expliqué que necesitaba un mechón de su cabello. No dijo nada. Solo apartó un poco la cobija. Con cuidado, tomé unas hebras largas que le caÃan sobre el cuello y las corté. Las até con hilo. Me temblaba la mano mientras lo hacÃa. Guardé el mechón dentro de una bolsa de tela. Sobre la mesa de la cocina dejé unas monedas que habÃamos juntado para comprar medicina. No sabÃa si el hombre del rancho aceptaba dinero, pero llevaba todo por si acaso. Antes de salir, miré a mi madre. El rostro se le veÃa hundido, con la boca apenas entreabierta. La fiebre la estaba consumiendo rápido. Mi padre se levantó de la silla y se puso de pie frente a mÃ. Me sostuvo la mirada. TenÃa los ojos enrojecidos y la barba crecida.
9:29 Me dijo que, si decidÃa ir, ya no habrÃa forma de dar marcha atrás, que no querÃa saber lo que pasarÃa después. No le respondÃ. Levanté el costal y crucé la puerta. la madrugada estaba quieta caminé despacio por el patio hasta llegar al portón de madera cuando lo abrà un viento frÃo me dio en la cara el camino hacia el cerro se perdÃa en la oscuridad empecé a andar sin pensar en cuánto tardarÃa cada paso me pesaba como si arrastrara algo más que el costal El sendero era de tierra suelta. Al principio se confundÃa con el resto del campo, pero conforme me alejaba de la casa empezaron a verse huellas. Eran marcas viejas y otras más recientes, todas en la misma dirección. Algunas parecÃan de zapatos grandes, otras de pies descalzos. Entre las huellas quedaban rastros de ceniza y trozos de cáscara de mazorca. Cada tanto sentÃa que algo se movÃa detrás de mÃ. Me detenÃa a mirar.
10:32 pero no veÃa nada, solo escuchaba el viento que pasaba entre las ramas secas. Me acomodé el costal al hombro y seguà adelante. Cuando subà la última pendiente vi la construcción. Era un rectángulo de adobe oscuro con el techo vencido en un extremo y grietas que recorrÃan la pared de arriba abajo. No tenÃa ventanas, la puerta estaba entreabierta, sostenida por una bisagra torcida. El suelo frente a la entrada estaba lleno de huellas, pisadas que iban y venÃan, algunas descalzas, otras con suela marcada. Entre ellas quedaban restos de ceniza, mazorcas partidas y tiras de tela quemada. me detuve con el costal en los brazos di un paso y el olor me golpeó en la cara era una mezcla de grasa rancia y humo me ardieron los ojos entré despacio un hombre estaba sentado en una silla baja con la cabeza inclinada hacia adelante y las manos sobre los muslos la piel de su cara era gris amarillenta Su pecho subÃa y bajaba de manera lenta. Di otro paso, se enderezó de golpe y levantó la vista. Sus ojos opacos quedaron fijos en mÃ. Dije que venÃa por ayuda, que mi madre llevaba dÃas acostada y que ningún remedio servÃa.
11:53 Mientras hablaba, tomó un cuenco de barro, lo acercó a su boca y sopló. Un humo denso empezó a subir y el olor cambió a tierra mojada con sangre. Se puso de pie, era más alto de lo que pensaba, tenÃa los hombros rectos y un cuello largo, sus manos parecÃan demasiado grandes. Habló con voz áspera, dijo que la enfermedad podÃa dejar el cuerpo, pero siempre quedaba algo en su lugar. Me preguntó a quién querÃa salvar. Contesté que a mi madre. Dijo que su cuerpo se limpiarÃa cuando saliera el sol, pero que el precio llegarÃa después. Se agachó y tomó un puñado de ceniza del piso. La dejó caer sobre una piedra chata con marcas grabadas. La ceniza empezó a humear sin fuego. Me indicó que me acercara.
12:42 Avancé con pasos cortos. El humo me quemaba la cara. Dijo que todo lo que trajera debÃa entregarse antes de iniciar. Dejé el costal en el suelo. Saqué el mechón de cabello y lo puse sobre la piedra. La ceniza se volvió más espesa. Lo miró un momento, después volvió a mÃ. Dijo que si aceptaba, no podrÃa arrepentirme. Pensé en mi madre tendida en el catre. No podÃa volver sin hacer nada. Le dije que aceptaba. El hombre tomó el mechón de cabello y lo sostuvo entre los dedos. Murmuró unas palabras que no reconocÃ. El humo se volvió más espeso y llenó el cuarto. Sentà que me ardÃan los ojos y me pesaba la cabeza. Sacó un cuchillo corto con el mango de madera oscura. Lo pasó sobre la piedra con un movimiento lento. La hoja estaba manchada con algo seco, del color de la sangre vieja. Con la otra mano tomó un trozo de tela y lo envolvió alrededor de la punta. Me señaló con un gesto de la cabeza.
13:44 Caminé hacia él sin pensar en nada más que en mi madre. El hombre extendió el cuchillo. Me indicó que debÃa sostenerlo mientras él preparaba lo demás. Lo tomé. La madera estaba tan frÃa que me dolieron los dedos. Se arrodilló en el suelo. Su cuerpo empezó a cambiar. La piel de sus brazos se tensó y se oscureció hasta tomar un tono gris. Las manos se alargaron. Las uñas crecieron hasta volverse garras. Sus pies se apoyaron plano sobre la tierra y sus hombros se encorvaron. Respiraba rápido, con un sonido áspero que llenaba el silencio. Me pidió que pensara en ella, que la trajera a mi mente con la mayor claridad. Mientras lo hacÃa, sentà un mareo que me dobló un poco las rodillas. No solté el cuchillo.
14:30 El Nahual levantó ambas manos y las pasó por encima del mechón. El humo giraba en cÃrculos alrededor de sus dedos. Luego habló con voz ronca. Dijo que el cuerpo de mi madre se limpiarÃa, pero que un sitio vacÃo siempre reclamaba algo. Se inclinó sobre la piedra. La ceniza subió como si el fuego la encendiera por debajo. Luego estiró un brazo y apoyó la garra sobre mi pecho. No me hizo daño, pero sentà un peso frÃo que me llenó el pecho de un vacÃo que no supe explicar. Me pidió que cerrara los ojos. Cuando lo hice, vi la imagen de mi madre en la cama, con la cara hundida en la almohada y la piel pálida. Después todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo pasó. Oà su voz de nuevo. Me dijo que abriera los ojos.
15:23 Lo hice, la piedra ya estaba limpia, no quedaba ceniza, el mechón se habÃa consumido. El hombre volvió a tomar forma, la piel de sus brazos se aclaró, las garras se retrajeron hasta quedar en dedos normales, aunque seguÃan manchados de algo oscuro. Se levantó despacio y me miró con el rostro sin expresión. Dijo que, al salir de allÃ, ella despertarÃa, que su cuerpo estarÃa sano. También dijo que no debÃa volver si algo peor ocurrÃa. que el precio vendrÃa cuando el tiempo lo reclamara. Me devolvió el cuchillo, yo no supe qué hacer con él, asà que lo coloqué sobre la piedra. El humo ya se habÃa disipado. El hombre se giró y caminó hasta el rincón más oscuro de la habitación. Se sentó de nuevo en la silla y no habló más. Salà al aire frÃo con la sensación de que me faltaba el aliento. Caminé hasta que la puerta quedó atrás de mÃ. La tierra del sendero estaba marcada con huellas que no distinguà bien. Al fondo, el primer resplandor del dÃa iluminaba la lÃnea de los cerros.
16:31 Empecé a andar de regreso con el pensamiento fijo en que mi madre estarÃa viva cuando llegara. El camino de regreso se me hizo más corto, tal vez porque no pensaba en el cerro ni en el rancho. sólo llevaba la idea de encontrarla sentada en la cama, respirando sin esfuerzo. Llegué cuando el sol apenas tocaba el techo de lámina. Abrà el portón y crucé el patio con el corazón acelerado. Mi padre estaba sentado en la puerta. Al verme entrar, se levantó de golpe. Sus ojos parecÃan no creer que habÃa vuelto. Entré al cuarto con el pecho apretado. Mi madre estaba incorporada sobre la almohada. tenÃa la mirada despierta sus manos se movÃan sobre la cobija despacio como si confirmara que seguÃan ahà cuando me vio se le llenaron los ojos de agua dijo mi nombre con voz clara sin esfuerzo me acerqué y le tomé la mano la sentà tibia firme ya no estaba helada como la noche anterior mi padre se quedó parado en la entrada con los labios temblando después se acercó y le pasó la mano por el cabello Ella alzó la cara para mirarlo.« Esa mañana no comimos otra cosa que tortillas frÃas, pero nada importaba. Mi madre pidió un jarro de agua y después un trozo de pan. Se lo comió despacio, masticando con calma. Con cada bocado se notaba que recuperaba fuerza».
17:59 A media mañana se levantó con cuidado y caminó hasta la mesa. Su paso era inseguro, pero se sostenÃa sin ayuda. Se sentó y miró alrededor, como si viera la casa por primera vez en mucho tiempo. Por la tarde pasaron dos vecinas que fingieron venir a preguntar si necesitábamos algo. Se quedaron en el umbral, mirando con curiosidad. Mi madre salió a saludarlas. Les habló con la voz que usaba antes de enfermarse. Les contó que ya se sentÃa bien y que pronto volverÃa a sus tareas. Cuando se fueron, mi padre se quedó mirando el polvo que dejaron los pasos de esas mujeres. SabÃamos que al dÃa siguiente todo el pueblo repetirÃa que yo habÃa ido al rancho, nadie necesitaba confirmarlo, la sola idea de verla sana era prueba suficiente.
18:49 Al anochecer mi madre se acostó temprano, dijo que sentÃa el cuerpo pesado, pero que era un cansancio distinto, que al fin podÃa dormir sin sentir que se apagaba. la cubrà con la manta hasta el pecho sus ojos se cerraron enseguida mi padre se sentó en su silla tenÃa la cara relajada y los hombros sueltos como si por fin hubiera dejado de pensar que ella iba a morirse Al dÃa siguiente, mi madre despertó temprano, preparó café con sus propias manos, se movÃa con lentitud pero no se quejaba, desayunó como si llevara años sin probar un alimento, tomó tortillas, un poco de frijoles y más café. Esa mañana vinieron tres vecinos más. Dijeron que se alegraban de verla mejor.
19:39 Sus miradas iban de su rostro al mÃo, como si esperaran que contara en voz alta lo que habÃa hecho. No les di explicaciones. Se quedaron unos minutos, miraron alrededor y se fueron. Pasaron dos dÃas en los que todo parecÃa un milagro. Mi madre empezó a caminar por la casa, recogiendo las cosas que se habÃan quedado fuera de lugar. Revisó su baúl de ropa, ordenó trastos, abrió las ventanas para que entrara el aire. Cada gesto suyo se sentÃa como una prueba de que habÃa vuelto a la vida. Las noches se llenaron de silencio, pero no era el mismo de antes. Ya no habÃa respiración entrecortada ni quejidos, solo su voz tranquila, que se escuchaba cuando me llamaba para que le alcanzara algo. El tercer dÃa me sorprendà al verla en la puerta, mirando el camino. Sus ojos se veÃan limpios, sin rastros de fiebre. Me preguntó si podÃa acompañarme a buscar leña. No supe qué contestar, solo asentÃ.
20:39 Salimos juntos. Mientras recogÃamos ramas secas, ella caminaba despacio, levantando la vista cada tanto. DecÃa que el aire se sentÃa distinto, más fresco. Cuando volvimos, se sentó a la sombra con una expresión serena. Por un momento pensé que todo habÃa terminado de verdad, que el precio del rancho no existÃa y que esas historias eran solo miedo ajeno. Esa ilusión duró hasta la primera noche en que su voz empezó a cambiar. La tarde transcurrió en calma. Mi madre recogió algunas cosas del cuarto, limpió la mesa y se sentó junto a la puerta a mirar el camino. Cada tanto me preguntaba qué dÃa era. Cuando oscureció, preparé una lámpara y se la dejé en la mesita de noche. ParecÃa tranquila.
21:28 Me acosté con la ropa puesta, esperando que todo siguiera igual. No recuerdo cuánto tiempo dormÃ. Me despertó un grito fuerte que llenó la casa. Corrà hasta su cuarto. Estaba sentada en la cama con la espalda recta y los ojos abiertos. Gritaba con la voz quebrada. Mi padre estaba a su lado, sin moverse, mirándola con la cara tensa. Le hablé con voz firme. No reaccionó. Le toqué el hombro, cerró la boca de golpe y empezó a respirar con rapidez. La cara se le veÃa pálida y húmeda de sudor. MovÃa la cabeza de un lado a otro. pregunté qué pasaba mi padre no contestó ella me miró la voz le salió baja dijo que tenÃa hambre que sentÃa un vacÃo en el estómago que le dolÃa fui a la cocina busqué un pedazo de pan un puñado de frijoles y un poco de queso regresé y se lo di lo tomó con las manos temblorosas y empezó a comer sin detenerse cada mordida era rápida se le caÃan migas sobre la manta cuando terminó dijo que todavÃa tenÃa hambre le llevé más pan lo comió igual de rápido el sudor le corrÃa por la cara me quedé parado sin saber qué hacer después de terminar todo lo que habÃa en la mesa respiró hondo varias veces Me miró y dijo que escuchaba una voz cerca de su oÃdo. Le pregunté qué decÃa. Bajó la mirada, contestó que le pedÃa algo, que decÃa que no bastaba con seguir viva, que debÃa
23:00 alimentar al Nahual. Mi padre se quedó quieto con la mirada fija en ella. Ella se llevó las manos a la cabeza, decÃa que la voz no se callaba, que la escuchaba adentro. Me acerqué y le tomé las manos. Le pregunté qué querÃa decir con eso. Negó con la cabeza, con los ojos cerrados. Volvà a la cocina por un poco de agua. Cuando se la di, la bebió rápido. La ayudé a recostarse. Mi padre seguÃa de pie junto al catre. Me miraba sin hablar. Cuando ella cerró los ojos, le acomodé la manta. Se quedó con la mano sobre el vientre y antes de dormirse dijo que la voz volverÃa. Los dÃas siguientes fueron distintos. Al principio parecÃa que todo mejoraba.
23:44 Mi madre se vestÃa sola, caminaba por la casa y hablaba como antes, pero las noches se volvieron un terreno peligroso. La primera vez que la escuchamos gritar fue tres dÃas después del episodio del hambre. Eran casi las dos de la mañana. Me despertó un golpe seco. Fui al cuarto y la vi de pie junto al catre, con los brazos tensos a los costados. La respiración le salÃa a ráfagas y miraba la pared sin parpadear. Le pregunté qué pasaba, no contestó. De pronto, empezó a golpear la puerta con el puño cerrado. Golpeaba sin mirarnos. Mi padre la sujetó por los hombros. Ella se dio vuelta con la cara descompuesta y dijo que no podÃa dormir porque la voz no la dejaba. Logramos sentarla en la cama. Pasó el resto de la noche con los ojos abiertos, mirando el techo.
24:36 Cuando amaneció, dijo que no recordaba nada. Un momento antes de hablar, dijo que algunos habÃan comentado que era peligroso no cumplir con el trato del rancho. Contó que su tÃo, que también llevó a un hijo enfermo, se quedó sin familia al poco tiempo porque nunca ofreció nada a cambio. Me preguntó si yo sabÃa qué pedÃa el Nahual cuando reclamaba el pago. Le dije que no. Pablo se frotó las manos, incómodo, y dijo que era mejor averiguarlo antes de que algo peor pasara. Esa noche no dormimos. Mi madre se levantó varias veces a buscar comida. ComÃa sin medir cuánto. Masticaba con desesperación. Entre un bocado y otro murmuraba palabras que no entendÃamos. Al amanecer la encontramos sentada en la cocina con las manos apoyadas sobre la mesa.
25:31 TenÃa la mirada perdida. La voz le salió baja cuando dijo que habÃa soñado con una sombra parada al pie de la cama. Esa sombra le habló con un susurro que no se parecÃa a ninguna voz humana. Dijo que le pedÃa que se alimentara, que no bastaba con pan ni agua. Cuando intentó preguntar qué significaba, la sombra se acercó y le apoyó una mano sobre el pecho. Despertó con el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le iba a romper por dentro. Mi padre escuchó todo, se levantó despacio, se acercó a ella y le tomó la mano. Le preguntó qué significaba esa sombra y qué querÃa exactamente. Mi madre contestó que no sabÃa, que solo escuchaba la voz repitiendo lo mismo. Ãl se quedó un momento en silencio con la mano sobre la suya y le dijo que, juntos, encontrarÃamos la manera de callar esa voz.
26:26 La mañana empezó sin sobresaltos. Mi madre permanecÃa en la cama con la mirada fija en la pared. no pedÃa comida no hablaba su respiración era corta y entrecortada pasé casi toda la mañana sentado junto a ella cuando intenté preguntarle qué escuchaba en su cabeza giró la cara y me miró con ojos apagados movió los labios sin emitir sonido al mediodÃa llegó pablo TraÃa un gesto serio, dijo que querÃa contarme algo que su tÃo le habÃa confesado tiempo atrás. Me hizo pasar al patio, donde el viento no dejaba que la voz se escuchara adentro. Me contó que su primo, aquel que habÃa sido curado por el mismo Nahual, tuvo una recuperación igual que la de mi madre.
27:12 Volvió a comer, a caminar, a vivir como antes. La familia creyó que todo habÃa terminado. pero con los dÃas empezó a hablar de un hambre que no se quitaba después llegaron las voces que pedÃan algo Pablo miró el suelo mientras hablaba dijo que su tÃo investigó con otros que habÃan ido al rancho todos coincidÃan en lo mismo quien recibe la curación debe pasar la enfermedad a otro ser vivo A veces era un animal, otras a una persona. Si no lo hacÃa, la cosa que el Nahual quitaba volvÃa y lo devoraba por dentro. Le pregunté si hablaba de la enfermedad como si fuera una criatura. Me contestó que eso era lo que decÃan. Que la voz que susurraba no era un recuerdo, sino un aviso de que la deuda seguÃa sin pagarse. Sentà un frÃo en el estómago.
28:08 Volvà a entrar. Mi madre me miraba desde la cama. Sus ojos parecÃan más claros, como si tuvieran un brillo extraño. Mi padre le preguntó si habÃa vuelto a escuchar la voz. Ella asintió. Dijo que le habÃa explicado lo que debÃa hacer, que sólo asà podrÃa vivir sin ese peso en el cuerpo. Le pregunté qué querÃa de ella. Tardó en contestar. Al final dijo que debÃa buscar a alguien, tocarlo y pasarle la enfermedad. La voz lo llamaba« alimentar al Nahual». Se me secó la garganta. Le pregunté si entendÃa que eso significaba condenar a otra persona. Mi madre cerró los ojos y dijo que si no lo hacÃa morirÃa más rápido que antes. Pasé la tarde sentado afuera. escuchaba los ruidos de la cocina los pasos de mi padre y el silencio que se instalaba cuando ella dejaba de hablar pensé en cada persona que habÃa contado historias del rancho nadie decÃa en voz alta qué precio se pagaba ahora entendÃa por qué La noche cayó. Antes de apagar la lámpara, dijo con voz clara que la decisión no podÃa esperar más, que si no lo hacÃa, la enfermedad volverÃa a buscarla.
29:22 Casi no pude pegar los ojos. Cada vez que intentaba descansar, me venÃan imágenes de mi madre caminando hasta la casa de alguien y poniéndole la mano en el pecho. La voz debÃa seguir hablándole sin descanso. Al amanecer se incorporó en el catre. TenÃa la cara pálida y los ojos hinchados. Dijo que sentÃa un impulso que le subÃa desde el estómago, que si no hacÃa algo pronto terminarÃa buscando a cualquiera con tal de quitarse aquello de adentro. Mi padre se acercó y le preguntó qué pasarÃa si se negaba. Ella contestó que la enfermedad volverÃa y la matarÃa más rápido que antes. Hablaba sin mirar a ninguno de los dos. Dijo que la voz la estaba empujando a elegir, que no quedaba tiempo. Le pregunté si habÃa otra opción. Bajó la vista y explicó que en su cabeza aparecÃan imágenes de un chivo negro con los cuernos grandes, que el Nahual le habÃa mostrado que la enfermedad también podÃa pasarse a una bestia. Mi padre dijo que si tenÃa que ocurrir, preferÃa que fuera con un animal y no con una persona.
30:29 Mi madre se tapó la cara. Se le notaban los hombros tensos. Dijo que no querÃa hacerle daño a nadie, pero que ya no soportaba sentir esa cosa creciendo por dentro. Al mediodÃa salimos de la casa, caminamos hasta un potrero que quedaba detrás de unas casas vecinas. Era un terreno abierto donde la gente solÃa dejar chivos amarrados a las estacas. Ella se acercó a uno que estaba atado con una cuerda corta. Era negro, con los cuernos largos. Se detuvo frente al animal, levantó la mano y se la apoyó en la frente. El chivo se quedó quieto. Un momento después se estremeció entero y cayó de lado. Mi madre apartó la mano, respiró hondo y cerró los ojos un instante.
31:16 Regresamos a la casa. Dijo que la voz ya no estaba. Mi madre vivió muchos años después de aquello. Nunca volvió a enfermarse ni a escuchar la voz. Murió de vieja en 2012, con 78 años. Del Nahual no se supo nada más. Algunos decÃan que siguió viviendo en el rancho, pero otros aseguraban que desapareció en 1992, unos cuantos años después de haberla curado.
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