La Mordida Del Nahual - Historias De Terror - REDE
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0:05 Crecà en un pueblo chico, rodeado de cerros y caminos de terracerÃa. Ahà todos conocÃan la historia de todos, y aunque escuché muchas veces a la gente hablar sobre Nahuales, nunca les presté atención. Mi abuelo solÃa contarlas con detalle, sobre todo cuando se reunÃa con sus amigos en el patio, pero yo lo veÃa como plática de señores mayores, algo que repetÃan por costumbre. Aún asÃ, habÃa noches en que lo veÃa observar hacia el monte, como si buscara algo. Cuando le preguntaba, respondÃa que era mejor no andar afuera después de que oscurecÃa, pero jamás me explicó por qué, y con los años dejé de pensarlo. VivÃamos mi mamá, mi hermano menor y yo en la casa que habÃa sido de mis abuelos. Era una construcción vieja, hecha de bloques en la parte principal y de lámina en la parte del patio. El portón delantero era de madera gruesa con clavos grandes y bisagras oxidadas, que rechinaban cuando se abrÃan.
1:09 La casa siempre necesitaba arreglos, pero mi mamá hacÃa lo posible por mantenerla en pie, mientras trabajaba en el comercio del pueblo. Mi hermano casi no estaba porque estudiaba en la ciudad, regresaba los fines de semana y se iba otra vez el lunes. Todo seguÃa normal hasta que mi mamá enfermó de un momento a otro. Primero le temblaron las piernas mientras caminaba hacia la cocina. Pensó que era cansancio, pero al dÃa siguiente perdió fuerza cuando intentó levantarse de la cama. Los doctores del centro de salud revisaron su presión, sus reflejos y todo lo que pudieron, pero solo le dijeron que quizá era una infección o un problema temporal.
1:55 Nada de lo que dijeron coincidÃa con lo que veÃamos en casa. porque cada dÃa parecÃa más débil, como si su cuerpo perdiera firmeza. Yo me quedé a cuidarla por las tardes cuando regresaba del trabajo. La acompañaba para que pudiera levantarse, acomodaba sus cobijas y le preparaba comida blanda. Una noche, mientras la ayudaba a cambiar de posición, me tomó del brazo con un poco de fuerza. Me pidió que abriera una caja de madera que tenÃa guardada en su ropero. Era una caja pesada, Con la tapa marcada por los años, la llevé a su cama, la puse sobre las sábanas y la abrÃ. Adentro habÃa varias cosas viejas, fotografÃas, papeles doblados y una bolsa pequeña de tela gris. La bolsa estaba bien cuidada, como si alguien la hubiera guardado con intención de mantenerla intacta. La abrà con cuidado y encontré un colgante circular de metal. No era religioso, no tenÃa cruz ni figura de santo. Solo tenÃa lÃneas marcadas alrededor, formando una especie de relieve, y era frÃo al tacto.
3:04 Mi mamá respiró hondo y me pidió que lo guardara conmigo. Me dijo que habÃa sido de mi abuelo y que él lo llevaba siempre que salÃa por las noches. Su voz se escuchaba débil, pero hablaba con claridad. Me dijo que no lo dejara lejos mientras ella estuviera enferma. No entendà la razón, pero asentà y lo guardé en el bolsillo de mi camisa. Ella cerró los ojos y siguió descansando. Yo me quedé sentado a su lado un rato, observando su respiración lenta. Esa misma madrugada se puso peor, su respiración se volvió irregular y su piel se veÃa más pálida. La llevamos al hospital en la camioneta de un vecino, porque no podÃa moverse por sà sola. La ingresaron sin dar mucha explicación, solo dijeron que la dejarÃan en observación.
3:54 Mi hermano decidió quedarse allá mientras yo regresaba a la casa por algunas cosas. Cuando abrà el portón y entré al patio, escuché de inmediato golpes en la parte trasera de la casa. Eran golpes secos y repetidos, como si alguien estuviera empujando la lámina con fuerza. Caminé hacia la zona donde tenÃamos un pequeño cuarto improvisado para guardar herramientas. La luz del foco alumbraba solo la mitad del corredor, asà que avancé despacio. Los golpes seguÃan, medidos, casi rÃtmicos, y al acercarme vi cómo vibraba una parte de la lámina. Di unos pasos más y en cuanto me acerqué, los golpes cesaron. Me agaché para revisar la parte baja de la pared improvisada. La lámina estaba hundida hacia adentro en un punto, como si algo pesado hubiera golpeado desde afuera.
4:47 Pasé la mano por la superficie frÃa y sentà un borde más profundo. Cuando acerqué el foco portátil vi una marca clara, una pisada con forma grande, marcada sobre la lámina por la fuerza del impacto. No estaba dibujada ni rayada, estaba hundida como si la hubiera estampado algo que venÃa con impulso. Me recorrió un escalofrÃo porque nunca habÃa visto algo asÃ. No era una marca pequeña ni podÃa confundirse con la pata de un perro. Era más grande y más profunda. retrocedà sin darle la espalda y regresé a la sala cerré las puertas y puse los seguros apagué las luces del patio para no llamar la atención y encendà solamente la lámpara de la sala saqué el colgante de mi bolsillo y lo dejé en mi mano sin soltarlo esa noche casi no pude moverme del sillón cada tanto escuchaba pasos en el patio pasos firmes no rápidos como si lo que estuviera allá afuera caminara en cÃrculos A veces el sonido venÃa desde la parte trasera y después cerca de la ventana de la cocina. No escuché respiraciones ni gruñidos, solo los pasos sobre la tierra seca y las hojas que se movÃan cuando los pisaban. El resto de la madrugada permanecà sentado con la vista fija en la puerta. No me dormà ni un segundo. Cada vez que los pasos se detenÃan, me quedaba más atento.
6:14 Cuando volvÃan a escucharse, sentÃa que la noche se hacÃa más larga. Esperé a que amaneciera sin apartar la mirada de la puerta, con el colgante apretado en la mano derecha, sin dejar que se me cayera. Cuando al fin amaneció, me levanté del sillón con los ojos pesados, por no haber dormido, pero con la necesidad de revisar lo que habÃa escuchado durante la noche. Fui directamente al patio, donde el aire se sentÃa más frÃo de lo normal. Caminé hacia la puerta trasera, esa donde horas antes habÃa visto la lámina hundida. Al acercarme, noté que la madera del marco estaba astillada en varios puntos, como si la hubieran empujado con fuerza desde afuera. Toqué una de esas astillas y se desmoronó entre mis dedos, por lo delgada que habÃa quedado. Bajé la vista y vi pedazos de madera rotos en el suelo, restos frescos que no estaban la noche anterior. Entre ellos, noté algo que no era madera, un mechón de pelaje oscuro atrapado en una astilla larga.
7:18 Lo levanté con cuidado para no desprenderlo. Era grueso, áspero y no correspondÃa a ningún animal del pueblo. Lo guardé en mi bolsillo para mostrarlo después, aunque no sabÃa a quién. Mi hermano llegó alrededor de las ocho, después de pasar la noche en el hospital con mi mamá. Apenas lo saludé y lo llevé al patio para que viera lo que habÃa encontrado. Caminó despacio, observó cada detalle y movió la puerta con la mano. para medir la fuerza que habrÃa necesitado quien la golpeó. No dijo nada al principio. Solo frunció el ceño y negó con la cabeza, mientras revisaba las marcas más profundas. Cuando vio el mechón de pelaje, se inclinó para mirarlo más de cerca. Dijo que no se parecÃa a nada que él conociera, pues yo también lo creÃa. Mientras seguÃamos en el patio, sonó su teléfono.
8:12 Era del hospital. Le dijeron que mi mamá seguirÃa internada varios dÃas para observarla y que no habÃa cambios graves pero tampoco mejorÃa. Mi hermano decidió regresar en un rato asà que me quedé solo nuevamente. Antes de que él se fuera me quedé pensando en algo que decÃa mi abuelo cuando yo era niño. Cuando contaba historias de Nahuales repetÃa que si alguien se cambiaba en animal durante la noche... al amanecer aparecÃa lastimado en el mismo lugar donde habÃa recibido un golpe me acordé de eso con exactitud porque siempre lo decÃa igual mientras caminaba por la casa abrà la bolsa de tela donde guardaba el colgante y lo observé unos segundos no sabÃa si creer en esas cosas pero después de lo que habÃa visto la noche anterior algo me quedó inquietando la mente fui al centro del pueblo a comprar algunas cosas que hacÃan falta en casa Mientras caminaba por la plaza y las calles principales, no buscaba a nadie en especial, solo trataba de despejarme. TenÃa presente lo que decÃa mi abuelo, pero no querÃa pensar más en lo de la madrugada. Al regresar a la casa, todo seguÃa igual que antes, aunque no pude evitar sentir que el ambiente se sentÃa distinto. Desde que vi la sombra en la ventana. En la tarde fui al hospital a ver a mi mamá. Me preguntó cómo estaban las cosas en la casa y le respondà que todo seguÃa igual.
9:44 No quise preocuparla con lo que habÃa pasado en la noche ni con lo que encontré en la mañana. Ella dejó de hablar unos segundos y me miró con calma. Me pidió que no me quitara el colgante por ninguna razón. Me lo dijo con un tono tan firme que no pude evitar sentir una inquietud rara. Asentà sin darle vuelta al asunto y me despedà antes de que oscureciera. regresé a la casa ya de noche apenas entré sentà el ambiente más denso que antes cerré el portón y me senté un momento en la cocina saqué el colgante del bolsillo para colgarme lo en el cuello en cuanto lo hice sentà que estaba caliente como si hubiera estado expuesto al sol por varias horas aunque lo habÃa llevado en el bolsillo todo el dÃa no me lo quite solo lo acomode bajo la camisa Me quedé dormido un rato en la sala sin darme cuenta. Desperté de golpe por un sonido seco en la ventana de mi cuarto, como si hubieran golpeado con la palma de una mano o con algo duro. El ruido resonó en toda la casa.
10:51 Me levanté con el corazón acelerado y avancé hacia el pasillo. Escuché entonces pasos sobre el techo. No eran pasos ligeros, eran pasos firmes que avanzaban directos hacia el borde, como si alguien caminara buscando una esquina para espiar. Entré a mi cuarto con cautela y acerqué la mano a la cortina. La jalé apenas lo necesario para ver hacia afuera, y lo que alcancé a distinguir me dejó inmóvil. Sobre el vidrio se movÃa la silueta de un hocico largo, que respiraba dejando un rastro de vapor en el cristal. A un lado del hocico vi una oreja puntiaguda que temblaba ligeramente, como si estuviera atenta a cada movimiento dentro de la habitación.
11:36 La figura se desplazaba despacio, rozando la ventana con el contorno de su cabeza. Me agaché un poco y observé cómo la sombra se alejaba de la ventana, bajando hacia el patio. Escuché los pasos pesados sobre la lámina del techo, mientras se movÃan hacia la parte trasera de la casa. Después se escuchó cómo bajaba por el canalón y pisaba tierra firme. El suelo crujió y la sombra se perdió detrás del cuarto de herramientas. No fui capaz de moverme durante varios minutos. Me quedé en la orilla de la cama, escuchando los ruidos del patio, esperando a que dejara de caminar. Cuando por fin todo quedó en silencio, me quedé sentado, sin apagar la luz, observando la puerta y escuchando cada sonido del exterior, convencido de que aquello volverÃa a rondar antes de que amaneciera. Al amanecer, me levanté con la misma tensión del dÃa anterior. No habÃa dormido más de un par de horas, por los ruidos que seguà escuchando hasta casi la madrugada. Caminé hacia el patio con la luz del sol entrando apenas por la orilla del cerro.
12:44 Cuando abrà la puerta y di los primeros pasos sobre la tierra húmeda, vi de inmediato que la puerta trasera estaba más dañada que el dÃa anterior. Las marcas eran más profundas, algunas tenÃan astillas levantadas. y otras partes estaban hundidas, como si hubieran empujado la madera con un cuerpo pesado. Me acerqué y toqué una zona que crujió bajo mis dedos. La madera estaba a punto de romperse por completo. Mientras revisaba el daño, escuché un ruido detrás del cuarto, donde la criatura habÃa estado la noche anterior. Era un movimiento fuerte, como si alguien respirara desde adentro. Me quedé quieto y antes de reaccionar algo golpeó la lámina con una fuerza que me sacudió el pecho. Retrocedà instintivamente y corrà hacia la entrada del cuarto. Abrà la puerta rápido y sentà el golpe del aire frÃo. La criatura estaba ahÃ, de pie, mucho más grande que la noche anterior. El cuerpo era más alto que el marco de la puerta. El lomo casi rozaba el techo y los brazos largos terminaban en garras gruesas. Los colmillos sobresalÃan incluso con la boca cerrada.
13:59 Retrocedà hacia el rincón donde habÃa una escopeta vieja recargada en la pared. La agarré sin saber manejarla bien. La criatura avanzó hacia mà con el pecho inflado, dejando escapar un rugido que hizo vibrar todo el cuarto. Apunté como pude y le disparé. El disparo le dio en la pierna. La criatura cayó de lado, pero se incorporó de inmediato y se lanzó contra mà una vez más. Sentà las garras rasgarme el brazo y el costado. Volvà a levantar la escopeta temblando, apunté sin pensar y disparé otra vez. Esta vez el tiro le dio en el brazo, cerca del hombro. La criatura retrocedió con un gruñido profundo y salió del cuarto a toda velocidad, tumbando cosas a su paso antes de perderse entre los árboles detrás de la casa.
14:50 Me quedé sentado en el suelo, con el brazo ardiendo y la respiración irregular. No sabÃa si iba a regresar, pero me quedé ahà un buen rato sin moverme, esperando escuchar algún ruido. Cuando todo quedó en silencio, me levanté con cuidado y cerré el cuarto por dentro. Esa misma tarde decidimos mudarnos a la ciudad para estar cerca del hospital. No querÃamos pasar otra noche ahÃ. Regresamos a la casa por nuestras cosas y cargamos la camioneta. Antes de irnos, cerré el portón con cuidado. Las tablas dañadas seguÃan ahÃ, marcadas por los golpes profundos de las noches anteriores. Las observé un momento sabiendo que no volverÃa a verlas. Nos fuimos sin mirar atrás. Nunca volvimos a vivir en esa casa y desde entonces guardo el colgante junto a mi cama todas las noches. Nunca lo olvido. Porque, aunque no sepa de verdad, sà me ayudó en contra del Nahual.
15:51 Sigo vivo y por eso lo llevó conmigo siempre. Jamás supe quién era ese Nahual. No me di el tiempo de buscar en el pueblo quien hubiera estado herido en los dÃas posteriores. Pero espero que no vuelva a buscarme o atemorizar a alguien más. Espero haya aprendido la lección y no se convierta más en esa cosa demonÃaca. Mi mamá se recuperó. Y aunque no está del todo bien, estamos a gusto en la nueva casa, sin ruidos nocturnos ni criaturas demonÃacas acechando. Es algo que no voy a olvidar nunca y espero que no les pase a ustedes, el ataque del Nahual al cual sobrevivÃ. TodavÃa guardo cada detalle de lo que vivà en aquellos dÃas. No importa cuánto tiempo haya pasado, la escena siempre regresa completa, como si la estuviera mirando desde una ventana que nunca puedo cerrar.
16:51 VivÃa en un pueblo pequeño, rodeado de cerros, un lugar donde casi todos seguÃamos los mismos senderos para volver a casa. Desde niña caminaba por esos caminos sin pensarlo, porque eran parte de la rutina del pueblo. La tierra era dura y agrietada en algunas partes, y en otras se abrÃa paso el pasto alto que crecÃa sin control. Cerca del camino habÃa un arroyo seco que solo llevaba agua cuando caÃan lluvias fuertes, y junto a él crecÃan algunos árboles torcidos. Ese escenario siempre me habÃa resultado común, incluso reconfortante, hasta el dÃa en que regresé cargando una bolsa con comida y todo cambió. Recuerdo que esa tarde caminaba sin ninguna preocupación.
17:40 HabÃa comprado pan, verduras y un poco de carne para la cena. La bolsa golpeaba mi muslo con cada paso y el sol empezaba a bajar detrás de los cerros. Ese tramo siempre estaba lleno de piedras grandes, algunas tan redondas, que parecÃa que alguien las habÃa colocado a propósito. yo avanzaba sin prisa con los mismos pasos de siempre cuando escuché algo que no encajaba con los ruidos del camino fue un sonido ligero una pisada rápida sobre la tierra como si algo hubiera corrido entre la hierba me detuve un instante y volteé hacia donde venÃa el ruido antes de que pudiera moverme por completo un animal salió entre las piedras y se plantó frente a mà no reconocà su forma de inmediato No era un perro del pueblo ni un animal que hubiera visto antes. TenÃa el cuerpo grande y alargado, el pelaje oscuro y los ojos atentos, como si me hubiera estado esperando. Se quedó quieto, solo moviendo el pecho al respirar, y yo me quedé paralizada mirándolo, tratando de entender qué estaba viendo. Ese segundo de duda fue suficiente para que el animal se lanzara directamente hacia mÃ.
18:56 Lo sentà con claridad. Sus dientes se cerraron sobre mi pierna, con una fuerza exacta que me sacudió todo el cuerpo. El dolor fue inmediato, firme, imposible de ignorar. La bolsa que traÃa en la mano cayó al suelo y los vÃveres se regaron entre la tierra y la hierba. Empujé al animal con ambas manos por pura reacción, sin pensar, solo buscando que soltara la mordida. No sé cómo, pero lo conseguÃ. dio un paso atrás todavÃa agachado mirando hacia arriba como si estuviera midiendo mis movimientos no gruñó ni se alejó corriendo se quedó quieto observándome como si esperara lo que yo iba a hacer después la pierna me temblaba y se me entumÃa desde el tobillo hasta la cadera me apoyé en el otro pie para mantenerme firme el animal dio un paso hacia atrás como pude le di con una piedra que estaba en el camino le di en una pata trasera Dio un chillido y luego desapareció del mismo modo en que habÃa aparecido. Respiré hondo, tomé la bolsa medio rota y caminé hacia mi casa, con la sensación de que mi pierna podrÃa doblarse en cualquier momento. La herida ardÃa y la piel alrededor estaba caliente.
20:12 Al llegar, lavé la mordida con agua frÃa, tratando de quitar los restos de tierra. Cuando pude ver bien la marca, me sorprendió que la forma fuera tan pareja. tenÃa dos hendiduras profundas y el resto del mordisco formaba un contorno extraño hecho por un animal que no coincidÃa con lo que yo conocÃa esa noche no logré dormir bien me acosté temprano porque el cuerpo se me sentÃa pesado pero cada vez que cerraba los ojos tenÃa la sensación de que alguien caminaba afuera de mi puerta los pasos eran lentos como si rodearan la casa A veces se detenÃan en un punto y luego seguÃan hacia otro. Me levanté varias veces para asomarme por la ventana, pero no vi nada.
20:59 La herida parecÃa más inflamada y sentÃa el pulso de mi propia sangre en la piel que rodeaba el mordisco. Al dÃa siguiente, la pierna amaneció roja y caliente. Apoyarla me costaba trabajo y tuve que sostenerme de las sillas y la mesa para moverme dentro de la casa. Pasé la mañana limpiando la herida y revisando si la piel cambiaba de color o si veÃa algo que indicara infección. El dolor no era constante, pero cada cierto tiempo un tirón me recorrÃa desde la mordida hasta la cadera. En la tarde salà al patio para ver si conseguÃa un poco de aire. Al abrir la puerta, noté algo en la tierra. HabÃa marcas profundas, como si un animal hubiera pisado con fuerza justo frente a mi casa. Las huellas estaban frescas y hundidas, y seguÃan una lÃnea que se perdÃa hacia los árboles cercanos. Me agaché para observarlas mejor.
21:56 El tamaño no coincidÃa con las patas de un perro. Eran más grandes y más hondas. Toqué una de las marcas y la tierra seguÃa floja, como si el peso hubiera sido considerable. La sensación que me dio al verlas no la pude ignorar. Alguien o algo habÃa regresado a buscarme durante la noche. Esa noche soñé con la misma figura del camino. El animal aparecÃa entre las piedras y se acercaba lentamente. En el sueño no me atacaba, solo me observaba, igual que cuando se alejó la tarde anterior. Su respiración se escuchaba cerca, como si estuviera a unos pasos.
22:36 Cuando desperté, sentà el mismo calor en la pierna que habÃa sentido al momento del ataque. Me quedé sentada un rato sin moverme mientras pensaba en lo que habÃa pasado en estos dos dÃas. Cuanto más repasaba cada detalle, más segura estaba de que ese encuentro no habÃa sido un accidente. El animal sabÃa que yo pasarÃa por ese camino. SabÃa exactamente en qué momento salir y en dónde morder. En ese instante me quedó claro que no habÃa sido un ataque cualquiera. No fue un animal perdido ni asustado. Fue algo más directo, más calculado. Y aunque todavÃa no entendÃa por qué, ya empezaba a sentir que ese animal me conocÃa de alguna forma y que esa mordida no habÃa sido lo único que habÃa marcado esa tarde. Después de aquella tarde, mis noches empezaron a cambiar por completo. Lo recuerdo con claridad porque no hubo una sola en la que pudiera descansar como antes. Al principio pensé que la inquietud venÃa del dolor de la pierna, pero no tardé en darme cuenta de que habÃa algo más. Cada noche parecÃa tener un momento distinto que me obligaba a mantener los ojos abiertos como si el ambiente dentro de mi casa hubiera cambiado sin que yo lo notara. Me acostaba tratando de convencerme, de que todo era parte del miedo que seguÃa arrastrando después del ataque. Pero conforme los dÃas avanzaron,
24:07 las señales se volvieron tan constantes que ya no encontraba cómo engañarme. Varias veces escuché que algo chocaba con los cubiertos o movÃa las ollas en la cocina. No era un sonido fuerte, sino uno preciso, como cuando alguien levanta una taza y la vuelve a colocar con cuidado. Las primeras veces me levanté para revisar pensando que podÃa ser un ratón o un gato que hubiera entrado. EncendÃa la lámpara, revisaba el suelo, los estantes, la mesa, pero todo estaba en orden, ni un plato fuera de su lugar ni rastros de ningún animal. VolvÃa a mi cuarto, tratando de convencerme de que quizá habÃa imaginado el ruido, pero cuando me acostaba volvÃa a escucharlo más lejos, como si algo se moviera entre las sombras. Una madrugada la sensación fue diferente.
25:02 Estaba medio dormida cuando sentà el aire tibio de una respiración cerca de mi rostro. No fue un sueño porque abrà los ojos de inmediato. La respiración duró apenas unos segundos, pero bastó para que se me tensara el cuerpo. Tomé la lámpara que tenÃa junto a la cama y la encendÃ. Observé todo el cuarto sin moverme de donde estaba. El silencio era completo, pero mi pierna comenzó a palpitar justo donde me habÃan mordido. Me quedé sentada un buen rato, con la lámpara encendida sobre las sábanas. El dolor me recordaba exactamente el punto del ataque, como si el mordisco estuviera reaccionando al miedo que sentÃa. Con el paso de los dÃas, empecé a pensar en las historias que escuché desde niña. Esas que mencionaban criaturas que rondaban en los caminos del cerro. Mi abuelo era quien más hablaba de eso.
25:58 Ãl guardaba un cuaderno viejo donde anotaba todo lo que escuchaba del pueblo, desde rumores de cosechas hasta relatos de encuentros extraños. Esa mañana lo recordé con claridad. SabÃa exactamente en qué parte de su casa lo guardaba, asà que fui a buscarlo. Lo encontré en un cajón de madera junto a unas herramientas antiguas. Era un cuaderno grueso con las hojas amarillentas y la tinta casi desteñida. Me senté cerca de la ventana para aprovechar la luz y comencé a leerlo página por página. En varias partes hablaba de personas que aseguraban haber visto animales demasiado grandes en la noche.
26:40 HabÃa descripciones que coincidÃan con lo que yo vi. cuerpos oscuros, miradas fijas y movimientos silenciosos. También aparecÃan dibujos rápidos de mordidas que tardaban mucho en sanar. Lo que más me llamó la atención fue un nombre que se repetÃa en distintas notas, Nahual. El cuaderno decÃa que, según los relatos, algunas personas tenÃan la capacidad de tomar forma de animal. No lo hacÃan siempre, elegÃan cuándo y cómo. Incluso mencionaban que estos seres no atacaban por casualidad, sino por razones personales, a veces por rencor, otras por envidia o simple deseo de intimidar. Encontré un caso que me heló la sangre.
27:26 Una mujer habÃa sido atacada por un animal y pasó dÃas enteros sintiendo que la seguÃan por las noches. DescribÃa pasos, respiraciones, sueños repetidos, todo lo que yo estaba viviendo. Mientras avanzaban los dÃas, el ambiente en el pueblo también empezó a cambiar. Varias personas hablaban de gallinas que desaparecÃan sin dejar rastro. Un corral amaneció abierto con las maderas tiradas en el suelo. Las huertas de dos vecinos aparecieron pisoteadas, como si un animal grande hubiera pasado por ahà en la madrugada. La gente decÃa que algo rondaba por la zona, aunque nadie lo habÃa visto con claridad. El miedo comenzó a notarse en las conversaciones del mercado y en los comentarios que se escuchaban afuera de las tiendas. Una tarde salà a comprar pan porque necesitaba distraerme de tantas ideas. Caminé despacio y traté de mantener mi mente enfocada en lo que tenÃa que hacer. Cuando regresaba, un vecino mayor me vio caminar con más cuidado de lo normal. HabÃa sido amigo de mi familia desde ciegos. Me preguntó si me sentÃa mal y le conté lo que me habÃa pasado. No omità nada. El ataque, la mordida, los pasos en la noche, la respiración cerca de la cara y lo que habÃa leÃdo en el cuaderno de mi abuelo. Ãl se quedó en silencio unos segundos y luego me dijo que su
28:57 propio abuelo habÃa hablado del mismo tema cuando era joven. DecÃa que en esa parte del cerro siempre aparecÃa un Nahual cada cierto tiempo. No era algo constante, pero cuando regresaba lo hacÃa causando miedo o molestando a quienes vivÃan cerca. Contó que su abuelo le advirtió que esos seres conocÃan muy bien a sus vÃctimas y que cuando atacaban una vez solÃan rondarlas después como si necesitaran asegurarse de algo. Esa idea se ajustaba perfectamente a lo que estaba viviendo y el simple hecho de escucharlo de boca de alguien más hizo que la realidad de mi situación fuera todavÃa más clara. Caminé de vuelta a mi casa con el corazón pesado. Ya no podÃa negar lo que estaba ocurriendo.
29:45 No era un perro salvaje ni un animal perdido. Lo que me habÃa atacado tenÃa un propósito, y la manera en que me seguÃa lo confirmaba. Esa noche intenté dormir temprano, aunque sabÃa que serÃa difÃcil. Apagué la lámpara, me acomodé en la cama y respiré hondo, esperando que por alguna razón el sueño me llegara rápido. No pasó mucho antes de que escuchara un ruido afuera. Primero fue un movimiento leve, como si algo arrastrara las patas sobre la tierra. Después vino un silencio que duró varios segundos. Me incorporé un poco y traté de prestar atención. Entonces escuché un gruñido.
30:28 Era un sonido firme. cercano y directo venÃa justo de la puerta como si el animal estuviera parado del otro lado esperando que yo me levantara en ese momento supe que ya no estaba lidiando con un animal cualquiera lo que rondaba mi casa me conocÃa y querÃa que supiera que seguÃa ahà y con ese pensamiento me quedé despierta sin atreverme a mover un solo músculo después de esa noche en la que escuché el gruñido pegado a mi puerta. Desperté con una idea fija que no pude quitarme de encima. TenÃa que averiguar quién era el Nahual cuando estaba en su forma humana. No podÃa seguir viviendo con la incertidumbre de no saber qué persona del pueblo se escondÃa detrás de aquel animal que me habÃa marcado. El cuaderno de mi abuelo decÃa que quien tomaba forma de animal siempre llevaba en su cuerpo humano las heridas que recibÃa. Esa información se me quedó grabada y decidà usarla. Era lo único que tenÃa a mi favor. Durante varios dÃas caminé por el pueblo observando a la gente, como nunca lo habÃa hecho. VeÃa brazos, piernas y manos con más atención de la que cualquiera imaginarÃa. No querÃa que me vieran demasiado insistente, asà que hacÃa como que revisaba frutas, pan o herramientas, mientras observaba a las personas que pasaban. En mi mente llevaba la imagen exacta, del punto donde habÃa
31:59 golpeado al animal para soltarme del ataque. SabÃa que esa marca tenÃa que estar en alguien, y ese alguien no iba a poder esconderla por mucho tiempo. Una mañana fui al mercado más temprano de lo normal. QuerÃa ver quién llegaba primero a instalar sus puestos, y quién caminaba con molestias o vendajes. El aire estaba frÃo y las sombras de los puestos aún cubrÃan buena parte del camino. Caminé entre las mesas de madera, saludé a algunas personas de costumbre y seguà revisando cada detalle. Fue ahà donde lo vi. No tuve que esforzarme demasiado para reconocerlo. Su forma de caminar me regresó a los años de escuela. Cojeaba con dificultad y tenÃa una venda gruesa en la pierna izquierda.
32:48 La venda estaba apretada. justo en el área donde yo recordaba haber impactado al animal durante el ataque. Se detuvo un momento para acomodar unas cajas en su puesto y cuando levantó la mirada la cruzó con la mÃa. Yo no aparté la vista. Fue ahà cuando vi cómo sus ojos cambiaron de expresión. Pasó de mostrarse normal a ponerse tenso en un segundo. Movió las manos con nerviosismo como si no supiera dónde apoyarlas. Era el mismo muchacho con el que discutà varias veces cuando éramos jóvenes. Nunca nos llevamos bien. Ãl siempre mostró cierto resentimiento hacia mÃ, aunque nunca supe el motivo real. Recordé comentarios que hizo en el pasado, discusiones pequeñas pero constantes que reflejaban una envidia vieja y mal resuelta. Me quedé observándolo unos segundos más, lo suficiente para confirmar que no estaba equivocada. La forma en que protegÃa la pierna con el cuerpo y la incomodidad que mostraba cada vez que alguien pasaba cerca me decÃa todo. Sentà que el aire del mercado se me hacÃa más pesado. Era él. Esa herida coincidÃa de manera exacta con la del animal y no era posible que fuera simple casualidad. Decidà no enfrentarlo de inmediato. Antes querÃa confirmar lo que habÃa visto, asà que fui a buscar al vecino mayor. el mismo que me habÃa contado sobre el Nahual que aparecÃa cada ciertos años. Me lo encontré sentado en una banca frente a su casa, limpiando unas
34:20 herramientas viejas. Le conté lo que habÃa visto en el mercado, la venda en la pierna, su actitud nerviosa y los recuerdos que tenÃa de la escuela. Ãl me escuchó con calma, sin interrumpir. Cuando terminé, soltó un suspiro largo y dijo que no le sorprendÃa. Según él, la familia de ese hombre siempre habÃa tenido fama de meterse en problemas por las noches. No hablaba de delitos comunes, sino de actividades que nadie podÃa explicar. DecÃa que desde generaciones atrás esa familia cargaba con rumores de sucesos extraños que pocos se atrevÃan a mencionar abiertamente. aquella información me terminó de confirmar lo que ya sospechaba le agradecà y regresé al mercado sin perder tiempo caminé entre los puestos con el pulso acelerado sabÃa que tenÃa que hablar con él frente a frente me acerqué directamente a su mesa y él se puso firme como si hubiese estado esperando ese momento le dije que necesitábamos hablar y que sabÃa exactamente quién era su expresión cambió de inmediato Quiso fingir sorpresa pero la tensión en su rostro lo delató. Alrededor la gente empezó a notar la interacción y se acercaron poco a poco.
35:40 Le mencioné la herida y le pedà que me mirara a los ojos. Le dije que todo coincidÃa y que ya no habÃa forma de que siguiera escondiéndose. Intentó justificarse diciendo que la herida se la habÃa hecho trabajando pero su voz temblaba. Una señora que estaba cerca Recordó que habÃa perdido varias gallinas esa semana. Otro hombre comentó que su huerto amaneció pisoteado durante dos noches. El ambiente cambió por completo. Lo que empezó como un enfrentamiento entre dos personas se convirtió en un punto de reunión lleno de tensión. La gente formó un cÃrculo alrededor de nosotros y los murmullos comenzaron a subir de tono. El hombre dio un paso atrás y trató de sostener su mentira, pero sabÃa que no podÃa. Los ojos de todos se concentraban en su pierna vendada y en su rostro temeroso. Fue ahà cuando hablé con claridad, recordando cada noche que pasé sin dormir, cada ruido en mi casa y cada respiración que sentà cerca de mi rostro. Le dije que querÃa que se fuera del pueblo, que todos tenÃamos derecho a vivir tranquilos y que no querÃa volver a escuchar un solo rumor de él rondando por los cerros o merodeando las casas.
36:58 Algunas personas del mercado asintieron y otras se cruzaron de brazos mientras lo observaban con molestia. La presión del grupo era evidente. Entendió que no tenÃa opciones. Bajó la mirada y dijo que se irÃa. Recogió sus cosas y empezó a alejarse. Caminó cojeando hacia la salida del pueblo, mientras la gente lo seguÃa con la mirada. No volteó en ningún momento. Yo lo observé hasta que desapareció entre los árboles. SabÃa que no volverÃa. No después de quedar expuesto frente a tantos. Con el tiempo, mi pierna sanó por completo. La marca quedó ahÃ, pero dejó de doler. Lo que no desapareció fue el recuerdo. Cada vez que camino por el sendero donde fui atacada, el paisaje me regresa a ese dÃa. Los árboles doblados por el viento, las piedras grandes junto al arroyo seco, y el mismo camino por donde tantas veces pasé sin miedo. Ahora lo recorro, sabiendo que en ese pueblo existen cosas que la mayorÃa prefiere ignorar, pero que están ahÃ, silenciosas, esperando a quien les cruce el paso. Y yo aprendà por experiencia que no todo lo que se mueve entre los cerros es un animal.
38:14 Hay momentos en los que la sombra que ves tiene nombre y tiene historia. Y aunque se vaya, siempre deja una marca que uno no olvida. Cuando pienso en esos dÃas, recuerdo cómo era la vida en el rancho antes de que ella llegara. Era un lugar tranquilo, donde todos se conocÃan. Las casas estaban separadas unas de otras por tramos largos de tierra. El camino principal era de terracerÃa y conectaba las viviendas como una lÃnea que se extendÃa entre árboles, corrales y cercas viejas. Yo estaba acostumbrado a ver siempre lo mismo. Gente atendiendo a sus animales, el olor del pasto recién cortado, las conversaciones cortas entre vecinos cuando se encontraban en el camino y la costumbre de saludarnos aunque fuera de lejos. Era un ambiente sencillo, sin prisa, donde cualquier novedad se notaba de inmediato. Una tarde vi que llegó una mujer sola. VenÃa caminando desde la parte baja del rancho con una mochila y dos bolsas grandes que parecÃa cargar con esfuerzo. No pidió ayuda ni saludó a nadie.
39:26 Pasó frente a mi casa sin levantar la vista y siguió hacia la vivienda abandonada que tenÃamos a unos 100 metros del camino principal. Esa casa llevaba años sin que alguien la ocupara. La mujer empujó la puerta, entró como si conociera el lugar y se quedó ahà sin explicar nada. Al dÃa siguiente la vi limpiar el patio con una escoba vieja y acomodar lo que llevaba en las bolsas. No habló con nadie, ni siquiera cuando dos vecinas pasaron frente a ella y le dijeron que si necesitaba algo o en qué podÃan apoyarla. Pero ella solo siguió limpiando. Con los dÃas noté que tenÃa rutinas extrañas. SalÃa cuando ya estaba oscuro, caminaba hacia el monte y regresaba mucho más tarde de lo que cualquiera acostumbraba en el rancho.
40:15 Al principio pensé que buscaba leña o agua, pero la forma en que salÃa no parecÃa normal. Caminaba rápido, mirando hacia todos lados como si temiera que alguien la siguiera. Al volver, siempre entraba a su casa sin encender luz eléctrica. En vez de eso, se veÃan velas negras encendidas en distintos puntos de su sala. La luz parpadeaba por la ventana, y en ocasiones escuché golpes secos, como si moviera muebles o arrastrara cosas pesadas. También escuché algo parecido a rezos, pero no eran rezos como los que se escuchan en misa. Eran frases cortas repetidas varias veces en voz baja. Una tarde tuve que pasar cerca de su ventana porque iba a dejar unas herramientas en un corral que estaba más adelante.
41:06 Al cruzar frente a su casa vi que tenÃa la cortina corrida hacia un lado. Me asomé rápido para evitar que pensara que estaba espiando y alcancé a ver un altar. Sobre la mesa habÃa varias figuras acomodadas en fila. Una tenÃa cuernos largos y estaba hecha de un material oscuro que no pude identificar. Otra figura parecÃa un animal parado sobre dos patas, con la cabeza inclinada hacia abajo. En la parte de atrás habÃa tres velas negras encendidas, alineadas exactamente a la misma distancia. Debajo de la mesa vi un recipiente oscuro, ancho, con algo dentro, aunque no pude distinguir qué era, porque la luz apenas llegaba. La escena me dejó inquieto, por lo precisa que estaba colocada cada cosa.
41:55 A partir de ahÃ, los vecinos empezaron a hablar de ella. Algunos decÃan que hacÃa brujerÃa negra porque nunca apagaba las velas y porque siempre se escuchaban ruidos dentro de su casa, incluso cuando ya era madrugada. Otros comentaban que tenÃa objetos enterrados en el patio porque vieron tierra movida en distintos puntos y huellas frescas alrededor. No era tierra removida por animales. Se veÃa claramente que alguien cavaba y volvÃa a tapar. El rumor de que trabajaba cosas pesadas empezó a crecer entre la gente mayor del rancho, que son los primeros en captar cuando algo no encaja. La tensión se notaba cada vez que alguien tenÃa que pasar frente a su casa.
42:39 Muchos preferÃan rodear por el camino de atrás para no cruzarse con ella. Nadie querÃa llamarle la atención ni provocar un problema. La sensación no venÃa de cuentos inventados, sino de lo que se veÃa directamente. Velas negras encendidas de dÃa y de noche, figuras extrañas sobre la mesa, tierra movida en su patio, golpes frecuentes dentro de la casa y la manera en que salÃa, sin que nadie pudiera explicarse qué hacÃa afuera a esas horas. Un dÃa, mientras caminaba rumbo al pozo, escuché que unos vecinos hablaban en voz baja sobre lo que habÃa pasado con una discusión reciente.
43:20 Resulta que un hombre del rancho, conocido por ser trabajador y tranquilo, habÃa tenido un altercado con ella. Nadie supo exactamente qué dijeron, pero él comentó que la mujer lo miró fijamente y le respondió algo que lo dejó inquieto. Al principio no le dio importancia, pero tres dÃas después comenzó a enfermar. Lo vi por primera vez cuando salió a sentarse a la sombra de un mezquite cerca de su casa. TenÃa la mirada apagada, el cuerpo caÃdo y respiraba con dificultad. Caminó unos pasos y casi se tambalea. Le pregunté qué tenÃa y me dijo que le dolÃa todo el cuerpo, que sentÃa mareos y que la noche anterior habÃa tenido fiebre muy alta. Me mostró los brazos y vi varios moretones oscuros que según él aparecieron sin haberse golpeado. En el rancho todos conocen cómo trabaja cada quien y era común que alguien tuviera raspones o golpes por las labores del dÃa. Pero esos moretones no parecÃan de trabajo fÃsico y juraba que no se habÃa lastimado.
44:29 En cuestión de horas se regó la noticia. Sus familiares estaban preocupados porque nunca se enfermaba y porque la fiebre subÃa de pronto sin causa. Algunos dijeron que de seguro fue algo que habÃa comido. pero repetÃa que la discusión con la mujer lo tenÃa inquieto. DecÃa que ella le habÃa dicho algo que preferÃa no repetir y que desde ese momento se sentÃa raro, como si hubiera traÃdo una presión en el pecho que no se le quitaba. Ese dÃa, cuando lo vi sentarse otra vez porque no podÃa mantenerse de pie, supe que lo que estaba pasando no era una simple infección. Nadie dijo nada, pero todos entendÃamos hacia dónde apuntaba el problema. Y aunque yo no querÃa aceptarlo, la idea empezó a tomar forma en mi cabeza. Cuando pasé de nuevo frente a la casa de la mujer y vi las velas negras encendidas alineadas igual que la vez anterior, esa imagen marcó el inicio de lo que vendrÃa después. La enfermedad del vecino avanzó tan rápido que su familia empezó a buscar cualquier explicación que tuviera sentido.
45:39 Una mañana, cuando pasé a ver cómo seguÃa, su esposa me dijo que habÃan encontrado una bolsa pequeña en la puerta el mismo dÃa que comenzó a sentirse mal. Me la enseñó. Era una bolsa simple hecha de tela gris amarrada con un hilo negro muy apretado. Por dentro, según ella, tenÃa tierra, un mechón de cabello oscuro y un pedazo de tela roja. Me explicó que la habÃa tirado sin pensarlo, creyendo que algún animal la habÃa arrastrado hasta ahÃ. Y esa misma noche le empezó la fiebre. En el rancho todos relacionaron esa bolsa con la mujer que habÃa llegado semanas antes. No solo por lo que habÃa dicho el enfermo después de discutir con ella, sino porque varios vecinos la habÃan visto caminar cerca de esa casa dÃas antes, justo por la parte del patio. donde dejaron la bolsa.
46:35 La gente de ahà no suele meterse en la vida de los demás, pero cuando algo asà pasa, cada quien saca conclusiones con lo que ha visto, y lo que habÃan visto de esa mujer no daba tranquilidad. La casa donde vivÃa se volvió un punto que nadie querÃa cruzar. Cada noche se escuchaba movimiento dentro, como si arrastrara cosas o caminara de un cuarto a otro sin detenerse. No eran ruidos normales, se repetÃan a las mismas horas y con el mismo ritmo. Varias veces cuando regresaba a mi casa ya anocheciendo, alcanzaba a escuchar pasos que no coincidÃan con la luz tenue que salÃa por la ventana. Era un caminar firme, constante, como si siguiera una ruta marcada dentro de su casa. Mientras tanto, el enfermo empeoraba. Una tarde que lo visité, lo encontré recostado en una silla sin poder levantarse por sà solo. TenÃa manchas oscuras en los brazos, como si se hubieran formado desde dentro. Sus ojos estaban hundidos y apenas respondÃa cuando le hablaban. Me contó que no dormÃa, porque en la madrugada sentÃa presión en el pecho, lo que lo hacÃa levantarse buscando aire.
47:48 Su familia lo llevó al doctor del pueblo vecino, pero regresaron con la misma respuesta. Infección, descanso, suero y paciencia. Nadie entendÃa el por qué no mejoraba, ni por qué perdÃa fuerza tan rápido. La preocupación llegó al punto de que un pariente de otra comunidad vino para ayudar. Era un hombre mayor. Cuando vio al enfermo, dijo que lo que tenÃa no era cosa de doctor. Lo dijo con la seguridad de quien ya ha visto casos parecidos. Ahà mismo comentó que conocÃa a una bruja fuerte llamada Doña MarÃa, que vivÃa en un rancho metido entre cerros. muy lejos del nuestro. Aseguró que ella sabÃa revertir trabajos de destrucción y que si alguien podÃa detener lo que estaba consumiendo al enfermo, era ella. Ahà quedó claro que Doña MarÃa era conocida precisamente por eso, por ser bruja y por atender gente que llegaba buscando ayuda cuando nada más funcionaba.
48:52 La afirmación dejó a todos en silencio. No era común que alguien hablara asà en el rancho. Pero la desesperación ya habÃa pasado el punto del miedo. El Señor nos explicó que Doña MarÃa trabajaba con sacrificios de animales como borregas o gallinas cuando el daño estaba hecho con intención fuerte. Según Ãl, esos métodos eran necesarios cuando la persona estaba siendo debilitada por alguien con experiencia. También advirtió que el enfermo no resistirÃa muchos dÃas más si no se hacÃa algo pronto. Decidieron ir a verla. La familia me pidió que los acompañara porque conocÃa bien los caminos y podÃa evitar rutas equivocadas. Acepté porque sabÃa que no podÃan hacer el viaje solos, sobre todo con el enfermo asÃ. Acomodamos un espacio en la parte trasera de la camioneta para que se recostara. Le cubrimos el pecho con una cobija para evitar que se enfriara y salimos antes del mediodÃa.
49:56 El camino fue largo. Pasamos por rutas casi borradas por el tiempo, con tramos donde apenas cabÃa la camioneta entre la maleza. Los cerros se levantaban a los lados como paredes que cerraban el paso. Durante todo el trayecto se escuchaba el motor y la respiración pesada del enfermo. Cada tanto se quejaba del dolor, apretando las manos contra su abdomen. Varias veces pensamos detenernos, pero decÃa que siguiéramos, que no querÃa quedarse tirado en el camino. Tardamos varias horas en llegar a la casa de Doña MarÃa. Desde lejos se veÃa clara. Una construcción sencilla, hecha de madera, con un corral pequeño y un árbol grande que daba sombra a la entrada. A diferencia de la otra mujer, este lugar no daba mala impresión. No se escuchaban ruidos extraños, ni se veÃa nada fuera de lugar. ParecÃa una casa común.
50:51 Cuando bajamos al enfermo, Doña MarÃa salió de inmediato, como si hubiera estado al tanto de nuestra llegada. Era una mujer de cabello largo, canoso, recogido hacia atrás. TenÃa una expresión seria, pero no agresiva. Nos pidió que entráramos y que lo recostáramos sobre una mesa ancha que tenÃa en el centro de la habitación. Observó su piel con detalle, presionó las manchas, le pidió que respirara profundo y luego lo miró directo a los ojos. El enfermo apenas podÃa sostener la mirada. Después de revisarlo, Doña MarÃa dijo que alguien lo estaba consumiendo con intención. según ella ese tipo de daño no lo hace cualquiera afirmó que la persona que lo atacó sabÃa trabajar destrucción y que el vÃnculo entre el trabajo y el enfermo estaba apretando cada dÃa más la familia se quedó sin palabras yo sentà un peso en el pecho al escucharla ella dijo que el trabajo estaba encima y que si querÃamos salvarlo tenÃa que actuar ese mismo dÃa Asà terminó ese momento justo antes de que todo comenzara. Doña MarÃa no se tomó mucho tiempo para decidir qué hacer. Apenas terminó de revisar al enfermo, dijo que el trabajo que tenÃa encima estaba hecho para matarlo despacio. Señaló su respiración corta y forzada, las manchas oscuras que le cubrÃan los brazos y parte del cuello, y el cansancio extremo que casi no lo dejaba hablar.
52:23 Dijo que esos signos no aparecÃan solos. Según ella, si no se rompÃa el trabajo pronto, el daño se quedarÃa en su cuerpo para siempre, incluso si lograba resistir algunos dÃas más. Pidió que trajeran un animal para el ritual. Nos comentó que necesitaba una gallina o una borrega, dependiendo de la fuerza del daño. Volvió a observar al enfermo. Revisó cómo bajaba su pecho al respirar y decidió que usarÃa una gallina. La familia no dijo nada, pues sabÃan que no habÃa otra opción. El señor que nos acompañaba salió al pequeño corral de Doña MarÃa y regresó con una gallina blanca que se movÃa inquieta entre sus manos.
53:08 Doña MarÃa trabajaba en una habitación sencilla con una mesa en el centro. TenÃa una daga limpia, velas blancas nuevas y un frasco con tierra del camino. No habÃa figuras raras ni sÃmbolos. Se notaba que todo estaba acomodado según el orden que ella acostumbraba. Colocó la gallina sobre la mesa, amarrada de las patas. Luego encendió cuatro velas y las distribuyó en las esquinas de la mesa. Abrió el frasco con tierra y lo dejó a un lado. Tomó un recipiente metálico y lo colocó en el piso. en un espacio donde la luz de las velas caÃa directo. Después levantó la gallina, la sostuvo con firmeza y usó la daga para degollarla sin dudar. La sangre cayó al recipiente.
53:57 La gallina apenas se movió antes de quedarse quieta. Doña MarÃa no titubeó en ningún momento y cuando terminó, colocó el cuerpo en un trapo y mezcló la sangre con un puñado de tierra. Inició el ritual sin hacer pausas, con una rama delgada que tenÃa preparada, mojó la punta en la mezcla de sangre y trazó una lÃnea larga en el piso, desde los pies del enfermo hasta la mesa. Dijo que esa lÃnea marcaba el lÃmite entre él y el daño que lo estaba consumiendo. Luego tomó más tierra del frasco y la esparció sobre la lÃnea, cubriéndola por completo.
54:38 Encendió una vela más y la colocó apuntando hacia la dirección del rancho, donde vivÃa la mujer que habÃa hecho el trabajo. Explicó que esa vela señalaba el camino del regreso del daño. Mientras trabajaba, el enfermo empezó a reaccionar. Primero abrió los ojos con más fuerza, luego respiró profundo, como si por fin pudiera llenar los pulmones. El color de su piel mejoró y dejó de temblar. Doña MarÃa miró esos cambios y comentó que la otra mujer ya estaba recibiendo el golpe del ritual. Lo dijo de una manera muy tranquila. La verdad, yo sentÃa miedo de cómo podÃan hacer eso cuando quisieran y a quién ellas quisieran.
55:23 Cuando terminó, dijo que podÃamos llevarnos al enfermo porque el trabajo ya estaba roto. Explicó que los siguientes dÃas mostrarÃa mejoras, pero que ya no corrÃa peligro. La familia lo levantó con cuidado. Aunque seguÃa débil, podÃa sentarse sin desvanecerse. Salimos de la casa de Doña MarÃa, con la sensación de haber detenido algo que llevaba avanzando demasiado tiempo. Regresamos al rancho cuando ya oscurecÃa. Durante el camino, el enfermo respiró mejor, movió las manos con más fuerza y dijo que sentÃa un peso menos en el pecho. Aunque hablaba poco, se notaba que algo cambió. Lo acomodamos en su cama y su esposa le dio agua, y esta vez pudo beber sin atragantarse. Esa misma noche hubo un cambio inmediato. La casa de la mujer que habÃa llegado semanas antes estaba oscura.
56:18 No se veÃa ninguna vela encendida, ni se escuchaba el movimiento que hacÃa cada madrugada. La casa parecÃa hueca como si hubiera quedado vacÃa de un momento a otro. Al amanecer, los vecinos comenzaron a comentar que la habÃan visto caminar mal. Una señora contó que la vio salir al patio apoyándose en las paredes. Otro vecino afirmó que tuvo que detenerse varias veces porque parecÃa perder el equilibrio. Nadie se acercó a ayudarla. Solo la observaban desde lejos, esperando que algo pasara. Tres dÃas después, la noticia llegó a todas las casas. La mujer habÃa muerto. Un vecino la encontró cuando vio la puerta entreabierta y decidió asomarse. Estaba tirada en el piso, cerca del altar. Las velas apagadas, la mesa movida y manchas en el suelo daban la impresión de que habÃa caÃdo varias veces antes de quedar inmóvil. No entraron más allá, solo avisaron a los demás para que supieran lo que habÃa pasado. A partir de ese momento, la casa quedó abandonada otra vez. Nadie quiso entrar a revisar lo que dejó.
57:31 El altar se mantuvo ahà según quienes lo vieron desde la puerta, pero nadie quiso tocarlo. El rancho recuperó su ritmo poco a poco. La gente volvió a pasar por el camino principal, aunque siempre aceleraban cuando llegaban a esa casa. Yo, cada vez que cruzo por ahÃ, miro hacia la ventana y recuerdo las primeras noches en que vi las velas negras encendidas y escuché su murmullo constante. La casa sigue igual, vacÃa y en silencio. Y aunque nadie lo menciona, todos sabemos que lo que pasó ahà dejó un recuerdo que no se borra con el tiempo. Con el paso de los dÃas, la tranquilidad que volvió al rancho no se sentÃa normal. Era como si todos intentaran actuar igual que antes, pero en el fondo supieran que algo habÃa quedado incompleto.
58:23 No lo decÃa nadie, pero se notaba en cómo caminaban. en cómo volteaban a ver la casa abandonada y en cómo evitaban quedarse afuera cuando empezaba a oscurecer. La muerte de esa mujer habÃa cerrado el problema, pero no borró la sensación de que algo quedó rondando entre nosotros, aunque no tuviera forma ni nombre. Una tarde, mientras regresaba de revisar unos animales, pasé cerca de la casa donde ella habÃa vivido. El sol estaba bajando y la luz entraba de lado por la ventana rota. Me detuve sin querer. Algo adentro llamó mi atención porque, por un momento, sentà que habÃa movimiento. Me quedé quieto, observando. No vi a nadie, pero el aire dentro de la casa no estaba igual que afuera. Era un ambiente más frÃo, como si ahà no hubiera entrado el sol en dÃas. Las hojas secas del patio estaban acumuladas en un rincón y las marcas en la tierra seguÃan visibles, como si nadie hubiera pisado desde la última vez que la vimos. Di unos pasos hacia la ventana y vi que el altar seguÃa en el mismo lugar. Las figuras estaban intactas, pero las velas negras se habÃan consumido por completo. Les quedaban restos de cera pegados a la mesa con un brillo opaco. El recipiente donde ella trabajaba seguÃa a un lado, volteado, como si lo hubiera empujado antes de caer. No entré. Solo observé desde afuera, intentando entender por qué cada cosa seguÃa
59:57 acomodada exactamente donde estaba cuando la encontraron. Me alejé despacio, pero antes de dar la vuelta, escuché un golpe leve dentro de la casa. No fue fuerte, ni constante. Fue un solo golpe, como si algo hubiera caÃdo desde una repisa. Me quedé inmóvil unos segundos tratando de escuchar otro ruido, pero no vino nada más. Solo ese golpe aislado que no pude explicar. Caminé hacia el camino principal sin voltear, con la sensación extraña de que la casa todavÃa guardaba parte de lo que ella hacÃa, aunque la mujer ya no estuviera. Esa noche, mientras cenaba en mi casa, pensé en lo que vi. No lo platiqué con nadie porque sabÃa que volverÃan a abrir los mismos temores. Solo me quedé analizando cada detalle. El altar intacto, las figuras acomodadas, el aire frÃo y el golpe dentro de la casa cuando no habÃa nadie. Y un pensamiento me siguió dando vueltas.
1:00:59 El daño que ella hacÃa habÃa sido fuerte. Y aunque su muerte detuvo todo, tal vez no todo se disipó de inmediato. Tal vez quedó esa sensación porque todavÃa habÃa algo ahÃ, retenido en ese cuarto, encerrado entre las paredes viejas, esperando a desvanecerse por completo. Nunca más volvà a acercarme tanto. Cada vez que paso por ahÃ, sigo manteniendo la vista al frente. Pero el recuerdo de ese golpe leve en la casa vacÃa no se me quita de la cabeza. Y aunque todo terminó, sé que lo que pasó en ese rancho no fue cosa pequeña. A veces cuando el viento sopla desde ese lado del camino, me llega un olor leve a cera quemada, como si todavÃa quedaran restos de aquellas velas negras que nunca debieron encenderse.
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