La Marca De Catemaco: El Templo Del Diablo - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamó Esteban y fui a Catemaco cuando tenÃa 24 años. En ese tiempo habÃa perdido mi trabajo, debÃa dinero y necesitaba una salida. No buscaba hacerme rico de inmediato. QuerÃa pagar lo que debÃa y volver a empezar. Un conocido me habló de un brujo de Catemaco que preparaba amuletos para atraer dinero y favorecer los negocios. Me dijo que varias personas habÃan ido con él. y después habÃan mejorado su situación. No sabÃa cuánto habÃa desierto, pero decidà viajar. Llegué a Catemaco por la tarde y pregunté por alguien que hiciera trabajos relacionados con dinero. Después de preguntar varias veces, escuché el nombre de Nicasio. Me dijeron que vivÃa en las afueras, cobraba caro y hacÃa trabajos fuertes. Encontré su casa antes de que oscureciera. Nicasio tendrÃa unos 60 años.
1:02 Me dejó pasar y me preguntó qué buscaba. Le expliqué que necesitaba un amuleto para mejorar mi situación económica, pagar mis deudas y empezar de nuevo. Me escuchó sin interrumpirme. Luego dijo que podÃa prepararme algo sencillo, aunque su efecto serÃa limitado. También me habló de un trabajo que podÃa asegurar dinero durante años, si la persona cumplÃa ciertas condiciones. Le pregunté cuáles eran y respondió que esos trabajos no se pagaban solo con efectivo. Mencionó sangre, animales y otras cosas que no quiso explicar. Pensé que hablaba de sacrificios de animales. Nicasio tenÃa algunos en su propiedad y me dijo que los usaba para renovar ciertos trabajos. Según él, entregaba ganado y aves para conservar lo que habÃa obtenido tiempo atrás. Eso me incomodó. Pero seguà escuchando. Le pregunté cuánto costarÃa el amuleto y respondió que primero necesitaba saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Después me propuso acompañarlo esa misma noche a un lugar en el monte, donde podÃa mostrarme cómo se hacÃa un trabajo para atraer riqueza.
2:18 Dudé y le pregunté si habÃa algún riesgo. Dijo que no, siempre que siguiera sus instrucciones y aseguró que el ritual no era para mÃ. Solo querÃa enseñarme el lugar antes de decidir qué podÃa prepararme. Asà que acepté. Dejé algunas cosas en su casa y salimos cuando ya estaba oscuro. Nicasio llevaba una mochila, una lámpara, una cuerda y un cuchillo envuelto en tela. Cuando vi la cuerda, le pregunté para qué era. Me dijo que habÃa preparado una ofrenda y que quizá tendrÃa que sujetarla. Pensé otra vez en un animal y no insistÃ. Entramos al monte y caminamos durante bastante tiempo. El suelo estaba húmedo y en algunos tramos costaba avanzar, pero Nicasio conocÃa el camino. Intenté recordar la ruta, aunque pronto dejé de reconocer la dirección. Le pregunté cuánto faltaba y respondió que poco. Seguimos hasta llegar a un claro donde habÃa un altar de piedra con restos de trabajos anteriores, velas consumidas, manchas secas y algunos huesos de animales. Nicasio dejó la mochila junto al altar, sacó varias cosas y empezó a preparar el lugar sin hablar conmigo. Esperé un momento y le pregunté dónde estaba la ofrenda. No respondió de inmediato. Colocó unas velas, un recipiente, una botella y el cuchillo sobre la piedra, y después
3:49 me pidió que me acercara. Volvà a preguntarle por el animal, y entonces dijo que esa noche no habÃa llevado ninguno. Me aparté del altar y le recordé que habÃa hablado de una ofrenda y que llevaba una cuerda para sujetarla. Nicasio levantó la vista y me explicó que los animales servÃan para mantener parte del pacto. pero habÃa ocasiones en las que se pedÃa algo diferente. Le pregunté qué querÃa decir y respondió que cada cierto número de años tenÃa que entregar una vida. EntendÃa a qué se referÃa. RetrocedÃ. Le dije que no querÃa participar y que regresarÃa al pueblo. Nicasio trató de detenerme con palabras. Dijo que ya estábamos ahÃ, que irme podÃa causarle problemas y que debÃa esperar hasta que terminara. Le respondà que no iba a quedarme y caminé hacia el sendero, pero no llegué lejos. Escuché pasos detrás de mà y cuando intenté voltear, Nicasio me golpeó.
4:51 Caà al suelo y antes de que pudiera levantarme se lanzó sobre mÃ. Forcejeamos, yo era más joven, pero estaba aturdido por el golpe y consiguió inmovilizarme. Me sujetó las manos con la cuerda y apretó los nudos hasta que dejé de poder moverlas. Le grité que me soltara, le ofrecà todo el dinero que llevaba y le dije que podÃa conseguir más, pero respondió que mi dinero ya no le servÃa. Su deuda era otra y yo habÃa llegado cuando necesitaba a alguien. Ahà entendà que nunca habÃa pensado enseñarme un ritual, ni prepararme un amuleto. Me habÃa llevado al monte porque necesitaba una persona. Nicasio me arrastró hasta el altar y terminó de sujetarme. Yo tiraba de las cuerdas mientras le preguntaba cuántas veces habÃa hecho aquello. No contestó.
5:45 Dijo que llevaba muchos años cumpliendo con un acuerdo y que no iba a perder lo que tenÃa por dejar pasar una fecha. Le pregunté qué iba a hacer conmigo y respondió que esa noche tenÃa que entregar una persona. Sentà miedo y rabia. Le dije que yo nunca habÃa aceptado ningún pacto. que habÃa ido buscando un amuleto y que él me habÃa engañado desde el principio. Nicasio respondió que eso ya no importaba. Sacó un cuaderno viejo de la mochila, lo abrió sobre el altar y empezó a leer en voz baja. Luego se hizo un corte en la mano y dejó caer sangre dentro del recipiente. Agregó parte del contenido de una botella y continuó leyendo. Yo seguÃa tirando de las cuerdas. La piel de mis muñecas empezó a abrirse. y sentà la sangre correr hacia las manos.
6:38 Nicacio se acercó con el cuchillo y me hizo un corte pequeño en el brazo. Intenté apartarme, pero no tenÃa espacio para moverme. Recogió mi sangre con un pedazo de tela y la dejó caer dentro del recipiente. Le pregunté para qué la necesitaba y dijo que servÃa para señalar a la persona que estaba ofreciendo. Le repetà que yo no habÃa aceptado nada, pero no respondió. Volvió frente al altar, puso las manos sobre la piedra y siguió con el ritual. Durante unos minutos no ocurrió nada. Yo trataba de mover las muñecas, buscaba un punto flojo en la cuerda y miraba el cuchillo que habÃa quedado fuera de mi alcance.
7:21 Nicasio seguÃa leyendo. A veces levantaba la cabeza, esperaba unos segundos y continuaba. Entonces el suelo vibró. Al principio pensé en un temblor, pero el movimiento se sentÃa alrededor del altar. Las velas se apagaron y Nicasio dejó de leer. Hasta ese momento habÃa actuado con seguridad, pero en cuanto comenzó el movimiento, retrocedió. El aire se volvió caliente y apareció un olor fuerte a azufre. Me ardieron la nariz y la garganta. Frente al altar se abrió una grieta y la tierra empezó a separarse. Nicasio cayó de rodillas y le grité que me soltara, pero no me miró. La abertura siguió creciendo. De ella salió aire caliente y el olor aumentó hasta obligarme a girar la cara para respirar.
8:10 Después vi una mano apoyarse en el borde. TenÃa dedos largos y uñas oscuras. Segundos más tarde salió un hombre. Era alto, vestÃa de negro y llevaba el cabello peinado hacia atrás. TenÃa dos cuernos pequeños en la frente. los ojos rojos y uñas largas que sobresalÃan de los dedos. Se incorporó, miró el lugar y fijó la vista en Nicasio, pero no gritó ni hizo movimientos bruscos. Nicasio bajó la cabeza y se quedó de rodillas frente a él. Yo seguÃa atado al altar, con el brazo sangrando y las muñecas abiertas por la cuerda. Entonces entendà que Nicasio conocÃa a ese hombre y habÃa esperado su llegada desde que entramos al monte. Yo no sabÃa qué iba a hacer conmigo, pero ya sabÃa que la ofrenda de esa noche era yo.
9:03 El hombre permaneció frente al altar. Nicacio seguÃa de rodillas y yo continuaba sujeto a la piedra, con las muñecas lastimadas por la cuerda y el brazo cortado. El olor a azufre llenaba el lugar y el aire seguÃa caliente. Aquel hombre miró primero a Nicacio, después volvió la vista hacia mÃ. Nicasio empezó a hablar sin levantarse y dijo que habÃa cumplido durante años, que habÃa entregado animales, sangre y todo lo que se le habÃa pedido. Luego me señaló y explicó que esa noche habÃa llevado la ofrenda que faltaba. Yo lo interrumpà y dije que estaba mintiendo, que habÃa ido a Catemaco buscando un amuleto y que él nunca me habló de entregar mi vida. El hombre me escuchó y después miró a Nicasio. Le preguntó si yo sabÃa para qué estaba ahÃ. Nicasio tardó en responder, pero al final admitió que no. Pero... dijo que habÃa tenido que engañarme porque nadie aceptarÃa acompañarlo si conocÃa el verdadero propósito nicasio siguió hablando dijo que su plazo estaba por terminar que habÃa cumplido con otras entregas y que no podÃa perder lo que habÃa conseguido durante años Aquel hombre se acercó y le preguntó por qué habÃa intentado entregarle a una persona conseguida mediante engaño. Nicasio respondió que antes habÃa hecho lo mismo y que no habÃa tenido problemas.
10:30 Entendà que otros habÃan llegado al mismo lugar antes que yo. El hombre volvió a mirarme y le dije que no tenÃa ningún trato con Nicasio, que no habÃa aceptado nada y que podÃa marcharme de Catemaco sin volver. No respondió. se acercó al altar puso una mano sobre mi brazo izquierdo y me sujetó por debajo del codo intenté retirar el brazo pero la cuerda me mantenÃa pegado a la piedra el brazo me ardÃa bajo su mano el hombre levantó la otra mano y pasó una de sus uñas por mi antebrazo sentà el corte desde el primer contacto la uña abrió la piel y dejó tres lÃneas profundas grité y traté de moverme pero él no soltó mi brazo hasta terminar La sangre empezó a correr hacia la muñeca.
11:20 Miró la herida unos segundos y después me dijo que mi vida ya no era mÃa, que desde ese momento yo solo guardaba su lugar. Le pregunté qué querÃa decir, pero no me explicó nada. Dijo que volverÃa por mà cuando llegara el momento y soltó mi brazo. Nicasio levantó la cabeza y preguntó por su trato. Empezó a ofrecer más animales. Dijo que podÃa entregar el doble. conseguir más ganado y cumplir cualquier otra condición. El hombre no aceptó y le recordó que habÃa intentado engañarlo. Nicasio insistió, habló de los años que llevaba cumpliendo, de lo que habÃa entregado y de todo lo que estaba dispuesto a dar para conservar su riqueza. El hombre le pidió que se levantara.
12:07 Nicasio obedeció y quedó de pie frente a él. Entonces el hombre acercó una mano a su pecho. No vi un golpe ni una herida, pero Nicacio dejó de hablar. Su cuerpo se tensó y cayó al suelo. Quedó inmóvil. Yo seguÃa atado. Llamé a Nicacio varias veces, pero no respondió. El hombre volvió hacia mà y tomó otra vez mi brazo marcado. Pasó una uña junto a las tres heridas sin tocarme y dijo que la marca no iba a cerrar. También dijo que empezarÃa a latir cuando se acercara el dÃa en que regresarÃa por mÃ. Después soltó mi brazo, caminó hacia la grieta y descendió. La tierra empezó a cerrarse detrás de él. Cuando el movimiento terminó, el suelo quedó cubierto de tierra suelta y el olor a azufre permaneció un rato. Intenté soltarme, pero las manos me dolÃan y apenas podÃa mover los dedos. Tiré de una de las cuerdas hasta que el nudo cedió un poco. Giré la muñeca y seguà forzando la mano. La piel ya estaba abierta, pero conseguà sacar una mano y después desaté la otra. Me liberé las piernas, me levanté y tuve que apoyarme en el altar para no caer. El brazo seguÃa sangrando. Me acerqué a Nicacio y le toqué el cuello.
13:29 No sentà pulso. Su cuerpo no reaccionó cuando lo movà por el hombro. Tomé la lámpara, el cuaderno y el cuchillo. Luego busqué el sendero por donde habÃamos llegado. No recordaba bien el camino y avancé sin saber si iba en la dirección correcta. En algunos árboles reconocà marcas que habÃa visto durante la ida y las seguÃ. Varias veces tuve que regresar porque el sendero desaparecÃa entre la vegetación. Seguà caminando hasta que empezó a amanecer y salà del monte. Llegué a una zona habitada y pedà ayuda. Un hombre me llevó a una clÃnica. Dije que me habÃan atacado y no conté lo ocurrido en el altar. Me limpiaron las heridas, atendieron las muñecas y cerraron el corte que Nicacio habÃa hecho con el cuchillo. Cuando revisaron las tres lÃneas del antebrazo, me preguntaron con qué me habÃan herido.
14:24 Respondà que no lo sabÃa. Regresé a mi casa unos dÃas después. Las heridas de las muñecas cerraron y el corte del cuchillo también, pero las tres lÃneas quedaron abiertas. Fui a consulta varias veces, me limpiaban la zona, me daban tratamiento y me pedÃan mantenerla cubierta. Se secaba, luego volvÃa a ponerse roja y a soltar sangre. Ninguno de los tratamientos consiguió cerrarla por completo, asà que empecé a cubrir el brazo para que nadie preguntara. Con los meses apareció otro problema. Cerca de medianoche la marca empezó a latir. Al principio creà que sentÃa el pulso de una vena, pero la sensación estaba concentrada en las tres lÃneas. Durante el dÃa no ocurrÃa, por la noche comenzaba y aumentaba durante varios minutos. La primera vez recordé lo que aquel hombre me habÃa dicho antes de entrar en la grieta.
15:22 La herida seguÃa abierta y hacÃa exactamente lo que él habÃa anunciado. Guardé el cuaderno de Nicasio durante meses, y cuando por fin lo revisé, encontré nombres, fechas, cantidades de animales y anotaciones breves. En varias aparecÃa la palabra forastero junto a un nombre. Conté siete. No sabÃa quiénes eran ni qué habÃa ocurrido con ellos. Seguà revisando hasta encontrar mi nombre. Nicasio lo habÃa escrito antes de llevarme al monte. Junto a mi nombre habÃa una sola palabra, pendiente. Cerré el cuaderno y lo guardé otra vez. Desde entonces seguà trabajando y pagando mis deudas. No regresé a Catemaco ni busqué a otra persona para quitarme la marca, y tampoco volvà a preguntar por amuletos. La herida permaneció en mi brazo y durante mucho tiempo latió solamente cerca de medianoche, pero en los últimos dÃas empezó a hacerlo antes y con más fuerza. Una mañana encontré sangre seca en la manga, y al dÃa siguiente volvió a abrirse más de lo normal.
16:30 Dejé de ir al médico porque siempre terminaba escuchando lo mismo, limpiar la herida, cubrirla y esperar. Esta noche me quedé en casa, cerré las puertas, revisé las ventanas y dejé las luces encendidas. La marca empezó a latir antes de lo habitual. El dolor subió desde la muñeca hasta el codo y las tres lÃneas volvieron a sangrar. Después apareció un olor dentro de la casa. Fui a la cocina, revisé el calentador y recorrà los cuartos, pero no encontré nada que lo explicara. El olor siguió aumentando hasta que lo reconocÃ. Era el mismo que habÃa sentido aquella noche en el monte. Era azufre. La marca sigue latiendo mientras escribo esto. El olor no se ha ido y cada vez entra más aire caliente por el pasillo. No sé cuánto falta ni qué va a ocurrir cuando llegue. Solo sé que la herida nunca cerró y que aquel hombre dijo que volverÃa por mÃ. Ahora estoy seguro de que ya viene.
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