La Limpia Salió Mal Y Los Militares Pagaron El Precio - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 TodavÃa recuerdo el silencio que encontré al volver. VenÃa de la guerra con la cabeza llena de ruido y con la idea tonta de que, al menos en mi pueblo, iba a encontrar un poco de descanso. No esperaba alegrÃa, pero sà algo parecido a la vida que habÃa dejado atrás. El movimiento en la plaza, las voces de las mujeres en los umbrales, los perros atravesándose en la calle y el sonido del agua en la fuente. En cambio, encontré las calles vacÃas, las ventanas cubiertas y la iglesia cerrada. No habÃa nadie esperándome, nadie salió a mirarme siquiera. Todo estaba quieto, de una manera que no parecÃa natural, como si el pueblo entero hubiera aprendido a esconderse. Frente a la iglesia estaba el sacristán clavando unos tablones sobre la puerta.
0:57 Al reconocerme, se quedó inmóvil, con el martillo en la mano. y en su cara no vi alivio ni sorpresa, solo una expresión amarga, casi asustada. No debÃa haber vuelto, eso me dijo en voz baja, como si temiera que alguien más pudiera oÃrlo. Después añadió que mi madre seguÃa en casa, y que lo mejor era que entrara sin detenerme. No intenté sacarle más. A esa altura ya sentÃa en el pecho una pesadez que no venÃa del cansancio del viaje. sino de otra cosa, algo más oscuro, algo que todavÃa no entendÃa, pero que ya estaba ahÃ, esperándome. Mi madre estaba sentada junto al fogón apagado cuando entré. HabÃa envejecido.
1:44 Lo vi enseguida en las manos, en los ojos hundidos, en la forma en que tardó un instante en reconocerme, como si durante demasiado tiempo me hubiera imaginado muerto y le costara aceptar que yo seguÃa de pie frente a ella. Lloró al abrazarme, pero antes de tocarme se volvió para cerrar la puerta con tranca. Ese gesto me inquietó más que sus lágrimas. HabÃa miedo en la casa, un miedo instalado en los rincones, en la manera en que hablaba en voz baja y en la rapidez con que miraba hacia la ventana, aunque nadie hubiera llamado. No me explicó nada de golpe. Empezó a nombrar a los muertos, uno detrás de otro, como si para contar lo que estaba pasando.
2:29 tuviera primero que atravesar de nuevo todos los cuerpos. La primera habÃa sido Doña Elvira, la viuda del molinero. La encontraron en su cocina, caÃda junto a la mesa, con tierra en la boca y las uñas rotas. Después vino Julián, el hijo del herrero, un muchacho al que hallaron colgado de los tobillos en el granero. Luego murieron dos ancianas, más tarde una muchacha prometida con un soldado de otro pueblo. Al final mataron al cura. Cada muerte era peor que la anterior, no solo por la violencia, sino por la intención con que dejaban los cuerpos, como si quien hacÃa aquello no quisiera solamente matar, sino meter el miedo bajo la piel de todos. Mi madre hablaba despacio y yo la escuchaba sin moverme, sintiendo como cada nombre iba cerrando un poco más el aire dentro de la cocina. El hilo que unÃa a todos esos muertos tardó más en salir, pero cuando por fin lo hizo, entendà por qué el pueblo entero habÃa aprendido a callar. Todos habÃan rezado por mÃ.
3:38 Doña Elvira encendÃa velas por los muchachos que seguÃamos en el frente. Julián habÃa pedido por mi regreso durante la misa. La muchacha prometida dijo mi nombre junto al de su novio, y el cura me mencionó desde el altar. Al principio nadie quiso ver relación entre unas muertes y otras. Después empezaron los murmullos y más tarde el miedo. Al final llegó el silencio. Dejaron de rezar en voz alta, escondieron rosarios y evitaron nombrarme. La compasión se volvió una forma de peligro y mi nombre, sin que yo pudiera hacer nada, empezó a parecerse a una condena. Fue entonces cuando mi madre nombró a Isabel Roldán. Yo la recordaba. Cuando éramos niños vivÃa con su madre cerca del bosque apartadas del resto.
4:29 Yo jugaba con ella y ella estaba enamorada de mà porque siempre la apoyé. Y cuando desapareció yo la busqué, pero no supe más de ella y después me fui. La madre curaba fiebres, ayudaba a parir y preparaba remedios, pero nunca dejó de ser una mujer a la que el pueblo miraba con desconfianza y le llamaban bruja. Con los años, esa desconfianza se volvió rechazo. La acusaron de traer desgracia a una cosecha y terminaron echándola. La casa ardió poco después, la mujer murió e Isabel desapareció. Durante un tiempo solo quedaron rumores, animales abiertos en los corrales y niños con enfermedades raras. Nadie decÃa su nombre con tranquilidad.
5:17 Mi madre lo hizo apenas bajando la voz, y me contó que varias personas juraban haberla visto entre los árboles antes de algunas muertes. Yo no era hombre de dejarme arrastrar por supersticiones. Después de la guerra habÃa aprendido a desconfiar de todo lo que no pudiera tocar, pero ya habÃa demasiados cuerpos, como para llamar a aquello simple miedo de pueblo. Además, mientras mi madre hablaba, empecé a entender algo peor que la historia misma. No era a mà a quien estaban cazando. Era a cualquiera que se atreviera a sentir alivio por mÃ, cariño por mà o piedad por mÃ. No estaban buscando mi muerte, sino mi soledad.
6:00 Esa idea fue la primera que de verdad me heló la sangre. Mientras seguÃamos hablando, sonó un golpe en la ventana. No fue fuerte, pero a mi madre le bastó para ponerse blanca del miedo. Miré hacia afuera y no vi a nadie, solo el patio y la oscuridad. Me acerqué despacio y entonces encontré sobre el borde un ramo de romero atado con una trenza de cabello negro. Lo agarré sin pensar y lo tiré al fuego. Ardió rápido, demasiado rápido, y dejó un olor sucio, espeso, casi podrido. Mi madre se llevó la mano al pecho y se contuvo a mitad del gesto, como si hasta persignarse pudiera traer desgracias.
6:43 ninguno de los dos volvió a hablar después de eso no dormimos y nos quedamos esperando escuchando la casa el viento y cualquier ruido pequeño como si todos pudieran ser el anuncio de otra muerte antes de amanecer llegó una vecina golpeando la puerta con desesperación su hija habÃa aparecido muerta en el corral la habÃan abierto del pecho y le habÃan metido el corazón en la boca entre los dedos seguÃa apretando un rosario fui con ella y vi el cuerpo bajo una sábana manchada, no necesité nada más, ahà comprendà que todo lo que mi madre me habÃa contado era verdad, no era una mala racha ni una invención alimentada por el miedo, era una cacerÃa y yo estaba en el centro, lo peor no fue pensar en mi vida, Fue pensar en mi madre, en los vecinos que todavÃa sintieran alivio al verme vivo, en cualquiera que, por debilidad o por costumbre, pudiera murmurar una oración por mÃ.
7:46 Ese mismo dÃa fui a buscar a Eusebio, el enterrador. No se sorprendió al verme, me escuchó en silencio y luego me dijo lo único que importaba. Isabel no querÃa matarme, querÃa dejarme solo, querÃa arrancarme a todos los que pudieran rezar por mà o guardarme afecto, hasta que no quedara nadie entre ella y yo. Entendà entonces que ir tras ella con rabia no servirÃa. Si de verdad querÃa detenerla, tendrÃa que acercarme lo suficiente para que bajara la guardia. No bastaba con encontrarla, habÃa que engañarla. Volvà a casa con esa idea clavada en la cabeza y al llegar la vi. estaba en la linde del bosque inmóvil mirando hacia la casa no hizo un gesto y no le hacÃa falta cuando sonrió entendà que aquello no era sólo locura era posesión los dÃas que siguieron fueron peores para el pueblo y para mà la gente ya no sabÃa dónde ponerme la mirada Algunos bajaban la cabeza al cruzarse conmigo, otros se apartaban. Nadie me acusaba en voz alta, pero el miedo ya estaba metido entre todos nosotros. Yo era el hombre por el que rezar se habÃa vuelto peligroso.
9:03 No importaba que no hubiera pedido nada. Bastaba con que alguien pronunciara mi nombre con piedad o cariño, para que después apareciera un muerto. La siguiente en caer fue Magdalena, la panadera. La encontraron junto a la mesa de trabajo, con las manos clavadas a la madera. La harina seguÃa en el suelo y el pan habÃa quedado a medio hacer. Una vecina dijo que la oyó pedir por mà y por los otros soldados. Después de eso, nadie quiso seguir fingiendo que todo era casualidad. Se cerraron ventanas antes de caer la noche. Se vació la taberna y la gente dejó de reunirse en la plaza. Hasta los más incrédulos evitaban nombrar a Isabel. El pueblo entero se volvió un lugar tenso, callado, siempre a la espera de la siguiente desgracia.
9:53 Yo aguanté esa presión hasta la noche en que encontré a mi madre arrodillada junto a la cama, con el rosario escondido entre las manos. No sentà rabia, sentà miedo. Le quité el rosario y lo arrojé al fuego. Ella lloró, pero no intentó detenerme. Me abrazó con fuerza y entendà que sabÃa por qué lo hacÃa. Ninguno de los dos dijo nada. No hacÃa falta. En esa casa ya no se podÃa hablar de amor sin pensar en la muerte. Aquella misma noche dejaron una gallina degollada frente a la puerta. Estaba dentro de un cÃrculo de sal y ceniza. En el pecho tenÃa clavado un alfiler envuelto en hilo rojo.
10:35 Vi el animal, vi la sangre seca en las plumas y entendà el mensaje. Isabel sabÃa lo que habÃa ocurrido dentro de mi casa, sabÃa que mi madre habÃa rezado, sabÃa que yo le habÃa arrancado el rosario de las manos y querÃa que yo entendiera una cosa. Estaba cerca, estaba atenta y podÃa entrar en nuestra vida cuando quisiera. A la mañana siguiente fui a buscar a Eusebio. Le mostré la gallina, el alfiler y le dije lo del cÃrculo de sal. Ãl los miró en silencio. En su cara vi miedo, pero no sorpresa. Entonces me habló con más claridad de ella y de su madre. Me recordó cómo aquella mujer habÃa curado a medio pueblo durante años y cómo ese mismo pueblo la fue apartando. Cuando llegaron las malas cosechas, las fiebres y los rumores, nadie la defendió cuando la echaron. Nadie hizo nada cuando la casa se incendió. Isabel se quedó sola y después desapareció. Con el tiempo, su nombre quedó reducido a murmullo y a historias dichas a media voz. Eusebio no intentó justificarla, solo me dijo lo que pensaba. Isabel habÃa aprendido a devolver el daño de una manera torcida. No querÃa justicia, querÃa posesión, querÃa quitarme a todos hasta dejarme solo con ella también me dijo lo que yo ya empezaba a entender no
12:07 podrÃa matarla si iba hacia ella con el odio abierto en la cara tendrÃa que acercarme despacio tendrÃa que hacerle creer que yo también me estaba quedando solo que el miedo del pueblo me habÃa vaciado y que al fin aceptaba su cercanÃa sólo asà iba a bajar la guardia cuando eso ocurriera tendrÃa que clavarle la daga en el corazón y quemar el cuerpo No habló de superstición, habló de precaución. HabÃa algo en Isabel que ya no pertenecÃa del todo al mundo de los vivos y nadie querÃa dejar nada suyo sin arder. Fui al bosque antes de decidir el momento. Necesitaba verla de cerca y necesitaba entender qué clase de calma podÃa llevar una mujer capaz de matar asÃ. Llegué hasta las ruinas de la casa donde vivió con su madre. Encontré hierbas colgadas, huesos pequeños atados con cuerda y restos de cera pegados a la madera.
13:05 Sentà su presencia antes de verla. Luego salió de entre los árboles y se quedó frente a mÃ. Era más hermosa de lo que recordaba y mucho más terrible. No tenÃa el desorden de una loca ni la violencia de una fiera. TenÃa otra cosa, tenÃa quietud. Y esa quietud daba más miedo. No negó ninguna muerte y habló de ellas con total normalidad. Dijo que todos los que rezaban por mà querÃan meterse donde no les correspondÃa. Dijo que ninguno tenÃa derecho a tocar lo que era suyo. Lo repetÃa con una seguridad frÃa, sin dudar, sin avergonzarse y sin mostrar culpa. Cada vez que decÃa mÃo, yo sentÃa que la rabia me subÃa por el pecho. Tuve que apretar los dientes para no echarme sobre ella en ese instante.
13:54 En lugar de hacerlo, la dejé hablar. Le mostré el cansancio que de verdad llevaba encima. Le hice creer que el miedo del pueblo me habÃa vaciado, que ya no me quedaba nada en esas calles, y que empezaba a entender que los demás nunca iban a dejar de verme como una amenaza. Ella oyó exactamente lo que querÃa oÃr. Se acercó más y sus ojos no se apartaban de mÃ. Me dijo que habÃa podido matarme muchas veces y que no lo hizo porque no querÃa mi muerte. QuerÃa que yo entendiera, querÃa que aceptara que todo lo demás sobraba. Después me pidió que regresara solo, sin armas y sin nadie cerca. Si lo hacÃa, sabrÃa que al fin habÃa elegido.
14:39 Le dije que volverÃa. Regresé al pueblo con una amargura, que no se me quitó en todo el camino. Esa misma tarde escondà a mi madre en casa de Eusebio. No le conté todo mi plan. Preferà que me creyera frÃo antes que verla deshacerse de miedo. Después me quedé solo en la cocina afilando la daga. La hoja devolvÃa una luz pobre y yo pensaba en cada uno de los muertos. En Magdalena, en Julián, en el cura y en la muchacha del corral. No iba a fallar pues ya no podÃa. Antes de salir apareció otra vÃctima. Esta vez fue el carpintero que hacÃa ataúdes. Lo encontraron cosido a una tabla con alambre fino. Sobre la madera habÃa una frase escrita con sangre. TodavÃa no entienden. Vi aquello y se me acabó cualquier resto de duda. Isabel no iba a detenerse mientras quedara alguien capaz de sentir compasión por mà o de pronunciar mi nombre. Guardé la daga bajo la camisa, tomé un pequeño frasco de aceite y esperé a que el pueblo quedara en silencio. No necesité nada más, ya sabÃa lo que tenÃa que hacer. Iba a entrar al bosque con una mentira y salir de ahÃ, solo si lograba hundirle la daga donde debÃa. Entré al bosque solo y sin arma visible. La habÃa dejado escondida junto al camino, por si algo salÃa mal. Aunque yo mismo sabÃa que si fallaba, no tendrÃa tiempo de volver
16:12 por ella. Llevaba la daga bajo la ropa y un frasco de aceite en el cinto. El sendero estaba oscuro, pero conocÃa lo suficiente aquel tramo como para avanzar sin perderme. Recuerdo que, mientras caminaba, ya no pensaba tanto en mi propia vida. Pensaba en los muertos. En el miedo que tenÃa mi mamá. Eso era lo que más me dolÃa. Y esa era toda mi fuerza en ese momento. No dar un paso atrás y no dejar que el miedo pesara más que la rabia. La encontré detrás de las ruinas, en un claro. HabÃa encendido varias velas alrededor de un tronco y sobre él habÃa dejado flores secas, huesos y ramas de romero. Cuando me vio, sonrió. Iba descalza y llevaba al cuello una cinta roja que reconocà en cuanto me acerqué. Era una cinta mÃa, una de cuando éramos niños, y la habÃa guardado todo ese tiempo. Ese detalle me revolvió más el estómago que las velas, los huesos o el romero. Ahà entendà que su obsesión era mucha. No me detuve, seguà avanzando hasta quedar frente a ella. Isabel habló poco, me dijo que al fin habÃa ido a verla como debÃa, sin nadie alrededor, sin el pueblo entre nosotros.
17:32 Yo también hablé poco, le dije que el miedo de los demás me habÃa dejado solo, que ya no me quedaba nada en aquellas calles y que estaba cansado de cargar con la culpa. de muertes que no habÃa pedido. No todo era mentira, yo de verdad estaba cansado. Ella tomó ese cansancio como una rendición, y eso fue lo que necesitaba. Se acercó hasta tocarme el pecho con una mano frÃa, me dijo que por fin habÃa entendido, y me dijo que habÃa hecho falta mucha sangre, pero que al final yo habÃa abierto los ojos. Escucharla hablar asà me llenó de rabia, Para ella, cada muerto habÃa sido un paso necesario, y no hablaba de culpa ni de remordimiento.
18:20 Hablaba de quitar estorbos, hablaba de dejarme solo como si eso fuera una muestra de amor. Yo tuve que mantener la cara quieta y la voz baja. Si me precipitaba, todo terminaba ahà mismo y a favor suyo. Apoyó la frente contra mi pecho y cerró los ojos un instante. Yo la rodeé con un brazo. sentà el peso de su cuerpo y entendà que toda mi oportunidad estaba en ese gesto no iba a tener otra Isabel murmuró que al final yo era suyo yo acerqué la boca a su oÃdo y en el mismo movimiento saqué la daga se la hundà bajo las costillas con toda la fuerza que tenÃa la hoja entró de una vez sentà la resistencia y luego el momento en que se dio Isabel abrió mucho los ojos no gritó enseguida Primero se quedó quieta, mirándome, sorprendida.
19:16 Después llevó una mano al pecho y encontró la empuñadura. Le dije que eso era por todos, por los que mató, por las casas que vació y por el miedo que habÃa metido en el pueblo. No sé cuánto alcanzó a oÃr. De su boca salió sangre y una palabra rota que no entendà bien. La solté y cayó de rodillas entre las velas y entonces empezó a reÃr. TodavÃa recuerdo esa risa. No sonaba humana, sonaba hueca y áspera. Yo saqué el frasco de aceite y se lo vacié encima sin esperar más. Ella alzó la vista y me miró con un odio limpio.
19:56 Ya no tenÃa en la cara ninguna dulzura. Ya no fingÃa nada. Solo habÃa rabia y posesión. Tomé una de las velas y la arrojé sobre su ropa. El fuego prendió rápido. subió por el vestido por el pelo y por las manos manchadas de sangre isabel gritó entonces y ese grito me sigue acompañando no fue un grito largo al principio fue seco y violento después se volvió más alto y más feo retrocedà sin apartar la vista ella intentó levantarse alcanzó a incorporarse a medias entre las llamas y estiró los brazos hacia mà la daga seguÃa clavada en su pecho y el fuego pasó al tronco, a las ramas secas y a una parte de las ruinas.
20:42 En pocos segundos el claro entero estaba ardiendo. Me quedé ahà hasta verla caer. No quise darle la espalda demasiado pronto, pues tenÃa miedo de que siguiera viva, de que se arrastrara y de que me alcanzara antes de consumirse. Cuando entendà que el incendio iba a cerrarse sobre todo el lugar, empecé a retroceder y tomé el camino de regreso. Llegué al pueblo con el humo pegado a la ropa y la sangre seca en las manos. Eusebio me estaba esperando. No me preguntó nada. Me miró a la cara. Vio cómo venÃa y reunió a tres hombres. Volvimos juntos al bosque.
21:23 Hallamos el claro consumido. Quedaban restos de hueso ennegrecido, madera caÃda y el hierro deformado de la daga. Aún asÃ, ninguno quiso confiarse. Trajimos más leña, más aceite y levantamos una pira con lo que quedó de ella. Volvió a arder hasta que ya no quedó nada reconocible. No recuerdo cuánto duró aquella segunda quema, pero recuerdo el olor, recuerdo el humo y recuerdo a Eusebio mirando el fuego sin decir una palabra y a los otros hombres sin atreverse a persignarse. Después juntamos las cenizas y las enterramos lejos del cementerio, en una parte seca del terreno donde casi nadie pasaba. El pueblo entero miró en silencio, nadie rezó y nadie quiso nombrarla. Después de eso cesaron las muertes, las puertas volvieron a abrirse, la gente regresó a la plaza y poco a poco volvieron los ruidos de siempre, pero yo no volvà a ser el mismo. Seguà viviendo con mi madre, seguà trabajando y seguà respirando como cualquier otro hombre. Pero, desde entonces, nunca permità que nadie rezara por mÃ. Ni siquiera ella, pues no podÃa soportarlo. Cada vez que veÃa unas manos juntas o escuchaba una voz bajar de tono para pedir por alguien, sentÃa que el pecho se me cerraba. Con los años, la gente dejó de hablar de Isabel la bruja. Su nombre fue saliendo de las conversaciones. de la memoria del pueblo y hasta
22:56 de los miedos más viejos. Yo no pude hacer lo mismo. A veces, cuando cambia el aire y entra humedad desde el monte, siento otra vez una mano frÃa sobre el pecho. Dura poco, apenas un instante, pero basta para devolverme a aquel claro. Sé que la maté, sé que la vi arder y sé que no quedó nada de ella salvo ceniza. Y aún asÃ, hay algo que nunca pude olvidar. Justo antes de que el fuego le cerrara la boca, Isabel sonrió. No fue una sonrisa de derrota, fue una sonrisa tranquila, sucia y segura. La sonrisa de alguien que cree haber dejado una parte de sÃ, donde más querÃa quedarse, dentro de mÃ. Escribo esto. porque desde aquella noche ya no pude declarar bien. Hablo poco y me cuesta pronunciar, por eso lo dejo por escrito. Voy a poner los nombres, las órdenes y lo que recuerdo en el orden en que pasó. Yo era soldado raso, en una unidad de once hombres al mando del capitán Omar Castañeda. Andábamos en una operación de reconocimiento en una zona de ranchos y brechas.
24:18 HabÃan reportado movimiento de gente armada, Pero ese dÃa no encontramos a nadie. Antes de que anocheciera, vimos una hacienda abandonada y el capitán ordenó usarla como punto de descanso. Entramos a revisarla completa. TenÃa patio, varios cuartos, una capilla pequeña y un pozo al centro. No habÃa personas, animales ni señales de uso reciente. Revisamos entradas, techo, corral y habitaciones. Todo estaba vacÃo. En el cuarto del fondo encontramos un altar. HabÃa sÃmbolos en la pared, velas gastadas, un rosario roto, dos figuras de barro y una mesa con varios objetos encima.
25:00 En cuanto lo vio, el soldado Ismael Tobar se detuvo. Era de una comunidad cercana y conocÃa bien la zona, y nos dijo que ese cuarto se usaba para trabajos y limpias, y pidió que no tocáramos nada. Tobar no levantó la voz. Le habló primero al sargento y luego al capitán. Dijo que en esa parte de la sierra la gente dejaba altares asà para pedir daño o para cerrar el paso a algo. El capitán le respondió que solo le importaba el riesgo operativo. Dijo que mientras no hubiera explosivos ni personas escondidas, nadie iba a perder tiempo en supersticiones. También ordenó que no se moviera nada. La orden fue clara. Yo la escuché a menos de dos metros de él. El problema fue que Iván Mesa decidió burlarse de Tobar en cuanto vio que estaba nervioso. Mesa entró al cuarto sonriendo. Levantó una de las figuras y le preguntó a Tobar si esa era la bruja del lugar.
26:02 Tobar le dijo que la soltara, pero Mesa no hizo caso. Abrió un envoltorio que estaba sobre la mesa. Adentro habÃa huesos, cabello y una foto vieja y se rió al verlos. El sargento le gritó que saliera. Mesa tardó en obedecer, pero antes de salir, le pegó a la mesa con la culata del fusil. Tiró una vela, rompió una figura y luego aventó la otra contra el piso. Entonces sà intervino el capitán. Le quitó el arma, lo insultó delante de todos y lo obligó a recoger los pedazos. También lo dejó sin descanso en el primer turno de vigilancia. Eso fue todo. Nadie reparó el altar. y nadie cerró el cuarto. Tobar pidió que por lo menos dejaran las cosas en su lugar y no volviéramos a entrar. El capitán dijo que no iba a hacer ningún ritual, pero ordenó que se sacara a la tropa de ese cuarto y que nadie más tocara nada. Después cenamos y tomamos posiciones para pasar la noche. Yo pensé que Tobar estaba exagerando.
27:08 Creà que el problema era Mesa y su manera de provocar a los demás. no le di importancia al altar pero me equivoqué la primera noche nadie durmió bien uno se movÃa mucho otro hablaba dormido y otro se levantó a buscar agua yo me desperté por un grito corto era RÃos estaba sentado y mirando hacia el patio dijo que habÃa soñado con una mujer vieja junto al pozo el sargento le ordenó que se acostara y guardara silencio pero después se levantó Hernández Dijo que también la habÃa visto y añadió que la mujer tenÃa la cabeza ladeada y la boca abierta. Nadie comentó nada, pero ahà empezó a sentirse el cambio. Ya no era un susto aislado.
27:55 Yo también me dormà otra vez y la vi. No era un sueño confuso. Era la misma hacienda, era el mismo patio y la mujer estaba primero junto al pozo y después frente al cuarto del altar. no hablaba solo miraba tenÃa la boca abierta y la lengua hacia un lado yo intenté rezar dentro del sueño pero antes de decir la primera palabra ella levantó una mano en ese momento desperté tenÃa la boca seca y el pecho duro me incorporé y vi a otros sentados en la oscuridad nadie querÃa hablar primero y nadie querÃa escuchar que el otro hubiera visto lo mismo Al amanecer, Tobar preguntó directo qué habÃamos soñado. No lo rodeó y preguntó si habÃamos visto a una mujer junto al pozo y si la habÃamos visto con la boca abierta. Todos contestamos que sÃ. También, mesa.
28:50 El capitán tardó más, pero al final dijo que habÃa soñado con una mujer en el patio. Nadie se rió y nadie volvió a hablar de su gestión delante de los demás. El capitán dijo que el sueño podÃa venir del cansancio. del altar y de la tensión de dormir en un lugar asÃ. Lo dijo serio y nadie le respondió. Todos entendimos que él mismo estaba buscando una explicación. Salimos a patrullar desde temprano, pues la misión seguÃa. Revisamos una brecha, dos casas vacÃas y una zona de cultivo, pero no hubo contacto ni novedad. Durante el recorrido casi nadie habló.
29:31 Mesa dejó de bromear. Tobar caminó cerca del sargento y le repitió varias veces que no debÃamos regresar a la hacienda. El capitán no le respondió en ese momento, pero más tarde, cuando evaluó movernos a otro sitio, decidió volver por una razón práctica. De todos los puntos que habÃamos visto, ese era el que tenÃa mejor cobertura, mejores muros y entradas más controlables. También ordenó que esa segunda noche durmiéramos más juntos y que el cuarto del fondo quedara fuera de uso. Antes de instalar el descanso, Tobar entró solo al cuarto y recogió los restos de las figuras. No hizo ceremonia ni dijo nada raro. Solo puso los pedazos sobre la mesa, juntó el rosario roto y pidió que dejaran una vela encendida.
30:21 El capitán no lo aprobó ni lo detuvo. Solo repitió que nadie más entrara. A varios eso les calmó un poco los nervios. A Mesa no. Se quedó aparte, limpiando el arma y sin hablar con nadie. Yo lo vi varias veces voltear hacia el cuarto del fondo. No entró, pero tampoco dejó de mirarlo. La segunda noche empezó tensa. Nadie lo decÃa, pero todos esperábamos volver a soñar con la mujer. Nos acomodamos en el corredor principal. Dos quedaron afuera, uno arriba y el resto dentro. Las radios funcionaban, las lámparas también, y el capitán hizo una última revisión. Recordó que nadie debÃa romper formación y ordenó silencio. Pasó un rato sin novedad. Después se escucharon golpes dentro del cuarto del fondo. Fueron secos y se repitieron varias veces. Luego una radio soltó un ruido largo, sin voz clara. El soldado que estaba arriba bajó y dijo que habÃa visto a la misma mujer cruzar el patio. El sargento fue al cuarto del altar con Tobar. el capitán y dos más.
31:31 Yo fui detrás, y cuando abrió la puerta, se detuvo. Alumbró desde la entrada y nadie habló unos segundos. La mesa ya no estaba pegada a la pared. Estaba de frente a nosotros. Los pedazos de barro seguÃan sobre la madera. El rosario estaba colgado de un clavo, y la foto vieja habÃa vuelto al centro de la mesa. Ya no estaba sucia y ya no estaba doblada. La habÃan dejado ahà otra vez. Ahà entendà que lo de la noche anterior no se habÃa quedado en el sueño. Nadie entró al cuarto en ese momento. El sargento alumbró desde la puerta. El capitán llegó detrás de nosotros y revisó primero el piso, luego las paredes y después el techo. Buscó huellas, una entrada oculta y cualquier señal de que alguien hubiera movido las cosas. pero no encontró nada. La mesa estaba corrida, los pedazos de barro estaban sobre la madera y el rosario colgaba de un clavo. En medio de la mesa habÃa una lengua de animal con sal. Tobar retrocedió y dijo que cerráramos ese cuarto y saliéramos de la hacienda.
32:41 El capitán no lo contradijo y ordenó volver al corredor y mantener a todos juntos. Regresamos al corredor en silencio y nadie discutió. El capitán tomó la radio larga e intentó pedir cambio de punto. La señal se cortaba, alcanzaba a salir una llamada y luego entraba puro ruido. Repitió el intento varias veces, pero no logró comunicación clara. Después mandó a revisar los vehÃculos. Los choferes volvieron, diciendo que podÃan intentar salir al amanecer, pero que mover la unidad en la oscuridad por esa brecha y con todos tensos era un riesgo mayor. El capitán aceptó esa valoración y en ese momento seguimos pensando como tropa. La idea era aguantar la noche, salir con luz y dejar la hacienda atrás.
33:31 Mesa fue el primero en perder el control. Estaba sentado cerca de una columna, con el casco entre las manos. Yo lo tenÃa a pocos metros. Al principio dijo que traÃa la lengua seca. Luego dijo que escuchaba un murmullo. El sargento le preguntó qué estaba oyendo. Mesa tardó en responder y al final dijo que una voz repetÃa que nadie debÃa rezar ahÃ. Tobar se persignó en cuanto lo escuchó. El capitán le ordenó bajar la mano y guardar calma, pero ya no hablaba con el tono de antes, hablaba corto y directo. Poco después se apagaron las dos lámparas que habÃamos puesto en el corredor al mismo tiempo. No fallaron una por una, se apagaron de golpe. Todos encendimos las nuestras. Yo alumbré hacia el patio y la vi junto al pozo. Estaba quieta y tenÃa la cara hacia nosotros.
34:25 La reconocà de inmediato. Era la misma mujer del sueño. No vi sombra, no vi a nadie corriendo ni vi un bulto confuso. Vi a una mujer parada junto al pozo. Levanté el arma y grité. Los demás alumbraron al mismo punto y cuando las luces se juntaron ya no habÃa nadie. El capitán ordenó que nadie disparara sin blanco claro. Nadie disparó, pero ya estábamos abiertos de miedo. Después de eso, Tobar pidió permiso para rezar en voz baja, pero lo dijo sin levantar la voz. El capitán tardó unos segundos y respondió que no. Dijo que nadie iba a hacer nada que desordenara a la tropa. Tobar obedeció, se quedó callado, pero no dejó de mirar hacia el cuarto del fondo.
35:13 Mesa se levantó de golpe y dijo que él no se iba a quedar ahà esperando. Dio unos pasos hacia la salida del patio y se detuvo. Se llevó las manos al cuello, abrió la boca y cayó de rodillas. Corrimos hacia él. Yo fui de los primeros. Lo encontré consciente y tratando de meter aire. Señalaba su boca y tenÃa sangre en el uniforme y en el suelo. El sargento le abrió la mandÃbula para revisar si se habÃa tragado algo. Cuando le alumbramos bien, vimos que la lengua ya no estaba. No colgaba, no estaba mordida, y no estaba a medias, solo ya no estaba. Mesa intentó hacer un ruido, pero solo sacó aire y sangre. Ahà se rompió la disciplina. Dos hombres se hicieron hacia atrás. Uno empezó a llorar, otro apuntó al cuarto del altar sin recibir orden. El capitán reaccionó rápido, mandó sacar a mesa al patio, hacer presión con vendas y preparar salida inmediata.
36:11 Ya no trató de explicar nada, pasó a resolver una emergencia. Los choferes corrieron a encender los vehÃculos y volvieron casi de inmediato. Dijeron que ninguno arrancaba, pues el motor respondÃa un instante y luego se apagaba. El capitán nos ordenó formar perÃmetro alrededor de los camiones. También mandó sacar a todos del interior de la casa. Salimos con mesa desangrándose entre dos hombres y desde ese momento ya no volvimos a estar bajo techo. Nos agrupamos junto a los vehÃculos. Tobar seguÃa insistiendo en que nadie pronunciara oraciones completas. Dijo que si alguien querÃa pedir ayuda lo hiciera en silencio, pero nadie respondió. A esa altura ya no habÃa discusión entre creer y no creer. Todos habÃamos visto demasiado, pero lo que faltaba era saber dónde estaba ella. RÃos estaba cubriendo la capilla. De pronto me jaló del brazo y me señaló una esquina del patio. Ahà estaba otra vez, pegada al muro y quieta. Vi la cabeza ladeada, le vi la boca abierta y le vi la lengua larga que salÃa de su boca con dientes afilados. Varios la vimos al mismo tiempo y esta vez el capitán autorizó fuego.
37:32 Disparamos ráfagas cortas, el eco llenó el patio, y las luces de los fogonazos cortaron el muro y la capilla. Cuando dejamos de tirar, solo quedó el muro marcado por impactos. Nadie quiso acercarse a revisar, y nadie se movió de la lÃnea. Tobar empezó a rezar entre dientes, pero apenas llevaba unas palabras cuando se quedó tieso. Se llevó una mano al maxilar y cayó de costado. Luego empezó a ahogarse en el suelo igual que mesa. El sargento y yo lo volteamos, pero ya no tenÃa lengua y la sangre salÃa fuerte. SeguÃa consciente, nos miraba fijo y movÃa las manos y golpeaba el suelo con el talón. Intenté meterle una gasa y el sargento hizo presión por debajo de la mandÃbula. El capitán cubrÃa el frente con el arma levantada. pero nadie sabÃa ya hacia dónde apuntar. Cada uno vigilaba su sector y al mismo tiempo miraba la boca del otro. Nadie querÃa abrir la suya más de lo necesario. Entonces escuchamos la voz. Sonó en el patio, cerca de nosotros. Era voz de mujer y habló claro.
38:44 Dijo que el que alabara ahà se quedaba sin palabra. Nadie respondió. y nadie se movió durante unos segundos, pero después Hernández intentó correr hacia el portón. El sargento quiso detenerlo, pero el capitán ordenó que nadie se separara, y que resistiéramos juntos hasta el amanecer o hasta echar a andar un vehÃculo. Yo seguÃa junto a Tobar, sosteniéndole la gasa en la boca, cuando vi al capitán mirar directo hacia la capilla y quedarse quieto. No gritó, no disparó. Solo levantó el arma y retrocedió un paso. A partir de ahà ya no hubo pausas. Cada vez que alguien intentaba rezar, aunque fuera en voz muy baja o apenas moviendo los labios, se escuchaba un quejido y luego el golpe del cuerpo al caer. Después venÃa la sangre. Yo no vi una mano arrancando nada frente a mÃ. Lo que vi fue el resultado, pues lo vi repetirse. Lo vimos todos y lo entendimos en el mismo momento. Por eso, varios apretaron los dientes y se cubrieron la boca con la manga o con el antebrazo. Yo hice lo mismo, pero lo hice tarde. El siguiente en caer fue RÃos. Desde que sacamos a mesa al patio, traÃa el rosario enrollado en la mano. No rezaba en voz alta, pero movÃa los labios.
40:07 De pronto se dobló, soltó el arma y cayó de frente. Corrimos hacia él. Cuando lo giramos, ya estaba sangrando por la boca. Quiso meter aire y solo salió sangre. El sargento le alumbró la cara y RÃos ya no tenÃa lengua. Después cayó el sargento. Intentó darnos una orden para reagruparnos, pero apenas abrió la boca, se llevó las manos al cuello y cayó de rodillas. Se quedó inclinado, respirando por la boca y echando sangre sobre el pecho. El capitán le alumbró la cara. Yo me acerqué un paso. Vi la boca abierta y vi que también se habÃa quedado sin lengua. Ahà se acabó la duda. Bastaba con abrir la boca. El capitán siguió mandando por señas. Nos hizo pegarnos a los vehÃculos y mantener la lÃnea. Lo obedecimos unos segundos. Hernández volvió a correr, pero esta vez nadie logró detenerlo. Se fue hacia el portón, llegó a la mitad del patio y frenó de golpe. Todos alumbramos hacia él.
41:12 La mujer estaba enfrente, pues la vimos varios al mismo tiempo. Estaba entre Hernández y la salida. Dio vuelta, quiso gritar, pero la mujer con sus uñas enormes y con gran fuerza le sacó la lengua y cayó antes de regresar con nosotros. Cuando barrimos el patio con las lámparas ya no estaba la mujer y Hernández tampoco. Ya no lo volvimos a ver. Los choferes siguieron intentando encender un camión, pero el motor respondió una vez y se apagó. Uno giraba la llave sin parar, el otro tenÃa herido un brazo desde que ayudó a cargar a mesa. Ya no habÃa mando claro, y el capitán escribÃa órdenes cortas con la navaja sobre el polvo del cofre. El sargento seguÃa vivo, pero apenas podÃa sostenerse. RÃo se desangraba, y Tobar ya no podÃa estar sentado. Yo tenÃa las manos llenas de sangre y seguÃa haciendo presión donde podÃa. Quise rezar, lo pensé por miedo, pues aunque uno no quiere porque sabe el riesgo, el miedo te hace hacerlo. Bajé un poco la mandÃbula y sentà el tirón debajo de la lengua.
42:24 Metà el puño a la boca por reflejo y eso me salvó una parte. El dolor me dobló, caà al suelo y mordà la tela del guante. La sangre me llenó la boca y se me fue a la garganta, tosà y casi me ahogo. Me llevé la mano a la cara, sentà la lengua abierta de la mitad hacia adelante. No estaba completa, pero tampoco habÃa salido toda. Desde el suelo vi botas moviéndose, luces cortando el patio y hombres armados con la boca cerrada por miedo. El capitán cayó después, estaba frente al cofre del camión, con la navaja en la mano. Abrió la boca para dar una orden y se dobló hacia adelante. Soltó la navaja, se llevó una mano al cuello y cayó sobre una rodilla. Uno de los choferes fue a sostenerlo y cuando le alumbraron la cara ya estaba sangrando igual que los otros. A partir de ese momento se acabó la unidad. Quedamos heridos, pegados a los vehÃculos y sin atrevernos a usar la voz, pues la mayorÃa ya no podÃa. Nadie volvió a disparar.
43:29 La mujer aparecÃa en distintos puntos del patio. Yo la vi junto al pozo, luego la vi cerca de la capilla y después la vi a un lado del portón. Cada vez que alguno abrÃa la boca, aunque fuera para llamar a otro o para soltar un grito, venÃa el golpe del cuerpo contra el suelo y luego la sangre. Yo perdà la noción del tiempo y recuerdo escenas cortas. Recuerdo a uno de los choferes arrastrando a mesa aunque ya estaba muerto. Recuerdo a Tobar golpeando la tierra con la palma para llamar mi atención. Cuando volteé, me señaló la capilla. La puerta estaba abierta. La mujer estaba adentro, hincada y de espaldas. La vi un instante. Quise alzar mejor la lámpara y ya no estaba. También recuerdo la voz cerca del pozo. No entendà las palabras, porque yo mismo me estaba ahogando con sangre. Lo siguiente, claro, fue el amanecer. Llegó personal de apoyo porque no habÃamos reportado movimiento ni cambio de punto. Nos encontraron tirados junto a los vehÃculos, entre casquillos, equipo regado y sangre seca. De 11 hombres, 8 seguÃamos vivos. 7 tenÃan pérdida total de la lengua. Yo tenÃa pérdida parcial y una herida profunda en el piso de la boca. Mesa y RÃos ya estaban muertos por hemorragia y Hernández seguÃa desaparecido. El capitán estaba vivo cuando llegó el apoyo, pero ya no podÃa hablar. A mÃ
45:03 me subieron en el segundo vehÃculo. Vi desde ahà que uno de los soldados de apoyo probó el camión que no habÃa querido arrancar. Encendió al primer intento y lo mismo pasó con el otro. También vi que las radios empezaron a entrar claras en cuanto salimos de la hacienda. Nadie encontró a un agresor en el patio, en la capilla, en el cuarto del fondo, ni en los alrededores. Después vino la parte oficial. Nos separaron. Nos tomaron declaración y revisaron si hubo drogas, alcohol, ataque entre compañeros, mal manejo del arma o presencia de civiles. Buscaron huellas y señales de herramienta, pero no pudieron sostener ninguna de esas opciones.
45:48 Las lesiones quedaron registradas como pérdida traumática de lengua, total o parcial según cada caso. DÃas después regresaron a la hacienda. El cuarto del fondo ya no tenÃa sÃmbolos ni altar, estaba vacÃo. Cerca del pozo encontraron la foto de una mujer debajo de una piedra. Tobar la vio en el hospital y confirmó por señas que era la misma del altar y de los sueños. Tobar murió después por una infección. Mesa y RÃos fueron enterrados sin una explicación real para sus familias y Hernández nunca apareció. El capitán pidió retiro en cuanto pudo y el sargento no volvió al campo.
46:29 Yo dejé la unidad cuando cerraron mi expediente médico. Aprendà a hablar un poco otra vez, pero no como antes. Por eso escribo esto. No lo hago para convencer a nadie. Lo hago porque estuve ahÃ. Un hombre del lugar pidió que no tocaran un altar, otro lo rompió. Esa noche todos soñamos con la misma mujer, y después empezó a quitarnos la lengua. TodavÃa me cuesta contar esto de corrido, no por falta de memoria, me cuesta. porque todo pasó muy rápido y porque cada imagen me arrastra a la siguiente.
47:15 Aún asÃ, lo recuerdo completo. Entramos a ese rancho siguiendo a un hombre herido. Se habÃa metido por una brecha y terminó refugiándose en una propiedad que la gente de la zona evitaba nombrar. Cuando preguntábamos por ese lugar, solo decÃan que ahà vivÃa la curandera. Nosotros no le dimos valor a ese comentario. Ãbamos por un hombre armado. no por historias del pueblo. Ãramos varios, Ãbamos equipados y tenÃamos una orden clara. Entrar, revisar, sacar al objetivo y salir. Desde que vimos la casa, entendà que algo no estaba bien. No habÃa animales, no habÃa gente afuera y no habÃa ruido.
47:59 El patio estaba limpio y la puerta principal estaba abierta. El sargento ordenó que dos hombres rodearan por atrás y que el resto entráramos por el frente. Yo avancé con él y con Morales. Cruzamos la entrada con las armas arriba y revisamos la sala, luego la cocina y luego el corredor. Todo estaba en uso. HabÃa comida, ropa doblada, velas, platos y varios frascos sobre una repisa. Cuando me acerqué, vi lo que tenÃan adentro. No eran remedios. Eran mechones de cabello, uñas, dientes y trozos de tela con nombres cocidos. También habÃa cosas de soldados, botones, insignias, placas viejas y pedazos de uniforme. Todo estaba limpio y ordenado. En otro cuarto encontramos una tabla con fotografÃas de soldados, hombres caminando, fumando, revisando el arma, cargando equipo y hablando junto a vehÃculos.
48:57 HabÃa soldados de distintos tiempos, algunos llevaban uniformes muy viejos, otros eran recientes. Entre esas fotos habÃa tres de nosotros, una mÃa, una de Morales y una del sargento. Eran de esa misma mañana. En la mÃa salÃa bajando del vehÃculo, en la de Morales salÃa volteando hacia el monte, y en la del sargento se veÃa el mapa abierto sobre el cofre. No me quedé pensando en el modo en que las habÃan tomado. En ese momento entendà algo más simple y más grave. alguien nos habÃa visto llegar y habÃa preparado eso para que lo encontráramos el sargento pidió reporte por radio a los dos hombres que se habÃan ido por atrás no respondió nadie probó otra vez pero solo salió ruido yo revisé mi equipo encendÃa pero no transmitÃa Morales dijo que siguiéramos revisando y en ese momento escuchamos pasos sobre el techo no fueron golpes aislados fueron pasos claros lentos y arrastrados, cruzaron de un extremo a otro de la casa, levantamos la vista al mismo tiempo, pero no vimos nada, el sargento hizo una seña y avanzamos al cuarto del fondo, ahà habÃa un catre, velas consumidas y marcas oscuras en el piso, también una libreta, el sargento la abrió y empezó a ojearla, alcancé a ver nombres, apellidos, cruces y notas cortas, No leà más,
50:32 porque uno de los muchachos gritó afuera, asà que salimos de inmediato al patio trasero. Rivas estaba en el suelo, con las manos sobre la cara. Sangraba mucho, y cuando se las quitó le vimos la mejilla abierta. Era un corte largo y limpio. Valdés estaba a su lado apuntando hacia el corral. Le preguntaron qué habÃa visto, y dijo que una vieja habÃa pasado por detrás de Rivas y le habÃa metido la mano en la cara. Lo repitió dos veces y no habló de cuchillo ni de navaja. Dijo la mano. Rivas no podÃa hablar, temblaba y trataba de contener la sangre con las palmas. Le hicimos una venda rápida y el sargento ordenó reagrupar. Pero ahà cambió todo.
51:17 El hombre al que perseguÃamos dejó de ser prioridad, pues primero tenÃamos que salir. Corrimos hacia los vehÃculos y los encontramos inutilizados. Las llantas estaban cortadas, los cables arrancados, y uno de los parabrisas tenÃa una cruz hecha con sangre. Nadie vio a nadie acercarse. Nadie escuchó un motor, una puerta, un paso. Solo los encontramos asÃ. Regresamos a la entrada para salir a pie y vimos otra cosa que no estaba ahà cuando entramos. Sobre la mesa habÃa varios muñecos de trapo. Cada uno tenÃa cosido un apellido en el pecho. eran los nuestros. El de Rivas tenÃa la cara rajada, el de Morales estaba amarrado con alambre y el mÃo tenÃa clavada una uña en el cuello. El sargento no dejó que nadie los tocara y nos dijo que nos moviéramos de inmediato, pero la puerta principal ya estaba cerrada por fuera con una cadena. La rompimos a golpes y apenas salimos al patio delantero escuchamos una voz desde la bodega.
52:26 Era la voz de Morales y pedÃa ayuda, pero Morales estaba a mi lado y todos lo volteamos a ver. Se quedó inmóvil y la voz volvió a salir, pero esta vez dijo que lo estaban cortando. El sargento gritó que nadie se separara, pero en ese momento la puerta de la bodega se abrió. Entramos cuatro. El olor a sangre era fuerte y directo, pero lo primero que vimos fue a Ortega colgado de los tobillos. TenÃa el cuello abierto y debajo de él habÃan puesto una tina para recoger la sangre. Yo lo conocÃa bien y hablé con él antes de entrar al rancho, y lo vi vivo minutos antes. Lo bajamos entre varios porque ya casi nadie pensaba con claridad. En el piso habÃa restos humanos mezclados con ropa militar vieja. No me puse a contar nada, no hacÃa falta. Mientras cortábamos lo que sostenÃa a Ortega, escuchamos un roce sobre la lámina del techo. Luego, una risa corta que salió de arriba. Salimos de la bodega con el cuerpo y con el miedo ya metido hasta el fondo. Rivas seguÃa sangrando. Valdés rezaba en voz baja y Morales temblaba de las manos. El sargento siguió dando órdenes, pero yo ya le notaba el miedo en la cara.
53:47 Ordenó sacar a todos por el monte y cargar a Ortega entre dos para no dejarlo. Ãbamos hacia la cerca cuando escuchamos otro golpe dentro de la casa. Fue un golpe seco, y después se oyó la risa de una mujer, larga, clara y sin apuro. Pero no la vimos, solo la escuchamos. Cruzamos la cerca y entramos al monte. Caminamos varios minutos sin hablar. Yo iba atrás, cubriendo. Ortega iba entre el sargento y Morales, y Rivas apenas podÃa sostenerse. Avanzamos en lÃnea recta. Nadie se apartó y nadie cambió de dirección. Aún asÃ, al salir a un claro, vimos la casa otra vez enfrente. La misma entrada, el mismo patio y la misma puerta. Nadie dijo nada, pues todos entendimos que no habÃamos salido. El sargento ordenó bordear el corral y buscar otra salida. Apenas pisamos el patio, las risas empezaron otra vez. Ya no era una sola, eran varias, y salÃan de la casa, del techo y del monte. Rivas se tiró al suelo y se tapó los oÃdos. Morales soltó el cuerpo de Ortega y empezó a girar con el arma levantada. Valdés gritó que habÃa movimiento en las ventanas.
55:04 Entonces ella salió. y la vi de frente por primera vez. Era una anciana flaca, encorvada, con el pelo enmarañado y manchado. TenÃa la boca entreabierta y se le veÃan los dientes, largos, chuecos y oscuros. Las uñas eran largas de verdad, negras, gruesas y curvas. Caminaba despacio pero firme, no dudaba y no miraba a otro lado. Nos miró uno por uno, después sonrió. Valdés le gritó que se tirara al suelo, pero ella siguió avanzando y el sargento ordenó fuego. Le dimos. La vi doblarse del hombro y del costado. La sangre le corrió por el vestido. Cayó junto al corredor y durante un segundo creÃmos que ahà terminaba todo. Dimos un paso hacia ella y en ese momento se escuchó un golpe dentro de la casa. Después vino el grito de Luna.
55:58 Ahà entendà que apenas estábamos entrando en lo peor. Luna habÃa desaparecido y nadie lo notó en el momento. Entre la salida, el regreso al patio y el cuerpo de Ortega en el suelo, perdimos la cuenta por unos segundos. Su grito salió desde el cuarto del fondo. Era él. El sargento ordenó entrar. Dejamos a Ortega junto a la entrada y volvimos a meternos a la casa. Entramos todos menos Rivas. Yo avancé detrás del sargento con Morales a la izquierda y Valdés cubriendo el corredor. La casa habÃa cambiado, las velas estaban encendidas, pero en las paredes habÃa manchas frescas.
56:40 Se oÃan pasos en el techo, en la cocina y al fondo del pasillo. También se oÃan voces, nos llamaban por el apellido, pedÃan ayuda y lloraban. Llegamos al cuarto del fondo y encontramos a Luna sentado en el catre. Lo habÃan amarrado con alambre por el pecho y por los brazos. TenÃa el abdomen abierto, y sobre las piernas le habÃan dejado los dientes de adelante. Uno de sus ojos estaba fuera de lugar, pero seguÃa vivo, aunque respiraba con dificultad. Cuando nos vio, quiso hablar, asà que me acerqué para oÃrlo, y dijo que no la miráramos a la cara. Morales se fue sobre él para soltarlo, pero el sargento lo frenó y revisó el cuarto primero. En el suelo habÃa sangre, uñas y cera. En la pared, escrita con sangre, habÃa una frase corta. Nadie salÃa entero.
57:34 El sargento cortó el alambre y entre los tres levantamos a Luna. Apenas lo hicimos, la puerta se cerró de golpe. Valdés trató de abrir, pero no pudo. El sargento pateó la madera hasta romper el marco y, en cuanto salimos al corredor, vimos a la anciana cruzar frente a nosotros. Iba manchada de sangre y llevaba una mano apretada contra el hombro herido. El sargento disparó y le dio otra vez, pues la vi pegarse contra la pared pero no cayó. Siguió hacia la cocina y desapareció. Sacamos a Luna hasta la sala. Ahà estaba sentado el hombre al que habÃamos seguido desde la brecha. TenÃa la mano vendada y la mirada perdida. No intentó escapar, solo dijo que ya no saliéramos, que la señora no soltaba a nadie cuando ya habÃa empezado.
58:27 El sargento le apuntó a la cabeza y le ordenó callarse. Entonces el hombre levantó la mano vendada. Debajo del trapo no tenÃa los dedos completos, eran muñones cosidos con hilo oscuro, y dijo que ella le habÃa cerrado la herida asÃ. Morales se le fue encima. pero no alcanzó a tocarlo. Algo cayó del techo y le pegó en la frente y se fue al suelo. El hombre herido corrió hacia la cocina, Valdés le disparó y falló. En ese mismo segundo, escuché las risas demonÃacas de la anciana, muy cerca. El sargento ordenó retirada total. Cargamos a Luna entre tres y salimos al patio. Ortega seguÃa junto a la entrada. El sargento dijo que no lo Ãbamos a abandonar, asà que acomodamos el peso y nos movimos hacia el monte con los dos cuerpos. No avanzamos mucho. Luna murió antes de que lográramos dejar atrás la casa. Se le fue el aire de golpe. El sargento lo revisó y confirmó que ya no seguÃa. Lo bajamos unos segundos para cambiar agarres y entonces vi tiras de tela colgadas entre los árboles.
59:37 TenÃan apellidos cosidos y eran los nuestros. Seguimos avanzando y salimos a otro claro, pero la casa estaba otra vez enfrente. No fue error de rumbo, pues habÃamos salido alejándonos y el rancho volvÃa a quedar delante. Rivas se quebró ahÃ, empezó a llorar y a repetir que no querÃa que le tocaran la cara otra vez. Morales le gritó que se callara y el sargento ordenó que levantáramos a Luna y que nos pegáramos al corral para buscar otra salida. Apenas cargamos los cuerpos, las risas volvieron. Eran risas demonÃacas, y se oÃan varias al mismo tiempo. La puerta de la casa se abrió de golpe. La anciana salió. SeguÃa herida, pues la sangre le corrÃa por el hombro y por el costado. En una mano traÃa un rosario enredado con cabello, y en la otra llevaba algo pequeño. Y cuando se acercó, vi lo que era. Un dedo humano. Nos miró sin apuro.
1:00:38 y luego miró a Luna en el suelo y a Ortega. Entonces empezó a reÃrse. Valdés levantó el arma primero, pero antes de disparar se llevó las manos al cuello y cayó de rodillas. El sargento y yo corrimos a sostenerlo. TenÃa tres surcos profundos marcados en la garganta. La sangre salió de inmediato. Yo no vi una mano ni un arma. Solo vi las marcas abiertas y la sangre corriendo entre sus dedos. Valdés quiso hablar pero no pudo, y se ahogó con su propia sangre y murió junto a nosotros. Ahà se rompió el grupo. Morales empezó a disparar contra las ventanas. Rivas soltó el cuerpo de Luna y quiso correr sin dirección. El sargento lo tumbó al suelo y me gritó que cubriera el frente. Yo levanté el arma y apunté al corredor, pues la anciana seguÃa ahÃ. Volvimos a dispararle, pero esta vez cayó de lado, junto al pilar del corredor, y quedó inmóvil. No nos acercamos. El sargento ordenó retroceder hasta los vehÃculos destruidos y pedir apoyo desde ahÃ. Cargamos otra vez a Ortega y a Luna.
1:01:49 Dejamos a Valdés donde cayó, porque no tenÃamos manos para tres cuerpos y un herido grave. Por fin, uno de los radios agarró señal. El sargento pidió refuerzos y reportó múltiples muertos, heridos y una agresora todavÃa activa. Nos cubrimos detrás de una camioneta. Rivas deliraba y Morales tenÃa la frente abierta. Yo no apartaba la vista de la puerta de la casa. Adentro se escuchaban pasos, golpes y arrastres. También se oÃa una voz de hombre pidiendo que lo sacaran. Era el mismo que habÃamos seguido hasta el rancho. Luego volvieron a oÃrse las risas demonÃacas de la anciana, pero después todo quedó en silencio. Cuando escuchamos motores en la brecha supimos que venÃan los refuerzos, pero ella también lo supo.
1:02:41 Los refuerzos llegaron cuando ya nadie de nosotros pensaba con claridad. Apenas bajaron de los vehÃculos se escucharon las risas y todos las oyeron. Eran risas demonÃacas, salÃan de la casa, del patio y del monte Los hombres que venÃan entrando se detuvieron y buscaron de dónde salÃa el sonido. Uno preguntó qué habÃa adentro, pero nadie le respondió. El teniente tomó el mando en cuanto vio el estado del rancho. Vio a Rivas herido, vio a Ortega tirado junto a la entrada, vio a Valdés en el suelo y vio la sangre en todo el patio. El sargento le resumió la situación en pocas palabras y le dijo que adentro seguÃa una mujer armada. que habÃa varios muertos y que el hombre herido al que seguÃamos seguÃa en algún punto de la casa y no dijo nada más. El teniente dividió al personal en dos grupos. Uno avanzó hacia la bodega, el otro cubrió el corredor y la entrada principal. Yo me quedé con el grupo del frente porque ya conocÃa la distribución de la casa. Apenas nos acomodamos, la puerta se abrió y la anciana una pierna pero seguÃa moviéndose rápido tenÃa el pelo pegado a la cara y a la espalda traÃa la boca abierta y se le veÃan los dientes largos y oscuros las uñas también se veÃan desde lejos y nadie dudó de que era ella pues
1:04:14 todos los que estaban ahà la vieron el teniente le gritó que se tirara al suelo pero ella respondió con una carcajada fue una risa fuerte y larga Varios de los refuerzos se quedaron inmóviles un segundo. Luego siguió caminando hacia el patio. Abrieron fuego y le pegaron varias veces. Vi los impactos en el pecho y en el costado. La sangre saltó sobre el vestido, pero aún asà siguió avanzando dos pasos más. Después giró hacia el corral y se echó a correr. CorrÃa rápido, saltó la cerca baja del corral y se metió al monte. Varios le dispararon mientras escapaba, pero no cayó. Yo la seguà con la vista hasta que se perdió entre los árboles. El teniente mandó un grupo tras ella y otro a asegurar la casa.
1:05:04 Yo entré con el segundo. La verdad, no querÃa volver a entrar, pero ya estaba demasiado metido en eso. Adentro, el olor era peor. HabÃa sangre fresca, velas encendidas y frascos en las repisas. En el cuarto del fondo seguÃan el catre, el alambre y el piso manchado En ese cuarto encontramos más sangre, bolsas con cabello y uñas, y tiras de tela con apellidos cosidos. En la cocina no estaba el hombre herido, solo encontramos una venda tirada, sangre en el suelo y un cuchillo pequeño. En la bodega seguÃa la tina a medio llenar y seguÃan los restos humanos mezclados con ropa militar vieja. Ahà se acabó cualquier duda, tenÃamos tres muertos a la vista y el rancho seguÃa guardando más. El teniente ordenó revisar el pozo. Ahà encontraron restos de otras personas. También sacaron objetos militares viejos y varias bolsas de tela colgadas en el corral. Dentro de esas bolsas habÃa restos humanos y apellidos cosidos. Algunos eran nuestros y otros no los conocÃamos. Los hombres que salieron a buscar a la anciana volvieron sin resultados. Siguieron sangre al principio, pero el rastro se cortó de golpe. El teniente ordenó ampliar la búsqueda, pero ya estaba oscureciendo y el monte se cerraba más con cada minuto. Mientras ellos buscaban, nosotros asegurábamos la casa y el patio. Yo me quedé
1:06:35 junto a una de las camionetas. Rivas seguÃa aterrorizado y Morales no hablaba. El sargento estaba sentado junto al corredor y no apartaba la vista de la puerta. Pensé que todo habÃa terminado cuando uno de los hombres de refuerzo gritó desde el lindero. corrimos hacia donde señalaba y la vimos entre los árboles era ella estaba de pie a cierta distancia se sostenÃa el costado herido con una mano la otra le colgaba al lado del cuerpo se quedó quieta unos segundos mirándonos y después soltó otra vez esas risas demonÃacas le tiraron de nuevo pero cuando subimos a buscarla ya no estaba no la encontraron esa noche y tampoco la encontraron después lo que siguió fue lo de siempre informes recortados declaraciones medidas y un reporte que decÃa que una agresora habÃa logrado huir pero nada más nadie puso en papel lo que vimos dentro de esa casa y nadie quiso discutirlo mucho tiempo yo si estuve ahà y presencié todo lo que ocurrió con esa bruja la vi recibir disparos y seguir moviéndose y escuché esas risas demonÃacas cuando llegaron los refuerzos Eso fue el rancho de la curandera. Entramos pensando que Ãbamos por un hombre y salimos sabiendo que ese lugar era de ella y que a varios de los nuestros los dejó ahà para siempre.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed