La Brujería Que Estaba Enterrada En El Negocio - Historias De Terror - REDE
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0:05 Yo soy Juan, el que maneja la combi por el barrio. Vivo en un rincón tranquilo, donde las casas son pequeñitas y parece que se están apachurrando unas con otras. Llevo ya un buen rato trabajando en la misma ruta, cruzando las calles de la colonia y andando por los caminos que conectan los pueblos. Conozco a la mayorÃa de los pasajeros que se suben seguido, y a veces me paro a echarles plática, pero ese dÃa no estaba trabajando. Mi compadre Chuy me pidió el favor de ayudarle a mover unas cosas de su casa a un taller donde arreglaba cosas electrónicas. La casa de Chuy no era gran cosa, una de esas de ladrillo sin estucar, y el patio estaba lleno de cosas viejas. Cuando llegué, me salió con dos cajas grandes y pesadas. Las amarramos con una cuerda para que no se fueran a mover en el camino.
0:57 Me dijo que le ayudara con una caja más, que estaba al fondo del cuarto de las herramientas. Cuando la levanté me di cuenta de que no pesaba mucho, pero el olor que traÃa era raro, como a humedad, como si hubiera estado guardada mucho tiempo. Le comenté a Chuy y él solo hizo una seña con los hombros. Me explicó que esa caja llevaba años ahÃ, que la encontró cuando se mudó. No le dio mucha importancia. Le pregunté si sabÃa qué traÃa adentro y me dijo que nunca la habÃa abierto. Era una caja de madera de esas que parecen hechas a mano, con la tapa que entraba a la perfección. No tenÃa clavos ni bisagras, y lo único raro era que la tapa estaba sellada con algo que parecÃa cera oscura, como si alguien hubiera querido asegurarse de que no se abriera. Subimos todo a la combi y nos fuimos al taller. Durante el camino no podÃa dejar de pensar en esa caja. Algo en ella no me latÃa. pero traté de no hacerle caso. Ya casi a medio camino, Chuy, que iba a mi lado, empezó a decir que igual y estaba buena la idea de abrirla.
2:08 Yo al principio no querÃa, pero como no paraba de insistir, ya empecé a dudar. Ya no habÃa mucho que hacer, asà que cuando llegamos al taller, sacó un cuchillo y empezó a raspar la cera que sellaba la tapa. Cuando al fin logramos abrir la caja, lo primero que se nos apareció fue un trapo viejo y medio rasgado cubriéndola. Al quitarlo, casi me da un paro. Dentro habÃa un montón de uñas humanas, de todos tamaños y colores, como si alguien las hubiera estado guardando un buen rato. También habÃa pedazos de cabello atados con hilos de colores y un papel doblado que traÃa algo escrito con tinta café.
2:49 La letra era rara, como si fueran sÃmbolos o palabras de un idioma que ni Chuy ni yo sabÃamos. El olor que salió de la caja, no te lo imaginas. A pesar de todo, Chuy no se aguantó y agarró el papel, lo desdobló y lo vio de cerca. Johnny de chiste lo tocaba, sentÃa que algo malo saldrÃa de ahÃ. Chuy señalaba esas letras raras, pero Johnny entendÃa lo que decÃa. Ãl seguÃa viendo las uñas y el cabello. como si estuviera buscando algo que tuviera sentido, y en eso sentà un escalofrÃo que me recorrió todo el cuerpo, como si alguien estuviera parado atrás de nosotros, me volteé rápido, pero no habÃa nada, el taller estaba vacÃo, no más estábamos él y yo, Chuy viendo que ya me andaba incomodando, se rió un poco y me dijo que andaba muy supersticioso, pero algo en su tono también habÃa cambiado, ya no se oÃa tan seguro, cerró la caja medio a disgusto y la metió en un rincón del taller, yo le insistà en que la tirara, pero él me contestó que eso estaba muy raro y que querÃa ver qué era todo eso, yo le dije que estaba bien loco, que se veÃa clarito que eso era brujerÃa, y que no era buena idea seguir teniéndolo cerca, que lo mejor era tirarlo o quemarlo. Pero entonces Chuy usó mi mismo argumento para irme contra. Me dijo que si esa caja de uñas era en verdad brujerÃa, y si por casualidad el
4:21 trabajo seguÃa funcionando, serÃa un error tirarla o quemarla, porque la bruja que la habÃa hecho podrÃa tomarse eso como un ataque y ponernos en la mira. Estuve callado un rato. viendo la caja en el rincón del taller. Lo que me habÃa dicho, aunque lo dijo para que lo creyera, me hizo pensar un poco más. Tal vez sà tenÃa razón. Si alguien dejó esa caja con algo en mente, lo más sensato era no meterle más ruido. Pero también sabÃa que Chuy no podÃa quedarse con ella. Después de un buen rato de discutir, lo convencà de que lo mejor era enterrarla. Regresamos a su casa en la combi y buscamos un lugar en el patio. Con un pico viejo y una pala empezamos a cavar un buen hoyo. Antes de meter la caja, le pedà a Chuy que la envolviera en un trapo grueso por si las dudas. Me miró raro, pero no dijo nada, solo lo hizo. La enterramos, compactamos la tierra y tratamos de dejar todo como si no hubiéramos tocado nada. Cuando terminamos, le dije que se olvidara de la caja, que no hablara de ella con nadie y que no la tocara de nuevo. ParecÃa que me entendió. Aunque Chuy tenÃa una curiosidad que no lo dejaba en paz. Al siguiente dÃa, me marcó y me dijo que pasara por el taller cuando pudiera. No sonaba urgente, asà que lo dejé para después de acabar con otras cosas.
5:46 Cuando llegué, lo vi sentado en una silla, con la caja en las manos, mirando la tapa como si fuera una bomba. Me molestó ver que no dejaba el tema, asà que le pregunté qué habÃa hecho ahora. Chuy levantó la mirada y, con una cara de preocupación que nunca le habÃa visto, me dijo que no habÃa hecho nada. Cuando llegó al taller esa mañana, la caja ya estaba ahÃ. Me quedé frÃo.¿ Cómo era eso posible? La habÃamos enterrado con nuestras propias manos. Pensé que tal vez alguien más la habÃa sacado de ahà y la habÃa llevado al taller. Pero,¿ quién y por qué harÃa eso? Esa misma tarde regresamos a la casa, hicimos otro hoyo en otro rincón del patio y la volvimos a enterrar, esta vez poniendo unas piedras encima antes de cubrirla con tierra. Al dÃa siguiente pasó lo mismo, la caja apareció en el taller como si nunca se hubiera tocado, y lo mismo pasó el tercer dÃa, ya cuando la caja como por arte de magia volvió a aparecer en el taller por tercera vez, no nos quedó de otra más que dejarla ahÃ. No lo hicimos porque quisimos, sino porque ya no sabÃamos qué más hacer. Entre los dos buscamos un lugar donde esconderla bien.
7:03 La metimos en un congelador viejo que él tenÃa en la bodega del taller. Esos congeladores largos y blancos que ya no servÃan para nada, pero que él usaba para guardar herramientas. La idea era sencilla, por si acaso. Tal vez no ayudara en nada, pero al menos nos hacÃa sentir que estábamos haciendo algo. Antes de salir del taller le hablé claro a Chuy. Le dejé en claro que si se le ocurrÃa jugar con la caja o investigar demasiado y pasaba algo feo, que no esperara que lo ayudara. Eso ya era problema suyo, no mÃo. Chuy, que ya estaba bastante alterado con todo eso, parecÃa más preocupado que nunca.
7:44 Me juró que no iba a hacer nada más con la caja, que ya lo tenÃa más que inquieto. ParecÃa que me convencÃa con sus palabras. Los siguientes dÃas todo parecÃa estar tranquilo, o eso pensábamos, pero al tercer dÃa empezaron a pasar cosas raras. Primero fueron detalles pequeños, cosas que casi ni se notaban. Chuy me comentó que las herramientas en la bodega aparecÃan en lugares que no recordaba haberlas dejado, y que algunas noches escuchaba ruidos, como si alguien estuviera moviendo cosas. Le dije que probablemente se estaba haciendo ideas, que esas cosas siempre tienen una explicación, pero pronto me di cuenta de que no era asÃ. Un dÃa, mientras le echaba la mano a mi amigo para arreglar un ventilador, un cliente que esperaba en el mostrador empezó a gritar. Cuando volteamos, vimos como una caja de tornillos se movÃa sola sobre la mesa, como si alguien invisible la empujara. El cliente salió disparado y no quiso regresar, y no lo culpo. Hasta yo sentà ganas de salir corriendo, pero eso no fue lo más raro. En los dÃas que siguieron, otros clientes empezaron a contarme cosas parecidas. Lo más feo de todo fue el congelador, ese mismo donde habÃamos guardado la caja. Estaba funcionando como lo oyes. A pesar de que llevaba meses descompuesto, de que mi amigo Chuy ya le habÃa quitado varias piezas y ni siquiera estaba conectado, el condenado congelador seguÃa enfriando. de tal manera que,
9:17 por los bordes de la goma, por donde cierra la puerta, salÃa vapor frÃo. Mi compa ya andaba a punto de romperse. Más de una vez me rogó que lo ayudara a enterrar otra vez la caja, pero yo no quise ni oÃrlo. Le dejé claro que ya lo habÃamos intentado y no sirvió de nada. No tenÃa ganas de acercarme otra vez a esa caja maldita. Una mañana, Chuy me llamó bien temprano. Su voz sonaba apagada, casi susurrando. Me dijo que tenÃa que contarme algo sobre la caja. Fui al taller y cuando llegué, me di cuenta que tenÃa unas ojeras de esas que ni con maquillaje se quitan, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Lo primero que le pregunté, al verlo tan mal, fue qué habÃa pasado.
10:05 Chuy se veÃa peor, como si la caja lo estuviera aplastando. Con la voz toda temblorosa, me dijo que esa misma noche, ya a punto de estallar, habÃa decidido llamar a alguien que supiera de esas cosas. Le pregunté cómo habÃa dado con esa gente y me dijo que hacÃa un buen rato. Mientras iba al mercado, se topó con un cartel pegado en un poste. Era un papel todo arrugado que hablaba de un chamán de Catemaco, con un número escrito a mano en marcador. Me explicó que, ya estando bien desesperado, sacó ese número de su libreta y le marcó. Esa misma noche el chamán se apareció. Chuy le contó todo lo que habÃa pasado con la caja, desde que la encontramos hasta que siempre aparecÃa en el taller. El tipo lo escuchó sin cortarle y luego pidió que le mostraran la caja. Mi amigo lo llevó a la bodega donde estaba el congelador. Chuy me contó que, en cuanto el brujo puso las manos en la puerta del congelador para abrirlo, Se escuchó un golpe seco, como si una tabla se rompiera.
11:08 El brujo retrocedió de golpe, llevándose las manos al pecho, y se hizo una cara como si lo hubieran partido a la mitad. Chuy lo siguió. No pudo avanzar mucho más. Justo antes de llegar a la puerta del taller, el chamán cayó al suelo. Chuy, desesperado, llamó a la ambulancia, pero cuando llegaron el hombre ya habÃa palmado. Dijeron que fue un infarto. Chuy no pegó ojo en toda la noche. Me contó que no podÃa dejar de pensar en lo que habÃa visto, cómo ese tipo se desmayó y murió enfrente de él. Pero lo que más le comÃa la cabeza era que el brujo habÃa caÃdo muerto por tocar ese congelador. por meterse con la caja yo traté de calmarlo pero estaba fuera de sà diciendo cosas que no tenÃan ni pies ni cabeza entre delirio y cansancio no paraba de soltar que todo el taller estaba contaminado que tenÃa que limpiarlo y purificarlo y que también se tenÃa que limpiar él porque al fin y al cabo fue su idea abrir la maldita caja logré convencer a chui de que se fuera a su casa Lo metà a la combi y al principio no dejaba de hablar de lo que tenÃa que hacer. Poco a poco se fue callando.
12:21 Cuando llegamos a su casa ya estaba un poco más tranquilo. Le pregunté si iba a estar bien y dudó un rato. Me dijo que sÃ. Lo dejé en la puerta con la esperanza de que pudiera descansar. Pero mientras regresaba al taller, no podÃa sacarme de la cabeza la caja y lo que habÃa pasado con el brujo. Después de dejarlo, algo raro me quedó en el estómago. Chuy no estaba bien, y aunque me dijo que iba a dormir, no me convenció del todo. Cuando cayó la tarde, decidà llamarlo para saber si ya estaba más tranquilo. No contestó. Probé varias veces, pero después de una hora sin respuesta, supe que algo andaba mal. Subà a la combi y me fui directo a su casa. Al llegar, toqué la puerta varias veces, llamé a la ventana y hasta le pedà a un vecino que me dijera si lo habÃa visto salir, pero nadie sabÃa nada. Me fui al taller, pero lo hice tan rápido que ni me fijé bien en los semáforos o las calles. Estaba pensando en Chuy. Cuando ya casi llegaba, me estrellé contra una camioneta. El golpe me sacudió, pero no tenÃa tiempo de pensar en eso. Me bajé de volada y fui a ver si los de la camioneta estaban bien. Gracias a Dios, no hubo heridos. Sin pensarlo mucho, les dejé mi cartera, las llaves de la combi, el celular, y les dije que llamaran a la aseguradora, que tenÃa una emergencia y que luego regresarÃa. No esperé su respuesta.
13:49 Salà corriendo las tres cuadras que me faltaban hasta el taller. Cuando llegué, todo se veÃa en orden desde afuera. Me quedé unos segundos respirando hondo, tratando de calmarme, pero fue entonces cuando una explosión sacudió el lugar. No fue como que el taller volara en pedazos, pero el estruendo fue lo suficientemente fuerte como para reventar los vidrios de los locales cercanos. El fuego comenzó a consumir todo rápido. Sin mi celular no podÃa llamar a los bomberos, pero gracias a Dios alguien más lo hizo. Los bomberos llegaron y controlaron el incendio, pero para ese momento ya era demasiado tarde.
14:30 Encontraron el cuerpo de Chuy adentro. HabÃa muerto por el fuego. Me quedé ahÃ, viendo cómo los bomberos terminaban su trabajo, con la mente en blanco. Justo cuando estaba por irme para avisar a su familia, me acordé de la mugrosa caja. Como ya habÃan declarado que el lugar no era peligroso, entré. Necesitaba comprobar algo con mis propios ojos. Caminé hacia la bodega pisando entre escombros y esquivando pedazos de metal que aún estaban calientes. Al llegar me quedé perplejo porque el congelador donde habÃamos guardado la caja estaba intacto. Todo lo que estaba cerca de él habÃa sido consumido por el fuego.
15:10 Incluso la pared contra la que estaba recargado estaba chamuscada. Pero el congelador seguÃa como nuevo. No tenÃa ni una sola marca. Esa cosa seguÃa funcionando como si nada hubiera pasado, y del congelador seguÃa saliendo vapor frÃo.
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