La Brujería Nunca Muere: La Bruja Sigue En Esa Casa - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Me llamó Laura y todavÃa me cuesta contar esto de corrido. No porque dude de lo que pasó, sino porque durante mucho tiempo intenté darle una forma normal. Intenté decirme que era cansancio, que era estrés, que era una mala temporada y nada más. Al principio pensé eso de verdad porque mi vida estaba en orden. Yo trabajaba, volvÃa a mi casa, hacÃa mis cosas y dormÃa lo suficiente. No estaba enferma, no estaba tomando medicamentos fuertes, no venÃa de una pérdida reciente y no tenÃa un problema claro en mi matrimonio. Por eso, lo primero que hice fue buscar una explicación médica.
0:45 Todo empezó con las pesadillas, no llegaron poco a poco. Empezaron de golpe, primero una noche, luego otra, y luego varias veces en la misma semana. Yo soñaba que alguien entraba al cuarto y se detenÃa junto a mi lado de la cama. No hablaba, no hacÃa ruido y no tocaba nada. Solo estaba ahÃ. Me despertaba con el corazón acelerado, abrÃa los ojos y sentÃa de inmediato que no estaba sola. EncendÃa la lámpara, revisaba el baño, el closet, el pasillo, miraba detrás de la puerta y debajo de la cama y no encontraba a nadie. VolvÃa a acostarme, trataba de calmarme y esperaba a que amaneciera. Al dÃa siguiente seguÃa con esa sensación encima. No se me quitaba al salir del cuarto. No se me quitaba al ir a trabajar.
1:36 Y no se me quitaba ni siquiera cuando estaba acompañada. Después empezó el cansancio. Primero pensé que era falta de sueño. Eso me parecÃa lógico. Pero luego vinieron el dolor de cabeza, la falta de apetito y una debilidad que no era normal en mÃ. HabÃa mañanas en que me levantaba sin fuerza. Me costaba bañarme, me costaba vestirme y me costaba terminar cosas simples de la casa. Mi esposo me decÃa que tal vez era estrés, que necesitaba descansar más. Y yo acepté esa idea, porque también querÃa una explicación sencilla. Fui al médico general, me revisaron, me mandaron estudios y el resultado fue una anemia ligera. No era nada grave, pero tampoco era algo que explicara lo que yo sentÃa ni la rapidez con la que estaba empeorando. Me recetaron vitaminas, me dijeron que durmiera mejor y que me cuidara un poco más. Seguà las indicaciones, traté de ordenar mis comidas, de descansar y traté de no asustarme. Aún asÃ, empecé a ponerme peor. Lo que más me alarmó fue el cabello.
2:47 Se me empezó a caer de una forma evidente. No era algo que se notara solo al peinarme. Era algo que veÃa todo el tiempo, en la almohada, en la ropa, en la regadera y en el cepillo. Cada vez que me bañaba, terminaba sacando mechones del desagüe. Cada vez que me lavaba la cabeza, me quedaban cabellos entre los dedos. A la vez, empecé a despertar con moretones. Me salÃan en las piernas, en los brazos, cerca de la cadera, en la pantorrilla y en el antebrazo. No eran raspones, eran marcas oscuras, algunas redondas y otras alargadas. Mi esposo dormÃa a mi lado y nunca me vio levantarme. Nunca me vio caminar dormida y nunca me oyó caerme ni golpearme con nada. Yo tampoco recordaba haberme pegado. Empecé a tomarles fotos porque necesitaba enseñárselas al médico. también porque sentÃa que, si no guardaba algo concreto, todo iba a sonar exagerado cuando lo contara. Volvà a consulta y me hicieron más preguntas.
3:50 Me preguntaron si estaba bajo presión, si tenÃa problemas en casa y si habÃa pasado por algo fuerte en los últimos meses. Contesté todo con calma porque yo misma querÃa encontrar una causa razonable. Otra vez, los estudios salieron sin una explicación suficiente. Ahà fue cuando empecé a inquietarme de verdad, no solo por los resultados, también por la forma en que las noches iban cambiando. Dejé de dormir de corrido, pues me despertaba varias veces con la misma sensación. Alguien me estaba observando. AbrÃa los ojos y miraba hacia la puerta antes de prender la luz, porque esa sensación aparecÃa primero que cualquier pensamiento. Despertaba con el cuerpo tenso y con una certeza que no podÃa quitarme de encima. Mi esposo empezó a notarlo, porque yo lo despertaba para que revisara la casa. Ãl se levantaba, iba al pasillo, revisaba las puertas, las ventanas y el patio. Regresaba y me decÃa que no habÃa nadie, que todo estaba cerrado y que tratara de dormir. Yo me acostaba otra vez, pero ya no descansaba, solo esperaba a que amaneciera. en esos mismos dÃas el perro empezó a cambiar era un perro tranquilo acostumbrado a dormir dentro de la casa y de pronto comenzó a levantarse en la noche para irse a la puerta del patio gemÃa abajo rascaba e insistÃa hasta que le abrÃamos cuando salÃa no se quedaba dando vueltas
5:23 caminaba directo a un rincón junto a la barda y se detenÃa ahà olfateaba rascaba la tierra y volvÃa a fijarse en ese punto Mi esposo pensó que tal vez habÃa un animal enterrado o algo podrido. Revisó varias veces y no vio nada, pero el perro siguió haciéndolo cada noche, siempre en el mismo lugar y con la misma insistencia. A mà eso me alteró más, pues ya no era solo mi cuerpo ni solo mis pesadillas. Ahora también habÃa algo raro en el patio, en un sitio fijo que el perro marcaba una y otra vez. Recuerdo una tarde en la que me quedé sola y el miedo me superó.
6:06 No vi a nadie, no escuché una voz y no encontré una señal clara. Aún asÃ, no podÃa estar tranquila en ningún cuarto. Caminaba de un lado a otro, me asomaba al pasillo, cerraba una puerta, luego otra, y sentÃa el cuerpo temblando sin poder controlarlo. Llamé a mi esposo al trabajo y le dije que ya no querÃa seguir ahÃ, que desde la mañana me sentÃa mal dentro de la casa, que no podÃa concentrarme y que me estaban temblando las manos. Trató de calmarme y me dijo que en la noche hablábamos con calma y que al dÃa siguiente buscarÃamos otra opinión médica. Cuando llegó me encontró llorando. Esa noche casi no dormimos y el perro volvió a rascar la puerta del patio. Y cuando mi esposo salió a verlo, regresó molesto y preocupado. Otra vez lo encontró en el mismo rincón, escarbando con desesperación. A la mañana siguiente tomó una pala y fue directo al patio. Yo salà detrás de él.
7:10 El perro corrió al mismo punto junto a la barda y empezó a rascar. Mi esposo clavó la pala dos o tres veces y al principio solo sacó tierra húmeda. Después la punta pegó con algo distinto, se agachó, apartó la tierra con la mano y sacó una bolsa de tela oscura, amarrada con un listón rojo. La bolsa estaba enterrada a poca profundidad, estaba sucia, pesada y despedÃa un olor fuerte. La llevamos al lavadero. Yo no querÃa tocarla. Mi esposo la vació sobre una mesa de plástico y lo primero que vimos fueron fotos mÃas. HabÃa varias. También habÃa listones rojos, un puño de cabello, tierra guardada en una bolsa pequeña y un frasco con alfileres. Me quedé mirando la mesa sin poder hablar. En ese momento dejé de pensar que estaba enferma por estrés y entendà algo mucho más simple y mucho peor. Alguien habÃa metido eso en mi casa. Alguien lo habÃa enterrado ahà a propósito.
8:12 Y todo lo que yo llevaba semanas viviendo ya no podÃa separarse de esa bolsa. Nos quedamos viendo la mesa varios segundos, sin hablar. Lo que estaba ahà no podÃa confundirse con basura ni con un objeto perdido. Eran cosas reunidas con intención, guardadas con cuidado y enterradas en nuestro patio. Mi esposo fue el primero en reaccionar. Dijo que eso habÃa que sacarlo de la casa de inmediato, que no querÃa tener nada de eso adentro ni un minuto más. yo seguÃa mirando las fotos, una era de mi credencial del trabajo, otra era de una reunión familiar, y la otra estaba tomada en la calle desde lejos, sin que yo lo supiera, eso fue lo que más me golpeó, ya no se trataba solo de una bolsa enterrada, también habÃa alguien que me habÃa estado observando, alguien que tenÃa acceso a cosas mÃas, y tiempo para seguirme sin que yo me diera cuenta, Mientras miraba todo eso, pensé en mi madrina. No fue una ocurrencia ni una sospecha armada al momento. Pensé en ella porque habÃa tenido un pleito fuerte con ella meses antes y porque habÃa un detalle que solo se relacionaba con esa persona. Mi madrina era una mujer rencorosa, insistente y muy dada a meterse en la vida de los demás. Desde niña me llamaba con un apodo que no usaba nadie más. Nunca lo decÃa frente a otros y lo usaba solo conmigo, en privado.
9:47 La pelea empezó porque me pidió dinero varias veces y también quiso opinar sobre decisiones de mi matrimonio. Yo le puse un alto y le dije que ya no se metiera, que no le iba a prestar más dinero y que no iba a seguirle aguantando ciertas cosas. Se molestó mucho. La última vez que la vi me dijo que yo me iba a arrepentir de haberle faltado al respeto. En ese momento tomé esa frase como una amenaza hecha desde el enojo, otra de tantas. Frente a esa mesa, viendo mis fotos, el cabello, la tierra y los alfileres, fue la primera vez que la recordé con miedo. Mi esposo no quiso guardar nada ni esperar a pensar demasiado. Dijo que lo mejor era destruir todo de una vez. Juntó la bolsa, las fotos, los listones y el resto del contenido en una cubeta metálica. Echó alcohol, prendió fuego y los dos nos quedamos mirando cómo ardÃa todo en el patio.
10:45 El cabello se consumió rápido, las fotos se deformaron y el frasco se rompió con el calor. Yo no me movà de ahÃ, pues necesitaba ver que todo se quemara, necesitaba ver que eso se deshiciera enfrente de mÃ. Cuando terminó, mi esposo enterró las cenizas lejos de la casa y lavó la cubeta. Después nos fuimos otra vez al médico, porque yo seguÃa sintiéndome débil, pero salimos con la misma respuesta. No habÃa una explicación médica suficiente para todo lo que me estaba pasando. Yo ya ni siquiera sabÃa qué esperaba escuchar en esa consulta, solo querÃa que alguien me dijera algo concreto, algo que cerrara el asunto por un lado.
11:30 pero no ocurrió. Regresamos de noche, cerramos bien puertas y ventanas. Mi esposo dejó prendida la luz del pasillo y trabó la puerta del patio. Los dos estábamos tensos, aunque querÃamos creer que sacar aquella bolsa y quemarla iba a cerrar todo. Cenamos poco y el perro no quiso comer. Se quedó inquieto mirando hacia la entrada principal. Nos acostamos, pero ninguno pudo dormir. La casa se sentÃa cargada y nosotros estábamos pendientes de cualquier ruido, del menor movimiento, del crujido de una puerta o de un paso en la calle. No hablábamos mucho pues cada uno estaba esperando algo, aunque ninguno lo dijera en voz alta. Entonces tocaron la puerta. Fueron tres golpes secos, separados y fuertes. Los dos nos sentamos al mismo tiempo. El perro empezó a gruñir de una forma que yo no le habÃa escuchado nunca. Mi esposo se levantó y me dijo que no me moviera. Antes de que llegara a la sala, volvieron a tocar. Otra vez, tres veces. Luego, se oyó una voz de mujer. Era una voz vieja, áspera y clara. Preguntó por mÃ, usando un apodo que solo una persona conocÃa. No dijo mi nombre, dijo ese apodo exacto. Cuando la oÃ, sentà que se me vació el cuerpo. Mi esposo regresó a la recámara pálido y me preguntó si habÃa escuchado bien. le dije que sÃ, también le dije que solo mi madrina me
13:01 llamaba asÃ, él se acercó a la ventana de la sala y levantó apenas la cortina, yo fui detrás de él, afuera parada frente a la puerta habÃa una anciana, estaba quieta mirando hacia la casa, tenÃa el cabello desordenado, las uñas muy largas y una sonrisa fija que no se le movÃa, la luz alcanzaba para verle la cara, No estaba tocando para pedir ayuda ni para preguntar una dirección. Estaba ahà por mÃ. Yo lo supe en ese momento, y no por una idea rara, no por nervios, sino por la forma en que se quedó parada frente a la puerta, sin moverse y sin dudar. Mi esposo me hizo una seña para que me apartara. Cerró la cortina, tomó el teléfono y llamó a la policÃa. Mientras hablaba, los golpes se repitieron otras tres veces. La voz volvió a decir mi apodo y luego se quedó en silencio.
13:59 El perro ladraba sin parar, arañaba el piso y aún asà no se acercaba a la entrada. Se quedaba atrás, inquieto y alterado. Yo estaba sentada en el sillón, temblando, sin poder quitarme de la cabeza el hecho más simple y más grave de esa noche. Alguien estaba afuera de mi puerta, llamándome de una forma que solo mi madrina conocÃa. La patrulla tardó en llegar y la espera se nos hizo larguÃsima. Nadie en la casa habló fuerte. Mi esposo miraba por una rendija de la cortina y me iba diciendo que la mujer seguÃa ahÃ, que no se movÃa, que no se iba. Cuando por fin llegaron los policÃas, las luces de la patrulla alumbraron el frente de la casa.
14:44 y entonces vimos que la anciana caminó hacia un costado y desapareció de la vista. Dos oficiales bajaron, revisaron la banqueta, la calle, el frente de la casa y luego el patio, pero no la encontraron. Mi esposo les contó lo de la bolsa enterrada, las fotos, el cabello, la tierra y el frasco con alfileres. Yo les expliqué lo del apodo y les hablé de mi madrina. Ellos escucharon, tomaron datos y revisaron alrededor. pero nos dijeron que sin pruebas materiales era difÃcil hacer algo más. Ya habÃamos quemado todo y solo quedaban nuestras palabras, mis moretones y el miedo. Esa noche no volvimos a dormir. Dejamos las luces prendidas y esperamos a que amaneciera. Mi esposo se quedó en la sala y yo me quedé sentada con el perro a mis pies, aunque él seguÃa levantando la cabeza cada vez que sonaba algo afuera. Cuando empezó a clarear, la casa se veÃa igual que siempre, pero para nosotros ya no era la misma. Hasta esa noche yo habÃa tenido miedo y también dudas. Después de esa noche, las dudas se acabaron.
15:55 Ya no pensé que todo podÃa ser producto del cansancio, y ya no pensé que estaba exagerando. Lo que habÃa pasado en esa puerta era concreto, y no necesitaba explicación extra. Alguien me estaba buscando, alguien sabÃa cosas privadas de mi vida. y alguien habÃa llevado todo eso hasta mi casa. En ese momento entendà que lo peor no habÃa sido encontrar la bolsa. Lo peor era saber que la persona detrás de eso todavÃa estaba cerca. Al dÃa siguiente nos fuimos a casa de la hermana de mi esposo. Yo llevé solo ropa, documentos y algunas medicinas. No quise volver a dormir en esa casa. Mi esposo regresó más tarde con dos familiares para sacar otras cosas y cerrar bien. Cuando volvió, me dijo que el perro apenas entró otra vez al terreno.
16:46 Fue directo al patio y se quedó mirando la barda. Ya no habÃa nada enterrado, pero el animal seguÃa alterado en ese mismo punto. Esa misma tarde decidimos dejar la casa. No fue una decisión tomada al momento ni una reacción de unas cuantas horas. Fue una decisión hecha desde el miedo, sÃ, pero también desde los hechos. Yo seguÃa enferma, SeguÃa perdiendo cabello, seguÃa despertando con marcas y ya no podÃa entrar ahà sin sentir que el cuerpo se me tensaba completo. Intentamos averiguar si alguien habÃa visto a la anciana. Una vecina dijo que en la noche habÃa escuchado ladridos, pero no salió.
17:29 Otra comentó que dÃas antes habÃa visto pasar a una mujer mayor por la cuadra y que no le dio importancia. No conseguimos mucho más. Un familiar habló con mi madrina por teléfono y la enfrentó de forma directa. Ella negó todo. Dijo que la estaban difamando y cortó la llamada. No aceptó haber pasado por la casa. No explicó cómo alguien podÃa conocer ese apodo privado. Y tampoco volvió a buscarme después de eso. Ese silencio me pesó mucho. VenÃa de una mujer que siempre insistÃa. que siempre querÃa controlar la relación y que nunca se quedaba quieta cuando alguien le ponÃa un lÃmite. De pronto dejó de aparecer, dejó de llamar y dejó de mandar recados. Ese cambio también me dejó pensando. Los dÃas siguientes fueron duros por razones muy simples.
18:22 HabÃa que decidir qué sacar y qué decir a la familia y cómo explicar una mudanza tan rápida sin contar la historia completa. A casi nadie le dijimos la verdad, no porque dudáramos de lo que habÃa pasado, sino porque sabÃamos cómo sonaba. También sabÃamos que no tenÃamos manera de probarlo todo. Lo único sólido era la secuencia de hechos. Mi deterioro fÃsico sin una causa suficiente. Las pesadillas, los moretones, el perro marcando el mismo punto del patio, la bolsa enterrada con mis fotos y mi cabello. la voz en la puerta y la mujer parada afuera, llamándome por un apodo privado. A nosotros esa secuencia nos bastó. No necesitábamos una explicación perfecta para saber que ahà ya no podÃamos seguir.
19:13 La mudanza se hizo rápido y sin ánimo. Mi esposo y yo hablábamos solo lo necesario. Cargábamos cajas, separábamos papeles, tirábamos cosas viejas y tratábamos de resolver lo práctico. sin detenernos demasiado a hablar de lo demás. Aún asÃ, todo giraba alrededor de la misma idea. Cada objeto que sacábamos de esa casa nos recordaba que hasta unos dÃas antes habÃamos vivido ahà con normalidad, sin imaginar que debajo de la tierra del patio habÃa una bolsa con mis fotos, con mi cabello y con cosas enterradas a propósito. Yo ya no querÃa revisar cajones ni entrar a los cuartos sola, Mi esposo procuraba no dejarme sola ni siquiera unos minutos.
19:59 Cuando volvÃamos por algo, el perro también iba distinto. No corrÃa por la casa, no se echaba tranquilo y no se apartaba de nosotros. Se mantenÃa cerca y se alteraba cada vez que se acercaba al patio. Con el paso de las semanas empecé a notar cambios. No fue de un dÃa para otro y tampoco fue una mejorÃa total. Lo primero que bajó fue la caÃda del cabello. Después me dejaron de salir moretones con la misma frecuencia. Más tarde, las pesadillas se hicieron menos constantes. Yo me di cuenta de eso poco a poco, porque al principio seguÃa viviendo con el cuerpo en alerta. DormÃa mal, me despertaba varias veces y revisaba puertas y ventanas antes de acostarme, y me ponÃa tensa con cualquier ruido en la calle. Mi esposo también cambió. Antes era el primero en decir que todo tenÃa una explicación lógica. Después de esa noche dejó de bromear con el tema. Empezó a revisar cerraduras, a fijarse en movimientos afuera de la casa y a ponerse serio cada vez que alguien mencionaba a mi madrina o hablaba de brujerÃa. Hubo una parte que me costó mucho más que el cambio de casa. Fue la sensación de que alguien podÃa volver a encontrarme. Cambiamos de número, evitamos decir a dónde nos habÃamos mudado, y solo unas cuantas personas supieron la dirección nueva. Aún asÃ, durante mucho tiempo vivà con la impresión de que aquello no habÃa terminado
21:32 del todo. Si escuchaba tres golpes seguidos en cualquier lugar, se me aceleraba el cuerpo. Si oÃa una voz de mujer en la calle durante la noche, me ponÃa tensa. Varias veces me desperté pensando que alguien estaba afuera. Y mi esposo tenÃa que levantarse a revisar. Nunca encontramos nada. Y nunca volvimos a ver a esa anciana. Nunca apareció otra bolsa ni pasó algo igual de claro. Pero el miedo siguió ahÃ. No con la misma fuerza de los primeros dÃas, pero sà lo bastante vivo para cambiarme la forma de dormir, de moverme en la casa y de confiar en la gente. Con los años he pensado mucho en esa madrugada y siempre vuelvo al mismo punto. Lo más duro no fue solo ver la bolsa, ni ver a la anciana, ni escuchar mi apodo en esa voz.
22:23 Lo más duro fue entender que alguien habÃa decidido dañarme y que habÃa hecho cosas concretas para hacerlo. Esa certeza cambia muchas cosas. Yo dejé de confiar igual. Me volvà más reservada, más cuidadosa con mi vida privada, más atenta a lo que cuento y a quién se lo cuento. Mi esposo hizo lo mismo. Seguimos con nuestra vida, pero esa experiencia se quedó con nosotros, y aparece cada vez que la recordamos con detalle. No encontramos una solución limpia ni una respuesta total. La policÃa no pudo hacer más, los médicos no encontraron una causa suficiente, y mi madrina lo negó todo. Nadie vino a resolvernos la historia ni a dejarla cerrada. Lo único concreto que hicimos fue salir de esa casa y cortar contacto con la persona que más nos hizo sospechar. Esa decisión no nos devolvió la tranquilidad de inmediato, pero sà frenó lo que yo estaba viviendo.
23:23 Después de irnos, mi cuerpo empezó a bajar la alarma y eso para mà también fue una respuesta. No fue una respuesta cómoda ni una respuesta completa, pero fue algo que no pude ignorar. Hasta hoy sigo pensando en esa voz afuera de la puerta. No pienso en ella todos los dÃas, pero vuelven momentos muy precisos. Cuando la casa está en silencio, cuando escucho golpes secos o cuando una noche se alarga y me quedo despierta. Entonces recuerdo la secuencia entera y por eso nos mudamos. Por eso todavÃa vivimos con cuidado. Y por eso, aunque hayan pasado años, sigo diciendo lo mismo. Salir de esa casa fue lo único que pudimos hacer. También fue lo único que evitó que todo siguiera avanzando. Yo vivà casi toda mi vida en el caracol. Un rancho chico donde todos se conocÃan y donde las cosas se sabÃan rápido. Si un niño amanecÃa malo, Si una mujer llevaba dÃas sin levantarse, si un hombre se quedaba seco y sin ganas de hablar, la noticia corrÃa de casa en casa antes del mediodÃa.
24:42 También se sabÃa a dónde iba la gente cuando ya no encontraba remedio. Iban con doña Tomasa. A ella le llevaban niños con empacho, personas con susto y gente que ya habÃa pasado por el centro de salud y seguÃa igual. En el pueblo se repetÃa siempre lo mismo. curaba rápido, pero no convenÃa de verle nada. Yo crecà oyendo eso. Desde muchacho escuché nombres de personas que habÃan ido con ella, y luego duraban meses haciéndole mandados. Unos le componÃan cercos, otros le cargaban costales, otros le iban a dejar encargos a gente de fuera. Cuando alguien les preguntaba por qué tanto movimiento con esa mujer, Contestaban que estaban cumpliendo y no daban más explicación. Eso era lo que se decÃa.
25:33 Yo nunca me metà en eso. La saludaba cuando me la encontraba y nada más. Era una mujer mayor del rancho y se le trataba con respeto, pero yo no la buscaba. Mi mujer pensaba distinto. Ella decÃa que una cosa era hablar desde lejos y otra muy distinta tener un hijo enfermo. Yo le respondÃa que primero estaba el médico. luego el practicante y luego lo demás. Asà lo sostuve hasta que mi hija se me enfermó de verdad. LucÃa tenÃa seis años. Era una niña movida, de las que no aguantan mucho tiempo quietas. Siempre andaba de un lado a otro. Siempre tenÃa algo que preguntar, algo que pedir o algo que contar. Una tarde volvió de la escuela sin hambre. Mi mujer le sirvió de comer y apenas probó dos bocados. le vimos mala cara pero pensamos que se le iba a pasar en la noche vomitó y empezó a quejarse del estómago le dimos té le frotamos la panza y la acostamos pero no mejoró al otro dÃa amaneció peor ya no quiso agua y ya no quiso levantarse se doblaba cuando le tocábamos el vientre y se quejaba ahà fue cuando decidimos llevarla con el practicante la revisó rápido Le tocó el estómago, le miró la garganta y dijo que podÃa ser infección. Nos dio suero y medicina. Volvimos a la casa y le dimos todo como nos indicó. Pero eso no le ayudó. LucÃa siguió
27:05 igual y en la noche empeoró. Ya casi no hablaba. AbrÃa los ojos a ratos, nos miraba sin fuerza y volvÃa a cerrarlos. Mi mujer me dijo que no podÃamos esperar más. Yo querÃa bajarla a la cabecera para llevarla con un doctor, pero no habÃa carro. El camino estaba malo y cada rato la niña se veÃa más débil. Mi mujer me dijo que se nos iba a quedar ahà mismo. Yo todavÃa dudé un momento, no por orgullo, sino porque ya sabÃa lo que se decÃa de Doña Tomasa. De todos modos cedÃ. La envolvimos en una cobija y me la llevé cargando. Doña Tomasa vivÃa al final del camino.
27:45 Cuando llegamos ya estaba despierta, nos vio entrar, se hizo a un lado y nos dejó pasar. No perdió tiempo en saludos, puso a LucÃa recostada y le tocó el estómago. Luego preguntó si habÃa visto algo fuerte, si alguien la habÃa cargado estando ya enferma, o si una persona se le habÃa arrimado mucho al salir de la escuela. Mi mujer recordó en ese momento que una señora la habÃa detenido un dÃa antes. para decirle que estaba muy bonita y que hasta le habÃa agarrado la cara. Doña Tomasa no respondió. Nos pidió un huevo, un vaso con agua y unas hierbas. Yo me acuerdo bien de lo que hizo, porque estuve ahà parado, sin moverme, viéndolo todo. Le pasó el huevo por la frente, el pecho y el estómago.
28:33 Luego le sobó la panza con aceite tibio. Después le dio a tomar un poco de una infusión amarga. Al principio, LucÃa se quejó más. Apreté los dientes porque pensé que la estaba empeorando. Luego, la niña soltó varios eructos seguidos, se revolvió y vomitó en una cubeta. Doña Tomasa siguió sobándole el estómago hasta que dejó de estar tan duro. Después rompió el huevo en el vaso y se quedó mirándolo un momento. Dijo que ya iba saliendo. Mi mujer se puso a llorar del cansancio y del miedo que traÃa encima. Yo seguà mirando a LucÃa. Ya no estaba igual. Se le veÃa la cara más suelta. Respiraba mejor y movÃa los ojos con más fuerza. Esa noche durmió mejor y al otro dÃa se levantó sola. En pocos dÃas volvió a correr por el patio. Cuando quise pagarle, doña Tomasa no me aceptó el dinero. Le ofrecà maÃz, gallinas y trabajo. Le dije que podÃa ayudarle en lo que hiciera falta, pero me respondió que no. me dijo que lo que habÃa hecho por la niña me lo iba a cobrar después cuando llegara el momento y que yo iba a cumplir sin discutir porque no se me debÃa olvidar quién me la habÃa sacado adelante cuando ya no sabÃamos qué hacer yo le dije que sà y no lo pensé mucho en ese momento mi hija ya estaba mejor Y yo habrÃa aceptado cualquier trato con tal de
30:05 no verla otra vez tirada en la cama, con esa cara de dolor. Cuando ya nos Ãbamos, me detuvo en la puerta y me repitió que, cuando volviera, no iba a ser para visitar. Durante un tiempo no pude sacarme esa frase de la cabeza. Luego la vida siguió. LucÃa creció, volvió a llenarnos la casa de ruido y dejó atrás aquella enfermedad. Mi mujer también fue soltando el miedo y yo hice lo mismo. En el rancho siguieron hablando de Doña Tomasa, siempre a medias, siempre con cuidado. Se decÃa que habÃa curado a un niño, que habÃa levantado a una señora, que habÃa ayudado a una muchacha que llevaba noches sin dormir. También se seguÃa diciendo que no convenÃa de verle. Yo escuchaba, asentÃa y seguÃa con lo mÃo.
30:56 Con el tiempo empecé a creer que esa deuda se iba a quedar en pura palabra. A doña Tomasa la seguà viendo de vez en cuando. Ya andaba más encorvada, más callada y casi siempre iba sola. Nunca se acercó a recordarme nada. Si coincidÃamos en la tienda o en alguna fiesta, apenas me miraba y seguÃa caminando. Y eso me fue tranquilizando. Llegó un momento en que pensé que tal vez me habÃa dicho aquello para dejar claro que no trabajaba de balde, o para hacerse respetar, o porque asà hablaba ella. Yo seguà con mi trabajo, con mi casa y con mi familia, asà que la fui dejando atrás.
31:40 La última vez que la vi antes de que volviera fue en una fiesta del pueblo. Pasó entre la gente sin detenerse, con el paso corto y la espalda vencida. Algunos la saludaron por compromiso, otros se apartaron y la dejaron seguir. Yo la vi de lejos y pensé que ya estaba muy vieja para acordarse de deudas antiguas. Esa fue la última idea que tuve sobre ella. Y después pasaron los años. Bajé la guardia y una noche la vi parada en mi puerta, más vieja todavÃa, lista para cobrarme lo que me habÃa advertido, desde el dÃa en que curó a mi hija. La noche en que volvió estábamos cenando en la casa. Mi mujer habÃa servido frijoles y tortillas, LucÃa estaba en su cuarto terminando una tarea, y yo ya me habÃa quitado las botas para no volver a salir. Entonces tocaron la puerta, dos golpes secos, firmes y sin apuro. Fui a abrir pensando que serÃa algún vecino. alguien que venÃa a pedir una herramienta o a avisar cualquier cosa, y me encontré a doña Tomasa parada en la entrada, con un bastón en una mano y una bolsa de manta en la otra. VenÃa sola y se veÃa muy vieja, más de lo que yo la recordaba. TraÃa la espalda vencida, la cara hundida y el paso corto, pero seguÃa sosteniéndose con una firmeza que imponÃa.
33:08 No saludó, me miró de frente y me dijo que ya habÃa llegado el momento de cobrármelo de mi hija. Yo no le contesté enseguida, me hice a un lado para que pasara, pero ella no entró. Mi mujer se habÃa quedado de pie junto a la mesa y LucÃa salió al oÃr la voz. Las dos la reconocieron al momento. Doña Tomasa miró a LucÃa apenas un segundo y volvió a fijarse en mÃ. Me dijo que tenÃa un encargo para mÃ, que yo lo iba a aceptar y que no Ãbamos a perder tiempo en discutir. Le pregunté qué querÃa. Me respondió que traÃa una cosa, que debÃa quedar enterrada detrás de mi casa, en un lugar donde nadie la fuera a buscar y que yo iba a cuidarla sin abrirla por ningún motivo. Le pregunté por qué conmigo y me dijo que porque yo le debÃa obediencia. desde el dÃa en que saqué a mi hija de su casa ya mejorada y porque cuando ella muriera su gente iba a registrar donde vivÃa a mover sus cosas y a buscar lo que no les pertenecÃa añadió que eso no podÃa quedar allá mi mujer intervino en ese momento y dijo que mejor se lo encargara a otra persona a alguien solo a alguien sin hijos a cualquiera que no nos metiera en un problema Doña Tomasa no la miró.
34:31 Me dijo a mà que la deuda era mÃa, no de mi mujer ni de mi hija, y que ella habÃa venido a cobrarla, no a pedir permiso. Después abrió la bolsa, sacó una caja y me la puso en las manos. No era grande, pero sà pesada. La sostuve con los dos brazos y sentà el peso de inmediato. Le pregunté qué tenÃa adentro y me respondió que eso no me tocaba saber. Le pregunté si era dinero, si eran papeles o si era algo de otra gente. Me dijo que no siguiera preguntando, que la enterrara y que no la abriera. Volvà a decirle que no me gustaba tener algo ajeno en mi casa, entonces me repitió que si yo cumplÃa no iba a pasar nada. No vi salida, pues ya le habÃa dicho años antes que sà y ella habÃa esperado hasta ese momento para cobrar. Salimos los dos hacia atrás. Mi mujer y LucÃa se quedaron en la puerta, calladas, viendo todo. Doña Tomasa caminó despacio hasta un rincón del patio, cerca de donde antes habÃamos tenido unas gallinas, y me dijo que cavara ahÃ. Fui por la pala y abrà el hoyo. Ella no se movió de su sitio, se quedó parada, apoyada en el bastón, mirando la tierra que iba sacando. Cuando le pareció suficiente, me indicó que bajara la caja derecha y que la acomodara bien al fondo. Antes de echarle tierra encima, le pregunté otra vez si de verdad no debÃa abrirla nunca.
36:04 Me respondió que no la abriera, ni al dÃa siguiente, ni después, ni cuando ella muriera. Dijo que no la tocara por curiosidad, ni por desconfianza, ni por miedo. También me dijo que debÃa quedarse donde la estaba enterrando, quieta y cerrada. Tapé el hoyo, aplané la tierra y dejé el sitio parejo. Ella lo miró un momento, asintió con la cabeza y se fue sin despedirse. Esa noche casi no dormimos. Mi mujer estaba enojada y asustada. Me dijo que no tendrÃamos que haber aceptado nada, que esa caja no tenÃa por qué estar en nuestro patio y que lo mejor era sacarla en ese mismo momento y aventarla lejos.
36:48 Yo le respondà que ya habÃa dado mi palabra, que no querÃa echarme atrás, con una mujer a la que le debÃamos tanto y que, si ella habÃa dicho que no la abriéramos, por algo lo habÃa dicho. LucÃa habló poco y solo dijo que no le gustaba saber que habÃa algo enterrado tan cerca de la casa y que menos le gustaba que no supiéramos qué era. Al final no hicimos nada, nos acostamos con el acuerdo de dejar la caja donde estaba y y no contarle a nadie pocos dÃas después se corrió la voz de que doña tomasa habÃa muerto la encontraron en su cama y la velaron esa misma tarde yo fui porque en el rancho se acompaña a los muertos aunque no haya cercanÃa mi mujer no quiso ir y lucÃa tampoco en el velorio vi más gente de la que esperaba habÃa personas que la habÃan buscado alguna vez personas que hablaban mal de ella y personas que nunca se habÃan acercado a su casa.
37:48 Pero ahà estaban todas, entrando y saliendo, mirando el cuerpo, persignándose y callándose la boca. Nadie hablaba fuerte, nadie contaba recuerdos, y nadie se quedaba mucho tiempo. Mientras estuve ahÃ, escuché a dos parientes decir que iban a revisar la casa al dÃa siguiente, porque esa vieja guardaba cosas de otra gente, y habÃa que ver qué habÃa dejado. Desde ese momento ya no pude quitarme la caja de la cabeza. Volvà a la casa y traté de seguir normal, pero no pude. Cada vez que pasaba por el patio, se me iban los ojos al rincón donde la habÃa enterrado. En la noche, cualquier ruido me ponÃa alerta. Si ladraba el perro, pensaba que alguien andaba rondando. Si sonaba algo detrás de la cocina, me imaginaba a alguien escarbando. Mi mujer volvió a decirme que la sacáramos de una vez, que la lleváramos al monte y la dejáramos allá. Yo me resistà todavÃa unos dÃas, más por terquedad que por otra cosa. No querÃa aceptar que me daba miedo una caja enterrada. Y no querÃa aceptar tampoco que después de tantos años, Doña Tomasa seguÃa mandando dentro de mi casa. Hasta que una madrugada me levanté sin avisarle a nadie. Agarré la pala, fui al patio y cabé donde mismo la habÃa enterrado. La tierra seguÃa suelta, asà que no tardé en llegar a la caja.
39:15 La saqué, la cargué hasta atrás de la casa y la puse sobre el lavadero. Fui por unas pinzas y un cuchillo. Estaba cerrada con alambre y sellada con cera. Me tomó un rato quitarle todo eso y cuando por fin levanté la tapa salió un olor encerrado, fuerte, de humedad y de trapo viejo. adentro habÃa paquetes envueltos sobres de papel amarrados con hilo y objetos sueltos acomodados sin orden empecé a sacarlos uno por uno habÃa mechones de pelo uñas envueltas fotografÃas aretes botones pedazos de ropa una alianza una muñeca rota y varias bolsas con tierra cada cosa traÃa una etiqueta de papel con un nombre completo y una fecha reconocà los apellidos del pueblo desde el primer momento Seguà revisando con las manos ya torpes hasta que encontré una trenza delgada, amarrada con una cinta azul.
40:14 La etiqueta decÃa LucÃa Ruiz y debajo venÃa una fecha que estaba cerca. Me quedé viendo ese nombre y esa fecha sin moverme, con la caja abierta delante de mà y la trenza en la mano. Después fui a despertar a mi mujer. Mi mujer se levantó apenas le dije que saliera. No me preguntó nada al principio. Caminó detrás de mà hasta el lavadero. Vio la caja abierta. Vio la trenza con el nombre de LucÃa y se quedó quieta. Después se sentó. Tomó la cinta azul entre los dedos y leyó la etiqueta otra vez. Despacio. Para asegurarse de que estaba viendo bien. No gritó. No lloró. No me reclamó en ese momento. Empezó a revisar lo demás conmigo.
41:00 Sacábamos un objeto. LeÃamos el nombre. Mirábamos la fecha y lo dejábamos aparte. Asà fuimos armando una fila sobre el lavadero sin hablar casi nada. HabÃa cosas de gente conocida del pueblo. Un escapulario con el nombre de Don Tello Beltrán. Un arete de almas alas. Una fotografÃa de un niño de los Orduño. Una alianza que mi mujer reconoció de inmediato porque se la habÃa visto muchas veces a la esposa del carnicero. y un pedazo de camisa con el nombre de Julián Cota. Todo estaba marcado, todo tenÃa fecha y ninguna estaba lejos. La primera caÃa pronto, la de LucÃa venÃa más adelante, pero tampoco faltaba mucho. Despertamos a LucÃa y le enseñamos la trenza. Primero no entendió, luego vio su nombre, vio la fecha y me preguntó de dónde habÃa salido eso. Le dije la verdad, le dije que habÃa abierto la caja. Se enojó conmigo y me dijo que no tenÃa sentido desobedecer a una mujer que habÃa repetido tantas veces que no tocáramos nada y luego venir a asustarnos con lo que encontré. Mi mujer no la contradijo y yo tampoco. Después, LucÃa preguntó si eso querÃa decir que se iba a enfermar otra vez, pero ninguno de los dos supo qué contestarle. Mi mujer dijo que debÃamos ir con el padre del pueblo. Yo acepté
42:30 porque ya no sabÃa qué hacer y porque tener la caja abierta dentro de la casa me estaba apretando la cabeza de una manera que no podÃa explicar con calma. Fuimos a verlo en la mañana. Le contamos lo necesario, sin vueltas. Le dijimos que una mujer del pueblo habÃa dejado enterrada una caja en nuestro patio que la abrimos después de su muerte y que adentro habÃa objetos de varias personas, cada uno con nombre y fecha. También le dijimos que uno de esos nombres era el de nuestra hija. El padre nos escuchó con cuidado, sin interrumpir. Nos dijo que quemáramos todo, que rezáramos y que no saliéramos a contar lo mismo por todas las casas, porque eso solo iba a levantar miedo y pleito. Salimos de ahà con la misma caja, con la misma duda y con más prisa.
43:23 Guardé la caja en el cuarto de herramientas y saqué aparte la trenza de LucÃa. Mi mujer querÃa tirarla de una vez, o quemarla, o enterrarla sola en otro sitio. Yo preferà esperar un poco. Me agarré a una idea tonta, la de pensar que tal vez todo era una forma de espantar, una manera de dejar miedo sembrado después de muerta. Esa idea me duró poco. Antes de que pasaran muchos dÃas, se cumplió la primera fecha. Don Tello Beltrán murió en una caÃda. Lo encontraron en el bordo, tirado junto a su animal. Cuando lo supimos, mi mujer y yo nos quedamos viendo sin decir nada. Esa noche abrimos otra vez la caja y buscamos el siguiente nombre. Era Alma Salas.
44:10 Mi mujer fue a verla al dÃa siguiente con cualquier pretexto y sin decirle nada de la caja. Le preguntó si alguna vez habÃa perdido un arete. Alma dijo que sà y hasta le describió cuál. Mi mujer volvió pálida. Ya no habÃa manera de seguir diciendo que todo era casualidad o que nosotros estábamos acomodando las cosas a la fuerza. Los nombres correspondÃan a la gente del pueblo y las fechas se estaban cumpliendo. Lo lógico era avisarles, pero ahà empezó el otro problema.¿ Qué iba a hacer yo tocar puerta por puerta y decir que encontré objetos personales con nombres y fechas? dentro de una caja que una curandera enterró en mi patio. Nadie me iba a creer de buenas, y los que sà me creyeran iban a preguntarme por qué la abrà si me habÃan dicho que no la abriera.
45:03 Aún asà lo pensé. Pensé en hablar con la familia de Alma. Pensé en decirle algo a Julián. Pensé en buscar a las personas que seguÃan en la lista y advertirles al menos que se cuidaran. Pero no lo hice a tiempo. Alma murió antes de que resolviéramos cómo hablar. Cayó de una azotea y fue el dÃa señalado. Después de eso, mi mujer ya no dudó. Dijo que habÃa que destruir todo. Sacamos la caja, vaciamos su contenido y lo quemamos detrás de la casa. Yo eché al fuego una cosa tras otra hasta que no quedó nada entero. Los papeles se torcieron primero, luego se hicieron cenizas. La madera tronó y terminó vencida en brasas. Junté lo que quedó y lo tiré lejos, con la idea de que ahà se cortaba todo. No pasó asÃ. El siguiente de la lista fue Julián Cota. Murió en la carretera. Su etiqueta ya no existÃa, la caja tampoco, y aún asà la fecha se cumplió. Ahà entendà que destruir los objetos no habÃa detenido nada. Volvimos con el Padre. Esta vez llevé una libreta donde habÃa copiado todos los nombres y todas las fechas antes de quemar las etiquetas. La leyó despacio, de principio a fin. Luego me dijo que sacara a LucÃa del rancho una temporada, que no contara más de lo necesario y que no esperara una explicación clara de
46:33 lo que estaba pasando. No ofreció bendecir la casa, no habló de hacer una misa especial y no me prometió ayuda. solo dijo que intentáramos apartar a la niña mientras pasaba su fecha yo hubiera aceptado cualquier consejo en ese momento asà que eso hicimos mandamos a LucÃa con mi hermana a la cabecera se fue enojada y decÃa que la estábamos tratando como si ya estuviera marcada yo le dije que solo querÃa tenerla lejos mientras pasaba esa fecha que luego la traerÃa de vuelta y que nadie volverÃa a mencionar el asunto no sé si me creyó mi mujer se quedó un poco más tranquila al verla irse pero yo no todos los dÃas abrÃa la libreta repasaba los nombres que ya se habÃan cumplido y volvÃa a llegar al de LucÃa a veces me daban ganas de romper esas hojas pero no lo hacÃa era lo único que me quedaba para seguir el orden de lo que venÃa ocurriendo y para no engañarme con las fechas LucÃa no alcanzó a quedarse fuera todo el tiempo Mi hermana tuvo problemas en su casa y nos dijo que ya no podÃa seguir teniéndola y regresó poco antes de su fecha.
47:48 Busqué dónde mandarla, con qué pariente, con qué conocido, pero ya no encontramos salida. Entonces decidimos no dejarla sola. Cerramos la puerta del patio, la mantuvimos dentro y yo dormà cerca de su cuarto. Ese dÃa pasó casi completo sin novedad. Por un momento pensé que tal vez habÃamos ganado tiempo. Pero ya entrada la tarde, LucÃa dijo que le dolÃa el estómago. Después se dobló, empezó a sudar y vomitó esa misma mezcla amarga que yo le habÃa visto años atrás. Mi mujer se echó a llorar, yo la cargué para sacarla de la casa y llevarla a que la vieran, pero no alcanzamos, se me murió en los brazos. Desde ese dÃa, mi mujer ya no volvió a verme igual.
48:35 Seguimos bajo el mismo techo, porque no habÃa manera de partir la casa, ni de empezar de cero. Pero lo que tenÃamos se quebró ahÃ. En el pueblo no conté todo. Dije que LucÃa habÃa recaÃdo de un mal viejo, y con eso me quedé. De la lista que copié en la libreta, casi todos los nombres ya se cumplieron, pero aún quedan pocos. Entre esos pocos está el mÃo. y mi fecha cae pronto. Por eso dejo esto dicho asÃ, sin adornos. Yo llevé a mi hija con doña Tomasa, y yo le prometà que iba a cumplir. Yo enterré la caja, y yo la abrÃ. Después de eso, empezaron a cumplirse las fechas, y mi hija murió en la suya.
49:19 Y eso es lo que pasó. Esto pasó cuando compramos una casa vieja a muy buen precio. MarÃa y yo llevábamos tiempo buscando algo propio y cuando apareció esa opción sentimos alivio. El agente nos dijo que los dueños ya no vivÃan en la ciudad y querÃan vender rápido. A mà me sorprendió el precio, revisé lo básico y no encontré un problema grave, asà que aceptamos. Nos mudamos con nuestra hija SofÃa, que entonces tenÃa seis años. Y durante los primeros dÃas, vivimos lo normal de cualquier cambio de casa.
50:04 Cajas abiertas, muebles fuera de lugar y el cansancio de estar empezando de nuevo. En el patio de atrás, habÃa un cuarto de servicio cerrado con candado. El agente nos entregó una llave, pero no funcionó. Dijo que ese cuarto llevaba años sin usarse y que seguramente el candado ya no servÃa. No insistimos, porque tenÃamos otras cosas por resolver. y fuimos dejando ese cuarto para después. Todo iba dentro de lo normal, hasta que empezamos a escuchar murmullos. La primera vez los oÃmos MarÃa y yo en la cocina. Era un ruido bajo y venÃa del fondo de la casa. Los dos nos quedamos quietos y pusimos atención. El sonido salÃa del cuarto cerrado. Fui hasta allá y en cuanto me acerqué a la puerta, el murmullo se cortó. Esperé un momento, pero no escuché nada. Regresé con MarÃa y tratamos de tomarlo con calma. Hablamos de tuberÃas, de ruido de la calle y de voces que entraran desde otra casa.
51:07 Esa explicación nos bastó ese dÃa. El problema fue que volvió a pasar. No ocurrió una sola vez, fueron varias. A veces en la tarde, a veces ya de noche, pero siempre el mismo murmullo, siempre detrás de esa puerta y siempre detenido en cuanto uno se acercaba. Después de unos dÃas ya no era algo aislado, pues los dos lo estábamos escuchando. Decidimos abrir el cuarto para cerrar el tema de una vez. Conseguà herramienta, forcé el candado y empujamos la puerta entre los dos porque estaba trabada. En cuanto abrió salió olor a encierro. Adentro habÃa polvo, humedad y una mesa pegada a la pared. Sobre esa mesa habÃan dejado un altar. HabÃa velas secas, muñecos amarrados con hilo, frascos con uñas y cabello, fotos de personas desconocidas y papeles con nombres escritos a mano. También habÃa una libreta vieja maltratada por la humedad, con listas que apenas se alcanzaban a leer. MarÃa se quedó callada y yo también.
52:16 Los dos supimos en ese momento que querÃamos sacar todo de ahÃ. Nos pusimos guantes, metimos las cosas en bolsas y las saqué a la basura. Después barrimos, limpiamos el cuarto y pintamos las paredes. Lo hicimos porque no Ãbamos a dejar ese tipo de objetos en una casa donde vivÃa nuestra hija. Cuando terminamos, el cuarto quedó vacÃo y limpio. Cuando SofÃa volvió de la escuela, no le contamos nada. Solo le dijimos que no fuera al patio porque todavÃa olÃa a pintura. Nos hizo caso, cenó con nosotros y se fue a dormir. Esa noche pensé que el asunto terminaba ahÃ, pero me equivoqué. Ya de madrugada, SofÃa entró a nuestro cuarto y me despertó tocándome el brazo. No venÃa llorando ni alterada, pero me dijo que habÃa una señora muy enojada buscando sus cosas. MarÃa se incorporó de inmediato y le preguntó de cuál señora hablaba. SofÃa respondió que de la señora del cuarto de atrás. que estaba molesta porque habÃamos tocado su cuarto y porque nos habÃamos llevado lo que era suyo. MarÃa la cargó y la acostó con nosotros. Yo me levanté, fui al patio y revisé la casa. El cuarto seguÃa vacÃo, la puerta estaba cerrada y todo se veÃa igual a como lo habÃamos dejado.
53:37 No encontré nada, no vi a nadie y no escuché otro ruido. Volvà al cuarto y SofÃa seguÃa despierta, con los ojos abiertos mirando hacia la puerta. Esa madrugada casi no dormimos. MarÃa dijo que tal vez la niña habÃa escuchado algo mientras limpiábamos o que alcanzó a ver las bolsas y armó una historia. La verdad, yo preferà pensar lo mismo. A la mañana siguiente, SofÃa hizo su rutina de siempre. Se vistió, desayunó poco y se fue a la escuela. Antes de salir, miró hacia el patio y siguió caminando, pero no comentó nada más. Yo no quise sacar conclusiones tan rápido. El cambio empezó a notarse poco a poco, pero fue claro. SofÃa se volvió callada, ya no nos buscaba para jugar, ya no pedÃa cuentos antes de dormir y dejó de contarnos lo que hacÃa en la escuela. Si le preguntábamos algo, respondÃa a lo mÃnimo o se quedaba en silencio. Lo más raro fue que empezó a pasar mucho tiempo en el pasillo que daba al patio. Se sentaba frente al cuarto de servicio y se quedaba ahÃ, quieta, mirando la puerta. Varias veces la encontramos sonriendo frente a ese cuarto, y cuando le preguntábamos qué hacÃa, respondÃa que estaba acompañando a la señora, para que no se enojara. Eso nos incomodó, pero todavÃa intentamos darle una explicación razonable. Pensamos que la mudanza la habÃa afectado, que estaba cansada, o que habÃa escuchado algo y se
55:10 quedó con esa idea. No querÃamos llevar el asunto más lejos, asà que tratamos de seguir con la rutina. Aún asÃ, empezamos a dormir atentos. Una noche, la encontramos otra vez de pie frente al cuarto. MarÃa la llevó de regreso a la cama y le preguntó si tenÃa miedo. SofÃa respondió que no, que la señora no estaba enojada con ella, que estaba enojada con nosotros. Al dÃa siguiente, revisé el cuarto otra vez y seguÃa vacÃo. La pintura todavÃa estaba fresca y en una parte de la pared habÃa una marca fina sobre la capa blanca. Me quedé viéndola unos segundos y preferà no decir nada. PodÃa ser un roce o una marca vieja mal cubierta. La verdad, no quise sumar más tensión dentro de la casa. Desde ese momento ya tuve claro que el problema no estaba en el cuarto, estaba en lo que habÃa empezado a pasar con SofÃa.
56:08 La casa la acabábamos de comprar. El altar ya estaba en la basura y el cuarto ya estaba limpio, pero mi hija seguÃa mirando esa puerta con una calma nueva. Ahà entendà que abrir ese cuarto habÃa sido apenas el principio. La semana siguiente tratamos de sostener una rutina normal, porque todavÃa querÃamos pensar que SofÃa estaba reaccionando al cambio de casa y nada más. MarÃa la llevaba a la escuela, yo me quedaba trabajando en la mesa del comedor y por la tarde... hacÃamos el esfuerzo de sentarnos a comer juntos, aunque el ambiente ya no era el mismo. La pediatra nos dijo que una mudanza podÃa alterar a una niña de esa edad, que convenÃa observarla unos dÃas y no precipitar conclusiones. Seguimos ese consejo, pero la situación no se corrigió.
57:01 Empezó a empeorar de una forma clara, dÃa tras dÃa, dentro de la casa. SofÃa dejó de hablarnos con la naturalidad de antes. En la escuela seguÃa respondiendo lo necesario, al menos eso nos dijo su maestra, pero en la casa se volvió casi muda. Contestaba con una palabra, a veces con un gesto, y muchas veces no contestaba nada. Ya no buscaba a MarÃa para contarle algo, ya no venÃa conmigo a preguntarme qué estaba haciendo, y ya no sacaba sus juguetes al suelo de la sala. Pasaba mucho tiempo en el pasillo del patio, se sentaba frente al cuarto de servicio o se quedaba de pie mirándolo y la única vez que sonreÃa era ahÃ. Una noche escuchamos un golpe en el fondo de la casa. Fui de inmediato y encontré a SofÃa parada frente a la puerta del cuarto. TenÃa los brazos pegados al cuerpo y la vista fija en la madera. MarÃa llegó detrás de mà y trató de llevarla de regreso a la cama. La niña se resistió y no con gritos ni berrinche, sino endureciendo el cuerpo y negándose a dar un paso. Entre los dos la apartamos de ahÃ. Cuando ya estaba acostada, MarÃa le preguntó qué hacÃa frente al cuarto a esa hora.
58:19 SofÃa respondió que la señora estaba esperando a que termináramos de arreglarle su lugar. A la mañana siguiente volvÃa a revisar ese cuarto. SeguÃa vacÃo. La pintura estaba reciente, el piso limpio y la puerta en su sitio. Aún asÃ, vi cosas que antes no estaban. En una esquina habÃa tierra suelta. En la pared aparecieron lÃneas finas sobre la pintura blanca, varias una junto a otra. No quise decir en voz alta lo que pensé al verlas. Tampoco querÃa inquietar más a MarÃa. Barrà la tierra, revisé el cuarto completo y salà sin encontrar nada que me diera una explicación útil. Ese mismo dÃa llevamos a SofÃa con una psicóloga infantil. La doctora habló con ella, nos hizo preguntas, quiso saber cómo habÃa sido la mudanza, cómo dormÃa, si habÃa tenido cambios en la escuela o problemas con otros niños.
59:15 Al final nos dijo algo parecido a lo que ya nos habÃa dicho la pediatra, que el cambio de casa podÃa haber detonado ansiedad y que lo mejor era darle tiempo, sostener horarios y vigilarla de cerca. Salimos de ahà queriendo aceptar esa explicación. porque era la única que nos permitÃa seguir funcionando, esa misma noche dejó de alcanzarnos, yo seguÃa despierto cuando vi a SofÃa levantarse de la cama y salir del cuarto, no me habló, caminó derecho hacia el patio, me levanté y fui detrás de ella, cuando llegué al pasillo ya estaba detenida frente a la puerta del cuarto de servicio, no levantó la mano, no hizo ruido y no intentó abrir, La puerta empezó a moverse sola y se fue abriendo poco a poco. Entré, prendà la luz y vi un frasco de vidrio en medio del piso.
1:00:09 Lo reconocà de inmediato. Era uno de los frascos que yo mismo habÃa sacado del altar y tirado a la basura. MarÃa entró detrás de mÃ, vio el frasco y se quedó helada. Le preguntó a SofÃa si ella lo habÃa llevado hasta ahÃ. La niña respondió que no, que la señora lo habÃa regresado. porque todavÃa faltaban cosas. Esa fue la primera vez que vi a MarÃa perder la calma de verdad. Hasta entonces habÃa intentado sostener una explicación razonable para todo, aunque ya le costaba. Esa noche ya no pudo. Cerró la puerta del cuarto, tomó a SofÃa de la mano y me dijo que llamara a la mujer que nos vendió la casa. Le hablé a la mañana siguiente.
1:00:56 Al principio quiso quitarle importancia al asunto, pero cuando le describà lo que habÃamos encontrado en el cuarto, guardó silencio y cambió el tono. Nos dijo que en esa casa habÃa vivido una tÃa suya durante muchos años, una mujer que hacÃa brujerÃa para la gente, hacÃa daño o te ayudaba dependiendo de la persona, y antes de morir maldijo la casa. Usó esas palabras tal cual, que su tÃa era bruja y que maldijo la casa. También dijo que cuando esa bruja murió, nadie quiso tocar sus cosas y por eso el cuarto se cerró. Le pregunté por qué no nos lo dijo antes de vender la casa. Respondió que eso ya no importaba, que el cuarto habÃa estado cerrado muchos años y que nosotros habÃamos decidido abrirlo. Después cortó la llamada. Quise confirmar esa historia por otro lado y hablé con una vecina mayor. Una mujer que llevaba mucho tiempo viviendo junto a esa casa. Me dijo que la antigua dueña recibÃa gente de noche, que muchos llegaban con fotos, ropa, mechones de cabello y otros objetos personales.
1:02:09 No agregó nada más y yo tampoco le pedà detalles. Con eso tuve suficiente. Ese mismo dÃa compré cámaras. QuerÃa saber si SofÃa se levantaba sola, si alguien entraba a la casa o si estábamos dejando pasar algo evidente. Puse una cámara en el pasillo y otra entre la cocina y el patio. Dejamos a SofÃa dormir con nosotros. De madrugada, el teléfono marcó movimiento. En la grabación, se veÃa a SofÃa bajarse de la cama y caminar hacia el fondo de la casa. Salà detrás de ella y llegué justo cuando se detenÃa frente al cuarto. Revisé el video después. La puerta empezó a abrirse antes de que la niña la tocara. Cuando entré, no habÃa nadie adentro. pero en la pared ya no estaban solo las marcas, habÃan aparecido nombres escritos con algo oscuro. Reconocà varios de los que yo habÃa alcanzado a leer en la libreta del altar.
1:03:06 MarÃa me dijo que ella ya no iba a seguir un dÃa más en esa casa. Yo no discutÃ, pues tenÃa razón. Hicimos maletas, guardamos lo básico y decidimos irnos con su hermana. Mientras MarÃa acomodaba ropa y documentos, yo recorrà la casa por última vez. y revisé todo lo que se me ocurrió, pero no encontré nada que me permitiera decir que podÃamos quedarnos. Antes de salir, MarÃa volvió a encontrar a SofÃa frente al cuarto. Esta vez estaba sonriendo. Le preguntó qué pasaba, y la niña respondió que la señora ya se estaba cansando y que si seguÃamos sacando cosas iba a cobrárselas a alguien de la casa. Nos fuimos ese mismo dÃa. Cerré la puerta principal. Le eché llave y me quedé unos segundos en la banqueta, mirando la casa que acabábamos de comprar y de la que ya estábamos saliendo con prisa. Yo todavÃa pensaba que alejarnos iba a ordenar las cosas, aunque fuera por unos dÃas.
1:04:11 No entendÃa entonces que el problema ya no estaba solo en ese cuarto y que lo que habÃamos movido ahà ya venÃa con nosotros. Nos fuimos a casa de la hermana de MarÃa. con la idea de quedarnos unos dÃas y pensar mejor. Pensé que sin ese cuarto cerca, SofÃa iba a dormir mejor y a volver a la normalidad. Pero no pasó. Desde la primera noche siguió igual de callada. Hablaba poco, evitaba mirarnos y buscaba irse al fondo de la casa. Cerca del cuarto de lavado, buscamos ayuda otra vez y volvimos con la psicóloga infantil. La doctora intentó hablar con SofÃa, pero la niña casi no respondió. se sentaba, bajaba la vista y guardaba silencio. Cuando le preguntaban por la casa o por el cuarto del patio, sonreÃa y no decÃa nada. También hablamos con un sacerdote, porque no sabÃamos qué más hacer. QuerÃamos que alguien la viera y nos dijera qué hacer. Una noche la encontramos en el baño de la casa de mi cuñada. Estaba sentada en el piso. sobre la tapa del inodoro habÃa una vela seca, un pedazo de hilo rojo, una foto doblada y un frasco pequeño con tierra. Esos objetos venÃan del cuarto de servicio, pues yo mismo los habÃa recogido y tirado. MarÃa se quedó inmóvil y mi cuñada juró que eso no estaba ahà poco antes. Le preguntamos a SofÃa de dónde habÃa sacado esas cosas. Ella respondió que la señora las habÃa
1:05:43 recuperado porque nosotros no servÃamos para guardar nada. Desde ese momento dejamos de pensar que el problema seguÃa encerrado en la casa. Esos objetos habÃan aparecido en otro lugar, por eso llamé a la policÃa. Expliqué lo que podÃa sostener que en una casa recién comprada, habÃamos encontrado objetos ligados a personas desconocidas, que esos objetos reaparecieron después y que mi hija estaba diciendo cosas que no tenÃa forma de saber. Los agentes llegaron, escucharon todo, revisaron los objetos y me preguntaron si sospechaba de alguien. Les di el nombre de la antigua dueña y les conté lo que me habÃa dicho sobre su tÃa. También les enseñé la grabación de la cámara. donde se veÃa a SofÃa caminar hasta el cuarto y la puerta empezara a abrirse antes de que ella la tocara. Uno de ellos me dijo que levantara una denuncia formal y que evitara regresar a vivir a la casa. Regresamos una tarde, MarÃa y yo solos, para sacar ropa y documentos. Fuimos directo al cuarto de servicio.
1:06:51 En el piso habÃa tierra extendida y sobre esa tierra, varias fotografÃas acomodadas en fila. Entre ellas habÃa una foto reciente de SofÃa saliendo de la escuela. Esa imagen no podÃa haber estado en el altar original. Alguien la habÃa tomado después de que nos mudamos. Llamé a la policÃa. Volvieron, revisaron la casa completa, pero no encontraron a nadie. Se llevaron las fotos y nos insistieron en formalizar la denuncia. Uno de ellos me dijo que si alguien estaba siguiendo a la niña, el problema ya era grave. Fuimos por SofÃa a casa de mi cuñada, con la decisión de llevarla con mis padres, mientras resolvÃamos lo más urgente. Cuando entré, sentà un silencio raro. Mi cuñada estaba nerviosa y dijo que la niña habÃa estado tranquila y que de pronto dejó de verla. La buscamos por toda la casa hasta encontrarla en el patio de servicio. Estaba sentada frente a una cubeta volteada y encima de la cubeta habÃa puesto otra vez la vela, el hilo, el frasco con tierra y en medio la foto reciente de la escuela. MarÃa le preguntó quién le habÃa dado esa foto. SofÃa respondió que la señora ya no necesitaba quedarse en la otra casa para encontrar lo que querÃa. Mi cuñada empezó a rezar, MarÃa se echó a llorar y yo cargué a SofÃa para sacarla de ahÃ. La niña no gritó ni se resistió.
1:08:25 Me miró y me dijo que ya era tarde, que la señora ya habÃa encontrado la forma de entrar con nosotros. Esa misma noche la llevamos a urgencias. El médico de guardia escuchó lo que pudimos explicar y nos recomendó internarla para observación. SofÃa se quedó varios dÃas bajo revisión. Le hicieron estudios y análisis, pero todo salió dentro de lo normal. A veces hablaba bien y pedÃa ver a MarÃa. Luego se quedaba mirando una puerta o una esquina y sonreÃa. Cuando MarÃa iba a verla, a veces SofÃa le decÃa que no siguiera metiendo gente en el cuarto de servicio, porque todavÃa faltaba pagar. Yo regresé una sola vez a la casa, acompañado por familiares y por gente que iban a ayudarme, a vaciar lo que quedaba. No terminamos. Al levantar una parte del piso del cuarto, encontraron un hueco con más frascos, bolsas con tierra, listones y fotografÃas guardadas debajo.
1:09:28 Llamamos otra vez a la policÃa. La casa quedó asegurada y el trámite empezó a enredarse. Nuestra familia no volvió a hacer la misma. MarÃa se fue con sus padres porque ya no pudo sostener la situación. Yo sigo viendo a SofÃa, pero bajo supervisión médica. Hay dÃas en que habla conmigo con normalidad, Luego se queda callada, dirige la vista hacia cualquier puerta cerrada al fondo de una casa y sonrÃe de la misma manera. La casa sigue cerrada, no he podido venderla ni recuperar lo que invertÃ. Sigo pagando un crédito por un lugar al que no puedo regresar. Eso fue lo que pasó y es lo único que sé.
1:10:12 Todo empezó cuando abrimos un cuarto que llevaba años cerrado y tiramos cosas que alguien seguÃa reclamando.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed