La BRUJA Se Lo Llevó Al MONTE Podcast Paranormal - REDE
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0:03 TenÃa quince años cuando pasó. Ya ando en los ochenta y tres, pero no se me olvida. Era un domingo por la tarde y salÃa al monte con Rufino y Mateo, los dos de mi edad. Solo querÃamos jugar, caminar un rato. En esos tiempos no tenÃamos otra cosa que hacer más que andar de un lado a otro entre los matorrales. HabÃamos caminado un buen tramo. Ãbamos entre arbustos y ramas secas, cerca de una zona de barrancos poco profundos. Por ahÃ, a veces, veÃamos tejones, conejos grandes y aves que se paraban en las piedras a picar lagartijas. Era un monte conocido, no muy lejos del pueblo, pero con muchos huecos y veredas que nadie usaba. ya Ãbamos de regreso cuando escuchamos la voz vino desde abajo desde un barranco largo delgado pero bastante hondo era monte cerrado no se veÃa el fondo la voz sonaba como un quejido de mujer repetido débil no era grito parecÃa más bien que hablaba bajito como si ya no le alcanzara el aire los tres nos detuvimos nos miramos sin decir nada yo pensé que era alguien que se habÃa caÃdo Tal vez una señora que fue a buscar leña o una muchacha. Rufino dijo lo mismo. Mateo solo se quedó viendo hacia el borde.
1:24 Ninguno lo pensó mucho. Nos acercamos a la orilla con cuidado. El suelo era resquebrajado, con piedras sueltas y ramas secas que crujÃan al pisarlas. Nos asomamos. No vimos nada. Solo monte, piedras grandes y hojas secas. Pero la voz ahà estaba. SalÃa desde el fondo, desde la parte más oscura. Se escuchaba y luego se callaba, como si quien fuera que hablara se cansara y luego volviera a intentarlo. Mateo fue el primero que bajó. Se agarró de una rama torcida que salÃa entre las piedras y empezó a descender. Rufino lo siguió. Yo fui el último. Me agarré de lo que pude, bajando con cuidado. Algunas raÃces servÃan para no resbalarse, pero, aun asÃ, caÃan piedritas sueltas que rebotaban entre los troncos.
2:17 La voz dejó de escucharse cuando Ãbamos a la mitad. Al llegar abajo, lo primero que sentà fue humedad. No habÃa agua, pero el ambiente era más cerrado. Nos paramos juntos mirando alrededor. No habÃa señales de nadie. Ni ropa, ni huellas, ni ramas quebradas como cuando alguien pasa. Todo estaba en silencio. Solo se oÃan insectos escondidos entre los matorrales. Lo único que vimos fue una figura en el suelo, hecha con piedras planas como las que se sacan del arroyo. Estaban acomodadas en espiral. No era un dibujo perfecto, pero se notaba que alguien las habÃa puesto asà a propósito.
2:59 Al centro habÃa un cÃrculo más oscuro, con ceniza. No estaba caliente, pero olÃa raro, como cuando se quema cuero o trapo sucio. Nos quedamos parados viendo eso, sin decir nada. A mà me dio una incomodidad fuerte. No miedo, pero sà algo raro en la espalda. Mateo se adelantó y pateó una de las piedras. Rufino le dijo que no hiciera eso, que mejor nos regresáramos, que ahà no habÃa nadie.¿ Qué habÃamos bajado para nada? Yo no dije nada. Solo lo escuchaba. Algo no me cuadraba. No entendÃa cómo una voz asà podÃa salir de ahà abajo si no habÃa nadie.
3:40 Y menos que se callara justo cuando bajamos. Solo nos quedamos viendo esa figura de piedras por un buen rato. Era una espiral bien formada, plana, con ceniza negra en el centro. Mateo le dio una patada a una de las piedras de la orilla y Rufino dijo que ya nos regresáramos, que ahà no habÃa nada, que nomás habÃamos bajado diokis. Yo iba a responderle algo cuando lo vi dar un paso para atrás. Se quedó quieto, mirando hacia un grupo de piedras grandes que estaban a un lado de la espiral. Alcanzó a decir que miráramos, pero fue un grito cortado, con la voz apretada. Volteé rápido. Al principio no entendà lo que estaba viendo, pero luego la distinguÃ.
4:25 Era una culebra enorme, saliendo lenta desde entre las piedras. La cabeza era triangular y la lengua se le asomaba cada que levantaba el hocico. El cuerpo era grueso y no se le veÃa el final. Solo iba saliendo, arrastrándose en silencio, como si no pesara nada. No esperé a que dijera nada. Yo fui el primero en correr. Subà por donde habÃamos bajado, agarrándome de lo que encontrara. Rufino y Mateo venÃan atrás. Nos empujábamos sin querer. Cada quien trataba de salir primero. La tierra se nos soltaba de las manos. Las ramas se nos quebraban, pero no paramos. Subimos como pudimos. Yo me rasguñé los brazos, pero no me detuve. Nadie volteó. Ninguno querÃa ver si la culebra nos seguÃa. Cuando salimos del barranco, seguimos corriendo sin decir nada.
5:17 No agarramos la vereda. Cortamos camino por el monte, entre matorrales y piedras. Yo sentÃa los pies pesados y la respiración caliente, pero no podÃa parar. Solo querÃa alejarme de ahÃ. Mateo nos guió directo a la casa de su papá. Era la más cercana. Llegamos sin hablar con las camisetas rasgadas y llenos de tierra. Entramos sin tocar. Nos metimos a la parte de atrás donde tenÃan unos costales vacÃos y una mesa vieja. Rufino se dejó caer en el suelo, jadeando. Mateo cerró la puerta con seguro. Yo me quedé de pie, temblando. Me dolÃan los brazos por los raspones. SentÃa como si me hubieran jalado los músculos del cuello. El corazón me golpeaba el pecho como si todavÃa estuviéramos corriendo. El papá de Mateo llegó al poco rato, preguntó qué traÃamos, por qué venÃamos asÃ, nos vio y se le puso seria la cara, nos sentó, trajo agua y nos la dio en un vaso viejo, pero no dijimos mucho. solo alcanzamos a decir que habÃamos visto una culebra muy grande que estábamos en el monte en un barranco y que salió de entre las piedras no contamos lo de la espiral ni lo de la voz no sé por qué en ese momento eso ya no era lo importante Mateo no paraba de mirar hacia la puerta. Se asomaba por la rendija de una ventana chiquita. DecÃa que no sabÃa si la culebra se habÃa salido del barranco, que a lo
6:48 mejor sà lo seguÃa. Rufino no decÃa nada. Solo tomaba agua a tragos cortos. TenÃa las piernas todas llenas de tierra y hojas secas. ParecÃa que no querÃa levantar la mirada. Yo trataba de tranquilizarme, pero no podÃa dejar de pensar en cómo se movÃa esa cosa, tan despacio, tan largo. Nunca habÃa visto una culebra asÃ, ni en fotos, ni en los montes por donde a veces caminábamos, y que saliera justo donde estaba esa figura de piedras. Eso me daba vueltas en la cabeza. Nos quedamos ahà un buen rato. El papá de Mateo nos dijo que nos calmáramos, que a lo mejor no era tan grande como la recordábamos, que a veces el susto hace ver las cosas peor.
7:34 Nos preguntó otra vez si no era una vÃbora normal. Le dijimos que no, que era muy grande, que la cabeza era como de vÃbora de cascabel, pero que no sonaba. Mateo dijo que se movÃa como si supiera que estábamos ahÃ, que salió despacito, como si quisiera asomarse nomás. Rufino solo asentÃa con la cabeza. No dijimos nada sobre la voz, ni siquiera lo comentamos entre nosotros. Era como si se nos hubiera olvidado en cuanto salimos del barranco. Solo hablamos de la culebra, de lo larga que era, y de la figura de piedras. Lo demás ni lo mencionamos. Después de descansar un rato en casa del papá de Mateo, cada quien se fue por su lado. Nos despedimos rápido.
8:21 No hacÃa falta decir mucho. TodavÃa tenÃamos la imagen de la culebra en la cabeza. Yo vivÃa más lejos, pero preferà irme solo. No tenÃa ganas de seguir hablando. Caminé sin mirar los lados, sin detenerme. Cuando llegué, pasé directo al baño. Me tallé la tierra de los brazos, el polvo del cuello y me acosté sin cenar. SentÃa el cuerpo como si me lo hubieran exprimido. Me dolÃan los músculos de tanto correr y escalar. Apagué la luz y traté de dormir. Me daba vueltas en la cabeza la espiraleza, la ceniza, y cómo salió la culebra justo al lado. No entendÃa nada. Cuando por fin me quedé dormido, empecé a soñar. Soñé que estaba otra vez en el barranco, pero era más hondo, como si nunca tuviera fin. La tierra ya no era clara ni seca. Era negra, pesada, como si estuviera hecha de lodo. Yo estaba parado frente a la espiral, pero no me podÃa mover. SentÃa el cuerpo clavado al suelo. No podÃa hablar ni girar la cabeza.
9:25 Desde el centro de la figura empezó a salir la culebra. Era más grande, más ancha. La piel se le veÃa cuarteada, como seca, levantada en partes. Iba rodeándome, despacio, sin tocarme. Se deslizaba muy cerca, levantando tierra con el cuerpo. Yo seguÃa sin poder moverme, ni gritar, ni cerrar los ojos. Solo la veÃa pasar. No sé en qué momento desperté. Lo único que recuerdo es que estaba todo sudado, la camisa empapada, el cuello mojado. Me senté en la cama, tomé agua y traté de tranquilizarme. No quise pensar mucho en lo que habÃa soñado. Me dije que era por el susto que se me iba a pasar, pero no pude volver a dormir. Al dÃa siguiente me sentÃa raro, cansado, con los ojos pesados. Me fui a la escuela como si nada, pero no tenÃa ganas de hablar con nadie.
10:20 Pensé en contarles a los otros, pero no sabÃa cómo empezar. Fue Mateo el que se acercó primero. Me preguntó si habÃa dormido bien. Le dije que no. Me preguntó si habÃa soñado algo. Le dije que sÃ. Entonces él me contó lo suyo. Dijo que también soñó con la espiral, pero no estaba hecha de piedras, eran huesos. Estaba en el patio de su casa, justo en medio. Al centro habÃa una mano enterrada. los dedos se movÃan como si intentaran salir dijo que se quedó parado viéndola sin moverse y que cuando la mano empezó a escarbar hacia afuera despertó con el corazón acelerado yo me quedé callado me dijo que no sabÃa si contarlo que pensó que era solo por el susto Le dije que yo también soñé con la espiral y con la culebra, que en mi sueño era más grande y me rodeaba sin tocarme. Nos quedamos viendo sin decir nada más. Hasta que llegó Rufino.
11:20 No lo habÃamos visto en toda la mañana. Se sentó con nosotros en la hora del descanso con cara de desvelado. Le contamos lo que habÃamos soñado. Lo escuchó sin interrumpir. Luego se quedó viendo hacia el suelo y dijo que él también habÃa soñado. Dijo que estaba solo en un monte, pero no habÃa árboles. Todo era plano, como tierra quemada. Enfrente tenÃa a una mujer, pero no tenÃa piel. Se le veÃan todos los músculos marcados, los ojos como saltones y la boca sin labios, solo carne viva. La mujer caminaba hacia él. Dijo que no se podÃa mover, que solo la veÃa venir y que ella no decÃa nada. Solo respiraba fuerte, con un sonido largo, como si estuviera cansada.
12:05 Cuando llegó frente a él, se agachó como para olerle el pecho. Y en ese momento, él sintió un dolor muy fuerte en el mismo lugar, dentro del sueño. Fue eso lo que lo despertó. Yo sentà frÃo al escuchar eso. Mateo se quedó serio. Los tres entendimos que no era normal. No era coincidencia que hubiéramos soñado cosas parecidas, la misma noche, y justo después de haber bajado al barranco. Ninguno intentó darle explicación. No dijimos que era una pesadilla ni que se nos iba a pasar. Solo nos quedamos callados, porque los tres sabÃamos que eso no era casualidad, que lo que vimos ese dÃa habÃa dejado algo más que susto.
12:49 Y aunque no dijimos nada en voz alta, por dentro sabÃamos que ese asunto no se iba a quedar solo en un sueño. Después de esos sueños, Rufino ya no fue el mismo. No lo decÃa, pero se le notaba. Caminaba más despacio, hablaba menos, y cuando estábamos todos en silencio, él parecÃa más distraÃdo que los demás. Como si siempre estuviera pensando en otra cosa. Yo lo miraba en los recreos, en el salón, en el camino a la escuela... Siempre se quedaba atrás o se iba por otro lado. Cuando le hablaban, respondÃa bajito. A veces ni contestaba. Mateo le preguntó una vez si habÃa vuelto a soñar con la mujer.
13:29 Rufino negó con la cabeza, pero no dijo ni una palabra. TenÃa las ojeras bien marcadas. No como cuando alguien duerme poco, sino como si el cuerpo se le estuviera cansando por dentro. Un jueves, al salir de clases, lo vi que se iba solo por la vereda del monte. No era el camino a su casa. No traÃa mochila ni se despidió de nadie. Caminaba con paso parejo, sin apurarse. Yo le grité su nombre desde la esquina, pero no volteó, ni se detuvo. Solo siguió caminando, metiéndose entre los árboles. Quise seguirlo, pero ya era tarde. Mi papá me habÃa mandado a traer un encargo, y si llegaba tarde me iba a tocar regaño, asà que me fui a la casa. Todo el camino estuve pensando en Rufino. Se me hizo raro que no llevara mochila, ni libros, ni nada, y más raro que no me respondiera. Esa tarde me sentà muy cansado, no como cuando uno juega mucho, ni como cuando no duerme.
14:30 Era un cansancio raro, como si la espalda pesara más de lo normal. Me acosté un rato y no pude descansar bien. Mi papá me dijo que seguro me estaba desvelando o que ya no querÃa trabajar, pero no era eso. SentÃa como si algo me estuviera jalando hacia abajo desde la espalda. Ni acostado se me quitaba. Esa noche no supe nada hasta la mañana siguiente. Apenas llegué a la escuela, vi a Mateo con cara de preocupación. Me dijo que Rufino no habÃa dormido en su casa, que su mamá pensó que se habÃa ido con un tÃo, pero cuando fueron a preguntar nadie lo habÃa visto. Empezaron a preguntar por todo el pueblo, fueron a los vecinos, a los amigos, a los primos, nadie sabÃa nada. Cuando lo escuché me dio un escalofrÃo, le conté a Mateo lo que vi el dÃa anterior. Le dije que Rufino se fue por la vereda del monte sin mochila y que no respondió cuando lo llamé. Sus papás se dieron cuenta de que no llegaba a su casa y no lo miraban por ningún lado. Esa misma tarde comenzaron a buscarlo. Primero los familiares, luego se les unieron vecinos. Varios hombres del ejido también se ofrecieron. Yo acompañé a mi papá y a Mateo.
15:49 Caminamos por todas las veredas cercanas. Gritamos su nombre. Revisamos las orillas de los caminos, los barrancos bajos, los árboles grandes. Volvimos a pasar por donde jugábamos antes. Por los matorrales donde alguna vez se nos fueron las pelotas. Por los árboles que tenÃan columpios viejos. Pero no habÃa rastro de Rufino. Nadie lo habÃa visto. Nadie lo habÃa escuchado. Era como si se lo hubiera tragado el monte. Cuando cayó la noche, regresamos a casa. Nadie querÃa decirlo en voz alta, pero todos sabÃan que algo estaba mal, que no era una travesura ni un berrinche. Rufino no era de esos. Me quedé pensando en su cara la última vez que lo vi.
16:34 Iba derecho, sin mirar los lados, como si supiera a dónde iba, como si lo estuvieran llamando. Mi mamá me llevó a la cocina a tomar café. Me preguntó qué habÃa pasado con Rufino. Le conté todo lo que habÃamos callado. Los sueños, la espiral, la ceniza, la culebra, todo. También le dije que desde ese dÃa Rufino se habÃa puesto raro, que caminaba como asustado, que ya no hablaba igual y que antes de desaparecer se fue directo al monte. Mi mamá no dijo nada, solo me vio con los ojos bien abiertos. Me preguntó si no habÃamos dicho nada a los papás de él. Le dije que no, porque no sabÃamos si era importante. Ella me dijo que eso no se guarda, porque a veces lo que uno calla es justo lo que se necesita decir para evitar que las cosas se empeoren. Al dÃa siguiente fuimos otra vez a buscar.
17:31 Yo les dije a sus papás que lo habÃa visto meterse a la vereda del monte un dÃa antes, que iba solo y sin mochila. Se me quedaron viendo con una preocupación que no sé explicar. Me preguntaron si lo seguÃ, si vi a dónde iba. Les dije que no, que solo lo vi caminar derecho, como si ya supiera por dónde. Me agradecieron y empezaron a llamar a los vecinos. Rápido se juntaron varios, familiares, amigos, unos compañeros del ejido. Todos conocÃan a Rufino. Era un pueblo chico, no hacÃa falta que se dieran muchas vueltas. El papá de Mateo también fue. Lo seguÃan dos hombres más con lámparas de pilas grandes.
18:13 Se armó una búsqueda que se fue haciendo más seria con cada minuto. Yo fui con mi papá y con Mateo. Subimos al monte gritando su nombre, caminando por las veredas, bajando por los pasos donde antes habÃa milpas y que ahora estaban llenos de matorrales y ramas secas. Algunos llevaban machetes, otros palos largos por si habÃa que apartar arbustos. No habÃa viento. El monte estaba callado. Revisamos por entre los árboles más grandes, los que tienen raÃces que se levantan y que a veces sirven de sombra para los animales. Nada. Pasamos por los barrancos bajos, por los arroyos secos. No habÃa señales de que alguien hubiera pasado por ahÃ. Ni huellas, ni basura, ni ramas pisadas. Nada que dijera que Rufino habÃa estado ahÃ. Seguimos avanzando hasta que empezó a oscurecer.
19:07 Algunos hombres encendieron las lámparas. La luz apenas alcanzaba unos metros. Todos se empezaban a cansar. Unos dijeron que tal vez ya se habÃa regresado solo, que no habÃa que pensar lo peor, pero nadie se lo creÃa. Rufino no se iba asÃ, sin decir nada, sin llevar nada, menos sin avisar a su mamá. Cuando cayó la noche, ya no se podÃa seguir. Los hombres decidieron regresar y continuar al dÃa siguiente. Nadie lo dijo en voz alta, pero se les notaba en la cara que ya estaban pensando que algo malo habÃa pasado, que ya no se trataba solo de buscar a un muchacho perdido. Esa noche, en la casa, mi papá se sentó en la mesa y me dijo que, si sabÃa algo más, se lo tenÃa que contar, que no era momento de guardar secretos. Mateo estaba ahà también, con su papá. Nos miramos los dos. Les contamos lo que no habÃamos dicho antes, que habÃamos escuchado una voz de mujer en el monte que parecÃa pedir ayuda, y que bajamos a buscar de dónde venÃa, que no vimos a nadie, pero encontramos una figura hecha con piedras en espiral, sobre tierra limpia, y que en el centro habÃa ceniza.
20:24 les dijimos que Mateo pateó una de las piedras que luego vimos una culebra muy grande saliendo entre unas rocas y que salimos corriendo también les contamos lo de los sueños que los tres soñamos cosas raras esa noche que Mateo soñó con una espiral hecha de huesos en su propio patio y que en el centro salÃa una mano que yo soñé que la culebra me rodeaba más grande que antes con la piel partida y que no podÃa moverme y que Rufino soñó con una mujer sin piel que se le acercaba y respiraba fuerte y que sentÃa un dolor en el pecho en el mismo sueño les dijimos que desde esa noche Rufino empezó a cambiar que ya no hablaba igual que no dormÃa bien que se veÃa asustado que no sabÃamos si era por miedo o por algo más pero que no era normal Cuando terminamos de hablar, los dos papás se quedaron callados un buen rato.
21:22 Mi papá se paró y sacó su machete. Dijo que, al dÃa siguiente, Ãbamos a regresar al lugar donde estaba esa espiral. Que si Rufino habÃa ido allá, entonces tenÃamos que buscarlo en ese sitio también. que era mejor revisar por más raro que fuera, antes de quedarse con la duda. Esa noche, mientras me acostaba, no podÃa dejar de pensar en la cara de Rufino la última vez que lo vi, callado, ojeroso, caminando derecho por la vereda, como si algo lo hubiera estado esperando, y aunque traté de no hacerlo, volvà a soñar con el barranco, Esta vez no vi a nadie, solo estaba la espiral, pero las piedras ya no eran planas, eran como pedazos de algo más. No supe si eran huesos o madera quemada. No me acerqué, me desperté sudando antes de ver qué habÃa en el centro. Me levanté sin hablar, ya querÃa que amaneciera, querÃa que fuéramos de una vez al monte, a ese lugar que, desde el primer dÃa, sentimos que no estaba bien. Al dÃa siguiente por la mañana, mi papá y el de Mateo aceptaron llevarnos al lugar donde habÃamos visto la espiral. Dijeron que, si creÃamos que Rufino podÃa estar ahÃ, era mejor revisarlo de una vez. Salimos temprano, con machetes, agua y unas lámparas.
22:42 Se nos unieron otros tres hombres. Algunos se quedaron arriba del barranco, vigilando por si encontraban algo desde el monte. Nosotros cuatro bajamos por la misma vereda que habÃamos usado ese domingo cuando escuchamos la voz. Mateo iba delante de mÃ, y detrás venÃan mi papá y el papá de Rufino. Bajamos con cuidado, agarrándonos de las raÃces y de unas ramas secas. Yo me acordaba bien por dónde era. Cuando llegamos al fondo, todo estaba igual. Las piedras seguÃan acomodadas en forma de espiral. La que Mateo pateó todavÃa estaba fuera de su lugar. más cerca de unas piedras grandes. La tierra limpia en medio seguÃa ahÃ. También quedaban restos de ceniza, llamas dispersos, como si el viento las hubiera esparcido un poco. Pero todavÃa se notaba el centro. No habÃa animales, ni huellas, ni ramas pisadas. Caminamos con cuidado, buscando entre las piedras más grandes en los arbustos y también en una zanja que corrÃa al lado del espiral.
23:46 No era profunda, pero cabÃa una persona agachada. Revisamos con palos, apartamos ramas, escarbamos en la tierra más suelta. No habÃa nada, ninguna señal de que Rufino hubiera estado ahÃ. El papá de Rufino no decÃa mucho, solo miraba alrededor, con los ojos apretados y el machete en la mano. Se acercó al espiral, lo rodeó una vez y luego se quedó viendo la ceniza. No la tocó, solo dijo que eso no era cosa buena, que a veces en esos montes pasaban cosas que no eran de este mundo. Cuando subimos de nuevo, los que se habÃan quedado arriba nos preguntaron si encontramos algo. Dijimos que no. Uno de los hombres se persignó. Dijo que él ya no iba a regresar al monte por unos dÃas, que habÃa sentido algo raro desde que se acercó a esa vereda. Esa misma noche comenzaron los rumores. En el pueblo la gente decÃa que a Rufino se lo habÃa llevado una bruja, que la espiral era para llamarla, o que la mujer del sueño era la misma bruja y que ya lo traÃa marcado desde antes. Otros decÃan que alguien habÃa hecho trato con el cerro y que Rufino habÃa sido el precio. que cuando alguien desaparece asà sin dejar ni una prenda ni un ruido es porque ya estaba elegido la familia de Rufino no se rindió buscaron durante semanas subieron a los montes más lejanos preguntaron en los pueblos cercanos se unieron
25:16 otros ejidatarios trajeron perros una vez pero no siguieron ningún rastro No se encontró ni una gorra, ni una huella, ni una señal de ropa. Nada. Con el tiempo, dejaron de buscar. Fue como si todos supieran que ya no lo iban a encontrar, pero nadie lo decÃa en voz alta. En la escuela, su banco se quedó vacÃo unos dÃas. Su familia siguió viviendo ahÃ, pero cada vez se les veÃa menos. La mamá de Rufino se enfermó del estómago, dicen que se le hizo un nudo del que no se pudo aliviar por meses. El papá dejó de hablar con algunos vecinos, decÃa que no todos ayudaron como prometieron.
25:58 Mateo y yo dejamos de hablar del tema. No porque no nos importara, sino porque no sabÃamos qué más decir. Los dos sabÃamos que todo habÃa empezado ese dÃa. Que no fue casualidad que escucháramos esa voz. Que no fue casualidad que encontráramos la espiral. Y que tampoco fue casualidad que los tres soñáramos cosas distintas, pero igual de raras, esa misma noche. De Rufino no se volvió a saber nada.
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