Oct. 24, 2025

La Bruja Del Mercado De Ciudad Obregón - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:04 Soy de Ciudad Obregón, Sonora. En mi familia nunca se habló de brujas ni de santos. Y cuando alguien mencionaba cosas de trabajos o hechizos, mi padre se burlaba. Decía que la única mala suerte era no trabajar. Crecí con esa forma de pensar y así seguí hasta los 20 años. Nunca me interesó la religión, ni las limpias, ni los rezos. La verdad, pensaba que todo eso era para gente débil. Después de una pelea fuerte con mi padre, decidí salirme de la casa. No fue una discusión cualquiera, fue el tipo de pleito que deja claro que no hay regreso. Al día siguiente metí mi ropa en una bolsa de plástico y me fui sin avisar. Renté un cuarto en la colonia Plano Oriente, en una casa vieja donde vivían otros tres muchachos. No era un lugar cómodo, pero estaba cerca del mercado municipal, y ahí fue donde conseguí trabajo en una pescadería. El dueño se llamaba Don Lino, me contrató para filetear pescado y atender el mostrador. El olor a mariscos era fuerte y a veces terminaba con las manos cortadas por las espinas, pero pagaban bien y me daban de comer. El mercado tenía vida propia, mujeres que regateaban, carniceros gritando precios, música de banda en las bocinas y ese calor que se mete en los huesos desde temprano.

1:31 a las pocas semanas ya conocía a la mayoría de los clientes había amas de casa taqueros y empleados de restaurantes entre ellos llegó una mujer nueva que no encajaba con el resto la vi por primera vez un martes llevaba el cabello suelto muy largo casi hasta la cintura No parecía del mercado, traía un vestido verde y una cadena gruesa al cuello. Preguntó por mojarra fresca y me habló con una calma, que desentonaba entre tanto ruido. Cuando la atendí, noté que sus ojos tenían un brillo raro. No era reflejo de luz, era como si no parpadeara. Me dijo que su nombre era Dalia, que tenía un puesto de hierbas y amuletos al otro extremo del pasillo, donde antes vendían flores secas. Le preparé el pedido y cuando se fue, dejó en el mostrador un dulce envuelto en papel dorado. Pensé que se le había caído, pero al volver me dijo que era para mí. Desde entonces venía cada semana. Siempre encontraba algo que comprar, aunque fuera poco.

2:38 a veces traía detalles una manzana una galleta o un papelito doblado con una frase escrita con tinta roja decía cosas como nada es casualidad o hay ojos que miran más de lo que ves no le di importancia pues pensé que era su manera de coquetear con el tiempo empezamos a hablar más era simpática pero tenía una forma de observar que incomodaba Decía que podía saber cuando alguien estaba mintiendo. En una ocasión, mientras limpiaba la vitrina, comentó que la gente del mercado estaba llena de envidia y que por eso los negocios no prosperaban. Dijo que ella sabía cerrar caminos y limpiar malas vibras. Me reí y le contesté que lo único que limpiaba bien era el cloro.

3:29 Ella sonrió como si no le importara que me burlara. Una tarde de viernes se quedó más tiempo del habitual. Esperó a que don Lino saliera a comer y me ofreció leerme las cartas. Le dije que no creía en eso, pero insistió con tanta seguridad que terminé aceptando. Me citó al día siguiente en su puesto después de cerrar el mercado. Cuando llegué me sorprendió el olor a copal. Tenía una mesa pequeña cubierta con tela negra, tres velas encendidas y una baraja vieja. me pidió que no tocara nada y que me sentara frente a ella mientras mezclaba las cartas me preguntó mi nombre completo y mi fecha de nacimiento lo dijo en voz baja como repitiéndolo para sí luego empezó a colocar las cartas una a una la primera tenía la imagen de una torre me dijo que mi casa se había caído por dentro que había algo roto entre mi sangre y la de mis padres la segunda mostraba un perro negro Y sin que yo le dijera nada, mencionó que en mis sueños aparecía un perro con los ojos blancos. De verdad me quedé helado, pues nunca había contado eso a nadie. Dalia siguió hablando sin detenerse. Me dijo que mi madre estaba enferma del corazón, que yo cargaba con su angustia y que alguien cercano me deseaba el mal. No supe qué responder. Quise pensar que era casualidad, pero cada palabra me hundía más. cuando terminó dijo que

5:03 podía protegerme pero que para hacerlo necesitaba algo mío una prenda o una foto donde saliera solo le contesté que no creía en esas cosas y que no iba a darle nada Ella no se molestó, solo me dijo que el tiempo le daría la razón. Me fui confundido, y esa noche soñé con el perro negro otra vez, pero esta vez tenía una cadena verde al cuello, igual que la que Dalia usaba. Durante la semana evité pasar por su puesto, no quería darle la satisfacción de pensar que me había asustado, pero el sábado, sin saber por qué, sentí la necesidad de ir a verla. Llevaba puesta una pulsera vieja de cuero que me había regalado mi madre cuando cumplí 15 años. Cuando Dalia me vio, sonrió como si supiera que iba a aparecer. Hablamos unos minutos, nada importante.

5:58 Le dije que andaba de paso, que solo quería saludar. Ella miró mi muñeca y me dijo que esa pulsera era muy cargada, que debía dejarla descansar un tiempo para que no me trajera problemas. Sin pensarlo, me la quité y se la di. Me agradeció con una mirada que no olvidaré. Esa noche me costó dormir. Tenía la sensación de que alguien me miraba desde la ventana. Cada ruido del cuarto me hacía abrir los ojos, pero al amanecer noté que la cama estaba húmeda de sudor y que el aire olía a copal. No entendía por qué, pero sentía que Dalia sabía más de mí que yo mismo.

6:42 Pasaron dos semanas desde la última vez que hablé con Dalia. Al principio pensé que se había aburrido de mí o que había encontrado a otro a quien contarle sus cosas. Me concentré en el trabajo pero pronto empecé a notar que algo no andaba bien. Me sentía cansado desde que amanecía, como si no hubiera dormido nada. Comía poco, tenía mareos y un zumbido en los oídos que me seguía todo el día. Pensé que era por el calor, por tanto hielo y humedad en la pescadería. Trabajar ahí era pesado, y en el verano el olor a pescado mezclado con el vapor del agua se pegaba al cuerpo como si uno estuviera enfermo. Una noche empecé a tener más pesadillas.

7:26 Soñaba con el mismo perro negro, el de mis sueños viejos, pero ahora lo veía más cerca. con la lengua afuera y la cadena verde colgando del cuello. Despertaba empapado de sudor. Tomé café para aguantar el día, pero cada jornada se me hacía más larga. Me temblaban las manos cuando fileteaba y perdía el equilibrio con facilidad. Mis compañeros del mercado empezaron a notarlo. Toño, que vendía almejas en el puesto de al lado, me dijo bromeando que parecía mal trabajado. Reí para disimular, pero en el fondo me incomodó. Esa frase se quedó dando vueltas en mi cabeza todo el día. Un domingo amanecí con dolor en los huesos, no quise levantarme, y dormía en un catre junto a una ventana sin cortinas.

8:14 Cuando por fin me incorporé, vi algo bajo la cama. Era un papel doblado en cuatro. Lo saqué y noté que tenía mi nombre completo, escrito con tinta negra y una cruz hecha con tierra pegada encima. Me quedé helado, pues en esa casa nadie entraba. La dueña vivía en la parte de enfrente y los demás inquilinos dormían en cuartos separados y nadie tenía llave del mío. Tiré el papel al bote de basura, pero pasé el resto del día con el estómago revuelto. Desde esa mañana todo se vino abajo. La herramienta que usaba para filetear se me resbaló y me cortó el pie. Don Lino tuvo que llevarme al consultorio del mercado. Dos días después la báscula se rompió justo cuando iba a pesar un pedido grande.

9:03 Me descontaron el costo del arreglo y casi me corren. El siguiente fin de semana el refrigerador donde guardábamos la mercancía se descompuso. Se echó a perder todo lo que había adentro. Don Lino juraba que yo había dejado la puerta abierta. Ya no podía justificar tanta mala suerte. Una tarde, mientras me sentaba a comer en la banqueta, Toño me vio con la cara larga y me dijo que conocía a una señora que curaba males. Vivía rumbo al canal, en una colonia vieja donde las calles eran de tierra. Me dio la dirección anotada en un pedazo de cartón y me recomendó ir aunque sea por curiosidad. No tenía fe, pero ya no soportaba más. Fui una tarde después del trabajo.

9:51 La casa era baja, con paredes pintadas de azul y un portón de fierro oxidado. Toqué y salió una mujer de unos 60 años, delgada, con un rebozo oscuro sobre los hombros. Se presentó como Doña Rosaura. No me preguntó qué tenía, solo me dijo que pasara. adentro olía a hierbas secas y había velas prendidas y frascos de cristal por todos lados me senté en una silla de madera ella preparó un ramo de hierbas y un huevo empezó a pasarme el huevo por todo el cuerpo murmurando palabras que no alcancé a entender sentía el calor de su mano en la nuca y por primera vez en días dejé de temblar cuando terminó rompió el huevo en un vaso con agua el líquido se puso oscuro y salieron burbujas que subían lentas como si hirviera te están consumiendo dijo sin mirarme no es enfermedad es un trabajo hecho con tierra de panteón y algo tuyo No supe qué responder, pero me preguntó si había regalado alguna prenda o si alguien me había pedido algo personal. En ese instante recordé la pulsera que le di a Dalia y sentí un vacío en el estómago. Doña Rosaura me miró con seriedad. Me dio una medalla envuelta en papel y me indicó que esa noche debía poner un vaso con sal y vinagre bajo mi cama. Me advirtió que no hablara con nadie hasta el amanecer, que si el vaso amanecía igual, el

11:21 mal se podía retirar con otra limpia. Pero si se quebraba o la sal se salía, debía regresar de inmediato. Esa noche hice lo que me dijo. Puse el vaso bajo el catre, recé como no lo hacía desde niño y apagué la luz. Me tapé con una sábana, pero el calor era insoportable. Después de la medianoche, empecé a escuchar golpes leves en el techo, como si alguien caminara encima. Pensé que era una rata, pero luego se escucharon pasos lentos en el pasillo. No había nadie más en esa parte de la casa. Me quedé quieto, con el corazón latiéndome en los oídos. Pasé así toda la noche. Cada ruido me hacía contener el aire. A veces sentía un silbido cerca del oído, otras como si alguien soplara sobre mi cara. Me dio miedo moverme y esperé a que amaneciera mirando la sombra de la puerta. cuando por fin entró la primera luz me levanté despacio y revisé el vaso estaba estrellado por completo con la sal desbordada hasta el suelo y el vinagre se había evaporado casi todo y el olor era fuerte como a metal Me temblaron las manos al levantarlo, pues no sabía si tirarlo o guardarlo.

12:39 Así que lo metí en una bolsa y salí de inmediato. Caminé hasta el mercado sin hablar con nadie. Fui directo con Toño y le conté lo que había pasado. Me acompañó a casa de Doña Rosaura. Cuando le mostré el vaso, ella frunció el ceño. Dijo que la persona que me estaba dañando ya sabía que yo buscaba ayuda y que ahora intentaría apurar el trabajo. Me pidió que no tocara a nadie, que no aceptara comida ni bebida de nadie, y que no volviera a pasar por donde estaba el puesto de Dalia. Salí de ahí con la medalla colgada al cuello. El sol me quemaba la cara, pero dentro de mí había un frío que no se iba. Esa noche, mientras trataba de dormir, sentí que el aire del cuarto se hacía espeso y pesado, como si algo invisible me mirara.

13:29 Y por primera vez en mi vida, sentí verdadero miedo. Al día siguiente, fui directo con doña Rosaura. Me explicó que, en esos casos, el mal no se retiraba solo con limpias, porque la persona que lo enviaba hacía sacrificios para mantenerlo activo. Me pidió que, esa misma tarde, consiguiera un corazón de pollo y un pedazo de tela blanca sin dibujos ni costuras. Fui al mercado, pero no pasé por el pasillo donde estaba el puesto de Dalia. Caminé por las orillas con la mirada baja. Compré el corazón en la pollería y la tela en una mercería vieja del centro. A las ocho de la noche regresé a casa de Doña Rosaura.

14:13 Me recibió con el portón entreabierto. En el patio tenía un bracero encendido con carbón y copal. El humo era tan espeso que se pegaba en la ropa. me dijo que esa noche haríamos el rompimiento el último paso para cortar el trabajo colocó tres velas en forma de triángulo vertió alcohol en el bracero y el fuego se levantó como si alguien lo soplara me sentó frente a un espejo cubierto con un trapo gris y me advirtió que no debía abrir los ojos bajo ninguna circunstancia la casa estaba en silencio solo se escuchaba el chisporroteo del fuego y la voz de ella murmurando oraciones antiguas Sentía el olor del copal y el calor del bracero en las piernas.

14:56 De pronto, el aire cambió. Empecé a sentir que el pecho se me apretaba y que me faltaba el aire. Intenté respirar profundo, pero era como si algo me apretara la garganta desde dentro. Doña Rosaura siguió rezando más fuerte. En medio del murmullo, escuché que decía mi nombre, mezclado con otras palabras que no entendí. De pronto, oí una voz distinta. Una voz que no era la de ella, muy cerca de mi oído. Me susurró despacio. Dalia. Sentí un escalofrío en la espalda. Intenté abrir los ojos, pero Doña Rosaura gritó que no lo hiciera, que me quedara quieto.

15:36 El fuego del bracero se levantó con fuerza y escuché cómo el espejo detrás de la tela se resquebrajaba. El sonido fue seco y corto. Doña Rosaura empezó a gritar oraciones mientras arrojaba puñados de sal al fuego. Decía que la otra bruja había entrado, que estaba intentando manifestarse. Yo no veía nada, pero el aire se volvió pesado, como si alguien respirara frente a mí. La señora seguía rezando, su voz se quebraba y el humo llenaba todo el cuarto. la verdad empecé a marearme y sentí que me jalaban hacia atrás como si una cuerda invisible me estirara desde la nuca me dio miedo abrir los ojos pero también miedo no hacerlo doña rosaura gritó una última oración y arrojó algo al bracero hubo un chasquido fuerte y el fuego se apagó de golpe todo quedó en silencio abrí los ojos y el espejo estaba hecho pedazos y doña rosaura estaba recargada en la pared empapada en sudor le temblaban las manos y me dijo con voz ronca que el lazo estaba roto que la bruja ya no podría alcanzarme me advirtió que aunque el daño se hubiera detenido no debía acercarme a ella nunca más ni pasar por el mercado donde trabajaba me aseguró que el lugar quedaría marcado y que si volvía podría quedar expuesto otra vez esa noche me fui a pie hasta mi cuarto caminé

17:10 sin voltear con la medalla colgada al cuello y el corazón latiéndome tan fuerte que me dolía al llegar me acosté sin prender la luz dormí unas pocas horas pero cuando desperté me sentía distinto el cansancio que cargaba desde semanas atrás había desaparecido Tres días después, Toño llegó al cuarto con una noticia. Dalia había muerto, pues su puesto se incendió de madrugada. Dijeron que fue por un corto en un cable, pero los comerciantes contaban otra versión. Aseguraban que el fuego no se extendió a los puestos de al lado y que su cuerpo quedó quemado solo del pecho hacia arriba, como si el fuego la hubiera buscado y se hubiera detenido al saciarse. No supe qué pensar.

17:57 Fui hasta el mercado, pero no me atreví a entrar. Desde la acera opuesta, vi el espacio vacío donde antes estaba su puesto. Había cinta amarilla y restos de madera chamuscada. Nadie quiso hablar del tema. me quedé un rato mirando hasta que sentí que alguien me observaba desde adentro entonces recordé las palabras de doña rosaura y me fui a los pocos días dejé el trabajo en la pescadería busqué empleo en una bodega de abarrotes al otro lado de la ciudad No volví al mercado y las noches se me hicieron tranquilas, pues ya no soñaba con el perro negro, ni sentía que me miraban al dormir. Llevaba siempre la medalla que me dio la curandera envuelta en una bolsa de tela. A veces, cuando me acostaba, sentía un olor a copal que llenaba el cuarto por unos segundos, pero ya no me asustaba, y lo tomaba como un recordatorio de que seguía vivo. Nunca volví a ver a Doña Rosaura, aunque una vez pasé por su colonia y reconocí su casa por el color azul de las paredes. No quise tocar su puerta, pues supe que había cumplido su parte. Ahora, cada vez que alguien dice que las brujas no existen, prefiero quedarme callado. Antes me reía de quienes hablaban de limpias o trabajos, pero ya no. Lo viví en carne propia, y a veces pienso en Dalia, en la mirada fija con la que me observaba desde aquel primer día en el mercado. No sé qué buscaba de mí, pero lo

19:30 que hizo casi me mata. Desde entonces aprendí que hay personas que no necesitan veneno para destruir a otro, y que el mal, cuando se quiere, encuentra forma de respirar. En Sonora el calor seca todo, hasta la fe de la gente, pero hay cosas que ni el sol puede apagar. Lo supe tarde, cuando una bruja me quiso matar, y entendí que en este lugar donde la tierra se agrieta por el sol, también puede florecer la maldad más fría.