La Bruja Del Mercado De Ciudad Obregón - Historias De Terror - REDE
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0:04 Soy de Ciudad Obregón, Sonora. En mi familia nunca se habló de brujas ni de santos. Y cuando alguien mencionaba cosas de trabajos o hechizos, mi padre se burlaba. DecÃa que la única mala suerte era no trabajar. Crecà con esa forma de pensar y asà seguà hasta los 20 años. Nunca me interesó la religión, ni las limpias, ni los rezos. La verdad, pensaba que todo eso era para gente débil. Después de una pelea fuerte con mi padre, decidà salirme de la casa. No fue una discusión cualquiera, fue el tipo de pleito que deja claro que no hay regreso. Al dÃa siguiente metà mi ropa en una bolsa de plástico y me fui sin avisar. Renté un cuarto en la colonia Plano Oriente, en una casa vieja donde vivÃan otros tres muchachos. No era un lugar cómodo, pero estaba cerca del mercado municipal, y ahà fue donde conseguà trabajo en una pescaderÃa. El dueño se llamaba Don Lino, me contrató para filetear pescado y atender el mostrador. El olor a mariscos era fuerte y a veces terminaba con las manos cortadas por las espinas, pero pagaban bien y me daban de comer. El mercado tenÃa vida propia, mujeres que regateaban, carniceros gritando precios, música de banda en las bocinas y ese calor que se mete en los huesos desde temprano.
1:31 a las pocas semanas ya conocÃa a la mayorÃa de los clientes habÃa amas de casa taqueros y empleados de restaurantes entre ellos llegó una mujer nueva que no encajaba con el resto la vi por primera vez un martes llevaba el cabello suelto muy largo casi hasta la cintura No parecÃa del mercado, traÃa un vestido verde y una cadena gruesa al cuello. Preguntó por mojarra fresca y me habló con una calma, que desentonaba entre tanto ruido. Cuando la atendÃ, noté que sus ojos tenÃan un brillo raro. No era reflejo de luz, era como si no parpadeara. Me dijo que su nombre era Dalia, que tenÃa un puesto de hierbas y amuletos al otro extremo del pasillo, donde antes vendÃan flores secas. Le preparé el pedido y cuando se fue, dejó en el mostrador un dulce envuelto en papel dorado. Pensé que se le habÃa caÃdo, pero al volver me dijo que era para mÃ. Desde entonces venÃa cada semana. Siempre encontraba algo que comprar, aunque fuera poco.
2:38 a veces traÃa detalles una manzana una galleta o un papelito doblado con una frase escrita con tinta roja decÃa cosas como nada es casualidad o hay ojos que miran más de lo que ves no le di importancia pues pensé que era su manera de coquetear con el tiempo empezamos a hablar más era simpática pero tenÃa una forma de observar que incomodaba DecÃa que podÃa saber cuando alguien estaba mintiendo. En una ocasión, mientras limpiaba la vitrina, comentó que la gente del mercado estaba llena de envidia y que por eso los negocios no prosperaban. Dijo que ella sabÃa cerrar caminos y limpiar malas vibras. Me reà y le contesté que lo único que limpiaba bien era el cloro.
3:29 Ella sonrió como si no le importara que me burlara. Una tarde de viernes se quedó más tiempo del habitual. Esperó a que don Lino saliera a comer y me ofreció leerme las cartas. Le dije que no creÃa en eso, pero insistió con tanta seguridad que terminé aceptando. Me citó al dÃa siguiente en su puesto después de cerrar el mercado. Cuando llegué me sorprendió el olor a copal. TenÃa una mesa pequeña cubierta con tela negra, tres velas encendidas y una baraja vieja. me pidió que no tocara nada y que me sentara frente a ella mientras mezclaba las cartas me preguntó mi nombre completo y mi fecha de nacimiento lo dijo en voz baja como repitiéndolo para sà luego empezó a colocar las cartas una a una la primera tenÃa la imagen de una torre me dijo que mi casa se habÃa caÃdo por dentro que habÃa algo roto entre mi sangre y la de mis padres la segunda mostraba un perro negro Y sin que yo le dijera nada, mencionó que en mis sueños aparecÃa un perro con los ojos blancos. De verdad me quedé helado, pues nunca habÃa contado eso a nadie. Dalia siguió hablando sin detenerse. Me dijo que mi madre estaba enferma del corazón, que yo cargaba con su angustia y que alguien cercano me deseaba el mal. No supe qué responder. Quise pensar que era casualidad, pero cada palabra me hundÃa más. cuando terminó dijo que
5:03 podÃa protegerme pero que para hacerlo necesitaba algo mÃo una prenda o una foto donde saliera solo le contesté que no creÃa en esas cosas y que no iba a darle nada Ella no se molestó, solo me dijo que el tiempo le darÃa la razón. Me fui confundido, y esa noche soñé con el perro negro otra vez, pero esta vez tenÃa una cadena verde al cuello, igual que la que Dalia usaba. Durante la semana evité pasar por su puesto, no querÃa darle la satisfacción de pensar que me habÃa asustado, pero el sábado, sin saber por qué, sentà la necesidad de ir a verla. Llevaba puesta una pulsera vieja de cuero que me habÃa regalado mi madre cuando cumplà 15 años. Cuando Dalia me vio, sonrió como si supiera que iba a aparecer. Hablamos unos minutos, nada importante.
5:58 Le dije que andaba de paso, que solo querÃa saludar. Ella miró mi muñeca y me dijo que esa pulsera era muy cargada, que debÃa dejarla descansar un tiempo para que no me trajera problemas. Sin pensarlo, me la quité y se la di. Me agradeció con una mirada que no olvidaré. Esa noche me costó dormir. TenÃa la sensación de que alguien me miraba desde la ventana. Cada ruido del cuarto me hacÃa abrir los ojos, pero al amanecer noté que la cama estaba húmeda de sudor y que el aire olÃa a copal. No entendÃa por qué, pero sentÃa que Dalia sabÃa más de mà que yo mismo.
6:42 Pasaron dos semanas desde la última vez que hablé con Dalia. Al principio pensé que se habÃa aburrido de mà o que habÃa encontrado a otro a quien contarle sus cosas. Me concentré en el trabajo pero pronto empecé a notar que algo no andaba bien. Me sentÃa cansado desde que amanecÃa, como si no hubiera dormido nada. ComÃa poco, tenÃa mareos y un zumbido en los oÃdos que me seguÃa todo el dÃa. Pensé que era por el calor, por tanto hielo y humedad en la pescaderÃa. Trabajar ahà era pesado, y en el verano el olor a pescado mezclado con el vapor del agua se pegaba al cuerpo como si uno estuviera enfermo. Una noche empecé a tener más pesadillas.
7:26 Soñaba con el mismo perro negro, el de mis sueños viejos, pero ahora lo veÃa más cerca. con la lengua afuera y la cadena verde colgando del cuello. Despertaba empapado de sudor. Tomé café para aguantar el dÃa, pero cada jornada se me hacÃa más larga. Me temblaban las manos cuando fileteaba y perdÃa el equilibrio con facilidad. Mis compañeros del mercado empezaron a notarlo. Toño, que vendÃa almejas en el puesto de al lado, me dijo bromeando que parecÃa mal trabajado. Reà para disimular, pero en el fondo me incomodó. Esa frase se quedó dando vueltas en mi cabeza todo el dÃa. Un domingo amanecà con dolor en los huesos, no quise levantarme, y dormÃa en un catre junto a una ventana sin cortinas.
8:14 Cuando por fin me incorporé, vi algo bajo la cama. Era un papel doblado en cuatro. Lo saqué y noté que tenÃa mi nombre completo, escrito con tinta negra y una cruz hecha con tierra pegada encima. Me quedé helado, pues en esa casa nadie entraba. La dueña vivÃa en la parte de enfrente y los demás inquilinos dormÃan en cuartos separados y nadie tenÃa llave del mÃo. Tiré el papel al bote de basura, pero pasé el resto del dÃa con el estómago revuelto. Desde esa mañana todo se vino abajo. La herramienta que usaba para filetear se me resbaló y me cortó el pie. Don Lino tuvo que llevarme al consultorio del mercado. Dos dÃas después la báscula se rompió justo cuando iba a pesar un pedido grande.
9:03 Me descontaron el costo del arreglo y casi me corren. El siguiente fin de semana el refrigerador donde guardábamos la mercancÃa se descompuso. Se echó a perder todo lo que habÃa adentro. Don Lino juraba que yo habÃa dejado la puerta abierta. Ya no podÃa justificar tanta mala suerte. Una tarde, mientras me sentaba a comer en la banqueta, Toño me vio con la cara larga y me dijo que conocÃa a una señora que curaba males. VivÃa rumbo al canal, en una colonia vieja donde las calles eran de tierra. Me dio la dirección anotada en un pedazo de cartón y me recomendó ir aunque sea por curiosidad. No tenÃa fe, pero ya no soportaba más. Fui una tarde después del trabajo.
9:51 La casa era baja, con paredes pintadas de azul y un portón de fierro oxidado. Toqué y salió una mujer de unos 60 años, delgada, con un rebozo oscuro sobre los hombros. Se presentó como Doña Rosaura. No me preguntó qué tenÃa, solo me dijo que pasara. adentro olÃa a hierbas secas y habÃa velas prendidas y frascos de cristal por todos lados me senté en una silla de madera ella preparó un ramo de hierbas y un huevo empezó a pasarme el huevo por todo el cuerpo murmurando palabras que no alcancé a entender sentÃa el calor de su mano en la nuca y por primera vez en dÃas dejé de temblar cuando terminó rompió el huevo en un vaso con agua el lÃquido se puso oscuro y salieron burbujas que subÃan lentas como si hirviera te están consumiendo dijo sin mirarme no es enfermedad es un trabajo hecho con tierra de panteón y algo tuyo No supe qué responder, pero me preguntó si habÃa regalado alguna prenda o si alguien me habÃa pedido algo personal. En ese instante recordé la pulsera que le di a Dalia y sentà un vacÃo en el estómago. Doña Rosaura me miró con seriedad. Me dio una medalla envuelta en papel y me indicó que esa noche debÃa poner un vaso con sal y vinagre bajo mi cama. Me advirtió que no hablara con nadie hasta el amanecer, que si el vaso amanecÃa igual, el
11:21 mal se podÃa retirar con otra limpia. Pero si se quebraba o la sal se salÃa, debÃa regresar de inmediato. Esa noche hice lo que me dijo. Puse el vaso bajo el catre, recé como no lo hacÃa desde niño y apagué la luz. Me tapé con una sábana, pero el calor era insoportable. Después de la medianoche, empecé a escuchar golpes leves en el techo, como si alguien caminara encima. Pensé que era una rata, pero luego se escucharon pasos lentos en el pasillo. No habÃa nadie más en esa parte de la casa. Me quedé quieto, con el corazón latiéndome en los oÃdos. Pasé asà toda la noche. Cada ruido me hacÃa contener el aire. A veces sentÃa un silbido cerca del oÃdo, otras como si alguien soplara sobre mi cara. Me dio miedo moverme y esperé a que amaneciera mirando la sombra de la puerta. cuando por fin entró la primera luz me levanté despacio y revisé el vaso estaba estrellado por completo con la sal desbordada hasta el suelo y el vinagre se habÃa evaporado casi todo y el olor era fuerte como a metal Me temblaron las manos al levantarlo, pues no sabÃa si tirarlo o guardarlo.
12:39 Asà que lo metà en una bolsa y salà de inmediato. Caminé hasta el mercado sin hablar con nadie. Fui directo con Toño y le conté lo que habÃa pasado. Me acompañó a casa de Doña Rosaura. Cuando le mostré el vaso, ella frunció el ceño. Dijo que la persona que me estaba dañando ya sabÃa que yo buscaba ayuda y que ahora intentarÃa apurar el trabajo. Me pidió que no tocara a nadie, que no aceptara comida ni bebida de nadie, y que no volviera a pasar por donde estaba el puesto de Dalia. Salà de ahà con la medalla colgada al cuello. El sol me quemaba la cara, pero dentro de mà habÃa un frÃo que no se iba. Esa noche, mientras trataba de dormir, sentà que el aire del cuarto se hacÃa espeso y pesado, como si algo invisible me mirara.
13:29 Y por primera vez en mi vida, sentà verdadero miedo. Al dÃa siguiente, fui directo con doña Rosaura. Me explicó que, en esos casos, el mal no se retiraba solo con limpias, porque la persona que lo enviaba hacÃa sacrificios para mantenerlo activo. Me pidió que, esa misma tarde, consiguiera un corazón de pollo y un pedazo de tela blanca sin dibujos ni costuras. Fui al mercado, pero no pasé por el pasillo donde estaba el puesto de Dalia. Caminé por las orillas con la mirada baja. Compré el corazón en la pollerÃa y la tela en una mercerÃa vieja del centro. A las ocho de la noche regresé a casa de Doña Rosaura.
14:13 Me recibió con el portón entreabierto. En el patio tenÃa un bracero encendido con carbón y copal. El humo era tan espeso que se pegaba en la ropa. me dijo que esa noche harÃamos el rompimiento el último paso para cortar el trabajo colocó tres velas en forma de triángulo vertió alcohol en el bracero y el fuego se levantó como si alguien lo soplara me sentó frente a un espejo cubierto con un trapo gris y me advirtió que no debÃa abrir los ojos bajo ninguna circunstancia la casa estaba en silencio solo se escuchaba el chisporroteo del fuego y la voz de ella murmurando oraciones antiguas SentÃa el olor del copal y el calor del bracero en las piernas.
14:56 De pronto, el aire cambió. Empecé a sentir que el pecho se me apretaba y que me faltaba el aire. Intenté respirar profundo, pero era como si algo me apretara la garganta desde dentro. Doña Rosaura siguió rezando más fuerte. En medio del murmullo, escuché que decÃa mi nombre, mezclado con otras palabras que no entendÃ. De pronto, oà una voz distinta. Una voz que no era la de ella, muy cerca de mi oÃdo. Me susurró despacio. Dalia. Sentà un escalofrÃo en la espalda. Intenté abrir los ojos, pero Doña Rosaura gritó que no lo hiciera, que me quedara quieto.
15:36 El fuego del bracero se levantó con fuerza y escuché cómo el espejo detrás de la tela se resquebrajaba. El sonido fue seco y corto. Doña Rosaura empezó a gritar oraciones mientras arrojaba puñados de sal al fuego. DecÃa que la otra bruja habÃa entrado, que estaba intentando manifestarse. Yo no veÃa nada, pero el aire se volvió pesado, como si alguien respirara frente a mÃ. La señora seguÃa rezando, su voz se quebraba y el humo llenaba todo el cuarto. la verdad empecé a marearme y sentà que me jalaban hacia atrás como si una cuerda invisible me estirara desde la nuca me dio miedo abrir los ojos pero también miedo no hacerlo doña rosaura gritó una última oración y arrojó algo al bracero hubo un chasquido fuerte y el fuego se apagó de golpe todo quedó en silencio abrà los ojos y el espejo estaba hecho pedazos y doña rosaura estaba recargada en la pared empapada en sudor le temblaban las manos y me dijo con voz ronca que el lazo estaba roto que la bruja ya no podrÃa alcanzarme me advirtió que aunque el daño se hubiera detenido no debÃa acercarme a ella nunca más ni pasar por el mercado donde trabajaba me aseguró que el lugar quedarÃa marcado y que si volvÃa podrÃa quedar expuesto otra vez esa noche me fui a pie hasta mi cuarto caminé
17:10 sin voltear con la medalla colgada al cuello y el corazón latiéndome tan fuerte que me dolÃa al llegar me acosté sin prender la luz dormà unas pocas horas pero cuando desperté me sentÃa distinto el cansancio que cargaba desde semanas atrás habÃa desaparecido Tres dÃas después, Toño llegó al cuarto con una noticia. Dalia habÃa muerto, pues su puesto se incendió de madrugada. Dijeron que fue por un corto en un cable, pero los comerciantes contaban otra versión. Aseguraban que el fuego no se extendió a los puestos de al lado y que su cuerpo quedó quemado solo del pecho hacia arriba, como si el fuego la hubiera buscado y se hubiera detenido al saciarse. No supe qué pensar.
17:57 Fui hasta el mercado, pero no me atrevà a entrar. Desde la acera opuesta, vi el espacio vacÃo donde antes estaba su puesto. HabÃa cinta amarilla y restos de madera chamuscada. Nadie quiso hablar del tema. me quedé un rato mirando hasta que sentà que alguien me observaba desde adentro entonces recordé las palabras de doña rosaura y me fui a los pocos dÃas dejé el trabajo en la pescaderÃa busqué empleo en una bodega de abarrotes al otro lado de la ciudad No volvà al mercado y las noches se me hicieron tranquilas, pues ya no soñaba con el perro negro, ni sentÃa que me miraban al dormir. Llevaba siempre la medalla que me dio la curandera envuelta en una bolsa de tela. A veces, cuando me acostaba, sentÃa un olor a copal que llenaba el cuarto por unos segundos, pero ya no me asustaba, y lo tomaba como un recordatorio de que seguÃa vivo. Nunca volvà a ver a Doña Rosaura, aunque una vez pasé por su colonia y reconocà su casa por el color azul de las paredes. No quise tocar su puerta, pues supe que habÃa cumplido su parte. Ahora, cada vez que alguien dice que las brujas no existen, prefiero quedarme callado. Antes me reÃa de quienes hablaban de limpias o trabajos, pero ya no. Lo vivà en carne propia, y a veces pienso en Dalia, en la mirada fija con la que me observaba desde aquel primer dÃa en el mercado. No sé qué buscaba de mÃ, pero lo
19:30 que hizo casi me mata. Desde entonces aprendà que hay personas que no necesitan veneno para destruir a otro, y que el mal, cuando se quiere, encuentra forma de respirar. En Sonora el calor seca todo, hasta la fe de la gente, pero hay cosas que ni el sol puede apagar. Lo supe tarde, cuando una bruja me quiso matar, y entendà que en este lugar donde la tierra se agrieta por el sol, también puede florecer la maldad más frÃa.
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