Aug. 4, 2025

Incendiando La Madriguera De Un NAHUAL Historias De Terror - REDE

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0:02 Después de que lloviznó unas horas, fuimos al llano para revisar las cercas. Encontramos una zanja que no estaba ahí el día anterior. Tenía forma recta, como si alguien la hubiera acabado con herramienta. Medía casi metro y medio de profundidad, con los bordes firmes, sin tierra suelta alrededor. Nos acercamos pensando que sería un canal viejo que se reblandeció con el agua, pero no coincidía con ningún trazo anterior. Iba en línea recta, dividiendo el llano como si alguien hubiera querido partirlo desde adentro. El patrón nos pidió que la tapáramos. Éramos cinco los que trabajábamos ese rancho. Cargamos tierra, piedras, palos secos, todo lo que encontramos. Tardamos más de un día en rellenarla y la nivelamos con cuidado. Encargaron estacas gruesas y pusieron alambre cruzado por encima para evitar que el ganado se acercara. El llano quedó parejo otra vez.

1:00 Al menos así lo dejamos. pasaron tres días sin novedad el viernes por la mañana al caminar cerca del corral viejo vimos que la zanja había vuelto a abrirse no era la misma tenía la misma forma el mismo ancho pero ahora se extendía tres metros más que antes avanzando en dirección al potrero sin uso el alambre estaba cortado en uno de los extremos y las estacas tiradas como si se hubieran jalado desde abajo La tierra removida no estaba. No había montones de lodo ni señales de que algo hubiera salido. Solo la zanja, más larga. Pensamos que tal vez se trataba de un socavón. El capataz dijo que podía ser que, por dentro, la tierra estuviera floja y por eso cedía. Volvimos a taparla. Esa vez reforzamos con madera.

1:51 Hicimos mezcla con cal y apisonamos por capas. Tardamos dos días enteros. Al terminar, todos la mirábamos como si esperáramos que volviera a abrirse. La siguiente semana fue peor. La zanja se extendió otros cinco metros, doblando hacia el sur. Ya no era recta. Parecía que seguía una dirección específica. Cada vez que amanecía, se notaba más larga. Con las orillas limpias, como si algo trabajara por la noche para mantener la pareja. El capataz empezó a molestarse. Dijo que si alguien andaba haciendo eso por las madrugadas, tarde o temprano lo iban a atrapar. Uno de los peones, Gavino, comentó que la noche anterior escuchó ruidos en esa parte del llano. El patrón dijo que ya no le invirtiéramos tiempo, que si la zanja seguía, la acercáramos, pero que no quería más gastos en eso. Desde entonces, dejamos de taparla.

2:48 Solo íbamos a verla cada dos o tres días, más por curiosidad que por orden. Cada vez que regresábamos, había avanzado. Nunca hacia el camino, siempre hacia el potrero que ya nadie usaba desde hacía años. Era como si la zanja evitara la zona de paso y buscara meterse al monte. Una noche me tocó quedarme más tarde. El tractor se quedó sin batería y tuve que esperar a que trajeran otra. Me senté cerca del corral viendo hacia el llano. No había luna, pero se alcanzaban a distinguir las sombras. Recuerdo haber escuchado un golpeteo, como si alguien estuviera palmeando tierra con las manos. No vi movimiento, pero el ruido siguió unos segundos. Al día siguiente, la zanja estaba más larga, con la misma forma pareja. Cada uno de nosotros comenzó a evitar esa zona. Solo pasábamos por el borde, sin cruzarla.

3:43 A media semana, notamos que el alambre estaba otra vez roto. Las puntas estaban retorcidas, como si las hubieran agarrado con manos. Entonces, llegó Tomás, un jornalero que venía de fuera. Lo contrataron para deshiervar y limpiar cerca de la línea. Era callado, trabajador. Nadie le explicó nada de la zanja. Ese lunes le dieron herramienta y lo mandaron al sur del terreno. No volvió para la comida. Pensamos que se habría quedado bajo la sombra o se había ido al arroyo. por la tarde uno de los muchachos lo encontró dentro de la zanja cerca de la curva estaba tendido boca abajo con la espalda doblada de forma rara como si se hubiera caído desde una gran altura pero el borde no era alto Lo más raro fue que tenía mordidas, no parecían de perro ni de coyote, eran marcas grandes con separación entre colmillos como si algo lo hubiera sujetado con la boca por ambos lados. No había sangre alrededor, solo el cuerpo, la tierra lisa y la zanja aún más larga que el día anterior. Después de lo que pasó con Tomás, el patrón quiso mover todo el trabajo hacia el otro extremo del rancho. Dijo que era para no arriesgar a nadie, pero todos sabíamos que tenía miedo. El cuerpo lo sacaron con ayuda de protección civil. Dijeron que la muerte había sido por fractura en la columna. Lo demás, lo que

5:14 tenía en los hombros, no lo explicaron. Se llevaron fotos, tomaron notas, hicieron preguntas que nadie supo contestar. No encontraron huellas ni rastros de pelea, solo tierra apisonada. Dieron el caso como accidente. El capataz mandó reforzar el cerco con más alambre y colocó señalizaciones con cal, como si eso fuera a frenar algo. Al tercer día, la zanja volvió a crecer. Esta vez dio un giro amplio, como bordeando el terreno. El patrón mandó poner una malla ciclónica, pero amaneció arrancada, como si algo hubiera salido por debajo de ella. Dejamos de hablar del tema, pero cada uno lo llevaba encima.

5:58 La tierra empezó a cambiar. Se sentía más suelta, más húmeda, como si la removieran por dentro. A veces se hundía al pisar cerca de los bordes. Las orillas se volvían más rectas, como cortadas con cuchillo. Un jueves por la tarde fui a revisar la cerca del lado sur. El sol ya bajaba y el viento estaba quieto. Desde ahí podía ver gran parte del llano. No quería acercarme a la zanja, pero noté que algo estaba distinto. me acerqué por el costado sin cruzar a unos metros vi un agujero más hondo una parte donde la zanja se abría en forma de embudo dentro había algo semi enterrado era un costal tenía el borde expuesto como si se hubiera atorado al tratar de salir lo jalé con cuidado y estaba lleno de huesos había también piel reseca como de animal con manchas negras y partes endurecidas olía fuerte llamé al capataz lo vio y no dijo nada solo lo metió en una carretilla lo cubrió con una lona y lo llevó a la bodega esa noche no regresamos al llano la zanja creció más rápido en dos días avanzó casi 20 metros rodeó por completo el corral viejo y y llegó hasta una parte donde ya no había nada sembrado.

7:22 Una madrugada me despertó un golpe. Fui al patio y vi que una de las láminas del techo del almacén se había caído. Cuando la recogí, escuché un ruido lejano, como si alguien jalara una cuerda por la tierra. Era algo que se arrastraba. Al amanecer, fui al llano con otro jornalero. Donde antes terminaba la zanja, ahora había una curva que se metía hacia un arroyo seco. La tierra estaba removida. No eran pasos ni marcas de herramientas. Parecía como si algo hubiera empujado desde abajo y luego hubiera vuelto a bajar. El patrón ya no quiso meterse. Dijo que todo lo de ese terreno lo dejáramos sin tocar.

8:04 Mandó trabajar solo en la zona norte. Quitó los animales de ese lado y prohibió acercarse después de las seis. Puso a dos veladores en la caseta principal, pero uno renunció en la primera semana. El otro dormía armado y no hablaba mucho. Decía que todo estaba tranquilo, pero una vez lo vimos con la cara pálida y los ojos rojos de no dormir. Empecé a notar que la tierra alrededor de la zanja tenía olor distinto. No era a humedad ni a estiércol, era un olor más fuerte, como cuando uno abre un animal muerto en el monte. Lo reconocí porque una vez nos tocó levantar un caballo que se pudrió sin que nadie lo notara. Una mañana, al pasar junto al bordo, encontré algo metido entre los arbustos.

8:54 Era un pedazo de tela con sangre seca. Al abrirlo, había una oreja. Parecía humana, pero estaba endurecida, como si la hubieran dejado al aire muchos días. No la llevé con nadie. La tiré al pozo vacío y no dije nada. esa noche tuve un sueño raro sólo veía la zanja desde arriba como si flotara se movía iba creciendo sola avanzando hacia un punto distinto cada día me desperté sudando y al salir al patio el aire estaba más caliente que de costumbre Después de lo del costal con huesos, nadie se acercaba a la zanja sin que se lo ordenaran. Yo pasaba porque me tocaba revisar cercas, pero lo hacía sin detenerme. Sentía los músculos tensos desde el primer paso sobre ese lado del llano. Una tarde, uno de los alambres apareció reventado. Era alambre nuevo, bien tensado. Las estacas estaban quebradas. Tenían marcas de mordida. Los bordes eran anchos y separados, como si una boca grande lo hubiera mascado con fuerza. El capataz pidió que se cambiara el tramo dañado y que se dejara el resto igual. Durante el almuerzo, nadie tocó el tema. Esa noche, mientras cruzaba por el bordo rumbo al canal, sentí calor en los pies. Era un calor que salía desde la tierra. Me detuve y toqué el suelo. Estaba tibio, justo encima de la curva más reciente. No había sol desde hace rato y el

10:26 aire estaba fresco, pero el suelo retenía temperatura como si hubiera algo debajo. Al día siguiente llevé una varilla y la clavé en uno de los bordes. Al sacarla venía húmeda. El sábado el patrón trajo a un ingeniero para revisar si existía alguna corriente subterránea. Caminó por la zona, tomó fotos, metió unas ondas en la tierra y luego se fue. Dijo que era terreno firme Una noche de martes, uno de los veladores nuevos se acercó a platicar mientras tomábamos café frente a la caseta principal. Se llamaba Hilario. Era de un rancho cercano. Lo habían contratado hacía dos semanas porque conocía la zona y no tenía problemas con turnos largos.

11:14 Esa noche traía los ojos muy abiertos, como si no hubiera dormido. Me preguntó si yo había visto algo raro últimamente. Le dije que todos habíamos visto cosas raras, pero que nadie decía nada. Bajó la voz y me contó que una madrugada, mientras daba la vuelta por el perímetro, vio algo salir de la zanja. Era casi la una. Caminaba con la lámpara baja porque le molestaba la luz directa. Desde el bordo alcanzó a ver una parte del surco. Dijo que no escuchó nada, pero vio cómo la tierra se movía. Se detuvo pensando que tal vez era un animal, un tejón o un coyote, pero entonces salió un hombre.

11:56 Lo describió con calma, piel morena, cuerpo delgado pero largo. más alto que cualquiera del rancho. Tenía la espalda arqueada como si le pesara el cuerpo y usaba los brazos para impulsarse sin usar bien las piernas. Salió de la zanja sin hacer ruido, se levantó despacio y luego echó a correr hacia el monte. Hilario se quedó agachado detrás de los matorrales. dijo que le temblaban las manos pero que no se movió pensó que tal vez era un indigente alguien que se había metido al rancho por el canal pero antes de que pudiera irse desde el mismo punto de la zanja salió una serpiente no era gruesa pero si larga dijo que el cuerpo se arrastraba en silencio por la tierra como si supiera por dónde ir el movimiento era recto sin desviarse Iba detrás de donde había corrido el hombre. Hilario no esperó más. Se dio la vuelta y caminó rápido hasta la caseta. No encendió más la lámpara. Dijo que esa noche no volvió a salir.

13:00 Me lo contó sin buscar chisme. Lo hizo serio. Me pidió que, si algún día veía algo parecido, no intentara acercarme. Después de eso, yo también dejé de dar vueltas completas al terreno. La zanja seguía creciendo. Ya no era recta ni uniforme. Ahora tenía bifurcaciones. Se dividía en varias líneas que rodeaban partes vacías del llano, como si buscara encerrar algo que todavía no salía. Una tarde, el patrón ordenó levantar un inventario de los daños. Alguien tenía que contar cuántos metros de cerco se habían reemplazado y cuántas zonas habían sido afectadas. Me tocó acompañar al capataz. Llevamos libreta, cinta y una cámara. Caminamos bordeando el contorno. Algunas estacas estaban enterradas con más profundidad que antes, como si el suelo se las hubiera tragado. Después de lo que contó Hilario, dejé de cruzar el llano completo. Solo lo rodeaba por los caminos de trabajo. Ya no me detenía junto a la zanja, ni siquiera cuando estaba solo. Me fijaba en las orillas desde lejos con la lámpara baja. Algunas veces parecía igual, pero otras la forma cambiaba. Había tramos donde se bifurcaba en línea recta. Un lunes, el patrón pidió que hiciéramos un inventario. Quería saber cuántos metros de cerco habíamos reemplazado y qué zonas habían sido afectadas por la zanja.

14:27 Me tocó acompañar al capataz. Llevábamos libreta, cinta y una cámara vieja que aún servía para sacar fotos claras. Caminamos desde la entrada norte hasta la última curva del llano. Algunas estacas estaban hundidas hasta más de la mitad. No parecían clavadas con fuerza. Era como si el suelo se las hubiera tragado, porque no había golpe de martillo ni señales de empuje. Tomamos fotos. El capataz anotaba en la libreta. Cerca del viejo bebedero notamos que la zanja se había desviado. Era la primera vez que dejaba de seguir el trazo largo. Se metía hacia donde antes pasaban los animales. Ya no había abrevadero, solo el borde seco y unos troncos. Ahí vimos marcas en la tierra, eran largas y paralelas, como si algo se hubiera arrastrado con el cuerpo plano, dejando una doble línea por donde pasó. Lo raro fue que las marcas estaban parejamente separadas, como si la presión viniera desde los costados. No eran huellas de manos o pies, pero tampoco parecía que un animal las hubiera hecho. Era como si alguien hubiera avanzado con las costillas apoyadas. Unos metros más adelante, cerca de un montículo de piedras que antes usaban para tapar fugas, vimos que la tierra estaba removida.

15:49 Las piedras estaban desordenadas, algunas partidas. El capataz se agachó a revisar y me pidió la lámpara. Al enfocar, vimos marcas de manos. Estaban hundidas. No eran manos comunes. Eran largas, delgadas, con cuatro dedos marcados y el pulgar algo separado. La tierra seguía húmeda, como si el peso hubiera sido reciente. No había otras marcas, ni pasos, ni herramientas. Solo esas dos huellas y las piedras abiertas como si las hubieran corrido desde dentro. Esa noche, cuando llegué al cuarto donde dormía, preparé una lámpara vieja que tenía guardada. Le puse una batería nueva y la monté en un tripié de aluminio que usábamos para trabajos de nivelación. Fui al borde del llano y la coloqué apuntando hacia el último tramo de la zanja. Ajusté la altura para que cubriera de lleno la curva más reciente. Encendí la luz y me aseguré de que aguantara el peso. Volví al cuarto sin apagarla.

16:51 Cerré todo y me acosté vestido, con la lámpara de mano al lado. Dormí mal. Poco antes de las tres, escuché un sonido seco, como un golpe contra lámina. Me levanté y salí al patio. El aire estaba frío. Caminé despacio, apuntando hacia donde había dejado la lámpara. No vi el haz de luz. Estaba apagada. Me acerqué hasta el punto donde había montado el tripié. estaba tirado de lado. Las patas estaban dobladas como si algo las hubiera torcido. La lámpara estaba a un metro, con el foco reventado. La batería aún estaba conectada. Recogí todo y lo llevé de regreso.

17:31 Al día siguiente, el capataz me preguntó por qué no había luz. Le dije que el tripié se había caído. Me miró sin decir nada, como si supiera que no era verdad. La zanja no había crecido esa noche, pero había una diferencia. Donde antes la tierra se mantenía lisa, ahora se notaba levantada, como si algo empujara desde abajo. A partir de ahí, decidimos no poner más luz directa. El patrón tampoco lo pidió, dijo que con las fotos bastaba. La siguiente semana, durante una revisión al corral del fondo, Hilario encontró otra marca. Estaba en la base de un tronco seco, una mordida. Los dientes eran separados, anchos, con profundidad en la madera. Nadie supo decir qué animal podía haber hecho eso. Hilario empezó a dormir con una lámpara encendida todo el turno. Ya no salía al llano, solo se asomaba desde la caseta. Cada vez que hablábamos lo notaba más callado. Tenía la mirada fija, como si estuviera esperando el siguiente movimiento de la tierra. Después de que encontramos el tripié torcido y la lámpara reventada, el patrón ordenó que alguien hiciera guardia por las noches. Dijo que no quería más pérdidas ni sustos entre el personal. Pensaba que con un rifle y una lámpara bastaba para espantar a quien estuviera causando eso. Me asignaron la primera noche.

18:58 No puse excusas. Lo tomé como parte del trabajo. Me dieron un rifle viejo, de esos que usaban para ahuyentar coyotes. Lo revisé bien, cargado y sin fallas. También me entregaron una lámpara de mano, de las grandes. Me instalé junto a la pila vieja desde donde se veía buena parte del llano. Me senté sobre un bloque, con la espalda apoyada contra la pared. Desde que oscureció, todo se mantuvo en silencio. No cantaban los grillos, no se escuchaba el zumbido de insectos, solo el viento, pero leve. Miraba cada rato hacia la curva de la zanja. Ahí era donde más tierra se acumulaba y donde antes habíamos visto marcas de arrastre. Me mantenía despierto apretando el rifle entre las piernas.

19:45 Pasadas las tres, escuché un sonido que me heló el cuerpo. Era un grito. Sonó como si lo sacara alguien con la garganta lastimada. Venía desde el sur del llano, justo donde la zanja estaba más abierta. Levanté la lámpara, apunté hacia esa dirección y encendí. Vi un perro negro, grande, con el lomo encorvado y las patas separadas. Estaba quieto, mirándome. Tenía los ojos abiertos de más. No gruñía, solo miraba. Le grité para espantarlo, pero no se movió. Entonces empezó a ladrar. No era un ladrido normal. Era ronco, como si tuviera algo en la garganta. De un brinco echó a correr hacia mí. Le apunté directo. Disparé. Le di en la cabeza. Vi cómo se sacudió en el aire y cayó a menos de 10 metros. Pero en ese momento el animal se movió. Se retorció unos segundos, como si le doliera, y luego se levantó. Tenía sangre en el cráneo, pero sus patas se afirmaron sin esfuerzo. Volvió a correr hacia mí. No pensé en disparar otra vez. Me di la vuelta y corrí hacia el mezquite más cercano. Subí rápido, sin mirar atrás. Me raspé los brazos con las ramas.

20:59 Me quedé agachado entre el tronco y una horqueta. Miré hacia abajo. El perro ya no estaba. No se escuchaban pasos. Desde ahí arriba vi una lámpara. Era uno de los veladores. Corría con ella encendida, alumbrando de un lado a otro como si buscara algo. Venía en mi dirección. Me quedé mirando fijo, sin entender si había escuchado el disparo o si alguien lo había mandado a revisar. Cuando llegó al árbol, le grité que tuviera cuidado, que había disparado contra un perro que me había atacado. Cuando el velador me apuntó con la lámpara desde abajo del mezquite, le grité que tuviera cuidado. Le dije que había disparado a un perro que me corrió con los dientes de fuera, que el tiro le dio en la cabeza, pero no cayó. Lo miró sin decir nada al principio. Luego volvió la luz hacia mí. Me preguntó qué había pasado. Le repetí todo mientras bajaba con cuidado. Recogí el rifle del suelo. Él escuchó todo con la cara seria. Cuando terminé, me dijo que probablemente sí le había dado, pero que tal vez no lo suficiente o que el animal tuvo suerte. Lo dijo como si se tratara de un perro cualquiera que se había salvado por poco. Yo no quise discutir. Me guardé las ganas de decirle que había visto cómo se sacudía el cráneo y se levantaba como si nada. No había sido suerte. Acordamos quedarnos juntos el resto de la madrugada.

22:29 Nos fuimos por la orilla del llano con la lámpara encendida y el rifle en las manos. Caminábamos lento, mirando hacia los lados. No se escuchaba nada raro, solo los grillos y el viento que rozaba las ramas secas. Pasaron quince minutos así, en silencio, como si nada fuera a pasar. Justo cuando nos detuvimos cerca de la curva nueva de la zanja, se escuchó un sonido distinto. Era como un respiro largo, pesado, salido desde dentro de la tierra. No fue viento. Era un aliento. Como si algo tomara aire desde lo hondo, en la parte más profunda de la zanja. Nos agachamos. Él apagó la lámpara. Nos quedamos quietos. El sonido se repitió. Era una exhalación lenta que subía desde el fondo, como si algo grande respirara bajo nosotros. Volvimos a encender la lámpara al mismo tiempo. Apuntamos hacia las ramas que colgaban del monte, atrás del último tramo que había aparecido. No había nada visible, pero se escuchó un crujido como cuando se pisa una rama gruesa. El sonido venía de donde antes terminaba la zanja. El velador me dijo que regresáramos a la caseta, que era mejor no quedarse afuera. Le respondí que sí con la cabeza. Nos dimos la vuelta y comenzamos a caminar de regreso con pasos más rápidos. Yo iba mirando hacia los lados. El rifle me pesaba más que antes. Al llegar al portón de lámina justo antes de entrar me detuve. Sentí que

24:01 algo no estaba bien. Volteé hacia el llano. Él ya iba abriendo la puerta cuando le dije que esperara. apunté con la lámpara ahí justo donde antes terminaba la zanja vi una figura agachada estaba cerca del borde con la espalda encorvada no parecía tener ropa era delgada con la piel pegada al cuerpo no se movía Le grité al velador que viera. Apunté directo con la lámpara. Por un segundo la luz la alcanzó. Vi la espalda descubierta, la columna marcada y las piernas dobladas como si estuviera lista para saltar. En cuanto la iluminé, la figura corrió hacia la zanja y se dejó caer dentro. No hizo ruido.

24:43 Nos quedamos quietos mirando hacia el agujero. el velador me preguntó si eso era lo que había visto antes le dije que no que eso era otra cosa no tenía forma de perro ni se movía como un animal entramos rápido a la caseta y cerramos con tranca me senté en una de las sillas sin dejar el rifle el velador bajo la lámpara y se quedó callado como pensando pasó casi una hora después de que esa figura corrió hacia la zanja entramos directo a la caseta y cerramos con tranca me quedé con el rifle en las manos mirando por la ventana de lámina El velador se sentó en una esquina con la lámpara encendida sin decir mucho.

25:27 Aunque no vio bien la figura, lo noté más preocupado. Se frotaba los brazos como si no pudiera quitarse el frío. Yo seguía tenso con los músculos apretados y la vista fija hacia donde terminaba el llano. Pasaron unos minutos, afuera no se escuchaba movimiento, pero de pronto se oyeron unos aullidos, lejanos, no eran como los de un perro común, eran más largos, como si algo estirara la voz con fuerza, no eran muchos, solo uno cada tanto, pero eran agudos y parecían venir desde el lado de la zanja. Le dije al velador que se acordara de las marcas, de las huellas largas que encontramos días atrás. Le dije que eso no era cosa de animal, que esas manos no eran normales. No respondió.

26:15 Solo me miró de reojo y se acomodó la lámpara en el pecho para no soltarla. Nos quedamos dentro, sentados en el piso de cemento, sin hablar. Las lámparas seguían encendidas. Afuera, todo estaba en silencio otra vez. Pero ninguno de los dos se atrevía a abrir la puerta. En esa noche, solo estábamos él y yo. Después de un rato, él dijo que, si eso regresaba, no teníamos manera de defendernos bien. Que si era algo como lo que habíamos visto, no bastaba con tener un rifle. Yo le dije que por eso no había que dudar, que si algo se movía cerca se disparaba sin pensarlo. Cada tanto nos levantábamos a mirar por las rendijas. El reloj de la pared marcaba las cuatro. El sueño empezaba a pesar, pero yo me obligaba a mantener los ojos abiertos. Fue entonces cuando notamos algo que se movía cerca del patio. Una serpiente. No era de las pequeñas que cruzan entre los palos. Esta era negra y larga, arrastrándose por el pasto sin apurarse.

27:22 Se movía con calma como si supiera que la estábamos viendo. Se deslizaba entre los bultos donde guardábamos costales vacíos. ambos nos pusimos de pie al mismo tiempo no era normal nunca habíamos visto una culebra así en ese terreno ninguno la reconocía no tenía los colores ni la forma de las que se encuentran en el llano era más grande y la piel se le veía opaca le pregunté al velador si le disparaba Él dudó, pero luego dijo que sí, que no podíamos dejarla moverse como si nada. Me acomodé, apunté y disparé. El ruido fue fuerte. El tiro dio en una piedra cerca, rebotó con chispas. La serpiente se agitó y se deslizó con rapidez hacia la parte trasera.

28:09 No se fue al monte. se metió directo en la zanja se deslizó sin ruido como si la tierra se abriera para recibirla nos quedamos en silencio no dijimos ni una palabra yo tenía el rifle apuntando aún el velador miraba fijo sin parpadear no me moví por varios minutos estaba seguro de que eso no era una culebra cualquiera le dije al velador que eso no podía seguir que ya no era cosa de una figura o de marcas raras ahora había algo que se arrastraba que se movía sin hacer ruido y que respiraba como si estuviera vivo por dentro él asintió dijo que al amanecer avisaría al patrón que eso ya no era normal que se necesitaba cerrar todo ese lado y sacar lo que quedara de herramienta yo no le respondí solo apreté el rifle con más fuerza afuera todo seguía en silencio pero sabía que no se había ido que seguía ahí abajo porque la tierra no dejaba de moverse cada noche la zanja aparecía más larga y porque ese respiro que subía desde el fondo ya no era el de una cueva vacía era el de algo vivo amaneció sin más ruidos salimos cuando ya había luz Caminamos hasta el borde con la lámpara apagada.

29:32 Revisamos dónde había estado la figura. La tierra estaba apisonada. En la parte más honda de la zanja había marcas nuevas, largas, como si alguien se hubiera arrastrado con el pecho pegado al suelo. Le contamos todo al patrón. Le dijimos lo que habíamos visto y escuchado. Le hablé del grito rasposo, del perro que no cayó con el disparo, de la figura agachada en la orilla y de la serpiente negra que se arrastró hasta meterse en la zanja. El velador también habló. Dijo que esa cosa tenía más de dos metros, que nunca había visto una igual y que cuando entró en el hueco parecía estar regresando a su lugar. El patrón escuchó sin interrumpirnos. No preguntó detalles. Solo nos dijo que esa misma noche vendría él también. Que no iba a dejar que algo siguiera saliendo de ahí. Haríamos lo necesario para cerrar eso de una vez. Esa tarde, el capata se instaló una cerca improvisada con alambres colgantes, como si fuera a detener lo que salía. Yo sabía que no iba a servir. La cosa que vimos no se detenía por el alambre. Cayó la tarde. A las ocho llegó el patrón. Venía solo. Bajó de su camioneta y nos pidió que lo ayudáramos a bajar tres garrafones grandes.

30:53 estaban llenos de gasolina no dijo para qué pero entendimos cargamos los garrafones hasta el borde del llano caminamos en fila sin hablar el patrón iba adelante alumbrando con su lámpara de cabeza llegamos hasta donde la zanja se había alargado más estaba más ancha que el día anterior tenía grietas en los bordes como si la tierra se estuviera separando sola destapamos el primer garrafón y empezamos a vaciarlo El patrón pidió que lo hiciéramos parejo, desde el borde hacia adentro, que se empapara todo. Caminábamos lento, dejando caer el líquido sobre la tierra suelta. El segundo garrafón lo usamos para los extremos, el tercero lo tiramos completo en el centro. El olor a combustible se quedó flotando. La tierra lo absorbía rápido. El patrón prendió una antorcha, la sostuvo un momento y la lanzó directo al centro. Las llamas subieron en segundos, se extendieron por los costados, no hubo explosión. Pero sí un calor fuerte que nos obligó a retroceder. El fuego ardió desde dentro. no eran solo ramas quemándose la tierra crujía luego se escuchó un chillido larguísimo era como un plástico derritiéndose con partes agudas que se alargaban y otras que se cortaban de golpe sonaba profundo como si viniera del fondo nadie dijo nada estuvimos parados ahí con la cara vuelta hacia el fuego cuando el chillido se dejó de escuchar las llamas empezaron a

32:25 bajar no se extinguieron de golpe Fueron apagándose poco a poco, tramo por tramo, hasta que quedaron solo brasas entre la tierra. El patrón dijo que trajéramos la carrucha, que había que tapar eso de inmediato. Fuimos a buscarla al cobertizo y empezamos a echar tierra. La que teníamos cerca alcanzó para la parte central, pero los extremos seguían expuestos. El patrón dijo que estaba bien por ahora, que al amanecer se terminaría de cubrir todo. Esa noche no pasó nada más, no se escucharon aullidos, no se vio movimiento, ni figuras, ni serpientes. Dormimos en la caseta, cada quien en un rincón.

33:08 Al otro día llegaron más trabajadores. El patrón no explicó nada, solo les indicó que taparan la zanja por completo. que no dejaran espacio sin cubrir. Usaron palas, carretillas, cubetas. Echaron tierra durante horas. Cubrieron cada grieta. Pisaron con fuerza hasta emparejar el terreno. Al final quedó parejo, como si ahí no hubiera pasado nada. Desde entonces no se volvió a abrir. La zanja quedó sellada. No hubo más figuras. No volvimos a escuchar gritos ni chillidos.