EXORCISMO: Quitando Maldición De BRUJAS Historias De Terror - REDE
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0:05 TenÃa veinte años cuando me atrevà a ir al ejido abandonado. Crecà escuchando que ahà nadie debÃa meterse, que era mejor darle la vuelta al camino antes que pasar cerca de los matorrales que lo rodeaban. Siempre habÃa sentido que se inventaban historias para mantenernos alejados de sitios viejos y olvidados. El ejido era un terreno amplio, cubierto de maleza y árboles secos que parecÃan sostenerse de puro milagro. En medio se levantaba lo único que quedaba en pie, un jacal de palma. Desde lejos se notaba que estaba vencido por los años. El techo estaba caÃdo hacia un lado. Las paredes de madera tenÃan huecos por donde se colaba la luz y las vigas mostraban señales de carcoma. ParecÃa que el próximo viento fuerte lo tirarÃa. De niño habÃa escuchado que ese jacal era punto de reunión de brujas. Nunca daban detalles claros, solo decÃan que allà se hacÃan cosas que no debÃa ver. Yo les preguntaba qué clase de cosas eran esas, pero lo único que respondÃan era que no preguntara tanto. Una tarde, antes de que oscureciera, decidà entrar.
1:20 me llevé una lámpara de mano convencido de que regresarÃa antes de que la noche cayera caminé entre ramas secas que crujÃan bajo mis botas y me encontré frente a la puerta que estaba torcida y sostenida apenas por un clavo oxidado adentro me recibió un olor pesado era como entrar a un cuarto que habÃa estado cerrado por años con el polvo pegado a las paredes Iluminé con la lámpara y lo primero que noté fueron manchas oscuras en el suelo, como si en algún momento hubieran encendido fogatas ahà dentro. Levanté la luz hacia el techo y entre las vigas colgaban muñecos pequeños, hechos con ramas amarradas y mechones de cabello humano. Algunos estaban amarrados con tiras de tela, otros clavados con alfileres oxidados. Sentà un escalofrÃo en la espalda y tuve que respirar hondo para no salir corriendo.
2:13 Me repetà que todo eso no era más que superstición, que alguien los habÃa puesto para asustar, que eran restos de algún juego macabro de otros tiempos. Me obligué a mantener la calma, aunque cada vez que movÃa la lámpara parecÃa que las figuras se mecÃan como si tuvieran vida. No quise quedarme más tiempo. Salà rápido, cuidando de no tropezar. y caminé de regreso al pueblo con la sensación de que alguien me estaba viendo. Cuando llegué a mi casa, me senté en silencio sin decirle nada a mi familia. Guardé la experiencia para mÃ, convencido de que no me creerÃan o que me regañarÃan por haberme metido en un sitio prohibido. Esa misma noche, cuando ya todos nos habÃamos acostado, comenzó lo extraño. Afuera de la casa se escucharon risas de mujer, como si varias muchachas caminaran por el camino de tierra que pasaba frente al patio. al principio pensamos que eran vecinas que regresaban de alguna visita porque en el pueblo era común que se reunieran a platicar en las noches pero pronto nos dimos cuenta de que las voces no se alejaban sino que parecÃan dar vueltas alrededor de la casa se escuchaban cerca de la entrada luego al lado de la cocina después junto a las ventanas de los cuartos siempre moviéndose como un grupo que rodeaba nuestra casa Encendimos la lámpara de petróleo para mirar por la ventana, pero no se veÃa a nadie. La calle estaba sola, el monte quieto, y aún asà las risas seguÃan,
3:44 suaves al principio y luego más como si se burlaran. En el patio, los perros empezaron a inquietarse. Primero gruñÃan bajo, con el lomo erizado, hasta que de pronto comenzaron a ladrar con furia hacia la oscuridad. CorrÃan de un extremo a otro, buscando algo que no alcanzaban a atrapar, pero por más que mirábamos, no habÃa figura alguna. Me quedé helado. De inmediato pensé en lo que habÃa visto en el jacal esa tarde, los muñecos colgados con cabello humano, el olor a ceniza, el silencio raro que me envolvió. Sentà que lo que ahora escuchábamos estaba conectado con eso, pero no dije nada.¿ Cómo iba a admitir que habÃa entrado en un sitio del que todos me habÃan advertido? Preferà callar y fingir que estaba tan confundido como los demás.
4:33 La noche pasó entre el ladrido de los perros y las risas que poco a poco se calmaron. Al dÃa siguiente, cuando la casa volvió a su rutina, comenzaron a notarse cosas fuera de lugar. Una silla de la cocina estaba tirada en el suelo, como si alguien la hubiera empujado con fuerza. Un par de cubetas que siempre dejábamos cerca del lavadero aparecieron en medio del pasillo, vacÃas pero acomodadas de manera extraña. Mi madre fue la primera en reclamar, dijo que alguno de nosotros habÃa estado jugando, que no habÃa razón para desordenar las cosas de esa manera. Ninguno respondió, porque todos sabÃamos que no habÃa sido nadie. En la tarde, mientras comÃamos, mis hermanos menores sacaron el tema. Dijeron con naturalidad que también habÃan escuchado las risas en la madrugada, que incluso habÃan sentido pasos cerca de la ventana de su cuarto. Mi madre les ordenó que no inventaran cuentos, que no se dejaran llevar por el miedo, pero yo los miré en silencio sabiendo que lo que contaban era verdad.
5:40 Ellos no habÃan entrado al jacal, no podÃan saber que allà habÃa señales de algo turbio, y aún asà escucharon lo mismo que yo. Esa noche, mientras me acostaba, no podÃa dejar de pensar que todo habÃa empezado desde el momento en que crucé la puerta de aquel jacal de palma. Era como si hubiera removido algo que llevaba años dormido, algo que ahora buscaba nuestra casa para hacerse presente. Me quedé despierto más tiempo del que debÃa. El acoso ya no era esporádico ni parecÃa casual. Siempre a la misma hora empezaban los ruidos. Primero pasos en el patio, lentos, como de alguien que caminaba descalzo sobre la tierra. Luego venÃan las piedras cayendo sobre el techo de lámina, una tras otra, como si las dejaran caer a propósito para que las escucháramos. El sonido era metálico y cada golpe nos hacÃa brincar de la cama. Nadie dormÃa tranquilo. Mi madre rezaba en silencio, mis hermanos menores se acurrucaban juntos, y yo pasaba las noches despierto, mirando hacia la ventana esperando ver una sombra. Una madrugada, mientras mi familia intentaba dormir, me levanté despacio, me vestà con lo primero que encontré y salà con una lámpara y cerillos. Mi plan era volver al jacal y quemar todo lo que habÃa dentro, como si con eso pudiera acabar con eso. caminé rápido entre la maleza hasta llegar al ejido la noche estaba
7:11 tan callada que mis pasos sonaban demasiado altos cuando llegué frente al jacal sentà que la temperatura habÃa bajado empuje la puerta torcida y entré pero al alzar la lámpara me asusté las vigas estaban vacÃas los muñecos que colgaban ya no estaban no quedaba nada ni siquiera los alfileres oxidados Solo manchas en la madera donde antes habÃan estado amarrados. Sentà un escalofrÃo recorrerme el cuerpo. La sensación de que alguien me observaba era tan fuerte que me giré varias veces con la lámpara en alto, alumbrando cada rincón. entre lo oscuro me parecÃa ver un movimiento fugaz como si algo se ocultara detrás de las paredes carcomidas llamé en voz baja aunque no sé a quién y la respuesta fue un silencio pesado la lámpara temblaba en mi mano No pude quedarme más. Salà del jacal casi corriendo, sintiendo la espalda caliente. El camino de regreso se me hizo interminable.
8:12 Cada ruido entre los arbustos me hacÃa voltear, convencido de que algo venÃa detrás de mÃ. Cuando por fin vi las luces de la casa, me sentà más a gusto. Esa misma noche, cuando abrà la puerta de mi cuarto, me quedé sin aliento. ahà junto a mi cama estaban los mismos muñecos que horas antes habÃan desaparecido del jacal estaban tirados en el suelo algunos de pie como si los hubieran colocado con cuidado las ramas seguÃan amarradas con mechones de cabello humano pero ahora parecÃan más deterioradas con las telas húmedas y manchadas el olor a ceniza y humedad penetraba en el cuarto llamé a mi madre con la voz quebrada Ella entró con una vela en la mano, vio lo que yo miraba y se tapó la boca con las dos manos. Mis hermanos se asomaron detrás de ella y uno empezó a llorar. Todos reconocimos de inmediato que eran los mismos muñecos del jacal. No podÃan ser otros.
9:09 Nadie dijo nada. Mi madre preguntó quién los habÃa traÃdo. Nadie contestó. Yo no podÃa explicar lo que habÃa pasado. SabÃa que no los habÃa cargado conmigo, que no era posible que hubieran llegado por sà solos. Fue en ese momento que sentà que la situación habÃa pasado de lo raro a lo verdaderamente aterrador. Algo habÃa seguido mis pasos desde el jacal hasta mi cuarto. Mi mamá tiró los muñecos a la basura. Esa madrugada no apagamos la luz. Mi madre encendió más velas y puso agua bendita en la puerta, aunque no estaba segura de qué hacer. Mis hermanos se quedaron con ella en su cuarto. Esa misma noche, con mucho miedo, tomé los muñecos de la basura y fui al patio. No quise que mi madre ni mis hermanos me vieran. Llevé también un bidón con gasolina viejo que mi padre guardaba para la bomba de agua y un encendedor. puse los muñecos sobre un montoncito de ramas secas y les rocié el lÃquido hasta empaparlos el olor era fuerte y me mareaba pero no me importó saqué el encendedor y le prendà fuego las llamas subieron rápido iluminando el patio en tonos anaranjados conforme el fuego avanzaba noté que los muñecos no ardÃan como debÃa ser las telas y las ramas crujÃan y Pero el cabello humano no se consumÃa. Algunas partes quedaban intactas, ennegrecidas, pero sin deshacerse.
10:35 Eché más gasolina, movà las brasas con un palo, pero, al final, lo único que logré fue que quedaran trozos chamuscados mezclados con ceniza. Apagué todo con agua y me quedé mirando los restos, sudando. Entré a la casa sin decirle nada a nadie. Esa noche dormà poco. Al amanecer, cuando abrà la puerta de mi cuarto, sobre el suelo, junto a mi cama, estaban otra vez los mismos muñecos, completos, sin rastros de quemaduras. ParecÃan más firmes incluso, con las ramas ajustadas y el cabello colgando como nuevo. Sentà que me faltaba aire. Mi padre entró justo en ese momento y vio lo mismo que yo. se agachó para mirarlos de cerca y luego me miró dijo en voz baja que esto no era normal que alguien nos estaba haciendo brujerÃa habló de vecinos envidiosos de gente del ejido que no nos querÃa pero yo sabÃa en el fondo que esto venÃa del jacal mi madre al enterarse no perdió tiempo Dijo que lo mejor era ir a la iglesia del pueblo y pedir ayuda al padre para bendecir la casa.
11:45 Mi madre fue con el padre, pero le dijeron que no se encontraba, pero que le avisarÃan de su situación. Esa madrugada me despertaron risas afuera de mi ventana. No eran risas normales ni de una sola persona. Sonaban claras, varias mujeres, como si se burlaran en secreto. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que creà que los otros en la casa lo escucharÃan. Me acerqué despacio a la cortina y miré por la rendija. En medio del patio habÃa una silueta femenina, alta, con el cabello largo que le caÃa sobre la cara. Estaba quieta, mirando hacia mi ventana. No pude distinguir sus facciones, solo su figura quieta bajo la luz débil de la luna. Corrà al cuarto de mis padres, sacudà a mi padre para despertarlo y le dije que habÃa alguien en el patio. Se levantó de golpe, tomó la lámpara que siempre dejaba junto a la cama y salió conmigo. Pero al abrir la puerta trasera no encontramos a nadie. El patio estaba vacÃo, ni rastros en la tierra ni sombras moviéndose. solo el frÃo y un olor a tierra mojada que no habÃa antes nos quedamos un rato ahà alumbrando hacia los rincones pero no vimos nada mi padre se pasó la mano por la cabeza molesto y me dijo que dejara de imaginar cosas regresamos a la casa pero yo ya no pude dormir me senté en la cama con la cortina corrida mirando el patio sentÃa sin necesidad de mirar que esa mujer o
13:19 lo que fuera seguÃa ahà en algún punto que mis ojos no alcanzaban desde esa noche la sensación de que me observaban se volvió constante hasta de dÃa cuando iba al corral o caminaba hacia el pozo sentÃa una mirada mis hermanos notaban mi incomodidad pero no les decÃa nada Mi madre comenzó a dejar sal en las ventanas y cruces hechas con palma detrás de las puertas. DecÃa que no nos costaba nada protegernos. Mi padre guardó un machete cerca de la puerta del patio. Y yo, cada vez que pasaba junto a los muñecos que no dejaban de aparecer en mi cuarto, me repetÃa que tenÃa que encontrar una forma de romper ese acoso. Mi hermana menor una mañana mientras desayunábamos contó que habÃa visto a una mujer de cabello largo en el corral. Lo dijo como quien comenta cualquier cosa, pero todos quedamos asustados. Mi madre dejó de mover la cuchara en la olla, mi padre se le quedó viendo y yo sentà mucho terror la verdad.
14:24 Ella explicó que la vio parada junto a la pila, con el cabello cubriéndole la cara. Pensó que era alguna vecina, pero cuando parpadeó ya no habÃa nadie. Ese comentario cambió el ambiente. Hasta ese momento muchos querÃan creer que todo era cuestión de nervios, de sugestión, pero escuchar a mi hermana nos obligó a admitir que lo que pasaba no era normal. Si una criatura se estaba mostrando a una de mis hermanas, entonces el asunto estaba más cerca de lo que pensábamos. Los muñecos comenzaron a inquietarnos aún más. Ya no se limitaban a aparecer en mi cuarto. AmanecÃan en la mesa de la cocina, en el piso del pasillo o sobre las camas. Era como si alguien los moviera del lugar durante la noche. A veces amanecÃan en posiciones distintas, de pie contra la pared o recargados unos sobre otros, como si alguien los hubiera acomodado con cuidado.
15:21 Mi madre los recogÃa con rabia y los sacaba al patio, pero horas después volvÃan a estar dentro. Con el paso de los dÃas yo empecé a sentirme mal. Primero fueron mareos repentinos, luego fiebre que subÃa y bajaba sin razón. Soñaba con los muñecos moviéndose solos, arrastrándose por el suelo, trepando por las paredes de mi cuarto. Entre esos sueños escuchaba risas de mujeres, idénticas a las que habÃamos oÃdo afuera de la casa. A veces pronunciaban mi nombre, como si me llamaran desde algún rincón. El sonido me retumbaba en la cabeza incluso al despertar. El ambiente dentro de la casa se volvió insoportable. Todos estábamos nerviosos, cualquier ruido nos daba miedo. Mis padres discutÃan a menudo sobre qué hacer.
16:11 mi madre insistÃa en buscar ayuda en la iglesia mientras mi padre querÃa esperar convencido de que enfrentarÃamos burlas si contábamos lo que vivÃamos mis hermanos también comenzaron a pelear entre ellos molestos por no dormir bien Una noche desperté de golpe. Abrà los ojos con la sensación de que algo pesaba sobre mÃ. Al mirar hacia abajo vi uno de los muñecos colocados sobre mi pecho. Sus ramas estaban húmedas como si lo hubieran sacado de un pozo y el cabello caÃa sobre mi camisa. Me paralicé. Sentà que me faltaba el aire como si el simple contacto me estuviera debilitando. Grité, y mi madre entró corriendo. Cuando vio la escena, lanzó un grito. Corrió hacia mÃ, arrancó el muñeco de mi pecho y lo aventó lejos. Me tomó de los hombros, revisando que pudiera respirar bien. Mis hermanos se asomaron desde el pasillo, todos con los ojos abiertos de miedo. Después del incidente del muñeco sobre mi pecho...
17:12 Mis padres decidieron que no podÃan seguir esperando. Ese mismo dÃa reforzaron la casa como nunca. Mi madre llenó recipientes con agua bendita que habÃa conseguido en la última misa y dejó cruces improvisadas en las esquinas del corredor. La intención era mantener lo que fuera que nos acosaba afuera de la casa. Pero por más que aseguramos cada entrada, los ruidos continuaron. No habÃa noche sin ruidos. Primero escuchábamos pasos rodeando el patio, luego pequeñas piedras cayendo sobre la lámina, y a veces el chirrido de las ventanas aunque estuvieran clavadas. Era como si las paredes no significaran nada para lo que buscaba entrar. Mis hermanos más pequeños ya no podÃan dormir y mi madre los acurrucaba con ella. Mientras mi padre se mantenÃa sentado con el machete en la mano, incapaz de ocultar su propio miedo, una madrugada cuando apenas estábamos durmiendo, comenzaron golpes fuertes en el techo. No eran piedras ni ramas que cayeran, eran pasos claros, pesados, que avanzaban de un extremo a otro como si alguien caminara sobre la lámina. Cada golpe hacÃa vibrar la estructura, y yo podÃa imaginar con detalle a esa figura moviéndose sobre nosotros.
18:29 Los perros del patio aullaban sin cesar, sin atreverse a acercarse a la casa. Mi madre rezaba, mis hermanos lloraban, y mi padre gritaba hacia arriba que se fueran, pero los pasos continuaron varios minutos hasta desvanecerse poco a poco. Al amanecer, cuando por fin nos atrevimos a abrir la puerta principal, vimos a los muñecos estaban ahÃ, alineados en el suelo justo frente a la entrada. Estaban acomodados como soldados en fila, todos mirando hacia la puerta con el cabello enredado y los brazos abiertos. Ninguno de nosotros los habÃamos puesto ahÃ. Fue la prueba definitiva de que aquello podÃa cruzar donde quisiera. sin importar lo que hiciéramos para evitarlo.
19:14 Mi padre dijo que estaba cansado, que si las cosas seguÃan asà abandonarÃamos la casa aunque se perdiera todo. Golpeó la mesa con el puño. Yo permanecÃa callado, pero por dentro me consumÃa la certeza de que todo giraba en torno a mÃ. Los muñecos aparecÃan en mi cuarto, los sueños eran conmigo, las voces me llamaban por mi nombre. SentÃa que la presencia no estaba interesada en mi familia, sino en mÃ, y que los demás solo sufrÃan las consecuencias de lo que yo habÃa provocado. Cada vez que me enfermaba o soñaba con las risas, ellos también se veÃan afectados, como si la marca que llevaba me alcanzara para arrastrarlos. Si no hubiera cruzado esa puerta, los muñecos seguirÃan colgando en las vigas y las risas se quedarÃan allá, lejos de nosotros. Desde entonces lo entendà con claridad. No se trataba de una simple maldición lanzada al aire, sino de algo personal. Las mujeres de ese lugar me habÃan visto, me habÃan marcado. Aunque reforzáramos la casa y cerráramos todas las entradas, yo ya llevaba la marca adentro y con cada noche que pasaba se hacÃa más fuerte. Las noches ya no eran noches, eran horas interminables de tensión. Preparé una lámpara de mano, un machete y un mazo que habÃa tomado del taller de mi padre. Mi madre me pedÃa que descansara, pero yo apenas podÃa cerrar los ojos sin ver los muñecos o sin escuchar las risas. Me
20:46 sentaba en la sala mirando hacia el patio. Aquella madrugada miré a una mujer parada junto a la milpa que quedaba detrás del corral. estaba quieta con el cabello largo y desordenado su vestido apenas era visible no se movÃa sólo miraba hacia la casa levanté la lámpara para alumbrarla en ese instante la silueta se movió con rapidez dando un par de pasos más cerca y luego desapareció como si la tierra se la hubiera tragado CorrÃa a despertar a mi padre, pero él no encontró a nadie afuera. Los perros estaban en silencio, temblando en sus rincones. Mis hermanos pequeños comenzaron a llorar en su cuarto, diciendo que escuchaban voces de mujeres dentro de la casa. La menor gritaba que alguien la estaba llamando por su nombre. Mi madre los abrazaba tratando de calmarlos mientras me miraba con desesperación.
21:40 Esa misma noche, cuando todo volvió a quedarse en silencio, me armé de valor y tomé el mazo. Decidà regresar al ejido para destruir lo que quedara allÃ. No se lo dije a nadie. Salà solo, con la lámpara en una mano y el mazo en la otra. Cuando llegué al jacal, el aire estaba más frÃo que nunca. La estructura parecÃa más deteriorada, como si hubiera envejecido en cuestión de dÃas. Empujé la puerta rota y entré. El olor a humedad y ceniza me golpeó igual que la primera vez. Sin pensarlo demasiado, levanté el mazo y empecé a romper lo poco que quedaba. Las vigas, los trapos colgados, las tablas del suelo. Cada golpe retumbaba. Mientras destruÃa todo, sentÃa claramente que alguien me acompañaba. Era esa sensación de respiración detrás del cuello, de ojos siguiéndote en la oscuridad. El mazo me pesaba más con cada golpe. En medio del ruido de la madera quebrándose, comencé a escuchar algo más. Carcajadas.
22:43 Primero eran suaves, luego se hicieron fuertes llenando el jacal por completo. Eran varias mujeres riendo al mismo tiempo. El mazo se me cayó de las manos. La lámpara parpadeó y por un segundo creà ver sombras moverse a mi alrededor, como figuras encorvadas. Salà corriendo del jacal con todas mis fuerzas, tropezando con las piedras del camino, sintiendo que las risas me seguÃan detrás, pegadas al oÃdo. Corrà hasta que la casa apareció a lo lejos, con las ventanas encendidas. Al entrar... Mi familia me miró sin entender, yo temblaba, sudaba frÃo y apenas podÃa hablar. SabÃa que lo que habÃa hecho no habÃa terminado con nada, si acaso habÃa despertado algo más.
23:29 Mis papás me habÃan preguntado a dónde habÃa ido, pero solo les dije una excusa tonta de por qué habÃa salido a los corrales. Los golpes comenzaron de repente, en todas las paredes al mismo tiempo. era un ruido que hacÃa vibrar la madera como si docenas de manos tocaran cada rincón de la vivienda mis hermanos despertaron gritando mi madre corrió a abrazarlos y mi padre encendió la lámpara sin saber hacia dónde apuntar yo apenas podÃa mantenerme de pie con la fiebre ardiéndome por dentro sintiendo que el sonido venÃa de todas partes y a la vez de ningún lugar me arrastré hacia mi cuarto para asegurarme de que seguÃa vacÃo los muñecos habÃan reaparecido intactos colocados en cÃrculo junto a mi cama yo mismo los habÃa destruido horas antes en el jacal habÃa visto cómo se rompÃan bajo el peso del mazo pero ahora estaban allà con sus ramas acomodadas y el cabello más abundante como si hubieran vuelto a crecer Uno de ellos parecÃa tener manchas oscuras en el rostro, semejando ojos que me miraban. Sentà que la fiebre me hacÃa delirar, porque entre parpadeos me pareció que se movÃan levemente, girando hacia donde yo estaba.
24:49 Comencé a decir en voz alta que ella estaba dentro de la casa. Aseguraba ver su figura atravesando el pasillo, escuchaba su respiración entre los muebles y juraba que se reÃa a pocos pasos de mÃ. Mi padre me tomó de los hombros y me dijo que me calmara, que estaba ardiendo en fiebre, pero yo sabÃa que no eran alucinaciones. Esa mujer habÃa entrado y no tenÃa intenciones de irse. La tensión llegó a tal punto que mi madre decidió que todos durmiéramos juntos en la sala. Pusimos cobijas en el suelo, juntamos las sillas y tratamos de mantenernos despiertos. Nadie podÃa cerrar los ojos, porque a cada rato los golpes regresaban, ahora más leves, como si alguien arrastrara las uñas sobre las paredes. Yo apenas podÃa articular palabra entre los temblores de la fiebre y las imágenes que me perseguÃan en la oscuridad. Cuando por fin amaneció, al revisar alrededor de la casa, encontramos huellas marcadas en la tierra.
25:51 Eran femeninas, pies descalzos, con dedos largos, alrededor de toda la vivienda, como si alguien hubiera estado caminando en cÃrculos toda la noche. Algunas huellas se detenÃan justo frente a las ventanas, otras apuntaban directo hacia la puerta principal. Al amanecer, mi madre regresó a la iglesia. Cuando vio que el sol apenas asomaba, se levantó, se puso un rebozo y salió sin desayunar. Caminó rápido, casi corriendo, hasta llegar al atrio. Allà encontró al padre Esteban, que estaba terminando de ordenar los bancos después de la misa de las seis. Se acercó y le habló en voz baja, contándole todo lo que habÃamos vivido. Le dijo que los muñecos aparecÃan aunque los quemáramos, que escuchábamos risas de mujeres rodeando la casa y que yo habÃa enfermado. Le contó también que cada noche los golpes eran más fuertes y que esa madrugada incluso habÃamos visto huellas alrededor de la vivienda. El padre la escuchó sin interrumpirla y cuando terminó le dijo que irÃa esa misma tarde. Pidió que mi madre consiguiera agua bendita, aceite y sal. Dijo que él llevarÃa un crucifijo de metal y un incensario. Que preparáramos todo para que la oración no se interrumpiera y que nadie, por ningún motivo, hablara con las voces que escucháramos. Mi madre asintió agradecida y regresó a la casa con el rostro serio. Cuando llegó,
27:23 nos reunió en la cocina y nos explicó lo que el padre habÃa dicho. Mi padre no dijo nada. Yo me quedé quieto, sintiendo que cada palabra era un peso más sobre mÃ, porque, en el fondo, sabÃa que todo habÃa empezado por mi culpa. A media tarde vimos al padre Esteban venir por el camino de tierra. TraÃa una sotana negra sencilla y un maletÃn de cuero del que sobresalÃa el mango del incensario. Lo recibimos en la puerta y él entró sin perder tiempo. Apenas cruzó el umbral, respiró hondo y dijo que el aire estaba pesado. nos indicó que no habláramos con nadie aunque escucháramos risas o pasos dijo que durante el rito podÃan presentarse cosas para distraernos pero que debÃamos permanecer en silencio y orar recorrió la sala sin prisa mirando las esquinas las ventanas los rincones donde antes habÃamos visto sombras después subió al pasillo y entró a cada cuarto Cuando llegó al mÃo, se detuvo frente a la cama. Los muñecos estaban alineados junto a la pared, en orden. Los observó varios segundos con el crucifijo en la mano. Se acercó y revisó uno de los muñecos sin tocarlo, inclinándose apenas. Luego se volvió hacia mà y me miró como si ya supiera lo que habÃa pasado. Nos pidió que colocáramos una mesa sencilla en el pasillo. QuerÃa que fuera el centro del rito.
28:52 Mi padre trajo una mesa de madera que usamos para preparar comida en las fiestas. La pusimos contra la pared frente a las puertas de los cuartos. El padre Esteban nos dijo que ahà debÃamos colocar una vela blanca encendida, un vaso con sal, otro con agua y una Biblia abierta en los salmos. Yo sostuve la vela mientras mi madre ponÃa la sal y el agua. Mi padre trajo la Biblia que guardaba en el baúl y la abrió en los salmos, tal como se le indicó. El padre explicó que debÃamos cerrar puertas y ventanas, no por miedo a que algo saliera, sino para que la oración no se dispersara. Mi hermano mayor fue cerrando cada hoja de madera y asegurándola con el pasador. Mi madre corrÃa las cortinas y cerraba las rendijas por donde se colaba el aire.
29:41 Cuando todo estuvo listo, el padre Esteban nos colocó detrás de él en fila. Primero a mis padres, luego a mis hermanos. A mà me puso a su lado, diciendo en voz baja que a quien habÃan buscado era a mÃ. Sentà un escalofrÃo cuando lo escuché. Me temblaban las manos y trataba de mantener la mirada en la mesa donde la vela brillaba. El padre se tomó un momento antes de empezar. Sacó de su maletÃn el incensario y lo llenó con carbón encendido. Vertió sobre las brasas un polvo que olÃa a hierbas. El humo subió lento, dibujando espirales en el aire cerrado del pasillo. Tomó el crucifijo de metal, lo levantó y nos miró uno por uno. Nos advirtió que, si escuchábamos risas, golpes o pasos, no debÃamos responder.« El rito no discute», dijo.« El rito ora». La vela parpadeó y el humo del incensario se movió hacia las habitaciones como si buscara algo. Yo sentÃa que el calor me subÃa por el cuello y que las paredes vibraban levemente, aunque nadie más parecÃa notarlo. Mis hermanos respiraban rápido, apretados junto a mi madre. El padre Esteban cerró los ojos y comenzó a rezar con una voz firme, profunda. Yo miraba la mesa con la vela y la Biblia abierta, y sentÃa que en cualquier momento los muñecos del cuarto iban a moverse. El humo ya no era claro. Se habÃa vuelto espeso y formaba remolinos frente a las puertas.
31:11 El padre movÃa el incensario con calma, esparciendo el humo en cÃrculos mientras sostenÃa el crucifijo en alto. Con la otra mano tomó el hisopo y roció agua bendita sobre los muñecos que permanecÃan alineados junto a la pared de mi cuarto. Después caminó hacia cada esquina de la habitación y las roció también, una por una, marcándolas con sal. Apenas habÃan pasado unos segundos cuando se escucharon pasos en el techo. Eran rápidos, como si alguien corriera de un extremo a otro sobre la lámina. Cada vibración hacÃa temblar el cuarto. Las velas que habÃamos colocado vacilaron de pronto, aunque no habÃa corriente de aire. La flama se inclinaba hacia un lado, luego hacia otro, como si algo invisible soplara cerca. El incensario que colgaba de la mano del padre comenzó a oscilar solo, sin que él lo moviera.
32:07 De repente soltó una bocanada de humo directo hacia el suelo, como si lo hubieran empujado. El humo se extendió rápido, cubriendo los pies del padre y envolviendo las patas de la mesa. El padre Esteban no se detuvo. Tomó el primer muñeco con la mano izquierda y lo sostuvo firme contra el crucifijo de metal. Rezaba en voz baja palabras que yo apenas entendÃa. El muñeco parecÃa reaccionar. El cabello, que antes estaba reseco, comenzó a humedecerse, como si lo acabaran de sacar de un balde con agua. Afuera, alrededor de la casa, comenzaron risas de mujeres. No eran lejanas ni confusas, eran claras, como si estuvieran caminando alrededor del patio.
32:50 Se movÃan de un lado a otro, primero cerca de la cocina, después junto a las ventanas de la sala, luego frente a la puerta del pasillo. Se reÃan entre ellas con voces distintas. El padre pasó al segundo muñeco. Lo roció con aceite, dejando que unas gotas corrieran sobre las ramas y mancharan los hilos que lo amarraban. En ese instante, la llama de la vela que tenÃamos sobre la mesa creció de golpe. No era un parpadeo, era un salto alto y violento que iluminó toda la habitación. Casi al mismo tiempo se escuchó un golpe fuerte en la puerta del patio. Todos lo escuchamos, un solo impacto, como si alguien la hubiera cerrado con violencia desde afuera.
33:35 Mis hermanos se apretaron más contra mi madre, que los rodeaba con el brazo. Yo sentà que el estómago se me revolvÃa. Un mareo me nubló la vista y tuve náusea. Me llevé la mano a la frente, convencido de que me iba a desmayar. El padre Esteban me miró de reojo, dejó el muñeco en el suelo y apoyó el crucifijo en mi frente. Dijo que nadie me tocara. Sentà un calor recorrerme la cabeza y poco a poco el mareo se disipó. Volvà a ver con claridad y respiré más calmado. El padre retomó el trabajo sin perder el ritmo. en cada muñeco repetÃa la misma fórmula sal agua bendita aceite y oración los tomaba uno por uno y con cada contacto los ruidos de la casa cambiaban a veces bajaban como si todo se calmara pero después volvÃan con más fuerza como probando los muros y las puertas Era como si las risas y los pasos quisieran interrumpirlo, pero no lograban detenerlo. En el tercero, los golpes se trasladaron al techo y al pasillo. Escuchábamos pasos que corrÃan, frenaban y volvÃan a correr, como si alguien jugara a asustarnos. El humo del incensario se arremolinaba en el aire y se pegaba a las paredes. El olor a aceite y a cabello quemado era cada vez más fuerte, y a ratos sentÃa que me faltaba el aire. Mi madre movÃa los labios sin pronunciar sonido, rezando por su cuenta, cuando el padre tomó el último muñeco y lo roció con agua bendita.
35:06 La lámina del techo dio un crujido largo y profundo. Fue un sonido que recorrió la casa entera, como si el metal se doblara bajo un peso invisible. Todos nos miramos sin atrevernos a movernos. El padre no perdió concentración. Sostuvo el muñeco con el crucifijo. Roció aceite y dijo con firmeza que allà estaba el nudo. Continuó rezando sin pausas, sin distraerse por el ruido ni por las risas que seguÃan afuera. El humo se hizo más espeso y la luz de la vela se agitaba, pero el padre Esteban no retrocedÃa. Yo lo miraba con la sensación de que todo dependÃa de él, de esas palabras que pronunciaba sin detenerse.
35:49 El padre terminó la oración frente al último muñeco y guardó silencio unos segundos, como escuchando algo que nosotros no podÃamos. Luego abrió el maletÃn y sacó un lienzo blanco doblado. Lo extendió con cuidado sobre la mesa y uno por uno fue colocando los muñecos en el centro. Su mano no temblaba, pero se notaba que cada movimiento era calculado. Una vez que estuvieron todos juntos, tomó un puñado de sal y la echó encima, cubriéndolos parcialmente. Después juntó las puntas del lienzo y amarró el paquete con un cordel, marcando la señal de la cruz sobre el nudo. Cuando terminó, nos pidió abrir únicamente la puerta principal. Dijo que no debÃamos dejar que el aire del exterior entrara por todos lados, solo por un punto. Mi padre fue hasta la entrada y descorrió el pasador, abriendo despacio. El padre tomó el paquete con ambas manos y nos indicó que lo siguiéramos en silencio. Caminamos en fila hasta el patio. Mi madre llevaba una palangana de barro con agua bendita y yo llevaba una vela encendida que él me habÃa pedido no apagar.
37:00 Ya en el patio se colocó frente a la casa con el paquete en el suelo. Levantó el crucifijo y comenzó una oración. Luego pidió que ninguno de nosotros mirara hacia la milpa. Dijo que durante el rito podÃan presentarse formas o figuras, pero que no debÃamos prestarles atención. Yo apreté los ojos con fuerza sin atreverme a levantar la vista. El padre caminó alrededor de la casa con el hisopo en la mano. Fue rociando los marcos de cada puerta y cada ventana. Cuando regresó al paquete no lo quemó. Mi padre le preguntó en voz baja si debÃa prenderle fuego, pero el padre Esteban negó con la cabeza. Dijo que el fuego alimenta lo que queda y que en lugar de destruir, fortalece. En su lugar tomó la palangana con agua bendita y sumergió el paquete completo, lienzo y muñecos.
37:55 Lo sostuvo hundido hasta que las burbujas dejaron de subir. Luego agarró otro puñado de sal y lo vertió hasta cubrirlos, formando una capa blanca que flotaba alrededor. el agua se enturbió rápido con hebras de cabello flotando entre la sal el olor a tierra mojada se mezcló con el del incienso que aún despedÃa humo el padre no se inmutó colocó el paquete empapado en un cubo metálico y antes de taparlo echó dentro un poco de la ceniza que habÃa quedado en el incensario dijo con voz grave que esto se retiraba de aquà que no se guardaba no se abrÃa y no se comentaba con nadie cerró el cubo con una tapa que ajustó con fuerza regresamos al interior en fila todavÃa en silencio el padre nos pidió mantener la vela encendida hasta el final Dentro de la casa volvió a recorrer los cuartos. Llevaba el crucifijo en una mano y un frasquito de aceite en la otra.
38:55 En cada habitación rezaba un breve salmo y luego trazaba una cruz en los dinteles de las puertas con una gota. El aceite dejaba manchas brillantes que se iban secando poco a poco. cuando terminó el padre nos reunió en la sala nos hizo repetir una oración simple con frases cortas que hasta mis hermanos pequeños podÃan memorizar luego nos entregó un frasco con agua bendita y otro con sal explicó que durante tres noches seguidas debÃamos rezar salmos en voz baja y mantener la casa en silencio sin música ni pláticas largas para que la calma regresara antes de irse nos miró con seriedad Dijo que él mismo se encargarÃa de llevar los muñecos a la iglesia para su disposición final.
39:43 Recalcó que no debÃamos volver al jacal, ni por curiosidad ni por rabia. Dijo que los lugares donde se hacen esos trabajos guardan la huella de lo que ahà se movió. y que abrir la puerta de nuevo serÃa como invitarlo otra vez. No hubo risas afuera ni pasos alrededor de la casa. Tampoco se escucharon las piedras sobre el techo de lámina ni los rasguños en las paredes. La costumbre de dormir todos juntos en la sala ya estaba arraigada, asà que extendimos cobijas y nos recostamos como las noches anteriores. Dormà de corrido después de mucho tiempo.
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