Oct. 1, 2025

EXORCISMO: Quitando Maldición De BRUJAS Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Tenía veinte años cuando me atreví a ir al ejido abandonado. Crecí escuchando que ahí nadie debía meterse, que era mejor darle la vuelta al camino antes que pasar cerca de los matorrales que lo rodeaban. Siempre había sentido que se inventaban historias para mantenernos alejados de sitios viejos y olvidados. El ejido era un terreno amplio, cubierto de maleza y árboles secos que parecían sostenerse de puro milagro. En medio se levantaba lo único que quedaba en pie, un jacal de palma. Desde lejos se notaba que estaba vencido por los años. El techo estaba caído hacia un lado. Las paredes de madera tenían huecos por donde se colaba la luz y las vigas mostraban señales de carcoma. Parecía que el próximo viento fuerte lo tiraría. De niño había escuchado que ese jacal era punto de reunión de brujas. Nunca daban detalles claros, solo decían que allí se hacían cosas que no debía ver. Yo les preguntaba qué clase de cosas eran esas, pero lo único que respondían era que no preguntara tanto. Una tarde, antes de que oscureciera, decidí entrar.

1:20 me llevé una lámpara de mano convencido de que regresaría antes de que la noche cayera caminé entre ramas secas que crujían bajo mis botas y me encontré frente a la puerta que estaba torcida y sostenida apenas por un clavo oxidado adentro me recibió un olor pesado era como entrar a un cuarto que había estado cerrado por años con el polvo pegado a las paredes Iluminé con la lámpara y lo primero que noté fueron manchas oscuras en el suelo, como si en algún momento hubieran encendido fogatas ahí dentro. Levanté la luz hacia el techo y entre las vigas colgaban muñecos pequeños, hechos con ramas amarradas y mechones de cabello humano. Algunos estaban amarrados con tiras de tela, otros clavados con alfileres oxidados. Sentí un escalofrío en la espalda y tuve que respirar hondo para no salir corriendo.

2:13 Me repetí que todo eso no era más que superstición, que alguien los había puesto para asustar, que eran restos de algún juego macabro de otros tiempos. Me obligué a mantener la calma, aunque cada vez que movía la lámpara parecía que las figuras se mecían como si tuvieran vida. No quise quedarme más tiempo. Salí rápido, cuidando de no tropezar. y caminé de regreso al pueblo con la sensación de que alguien me estaba viendo. Cuando llegué a mi casa, me senté en silencio sin decirle nada a mi familia. Guardé la experiencia para mí, convencido de que no me creerían o que me regañarían por haberme metido en un sitio prohibido. Esa misma noche, cuando ya todos nos habíamos acostado, comenzó lo extraño. Afuera de la casa se escucharon risas de mujer, como si varias muchachas caminaran por el camino de tierra que pasaba frente al patio. al principio pensamos que eran vecinas que regresaban de alguna visita porque en el pueblo era común que se reunieran a platicar en las noches pero pronto nos dimos cuenta de que las voces no se alejaban sino que parecían dar vueltas alrededor de la casa se escuchaban cerca de la entrada luego al lado de la cocina después junto a las ventanas de los cuartos siempre moviéndose como un grupo que rodeaba nuestra casa Encendimos la lámpara de petróleo para mirar por la ventana, pero no se veía a nadie. La calle estaba sola, el monte quieto, y aún así las risas seguían,

3:44 suaves al principio y luego más como si se burlaran. En el patio, los perros empezaron a inquietarse. Primero gruñían bajo, con el lomo erizado, hasta que de pronto comenzaron a ladrar con furia hacia la oscuridad. Corrían de un extremo a otro, buscando algo que no alcanzaban a atrapar, pero por más que mirábamos, no había figura alguna. Me quedé helado. De inmediato pensé en lo que había visto en el jacal esa tarde, los muñecos colgados con cabello humano, el olor a ceniza, el silencio raro que me envolvió. Sentí que lo que ahora escuchábamos estaba conectado con eso, pero no dije nada.¿ Cómo iba a admitir que había entrado en un sitio del que todos me habían advertido? Preferí callar y fingir que estaba tan confundido como los demás.

4:33 La noche pasó entre el ladrido de los perros y las risas que poco a poco se calmaron. Al día siguiente, cuando la casa volvió a su rutina, comenzaron a notarse cosas fuera de lugar. Una silla de la cocina estaba tirada en el suelo, como si alguien la hubiera empujado con fuerza. Un par de cubetas que siempre dejábamos cerca del lavadero aparecieron en medio del pasillo, vacías pero acomodadas de manera extraña. Mi madre fue la primera en reclamar, dijo que alguno de nosotros había estado jugando, que no había razón para desordenar las cosas de esa manera. Ninguno respondió, porque todos sabíamos que no había sido nadie. En la tarde, mientras comíamos, mis hermanos menores sacaron el tema. Dijeron con naturalidad que también habían escuchado las risas en la madrugada, que incluso habían sentido pasos cerca de la ventana de su cuarto. Mi madre les ordenó que no inventaran cuentos, que no se dejaran llevar por el miedo, pero yo los miré en silencio sabiendo que lo que contaban era verdad.

5:40 Ellos no habían entrado al jacal, no podían saber que allí había señales de algo turbio, y aún así escucharon lo mismo que yo. Esa noche, mientras me acostaba, no podía dejar de pensar que todo había empezado desde el momento en que crucé la puerta de aquel jacal de palma. Era como si hubiera removido algo que llevaba años dormido, algo que ahora buscaba nuestra casa para hacerse presente. Me quedé despierto más tiempo del que debía. El acoso ya no era esporádico ni parecía casual. Siempre a la misma hora empezaban los ruidos. Primero pasos en el patio, lentos, como de alguien que caminaba descalzo sobre la tierra. Luego venían las piedras cayendo sobre el techo de lámina, una tras otra, como si las dejaran caer a propósito para que las escucháramos. El sonido era metálico y cada golpe nos hacía brincar de la cama. Nadie dormía tranquilo. Mi madre rezaba en silencio, mis hermanos menores se acurrucaban juntos, y yo pasaba las noches despierto, mirando hacia la ventana esperando ver una sombra. Una madrugada, mientras mi familia intentaba dormir, me levanté despacio, me vestí con lo primero que encontré y salí con una lámpara y cerillos. Mi plan era volver al jacal y quemar todo lo que había dentro, como si con eso pudiera acabar con eso. caminé rápido entre la maleza hasta llegar al ejido la noche estaba

7:11 tan callada que mis pasos sonaban demasiado altos cuando llegué frente al jacal sentí que la temperatura había bajado empuje la puerta torcida y entré pero al alzar la lámpara me asusté las vigas estaban vacías los muñecos que colgaban ya no estaban no quedaba nada ni siquiera los alfileres oxidados Solo manchas en la madera donde antes habían estado amarrados. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. La sensación de que alguien me observaba era tan fuerte que me giré varias veces con la lámpara en alto, alumbrando cada rincón. entre lo oscuro me parecía ver un movimiento fugaz como si algo se ocultara detrás de las paredes carcomidas llamé en voz baja aunque no sé a quién y la respuesta fue un silencio pesado la lámpara temblaba en mi mano No pude quedarme más. Salí del jacal casi corriendo, sintiendo la espalda caliente. El camino de regreso se me hizo interminable.

8:12 Cada ruido entre los arbustos me hacía voltear, convencido de que algo venía detrás de mí. Cuando por fin vi las luces de la casa, me sentí más a gusto. Esa misma noche, cuando abrí la puerta de mi cuarto, me quedé sin aliento. ahí junto a mi cama estaban los mismos muñecos que horas antes habían desaparecido del jacal estaban tirados en el suelo algunos de pie como si los hubieran colocado con cuidado las ramas seguían amarradas con mechones de cabello humano pero ahora parecían más deterioradas con las telas húmedas y manchadas el olor a ceniza y humedad penetraba en el cuarto llamé a mi madre con la voz quebrada Ella entró con una vela en la mano, vio lo que yo miraba y se tapó la boca con las dos manos. Mis hermanos se asomaron detrás de ella y uno empezó a llorar. Todos reconocimos de inmediato que eran los mismos muñecos del jacal. No podían ser otros.

9:09 Nadie dijo nada. Mi madre preguntó quién los había traído. Nadie contestó. Yo no podía explicar lo que había pasado. Sabía que no los había cargado conmigo, que no era posible que hubieran llegado por sí solos. Fue en ese momento que sentí que la situación había pasado de lo raro a lo verdaderamente aterrador. Algo había seguido mis pasos desde el jacal hasta mi cuarto. Mi mamá tiró los muñecos a la basura. Esa madrugada no apagamos la luz. Mi madre encendió más velas y puso agua bendita en la puerta, aunque no estaba segura de qué hacer. Mis hermanos se quedaron con ella en su cuarto. Esa misma noche, con mucho miedo, tomé los muñecos de la basura y fui al patio. No quise que mi madre ni mis hermanos me vieran. Llevé también un bidón con gasolina viejo que mi padre guardaba para la bomba de agua y un encendedor. puse los muñecos sobre un montoncito de ramas secas y les rocié el líquido hasta empaparlos el olor era fuerte y me mareaba pero no me importó saqué el encendedor y le prendí fuego las llamas subieron rápido iluminando el patio en tonos anaranjados conforme el fuego avanzaba noté que los muñecos no ardían como debía ser las telas y las ramas crujían y Pero el cabello humano no se consumía. Algunas partes quedaban intactas, ennegrecidas, pero sin deshacerse.

10:35 Eché más gasolina, moví las brasas con un palo, pero, al final, lo único que logré fue que quedaran trozos chamuscados mezclados con ceniza. Apagué todo con agua y me quedé mirando los restos, sudando. Entré a la casa sin decirle nada a nadie. Esa noche dormí poco. Al amanecer, cuando abrí la puerta de mi cuarto, sobre el suelo, junto a mi cama, estaban otra vez los mismos muñecos, completos, sin rastros de quemaduras. Parecían más firmes incluso, con las ramas ajustadas y el cabello colgando como nuevo. Sentí que me faltaba aire. Mi padre entró justo en ese momento y vio lo mismo que yo. se agachó para mirarlos de cerca y luego me miró dijo en voz baja que esto no era normal que alguien nos estaba haciendo brujería habló de vecinos envidiosos de gente del ejido que no nos quería pero yo sabía en el fondo que esto venía del jacal mi madre al enterarse no perdió tiempo Dijo que lo mejor era ir a la iglesia del pueblo y pedir ayuda al padre para bendecir la casa.

11:45 Mi madre fue con el padre, pero le dijeron que no se encontraba, pero que le avisarían de su situación. Esa madrugada me despertaron risas afuera de mi ventana. No eran risas normales ni de una sola persona. Sonaban claras, varias mujeres, como si se burlaran en secreto. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que creí que los otros en la casa lo escucharían. Me acerqué despacio a la cortina y miré por la rendija. En medio del patio había una silueta femenina, alta, con el cabello largo que le caía sobre la cara. Estaba quieta, mirando hacia mi ventana. No pude distinguir sus facciones, solo su figura quieta bajo la luz débil de la luna. Corrí al cuarto de mis padres, sacudí a mi padre para despertarlo y le dije que había alguien en el patio. Se levantó de golpe, tomó la lámpara que siempre dejaba junto a la cama y salió conmigo. Pero al abrir la puerta trasera no encontramos a nadie. El patio estaba vacío, ni rastros en la tierra ni sombras moviéndose. solo el frío y un olor a tierra mojada que no había antes nos quedamos un rato ahí alumbrando hacia los rincones pero no vimos nada mi padre se pasó la mano por la cabeza molesto y me dijo que dejara de imaginar cosas regresamos a la casa pero yo ya no pude dormir me senté en la cama con la cortina corrida mirando el patio sentía sin necesidad de mirar que esa mujer o

13:19 lo que fuera seguía ahí en algún punto que mis ojos no alcanzaban desde esa noche la sensación de que me observaban se volvió constante hasta de día cuando iba al corral o caminaba hacia el pozo sentía una mirada mis hermanos notaban mi incomodidad pero no les decía nada Mi madre comenzó a dejar sal en las ventanas y cruces hechas con palma detrás de las puertas. Decía que no nos costaba nada protegernos. Mi padre guardó un machete cerca de la puerta del patio. Y yo, cada vez que pasaba junto a los muñecos que no dejaban de aparecer en mi cuarto, me repetía que tenía que encontrar una forma de romper ese acoso. Mi hermana menor una mañana mientras desayunábamos contó que había visto a una mujer de cabello largo en el corral. Lo dijo como quien comenta cualquier cosa, pero todos quedamos asustados. Mi madre dejó de mover la cuchara en la olla, mi padre se le quedó viendo y yo sentí mucho terror la verdad.

14:24 Ella explicó que la vio parada junto a la pila, con el cabello cubriéndole la cara. Pensó que era alguna vecina, pero cuando parpadeó ya no había nadie. Ese comentario cambió el ambiente. Hasta ese momento muchos querían creer que todo era cuestión de nervios, de sugestión, pero escuchar a mi hermana nos obligó a admitir que lo que pasaba no era normal. Si una criatura se estaba mostrando a una de mis hermanas, entonces el asunto estaba más cerca de lo que pensábamos. Los muñecos comenzaron a inquietarnos aún más. Ya no se limitaban a aparecer en mi cuarto. Amanecían en la mesa de la cocina, en el piso del pasillo o sobre las camas. Era como si alguien los moviera del lugar durante la noche. A veces amanecían en posiciones distintas, de pie contra la pared o recargados unos sobre otros, como si alguien los hubiera acomodado con cuidado.

15:21 Mi madre los recogía con rabia y los sacaba al patio, pero horas después volvían a estar dentro. Con el paso de los días yo empecé a sentirme mal. Primero fueron mareos repentinos, luego fiebre que subía y bajaba sin razón. Soñaba con los muñecos moviéndose solos, arrastrándose por el suelo, trepando por las paredes de mi cuarto. Entre esos sueños escuchaba risas de mujeres, idénticas a las que habíamos oído afuera de la casa. A veces pronunciaban mi nombre, como si me llamaran desde algún rincón. El sonido me retumbaba en la cabeza incluso al despertar. El ambiente dentro de la casa se volvió insoportable. Todos estábamos nerviosos, cualquier ruido nos daba miedo. Mis padres discutían a menudo sobre qué hacer.

16:11 mi madre insistía en buscar ayuda en la iglesia mientras mi padre quería esperar convencido de que enfrentaríamos burlas si contábamos lo que vivíamos mis hermanos también comenzaron a pelear entre ellos molestos por no dormir bien Una noche desperté de golpe. Abrí los ojos con la sensación de que algo pesaba sobre mí. Al mirar hacia abajo vi uno de los muñecos colocados sobre mi pecho. Sus ramas estaban húmedas como si lo hubieran sacado de un pozo y el cabello caía sobre mi camisa. Me paralicé. Sentí que me faltaba el aire como si el simple contacto me estuviera debilitando. Grité, y mi madre entró corriendo. Cuando vio la escena, lanzó un grito. Corrió hacia mí, arrancó el muñeco de mi pecho y lo aventó lejos. Me tomó de los hombros, revisando que pudiera respirar bien. Mis hermanos se asomaron desde el pasillo, todos con los ojos abiertos de miedo. Después del incidente del muñeco sobre mi pecho...

17:12 Mis padres decidieron que no podían seguir esperando. Ese mismo día reforzaron la casa como nunca. Mi madre llenó recipientes con agua bendita que había conseguido en la última misa y dejó cruces improvisadas en las esquinas del corredor. La intención era mantener lo que fuera que nos acosaba afuera de la casa. Pero por más que aseguramos cada entrada, los ruidos continuaron. No había noche sin ruidos. Primero escuchábamos pasos rodeando el patio, luego pequeñas piedras cayendo sobre la lámina, y a veces el chirrido de las ventanas aunque estuvieran clavadas. Era como si las paredes no significaran nada para lo que buscaba entrar. Mis hermanos más pequeños ya no podían dormir y mi madre los acurrucaba con ella. Mientras mi padre se mantenía sentado con el machete en la mano, incapaz de ocultar su propio miedo, una madrugada cuando apenas estábamos durmiendo, comenzaron golpes fuertes en el techo. No eran piedras ni ramas que cayeran, eran pasos claros, pesados, que avanzaban de un extremo a otro como si alguien caminara sobre la lámina. Cada golpe hacía vibrar la estructura, y yo podía imaginar con detalle a esa figura moviéndose sobre nosotros.

18:29 Los perros del patio aullaban sin cesar, sin atreverse a acercarse a la casa. Mi madre rezaba, mis hermanos lloraban, y mi padre gritaba hacia arriba que se fueran, pero los pasos continuaron varios minutos hasta desvanecerse poco a poco. Al amanecer, cuando por fin nos atrevimos a abrir la puerta principal, vimos a los muñecos estaban ahí, alineados en el suelo justo frente a la entrada. Estaban acomodados como soldados en fila, todos mirando hacia la puerta con el cabello enredado y los brazos abiertos. Ninguno de nosotros los habíamos puesto ahí. Fue la prueba definitiva de que aquello podía cruzar donde quisiera. sin importar lo que hiciéramos para evitarlo.

19:14 Mi padre dijo que estaba cansado, que si las cosas seguían así abandonaríamos la casa aunque se perdiera todo. Golpeó la mesa con el puño. Yo permanecía callado, pero por dentro me consumía la certeza de que todo giraba en torno a mí. Los muñecos aparecían en mi cuarto, los sueños eran conmigo, las voces me llamaban por mi nombre. Sentía que la presencia no estaba interesada en mi familia, sino en mí, y que los demás solo sufrían las consecuencias de lo que yo había provocado. Cada vez que me enfermaba o soñaba con las risas, ellos también se veían afectados, como si la marca que llevaba me alcanzara para arrastrarlos. Si no hubiera cruzado esa puerta, los muñecos seguirían colgando en las vigas y las risas se quedarían allá, lejos de nosotros. Desde entonces lo entendí con claridad. No se trataba de una simple maldición lanzada al aire, sino de algo personal. Las mujeres de ese lugar me habían visto, me habían marcado. Aunque reforzáramos la casa y cerráramos todas las entradas, yo ya llevaba la marca adentro y con cada noche que pasaba se hacía más fuerte. Las noches ya no eran noches, eran horas interminables de tensión. Preparé una lámpara de mano, un machete y un mazo que había tomado del taller de mi padre. Mi madre me pedía que descansara, pero yo apenas podía cerrar los ojos sin ver los muñecos o sin escuchar las risas. Me

20:46 sentaba en la sala mirando hacia el patio. Aquella madrugada miré a una mujer parada junto a la milpa que quedaba detrás del corral. estaba quieta con el cabello largo y desordenado su vestido apenas era visible no se movía sólo miraba hacia la casa levanté la lámpara para alumbrarla en ese instante la silueta se movió con rapidez dando un par de pasos más cerca y luego desapareció como si la tierra se la hubiera tragado Corría a despertar a mi padre, pero él no encontró a nadie afuera. Los perros estaban en silencio, temblando en sus rincones. Mis hermanos pequeños comenzaron a llorar en su cuarto, diciendo que escuchaban voces de mujeres dentro de la casa. La menor gritaba que alguien la estaba llamando por su nombre. Mi madre los abrazaba tratando de calmarlos mientras me miraba con desesperación.

21:40 Esa misma noche, cuando todo volvió a quedarse en silencio, me armé de valor y tomé el mazo. Decidí regresar al ejido para destruir lo que quedara allí. No se lo dije a nadie. Salí solo, con la lámpara en una mano y el mazo en la otra. Cuando llegué al jacal, el aire estaba más frío que nunca. La estructura parecía más deteriorada, como si hubiera envejecido en cuestión de días. Empujé la puerta rota y entré. El olor a humedad y ceniza me golpeó igual que la primera vez. Sin pensarlo demasiado, levanté el mazo y empecé a romper lo poco que quedaba. Las vigas, los trapos colgados, las tablas del suelo. Cada golpe retumbaba. Mientras destruía todo, sentía claramente que alguien me acompañaba. Era esa sensación de respiración detrás del cuello, de ojos siguiéndote en la oscuridad. El mazo me pesaba más con cada golpe. En medio del ruido de la madera quebrándose, comencé a escuchar algo más. Carcajadas.

22:43 Primero eran suaves, luego se hicieron fuertes llenando el jacal por completo. Eran varias mujeres riendo al mismo tiempo. El mazo se me cayó de las manos. La lámpara parpadeó y por un segundo creí ver sombras moverse a mi alrededor, como figuras encorvadas. Salí corriendo del jacal con todas mis fuerzas, tropezando con las piedras del camino, sintiendo que las risas me seguían detrás, pegadas al oído. Corrí hasta que la casa apareció a lo lejos, con las ventanas encendidas. Al entrar... Mi familia me miró sin entender, yo temblaba, sudaba frío y apenas podía hablar. Sabía que lo que había hecho no había terminado con nada, si acaso había despertado algo más.

23:29 Mis papás me habían preguntado a dónde había ido, pero solo les dije una excusa tonta de por qué había salido a los corrales. Los golpes comenzaron de repente, en todas las paredes al mismo tiempo. era un ruido que hacía vibrar la madera como si docenas de manos tocaran cada rincón de la vivienda mis hermanos despertaron gritando mi madre corrió a abrazarlos y mi padre encendió la lámpara sin saber hacia dónde apuntar yo apenas podía mantenerme de pie con la fiebre ardiéndome por dentro sintiendo que el sonido venía de todas partes y a la vez de ningún lugar me arrastré hacia mi cuarto para asegurarme de que seguía vacío los muñecos habían reaparecido intactos colocados en círculo junto a mi cama yo mismo los había destruido horas antes en el jacal había visto cómo se rompían bajo el peso del mazo pero ahora estaban allí con sus ramas acomodadas y el cabello más abundante como si hubieran vuelto a crecer Uno de ellos parecía tener manchas oscuras en el rostro, semejando ojos que me miraban. Sentí que la fiebre me hacía delirar, porque entre parpadeos me pareció que se movían levemente, girando hacia donde yo estaba.

24:49 Comencé a decir en voz alta que ella estaba dentro de la casa. Aseguraba ver su figura atravesando el pasillo, escuchaba su respiración entre los muebles y juraba que se reía a pocos pasos de mí. Mi padre me tomó de los hombros y me dijo que me calmara, que estaba ardiendo en fiebre, pero yo sabía que no eran alucinaciones. Esa mujer había entrado y no tenía intenciones de irse. La tensión llegó a tal punto que mi madre decidió que todos durmiéramos juntos en la sala. Pusimos cobijas en el suelo, juntamos las sillas y tratamos de mantenernos despiertos. Nadie podía cerrar los ojos, porque a cada rato los golpes regresaban, ahora más leves, como si alguien arrastrara las uñas sobre las paredes. Yo apenas podía articular palabra entre los temblores de la fiebre y las imágenes que me perseguían en la oscuridad. Cuando por fin amaneció, al revisar alrededor de la casa, encontramos huellas marcadas en la tierra.

25:51 Eran femeninas, pies descalzos, con dedos largos, alrededor de toda la vivienda, como si alguien hubiera estado caminando en círculos toda la noche. Algunas huellas se detenían justo frente a las ventanas, otras apuntaban directo hacia la puerta principal. Al amanecer, mi madre regresó a la iglesia. Cuando vio que el sol apenas asomaba, se levantó, se puso un rebozo y salió sin desayunar. Caminó rápido, casi corriendo, hasta llegar al atrio. Allí encontró al padre Esteban, que estaba terminando de ordenar los bancos después de la misa de las seis. Se acercó y le habló en voz baja, contándole todo lo que habíamos vivido. Le dijo que los muñecos aparecían aunque los quemáramos, que escuchábamos risas de mujeres rodeando la casa y que yo había enfermado. Le contó también que cada noche los golpes eran más fuertes y que esa madrugada incluso habíamos visto huellas alrededor de la vivienda. El padre la escuchó sin interrumpirla y cuando terminó le dijo que iría esa misma tarde. Pidió que mi madre consiguiera agua bendita, aceite y sal. Dijo que él llevaría un crucifijo de metal y un incensario. Que preparáramos todo para que la oración no se interrumpiera y que nadie, por ningún motivo, hablara con las voces que escucháramos. Mi madre asintió agradecida y regresó a la casa con el rostro serio. Cuando llegó,

27:23 nos reunió en la cocina y nos explicó lo que el padre había dicho. Mi padre no dijo nada. Yo me quedé quieto, sintiendo que cada palabra era un peso más sobre mí, porque, en el fondo, sabía que todo había empezado por mi culpa. A media tarde vimos al padre Esteban venir por el camino de tierra. Traía una sotana negra sencilla y un maletín de cuero del que sobresalía el mango del incensario. Lo recibimos en la puerta y él entró sin perder tiempo. Apenas cruzó el umbral, respiró hondo y dijo que el aire estaba pesado. nos indicó que no habláramos con nadie aunque escucháramos risas o pasos dijo que durante el rito podían presentarse cosas para distraernos pero que debíamos permanecer en silencio y orar recorrió la sala sin prisa mirando las esquinas las ventanas los rincones donde antes habíamos visto sombras después subió al pasillo y entró a cada cuarto Cuando llegó al mío, se detuvo frente a la cama. Los muñecos estaban alineados junto a la pared, en orden. Los observó varios segundos con el crucifijo en la mano. Se acercó y revisó uno de los muñecos sin tocarlo, inclinándose apenas. Luego se volvió hacia mí y me miró como si ya supiera lo que había pasado. Nos pidió que colocáramos una mesa sencilla en el pasillo. Quería que fuera el centro del rito.

28:52 Mi padre trajo una mesa de madera que usamos para preparar comida en las fiestas. La pusimos contra la pared frente a las puertas de los cuartos. El padre Esteban nos dijo que ahí debíamos colocar una vela blanca encendida, un vaso con sal, otro con agua y una Biblia abierta en los salmos. Yo sostuve la vela mientras mi madre ponía la sal y el agua. Mi padre trajo la Biblia que guardaba en el baúl y la abrió en los salmos, tal como se le indicó. El padre explicó que debíamos cerrar puertas y ventanas, no por miedo a que algo saliera, sino para que la oración no se dispersara. Mi hermano mayor fue cerrando cada hoja de madera y asegurándola con el pasador. Mi madre corría las cortinas y cerraba las rendijas por donde se colaba el aire.

29:41 Cuando todo estuvo listo, el padre Esteban nos colocó detrás de él en fila. Primero a mis padres, luego a mis hermanos. A mí me puso a su lado, diciendo en voz baja que a quien habían buscado era a mí. Sentí un escalofrío cuando lo escuché. Me temblaban las manos y trataba de mantener la mirada en la mesa donde la vela brillaba. El padre se tomó un momento antes de empezar. Sacó de su maletín el incensario y lo llenó con carbón encendido. Vertió sobre las brasas un polvo que olía a hierbas. El humo subió lento, dibujando espirales en el aire cerrado del pasillo. Tomó el crucifijo de metal, lo levantó y nos miró uno por uno. Nos advirtió que, si escuchábamos risas, golpes o pasos, no debíamos responder.« El rito no discute», dijo.« El rito ora». La vela parpadeó y el humo del incensario se movió hacia las habitaciones como si buscara algo. Yo sentía que el calor me subía por el cuello y que las paredes vibraban levemente, aunque nadie más parecía notarlo. Mis hermanos respiraban rápido, apretados junto a mi madre. El padre Esteban cerró los ojos y comenzó a rezar con una voz firme, profunda. Yo miraba la mesa con la vela y la Biblia abierta, y sentía que en cualquier momento los muñecos del cuarto iban a moverse. El humo ya no era claro. Se había vuelto espeso y formaba remolinos frente a las puertas.

31:11 El padre movía el incensario con calma, esparciendo el humo en círculos mientras sostenía el crucifijo en alto. Con la otra mano tomó el hisopo y roció agua bendita sobre los muñecos que permanecían alineados junto a la pared de mi cuarto. Después caminó hacia cada esquina de la habitación y las roció también, una por una, marcándolas con sal. Apenas habían pasado unos segundos cuando se escucharon pasos en el techo. Eran rápidos, como si alguien corriera de un extremo a otro sobre la lámina. Cada vibración hacía temblar el cuarto. Las velas que habíamos colocado vacilaron de pronto, aunque no había corriente de aire. La flama se inclinaba hacia un lado, luego hacia otro, como si algo invisible soplara cerca. El incensario que colgaba de la mano del padre comenzó a oscilar solo, sin que él lo moviera.

32:07 De repente soltó una bocanada de humo directo hacia el suelo, como si lo hubieran empujado. El humo se extendió rápido, cubriendo los pies del padre y envolviendo las patas de la mesa. El padre Esteban no se detuvo. Tomó el primer muñeco con la mano izquierda y lo sostuvo firme contra el crucifijo de metal. Rezaba en voz baja palabras que yo apenas entendía. El muñeco parecía reaccionar. El cabello, que antes estaba reseco, comenzó a humedecerse, como si lo acabaran de sacar de un balde con agua. Afuera, alrededor de la casa, comenzaron risas de mujeres. No eran lejanas ni confusas, eran claras, como si estuvieran caminando alrededor del patio.

32:50 Se movían de un lado a otro, primero cerca de la cocina, después junto a las ventanas de la sala, luego frente a la puerta del pasillo. Se reían entre ellas con voces distintas. El padre pasó al segundo muñeco. Lo roció con aceite, dejando que unas gotas corrieran sobre las ramas y mancharan los hilos que lo amarraban. En ese instante, la llama de la vela que teníamos sobre la mesa creció de golpe. No era un parpadeo, era un salto alto y violento que iluminó toda la habitación. Casi al mismo tiempo se escuchó un golpe fuerte en la puerta del patio. Todos lo escuchamos, un solo impacto, como si alguien la hubiera cerrado con violencia desde afuera.

33:35 Mis hermanos se apretaron más contra mi madre, que los rodeaba con el brazo. Yo sentí que el estómago se me revolvía. Un mareo me nubló la vista y tuve náusea. Me llevé la mano a la frente, convencido de que me iba a desmayar. El padre Esteban me miró de reojo, dejó el muñeco en el suelo y apoyó el crucifijo en mi frente. Dijo que nadie me tocara. Sentí un calor recorrerme la cabeza y poco a poco el mareo se disipó. Volví a ver con claridad y respiré más calmado. El padre retomó el trabajo sin perder el ritmo. en cada muñeco repetía la misma fórmula sal agua bendita aceite y oración los tomaba uno por uno y con cada contacto los ruidos de la casa cambiaban a veces bajaban como si todo se calmara pero después volvían con más fuerza como probando los muros y las puertas Era como si las risas y los pasos quisieran interrumpirlo, pero no lograban detenerlo. En el tercero, los golpes se trasladaron al techo y al pasillo. Escuchábamos pasos que corrían, frenaban y volvían a correr, como si alguien jugara a asustarnos. El humo del incensario se arremolinaba en el aire y se pegaba a las paredes. El olor a aceite y a cabello quemado era cada vez más fuerte, y a ratos sentía que me faltaba el aire. Mi madre movía los labios sin pronunciar sonido, rezando por su cuenta, cuando el padre tomó el último muñeco y lo roció con agua bendita.

35:06 La lámina del techo dio un crujido largo y profundo. Fue un sonido que recorrió la casa entera, como si el metal se doblara bajo un peso invisible. Todos nos miramos sin atrevernos a movernos. El padre no perdió concentración. Sostuvo el muñeco con el crucifijo. Roció aceite y dijo con firmeza que allí estaba el nudo. Continuó rezando sin pausas, sin distraerse por el ruido ni por las risas que seguían afuera. El humo se hizo más espeso y la luz de la vela se agitaba, pero el padre Esteban no retrocedía. Yo lo miraba con la sensación de que todo dependía de él, de esas palabras que pronunciaba sin detenerse.

35:49 El padre terminó la oración frente al último muñeco y guardó silencio unos segundos, como escuchando algo que nosotros no podíamos. Luego abrió el maletín y sacó un lienzo blanco doblado. Lo extendió con cuidado sobre la mesa y uno por uno fue colocando los muñecos en el centro. Su mano no temblaba, pero se notaba que cada movimiento era calculado. Una vez que estuvieron todos juntos, tomó un puñado de sal y la echó encima, cubriéndolos parcialmente. Después juntó las puntas del lienzo y amarró el paquete con un cordel, marcando la señal de la cruz sobre el nudo. Cuando terminó, nos pidió abrir únicamente la puerta principal. Dijo que no debíamos dejar que el aire del exterior entrara por todos lados, solo por un punto. Mi padre fue hasta la entrada y descorrió el pasador, abriendo despacio. El padre tomó el paquete con ambas manos y nos indicó que lo siguiéramos en silencio. Caminamos en fila hasta el patio. Mi madre llevaba una palangana de barro con agua bendita y yo llevaba una vela encendida que él me había pedido no apagar.

37:00 Ya en el patio se colocó frente a la casa con el paquete en el suelo. Levantó el crucifijo y comenzó una oración. Luego pidió que ninguno de nosotros mirara hacia la milpa. Dijo que durante el rito podían presentarse formas o figuras, pero que no debíamos prestarles atención. Yo apreté los ojos con fuerza sin atreverme a levantar la vista. El padre caminó alrededor de la casa con el hisopo en la mano. Fue rociando los marcos de cada puerta y cada ventana. Cuando regresó al paquete no lo quemó. Mi padre le preguntó en voz baja si debía prenderle fuego, pero el padre Esteban negó con la cabeza. Dijo que el fuego alimenta lo que queda y que en lugar de destruir, fortalece. En su lugar tomó la palangana con agua bendita y sumergió el paquete completo, lienzo y muñecos.

37:55 Lo sostuvo hundido hasta que las burbujas dejaron de subir. Luego agarró otro puñado de sal y lo vertió hasta cubrirlos, formando una capa blanca que flotaba alrededor. el agua se enturbió rápido con hebras de cabello flotando entre la sal el olor a tierra mojada se mezcló con el del incienso que aún despedía humo el padre no se inmutó colocó el paquete empapado en un cubo metálico y antes de taparlo echó dentro un poco de la ceniza que había quedado en el incensario dijo con voz grave que esto se retiraba de aquí que no se guardaba no se abría y no se comentaba con nadie cerró el cubo con una tapa que ajustó con fuerza regresamos al interior en fila todavía en silencio el padre nos pidió mantener la vela encendida hasta el final Dentro de la casa volvió a recorrer los cuartos. Llevaba el crucifijo en una mano y un frasquito de aceite en la otra.

38:55 En cada habitación rezaba un breve salmo y luego trazaba una cruz en los dinteles de las puertas con una gota. El aceite dejaba manchas brillantes que se iban secando poco a poco. cuando terminó el padre nos reunió en la sala nos hizo repetir una oración simple con frases cortas que hasta mis hermanos pequeños podían memorizar luego nos entregó un frasco con agua bendita y otro con sal explicó que durante tres noches seguidas debíamos rezar salmos en voz baja y mantener la casa en silencio sin música ni pláticas largas para que la calma regresara antes de irse nos miró con seriedad Dijo que él mismo se encargaría de llevar los muñecos a la iglesia para su disposición final.

39:43 Recalcó que no debíamos volver al jacal, ni por curiosidad ni por rabia. Dijo que los lugares donde se hacen esos trabajos guardan la huella de lo que ahí se movió. y que abrir la puerta de nuevo sería como invitarlo otra vez. No hubo risas afuera ni pasos alrededor de la casa. Tampoco se escucharon las piedras sobre el techo de lámina ni los rasguños en las paredes. La costumbre de dormir todos juntos en la sala ya estaba arraigada, así que extendimos cobijas y nos recostamos como las noches anteriores. Dormí de corrido después de mucho tiempo.