El Padre Que Logró Engañar A Un Demonio - Historias De Terror - REDE
0:05 Nunca me he presentado como exorcista ni como santo. Yo siempre he sido el ayudante, el que carga los libros y las cosas del padre Ignacio, y se queda pegado a la pared mientras todos miran al poseÃdo. Cuando lo conocà tenÃa 24 años. Entré al seminario con la idea de ordenarme, pero entendà rápido que no estaba hecho para dirigir una parroquia ni para estar al frente del altar. El obispo me pidió que no me alejara, y el padre Ignacio me tomó como su ayudante fijo, un laico para los casos difÃciles. Con él aprendà a preparar altares, a tratar con familias desesperadas, y a aguantar la mirada de una persona que ya no habla como persona. En varios pueblos lo acompañé en casos de supuesta posesión. Vi hombres fuertes llorar como niños, mujeres delgadas empujar a tres personas al mismo tiempo, jóvenes insultar al padre y repetir los pecados de sus propios padres. En todos esos casos, después de varios dÃas de ritual y oración, la persona terminaba más tranquila.
1:11 No siempre quedaban perfectos, pero podÃan dormir, comer y caminar sin tirarse al piso, ni escupir sobre las imágenes. Yo creà que todos los casos iban a seguir ese patrón, hasta que el obispo nos llamó a su despacho y nos habló de San Gregorio, un pueblo escondido entre cerros y sembradÃos. El párroco de ese lugar le habÃa escrito varias veces, decÃa que una muchacha de 19 años llevaba semanas con cambios bruscos de carácter, gritos, fuerza que no coincidÃa con su cuerpo flaco, rechazo a todo lo religioso y momentos en los que parecÃa conocer pecados de personas que casi no trataba. Un médico general de la cabecera ya la habÃa revisado. No encontró infección ni fiebre alta, ni un cuadro claro que explicara esos ataques. Estuve presente cuando el obispo le entregó al padre una carpeta con los datos del caso. La joven se llamaba Teresa López. Sus padres eran Rodolfo y Elena. TenÃan dos hijos menores. VivÃan en la calle principal del pueblo, frente a una tienda pequeña que ellos mismos atendÃan. El problema llevaba varias semanas.
2:27 La familia casi no dormÃa y los vecinos empezaban a hablar de maldición. El obispo le pidió al padre Ignacio que fuera, que revisara el caso con calma, que no se dejara llevar por exageraciones, pero que tampoco lo minimizara. Yo como siempre irÃa con él. Salimos con una maleta donde el padre guardaba el ritual de exorcismos, una biblia marcada en varias partes, una estola morada y un crucifijo de madera pesado que llevaba desde su primera parroquia. yo me senté junto a la ventana del autobús y mire el camino primero pasamos por tramos de carretera ancha con trailers y carros de paso luego empezaron las curvas los cerros secos y el polvo que se levantaba con cada vuelta a lo lejos se veÃan parcelas de maÃz corrales con vacas arroyos casi secos y casas dispersas cuando bajamos en la parada de san gregorio sentà que dejábamos atrás la ciudad y cualquier comodidad El camino hacia el pueblo era de tierra. HabÃa casas de bloc sin pintar, otras de adobe y cercas con alambre. El camino principal llevaba directo a la plaza, donde habÃa un kiosco oxidado y bancas de cemento. A un lado se levantaba la iglesia, paredes descarapeladas, manchas de humedad y un campanario con la cruz chueca. pocas personas caminaban por ahà algunas cargaban bolsas del mercado otras nos veÃan desde sus puertas midiendo a
3:59 los forasteros el párroco local nos recibió en la entrada del templo era un hombre delgado de unos cincuenta años con el cabello muy corto y ojeras profundas Nos saludó con respeto y empezó a hablar de Teresa. Dijo que antes era una muchacha seria, que ayudaba en la casa y cantaba en misa con voz firme. Después empezó a contestar con groserÃas, a tirar los platos, a empujar a su hermano menor con una fuerza que no coincidÃa con su peso. En las últimas semanas se lanzaba contra las imágenes religiosas. EscupÃa cuando pasaban frente a ella, con el agua bendita, y se reÃa mientras intentaban rezar junto a su cama. Mientras hablaba, yo recorrà con la vista el interior de la iglesia. HabÃa bancas rayadas, un altar con flores marchitas, imágenes de yeso con la pintura caÃda en la cara y en las manos, veladoras consumidas a la mitad con la cera regada. Se notaba que la parroquia vivÃa con lo justo. El párroco dijo que habÃan pasado varias noches en vela junto a la familia, que la muchacha ya casi no comÃa y que en los últimos ataques hablaba cosas que nadie entendÃa. El padre Ignacio lo escuchó y le dijo que querÃa verla y hablar con los padres cuanto antes. La casa de los López quedaba a unas cuadras sobre la misma calle principal. Era una construcción de una planta con fachada de bloc gris y
5:31 una cortina metálica en la parte del negocio. El párroco tocó y nos abrió Doña Elena. TenÃa el cabello recogido, los ojos hinchados y un mandil manchado de comida. Detrás de ella se asomó un niño de unos doce años y más atrás, una niña más pequeña que abrazaba una muñeca sin soltarla. ahà conocimos a don rodolfo era un hombre robusto de piel quemada por el sol manos grandes llenas de callos y barba mal rasurada saludó al padre ignacio con respeto y apenas me miró se notaba desgastado Nos pidió que pasáramos al cuarto de su hija. Caminamos por un pasillo estrecho, con paredes manchadas y puertas de madera, golpeadas en la parte baja como si les hubieran pegado con los pies. La puerta del cuarto de Teresa tenÃa marcas profundas, como si la hubieran golpeado con alguna herramienta o mueble. Adentro, la cama ocupaba casi todo el espacio.
6:32 La ventana daba a la calle, pero la cortina estaba corrida y por dentro habÃan colocado una tabla clavada a la pared para evitar que la abriera. Frente a la cama colgaba una cruz de madera sencilla. el aire olÃa a sudor viejo y a encierro teresa estaba sentada en la cama recargada en la pared tenÃa el cabello pegado a la frente el rostro hundido ojeras marcadas y los labios agrietados sus manos mostraban rasguños y moretones en los antebrazos se veÃan lÃneas rojizas como si se hubiera jalado con fuerza o hubiera rasguñado a otros Sus pies descalzos tocaban el piso frÃo. En la cabecera habÃan amarrado una cuerda gruesa, que en ese momento estaba suelta, pero dejaba claro que la habÃan sujetado ahà en ataques anteriores. La observé tratando de imaginar a la muchacha que ayudaba en misa, pero ella levantó la cabeza antes de que pudiera pensar más.
7:33 Buscó mi cara entre todos, sus ojos se clavaron en mÃ, como si me conociera desde antes. Entonces habló, sin gritar, con una voz firme y burlona. Mencionó un pecado que yo habÃa cometido años atrás, en otro estado, cuando todavÃa estaba en el seminario. Dijo el lugar exacto, la frase que yo pronuncié, y el nombre de la persona con la que estaba. sentà que se me aflojaban las piernas y que el estómago se me encogÃa el padre ignacio me miró de reojo sorprendido y yo entendà que ese caso no se parecÃa a ninguno de los que habÃamos visto ahà en ese cuarto caliente y maltratado supe que el demonio que hablaba por la boca de teresa me conocÃa mejor de lo que yo querÃa aceptar después de ese primer encuentro el padre Ignacio decidió que no podÃamos dar un solo paso sin revisar bien lo básico él siempre decÃa que antes de hablar de demonios habÃa que ver al cuerpo y a la cabeza de la persona Asà que lo primero fue volver a hablar con el médico, que ya habÃa visto a Teresa. Era un doctor general, que atendÃa en una casa adaptada como consultorio, a unas cuadras de la plaza. El médico nos recibió con confianza.
8:53 Le contó al padre que habÃa revisado a Teresa varias veces. Dijo que la encontró muy delgada, con taquicardia cuando estaba alterada, pero sin fiebre alta ni golpes internos. le habÃa revisado la cabeza el abdomen y los reflejos pero no encontró signos de infección grave ni datos de un ataque epiléptico clásico comentó que le habÃa dado pastillas para dormir unos dÃas pero la familia dejó de usarlas cuando vieron que los ataques seguÃan igual o peor El padre Ignacio le preguntó si alguien le habÃa dado otro tipo de medicamentos, tranquilizantes más fuertes o drogas. El médico lo negó. ConocÃa a la familia desde hacÃa años y no los veÃa capaces de eso. Nos repitió que, desde su punto de vista, lo que pasaba no tenÃa que ver con algo médico.
9:45 de ahà pasamos de nuevo con los padres de teresa los sentamos en la sala frente al retrato de primera comunión de su hija el padre les pidió con calma que nos dijeran en qué momento habÃa empezado todo doña elena nos explicó que al principio sólo notaron cambios de carácter Teresa respondÃa con enojo por cosas pequeñas. Luego comenzaron las noches en vela. DecÃa groserÃas que nunca usaba, insultaba a su padre y se reÃa cuando ellos rezaban el rosario. Don Rodolfo agregó, que una vez la encontraron en el patio en plena madrugada, con los pies descalzos sobre el cemento frÃo, mirando fijo al cielo y murmurando palabras en un idioma que ellos no conocÃan. El padre preguntó si alguien habÃa jugado con tablas, invocaciones o cosas de brujerÃa.
10:39 Ellos aseguraron que no. La familia era conocida por su apego a la iglesia, No habÃa altares raros en la casa, ni objetos extraños, solo santos, crucifijos y veladoras. Los hermanos menores dijeron que solo la habÃan visto hablar sola y empujar cosas, pero que nadie en la casa hacÃa juegos de ese tipo. Yo fui anotando todo en una libreta para no dejar cabos sueltos. Con esos datos, el padre Ignacio tomó la decisión de iniciar el ritual oficial de exorcismo. Me tocó preparar todo. En el cuarto de Teresa movimos la cama un poco para dejar espacio frente a ella. puse una mesa pequeña contra la pared encima coloqué el crucifijo de madera pesado del padre el ritual de exorcismos abierto donde me indicó una biblia una botella con agua bendita un recipiente con sal bendita el rosario grueso de madera y una vela grande la cruz que ya estaba colgada en la pared se quedó en su lugar solo la enderecé porque estaba aladeada acordamos que durante las sesiones sólo estarÃamos el padre yo y los padres de teresa los niños se quedaron en casa de unos vecinos cerramos bien las ventanas y la puerta para evitar que la gente del pueblo se asomara yo sentÃa el estómago apretado pero ya conocÃa el procedimiento tenÃa claro que debÃa sostener el libro cuando el padre me lo pidiera vigilar que
12:10 teresa no se golpeara contra la cabecera y estar pendiente de los padres que a veces se desmoronaban a mitad del ritual Cuando comenzó la primera sesión seria, Teresa estaba sentada en la cama, con las manos sobre las piernas. TenÃa la mirada baja y los labios resecos. El padre se colocó frente a ella con la estola morada sobre los hombros, el crucifijo en la mano derecha y el libro apoyado en la izquierda. Yo me quedé ligeramente a un lado, lo bastante cerca, para sujetar a Teresa si se lanzaba hacia adelante. Los padres se pegaron a la pared con los dedos entrelazados. El padre Ignacio inició las oraciones en latÃn. Al principio la muchacha no se movió, solo respiraba rápido. Cuando mencionó el nombre de Cristo con firmeza, Teresa levantó la cabeza de golpe. La expresión de su rostro cambió. Una sonrisa torcida se le marcó en la boca y empezó a reÃrse con una risa demonÃaca que no coincidÃa con su cuerpo agotado. Luego escupió hacia adelante.
13:19 El escupitajo cayó cerca de los pies del padre. Después vinieron los insultos. lo llamó por su apellido completo le dijo que era un cobarde y que habÃa llegado tarde a muchas partes a mà me lanzó una mirada breve como si no quisiera desperdiciar palabras el padre continuó hizo la señal de la cruz sobre ella con el crucifijo y le lanzó agua bendita cada gota que caÃa sobre su piel la hacÃa retorcerse pero no como en otros casos donde se apartaban con miedo aquà lo hacÃa con rabia Se tiraba hacia atrás, jalaba la cuerda de la cabecera y pateaba la cama. En un momento empezó a repetir las oraciones del ritual al revés, con una velocidad impresionante.
14:06 Yo conocÃa esas frases y escuchar las deformadas me revolvÃa el estómago. No era una simple burla, las repetÃa como si las hubiera leÃdo mil veces. Conforme pasaron los dÃas, las sesiones se fueron acumulando. No recuerdo cuántas fueron, pero recuerdo bien el desgaste. El cuarto se mantenÃa con un olor pesado. La voz se le fue volviendo ronca. Al leer ciertas partes del ritual, tenÃa que detenerse un segundo para aclararse la garganta. Sus manos, que yo siempre habÃa visto firmes, empezaron a temblar ligeramente cuando levantaba el crucifijo. Lo que más me golpeaba era que las oraciones no tenÃan el efecto de antes. En otros pueblos yo habÃa visto a las personas vomitar, llorar con fuerza, desmoronarse, y después de varias noches llegaba la calma, pero aquà no pasaba eso. Teresa tenÃa ratos de aparente quietud, se quedaba recostada con los ojos entrecerrados, respirando profundo. A veces pensábamos que el demonio estaba cediendo, pero en cuanto el padre retomaba una parte fuerte del ritual, la muchacha se reÃa, decÃa groserÃas nuevas y se burlaba de cada gesto religioso.
15:22 El demonio respondÃa versÃculos, como si llevara años en catecismo, contestaba las preguntas antes de que el padre terminara la frase y recordaba escenas de exorcismos pasados. Una tarde, durante una de esas sesiones, el ataque se dirigió por completo al padre Ignacio. Teresa levantó la cabeza despacio. La mirada ya no estaba perdida, sino fija en él. Con esa voz gruesa dijo su nombre completo, como aparece en los documentos oficiales de la diócesis. Luego mencionó a una mujer enferma de cáncer que lo habÃa llamado cuando estaba en otra parroquia. Dijo el nombre del hospital, el número del cuarto y la fecha. Relató cómo el padre habÃa recibido el recado y decidió ir al dÃa siguiente. Cuando llegó, la mujer ya estaba muerta. El demonio, a través de Teresa, repitió la frase que el padre habÃa dicho por dentro en ese momento, una que nunca le contó a nadie.
16:21 Yo me quedé frÃo, esa información no estaba en ningún informe ni en ninguna carta. El padre se quedó mudo, el rostro se le puso pálido, intentó seguir leyendo, pero se le trabó la lengua. Se saltó una lÃnea completa del ritual y repitió otra. Durante unos segundos miró a Teresa sin decir nada, con los ojos muy abiertos, como si no supiera desde dónde seguir. Yo nunca lo habÃa visto asÃ. En los otros casos siempre mantenÃa una seguridad que contagiaba incluso a las familias. Ese dÃa vi miedo en él, miedo real, no por la muchacha, sino por lo que se reveló de su propia vida. Fuera del cuarto, el pueblo ya comentaba todo. Cuando salÃa a comprar pan o agua, escuchaba a las personas en la tienda. Algunos decÃan que lo que pasaba en casa de los López era castigo por algún pecado escondido. Otros juraban que todo era teatro para llamar la atención. El pueblo entero estaba pendiente de lo que pasaba ahà dentro, aunque pocos se acercaban a preguntar. la sesión que marcó el lÃmite llegó después de varios intentos el padre comenzó como siempre con la estola puesta y el crucifijo en alto teresa empezó a sacudirse a reÃr a repetir frases del ritual con tono de burla La voz del padre se quebraba a ratos, gotas de sudor le caÃan por las sienes. Yo veÃa cómo apretaba la mano alrededor del crucifijo para sostenerlo. En
17:54 un punto, cuando pronunció una parte fuerte del rito, Teresa soltó una carcajada larga, continua, que se le salió del pecho, como si se estuviera ahogando en risa. Cuando por fin se detuvo, su cuerpo se aflojó y cayó hacia un lado, como si se hubiera desmayado. La respiración siguió pesada, con un silbido leve en cada salida de aire. El padre Ignacio se sentó en una silla con la cabeza inclinada hacia adelante. Estaba exhausto. me pidió que cerrara el libro y lo dejara sobre la mesa miró a teresa miró a los padres y luego me miró a mà en pocas palabras me dijo que nunca se habÃa enfrentado a algo asà admitió que no sabÃa si iba a lograr expulsar a ese demonio Yo salà del cuarto con un peso distinto al de otros casos. Ese dÃa dejé de creer que la insistencia bastaba para ganar todas las batallas que llevábamos en nombre de Dios. Con el paso de las sesiones, la casa de los López se fue descomponiendo igual que todos nosotros. Doña Elena casi siempre tenÃa los ojos hinchados. Se notaba que lloraba en ratos donde nadie más la veÃa. Sus manos temblaban cuando llevaba café al cuarto de Teresa. Don Rodolfo habÃa adelgazado mucho y empezó a fumar sentado en el sofá, frente a la televisión apagada.
19:17 El párroco del pueblo también se veÃa rebasado. Una tarde nos dijo que el padre Ignacio mejor se quedara a dormir en la casa parroquial, porque los gritos lo habÃan dejado inquieto. y querÃa estar cerca del templo. Aceptamos. Desde ese dÃa, por las noches, yo acompañaba al padre a la iglesia. Se quedaba largos ratos de rodillas en una banca frente al sagrario. Apoyaba los codos en el respaldo de la banca de enfrente y entrelazaba las manos como si buscara fuerza en ese gesto. a ratos abrÃa el ritual de exorcismos y volvÃa a leer las mismas páginas que ya conocÃa de memoria luego pasaba a la biblia marcaba pasajes con pequeños papeles escribÃa notas en hojas sueltas que yo veÃa salir de su maletÃn yo lo miraba desde atrás VeÃa cómo sus hombros se hundÃan con cada dÃa que pasaba. Sus ojeras se hicieron más profundas. ComÃa poco y rápido. A veces apenas probaba el guisado que la señora de la parroquia le llevaba y se volvÃa a encerrar en la iglesia. Supe que no era una simple tensión por un caso difÃcil. Algo lo estaba quebrando por dentro y no solo era cansancio fÃsico. en una de las últimas sesiones el ambiente en el cuarto de teresa se sentÃa espeso habÃamos encendido la vela grande la única que quedaba casi completa la cera se habÃa ido
20:47 derramando por un lado formando una especie de columna pegada al plato Teresa estaba recostada, con la cabeza sobre una almohada aplastada. Respiraba agitada, pero no gritaba. El padre Ignacio se colocó frente a ella con la estola puesta y el crucifijo en la mano. Yo me acomodé cerca de la cabecera. Cuando comenzó a rezar, la reacción fue distinta. Teresa no se lanzó hacia adelante ni empezó con los insultos habituales. Abrió los ojos despacio y fijó la mirada en el padre. La voz que salió de su garganta fue más baja, pero firme. Habló con calma y dijo con palabras claras que no pensaba irse de esa casa sin llevarse a alguien más. Lo dijo como una condición, no como amenaza vacÃa. Después empezó a mencionar otra vez los pecados del padre, pero esta vez no lo hizo a gritos ni con risas. Los relató como si leyera una lista. Yo miré al padre Ignacio. Vi cómo bajaba la cabeza un poco y cómo apretaba el rosario con la mano libre hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
21:58 La mandÃbula se le marcó. El demonio a través de Teresa. lo humillaba al hablar de momentos que ya estaban confesados y perdonados por lo menos en teorÃa le repetÃa que no servÃa que todo ese ritual no valÃa nada que al final perderÃa igual era un golpe directo a su conciencia la sesión terminó en falso Teresa se fue quedando sin fuerza los ojos se le cerraron a medias El padre detuvo las oraciones antes del punto donde siempre insistÃa más. Cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa. Dijo que asà no iban a seguir, que esa dinámica no llevaba a ninguna parte. Nos pidió a todos que saliéramos del cuarto. Yo salà detrás de él, dejando a la muchacha recostada y a los padres al borde del llanto.
22:51 De camino a la iglesia, el padre Ignacio caminó en silencio. Yo iba a su lado, cargando el libro y la botella con agua bendita. Cuando entramos al templo, el ambiente estaba frÃo. La luz que venÃa de las pocas ventanas altas dejaba franjas sobre las bancas. El padre se acercó al altar, dejó un momento el crucifijo sobre la mesa y luego se volvió hacia mÃ. Metió la mano en el maletÃn y sacó su cuaderno de notas, el mismo donde llevaba apuntes de todos los casos desde que yo lo conocÃ. Me lo entregó y me dijo que lo guardara bien, que si algo pasaba lo llevara al obispo y que no dejara sola a la familia de Teresa.
23:35 no hablo de sacrificios ni de heroÃsmos fue una instrucción directa después me pidió que fuera a la casa de los lópez a ver cómo seguÃa la muchacha mientras él se quedaba ahà en compañÃa del señor asà lo dijo no dudé tomé el cuaderno lo guardé dentro de mi mochila y regresé por la misma calle de tierra hacia la casa me fui directo al cuarto de teresa doña elena iba detrás de mà y al entrar vi a la muchacha recostada en la misma cama pero su cara se veÃa distinta seguÃa delgada y pálida pero la expresión habÃa perdido esa dureza que yo ya conocÃa Los músculos de la mandÃbula estaban relajados, no hacÃa muecas, y los labios estaban cerrados, sin la sonrisa torcida de los ataques.
24:28 El aire en el cuarto olÃa a cera y a sudor, pero ya no se sentÃa la misma tensión en el ambiente. Me acerqué y le hablé por su nombre. Abrió los ojos despacio, me reconoció y pronunció mi nombre con la voz muy baja, como quien despierta de una enfermedad larga. No me insultó ni me escupió. Solo preguntó, casi en un susurro, si sus padres estaban ahÃ. Yo hice una seña a doña Elena. Ella corrió hacia la cama y se arrodilló a un lado. Empezó a llorar, pero esta vez eran lágrimas mezcladas con alivio. Don Rodolfo entró después, se llevó las manos a la cara un momento, luego se inclinó hacia su hija y tomó una de sus manos.
25:11 Los hermanos se asomaron desde la puerta, con miedo de acercarse demasiado. Yo no canté victoria, pues habÃa visto personas calmarse antes de volver a perderse en gritos, asà que solo anoté en mi cabeza cada detalle, la voz, la mirada y la postura del cuerpo. Les dije que irÃa a avisar al padre Ignacio. Salà de la casa con paso rápido y cuando llegué a la iglesia encontré las puertas cerradas por dentro. Toqué varias veces, llamé al padre por su nombre, pero no hubo respuesta. Fui a la casa parroquial a buscar al párroco del pueblo. Le conté que la puerta no abrÃa. Buscó una llave distinta y regresamos juntos. La cerradura se dio después de varios intentos.
25:59 Dentro del templo, la luz era más escasa que antes. Entraba en tiras finas por las ventanas de arriba. Caminamos hacia adelante, y fue ahÃ, cerca del presbiterio donde lo vimos. El cuerpo del padre Ignacio colgaba de una cuerda atada a una viga. Los pies le quedaban a pocos centÃmetros del suelo. La estola ya no estaba en su cuello y la cara mostraba una mezcla difÃcil de describir. Entre cansancio y algo que parecÃa alivio, el párroco soltó un grito ahogado y corrimos a bajarlo. aflojamos la cuerda como pudimos lo recostamos sobre el piso frÃo frente al altar le busqué el pulso en el cuello y en la muñeca pero no habÃa nada el cuerpo estaba pesado y quieto en ese momento entendà que se habÃa adelantado a la jugada del demonio que habÃa aceptado llevarlo consigo para que soltara a teresa y después se quitó la posibilidad de que esa presencia siguiera usando su cuerpo lo demás fue trámite aunque para mà no dejó de ser duro Avisamos al obispo por teléfono. Llegaron autoridades civiles, levantaron un acta.
27:15 Escribieron que era suicidio dentro de un templo. Hubo comentarios, preguntas y rumores. Pero, al final, el cuerpo del padre Ignacio fue velado en esa misma iglesia, con poca gente, algunas veladoras encendidas y un ataúd sencillo. No hubo discursos largos, solo un par de palabras del obispo y del párroco local. Mientras tanto, Teresa fue mejorando. Al principio solo se levantaba para ir al baño. Después empezó a comer pequeños trozos de pan, luego platos más completos. Caminaba despacio por el patio, se bañaba con ayuda de su madre e intentaba peinarse sola.
27:57 Con el tiempo volvió a hablar con frases completas. Recordaba casi todo, pero habÃa huecos en su memoria durante las sesiones. No hubo más insultos ni ataques extraños, y nadie volvió a verla retorcerse en la cama ni hablar con esa voz gruesa. Yo seguà visitándolos un tiempo, y pude comprobar por mà mismo que en esa casa ya no pasaban cosas raras. Y el pueblo retomó su rutina. El obispo decidió apartarme de los exorcismos. Me envió a otra parroquia a hacer tareas normales. Catecismo, grupos, ayuda en oficinas. Nunca discutà esa decisión. Seguà adelante con lo que me tocaba.
28:40 Solo me quedé con el cuaderno que el padre Ignacio me habÃa entregado esa tarde. Lo guardo en un cajón envuelto en una bolsa junto con su crucifijo de madera. A veces lo saco, lo veo y repaso los apuntes de otros casos. Ninguno se parece al de San Gregorio. Ese fue el único, donde el demonio no fue expulsado frente a todos, sino que se fue detrás de un hombre que se ofreció como blanco y terminó colgado en un lugar donde habÃa servido toda su vida. Cada vez que toco ese crucifijo, recuerdo esa casa ese pueblo y esa iglesia ahà entendà que no todos los exorcismos terminan con victoria y que algunos se pagan con la vida de quien se atreve a enfrentarlos hasta el final
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