El Nahual Que Cruzaba Por El Arroyo: El Secreto Del Pueblo - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Me llamo Patricia Mendoza y trabajé muchos años como intendente en la primaria de San Isidro. Lo recuerdo con orden porque durante mucho tiempo no pude contar lo completo. El pueblo era pequeño, todos se conocÃan y casi todas las familias tenÃan algún parentesco o algún pleito antiguo. La escuela estaba al final de la calle principal, cerca del camino que bajaba al arroyo. Yo abrÃa por la mañana. Limpiaba los salones, revisaba los baños, cerraba cuando terminaban las clases y avisaba al director cualquier daño. El profesor Julián Robles llegó en agosto, venÃa de la ciudad, traÃa su nombramiento para quinto y sexto grado y desde el primer dÃa quiso trabajar con orden. Revisó listas, pidió expedientes, preguntó por los alumnos que faltaban seguido y anotó lo que no coincidÃa.
1:00 Era joven, hablaba claro y preguntaba de frente. En San Isidro eso molestaba más que los gritos. Don Emilio, el director, lo recibió en la dirección y le entregó las llaves. Yo estaba limpiando afuera y escuché cuando le pidió no quedarse solo después de clases. También le advirtió que si oÃa voces afuera, pidiéndole que saliera, no abriera. Julián preguntó si habÃa ocurrido algún robo. Don Emilio contestó que no hablaba de ladrones, hablaba de una advertencia del pueblo. Julián guardó las llaves y respondió que venÃa a enseñar, no a vivir encerrado por rumores. Don Emilio no insistió. Los primeros dÃas pasaron sin escándalo, pero no fueron normales. Los niños obedecÃan al profesor, aunque se mantenÃan lejos de él.
1:52 Si preguntaba por sus casas, respondÃan poco. HabÃa dos niñas que faltaban siempre los mismos dÃas. Damián llegaba cansado con lodo seco en los zapatos, aun cuando el camino amanecÃa limpio. Julián empezó a escribir esas cosas en una libreta. Apuntaba nombres, faltas, avisos de los padres y respuestas de los niños. Una tarde me pidió quedarse un rato más para terminar unos cuadernos. Le recordé la advertencia de don Emilio. Julián dijo que todavÃa habÃa luz y que cerrarÃa bien. Yo acepté, aunque no me gustó dejarlo solo. Cerré los baños, guardé mis cosas y me fui. Más tarde, escuché gritos desde la escuela.
2:36 Corrà con mi hijo Mateo. Cuando llegamos, el portón seguÃa cerrado por dentro y Julián estaba en la cancha con una silla en las manos. TenÃa la camisa sucia, respiraba fuerte y miraba hacia el techo del salón. Arriba se escuchaban rasguños sobre la lámina, lentos y pesados. No habÃa ramas cerca del techo ni gente trabajando en la escuela. Era un sonido de uñas sobre metal. Mateo le preguntó qué habÃa pasado. Julián contó que estaba corrigiendo. Oyó pasos sobre el techo, luego golpes cerca de la ventana, y después vio una garra grande pasar por el marco. Las uñas tocaron el vidrio varias veces. hasta que un golpe hizo vibrar todo el salón. Intentó volver por su mochila, pero otro golpe cayó sobre la ventana y mejor retrocedió.
3:28 Entonces abrió el salón, salió a la cancha y empezó a gritar. Le pedà que saliera, pero Julián quiso cerrar mejor el salón, pero el techo volvió a sonar. Los rasguños avanzaron hacia la puerta. Mateo le quitó la silla y lo jaló hacia el portón. Julián obedeció, aunque seguÃa mirando atrás. Salimos los tres, cerramos por fuera y nos fuimos sin hablar. Al dÃa siguiente, Julián intentó explicar lo ocurrido con una razón sencilla. Habló de un animal grande, de una broma pesada o de alguien escondido en el terreno de atrás. Los niños lo escucharon en silencio. En la última clase, Damián le advirtió que no siguiera escribiendo nombres en la libreta. Julián le preguntó quién le habÃa ordenado decir eso. El niño respondió que su abuelo sabÃa que él estaba preguntando demasiado. Julián llevó a Damián con el director. Don Emilio no lo regañó, le pidió que regresara a su casa y cerró la puerta. Yo estaba afuera y escuché lo necesario. Don Emilio le pidió a Julián dejar de investigar a las familias. Julián contestó que habÃa alumnos faltando. Niños con miedo y padres que se negaban a explicar ausencias. Don Emilio le respondió que San Isidro tenÃa acuerdos antiguos y que una persona recién llegada no podÃa romperlos en una semana. Julián preguntó si lo estaban amenazando. Don Emilio dijo que le estaban dando oportunidad
5:01 de irse. Julián quiso saber quién es. El director tardó en responder. Luego dijo una sola palabra. Nahuales. Ese mismo dÃa, Julián fue a la tienda y preguntó por las dos niñas que faltaban. Yo lo vi entrar y también vi cómo se callaron las mujeres. Una señora le dijo que las niñas estaban bien, que no hiciera más preguntas. Ãl insistió, explicó que era responsable de sus alumnos y pidió hablar con los padres. Otra mujer le contestó que ya le habÃan avisado una vez y que la siguiente advertencia no iba a quedarse en el techo. Julián volvió a la escuela enojado y me dijo que estaban usando historias para tapar algo. Yo le respondà que tal vez, pero que eso no hacÃa seguro quedarse solo. Guardó la libreta y dijo que harÃa un reporte para la supervisión. No lo dijo con valentÃa, lo dijo con cansancio, pues ya habÃa entendido que el problema estaba también en el silencio de todos.
6:07 Al poco tiempo aparecieron dos perros muertos detrás de la escuela. TenÃan mordidas profundas y tierra en el hocico. El comisario dijo que habÃa sido un animal del monte, pero Julián señaló las marcas del suelo. VenÃan desde el arroyo, cruzaban por la parte trasera y llegaban hasta el muro bajo. También señaló que el portón no tenÃa daños. El comisario no tomó declaración. Ordenó enterrar a los perros y pidió terminar las clases temprano. El sábado hubo reunión en la casa ejidal. Fueron los padres, maestros y gente del pueblo. Julián asistió con la libreta bajo el brazo y nadie se sentó cerca de él. Don Emilio pidió calma y dijo que la escuela debÃa seguir abierta, pero todos tenÃan que respetar ciertas cosas. Julián preguntó cuáles. Severiano, el abuelo de Damián, se levantó y dijo que la escuela estaba en un lugar de paso, que algunas familias cruzaban por ese terreno cuando tenÃan asuntos con el monte. Julián le pidió hablar claro. Severiano respondió que él ya habÃa recibido aviso y que escribir nombres era una forma de llamar problemas.
7:23 Julián dijo que eso era una amenaza y Severiano contestó que era una explicación. La madre de una de las niñas empezó a llorar y dijo que su hija tenÃa miedo, porque el profesor hacÃa muchas preguntas. Julián preguntó miedo de quién. La mujer miró hacia Severiano y guardó silencio. La reunión terminó sin acuerdo y Julián anunció que al amanecer irÃa a la cabecera municipal para entregar el reporte. Don Emilio le pidió esperar, pero Julián le respondió que ya habÃa esperado bastante. Esa noche se quedó en la dirección para terminar sus notas. Mateo ofreció acompañarlo, pero Julián no aceptó.
8:07 Yo le insistà en que durmiera en otro lugar, pero me contestó que solo cerrarÃa el reporte y saldrÃa temprano. Me fui con Mateo, pero no pude dormir. El pueblo seguÃa despierto. Las casas tenÃan luz por dentro, las puertas estaban cerradas y los perros no ladraban. Más tarde sonó mi teléfono. Era Julián. Hablaba bajo con la respiración cortada. Dijo que algo caminaba en el patio, que las uñas sonaban en el cemento, que golpeaban la puerta y que una respiración pesada se mantenÃa cerca de la ventana. Después dijo que varias voces le pedÃan salir y entregar la libreta y marcharse del pueblo de una buena vez. Le pregunté si habÃa llamado al comisario. Julián respondió que lo habÃa intentado. pero la llamada se cortaba antes de entrar.
9:00 También dijo que la luz de la dirección fallaba, que la puerta temblaba con cada golpe y que algo raspaba el vidrio cada vez que él se acercaba a la ventana. Su voz sonaba contenida. Desperté a Mateo y fuimos por don Pablo. Ãl abrió antes de que tocáramos por segunda vez. Ya estaba vestido, con la escopeta en la mano. Le dijimos que Julián estaba encerrado en la escuela y salió con nosotros. Caminamos los tres sin hablar. Varias casas tenÃan luz por dentro, pero nadie abrió. Cuando llegamos, el portón seguÃa cerrado. La luz de la dirección estaba encendida y desde afuera se escuchaban golpes contra la puerta, luego garras raspando la madera, de arriba a abajo, con pausas cortas.
9:46 Mateo gritó que Julián se alejara de la entrada. Julián respondió desde adentro que ya habÃa puesto el escritorio para detenerla. que no podÃa sostenerlo mucho más en la tierra vimos marcas hondas que venÃan del arroyo y llegaban al muro bajo podÃan entrar por atrás julián estaba encerrado por delante pero ellos tenÃan paso por el patio vimos al primero sobre el techo era grande caminaba agachado y la lámina se hundÃa bajo su peso bajó hasta la ventana de la dirección y metió las garras en el marco Jaló una vez, después otra. El metal chilló y Julián gritó desde adentro que se fueran. Una voz le respondió desde el patio que saliera, que entregara la libreta, que todavÃa podÃa terminar vivo. La voz cambiaba de lugar. Primero salió de los baños, luego del salón de quinto, luego de la puerta de la dirección. No mencionaron su nombre. HabÃa otra respiración cerca del portón. pesada y baja y un arrastre en el cemento. Don Pablo disparó al aire y el animal del techo retrocedió, pero otro golpeó el portón desde dentro y la lámina se dobló. Mateo quiso trepar, pero lo agarré de la camisa y lo jalé. Don Pablo le dijo que no entrara, que adentro habÃa más de uno. Mateo gritó que no podÃamos dejarlo solo. El animal del techo volvió a la ventana, Metió una garra
11:20 por la abertura y jaló el marco hasta arrancar una parte. Julián empujaba desde dentro. OÃmos muebles arrastrados, vidrio cayendo y madera partiéndose. Entonces apareció otro en el patio. Caminaba en cuatro patas, bajo, ancho, con el lomo tenso. Se acercó a la puerta de la dirección y empezó a rasparla. Clavaba las garras, bajaba con fuerza y volvÃa a subir. Julián dijo que intentarÃa salir por el baño, pero don Pablo le gritó que no, porque habÃa movimiento cerca de los salones. Julián contestó que entonces no tenÃa salida y después guardó silencio. Yo escuché su respiración por el teléfono que seguÃa abierto en mi mano hasta que la llamada se cortó. El tercer animal estaba afuera con nosotros, lo vimos junto al camino, tenÃa tamaño de perro grande. patas largas y la cabeza baja. Mateo levantó el machete y el animal abrió el hocico y una voz de hombre viejo salió desde esa dirección. Dijo que el muchacho no debÃa meterse, asà que don Pablo apuntó. La voz dijo que el maestro habÃa escogido quedarse. Don Pablo disparó y el animal cayó de lado, se sacudió y se levantó al momento. TenÃa una herida abierta en el costado, pero no sangraba lo suficiente. Corrió hacia don Pablo y lo tiró al suelo. Mateo le pegó con el machete. Yo
12:50 jalé a don Pablo por la ropa. El animal le mordió la mano, le arrancó la escopeta y la arrastró hasta la zanja. Luego se metió por el hueco del portón doblado. Dentro de la dirección, la puerta se quebró y el golpe fue seco. Julián gritó, pero no pidió auxilio, solo gritó que nos fuéramos. Lo repitió varias veces con la voz rota. Entendió antes que nosotros que ya no podÃamos sacarlo. Se escucharon golpes dentro. Una silla cayó y algo pesado chocó contra la pared. Julián gritó otra vez más corto y después vino un silencio que nos dejó sin movernos. Mateo quiso correr al portón, pero lo abracé con toda mi fuerza. Me insultó. Me pidió que lo soltara.
13:37 Dijo que todavÃa podÃamos hacer algo. Yo le dije que, si entraba, también lo iban a matar. Don Pablo sangraba de la mano y repetÃa que ya era tarde. Dos policÃas llegaron después, alertados por los disparos. Vieron el portón doblado, oyeron movimiento dentro y no entraron. Uno levantó su arma, el otro le bajó el brazo y dijo que esperaran la luz del dÃa. Y nadie tomó el mando. Las casas siguieron cerradas. Vi sombras moverse detrás de algunas ventanas, pero durante el resto de la noche escuchamos arrastres, golpes suaves y respiración pesada. Después vimos una figura cruzar el patio hacia la parte trasera. Cargaba algo. Vi dos piernas, un zapato y una mano que golpeó el suelo una vez.
14:29 Los otros dos salieron detrás, cruzaron el muro bajo y se fueron hacia el arroyo. Al amanecer entramos. La dirección estaba destruida. la puerta quedó partida, la ventana arrancada y los muebles tirados, habÃa sangre en el piso, en el escritorio y en la pared, en la cancha encontramos hojas sueltas de la libreta, algunas estaban mordidas y otras tenÃan nombres escritos, la libreta completa no apareció, encontramos la mochila vacÃa, un zapato y el reloj de Julián debajo de una silla, pero a Julián no lo encontramos, Buscaron dos dÃas, siguieron las marcas hasta el arroyo, pero solo encontraron sangre, un pedazo de camisa y el otro zapato. El cuerpo no apareció.
15:18 El informe oficial habló de ataque de animal no identificado y desaparición en zona rural. Nadie escribió la palabra Nahual, nadie puso las voces del patio ni las garras en la puerta. A mà me pidieron quitar esa parte de mi declaración, pero no la quité. Don Pablo perdió dos dedos, Mateo se fue del pueblo poco después y Don Emilio pidió su retiro. La primaria volvió a abrir, pero nadie se queda después de clases. La ventana de la dirección fue tapada, el portón fue cambiado y el muro de atrás quedó igual. Tiempo después, la madre de Julián llegó a San Isidro. Le entregaron sus cosas. Ella preguntó si su hijo habÃa sufrido, pero nadie quiso responder. Yo le dije lo único que podÃa decirle sin mentir, que Julián gritó para que nos fuéramos y que hasta el final pensó en los demás. En el pueblo, algunos dicen que él provocó lo ocurrido por no respetar. Yo no lo acepto.
16:20 Julián hizo preguntas porque era maestro, escribió nombres porque vio niños con miedo y quiso reportar lo que pasaba. Eso bastó para que lo marcaran. TodavÃa hay noches en que los perros se callan todos al mismo tiempo. Cuando pasa, la gente apaga las luces y cierra las puertas. Nadie sale a revisar, nadie pregunta quién anda afuera y nadie menciona al profesor nuevo. Yo tampoco salgo, no porque eso me salve, sino porque vi las garras en la puerta. Vi el portón doblado, vi la sangre en la dirección, y vi a un pueblo entero dejar solo a un hombre, porque todos sabÃan que el Nahual venÃa por él.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed