El Guardia Vio Algo En La Empacadora Que La Empresa Quiso Ocultar - Historias De Terror - REDE
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0:05 Me llamo Julián Treviño y trabajé como guardia nocturno en una empacadora de verduras afuera de la ciudad. Entré a ese trabajo por necesidad. Mi madre estaba enferma, yo debÃa renta y no tenÃa margen para escoger. No llegué buscando problemas ni historias raras. Llegué a cuidar una planta cerrada durante la noche, revisar accesos y entregar el turno sin novedades. De dÃa la empacadora estaba llena de gente, camiones, cajas, supervisores y ruido de trabajo. De noche quedaban las cámaras, los cuartos frÃos, los perros de vigilancia y un guardia caminando con lámpara. Mi tarea era simple, revisar puertas, candados, luces, patios, oficinas y reportar cualquier movimiento fuera de lo normal. El primer dÃa me recibió EfraÃn Cota, el jefe de seguridad.
0:59 Me entregó las llaves, el radio y una libreta para anotar las rondas. Caminó conmigo por la planta, me señaló los puntos que debÃa revisar y me explicó dónde podÃa entrar. Al final, me llevó detrás del cuarto de motores hasta un pasillo que no aparecÃa marcado en la hoja de rondas. Al fondo habÃa una puerta gris, cerrada con cadena y candado. EfraÃn fue claro con esa puerta. Mi ruta pasaba cerca. Pero yo no debÃa detenerme ahÃ. No debÃa tocar el candado. No debÃa abrir y no debÃa preguntar por ese lugar. Si escuchaba algo del otro lado, tenÃa que seguir caminando y apuntar el área restringida sin novedad. Le pregunté qué habÃa adentro. Me respondió que nada bajo mi responsabilidad. No agregó más. Yo no insistÃ. Necesitaba conservar el empleo y apenas estaba empezando. Las primeras semanas trabajé sin problemas. Revisaba los accesos, apuntaba placas de camiones que llegaban tarde, caminaba por los pasillos y regresaba a la caseta. Durante la mayor parte del turno se oÃan los refrigeradores, algunas tuberÃas y el viento golpeando láminas sueltas. La puerta gris seguÃa cerrada cada noche. Yo pasaba cerca, alumbraba el piso, revisaba el candado de lejos y continuaba mi ronda. Los ruidos empezaron después. La primera vez estaba cerca del cuarto de motores cuando escuché golpes detrás de la puerta. Fueron tres
2:31 golpes secos, separados, dados desde adentro. Me quedé quieto con la lámpara apuntando al pasillo. No escuché pasos ni voces, solo el ruido de los motores al fondo. Recordé la instrucción de EfraÃn, seguà caminando y anoté en la libreta que el área restringida estaba cerrada. Otra noche escuché una risa. VenÃa del otro lado de la puerta. Era baja, larga, con una voz gruesa al final. No sonaba a trabajador escondido ni a broma. Me acerqué unos pasos para confirmar el punto exacto, y entonces escuché un grito de hombre. Fue fuerte, con dolor, y terminó en un quejido. Me retiré de inmediato. Desde la caseta llamé a EfraÃn, pero no contestó. Le mandé un mensaje. reporté ruidos en el área restringida y esperé respuesta me escribió después sin hacer preguntas y me ordenó no acercarme y terminar el turno no preguntó que habÃa escuchado no pidió detalles y no mandó a nadie a revisar esa respuesta me pesó más que los ruidos los dÃas siguientes intenté cumplir mi trabajo sin mirar hacia ese pasillo cuando mi ronda me acercaba al cuarto de motores Caminaba más rápido, revisaba lo necesario y salÃa. Quise pensar en una broma, en algún trabajador entrando por otra puerta, en un problema de tuberÃas o en cualquier explicación normal. Pero los perros cambiaban cuando empezaban
4:05 los ruidos. Dejaban de moverse, se quedaban atentos hacia la parte trasera de la planta y no ladraban. Esos perros ladraban por todo, por un camión, por una sombra, por una bolsa movida por el aire. Con esa puerta se quedaban callados. Una madrugada escuché a una mujer llorando y su voz venÃa de la puerta gris. PedÃa que la soltaran. No gritaba todo el tiempo. Hablaba entre sollozos con la voz quebrada. Puse la mano en el radio, pero no llamé. TenÃa miedo de reportar algo que después la empresa negara. Y también tenÃa miedo de abrir y encontrar a alguien lastimado. Esa fue la primera noche en que pensé seriamente en renunciar.
4:48 pero no renuncié. Al dÃa siguiente cobré, compré medicinas para mi madre y pagué parte de la renta. Esa misma tarde regresé al turno. Me repetà que mi obligación era cuidar las áreas asignadas, no meterme en una zona prohibida por la empresa. Esa idea me sirvió unos dÃas, hasta que los ruidos aumentaron. Ya no eran solo golpes, escuchaba pasos detrás de la puerta y uñas raspando metal, risas de varias personas y objetos arrastrados sobre el piso. Una noche hubo un golpe fuerte. Después, un hombre gritó que ya no querÃa seguir. La frase se entendió completa. Luego escuché un nombre, Mauricio. Yo conocÃa a un Mauricio en la empacadora. Se apellidaba Leiva y era supervisor de empaque.
5:39 No éramos amigos, pero lo veÃa en los cambios de turno. Lo habÃa saludado varias veces. y sabÃa que trabajaba ahà desde antes que yo. Algunos empleados decÃan que tenÃa problemas de dinero. Esa noche, al escuchar su nombre detrás de la puerta, ya no pude quedarme con explicaciones fáciles. Caminé hasta el pasillo. La puerta gris seguÃa ahÃ, pero la cadena estaba floja. El candado colgaba cerrado, sin sujetar bien los eslabones. La puerta estaba abierta, lo suficiente para meter una mano. Desde adentro salÃa calor, también salÃa un olor pesado, a humedad, cera, y algo que no quise reconocer en ese momento. Me quedé frente a la puerta, con la lámpara en una mano y el radio en la otra.
6:29 Pensé en llamar a la policÃa desde ahÃ, pero el grito volvió a escucharse abajo, más débil que antes. Si habÃa alguien vivo, cada minuto contaba, asà que empujé la puerta despacio. Detrás habÃa un cuarto pequeño de servicio. Al fondo, en el piso, una tapa metálica estaba levantada, y por esa abertura bajaba una escalera. El grito volvió y esta vez escuché a un hombre pedir ayuda. Bajé por la escalera con una mano en la pared y la otra sosteniendo la lámpara. La abertura quedaba detrás de la puerta gris, dentro del cuarto de servicio. Desde el primer escalón, sentà el aire caliente subir desde abajo. No conté los escalones.
7:12 Recuerdo la humedad en la pared y un olor fuerte, mezclado con sangre, cera quemada y tierra mojada. Al llegar al fondo, alumbré un cuarto amplio, sin ventanas y sin señales de uso normal. HabÃa cables en el suelo, focos con extensiones y varias velas alrededor del centro. En el piso estaba marcado un pentagrama oscuro. Mauricio Leiva estaba dentro de esa marca. TenÃa las manos sujetas al piso. también los pies y llevaba la camisa abierta. El pecho le sangraba. SeguÃa vivo, respiraba con dificultad y trataba de hablar. A un lado habÃa un hombre arrodillado con la cabeza baja y las manos juntas. Después supe que era el contador.
7:57 Frente a ellos estaba el diablo. Lo nombro asà porque eso vi. TenÃa cuerpo de hombre, pero era más alto que cualquier persona. Sus manos eran largas, las uñas gruesas y curvas. manchadas de sangre, con una uña estaba abriendo la piel del pecho de Mauricio, trazando otra figura sobre la carne, Mauricio gritaba cada vez que la uña bajaba, el contador no se movÃa, solo repetÃa que aceptaba, aceptaba el cargo, el dinero y las condiciones, lo decÃa con miedo, pero lo decÃa, el diablo hablaba poco y cada palabra se entendÃa, Habló de un trato anterior, de una deuda pendiente y de una marca que debÃa cerrarse. También mencionó que otro hombre estaba dispuesto a ocupar el lugar de Mauricio.
8:47 Yo entendà lo suficiente. Mauricio habÃa pedido algo antes. Luego quiso echarse para atrás y el contador estaba aceptando entrar en su lugar. No escuché todo el pacto, pero vi a Mauricio amarrado. Vi al contador aceptando y vi al diablo marcando el pecho con sus uñas. Di un paso hacia atrás y la lámpara golpeó la pared. El sonido se extendió por el cuarto y Mauricio giró la cabeza y me vio. Intentó decir mi nombre, pero no le salió completo. Abrió la boca y soltó un sonido roto. El contador levantó la cara. TenÃa los ojos rojos y la boca apretada. No pidió ayuda. No se levantó. Siguió de rodillas. El diablo dejó de marcar a Mauricio y volteó hacia mÃ. No se sorprendió, me miró fijo y habló de mÃ, no de la planta. Mencionó que el guardia por fin habÃa bajado, que la orden siempre era la misma, no abrir, no preguntar y no acercarse. Luego dijo que el ruido hacÃa el resto, porque la gente baja cuando escucha dolor. Yo no contesté, tenÃa la garganta cerrada y las piernas tensas. Pensé en correr, en Mauricio y en mi madre, todo junto, sin orden. El diablo siguió hablando. Mencionó mi renta, las medicinas de mi madre y el dinero que mi hermana habÃa pedido prestado. Y no eran suposiciones, eran datos exactos de mi vida. Luego
10:19 me ofreció lo mismo. No levantó la voz ni se acercó demasiado. Me dijo que podÃa arreglar mis deudas, las medicinas y el dinero de mi hermana. Bastaba con pedir el pacto en voz alta. También dijo que nadie obligaba a nadie porque la necesidad hacÃa el trabajo. Después se burló de mi uniforme, de mi sueldo y de mi intención de ayudar a un hombre que ya estaba entregado. Mauricio empezó a llorar y repetÃa que no querÃa seguir, que se arrepentÃa, que no querÃa entregar nada más. El diablo volvió a ponerle la mano en el pecho y terminó la marca. La uña bajó por última vez y Mauricio se arqueó. Los hinchos lo sostuvieron y el contador cerró los ojos. Yo debÃa acercarme, cortar los hinchos, golpear al contador, aventar la lámpara o hacer algo, pero no hice nada, pues mi cuerpo no respondió. Retrocedà hasta tocar la escalera. El diablo me vio moverme y me dejó ir.
11:25 Pero antes de que subiera, dijo que yo ya habÃa mirado y que con eso bastaba para encontrarme después. Subà rápido, usando la pared y el barandal. Me resbalé en un escalón y me golpeé la rodilla, pero seguà hasta llegar al cuarto de servicio. La tapa metálica seguÃa levantada. Cerré la puerta gris sin poner la cadena y corrà hacia la caseta. Marqué al 911 con las manos temblando. Reporté un hombre herido debajo del área restringida y pedà patrullas. La operadora preguntó si el agresor seguÃa ahÃ. Le respondà que sÃ. No intenté explicar más por teléfono. Me pidió salir a un lugar seguro. Crucé el patio y esperé afuera, junto al portón. Los policÃas llegaron después. EfraÃn Cota llegó casi al mismo tiempo. Bajó de su camioneta y no preguntó por heridos. Me preguntó qué habÃa hecho. se lo dije delante de los policÃas le hablé de la puerta la tapa metálica la escalera Mauricio y el hombre arrodillado EfraÃn respondió que yo estaba alterado que habÃa entrado a una zona de mantenimiento y que me habÃa asustado los policÃas me pidieron que los guiara entramos por el pasillo la puerta gris estaba cerrada con la cadena bien puesta y yo no la habÃa dejado asà EfraÃn abrió con su llave Adentro estaba el cuarto de servicio, sin olor y sin manchas. Al fondo seguÃa la tapa metálica, ahora cerrada
12:59 con dos candados y una barra atravesada. Les dije que por ahà habÃa bajado. Uno de los policÃas revisó la tapa y preguntó quién tenÃa acceso. EfraÃn respondió que solo mantenimiento, y que abajo habÃa un cárcamo viejo, sin uso. Yo insistà en que Mauricio estuviera El policÃa dijo que necesitaban autorización porque no habÃa señales visibles. Revisaron la planta, hablaron por radio y tomaron notas. No encontraron a Mauricio, tampoco encontraron al contador. EfraÃn se mantuvo cerca de los policÃas corrigiendo cada cosa que yo decÃa. Esa noche entendà algo que todavÃa me pesa. Llamar a la autoridad no significa que alguien te crea. Me llevaron a la caseta para tomarme la declaración. TenÃa la rodilla golpeada, las manos raspadas y la garganta seca. Repetà lo mismo varias veces, que escuché gritos, que encontré abierta la puerta gris, que bajé por la tapa metálica y que vi a Mauricio Leiva, sujeto al piso, con el pecho abierto. También dije que habÃa otro hombre arrodillado, aceptando un pacto, y que frente a ellos estaba algo que no era humano. Uno de los policÃas dejó de escribir cuando escuchó esa parte. Luego siguió, pero cambió el trato. Me preguntó si habÃa tomado, si usaba drogas, si tenÃa problemas con alguien de la empresa
14:31 o si estaba pasando por una crisis. Le respondà que no. Le mostré la rodilla y las manos. Me contestó que las heridas demostraban una caÃda, no el lugar donde ocurrió. EfraÃn Cota se quedó afuera de la caseta. No entró a corregirme, no pidió revisar cámaras y no preguntó por Mauricio. Cuando los policÃas terminaron, dijeron que el reporte seguirÃa abierto solo si aparecÃa un indicio o si alguien denunciaba la desaparición. Les pedà que buscaran su nombre en la empresa. EfraÃn respondió que Mauricio habÃa sido movido a otra planta dÃas antes y lo dijo sin consultar ningún papel. Los policÃas se fueron sin abrir la tapa metálica. Revisaron pasillos y patios.
15:19 Tomaron fotos de la puerta gris y hablaron con EfraÃn aparte. Yo esperé junto a mi carro. EfraÃn me alcanzó antes de que yo subiera al carro. Me habló bajo y con calma. Me dijo que yo habÃa cometido un error al bajar. Le pregunté por Mauricio, pero no respondió. Le pregunté por el contador. Me dijo que pensara en mi madre antes de seguir haciendo preguntas. Después se fue. y yo salà de la planta sin mirar atrás. Renuncié ese mismo dÃa. No volvà por mi uniforme ni por el pago pendiente, y durante varios dÃas busqué noticias y reportes sobre Mauricio Leiva, pero no apareció nada. Le escribà a un trabajador de la planta, y me contestó que ya no lo habÃan visto y que nadie querÃa hablar del tema.
16:09 También me dijo que el contador habÃa entrado como nuevo supervisor. Fui al Ministerio Público con la copia del reporte. Expliqué que habÃa un área cerrada, que un trabajador podÃa estar desaparecido y que la empresa no permitió revisar la tapa metálica. Dejé fuera algunas partes porque sabÃa que iban a cerrar la carpeta en cuanto escucharan la palabra pacto. Me preguntaron por el apellido, por testigos, por fotografÃas o por videos. TenÃa el nombre de Mauricio y su puesto. La llamada al 911 existÃa, pero el reporte quedó sin seguimiento. Después empezaron las visitas. La primera llegó de madrugada, dos semanas después.
16:55 Yo estaba en mi casa y no habÃa podido dormir bien desde la noche en la empacadora. Escuché tres golpes en la puerta de la cocina. Agarré un cuchillo y me acerqué sin abrir. Del otro lado escuché la misma risa. No fue fuerte, fue baja, tranquila y cercana. Luego escuché su voz. Me dijo que yo seguÃa necesitando dinero. Mencionó las medicinas de mi madre, la renta y la cantidad exacta que mi hermana habÃa pedido prestado. Después dijo que el pacto seguÃa disponible, que solo tenÃa que pedirlo en voz alta. No contesté y me quedé junto a la puerta hasta que amaneció. Cuando salà a revisar, encontré marcas profundas en la madera, cinco lÃneas hechas con algo filoso.
17:42 No formaban una figura completa, pero la intención era clara. Compré una cámara barata y la puse apuntando a esa puerta. La cámara nunca sirvió como prueba. Cada vez que los golpes regresaban, el archivo quedaba dañado. Grababa antes, grababa después, pero el momento exacto aparecÃa cortado. Cambié la memoria, cambié la cámara y pasó lo mismo. No habÃa imagen, solo archivos incompletos. Las visitas continuaron. Nunca entraba, se quedaba del otro lado de una puerta, una ventana o una pared. A veces solo golpeaba y a veces hablaba. Mencionaba cosas reales, una deuda vencida, una llamada de mi hermana, una cita médica o un trabajo mal pagado que yo acababa de aceptar.
18:31 DecÃa lo necesario para recordarme que sabÃa dónde estaba y que me faltaba. Una vez dijo que yo ya habÃa sido testigo y que eso tenÃa valor. Otra vez dijo que Mauricio habÃa gritado más cuando entendió lo que estaba perdiendo. También dijo que el nuevo supervisor cumplÃa mejor. Yo no le respondà nunca. Aprendà que contestar le daba espacio. Mi madre murió meses después. Estaba enferma desde antes. El dÃa del funeral regresé a mi casa cansado y en la puerta de la cocina encontré tres golpes marcados en la madera. Nadie habÃa entrado. Nadie habÃa robado, pues nada estaba fuera de lugar. Esa noche volvió su voz. Me dijo que todavÃa podÃa arreglar lo que quedaba de mi vida. Me dijo que los pactos también servÃan para empezar de nuevo.
19:25 Desde entonces cambié de casa dos veces y dejé de trabajar de noche. Dejé de hablar con gente de la empacadora. Borré números y evité pasar cerca de esa zona. Aún asÃ, cada cierto tiempo vuelve. Primero fallan los aparatos, después se apaga el ruido normal de la casa y al final vienen los golpes. No tengo una prueba completa, tengo una declaración, una llamada registrada, videos dañados y marcas que cualquiera puede atribuirme. Tengo también el recuerdo de Mauricio sujeto al piso, con el pecho abierto por una uña. Cuento esto porque alguien más puede terminar en ese turno. Le van a dar llaves, un radio y una libreta. Le van a enseñar puertas, luces, candados y cámaras. Después le van a señalar el pasillo del fondo y le van a ordenar que nunca entre, aunque escuche ruidos. Si esa persona escucha risas, golpes o gritos detrás de la puerta gris, debe salir de la planta y llamar desde afuera. Yo abrÃ, bajé y vi lo que estaban haciendo. Y desde esa noche, el diablo sabe en dónde encontrarme. Me llamo Raúl Mendoza y trabajé cuatro años de guardia nocturno en la morgue municipal. Cuando recuerdo esa noche, lo primero que me viene a la cabeza no es la sangre ni el cuerpo, sino la advertencia.
20:59 HabÃa escuchado órdenes raras en ese trabajo, pero ninguna con esa seriedad. Mi turno empezaba de noche. Yo abrÃa los accesos, registraba ingresos, revisaba puertas y llamaba al personal de guardia cuando algo salÃa de lo normal. Ya conocÃa el lugar, sabÃa qué ruidos hacÃan las cámaras de refrigeración, qué puertas rechinaban y cómo sonaban los pasos. Esa noche llegué antes de mi hora. El guardia de la tarde me entregó las llaves, la libreta y el radio. HabÃa tres cuerpos dentro, no esperábamos más ingresos y podÃa pasar más tarde. Firmé la entrega y me quedé en recepción. La ambulancia llegó después de la medianoche sin sirena. Bajaron una camilla con una joven cubierta. VenÃan dos paramédicos, una agente municipal y el doctor Carlos BenÃtez, el forense de guardia. Abrà la puerta lateral y me quedé a un lado para dejarlos pasar.
21:59 Vi la cara de la joven cuando la camilla cruzó frente a mÃ. TenÃa los ojos cerrados, la piel frÃa y una sonrisa fija. La boca estaba demasiado abierta, los dientes quedaban a la vista y la mandÃbula se veÃa tensa. Pregunté si la muerte estaba confirmada, porque esa expresión no correspondÃa con ningún cuerpo que yo hubiera recibido antes. Un paramédico respondió que sÃ, que la habÃan revisado en el lugar, y durante el traslado, sin pulso y sin respiración, la llevaron a la sala de revisión. Me quedé afuera junto al marco de la puerta, mientras preparaban la mesa. La sabana se movió cuando la pasaron al acero, y entonces vi el pecho. TenÃa un pentagrama abierto en la piel.
22:48 No era tinta, pintura, ni una marca vieja. Eran cortes recientes, limpios, con los bordes levantados. La agente tomó fotografÃas, y el doctor BenÃtez pidió que nadie tocara la zona hasta terminar el registro. Pensé en un crimen ritual, en gente enferma, en algo hecho para asustar a quien encontrara el cuerpo. La morgue recibÃa muertes violentas, y uno aprende a no inventar explicaciones antes de tiempo. La sonrisa me dejó inquieto. El cuerpo estaba inmóvil, el pecho abierto, los brazos rÃgidos, pero la boca seguÃa mostrando los dientes. El doctor BenÃtez salió de la sala y cerró la puerta. Se quitó los guantes, los tiró al bote rojo y se acercó a recepción. Habló bajo, pero claro. La joven iba a quedarse en esa sala hasta que llegara personal de investigación por la mañana. Yo no debÃa entrar. Si escuchaba golpes, risas, pasos, voces o mi nombre, tenÃa que quedarme fuera, llamar a la policÃa y esperar. Lo repitió mirándome de frente. Le pregunté si habÃa riesgo de contagio o si esperaban que alguien llegara por el cuerpo. BenÃtez negó con la cabeza y dijo que algunas escenas alteraban a la gente, que estar solo empeoraba las cosas y que si yo era débil o miedoso, podÃan conmigo. No explicó quién es y tampoco aceptó más preguntas. Solo añadió que el cuerpo no
24:22 debÃa moverse y que la puerta tenÃa que permanecer cerrada. Esa frase se me quedó marcada. Si escuchas tu nombre, tampoco entres. No la escribà en la libreta. Registré el ingreso. Anoté que la sala quedaba bajo resguardo y que nadie podÃa pasar sin autorización del forense. Después cerré el acceso lateral y volvà a mi escritorio. Hice mi ronda. Revisé el pasillo, la oficina, los baños, la puerta trasera y la cámara frÃa. Todo estaba cerrado. Cuando pasé frente a la sala de revisión, miré por el vidrio pequeño de la puerta. La joven seguÃa acostada en la mesa, cubierta hasta el cuello, y la sonrisa continuaba igual. No habÃa movimiento dentro. Regresé a recepción. Tomé café y revisé las cámaras del pasillo. La pantalla mostraba las puertas cerradas y el acceso vacÃo. El edificio quedó con sus sonidos de siempre, el motor de frÃo, el zumbido de las luces y alguna tuberÃa. Yo intenté concentrarme en la libreta, pero seguÃa pensando en el pentagrama. El primer ruido llegó desde la sala.
25:34 Fue un golpe seco contra el metal. No fue fuerte, pero se escuchó claro. Levanté la vista hacia el monitor, pero el pasillo seguÃa vacÃo. Esperé otro sonido con la mano puesta sobre el radio y no ocurrió nada. Pensé en llamar de inmediato, pero todavÃa intenté explicarlo con algo simple. Una charola mal puesta, una pieza de la mesa o una puerta interna. En ese trabajo, si uno reportaba cada ruido sin revisar nada, terminaba quedando mal. Por eso fui al pasillo y me detuve frente a la sala. No abrÃ, solo miré por el vidrio. La joven seguÃa en la mesa, cubierta, con la cara hacia arriba. No vi objetos tirados, no vi sangre nueva. La luz estaba encendida, asà que me quedé unos segundos. Respiré hondo y regresé a recepción. El segundo ruido fue una risa. Salió de la sala, baja y corta. Era una risa de mujer, cerrada, contenida. Sentà la mano húmeda sobre el radio y revisé las cámaras otra vez. Nadie habÃa cruzado el pasillo. Llamé al doctor BenÃtez y no contestó. Llamé a la comandancia y pedà apoyo.
26:47 Expliqué que habÃa ruidos dentro de una sala cerrada, que yo estaba solo y que el cuerpo habÃa llegado bajo resguardo. La operadora tomó mis datos y dijo que mandarÃa una unidad. Me quedé en recepción pues no querÃa moverme. El radio soltó interferencia y entonces escuché mi nombre desde el pasillo. Fue una voz de mujer. No gritó, no pidió ayuda, solo dijo mi nombre. Después dijo mi apellido. Me puse de pie, miré el monitor y vi el pasillo vacÃo. Recordé la orden de BenÃtez, pero también pensé que podÃa haber alguien encerrado, alguien escondido o alguien usando mi miedo para burlarse de mÃ. tomé las llaves agarré el radio y caminé hacia la sala pero ese fue mi error llegué a la puerta con la llave en la mano la voz se habÃa callado pero dentro de la sala seguÃa un roce bajo lento repetido contra el piso miré por el vidrio pequeño la mesa estaba en el centro la sábana seguÃa encima y la cara de la joven ya no quedaba a la vista la orden del doctor benÃtez volvió completa a mi cabeza Si escuchaba ruidos, voces o mi nombre, no debÃa entrar. Me quedé ahÃ, con el radio pegado al pecho y la llave entre los dedos.
28:11 El pasillo estaba vacÃo, las cámaras no mostraban movimiento y la puerta lateral seguÃa cerrada. Pensé en una persona escondida, en alguien que hubiera entrado antes del cierre o en una burla pesada hecha para asustarme. Necesitaba una razón normal para abrir y me aferré a esa idea. metà la llave y giré la cerradura la puerta abrió sin resistencia y el frÃo de la sala me pegó en la cara di un paso hacia adentro y dejé la puerta abierta detrás de mà no avance más y la joven estaba sentada sobre la mesa la sábana le cubrÃa de la cintura hacia abajo tenÃa el torso descubierto y el pentagrama seguÃa abierto en el pecho con los cortes limpios húmedos marcados sobre la piel Sus ojos estaban abiertos y me miraba directo. La sonrisa era la misma de cuando llegó, pero ahora la sostenÃa despierta, con la boca tensa y los dientes a la vista. TenÃa los brazos a los lados, las manos quietas y los pies colgando sobre el borde de la mesa. Le ordené que no se moviera y le dije que iba a llamar a un médico. Mi voz salió baja, apretada. Ella inclinó apenas la cabeza y respondió que no necesitaba un médico. Hablaba sin mover mucho la boca, con una voz seca y clara. Le pregunté quién era. Contestó que su nombre ya no servÃa. Le pregunté cómo habÃa despertado y me dijo que no habÃa despertado,
29:45 que la habÃan dejado abierta. Miré el pentagrama y retrocedà un paso. La puerta se cerró detrás de mà sin golpe. Me giré de inmediato y jalé la manija. Giraba, pero la puerta no abrÃa. Empujé con el hombro una vez, luego otra, pero no se dio. La joven bajó de la mesa. Sus pies tocaron el piso y dejaron marcas húmedas. Caminaba mal, con las piernas rÃgidas y los brazos pegados al cuerpo. Saqué el radio y pedà apoyo, pero solo respondió la interferencia. Volvà a intentarlo y el ruido llenó la sala. Y entre ese sonido escuché otra risa, más cerca.
30:29 Le ordené que se detuviera y se detuvo. Ese gesto me quitó seguridad. Me escuchaba, respondÃa y se movÃa cuando querÃa. Se quedó a unos pasos de mÃ, con la sonrisa abierta y los ojos fijos. Me dijo que no debÃa haber entrado, que ya se lo habÃan explicado al guardia, al médico y a los que la trajeron. Pero siempre hacÃa falta alguien que quisiera comprobarlo. Le respondà que yo no habÃa aceptado nada. Ella levantó la mano derecha y señaló la puerta. Dijo que abrir y entrar bastaba. Dijo que el primer cuerpo abrÃa el pacto, pero hacÃa falta alguien vivo para sellarlo. No habló de demonios, no hizo rezos y no levantó la voz. Me explicó que no servÃa una persona dormida, atada o llevada a la fuerza.
31:20 TenÃa que entrar por su propia decisión, después de escuchar la advertencia. Busqué algo para defenderme. HabÃa una bandeja sobre una mesa auxiliar. La tomé con una mano y la levanté frente al pecho. Ella miró la bandeja, luego volvió a mirarme. Y la sonrisa se abrió un poco más. Me dijo que podÃa golpearla, pero la marca tenÃa que quedar. Dio otro paso y yo retrocedà hasta pegarme a la puerta. Volvà a jalar la manija sin soltar la bandeja, pero seguÃa trabada. Le dije que la policÃa venÃa en camino, pero ella respondió que la policÃa iba a encontrar la sala en orden. El cuerpo en su lugar y a mÃ, dando una versión imposible de sostener. Después dijo el nombre de mi esposa. Lo dijo completo y luego dijo el nombre de mi hija. También dijo que mi hija dormÃa con una lámpara encendida, porque le tenÃa miedo a la oscuridad.
32:19 Eso era cierto, y nadie en la morgue lo sabÃa. El radio se me resbaló en la mano y sentà que las piernas me fallaban. Le grité que se callara, pero ella subió la voz. Me dijo que yo iba a salir caminando, que esa noche no me tocaba morir, pero que la señal debÃa quedar en mi piel. Levanté la bandeja y le pegué en el hombro. El golpe sonó fuerte, pero ella apenas se movió y después extendió la mano. TenÃa la palma cortada. Una lÃnea recta le cruzaba la piel, limpia, abierta, con poca sangre. Me tomó la muñeca derecha y cerró con fuerza. Intenté soltarme de inmediato, pero la verdad no pude. La bandeja cayó al piso.
33:07 El sonido rebotó en la sala y el radio siguió soltando interferencia. Primero sentà presión, luego empezó el calor, pero no habÃa cuchillo, metal ni fuego, solo su mano apretando mi muñeca. El ardor entró en la piel, bajó hasta el hueso y subió por el brazo. Me doblé, pero ella no aflojó. Olà la piel quemada y vi las lÃneas formarse bajo sus dedos, rojas, levantadas, unidas en una estrella incompleta. Me dijo que iba a volver a mi casa, que iba a dormir mal, que iba a revisar cámaras, puertas y ventanas, y que ninguna prueba iba a explicar lo ocurrido. Después añadió que cuando pudiera verla completa en mi sala ya estarÃan cerca. Con la mano libre agarré la linterna y le pegué en la cara. El golpe fue directo. La cabeza se le fue hacia un lado, pero la sonrisa siguió intacta. No gritó y no soltó mi muñeca. Le pegué otra vez, esta vez en la cien, entonces la puerta se abrió. Caà hacia atrás, al pasillo, con ella todavÃa agarrada a mi brazo. Jalé con todo el cuerpo y sentà la piel abrirse donde tenÃa la marca.
34:23 Me solté y corrà hacia recepción sin mirar atrás. Llegué al mostrador, cerré la reja interna y vi la muñeca bajo la luz. La piel estaba roja, levantada y con ampollas en cinco lÃneas. La estrella no estaba completa, le faltaba una parte. Me envolvà el brazo con papel, tomé el teléfono y llamé otra vez a la policÃa. Esta vez grité y les dije que habÃa una persona adentro, que yo estaba herido y que necesitaba ayuda inmediata. Después fui a la entrada principal y la dejé abierta. No regresé al pasillo, me quedé ahÃ, con la llave en la mano y el brazo pegado al pecho. Desde el fondo del edificio salió una última risa, baja, y luego todo quedó en silencio. La patrulla llegó poco después, eran dos agentes. Les enseñé la muñeca y les dije que la joven seguÃa adentro, en la sala de revisión. Uno de ellos me pidió que me quedara afuera, el otro avanzó por el pasillo con la mano cerca del arma.
35:27 Yo me quedé junto a la entrada, con el brazo pegado al pecho, escuchando sus pasos hasta que se perdieron al fondo. No escuché gritos ni golpes, tampoco escuché la voz de ella. Pasaron unos minutos y los agentes me llamaron. Entré despacio sin querer mirar primero hacia la mesa, pero terminé haciéndolo antes de cruzar la puerta. La sala estaba abierta, la mesa estaba limpia y la sábana estaba doblada sobre una silla. La bandeja que yo habÃa usado estaba tirada en el piso, abollada de un lado. No habÃa marcas húmedas, no habÃa sangre nueva y no habÃa huellas visibles. La joven ya no estaba ahÃ. Les dije que revisaran la cámara frÃa Uno de los agentes abrió conmigo. Los tres cuerpos que habÃan estado registrados desde antes seguÃan en sus lugares, pero la joven estaba en otra gaveta, dentro de una bolsa negra cerrada y con sello, y la etiqueta tenÃa la firma del Dr. BenÃtez. Esa fue la parte que más me golpeó. Yo la habÃa visto sentada en la mesa, la habÃa escuchado hablar. me habÃa tomado de la muñeca y me habÃa dejado una marca que todavÃa ardÃa pero cuando llegó la policÃa el cuerpo estaba guardado sellado y registrado sin señales de haber salido las cámaras del pasillo no mostraban a nadie entrando ni saliendo yo estaba herido
36:58 la bandeja seguÃa en el piso y aún asà no habÃa forma de demostrar lo que acababa de pasar Los agentes llamaron al doctor Carlos BenÃtez. Llegó todavÃa de noche, revisó el cuerpo, revisó el sello y después miró mi muñeca. No se sorprendió y no preguntó mucho. Esa calma me molestó más que cualquier duda de los policÃas. Le pedà que les dijera lo que me habÃa advertido. Le dije delante de ellos que él me habÃa ordenado no entrar si escuchaba golpes, risas, voces o mi nombre. BenÃtez respondió que me habÃa pedido no entrar por protocolo porque algunos guardias se alteraban con cuerpos violentados y que quizá el cansancio me habÃa afectado. Lo dijo tranquilo, sin levantar la voz y sin sostenerme la mirada. Yo le reclamé. Le dije que sabÃa que algo podÃa ocurrir, que por eso habÃa sido tan claro antes de irse. El doctor repitió que su advertencia era preventiva y nada más. Los agentes anotaron sus respuestas. En ese momento entendà que no iba a ayudarme. Me llevaron al hospital. El médico de urgencias limpió la herida y dijo que era una quemadura por contacto.
38:15 Me preguntó con qué me habÃa quemado y le dije que con una mano. No escribió eso. En el reporte puso causa no determinada. La marca tenÃa cinco lÃneas rojas levantadas con ampollas pequeñas. Una parte quedaba incompleta, abierta en la orilla de la muñeca. Me vendaron y me dieron algo para el dolor. Al amanecer rendà declaración. Conté todo en orden desde la llegada de la ambulancia hasta el momento en que salà corriendo de la sala. Dije que el forense me habÃa advertido, que escuché ruidos, que llamé, que entré, que la joven estaba sentada y que me habló del pacto. El agente que escribÃa no se burló, pero dejó de hacer preguntas cuando mencioné esa palabra. Después me preguntó si habÃa tomado alcohol, si usaba medicamentos, si habÃa dormido bien y si tenÃa problemas en mi casa.
39:09 Respondà todo. Pedà que revisaran las cámaras, pero las grabaciones solo mostraron lo que cualquiera podÃa aceptar. Se me veÃa caminando hacia la sala, luego se veÃa la puerta cerrarse después de que entré. Más tarde se veÃa la misma puerta abrirse, y a mà salir corriendo con la mano en la muñeca. No habÃa nadie más en el pasillo, no habÃa cámara dentro de la sala, y el audio de esos minutos estaba dañado. Eso fue lo único que quedó, mi quemadura, la bandeja abollada y una grabación sin sonido donde yo entraba solo. Renuncié esa misma semana y no volvà por mis cosas. Un compañero las recogió y me las llevó en una bolsa. El municipio no me despidió, pero tampoco me buscó para aclarar nada. El caso de la joven salió en una nota pequeña, sin detalles del pentagrama.
40:06 DÃas después supe que la habÃan identificado, pero su nombre nunca apareció completo en la prensa. Solo dijeron que la investigación seguÃa abierta. Durante los primeros dÃas pensé que todo iba a terminar con la marca. Me dolÃa por ratos, ardÃa en la noche y luego se calmaba. La piel cerró, pero la figura quedó. Las lÃneas eran limpias y demasiado parejas para una quemadura común. Mi esposa la vio y me llevó con otro médico. El segundo médico dijo lo mismo que el primero, que madura por contacto, causa no clara. La tercera noche escuché una risa en la sala de mi casa y mi esposa también la escuchó. Bajamos juntos.
40:51 La televisión estaba apagada, la puerta cerrada y no habÃa nadie. En la pared, junto al sillón, habÃa cinco lÃneas marcadas con humedad. No formaban la estrella completa, pero coincidÃan con el inicio de la marca en mi muñeca. Mi esposa quiso llevarse a nuestra hija esa misma noche, y yo no me opuse. Nos fuimos unos dÃas con mi cuñada. La risa volvió allá. Esa vez solo la escuché yo. VenÃa de la sala, después de que todos se habÃan dormido. Bajé con una lámpara y la vi sentada en un sillón. Era la misma joven, tenÃa la cabeza inclinada, las manos sobre las piernas y la sonrisa fija. No se levantó y no habló. Encendà la luz principal y desapareció, pero en el cojÃn quedó una mancha húmeda. Desde entonces aparece algunas noches. A veces está sentada, a veces está de pie junto a la entrada de la sala. Casi nunca se mueve y cuando habla dice poco. Me repite que falta poco. Me dice que la marca todavÃa no cierra.
41:59 Una noche dijo que yo ya habÃa dado permiso y que los demás esperaban la señal completa. He intentado grabarla. Puse cámaras en la sala y dejé el celular grabando varias veces, pero en las grabaciones no aparece. La imagen falla durante unos segundos y luego vuelve normal. Una vez se escuchó mi respiración y después la risa, pero el archivo se dañó cuando intenté copiarlo. Mi esposa ya no me pide explicaciones. Ella vio la marca en la pared y escuchó la risa. Y con eso le bastó. La semana pasada encontré una venda vieja dentro del cajón de mi buró. Era la venda que me pusieron en el hospital.
42:40 Pero yo la habÃa tirado. Estaba doblada, seca, con una lÃnea de sangre en la parte que habÃa tocado mi muñeca. La acerqué a la cicatriz y la lÃnea coincidió con el espacio que faltaba en la estrella. esa noche la joven apareció frente a la puerta de la sala esta vez estaba de pie me miró sin parpadear la sonrisa seguÃa igual y la marca de su pecho estaba casi cerrada no se acercó solo dijo que ya casi podÃan entrar ahora duermo poco mi hija está con su abuela y mi esposa quiere irse de la ciudad yo también quiero pero la marca arde cada noche y sé que eso no depende de la casa Anoche ardió hasta el amanecer, y cuando me quité la venda, la lÃnea que faltaba estaba más visible. No sé cuánto tiempo queda, solo sé que entré cuando me dijeron que no entrara, y desde esa noche ella me encuentra donde esté. Recuerdo que entré a trabajar como guardia nocturno en el predio de Santa Elisa en octubre de 2021. Era una empacadora cerrada, con dos bodegas, una oficina, una capilla y un pozo, nada más. El trabajo consistÃa en vigilar que nadie entrara por cable, herramienta o piezas de las máquinas que seguÃan dentro. Ãramos tres
44:11 por turno. Esa semana me tocó con Tomás Herrera y con Iván Salgado. Tomás llevaba la bitácora. Revisaba cada reporte y cuidaba que las firmas quedaran completas. Iván hacÃa los rondines más largos porque ya conocÃa el terreno y sabÃa qué puertas se atoraban. Yo me quedaba más tiempo en la caseta, pendiente de las cámaras y del radio. No traÃamos armas, tenÃamos lámparas, radios y nuestros teléfonos. La instrucción era anotar daños, tomar fotos cuando hubiera evidencia y avisar al supervisor, Sergio Luján, si encontrábamos a alguien dentro. La primera señal salió en la cámara que apuntaba a la capilla.
44:54 Vi una luz baja junto a la puerta, encendida por unos segundos, luego moviéndose hacia un lado. Llamé a Tomás para que revisara conmigo. Miró el monitor, confirmó que Iván estaba en otra zona y le habló por radio. Iván contestó desde el portón trasero, con la voz tensa, y pidió que fuéramos con él. Lo encontramos junto a la reja. habÃa cera en el candado y varios hilos rojos amarrados entre los barrotes la cadena seguÃa puesta el candado estaba cerrado y no habÃa señales de corte del lado de adentro habÃa un plato con sal plumas y un pedazo de carne Tomás tomó fotos yo alumbré e Iván revisó la tierra encontró marcas de sandalia pero no seguÃan hacia adentro del predio terminaban antes de la reja limpias una detrás de otra Tomás anotó, intento de intrusión, porque era lo único que podÃa escribir sin meterse en explicaciones. Iván querÃa retirar el plato de inmediato, pero Tomás le dijo que esperara, que primero habÃa que dejar constancia. Yo no dije nada, me quedé mirando la capilla por encima del patio, porque la luz de la cámara habÃa salido de ese lado, no del portón. Al dÃa siguiente llegó Sergio Luján. Revisó las fotos, miró el plato y ordenó tirarlo. Tomás le dijo que convenÃa llamar a la policÃa, al menos para
46:24 dejar antecedentes. Sergio respondió que la empresa no querÃa reportes por algo que no demostraba robo. También dijo que la capilla llevaba años cerrada, que él tenÃa la única llave operativa y que nadie debÃa entrar ahà sin autorización. Lo dijo delante de los tres con la libreta de control en la mano. Yo recordé esa frase después, porque ya no coincidÃa con lo que vimos. La segunda noche empezó el ruido en la bodega 2. Era un arrastre corto, repetido, primero cerca de la entrada y luego más adentro. Iván y yo entramos con lámparas, mientras Tomás se quedó en la puerta. apuntando todo en la bitácora. No encontramos personas, pero en el piso habÃa una copia de la credencial de Iván, doblada en cuatro, rodeada de tierra húmeda y velas apagadas. La copia era clara, con su foto, su nombre y el número de empleado. Iván se enojó, dijo que alguien de la empresa habÃa entregado sus datos. Tomás le pidió que no tocara nada, tomó fotografÃas y nos indicó salir. Antes de llegar a la puerta, escuchamos voces de mujeres del lado de la capilla. Eran voces bajas, juntas, repitiendo palabras que no alcanzamos a distinguir. Caminamos hacia allá sin apagar las lámparas y vimos luz por una rendija.
47:51 La capilla estaba cerrada por fuera. La cadena seguÃa en su lugar y el candado no tenÃa daños. Tomás golpeó la puerta y ordenó que salieran, pero no hubo respuesta. Miramos por la rendija, uno por uno. Vi a tres mujeres frente al altar. Una sostenÃa una libreta, otra tenÃa credenciales en la mano y la tercera estaba junto a una silla. No vi puertas abiertas ni ventanas sin reja. Iván llamó a Sergio, porque habÃa dicho que solo él podÃa abrir. Mientras esperábamos, Iván se tocó la manga derecha de la chamarra. La tenÃa cortada desde el codo hasta el puño, y el corte era limpio. Nadie se acercó a él durante el rondÃn. Nadie lo sujetó y nadie lo rozó. Iván se quitó la chamarra, la revisó por dentro y se quedó callado. Después dijo que se iba.
48:46 Tomás le pidió que no dejara el puesto, que esperara a Sergio y que lo hiciera con testigos, porque la empresa podÃa acusarlo de abandono. Iván aceptó, pero se quedó lejos de la puerta. Sergio llegó cerca de una hora después, abrió la capilla con su llave, entró primero y quiso dejarnos afuera. Tomás pasó detrás de él, yo entré con Iván. Las mujeres ya no estaban, la silla seguÃa junto al altar, y sobre el altar estaba la libreta que una de ellas llevaba en la mano. En la primera página estaban nuestros nombres completos, los turnos asignados y copias pegadas de nuestras credenciales. En la página siguiente habÃa nombres de otros guardias, algunos tachados y otros marcados con una cruz. Tomás dijo que esa libreta era evidencia. Sergio la cerró, se la metió bajo el brazo y dijo que la reportarÃa con el dueño. Iván le preguntó cómo habÃan entrado tres mujeres, si él tenÃa la llave. Sergio contestó que tal vez la cadena quedó mal puesta. Tomás le recordó que todos la vimos cerrada. y que el candado abrió con llave, no con fuerza. Sergio no respondió a eso, y nos ordenó limpiar el altar y continuar el turno. Nadie limpió nada.
50:09 Tomás dejó escrito que Sergio abrió la capilla, que habÃa una libreta con datos de empleados, y que el supervisor retiró el objeto. Sergio leyó la bitácora antes de irse, tachó la lÃnea donde Tomás pedÃa intervención de la policÃa y firmó encima. En ese momento entendà que el problema no estaba solo en la capilla, también estaba en la gente que querÃa dejar todo encerrado ahÃ. Recuerdo que la noche siguiente llegó otro guardia, se llamaba Mateo RÃos, nuevo en la empresa. Sergio lo presentó rápido y aclaró que venÃa a reforzar el turno, no a revisar lo que habÃa pasado. Tomás pidió dejar la capilla fuera de los rondines porque la cadena, la libreta y las credenciales bastaban para cerrar esa zona. Sergio no aceptó. La orden, según él, era cuidar todo el terreno. Iván escuchó en silencio y después avisó que no querÃa acercarse a la capilla. Tomás le respondió que esa noche no irÃa solo. El primer rondÃn lo hicieron Tomás e Iván y Mateo se quedó conmigo en la caseta. No tardaron mucho en llamar. HabÃan encontrado algo junto al pozo. Salimos y los alcanzamos. En el suelo habÃa otro objeto preparado, pero lo importante estaba encima.
51:35 Una copia de la credencial de Iván y una fotografÃa de su esposa. Iván la reconoció al instante. Pidió llamar a su casa. Tomás lo dejó hacerlo y esperó a su lado. Su esposa contestó. Estaba en su casa. Y eso confirmó que alguien estaba usando su información personal para presionarlo. Regresamos a la caseta con fotos y reporte escrito. Iván se quedó junto a la puerta mirando el patio. Mateo revisaba las pantallas conmigo. Y entonces la cámara de la capilla perdió imagen. No cayó todo el sistema, solo falló ese canal. Reinicié la vista, revisé la conexión desde el monitor y seguÃa entrando señal. El cable estaba en una parte alta, sin lluvia ni viento. Tomás decidió ir con Iván a revisar desde afuera. Les pedà que no entraran y Tomás respondió que confirmarÃan la cadena y volverÃan. Los vimos cruzar el patio por otra cámara. Avanzaron con las lámparas encendidas hasta salir del ángulo. Después pasaron varios minutos sin reporte, asà que les hablé por radio. Primero hubo ruido y luego contestó Tomás respirando fuerte. Avisó que Iván habÃa visto a una mujer en la puerta de la capilla, que ella le mostró la foto de su esposa y que él corrió hacia la entrada antes de que pudiera detenerlo.
53:02 Mateo y yo salimos de la caseta sin esperar otra instrucción. Tomás estaba frente a la capilla cuando llegamos, con la lámpara apuntando a la cadena. El candado estaba cerrado, sin golpes, sin cortes y sin marcas recientes. Tomás aseguró que la puerta habÃa estado abierta segundos antes. Revisamos por fuera y por los lados, pero no habÃa otra entrada abierta. Tomás llamó a Iván varias veces con control, luego con más fuerza, pero nadie respondió. Desde adentro escuchamos el radio de Iván, transmitiendo estática. Tomás decidió romper la Fue una barra a la bodega y forzamos el marco hasta que se dio.
53:49 Entramos juntos, pero Iván no estaba. Su radio estaba sobre una banca, con el botón de transmisión sujetado con cinta. La lámpara estaba en el suelo, encendida, y su chamarra estaba doblada sobre la silla de la noche anterior. En el altar estaba la misma libreta que Sergio se habÃa llevado. la reconocimos por las manchas de la portada y la última página estaba abierta junto al nombre de Iván habÃa una cruz nueva Tomás llamó al 911 desde su teléfono no consultó a Sergio y reportó la desaparición de un guardia dentro de una construcción cerrada la evidencia alterada y la libreta que el supervisor habÃa retirado la operadora le pidió que saliéramos y esperáramos patrullas en la entrada Tomás querÃa quedarse junto a la puerta, pero le dije que ya habÃamos movido demasiado. Mateo no habló, solo tenÃa las manos en el cinturón, apretadas. Sergio llegó antes que la policÃa.
54:51 VenÃa molesto y preguntó quién habÃa hecho la llamada. Tomás le respondió que Iván estaba desaparecido y que el asunto ya no le pertenecÃa a la empresa. Sergio intentó tomar la libreta del altar, pero Tomás se puso delante y le ordenó no tocarla. Yo grabé esa parte con mi teléfono. Sergio vio la cámara, bajó la mano y cambió de tono. Entonces intentó decir que Iván tenÃa problemas personales, que quizá habÃa salido por el monte. Tomás le recordó el radio, la lámpara, la chamarra y la cadena cerrada. Sergio no contestó. Cuando llegaron los policÃas, revisaron la capilla, fotografiaron la puerta forzada y tomaron nota de la libreta. Uno de los oficiales dijo que revisarÃan el perÃmetro. Mientras estaban afuera, el teléfono de Tomás recibió una videollamada desde el número de Iván.
55:48 Tomás contestó delante de nosotros, yo estaba a su lado, Mateo también, y dos policÃas miraron la pantalla. En la llamada apareció Iván, sentado en la silla de la capilla. con las manos amarradas al frente, la cabeza baja y sangre seca en la boca. Las tres mujeres estaban con él. Una sostenÃa la libreta, otra le cortaba mechones de cabello y la tercera miraba directo a la cámara. La mujer de la libreta habló poco y ordenó que Tomás fuera solo, si querÃa recuperar a Iván completo. Tomás no respondió. Uno de los policÃas grabó la pantalla con su celular y otro corrió hacia la capilla. llegaron casi de inmediato pero la capilla estaba vacÃa la silla seguÃa ahà pero Iván ya no estaba la libreta permanecÃa sobre el altar abierta en la misma página el policÃa que habÃa grabado la videollamada revisó su archivo y confirmó que el video se habÃa guardado entonces pidió apoyo por radio Sergio se apartó de nosotros y habló por teléfono alcancé a oÃr una frase La situación ya se salió de control. Desde ese momento, los policÃas cambiaron el trato. Separaron a Sergio, pidieron más unidades y nos ordenaron no tocar nada. Tomás entregó la bitácora.
57:13 Yo entregué el video donde Sergio intentaba tomar la libreta. Mateo dio sus datos y pidió retirarse, pero no se lo permitieron. Iván seguÃa desaparecido y todo lo importante habÃa ocurrido dentro del predio. frente a guardias, cámaras y policÃas. Nadie pudo explicar cómo entraban esas mujeres, cómo salÃan, ni por qué Sergio quiso llevarse otra vez. La única libreta que las señalaba. Recuerdo que llegaron más policÃas antes del amanecer, cuando el predio ya estaba rodeado y nadie hablaba sin mirar primero hacia la capilla. El comandante que tomó el mando pidió revisar la oficina principal, la bodega 2 y la camioneta de Sergio. también ordenó que nadie volviera a entrar solo a la capilla porque Iván seguÃa desaparecido y ya habÃa demasiadas cosas fuera de control yo fui con dos oficiales a la oficina porque conocÃa el tablero de cámaras y sabÃa en dónde estaban los controles Tomás se quedó cerca de la capilla con Mateo y otros policÃas mientras Sergio permanecÃa junto a una patrulla callado con la vista baja en la oficina encontramos expedientes de varios guardias No estaban en el archivo de personal. Estaban separados en una caja con copias de credenciales, solicitudes de empleo y comprobantes de domicilio. Entre esos papeles estaban los nuestros. En una carpeta aparte habÃa recibos firmados por Sergio y por una
58:45 mujer llamada Elvira Montes. En ese momento el nombre no me dijo nada. Después, cuando me llamaron a ampliar mi declaración, Supe que Elvira Montes habÃa sido dueña de una parte del terreno antes de que existiera la empacadora y que llevaba décadas muerta. También encontramos una llave pequeña dentro del escritorio de Sergio. Uno de los oficiales la llevó a la bodega 2 y la probó en la oficina interna, la misma zona donde habÃa aparecido la copia de la credencial de Iván. La llave abrió sin problemas. Adentro habÃa más documentos de empleados y fotografÃas impresas de familiares. No voy a adornar eso ni a darle otro nombre. HabÃa datos personales reunidos sin permiso. HabÃa accesos que Sergio habÃa negado y habÃa papeles relacionados con lo que estaba ocurriendo en la capilla. Mientras revisábamos esa oficina, Mateo avisó por radio que veÃa a Iván en una cámara. Salimos al patio.
59:47 Iván venÃa desde el pasillo entre las bodegas, descalzo, con la ropa rota y las manos atadas al frente. Caminaba lento, con el cuerpo vencido, pero seguÃa avanzando. Tomás corrió hacia él y antes de tocarlo, Iván levantó las manos para detenerlo. TraÃa una tijera entre los dedos, la dejó caer al suelo, señaló la capilla y luego señaló a Sergio, que seguÃa junto a la patrulla. Los paramédicos ya venÃan en camino por la denuncia. asà que no tardaron en entrar al predio. Antes de subirlo a la ambulancia, Iván intentó hablar. No pudo formar palabras claras. TenÃa una herida en la lengua y varios cortes en los brazos. Estaba consciente, reconocÃa a Tomás y entendÃa lo que le preguntaban, pero no podÃa explicar en dónde habÃa estado. Cuando Tomás pidió acompañarlo, el comandante lo autorizó. Antes de que cerraran la puerta de la ambulancia, Iván tomó a Tomás del uniforme y volvió a señalar la capilla, después la libreta que seguÃa sobre el altar. Sergio fue detenido esa misma madrugada. No lo detuvieron por brujerÃa, ni por lo que le hicieron a Iván.
1:00:56 Lo detuvieron por ocultar información, manipular evidencia y tener documentos personales de empleados sin autorización. Cuando lo subieron a la patrulla, no gritó ni intentó defenderse. Pidió un abogado y dejó de hablar. Para ese momento ya habÃa mentido sobre la llave. HabÃa retirado la libreta. HabÃa intentado tomarla otra vez frente a nosotros. Y tenÃa expedientes que conectaban a los guardias, con lo que apareció en la capilla. Cuando los policÃas revisaron la libreta de nuevo, encontraron una marca que no estaba antes. Junto al nombre de Tomás habÃa una cruz nueva. Yo estaba ahà cuando la vieron. También estaba Mateo, el comandante y el oficial que habÃa grabado la videollamada desde el teléfono de Iván. Nadie hizo comentarios. El comandante cerró la libreta con guantes, la metió en una bolsa de evidencia y ordenó que quedara bajo resguardo. Tomás ya iba camino al hospital con Iván, por eso no vio esa página en ese momento. La fiscalÃa llegó cuando ya habÃa luz, tomaron fotos, levantaron la libreta, aseguraron la oficina y acordonaron el pozo. También recogieron los videos del sistema de cámaras, aunque varias partes salieron dañadas o sin imagen. Eso dejó el expediente incompleto desde el inicio. HabÃa grabaciones de movimientos, llamadas, objetos y entradas al lugar, pero no habÃa una secuencia
1:02:27 completa que explicara por dónde entraban las mujeres, en dónde tuvieron a Iván, ni cómo la capilla quedaba cerrada, cuando por dentro ocurrÃan cosas que varios vimos. Yo declaré ese mismo dÃa y renuncié antes de salir del predio. Mateo también renunció. Iván sobrevivió, pero estuvo hospitalizado varias semanas. Recuperó parte del habla con terapia, aunque nunca volvió a trabajar de guardia. Su familia se fue del estado poco después. No sé dónde viven ahora y nunca los busqué. Supe lo necesario por Tomás, mientras todavÃa estaba vivo, y luego por una llamada de la fiscalÃa. Tomás murió dos noches después.
1:03:11 Volvió al predio con dos ministeriales para señalar los lugares donde habÃamos encontrado la credencial, la libreta y el radio de Iván. Según el reporte, entró a la capilla con ellos. Se llevó una mano al cuello y cayó al suelo. Los ministeriales pidieron ayuda, pero llegó sin vida al hospital. La causa asentada fue paro respiratorio. En el acta no pusieron la cruz de la libreta, aunque varios la vimos antes de que él regresara a ese lugar. El caso terminó dividido en varias carpetas. A Sergio lo procesaron por documentos, encubrimiento y obstrucción. Las mujeres quedaron sin identificar. La empresa negó saber de los expedientes usados en la capilla y declaró que Sergio habÃa actuado solo. Nadie aceptó responsabilidad por la muerte de Tomás. Nadie explicó la videollamada de Iván, la libreta que Sergio se llevó, y volvió a aparecer sobre el altar. Ni la cadena cerrada cuando Iván desapareció.
1:04:15 Yo sé que la palabra brujas no sirve en una denuncia, si no hay una forma legal de probarla. También sé lo que vi, lo que grabaron los policÃas, y lo que quedó escrito en la bitácora. Tres mujeres entraron a un lugar cerrado, Usaron datos personales de los guardias, llamaron desde el teléfono de Iván y dejaron una lista con nombres marcados y dañaron a dos compañeros. Uno sobrevivió con heridas, el otro murió después de volver a la capilla. El predio de Santa Elisa siguió cerrado. La empresa retiró algunas máquinas y dejó vigilancia externa por un tiempo. Semanas después apareció una vacante para guardia nocturno en esa misma zona.
1:04:59 No decÃa el nombre del predio, pero la ubicación coincidÃa. PedÃan experiencia mÃnima, disponibilidad inmediata y discreción. Eso fue lo último que revisé. No llamé, no avisé a nadie y no volvà a pasar por esa carretera de noche.
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