May 13, 2026

El Guardia Vio Algo En La Empacadora Que La Empresa Quiso Ocultar - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamo Julián Treviño y trabajé como guardia nocturno en una empacadora de verduras afuera de la ciudad. Entré a ese trabajo por necesidad. Mi madre estaba enferma, yo debía renta y no tenía margen para escoger. No llegué buscando problemas ni historias raras. Llegué a cuidar una planta cerrada durante la noche, revisar accesos y entregar el turno sin novedades. De día la empacadora estaba llena de gente, camiones, cajas, supervisores y ruido de trabajo. De noche quedaban las cámaras, los cuartos fríos, los perros de vigilancia y un guardia caminando con lámpara. Mi tarea era simple, revisar puertas, candados, luces, patios, oficinas y reportar cualquier movimiento fuera de lo normal. El primer día me recibió Efraín Cota, el jefe de seguridad.

0:59 Me entregó las llaves, el radio y una libreta para anotar las rondas. Caminó conmigo por la planta, me señaló los puntos que debía revisar y me explicó dónde podía entrar. Al final, me llevó detrás del cuarto de motores hasta un pasillo que no aparecía marcado en la hoja de rondas. Al fondo había una puerta gris, cerrada con cadena y candado. Efraín fue claro con esa puerta. Mi ruta pasaba cerca. Pero yo no debía detenerme ahí. No debía tocar el candado. No debía abrir y no debía preguntar por ese lugar. Si escuchaba algo del otro lado, tenía que seguir caminando y apuntar el área restringida sin novedad. Le pregunté qué había adentro. Me respondió que nada bajo mi responsabilidad. No agregó más. Yo no insistí. Necesitaba conservar el empleo y apenas estaba empezando. Las primeras semanas trabajé sin problemas. Revisaba los accesos, apuntaba placas de camiones que llegaban tarde, caminaba por los pasillos y regresaba a la caseta. Durante la mayor parte del turno se oían los refrigeradores, algunas tuberías y el viento golpeando láminas sueltas. La puerta gris seguía cerrada cada noche. Yo pasaba cerca, alumbraba el piso, revisaba el candado de lejos y continuaba mi ronda. Los ruidos empezaron después. La primera vez estaba cerca del cuarto de motores cuando escuché golpes detrás de la puerta. Fueron tres

2:31 golpes secos, separados, dados desde adentro. Me quedé quieto con la lámpara apuntando al pasillo. No escuché pasos ni voces, solo el ruido de los motores al fondo. Recordé la instrucción de Efraín, seguí caminando y anoté en la libreta que el área restringida estaba cerrada. Otra noche escuché una risa. Venía del otro lado de la puerta. Era baja, larga, con una voz gruesa al final. No sonaba a trabajador escondido ni a broma. Me acerqué unos pasos para confirmar el punto exacto, y entonces escuché un grito de hombre. Fue fuerte, con dolor, y terminó en un quejido. Me retiré de inmediato. Desde la caseta llamé a Efraín, pero no contestó. Le mandé un mensaje. reporté ruidos en el área restringida y esperé respuesta me escribió después sin hacer preguntas y me ordenó no acercarme y terminar el turno no preguntó que había escuchado no pidió detalles y no mandó a nadie a revisar esa respuesta me pesó más que los ruidos los días siguientes intenté cumplir mi trabajo sin mirar hacia ese pasillo cuando mi ronda me acercaba al cuarto de motores Caminaba más rápido, revisaba lo necesario y salía. Quise pensar en una broma, en algún trabajador entrando por otra puerta, en un problema de tuberías o en cualquier explicación normal. Pero los perros cambiaban cuando empezaban

4:05 los ruidos. Dejaban de moverse, se quedaban atentos hacia la parte trasera de la planta y no ladraban. Esos perros ladraban por todo, por un camión, por una sombra, por una bolsa movida por el aire. Con esa puerta se quedaban callados. Una madrugada escuché a una mujer llorando y su voz venía de la puerta gris. Pedía que la soltaran. No gritaba todo el tiempo. Hablaba entre sollozos con la voz quebrada. Puse la mano en el radio, pero no llamé. Tenía miedo de reportar algo que después la empresa negara. Y también tenía miedo de abrir y encontrar a alguien lastimado. Esa fue la primera noche en que pensé seriamente en renunciar.

4:48 pero no renuncié. Al día siguiente cobré, compré medicinas para mi madre y pagué parte de la renta. Esa misma tarde regresé al turno. Me repetí que mi obligación era cuidar las áreas asignadas, no meterme en una zona prohibida por la empresa. Esa idea me sirvió unos días, hasta que los ruidos aumentaron. Ya no eran solo golpes, escuchaba pasos detrás de la puerta y uñas raspando metal, risas de varias personas y objetos arrastrados sobre el piso. Una noche hubo un golpe fuerte. Después, un hombre gritó que ya no quería seguir. La frase se entendió completa. Luego escuché un nombre, Mauricio. Yo conocía a un Mauricio en la empacadora. Se apellidaba Leiva y era supervisor de empaque.

5:39 No éramos amigos, pero lo veía en los cambios de turno. Lo había saludado varias veces. y sabía que trabajaba ahí desde antes que yo. Algunos empleados decían que tenía problemas de dinero. Esa noche, al escuchar su nombre detrás de la puerta, ya no pude quedarme con explicaciones fáciles. Caminé hasta el pasillo. La puerta gris seguía ahí, pero la cadena estaba floja. El candado colgaba cerrado, sin sujetar bien los eslabones. La puerta estaba abierta, lo suficiente para meter una mano. Desde adentro salía calor, también salía un olor pesado, a humedad, cera, y algo que no quise reconocer en ese momento. Me quedé frente a la puerta, con la lámpara en una mano y el radio en la otra.

6:29 Pensé en llamar a la policía desde ahí, pero el grito volvió a escucharse abajo, más débil que antes. Si había alguien vivo, cada minuto contaba, así que empujé la puerta despacio. Detrás había un cuarto pequeño de servicio. Al fondo, en el piso, una tapa metálica estaba levantada, y por esa abertura bajaba una escalera. El grito volvió y esta vez escuché a un hombre pedir ayuda. Bajé por la escalera con una mano en la pared y la otra sosteniendo la lámpara. La abertura quedaba detrás de la puerta gris, dentro del cuarto de servicio. Desde el primer escalón, sentí el aire caliente subir desde abajo. No conté los escalones.

7:12 Recuerdo la humedad en la pared y un olor fuerte, mezclado con sangre, cera quemada y tierra mojada. Al llegar al fondo, alumbré un cuarto amplio, sin ventanas y sin señales de uso normal. Había cables en el suelo, focos con extensiones y varias velas alrededor del centro. En el piso estaba marcado un pentagrama oscuro. Mauricio Leiva estaba dentro de esa marca. Tenía las manos sujetas al piso. también los pies y llevaba la camisa abierta. El pecho le sangraba. Seguía vivo, respiraba con dificultad y trataba de hablar. A un lado había un hombre arrodillado con la cabeza baja y las manos juntas. Después supe que era el contador.

7:57 Frente a ellos estaba el diablo. Lo nombro así porque eso vi. Tenía cuerpo de hombre, pero era más alto que cualquier persona. Sus manos eran largas, las uñas gruesas y curvas. manchadas de sangre, con una uña estaba abriendo la piel del pecho de Mauricio, trazando otra figura sobre la carne, Mauricio gritaba cada vez que la uña bajaba, el contador no se movía, solo repetía que aceptaba, aceptaba el cargo, el dinero y las condiciones, lo decía con miedo, pero lo decía, el diablo hablaba poco y cada palabra se entendía, Habló de un trato anterior, de una deuda pendiente y de una marca que debía cerrarse. También mencionó que otro hombre estaba dispuesto a ocupar el lugar de Mauricio.

8:47 Yo entendí lo suficiente. Mauricio había pedido algo antes. Luego quiso echarse para atrás y el contador estaba aceptando entrar en su lugar. No escuché todo el pacto, pero vi a Mauricio amarrado. Vi al contador aceptando y vi al diablo marcando el pecho con sus uñas. Di un paso hacia atrás y la lámpara golpeó la pared. El sonido se extendió por el cuarto y Mauricio giró la cabeza y me vio. Intentó decir mi nombre, pero no le salió completo. Abrió la boca y soltó un sonido roto. El contador levantó la cara. Tenía los ojos rojos y la boca apretada. No pidió ayuda. No se levantó. Siguió de rodillas. El diablo dejó de marcar a Mauricio y volteó hacia mí. No se sorprendió, me miró fijo y habló de mí, no de la planta. Mencionó que el guardia por fin había bajado, que la orden siempre era la misma, no abrir, no preguntar y no acercarse. Luego dijo que el ruido hacía el resto, porque la gente baja cuando escucha dolor. Yo no contesté, tenía la garganta cerrada y las piernas tensas. Pensé en correr, en Mauricio y en mi madre, todo junto, sin orden. El diablo siguió hablando. Mencionó mi renta, las medicinas de mi madre y el dinero que mi hermana había pedido prestado. Y no eran suposiciones, eran datos exactos de mi vida. Luego

10:19 me ofreció lo mismo. No levantó la voz ni se acercó demasiado. Me dijo que podía arreglar mis deudas, las medicinas y el dinero de mi hermana. Bastaba con pedir el pacto en voz alta. También dijo que nadie obligaba a nadie porque la necesidad hacía el trabajo. Después se burló de mi uniforme, de mi sueldo y de mi intención de ayudar a un hombre que ya estaba entregado. Mauricio empezó a llorar y repetía que no quería seguir, que se arrepentía, que no quería entregar nada más. El diablo volvió a ponerle la mano en el pecho y terminó la marca. La uña bajó por última vez y Mauricio se arqueó. Los hinchos lo sostuvieron y el contador cerró los ojos. Yo debía acercarme, cortar los hinchos, golpear al contador, aventar la lámpara o hacer algo, pero no hice nada, pues mi cuerpo no respondió. Retrocedí hasta tocar la escalera. El diablo me vio moverme y me dejó ir.

11:25 Pero antes de que subiera, dijo que yo ya había mirado y que con eso bastaba para encontrarme después. Subí rápido, usando la pared y el barandal. Me resbalé en un escalón y me golpeé la rodilla, pero seguí hasta llegar al cuarto de servicio. La tapa metálica seguía levantada. Cerré la puerta gris sin poner la cadena y corrí hacia la caseta. Marqué al 911 con las manos temblando. Reporté un hombre herido debajo del área restringida y pedí patrullas. La operadora preguntó si el agresor seguía ahí. Le respondí que sí. No intenté explicar más por teléfono. Me pidió salir a un lugar seguro. Crucé el patio y esperé afuera, junto al portón. Los policías llegaron después. Efraín Cota llegó casi al mismo tiempo. Bajó de su camioneta y no preguntó por heridos. Me preguntó qué había hecho. se lo dije delante de los policías le hablé de la puerta la tapa metálica la escalera Mauricio y el hombre arrodillado Efraín respondió que yo estaba alterado que había entrado a una zona de mantenimiento y que me había asustado los policías me pidieron que los guiara entramos por el pasillo la puerta gris estaba cerrada con la cadena bien puesta y yo no la había dejado así Efraín abrió con su llave Adentro estaba el cuarto de servicio, sin olor y sin manchas. Al fondo seguía la tapa metálica, ahora cerrada

12:59 con dos candados y una barra atravesada. Les dije que por ahí había bajado. Uno de los policías revisó la tapa y preguntó quién tenía acceso. Efraín respondió que solo mantenimiento, y que abajo había un cárcamo viejo, sin uso. Yo insistí en que Mauricio estuviera El policía dijo que necesitaban autorización porque no había señales visibles. Revisaron la planta, hablaron por radio y tomaron notas. No encontraron a Mauricio, tampoco encontraron al contador. Efraín se mantuvo cerca de los policías corrigiendo cada cosa que yo decía. Esa noche entendí algo que todavía me pesa. Llamar a la autoridad no significa que alguien te crea. Me llevaron a la caseta para tomarme la declaración. Tenía la rodilla golpeada, las manos raspadas y la garganta seca. Repetí lo mismo varias veces, que escuché gritos, que encontré abierta la puerta gris, que bajé por la tapa metálica y que vi a Mauricio Leiva, sujeto al piso, con el pecho abierto. También dije que había otro hombre arrodillado, aceptando un pacto, y que frente a ellos estaba algo que no era humano. Uno de los policías dejó de escribir cuando escuchó esa parte. Luego siguió, pero cambió el trato. Me preguntó si había tomado, si usaba drogas, si tenía problemas con alguien de la empresa

14:31 o si estaba pasando por una crisis. Le respondí que no. Le mostré la rodilla y las manos. Me contestó que las heridas demostraban una caída, no el lugar donde ocurrió. Efraín Cota se quedó afuera de la caseta. No entró a corregirme, no pidió revisar cámaras y no preguntó por Mauricio. Cuando los policías terminaron, dijeron que el reporte seguiría abierto solo si aparecía un indicio o si alguien denunciaba la desaparición. Les pedí que buscaran su nombre en la empresa. Efraín respondió que Mauricio había sido movido a otra planta días antes y lo dijo sin consultar ningún papel. Los policías se fueron sin abrir la tapa metálica. Revisaron pasillos y patios.

15:19 Tomaron fotos de la puerta gris y hablaron con Efraín aparte. Yo esperé junto a mi carro. Efraín me alcanzó antes de que yo subiera al carro. Me habló bajo y con calma. Me dijo que yo había cometido un error al bajar. Le pregunté por Mauricio, pero no respondió. Le pregunté por el contador. Me dijo que pensara en mi madre antes de seguir haciendo preguntas. Después se fue. y yo salí de la planta sin mirar atrás. Renuncié ese mismo día. No volví por mi uniforme ni por el pago pendiente, y durante varios días busqué noticias y reportes sobre Mauricio Leiva, pero no apareció nada. Le escribí a un trabajador de la planta, y me contestó que ya no lo habían visto y que nadie quería hablar del tema.

16:09 También me dijo que el contador había entrado como nuevo supervisor. Fui al Ministerio Público con la copia del reporte. Expliqué que había un área cerrada, que un trabajador podía estar desaparecido y que la empresa no permitió revisar la tapa metálica. Dejé fuera algunas partes porque sabía que iban a cerrar la carpeta en cuanto escucharan la palabra pacto. Me preguntaron por el apellido, por testigos, por fotografías o por videos. Tenía el nombre de Mauricio y su puesto. La llamada al 911 existía, pero el reporte quedó sin seguimiento. Después empezaron las visitas. La primera llegó de madrugada, dos semanas después.

16:55 Yo estaba en mi casa y no había podido dormir bien desde la noche en la empacadora. Escuché tres golpes en la puerta de la cocina. Agarré un cuchillo y me acerqué sin abrir. Del otro lado escuché la misma risa. No fue fuerte, fue baja, tranquila y cercana. Luego escuché su voz. Me dijo que yo seguía necesitando dinero. Mencionó las medicinas de mi madre, la renta y la cantidad exacta que mi hermana había pedido prestado. Después dijo que el pacto seguía disponible, que solo tenía que pedirlo en voz alta. No contesté y me quedé junto a la puerta hasta que amaneció. Cuando salí a revisar, encontré marcas profundas en la madera, cinco líneas hechas con algo filoso.

17:42 No formaban una figura completa, pero la intención era clara. Compré una cámara barata y la puse apuntando a esa puerta. La cámara nunca sirvió como prueba. Cada vez que los golpes regresaban, el archivo quedaba dañado. Grababa antes, grababa después, pero el momento exacto aparecía cortado. Cambié la memoria, cambié la cámara y pasó lo mismo. No había imagen, solo archivos incompletos. Las visitas continuaron. Nunca entraba, se quedaba del otro lado de una puerta, una ventana o una pared. A veces solo golpeaba y a veces hablaba. Mencionaba cosas reales, una deuda vencida, una llamada de mi hermana, una cita médica o un trabajo mal pagado que yo acababa de aceptar.

18:31 Decía lo necesario para recordarme que sabía dónde estaba y que me faltaba. Una vez dijo que yo ya había sido testigo y que eso tenía valor. Otra vez dijo que Mauricio había gritado más cuando entendió lo que estaba perdiendo. También dijo que el nuevo supervisor cumplía mejor. Yo no le respondí nunca. Aprendí que contestar le daba espacio. Mi madre murió meses después. Estaba enferma desde antes. El día del funeral regresé a mi casa cansado y en la puerta de la cocina encontré tres golpes marcados en la madera. Nadie había entrado. Nadie había robado, pues nada estaba fuera de lugar. Esa noche volvió su voz. Me dijo que todavía podía arreglar lo que quedaba de mi vida. Me dijo que los pactos también servían para empezar de nuevo.

19:25 Desde entonces cambié de casa dos veces y dejé de trabajar de noche. Dejé de hablar con gente de la empacadora. Borré números y evité pasar cerca de esa zona. Aún así, cada cierto tiempo vuelve. Primero fallan los aparatos, después se apaga el ruido normal de la casa y al final vienen los golpes. No tengo una prueba completa, tengo una declaración, una llamada registrada, videos dañados y marcas que cualquiera puede atribuirme. Tengo también el recuerdo de Mauricio sujeto al piso, con el pecho abierto por una uña. Cuento esto porque alguien más puede terminar en ese turno. Le van a dar llaves, un radio y una libreta. Le van a enseñar puertas, luces, candados y cámaras. Después le van a señalar el pasillo del fondo y le van a ordenar que nunca entre, aunque escuche ruidos. Si esa persona escucha risas, golpes o gritos detrás de la puerta gris, debe salir de la planta y llamar desde afuera. Yo abrí, bajé y vi lo que estaban haciendo. Y desde esa noche, el diablo sabe en dónde encontrarme. Me llamo Raúl Mendoza y trabajé cuatro años de guardia nocturno en la morgue municipal. Cuando recuerdo esa noche, lo primero que me viene a la cabeza no es la sangre ni el cuerpo, sino la advertencia.

20:59 Había escuchado órdenes raras en ese trabajo, pero ninguna con esa seriedad. Mi turno empezaba de noche. Yo abría los accesos, registraba ingresos, revisaba puertas y llamaba al personal de guardia cuando algo salía de lo normal. Ya conocía el lugar, sabía qué ruidos hacían las cámaras de refrigeración, qué puertas rechinaban y cómo sonaban los pasos. Esa noche llegué antes de mi hora. El guardia de la tarde me entregó las llaves, la libreta y el radio. Había tres cuerpos dentro, no esperábamos más ingresos y podía pasar más tarde. Firmé la entrega y me quedé en recepción. La ambulancia llegó después de la medianoche sin sirena. Bajaron una camilla con una joven cubierta. Venían dos paramédicos, una agente municipal y el doctor Carlos Benítez, el forense de guardia. Abrí la puerta lateral y me quedé a un lado para dejarlos pasar.

21:59 Vi la cara de la joven cuando la camilla cruzó frente a mí. Tenía los ojos cerrados, la piel fría y una sonrisa fija. La boca estaba demasiado abierta, los dientes quedaban a la vista y la mandíbula se veía tensa. Pregunté si la muerte estaba confirmada, porque esa expresión no correspondía con ningún cuerpo que yo hubiera recibido antes. Un paramédico respondió que sí, que la habían revisado en el lugar, y durante el traslado, sin pulso y sin respiración, la llevaron a la sala de revisión. Me quedé afuera junto al marco de la puerta, mientras preparaban la mesa. La sabana se movió cuando la pasaron al acero, y entonces vi el pecho. Tenía un pentagrama abierto en la piel.

22:48 No era tinta, pintura, ni una marca vieja. Eran cortes recientes, limpios, con los bordes levantados. La agente tomó fotografías, y el doctor Benítez pidió que nadie tocara la zona hasta terminar el registro. Pensé en un crimen ritual, en gente enferma, en algo hecho para asustar a quien encontrara el cuerpo. La morgue recibía muertes violentas, y uno aprende a no inventar explicaciones antes de tiempo. La sonrisa me dejó inquieto. El cuerpo estaba inmóvil, el pecho abierto, los brazos rígidos, pero la boca seguía mostrando los dientes. El doctor Benítez salió de la sala y cerró la puerta. Se quitó los guantes, los tiró al bote rojo y se acercó a recepción. Habló bajo, pero claro. La joven iba a quedarse en esa sala hasta que llegara personal de investigación por la mañana. Yo no debía entrar. Si escuchaba golpes, risas, pasos, voces o mi nombre, tenía que quedarme fuera, llamar a la policía y esperar. Lo repitió mirándome de frente. Le pregunté si había riesgo de contagio o si esperaban que alguien llegara por el cuerpo. Benítez negó con la cabeza y dijo que algunas escenas alteraban a la gente, que estar solo empeoraba las cosas y que si yo era débil o miedoso, podían conmigo. No explicó quién es y tampoco aceptó más preguntas. Solo añadió que el cuerpo no

24:22 debía moverse y que la puerta tenía que permanecer cerrada. Esa frase se me quedó marcada. Si escuchas tu nombre, tampoco entres. No la escribí en la libreta. Registré el ingreso. Anoté que la sala quedaba bajo resguardo y que nadie podía pasar sin autorización del forense. Después cerré el acceso lateral y volví a mi escritorio. Hice mi ronda. Revisé el pasillo, la oficina, los baños, la puerta trasera y la cámara fría. Todo estaba cerrado. Cuando pasé frente a la sala de revisión, miré por el vidrio pequeño de la puerta. La joven seguía acostada en la mesa, cubierta hasta el cuello, y la sonrisa continuaba igual. No había movimiento dentro. Regresé a recepción. Tomé café y revisé las cámaras del pasillo. La pantalla mostraba las puertas cerradas y el acceso vacío. El edificio quedó con sus sonidos de siempre, el motor de frío, el zumbido de las luces y alguna tubería. Yo intenté concentrarme en la libreta, pero seguía pensando en el pentagrama. El primer ruido llegó desde la sala.

25:34 Fue un golpe seco contra el metal. No fue fuerte, pero se escuchó claro. Levanté la vista hacia el monitor, pero el pasillo seguía vacío. Esperé otro sonido con la mano puesta sobre el radio y no ocurrió nada. Pensé en llamar de inmediato, pero todavía intenté explicarlo con algo simple. Una charola mal puesta, una pieza de la mesa o una puerta interna. En ese trabajo, si uno reportaba cada ruido sin revisar nada, terminaba quedando mal. Por eso fui al pasillo y me detuve frente a la sala. No abrí, solo miré por el vidrio. La joven seguía en la mesa, cubierta, con la cara hacia arriba. No vi objetos tirados, no vi sangre nueva. La luz estaba encendida, así que me quedé unos segundos. Respiré hondo y regresé a recepción. El segundo ruido fue una risa. Salió de la sala, baja y corta. Era una risa de mujer, cerrada, contenida. Sentí la mano húmeda sobre el radio y revisé las cámaras otra vez. Nadie había cruzado el pasillo. Llamé al doctor Benítez y no contestó. Llamé a la comandancia y pedí apoyo.

26:47 Expliqué que había ruidos dentro de una sala cerrada, que yo estaba solo y que el cuerpo había llegado bajo resguardo. La operadora tomó mis datos y dijo que mandaría una unidad. Me quedé en recepción pues no quería moverme. El radio soltó interferencia y entonces escuché mi nombre desde el pasillo. Fue una voz de mujer. No gritó, no pidió ayuda, solo dijo mi nombre. Después dijo mi apellido. Me puse de pie, miré el monitor y vi el pasillo vacío. Recordé la orden de Benítez, pero también pensé que podía haber alguien encerrado, alguien escondido o alguien usando mi miedo para burlarse de mí. tomé las llaves agarré el radio y caminé hacia la sala pero ese fue mi error llegué a la puerta con la llave en la mano la voz se había callado pero dentro de la sala seguía un roce bajo lento repetido contra el piso miré por el vidrio pequeño la mesa estaba en el centro la sábana seguía encima y la cara de la joven ya no quedaba a la vista la orden del doctor benítez volvió completa a mi cabeza Si escuchaba ruidos, voces o mi nombre, no debía entrar. Me quedé ahí, con el radio pegado al pecho y la llave entre los dedos.

28:11 El pasillo estaba vacío, las cámaras no mostraban movimiento y la puerta lateral seguía cerrada. Pensé en una persona escondida, en alguien que hubiera entrado antes del cierre o en una burla pesada hecha para asustarme. Necesitaba una razón normal para abrir y me aferré a esa idea. metí la llave y giré la cerradura la puerta abrió sin resistencia y el frío de la sala me pegó en la cara di un paso hacia adentro y dejé la puerta abierta detrás de mí no avance más y la joven estaba sentada sobre la mesa la sábana le cubría de la cintura hacia abajo tenía el torso descubierto y el pentagrama seguía abierto en el pecho con los cortes limpios húmedos marcados sobre la piel Sus ojos estaban abiertos y me miraba directo. La sonrisa era la misma de cuando llegó, pero ahora la sostenía despierta, con la boca tensa y los dientes a la vista. Tenía los brazos a los lados, las manos quietas y los pies colgando sobre el borde de la mesa. Le ordené que no se moviera y le dije que iba a llamar a un médico. Mi voz salió baja, apretada. Ella inclinó apenas la cabeza y respondió que no necesitaba un médico. Hablaba sin mover mucho la boca, con una voz seca y clara. Le pregunté quién era. Contestó que su nombre ya no servía. Le pregunté cómo había despertado y me dijo que no había despertado,

29:45 que la habían dejado abierta. Miré el pentagrama y retrocedí un paso. La puerta se cerró detrás de mí sin golpe. Me giré de inmediato y jalé la manija. Giraba, pero la puerta no abría. Empujé con el hombro una vez, luego otra, pero no se dio. La joven bajó de la mesa. Sus pies tocaron el piso y dejaron marcas húmedas. Caminaba mal, con las piernas rígidas y los brazos pegados al cuerpo. Saqué el radio y pedí apoyo, pero solo respondió la interferencia. Volví a intentarlo y el ruido llenó la sala. Y entre ese sonido escuché otra risa, más cerca.

30:29 Le ordené que se detuviera y se detuvo. Ese gesto me quitó seguridad. Me escuchaba, respondía y se movía cuando quería. Se quedó a unos pasos de mí, con la sonrisa abierta y los ojos fijos. Me dijo que no debía haber entrado, que ya se lo habían explicado al guardia, al médico y a los que la trajeron. Pero siempre hacía falta alguien que quisiera comprobarlo. Le respondí que yo no había aceptado nada. Ella levantó la mano derecha y señaló la puerta. Dijo que abrir y entrar bastaba. Dijo que el primer cuerpo abría el pacto, pero hacía falta alguien vivo para sellarlo. No habló de demonios, no hizo rezos y no levantó la voz. Me explicó que no servía una persona dormida, atada o llevada a la fuerza.

31:20 Tenía que entrar por su propia decisión, después de escuchar la advertencia. Busqué algo para defenderme. Había una bandeja sobre una mesa auxiliar. La tomé con una mano y la levanté frente al pecho. Ella miró la bandeja, luego volvió a mirarme. Y la sonrisa se abrió un poco más. Me dijo que podía golpearla, pero la marca tenía que quedar. Dio otro paso y yo retrocedí hasta pegarme a la puerta. Volví a jalar la manija sin soltar la bandeja, pero seguía trabada. Le dije que la policía venía en camino, pero ella respondió que la policía iba a encontrar la sala en orden. El cuerpo en su lugar y a mí, dando una versión imposible de sostener. Después dijo el nombre de mi esposa. Lo dijo completo y luego dijo el nombre de mi hija. También dijo que mi hija dormía con una lámpara encendida, porque le tenía miedo a la oscuridad.

32:19 Eso era cierto, y nadie en la morgue lo sabía. El radio se me resbaló en la mano y sentí que las piernas me fallaban. Le grité que se callara, pero ella subió la voz. Me dijo que yo iba a salir caminando, que esa noche no me tocaba morir, pero que la señal debía quedar en mi piel. Levanté la bandeja y le pegué en el hombro. El golpe sonó fuerte, pero ella apenas se movió y después extendió la mano. Tenía la palma cortada. Una línea recta le cruzaba la piel, limpia, abierta, con poca sangre. Me tomó la muñeca derecha y cerró con fuerza. Intenté soltarme de inmediato, pero la verdad no pude. La bandeja cayó al piso.

33:07 El sonido rebotó en la sala y el radio siguió soltando interferencia. Primero sentí presión, luego empezó el calor, pero no había cuchillo, metal ni fuego, solo su mano apretando mi muñeca. El ardor entró en la piel, bajó hasta el hueso y subió por el brazo. Me doblé, pero ella no aflojó. Olí la piel quemada y vi las líneas formarse bajo sus dedos, rojas, levantadas, unidas en una estrella incompleta. Me dijo que iba a volver a mi casa, que iba a dormir mal, que iba a revisar cámaras, puertas y ventanas, y que ninguna prueba iba a explicar lo ocurrido. Después añadió que cuando pudiera verla completa en mi sala ya estarían cerca. Con la mano libre agarré la linterna y le pegué en la cara. El golpe fue directo. La cabeza se le fue hacia un lado, pero la sonrisa siguió intacta. No gritó y no soltó mi muñeca. Le pegué otra vez, esta vez en la cien, entonces la puerta se abrió. Caí hacia atrás, al pasillo, con ella todavía agarrada a mi brazo. Jalé con todo el cuerpo y sentí la piel abrirse donde tenía la marca.

34:23 Me solté y corrí hacia recepción sin mirar atrás. Llegué al mostrador, cerré la reja interna y vi la muñeca bajo la luz. La piel estaba roja, levantada y con ampollas en cinco líneas. La estrella no estaba completa, le faltaba una parte. Me envolví el brazo con papel, tomé el teléfono y llamé otra vez a la policía. Esta vez grité y les dije que había una persona adentro, que yo estaba herido y que necesitaba ayuda inmediata. Después fui a la entrada principal y la dejé abierta. No regresé al pasillo, me quedé ahí, con la llave en la mano y el brazo pegado al pecho. Desde el fondo del edificio salió una última risa, baja, y luego todo quedó en silencio. La patrulla llegó poco después, eran dos agentes. Les enseñé la muñeca y les dije que la joven seguía adentro, en la sala de revisión. Uno de ellos me pidió que me quedara afuera, el otro avanzó por el pasillo con la mano cerca del arma.

35:27 Yo me quedé junto a la entrada, con el brazo pegado al pecho, escuchando sus pasos hasta que se perdieron al fondo. No escuché gritos ni golpes, tampoco escuché la voz de ella. Pasaron unos minutos y los agentes me llamaron. Entré despacio sin querer mirar primero hacia la mesa, pero terminé haciéndolo antes de cruzar la puerta. La sala estaba abierta, la mesa estaba limpia y la sábana estaba doblada sobre una silla. La bandeja que yo había usado estaba tirada en el piso, abollada de un lado. No había marcas húmedas, no había sangre nueva y no había huellas visibles. La joven ya no estaba ahí. Les dije que revisaran la cámara fría Uno de los agentes abrió conmigo. Los tres cuerpos que habían estado registrados desde antes seguían en sus lugares, pero la joven estaba en otra gaveta, dentro de una bolsa negra cerrada y con sello, y la etiqueta tenía la firma del Dr. Benítez. Esa fue la parte que más me golpeó. Yo la había visto sentada en la mesa, la había escuchado hablar. me había tomado de la muñeca y me había dejado una marca que todavía ardía pero cuando llegó la policía el cuerpo estaba guardado sellado y registrado sin señales de haber salido las cámaras del pasillo no mostraban a nadie entrando ni saliendo yo estaba herido

36:58 la bandeja seguía en el piso y aún así no había forma de demostrar lo que acababa de pasar Los agentes llamaron al doctor Carlos Benítez. Llegó todavía de noche, revisó el cuerpo, revisó el sello y después miró mi muñeca. No se sorprendió y no preguntó mucho. Esa calma me molestó más que cualquier duda de los policías. Le pedí que les dijera lo que me había advertido. Le dije delante de ellos que él me había ordenado no entrar si escuchaba golpes, risas, voces o mi nombre. Benítez respondió que me había pedido no entrar por protocolo porque algunos guardias se alteraban con cuerpos violentados y que quizá el cansancio me había afectado. Lo dijo tranquilo, sin levantar la voz y sin sostenerme la mirada. Yo le reclamé. Le dije que sabía que algo podía ocurrir, que por eso había sido tan claro antes de irse. El doctor repitió que su advertencia era preventiva y nada más. Los agentes anotaron sus respuestas. En ese momento entendí que no iba a ayudarme. Me llevaron al hospital. El médico de urgencias limpió la herida y dijo que era una quemadura por contacto.

38:15 Me preguntó con qué me había quemado y le dije que con una mano. No escribió eso. En el reporte puso causa no determinada. La marca tenía cinco líneas rojas levantadas con ampollas pequeñas. Una parte quedaba incompleta, abierta en la orilla de la muñeca. Me vendaron y me dieron algo para el dolor. Al amanecer rendí declaración. Conté todo en orden desde la llegada de la ambulancia hasta el momento en que salí corriendo de la sala. Dije que el forense me había advertido, que escuché ruidos, que llamé, que entré, que la joven estaba sentada y que me habló del pacto. El agente que escribía no se burló, pero dejó de hacer preguntas cuando mencioné esa palabra. Después me preguntó si había tomado alcohol, si usaba medicamentos, si había dormido bien y si tenía problemas en mi casa.

39:09 Respondí todo. Pedí que revisaran las cámaras, pero las grabaciones solo mostraron lo que cualquiera podía aceptar. Se me veía caminando hacia la sala, luego se veía la puerta cerrarse después de que entré. Más tarde se veía la misma puerta abrirse, y a mí salir corriendo con la mano en la muñeca. No había nadie más en el pasillo, no había cámara dentro de la sala, y el audio de esos minutos estaba dañado. Eso fue lo único que quedó, mi quemadura, la bandeja abollada y una grabación sin sonido donde yo entraba solo. Renuncié esa misma semana y no volví por mis cosas. Un compañero las recogió y me las llevó en una bolsa. El municipio no me despidió, pero tampoco me buscó para aclarar nada. El caso de la joven salió en una nota pequeña, sin detalles del pentagrama.

40:06 Días después supe que la habían identificado, pero su nombre nunca apareció completo en la prensa. Solo dijeron que la investigación seguía abierta. Durante los primeros días pensé que todo iba a terminar con la marca. Me dolía por ratos, ardía en la noche y luego se calmaba. La piel cerró, pero la figura quedó. Las líneas eran limpias y demasiado parejas para una quemadura común. Mi esposa la vio y me llevó con otro médico. El segundo médico dijo lo mismo que el primero, que madura por contacto, causa no clara. La tercera noche escuché una risa en la sala de mi casa y mi esposa también la escuchó. Bajamos juntos.

40:51 La televisión estaba apagada, la puerta cerrada y no había nadie. En la pared, junto al sillón, había cinco líneas marcadas con humedad. No formaban la estrella completa, pero coincidían con el inicio de la marca en mi muñeca. Mi esposa quiso llevarse a nuestra hija esa misma noche, y yo no me opuse. Nos fuimos unos días con mi cuñada. La risa volvió allá. Esa vez solo la escuché yo. Venía de la sala, después de que todos se habían dormido. Bajé con una lámpara y la vi sentada en un sillón. Era la misma joven, tenía la cabeza inclinada, las manos sobre las piernas y la sonrisa fija. No se levantó y no habló. Encendí la luz principal y desapareció, pero en el cojín quedó una mancha húmeda. Desde entonces aparece algunas noches. A veces está sentada, a veces está de pie junto a la entrada de la sala. Casi nunca se mueve y cuando habla dice poco. Me repite que falta poco. Me dice que la marca todavía no cierra.

41:59 Una noche dijo que yo ya había dado permiso y que los demás esperaban la señal completa. He intentado grabarla. Puse cámaras en la sala y dejé el celular grabando varias veces, pero en las grabaciones no aparece. La imagen falla durante unos segundos y luego vuelve normal. Una vez se escuchó mi respiración y después la risa, pero el archivo se dañó cuando intenté copiarlo. Mi esposa ya no me pide explicaciones. Ella vio la marca en la pared y escuchó la risa. Y con eso le bastó. La semana pasada encontré una venda vieja dentro del cajón de mi buró. Era la venda que me pusieron en el hospital.

42:40 Pero yo la había tirado. Estaba doblada, seca, con una línea de sangre en la parte que había tocado mi muñeca. La acerqué a la cicatriz y la línea coincidió con el espacio que faltaba en la estrella. esa noche la joven apareció frente a la puerta de la sala esta vez estaba de pie me miró sin parpadear la sonrisa seguía igual y la marca de su pecho estaba casi cerrada no se acercó solo dijo que ya casi podían entrar ahora duermo poco mi hija está con su abuela y mi esposa quiere irse de la ciudad yo también quiero pero la marca arde cada noche y sé que eso no depende de la casa Anoche ardió hasta el amanecer, y cuando me quité la venda, la línea que faltaba estaba más visible. No sé cuánto tiempo queda, solo sé que entré cuando me dijeron que no entrara, y desde esa noche ella me encuentra donde esté. Recuerdo que entré a trabajar como guardia nocturno en el predio de Santa Elisa en octubre de 2021. Era una empacadora cerrada, con dos bodegas, una oficina, una capilla y un pozo, nada más. El trabajo consistía en vigilar que nadie entrara por cable, herramienta o piezas de las máquinas que seguían dentro. Éramos tres

44:11 por turno. Esa semana me tocó con Tomás Herrera y con Iván Salgado. Tomás llevaba la bitácora. Revisaba cada reporte y cuidaba que las firmas quedaran completas. Iván hacía los rondines más largos porque ya conocía el terreno y sabía qué puertas se atoraban. Yo me quedaba más tiempo en la caseta, pendiente de las cámaras y del radio. No traíamos armas, teníamos lámparas, radios y nuestros teléfonos. La instrucción era anotar daños, tomar fotos cuando hubiera evidencia y avisar al supervisor, Sergio Luján, si encontrábamos a alguien dentro. La primera señal salió en la cámara que apuntaba a la capilla.

44:54 Vi una luz baja junto a la puerta, encendida por unos segundos, luego moviéndose hacia un lado. Llamé a Tomás para que revisara conmigo. Miró el monitor, confirmó que Iván estaba en otra zona y le habló por radio. Iván contestó desde el portón trasero, con la voz tensa, y pidió que fuéramos con él. Lo encontramos junto a la reja. había cera en el candado y varios hilos rojos amarrados entre los barrotes la cadena seguía puesta el candado estaba cerrado y no había señales de corte del lado de adentro había un plato con sal plumas y un pedazo de carne Tomás tomó fotos yo alumbré e Iván revisó la tierra encontró marcas de sandalia pero no seguían hacia adentro del predio terminaban antes de la reja limpias una detrás de otra Tomás anotó, intento de intrusión, porque era lo único que podía escribir sin meterse en explicaciones. Iván quería retirar el plato de inmediato, pero Tomás le dijo que esperara, que primero había que dejar constancia. Yo no dije nada, me quedé mirando la capilla por encima del patio, porque la luz de la cámara había salido de ese lado, no del portón. Al día siguiente llegó Sergio Luján. Revisó las fotos, miró el plato y ordenó tirarlo. Tomás le dijo que convenía llamar a la policía, al menos para

46:24 dejar antecedentes. Sergio respondió que la empresa no quería reportes por algo que no demostraba robo. También dijo que la capilla llevaba años cerrada, que él tenía la única llave operativa y que nadie debía entrar ahí sin autorización. Lo dijo delante de los tres con la libreta de control en la mano. Yo recordé esa frase después, porque ya no coincidía con lo que vimos. La segunda noche empezó el ruido en la bodega 2. Era un arrastre corto, repetido, primero cerca de la entrada y luego más adentro. Iván y yo entramos con lámparas, mientras Tomás se quedó en la puerta. apuntando todo en la bitácora. No encontramos personas, pero en el piso había una copia de la credencial de Iván, doblada en cuatro, rodeada de tierra húmeda y velas apagadas. La copia era clara, con su foto, su nombre y el número de empleado. Iván se enojó, dijo que alguien de la empresa había entregado sus datos. Tomás le pidió que no tocara nada, tomó fotografías y nos indicó salir. Antes de llegar a la puerta, escuchamos voces de mujeres del lado de la capilla. Eran voces bajas, juntas, repitiendo palabras que no alcanzamos a distinguir. Caminamos hacia allá sin apagar las lámparas y vimos luz por una rendija.

47:51 La capilla estaba cerrada por fuera. La cadena seguía en su lugar y el candado no tenía daños. Tomás golpeó la puerta y ordenó que salieran, pero no hubo respuesta. Miramos por la rendija, uno por uno. Vi a tres mujeres frente al altar. Una sostenía una libreta, otra tenía credenciales en la mano y la tercera estaba junto a una silla. No vi puertas abiertas ni ventanas sin reja. Iván llamó a Sergio, porque había dicho que solo él podía abrir. Mientras esperábamos, Iván se tocó la manga derecha de la chamarra. La tenía cortada desde el codo hasta el puño, y el corte era limpio. Nadie se acercó a él durante el rondín. Nadie lo sujetó y nadie lo rozó. Iván se quitó la chamarra, la revisó por dentro y se quedó callado. Después dijo que se iba.

48:46 Tomás le pidió que no dejara el puesto, que esperara a Sergio y que lo hiciera con testigos, porque la empresa podía acusarlo de abandono. Iván aceptó, pero se quedó lejos de la puerta. Sergio llegó cerca de una hora después, abrió la capilla con su llave, entró primero y quiso dejarnos afuera. Tomás pasó detrás de él, yo entré con Iván. Las mujeres ya no estaban, la silla seguía junto al altar, y sobre el altar estaba la libreta que una de ellas llevaba en la mano. En la primera página estaban nuestros nombres completos, los turnos asignados y copias pegadas de nuestras credenciales. En la página siguiente había nombres de otros guardias, algunos tachados y otros marcados con una cruz. Tomás dijo que esa libreta era evidencia. Sergio la cerró, se la metió bajo el brazo y dijo que la reportaría con el dueño. Iván le preguntó cómo habían entrado tres mujeres, si él tenía la llave. Sergio contestó que tal vez la cadena quedó mal puesta. Tomás le recordó que todos la vimos cerrada. y que el candado abrió con llave, no con fuerza. Sergio no respondió a eso, y nos ordenó limpiar el altar y continuar el turno. Nadie limpió nada.

50:09 Tomás dejó escrito que Sergio abrió la capilla, que había una libreta con datos de empleados, y que el supervisor retiró el objeto. Sergio leyó la bitácora antes de irse, tachó la línea donde Tomás pedía intervención de la policía y firmó encima. En ese momento entendí que el problema no estaba solo en la capilla, también estaba en la gente que quería dejar todo encerrado ahí. Recuerdo que la noche siguiente llegó otro guardia, se llamaba Mateo Ríos, nuevo en la empresa. Sergio lo presentó rápido y aclaró que venía a reforzar el turno, no a revisar lo que había pasado. Tomás pidió dejar la capilla fuera de los rondines porque la cadena, la libreta y las credenciales bastaban para cerrar esa zona. Sergio no aceptó. La orden, según él, era cuidar todo el terreno. Iván escuchó en silencio y después avisó que no quería acercarse a la capilla. Tomás le respondió que esa noche no iría solo. El primer rondín lo hicieron Tomás e Iván y Mateo se quedó conmigo en la caseta. No tardaron mucho en llamar. Habían encontrado algo junto al pozo. Salimos y los alcanzamos. En el suelo había otro objeto preparado, pero lo importante estaba encima.

51:35 Una copia de la credencial de Iván y una fotografía de su esposa. Iván la reconoció al instante. Pidió llamar a su casa. Tomás lo dejó hacerlo y esperó a su lado. Su esposa contestó. Estaba en su casa. Y eso confirmó que alguien estaba usando su información personal para presionarlo. Regresamos a la caseta con fotos y reporte escrito. Iván se quedó junto a la puerta mirando el patio. Mateo revisaba las pantallas conmigo. Y entonces la cámara de la capilla perdió imagen. No cayó todo el sistema, solo falló ese canal. Reinicié la vista, revisé la conexión desde el monitor y seguía entrando señal. El cable estaba en una parte alta, sin lluvia ni viento. Tomás decidió ir con Iván a revisar desde afuera. Les pedí que no entraran y Tomás respondió que confirmarían la cadena y volverían. Los vimos cruzar el patio por otra cámara. Avanzaron con las lámparas encendidas hasta salir del ángulo. Después pasaron varios minutos sin reporte, así que les hablé por radio. Primero hubo ruido y luego contestó Tomás respirando fuerte. Avisó que Iván había visto a una mujer en la puerta de la capilla, que ella le mostró la foto de su esposa y que él corrió hacia la entrada antes de que pudiera detenerlo.

53:02 Mateo y yo salimos de la caseta sin esperar otra instrucción. Tomás estaba frente a la capilla cuando llegamos, con la lámpara apuntando a la cadena. El candado estaba cerrado, sin golpes, sin cortes y sin marcas recientes. Tomás aseguró que la puerta había estado abierta segundos antes. Revisamos por fuera y por los lados, pero no había otra entrada abierta. Tomás llamó a Iván varias veces con control, luego con más fuerza, pero nadie respondió. Desde adentro escuchamos el radio de Iván, transmitiendo estática. Tomás decidió romper la Fue una barra a la bodega y forzamos el marco hasta que se dio.

53:49 Entramos juntos, pero Iván no estaba. Su radio estaba sobre una banca, con el botón de transmisión sujetado con cinta. La lámpara estaba en el suelo, encendida, y su chamarra estaba doblada sobre la silla de la noche anterior. En el altar estaba la misma libreta que Sergio se había llevado. la reconocimos por las manchas de la portada y la última página estaba abierta junto al nombre de Iván había una cruz nueva Tomás llamó al 911 desde su teléfono no consultó a Sergio y reportó la desaparición de un guardia dentro de una construcción cerrada la evidencia alterada y la libreta que el supervisor había retirado la operadora le pidió que saliéramos y esperáramos patrullas en la entrada Tomás quería quedarse junto a la puerta, pero le dije que ya habíamos movido demasiado. Mateo no habló, solo tenía las manos en el cinturón, apretadas. Sergio llegó antes que la policía.

54:51 Venía molesto y preguntó quién había hecho la llamada. Tomás le respondió que Iván estaba desaparecido y que el asunto ya no le pertenecía a la empresa. Sergio intentó tomar la libreta del altar, pero Tomás se puso delante y le ordenó no tocarla. Yo grabé esa parte con mi teléfono. Sergio vio la cámara, bajó la mano y cambió de tono. Entonces intentó decir que Iván tenía problemas personales, que quizá había salido por el monte. Tomás le recordó el radio, la lámpara, la chamarra y la cadena cerrada. Sergio no contestó. Cuando llegaron los policías, revisaron la capilla, fotografiaron la puerta forzada y tomaron nota de la libreta. Uno de los oficiales dijo que revisarían el perímetro. Mientras estaban afuera, el teléfono de Tomás recibió una videollamada desde el número de Iván.

55:48 Tomás contestó delante de nosotros, yo estaba a su lado, Mateo también, y dos policías miraron la pantalla. En la llamada apareció Iván, sentado en la silla de la capilla. con las manos amarradas al frente, la cabeza baja y sangre seca en la boca. Las tres mujeres estaban con él. Una sostenía la libreta, otra le cortaba mechones de cabello y la tercera miraba directo a la cámara. La mujer de la libreta habló poco y ordenó que Tomás fuera solo, si quería recuperar a Iván completo. Tomás no respondió. Uno de los policías grabó la pantalla con su celular y otro corrió hacia la capilla. llegaron casi de inmediato pero la capilla estaba vacía la silla seguía ahí pero Iván ya no estaba la libreta permanecía sobre el altar abierta en la misma página el policía que había grabado la videollamada revisó su archivo y confirmó que el video se había guardado entonces pidió apoyo por radio Sergio se apartó de nosotros y habló por teléfono alcancé a oír una frase La situación ya se salió de control. Desde ese momento, los policías cambiaron el trato. Separaron a Sergio, pidieron más unidades y nos ordenaron no tocar nada. Tomás entregó la bitácora.

57:13 Yo entregué el video donde Sergio intentaba tomar la libreta. Mateo dio sus datos y pidió retirarse, pero no se lo permitieron. Iván seguía desaparecido y todo lo importante había ocurrido dentro del predio. frente a guardias, cámaras y policías. Nadie pudo explicar cómo entraban esas mujeres, cómo salían, ni por qué Sergio quiso llevarse otra vez. La única libreta que las señalaba. Recuerdo que llegaron más policías antes del amanecer, cuando el predio ya estaba rodeado y nadie hablaba sin mirar primero hacia la capilla. El comandante que tomó el mando pidió revisar la oficina principal, la bodega 2 y la camioneta de Sergio. también ordenó que nadie volviera a entrar solo a la capilla porque Iván seguía desaparecido y ya había demasiadas cosas fuera de control yo fui con dos oficiales a la oficina porque conocía el tablero de cámaras y sabía en dónde estaban los controles Tomás se quedó cerca de la capilla con Mateo y otros policías mientras Sergio permanecía junto a una patrulla callado con la vista baja en la oficina encontramos expedientes de varios guardias No estaban en el archivo de personal. Estaban separados en una caja con copias de credenciales, solicitudes de empleo y comprobantes de domicilio. Entre esos papeles estaban los nuestros. En una carpeta aparte había recibos firmados por Sergio y por una

58:45 mujer llamada Elvira Montes. En ese momento el nombre no me dijo nada. Después, cuando me llamaron a ampliar mi declaración, Supe que Elvira Montes había sido dueña de una parte del terreno antes de que existiera la empacadora y que llevaba décadas muerta. También encontramos una llave pequeña dentro del escritorio de Sergio. Uno de los oficiales la llevó a la bodega 2 y la probó en la oficina interna, la misma zona donde había aparecido la copia de la credencial de Iván. La llave abrió sin problemas. Adentro había más documentos de empleados y fotografías impresas de familiares. No voy a adornar eso ni a darle otro nombre. Había datos personales reunidos sin permiso. Había accesos que Sergio había negado y había papeles relacionados con lo que estaba ocurriendo en la capilla. Mientras revisábamos esa oficina, Mateo avisó por radio que veía a Iván en una cámara. Salimos al patio.

59:47 Iván venía desde el pasillo entre las bodegas, descalzo, con la ropa rota y las manos atadas al frente. Caminaba lento, con el cuerpo vencido, pero seguía avanzando. Tomás corrió hacia él y antes de tocarlo, Iván levantó las manos para detenerlo. Traía una tijera entre los dedos, la dejó caer al suelo, señaló la capilla y luego señaló a Sergio, que seguía junto a la patrulla. Los paramédicos ya venían en camino por la denuncia. así que no tardaron en entrar al predio. Antes de subirlo a la ambulancia, Iván intentó hablar. No pudo formar palabras claras. Tenía una herida en la lengua y varios cortes en los brazos. Estaba consciente, reconocía a Tomás y entendía lo que le preguntaban, pero no podía explicar en dónde había estado. Cuando Tomás pidió acompañarlo, el comandante lo autorizó. Antes de que cerraran la puerta de la ambulancia, Iván tomó a Tomás del uniforme y volvió a señalar la capilla, después la libreta que seguía sobre el altar. Sergio fue detenido esa misma madrugada. No lo detuvieron por brujería, ni por lo que le hicieron a Iván.

1:00:56 Lo detuvieron por ocultar información, manipular evidencia y tener documentos personales de empleados sin autorización. Cuando lo subieron a la patrulla, no gritó ni intentó defenderse. Pidió un abogado y dejó de hablar. Para ese momento ya había mentido sobre la llave. Había retirado la libreta. Había intentado tomarla otra vez frente a nosotros. Y tenía expedientes que conectaban a los guardias, con lo que apareció en la capilla. Cuando los policías revisaron la libreta de nuevo, encontraron una marca que no estaba antes. Junto al nombre de Tomás había una cruz nueva. Yo estaba ahí cuando la vieron. También estaba Mateo, el comandante y el oficial que había grabado la videollamada desde el teléfono de Iván. Nadie hizo comentarios. El comandante cerró la libreta con guantes, la metió en una bolsa de evidencia y ordenó que quedara bajo resguardo. Tomás ya iba camino al hospital con Iván, por eso no vio esa página en ese momento. La fiscalía llegó cuando ya había luz, tomaron fotos, levantaron la libreta, aseguraron la oficina y acordonaron el pozo. También recogieron los videos del sistema de cámaras, aunque varias partes salieron dañadas o sin imagen. Eso dejó el expediente incompleto desde el inicio. Había grabaciones de movimientos, llamadas, objetos y entradas al lugar, pero no había una secuencia

1:02:27 completa que explicara por dónde entraban las mujeres, en dónde tuvieron a Iván, ni cómo la capilla quedaba cerrada, cuando por dentro ocurrían cosas que varios vimos. Yo declaré ese mismo día y renuncié antes de salir del predio. Mateo también renunció. Iván sobrevivió, pero estuvo hospitalizado varias semanas. Recuperó parte del habla con terapia, aunque nunca volvió a trabajar de guardia. Su familia se fue del estado poco después. No sé dónde viven ahora y nunca los busqué. Supe lo necesario por Tomás, mientras todavía estaba vivo, y luego por una llamada de la fiscalía. Tomás murió dos noches después.

1:03:11 Volvió al predio con dos ministeriales para señalar los lugares donde habíamos encontrado la credencial, la libreta y el radio de Iván. Según el reporte, entró a la capilla con ellos. Se llevó una mano al cuello y cayó al suelo. Los ministeriales pidieron ayuda, pero llegó sin vida al hospital. La causa asentada fue paro respiratorio. En el acta no pusieron la cruz de la libreta, aunque varios la vimos antes de que él regresara a ese lugar. El caso terminó dividido en varias carpetas. A Sergio lo procesaron por documentos, encubrimiento y obstrucción. Las mujeres quedaron sin identificar. La empresa negó saber de los expedientes usados en la capilla y declaró que Sergio había actuado solo. Nadie aceptó responsabilidad por la muerte de Tomás. Nadie explicó la videollamada de Iván, la libreta que Sergio se llevó, y volvió a aparecer sobre el altar. Ni la cadena cerrada cuando Iván desapareció.

1:04:15 Yo sé que la palabra brujas no sirve en una denuncia, si no hay una forma legal de probarla. También sé lo que vi, lo que grabaron los policías, y lo que quedó escrito en la bitácora. Tres mujeres entraron a un lugar cerrado, Usaron datos personales de los guardias, llamaron desde el teléfono de Iván y dejaron una lista con nombres marcados y dañaron a dos compañeros. Uno sobrevivió con heridas, el otro murió después de volver a la capilla. El predio de Santa Elisa siguió cerrado. La empresa retiró algunas máquinas y dejó vigilancia externa por un tiempo. Semanas después apareció una vacante para guardia nocturno en esa misma zona.

1:04:59 No decía el nombre del predio, pero la ubicación coincidía. Pedían experiencia mínima, disponibilidad inmediata y discreción. Eso fue lo último que revisé. No llamé, no avisé a nadie y no volví a pasar por esa carretera de noche.