Sept. 29, 2025

El GALLO NEGRO De Una BRUJA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 Yo tenía apenas 17 años y vivía en la casa de mis padres junto a mi hermano Pedro, que era tres años mayor que yo. Éramos una familia sencilla, acostumbrada al trabajo en el campo y a la rutina diaria que casi nunca se salía de lo normal. En aquel tiempo había una mujer de la que todos hablaban, Doña Lucía. Era conocida en el pueblo desde hacía mucho. Algunos la llamaban curandera, aseguraban que sabía de hierbas y remedios que podían aliviar males del cuerpo. Pero muchos otros, quizás la mayoría, decían en voz baja que, en realidad, era bruja. Lo cierto es que siempre se movía en ese límite extraño, donde nunca quedaba claro si ayudaba o perjudicaba a la gente.

0:49 yo la recuerdo bien con su cabello largo y encanecido siempre amarrado en un moño y sus vestidos oscuros su casa estaba en la orilla del pueblo una construcción vieja de adobe y tejas con un corral pequeño donde criaba gallos negros que podían verse desde el camino Pasar frente a esa casa era suficiente para que muchos cruzaran la mirada hacia otro lado, como si temieran que un simple descuido la hiciera fijarse en ellos. Se decía que doña Lucía solo ayudaba a quienes ella elegía, a otros parecía condenarlos. Había historias de hombres ricos del pueblo que, de pronto, enfermaban sin razón, o de familias que perdían cosechas enteras mientras ella caminaba tranquila por la calle. La gente aseguraba que eran trabajos suyos, castigos por haberse negado a darle algo o por haberse burlado de ella en el pasado.

1:45 Nunca hubo pruebas, nunca nadie la acusó directamente, pero todos sabían que meterse con ella era ponerse en riesgo. En las tardes, cuando los hombres se reunían en la plaza para platicar, siempre salía su nombre. Todos coincidían en que era mejor no provocarla. Algunos recordaban con miedo que quienes habían hablado mal de ella terminaban mal. Un ganado muerto, un hijo enfermo, una desgracia repentina que nadie podía explicar. El respeto que se le tenía no era de admiración, sino de temor. Yo todavía no entendía del todo ese miedo, y Pedro parecía más escéptico. Decía que la gente inventaba historias porque en el pueblo siempre se buscaba una explicación rápida para lo que no tenía sentido. Mi padre no opinaba mucho, pero sí nos decía que era mejor mantener distancia y no hablar de ella más de lo necesario.

2:43 Mi madre, por su parte, rezaba cada vez que alguien mencionaba su nombre, como si con eso pudiera apartar cualquier mal de la casa. Así crecimos, con la presencia de doña Lucía como una sombra que todos veían de reojo, pero que nadie quería mirar de frente. Yo pensaba que eso nunca nos iba a tocar, que las historias eran solo rumores que servían para mantener vivo el chisme en un pueblo pequeño. Detrás de la casa de Doña Lucía había un corral pequeño, hecho con tablas viejas y malla oxidada. Desde la calle se alcanzaba a ver. Ahí mantenía varios gallos negros, todos con plumajes tan oscuros que parecían brillar bajo el sol. no eran como los demás gallos del pueblo nunca se les escuchaba cantar al amanecer ni escarbar la tierra buscando alimento siempre estaban inquietos recorriendo el corral de un lado a otro como si vigilaran lo que ocurría afuera Cada vez que pasaba por ahí sentía que me seguían con la mirada. Sus ojos eran más brillosos que los de cualquier animal y se quedaban fijos, como si supieran que alguien estaba observándolos. Pedro decía que exageraba, que todos los gallos eran ariscos, pero yo juraría que había algo distinto en esos. Incluso los perros del pueblo, cuando llegaban a acercarse a esa parte de la calle, se quedaban con el rabo entre las patas sin ladrar.

4:11 y preferían rodear antes que pasar junto al corral los gallos eran parte de las historias que circulaban sobre doña lucía algunos afirmaban que los tenía como guardianes que eran capaces de anunciarle cuando alguien se atrevía a hablar mal de ella Otros aseguraban que no eran animales comunes, sino que estaban marcados por los rituales que hacía dentro de su casa. Contaban que los utilizaba en trabajos de brujería, que les quitaba la sangre para hacer pactos o que los enterraba vivos en los sembradíos de quienes le caían mal. En las noches, cuando nos juntábamos los muchachos en la plaza, siempre había alguien que sacaba el tema de los gallos.

4:52 Algunos decían haber visto veladoras encendidas cerca del corral. Otros juraban que escuchaban cantos extraños de madrugada, muy distintos al canto normal de un gallo. Eran sonidos más graves, prolongados, que parecían venir de varios animales al mismo tiempo. Yo nunca escuché nada así, pero sabía que los comentarios no surgían de la nada. porque hasta los adultos hablaban de lo mismo con discreción. Lo curioso era que, a pesar de todo el miedo que causaban, los gallos despertaban una especie de atracción entre los jóvenes del pueblo. Siempre había alguno que proponía acercarse de noche para comprobar si los rumores eran ciertos. se hablaba en tono de reto pero al final nadie se atrevía a hacerlo bastaba con que alguien mencionara el corral de doña lucía para que el ambiente se volviera tenso como si el simple hecho de pronunciarlo en voz alta pudiera traer mala suerte eran parte de doña lucía parte de esa aura de misterio y temor que la rodeaba mi hermano pedro siempre había sido distinto a mí Tenía 20 años y una forma de ser que lo hacía resaltar dondequiera que estuviera. Era atrevido, buscaba llamar la atención y no le gustaba que lo contradijeran.

6:09 Mientras yo solía mantenerme al margen, él siempre estaba en medio de los retos, de las bromas pesadas y de cualquier ocurrencia que pusiera nerviosos a los demás. Pedro se reunió con sus amigos en la esquina de la plaza, como acostumbraban. Yo estaba cerca, jugando una partida de dominó con otros, y alcancé a escuchar cuando comenzó a hablar. Dijo que estaba cansado de ver los gallos de Doña Lucía solo a la distancia. que uno de esos animales debía ser suyo, que quería demostrar de una vez por todas que no había nada extraño en ellos. Quería robar uno de los gallos y meterlo en las riñas clandestinas que organizaban a escondidas en un solar abandonado, detrás de la escuela vieja. Todos sabían lo que significaba meterse con Doña Lucía, y aunque muchos dudaban de que realmente fuera bruja, nadie quería comprobarlo. Uno de ellos le dijo que estaba loco, que de todas las casas del pueblo tenía que elegir la más peligrosa. Otro agregó que si los descubrían no solo se ganarían el odio de la mujer, sino también el miedo de todos los vecinos. Pero Pedro insistió, hablaba con tanta seguridad que poco a poco los demás empezaron a mirarse entre sí, nerviosos pero intrigados. Al final, uno de ellos aceptó acompañarlo, y eso bastó para que los demás, aunque con dudas, también se apuntaran. No me gustaba la idea.

7:34 Esa tarde, se quedaron de ver en el solar para planearlo. Hablaron de esperar a que oscureciera, de dar la vuelta por el camino trasero que llevaba hasta la casa de Doña Lucía, y de brincarla cerca del corral en silencio. Cada uno tendría una tarea. Uno vigilaría, otro cargaría al gallo y los demás ayudarían a distraerlo si se resistía. Yo escuchaba todo. Llegó la noche en que decidieron hacerlo. Era una de esas noches calladas en que apenas se escuchaba el canto de los grillos y el ladrido lejano de algún perro. Caminamos en grupo, con la respiración contenida y los pasos cuidadosos, hasta llegar al camino de tierra que pasaba detrás de la casa de Doña Lucía. El corral estaba ahí, iluminado apenas por la luz de la luna.

8:21 Se veían las siluetas de los gallos negros caminando entre las tablas viejas. El corazón me latía fuerte, como si en cualquier momento fueran a descubrirnos. Pedro fue el primero en brincarla cerca. Los demás lo siguieron. Yo me quedé un momento dudando, pero al final pasé también. Nos acercamos despacio, esperando a que los gallos empezaran a alborotarse. Pero los animales estaban en calma. Uno de ellos, muy grande, apenas nos miró con esos ojos fijos y brillosos, pero no se movió. Pedro se adelantó y lo tomó entre los brazos. Esperábamos que diera aletazos, que intentara picotear o escapar, pero nada.

9:04 El gallo se dejó cargar como si supiera que lo iban a sacar de ahí. Ese comportamiento extraño nos dejó nerviosos. Lo metieron en un costal y lo cerraron rápido, y en cuestión de segundos ya estábamos de vuelta en el camino, alejándonos de la casa de la mujer. Lo llevaron escondido hasta el solar abandonado donde se hacían las peleas. Era un lugar apartado, rodeado de arbustos y con un techo a medio caer que servía de sombra en el día. Ahí se juntaban los jóvenes a escondidas, lejos de los adultos para ver pelear a los gallos. Esa noche había varios reunidos esperando a Pedro y sus amigos. Todos se emocionaron al ver que traíamos el gallo negro. Lo colocaron en una caja improvisada y enseguida alguien trajo al gallo retador, un animal robusto que ya había ganado varias riñas. Cuando abrieron la caja y soltaron al gallo negro, ocurrió algo que jamás olvidaré. El animal salió erguido, con las plumas erizadas y los ojos brillando de una forma que parecía antinatural.

10:09 No dudó ni un segundo en lanzarse contra el otro gallo. El ataque fue tan rápido que ninguno alcanzó a reaccionar. En cuestión de segundos ya lo tenía en el suelo, picoteándolo con una fuerza brutal. El otro apenas pudo defenderse. Todos se asombraron mucho. Nadie esperaba que el gallo negro peleara con tanta violencia. El otro gallo, que siempre había sido fuerte, quedó inmóvil en menos de un minuto. Las plumas manchadas de sangre y el cuerpo sin vida dejaron a todos impresionados. Pedro levantó al gallo negro con una sonrisa triunfante. Decía que había valido la pena el riesgo, que ahora tenían al mejor de todos los animales para las riñas. Yo, en cambio, no podía dejar de mirar los ojos del gallo. Había algo en su mirada que no era normal, algo que me helaba la sangre y me hacía pensar que robarlo había sido un error del que pronto nos arrepentiríamos. Pedro no dudó ni un instante en lo que haría después de la riña. Estaba convencido de que ese gallo no era como los demás, que tenía algo distinto que lo hacía más fuerte, más peligroso, y que por eso debía quedárselo. Sus amigos le aconsejaron que lo vendiera rápido o que lo guardara en secreto, porque sabían que si alguien del pueblo se enteraba que ese animal había salido de la casa de Doña Lucía, tarde o temprano se sabría. pero lo veía como un trofeo, como la prueba de que había sido capaz de hacer

11:42 lo que ninguno se había atrevido. Lo llevó hasta el terreno de mis padres y buscó un rincón apartado, cerca de unas tablas viejas y un montón de leña. Ahí improvisó un espacio para encerrarlo, con un pedazo de malla y algunas cajas, convencido de que nadie lo descubriría. Se aseguró de que ni mi madre ni mi padre sospecharan nada. Yo sabía exactamente dónde estaba, porque lo había acompañado. Al principio parecía un gallo común, quieto, sin alboroto. Pero muy pronto comenzaron a notarse las rarezas. La primera fue que nunca cacareaba. Pasaban los días y nunca se escuchaba su canto al amanecer, ni en la tarde ni de noche.

12:26 En su lugar, de vez en cuando soltaba una especie de resoplido fuerte. como un bufido ronco que no parecía salir de un ave ese sonido era tan extraño que me ponía nervioso cada vez que lo escuchaba Pedro lo justificaba diciendo que era su manera de mostrar fuerza pero yo no podía dejar de pensar que no era normal Lo segundo que me inquietaba era su mirada. Cada vez que me acercaba al rincón donde lo tenían, el gallo me observaba fijamente. No importaba desde qué ángulo me moviera, sus ojos oscuros seguían cada paso, como si entendiera más de lo que debía. Pedro se reía cuando yo le decía eso, asegurando que eran ideas mías, pero yo lo sentía tan real que prefería mantener distancia. Con el paso de los días, Pedro parecía cada vez más orgulloso de su hallazgo. Iba a verlo todas las mañanas antes de salir, como si el animal fuera su compañero secreto. Le hablaba en voz baja, le contaba cosas como si el gallo pudiera entenderlo. Yo lo observaba desde lejos y me preguntaba en qué momento mi hermano había cambiado esa mirada desafiante por una especie de fascinación extraña hacia aquel animal. A veces, por las noches, me tocaba escuchar el resoplido del gallo desde mi cuarto. Era un sonido pesado, como si alguien respirara fuerte a través de las paredes. No era un canto que se confundiera con los demás gallos del pueblo.

13:56 Era algo que resaltaba por su rareza, un ruido que parecía no pertenecer al corral de una casa, sino a un lugar más profundo, más oscuro. Yo me tapaba los oídos para intentar dormir, pero el pensamiento de que lo teníamos a pocos metros de nuestra casa no me dejaba en paz. Poco a poco empecé a notar cómo Pedro también se alteraba. Aunque presumía que tenía el mejor gallo, en sus ojos se veía cierto desvelo. Algunas noches se levantaba a escondidas para ir a revisarlo, y volvía diciendo que había escuchado ruido cerca del rincón. Yo no entendía por qué lo cuidaba con tanto recelo si nadie sabía de su secreto. Pero él insistía en que debía protegerlo, como si temiera que alguien intentara quitárselo. Fue en esos días cuando comencé a sentir que ese gallo traía algo más que fuerza para pelear. Había una presencia rara alrededor, un ambiente pesado que se notaba cuando uno se acercaba al rincón. Hasta los perros de la casa se mantenían alejados, evitaban pasar cerca de las tablas donde estaba encerrado. Y aunque Pedro lo veía como un símbolo de su valentía, yo cada vez lo veía más como el inicio de una desgracia. Lo más inquietante era cómo me miraba. Sus ojos parecían clavarse en los míos, como si quisiera decirme algo o advertirme que ya no había marcha atrás. Con el paso de los días, mi miedo hacia ese gallo

15:28 comenzó a crecer. Ya no lo veía como un simple animal escondido en un rincón del terreno, sino como algo que no encajaba con lo que conocíamos. Su conducta era demasiado rara. Cuando me acercaba, no se movía, no picoteaba el suelo ni buscaba comida como cualquier otro gallo. Solo permanecía erguido, con las alas apretadas contra el cuerpo, y me seguía con la mirada. Esa quietud era peor que cualquier ataque. Sentía que estaba esperando algo, como si tuviera paciencia para un propósito que yo no alcanzaba a entender. Lo peor llegaba por las noches. Mientras tratábamos de dormir, se escuchaban ruidos extraños en el patio. Primero eran pasos, leves, como si alguien caminara descalzo sobre la tierra. Después, un aleteo pesado, como de aves grandes que se movían de un lado a otro. Yo me quedaba inmóvil en la cama, escuchando, sin atreverme a asomarme por la ventana, y Pedro siempre salía con una lámpara para revisar, convencido de que podía controlarlo todo. Cuando lo acompañé una de esas noches, lo que vimos me dejó callado. No era solo el gallo que teníamos escondido. En la oscuridad del patio, bajo la luz débil de la luna, se alcanzaban a distinguir otras figuras.

16:48 Eran más gallos negros, iguales al de Pedro, parados en fila entre las sombras. No cacareaban ni hacían ruido alguno, simplemente estaban ahí, mirando hacia la casa. La primera vez pensé que podían ser aves que habían escapado de algún corral vecino, pero pronto me di cuenta de que no era así. Nadie más en el pueblo criaba gallos de ese color, y mucho menos tantos juntos. Además, lo aterrador no era solo su presencia, sino la manera en que nos observaban. No se movían, no buscaban comida, no se picoteaban entre ellos como suelen hacerlo los gallos comunes. Estaban de pie, firmes. Pedro trató de espantarlos, levantando la lámpara y lanzando piedras hacia donde estaban. Yo esperaba que salieran corriendo o que levantaran vuelo, pero no se movieron. La piedra rebotaba cerca de ellos y caía en la tierra, y ellos seguían inmóviles con los ojos brillando en la oscuridad.

17:47 Después de un rato, Pedro se cansaba de intentarlo y regresaba a la casa murmurando que eran cosas mías. que seguramente yo estaba más asustado de lo necesario pero yo sabía lo que había visto y esa imagen me perseguía hasta en los sueños cada noche era lo mismo el sonido de pasos el aleteo pesado y al asomarnos las siluetas de varios gallos negros parados frente al patio nunca se acercaban más nunca intentaban entrar pero su sola presencia era suficiente para helarme la sangre Era como si vigilaban la casa, como si quisieran recordar que el gallo de Pedro no estaba solo. Esa vigilancia en silencio fue lo que más me inquietó. Prefería escuchar gritos, alboroto, cualquier cosa que mostrara que eran animales normales. Pero no, permanecían callados, inmóviles, con esa postura que parecía humana más que animal. Mi madre alguna vez salió al patio cuando escuchó ruidos y no alcanzó a ver nada, pero yo estaba seguro de que era porque se escondían entre las sombras, mostrando su presencia solo a quienes ya sabíamos de dónde venían. Comencé a evitar pasar por el rincón donde estaba el gallo escondido.

19:03 Ni siquiera quería mirar hacia allá en el día. Tenía la sensación de que si lo miraba mucho, de alguna manera se iba a dar cuenta y eso iba a atraer más de esos animales al patio. Pedro seguía convencido de que no había nada de qué preocuparse, que solo eran coincidencias, pero en sus ojos empezaba a notarse algo de cansancio. Aunque no lo admitiera, él también escuchaba los pasos y los aleteos, y sabía que cada noche esos gallos regresaban. Desde entonces, el ambiente en la casa se volvió distinto. Ya no era solo miedo mío, era como si todos lo sintiéramos, aunque en silencio. Hasta mis padres comenzaron a notar que Pedro estaba más nervioso de lo normal, y yo sin atreverme a contarles toda la verdad. Sólo podía observar cómo el gallo negro parecía traer consigo algo que no nos iba a dejar en paz. Lo que empezó como un secreto entre Pedro y sus amigos pronto se convirtió en comentario de esquina. Decían que alguien había visto merodeando a muchachos cerca de la casa de Doña Lucía, que faltaba un gallo en su corral y que los muchachos de siempre andaban demasiado confiados para no estar metidos en algo. Al principio pensamos que eran habladurías comunes, de esas que con el tiempo se olvidan, pero nos equivocamos.

20:27 Doña Lucía no tardó en enterarse. Una tarde calurosa, cuando el sol apenas se ocultaba y el aire estaba quieto, la vimos llegar. Venía caminando firme por el camino de tierra que llevaba directo a nuestra casa. Su figura se reconocía de lejos, baja, con la cabeza cubierta por un rebozo oscuro y los brazos colgando tensos a los lados. Desde la ventana vi cómo avanzaba con pasos decididos, y su sola presencia me llenó de un miedo difícil de describir. No venía como cualquier vecina, venía como alguien que ya sabía la verdad. Golpeó la puerta con fuerza y mi madre, sorprendida, salió a recibirla. Apenas abrió, doña Lucía alzó la voz y señaló a Pedro. Lo llamó ratero frente a todos, diciendo que había robado lo que no le pertenecía. Sus palabras eran como latigazos, duras y sin espacio para negaciones.

21:25 Pedro se levantó de la silla y por un momento pensé que iba a enfrentársele con esa manera desafiante que siempre lo caracterizaba, pero se quedó quieto, apretando los puños, mientras ella seguía lanzándole acusaciones. Mi madre intentó calmarla, hablándole con suavidad. pidiéndole que bajara la voz porque los vecinos ya empezaban a asomarse desde sus patios. Pero doña Lucía no escuchaba. Repetía una y otra vez que su gallo era suyo, que nadie tenía derecho a tocarlo, y que sabía perfectamente quién lo tenía escondido. Pedro trató de defenderse, diciendo que no entendía de qué hablaba, pero su voz sonaba insegura. Mi padre no estaba en la casa en ese momento, y mi madre se vio obligada a ponerse entre los dos, como si quisiera impedir que aquello terminara en algo peor. Le pidió a la mujer que no hiciera escándalo, que si tenía pruebas las mostrara, pero doña Lucía se quedó callada. En medio de la discusión, cuando mi madre intentaba mantener la calma y evitar que los gritos atrajeran a más vecinos, la mujer me miró a mí con esos ojos enojados. Sentí que me estaba señalando por dentro, como si también me acusara de ser cómplice del robo. Yo apenas alcancé a dar un paso hacia atrás, pero fue demasiado tarde. Se acercó con rapidez y levantó la mano. El golpe me sorprendió. Fue una cachetada tan fuerte que me hizo ladear la cara y perder el

22:57 equilibrio por un instante. El ardor fue inmediato. Lo peor no fue la fuerza, sino lo que traía en la mano. Algo aceitoso, espeso, que se me pegó en la piel. Cuando llevé la mano a la cara, sentí la humedad gracienta y vi que me había dejado una mancha oscura, brillante bajo la luz. Mi madre corrió a separarnos gritando que ya era suficiente, pero la mujer se alejó unos pasos, satisfecha, como si su propósito hubiera sido dejarme marcado. Yo me limpié rápido con la manga de la camisa, pero el ardor no se fue. Por más que froté, la sensación seguía ahí, quemándome la piel como si la mancha tuviera vida propia. El resto del día lo pasé con esa incomodidad.

23:42 A veces era un calor intenso que me hacía sudar, otras una picazón que no me dejaba concentrarme en nada. Por momentos sentía que la cara me palpitaba, como si la sangre se acumulara debajo de la piel. Mi madre me preparó un paño con agua fría para calmar la molestia, pero no servía de mucho. Yo no quise mostrar el miedo que sentía, aunque por dentro estaba seguro de que esa mujer me había hecho algo más que darme un golpe. Fue entonces cuando juró que pagaríamos caro por habernos metido con lo que era suyo. lo dijo de manera tan firme que un silencio pesado cayó sobre todos no levantó la voz pero su tono fue tan claro y cortante que parecía un juicio luego giró sobre sus pasos y se marchó sin mirar atrás después de que se fue mi madre cerró la puerta de golpe y nos miró con desesperación Le exigió a Pedro que dijera la verdad, pero él solo bajó la cabeza, negando con palabras mientras sus ojos lo delataban. Yo no pude sostener la mirada.

24:48 Sabía que habíamos cruzado un límite del que ya no había vuelta atrás. Esa noche, mientras cenábamos, el ambiente estaba enrarecido. Nadie habló demasiado y hasta los sonidos de la calle parecían apagados. Mi madre estaba inquieta, y Pedro, aunque intentaba mostrarse tranquilo, no dejaba de mirar hacia la puerta como si esperara que doña Lucía regresara en cualquier momento. Yo apenas probé la comida. El rumor de su visita se regó igual de rápido que la noticia del robo. al día siguiente todo el pueblo hablaba de cómo había acusado a pedro y de la maldición que había lanzado algunos decían que era cosa seria que cuando doña lucía hablaba con esa firmeza tarde o temprano lo que prometía se cumplía Desde entonces, cada ruido en la casa, cada sombra en el patio, me parecía un aviso. Como si el juramento de doña Lucía se hubiera quedado rondando entre nosotros, esperando el momento de cumplirse. Pedro parecía no darle tanta importancia.

25:51 Se burlaba diciendo que la vieja solo quería asustarnos y que no pasaría nada. Aún así, no dejaba de cuidar al gallo. Lo seguía manteniendo escondido en el rincón del terreno y lo visitaba casi a diario como si fuera su tesoro más preciado. La familia decidió no provocar más conflictos. Mi madre repetía que era mejor no hablar más del tema con nadie, que mientras menos ruido hiciéramos, menos problemas tendríamos. Mi padre, aunque no decía mucho, se notaba preocupado. Evitaba mencionar a doña Lucía. Pedro decía que el gallo le pertenecía ya, que había demostrado ser especial en la riña y que no pensaba devolverlo. Yo lo miraba en silencio, preguntándome si en verdad no alcanzaba a sentir el peligro que se sentía sobre nosotros. o si simplemente se negaba a aceptarlo. Pedro comenzó a mostrar un comportamiento que nos inquietaba a todos. Si al principio el gallo era solo un secreto compartido entre nosotros, pronto se convirtió en una especie de obsesión para él. Cada mañana apenas despertaba. Buscaba cualquier excusa para salir al patio y acercarse al rincón donde lo tenía escondido. Llevaba en las manos restos de comida, granos o pedazos de tortillas que guardaba del día anterior, y se los daba con cuidado, como si estuviera alimentando a algo más valioso que cualquier animal. Lo hacía siempre en silencio, sin que mis padres lo notaran, cuidando que

27:21 nadie lo viera. Con el tiempo me di cuenta de que Pedro se estaba aislando. Ya no hablaba tanto conmigo como antes, ni se juntaba tanto con los amigos del pueblo. Prefería quedarse solo en el terreno vigilando al gallo como si temiera que alguien viniera a quitárselo. Yo lo observaba a la distancia y notaba en su mirada una intensidad distinta, algo que no era normal en él. Era como si el gallo hubiera tomado un lugar que lo apartaba de todos nosotros. El animal seguía comportándose de manera extraña. Lo más extraño era que parecía no dormir nunca. Cada vez que me atrevía a mirar por entre las tablas que lo resguardaban, lo encontraba despierto, con los ojos fijos, brillosos en la penumbra, siempre alerta. Me costaba trabajo creer que un animal pudiera pasar tantas horas de esa forma, inmóvil, respirando con fuerza, sin mostrar cansancio. Yo pensaba que en algún momento tenía que agotarse, pero era como si hubiera nacido para permanecer despierto, observando todo. Yo intenté convencerlo de que lo soltara, de que se deshiciera de él antes de que doña Lucía regresara, pero Pedro me respondía con evasivas.

28:37 Me decía que no entendía, que ese gallo era distinto y que había sido un error robarlo, pero que ya era suyo y no lo dejaría ir. Mis padres empezaron a preguntarse por qué Pedro pasaba tanto tiempo en el patio, qué era lo que cuidaba tanto. Él inventaba excusas. Decía que estaba ordenando leña o revisando herramientas, y hasta cierto punto lo creían, porque nunca desconfiaban de su capacidad para meterse en problemas. No podía contarles nada sin delatarme a mí mismo, porque había estado ahí desde el principio. Lo que más me atormentaba era ver cómo mi hermano parecía depender cada vez más de aquel gallo. No se trataba solo de un animal escondido, era como si representara algo más para él. Yo lo veía perderse en su mirada, resistiéndose a cualquier consejo, como si estuviera orgulloso de tenerlo, aunque eso significara ponernos a todos en riesgo. Había noches en las que escuchaba a Pedro levantarse y salir al rincón.

29:41 Desde mi cuarto podía sentir el resoplido del gallo mezclado con la respiración de mi hermano, como si ambos compartieran un mismo ritmo. Esa sincronía me inquietaba más que todo lo demás, porque daba la impresión de que Pedro no solo lo cuidaba, sino que empezaba a imitarlo, a dejarse dominar poco a poco por su presencia. Mientras Pedro seguía cuidando al gallo con ese empeño extraño, el resto de la familia empezó a notar cosas que no podíamos explicar. Al principio eran detalles pequeños, cosas que podías atribuir al cansancio o a la imaginación. pero pronto se volvieron tan evidentes que nadie pudo negarlos. Por las noches comenzaron los ruidos.

30:27 Estábamos acostados cuando se escuchaban golpes en las paredes del corral, como si alguien desde afuera las golpeara con palos o piedras. Mi padre se levantaba con la lámpara en la mano, salía al patio y revisaba todo alrededor, pero nunca encontraba nada. Los golpes parecían detenerse justo cuando él llegaba y volvían a empezar apenas entraba a la casa. Era un juego constante que lo irritaba, pero también lo cansaba porque ya no dormía. Con el paso de los días, mi padre confesó que había visto sombras moviéndose en el patio. Decía que eran figuras pequeñas. del tamaño de un niño que corrían de un lado a otro y se perdían entre los árboles. La primera vez que lo contó, mi madre pensó que estaba exagerando, pero después de tantas noches en vela, le creímos. A mí también me tocó ver algo parecido, una silueta que cruzó rápido frente al gallinero y que desapareció en cuanto me acerqué con una vela. Era como si alguien se divirtiera apareciendo y esfumándose, dejándonos con esa sensación de no estar solos. Los vecinos tampoco tardaron en hablar.

31:39 Una mañana, mientras mi madre lavaba ropa en la pila, la vecina de al lado se acercó para decirle que había visto gallos negros rondando nuestra casa. No era solo uno o dos, sino varios, caminando entre las sombras, dando vueltas alrededor de la propiedad. Mi madre no supo qué responder y prefirió callar, pero yo estaba cerca y escuché todo. Sentí que la sangre me bajaba de golpe. Era lo mismo que yo había visto algunas noches, figuras de gallos parados en silencio mirando hacia nosotros. Ahora ya no era mi imaginación. Otros también lo estaban presenciando. Yo intentaba convencer a Pedro de que soltara al gallo, de que lo devolviera aunque eso significara enfrentar la furia de Doña Lucía, pero él se negaba. Decía que no tenía sentido culpar al animal de lo que pasaba, que eran coincidencias y que seguro los vecinos inventaban cosas para asustarnos. Lo notaba cada vez más encerrado en sí mismo, como si no quisiera aceptar que la situación ya se nos había salido de las manos. Mi madre empezó a rezar en voz baja, encendía veladoras frente a un crucifijo que teníamos en la sala y pedía que nos protegieran de cualquier mal. Cada noche, antes de dormir, revisábamos las puertas y ventanas varias veces.

33:01 Mi padre dejaba un machete recargado en la entrada, como si con eso bastara para mantener alejadas las cosas que se movían entre la oscuridad. Yo ya no podía conciliar el sueño con facilidad. Me quedaba despierto escuchando, esperando los golpes en las paredes del corral o el resoplido del gallo que nunca callaba. Una noche estábamos dormidos cuando un grito fuerte nos hizo despertar a todos al mismo tiempo. No era un sonido humano, tampoco un simple cacareo, sino algo entre chillido y alarido que provenía del rincón donde Pedro tenía escondido al gallo. Fue tan fuerte que parecía rebotar en las paredes y recorrer toda la casa. Sentí que me helaba por dentro y apenas tuve tiempo de ponerme los zapatos cuando escuché a mi madre gritar mi nombre y a mi padre encender la lámpara de petróleo.

33:55 Salimos corriendo al patio con las lámparas levantadas y lo primero que vimos fue el rincón del escondite agitado, como si dentro hubiera un forcejeo desesperado. Pedro ya estaba ahí, arrodillado en el suelo, con las manos extendidas tratando de sujetar al gallo. El animal estaba tirado sobre la tierra, retorciéndose de una manera tan violenta que parecía estar peleando contra algo que no podíamos ver. el resplandor de la lámpara mostró su cuerpo arqueado las alas abiertas golpeando contra el suelo y las patas moviéndose sin control era como si algo invisible lo estuviera aplastando clavando garras en su cuerpo o desgarrándole por dentro cada vez que el gallo se agitaba ese grito extraño volvía a salir de su garganta un sonido que no se parecía a nada conocido más largo y más grave de lo que podía emitir un animal de su tamaño Pedro trataba de sujetarlo contra el suelo, pero no podía. El gallo se le escurría de las manos, moviéndose con una fuerza descomunal. Lo vi desesperado, sudando a chorros mientras intentaba controlarlo. Sus brazos se llenaban de rasguños, las alas lo golpeaban con violencia y aún así se negaba a soltarlo. Mi padre dio un paso al frente, dudando si debía intervenir. Yo lo seguí con la mirada y sentí que estaba tan sorprendido como nosotros.

35:24 Nadie sabía qué hacer. Mi madre rezaba en voz baja, temblando con la lámpara en la mano, mientras los gritos del gallo parecían llenar todo el patio como si fueran voces humanas mezcladas con chillidos. El animal seguía revolcándose en la tierra, abriendo el pico como si se estuviera asfixiando. En la oscuridad sus ojos parecían más grandes, brillando como brasas encendidas. Pedro desesperado, gritaba que no lo dejaran solo, que alguien lo ayudara a sostenerlo. Mi madre insistía en que lo dejaran, que lo soltaran y salieran de ahí, pero Pedro no escuchaba. Estaba convencido de que debía protegerlo, de que lo iban a arrebatar de sus manos. Su voz se quebraba mientras el gallo seguía agitándose con tanta fuerza que casi lo tiraba al suelo. El ruido era insoportable.

36:16 Además de los gritos del gallo, comenzaron a escucharse golpes en las paredes del corral, como si alguien desde afuera las estuviera apedreando al mismo tiempo. Los perros de los vecinos aullaban sin parar, y de lejos se alcanzaba a escuchar el cacareo de otros gallos, como si respondieran al que teníamos frente a nosotros. Mi padre al fin intentó sujetar una de las alas, pero el animal se sacudió tan fuerte que lo lanzó hacia atrás. La lámpara cayó sobre la tierra, apagándose de golpe y dejándonos apenas con la tenue luz de la que sostenía mi madre. Nunca en mi vida había sentido tanto miedo. Al final, Pedro se dejó caer de rodillas mientras el gallo seguía sacudiéndose, retorcido sobre la tierra. La expresión de su cara cambió.

37:05 Con una voz fuerte le gritó a Pedro que lo soltara, que era un pendejo por haber guardado al gallo de Doña Lucía. Pedro apenas podía contestar. Alcanzó a decir que el gallo era suyo, que nadie se lo iba a quitar, que no entendían lo especial que era. Mi padre perdió la paciencia. Le reclamó con fuerza, diciéndole que por su culpa la familia entera estaba en peligro. que había traído una maldición a la casa y que todo lo que estábamos viviendo era consecuencia de su terquedad pero en ese instante el animal dio un movimiento tan violento que lo lanzó contra el suelo aprovechó el descuido y de un salto salió corriendo lo vimos abrir las alas y avanzar a toda velocidad hacia la oscuridad del patio como si tuviera la fuerza de varios animales juntos mi padre intentó atraparlo pero fue inútil El gallo cruzó el corral, pasó junto a la pila de agua y se perdió entre los árboles que marcaban el inicio del monte. Nos quedamos paralizados, con las lámparas apuntando hacia el monte, escuchando cómo las ramas se quebraban mientras el animal se internaba más y más en la oscuridad. Después, silencio absoluto. Ni un solo sonido quedó en el aire, como si hasta los grillos se hubieran callado. El pecho me ardía de la tensión, y Pedro desde el suelo miraba hacia el monte, como si no pudiera aceptar lo que acababa de ocurrir. Mi padre se volvió hacia él y lo levantó de un tirón.

38:36 Mi madre se llevó las manos a la cara, repetía que ese animal ya no debía volver, que si había escapado era porque pertenecía a otro lugar. Pedro entró tambaleando con la ropa sucia y los brazos con heridas por el forcejeo del gallo. Mi padre lo siguió, todavía diciendo insultos. Esa noche nadie pudo dormir. Después de aquella noche en que el gallo escapó hacia el monte, durante semanas habíamos vivido rodeados de ruidos, sombras y la sensación de que algo nos vigilaba, pero poco a poco esas señales fueron desapareciendo. Ya no escuchamos los golpes en las paredes del corral ni los chillidos en medio de la madrugada. El silencio que antes era inquietante se volvió una especie de alivio, como si de pronto lo que nos acosaba hubiera decidido apartarse de nosotros. Los gallos negros que tantas veces vimos rondando el patio en silencio dejaron de aparecer. Yo había llegado a acostumbrarme a sus siluetas inmóviles entre los árboles, siempre observándonos sin acercarse, y por eso me resultaba extraño mirar hacia afuera y no encontrar nada. El monte recuperó su aspecto normal. Mi papá le puso un fuerte castigo a Pedro y a mí. Nos quedamos callados de todo lo que había pasado, porque no queríamos que la gente del pueblo supiera todo lo que nos pasó, y más que nada que doña Lucía no se enterara que nos

40:07 habíamos robado a su gallo, porque esa mujer era capaz de hacerle daño a las personas que se le pusieran enfrente.