El GALLO NEGRO De Una BRUJA Historias De Terror - REDE
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0:03 Yo tenÃa apenas 17 años y vivÃa en la casa de mis padres junto a mi hermano Pedro, que era tres años mayor que yo. Ãramos una familia sencilla, acostumbrada al trabajo en el campo y a la rutina diaria que casi nunca se salÃa de lo normal. En aquel tiempo habÃa una mujer de la que todos hablaban, Doña LucÃa. Era conocida en el pueblo desde hacÃa mucho. Algunos la llamaban curandera, aseguraban que sabÃa de hierbas y remedios que podÃan aliviar males del cuerpo. Pero muchos otros, quizás la mayorÃa, decÃan en voz baja que, en realidad, era bruja. Lo cierto es que siempre se movÃa en ese lÃmite extraño, donde nunca quedaba claro si ayudaba o perjudicaba a la gente.
0:49 yo la recuerdo bien con su cabello largo y encanecido siempre amarrado en un moño y sus vestidos oscuros su casa estaba en la orilla del pueblo una construcción vieja de adobe y tejas con un corral pequeño donde criaba gallos negros que podÃan verse desde el camino Pasar frente a esa casa era suficiente para que muchos cruzaran la mirada hacia otro lado, como si temieran que un simple descuido la hiciera fijarse en ellos. Se decÃa que doña LucÃa solo ayudaba a quienes ella elegÃa, a otros parecÃa condenarlos. HabÃa historias de hombres ricos del pueblo que, de pronto, enfermaban sin razón, o de familias que perdÃan cosechas enteras mientras ella caminaba tranquila por la calle. La gente aseguraba que eran trabajos suyos, castigos por haberse negado a darle algo o por haberse burlado de ella en el pasado.
1:45 Nunca hubo pruebas, nunca nadie la acusó directamente, pero todos sabÃan que meterse con ella era ponerse en riesgo. En las tardes, cuando los hombres se reunÃan en la plaza para platicar, siempre salÃa su nombre. Todos coincidÃan en que era mejor no provocarla. Algunos recordaban con miedo que quienes habÃan hablado mal de ella terminaban mal. Un ganado muerto, un hijo enfermo, una desgracia repentina que nadie podÃa explicar. El respeto que se le tenÃa no era de admiración, sino de temor. Yo todavÃa no entendÃa del todo ese miedo, y Pedro parecÃa más escéptico. DecÃa que la gente inventaba historias porque en el pueblo siempre se buscaba una explicación rápida para lo que no tenÃa sentido. Mi padre no opinaba mucho, pero sà nos decÃa que era mejor mantener distancia y no hablar de ella más de lo necesario.
2:43 Mi madre, por su parte, rezaba cada vez que alguien mencionaba su nombre, como si con eso pudiera apartar cualquier mal de la casa. Asà crecimos, con la presencia de doña LucÃa como una sombra que todos veÃan de reojo, pero que nadie querÃa mirar de frente. Yo pensaba que eso nunca nos iba a tocar, que las historias eran solo rumores que servÃan para mantener vivo el chisme en un pueblo pequeño. Detrás de la casa de Doña LucÃa habÃa un corral pequeño, hecho con tablas viejas y malla oxidada. Desde la calle se alcanzaba a ver. Ahà mantenÃa varios gallos negros, todos con plumajes tan oscuros que parecÃan brillar bajo el sol. no eran como los demás gallos del pueblo nunca se les escuchaba cantar al amanecer ni escarbar la tierra buscando alimento siempre estaban inquietos recorriendo el corral de un lado a otro como si vigilaran lo que ocurrÃa afuera Cada vez que pasaba por ahà sentÃa que me seguÃan con la mirada. Sus ojos eran más brillosos que los de cualquier animal y se quedaban fijos, como si supieran que alguien estaba observándolos. Pedro decÃa que exageraba, que todos los gallos eran ariscos, pero yo jurarÃa que habÃa algo distinto en esos. Incluso los perros del pueblo, cuando llegaban a acercarse a esa parte de la calle, se quedaban con el rabo entre las patas sin ladrar.
4:11 y preferÃan rodear antes que pasar junto al corral los gallos eran parte de las historias que circulaban sobre doña lucÃa algunos afirmaban que los tenÃa como guardianes que eran capaces de anunciarle cuando alguien se atrevÃa a hablar mal de ella Otros aseguraban que no eran animales comunes, sino que estaban marcados por los rituales que hacÃa dentro de su casa. Contaban que los utilizaba en trabajos de brujerÃa, que les quitaba la sangre para hacer pactos o que los enterraba vivos en los sembradÃos de quienes le caÃan mal. En las noches, cuando nos juntábamos los muchachos en la plaza, siempre habÃa alguien que sacaba el tema de los gallos.
4:52 Algunos decÃan haber visto veladoras encendidas cerca del corral. Otros juraban que escuchaban cantos extraños de madrugada, muy distintos al canto normal de un gallo. Eran sonidos más graves, prolongados, que parecÃan venir de varios animales al mismo tiempo. Yo nunca escuché nada asÃ, pero sabÃa que los comentarios no surgÃan de la nada. porque hasta los adultos hablaban de lo mismo con discreción. Lo curioso era que, a pesar de todo el miedo que causaban, los gallos despertaban una especie de atracción entre los jóvenes del pueblo. Siempre habÃa alguno que proponÃa acercarse de noche para comprobar si los rumores eran ciertos. se hablaba en tono de reto pero al final nadie se atrevÃa a hacerlo bastaba con que alguien mencionara el corral de doña lucÃa para que el ambiente se volviera tenso como si el simple hecho de pronunciarlo en voz alta pudiera traer mala suerte eran parte de doña lucÃa parte de esa aura de misterio y temor que la rodeaba mi hermano pedro siempre habÃa sido distinto a mà TenÃa 20 años y una forma de ser que lo hacÃa resaltar dondequiera que estuviera. Era atrevido, buscaba llamar la atención y no le gustaba que lo contradijeran.
6:09 Mientras yo solÃa mantenerme al margen, él siempre estaba en medio de los retos, de las bromas pesadas y de cualquier ocurrencia que pusiera nerviosos a los demás. Pedro se reunió con sus amigos en la esquina de la plaza, como acostumbraban. Yo estaba cerca, jugando una partida de dominó con otros, y alcancé a escuchar cuando comenzó a hablar. Dijo que estaba cansado de ver los gallos de Doña LucÃa solo a la distancia. que uno de esos animales debÃa ser suyo, que querÃa demostrar de una vez por todas que no habÃa nada extraño en ellos. QuerÃa robar uno de los gallos y meterlo en las riñas clandestinas que organizaban a escondidas en un solar abandonado, detrás de la escuela vieja. Todos sabÃan lo que significaba meterse con Doña LucÃa, y aunque muchos dudaban de que realmente fuera bruja, nadie querÃa comprobarlo. Uno de ellos le dijo que estaba loco, que de todas las casas del pueblo tenÃa que elegir la más peligrosa. Otro agregó que si los descubrÃan no solo se ganarÃan el odio de la mujer, sino también el miedo de todos los vecinos. Pero Pedro insistió, hablaba con tanta seguridad que poco a poco los demás empezaron a mirarse entre sÃ, nerviosos pero intrigados. Al final, uno de ellos aceptó acompañarlo, y eso bastó para que los demás, aunque con dudas, también se apuntaran. No me gustaba la idea.
7:34 Esa tarde, se quedaron de ver en el solar para planearlo. Hablaron de esperar a que oscureciera, de dar la vuelta por el camino trasero que llevaba hasta la casa de Doña LucÃa, y de brincarla cerca del corral en silencio. Cada uno tendrÃa una tarea. Uno vigilarÃa, otro cargarÃa al gallo y los demás ayudarÃan a distraerlo si se resistÃa. Yo escuchaba todo. Llegó la noche en que decidieron hacerlo. Era una de esas noches calladas en que apenas se escuchaba el canto de los grillos y el ladrido lejano de algún perro. Caminamos en grupo, con la respiración contenida y los pasos cuidadosos, hasta llegar al camino de tierra que pasaba detrás de la casa de Doña LucÃa. El corral estaba ahÃ, iluminado apenas por la luz de la luna.
8:21 Se veÃan las siluetas de los gallos negros caminando entre las tablas viejas. El corazón me latÃa fuerte, como si en cualquier momento fueran a descubrirnos. Pedro fue el primero en brincarla cerca. Los demás lo siguieron. Yo me quedé un momento dudando, pero al final pasé también. Nos acercamos despacio, esperando a que los gallos empezaran a alborotarse. Pero los animales estaban en calma. Uno de ellos, muy grande, apenas nos miró con esos ojos fijos y brillosos, pero no se movió. Pedro se adelantó y lo tomó entre los brazos. Esperábamos que diera aletazos, que intentara picotear o escapar, pero nada.
9:04 El gallo se dejó cargar como si supiera que lo iban a sacar de ahÃ. Ese comportamiento extraño nos dejó nerviosos. Lo metieron en un costal y lo cerraron rápido, y en cuestión de segundos ya estábamos de vuelta en el camino, alejándonos de la casa de la mujer. Lo llevaron escondido hasta el solar abandonado donde se hacÃan las peleas. Era un lugar apartado, rodeado de arbustos y con un techo a medio caer que servÃa de sombra en el dÃa. Ahà se juntaban los jóvenes a escondidas, lejos de los adultos para ver pelear a los gallos. Esa noche habÃa varios reunidos esperando a Pedro y sus amigos. Todos se emocionaron al ver que traÃamos el gallo negro. Lo colocaron en una caja improvisada y enseguida alguien trajo al gallo retador, un animal robusto que ya habÃa ganado varias riñas. Cuando abrieron la caja y soltaron al gallo negro, ocurrió algo que jamás olvidaré. El animal salió erguido, con las plumas erizadas y los ojos brillando de una forma que parecÃa antinatural.
10:09 No dudó ni un segundo en lanzarse contra el otro gallo. El ataque fue tan rápido que ninguno alcanzó a reaccionar. En cuestión de segundos ya lo tenÃa en el suelo, picoteándolo con una fuerza brutal. El otro apenas pudo defenderse. Todos se asombraron mucho. Nadie esperaba que el gallo negro peleara con tanta violencia. El otro gallo, que siempre habÃa sido fuerte, quedó inmóvil en menos de un minuto. Las plumas manchadas de sangre y el cuerpo sin vida dejaron a todos impresionados. Pedro levantó al gallo negro con una sonrisa triunfante. DecÃa que habÃa valido la pena el riesgo, que ahora tenÃan al mejor de todos los animales para las riñas. Yo, en cambio, no podÃa dejar de mirar los ojos del gallo. HabÃa algo en su mirada que no era normal, algo que me helaba la sangre y me hacÃa pensar que robarlo habÃa sido un error del que pronto nos arrepentirÃamos. Pedro no dudó ni un instante en lo que harÃa después de la riña. Estaba convencido de que ese gallo no era como los demás, que tenÃa algo distinto que lo hacÃa más fuerte, más peligroso, y que por eso debÃa quedárselo. Sus amigos le aconsejaron que lo vendiera rápido o que lo guardara en secreto, porque sabÃan que si alguien del pueblo se enteraba que ese animal habÃa salido de la casa de Doña LucÃa, tarde o temprano se sabrÃa. pero lo veÃa como un trofeo, como la prueba de que habÃa sido capaz de hacer
11:42 lo que ninguno se habÃa atrevido. Lo llevó hasta el terreno de mis padres y buscó un rincón apartado, cerca de unas tablas viejas y un montón de leña. Ahà improvisó un espacio para encerrarlo, con un pedazo de malla y algunas cajas, convencido de que nadie lo descubrirÃa. Se aseguró de que ni mi madre ni mi padre sospecharan nada. Yo sabÃa exactamente dónde estaba, porque lo habÃa acompañado. Al principio parecÃa un gallo común, quieto, sin alboroto. Pero muy pronto comenzaron a notarse las rarezas. La primera fue que nunca cacareaba. Pasaban los dÃas y nunca se escuchaba su canto al amanecer, ni en la tarde ni de noche.
12:26 En su lugar, de vez en cuando soltaba una especie de resoplido fuerte. como un bufido ronco que no parecÃa salir de un ave ese sonido era tan extraño que me ponÃa nervioso cada vez que lo escuchaba Pedro lo justificaba diciendo que era su manera de mostrar fuerza pero yo no podÃa dejar de pensar que no era normal Lo segundo que me inquietaba era su mirada. Cada vez que me acercaba al rincón donde lo tenÃan, el gallo me observaba fijamente. No importaba desde qué ángulo me moviera, sus ojos oscuros seguÃan cada paso, como si entendiera más de lo que debÃa. Pedro se reÃa cuando yo le decÃa eso, asegurando que eran ideas mÃas, pero yo lo sentÃa tan real que preferÃa mantener distancia. Con el paso de los dÃas, Pedro parecÃa cada vez más orgulloso de su hallazgo. Iba a verlo todas las mañanas antes de salir, como si el animal fuera su compañero secreto. Le hablaba en voz baja, le contaba cosas como si el gallo pudiera entenderlo. Yo lo observaba desde lejos y me preguntaba en qué momento mi hermano habÃa cambiado esa mirada desafiante por una especie de fascinación extraña hacia aquel animal. A veces, por las noches, me tocaba escuchar el resoplido del gallo desde mi cuarto. Era un sonido pesado, como si alguien respirara fuerte a través de las paredes. No era un canto que se confundiera con los demás gallos del pueblo.
13:56 Era algo que resaltaba por su rareza, un ruido que parecÃa no pertenecer al corral de una casa, sino a un lugar más profundo, más oscuro. Yo me tapaba los oÃdos para intentar dormir, pero el pensamiento de que lo tenÃamos a pocos metros de nuestra casa no me dejaba en paz. Poco a poco empecé a notar cómo Pedro también se alteraba. Aunque presumÃa que tenÃa el mejor gallo, en sus ojos se veÃa cierto desvelo. Algunas noches se levantaba a escondidas para ir a revisarlo, y volvÃa diciendo que habÃa escuchado ruido cerca del rincón. Yo no entendÃa por qué lo cuidaba con tanto recelo si nadie sabÃa de su secreto. Pero él insistÃa en que debÃa protegerlo, como si temiera que alguien intentara quitárselo. Fue en esos dÃas cuando comencé a sentir que ese gallo traÃa algo más que fuerza para pelear. HabÃa una presencia rara alrededor, un ambiente pesado que se notaba cuando uno se acercaba al rincón. Hasta los perros de la casa se mantenÃan alejados, evitaban pasar cerca de las tablas donde estaba encerrado. Y aunque Pedro lo veÃa como un sÃmbolo de su valentÃa, yo cada vez lo veÃa más como el inicio de una desgracia. Lo más inquietante era cómo me miraba. Sus ojos parecÃan clavarse en los mÃos, como si quisiera decirme algo o advertirme que ya no habÃa marcha atrás. Con el paso de los dÃas, mi miedo hacia ese gallo
15:28 comenzó a crecer. Ya no lo veÃa como un simple animal escondido en un rincón del terreno, sino como algo que no encajaba con lo que conocÃamos. Su conducta era demasiado rara. Cuando me acercaba, no se movÃa, no picoteaba el suelo ni buscaba comida como cualquier otro gallo. Solo permanecÃa erguido, con las alas apretadas contra el cuerpo, y me seguÃa con la mirada. Esa quietud era peor que cualquier ataque. SentÃa que estaba esperando algo, como si tuviera paciencia para un propósito que yo no alcanzaba a entender. Lo peor llegaba por las noches. Mientras tratábamos de dormir, se escuchaban ruidos extraños en el patio. Primero eran pasos, leves, como si alguien caminara descalzo sobre la tierra. Después, un aleteo pesado, como de aves grandes que se movÃan de un lado a otro. Yo me quedaba inmóvil en la cama, escuchando, sin atreverme a asomarme por la ventana, y Pedro siempre salÃa con una lámpara para revisar, convencido de que podÃa controlarlo todo. Cuando lo acompañé una de esas noches, lo que vimos me dejó callado. No era solo el gallo que tenÃamos escondido. En la oscuridad del patio, bajo la luz débil de la luna, se alcanzaban a distinguir otras figuras.
16:48 Eran más gallos negros, iguales al de Pedro, parados en fila entre las sombras. No cacareaban ni hacÃan ruido alguno, simplemente estaban ahÃ, mirando hacia la casa. La primera vez pensé que podÃan ser aves que habÃan escapado de algún corral vecino, pero pronto me di cuenta de que no era asÃ. Nadie más en el pueblo criaba gallos de ese color, y mucho menos tantos juntos. Además, lo aterrador no era solo su presencia, sino la manera en que nos observaban. No se movÃan, no buscaban comida, no se picoteaban entre ellos como suelen hacerlo los gallos comunes. Estaban de pie, firmes. Pedro trató de espantarlos, levantando la lámpara y lanzando piedras hacia donde estaban. Yo esperaba que salieran corriendo o que levantaran vuelo, pero no se movieron. La piedra rebotaba cerca de ellos y caÃa en la tierra, y ellos seguÃan inmóviles con los ojos brillando en la oscuridad.
17:47 Después de un rato, Pedro se cansaba de intentarlo y regresaba a la casa murmurando que eran cosas mÃas. que seguramente yo estaba más asustado de lo necesario pero yo sabÃa lo que habÃa visto y esa imagen me perseguÃa hasta en los sueños cada noche era lo mismo el sonido de pasos el aleteo pesado y al asomarnos las siluetas de varios gallos negros parados frente al patio nunca se acercaban más nunca intentaban entrar pero su sola presencia era suficiente para helarme la sangre Era como si vigilaban la casa, como si quisieran recordar que el gallo de Pedro no estaba solo. Esa vigilancia en silencio fue lo que más me inquietó. PreferÃa escuchar gritos, alboroto, cualquier cosa que mostrara que eran animales normales. Pero no, permanecÃan callados, inmóviles, con esa postura que parecÃa humana más que animal. Mi madre alguna vez salió al patio cuando escuchó ruidos y no alcanzó a ver nada, pero yo estaba seguro de que era porque se escondÃan entre las sombras, mostrando su presencia solo a quienes ya sabÃamos de dónde venÃan. Comencé a evitar pasar por el rincón donde estaba el gallo escondido.
19:03 Ni siquiera querÃa mirar hacia allá en el dÃa. TenÃa la sensación de que si lo miraba mucho, de alguna manera se iba a dar cuenta y eso iba a atraer más de esos animales al patio. Pedro seguÃa convencido de que no habÃa nada de qué preocuparse, que solo eran coincidencias, pero en sus ojos empezaba a notarse algo de cansancio. Aunque no lo admitiera, él también escuchaba los pasos y los aleteos, y sabÃa que cada noche esos gallos regresaban. Desde entonces, el ambiente en la casa se volvió distinto. Ya no era solo miedo mÃo, era como si todos lo sintiéramos, aunque en silencio. Hasta mis padres comenzaron a notar que Pedro estaba más nervioso de lo normal, y yo sin atreverme a contarles toda la verdad. Sólo podÃa observar cómo el gallo negro parecÃa traer consigo algo que no nos iba a dejar en paz. Lo que empezó como un secreto entre Pedro y sus amigos pronto se convirtió en comentario de esquina. DecÃan que alguien habÃa visto merodeando a muchachos cerca de la casa de Doña LucÃa, que faltaba un gallo en su corral y que los muchachos de siempre andaban demasiado confiados para no estar metidos en algo. Al principio pensamos que eran habladurÃas comunes, de esas que con el tiempo se olvidan, pero nos equivocamos.
20:27 Doña LucÃa no tardó en enterarse. Una tarde calurosa, cuando el sol apenas se ocultaba y el aire estaba quieto, la vimos llegar. VenÃa caminando firme por el camino de tierra que llevaba directo a nuestra casa. Su figura se reconocÃa de lejos, baja, con la cabeza cubierta por un rebozo oscuro y los brazos colgando tensos a los lados. Desde la ventana vi cómo avanzaba con pasos decididos, y su sola presencia me llenó de un miedo difÃcil de describir. No venÃa como cualquier vecina, venÃa como alguien que ya sabÃa la verdad. Golpeó la puerta con fuerza y mi madre, sorprendida, salió a recibirla. Apenas abrió, doña LucÃa alzó la voz y señaló a Pedro. Lo llamó ratero frente a todos, diciendo que habÃa robado lo que no le pertenecÃa. Sus palabras eran como latigazos, duras y sin espacio para negaciones.
21:25 Pedro se levantó de la silla y por un momento pensé que iba a enfrentársele con esa manera desafiante que siempre lo caracterizaba, pero se quedó quieto, apretando los puños, mientras ella seguÃa lanzándole acusaciones. Mi madre intentó calmarla, hablándole con suavidad. pidiéndole que bajara la voz porque los vecinos ya empezaban a asomarse desde sus patios. Pero doña LucÃa no escuchaba. RepetÃa una y otra vez que su gallo era suyo, que nadie tenÃa derecho a tocarlo, y que sabÃa perfectamente quién lo tenÃa escondido. Pedro trató de defenderse, diciendo que no entendÃa de qué hablaba, pero su voz sonaba insegura. Mi padre no estaba en la casa en ese momento, y mi madre se vio obligada a ponerse entre los dos, como si quisiera impedir que aquello terminara en algo peor. Le pidió a la mujer que no hiciera escándalo, que si tenÃa pruebas las mostrara, pero doña LucÃa se quedó callada. En medio de la discusión, cuando mi madre intentaba mantener la calma y evitar que los gritos atrajeran a más vecinos, la mujer me miró a mà con esos ojos enojados. Sentà que me estaba señalando por dentro, como si también me acusara de ser cómplice del robo. Yo apenas alcancé a dar un paso hacia atrás, pero fue demasiado tarde. Se acercó con rapidez y levantó la mano. El golpe me sorprendió. Fue una cachetada tan fuerte que me hizo ladear la cara y perder el
22:57 equilibrio por un instante. El ardor fue inmediato. Lo peor no fue la fuerza, sino lo que traÃa en la mano. Algo aceitoso, espeso, que se me pegó en la piel. Cuando llevé la mano a la cara, sentà la humedad gracienta y vi que me habÃa dejado una mancha oscura, brillante bajo la luz. Mi madre corrió a separarnos gritando que ya era suficiente, pero la mujer se alejó unos pasos, satisfecha, como si su propósito hubiera sido dejarme marcado. Yo me limpié rápido con la manga de la camisa, pero el ardor no se fue. Por más que froté, la sensación seguÃa ahÃ, quemándome la piel como si la mancha tuviera vida propia. El resto del dÃa lo pasé con esa incomodidad.
23:42 A veces era un calor intenso que me hacÃa sudar, otras una picazón que no me dejaba concentrarme en nada. Por momentos sentÃa que la cara me palpitaba, como si la sangre se acumulara debajo de la piel. Mi madre me preparó un paño con agua frÃa para calmar la molestia, pero no servÃa de mucho. Yo no quise mostrar el miedo que sentÃa, aunque por dentro estaba seguro de que esa mujer me habÃa hecho algo más que darme un golpe. Fue entonces cuando juró que pagarÃamos caro por habernos metido con lo que era suyo. lo dijo de manera tan firme que un silencio pesado cayó sobre todos no levantó la voz pero su tono fue tan claro y cortante que parecÃa un juicio luego giró sobre sus pasos y se marchó sin mirar atrás después de que se fue mi madre cerró la puerta de golpe y nos miró con desesperación Le exigió a Pedro que dijera la verdad, pero él solo bajó la cabeza, negando con palabras mientras sus ojos lo delataban. Yo no pude sostener la mirada.
24:48 SabÃa que habÃamos cruzado un lÃmite del que ya no habÃa vuelta atrás. Esa noche, mientras cenábamos, el ambiente estaba enrarecido. Nadie habló demasiado y hasta los sonidos de la calle parecÃan apagados. Mi madre estaba inquieta, y Pedro, aunque intentaba mostrarse tranquilo, no dejaba de mirar hacia la puerta como si esperara que doña LucÃa regresara en cualquier momento. Yo apenas probé la comida. El rumor de su visita se regó igual de rápido que la noticia del robo. al dÃa siguiente todo el pueblo hablaba de cómo habÃa acusado a pedro y de la maldición que habÃa lanzado algunos decÃan que era cosa seria que cuando doña lucÃa hablaba con esa firmeza tarde o temprano lo que prometÃa se cumplÃa Desde entonces, cada ruido en la casa, cada sombra en el patio, me parecÃa un aviso. Como si el juramento de doña LucÃa se hubiera quedado rondando entre nosotros, esperando el momento de cumplirse. Pedro parecÃa no darle tanta importancia.
25:51 Se burlaba diciendo que la vieja solo querÃa asustarnos y que no pasarÃa nada. Aún asÃ, no dejaba de cuidar al gallo. Lo seguÃa manteniendo escondido en el rincón del terreno y lo visitaba casi a diario como si fuera su tesoro más preciado. La familia decidió no provocar más conflictos. Mi madre repetÃa que era mejor no hablar más del tema con nadie, que mientras menos ruido hiciéramos, menos problemas tendrÃamos. Mi padre, aunque no decÃa mucho, se notaba preocupado. Evitaba mencionar a doña LucÃa. Pedro decÃa que el gallo le pertenecÃa ya, que habÃa demostrado ser especial en la riña y que no pensaba devolverlo. Yo lo miraba en silencio, preguntándome si en verdad no alcanzaba a sentir el peligro que se sentÃa sobre nosotros. o si simplemente se negaba a aceptarlo. Pedro comenzó a mostrar un comportamiento que nos inquietaba a todos. Si al principio el gallo era solo un secreto compartido entre nosotros, pronto se convirtió en una especie de obsesión para él. Cada mañana apenas despertaba. Buscaba cualquier excusa para salir al patio y acercarse al rincón donde lo tenÃa escondido. Llevaba en las manos restos de comida, granos o pedazos de tortillas que guardaba del dÃa anterior, y se los daba con cuidado, como si estuviera alimentando a algo más valioso que cualquier animal. Lo hacÃa siempre en silencio, sin que mis padres lo notaran, cuidando que
27:21 nadie lo viera. Con el tiempo me di cuenta de que Pedro se estaba aislando. Ya no hablaba tanto conmigo como antes, ni se juntaba tanto con los amigos del pueblo. PreferÃa quedarse solo en el terreno vigilando al gallo como si temiera que alguien viniera a quitárselo. Yo lo observaba a la distancia y notaba en su mirada una intensidad distinta, algo que no era normal en él. Era como si el gallo hubiera tomado un lugar que lo apartaba de todos nosotros. El animal seguÃa comportándose de manera extraña. Lo más extraño era que parecÃa no dormir nunca. Cada vez que me atrevÃa a mirar por entre las tablas que lo resguardaban, lo encontraba despierto, con los ojos fijos, brillosos en la penumbra, siempre alerta. Me costaba trabajo creer que un animal pudiera pasar tantas horas de esa forma, inmóvil, respirando con fuerza, sin mostrar cansancio. Yo pensaba que en algún momento tenÃa que agotarse, pero era como si hubiera nacido para permanecer despierto, observando todo. Yo intenté convencerlo de que lo soltara, de que se deshiciera de él antes de que doña LucÃa regresara, pero Pedro me respondÃa con evasivas.
28:37 Me decÃa que no entendÃa, que ese gallo era distinto y que habÃa sido un error robarlo, pero que ya era suyo y no lo dejarÃa ir. Mis padres empezaron a preguntarse por qué Pedro pasaba tanto tiempo en el patio, qué era lo que cuidaba tanto. Ãl inventaba excusas. DecÃa que estaba ordenando leña o revisando herramientas, y hasta cierto punto lo creÃan, porque nunca desconfiaban de su capacidad para meterse en problemas. No podÃa contarles nada sin delatarme a mà mismo, porque habÃa estado ahà desde el principio. Lo que más me atormentaba era ver cómo mi hermano parecÃa depender cada vez más de aquel gallo. No se trataba solo de un animal escondido, era como si representara algo más para él. Yo lo veÃa perderse en su mirada, resistiéndose a cualquier consejo, como si estuviera orgulloso de tenerlo, aunque eso significara ponernos a todos en riesgo. HabÃa noches en las que escuchaba a Pedro levantarse y salir al rincón.
29:41 Desde mi cuarto podÃa sentir el resoplido del gallo mezclado con la respiración de mi hermano, como si ambos compartieran un mismo ritmo. Esa sincronÃa me inquietaba más que todo lo demás, porque daba la impresión de que Pedro no solo lo cuidaba, sino que empezaba a imitarlo, a dejarse dominar poco a poco por su presencia. Mientras Pedro seguÃa cuidando al gallo con ese empeño extraño, el resto de la familia empezó a notar cosas que no podÃamos explicar. Al principio eran detalles pequeños, cosas que podÃas atribuir al cansancio o a la imaginación. pero pronto se volvieron tan evidentes que nadie pudo negarlos. Por las noches comenzaron los ruidos.
30:27 Estábamos acostados cuando se escuchaban golpes en las paredes del corral, como si alguien desde afuera las golpeara con palos o piedras. Mi padre se levantaba con la lámpara en la mano, salÃa al patio y revisaba todo alrededor, pero nunca encontraba nada. Los golpes parecÃan detenerse justo cuando él llegaba y volvÃan a empezar apenas entraba a la casa. Era un juego constante que lo irritaba, pero también lo cansaba porque ya no dormÃa. Con el paso de los dÃas, mi padre confesó que habÃa visto sombras moviéndose en el patio. DecÃa que eran figuras pequeñas. del tamaño de un niño que corrÃan de un lado a otro y se perdÃan entre los árboles. La primera vez que lo contó, mi madre pensó que estaba exagerando, pero después de tantas noches en vela, le creÃmos. A mà también me tocó ver algo parecido, una silueta que cruzó rápido frente al gallinero y que desapareció en cuanto me acerqué con una vela. Era como si alguien se divirtiera apareciendo y esfumándose, dejándonos con esa sensación de no estar solos. Los vecinos tampoco tardaron en hablar.
31:39 Una mañana, mientras mi madre lavaba ropa en la pila, la vecina de al lado se acercó para decirle que habÃa visto gallos negros rondando nuestra casa. No era solo uno o dos, sino varios, caminando entre las sombras, dando vueltas alrededor de la propiedad. Mi madre no supo qué responder y prefirió callar, pero yo estaba cerca y escuché todo. Sentà que la sangre me bajaba de golpe. Era lo mismo que yo habÃa visto algunas noches, figuras de gallos parados en silencio mirando hacia nosotros. Ahora ya no era mi imaginación. Otros también lo estaban presenciando. Yo intentaba convencer a Pedro de que soltara al gallo, de que lo devolviera aunque eso significara enfrentar la furia de Doña LucÃa, pero él se negaba. DecÃa que no tenÃa sentido culpar al animal de lo que pasaba, que eran coincidencias y que seguro los vecinos inventaban cosas para asustarnos. Lo notaba cada vez más encerrado en sà mismo, como si no quisiera aceptar que la situación ya se nos habÃa salido de las manos. Mi madre empezó a rezar en voz baja, encendÃa veladoras frente a un crucifijo que tenÃamos en la sala y pedÃa que nos protegieran de cualquier mal. Cada noche, antes de dormir, revisábamos las puertas y ventanas varias veces.
33:01 Mi padre dejaba un machete recargado en la entrada, como si con eso bastara para mantener alejadas las cosas que se movÃan entre la oscuridad. Yo ya no podÃa conciliar el sueño con facilidad. Me quedaba despierto escuchando, esperando los golpes en las paredes del corral o el resoplido del gallo que nunca callaba. Una noche estábamos dormidos cuando un grito fuerte nos hizo despertar a todos al mismo tiempo. No era un sonido humano, tampoco un simple cacareo, sino algo entre chillido y alarido que provenÃa del rincón donde Pedro tenÃa escondido al gallo. Fue tan fuerte que parecÃa rebotar en las paredes y recorrer toda la casa. Sentà que me helaba por dentro y apenas tuve tiempo de ponerme los zapatos cuando escuché a mi madre gritar mi nombre y a mi padre encender la lámpara de petróleo.
33:55 Salimos corriendo al patio con las lámparas levantadas y lo primero que vimos fue el rincón del escondite agitado, como si dentro hubiera un forcejeo desesperado. Pedro ya estaba ahÃ, arrodillado en el suelo, con las manos extendidas tratando de sujetar al gallo. El animal estaba tirado sobre la tierra, retorciéndose de una manera tan violenta que parecÃa estar peleando contra algo que no podÃamos ver. el resplandor de la lámpara mostró su cuerpo arqueado las alas abiertas golpeando contra el suelo y las patas moviéndose sin control era como si algo invisible lo estuviera aplastando clavando garras en su cuerpo o desgarrándole por dentro cada vez que el gallo se agitaba ese grito extraño volvÃa a salir de su garganta un sonido que no se parecÃa a nada conocido más largo y más grave de lo que podÃa emitir un animal de su tamaño Pedro trataba de sujetarlo contra el suelo, pero no podÃa. El gallo se le escurrÃa de las manos, moviéndose con una fuerza descomunal. Lo vi desesperado, sudando a chorros mientras intentaba controlarlo. Sus brazos se llenaban de rasguños, las alas lo golpeaban con violencia y aún asà se negaba a soltarlo. Mi padre dio un paso al frente, dudando si debÃa intervenir. Yo lo seguà con la mirada y sentà que estaba tan sorprendido como nosotros.
35:24 Nadie sabÃa qué hacer. Mi madre rezaba en voz baja, temblando con la lámpara en la mano, mientras los gritos del gallo parecÃan llenar todo el patio como si fueran voces humanas mezcladas con chillidos. El animal seguÃa revolcándose en la tierra, abriendo el pico como si se estuviera asfixiando. En la oscuridad sus ojos parecÃan más grandes, brillando como brasas encendidas. Pedro desesperado, gritaba que no lo dejaran solo, que alguien lo ayudara a sostenerlo. Mi madre insistÃa en que lo dejaran, que lo soltaran y salieran de ahÃ, pero Pedro no escuchaba. Estaba convencido de que debÃa protegerlo, de que lo iban a arrebatar de sus manos. Su voz se quebraba mientras el gallo seguÃa agitándose con tanta fuerza que casi lo tiraba al suelo. El ruido era insoportable.
36:16 Además de los gritos del gallo, comenzaron a escucharse golpes en las paredes del corral, como si alguien desde afuera las estuviera apedreando al mismo tiempo. Los perros de los vecinos aullaban sin parar, y de lejos se alcanzaba a escuchar el cacareo de otros gallos, como si respondieran al que tenÃamos frente a nosotros. Mi padre al fin intentó sujetar una de las alas, pero el animal se sacudió tan fuerte que lo lanzó hacia atrás. La lámpara cayó sobre la tierra, apagándose de golpe y dejándonos apenas con la tenue luz de la que sostenÃa mi madre. Nunca en mi vida habÃa sentido tanto miedo. Al final, Pedro se dejó caer de rodillas mientras el gallo seguÃa sacudiéndose, retorcido sobre la tierra. La expresión de su cara cambió.
37:05 Con una voz fuerte le gritó a Pedro que lo soltara, que era un pendejo por haber guardado al gallo de Doña LucÃa. Pedro apenas podÃa contestar. Alcanzó a decir que el gallo era suyo, que nadie se lo iba a quitar, que no entendÃan lo especial que era. Mi padre perdió la paciencia. Le reclamó con fuerza, diciéndole que por su culpa la familia entera estaba en peligro. que habÃa traÃdo una maldición a la casa y que todo lo que estábamos viviendo era consecuencia de su terquedad pero en ese instante el animal dio un movimiento tan violento que lo lanzó contra el suelo aprovechó el descuido y de un salto salió corriendo lo vimos abrir las alas y avanzar a toda velocidad hacia la oscuridad del patio como si tuviera la fuerza de varios animales juntos mi padre intentó atraparlo pero fue inútil El gallo cruzó el corral, pasó junto a la pila de agua y se perdió entre los árboles que marcaban el inicio del monte. Nos quedamos paralizados, con las lámparas apuntando hacia el monte, escuchando cómo las ramas se quebraban mientras el animal se internaba más y más en la oscuridad. Después, silencio absoluto. Ni un solo sonido quedó en el aire, como si hasta los grillos se hubieran callado. El pecho me ardÃa de la tensión, y Pedro desde el suelo miraba hacia el monte, como si no pudiera aceptar lo que acababa de ocurrir. Mi padre se volvió hacia él y lo levantó de un tirón.
38:36 Mi madre se llevó las manos a la cara, repetÃa que ese animal ya no debÃa volver, que si habÃa escapado era porque pertenecÃa a otro lugar. Pedro entró tambaleando con la ropa sucia y los brazos con heridas por el forcejeo del gallo. Mi padre lo siguió, todavÃa diciendo insultos. Esa noche nadie pudo dormir. Después de aquella noche en que el gallo escapó hacia el monte, durante semanas habÃamos vivido rodeados de ruidos, sombras y la sensación de que algo nos vigilaba, pero poco a poco esas señales fueron desapareciendo. Ya no escuchamos los golpes en las paredes del corral ni los chillidos en medio de la madrugada. El silencio que antes era inquietante se volvió una especie de alivio, como si de pronto lo que nos acosaba hubiera decidido apartarse de nosotros. Los gallos negros que tantas veces vimos rondando el patio en silencio dejaron de aparecer. Yo habÃa llegado a acostumbrarme a sus siluetas inmóviles entre los árboles, siempre observándonos sin acercarse, y por eso me resultaba extraño mirar hacia afuera y no encontrar nada. El monte recuperó su aspecto normal. Mi papá le puso un fuerte castigo a Pedro y a mÃ. Nos quedamos callados de todo lo que habÃa pasado, porque no querÃamos que la gente del pueblo supiera todo lo que nos pasó, y más que nada que doña LucÃa no se enterara que nos
40:07 habÃamos robado a su gallo, porque esa mujer era capaz de hacerle daño a las personas que se le pusieran enfrente.
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