El Ataque Del Nahual: Mi Enfrentamiento Contra Uno - Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:05 Me acuerdo de esa semana, porque los animales empezaron a aparecer lastimados, de una forma que no coincidÃa con un coyote ni con un perro. Yo vivÃa en un rancho apartado, con un corral de alambre y una puerta de madera que siempre habÃa aguantado. TenÃa chivos, gallinas y un becerro. Mi rutina era la misma, revisar el cerco, dar de comer, llenar el bebedero y dejar todo cerrado cuando caÃa la noche. La primera señal fue un golpe seco contra la cerca durante la noche, como cuando algo pesado se recarga y se despega. No salÃ, pero al amanecer fui directo al corral.
0:46 Un chivo estaba tirado cerca del alambre con el cuerpo de lado y las patas dobladas. No estaba destrozado, pero tenÃa el costado abierto con cortes largos, irregulares, hechos a jalones, como si algo lo hubiera agarrado y hubiera jalado la carne sin detenerse. Las marcas estaban profundas y la piel quedaba levantada en tiras. Me agaché y revisé el suelo. La tierra estaba revuelta en una franja corta, como de dos o tres jalones de arrastre, y después esa marca se cortaba de golpe. A partir de ahà ya no habÃa surco de cuerpo, solo huellas. También habÃa sangre en un tramo corto, con gotas grandes cerca del alambre, no regada por todo el corral. Eso me dejó claro que el chivo no corrió mucho. Lo trabajaron ahà mismo. Seguà mirando alrededor y vi huellas de patas grandes marcadas profundo, separadas, con la tierra hundida por el peso. Esas huellas pasaban pegadas al cerco. A pocos pasos, casi encima de una de esas marcas, vi una pisada humana, con talón y dedos marcados. La tierra estaba húmeda y la forma salió completa.
1:58 No era una mancha, Era un pie. Revisé el cerco con calma, buscando por dónde entró. El alambre estaba doblado hacia adentro en una sección, como empujado desde afuera. Una tabla de la puerta tenÃa raspaduras a media altura. En una punta del alambre encontré pelo oscuro atorado. Lo tomé con los dedos y lo guardé en el bolsillo, porque se me hizo raro, pues no parecÃa de mis perros. Era más grueso y áspero. Ese dÃa aseguré lo que pude. Cambié la tranca por una más firme. Ajusté el alambre con pinzas y amarré un tramo extra donde estaba doblado. Movà a los animales más al fondo, para que no durmieran pegados a la cerca. También revisé el terreno fuera del corral, pegado a la barda. Encontré de nuevo huellas de patas y, entre ellas, marcas humanas más separadas, como si en ciertos pasos alguien cargara el peso distinto y clavara el talón. Después de revisar todo, saqué el chivo del corral para que los otros no lo olieran toda la mañana. Lo llevé a un borde del terreno y lo enterré con una pala, solo para evitar moscas y enfermedades.
3:11 Al volver, limpié el tramo de sangre con cubetas de agua y revisé otra vez los postes, porque si eso entró una vez, podÃa volver por el mismo punto. En un poste vi dos raspadas frescas, paralelas, como de garras, a una altura donde un perro no llega sin levantarse. Los perros se portaron raro desde temprano. No se acercaban al corral. Se quedaban junto a la pared de la casa, mirando hacia el monte y luego hacia el alambre, tensos. sin ladrar como siempre, las gallinas se juntaron en una esquina y los chivos se quedaban en el centro, inquietos, moviendo la cabeza como siguiendo algo que yo no veÃa, al caer la noche dejé una lámpara a la mano y me quedé atento, escuché el roce del alambre, despacio como uñas jalando metal y después un resoplido bajo del otro lado, Me acerqué con cuidado, con la lámpara apuntando hacia abajo, y cuando estuve a unos pasos, alumbré directo al cerco. Vi dos puntos rojos a ras del suelo, fijos como brasas. La luz le pegó al cuerpo y alcancé a ver un animal oscuro, con el lomo alto y el pelo pegado. Dio un paso, luego otro, y se paró en dos patas apoyándose contra el alambre. Ahà le vi las manos agarrando el cerco, No eran patas con almohadillas, eran manos largas, con garras grandes, curvas, metiéndose entre el alambre y la tabla, como si buscara abrir
4:42 un hueco. Le subà la luz para verlo mejor. Los ojos seguÃan rojos, parejos, sin apagarse. Abrió la boca y vi colmillos enormes, largos de verdad, sobresaliendo hacia abajo. No ladró, solo sacó aire de entre dientes y siguió trabajando el cerco con calma. Esa manera de moverse me dejó claro que no era un animal común. En cuanto la luz le pegó de lleno en el pecho, bajó rápido a cuatro patas y se fue pegado a la barda, sin correr a lo loco, como si supiera cómo salirse sin mostrarme la cara. Me acerqué después. Encontré pelo reciente en el alambre y una marca en la tierra, como de algo pesado que se recargó y luego se impulsó. Apreté la tranca, revisé cada amarre y volvà a meter a los animales al fondo. Esa noche ya no regresó, pero para mà quedó cerrado lo principal, iba a volver. No estaba entrando por hambre como un coyote, estaba probando el corral e intentaba desestabilizar el cerco. Dejé preparado un foco más fuerte para la siguiente noche y me prometà no meterme al monte a oscuras. Mi objetivo pasó a ser verlo bien. cerca del corral, y frenarlo ahà mismo. Al dÃa siguiente, amanecà con la misma idea fija, revisar el corral antes de que el sol se levantara bien, contar animales y ver si el cerco seguÃa parejo. La tranca
6:12 que habÃa puesto la noche anterior estaba en su lugar, pero el alambre del tramo donde lo vi apoyarse tenÃa una curvatura nueva, como si lo hubieran tanteado otra vez. Cuando entré al corral, me di cuenta de inmediato de que algo faltaba en el ruido. Me hacÃa falta otro animal, y los que estaban ahà estaban tensos y con miedo. Encontré a uno de los chivos herido y vivo, temblando, tirado cerca de la puerta. Respiraba rápido, pues le faltaba el aire. TenÃa tres cortes largos en el costado, separados, profundos, como hechos por garras grandes. No eran mordidas pequeñas ni marcas de dientes pegadas una con otra. Los cortes iban en lÃneas, con la piel abierta y la carne expuesta.
6:58 La sangre le escurrÃa en gotas lentas y se le pegaba al pelo. Me agaché a verlo de cerca y el chivo se movió apenas, como si el dolor lo reventara por dentro. Primero lo saqué del corral para que los demás no lo pisaran. Lo amarré bajo la sombra y le eché agua para limpiarle un poco la herida. No hice más porque no tenÃa con qué curarlo bien. Luego regresé al suelo donde estaba tirado y empecé a revisar con calma como el dÃa anterior. Ahà quedó la misma lógica, tierra revuelta en un tramo corto con marcas de arrastre, y después el arrastre se cortaba. A partir de ese punto ya aparecÃan gotas separadas como sangre de una herida. Las gotas iban hacia afuera del corral, pegadas a la barda, y se veÃan más espesas que la sangre del chivo muerto del dÃa anterior. como si la herida fuera reciente. Seguà el rastro unos pasos fuera, solo para ver la dirección. En la tierra húmeda vi de nuevo las huellas de patas grandes, profundas. Entre esas huellas, cada cierto tramo, se marcaban apoyos distintos, como si algo caminara cambiando la forma de pisar. No me quedé dando vueltas ahÃ. Volvà al corral, revisé el alambre amarre por amarre, ajusté la tabla raspada y dejé el foco más fuerte listo, el que habÃa preparado la noche anterior. También dejé la lámpara de mano porque ya habÃa entendido que el ataque
8:28 no era cosa de una sola madrugada. Esa noche me acomodé cerca, donde podÃa ver la puerta y el tramo de alambre más flojo. No me puse a perseguir nada, me quedé quieto. atento al sonido del cerco y al movimiento de los perros. Los perros se quedaron pegados a la pared de la casa mirando hacia el monte. No se acercaron al corral ni cuando escucharon el primer roce. El alambre sonó despacio, como metal jalado con uñas. Luego vino un resoplido bajo del lado de afuera. Alumbré directo con la lámpara y prendà el foco para que el corral quedara claro. ahà lo vi mejor que la primera vez era un cuerpo como de perro grande, oscuro con el pelo enmarañado y pegado como mojado o sucio la parte delantera se veÃa más fuerte que la trasera no caminaba con prisa se movÃa pegado a la barda revisando todo el corral los ojos eran rojos como brasas y no era un brillo que se apagara cuando yo movÃa la luz se veÃan rojos aun cuando la lámpara se iba a otro lado y regresaba Se detuvo frente al tramo de alambre y volteó la cabeza hacia mÃ, directo, como si supiera que yo estaba ahà desde antes. Abrió la boca y se le vieron los colmillos enormes. SobresalÃan más de lo normal, largos, marcados, y se alcanzaban a ver aun cuando cerraba un poco la mandÃbula. No hizo sonido de perro, no ladró ni nada, solo sacó aire
10:00 con fuerza, como si bufara. Luego hizo lo mismo que me habÃa dejado inquieto la noche anterior, pero ahora con más calma. Se paró en dos patas y se apoyó contra el alambre. Vi las manos agarrando el cerco, no como patas. Eran manos largas, con garras grandes que entraban entre los huecos. Las garras no eran finas, eran gruesas, curvas y raspaban el metal. Metió una mano entre la tabla y el alambre y jaló, como buscando el punto donde cede. Se bajó un poco, volvió a alzarse y repitió la maniobra, como si ya hubiera aprendido a abrir la puerta. En ese momento no me quedé mirando. Le apunté la luz fuerte, directo a la cara para encandilarlo, y di un paso corto para pegarle. TraÃa un machete en la mano, porque no pensaba acercarme con las manos vacÃas.
10:56 Le tiré el golpe al costado, del lado donde se me abrió el espacio cuando se levantó. Le pegué y el cuerpo se le tensó y bajó de golpe a cuatro patas. Escuché el golpe contra el alambre y luego un sonido de carne cuando se movió. Se fue rápido hacia el monte, pegado a la barda, sin dar vueltas. En el suelo quedaron gotas grandes de sangre más espesa, separadas como rastro corto. Me quedé ahÃ, respirando fuerte, sin correr tras él. Marqué el lugar donde cayó la primera gota con una piedra para ubicarlo al amanecer. Revisé el cerco completo, todo el perÃmetro, para asegurarme de que no hubiera otra entrada. El alambre estaba doblado, la tabla raspada otra vez, y en una punta quedó pelo nuevo atorado, y lo guardé también. Cuando aclaró el dÃa, salà a seguir el rastro con luz. Las gotas iban hacia la orilla del monte y se perdÃan sobre las piedras. Volvà a encontrarlas más adelante, en tierra blanda, como si se hubiera desviado para no dejar marca continua. El rastro se iba acercando a un camino que llevaba hacia Casas del Rumbo.
12:08 Ahà se hacÃa difÃcil seguirlo, porque el suelo estaba duro y habÃa muchas pisadas de gente y animales. Aún asÃ, alcancé a ver una mancha fresca, en un punto donde la tierra estaba húmeda. No era una charca grande. Era una señal de que algo se habÃa recargado ahÃ. Ese mismo dÃa, pero más tarde, fui con cuidado hacia un borde del terreno donde se ve el monte sin meterse. Desde lejos lo vi entre los matorrales. Estaba más metido. pero se alcanzaba a distinguir el cuerpo oscuro, quieto. Caminaba raro, con pasos cortos, y en un momento volvió a alzarse en dos patas, solo para asomarse por encima de unas ramas.
12:52 Lo vi de perfil, le vi el pecho levantado, las manos arriba, y la cabeza girando como buscando algo. Bajó otra vez y se perdió entre lo verde del monte. Regresé al rancho con la idea más clara que el dÃa anterior. Ya no era solo un ataque, Era un animal que regresaba a revisar el corral y que usaba las manos para trabajar el alambre. Esa noche lo esperarÃa de nuevo, pero ya no solo para verlo y darle con el machete. Necesitaba herirlo bien, obligarlo a alejarse del rancho y cerrar esto antes de que me dejara sin animales. Esa noche dejé la vigilancia lista desde temprano. Revisé la tranca.
13:34 Apreté los amarres del alambre donde ya lo habÃa visto meter las manos y clavé una estaca para que esa parte no se abriera con un jalón. Movà a los chivos al fondo y dejé el bebedero lejos del cerco para que no se acercaran por costumbre. Coloqué un foco apuntando hacia el tramo flojo, lo suficiente para que me diera luz sin dejarme cegado. También dejé la lámpara en la mano porque el foco solo me daba un cuadro fijo y yo necesitaba seguirlo si se movÃa. Me quedé donde podÃa ver la barda y el cerco al mismo tiempo. Los perros se pusieron cerca de la casa, atentos, sin meterse al corral. Yo ya conocÃa esa señal. Cuando ellos se quedaban asÃ, pegados a la pared, era porque algo andaba afuera, a pocos metros, y ellos lo olÃan antes de verlo. Pasó un rato y el primer sonido fue el mismo de las otras noches, metal rozando despacio como uñas arrastradas sobre alambre. luego escuché el crujido de la tierra bajo el peso alumbré hacia la barda y ahà estaban los ojos rojos como brasas fijos en su punto se pegaba a la pared y avanzaba con pasos cortos deteniéndose en los puntos donde el alambre ya estaba flojo como si los recordara se acercó al cerco y volteó la cabeza hacia mà directo sin espantarse la luz del foco le pegó de lado y alcancé a ver el cuerpo completo era como un perro grande y oscuro pero
15:05 el pecho se veÃa más ancho y los brazos delanteros parecÃan cargar más peso que el resto abrió la boca y se le vieron los colmillos no era una boca de perro normal esos colmillos sobresalÃan hacia abajo largos y marcados en ese momento pensé que si él se lo proponÃa ahà mismo me quitaba la vida con sus garras enormes podÃa desgarrarme la piel pero no podÃa echarme para atrás en esos momentos TenÃa que ser valiente y seguir con mi plan. Se levantó en dos patas con más claridad que las otras veces. Se apoyó contra el cerco como si fuera una persona sosteniéndose de una reja. Las manos se agarraron del alambre y las garras grandes entraron entre los huecos y jalaron. El metal se tensó y en ese movimiento los ojos rojos se quedaron clavados en mÃ.
15:57 No los bajó ni un segundo. Ahà supe que estaba viendo si yo iba a acercarme o si me iba a quedar quieto. No le di espacio, le encandilé la cara con la lámpara otra vez y avancé solo lo necesario para alcanzar el cuello. TraÃa el machete listo y ahora sà iba con más intención, pero en el momento donde me abalancé sobre él, se movió y le pegué en el mismo lado donde ya lo habÃa lastimado la noche anterior. Pero aún asÃ, intenté abrirle más la herida para que no pudiera volver. Sentà el golpe firme, como cuando pegas contra un tronco cubierto de cuero. El cuerpo se contrajo y bajó de golpe a cuatro patas. En el suelo cayeron gotas grandes de sangre espesa y soltó un alarido largo de dolor y ahà me quedó claro que la herida se le habÃa abierto más. Intentó avanzar hacia el cerco otra vez. como si todavÃa quisiera meter las manos. En ese intento volvió a alzarse un segundo, con el pecho levantado. La postura fue de una persona por un instante, pues se le vio el torso erguido, los brazos arriba, la cabeza girando hacia mÃ. Luego cayó de nuevo en cuatro patas, se sacudió y se fue hacia el monte. Salà del corral y lo seguà donde se iba y para no perder la dirección, lo vi alejarse entre los matorrales con los ojos rojos bajando y
17:29 subiendo entre ramas cada vez más lejos, en el suelo quedaba el rastro en gotas, algunas caÃan grandes, otras más pequeñas, como si el paso lo obligara a apretar la herida y luego se le soltara, cuando ya lo vi perderse me regresé al rancho y me quedé cerca de la casa, la verdad No tenÃa sentido internarme al monte en la noche para seguirlo. Si se habÃa ido herido, lo mejor era seguirlo con luz y con cabeza por la mañana. Al amanecer salà con cuidado y encontré el rastro donde habÃa empezado, en la tierra húmeda. Las gotas se marcaban bien. En varias partes vi marcas de apoyo, como si se hubiera recargado un momento. HabÃa manchas más anchas, y en una vi la marca de una mano arrastrada, no de pata.
18:19 con cuatro lÃneas largas que parecÃan de garras. También noté que las gotas se hicieron más juntas, como si fuera perdiendo fuerza. Ya no eran gotas separadas por pasos largos, eran manchas cercanas, como de alguien que camina más corto y se detiene. Seguà asà un buen tramo, sin prisa, cuidando por donde pisaba. El rastro se metió a una zona donde el monte se cerraba y el suelo se llenaba de piedras sueltas. Ahà el rastro se volvió difÃcil. VolvÃa a aparecer en pequeñas manchas y luego se cortaba. Llegué a un punto donde ya no tenÃa sentido seguir solo. El terreno se hacÃa peligroso y cualquiera podÃa caer o quedar atorado entre las ramas. Me regresé con la dirección grabada en la cabeza. Pasaron unos dÃas y la noticia llegó por gente del rumbo. Me lo dijeron directo. HabÃan encontrado un cuerpo en el monte, no tan lejos del camino donde el rastro se habÃa ido. Era un hombre conocido por andar en pleitos y por moverse de noche por terrenos ajenos. Lo hallaron tirado entre piedras y ramas con una herida abierta en el costado. Fui con cuidado a ver de lejos cuando lo sacaron. Me bastó una mirada para cerrar todo. La herida estaba del mismo lado donde yo le habÃa pegado. No era un raspón. Era una abertura mal cerrada, inflamada, con sangre seca alrededor. Las manos estaban arañadas. con cortadas largas como hechas por alambre.
19:50 Eso coincidÃa con lo que yo habÃa visto, esas manos metiéndose entre la tabla y el cerco noche tras noche. Después de eso, los ataques se acabaron. Ningún animal volvió a aparecer con cortes asÃ, y el cerco dejó de amanecer doblado. Los perros volvieron a caminar por el patio sin quedarse pegados a la pared. Yo reforcé el corral de todos modos, por costumbre y por coraje, pero ya no tuve que salir con la lámpara a cada rato. Lo que se me quedó fue la imagen exacta de esos ojos rojos frente al alambre y de ese cuerpo parándose en dos patas, trabajando el cerco con calma, como alguien que sabe lo que hace. Eso fue lo que me dejó claro que no era un animal normal, era alguien, era un Nahual. y esa semana me lo enseñó con hechos, y sin saberlo me habÃa enfrentado a un Nahual y le habÃa quitado la vida.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed