Oct. 26, 2026

DIA DE MUERTOS, EL NIÑO DE LA CALAVERITA

DIA DE MUERTOS, EL NIÑO DE LA CALAVERITA
DIA DE MUERTOS, EL NIÑO DE LA CALAVERITA
REDE (Relatos Desclasificados)
DIA DE MUERTOS, EL NIÑO DE LA CALAVERITA

0:02 El niño de la cara pintada El 2 de noviembre de 2004 fui con mis papás al panteón del pueblo. Tenía 10 años. Llevábamos flores, café y unas sillas plegables para quedarnos hasta tarde junto a la tumba de mi abuela. Mi primo Tadeo llegó con mis tíos. Mientras los adultos acomodaban las cosas, nosotros comenzamos a jugar a las escondidas entre las sepulturas cercanas. Mi mamá nos pidió que siguiéramos donde pudiera vernos. Después de unas vueltas se acercó otro niño. Tenía la cara pintada de calavera y una sudadera con gorro. Estaba agachado detrás de una cruz. Nos preguntó si podía jugar.

0:42 Pensé que venía con alguna de las familias que estaban cenando por ahí. Me tocó contar. Encontré primero a Tadeo, escondido detrás de una jardinera. El otro asomó la cabeza desde el mismo sitio donde lo habíamos conocido. En la siguiente vuelta contó mi primo. El niño me hizo señas para que lo siguiera. Caminaba inclinado entre las tumbas. Yo iba detrás, cuidando donde pisaba porque había vasos con veladoras y platos en el suelo. Llegamos cerca de una abertura en la barda. Del otro lado había un coche estacionado. Se escuchaba el motor. Ahí podemos escondernos, me dijo el niño. Le pregunté de quién era. De mi hermano. Ven, yo te abro, me respondió. Me detuve. Ya apenas distinguía las voces de mi familia. Le dije que Tadeo no iba a encontrarnos si salíamos. Él insistió, señalando el asiento de atrás.

1:39 Entonces mi papá gritó mi nombre. Contesté desde donde estaba. El niño me hizo una seña para que me callara. Se llevó un dedo a la boca y vi que tenía la mano mucho más grande que la mía. Mi papá volvió a llamarme. El otro se levantó. Me llevaba bastante altura. Tenía barba debajo de la pintura, junto a la boca. Corrí hacia la voz de mi papá. Lo encontré en un pasillo, con tadeo de la mano. Le dije que el niño quería que nos escondiéramos en un coche. Mi papá me preguntó cuál niño. Se lo señalé. El hombre seguía cerca de la abertura. Ahora estaba derecho, mirando hacia nosotros. Mi papá nos llevó con mi mamá y llamó a uno de mis tíos. Los dos fueron hacia allá.

2:24 El hombre salió por la barda antes de que llegaran. Mi tío alcanzó a ver el coche alejarse. Había otra persona manejando. Avisaron al encargado del panteón. Durante un rato, varios adultos caminaron por los pasillos, buscando si había algún otro niño lejos de su familia. Mi mamá comenzó a guardar la comida. Nos fuimos temprano. Yo esperaba que mi papá me regañara en el coche. pero solamente me preguntó varias veces si aquel hombre me había tocado. Al año siguiente volvimos a visitar a mi abuela. Llevamos flores, café y las mismas sillas. Tadeo y yo nos quedamos jugando junto a la mesa entre las piernas de nuestros papás. La tercera voz En 2007 yo cantaba con mi primo para ganar algo de dinero.

3:18 Él llevaba la guitarra y yo cargaba los bancos. El 2 de noviembre trabajábamos en el panteón hasta que las familias comenzaban a irse. Recuerdo el olor de las flores cuando las pisábamos sin querer. La cera se pegaba en los zapatos y, conforme avanzaba la noche, se nos enfriaban las manos. Había familias cenando alrededor de las tumbas. Los niños dormían sobre las piernas de sus mamás. Entre las canciones se escuchaban conversaciones. risas y el ruido de las cucharas contra los vasos de café. Una señora nos llamó desde una sepultura. Estaba con sus hijos, todos adultos. Habían acomodado flores alrededor de una fotografía y tenían una olla envuelta en una toalla para conservar el calor. Nos ofrecieron café antes de pedirnos una canción. Era el primer año que iban a visitar a su esposo. Esta la cantaba hasta cuando andaba trabajando, nos dijo la señora. Uno de sus hijos sonrió. Empezamos. La señora sostenía su vaso con las dos manos. Al principio movía los labios acompañándonos. Después bajó la cabeza. Durante la segunda parte escuché cantar a otro hombre. Su voz era grave. Entraba un poco después que nosotros y alargaba ciertas palabras. Pensé que era uno de los hijos. Mi primo lo siguió con la guitarra para que pudiéramos terminar juntos. Entonces la señora levantó la cara.

4:45 Miró a sus hijos. Los hombres estaban callados. Una de las hijas comenzó a llorar mirando hacia la fotografía. La otra voz seguía cantando. Parecía venir de atrás de la cruz. Me recorrí para ver quién estaba ahí. Entre las flores había platos, una botella y servilletas dobladas. Mi primo dejó de tocar. Yo también me callé. El hombre continuó solo. Se escuchó cómo tomó aire antes de seguir. La señora dejó su café sobre la lápida. El vaso golpeó varias veces contra la piedra porque le temblaba la mano. Yo me agaché buscando un radio. Al acercarme, la voz se escuchó más clara. Salía de debajo de la loza. Me levanté y busqué a mi primo. Ya tenía la guitarra pegada al pecho. Uno de los hijos se acercó a su mamá. Vámonos, ma, le pidió. Ella apoyó la palma sobre la piedra. Seguía llorando. Nosotros recogimos los bancos. La familia apenas nos miró cuando comenzamos a alejarnos por el pasillo.

5:52 Las otras tumbas seguían llenas de gente. Un señor servía café de un termo. Más adelante estaban cantando con un acordeón. Mi primo me agarró del hombro para que caminara más rápido. Esa fue la última noche que trabajamos dentro del panteón. Al salir, todavía escuché al hijo pedirle a su mamá que se levantara. Ella se quedó junto a la sepultura.« Espérate tantito déjalo que termine», le pidió la señora. La silla de mi papá Mi papá murió en febrero de 2009. Para el siguiente día de muertos, mi mamá todavía vivía sola en la casa donde nos había criado. Yo iba a verla dos o tres veces por semana. Le llevaba el mandado pesado, revisaba que tuviera sus medicinas y me quedaba un rato a comer. Ella decía que estaba bien. Aunque algunas tardes me llamaba para preguntarme cualquier cosa y terminábamos hablando media hora.

6:50 A finales de octubre le propuse que pusiéramos una ofrenda. Mi esposa había comprado papel picado y unas veladoras. Yo pensé que a mi mamá le serviría hacer algo distinto. Acomodar las fotografías, cocinar lo que acostumbrábamos cuando estaba viva mi abuela. Ponemos a tus abuelos, me dijo mi mamá. El 1 de noviembre llegué después de comer. Mi esposa se había quedado con nuestros hijos porque uno estaba enfermo.

7:35 Yo llevaba pan, fruta y una bolsa de mandarinas que se abrió en el asiento del coche. Mi mamá ya había cubierto una mesa con un mantel blanco. Acomodamos juntos las cosas. Ella puso las fotografías de mis abuelos y yo saqué de la sala una de mi papá, enmarcada, donde aparecía con una camisa de cuadros. La dejé junto a las otras. Mi mamá la miró y siguió acomodando las veladoras. Mi papá había sido un hombre difícil. Le gustaba que todo estuviera listo a determinada hora. Si el café se enfriaba, si faltaba una tortilla o si mi mamá se tardaba en responder, empezaba a reclamar. De niño, yo había terminado por acostumbrarme a ese modo de hablar.

8:16 Ya casado, cuando llevaba a mis hijos, procuraba que las visitas fueran cortas. Mi mamá lo atendió hasta el final. Durante los últimos meses, él apenas podía levantarse, y la llamaba desde el cuarto a cualquier hora. Después de su muerte, ella comenzó a dormir mejor. Eso también lo recuerdo. Aquella tarde nos sentamos en la cocina a limpiar unos frijoles. Desde ahí se veía una parte del pasillo que llevaba a las recámaras. Escuché el rechinido de la silla de mi papá. Era un sillón viejo de madera con el asiento hundido que estaba frente al televisor. Cuando alguien se sentaba, una de las patas se movía sobre el piso. Mi mamá dejó de separar los frijoles. Yo fui a la sala.

9:00 El sillón estaba vacío. El televisor seguía apagado. Por una ventana entraba aire y la cortina rozaba el respaldo. Acomodé la cortina y regresé. Ha de estar floja la pata, le dije a mi mamá. Ella recogió unos frijoles que se le habían caído. Más tarde fue a bañarse. Yo prendí el televisor y me quedé viendo un partido repetido. Cuando salió, se detuvo en la entrada de la sala.¿ Quién prendió eso? Me preguntó mi mamá. Le contesté que yo. Bájale tantito, me pidió. El volumen estaba más alto de lo que recordaba haberlo dejado. Busqué el control entre los cojines y lo bajé. Mi papá lo ponía muy fuerte porque oía mal. Mi mamá llevaba meses viendo sus programas casi en silencio. Cenamos temprano. Mientras calentaba las tortillas, ella me preguntó si iba a quedarme. Yo había pensado regresar después de cenar. Al verla esperando mi respuestas, dije que sí.

10:01 Le avisé a mi esposa y saqué del coche una chamarra. La casa tenía tres recámaras. Yo iba a dormir en la que había sido mía. Mi mamá seguía usando el cuarto que había compartido con mi papá. Había cambiado las sábanas, pero conservaba el ropero, la cama y una mesita donde él ponía sus medicinas. Antes de acostarnos, revisé la puerta del patio y apagué las luces de la sala. Las veladoras de la ofrenda quedaron encendidas sobre la mesa, apartadas de las flores y del papel. Me acosté con la ropa puesta. Todavía estaba despierto cuando escuché arrastrarse algo por el pasillo. Pensé que mi mamá había movido una silla para alcanzar el ropero. Luego oí dos pasos más. Mi papá caminaba arrastrando un poco el pie izquierdo. Desde una caída que había tenido años antes, los pasos le sonaban distintos.

10:55 Me incorporé en la cama. Entonces escuché que la llamaron. Chole, tráeme agua, dijo una voz desde el cuarto de mis papás. Mi mamá se llamaba Soledad. Mi papá siempre le decía Chole. La puerta de mi recámara estaba entreabierta. Desde la cama vi pasar a mi mamá hacia la cocina. Llevaba el suéter sobre el camisón. Me levanté y fui detrás de ella. Estaba sacando un vaso del escurridor.—¿ Para quién es?— le pregunté. Mi mamá se quedó con el vaso en la mano. Me miró como si apenas acabara de notar que yo estaba ahí.— Lo oíste, ¿verdad?— me preguntó. Yo seguí esperando una explicación. Algún vecino hablando afuera. Un aparato encendido. Cualquier cosa que nos permitiera regresar a la cama. Volvieron a llamarla. Chole, dijo la voz. Esta vez la escuché desde la cocina.

11:53 Venía del fondo del pasillo. Mi mamá comenzó a temblar. El vaso golpeó contra la orilla del fregadero. Se lo quité antes de que se le cayera. Le dije que se quedara conmigo. Ella miraba por encima de mi hombro. Volté hacia el pasillo. La puerta de su recámara estaba abierta. Las veladoras de la sala alcanzaban a iluminar una parte del piso. Vi unos zapatos junto a la cama. Encima estaban las piernas de un hombre sentado, con un pantalón oscuro y las manos apoyadas en las rodillas. La parte de arriba quedaba entre las sombras. Yo conocía esa forma de sentarse. Sentí que se me aflojaban las piernas. Tanté la pared hasta encontrar el apagador del pasillo. Cuando prendí la luz, vi la cama tendida y el banco que mi mamá usaba para ponerse los zapatos. Me acerqué lo suficiente para mirar el cuarto. El pantalón que había visto tampoco estaba. Mi mamá seguía junto al fregadero, apretando el borde con las dos manos. Le dije que íbamos a mi casa. Busqué su bolsa, las medicinas y un par de zapatos. Ella me seguía de un lado a otro.

13:00 Cuando le pedí que se sentara para calzarse, se negó. Se los puso apoyándose en mi hombro. Yo llevaba las llaves en la mano cuando escuchamos otra vez aquella voz.—¿ A dónde vas, chole?— preguntó la voz desde la recámara. Mi mamá se tapó la boca. Salimos por la puerta de la calle. Tuve que regresar dos pasos para alcanzar el portón y cerrarlo. Ella me esperaba pegada al coche. Durante el trayecto apenas habló. Yo tampoco sabía qué decirle. Todavía sentía en los dedos el frío del vaso que le había quitado. Llegamos cerca de la una de la mañana. Mi esposa nos abrió y preparó la cama del cuarto de los niños. Ellos se pasaron con nosotros. Mi mamá se acostó con la bolsa encima del pecho. A la mañana siguiente regresé a la casa acompañado de mi hermana.

13:50 Recogimos ropa, documentos y lo necesario para unos días. La fotografía de mi papá seguía sobre la mesa. La guardé envuelta en una servilleta de tela para que el marco no rayara las otras cosas. Mi hermana me preguntó qué había pasado. Se lo conté mientras bajábamos las bolsas al coche. Ella entró a revisar los cuartos. Salió al poco rato y me ayudó a cerrar. Mi mamá se quedó con nosotros aquella semana. Después fueron dos semanas, luego un mes. En enero nos dijo que quería vender la casa. Yo esperaba que pusiera dificultades. Le gustaban sus plantas. Conocía a todos los vecinos y había vivido ahí más de 30 años.

14:33 Sin embargo, fue ella quien empezó a separar lo que quería conservar. El sillón de mi papá se lo llevó un señor que compraba muebles usados. Mi mamá lo vio subirlo a la camioneta desde la ventana de mi coche. Con el tiempo, dejó de levantarse cada vez que alguien pedía algo en la mesa. Al principio, todavía corría a buscar el salero o a calentar otra tortilla, aunque mi esposa le dijera que nosotros podíamos hacerlo. Una tarde le pregunté por qué había empezado a servir aquel vaso de agua. Tardó en responderme. Porque siempre tenía que ir cuando me llamaba, me dijo mi mamá. El siguiente noviembre pusimos la ofrenda en mi casa. Ella llevó las fotos de mis abuelos y ayudó a mis hijos a pelar mandarinas. Después cenó sentada con nosotros. Los platos se quedaron para la mañana.

15:28 Lo que subió a la camioneta. En 2014 yo trabajaba repartiendo mesas y sillas para eventos. Teníamos una camioneta de caja cerrada que ya necesitaba pintura, pero todavía aguantaba bastante carga. Mi ayudante se llamaba Dimas. Él acomodaba las cosas y yo me encargaba de las cuentas, las entregas y el manejo. En octubre nos contrataron para llevar mobiliario a una muestra de ofrendas. La iban a poner en el patio de una casa de cultura. Dejamos todo el 31 por la mañana. Teníamos que recogerlo la noche del 2 de noviembre cuando terminara el evento. La encargada nos pidió llegar después de las 11. A esa hora ya habrían quitado la comida y las fotografías. Yo hubiera preferido hacer el viaje al día siguiente, pero la camioneta estaba ocupada desde temprano. Llegamos casi a medianoche. Había voluntarios desarmando arcos de flores y recogiendo extensiones. Sobre las mesas quedaban vasos de agua, servilletas y algunos platos que nadie había querido llevarse todavía. Dimas y yo apilamos 24 sillas, tres mesas plegables y dos tablones.

16:39 También nos pidieron transportar unas cajas con adornos hasta una bodega que quedaba cerca de nuestro local. Como íbamos a pasar por ahí, acepté. Una muchacha nos ayudó a cerrar las puertas traseras. Cuando subí a la cabina, sentí la camioneta muy baja. Me asomé por la ventanilla para mirar la llanta de mi lado. Parecía un poco aplastada. Dimas dio una vuelta por fuera.« Ha de estar baja de aire», me dijo cuando regresó. Decidí pasar por una gasolinera que estaba abierta toda la noche. Tenían aire y un patio amplio donde podíamos revisar. Apenas salimos de la primera calle, escuchamos un golpe atrás. Dimas volteó. Las sillas solían moverse cuando quedaban mal amarradas. Sin embargo, aquella carga era pequeña y la habíamos sujetado con dos cintas. En el siguiente tope, la parte trasera bajó tanto que el fondo pegó ligeramente contra el pavimento. Frené después de cruzarlo. Llevaba años manejando aquella camioneta. Habíamos cargado muchas más mesas sin que se sintiera así. Dimas me preguntó si alguien habría metido cosas entre las cajas. Le dije que podíamos revisar en la gasolinera.

17:50 Mientras avanzábamos, sentí un movimiento detrás del asiento. Parecía que alguien hubiera cambiado de lugar dentro de la caja. El metal de la separación dio un golpecito cerca de mi hombro. Miré a Dimas. Él también lo había escuchado. Apagó el radio. Durante unos segundos oímos solamente el motor. Luego llegaron tres golpes rápidos desde atrás. Me orillé frente a una farmacia cerrada. Había una lámpara de la calle alumbrando la banqueta. Bajamos los dos. Abrí una de las puertas de la caja y Dimas alumbró con su teléfono. Las sillas estaban amarradas. Las mesas seguían de pie, recargadas contra el costado. Las cajas ocupaban un rincón. Nos quedamos mirando. Dimas subió un pie al escalón y pasó la luz por encima de los respaldos. Le pregunté a la caja si había alguien.

18:42 Escuché una especie de respiración cerca del fondo. Dimas se bajó de inmediato. Yo pensé que alguna persona se había subido mientras recogíamos. En aquel patio había entrado y salido mucha gente. Me hice a un lado.« Si viene alguien ahí, bájese de una vez», dije hacia el interior. Esperamos. Una bolsa de plástico colgaba de una pata de mesa. Se movió con el aire que entraba de la calle. Dimas insistió en que sacáramos las sillas para poder ver. Desaté la primera cinta. Entre los dos bajamos la pila y la dejamos sobre la banqueta. Después retiramos dos cajas. Ya se veía casi todo el piso. Al fondo había un pedazo de papel picado y una botella vacía. Dimas volvió a alumbrar. Se oyó algo encima de nosotros. Fueron dos pasos sobre el techo de la caja. Levanté la mirada.

19:38 Desde la calle alcanzaba a ver el borde de lámina, pero no la parte de arriba. Dima se alejó varios metros para mirar desde otro ángulo. Regresó sin acercarse a la camioneta.« Arriba tampoco hay nadie», me dijo. Quería irme de ahí, pero teníamos las sillas y las cajas tiradas en la banqueta. Las subimos deprisa. Esta vez dejamos las sillas junto a las puertas para que el fondo quedara visible entre ellas. Cerré, aseguré las manijas y comprobé los pasadores. Cuando regresamos a la cabina, la camioneta se movió hacia un lado. Sentí el asiento inclinarse bajo mi cuerpo. Dimas agarró la manija de su puerta.« Vámonos a donde haya gente», me pidió. La gasolinera quedaba a pocas calles. Manejé despacio.

20:26 Cada bache hacía que la caja se balanceara más de lo normal. Entonces escuchamos voces. Venían detrás de la separación de metal, varias personas hablando bajo, como cuando uno lleva pasajeros cansados y todos conversan sin levantar la voz. Llegué a distinguir el tono de una mujer. Después respondió un hombre. Las palabras se mezclaban con el ruido del motor. Dimas comenzó a pegarse contra su puerta, dejando espacio entre los dos. Yo apreté el volante. En un semáforo sentí que alguien rozaba la pared de la caja de un extremo a otro. El sonido avanzó detrás de nuestras cabezas. El semáforo cambió y me tardé en arrancar. Llegamos a la gasolinera cerca de la una. Me estacioné a un lado de los baños donde había más luz. El despachador nos señaló que teníamos que movernos porque estorbábamos el paso hacia un depósito.

21:20 Le expliqué que necesitábamos revisar una llanta. Se acercó con la manguera del aire. Antes de que se agachara, la camioneta dio un movimiento brusco hacia atrás. El hombre se enderezó. Dimas ya estaba afuera. Le dije al despachador que creíamos que alguien se había subido a la caja. Me miró. Luego miró las puertas. Pues, ábrala aquí, me dijo. Las abrimos los tres. Yo sostenía una puerta. Dimas se quedó junto a la otra. El despachador alumbraba con una lámpara pequeña que traía en el bolsillo. Vimos exactamente la carga que habíamos acomodado. Mientras estábamos ahí, el escalón de metal se hundió un poco. Lo vi bajar. Se oyó el golpe de una suela y luego otro. El despachador retrocedió.

22:09 Yo sentí pasar algo junto a mi brazo. Fue un roce, como el de una persona que se acomoda para salir por un espacio estrecho. La puerta que sostenía se movió contra mi mano. Miraba directamente hacia la abertura. Podía ver las sillas, el fondo de la caja y la luz amarilla de la gasolinera al otro lado. Seguían oyéndose pasos en el escalón. Dimas soltó su puerta. Esta golpeó contra el costado de la camioneta y se quedó abierta. El vehículo empezó a levantarse poco a poco. Primero dejó de estar inclinado. Después, el hueco entre la llanta y la carrocería aumentó hasta verse como siempre. Los sonidos continuaron unos segundos más. Al final, se oyó un arrastre sobre el pavimento.

22:56 El despachador caminó hacia las bombas. Se quedó mirando desde allá. Dimas y yo permanecimos junto a la caja abierta. Cuando pude moverme, me fui a sentar a la orilla de una jardinera. Tenía las manos entumidas de haber apretado la puerta. Dimas se sentó a mi lado. El despachador volvió acompañado de otro empleado. Les contamos lo que habíamos escuchado durante el camino. El primero señaló el escalón. Ahí se oyó que se bajaban, les dijo. Eso fue todo lo que quiso agregar. Nos quedamos en la gasolinera hasta que comenzó a clarear. Llamé a mi cuñado y vino por dimas. Yo me quedé unos minutos en el asiento de la camioneta, con las dos puertas de la cabina abiertas, porque me costaba mucho cerrarlas. Después las cerré y conduje hasta el local.

23:46 Las llantas tenían aire. De todos modos, esa mañana las llevé a revisar. El señor de la vulcanizadora corrigió un poco la presión de una y me cobró lo de siempre. Entregamos las cajas en la bodega por la tarde. Le pregunté a la encargada de la casa de cultura si alguien había querido subir a la camioneta. Me dijo que los últimos voluntarios se habían ido por la entrada principal. Dimas dejó de acompañarme unos días. Después regresó porque necesitaba trabajar tanto como yo. Conservamos la camioneta varios años. A veces hablábamos de aquella noche mientras la lavábamos o le cambiábamos una luz. Seguíamos sin saber qué habíamos llevado. Cuando vendí el negocio, Dima se quedó con algunas mesas para empezar por su cuenta. La última recogida de aquel noviembre la hizo de día. Yo fui a ayudarlo. Los que venían a bendecir la ofrenda.

24:47 Después de que murió mi mamá, mi papá comenzó a pasar más tiempo en la puerta de su casa. Sacaba una silla y se sentaba a mirar la calle. Conocía a los vecinos, a los vendedores y hasta a las personas que pasaban hacia la parada del camión. Si alguien se detenía a saludarlo, lo hacía pasar. Yo vivía 20 minutos y procuraba ir después del trabajo. Mi hermana lo visitaba los domingos. Mi papá tenía 68 años. Se arreglaba solo, cocinaba cosas sencillas y todavía hacía pequeños trabajos de herrería en el patio. Lo que más le pesaba era comer sin compañía. El primer día de muertos después de que embriudó puso una ofrenda muy grande. Ocupó una mesa que antes usábamos en Navidad. Mandó imprimir una fotografía de mi mamá y la acomodó al centro, entre flores y unas figuras de papel que compró en el mercado. La mesa se veía desde la calle cuando dejaba abierta la puerta.

25:43 A mi papá le gustaba que los vecinos entraran a verla. Les contaba cómo había conocido a mi mamá, dónde se habían casado y qué comida le gustaba. A veces repetía esas historias varias veces en una tarde. El 2 de noviembre de 2012 fui a comer con él. Antes de llegar, me habló para pedirme una bolsa de veladoras.« Vinieron unas personas de la iglesia. Van a rezarle a tu mamá», me dijo mi papá. Le pregunté de cuál iglesia. Me respondió que de una parroquia de otra colonia. Según le habían explicado, andaban visitando casas donde hubiera fallecido alguien durante el año. Compré las veladoras y llegué como a las cuatro.

26:24 Había un coche estacionado frente a la casa. Dentro, encontré a una señora de unos 50 años y a dos hombres. Uno tendría la edad de ella, el otro era más joven. La señora estaba junto a la ofrenda con un cuaderno. El hombre mayor llevaba una camisa blanca y una cruz pequeña colgada al cuello. El joven permanecía cerca de la puerta. Mi papá se veía contento. Me presentó como su hijo y me pidió que dejara las veladoras sobre la mesa. La señora comenzó a preguntarme dónde vivía y en qué trabajaba. Le respondí lo necesario y me fui a la cocina por un vaso de agua. Sobre la mesa había una libreta de ahorro de mi papá, su credencial y varios sobres.

27:07 Le pregunté por qué había sacado esas cosas. La señora se acercó detrás de mí.« Estamos anotando sus datos para unos apoyos», me explicó. Yo sabía que mi papá recibía una pensión y que a veces llenaba solicitudes para descuentos, Pensé que se trataba de algo parecido. El hombre de la camisa blanca me pidió que regresara a la sala para empezar el rosario. Le dije que primero quería guardar los papeles. Mi papá entró a la cocina y comenzó a juntarlos. El hombre joven se quedó en el marco de la puerta, mirando cómo los metíamos en una bolsa. Entonces vi que mi papá estaba nervioso. Se le caían los sobres. Cada vez que intentaba explicarme algo, miraba al hombre de la entrada. Le pregunté si ya había dado dinero.« Una cooperación», me respondió mi papá. La señora dijo que todavía faltaba lo del resto del trabajo. Yo volví a preguntar cuánto. Ella cerró el cuaderno.« Eso ya lo vimos con su papá», me contestó. Mi papá empezó a decir que podía pagar una parte ese día y otra después.

28:12 Le pedí que se sentara. El hombre mayor dejó de sonreír. Me dijo que yo estaba interrumpiendo una atención que mi papá había solicitado. Le respondí que podía rezar el tiempo que quisiera, pero que los documentos iban a guardarse. Saqué mi teléfono para hablarle a mi hermana. El joven se acercó.« Primero terminamos aquí», me dijo. Me puso la mano sobre el teléfono. Yo lo retiré hacia mi pecho. La señora caminó hacia la puerta de la calle y la cerró. Escuché correr el pasador. Mi papá se levantó de la silla. El hombre de blanco lo tomó del hombro y lo volvió a sentar. Ahí entendí por qué mi papá estaba mirando tanto hacia la entrada. El hombre joven me mostró una navaja. La llevaba abierta, pegada al muslo. Me pidió que dejara el teléfono sobre la mesa. Lo hice. Después me dijo que sacara la cartera. La señora tomó el dinero y se fue hacia la recámara de mi papá.

29:10 Yo intenté seguirla con la mirada. El joven me señaló una silla. Me senté junto a mi papá. El otro hombre comenzó a hablarle de lo fácil que podía resolverse todo si cooperaba. Quería saber dónde guardaba el dinero que retiraba de la pensión. Mi papá decía que ya les había entregado lo que tenía. Yo le pedí que les dijera. Me daba miedo que pensaran que estábamos ocultando algo. Mi papá guardaba efectivo para emergencias y yo sabía dónde. Le señalé un cajón del mueble de la sala. La señora regresó con una caja de zapatos y la abrió frente a nosotros. Adentro estaban los recibos, unas fotografías y un sobre con dinero. Se guardó el sobre en la bolsa.

29:52 El joven seguía cerca de mí. Olía a cigarro. Tenía la mano de la navaja metida a medias en la bolsa del pantalón. La casa de mi papá tenía una ventana hacia la calle, junto a la mesa de la ofrenda. Estaba abierta y la cortina se movía con el aire. Por ahí escuché pasar al señor que vendía garrafones. Conocía su voz porque se detenía casi todos los martes. El hombre gritó desde la banqueta, preguntando si necesitábamos agua. Mi papá me miró. Yo también lo miré a él. El de la camisa blanca se acercó a la ventana y contestó que regresara más tarde. El vendedor volvió a preguntar por mi papá. Era un hombre insistente. Mi papá le debía un garrafón y seguramente quería aprovechar para cobrarle. La señora empezó a recoger sus cosas. En ese momento, mi papá gritó. Lo hizo con una voz que yo apenas le había escuchado.—¡ Ayúdanos, Toño!— gritó mi papá. El hombre joven se volvió hacia él. Yo empujé la silla a levantarme y me puse entre los dos. El de blanco dijo algo a sus compañeros. La señora ya estaba quitando el pasador. El vendedor comenzó a golpear la puerta desde afuera.

31:05 Escuché que llamaba a un vecino. El joven me empujó contra la mesa de la cocina. La navaja pasó cerca de mi camisa y yo levanté los brazos para cubrirme. Después se apartó. Los tres salieron juntos. El señor de los garrafones se hizo a un lado al ver la navaja. La mujer subió al coche primero. Los hombres la siguieron. Yo llegué a la puerta cuando arrancaban. Había dos vecinos en la banqueta. Uno alcanzó a mirar la placa, pero estaba cubierta en parte por un plástico oscuro. Mi papá seguía sentado en la cocina. Tenía la boca abierta y respiraba muy rápido. Cerré la puerta y me arrodillé frente a él. Me agarró del brazo con tanta fuerza que después me quedaron marcados los dedos. El vendedor llamó a la policía. Llegaron dos agentes. Nos hicieron preguntas y acompañaron a mi papá a revisar los cuartos. Se habían llevado dinero, un reloj y algunas cosas de mi mamá. También faltaba una carpeta donde mi papá guardaba copias de sus documentos.

32:08 Mi hermana llegó mientras estábamos dando los datos. Le conté lo de la supuesta bendición. Ella conocía a una señora que colaboraba con la parroquia mencionada y le llamó. Aquella visita había sido inventada. Uno de los agentes nos preguntó cuánto tiempo llevaban dentro cuando yo llegué. Mi papá calculó que cerca de una hora. Al principio le habían hablado de mi mamá. Sabían su nombre y la fecha en que había muerto. Eso lo convenció de hacerlos pasar. Habían llevado unas hojas con oraciones y un pequeño frasco de agua. Rezaron unos minutos frente a la foto. Después comenzaron a pedirle dinero por cosas que, según ellos, ya habían hecho.

32:51 Cuando mi papá quiso terminar la visita, el joven se quedó junto a la puerta. Mi papá me había llamado por las veladoras con uno de ellos escuchando a su lado. Nunca supimos de dónde habían sacado sus datos. En la iglesia, en una esquela o de algo que mi propio papá hubiera contado en la banqueta. La denuncia quedó puesta. Durante varios días lo acompañamos a cambiar papeles y revisar que sus cuentas estuvieran bien. El dinero que faltó tardó mucho en recuperarlo con su pensión. Lo de las cosas de mi mamá le dolió más. Había un anillo sencillo que ella se ponía para salir. Mi papá lo guardaba en una cajita dentro del ropero. Se lo llevaron con todo y caja. Aquella noche nos quedamos mi hermana y yo a dormir ahí. Mi papá pidió que apagáramos las veladoras porque ya estaba cansado. Cuando fui a cerrar la ventana, vi la fotografía de mi mamá. El marco se había movido durante el empujón y estaba recargado contra una botella de agua. Lo acomodé otra vez. Al año siguiente, mi papá volvió a poner su ofrenda. Compró menos flores y utilizó una mesa más pequeña. Esta vez la puso en el comedor. Cuando llegué con el pan, me pidió que cerrara la cortina de la sala. Lo hice y nos sentamos a tomar café. La mujer que me estaba peinando.

34:17 Cuando tenía 13 años, fui con mi mamá a pasar unos días a casa de mi abuela. Era noviembre de 1998. Nos quedamos porque queríamos acompañarla al panteón y ayudarla con la comida que acostumbraba preparar para esas fechas. Mi abuela vivía en un pueblo donde las casas todavía tenían patios grandes. La suya era de una sola planta, con una cocina al fondo y dos recámaras junto al corredor. Mi mamá había crecido ahí. Yo iba desde pequeña, aunque casi siempre regresábamos el mismo día. Aquella vez llevábamos una bolsa con ropa para quedarnos dos noches. Tenía el pelo muy largo. Mi mamá me lo desenredaba antes de dormir y me hacía una trenza para que amaneciera menos enredado. Yo era bastante quejumbrosa. Si me jalaba, movía la cabeza y ella me pedía que me estuviera quieta. El primero de noviembre pasamos la mañana limpiando. Sacudimos unos muebles, acomodamos las fotografías de la ofrenda y fuimos a comprar flores. En el panteón había mucha gente. Nos tardamos más de lo pensado porque mi abuela se detenía a saludar a todos. Regresamos a la casa por la tarde. Mi mamá comenzó a ayudarle con los tamales y yo me fui a recostar.

35:32 En el cuarto donde íbamos a dormir había dos camas individuales. Dejé mis zapatos debajo de una, me acosté de lado y me quedé mirando hacia la pared. Desde la cocina se escuchaban las voces de mi mamá y mi abuela. Debí quedarme dormido un rato. Desperté cuando sentí que me levantaban el pelo de la nuca. Alguien se había sentado junto a la cabecera y me estaba separando el cabello con los dedos. Pensé que era mi mamá. Le pedí que me hiciera una sola trenza porque las dos trenzas me molestaban para dormir. La persona siguió peinándome. Sentí las uñas pasar por mi cuero cabelludo buscando dónde dividir el cabello. Tenía las manos frías. Yo seguía acostada de lado con la cara hacia la pared. Entonces mi mamá me llamó desde la cocina. Ya ven a cenar, me dijo mi mamá.

36:23 Abrí los ojos por completo. Los dedos seguían trabajando en mi pelo. Le contesté a mi mamá que ya iba. La persona que estaba detrás de mí dio un pequeño tirón para ajustar la trenza. Sentí el cabello apretarse contra mi nuca. Me volteé. Vi una falda oscura junto a la cama y una mano sobre mi almohada. La mujer tenía el cuerpo inclinado detrás de mi cabeza. Desde donde estaba acostada apenas alcanzaba a verle una parte del cuello. Me incorporé tan rápido que el pelo se me atoró entre sus dedos. Le pedí que me soltara. La mano se abrió. Me bajé de la cama y corrí hacia la cocina. Mi mamá estaba de pie junto a la estufa. Mi abuela acomodaba platos en la mesa. Les dije que había una señora dentro del cuarto. Mi mamá me preguntó cuál señora. Yo repetí que me estaba peinando. Entró conmigo.

37:15 El cuarto estaba vacío. Sobre la almohada había quedado mi liga que yo había dejado puesta en la muñeca antes de acostarme. Mi mamá la tomó. Después me volteó de espaldas para mirarme el pelo. Una parte estaba trenzada, el resto seguía suelto. Me preguntó si me había hecho eso yo. Le dije que no. Mi abuela se asomó desde el corredor y dijo que tal vez yo había estado soñando. Mi mamá deshizo la trenza despacio. Yo le pregunté si alguna vecina había entrado mientras dormía. Mi abuela contestó que nadie había pasado de la cocina. Cenamos las tres. Yo me senté junto a mi mamá y terminé comiendo muy poco.

37:57 Desde mi lugar podía ver el corredor, así que pasé casi toda la cena mirando hacia la puerta del cuarto. Mi mamá trató de tranquilizarme. Me dijo que había despertado a medias y que, a veces, los sueños se sentían muy reales. Luego, cuando creía que yo estaba distraída, miraba la liga que había dejado junto a su plato. Esa noche se acostó en la otra cama. Dejó prendida la luz del corredor y la puerta abierta. Antes de dormir me hizo una trenza. Yo me senté frente a ella para verla mientras me peinaba. Mi abuela se quedó en su recámara al otro lado del patio. Me costó dormirme. Escuchaba las motos pasar por la calle y de vez en cuando los cohetes que estaban quemando cerca de la iglesia.

38:42 Mi mamá me preguntó varias veces si ya tenía sueño. La última vez le dije que sí. Desperté porque alguien me estaba acomodando el pelo sobre la almohada. Lo sentí salir de debajo de mi hombro. Después comenzaron a deshacerme la trenza desde la punta. Yo sabía que mi mamá estaba en la otra cama. La podía ver. Dormía de cara a mí, tapada hasta los hombros. Su mano derecha estaba sobre la cobija. Quise llamarla, pero primero me quedé inmóvil, esperando que aquello terminara. Sentí que me separaban otro mechón. Las uñas me rozaron la oreja. Llamé a mi mamá en voz baja. Ella abrió los ojos. Le dije que alguien me estaba tocando el pelo. Se incorporó y miró hacia mi cabecera. Yo vi cómo cambió su cara. Se bajó de la cama y me agarró del brazo para que me levantara. En ese momento, el colchón se hundió detrás de mi cabeza. Mi mamá retrocedió conmigo. Desde el corredor llegó la luz suficiente para que yo viera a una mujer sentada en la orilla de la cama. Llevaba una falda que le cubría los tobillos y tenía el cabello recogido. Estaba inclinada hacia mi almohada. Su mano seguía levantada, sosteniendo entre los dedos algo que ya había soltado. Mi mamá me llevó hasta el patio. Comenzó a llamar a mi abuela. Yo tenía una parte del pelo suelta sobre la cara y la otra seguía amarrada, con la trenza deshecha a medias. Mi abuela salió preguntando qué había pasado.

40:13 Mi mamá le pidió las llaves. Le dijo que íbamos a casa de mi tía, que vivía a unas cuadras. Mi abuela quiso entrar al cuarto. Mi mamá se puso frente a ella.« Primero vámonos», le dijo mi mamá. Salimos las tres. Mi mamá me llevaba de la mano. Mi abuela caminaba detrás, poniéndose un suéter sobre la ropa de dormir. Nos abrió mi tía después de que tocamos varias veces. Al vernos, encendió todas las luces de la entrada. Mi mamá le contó lo ocurrido mientras yo me sentaba en una silla. Ella había visto a una mujer junto a mi cabeza. La había visto inclinarse cuando abrió los ojos. Por eso me había levantado de la cama tan rápido. Mi tía me deshizo lo que quedaba de la trenza.

40:55 Encontró el pelo muy apretado cerca de la nuca y tuvo que separarlo con cuidado. Yo me puse a llorar hasta entonces. Mi abuela durmió en un sillón. A nosotras nos prestaron una cama. A la mañana siguiente, mi tío acompañó a mi mamá por las cosas. Yo me quedé con mi tía. Recogieron la ropa, los zapatos y las medicinas de mi abuela. El cuarto estaba como lo habíamos dejado, con las dos camas extendidas y una pantufla de mi mamá junto a la puerta. Mi abuela se quedó varios días con mi tía. Después regresó a su casa. Era su casa y le costaba mucho dejarla. Nosotras seguimos visitándola, pero ya regresábamos por la tarde. Durante años, mi mamá evitó hablar de lo que había visto. Cuando yo insistía, me decía que recordaba una espalda y una mano levantada junto a mi almohada. Nunca supimos quién era aquella mujer.

41:50 Mi abuela tampoco nos dio un nombre. Cada vez que le preguntábamos por alguien que hubiera vivido ahí, terminaba contando cosas de sus hermanas o de vecinos que yo apenas conocía. La casa pasó a manos de un primo cuando ella murió. Remodelaron los cuartos y cambiaron las camas. Yo ya estaba casada para entonces. Ahora tengo una hija con el pelo largo. Algunas noches me pide que se lo trence antes de dormir. Siempre le pido que se siente frente a mí. Mientras la peino, seguimos platicando. El recado de la radio Mi primer trabajo en una estación de radio fue contestando llamadas y anotando dedicatorias. Era una estación pequeña. Teníamos una cabina, una oficina y un cuarto donde guardábamos discos, cables y papeles que nadie se decidía a tirar. Yo tenía 22 años y estaba aprendiendo a operar los controles. Los domingos me dejaban acompañar a Lisandro que llevaba muchos años al aire.

42:53 Él hablaba, yo buscaba las canciones y le pasaba las hojas con los mensajes. En noviembre de 1997 hicimos un programa para que la gente recordara a sus familiares. Llegaban señoras con fotografías, músicos que querían dedicar una canción y personas que solamente dejaban escrito el nombre de alguien. A mí me tocaba preguntar quién mandaba el saludo y para quién era. Después acomodaba las peticiones según iban entrando. El 2 de noviembre llegué después de comer. Lisandro ya estaba en la cabina. Sobre la mesa tenía un plato de pan y una taza que alguien le había llevado desde temprano. Me pidió que contestara porque el teléfono llevaba rato sonando.

43:37 La primera llamada fue de un señor que quería escuchar una canción para su esposa. La siguiente era de una muchacha preguntando hasta qué hora estaríamos recibiendo mensajes. Después llamó una mujer mayor. Hablaba despacio y parecía tener el teléfono un poco lejos. Me preguntó si podía mandar un recado. Tomé una hoja.— Dígame para quién es. Le pedí. Me dio un nombre completo. Octavio Méndez Salas. Lo anoté. Después dijo que quería pedirle que se fuera con su hermana. Yo pensé que hablaba de una reunión familiar. En esas fechas, mucha gente llegaba de fuera y utilizaba la estación para localizar parientes. Le pregunté quién mandaba el mensaje.— Su mamá.

44:23 Me respondió la señora. Escribí eso debajo del nombre. Le pedí el nombre de ella. La mujer tardó un poco en contestar. Beatriz Salas, me dijo. Luego agregó que Raquel lo estaba esperando y que ya era hora de regresar. Yo le pregunté si quería alguna canción. Me dijo que solamente pasara el recado. Antes de colgar, me pidió que lo leyéramos pronto. Se escuchaba preocupada. Le dije que se lo iba a pasar al locutor en cuanto terminara la canción. Lisandro recibió la hoja, la miró y leyó el mensaje. Dijo que la señora Beatriz Salas le pedía a su hijo Octavio Méndez que regresara con su hermana Raquel. Después puso otro disco. Yo seguí contestando llamadas. Pasó cerca de una hora. Una mujer llegó a la estación y preguntó quién había hablado por teléfono. Estaba agitada. Había dejado una bolsa sobre una silla y seguía mirando hacia la puerta de la cabina. Le pregunté cuál llamada. Me dijo el nombre de Octavio. Busqué la hoja entre las peticiones que ya habíamos pasado. Cuando se la mostré, la mujer la tomó con las dos manos. Era Raquel, la hermana mencionada en el recado. Me preguntó si conocía a la persona que había llamado. Le expliqué que solamente había hablado con ella por teléfono. Quiso saber si la voz era de una mujer joven o mayor. Le dije que me había parecido una señora grande. Raquel se sentó. Su mamá había muerto el 21 de octubre. Yo volví a mirar la hoja.

45:56 El nombre completo estaba escrito con mi letra. Debajo había puesto, su mamá, que se vaya con Raquel. Me pidió que le repitiera todo lo que la mujer había dicho. Se lo conté despacio. Lisandro terminó de dar unos anuncios y salió de la cabina. Le expliqué por qué estaba ahí la señora. Él conocía a Octavio de vista. Había trabajado un tiempo en un taller cerca de la estación. Raquel nos contó que su hermano estaba pasando muy mal la muerte de su mamá. Vivía con ella y la había cuidado durante los últimos meses. Después del entierro, casi no salía de la casa. Había faltado al trabajo y llevaba días comiendo a deshoras. Aquella mañana había ido al panteón.

46:41 Su hermana le propuso acompañarlo, pero él quiso ir solo. Quedaron en verse para comer. Cuando pasó la hora, Raquel pensó que seguía allá. Todavía estaba preparando unas cosas cuando escuchó el recado en la radio. Su vecina tenía el aparato encendido junto a una ventana. Al oír el nombre de su mamá, salió a la calle para preguntar qué habían dicho. La vecina le repitió el mensaje. Raquel fue primero a la casa donde su hermano había vivido con su mamá. Como estaba cerrada, se dirigió a la estación. Lisandro le preguntó si alguien de la familia podía haber hecho la llamada. Ella dijo que iba a preguntar. Tenía dos tías y varios primos. Cualquiera podía saber que Octavio estaba en el panteón. Lo que la había asustado era escuchar que el recado venía de su mamá. Raquel quería ir a buscar a su hermano antes de que oscureciera.

47:34 Yo estaba por terminar el turno. Le ofrecí acompañarla. Nos fuimos en su coche. Durante el trayecto me preguntó otra vez cómo sonaba la voz. Le contesté lo mismo. Era pausada, un poco cansada. Yo jamás había escuchado hablar a su mamá, así que había poco más que pudiera decir. En el panteón todavía quedaban familias recogiendo platos y acomodando flores. Raquel me llevó hasta la sepultura. Octavio estaba sentado en un banquito, con una chamarra sobre las piernas. A su lado había un radio pequeño. Tenía la cara enrojecida y los ojos hinchados. Su hermana se agachó frente a él y le pidió que se levantara. Octavio miró el radio.« Ya escuché», le dijo a Raquel. Ella comenzó a llorar. Yo me quedé a unos pasos, sin saber si debía acercarme. Octavio recogió una bolsa de plástico y apagó el aparato. Le preguntó a su hermana quién había hablado. Raquel me señaló. Me presenté y le expliqué que yo había recibido la llamada.

48:40 Él quiso saber si la mujer se había identificado. Le dije el nombre que me había dado. Octavio apretó la bolsa contra el pecho. Dentro llevaba unos platos, una botella y la servilleta con la que había cubierto la comida. Nos tardamos un poco en salir. Él caminaba despacio. Varias veces volteó hacia la sepultura. En el coche se quedó con el radio sobre las piernas. Raquel me llevó de regreso a la estación y después se fue con su hermano. Aquella tarde hicimos algunas llamadas. Preguntamos a las tías y a dos primas cuyos números nos dejó. Todas dijeron que habían escuchado el programa o que se enteraron después. Ninguna aceptó haber enviado el mensaje. La llamada entró al teléfono de la oficina. En aquella época nosotros solamente levantábamos el auricular y atendíamos. El programa tampoco se había grabado completo.

49:36 Durante los días siguientes pensé que alguien iba a presentarse para aclararlo. Podía haber sido una conocida de la señora, una vecina preocupada o alguien que hubiera querido ayudar de una manera torpe. Nadie fue. Octavio regresó a la estación algunas semanas después. Ya había vuelto al taller. Llevaba una caja con pan para Lisandro y para mí. Me pidió que le enseñara la hoja del recado. Yo la había guardado dentro de una carpeta. La leyó varias veces. Después me preguntó si podía llevársela. Se la entregué. Antes de irse, quiso saber si su mamá había dicho algo más. Le conté que había pedido que pasáramos el mensaje pronto. Él se quedó mirando el papel. Yo había llevado todo para quedarme ahí hasta la mañana, me dijo Octavio. Se refería a la chamarra, la comida y el radio. Raquel lo esperaba para comer en su casa. Aquella noche terminaron cenando juntos.

50:34 Yo seguí trabajando en la estación otros seis años. Recibí muchas llamadas que olvidé al poco tiempo. Todavía recuerdo cómo escribí aquel nombre y cómo la señora esperó en silencio mientras yo le aseguraba que íbamos a leer su recado. Los hombres de la tumba nueva Trabajé dos temporadas de día de muertos en un panteón. Tenía 20 años y el encargado era amigo de mi tío. Mi trabajo consistía en cargar cubetas, recoger basura y ayudar a las personas mayores a mover las macetas. Durante esos días se ganaba bien con las propinas. Había familias que llegaban con tablas, pintura, comida y tantos arreglos que necesitaban varias vueltas desde la entrada. El encargado se llamaba Gonzalo. Él llevaba las llaves, revisaba los papeles y hablaba con las familias cuando había algún problema. Yo estaba ahí para ayudar. En 2008 me pidió quedarme hasta tarde el 2 de noviembre. Habían dejado montones de bolsas junto a los pasillos y quería que al día siguiente la entrada estuviera limpia. Me ofreció pagarme aparte esas horas.

51:45 Gonzalo se fue poco después de las 9. Su esposa estaba enferma y necesitaba regresar a su casa. Antes de irse me explicó qué portón debía cerrar primero y dónde tenía que dejar las llaves. El panteón todavía tenía algunas familias adentro. Yo fui avisándoles que estábamos por terminar. La mayoría comenzó a recoger sus cosas. Cerca de las diez acompañé a una señora hasta la salida. Había olvidado un bastón junto a una jardinera y me tardé unos minutos en encontrarlo. Cuando regresé a los pasillos, escuché golpes de metal. Venían de una zona donde había sepulturas nuevas. Pensé que alguna familia estaba quitando una reja o asegurando un adorno.

52:30 Me acerqué con la lámpara. Vi a dos hombres junto a una tumba. Uno sostenía una barra, el otro tenía una bolsa de herramientas abierta en el suelo. La loza estaba levantada de una orilla. Les dije que ya íbamos a cerrar. El que sostenía la barra me respondió que Gonzalo les había dado permiso. Me mostró una hoja doblada. Alumbré el papel. Tenía sellos, una fecha y el nombre de una persona. Yo apenas sabía distinguir los documentos que utilizaban ahí. Le pregunté por qué estaban abriendo. Dijo que iban a mover una caja y que tenían que aprovechar porque la familia venía de lejos. Me pareció raro que Gonzalo se hubiera ido sin avisarme. Le pedí que esperara mientras lo llamaba. El hombre guardó la hoja. Él ya sabe, me respondió. Su compañero seguía trabajando. Metió la barra debajo de la loza y la movió otro poco. El olor salió por la abertura. Yo había estado cerca de entierros.

53:34 Conocí el olor de las flores que llevaban varios días y el de la tierra húmeda. Aquello me hizo retroceder. Reconocí la tumba por una maceta azul que estaba junto a la cruz. Habían enterrado ahí a un hombre unas semanas antes. Su esposa y un niño habían ido varias veces mientras yo limpiaba por esa zona. Esa misma tarde les había prestado una escoba. La señora me dio una moneda para que les ayudara a cargar una cubeta de agua. Ahora, la maceta estaba tirada de lado. Le pregunté al hombre si venía con ella. Se quedó mirándome. El que estaba agachado dejó de mover la barra. Yo volví a decir que iba a llamar a Gonzalo. Saqué mi teléfono. El hombre dio un paso hacia mí. Primero alúmbranos aquí, me pidió.

54:23 Me señaló la abertura. Di madera debajo de la loza y una tela oscura atorada entre dos piezas. El otro hombre metió la mano. Yo bajé el teléfono sin marcar. Tenía miedo de que me lo quitaran. Le dije que necesitábamos una lámpara más grande porque la mía ya estaba fallando. Era cierto que alumbraba poco, aunque todavía tenía pila. El hombre me preguntó dónde la guardábamos. Señalé hacia la entrada. Me dijo que fuera por ella y regresara rápido. Comencé a caminar. Al principio traté de hacerlo normal. Escuchaba mis zapatos sobre la grava y esperaba que alguno viniera detrás. Cuando doblé hacia el pasillo principal, corrí. El portón de la entrada seguía abierto porque todavía estaba sacando basura. Crucé y llegué a una tienda donde habían estado vendiendo comida durante todo el día. La señora estaba lavando un caso.

55:16 Le pedí que me dejara entrar y llamara a la policía. Yo marqué a Gonzalo. Me contestó después de varios tonos. Le pregunté si había autorizado abrir una tumba. Su respuesta me hizo empezar a temblar. Me pidió que le dijera exactamente dónde estaba. Le conté lo que había visto. Gonzalo comenzó a hablarle a alguien que estaba con él. Luego me ordenó que me quedara en la tienda y que cerraran. La señora bajó a media su cortina. Desde ahí alcancé a ver a uno de los hombres salir por el portón. Traía la bolsa de herramientas, miró hacia los puestos, se quedó unos segundos bajo la luz de la entrada y después caminó hacia una calle lateral. Yo me agaché detrás del mostrador. La señora le dijo a su marido que fuera a buscar al vigilante de un estacionamiento cercano. Gonzalo llegó antes que la policía, acompañado de su hermano. Quería entrar inmediatamente, pero la señora de la tienda le pidió que esperara. Yo le conté otra vez lo de la hoja.

56:14 Gonzalo me dijo que cualquier movimiento de restos se programaba con la familia y que él habría tenido que estar presente. Aquellos hombres habían esperado a que se fuera. Entramos cuando llegaron los agentes. Yo le señalé el camino, pero me quedé varios metros atrás. Alumbraron la tumba. La loza estaba atravesada sobre una esquina. La caja de abajo tenía una parte de la tapa levantada. Uno de los policías me pidió que regresara a la entrada. Obedecí. Pasé el resto de la noche sentado en una silla de plástico, contestando las mismas preguntas. Gonzalo buscó los datos de la familia. Escuché parte de la llamada que hizo a la esposa.

56:56 Le dijo que había ocurrido un problema y que necesitaba que acudiera acompañada. La señora llegó con dos hombres de su familia. El niño venía dormido en el asiento trasero del coche. La mamá del niño me reconoció cuando me acerqué al portón. Me preguntó si yo había estado ahí. Le dije que sí. Quería saber si habían tocado a su esposo. Yo había visto la mano entrar por la abertura. Me costó mucho contestarle. Le dije que la policía estaba revisando. Después se la llevaron hacia los pasillos y yo me quedé junto al coche para esperar con el niño. despertó antes de que regresara su mamá. Me preguntó por qué estaban ahí de noche. Le dije que había surgido un problema con la tumba. Se quedó abrazado a una chamarra.

57:45 Nunca supimos con certeza qué buscaban aquellos hombres. La familia revisó lo que pudo y puso la denuncia. La hoja que me habían mostrado se la llevaron con ellos. Gonzalo pensaba que habían observado el movimiento de esos días y que sabían que, al final, iba a quedar solamente un muchacho. Yo también lo creo. Pasé varias noches recordando el momento en que les dije que iba a buscar una lámpara. Ellos me dejaron caminar hasta el pasillo. Todavía me pregunto si me creyeron o si estaban tan ocupados que tardaron en reaccionar. La familia decidió trasladar los restos a otro lugar. Gonzalo les ayudó con los trámites y estuvo presente cuando se hizo el trabajo. Yo fui ese día porque me lo pidió. La señora llevó la misma maceta azul. Estaba despostillada por el golpe, pero la había lavado y le puso flores nuevas. La ayudé a subirla al coche. El niño se sentó junto a ella y la sostuvo durante el camino. La voz del horno En la panadería donde aprendí a trabajar, los días antes del 2 de noviembre dormíamos por ratos. Entrábamos de madrugada, salíamos unas horas y regresábamos para terminar pedidos. La mayor parte de la semana teníamos harina hasta en los zapatos.

59:08 El dueño se llamaba Rodolfo. Era un hombre paciente, aunque cuando se juntaba el trabajo hablaba poco y señalaba las cosas con la barbilla para que uno entendiera que faltaba. Yo tenía 27 años y llevaba menos de un año con él. Aquella panadería tenía dos hornos. El que usábamos estaba al fondo. El otro, más viejo, se encontraba a un costado y servía para guardar charolas y algunas piezas que ya casi nunca sacábamos. Su puerta era pesada y cerraba con un pasador. Rodolfo me había enseñado dónde colocar el pie para abrirla sin que me golpeara. Yo sacaba cosas de ahí casi todos los días. El primero de noviembre de 2016 trabajamos desde antes del amanecer. Por la tarde llegaron familias que habían salido de las escuelas con niños pintados de calaveras. Algunos entraban a comprar y otros se quedaban viendo el pan desde la banqueta. Una señora perdió de vista a su hijo unos minutos. Lo buscamos entre el mostrador y las cajas. Terminó apareciendo en la tienda de al lado donde estaba mirando unas veladoras. La señora se lo llevó de la mano, regañándolo en voz baja.

1:00:21 Después de eso, seguimos trabajando. Cerramos al público cerca de las diez. La muchacha del mostrador se fue. Rodolfo y yo nos quedamos preparando una entrega para la mañana siguiente. Él estaba en el cuarto donde guardaba los costales. Yo limpiaba una mesa cuando escuché que un niño lloraba. Era un llanto bajo, entrecortado. Al principio pensé en la calle. Me asomé por la puerta que daba al mostrador. La cortina de metal estaba abajo y por las rendijas entraba la luz de los coches. El llanto volvió a escucharse detrás de mí. Venía del horno viejo. Me acerqué. Había una charola recargada en la puerta. La retiré y llamé a Rodolfo. Él contestó desde el cuarto de los costales.

1:01:09 Le dije que parecía haber un niño adentro. Salió limpiándose las manos en el pantalón. Se quedó junto a mí. Los dos escuchamos un sollozo. Rodolfo soltó el pasador. Abrió la puerta con cuidado y se agachó. Dentro había varias charolas apiladas y una bolsa con piezas de metal. Sacó la primera pila y la dejó en el suelo. Yo alumbré con mi teléfono. La cavidad era baja. Había que agacharse mucho para alcanzar el fondo. Rodolfo pasó una mano detrás de las charolas que quedaban y fue sacándolas de una en una. Encontró una caja vacía, una pala vieja y polvo. Le pregunté si podía haber una abertura hacia otro cuarto. Me dijo que detrás estaba la pared. Volvimos a escuchar al niño. El sonido salió desde dentro. Rodolfo se enderezó tan rápido que se pegó en el hombro con el borde de la puerta. Nos quedamos mirándonos. Yo sentí calor en la cara. Él tomó mi teléfono y volvió a alumbrar. La luz llegaba hasta el fondo. Le habló a quien estuviera ahí. Preguntó cómo se llamaba. Se oyó una aspiración larga, como cuando un niño intenta dejar de llorar. Después, una voz dijo que estaba atorado. Rodolfo bajó el teléfono. Yo me agaché. Quería ver entre las junturas de los ladrillos. Pensé que, tal vez, el sonido llegaba de algún espacio detrás del horno. La voz me pidió que me acercara. Apoyé una mano en el borde

1:02:39 y metí la cabeza lo suficiente para mirar hacia arriba. Olía a polvo caliente y a las charolas guardadas. El llanto se escuchó muy cerca de mi oído izquierdo. Me aparté. Rodolfo me sostuvo del brazo para que pudiera levantarme sin golpearme. Le dije que parecía estar junto a mí. Él tomó una lámpara que guardaba sobre un estante. Volvió a revisar mientras yo alumbraba desde el otro lado. La voz comenzó a llamar a su mamá. Yo pensé en el niño que habían buscado por la tarde. Le pregunté a Rodolfo si podía ser él. Rodolfo me recordó que lo habíamos visto salir con la señora. Aún así, caminó hasta el mostrador y levantó un poco la cortina para mirar la calle.

1:03:22 Mientras estuvo allá, el llanto se detuvo. Yo me quedé frente al hormo abierto. Tenía el teléfono en la mano y estaba buscando qué hacer. La voz volvió a hablar. Más adentro,« Aquí estoy», me dijo desde el fondo. Me agaché otra vez. Esta vez vi el interior completo. Podía contar las marcas de las charolas sobre el piso y distinguir un pedazo de cartón pegado a una esquina. La voz parecía salir de detrás de mi propia luz. Moví el teléfono a un lado. El llanto se acercó. Saqué la mano y retrocedí hasta chocar con la mesa. Rodolfo regresó. Le dije que había que llamar a alguien. Él también estaba asustado. Se le notaba en la forma de respirar y en que llevaba varios minutos apretando la lámpara sin cambiarla de mano. Llamó a su hermano que vivía a unas calles. Mientras esperábamos, dejó abierta la puerta del horno.

1:04:17 Nos sentamos junto al mostrador. Desde ahí seguimos escuchando al niño durante varios minutos. A ratos parecía que hablaba con alguien. Luego volvía a llorar. Cuando llegó el hermano de Rodolfo, los sonidos se habían detenido. Revisó el horno, golpeó la pared de atrás y salió al patio para mirar el muro exterior. Nos preguntó si podía hacer una broma. Rodolfo le entregó la lámpara y le pidió que se quedara un rato. Permanecimos los tres en la panadería. El hermano llamó a un vecino que tenía un negocio pegado al nuestro, para preguntarle si había gente trabajando del otro lado. El señor fue hasta su local y abrió. Revisaron los cuartos contiguos.

1:04:59 Yo seguía sentado cerca del mostrador. Había una charola con piezas de pan esperando que continuáramos. La masa se estaba pasando y teníamos un pedido comprometido. Rodolfo la miró y me dijo que esa noche ya habíamos terminado. Guardamos lo que pudimos. Antes de cerrar, él regresó al horno viejo y acomodó el pasador. En cuanto lo hizo, alguien golpeó la puerta desde adentro. Un golpe seco. Rodolfo soltó el metal. Su hermano estaba a un par de pasos y también lo escuchó. Los tres miramos la puerta. Rodolfo volvió a abrirla. La luz de la lámpara entró hasta el fondo. Aquella vez esperamos varios minutos. Salimos cerca de las dos. Rodolfo y su hermano me llevaron a mi casa. Yo vivía solo y me costó entrar. Dejé prendida la televisión y me acosté con los zapatos puestos. Regresamos a trabajar por la mañana cuando ya había clientes. Rodolfo mandó revisar el espacio del horno y sacó todo lo que tenía guardado.

1:06:04 Las charolas quedaron en un estante del patio. Durante un tiempo mantuvo esa puerta asegurada. Yo trabajaba mirando hacia ella. Cada golpe de una charola o el llanto de un niño en la calle me hacía detener las manos. Los pedidos siguieron saliendo. Llegó diciembre y empezamos con otras piezas. Nunca encontramos a una persona dentro del horno. Tampoco apareció alguien que dijera haber hecho una broma. Rodolfo cerró la panadería algunos años después cuando se jubiló. Yo me fui a trabajar con uno de sus sobrinos. El horno viejo se quedó en el local. El día que sacamos las últimas mesas, Rodolfo me pidió que revisara si faltaba algo.

1:06:46 Le dije que yo ya había recogido mis cosas. Él miró hacia la puerta de metal y después bajó la cortina. Las charolas viejas se fueron a la basura. Mi fotografía entre los muertos En 2018 llevaba nueve meses separada de mi esposo. Tenía 36 años y trabajaba en una oficina cerca del centro. Había rentado un departamento pequeño donde vivía con mi mamá. La separación había sido difícil. Mi esposo se presentaba en mi trabajo. Me llamaba desde otros números y preguntaba por mí a conocidos con los que llevaba años sin hablar. Yo había cambiado las cerraduras de la casa donde vivíamos antes de entregarla. También había dejado una constancia de las amenazas que me mandó durante las primeras semanas.

1:07:38 Con el tiempo, las llamadas disminuyeron. Eso me permitió empezar a pensar en otras cosas. A finales de octubre ayudé a unas compañeras a preparar una ofrenda en la oficina. Llevé fruta y una fotografía de mi abuelo. Me gustó acomodarla porque él había sido una persona tranquila y yo llevaba mucho sin detenerme a recordarlo. El 2 de noviembre salí a comer con Vera, una compañera. Íbamos hacia una fonda cuando ella me pidió detenerme. En una pequeña plaza habían puesto una ofrenda comunitaria. Había retratos de vecinos, veladoras dentro de vasos y tarjetas con nombres escritos a mano. Mi fotografía estaba ahí. La habían colocado entre la de un señor mayor y la de una mujer con uniforme de enfermera. Yo aparecía sonriendo. Era una imagen que me habían tomado años antes durante una comida familiar. Me acerqué.

1:08:33 Debajo estaba mi nombre completo. También habían puesto un moño negro. Vera tomó mi brazo. Yo seguía mirando la fotografía tratando de reconocer de dónde la habían sacado. Era una foto recortada. En la original estaba junto a mi esposo. Recordé su camisa porque la había comprado yo. Busqué a la persona encargada de la ofrenda. Una señora estaba acomodando flores cerca de una mesa. Le señalé mi retrato. y le dije que era yo. Al principio sonrió, pensando que le hablaba de algún parecido. Después miró la fotografía y volvió a mirarme. Le pregunté quién la había entregado. La señora se puso nerviosa.

1:09:15 Dijo que habían recibido retratos durante varios días. Los familiares los llevaban con el nombre y en algunos casos con alguna pertenencia. Fue a buscar una caja donde guardaba los sobres. Yo retiré mi fotografía. Detrás había una bolsa pequeña con una blusa doblada. La reconocí antes de abrirla. Era una blusa verde que había dejado en la casa de mi esposo cuando me fui. No había vuelto por ella. La señora encontró una hoja de registro. Mi nombre estaba escrito en uno de los renglones. En el espacio de parentesco decía esposa. La entrega la había recibido otra voluntaria. Según recordaba, un hombre había llevado la fotografía junto con la bolsa y había pedido que pusieran ambas cosas en la ofrenda.

1:10:02 Vera comenzó a hablar con la señora. Yo me alejé unos pasos para llamar a mi mamá. Me contestó desde el departamento. Le pregunté si alguien había ido a buscarme. Me dijo que todo estaba tranquilo. Le pedí que cerrara la puerta y que esperara a que yo regresara acompañada. Después hablé a la oficina para avisar que iba a tardarme. Vera tomó fotografías del altar, de la hoja y de la bolsa. La encargada nos entregó todo lo relacionado conmigo. Estaba muy apenada. Decía que jamás se le habría ocurrido pedirle a un hombre que demostrara que su esposa había fallecido. La entendí. aunque en ese momento me costaba hablarle sin que se me quebrara la voz. Fuimos a pedir orientación con los papeles y los mensajes que yo todavía conservaba de mi esposo. Nos atendieron, escucharon lo ocurrido y agregaron la información a lo que yo ya había reportado. Pasé buena parte de la tarde sentada sujetando la bolsa de la blusa. Me daba asco tenerla encima. Había sido una prenda que usaba para ir al trabajo. Ahora olía al lugar donde él la hubiera guardado durante aquellos meses. Mi hermano fue por nosotras. Primero dejamos a Vera y después fuimos al departamento. Mi mamá se asustó cuando vio mi cara.

1:11:20 Le conté que él había llevado mi fotografía a una ofrenda como si yo estuviera muerta. Ella se sentó en la sala. Durante unos minutos, ninguno de los tres dijo nada. Mi hermano se quedó esa noche. Bajó por comida y revisó que el portón del edificio cerrara bien. La chapa había estado fallando desde hacía semanas. Yo guardé los papeles en una carpeta. Cerca de las nueve sonó mi teléfono. Era un número que no tenía registrado. Contesté porque estaba esperando una llamada relacionada con el reporte. Escuché a mi esposo. Me preguntó si me habían gustado las flores. Colgué. Mi hermano me pidió el teléfono, pero la llamada ya había terminado.

1:12:04 Volvió a sonar. Lo pusimos sobre la mesa y dejamos que siguiera. Entonces mi mamá, que estaba junto a la ventana, se apartó de la cortina. Él estaba abajo. Lo vi desde un lado del vidrio. Permanecía en la banqueta de enfrente con un ramo de cempasúchil envuelto en papel. Llevaba una chamarra que yo conocía. De vez en cuando miraba hacia nuestras ventanas. Yo me había mudado para que dejara de presentarse en mi casa. Aquella noche entendí que sabía dónde vivía. Mi hermano llamó a la policía. Mientras esperábamos, él volvió a marcar. Mandó un mensaje diciendo que quería hablar y que yo estaba exagerando. Después escribió que bajara.

1:12:47 Mi mamá comenzó a llorar en silencio. Se quedó sentada con la mano sobre la boca, mientras mi hermano le explicaba por teléfono al operador que el hombre seguía afuera. Yo tenía ganas de esconderme en el baño. Me daba vergüenza sentir miedo de alguien con quien había vivido tantos años, y al mismo tiempo estaba segura de que no debía abrirle. Una vecina llegó al edificio y él intentó acercarse. Ella entró rápido. Mi hermano gritó desde la ventana para pedirle que cerrara el portón. La señora lo hizo. Mi esposo levantó la vista. Se quedó mirándonos un rato y luego caminó hacia la esquina. Cuando llegó la patrulla, ya se había alejado. Mi hermano bajó a hablar con los agentes.

1:13:31 Yo los recibí después en la entrada y les mostré la fotografía, los mensajes y la hoja de la ofrenda. Pasamos otra vez por preguntas, nombres y fechas. Dormí en casa de mi hermano esa noche. Mi mamá se fue con nosotros. Durante las semanas siguientes cambié horarios. Pedí que dejaran de dar información sobre mí y busqué otro lugar donde vivir. Mi hermano me acompañó a recoger las cosas más pesadas. La blusa quedó guardada con los documentos. Todavía estaba dentro de la misma bolsa cuando se la entregué a la persona que me ayudó con el asunto. El hombre que había sido mi esposo siguió diciendo que se trataba de una manera de llamar mi atención. Yo había tenido mi fotografía entre retratos de personas muertas, con mi nombre completo y una prenda que él conservaba. Eso fue lo que conté cada vez que me pidieron explicar por qué tenía miedo. El año siguiente volví a poner la foto de mi abuelo en la oficina. Vera me ayudó a llevar las flores. Mi mamá ya vivía en otro departamento conmigo. Habíamos comprado una mesa usada para el comedor y todavía teníamos algunas cosas dentro de cajas. Aquella noche cenamos ahí por primera vez. Mi teléfono se quedó guardado en un cajón. El animal que abrió el portón Mi familia tenía un pequeño terreno donde criábamos borregos.

1:14:56 Quedaba a las afueras del pueblo, a unos 20 minutos de la casa de mis papás. Había un corral, una bodega y un cuarto donde se podía dormir cuando una hembra estaba por parir o había que quedarse vigilando. Yo empecé a ayudar desde adolescente. En 2001 tenía 25 años y ya conocía las mañas de casi todos los animales. Sabía cuáles empujaban las puertas, cuáles se metían donde guardábamos el alimento. y cuáles había que separar cuando se ponían difíciles. El portón del corral cerraba con un pasador de metal. Mi papá había puesto además un gancho arriba, porque una de las borregas aprendió a levantar el pasador con el hocico. Para abrir, había que soltar primero el gancho y después mover la barra. El 2 de noviembre, mi papá quiso ir a una comida con sus hermanos, después de visitar la tumba de mi abuelo. Yo me ofrecía quedarme con los animales. Habíamos tenido un problema con un perro que entró unos días antes y prefirieron dejar a alguien pendiente.

1:15:55 Mi papá me llevó comida y una chamarra. Antes de irse, me pidió que cerrara bien. Un señor que nos ayudaba, Aníbal, vivía cerca. Si necesitaba algo, podía llamarlo o caminar hasta su casa. Pasé la tarde reparando una manguera. Luego repartí alimento y revisé que hubiera agua. En el cuarto teníamos una mesa, una cama y una parrilla pequeña. Mi mamá había dejado un plato de comida junto a una fotografía de mi abuelo, porque también ahí acostumbrábamos ponerle algo. Yo cené con la puerta abierta. Afuera se escuchaban cohetes lejanos y perros. El nuestro, un perro mestizo que llevaba años en el terreno, se acostó junto a la mesa. Cerca de las diez comenzó a gruñir. Levantó la cabeza y miró hacia el patio. Pensé que había regresado el perro que se metía a molestar. Tomé una lámpara y salí.

1:16:50 Vi un animal junto al portón del corral. Era oscuro, de tamaño parecido al de un perro grande. Estaba agachado, con el hocico cerca de la tierra. Le aventé un grito. Se movió detrás de un poste. Alumbré por debajo del alambre. Los borregos estaban amontonados al fondo. Volví a gritar para espantarlo. El animal asomó la cabeza. Tenía el pelo pegado al cuerpo. Con la luz de la lámpara apenas distinguía una cara larga y unas orejas pequeñas. Busqué una piedra y la lancé hacia el suelo cerca de él. Se alejó unos pasos. Yo regresé al cuarto por una pala. El perro se había metido debajo de la mesa. Le hablé para que saliera, pero se quedó ahí. Cuando volví al patio, el animal estaba junto al portón. Se levantó sobre las patas de atrás.

1:17:39 Lo primero que pensé fue que intentaba brincar. Después vi que apoyaba una extremidad en el poste y con la otra alcanzaba el gancho. La lámpara me temblaba. Le grité. El animal giró la cabeza hacia mí y se quedó quieto. Tenía una de las patas delanteras apoyada arriba, casi a la altura de mi pecho. Vi los dedos abrirse alrededor del gancho. Lo levantó. Bajó la pata hasta el pasador y movió la barra. Después jaló el portón y lo abrió unos centímetros. Retrocedí. Él también bajó, despacio. Sentí vergüenza de tener miedo de un perro, así que levanté la pala y di varios golpes contra el suelo. El animal se apartó hacia la bodega. Yo avancé hasta el portón y lo cerré. Volví a meter la barra del pasador y acomodé el gancho con las manos temblando. La pala pesaba más de lo normal. Me costaba sostenerla y alumbrar al mismo tiempo. Regresé al cuarto sin darle la espalda a la bodega. Cerré la puerta. El perro seguía debajo de la mesa, respirando con la boca abierta. Llamé a Aníbal.

1:18:47 Le expliqué que había un animal dentro de él. terreno y que estaba tratando de abrir el corral. Me preguntó si era un perro. Le dije que eso parecía. Aníbal respondió que iba para allá. Mientras lo esperaba, escuché las patas sobre la tierra. Se acercaban al cuarto. La puerta tenía una parte de vidrio arriba, cubierta por una cortina. Apagué la luz interior para poder mirar hacia afuera sin que el vidrio me reflejara. Vi pasar una espalda oscura. El animal se detuvo frente a la puerta. Después escuché algo rozar la madera, desde abajo hacia arriba. La manija se movió. Di un paso atrás. El perro comenzó a chillar debajo de la mesa. La manija bajó otra vez.

1:19:34 Yo había puesto el pasador por dentro. Tomé el teléfono para llamar a mi papá. En ese momento, escuché a Aníbal desde la entrada del terreno. Le grité que tuviera cuidado. El animal se apartó de la puerta. Vi su cuerpo pasar frente a la ventana, bajo, casi pegado al suelo. Aníbal traía una lámpara y un palo. Lo alumbró junto a la bodega. Al principio, le gritó como le hubiera gritado a cualquier perro. Luego, dejó de hablar. Yo abrí apenas la puerta para llamarlo. Aníbal caminó hacia mí sin dejar de mirar al animal. Entró al cuarto. Cerré y puse el pasador. Nos quedamos uno frente al otro, respirando fuerte.

1:20:17 Le pregunté qué había visto. Aníbal miró hacia la cortina. Eso estaba agarrado de la orilla del techo. Me respondió. Yo había visto al animal pasar a ras del suelo. La bodega tenía una parte baja de lámina. pero aún así necesitaba levantarse mucho para alcanzar el borde. Aníbal me pidió la llave de la camioneta. Estaba estacionada en el patio cerca del portón de salida. Podíamos llegar por la puerta trasera del cuarto cruzando un espacio donde guardábamos unas cubetas. Quería que saliéramos y fuéramos por mi papá. Yo miré hacia el corral. Los animales seguían amontonados. Le dije que teníamos que sacarlo del terreno. Aníbal me miró de una manera que todavía recuerdo. Ahorita nos vamos nosotros, me dijo.

1:21:08 Busqué las llaves. El perro salió de debajo de la mesa cuando abrimos atrás. Se quedó pegado a nuestras piernas. Aníbal caminó primero, alumbrando el patio. Yo llevaba la pala. Llegamos a la camioneta. El animal estaba junto a la puerta principal del cuarto. Lo vimos desde un costado. Tenía el cuerpo levantado y una extremidad apoyada sobre la pared. La otra estaba cerca de la manija. Aníbal lo alumbró. El animal volteó. Yo vi el pecho, las patas largas y la cabeza inclinada. Me costaba acomodar en la vista lo que estaba viendo. Parecía un perro parado, pero la forma de sostenerse contra la pared era la de alguien esperando que le abrieran. Aníbal me quitó la pala, me pidió que subiera al perro y encendiera la camioneta. Él abrió el portón de salida. Tardó porque el candado se atoraba y tuvo que alumbrarlo de cerca. Yo seguía mirando por el parabrisas. El animal bajó de la pared. Dio unos pasos hacia nosotros. Toqué el claxon. Se detuvo. Aníbal regresó corriendo y subió. Salimos con el portón abierto. El perro iba encogido en el piso de la cabina entre nuestras piernas. Encontramos a mi papá en casa de un tío.

1:22:22 Se enojó cuando le dije que habíamos dejado el terreno abierto y los borregos encerrados con un animal adentro. Aníbal lo hizo sentarse para escuchar. Fue él quien contó lo del techo y la puerta. Yo expliqué lo del gancho. Mi papá dejó de interrumpirnos. Regresamos con él, dos de mis tíos y una camioneta más. Llevaban lámparas, palos y una cuerda. El portón seguía abierto. Los borregos estaban dentro del corral. El gancho había quedado como yo lo puse. Revisamos la bodega, el cuarto y el espacio detrás de los tinacos. En la puerta del cuarto había varias marcas recientes. Podían verse las partes claras de la madera. El animal se había ido. Mi papá y uno de mis tíos se quedaron hasta el amanecer. Aníbal me llevó a casa.

1:23:10 Mi mamá me abrió y, al verme, dejó de preguntarme por qué había regresado tan temprano. Me senté en la cocina y le conté todo. Mientras hablaba, ella me puso una taza entre las manos. Al día siguiente, reforzaron el portón del corral y cambiaron la manija del cuarto. Mi papá decía que quizá habíamos visto un animal enfermo. Aníbal le contestó que él había visto cómo se sostenía del techo. Nunca se pusieron de acuerdo. Yo tampoco pude explicarlo. Seguimos trabajando ese terreno muchos años. Había que alimentar a los animales, reparar cosas y sacar adelante lo que teníamos ahí. La comida que mi mamá había dejado junto a la foto de mi abuelo terminó llevándosela a la casa. Al siguiente noviembre puso la ofrenda en su comedor. Mi papá fue al terreno temprano y regresó antes de que cenáramos. Desde entonces nos organizamos así.