Desobedecí A Mi Familia Y Vi Al Nahual Que Cuidaba El Rancho - Historias De Terror - REDE
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0:05 Yo tenÃa 14 años cuando lo vi por primera vez en el rancho de mi familia. Desde que era niño me repetÃan la misma regla. Después de las 9 de la noche nadie salÃa al patio, nadie iba al corral, nadie se acercaba a la bodega, ni caminaba por la parte de atrás de la casa. Esa regla no se discutÃa. Mi abuela la decÃa en la cena y mi padre la repetÃa antes de cerrar la puerta. Si alguno preguntaba por qué, la respuesta siempre era la misma. Ya era hora de entrar y de quedarse adentro. Durante mucho tiempo obedecà sin pensar demasiado. Luego empecé a crecer y la regla me empezó a molestar. Yo veÃa el rancho de dÃa y no encontraba nada raro. HabÃa trabajo desde temprano, gente entrando y saliendo, animales en su lugar, herramientas regadas, ruido en el patio y movimiento en la cocina. Todo era normal.
1:04 En la noche cambiaba la rutina. Cerraban puertas, atravesaban la tranca y apagaban casi todas las luces. Nadie se quedaba afuera, ni los peones, ni los hombres que pasaban el dÃa completo en el corral. Todos entraban antes de que la casa quedara cerrada. A mà eso me parecÃa exceso. Pensaba que querÃan meternos miedo para que no anduviéramos de curiosos. Una vez le pregunté a mi abuela por qué insistÃa tanto y me dijo que en ese terreno pasaban cosas desde antes de que yo naciera y que todavÃa no me tocaba saberlas. Le pregunté a mi padre y me contestó que esa regla existÃa por algo y que yo la iba a respetar mientras estuviera bajo su cuidado. No me dieron más. Yo me quedé con la idea de que estaban sosteniendo una historia vieja para mantener el orden.
1:59 El dÃa que desobedecÃ, estaba en el rancho por vacaciones. HabÃa ido con mi padre para ayudarle en trabajos sencillos. Esa tarde llegó mi primo Ernesto. Ãl era mayor que yo por tres años y tenÃa la costumbre de burlarse de todo. En la cena, cuando mi abuela volvió a decir que nadie saliera, él bajó la voz y dijo que ya estaba harto de la misma advertencia. Dijo que solo asustaban a los muchachos para que no estorbaran. Después, ya en el cuarto, me propuso salir un rato y ver qué habÃa en realidad. No querÃa dar vueltas por todo el rancho, solo querÃa asomarse al patio y llegar a la esquina de la bodega. Acepté porque yo también querÃa quitarme esa duda de encima. Esperamos a que la casa se quedara en silencio. No hablamos mucho, oÃamos pasos de un cuarto a otro. El ruido de una silla arrastrándose, la puerta de la cocina, un vaso sobre la mesa, y después nada. Cuando ya no se oyó movimiento, abrimos la ventana del cuarto y salimos por ahÃ. CaÃmos al pasillo.
3:05 Sentà el piso frÃo en las plantas de los pies. El aire estaba quieto y habÃa olor a tierra húmeda y a pelo mojado. Lo primero que noté fue la ausencia de los perros. Siempre dormÃan cerca de la casa. pero esa noche no se oÃa ni uno, caminamos pegados a la pared hasta la esquina, Ernesto se asomó primero, se quedó quieto y luego me hizo una señal con la mano, yo pensé que iba a reÃrse y a decirme que no habÃa nada, me asomé y entonces lo vi, estaba a unos metros entre el patio y el borde del corral, tenÃa forma humana pero no era un hombre, Era más alto, más ancho y estaba cubierto de pelo oscuro.
3:50 Los brazos le colgaban demasiado. Las piernas también eran largas y gruesas. Caminaba sobre dos patas y se movÃa con cuidado. Bajaba la cabeza, olÃa el suelo y luego volvÃa a levantarla. En una vuelta mostró el perfil y le vi la cara. Ahà se me acabó la idea de que todo era invento. La cabeza tenÃa rasgos humanos, pero deformados. La boca sobresalÃa y dejaba ver dientes largos y chuecos. No eran colmillos parejos, eran dientes grandes, irregulares, salidos hacia adelante. Las manos terminaban en dedos largos con garras claras. Los hombros eran anchos. El pecho subÃa y bajaba con fuerza, y en un lado del torso se veÃa una cicatriz larga. La piel asomaba entre el pelo en algunas partes del cuello y del pecho. Yo me quedé inmóvil y Ernesto también. Nos pegamos más a la pared y seguimos mirando. Esa cosa pasó junto al bebedero, bajó la cara, olió el suelo y luego levantó la cabeza hacia el monte. Después soltó un sonido bajo. No era voz humana, no era ladrido.
5:00 Era un sonido corto, ronco y seco. En ese momento, sentà el sudor en las manos y un vacÃo en el estómago. Ya no pensaba en descubrir nada. QuerÃa volver al cuarto y cerrar la ventana. Movà la mano para jalar a Ernesto, pero la criatura giró la cabeza hacia nosotros. Se quedó quieta, apuntó la cara directo a la esquina donde estábamos y después dio un paso, luego otro. Yo le vi los ojos, eran hundidos, abiertos y fijos, pero no tenÃan expresión humana. Ernesto me agarró del brazo y empezamos a retroceder despacio, sin dejar de verla. Yo caminaba viendo a la criatura y no miré el suelo, asà que le pegué a una cubeta con el pie. El golpe sonó fuerte en el silencio del patio. La reacción fue inmediata. La criatura se enderezó. Abrió la boca por completo, enseñó todos los dientes y soltó un alarido corto. Luego vino hacia nosotros. Corrió sobre las dos piernas, se inclinó hacia adelante y abrió los brazos. Las garras iban al frente.
6:11 Ernesto arrancó primero, me empujó hacia la ventana y me dijo que corriera. Yo salà detrás de él pegado a la pared y escuché los pasos de la criatura a mis espaldas. Eran rápidos, pesados y seguidos. llegamos al cuarto casi al mismo tiempo Ernesto se metió por la ventana yo subà detrás pero antes de entrar sentà un golpe en la pared a la altura de mi cabeza saltó yeso pero alcancé a meterme y caà de lado sobre el piso afuera esa cosa respiraba fuerte se quedó junto a la ventana oà que olÃa el marco y después arañó la pared las uñas rasparon el yeso con fuerza Yo seguÃa en el suelo sin poder levantarme del todo.
6:58 Ernesto también estaba tirado, buscando aire. Ninguno habló, pues no hacÃa falta. Los dos entendÃamos que habÃamos visto algo real y que lo tenÃamos a unos pasos. La criatura no entró por la ventana. Se movió hacia un lado y empezó a rodear la casa. Los pasos se alejaron por el pasillo y, en ese momento, se oyó la voz de mi abuela desde el otro lado de la casa. Pegó un grito seco y gritó para despertar a los demás. Gritó con fuerza y con coraje. Ahà entendà algo que me dejó frÃo en ese instante. Ella no estaba adivinando. Ella ya sabÃa lo que andaba afuera. Mi padre abrió la puerta del cuarto de golpe. TraÃa la escopeta en una mano y la lámpara en la otra. Apenas nos vio tirados en el piso, entendió lo que habÃa pasado.
7:50 No preguntó nada. Nos ordenó que nos pegáramos al suelo y que no saliéramos por ningún motivo. Detrás de él entró mi tÃo Julián con el machete ya en la mano. Mi abuela llegó después con una bolsa de tela. Los tres se movieron con rapidez y sin discusión. En ese instante entendà algo que me dejó frÃo. Ellos ya sabÃan qué hacer, porque no era la primera vez. Yo estaba junto a la cama. y, desde ahÃ, alcanzaba a ver parte del patio por la puerta abierta. Mi padre se plantó en el umbral y levantó la lámpara. La luz recorrió el suelo, la pared y la esquina de la bodega.
8:31 En ese momento, una sombra cruzó por un lado y se perdió fuera del cÃrculo de luz. Mi tÃo quiso avanzar, pero mi abuela lo frenó con una sola frase. Le dijo que no saliera de la luz. No levantó la voz, no dudó, solo abrió la bolsa y empezó a regar sal en la entrada, y debajo de la ventana por donde habÃamos entrado Ernesto y yo. Yo no entendÃa nada, pero me quedé callado. Ella actuaba con la seguridad de quien ha repetido eso otras veces. Afuera se oyó un golpe seco contra la pared, luego vino otro, y después salió un gruñido largo. Mi padre no disparó, se quedó inmóvil con la lámpara firme, y mi tÃo apretó el machete con las dos manos. Ernesto estaba a mi lado, temblaba y respiraba por la boca. Yo también temblaba. Escuchaba mi respiración, la de Ernesto y la de esa cosa afuera.
9:28 El sonido llenaba el cuarto. Luego apareció. Se detuvo en la orilla de la luz, y ahà la vi de frente otra vez y más cerca. TenÃa el cuerpo cubierto de pelo, pero se le alcanzaba a ver la piel en partes del cuello, del pecho y de la cara. La boca estaba medio abierta y los dientes le salÃan hacia adelante. No eran colmillos rectos, eran dientes grandes, disparejos y húmedos. Los brazos colgaban más abajo de lo normal y las manos terminaban en garras largas. Respiraba fuerte y no apartaba la vista de la puerta. Avanzó dos pasos y se frenó justo antes de la lÃnea de sal.
10:11 Bajó la cabeza, olió el suelo y soltó un gruñido corto. No cruzó, se movió hacia un lado y buscó otro punto. Volvió a acercarse y volvió a detenerse. Mi abuela empezó a rezar en voz baja. Mi padre seguÃa apuntando. Y mi tÃo estaba listo para salir, pero no daba el paso. La criatura recorrÃa la entrada con la vista y con el olfato. MedÃa el espacio, abrÃa y cerraba los dedos, y las garras pegaban entre sà y sacaban un sonido seco. Yo entendà en ese momento que todo estaba pasando por nuestra culpa. Si Ernesto y yo no hubiéramos salido, esa cosa no habrÃa llegado hasta la ventana del cuarto. Vi la escopeta, el machete, vi la cara de mi padre, y pensé en una sola cosa. Alguien iba a morir ahÃ.
11:06 No pensé en cuentos ni en supersticiones. Pensé en una muerte real, en el piso de la casa a unos metros de mÃ. Entonces se oyó otro ruido, esta vez desde el monte. Fue un gruñido más grave, más largo y más lejano. La criatura del patio levantó la cabeza de golpe y respondió con otro sonido. mi padre apretó la quijada y dijo en voz baja que ya habÃa llegado el otro mi tÃo soltó una groserÃa mi abuela cerró la mano sobre el rosario yo no sabÃa quién era ese otro pero bastó verles la cara para entender que la situación acababa de empeorar la criatura giró hacia el fondo del patio y salió de la luz en dos brincos después se oyó el golpe de la cerca y enseguida un choque de cuerpos El ruido fue brutal, se oyó tierra revuelta, golpes secos, gruñidos, ramas quebrándose y un chillido que se cortó de golpe. Los perros empezaron a ladrar desde lejos. Mi padre le hizo una seña a mi tÃo y los dos salieron hacia la parte de atrás. Mi abuela se quedó en la puerta, rezando y mirando hacia el fondo. Yo me arrastré para asomarme mejor.
12:20 No vi toda la pelea, pero alcancé a ver movimiento junto a la cerca rota. La lámpara alumbraba poco hasta allá. Aún asÃ, vi huellas grandes en el patio, marcas de arrastre y gotas de sangre que iban hacia el fondo. No era una sola mancha, eran varias, separadas y frescas. La sangre brillaba con la luz. Mi abuela me vio inclinado en la puerta y me jaló del hombro con fuerza. Me arrastró hasta la cocina y me metió debajo de la mesa. A Ernesto lo metió conmigo y nos dijo que nos saliéramos hasta que ella hablara. No le respondimos y nos quedamos ahÃ. Debajo de la mesa el tiempo se volvió raro. Yo solo escuchaba y afuera siguieron los gruñidos.
13:06 Luego sonó un disparo. Pasaron unos segundos y sonó otro. Después se hizo un silencio pesado. SeguÃan los grillos y el ruido del campo, pero la pelea ya habÃa terminado. Ernesto tenÃa la cara blanca, yo sentÃa las piernas duras y los brazos helados. Pensé en lo que habÃa visto en el patio y no encontraba una explicación normal. No era un perro, no era un hombre y no era un animal que se hubiera metido por casualidad. Era otra cosa y mi familia la conocÃa desde antes. Mi padre tardó en volver, pero cuando por fin entró, traÃa la camisa rota y sangre en una mano. Mi tÃo venÃa detrás con una cuerda arrastrando por el suelo. Los dos respiraban con esfuerzo. Mi abuela les preguntó si seguÃa vivo.
13:56 Mi padre respondió que sÃ, pero por poco. Luego dijo un nombre. Dijo Santiago. Yo me quedé quieto, pues Santiago era hermano de mi abuelo. VivÃa en un cuarto aparte detrás de la bodega. Trabajaba solo casi todo el tiempo. Hablaba poco y entraba a la casa solo cuando era necesario. Yo lo conocÃa desde niño, siempre lo vi apartado de todos, seco para hablar y duro para mirar, pero nunca lo relacioné con lo que acabábamos de ver. Mi padre y mi tÃo salieron otra vez por la puerta trasera, volvieron cargando una cobija pesada, la subieron entre los dos y la acomodaron sobre la mesa de la cocina. La tela venÃa manchada de sangre, mi abuela la abrió por un lado, entonces lo vi. Era Santiago, no tenÃa pelo en el cuerpo y no tenÃa garras. Era un hombre viejo, flaco, herido, con la ropa rota y el pecho cubierto de sangre.
14:55 Respiraba con dificultad. En el costado tenÃa heridas largas y profundas, y en una pierna traÃa otro desgarro. TenÃa tierra en el cuello, sangre en la barba y una mano cerrada con fuerza sobre la cobija. Abrió los ojos un momento y volvió a cerrarlos. yo no sentÃa alivio al ver lo humano, sentà otra cosa, sentà vergüenza, horas antes me burlaba en silencio de la regla de la casa, ahora tenÃa enfrente a un hombre de mi familia, malherido, sacado del mismo lugar donde dos criaturas acababan de pelear en la oscuridad, nadie me explicó nada en ese momento, pero no hacÃa falta, yo ya habÃa visto demasiado, Santiago estaba en esa mesa, y la criatura del patio habÃa desaparecido.
15:44 La sangre venÃa del fondo del rancho. Mi familia actuaba con una rutina vieja, y yo entendà desde esa noche que la regla de cerrar la casa no era un capricho, era una defensa. Lo acostaron sobre la mesa de la cocina, y ahà entendà que los mayores ya habÃan pasado por noches asÃ. Mi abuela abrió el botiquÃn. Mi padre y mi tÃo le quitaron la camisa a Santiago y empezaron a limpiarle la sangre. TenÃa heridas profundas en el costado y en una pierna. Eran tajos largos y rectos. Santiago abrÃa los ojos por momentos y apretaba la mandÃbula. Mi abuela nos sacó a Ernesto y a mà al corredor.
16:27 Nos dejó sentados contra la pared mientras ellos seguÃan adentro. Desde ahà oÃamos pasos, agua cayendo en una cubeta y frascos abriéndose. Pasó un rato antes de que mi padre saliera a hablarnos. Se sentó frente a nosotros y nos pidió que contáramos todo desde el principio. QuerÃa saber dónde estábamos y en qué momento esa cosa corrió hacia nosotros. Le contamos todo y no nos interrumpió. Cuando terminamos, bajó la cabeza y se quedó callado. Mi abuela salió detrás de él y dijo que ya no tenÃa sentido seguir escondiéndolo. Lo primero que aclaró fue que Santiago era familia directa, pues era hermano menor de mi abuelo. Ese terreno también era suyo. No vivÃa en ese cuarto por trabajo ni por lástima. Luego dijo lo que yo no esperaba escuchar.
17:20 Dijo que el Nahual que habÃamos visto junto al patio era él. Yo no respondà y Ernesto tampoco. Mi padre siguió hablando y dijo que desde muchos años atrás entraba otro Nahual al rancho, rondaba la casa, se acercaba al ganado y volvÃa del monte. Al principio pensaron en animales, después pensaron en brujerÃa y luego dejaron de buscar otra explicación. Le pregunté quién les habÃa dicho que era un Nahual. Mi padre respondió que primero lo dedujeron por lo que vieron y por los rastros. Después una persona del pueblo les confirmó que eso existÃa. Entonces pregunté por qué Santiago estaba metido en eso. Mi abuela me respondió. Dijo que Santiago tomó una decisión cuando entendió que el otro no iba a dejar el rancho en paz. Dijo que hizo un pacto con el diablo para poder volverse lo mismo que entraba del monte. Lo hizo para defender la tierra y a la familia. Mi padre añadió que ellos lo supieron por los años. Santiago desaparecÃa de noche, volvÃa herido y salÃa cada vez que llegaba ese sonido. También dijo que ese pacto no le dio control completo. Le dio fuerza y resistencia, pero lo fue dejando peor. Por eso Santiago vivÃa aparte y por eso hablaba poco. Mi tÃo salió de la cocina y dijo que si Ernesto y yo no hubiéramos salido esa noche, la pelea se habrÃa dado lejos del patio. Yo no contesté. Le pregunté a
18:54 mi padre por qué nunca nos dijeron la verdad. Me respondió que un muchacho no carga una cosa asà sin que le cambie la vida. También me dijo que yo habrÃa querido verlo con mis propios ojos. No pude negarlo. Esa noche salà por terquedad. Antes del amanecer me dejaron entrar a la cocina. Santiago seguÃa vivo, pero estaba muy débil. TenÃa la respiración corta. Mi abuela le cambiaba las vendas. Yo me acerqué. Santiago abrió los ojos y me pidió agua. Se la di. Tomó poco. Y después me dijo que no volviera a salir cuando cerraran la casa. Dijo que el otro seguÃa vivo. Santiago murió tres dÃas después. Mi familia no hizo velorio abierto. Lo enterraron dentro del terreno, lejos de la casa. Nadie habló de eso fuera de la familia. Y desde entonces, cada vez que voy al rancho, entro antes de que cierren la puerta. Vi a esa cosa correr sobre dos piernas, las marcas en la pared.
19:57 Vi la sangre en el patio. Y vi a Santiago en la mesa, herido. Eso fue lo que pasó esa noche. Lo demás me lo dijeron mi abuela y mi padre. Yo lo cuento igual, sin agregar nada. Lo que sà aseguro es esto. El Nahual que cuidaba el rancho era un hombre de mi familia. Según ellos, hizo un pacto con el diablo para defender la casa del otro que venÃa del monte. Yo estuve ahÃ, salà cuando no debÃa y entendà por qué esa puerta se cerraba siempre igual.
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