Sept. 27, 2025

DEMONIO: Se Hizo Pasar Por Mi Madre Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Me llamó Martín y en aquel entonces tenía 38 años. Era 1999 y trabajaba en una bodega de abarrotes al sur de Hermosillo. El turno nocturno se había vuelto costumbre, aunque a veces me pesaba. Lo único que me mantenía era la idea de regresar a casa antes de que amaneciera para ver a mi esposa y a mis dos hijos, que todavía eran pequeños. Mi rutina era la misma cada madrugada. Salía de la bodega cuando el reloj marcaba las cuatro y media, con el aire frío y el cansancio en los hombros. Caminaba primero por la avenida Revolución, iluminada a medias por algunos focos naranjas que titilaban, y luego me internaba en dos cuadras, donde las lámparas llevaban meses fundidas. Ese tramo me lo sabía de memoria, las banquetas rotas, los baches en la calle y el silencio. Después seguía por calles más oscuras, casi vacías, hasta llegar al barrio donde estaba mi casa. En medio de ese trayecto había un punto que se me quedó grabado desde la primera vez que pasé, una cabina telefónica de Telmex. Estaba justo frente a una tienda cerrada, de esas que en el día venden refrescos y cigarros, pero que a esas horas parecían abandonadas. La cabina tenía los vidrios rayados con grafitis, la pintura descascarada y el auricular colgado. Nunca había nadie usándola y por la suciedad que acumulaba me daba la impresión de que

1:35 llevaba meses sin funcionar. A veces pasaba y apenas le echaba un vistazo, recordando que en los 90 todavía eran comunes. Aunque, poco a poco, comenzaban a quedar de lado. Yo mismo no las usaba desde hacía años, y aquella, en especial, parecía condenada al olvido. Por eso, aquella madrugada me asusté cuando escuché su timbre. Fue de golpe, un sonido agudo que retumbó en la calle vacía. Me detuve. El timbre volvió a sonar, fuerte. Me quedé parado a unos metros, mirando alrededor. No había nadie en la calle, ni autos, ni transeúntes, ni perros vagando. Todo estaba muerto de silencio, excepto ese timbre que seguía repitiéndose. El corazón me latía con fuerza. Pensé en seguir de largo, ignorarlo, pero el sonido no se detenía. Cada nuevo repique me parecía más fuerte que el anterior, como si me empujara hacia adelante.

2:38 El auricular seguía colgando, meciéndose en el aire, y con cada campanada de llamada, sentía que me observaban desde algún lugar que yo no alcanzaba a ver. Dudé todavía unos segundos con la mano suspendida frente al teléfono. Era absurdo, nunca había sonado, nunca. y justo esa madrugada lo hacía como si estuviera destinado para mí. Extendí los dedos y me preparé para contestar. Levanté el auricular y dije,« Bueno». Del otro lado no se escuchó ruido de estática ni voces ajenas, solo un silencio breve y después una voz que reconocí al instante. Era la voz de mi madre.

3:18 El aire se me fue de golpe, como si alguien me hubiera dado un golpe en el pecho. Mi madre llevaba tres años muerta y aún así me estaba hablando. No era un recuerdo, no era mi imaginación, era ella. Escuché claramente, no llegues a casa, no vayas a tu casa. Intenté decir algo, pero antes de que pronunciara una palabra, la llamada se cortó. Se escuchó un chasquido seco y luego solo silencio. Me quedé de pie con el auricular pegado al oído, escuchando ese vacío, con el corazón latiéndome en los oídos. Las lágrimas me punzaban los ojos y la garganta se me cerró. Era imposible que esa voz fuera real, pero yo estaba seguro de que era ella.

4:06 No era un sueño ni un recuerdo. era mi madre desde un teléfono que ni siquiera funcionaba con la mano libre me apoyé en la cabina para no caer la imagen de su muerte me vino completa sin aviso pasó meses en un hospital consumiéndose entre tubos y medicamentos casi siempre sola porque yo trabajaba y mis hermanos vivían lejos Se fue apagando despacio, murió sin compañía, y aunque llegué a despedirme de ella minutos después, siempre sentí que le fallé. Desde entonces su rostro y esa cama de hospital me perseguían en las noches, y ahora su voz me llegaba desde un aparato abandonado. En una calle vacía, en la madrugada, no podía entenderlo. Me repetía mentalmente que era imposible. Sentí que las piernas me flaqueaban y tuve ganas de soltar el auricular y salir corriendo, pero mis manos no respondían.

5:04 Pensé en lo que me había dicho, no llegues a casa. Me quedé un momento más ahí. Miré alrededor. La calle seguía igual de vacía que antes. La tienda cerrada, los vidrios sucios de la cabina. Me pasé la mano por la cara para secar las lágrimas. Respiré hondo, intentando recuperarme. Quise convencerme de que solo era el cansancio, de que tantas noches sin dormir bien me estaban afectando, de que la mente hace cosas raras cuando uno va caminando solo por calles oscuras. Pero mi cuerpo no me creía. Tenía la piel de gallina, los brazos temblando y el estómago encogido.

5:44 Dejé el auricular en su lugar con cuidado, como si fuera algo frágil que podía romperse. Me quedé unos segundos más viendo la cabina, esperando que volviera a sonar. No lo hizo. Al final decidí seguir mi camino. No podía quedarme ahí parado, esperando algo que no entendía. Caminé con paso rápido, sintiendo que en cualquier momento volvería a escuchar el timbre a mis espaldas. Apenas metí la llave y empujé la puerta. Un olor penetrante me dio que me obligó a cubrirme la nariz con la manga. Olía mucho a gas. Sentí que el corazón se me detenía. Ni siquiera cerré bien la puerta detrás de mí. Corrí de inmediato hacia la cocina, tropezando con una silla en el camino.

6:28 Cuando llegué, una de las perillas de la estufa estaba abierta, soltando todo el contenido sin control. Me lancé hacia la estufa y giré con fuerza la perilla hasta cerrarla, con las manos temblando. No tuve tiempo de pensar en cómo o por qué había quedado así. Fui directo a las ventanas, abriéndolas una tras otra con movimientos bruscos. El olor se mantenía, espeso, pegado en la garganta, haciéndome toser sin parar. Revisé primero el cuarto de mi hija, la más pequeña, de apenas seis años. Empujé la puerta con cuidado y la vi dormida, abrazada a su muñeca, respirando tranquila. No olía a gas su cuarto aún. Abrí la ventana para que entrara aire fresco y fui al siguiente cuarto. El de mi hijo de nueve años estaba igual, acostado boca abajo con la cobija enredada en las piernas. El gas aún no había penetrado del todo en la habitación. y pude ver cómo su respiración se mantenía regular. Abrí la ventana. Fui finalmente al cuarto principal. Encontré a mi esposa tendida en la cama, completamente dormida, sin haber notado nada de lo que ocurría en la casa. Me acerqué rápido, tocándola con cuidado para despertarla.

7:43 Tardó unos segundos en reaccionar, confundida, hasta que el olor llegó a sus sentidos y abrió los ojos sorprendida. No la dejé hablar, solo le pedí que saliera con los niños mientras yo seguía ventilando. El gas había llenado la sala y la cocina, pero aún no alcanzaban a invadir por completo las recámaras. Eso había salvado a mi familia. Si me hubiera demorado unos minutos más en llegar, quizá me habría topado con mi esposa y mis hijos inertes en sus camas. La idea me hizo asustarme mucho, busqué una sábana en la sala y empecé a abanicar con todas mis fuerzas, empujando el aire hacia afuera para que entrara un poco de oxígeno. Mientras hacía eso, me acordé de lo que había escuchado en el teléfono, la voz de mi madre repitiéndome que no llegara a casa. Era ella quien me había detenido en la calle, quien me había empujado a contestar, quien me había advertido de lo que me esperaba. Cuando por fin el aire se volvió respirable y los niños se reunieron conmigo en la sala, los abracé con la fuerza que nunca antes había sentido.

8:51 Me dejé caer en una de las sillas de la cocina, entre respiraciones agitadas. Le expliqué a mi esposa lo que había ocurrido. Le dije que el gas casi nos mata a todos, que si no hubiera regresado justo en ese momento, quizá ella y los niños ya no estarían conmigo. Le conté lo más difícil. Le dije que había sido mi madre quien me había detenido en el camino, que la escuché hablarme desde la cabina telefónica frente a la tienda. Pronuncié esas palabras con un nudo en la garganta, seguro de que sonarían absurdas, pero no podía callarlo. No quería guardarme el secreto de lo que había oído. Ella me escuchó en silencio. No me interrumpió, no me contradijo, solo se quedó ahí, de pie frente a mí, con las manos apretadas contra el pecho. No me dijo que estaba loco, ni trató de convencerme de que todo había sido coincidencia.

9:47 Tal vez no creía en lo que le contaba. Yo estaba agotado, temblando por dentro y por fuera. Sentía que todavía me faltaba aire en los pulmones. Me quedé sentado en la sala, recordando una y otra vez aquella llamada. Les pedí a mis hijos que no se separaran de su madre y que salieran al patio un momento, mientras yo terminaba de ventilar la casa. Al principio quise convencerme de que había sido ella protegiéndonos desde algún lugar, que su advertencia había sido una señal para salvarnos, pero mientras más lo pensaba, más me asustaba. Si yo le hubiera hecho caso, si de verdad no hubiera ido a casa, mi esposa y mis hijos habrían muerto asfixiados mientras yo estaba parado en la calle sin saber nada. Mi madre en vida, la mujer que me enseñó a trabajar, la que nunca dejó de preocuparse por mí aunque yo ya tuviera familia propia. Ella no era una mala persona, jamás me habría deseado un daño, pero esa voz, idéntica a la suya, me había dicho algo que de haberle hecho caso habría acabado con todo lo que amo sentí un frío que me recorrió entero mi esposa entró de nuevo ya más tranquila y se sentó a mi lado me tomó la mano y me preguntó en voz baja si estaba bien le dije que sí aunque por dentro me temblaba todo no quería asustarla más pero en mi mente ya no quedaba duda de que lo que habló conmigo

11:19 esa madrugada no fue mi madre sino algo que se disfrazó de ella para hacerme daño algo que conocía su voz sus palabras mi miedo y mi culpa. Esa idea me dejó helado. Pensar que alguna presencia había usado su imagen para hacerme daño era peor que cualquier explicación sobrenatural que pudiera inventar. Esa madrugada me prometí que nunca más volvería a contestar un teléfono público en la calle. por más insistente que sonara, y cada vez que pasé frente a esa cabina días después sentí el mismo escalofrío. La miraba con miedo. Hoy, al recordarlo, no sé si agradecer o maldecir lo que ocurrió. Me salvé porque no obedecí del todo, porque decidí seguir mi camino a pesar de la advertencia, aunque no tenía motivo para hacerle caso a esa llamada. Pero también entendí que hay cosas que se disfrazan de lo más querido para entrar en nuestra vida.

12:18 Y aunque mi madre no era una mala persona, aquella noche alguien o algo tomó su voz para intentar apartarme de mi familia.