CURANDERA LUZ MORENO Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:03 HabÃa escuchado hablar de la señora Luz Morales mucho antes de que me decidiera a buscarla. Mi cuñado contaba que su hermano habÃa dejado el alcohol después de visitarla una sola vez. Mi tÃa decÃa que ella curaba la rabia que hacÃa pelear a las familias. Todos coincidÃan en algo, no usaba medicinas ni rezos, y quien entraba en su casa no salÃa igual. La casa estaba en una calle empedrada, dos cuadras detrás del panteón viejo. Era una construcción angosta, con la pintura descascarada y un portón de lámina pintado de rojo. Detrás de ese portón decÃan que la señora guardaba objetos que pertenecieron a todas las personas que habÃan pasado por sus manos. Nadie sabÃa qué hacÃa con ellos, solo que los pedÃa al final de la consulta, con voz tranquila y sin mirarte a los ojos. Yo nunca creà mucho en esas historias. Hasta que mi hermano menor empezó a cambiar de un modo que nos asustó. Primero dejó de dormir. Después hablaba solo, diciendo que alguien lo seguÃa de noche. Mi madre rezaba y encendÃa veladoras. Mi padre lo llevó con un médico que aseguró que todo era nervios, pero nada funcionó. Cada semana empeoraba. Llegó un momento en que su mirada se volvió opaca, como si no reconociera a nadie. Fue mi madre quien decidió que debÃamos ir con la señora Luz. Yo me negué al principio.
1:28 Me parecÃa una superstición peligrosa, una forma de entregarse a lo desconocido. Pero cuando vi a mi hermano en un rincón de la sala, temblando y con la cara hundida entre las rodillas, comprendà que ya no habÃa muchas opciones. La mañana en que fuimos, el cielo amaneció pálido, con un viento que arrastraba tierra de los baldÃos. Caminamos hasta la calle del Panteón. La casa era tal como la describÃan, vieja, silenciosa, con el portón rojo, sin un solo letrero. Mi madre respiró hondo antes de golpear la lámina. El sonido retumbó en la calle vacÃa. Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera. La señora Luz era más joven de lo que esperaba. No tendrÃa más de 50 años, con el cabello recogido en un moño y un mandil gris sobre un vestido sencillo. Nos miró sin expresión. No preguntó quiénes éramos. Solo se hizo a un lado para dejarnos entrar.
2:26 El interior olÃa a humedad y a hojas secas. En la sala habÃa un mueble grande lleno de frascos, veladoras gastadas y pequeñas figuras de madera. Sobre la pared colgaban retratos antiguos, todos enmarcados con molduras oscuras. la señora luz caminó hasta una puerta al fondo del pasillo sin voltear dijo que mi hermano debÃa entrar solo mi madre quiso protestar pero la mujer levantó una mano en silencio mi hermano levantó la vista por un instante su mirada recuperó algo de lucidez caminó despacio hasta la puerta La señora luz le abrió. Cuando él cruzó el umbral, la puerta se cerró sola detrás de ellos. Nos quedamos en la sala.
3:11 Mi madre se arrodilló frente a una de las veladoras encendidas. Yo permanecà de pie con los brazos cruzados, incapaz de controlar el temblor en los dedos. Pasaron minutos largos, tal vez una hora. Ningún sonido salÃa de esa puerta. Ningún lamento ni un golpe. solo un silencio firme que llenaba el pasillo de pronto la puerta se abrió con un quejido la señora luz salió sola traÃa en la mano un cuaderno pequeño de tapas negras caminó hacia mà me miró directo a los ojos su voz era tan baja que tuve que inclinarme para escucharla Para terminar, necesito algo suyo, algo que guarde un recuerdo importante. Mi mente se quedó en blanco. Mi madre me miró, esperando que entendiera. Revisé mis bolsillos. Solo llevaba la cartera, un pañuelo, las llaves.
4:05 Nada que creyera especial. Entonces, recordé la medalla de San Benito que llevaba colgada desde que era niño. La tomé con mano temblorosa. Ella extendió la palma. No hizo ningún gesto cuando la coloqué allÃ. Cerró la mano con suavidad.« Pueden llevárselo, ya terminó». Giró sobre los talones y se perdió por el pasillo. Cuando entramos en la habitación, encontramos a mi hermano sentado en una silla. TenÃa la cara pálida, pero sus ojos estaban abiertos y atentos. Nos miró con un desconcierto que dolÃa. Mi madre corrió a abrazarlo. Yo me quedé quieto, sin saber si agradecer o preguntar qué habÃa ocurrido. Salimos al mediodÃa. El viento arrastraba hojas secas sobre la banqueta. Mi hermano caminaba despacio, sin decir una palabra.
4:54 Solo cuando llegamos a casa, se volvió hacia mà y pronunció algo que me erizó la espalda. No me acuerdo de nada, pero creo que ahà adentro se quedó algo mÃo. Durante las primeras noches después de aquella visita, mi hermano durmió sin interrupciones. Mi madre se levantaba a cada rato para mirarlo, convencida de que en cualquier momento volverÃa a despertar con los ojos desorbitados y los murmullos que nos llenaban de miedo. Pero no ocurrió. DormÃa con un brazo sobre la frente, respirando con calma, como si nunca hubiera estado enfermo. La primera semana pasó en una calma extraña.
5:36 Mi padre, que al principio no creÃa en la señora Luz, empezó a contarle a otros parientes que su ayuda habÃa sido un milagro. Mi madre se aferró a esa versión con tal fuerza que no permitÃa una sola duda sobre la mujer. Pero yo no lograba sacarme de la cabeza lo que mi hermano habÃa dicho al salir de la casa. Creo que ahà adentro se quedó algo mÃo. El dÃa que cumplió ocho dÃas de haber regresado, le pregunté si todavÃa sentÃa raro. Me miró con expresión tranquila, negó con la cabeza y dijo que se sentÃa bien, mejor que en mucho tiempo. Su voz sonaba sincera, pero sus ojos se movieron hacia un lado cuando habló. Mi madre, que escuchaba desde la cocina, dijo que no lo hostigara con preguntas, que ya era bastante con haber pasado por esa prueba.
6:28 Aún asÃ, empecé a notar detalles pequeños. A veces, mi hermano se quedaba quieto mirando la pared, con los ojos fijos en un punto invisible. Una noche escuché que murmuraba mientras dormÃa. Me acerqué despacio a su cama y entendà algunas palabras sueltas. DecÃa que no querÃa volver, que allà todo estaba frÃo, que el portón se habÃa cerrado detrás de él. No comenté nada con mis padres. Me convencà de que, si insistÃa en recordarle lo ocurrido, tal vez lo arrastrarÃa de nuevo a esa oscuridad. Pero cada mañana, al despertar, SentÃa un nudo en la garganta al recordarlo sentado en aquella silla, con la cara pálida y la mirada perdida. Una tarde encontré a mi madre preparando un paquete con tortillas, café y dos velas grandes. Le pregunté qué hacÃa. Dijo que pensaba llevarle un presente a la señora Luz para agradecerle. No supe qué contestar, solo la ayudé a envolverlo. Mientras acomodaba el papel estraza, pensé en la medalla que le habÃa entregado. recordé su tacto frÃo en la palma de mi mano. Me pregunté si estarÃa guardada junto a otros objetos de gente que, igual que nosotros, habÃa entrado con miedo y salido con silencio. Cuando mi madre regresó esa noche, venÃa seria. Dijo que la señora Luz la habÃa recibido con amabilidad, pero que no habÃa querido aceptar nada. No cobro, no necesito nada. HabÃa repetido
7:59 con el mismo tono tranquilo. Mi madre insistió. La mujer no levantó la voz ni perdió la paciencia. Solo señaló un estante donde descansaban varios objetos, fotografÃas, anillos, medallas, entre ellas la mÃa. No dormà bien esa noche, me costaba entender qué habÃa de cierto en esas palabras. Si mi hermano habÃa cambiado porque ella se llevó algo que vivÃa en su interior, o porque se convenció de que estaba curado. Pero en el fondo sentÃa que lo ocurrido no era tan simple. A los 15 dÃas, mi hermano volvió a comportarse distinto.
8:40 No se despertaba con sobresaltos ni hablaba en sueños, pero se volvió más callado. Pasaba horas sin levantar la vista del suelo. Una tarde le pregunté si se sentÃa mal. Tardó en contestar. Al final dijo que no estaba enfermo, pero que cada mañana le costaba recordar quién era antes de entrar en esa casa. Mi madre decÃa que todo era parte de la recuperación, que debÃa darle tiempo. Mi padre evitaba hablar del tema. Yo no encontraba manera de sacarme de la mente la imagen de la puerta cerrándose detrás de mi hermano. Una noche, cuando todos dormÃan, bajé al cuarto donde mi madre guardaba algunas cajas viejas. Busqué un relicario que perteneció a mi abuela. lo sostuve entre las manos largo rato me pregunté si también serÃa capaz de entregarlo de desprenderme de algo que no era sólo un objeto a la mañana siguiente cuando salà al patio lo encontré sentado en un banco con la mirada fija en el portón que daba a la calle TenÃa las manos sobre las rodillas. Sus dedos se movÃan con un temblor pequeño. Me acerqué despacio. Sin mirarme, dijo en voz baja,« Creo que tengo que volver». Después de aquel amanecer en que mi hermano dijo que debÃa volver, la casa empezó a sentirse distinta. Mi madre se aferró a la idea de que todo estaba mejorando. Aunque nadie se atrevÃa a decir en voz alta que la calma no era natural.
10:12 Por las tardes, mi hermano se sentaba junto al portón con la mirada perdida. Si uno se le acercaba, reaccionaba con lentitud, como si despertara de un sueño. Las primeras dos noches permaneció en su cuarto, pero la tercera se levantó después de la medianoche. Lo escuché cruzar el pasillo con pasos firmes. No intentó disimular el ruido. Se detuvo frente a mi puerta y la abrió despacio. Yo ya estaba despierto. Me incorporé sin encender la luz. Su figura se recortaba contra la claridad pálida que entraba desde la calle.¿ Me acompañas? Preguntó con voz tranquila. No contesté. Me levanté y lo seguà hasta el patio. El viento agitaba unas hojas secas que se acumularon en la esquina. Mi hermano llegó al portón y apoyó la mano en la lámina roja.
11:04 Cuando vi que alzaba el pasador, di un paso rápido y le sujeté el brazo.« No vas a salir», le dije. Me miró de reojo, sin sorpresa. Trató de zafarse. Lo sujeté con fuerza, pero su brazo temblaba con una energÃa que no le conocÃa. Consiguió soltarse con un tirón brusco. Antes de que pudiera volver a agarrarlo, empujó la puerta y salió a la calle. El chirrido me hizo sentir un frÃo en el estómago. Corrà de inmediato a la casa, subà las escaleras de dos en dos y empujé la puerta del cuarto de mis padres.«¡ Se fue!», grité.«¡ Salió por la puerta!». Mi padre se levantó con los ojos abiertos de par en par. Mi madre preguntó qué pasaba, pero no me detuve a explicarle. Bajamos juntos. El portón estaba entreabierto, moviéndose con el viento. Mi padre salió primero.
11:57 Miró a un lado y a otro. La calle estaba vacÃa. Corrà hasta la banqueta. Alcancé a distinguir su figura a mitad de la cuadra, avanzando hacia la casa de la señora Luz. Mi padre fue detrás de mÃ. Mi madre se quedó junto al portón, abrazada al rebozo. Nadie dijo nada mientras caminábamos. Solo se escuchaba el sonido de nuestras pisadas sobre la piedra. Cuando llegamos a la casa, la puerta estaba cerrada. No habÃa luces encendidas. Mi padre golpeó con el puño. Esperamos. Nadie contestó. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El eco retumbó en la calle, silenciosa. No obtuvimos respuesta. Mi madre llegó hasta nosotros. Sus ojos parecÃan más grandes en la penumbra.« No puede haberse metido solo», dijo con voz apagada. Mi padre tomó el pasador y empujó la puerta. La lámina cedió sin resistencia. Dentro, la oscuridad era tan densa que costaba distinguir el suelo. Entramos sin pensarlo. Un olor rancio se mezcló con algo parecido al humo. La sala estaba igual que la última vez.
13:06 Los estantes llenos de frascos y objetos. Ningún sonido llegaba del interior.«¿ Dónde estás?», gritó mi padre con un temblor en la voz. Nadie contestó. Avanzamos hasta el centro de la habitación. La puerta del pasillo estaba entornada. Mi madre la empujó con un dedo. El pasillo se alargaba hacia la parte de atrás de la casa, sin una sola lámpara encendida.« Voy a buscarlo», dije. Mi padre me tomó del hombro. Me miró con la cara tensa, pero no dijo nada. Avancé despacio por el pasillo. El suelo crujÃa bajo mis pies. A cada paso, el olor se hacÃa más fuerte. Llegué al final, donde habÃa una puerta cerrada.
13:49 Pegué el oÃdo. No escuché nada. Tomé aire y empujé la hoja. dentro habÃa un cuarto pequeño con una mesa en el centro sobre la madera descansaban varios objetos alineados con cuidado un reloj de pulsera un pañuelo bordado un rosario antiguo entre ellos vi mi medalla no vi a mi hermano no vi a la señora luz el silencio era tan absoluto que me costaba respirar me acerqué a la mesa mi mano tembló cuando toqué la medalla Estaba frÃa más de lo que podÃa ser natural. La guardé en el bolsillo. Volvà sobre mis pasos. Cuando salà al pasillo, mis padres seguÃan en el centro de la sala. Mi madre me miró con los labios entreabiertos. Mi padre alzó la lámpara que encontró junto a la pared.â No estáâ preguntó.
14:40 Negué con la cabeza. Nadie propuso buscar más. Salimos sin cerrar la puerta. Afuera el aire era más frÃo. El cielo clareaba. Caminamos de regreso sin cruzar una palabra. La mañana transcurrió en un silencio que ninguno se atrevÃa a romper. Mi madre se quedó sentada junto a la mesa, con las manos apretadas sobre el regazo. Mi padre permaneció de pie cerca de la puerta, mirando hacia el patio como si esperara verlo regresar caminando por la vereda. Yo me senté en un banco, sosteniendo la medalla en la mano. El frÃo del metal me mantenÃa quieto, recordando el momento exacto en que lo perdà de vista. Nadie quiso hablar de lo que encontramos en esa casa. Tampoco comentamos la ausencia de la señora Luz. ParecÃa imposible que hubiera desaparecido junto con mi hermano. Pero no habÃa ninguna explicación sencilla.
15:35 Cuando la luz del mediodÃa empezó a colarse por la ventana, mi madre fue a cerrar el portón. Después subió a su cuarto y no bajó en todo el dÃa. por la tarde llegaron dos tÃas que habÃan oÃdo el rumor de que algo extraño habÃa pasado mi padre les hizo un gesto para que pasaran ellas preguntaron dónde estaba mi hermano mi madre bajó las escaleras con el rostro pálido Dijo que habÃa salido por la noche y que no volvió. Una de las tÃas se persignó. La noche cayó rápido. Encendimos lámparas y una vela que mi madre colocó sobre la mesa. Nadie cenó. El silencio se mantuvo igual que durante el dÃa. Cada uno evitaba mirar a los demás.
16:21 Cuando el viento empezó a mover la puerta, mi padre se levantó para asegurar el cerrojo. Se quedó allà con la mano apoyada en la madera. En algún momento me quedé dormido con la cabeza recargada en el respaldo. No supe cuánto tiempo pasó. Me despertó un golpe suave en la lámina. No fue un ruido fuerte, más bien un toque contenido. El golpe se repitió. Una de mis tÃas preguntó si debÃamos abrir. Mi madre negó con un movimiento lento. Mi padre apoyó la frente contra la puerta. Pasaron unos segundos largos. Otro golpe, idéntico al anterior, sonó en la lámina. es él dijo mi madre en un susurro mi padre levantó el pasador la puerta se abrió con un crujido afuera no habÃa nadie la calle estaba vacÃa iluminada por la luna quise salir a la banqueta pero mi madre me sujetó del brazo sentà su mano frÃa sobre la manga mi padre miró el umbral en silencio entonces noté algo que antes no estaba sobre el suelo a pocos centÃmetros del marco descansaba un objeto oscuro Mi padre se agachó y lo levantó a la altura de la lámpara.
17:33 Era un pequeño amuleto de tela negra atado con un cordel. Ninguno lo reconoció. Mi madre se tapó la boca con la mano. Una de las tÃas dio un paso atrás.«¿ Qué es eso?», preguntó mi tÃa con voz baja. mi padre bajó la mirada hacia el amuleto no lo sé respondió no es de aquà cerró la puerta despacio dejó el amuleto sobre la mesa junto a la vela nos quedamos de pie mirando ese trozo de tela sin atrevernos a tocarlo de nuevo la cera empezó a chorrear sobre la madera Mi madre encendió otra vela sin apartar la mirada del objeto. No volvà a dormir esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba a mi hermano de pie afuera, incapaz de tocar la puerta con más fuerza.
18:19 Pensé en la señora luz y en los estantes llenos de reliquias que se parecÃan a cualquier recuerdo. pero que tal vez guardaban algo más. Cuando amaneció, salà al patio. La calle seguÃa vacÃa. Miré hacia la esquina donde empezaba la calle que llevaba a la casa de la señora Luz. Las ventanas de su casa permanecÃan cerradas, sin un solo movimiento. Por primera vez pensé en caminar hasta allá y golpear su puerta hasta que abriera. Regresé a la cocina. Mi madre se sentaba junto a la mesa, con las manos juntas. mi padre estaba en el umbral mirando hacia afuera recogà el abrigo y me acerqué a la puerta mi madre levantó la mirada no intentó detenerme abrà el portón y salà a la calle el aire helado me golpeó la cara caminé sin voltear atrás decidido a no regresar hasta saber la verdad caminé hasta la esquina sin mirar atrás la calle estaba casi vacÃa salvo por algunos perros que se movÃan entre la basura el sol apenas asomaba detrás de los tejados la casa de la señora luz se distinguÃa por el portón de lámina pintado de rojo seguÃa igual que la primera vez que fui sin un solo ruido ni señal de movimiento me detuve frente a la puerta el corazón me latÃa con fuerza pero no sabÃa si era por miedo o por la certeza de que una vez que golpeara todo cambiarÃa de manera definitiva Alcé la mano y di tres golpes secos. El sonido se
19:50 expandió en la calle silenciosa. Esperé. Nadie respondió. Golpeé otra vez. El eco rebotó en los muros de la casa vecina. Pasaron minutos que parecieron estirarse más de la cuenta. Me quedé inmóvil, con la mano apoyada sobre la lámina. Cuando estaba a punto de volverme, escuché un roce del otro lado, un paso lento, luego otro. Mi respiración se quedó atrapada en la garganta. La chapa giró despacio y la puerta se abrió apenas un palmo. La señora luz se asomó. Llevaba el mismo vestido oscuro. No mostró sorpresa. Se quedó mirándome en silencio. No saludó. No preguntó nada. Me sostuvo la mirada con los ojos entrecerrados como si me pesara con ellos. Mi hermano no volvió. Dije con un esfuerzo que me tensó la garganta. Dejaron un amuleto en la puerta.
20:44 No apartó la vista. ParecÃa que cada palabra se quedaba colgando en el aire sin llegarle del todo.« Necesito saber si está aquû, añadÃ. La señora luz abrió la puerta un poco más. Se hizo a un lado. Entendà que me invitaba a entrar. Crucé el umbral con un temblor en las piernas. El olor a hojas secas y algo más fuerte me envolvió de inmediato. La sala estaba igual que antes, los estantes llenos de frascos y objetos, las velas consumidas hasta la base. Ella avanzó sin decir palabra. Caminó hasta la mesa que ocupaba el centro del cuarto. Sobre la madera, un paño oscuro cubrÃa algo con forma irregular.
21:26 Con un movimiento lento, retiró el paño. Mi respiración se detuvo. AllÃ, alineados con precisión, habÃa cuatro objetos. Un rosario antiguo, una pequeña figura de barro, un trozo de listón rojo y mi medalla. Los reconocà en el acto. La medalla parecÃa más opaca que antes, como si hubiera perdido su brillo en el tiempo que estuvo allÃ.â¿ Dónde está él?â pregunté. La señora luz giró apenas la cabeza. Su voz sonó tranquila.â Tú ya sabes que no está aquÃ. No supe qué responder. Mis ojos se clavaron en la medalla. Quise estirar la mano y tomarla, pero sentà que hacerlo serÃa más peligroso que dejarla allÃ.«¿ Qué era ese amuleto que dejaron en la puerta?», insistÃ. Ella no contestó de inmediato. Se inclinó sobre la mesa, acomodando con cuidado el trozo de listón.
22:19 Cuando alzó la vista, su expresión era la misma de siempre.« Es un aviso», dijo al fin.« Para que comprendan que no todo puede quedarse encerrado». Un escalofrÃo me recorrió la espalda. Miré otra vez los objetos alineados. Algo en su disposición me hizo pensar que no estaban allà solo para recordarme lo que habÃamos entregado, sino para mostrar que todavÃa faltaba algo.« Si vuelve», dije.« Va a ser como antes». La señora luz bajó la vista hacia la mesa. No respondió. Me quedé quieto, con las manos tensas a los costados. La garganta me ardÃa como si hubiera tragado humo. Ella señaló el portón sin cambiar de tono.« Es mejor que te vayas.
23:05 No necesitas ver más». No respondÃ. Crucé las alas sin mirar los estantes. El aire me pareció más denso, como si pesara en los pulmones. Empujé la puerta con un esfuerzo que me dolió en los brazos. Afuera, la luz del dÃa me pareció demasiado clara. Al salir, supe que no volverÃa a entrar en esa casa. No porque tuviera respuestas, sino porque temÃa encontrar otras peores. Regresé a casa con el estómago revuelto. El sol ya estaba alto, pero no sentà calor. La calle parecÃa más larga de lo normal. Cuando crucé el portón, mi madre seguÃa sentada junto a la mesa. TenÃa la mirada fija en el amuleto negro.
23:49 Mi padre permanecÃa cerca de la puerta con el abrigo puesto como si llevara horas esperando. Me miraron cuando entré. No esperé a que preguntaran. Estaban todos los objetos. Dije, la medalla, el rosario, el listón. Todo estaba sobre una mesa. Ella dijo que ese amuleto era un aviso. que lo que se lleva no siempre regresa igual. Mi madre cerró los ojos un momento. Mi padre se frotó la frente. Me senté un rato en la banca del corredor, con la sensación de que el dÃa no iba a terminar nunca. Mi madre se levantó despacio. Tomó el amuleto con cuidado, envolviéndolo en un pañuelo. No explicó qué pensaba hacer. Mi padre la vio cruzar el patio y perderse en la parte trasera de la casa.« Si vuelve», dijo,« esta vez no voy a abrir». Pensé en lo que habÃa visto, los estantes llenos de frascos, la calma de la señora luz mientras tocaba cada objeto. Sus palabras me siguieron sonando en la cabeza.« No todo puede quedarse encerrado». Esa tarde no salÃ. Cada vez que me asomaba a la ventana esperaba ver una figura caminando desde la esquina. Al anochecer encendimos dos lámparas y cerramos con llave. Mi madre no bajó a cenar. Mi padre comió de pie. Yo di vueltas por la cocina, incapaz de quedarme quieto. Cuando llegó la medianoche, el silencio era tan denso que cualquier crujido parecÃa un aviso. Me apoyé en el umbral que daba
25:20 al patio, con la vista fija en la puerta. Pasaron horas sin un solo ruido. No sé a qué hora me venció el sueño. Lo siguiente que recuerdo fue un golpe seco que retumbó en la puerta principal. Mi padre se hirguió de inmediato. Me puse de pie con un temblor que me recorrÃa entero. El golpe volvió a sonar más fuerte. No abras, dije. Mi padre respiraba agitado. Otro golpe sacudió la lámina. Luego, silencio. Caminé hasta la ventana que daba a la calle. Movà un poco la cortina. Bajo la luz débil vi una silueta parada junto al portón. No se movÃa. No tocaba de nuevo. Simplemente estaba allÃ.« Es él», murmuré. Mi padre se pasó una mano por la cara. No hizo intento de acercarse más. Me quedé mirando esa figura inmóvil, con la cara oculta en la sombra.
26:17 el silencio se alargó hasta que empecé a sentir un zumbido en los oÃdos cuando pensaba que todo quedarÃa asà la figura levantó algo que brilló un instante no supe si era un reflejo o si sostenÃa mi medalla mi padre dio un paso atrás con la vista fija en el portón La figura siguió inmóvil, con el brazo extendido.« Si vuelve», dije.« No sé si podremos cerrarle la puerta». Mi padre tragó saliva. La figura bajó el brazo con lentitud y se quedó quieta, como si esperara una respuesta. Me quedé junto a la ventana, con la frente apoyada en el marco. QuerÃa creer que si pasaba el resto de la noche allÃ, mirando, podrÃa evitar que entrara. pero algo me decÃa que no importaba cuántas cerraduras pusiéramos. No iba a irse hasta que obtuviera lo que buscaba. La figura siguió allà hasta que la luz de la lámpara empezó a menguar. Cada tanto movÃa un poco la cabeza, como si buscara reconocer la casa. Mi padre apoyó la escopeta contra la pared y se sentó en una silla, con los codos sobre las rodillas. ParecÃa que todo el esfuerzo que habÃa hecho por mantenerse firme se le escapaba de golpe. Mi madre bajó las escaleras con paso lento, sostenÃa el pañuelo donde habÃa guardado el amuleto. Cuando llegó a la puerta, lo desdobló con cuidado y miró el objeto sin tocarlo.« No sé si fue un aviso o un reclamo», dijo. Se agachó y dejó el amuleto en
27:50 el umbral, a un lado de la entrada. Volvà a mirar por la ventana. La figura seguÃa en el mismo sitio, con la cabeza baja. Mi madre se quedó cerca de la puerta, sin apartar los ojos de ella. El resto de la noche pasó sin más golpes. A ratos creà que se habÃa marchado, pero cuando revisaba desde la ventana, seguÃa allÃ. Cuando llegó el amanecer, la figura no estaba. El portón seguÃa cerrado, igual que lo habÃamos dejado. Salà al patio con un frÃo metido en el cuerpo que no se debÃa al clima. Caminé hasta la puerta y abrà con cuidado. El amuleto ya no estaba. El pañuelo seguÃa extendido sobre el cemento, vacÃo. Mi madre se acercó detrás de mÃ.« No pienso quedarme aquà otra noche», dijo.
28:39 Mi padre subió a la habitación y empezó a llenar un costal con ropa. Mi madre entró a la cocina y metió algunas latas en una bolsa. Era la única decisión que nos quedaba. Fui al cuarto de mi hermano. Todo estaba igual que antes de que saliera esa noche. La cama sin tender, una camisa doblada en la silla, su par de zapatos contra la pared. Sobre el buró, el dibujo que habÃa hecho de niño, un árbol con raÃces que se alargaban hasta tocar un cÃrculo negro en el suelo. Lo tomé sin pensarlo y lo guardé en el bolsillo. No supe si lo hacÃa por él o por mÃ. Antes de cerrar la puerta, me quedé un momento mirando la habitación. Hubiera querido creer que en algún momento volverÃa a ocuparla, pero ya no quedaba espacio para esa esperanza. Al mediodÃa, un primo llegó con su camioneta.
29:33 Mi madre salió con las bolsas. Mi padre bajó el costal y lo colocó en la caja del vehÃculo. Yo fui el último en cruzar la puerta. Antes de marcharnos, volvà la vista hacia la calle. La casa de la señora Luz permanecÃa cerrada. Sus ventanas parecÃan más oscuras que nunca. El portón rojo no mostraba señales de que alguien hubiera entrado o salido en toda la noche. La camioneta se detuvo un momento frente a la casa de la señora Luz. Nadie pidió que el primo avanzara. Mi madre bajó la mirada y respiró hondo. Mi padre tensó la mandÃbula. Nadie dijo que debÃamos despedirnos del lugar. Ustedes ya sabÃan algo, dije.
30:15 Mi madre se llevó una mano al pecho. Tardó un instante en contestar. Mucho antes de que él naciera, dijo, fuimos a verla. No por enfermedad, por algo peor. Mi padre no la interrumpió. Miraba la casa con los ojos hundidos.« Yo perdà un hijo antes de tu hermano», continuó mi madre.« Era un bebé, no respiraba. La trajimos aquÃ. La señora Luz dijo que podÃa devolvernos un hijo, pero que un dÃa vendrÃa a reclamar lo que nos habÃa dado. Sentà un peso helado en el estómago. Mi padre apretó los puños. Pensamos que se referÃa a la salud», dijo él.« Nunca imaginamos que vendrÃa a buscarlo de otra forma». La puerta del portón rojo permanecÃa cerrada, igual que siempre. No parecÃa la casa de alguien que pudiera tomar lo que quisiera, pero ahora entendÃa por qué nunca se atrevieron a pedirle explicaciones.« Cuando tu hermano empezó a cambiar», dijo mi madre,« supimos que era el tiempo que ella habÃa advertido». Solo que llegó de una manera que no esperábamos. Mi padre bajó la mirada. Y también dijo que si tratábamos de impedirlo, si intentábamos recuperarlo o reclamar, se llevarÃa a los dos.
31:34 Me quedé callado. El primo giró la cabeza desde el asiento. Preguntó si Ãbamos a seguir. Mi padre asintió. La camioneta arrancó despacio. Vi por la ventanilla la puerta de la señora Luz empequeñecerse con cada metro. No levanté la mano ni pensé en volver. Ya no quedaba ninguna duda. Mi hermano no era el primero que se habÃa ido con ella. Solo era el pago que estuvo pendiente desde antes que yo naciera. Cuando dejamos atrás la última esquina, supe que nos marchábamos porque todavÃa quedaba algo que ella podÃa cobrarnos.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed