Aug. 23, 2025

Cuadrilla de CFE Atacados Por BRUJAS Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Junio de 2020. Yo era parte de una cuadrilla de la Comisión Federal de Electricidad, asignada al programa de electrificación et internet, que se estaba llevando a las comunidades más apartadas durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Llevaba varios años como electricista de línea, acostumbrado a los pueblos sin acceso, los caminos de terracería y las condiciones duras del campo. Desde las oficinas en Oaxaca nos ordenaron atender la zona de la Sierra Mix, un punto al que pocos querían ir porque la ruta era complicada y el terreno difícil. El aviso llegó una semana antes, con una lista clara de materiales y el compromiso de dejar la instalación terminada en menos de diez días. La cuadrilla se formaba con cuatro hombres además de mí. Rogelio, el mayor, tenía 42 años y más de dos décadas en la empresa. Iván, de 33, era callado. Toño, de 28, llevaba tres años en la compañía.

1:00 Y Chava, de 25, el más joven. Yo tenía la responsabilidad de la obra y sabía que cualquier error quedaría sentado en la bitácora con mi firma. Salimos temprano en una Nissan NP300 con el logotipo verde de CFE pintado en las puertas. La batea iba llena. Cuatro postes de 12 metros clase 400. Carretes de cable ACSR10 con alma de acero. Aisladores poliméricos, tensores, herrajes. un transformador de 15 kilovoltios amperios y el equipo personal. Llevábamos la planta honda de 7.5 kilowatts para pruebas y alumbrado, multímetros, unité, arneses, cascos, guantes dieléctricos y la caja de herramienta con llaves, prensa y sierra. Todo asegurado con cinchos, porque el camino que nos esperaba no era fácil. La carretera nos dejó en un desvío de terracería que subía entre cerros. Desde ahí eran casi 30 kilómetros de curvas, vados y lodo. El supervisor nos había advertido que solo se llegaba en camioneta de doble tracción y que en temporada de lluvias más de un vehículo había quedado varado por horas. En ese momento, el clima estaba húmedo, que parecía que iba a llover.

2:24 Encendimos la radio portátil para mantener comunicación, pero conforme avanzamos, la señal se perdió. En esa parte de la sierra no había cobertura de celular y, por eso, justamente nos habían enviado. La comunidad estaba aislada, sin luz y sin internet. El destino era un pueblo pequeño, no más de 20 casas de madera y lámina en una ladera. La escuela estaba hecha con tablas y techo de zinc oxidado, y la iglesia era una nave baja pintada de blanco a medias. No había postes ni cableado. La gente dependía de fogones y lámparas de petróleo. Desde la entrada se notaba el silencio. Los pobladores se quedaron en las puertas sin acercarse. Bajamos la carga. Con palancas improvisadas colocamos los postes en el suelo para revisarlos antes de abrir cepas. Chava preguntó dónde dormiríamos.

3:18 Le respondí que como siempre, dentro de la camioneta, turnándonos en las bancas porque el proyecto no contemplaba hospedaje. Al cabo de unos minutos se acercó una anciana delgada, cubierta con un rebozo negro. Caminó hasta nosotros, se detuvo a unos metros y dijo en voz baja que las de la noche no quieren cables. Dio vuelta y regresó a su casa. Nadie más se movió. Rogelio soltó una risa. Continuamos descargando sin hacer caso. Yo pensé que era una creencia local, común en pueblos aislados. De todos modos, no podíamos detenernos. El proyecto estaba firmado. La bitácora debía llenarse día a día, y las órdenes eran terminar en menos de dos semanas. Ubicamos la traza de la línea, los puntos de los postes y la caseta del transformador. Nadie del pueblo se acercó, ni a indicar dónde querían la primera conexión. Esa primera jornada terminó con el mismo ambiente.

4:19 Teníamos material, cuadrilla y tarea, pero el recibimiento era diferente a cualquier otro pueblo en que hubiera trabajado. Al oscurecer, las puertas se cerraron una tras otra. No se escuchaban voces ni radios. El acceso real comenzó al dejar atrás la última caseta de cobro. Desde ahí eran 28 kilómetros de terracería que se extendían entre cerros cubiertos de vegetación cerrada. La camioneta brincaba con cada piedra y en varias ocasiones tuve que reducir a primera para no quedarnos atorados. El calor dentro de la cabina se hacía más intenso y la humedad pegaba en la piel. Llegamos al primer vado poco antes del mediodía. El agua corría con fuerza sobre la brecha, clara en la superficie, pero turbia al fondo.

5:08 Me bajé para medir. Llegaba arriba de las rodillas y la corriente arrastraba ramas pequeñas. Decidimos pasar de uno en uno, primero con la camioneta cargada, luego caminando nosotros para ayudar a empujar si se quedaba. Rogelio manejó y los demás caminamos al lado con las botas dentro del agua. El motor aguantó, pero al salir echaba humo por el esfuerzo. Apenas recorrimos otros cinco kilómetros cuando apareció el segundo vado, más ancho, con agua a la misma altura y piedras resbalosas en el fondo. De nuevo cruzamos con cuidado, esta vez colocando piedras extra para hacer base. Al final, la camioneta chirrió como si algo se hubiera aflojado en el escape, pero siguió avanzando. El terreno después se volvió lodo. No era un tramo parejo, sino charcos que llegaban hasta los tobillos, con olor a tierra podrida y hojas en descomposición. Cada paso se volvía más pesado porque la arcilla se pegaba a las botas. Toño se hundió hasta media pantorrilla y tuvimos que jalarlo entre dos para sacarlo. ahí decidimos que no había forma de subir los postes con el vehículo teníamos que cargarlos entre cuatro usamos palancas de madera para levantarlos de la batea y luego los colocamos sobre los hombros avanzar con más de 200 kilos distribuidos entre nosotros en esa pendiente era una tarea que cansaba en minutos teníamos

6:40 que parar cada 100 metros para acomodarnos y descansar el aire no corría y el monte retenía la humedad A pesar de la fatiga, teníamos que mantener la concentración. Un mal paso en la vereda podía significar que el poste cayera encima de alguien. Iván marcaba los puntos de colocación con estacas, siguiendo el plano de trazado que traíamos desde oficina. Yo revisaba el nivel de cada cepa con el plomero, confirmando que quedaran alineados, aunque el suelo arcilloso hacía que cada golpe de barreta se hundiera demasiado rápido. En ese momento apareció otra vez la anciana del rebozo negro. Caminaba despacio, apoyada en un palo, y se detuvo a unos metros de donde trabajábamos. Nos observó en silencio por unos minutos, hasta que soltó la frase que ya nos había dicho antes, que las de la noche no querían cables. Nadie respondió.

7:35 Yo me limité a seguir cavando. Solo ignoramos. El resto del pueblo se mantenía igual de distante. Para terminar la jornada, levantamos dos postes en los bordes de la explanada. El primero lo subimos entre los cuatro con ayuda de la grúa improvisada que armamos con sogas y palanca. El segundo nos costó más porque el hoyo se llenaba de agua apenas lo cavábamos, y hubo que vaciarlo con cubetas antes de asentar la base. Al final quedaron firmes, con aisladores listos para recibir el cableado. Mientras guardábamos las herramientas, noté que oscureció de golpe. No había luna visible y la neblina cayó desde las ramas. A las nueve ya no se veía a nadie en las casas. No había fogones, no había voces. Rogelio comentó que nunca había visto un pueblo apagarse tan temprano, ni siquiera en lugares sin electricidad.

8:30 Chava preguntó si la gente no cocinaba de noche, y yo le respondí que quizá tenían sus razones. En el fondo, también me parecía extraño. Lo común es que en comunidades aisladas la vida se concentre alrededor del fuego, aunque no haya luz eléctrica. Aquí parecía que todos evitaban salir una vez oscurecido. nos acomodamos en la camioneta para dormir dejando a la planta encendida un rato más para cargar los radios portátiles y las lámparas de mano el tercer día de trabajo lo dedicamos a instalar un poste cerca del límite del pueblo justo en el inicio de la vereda que se adentraba al monte El terreno era más blando que en la explanada central, y cada golpe de barreta hundía la tierra con facilidad. Apenas habíamos comenzado a cavar cuando escuchamos aleteos arriba de las copas más altas. No había viento, las ramas se mecían con crujidos. Levanté la vista y vi cómo las hojas se agitaban por el paso de un cuerpo pesado entre los árboles. El sonido era distinto al de pájaros comunes. Se sentía más fuerte, como alas membranosas empujando aire. Todos lo escuchamos. No vimos ninguna sombra, solo ramas agitadas y ese aleteo que duró varios segundos antes de perderse hacia el otro lado del monte.

9:50 Cuando asentamos el poste en la cepa, descubrimos algo extraño en el suelo a pocos metros del hoyo. Eran huellas marcadas en el lodo. Al principio pensé que podían ser de guajolote o algún ave grande. Pero al medirlas me quedó claro que no eran normales. Cada marca tenía tres dedos alargados, terminados en punta de entre 18 y 20 centímetros. La distancia entre cada pisada rondaba los 70 centímetros, demasiado separadas para un ave común. Me agaché y pasé la mano sobre la huella. Estaba fresca, húmeda, con los bordes definidos. Le pedí a Iván que tomara una foto con el celular, pero al revisar más tarde la imagen salió borrosa justo en ese momento. Seguimos trabajando con la incomodidad de sentir que algo nos rondaba. Con el poste ya erguido, conectamos la planta honda para comenzar a probar continuidad y alumbrar la zona. Encendió a la primera con su ruido habitual.

10:50 Conectamos un reflector para verificar, pero a los cinco minutos la luz comenzó a bajar de intensidad. Coloqué el multímetro en el tomacorriente de la planta. El valor oscilaba en 40 voltios. Una caída brusca desde los 120 habituales. Y lo más extraño era que no había carga significativa, solo el foco de prueba. Apagué y volví a encender. Pero el voltaje siguió en 40. Iván desconectó todo, revisó conexiones, sacudió la gasolina y probó otra vez. Nada. Al rato, sin hacer nada más, el voltaje regresó a 120 como si nunca hubiera fallado. Ese comportamiento no tenía explicación sencilla. Esas plantas son estables, y un bajón así solo aparece con sobrecarga, cosa que no sucedía.

11:40 Anoté en la bitácora el incidente. En campo se aprende a dejar pasar ciertos fallos si no se repiten, aunque sabía que no era cuestión mecánica. Mientras anotaba, sentí que alguien nos observaba fijo desde los árboles. No era cansancio ni sugestión. Esa mirada estaba allí. No vi silueta, como si alguien estuviera escondido entre los troncos. Levanté la vista varias veces, enfocando en diferentes direcciones, pero nunca distinguí nada concreto. Toño notó mi gesto y preguntó que miraba. No respondí. Solo le pedí que siguiera acomodando los aisladores. Cada uno se concentraba en su tarea con rapidez, queriendo terminar antes de que oscureciera. Recordaba mucho lo que la anciana nos dijo en las dos ocasiones. Sentía que ella sabía exactamente lo que nos íbamos a encontrar, y por eso había repetido su frase. Al caer la tarde, conectamos los reflectores para seguir un poco más, pero volvieron los problemas con la planta. Encendía y se apagaba sin razón. El multímetro marcaba valores inestables. 70, luego 50, luego volvía a 120. Apagamos y decidimos trabajar solo con lámparas de mano. Guardamos herramientas y cables mientras oscurecía. El silencio era más notorio. Ni grillos, ni pájaros. Sólo el zumbido de la planta al intentar encenderse sola. Las casas permanecieron cerradas sin un solo fogón visible.

13:15 Dormimos esa noche con la tensión de que alguien caminaba fuera del alcance de nuestras lámparas. Aunque no escuchamos pasos, cerré los ojos en la banca de la camioneta con la imagen fija de aquellas huellas de tres dedos marcadas en el barro. Tenía claro que algo grande se movía en la sierra y que no quería postes ni cables atravesando su territorio. El cuarto día amaneció con neblina baja que cubría los techos de lámina del pueblo. El aire olía a tierra húmeda. Desde temprano sacamos la planta honda para verificar que mantuviera estabilidad después de los problemas del día anterior. Arrancó con normalidad a 120 voltios constantes y decidimos avanzar con el tendido de los cables principales. Rogelio y Toño se ocuparon de jalar el carrete de ACSR10, mientras Iván ajustaba aisladores en el poste más cercano. Yo anotaba en la bitácora las horas de inicio y el estado de la planta. Llevábamos poco más de una hora cuando noté a una mujer parada cerca del límite del camino.

14:23 Alguien joven, quizá de 30 años. Vestía falda larga, blusa bordada y un rebozo azul doblado sobre la cabeza. No se acercaba. Parecía dudar entre quedarse o marcharse. La miré de reojo mientras sujetaba el cable al aislador. Y al final me acerqué para preguntarle si necesitaba algo. Con voz baja me dijo que en ese monte nunca se aceptaba la luz. Explicó que no era la primera vez que una cuadrilla llegaba. Antes habían venido otros, enviados con el mismo propósito. Al principio trabajaban con normalidad, pero al poco tiempo enfermaban o se marchaban sin explicar. Uno de ellos, según ella, se había desvanecido en plena faena y nunca volvió a levantarse.

15:07 Los demás abandonaron los postes que habían colocado y con el tiempo la línea se derrumbó sin que nadie la reparara. Rogelio escuchó parte de lo que decía y se acercó. La mujer lo miró y dijo que en esa sierra había mujeres que cambiaban de forma. dijo que de día parecían personas comunes pero de noche salían convertidas en aves grandes con alas negras que se posaban en los postes recién instalados contó que descargaban las baterías apagaban los reflectores y hacían caer la corriente de las plantas Nadie en el pueblo se atrevía a enfrentarlas. Por eso, cuando oscurecía, todos se encerraban en sus casas sin fogones ni lámparas, esperando que la noche pasara sin problemas. Mientras hablaba, noté que Iván había dejado de trabajar y escuchaba con atención. Chava, a unos metros, también observaba. El relato no sonaba a superstición vaga, sino advertencia directa, como quien describe lo que ya presenció. Yo pensé en las huellas del día anterior y en el bajón de voltaje inexplicable de la planta.

16:14 Todo coincidía con lo que ella relataba. Teníamos un contrato firmado y un plazo que cumplir. No podíamos suspender el trabajo con base en historias locales, por muy creíbles que parecieran. Le agradecí sus palabras y le pedí que regresara a su casa. Ella insistió en que nos fuéramos, pero al ver que continuábamos dio vuelta y se fue. La cuadrilla quedó en silencio unos minutos. Rogelio dijo que eran cuentos de pueblo y que no debíamos distraernos. Encendió un cigarro y volvió al poste. Seguimos tendiendo cable durante la tarde. El calor se intensificó y la humedad hacía que el sudor corriera por debajo del arnés. Cada tramo levantado nos costaba más esfuerzo. Cuando el sol comenzó a caer, guardamos la herramienta en la camioneta. Al mirar hacia la línea de árboles, pensé que algo estaba ahí viéndome. Decidí no decir nada y me limité a asegurar la caja de herramientas con candado. La cuadrilla se acomodó en la camioneta como de costumbre. Rogelio prendió otra vez la planta para alumbrar el campamento con los reflectores, pero a los 10 minutos volvió a apagarse sin razón. Quedamos en oscuridad con apenas las lámparas de mano. Cerré la bitácora con la anotación de las pruebas fallidas y el comportamiento irregular de la planta.

17:36 El último registro quedó escrito a las 20 horas y 15 minutos. Después guardé el cuaderno en la guantera y me recosté en el asiento. Esa tarde avanzamos lo más que pudimos con el tendido de cable. A las 7 ya teníamos tres postes en línea con aisladores instalados y quedaba pendiente empalmar la fibra junto con la conducción eléctrica. decidimos prolongar la jornada aunque la luz natural desaparecía encendimos la planta honda para mantener los reflectores de la camioneta y trabajar con suficiente visibilidad a las ocho y media todavía seguíamos empalmando el proceso requería precisión pelar el aislante ajustar con las pinzas de presión, cubrir con cinta autovulcanizable y, finalmente, revisar continuidad con el multímetro. Iván iba anotando cada unión en su libreta, marcando voltajes de prueba y resistencia. El ruido de la planta era el único ruido que había, hasta que cerca de las 9 empezó a fallar. El motor perdió fuerza y en segundos se apagó. Un olor a aislamiento de bobina quemada salió de la carcasa. Rogelio abrió la tapa con cuidado, tocó el devanado y lo apartó de inmediato porque estaba demasiado caliente. Quedamos a oscuras un instante con solo las lámparas de mano. Toño conectó de nuevo el arranque. El motor giró, pero no encendió. Después de varios intentos, logramos que volviera a prender, aunque con un

19:06 ronquido irregular. Aún así, los reflectores regresaron a la vida. La luz amarillenta iluminó el poste recién colocado, y fue entonces cuando vimos arriba, en la cruceta, había una silueta encorvada. las alas abiertas medían más de dos metros de extremo a extremo las plumas eran negras pegadas al cuerpo y de las extremidades se extendían garras largas que se sujetaban al travesaño de madera la cabeza permanecía inclinada hacia nosotros por un momento pensé que podía tratarse de un ave de gran tamaño pero la proporción de las garras no correspondía a ninguna especie conocida. La figura se mantuvo en el poste unos segundos más, y luego se impulsó con las alas, alejándose hacia el monte. El aleteo fue fuerte.

19:55 Todos la seguimos con la mirada hasta que se perdió en la oscuridad. Chava apenas podía sostener la lámpara. Iván escribió rápido en su libreta el voltaje al momento del fallo, caída a 50 voltios justo cuando la silueta estaba en la cruceta. Yo revisé la planta y confirmé que no había sobrecarga, solo los reflectores estaban conectados. Decidimos seguir un poco más. Toño tomó un tramo de cable para empalmarlo con el anterior. Estaba nervioso, las manos sudaban, y al tirar del conductor resbaló. Soltó un grito breve. Cuando me acerqué, vi la sangre corriendo desde la palma izquierda. Tenía un corte limpio de tres centímetros, como hecho por una navaja. Lo extraño es que aseguró que no se había resbalado, sino que algo le jaló el cable con fuerza en el momento de sujetarlo.

20:48 Le limpiamos la herida con agua de la botella y le envolvimos la mano con cinta aislante, lo único a la mano para detener el sangrado. El corte no parecía profundo. Iván apuntó la hora, 21 a 27. Anoté en la bitácora que el accidente ocurrió durante empalme de conductor. Rogelio dijo que debía ser un descuido y que no había que exagerar, pero Toño insistió en que sintió el tirón como si alguien invisible hubiera jalado desde el otro extremo. Continuamos unos minutos más. La planta seguía encendida con un zumbido irregular y cada tanto las luces bajaban de intensidad como si fueran a apagarse de nuevo. El olor a bobina quemada seguía en el aire y Nadie bromeaba ni hablaba, cada cual se limitaba a su tarea, con la vista fija en los cables, atentos a cualquier ruido. A las 10 dimos por terminada la jornada. No valía la pena arriesgar otro accidente con la planta en mal estado y con esa tensión encima. Apagamos todo y guardamos las herramientas. Solo quedaba la lámpara interna de la camioneta y un par de focos portátiles. La cuadrilla se acomodó dentro del vehículo. Mientras me recostaba, escribí la última nota en la bitácora.« Anomalías observadas durante empalme nocturno. Posible interferencia externa». Guardé el cuaderno en la guantera y cerré los ojos. Esa noche, el asiento del copiloto lo tomó Rogelio, mientras Iván y Chava

22:20 se acostaron en la batea con las lonas encima para cubrirse del frío. Toño y yo nos quedamos en la cabina, turnándonos para vigilar la planta que seguía dando problemas. Eran las once y media cuando la apagamos para no forzarla más, dejando solo las lámparas portátiles cargadas. El silencio del pueblo era total. Ninguna casa tenía luz, ningún fogón prendido, ni voces alrededor. Cerré los ojos poco después de medianoche, pero me desperté por un golpe sobre el techo de la camioneta. Abrí los ojos, otro golpe cayó más fuerte, como si alguien hubiera arrojado una piedra grande. Iván se incorporó en la batea y preguntó qué pasaba. Pero no alcanzó a terminar la frase porque un chillido agudo se escuchó. Duró dos segundos, con un eco metálico que retumbó entre los árboles.

23:15 Un segundo chillido siguió al primero y luego un tercero, cada uno más cercano. Encendimos las lámparas de mano y apuntamos hacia arriba. En el borde del techo, encorvada, estaba la figura. Tenía la cara de una anciana arrugada, piel oscura y ojos hundidos que brillaban al reflejo de la lámpara. De sus brazos extendidos nacían alas negras membranosas que rozaban el toldo de la camioneta. Las garras eran largas, curvas y golpeaban el metal con fuerza. El chillido volvió a escucharse, esta vez directo sobre nosotros. Rogelio levantó la lámpara y la apuntó a la cara. La criatura retrocedió de inmediato, batiendo las alas con violencia. La figura saltó al suelo, se encorvó de nuevo y avanzó unos pasos hacia nosotros.

24:07 arrastrando las garras en la tierra volvimos a apuntar todas las lámparas al mismo tiempo y el destello la obligó a alejarse con un salto se internó en la oscuridad del monte el ruido de las alas se perdió en cuestión de segundos pero nadie pudo volver a dormir Nos quedamos con las lámparas encendidas, cada uno vigilando un ángulo distinto, esperando que regresara. La tensión duró hasta que el cielo comenzó a aclarar. A las seis de la mañana guardamos las lámparas y nos bajamos de la camioneta. La neblina cubría la explanada y el suelo estaba marcado con pisadas profundas de tres dedos, frescas, alrededor del vehículo. Revisamos el área con cuidado y fue entonces cuando Chava se quejó de ardor en el pecho. Se levantó la camisa y vimos tres surcos paralelos, de unos 10 centímetros cada uno, sobre la piel. Estaban enrojecidos, con pequeñas líneas de sangre seca.

25:05 No recordaba haberse golpeado ni arañado con nada. Dormía boca arriba en la batea, cubierto con la lona, y las marcas tenían la forma precisa de garras. Le tomamos fotos con el celular de Iván, activando la ubicación y la hora exacta en los metadatos. También fotografiamos las pisadas alrededor de la camioneta. Guardé todo en la memoria de respaldo junto con la bitácora, sabiendo que esas imágenes serían lo único que probaría lo ocurrido. Chava seguía asustado, tocándose el pecho con la mano sana. Rogelio le dijo que no se preocupara, que parecían raspones superficiales. Iván estaba seguro de que eso no podía explicarse como un accidente. Toño se limitó a empacar la herramienta en silencio sin mirarnos. Yo revisé de nuevo la camioneta. En el techo había marcas de rayones, tres líneas profundas que recorrían la lámina de lado a lado. Pasé la mano y sentí el metal abollado, como si lo hubieran golpeado con un objeto. Anoté en la bitácora. Seis horas, dieciocho minutos. Evidencia de ataque nocturno.

26:18 Marcas en el techo de la camioneta. Surcos en pecho de trabajador. Chava. Huellas de tres dedos en el suelo. Subrayé la palabra evidencia y la acompañé con la referencia de las fotos tomadas. Sabía que al entregarlo en la oficina difícilmente lo creerían, pero era mi obligación dejar el registro exacto. Ese amanecer quedó marcado para todos. Nadie quiso desayunar. No se trataba de cuentos ni supersticiones. Lo teníamos frente a nosotros, en fotos y en heridas. Lo único que nos mantenía era la obligación del contrato y la esperanza de terminar pronto para salir de ese lugar. Apenas terminamos de revisar las fotos de las marcas en el pecho de Chava y las rayaduras en el techo de la camioneta, decidimos recorrer la línea que habíamos dejado instalada los días anteriores.

27:10 El primer poste lo encontramos en pie, sin novedad. El segundo estaba tirado de lado. El hoyo donde lo habíamos asentado mostraba la tierra removida como si lo hubieran arrancado de raíz. Me acerqué para revisar. El aislador superior estaba fracturado en dos y el cable ACSR pendía a media altura. Al tocarlo, vi que el alma de acero en su interior tenía marcas claras de presión, como si garras lo hubieran apretado hasta deformarlo. No eran cortes de herramienta, eran hendiduras irregulares que dejaban surcos profundos. El tercer poste, unos 50 metros adelante, también estaba en el suelo. El travesaño se había partido al medio y los aisladores poliméricos estaban hechos pedazos.

27:57 Los pernos que sujetaban la cruceta a la madera estaban flojos, apenas enroscados. Revisamos con cuidado y no encontramos marcas de llave ni de dado. Era como si se hubieran aflojado solos o alguien los hubiera girado con fuerza bruta. me agaché en el lodo para observar mejor había huellas frescas tres dedos largos de casi veinte centímetros cada uno con separación de setenta entre paso y paso el agua de la madrugada las mantenía nítidas sin deformarse Hice que Iván las fotografiara con el celular, activando de nuevo ubicación y hora. Solo se escuchaba el zumbido de los insectos en el monte.

28:39 De pronto, sentí que nos observaban. Al girar la vista hacia la orilla de la explanada, vi a tres adultos y dos niños de la comunidad. Dos hombres, una mujer y los pequeños permanecían de pie, a unos 30 metros de distancia. No avanzaban ni se acercaban, solo miraban en silencio lo que hacíamos. La mujer sostenía al más pequeño en brazos, mientras el otro niño se aferraba a la pierna del hombre mayor. Rogelio levantó la voz para pedirles que vinieran, que nos explicaran si habían visto algo. Ninguno respondió. Se quedaron quietos, sin moverse. Iván insistió, pero tampoco hubo reacción.

29:20 La mujer apenas la dio la cabeza, sin dar señal de querer colaborar. La tensión aumentaba porque no parecían curiosos, sino testigos que ya sabían lo que ocurría y no pretendían ayudar. Seguimos revisando el resto de la línea. Encontramos más pernos flojos, cables tensados de manera irregular y dos aisladores desprendidos del travesaño, colgando apenas de los restos de la cuerda de amarre. Era imposible que el viento o la lluvia hubieran causado ese daño en una sola noche. Todo indicaba que alguien o algo había saboteado la instalación. Chava se mantuvo en silencio durante toda la inspección. No quiso levantar la vista ni mirar a los pobladores. Toño preguntó qué haríamos con los postes caídos, y Rogelio dijo que volveríamos a levantarlos, que el contrato no permitía abandonarlos.

30:13 Los hombres y la mujer siguieron observando hasta que nos alejamos. No entraron a sus casas ni hablaron entre ellos. Solo se mantuvieron en el mismo punto, como si quisieran confirmar que entendíamos el mensaje. Esa línea no se iba a quedar en pie. Ese día no hubo avance. La cuadrilla estaba agotada y la tensión era evidente. Rogelio propuso que, en lugar de seguir con el cableado, dedicáramos la noche a vigilar lo que habíamos levantado. Sacamos machetes de la camioneta, revisamos las lámparas de mano y colocamos los reflectores apuntando hacia el monte. La planta honda se encendió cerca de las 9, estable en 120 voltios al inicio. Nos turnamos para mantenernos atentos.

31:00 Toño y yo estábamos junto a la camioneta con un machete cada uno, vigilando la explanada. Rogelio fumaba recargado en el poste más cercano. Chava acomodó las lámparas de repuesto en línea, como si fueran balizas, y las probó una por una. Iván se concentró en registrar cada lectura de voltaje con su multímetro. A medianoche comenzaron las fallas. El multímetro marcó 34 voltios en el tomacorriente de la planta. Los reflectores parpadearon, a razón de un destello por segundo. El sonido del motor era irregular, como si estuviera a punto de apagarse. Iván gritó la lectura para que todos lo escucháramos.

31:42 En ese momento, escuchamos ramas quebrándose alrededor de la explanada. Eran tres. Lo supimos por la dirección de los ruidos. Uno al frente, otro a la derecha y otro detrás de nosotros. Los destellos intermitentes de los reflectores apenas dejaban ver siluetas en movimiento. Eran figuras aladas, grandes, que se acercaban poco a poco. El aleteo era pesado, acompañado de crujidos de ramas altas que se partían. Una de las figuras se lanzó contra Iván, lo sujetó de la chamarra por la espalda y lo levantó del suelo con facilidad. El reflector iluminó las alas negras extendidas y las garras clavadas en la tela. Iván gritó, pataleando en el aire.

32:27 Rogelio y yo corrimos de inmediato y lo sujetamos del arnés de seguridad que aún llevaba puesto. Toño se lanzó también, aferrándose a su pierna. Entre los tres jalamos con todas nuestras fuerzas mientras la criatura tiraba en dirección al monte. El forcejeo duró segundos, pero se sintió eterno. El destello de los reflectores marcaba cada movimiento. Iván suspendido, nosotros jalando, la figura batiendo las alas con violencia. Al final el arnés resistió. Con un tirón logramos recuperar el cuerpo de Iván y la criatura lo soltó. Cayó de golpe al suelo, quejándose. La figura retrocedió, abrió las alas y se elevó con un chillido, perdiéndose en la oscuridad. Iván quedó tirado en la tierra. Revisamos de inmediato sus lesiones. Tenía raspones en la espalda y los brazos, la chamarra hecha jirones y el hombro derecho fuera de lugar. Chava encendió otra lámpara para alumbrar mejor. Yo palpé el hombro y confirmé la dislocación.

33:28 Lo acomodamos lo más rápido que pudimos, improvisando con una venda elástica y cinta aislante para mantenerlo fijo contra el torso. Iván apretó los dientes y sudaba frío, pero logró estabilizarse. El resto de la noche, los reflectores siguieron parpadeando de forma irregular. y el multímetro no pasó de 40 voltios. Los ruidos en el monte continuaban, ramas quebrándose, aleteos que daban vueltas alrededor del campamento. No se acercaron de nuevo, pero se mantuvieron vigilando como asegurándose de que supiéramos que podían regresar cuando quisieran. Nadie volvió a sentarse ni a dormir. Rogelio se quedó con el machete en la mano hasta el amanecer, encendiendo cigarro tras cigarro. Toño no soltó la lámpara cuando la primera luz del día tocó la explanada.

34:19 La planta volvió a estabilizarse en 120 voltios sin que hiciéramos nada. Los reflectores dejaron de parpadear. El monte quedó callado. Miramos a Iván adolorido y exhausto. La mañana después del ataque nos encontró cansados. Iván seguía adolorido, con el hombro inmovilizado de forma improvisada. Apenas podía mover el brazo izquierdo y los raspones en la espalda lo hacían caminar encorvado. Rogelio y yo evaluamos la línea. Algunos postes seguían en pie, pero el tendido estaba incompleto y varios aisladores presentaban fracturas. El transformador permanecía sin instalar. La planta funcionaba estable otra vez, como si nada hubiera pasado en la noche. Ese mismo día, a media mañana, llegó el supervisor desde Oaxaca. Había recibido mis reportes y decidió acudir personalmente. Lo llevamos a recorrer la línea. Vio los postes derribados, los aisladores rotos y las marcas en el cable. Revisó también las fotos guardadas en el celular de Iván con metadatos de hora y ubicación.

35:26 No hizo comentarios sobre ellas. Solo se quedó callado. Al regresar a la explanada, nos reunió a todos. Dijo que la obra quedaba suspendida de manera inmediata. El argumento oficial sería« zona de difícil acceso». Anotó la frase en el oficio de suspensión, con fecha y firma. Nos ordenó cargar la planta, el carrete de cable restante y todas las herramientas. Los postes que ya estaban en pie permanecerían ahí, aunque no estuvieran energizados. Aclaró que no habría más intentos en esa comunidad durante el resto del año. Empacamos el equipo sin discutir. Los pobladores nos observaron desde la entrada de sus casas. Hombres, mujeres y niños salieron poco a poco, sin hablar, sin acercarse. Solo nos miraban. Algunos con los brazos cruzados, otros con los niños en brazos. Terminamos de cargar cerca de las tres de la tarde. La camioneta iba llena, con la planta y los carretes amarrados con cinchos.

36:30 Revisé que la bitácora quedara completa hasta la última hora y guardé el cuaderno en la guantera. El supervisor nos ordenó salir. El camino de regreso por la brecha fue pesado. Los vados seguían con agua hasta las rodillas y los tramos de lodo dificultaban cada avance. En varios puntos, la camioneta se inclinó peligrosamente, pero logramos salir hasta la carretera. Nadie habló durante el trayecto de más de dos horas hasta la base en Oaxaca. El supervisor iba en la otra camioneta y nosotros detrás. Al llegar, entregamos el equipo en almacén y firmamos el oficio de suspensión. El documento incluía sólo la nota, zona de difícil acceso, imposible continuar tendido de línea eléctrica y fibra óptica, obra suspendida hasta nuevo aviso. No se mencionaba nada más, ni postes caídos, ni huellas, ni voltajes inestables, mucho menos la presencia de las figuras. Todo lo demás quedaba enterrado en las páginas de la bitácora que yo llevaba. Han pasado varios años desde aquella comisión en la Sierra Mix. En todo ese tiempo, esa comunidad no ha recibido ni luz ni internet. Revisé recientemente el sistema interno de la empresa y la orden aparece marcada como suspendida. El registro solo muestra una nota escueta.

37:54 Terreno complicado, obra imposible de concluir. No hay menciones a las fotos, a la bitácora ni a los reportes de voltaje. Ningún detalle técnico sobre los postes derribados, los aisladores fracturados o la dislocación de Iván. De los postes que alcanzamos a levantar, algunos permanecieron en pie por meses, pero al poco tiempo desaparecieron. Un colega que pasó por la zona comentó que la mayoría ya no estaba y que los pocos que seguían estaban carcomidos por la humedad. Nunca fueron energizados y la fibra quedó enredada entre ramas secas. Esa línea se convirtió en un esqueleto abandonado, sin mantenimiento ni seguimiento.

38:39 La clave de suspensión en el sistema está acompañada de la fecha exacta, 22 de julio de 2020. Desde entonces no se ha emitido ninguna nueva orden de trabajo hacia esa comunidad. He buscado en los registros posteriores y no existe referencia a otra cuadrilla asignada. La explicación oficial sigue siendo la misma. Terreno complicado. Nada más.