July 28, 2025

CRUCES De Patas De Gallo De Una BRUJA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:03 Yo tenía 26 años cuando decidí salirme de la casa de mis papás. No compré, solo renté. Encontré una casa en las afueras, rumbo a la zona de los cañaverales. Tenía buen terreno, estaba lejos del ruido y el precio era ridículamente bajo. Desde que pregunté por ella, la gente me decía que esa casa siempre estaba sola. El dueño era un señor mayor que vivía en otro estado. Solo me pidió el pago del primer mes y que no le causara problemas. Ni contrato firmamos. Me mandó las llaves por paquetería. Cuando llegué por primera vez, me sorprendió que la casa, aunque vieja, estaba en condiciones aceptables. Era de una sola planta.

0:44 Las ventanas eran amplias y las puertas pesadas. No había muebles, solo un ropero viejo en el cuarto del fondo y una estufa oxidada en la cocina. Se notaba que tenía años sin habitarse, pero no estaba vandalizada ni saqueada, solo olvidada. Los primeros días me dediqué a limpiarla. Quité telarañas, tallé el fregadero, barrí los pasillos. podé unas ramas que tapaban la entrada y conecté el refrigerador que había llevado en la camioneta. No tenía internet todavía, pero me bastaba con la tele vieja y algunos discos que me llevé de casa de mis papás. Una tarde, mientras barría el cuarto trasero, vi algo raro detrás del ropero. Me agaché para sacar bien la basura acumulada y noté que en la pared, justo en una esquina baja, había una cruz. Era una cruz hecha con dos patas de gallo secas, amarradas con alambre oxidado. En el centro tenía una pluma negra atravesada.

1:45 Estaba clavada directamente al muro con un clavo. Cuando me acerqué, noté que tenía un olor fuerte, como a carne podrida. No sabía qué pensar, no me asusté. Supuse que era una de esas supersticiones viejas, de gente que cree en limpias o cosas así. Tal vez algún antiguo inquilino la puso por protección o como amuleto. La arranqué, la envolví en periódico y la tiré en la bolsa negra que ya tenía llena con basura del día. No le di más vueltas. Terminé de barrer y me fui a bañar. Esa noche me preparé una quesadilla y me senté en la sala con la tele encendida. Fue entonces cuando escuché un vidrio quebrándose. Venía del cuarto trasero. Me levanté, apagué la tele y tomé una lámpara. Revisé por dentro primero.

2:34 No había nada fuera de lugar, pero al llegar a la ventana del cuarto, vi una pequeña grieta en uno de los vidrios. No estaba rota por completo, pero sí dañada. Salí con la lámpara al patio. Revisé la calle, el monte, los alrededores. No había nadie. Tampoco encontré piedras ni señales de que alguien hubiera lanzado algo. Volví a entrar. Me senté otra vez, pero ya no con la misma tranquilidad. Dejé encendida la lámpara hasta que me dio sueño. A la noche siguiente, mientras me bañaba, se fue la luz. Pensé que era un apagón, pero al asomarme por la ventana, todas las demás casas tenían luz. Salí a la mufa.

3:17 Vi que la palanca de la caja de fusibles estaba abajo. La subí y volvió la luz. No entendía por qué se bajó sola, pero sé que debió haber sido alguien, ya que eso no se baja solo. En los días siguientes empecé a notar cosas que antes no estaban, pequeños ruidos, como pasos, a veces crujidos en el techo, otras veces el rechinido de una puerta que no había abierto. Pensaba que podía ser el aire, pero no siempre hacía viento. Algunas mañanas encontraba ventanas abiertas que estaba seguro de haber dejado cerradas. Revisaba los pestillos, los aseguraba con alambre. Aún así, amanecían entreabiertas. Dormía ligero. Me despertaba con facilidad. Sentía que había alguien más en la casa, aunque no viera a nadie.

4:08 No tenía miedo todavía, pero sí estaba incómodo. Empecé a dejar una luz prendida en el pasillo. Me tranquilizaba un poco, aunque no resolvía nada. Cada día limpiaba más rincones, barría más hondo. Desde la tarde en que encontré aquella cruz de patas de gallo, todo comenzó a sentirse distinto. no fue inmediato pero sí progresivo las primeras noches los ruidos eran leves luego eran pasos me levantaba con la lámpara en la mano revisaba cuarto por cuarto pero no encontraba nada al principio pensé que era el eco de los sonidos de afuera o animales pasando cerca del terreno pero era imposible el sonido venía de adentro me costaba trabajo quedarme dormido me daba vueltas el estómago sin razón había noches en las que escuchaba golpes en la pared del fondo otros días parecía que alguien abría los cajones de la cocina me levantaba y los encontraba igual pero yo sabía que había escuchado cómo se deslizaban una madrugada me despertaron unos golpes suaves en la puerta principal Me levanté en silencio, caminé con cuidado. Apagué la luz del pasillo antes de asomarme por la cortina. No había nadie. Salí con la lámpara, rodé el terreno. Todo estaba en silencio.

5:31 Volví al cuarto y al entrar, frente a la cama, en el suelo, había tierra húmeda. Como si alguien con los pies mojados se hubiera quedado parado ahí un rato. El lodo todavía brillaba con la luz de la lámpara. No había huellas marcadas, solo la tierra extendida. La limpie con el trapeador. Revisé toda la casa con mucho cuidado. Eso ya era un indicio de que alguien se había metido a mi casa. Al día siguiente, aseguré todo. Reforcé las cerraduras con tornillos nuevos. Puse trancas en la puerta trasera. Amarré varillas en las ventanas. Me sentí mejor por un rato. Pensé que con eso bastaría. Pero al amanecer, encontré una de las ventanas del fondo abierta otra vez. El pestillo roto, la tranca torcida. Y en el suelo, justo debajo, una piedra.

6:23 No grande, pero con una marca en el suelo, como si la hubieran lanzado con fuerza. pero no había escuchado nada mientras revisaba el baño moví un tapanco de madera que cubría una esquina al levantarlo vi otra cruz más vieja y podrida tenía una pluma enredada con lo que parecía un mechón de cabello todo cubierto con cera derretida que se había secado en gotas gruesas Solo de verla, sentí que algo me recorría la espalda. No la toqué directamente. Fui por una bolsa, la metí ahí y la tiré a la basura. Fui a hablar con los vecinos más cercanos. No me conocían mucho, pero me atendieron bien. Les pregunté si alguien se había metido a mi terreno o si habían visto algo raro. Solo me dijeron que no habían visto nada y en dado caso de que vieran a alguien, me avisarían. Desde esa noche dormí mal. Me desperté varias veces, a veces con la sensación de que alguien me observaba desde la puerta. Otras sentía que había algo en el techo, justo encima del cuarto. Me tapaba con la cobija, cerraba los ojos con fuerza, pero la incomodidad no se iba.

7:33 Una madrugada desperté de golpe. Por esa sensación que me apretaba el pecho, abrí los ojos y vi una silueta. Estaba agachada, muy cerca de la cama. No se movía. No podía distinguir la cara, solo la forma. Era delgada. Quise gritar, pero no pude. Me levanté de golpe y encendí la lámpara. Ya no había nada. Revisé cada rincón. Todo estaba como siempre, pero no me calmé hasta que amaneció. Me quedé sentado en la cama esperando la luz del día, y por primera vez me pregunté si no estaba cometiendo un error al quedarme ahí. Después de ver aquella silueta agachada junto a mi cama, ya no me quedó duda de que algo no quería que yo estuviera ahí. Me costaba dormir, comía poco y todo el día andaba con el estómago revuelto. Una mañana me armé de valor y decidí revisar bien la casa. Había limpiado al principio, pero no a fondo. Esta vez quise buscar en cada rincón, detrás de los muebles, bajo los estantes, entre las grietas.

8:39 En la cocina abrí una alacena vieja que siempre había estado cerrada con alambre. Corté el amarre con unas pinzas y saqué todo lo que tenía adentro. Al fondo, tapado con trapos húmedos y llenos de polvo, encontré un frasco de vidrio. No era muy grande, pero pesaba bastante. Estaba mal cerrado. Cuando lo abrí, tuve que aguantar la respiración. Adentro había tierra negra, uñas humanas, hojas secas y una figura pequeña de cera, mal formada. No tenía rostro. Solo tenía una especie de cuerpo derretido con brazos cortos y una especie de cabeza sin forma. Estaba llena de pelusa como si la hubieran dejado ahí mucho tiempo. No lo toqué más. Cerré el frasco como pude y lo envolví de nuevo. Me quedé un rato con la cabeza apoyada en la mesa, tratando de entender por qué había tantas cosas raras en esa casa. Ya no parecía casualidad, todo parecía hecho con intención. Mientras limpiaba el patio trasero, sentí que la pala topó algo duro. Escarbé con las manos y saqué un pedazo de madera, tallado con símbolos que no reconocí. Estaba envuelto con un listón rojo podrido, casi deshecho.

9:57 Tenía tierra pegada y olía a humedad. Lo llevé junto con el frasco al bote metálico donde solía quemar basura. Quise deshacerme de todo de una vez. Puse ramas secas, hojas, papeles. Coloqué el frasco en el centro y le prendí fuego. Al principio agarró bien. la flama se alzó rápido pero justo cuando empezó a alcanzar el vidrio se apagó de golpe no había viento no había forma de que se apagara tan rápido revisé el encendedor lo intenté otra vez pero el fuego no se sostenía el frasco parecía resistirlo Lo dejé ahí, cubierto de cenizas, pero sin quemarse. Esa noche empezó a fallar la luz. Primero fue en la cocina.

10:42 Se apagaban los focos aunque el interruptor estuviera arriba. Luego fue en el pasillo. Hasta que todo se quedó sin corriente, fui a revisar la caja de fusibles y encontré la palanca de bajada. La subí, caminé de regreso. Minutos después volvió a bajarse sola. Así pasó varias veces. A la tercera dejé de subirlas, ya me estaba dando miedo. Busqué unas velas que tenía guardadas y las usé para alumbrarme. Las siguientes noches fueron más pesadas. Dormía con la lámpara a un lado, pero la luz nunca me hacía sentir tranquilo. Todo se escuchaba más fuerte en la oscuridad. Los pasos en el techo, los golpecitos en la pared. Y una noche, justo cuando estaba por quedarme dormido, escuché algo caer. Un golpe fuerte, como si algo hubiera saltado desde el techo hasta el patio. Me levanté con la lámpara, salí por la puerta trasera y revisé. Todo parecía en orden, pero junto al árbol que está en la esquina del terreno, vi una figura delgada, hecha con ramas amarradas con tiras de tela. Tenía dos patas de gallo atadas a los lados y una cabeza pequeña de trapo, colgando. No se movía, pero daba la impresión de que me estaba mirando. No me acerqué más. Volví a entrar, cerré con tranca y puse una silla contra la puerta. Ya no sabía si alguien me estaba jugando una broma, si era una especie de amenaza o si había algo más. Todo lo que

12:14 encontraba tenía el mismo patrón, ramas, hilo rojo, patas de gallo, tierra negra. Me harté, así que al día siguiente fui al centro del pueblo. Caminé hasta la esquina donde vende hierbas y veladoras la señora más vieja del lugar. Nunca había hablado con ella, pero la conocía de vista desde niño. Le pregunté si conocía algo sobre la casa donde yo vivía. Ella me miró y me dijo que antes ahí vivía la que desapareció. Me pidió que le contara qué había encontrado. Le hablé del frasco, de las cruces, de la figura en el árbol. Me dijo que esa casa había sido de una mujer que hacía trabajos, que la gente del pueblo sabía que no era buena, que ayudaba a unos y maldecía a otros, que un día intentaron sacarla, entre varios, pero que nadie la vio irse, que desde entonces la casa quedó vacía, pero no sola. Me dijo que lo que fuera que ella hacía, Lo había dejado enterrado ahí, y que nadie duraba mucho porque ella seguía en ese terreno, cuidando lo que era suyo. Esa noche volví a casa.

13:24 Lo que me había dicho la señora no se me quitaba de encima, que la mujer seguía ahí, que no iba a dejar que nadie habitara esa casa. Cerré bien las puertas, puse trancas, y me acosté con la intención de descansar un poco, aunque fuera una hora. Pero en cuanto cerré los ojos, me quedé dormido y tuve un sueño muy raro. Estaba parado en medio del patio. Todo estaba oscuro. salvo por una luz rojiza que salía desde el interior de la casa. Frente a mí, junto al árbol, había una mujer flaca, con la cara sucia y el cabello enredado cubriéndole medio rostro. No se movía, pero me hablaba, no con la boca, sino directo en la cabeza. me decía que esa casa era suya que yo no tenía derecho a estar ahí que me fuera que ella seguía cuidando su terreno me desperté de golpe empapado en sudor con la respiración trabada me ardía el pecho al levantarme sentí como si me hubieran aplastado las costillas fui al baño prendí la luz y me miré en el espejo tenía marcas moradas en el pecho como dedos largos delgados bien marcados Cinco de un lado, cinco del otro, como si alguien me hubiera agarrado con fuerza mientras dormía. Me enjuagué la cara con agua helada. Me senté en el borde de la cama y traté de calmarme. Todo estaba en silencio. Esa madrugada intenté distraerme. Puse música bajita. Me senté en la sala con la lámpara encendida, tratando de

14:55 pensar en otra cosa, hasta que escuché un golpe fuerte, seguido del sonido del vidrio estrellado. Me paré de inmediato, salí con la lámpara, al frente uno de los vidrios grandes de la sala estaba roto. No del todo, pero sí estrellado, como si le hubieran lanzado una piedra o golpeado con algo. Salí al patio, corrí hasta la entrada. Escuché pasos rápidos que se alejaban por la terracería. No logré ver a nadie, solo la calle vacía, la luz del poste y el aire callado. Volví a entrar con el corazón acelerado. Revisé la puerta trasera. Cerré de nuevo todo. Me senté un rato, mirando el suelo. Ya de madrugada, mientras trataba de dormitar en el sillón, se escuchó otro golpe.

15:43 Esta vez, en la parte trasera, como si algo pesado hubiera caído contra la pared. Salí al patio con la lámpara. No había nadie. Pero, sobre el bloque que uso como mesa, había una cruz nueva. Era igual a las otras, patas de gallo, hilo rojo, y esta vez tenía manchas oscuras. La acerqué un poco y confirmé que era sangre seca. No tenía idea de cómo había llegado ahí. La agarré con unas pinzas, la metí en una bolsa negra, le di varias vueltas y salí en la madrugada rumbo al baldío que está del otro lado del arroyo. La tiré ahí, lo más lejos que pude, sin abrir la bolsa. regresé caminando rápido, mirando para todos lados. Ese día no trabajé, me quedé encerrado, empecé a pensar en irme, puse música más fuerte, prendí todas las luces, busqué formas de no quedarme a oscuras, pero de noche todo volvía, se escuchaban pasos, golpes suaves, como si alguien tocara con los nudillos desde adentro de las paredes. Otras veces era un arrastre lento por el techo, ya no dormía, solo me acostaba esperando el amanecer. Una noche, lo peor fue la luz. Los focos comenzaron a parpadear. Luego, se apagaron todos. Uno tronó.

17:03 Después otro. En segundos, todos los focos de la casa explotaron. No había bajón de luz en la calle. La lámpara del poste seguía encendida. Solo mi casa quedó completamente a oscuras. Me quedé quieto, sentado con la espalda contra la pared, con una vela apagada en la mano. En el silencio escuché un golpe leve en la puerta, como si alguien solo hubiera puesto la mano. Me paré despacio, fui a asomarme por el mosquitero. Frente a la puerta, del otro lado, estaba una figura, muy delgada, con el cuerpo medio torcido. Tenía algo en la cabeza, como un velo, o una tela negra que le cubría la cara. No hablaba, no se movía. Me quedé mirándola sin parpadear. Cuando al fin lo hice, ya no estaba. Salí corriendo a prender la lámpara de mano. No había nadie. Pero el mosquitero tenía marcas, líneas finas como si hubieran rascado con uñas largas desde afuera hacia adentro. Volví a cerrar. Puse una silla contra la puerta. Me senté con la lámpara encendida. Esa noche no dormí ni un minuto. No aguanté más. Después de todo lo que había pasado, decidí no dormir ahí por una noche. Agarré mi mochila, algunas mudas de ropa y me fui a casa de un amigo que vivía más cerca del centro. No le conté todo, solo le dije que la casa me tenía inquieto y que necesitaba despejarme.

18:32 Me prestó un cuarto y me acosté en un colchón en el suelo. Esa noche dormí, por fin, sin ningún problema. Al día siguiente, en cuanto salió el sol, regresé a la casa. Tenía la idea de recoger algunas cosas, ventilar y pensar con más calma si me iba o no. Apenas entré, la puerta estaba cerrada con el candado que yo mismo había puesto, pero al abrirla noté que el ambiente dentro no era el mismo. Olía a humedad, pero más que eso, a tierra mojada. Entré despacio, fui directo al cuarto, y mi cama estaba cubierta de tierra húmeda. era tierra fresca pegajosa como si la hubieran traído del monte también había hojas secas ramas finas y hasta pedacitos de lo que parecían flores podridas no había forma de que todo eso hubiera entrado solo las ventanas seguían cerradas las puertas con trancas sentí un nudo en el estómago Fui hasta la cocina para buscar bolsas y empezar a empacar, y vi sobre la mesa donde dejaba las llaves, estaba la cruz con las patas de gallo, la misma que había tirado en el baldío. La reconocí por el corte chueco de una de las patas, pero ahora tenía un listón rojo nuevo, limpio, recién amarrado al centro. Me quedé mirándola un rato, ya tenía mucho miedo la verdad. Antes de salir, encendí una veladora blanca y la dejé en el patio. No soy creyente, pero recé un padre nuestro.

20:04 Lo dije completo, sin convicción, pero con respeto. Cerré todas las puertas, aseguré ventanas y puse el candado en la reja principal. Me alejé caminando despacio, sin voltear. ese mismo día fui a entregar las llaves el dueño vivía en otro estado pero tenía un intermediario en el pueblo que le hacía los mandados al llegar a su local le expliqué que ya no seguiría que la casa no era para mí el hombre me miró extrañado Me dijo que las llaves ya las habían entregado, que esa madrugada las encontró colgadas en la reja, en el gancho donde siempre se ponían, que pensó que yo ya me había ido.

20:46 No supe qué responderle, ya las llaves no las tenía. No regresé nunca más. Me mudé a una casa más cerca del centro, más chica, más cara, pero al menos dormía. Esa casa no está vacía, y el que entre tarde o temprano va a conocer a quien la habita.