Confié En Ella Y Así Me Pagó: Brujería Con Dulces - Historias De Terror - REDE
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0:05 Fui a ese pueblo por trabajo, no por gusto. Un conocido de mi mamá tenÃa un pequeño negocio allá y me pidió que le ayudara unos dÃas, con unas cuentas atrasadas y unos papeles que no entendÃa. Acepté porque en ese momento necesitaba el dinero y porque pensé que serÃa algo sencillo, revisar facturas, organizar notas, darle forma a todo y regresarme a mi ciudad. Yo no soy de ese lugar, ni siquiera lo habÃa escuchado nombrar con atención antes de ese encargo. Lo busqué en el mapa, vi que quedaba metido entre cerros y caminos viejos y me lancé. Crecà escuchando historias de brujas, trabajos y encargos que se hacÃan en los pueblos, pero siempre lo vi como parte de las pláticas de la familia. Mi abuela contaba casos de gente que amanecÃa mal, de mujeres que hacÃan trabajos en el monte y de hombres que se iban a Catemaco cuando la cosa ya no tenÃa remedio. Yo escuchaba, me daba un poco de miedo, pero con los años lo fui dejando en el olvido. Cuando llegué a ese pueblo no pensé en brujerÃa, pensé en números, en recibos y en cómo acomodar los dÃas para terminar rápido. El pueblo me recibió con polvo en las orillas de las calles y casas viejas con pintura descarapelada. Las fachadas eran de colores que alguna vez fueron vivos y ahora se veÃan opacos.
1:32 El empedrado hacÃa que el carro brincara y sonara todo por dentro. El negocio de este conocido estaba a dos calles de la plaza principal. Dejé mi mochila en el cuarto que me prestaron, un cuarto sencillo con una cama individual, una silla y un ventilador viejo en la esquina, y salà a caminar para conocer la plaza, en lo que se acomodaban algunos papeles. La plaza era el centro de todo, tenÃa bancas de fierro pintadas de blanco algunas ya descascaradas árboles altos que daban sombra en el centro un kiosco rojo y alrededor puestos improvisados con lonas mesas de madera y cartones habÃa puestos de tacos de elotes de dulces de juguetes de plástico de artesanÃas de madera y de cosas de remedios escuchaba música a lo lejos una bocina sonando desde un local ahà era todo un relajo de gente fui mirando todo con curiosidad, más como visitante que como alguien que iba a trabajar. En una esquina vi un puesto de juguetes, en otra un señor con una olla grande de tamales. Luego, casi a la mitad del lado izquierdo de la plaza, vi una mesa sencilla que no tenÃa letreros llamativos. Era una mesa de madera con un mantel viejo. Y encima habÃa frascos de vidrio llenos de hierbas, veladoras de diferentes colores y dos platos grandes, con pedazos de dulce casero cortados en cuadros. Detrás de
3:03 esa mesa estaba una señora sentada en una silla. TraÃa una falda larga, color vino, una blusa sencilla blanca y el cabello negro recogido en un chongo apretado. No levantaba la voz y no ofrecÃa nada a gritos. solo estaba ahà con las manos sobre las rodillas mirando a la gente pasar lo raro fue que entre tanta gente en cuanto yo pasé frente a ella levantó la vista y la fijó en mà como si me hubiera estado esperando sentà su mirada tan directa que bajé un poco la vista pero luego la volteé a ver de nuevo ella me sostuvo la mirada y sin rodeos me dijo que se me notaba el cansancio y el coraje No preguntó si estaba cansado, lo afirmó. Señaló con la barbilla las ojeras, como si las estuviera marcando, y luego movió la mano en dirección a mis hombros, y dijo que los traÃa duros, que caminaba con problemas que no me tocan. No era una plática de relleno. Me pegó directo porque en esos dÃas traÃa broncas con la familia, discusiones por dinero y decisiones que no querÃa tomar. Y eso no lo sabÃa nadie.
4:15 menos alguien de ese pueblo. Me quedé parado frente a su mesa con esa incomodidad de sentirme descubierto. Quise hacerme el fuerte, pero la voz se me atoró un poco cuando le pregunté qué vendÃa. Ella bajó la mirada a los platos con dulce. Tomó un cuchillo pequeño que estaba a un lado y partió un pedazo en dos. Lo puso en un plato chico de plástico y me lo extendió. Dijo que era dulce casero y que ayudaba a quitar lo que se pega. las cosas que uno recoge de otras personas, envidia, coraje y malos deseos. Lo dijo asÃ, como si fuera lo más normal posible. Miré el pedazo de dulce. Se veÃa normal, color café oscuro con una textura pegajosa. OlÃa fuerte a azúcar quemada y a algo más que no identifiqué en ese momento. Yo no me considero alguien tan crédulo, pero la suma de todo me movió.
5:12 La forma en que describió lo que traÃa encima, la certeza con la que lo dijo, el hecho de estar lejos de mi casa y en un lugar donde nadie me conocÃa. Terminé estirando la mano y tomé el plato. No me lo guardé, lo mordà ahà mismo frente a la mesa. Al principio, el sabor fue muy dulce y empalagoso, como esos dulces que se pegan en los dientes. Pero al seguir masticando, sentà un sabor amargo que salió de golpe. y se quedó pegado en la lengua y en la garganta. Era un amargo raro, como de hierba muy fuerte. Tragué y sentà como el pedazo bajaba pesado por el esófago, como si fuera más grande de lo que realmente era.
5:56 En cuestión de segundos me empezó a subir calor a la cara. Sentà las mejillas encendidas y un zumbido leve en los oÃdos, como cuando uno se levanta demasiado rápido. Las manos se me humedecieron. sudor frÃo entre los dedos y tuve que cambiar el plato de mano porque se me resbalaba el estómago se me apretó no como dolor fuerte sino como una presión incómoda ella me miró con calma sin sorpresa como si eso fuera normal entonces dijo una frase que se me quedó grabada ya lo traÃas pero ahora se va a mover lo soltó asà viéndome a los ojos yo le pregunté a qué se referÃa Y ella respondió que hay cosas que se quedan quietas muchos años y que cuando se les da entrada ya no se quedan donde estaban. Recalcó que yo habÃa aceptado.
6:47 No levantó la voz y no hizo gestos raros. Lo sentà como un aviso, pero no sabÃa de qué. Sentà pena y coraje al mismo tiempo. Coraje conmigo por haber aceptado algo de una desconocida en un pueblo que ni siquiera conocÃa bien. Y pena porque me di cuenta de que ella veÃa más de lo que yo querÃa mostrar. Le dije que tenÃa que irme y me despedà con un gesto rápido sin darle más vueltas. Me alejé de la mesa con el sabor amargo todavÃa pegado al paladar y con la idea de que al final solo era un dulce que me habÃa caÃdo mal. Caminé de regreso por la plaza con esa combinación de vergüenza y enojo.
7:29 OÃa la música. OlÃa a aceite de los puestos de comida. VeÃa a los niños correr. pero me sentÃa desconectado. El cuerpo se me sentÃa un poco pesado y el calor de la cara no bajaba. Pensé que era por no haber comido bien ese dÃa, por el viaje, por el sol o por lo que fuera. Me repetà que no tenÃa por qué sugestionarme. Llegué al cuarto donde me estaba quedando cuando ya el cielo empezaba a oscurecer. El cuarto era sencillo. Me senté en la orilla de la cama y me llevé las manos a la cara. El dolor de cabeza empezó a crecer desde la frente hacia la nuca, como si una banda me apretara el cráneo. Sentà presión en el pecho, una opresión que no me dejaba hacer respiraciones muy profundas sin que me doliera. Me acosté con la intención de descansar un rato, nada más. Cerré los ojos y el sueño me cayó encima de golpe. No fue un sueño ligero. Sentà el cuerpo hundirse en el colchón.
8:31 Los brazos y las piernas como si pesaran el doble. Escuchaba cosas sueltas, un carro pasando lejos, una puerta que se cerraba y pasos en el pasillo. Cada vez me costaba más trabajo abrir los ojos. En un momento, no sé cuánto tiempo después, lo logré. Abrà los ojos con esfuerzo, con la cabeza aún pesada, y tuve la certeza de que alguien habÃa estado parado junto a la cama. No habÃa nadie. y el cuarto se veÃa normal, pero aún asà el aire se sentÃa distinto, cargado, como si alguien acabara de salir. Me quedé mirando hacia el lado donde sentà esa presencia, con el corazón acelerado y el dolor de cabeza todavÃa fuerte. Esa fue la primera noche en la que entendà que lo que habÃa aceptado en la plaza no se iba a quedar en un simple dulce que me cayó mal. Al dÃa siguiente me desperté con la cabeza partida. No era un simple dolor por desvelo.
9:32 SentÃa un peso desde la frente hasta la nuca, como si hubiera dormido con la cabeza prensada entre dos tablas. TenÃa la boca amarga, la lengua reseca y un mal sabor que me recordaba el dulce de la plaza. El cuerpo no respondÃa como siempre. Al intentar incorporarme en la cama me mareé de inmediato. Tuve que apoyar las manos a los lados porque todo se me movió, como si el cuarto estuviera girando despacio. Me dolÃa la espalda baja con una punzada constante, como si hubiera cargado costales todo el dÃa anterior, y las piernas se sentÃan pesadas y tiesas. Cuando por fin logré sentarme, estiré la mano hacia la silla donde habÃa dejado una botella de agua. Al sostenerla, me di cuenta de que los dedos me temblaban. El plástico crujió entre mis manos y tuve que apretarlo con cuidado para que no se me cayera. Tomé un trago y el agua no me supo a nada, y el mareo seguÃa ahÃ, pegado. Me quedé un momento sentado en la orilla de la cama, respirando despacio. El ventilador en la esquina giraba lento y movÃa el aire caliente del cuarto.
10:44 Recordé la frase de la señora en la plaza,« Ya lo traÃas, pero ahora se va a mover». Me vino a la mente su mirada fija y la forma en que dijo que yo mismo habÃa aceptado. Tragué saliva con dificultad y me dije que no podÃa quedarme asà sin hacer nada. Decidà ir otra vez a la plaza. Pensé que si la encontraba le exigirÃa que me dijera que llevaba ese dulce que me habÃa dado. Me vestà con trabajo. Agacharme para ponerme los tenis me provocó otro mareo, y cuando me levanté tuve que quedarme un momento recargado en la pared para no caerme. Salà del cuarto y caminé despacio por la calle. El sol ya pegaba fuerte, y el reflejo en las paredes claras me molestaba en los ojos.
11:32 Cada paso se sentÃa más largo de lo normal. Las piernas me pesaban y el cuerpo daba la impresión de ir retrasado. como si mis movimientos no fueran al mismo ritmo de antes. Cuando llegué a la plaza, traté de ubicar el punto exacto donde estaba la mesa de la señora el dÃa anterior. Reconocà el árbol grande que hacÃa sombra en la esquina, la banca de fierro donde se habÃan sentado dos señores y el puesto de juguetes de plástico que quedaba un poco más allá. Caminé directo hacia el espacio donde la tarde anterior ella tenÃa sus frascos y sus dulces, pero no habÃa nada, ni mesa, ni platos, ni sillas. En el lugar donde recordaba haber visto el mantel, habÃa ahora un puesto diferente, de ropa usada colgada en ganchos.
12:22 Me quedé quieto, mirando el piso, buscando aunque fuera un rastro, una cera de veladora tirada, un pedazo de papel o un frasco olvidado. pero nada. La gente pasaba, los niños corrÃan, la plaza seguÃa con su vida normal, y yo sentÃa que se me apretaba el estómago. Me acerqué al señor del puesto de al lado, un hombre de mediana edad que acomodaba camisas sobre una mesa. Le pregunté si habÃa visto a la señora que se ponÃa ahÃ, con frascos y dulces caseros. No quise describirla mucho, pensé que con eso bastaba. El hombre me dijo, sin darle importancia, que esa señora no era fija, que a veces aparecÃa una tarde y luego dejaba de venir semanas, que ni siquiera era del pueblo, que decÃan que venÃa de más lejos y que nadie sabÃa bien de dónde. Me dijo que encontrarla era un misterio, porque jamás sabÃan cuándo vendrÃa. Esas palabras me dejaron frÃo. Sentà el mareo otra vez, pero ahora más fuerte. me despedà rápido y me alejé de la plaza el camino de regreso al cuarto se me hizo más pesado me dolÃan las plantas de los pies las rodillas y la espalda cada bache del empedrado se sentÃa en los huesos al llegar al cuarto me tiré en la cama sin siquiera quitarme los tenis cerré los ojos y el dolor de cabeza siguió otra vez ahora acompañado de náuseas los dÃas siguientes se volvieron una caÃda
13:54 lenta dejé de tener hambre La comida me daba asco con solo olerla. Me ofrecÃan un plato de guisado o un pan con café y el estómago se me revolvÃa. Empecé a bajar de peso en cuestión de dÃas. Lo veÃa en la ropa, en el cinturón que me quedaba más flojo o en la playera que ya no me apretaba el estómago. Una tarde me miré al espejo del baño y no me gustó lo que vi. Los ojos se veÃan hundidos, con las ojeras marcadas y la piel de la cara más opaca. tenÃa la barba mal crecida pero no encontraba fuerzas ni para rasurarme en las noches dormir se volvió un problema cuando por fin lograba quedarme dormido me despertaba de golpe con la sensación clara de que alguien me habÃa respirado muy cerca de la cara abrÃa los ojos y sentÃa el aire caliente pegado a la nariz como cuando alguien habla casi encima de uno escuchaba pasos cortos alrededor de la cama pasos descalzos sobre el piso del cuarto A veces, al voltear hacia la puerta, distinguÃa una sombra parada en el marco, con la forma de una persona quieta, sin movimiento. No era un bulto amorfo, era la figura de alguien ahà plantado, mirándome. Pero parpadeaba y desaparecÃa. Al principio traté de buscar una explicación que no tuviera que ver con brujerÃa. Fui a una farmacia del pueblo. El dependiente me tomó la presión con un aparato sencillo. Me dijo que la traÃa un poco alterada,
15:26 que de seguro eran nervios. Me vendió pastillas para el dolor de cabeza y para el estómago. Las tomé como me las indicó un par de dÃas y nada mejoró. Al contrario, el cuerpo seguÃa igual o peor. Me recomendaron un médico general que consultaba por ahà cerca. Fui, me revisó rápido. Me escuchó el pecho con el estetoscopio. Me preguntó si habÃa tenido fiebre. Me dio un diagnóstico vago, estrés, desgaste y quizá infección estomacal. Me recetó pastillas para la ansiedad y para problemas gástricos, un protector para el estómago y reposo. Seguà las indicaciones, pero al subir las escaleras del consultorio casi se me apagó la vista. Tuve que detenerme a la mitad porque sentà una presión fuerte en el pecho como si me apretaran por dentro y el aire no me alcanzaba. A nivel mental, las cosas tampoco estaban bien. Empecé a tener pensamientos repetitivos. Me quedaba acostado mirando el techo, dándole vueltas una y otra vez a la imagen de la señora en la plaza y a la frase del« ya lo traÃas». No querÃa quedarme solo en el cuarto. Cualquier ruido en la casa se convertÃa en motivo de alerta. SentÃa casi todo el tiempo que alguien me observaba desde la puerta, desde la ventana y desde la esquina. No podÃa concentrarme en las cuentas ni en los papeles por los que se suponÃa que habÃa ido.
16:59 El dueño del negocio, el mismo que me prestó el cuarto, fue el primero en decirlo directo. Empezó a notar que yo casi no salÃa, que pasaba el dÃa tirado en la cama o sentado en la silla con la mirada perdida. Me veÃa la cara y me preguntaba si ya habÃa comido. Una tarde entró al cuarto sin prisa, se quedó recargado en el marco y me dijo que asà no estaba bien, que parecÃa enfermo de otra cosa. Dijo que se veÃa distinto cuando una persona traÃa una enfermedad normal y cuando traÃa un encargo de brujerÃa encima. Usó la palabra trabajo y brujerÃa. Era algo que yo querÃa evitar, no querÃa pensar en eso. Recuerdo que me comentó que ya habÃa visto casos parecidos en gente que aceptaba cosas en la plaza, remedios, bebidas, dulces, y que después terminaban asÃ. Sin fuerza, sin ganas, oyendo pasos y viendo sombras. Luego mencionó Katemako. Dijo que allá, en ese lugar, habÃa brujos que se dedicaban a quitar ese tipo de trabajos, y que cuando la medicina no arreglaba nada, muchos acababan yendo para allá. Yo no querÃa aceptar que estuviera metido en algo asÃ, pero en ese punto ya casi no podÃa sostenerme de pie. Me levantaba de la cama y las piernas no me respondÃan bien.
18:26 La vista se me nublaba por ratos y el pecho se me sentÃa apretado casi todo el dÃa, no solo con esfuerzo. TenÃa un cansancio que no se quitaba con dormir. Ni siquiera podÃa pensar con claridad en regresar a mi ciudad en ese estado, asà que terminé aceptando. La decisión no fue al instante, lo pensé.¿ Por qué ir con brujos? Es meterme en un mundo que, la verdad, hasta esa parte de mi vida no conocÃa. Dije que sÃ, que me llevaran a Catemaco, que hicieran el intento. El dueño del negocio habló con un par de personas de confianza y se organizó el viaje. El dÃa que salimos apenas pude bajar las escaleras de la casa. Me tuvieron que agarrar de los brazos uno de cada lado porque las rodillas se me doblaban. El sol me lastimó los ojos en cuanto salà a la calle y sentÃa la cabeza pesada y con mucho dolor al mismo tiempo. Cuando llegamos al vehÃculo, un carro viejo pero resistente, me apoyé en el marco de la puerta porque me faltó el aire.
19:30 SentÃa el corazón latiéndome en el cuello y los brazos sin fuerza. Me ayudaron a sentarme en el asiento trasero. Mientras cerraban la puerta, pensé con una claridad que me dio miedo, que si ese viaje no funcionaba, ahà se acababa todo para mÃ. O en un hospital, o en un cuarto cerrado, lejos de cualquiera. El motor arrancó y el pueblo empezó a quedar atrás. El camino hacia Catemaco quedó frente a mÃ. Con el cuerpo casi rendido y sintiendo que no la librarÃa, de verdad querÃa hablarle a mi mamá para despedirme de ella, sin que me viera en ese estado. El camino a Catemaco se me hizo eterno.
20:10 Desde que el carro salió del pueblo, sentà la cabeza pesada y la boca seca, como si hubiera pasado dÃas sin tomar agua, aunque sabÃa que no era asÃ. Iba recargado en la puerta, con la frente casi pegada al cristal y la piel frÃa por dentro, aunque afuera el sol pegaba fuerte. Cada curva del camino me revolvÃa el estómago y a ratos cerraba los ojos, porque el mareo era constante, como si el piso subiera y bajara, aunque yo estuviera sentado. Detrás de ese malestar fÃsico habÃa una idea fija. Si eso no funcionaba, ya no veÃa otra salida. Ni el médico ni las pastillas habÃan servido. El cuerpo seguÃa cayéndose y mi mentalidad también. Mientras el carro avanzaba, solo pensaba en que tal vez iba llegando demasiado tarde, que tal vez el trabajo ya estaba metido hasta el fondo y nadie podÃa sacarlo. Aún asÃ, seguÃa ahà sentado, con las manos frÃas y los dedos entrelazados, para que no se notara tanto el temblor. Cuando por fin entramos a Catemaco, lo supe por los letreros viejos en la carretera y por los comentarios de los que me acompañaban.
21:24 Las casas aparecÃan a los lados, los negocios, los puestos, el movimiento normal de un pueblo grande. Llevábamos la dirección anotada en un papel, y para eso el brujo ya estaba avisado. El dueño del negocio donde yo trabajaba habÃa hablado con consiguieron la cita. Aunque me dijeron que fue difÃcil, pudieron hacerlo y me llevaron directo a la casa de ese hombre. El lugar donde atendÃa no parecÃa una cueva ni un templo. Era una casa normal, de paredes claras con una puerta de metal y una reja sencilla. Entramos por un pasillo angosto que llevaba a un cuarto al fondo.
22:06 En cuanto crucé la puerta, noté el olor. No era olor a basura ni a comida, olÃa a hierbas quemadas y a copal, un humo que se pegaba en la garganta pero que no resultaba desagradable. El cuarto tenÃa una mesa contra la pared, varias veladoras encendidas de todos colores, imágenes de santos y figuras con cuernos, frascos de vidrio con hojas y raÃces, y un cuenco que parecÃa un cráneo, con lÃquido negro a medio llenar. También habÃa una silla fuerte de madera y un banco. El brujo era un hombre de unos 60 años, delgado, con el cabello canoso y corto. Me miró entrar sin sorpresa. Me señaló la silla para que me sentara. Me dejó un momento en silencio solo observando cómo me acomodaba. Y me di cuenta de que una pierna me temblaba sin control, dando pequeños saltos contra el piso. Ãl se fijó en eso, en mis ojeras y en el color de la piel. Me tomó la mano derecha y la sostuvo un rato como si me midiera el pulso pero sin tocar la muñeca. Me miró directo a los ojos y me preguntó desde cuándo habÃa empezado todo. Le dije que ya tenÃa algunos dÃas. Luego me dijo que le comentara cómo habÃa comenzado. Asà que empecé a contarle en orden. Le dije que una señora del pueblo en donde habÃa comenzado a trabajar. me ofreció un dulce con un sabor extraño, y que la señora
23:36 me habÃa dicho una frase que se me quedó grabada, la frase de él, ya lo traÃas pero ahora se va a mover, me miró sin decir nada y me preguntó si era todo, pero le dije que no, y le comenté lo de la primera noche con la sensación de alguien parado junto a la cama, los dÃas siguientes con el cuerpo cada vez más débil, las sombras en la puerta y la respiración en la cara. El brujo escuchó sin interrumpir. Al final, solo dijo que lo que acepté en la plaza fue un trabajo hecho con mi consentimiento, que hay cosas que se pueden pegar sin permiso, pero que lo que yo traÃa encima habÃa entrado por una puerta abierta por mà mismo. Dijo que traÃa un trabajo puesto y que si querÃa quitarlo tenÃa que aguantar el proceso completo sin rajarse a la mitad. Me sentó bien en la silla, con la espalda recta y los pies firmes en el suelo. Tomó un huevo fresco de una bandeja sobre la mesa. Lo sentà frÃo en la frente cuando lo pasó por primera vez. Lo fue moviendo por la cabeza, presionando un poco. Luego lo pasó por la nuca, por el cuello y por los hombros. SeguÃa con el pecho, el estómago, las costillas y la espalda. El cascarón rozaba la tela de la camisa y hacÃa un sonido leve, corto y repetido. Mientras lo hacÃa, murmuraba oraciones. No eran palabras suaves, eran frases directas, pidiendo que se rompiera el trabajo y se fuera lo que no me pertenecÃa. Después
25:09 dejó el huevo a un lado y tomó un ramo de hierbas. Reconocà el olor a ruda y a otra planta más fresca que no identifiqué. Empezó a barrerme el cuerpo con ese ramo, de arriba hacia abajo, con movimientos cortos y firmes, como si estuviera sacudiendo polvo. Al terminar, tomó de nuevo el huevo, ahora tibio, y lo rompió sobre el vaso con agua. La clara cayó en el fondo y se empezó a acomodar de formas que no se veÃan normales. Yo, que no entiendo de eso, vi figuras alargadas, burbujas oscuras pegadas en el centro y un hilo delgado, rojizo, que bajaba como si fuera un pequeño cordón dentro del vaso. El brujo señaló el vaso y dijo que ahà se veÃa el trabajo, que por dentro ya estaba metido, pero que todavÃa se podÃa romper. No trató de convencerme, solo dijo que necesitaba completar lo que faltaba.
26:05 Preparó un balde con agua en un patio interior, puso adentro unos puños de hierbas, las apretó con las manos y las exprimió hasta que soltaron color y olor. Me explicó paso por paso lo que tenÃa que hacer, bañarme esa noche con esa agua caliente desde la cabeza hasta los pies, dejar que escurriera hacia el piso, no reutilizarla y no secarme frotando, solo quitar el exceso con una toalla limpia. Me advirtió que esa noche podÃa ser la peor, que el cuerpo se iba a defender y que el trabajo también se iba a resistir. Nos fuimos a la casa donde nos Ãbamos a quedar. Cuando llegué, puse a calentar el agua con hierbas. Ya era de noche cuando me metà al baño con ese balde frente a mà El vapor subÃa despacio y el olor de las hierbas llenó el pequeño baño. Cerré los ojos y seguà hasta vaciar el balde. Esa noche fue el punto más alto de todo. Al acostarme, el cuerpo me empezó a temblar solo.
27:06 Me dio fiebre. SentÃa la piel ardiendo y al mismo tiempo escalofrÃos. El estómago se volteó. Vomité en un bote que habÃa preparado junto a la cama. Cada memúsculo dolÃa y no encontraba postura para estar acostado. Si me volteaba hacia un lado, me dolÃan las costillas. Si me ponÃa boca arriba, la espalda. Y el corazón me latÃa rápido, como si acabara de correr. En medio de esa crisis, abrà los ojos y vi una figura parada en la esquina del cuarto. No era una mancha, era una mujer de pie, con la misma presencia que la de la señora de la plaza. La reconocà luego por la falda larga, el cabello recogido y la forma en que mantenÃa los brazos a los lados. No sonreÃa ni hacÃa gestos, solo estaba ahÃ, mirándome. La mirada era igual, directa y dura.
28:00 Sentà que el aire se me cortaba, el pecho se me apretó de tal forma que pensé que ahà quedaba. Quise incorporarme, pero el cuerpo no me respondió. Sentà las lágrimas salir, no de tristeza, sino de desesperación. Y en ese momento, escuché que se abrÃa la puerta del cuarto. uno de los que venÃan conmigo entró encendió la luz y se acercó a la cama me preguntó cómo estaba y en cuanto la luz llenó el cuarto la figura ya no estaba en la esquina el muro estaba solo con la pintura desgastada y una pequeña mancha de humedad pero yo seguÃa jadeando empapado en sudor pues de verdad que estaba lleno de miedo esa noche casi no dormà pero la fiebre bajó poco a poco Al amanecer, el cuerpo seguÃa cansado, pero distinto. El dolor de cabeza habÃa disminuido, y la presión en el pecho ya no era constante.
28:59 Pude sentarme en la orilla de la cama sin que el cuarto me diera vueltas, y aunque todavÃa me temblaban las manos, ya era menos. Y sobre todo, el cuarto se sentÃa vacÃo de malas vibras, de ese ambiente pesado que sentà cuando miré a la bruja. O creà ver a la bruja ya sea por el miedo o por las fiebres. No escuché nada raro y no hubo respiraciones ajenas cerca de mi cara. Regresamos con el brujo ese mismo dÃa. Me vio la cara y me dijo que ya se notaba el cambio. Hizo una limpia más corta con un huevo y el ramo de hierbas, pero solo para rematar según sus palabras. Luego me dio instrucciones simples.
29:42 No aceptar comida ni bebidas de desconocidos, en especial de gente que ofreciera trabajos en plazas o mercados. No sentarme en cualquier mesa donde me hablaran de limpias rápidas. Y traer puesto durante un tiempo un listón rojo anudado que me preparó para que no se volviera a pegar lo que ya habÃa salido. Dijo que durante algunos dÃas todavÃa podÃa soñar pesadillas y sentirme mal, pero que el trabajo ya estaba quebrado. que lo que siguiera era solo el cuerpo recuperándose. Nos despedimos y aunque no hubo promesas de que se fuera al 100% o que no estuviera a merced de la bruja para trabajos nuevos, solo me dio la indicación de regresar si algún sÃntoma fuerte volvÃa. Con el paso de las semanas la vida regresó a su lugar.
30:31 El apetito volvió poco a poco. Empecé a comer sin que la comida me causara náuseas. Subà de peso despacio. lo suficiente para que la ropa dejara de colgarse. El temblor en las manos desapareció y el sueño se normalizó. Me acostaba y aunque todavÃa me despertaba alguna vez con recuerdos de la bruja, ya no habÃa pasos junto a la cama, ni respiraciones en la cara, ni figuras en la puerta. Cuando terminé el trabajo en el negocio de mi conocido, regresé a mi ciudad. Pasaron meses y nunca volvà a ver a la mujer del pueblo. Jamás supe más de ella, ni de lejos, ni en fotos, ni en pláticas. Quedó como alguien que apareció un dÃa en la plaza, me dio un dulce y se fue. Aunque lo que dejó detrás casi me cuesta la vida. Esa fue la única vez que acepté algo asÃ. Desde entonces, cada vez que voy a un pueblo y veo mesas con remedios o gente ofreciendo trabajos para el mal de ojo, me sigo de largo. No me detengo ni por curiosidad.
31:37 No necesito que nadie me vuelva a decir que ya lo traÃa. Con una vez tuve suficiente. Lo que pasó se quedó en el pasado, sin fantasmas pegados al presente. Pero con una decisión clara, no volver a jugar con ese tipo de cosas. Fue algo muy duro para mÃ, de no conocer nada acerca de la brujerÃa ni de brujas. Hacer a alguien con brujerÃa en el cuerpo, hecho por una bruja que parecÃa una señora normal. en la que puedes confiar. Por eso cuento mi historia, para que no confÃen en nadie si es posible que tenga puestos o te ofrezca remedios caseros o limpias para algo. Lo que les puedo recomendar es que digan que no y si alguna vez sienten algún sÃntoma como el mÃo, busquen ayuda lo más pronto posible, para que al igual que yo puedan contar su historia. Me quedé solo en la casa de mi tÃa, porque tuvo que salir unos dÃas a visitar a una prima que se enfermó en otro estado.
32:45 Ella me pidió el favor de quedarme ahà durante una semana para cuidar la casa y para regar las plantas que tenÃa en la entrada. Acepté porque estaba de vacaciones y no tenÃa nada urgente que hacer. La casa siempre me ha parecido tranquila. Está en una colonia donde cada propiedad tiene un solar amplio. Hay terrenos baldÃos y espacios abiertos entre una casa y otra. El patio de atrás da hacia un lote vacÃo con tierra seca, hierba crecida y una barda vieja que tiene huecos en varias partes por el desgaste. El primer dÃa limpié la cocina, revisé las ventanas y fui al patio para ver cómo estaba la hierba. HabÃa crecido bastante. La hierba llegaba al borde del corredor y la tierra se veÃa levantada en distintas zonas.
33:33 como si el viento hubiera acumulado hojas y polvo. Para evitar que se hiciera más feo, me puse a limpiar desde la mañana. Junté en la orilla del corredor, levanté piedras y junté ramas secas, todo normal hasta que llegué al rincón pegado a la barda. En ese punto noté la tierra removida. No era un agujero grande, más bien era un espacio pequeño, donde la tierra se veÃa suelta, con forma redonda y reciente. No pensé nada fuera de lo común. Me agaché para acomodar la tierra y sentà un pequeño bulto enterrado. Pasé la mano y detecté los bordes de algo amarrado. Quité la tierra con cuidado hasta sacar una bolsa pequeña hecha de un material viejo como tela gruesa. TenÃa un nudo firme. La levanté, la revisé por fuera y la abrà ahà mismo sin moverme del lugar.
34:28 Adentro encontré cosas que no tenÃan sentido. Lo primero que vi fue un cráneo pequeño, como el de un animal recién formado. Estaba seco y tenÃa la parte de arriba fracturada. A un lado del cráneo habÃa dientes humanos sueltos, algunos con raÃz. También habÃa un hueso largo quebrado en dos partes, con la superficie raspada, como si lo hubieran golpeado antes de meterlo ahÃ. Entre esos objetos venÃa cabello mezclado con tierra oscura apelmazado. Lo último era un papel con mi nombre completo, escrito de forma clara, enrollado y metido dentro del cráneo. No dije nada, no tiré nada, y solo me quedé viéndolo unos segundos, porque era evidente que eso no pertenecÃa al patio, ni tenÃa relación con nadie de la casa. El hallazgo me dio una sensación rara, no porque fuera misterioso, sino porque estaba hecho con intención. Cerré la bolsa y la dejé en una esquina del corredor.
35:33 No sabÃa si guardarla o quemarla, asà que la dejé ahà mientras seguÃa limpiando. Volvà a mis actividades del dÃa como si fuera normal. Regresé al interior. Preparé comida simple y me senté a ver el celular. No pensé más en la bolsa hasta que llegó la noche. Me acosté temprano porque el calor estaba fuerte y querÃa descansar. Al acostarme sentà dolor en el costado. Un dolor leve como punzadas internas. Pensé que habÃa hecho un mal movimiento cargando las ramas del patio. Me acomodé varias veces, pero el dolor seguÃa ahÃ. Dormà mal y me desperté varias veces porque no encontraba una posición cómoda. Cuando amaneció, me levanté con la sensación de que me habÃa golpeado durante la noche.
36:21 Me quité la camisa para revisar mi costado y vi una marca oscura del tamaño de mi palma. El borde era firme, de un tono morado, y al presionarla sentà dolor inmediato. No tenÃa explicación pues no recordaba haberme pegado ni haber cargado algo tan pesado como para provocar una marca asÃ. La toqué otra vez para asegurarme de que no era imaginación. SeguÃa caliente y sensible. Salà al corredor para ver la bolsa y fue ahà donde noté otros detalles que no correspondÃan al dÃa anterior. La puerta del patio estaba abierta, aunque la habÃa cerrado por dentro en la noche. No habÃa viento suficiente para abrirla sola. En el pasillo cerca de la cocina encontré ceniza esparcida, no mucha, pero lo suficiente para distinguir que alguien la habÃa dejado caer en una lÃnea irregular. No habÃa cocinado nada que dejara ceniza. Tampoco habÃa velas encendidas la noche anterior. Volvà al patio para ver si el agujero estaba igual. y noté que la tierra removida parecÃa más fresca que el dÃa anterior, como si algo hubiera vuelto a moverla. La bolsa seguÃa donde la habÃa dejado, pero el suelo alrededor se veÃa más suelto. Revisé los objetos otra vez y todo estaba igual. Guardé la bolsa en el mismo punto, sin moverla mucho porque no sabÃa qué hacer con ella.
37:49 El dolor en mi costado aumentó cuando me incliné para agacharme. Regresé a la cocina y me preparé un café, pero la incomodidad aumentó. Cada vez que giraba el torso, el dolor avanzaba a la espalda. No tenÃa fiebre, pero sentÃa la piel caliente alrededor de la marca. La sensación era constante. No era picazón, no era ardor superficial. Era un dolor profundo que parecÃa avanzar hacia adentro. Caminé por la casa para mantenerme ocupado y verificar que no hubiera nada raro. Todo estaba en su lugar, pero la puerta abierta y la ceniza seguÃan ahà en mi cabeza. Decidà barrer el corredor para quitar la ceniza y revisar el pestillo de la puerta. El pestillo estaba bien, no estaba tronado ni flojo.
38:40 Revisé la ventana del comedor y estaba cerrada. Todo estaba normal, excepto los detalles que habÃa visto desde que encontré la bolsa. Se sentÃa como si la casa hubiera tenido movimiento durante la noche. No lo pensé más, pero la marca en el cuerpo seguÃa creciendo, y eso sà era completamente real. En ese momento ya tenÃa claro que lo que saqué del patio no era basura ni algo viejo enterrado por casualidad. Lo sentà en el cuerpo desde la madrugada, y lo confirmé al ver la marca y los cambios en la casa. Ese hallazgo empezó algo, que se me fue metiendo al cuerpo desde ese amanecà con un dolor mucho más fuerte que el del dÃa anterior lo sentà desde que abrà los ojos era un dolor profundo que me rodeaba el costado y subÃa hacia la espalda como si hubiera dormido sobre una superficie dura me levanté despacio y levanté la camisa para revisar la marca ahora ocupaba casi todo el costado el borde seguÃa firme pero el color habÃa cambiado era más oscuro y la piel alrededor se veÃa inflamada Toqué con la punta de los dedos para sentir la temperatura y estaba caliente, casi ardiente, como si la piel estuviera reaccionando a algo que avanzaba por dentro. Me quedé viéndola unos segundos porque ya no era una mancha pequeña, era algo que no tenÃa sentido para un solo dÃa.
40:12 Fui al patio para ver si la bolsa seguÃa en el mismo lugar donde la habÃa dejado. Caminé despacio porque el dolor aumentaba cuando giraba el torso. Al salir, noté que el aire estaba más seco y que la hierba tenÃa un color más opaco. Me acerqué al rincón junto a la barda y vi algo nuevo. En el punto exacto donde habÃa encontrado la bolsa, habÃa plumas acomodadas en forma de cÃrculo. Eran plumas grises, algunas más grandes que otras, y tenÃan polvo negro encima. La tierra dentro del cÃrculo estaba más suelta que el dÃa anterior. Pero no habÃa viento, ni animales que dejaran algo tan ordenado. Me quedé mirando ese cÃrculo sin mover nada, porque era evidente que alguien lo habÃa colocado en la noche mientras yo dormÃa. El cansancio me llegó temprano, antes incluso de terminar de revisar el patio. Sentà presión en el pecho al respirar, no era falta de aire. era como si el aire entrara por partes y tuviera que hacer un esfuerzo extra para sentir que los pulmones se llenaban me sostuve de la orilla del corredor y esperé a que el mareo bajara el sudor frÃo comenzó a correr por mi espalda no estaba haciendo ejercicio y no hacÃa calor suficiente para sudar asà era una reacción que venÃa de adentro como si el cuerpo estuviera respondiendo a algo que no entendÃa Caminé hacia la cocina para tomar agua y sentà otro pinchazo
41:45 en la espalda, justo detrás de la marca. Mientras trataba de estabilizarme, escuché la voz de la vecina mayor. Ella vive cruzando el terreno de la derecha. Su casa está un poco más elevada y desde su patio se ve parte del mÃo. La vi acercarse por la reja del lado. Me comentó que me veÃa pálido y que caminaba raro. Me lo dijo con calma, sin alarmarse. pero señalando que no tenÃa buena cara. Le respondà que no me sentÃa bien y levanté la camisa para enseñarle la marca. Ella se acercó más para verla y frunció la boca como si la reconociera. No tocó la piel, solo la observó con atención. Después me pidió que la acompañara al rincón del patio, donde estaba el cÃrculo de plumas. Caminamos despacio hasta llegar ahÃ, Ella se agachó, vio la tierra removida y me dijo que eso no era un accidente. Lo dijo de forma directa. Me comentó que esa clase de cosas no aparecen solas, que se entierran para causar daño y que asà empiezan los males que se pegan al cuerpo.
42:56 Me lo explicó sin rodeos, como si ya hubiera visto casos parecidos. Me dijo que cuando alguien quiere afectar a otra persona, usa su nombre y algún objeto personal como parte del trabajo, para que el daño avance rápido. Escucharla asÃ, tan segura, me hizo sentir un peso más fuerte en el pecho. No porque me estuviera asustando, sino porque el dolor ya habÃa subido hacia la espalda y el hormigueo comenzaba en mis manos. Era un hormigueo leve al principio, como cuando un brazo se entumece por un mal movimiento, pero se iba extendiendo hacia los dedos. Movà la mano varias veces para asegurarme de que no era un calambre, pero el hormigueo seguÃa ahÃ. La vecina me dijo que tenÃa que llevarme con alguien que ella conocÃa, una mujer que vivÃa fuera del pueblo y que sabÃa quebrar trabajos de ese tipo, y de verdad me lo dijo como si no hubiera otra opción. aclaró que no era una curandera común, que era la única que habÃa visto capaz de detener daños fuertes. Yo ya no tenÃa razón para negarme, pues el dolor aumentaba con cada movimiento, y no podÃa seguir esperando a que bajara solo. Acepté porque sabÃa que algo me estaba afectando, y ya no podÃa ignorarlo. La vecina fue por su bolso y me pidió que la acompañara, Caminamos hacia la calle de atrás y seguimos el camino que lleva hacia las afueras del pueblo. El suelo era
44:29 de tierra compactada, con piedras pequeñas incrustadas por el paso de los carros. A los lados habÃa casas dispersas, algunas con bardas y otras con cercas viejas. El sol empezaba a bajar, asà que la luz tenÃa un tono amarillento que hacÃa que las sombras de los árboles se alargaran en el camino. Cada paso me costaba más. El aire se sentÃa pesado y tenÃa que tomar respiraciones cortas para no sentir la presión en el pecho. La vecina se mantenÃa a un lado mÃo, avanzando con paso constante. Me preguntó varias veces si podÃa seguir caminando. Le respondà que sÃ, pero cada vez más lento. El dolor en el costado se movÃa hacia la espalda y luego bajaba otra vez.
45:15 No era un dolor fijo, era como si me rodeara el cuerpo por dentro. Me apoyé en una piedra grande durante unos segundos para tomar aire y continuar. La vecina señaló que la casa de la mujer quedaba más adelante, pasando una lÃnea de mezquites y una pequeña pendiente. Seguimos avanzando y las casas empezaron a espaciarse más. El terreno seco se extendÃa a los lados y el calor se mezclaba con el polvo que levantaba nuestros pasos. El cansancio era tan fuerte que sentÃa las piernas pesadas. No era el cansancio de caminar mucho, era un cansancio repentino, como si algo me estuviera quitando energÃa. Me di cuenta de que si me detenÃa mucho tiempo, no iba a querer levantarme.
46:01 Asà que seguà caminando, aunque fuera lento. Mentalmente me estaba rindiendo. La verdad, jamás me habÃa sentido asÃ. Y justo en esos momentos, quizá por la caminata o porque ya tenÃa la brujerÃa avanzada, estaba con esa sensación. de que cada paso me costaba el doble. La marca ardÃa como si estuviera encendida por dentro y el aire se sentÃa más denso con cada respiración. SabÃa que no podÃa volver a la casa en ese estado y llegar con la bruja que la vecina mencionaba era lo único que tenÃa sentido porque el daño seguÃa avanzando y ya lo sentÃa en todo el torso. Al terminar de subir la pequeña pendiente vi la casa de la mujer que la vecina querÃa que visitara. Era una construcción antigua, de paredes gruesas y techo bajo. No tenÃa ventanas visibles desde el camino, solo una puerta de madera oscura. A su alrededor habÃa mezquites, piedras grandes acomodadas en fila y un poste sin luz clavado en la entrada. La vecina tocó la puerta con firmeza y no tardaron en abrir. La mujer salió sin decir una palabra. TenÃa el cabello recogido y una expresión seria.
47:18 Su mirada era directa, sin curiosidad ni sorpresa por vernos ahÃ. Nos hizo una señal con la mano para que pasáramos. Al entrar noté de inmediato la oscuridad del interior, pero no era una oscuridad completa, sino una luz opaca y controlada, proveniente de varias velas negras, consumidas y colocadas sobre repisas, y mesas pequeñas alrededor del cuarto. El olor era fuerte como a resina quemada, mezclada con humo viejo y tierra húmeda. En las paredes vi altares con figuras talladas en madera, todas con rostros alargados, ojos hundidos y dientes marcados. No parecÃan adornos, pues cada figura tenÃa una posición diferente como si estuvieran vigilando desde distintos ángulos. Entre los altares habÃa frascos con huesos, algunos largos, otros pequeños, tierra oscura dentro de envases de vidrio y objetos amarrados con tiras delgadas que parecÃan cuero. En el centro del cuarto habÃa una mesa de madera gruesa, marcada con cortes profundos. Esos cortes parecÃan hechos con cuchillo en diferentes direcciones. Sobre la mesa estaban esparcidos pequeños montones de carbón, restos de cera negra derretida y sÃmbolos tallados directamente en la superficie. Todo se veÃa usado, sin intención de decoración, pues era un espacio de trabajo con brujerÃa, no de exhibición. La mujer se
48:51 quedó de pie frente a mà y me observó sin expresión. No tenÃa una actitud cálida ni agresiva, solo era seca y directa. Me indicó con un gesto que me sentara en una silla frente a la mesa. La vecina se quedó detrás de mà sin hablar. La bruja me pidió que levantara la camisa para ver la marca. Obedecà despacio porque el dolor me atravesaba el costado. Ella se inclinó y observó la marca durante varios segundos. Pasó la mano cerca de la piel sin tocarla. Su rostro no cambió, pero hizo un comentario breve. Me dijo que el trabajo era fuerte y que era brujerÃa pesada. Agregó que eso se entierra cuando hay intención de desgaste fÃsico y drenar energÃa, que el avance era rápido, porque la tierra del patio habÃa estado fresca. Me lo dijo con naturalidad, quizá para que lo asimilara mejor o no sé, pero eso me daba más miedo, pues yo jamás habÃa estado en esas situaciones.
49:53 Le conté lo que habÃa encontrado en la bolsa. El cráneo pequeño, los dientes humanos, el hueso quebrado, el cabello mezclado con tierra oscura y el papel con mi nombre enrollado dentro del cráneo. Ella me escuchó, y cuando terminé, me afirmó que el cráneo pequeño y los dientes eran señales de que la persona querÃa que el daño se moviera con velocidad, y no en semanas, sino en dÃas. Me explicó que el hueso quebrado representaba la intención del cansancio profundo y que el cabello mezclado con tierra servÃa para que la piel reaccionara. Después tomó un recipiente de metal que tenÃa junto a la mesa. En su interior habÃa sal gruesa y carbón molido. Lo movió con la mano, mezclando los granos hasta que quedaron uniformes. Luego colocó una cantidad en su palma y comenzó a frotar mi costado con movimientos firmes. El contacto me hizo tensar el cuerpo.
50:50 La mezcla raspaba la piel y el carbón dejaba manchas negras alrededor de la marca. En verdad, sentà el ardor de inmediato y casi me caigo desmayado. Sin decir nada, vertió alcohol puro sobre la mezcla. El alcohol cayó directo en la marca y la sensación fue como si mi piel se encendiera. El ardor subió hacia la espalda y por un momento tuve que apretar los dientes para no moverme. La bruja no se detuvo. Tomó el papel con mi nombre que yo habÃa llevado en la bolsa y lo hundió en un cuenco con agua negra formada por tierra y ceniza. El papel se empapó rápido y se fue al fondo. Luego tomó un cuchillo viejo con la hoja oxidada.
51:34 Pasó el cuchillo alrededor de mi cuerpo. No me tocó, pero la hoja dibujaba una lÃnea de aire alrededor del pecho, hombros, espalda y costado. Al mover el cuchillo, repetÃa un rezo seco, rápido y sin pausas. Se notaba que era un rezo fuerte, porque la vibra cambió por completo. No levantaba la voz ni hacÃa movimientos exagerados. Era un proceso mecánico y directo, como alguien que está acostumbrado a cortar ese tipo de cosas. Mientras hacÃa eso, el ardor en mi costado se volvió más definido. Ya no era un dolor suelto. Era como si la piel estuviera expulsando algo. La respiración comenzó a mejorar, el pecho se sentÃa menos presionado y el cansancio se redujo poco a poco. El dolor se movió hacia abajo, como si retrocediera. Al mirar la marca, noté que empezó a aclararse. No desapareció por completo, pero el tono oscuro se redujo y la piel dejó de sentirse tan caliente.
52:39 Cuando terminó, la bruja dejó el cuchillo sobre la mesa y dijo que esto lo habÃa hecho alguien cercano. alguien que habÃa entrado a la casa en algún momento. Aclaró que el trabajo ya estaba quebrado y que el daño no iba a seguir avanzando, pero que iba a sentir cansancio por el resto del dÃa. DebÃa descansar y no volver a mover la tierra del patio sin revisar. La vecina me ayudó a levantarme. Salimos de la casa sin que la bruja dijera más. Al caminar de regreso, la vecina comentó que tenÃa una sospecha. de quien podrÃa haber puesto la bolsa en el patio. Lo dijo sin crear drama, solo por si querÃa saber, o para sacar plática. La verdad no sé, pero no insistió, solo lo mencionó como un dato. Cuando llegamos a la casa de mi tÃa, sentà alivio inmediato al recostarme. Dormà bien por primera vez desde que comenzó el dolor. Al despertar, la marca estaba casi desaparecida. Solo quedaba un tono claro que ya no me dolÃa. Me levanté, tomé una pala y limpié el patio.
53:48 Quité la tierra removida, la regué y acomodé las piedras alrededor. Dejé el suelo parejo y sin huecos. Desde ese dÃa no volvà a ver tierra movida, ni plumas colocadas en cÃrculo. Tampoco encontré objetos enterrados, ni marcas extrañas en la piel. Todo quedó claro. El trabajo se rompió esa tarde y no volvió a tocarme. Jamás supe quién fue la persona que me hizo esto, pero debió de ser alguien que me conocÃa, alguien que sabrÃa que estarÃa ahà en la casa de mi tÃa, y alguien que querÃa verme mal, quizá hasta muerto. No echaré culpa a nadie ni investigué con la vecina sobre su sospecha, pues la verdad no querÃa más problemas de ese tipo, solo querÃa que mi vida continuara normal. como estaba hasta ese dÃa. No volvà a ir nunca a la casa de mi tÃa, quizá por miedo o por cuidado, pero espero no me vuelva a pasar nunca más. Si a ti te ha pasado alguna vez o conoces a alguien al que sÃ, deja en los comentarios su mala experiencia y qué fue lo que hizo para quitarse el mal de encima. Cuando me
55:22 cambié a trabajar en una escuela rural en la sierra de Hidalgo, me dieron hospedaje en una casa al fondo del terreno, donde antes vivÃa un maestro viejo. La casa tenÃa lo básico, cama, estufa, un baño. Lo bueno era que quedaba dentro de la escuela, asà que no tenÃa que caminar mucho. Era un lugar tranquilo, rodeado de árboles y con un aire fresco que contrastaba con el bullicio del pueblo más cercano. Los maestros decÃan que el aislamiento tenÃa sus ventajas, pero también advertÃan que la soledad podÃa pesar con el tiempo. El primer mes fue tranquilo. Los niños eran buenos, los padres amables. Me acostumbré rápido a la rutina, a levantarme temprano y a dormir con el canto de los grillos. Pero una tarde, mientras revisaba tareas en el salón, sentà que alguien me veÃa desde la ventana.
56:16 Miré de reojo y vi a una señora parada ahÃ. Pensé que era una madre de familia, pero se quedó quieta mucho rato. Cuando volteé bien, ya no estaba. La sensación de haber sido observado se quedó conmigo incluso después de que me fui a dormir. A partir de esa tarde, empecé a notar cosas raras. Una mañana, al salir de la casa, encontré hojas secas amontonadas junto a la puerta, aunque la noche anterior no habÃa viento. Otro dÃa, escuché pasos en el pasillo de la escuela cuando ya todos se habÃan ido. Revisé, pero no habÃa nadie. A la semana siguiente, una niña se quedó después de clases porque su mamá se habÃa retrasado. Para hacer tiempo, le pregunté si le gustaba la escuela. Dijo que sÃ, pero que le daba miedo la señora de la ventana. Pregunté cuál señora.
57:10 Contestó que la que se asomaba cuando nadie más estaba. me reà nervioso y le dije que seguro era su imaginación pero la niña insistió decÃa que a veces la veÃa desde el patio con su cara pegada al vidrio su voz era tan seria que me hizo dudar no quise darle más vueltas al asunto pero en los dÃas siguientes empecé a fijarme más en esa ventana quedaba en un salón que no se usaba desde hacÃa años lo habÃan cerrado porque la humedad habÃa echado a perder el techo y parte del piso La llave la tenÃa el director y según él no habÃa razón para abrirlo. Una tarde, cuando casi todos se habÃan ido, pasé cerca y me detuve.
57:54 Me quedé viendo el cristal opaco. No se distinguÃa nada adentro. Esa noche, mientras cenaba en mi casa, volvà a sentir la mirada. Salà y revisé, pero no habÃa nadie. El aire estaba quieto, sin el ruido de los insectos ni el crujir de las ramas. me quedé un rato afuera sintiendo el frÃo en la piel no querÃa aceptar que algo raro estaba pasando pero la sensación era innegable otro dÃa un niño dijo que no querÃa ir al baño solo porque la señora a veces se quedaba ahà parada viendo a los niños jugar no querÃa acercarse otros niños escucharon y dijeron que ellos también la habÃan visto algunos hablaban de ella como si fuera parte de la escuela como si siempre hubiera estado ahÃ. Lo decÃan con naturalidad, como cuando se habla de un mueble viejo o un árbol torcido en el patio. Eso me inquietó más que cualquier otra cosa. Le conté esto a una maestra que llevaba años ahÃ. Se puso seria. Me dijo que sÃ, que todos sabÃan de la señora, que antes vivÃa cerca, en una cabañita ya derrumbada. No tenÃa hijos, pero siempre estaba cerca de la escuela. No hablaba con nadie. La gente la evitaba porque decÃan que sabÃa hacer cosas que no eran de Dios. Un dÃa desapareció. Nadie supo qué le pasó. Me llevé esa historia en la cabeza todo el dÃa. Pensé en la cabaña derrumbada y en cómo
59:25 las historias sobre ciertas personas nunca mueren del todo. Tal vez era solo un cuento viejo que los niños repetÃan sin entenderlo. Pero algo no encajaba. La manera en que la maestra habló de la señora me dejó una sensación pesada en el estómago. Esa tarde, cuando los niños se fueron, caminé hacia el cerco de la escuela. Desde ahà se veÃa el terreno donde habÃa estado la cabaña. Solo quedaban unas piedras apiladas, escondidas entre la hierba seca. Esa misma noche se fue la luz en la casa. Salà con una lámpara y cuando iluminé la ventana, vi la silueta de alguien reflejada en el vidrio. Entré de golpe y no habÃa nadie, pero sobre la mesa donde habÃa dejado mis papeles estaban las hojas de los niños revueltas, como si alguien las hubiera ojeado. Traté de explicármelo, de pensar que quizá yo mismo las habÃa movido sin darme cuenta, pero no recordaba haberlas dejado asÃ. Desde ese dÃa, las cosas se pusieron peor. Los niños seguÃan hablando de la señora.
1:00:30 Algunos decÃan que la habÃan visto moverse entre los árboles cerca de la escuela. Una vez, en plena clase, una niña gritó. Señaló la ventana. Dijo que estaba ahÃ, mirándola. Salà de inmediato, pero no vi nada. Lo raro fue que la niña no dejó de temblar en toda la tarde. Se negaba a acercarse a la ventana, aunque le aseguré que no habÃa nadie. Esa misma noche, al llegar a la casa, revisé bien las ventanas y la puerta. Todo estaba cerrado como lo habÃa dejado, pero al entrar al cuarto, el aire se sentÃa más pesado. Encendà la lámpara y fui directo a la mesa. Las hojas seguÃan ahÃ, pero esta vez estaban apiladas de otra forma, como si alguien las hubiera ordenado. Me quedé quieto, sintiendo que algo andaba mal.
1:01:19 No escuché nada, pero tuve la sensación de que alguien me observaba. Volteé hacia la ventana y por un instante me pareció que la figura seguÃa ahÃ, reflejada en el vidrio. No esperé a que se moviera. Apagué la lámpara y me fui a la cama. Al dÃa siguiente, los niños volvieron a hablar de la señora. Uno de los más pequeños dijo que la vio en la esquina del patio, parada entre los árboles. Me acerqué con él y le pedà que me señalara el lugar exacto. Dijo que habÃa estado ahà un momento, pero que cuando parpadeó ya no estaba. Le pregunté cómo era. Me dijo que traÃa un vestido largo y que su cara no se le veÃa bien, que le recordó a la muñeca vieja que tenÃan en su casa con los ojos sin color. Esa tarde, cuando la escuela quedó vacÃa, me quedé revisando unos papeles. De pronto, escuché un ruido afuera. Me acerqué a la puerta y salà mirando hacia los árboles. No vi nada al principio, pero al enfocar la vista, me pareció ver algo blanco moviéndose entre las ramas. Llegué hasta el borde del patio y me detuve. La escuela estaba en silencio. Decidà no seguir buscando y volvà a la dirección. Al cerrar la puerta, noté que en una de las ventanas habÃa una marca, como si alguien hubiera apoyado la mano en el vidrio.
1:02:40 Limpié el cristal y me aseguré de cerrar bien todo antes de irme. Otro dÃa, una madre de familia vino a buscarme. Dijo que su hija no querÃa regresar a la escuela porque soñaba con la señora. DecÃa que la llamaba desde el monte, que le pedÃa que fuera con ella. Otros padres empezaron a decir lo mismo. Sus hijos hablaban dormidos, repetÃan palabras en un idioma raro. Las mamás se asustaron. Algunas dejaron de traer a sus hijos por unos dÃas. Se rumoraba que una de las familias planeaba mudarse. Decidà averiguar más sobre la señora. Fui con un anciano del pueblo. Dijo que de joven la habÃa visto muchas veces. Contó que la gente la llamaba bruja, que algunos aseguraban que curaba con hierbas, pero otros decÃan que hacÃa cosas peores.
1:03:31 Que un dÃa, cuando una tormenta grande azotó el pueblo, la vieron caminando bajo la lluvia sin mojarse. Luego desapareció. El anciano recordó que en su niñez su madre le advertÃa sobre ella. DecÃa que era mejor no hablar de la señora. que ignorarla era la única manera de que no se fijara en uno, pero no todos lo hicieron. Un primo del anciano, que era escéptico, decidió seguirla una noche cuando la vio dirigirse al monte. Dijo que la vio detenerse frente a un árbol seco y que de la nada apareció un fuego extraño en el suelo. No era como el de una fogata, era azul y no hacÃa ruido. El primo se asustó y corrió de vuelta.
1:04:16 Pero desde esa noche tuvo pesadillas. DecÃa que la veÃa en su cuarto, parada en la esquina sin moverse. La familia no supo qué hacer. Trajeron a un sacerdote, pero el primo empeoró. Se volvió callado, dejó de comer bien y un dÃa se fue del pueblo sin decirle a nadie. Nunca regresó. La historia me dejó inquieto. No era la primera vez que escuchaba relatos extraños sobre el pueblo. Pero esta vez se sentÃa diferente. No solo por lo que me contaron, sino por la forma en que lo dijeron. Regresé a la escuela con la sensación de que algo nos vigilaba. No podÃa explicarlo, pero era como si una presencia se hubiese quedado pegada a mi sombra. Esa noche, en la casa, oà pasos afuera, lentos, arrastrados. No era el sonido de un animal ni de alguien caminando con prisa.
1:05:10 Era como si algo se moviera sin apurarse, sin preocuparse de ser oÃdo. Miré por la ventana, pero no vi nada. La oscuridad lo cubrÃa todo. Cuando abrà la puerta, sentà un viento frÃo, seco, que me hizo estremecer. En el suelo, justo en la entrada, habÃa un montón de tierra negra. No era tierra común, parecÃa salida de una tumba. Me agaché para verla de cerca, pero en cuanto la toqué con la punta de los dedos, sentà un escalofrÃo que me recorrió todo el cuerpo. Me sacudà la mano y entré rápido, cerrando la puerta con seguro. Esa noche casi no dormÃ. Cada ruido me hacÃa abrir los ojos. No sabÃa qué hacer. Quise despertar a mi hermano, pero él dormÃa tranquilo y no querÃa parecer paranoico. Al amanecer salà con cuidado. La tierra negra seguÃa allÃ, pero algo era diferente.
1:06:04 HabÃa huellas alrededor, como si alguien hubiera caminado en cÃrculos. En ese mismo rato fui al cuarto y ahà encontré más tierra negra justo junto a mi cama. Intenté barrerla pero cada vez que la recogÃa aparecÃa más, como si alguien la pusiera mientras yo no miraba. Después de eso todo se salió de control. Un niño se desmayó en clase. DecÃa que la señora lo habÃa tocado. No se referÃa a ninguna maestra ni a su madre. Hablaba de la mujer de la ventana. Sus palabras eran confusas, como si estuviera soñando despierto. Temblaba, y aunque lo intentaban calmar, seguÃa mirando a la nada, como si todavÃa pudiera verla. Algunos niños dijeron que ellos también la habÃan visto, pero no se ponÃan de acuerdo en cómo era. Unos decÃan que tenÃa el pelo muy largo y enredado, otros que su cara no se distinguÃa bien, pero todos coincidÃan en que estaba del otro lado del vidrio, observando. Una maestra vio a alguien dentro de mi casa cuando yo estaba en la escuela. Pensó que tal vez alguien habÃa entrado a robar.
1:07:14 Cuando entramos a revisar, encontramos la cama deshecha y la estufa encendida. Lo raro era que la puerta y las ventanas seguÃan aseguradas por dentro. No habÃa signos de entrada forzada. Esa misma semana, los padres dejaron de mandar a los niños. Tiempo después, la escuela cerró. Nadie quiso volver. La gente evitaba el terreno. La maleza creció, cubriendo la entrada como si la naturaleza intentara sepultar lo que allà ocurrió. Dicen que si te acercas demasiado, oyes que alguien te llama por tu nombre. Algunos juran que han visto a la señora, de pie, en la ventana de la casa abandonada, esperando a que alguien entre. No se mueve, no parpadea, solo está ahà como si el tiempo no pasara para ella.
1:08:02 como si supiera que tarde o temprano alguien cometerá el error de cruzar la puerta.
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