Dec. 7, 2025

BRUJERÍA Por Dinero: El Día Que Descubrí Quién Quería Verme Caer - Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:05 Cuando recuerdo esa etapa de mi vida, siempre empiezo por la tienda. Era una tienda de abarrotes sencilla, pero para mí lo era todo. El local no era grande, pero estaba bien distribuido. Tenía una puerta de vidrio al frente, de esas que se empujan y hacen un pequeño golpeteo al cerrar. Enseguida estaba el mostrador con la caja registradora, un mueble de madera ya maltratada por los años. A la derecha y a la izquierda tenía estantes llenos de productos, todo acomodado por costumbre más que por sistema. Al fondo estaba el refrigerador grande para los refrescos y las leches, pegado a la pared, y más atrás una bodega chica donde guardaba cajas, productos de reserva y artículos de limpieza.

0:51 Durante un tiempo me sentí tranquilo con la tienda, pero hubo una época en la que todo empezó a ir mal. Al principio lo tomé como problemas sueltos, pero luego se fueron juntando. El refrigerador comenzó a descomponerse seguido. Una vez dejó de enfriar en pleno fin de semana, perdí varias charolas de yogur, botellas de refresco calientes que nadie quiso y litros de leche que se echaron a perder. Lo mandé reparar, funcionó unos días, luego volvió a fallar. Pagué otra reparación, cambiaron una pieza y otra vez se descompuso a la semana. Cada vez salía dinero de la caja para arreglarlo. y yo veía cómo se me iba el poco margen que quedaba. No eran solo las fallas del refrigerador.

1:37 Cajas con botellas se caían de los estantes, aunque yo estaba seguro de haberlas acomodado bien. Una vez, en plena tarde, se vino abajo una caja con botellas de vidrio. Se quebraron varias. El piso se llenó de refresco pegajoso, y me tocó recoger vidrios con cuidado, mientras un par de clientes me miraban con cara de incomodidad. Otra vez una caja con frascos de café. Se inclinó sola y varios frascos se abrieron tirando producto que ya no se podía vender. Un día un cliente se resbaló en el pasillo. Yo había visto el piso seco unos minutos antes, pero cuando lo ayudé a levantarse vi que había agua esparcida en esa parte, como si alguien hubiera tirado un vaso con agua, pero no encontré el vaso, ni botella, ni fuga visible.

2:29 El hombre se quejó un poco y me dijo que tuviera más cuidado con el piso. Me quedé pensando de dónde había salido esa agua. Al mismo tiempo, empecé a notar que clientes de confianza dejaron de ir. Eran personas que compraban cada semana casi a la misma hora y de un día a otro dejaron de aparecer. No fue uno solo, fueron varios. Nadie avisó que se iría a otra tienda y nadie me comentó nada. Simplemente dejaron de llegar. Miraba hacia la puerta en los horarios en los que normalmente los veía entrar y el hueco se notaba. Me enfermaba seguido, empecé con dolores de cabeza constantes, y a veces me levantaba cansado, como si no hubiera dormido. Atender la tienda se sentía pesado, me dolía la espalda, me dolían los ojos, me costaba concentrarme en la caja. Algunas noches dormía mal pensando en las cuentas, en lo poco que estaba quedando después de pagar lo pendiente. Al principio quise creer que era una mala racha. Pensé que era el estrés, la economía o que quizá los clientes buscaban ofertas en otros lados. Pero con el tiempo me di cuenta de que casi todo lo raro pasaba dentro de la tienda. El dinero se iba en reparaciones, en producto tirado, en descuentos forzados. para no perder por completo a los pocos clientes que quedaban. Sentía que el negocio se me estaba escapando de las manos, y lo que más me

4:00 llamaba la atención era que los problemas empezaban ahí adentro. Un día decidí limpiar bien la bodega, porque necesitaba espacio. Tenía tiempo posponiendo esa limpieza. La bodega era un cuadro pequeño al fondo del local, con paredes sin pintar y un foco colgando del techo. Ahí guardaba cajas vacías, rollos de bolsas, detergentes, escobas, trapeadores y algunos productos que compraba por caja. En una esquina había una tarima de madera, donde por costumbre apilaba cajas vacías y cajas con envases retornables. Se me metió en la cabeza mover esa tarima. Primero bajé las cajas una por una y las fui poniendo a un lado. Luego, con esfuerzo, arrastré la tarima y la separé de la pared. En cuanto la moví, lo vi.

4:52 En la esquina, pegada al muro, había una bolsa negra de plástico, metida entre el polvo y la pared, como aplastada a propósito. No era una bolsa cualquiera, estaba entera, cerrada con un nudo fuerte. Me llamó la atención de inmediato, porque en esa esquina nadie tiraba basura. Yo era el único que entraba a la bodega de forma constante. Los demás, cuando necesitaban algo, me lo pedían desde afuera. Me agaché, tomé la bolsa y la levanté. Pesaba un poco más de lo que esperaría de una simple bolsa vacía. La llevé a la parte de atrás de la tienda, donde tenía una mesa de madera que usaba para acomodar mercancía.

5:34 La puse sobre la mesa y la miré un momento. El nudo estaba bien apretado. Lo deshice con paciencia, abriendo el plástico sin romperlo. Cuando por fin abrí la bolsa y comencé a sacar lo que tenía, sentí cómo se me helaba el estómago. Lo primero que vi fue una fotografía mía, impresa y doblada a la mitad. Era una foto donde yo aparecía detrás del mostrador, tomada desde la puerta, pero no recordaba haber permitido que nadie me tomara una foto así. Luego vi un papel recortado, con mi nombre completo escrito con pluma y debajo el nombre de la tienda.

6:14 La letra era firme, bien marcada. Junto al papel y a la foto había cabellos negros amarrados con hilo. No eran pocos, era un mechón delgado enrollado varias veces. Había también un pedazo de tela sucia, con manchas secas de color oscuro pegadas al tejido. En el fondo de la bolsa había tierra mezclada con sal gruesa. Entre el papel y la tierra se veían agujas clavadas, justo en la parte donde estaba escrito el nombre de la tienda. Me quedé viendo mi foto y mi nombre junto al nombre del negocio. En ese momento supe que eso no era basura. Lo reconocí como un trabajo de brujería dirigido hacia mí y hacia la tienda. Recordé de golpe los problemas recientes.

7:00 El refrigerador descompuesto una y otra vez. Las cajas que se caían. El cliente resbalado. Los clientes que se alejaron. Y mi cansancio constante. Todo empezó a encajar en mi cabeza de una forma que no me gustó nada. No hice escándalo. Me quedé un rato mirando la mesa con la bolsa abierta y todo el contenido regado frente a mí. Sentía un peso en el pecho y una incomodidad que no sabía dónde acomodar. Empecé a repasar mentalmente quién tenía llave y quién había estado solo en la tienda, o con quién me había peleado por dinero o por temas del negocio. Pensé en un ex empleado que se fue reclamando el sueldo. en una expareja que me ayudó al inicio y terminó resentida, o en un vecino que se quejó porque decía que la tienda le quitaba ventas. No quise tirar nada a la basura ni al drenaje, pero tampoco me atreví a quemarlo ahí mismo. Reuní todo el contenido con cuidado y lo volví a meter dentro de una bolsa limpia. Amarré bien la bolsa nueva y la guardé en una caja de cartón, cerrada, sin dejar nada afuera.

8:11 Ese día cerré la tienda con la caja ya preparada, me la llevé a mi casa y guardé la bolsa en el patio, en una esquina donde no pasa nadie, lejos de los cuartos. Esa noche me costó dormir, me acosté y me la pasé pensando en la bolsa, en la foto y en el papel con mi nombre y el de la tienda. Hice una lista mental de personas que conocían bien el local y que habían tenido problemas conmigo. También recordé que varias veces había escuchado que no se debe manipular un trabajo de brujería sin saber. Con todo eso en la cabeza, tomé una decisión sencilla, pero firme. Al día siguiente, le iba a enseñar la bolsa a una vecina que siempre hablaba de limpias, y de una señora que arregla trabajos. No lo iba a tirar por mi cuenta, iba a buscar a alguien que supiera qué hacer con eso. Al día siguiente, cumplí lo que había decidido.

9:08 Fui a casa de la vecina con la caja en las manos. Ella vivía a unas cuadras de mi casa en una construcción sencilla de patio al frente y una mesa de plástico en la cocina, donde siempre tenía algo preparado para servir. Cuando llegué me hizo pasar y le dije que traía algo que quería que viera. Puse la caja sobre la mesa, la abrí y saqué la bolsa. Ella ya sabía que algo traía, porque me conoce desde hace años y había notado mi cara los últimos días. Abrí la bolsa delante de ella y fui sacando las cosas. Primero la fotografía, luego el papel con mi nombre completo y el nombre de la tienda, los cabellos amarrados con hilo, el pedazo de tela, la tierra con sal y las agujas clavadas en el papel. Lo coloqué todo sobre la mesa bien extendido para que se viera claro. La vecina se quedó mirando cada cosa con atención. No hizo gestos exagerados, pero se le cambió la expresión. Me dijo que eso era un trabajo fuerte contra mí y contra la tienda.

10:12 Me comentó que esas cosas no se tiran así nada más. Que alguien tuvo que pagar para que las hicieran. Y que no cualquiera sabe cómo acomodarlas. Me recordó que en el barrio se hablaba de una señora que se dedica a limpias y a deshacer trabajos. una señora con la que ya habían ido varias personas cuando traían problemas de este tipo. Me dijo que lo mejor era llevarle esa misma bolsa, sin quitar ni agregar nada, para que ella dijera qué se podía hacer. Yo ya iba con esa idea en la cabeza, así que acepté de inmediato. Recogimos con cuidado todo lo que estaba sobre la mesa, lo volvimos a meter en la bolsa y la amarramos de nuevo.

10:57 Al día siguiente fui a casa de la señora con la bolsa en la mano. Su casa estaba en una colonia distinta, un poco más retirada. Era una casa común, de fachada sencilla, con portón de metal y un pasillo angosto que llevaba a un patio interior. Ahí tenía un cuarto adaptado para atender gente. Dentro había una mesa de madera, velas de distintos tamaños, acomodadas en una repisa, vasos con agua turbia. e imágenes de demonios y santos y un anafre pequeño, en una esquina donde a veces tenía carbón encendido. La señora me hizo pasar y me señaló la mesa. Puse la bolsa ahí y le conté a grandes rasgos que la había encontrado escondida en la bodega de mi tienda y que todo lo que estaba adentro me pertenecía o se relacionaba conmigo. Ella asintió y empezó a abrir la bolsa con calma, sin apurarse ni hablar de más.

11:54 sacó la fotografía y la puso a un lado luego tomó el papel con mi nombre completo y el nombre de la tienda lo extendió sobre la mesa y lo alisó con la mano después acomodó los cabellos la tela con manchas la tierra con sal y las agujas todo por separado Me dijo que la foto y el papel con mi nombre y el de la tienda juntos eran para amarrarme a una racha de problemas para que no me levantara y para que el negocio no creciera. Explicó que al escribir el nombre del negocio, el daño iba directo al lugar donde yo ganaba dinero. Señaló los cabellos y me dijo que eran para afectar mi salud y mi ánimo, para que me sintiera agotado y enfermo sin causa aparente. Habló de la tela manchada y de la tierra con sal, como elementos para trabar el ambiente de la tienda, para que hubiera problemas seguidos ahí adentro. Y las agujas clavadas en la parte del papel, donde estaba escrito el nombre de la tienda según ella, servían para que nada avanzara ahí, ni clientes, ni ventas, ni planes.

13:05 Luego me dijo algo que me hizo sentir incómodo, pero que encajaba con todo lo que yo ya pensaba. Comentó que quien mandó a hacer ese trabajo me conocía bien. No solo había puesto mi nombre completo y el nombre exacto de la tienda, también había escrito una frase que yo mismo había pintado, en un letrero del local. Era una frase sencilla que usaba como eslogan, algo que poca gente de fuera conocía tal cual. Eso reducía la lista de personas posibles en mi mente. No mencioné nombres, pero supe a quienes estaba pensando. La señora añadió que ese trabajo ya llevaba tiempo actuando. Me dijo que no bastaba con haber sacado la bolsa de la bodega, que, mientras todo siguiera tal cual, una parte del daño seguía. Me explicó que era necesario hacer una limpia dentro de la tienda y luego destruir el contenido de la bolsa, de una forma específica para cortar todo. Acordamos ir ese mismo día a la tienda. Yo abrí el local, levanté la cortina y le di paso. Ella entró con una bolsa, donde traía ruda, pirul, sal y un recipiente metálico para quemar carbón. Empezó por la puerta de entrada. Roció agua con sal en el piso y en el marco, como si estuviera marcando la entrada. Luego prendió el carbón en el recipiente y cuando empezó a sacar humo, tomó las hierbas en la mano y comenzó a recorrer los pasillos.

14:35 La seguí mientras ella pasaba las ramas de ruda y pirul por las paredes, los estantes, el refrigerador, el mostrador y la bodega. El humo del carbón se esparcía por el local y ella decía oraciones en voz baja mientras avanzaba. No eran palabras complicadas, eran peticiones claras para que se retirara lo que habían dejado ahí y para que la tienda quedara limpia. Yo abría y cerraba puertas, movía cajas y le daba espacio para que llegara a todos los rincones. Cuando llegamos a la bodega, se detuvo justo en la esquina donde yo había encontrado la bolsa. Ahí roció más agua con sal, pasó las hierbas por la esquina, por la tarima y por la pared, y me dijo que, después de todo, no volviera a dejar ese lugar olvidado, que lo moviera de vez en cuando y que no lo mantuviera tapado durante años. Terminó el recorrido en la entrada, dejó que el humo se apagara poco a poco y recogió sus cosas. Ya de regreso en su casa, me explicó qué tenía que hacer para deshacer por completo el trabajo.

15:42 Me dijo que debía ir a un terreno baldío o un lugar abierto, lejos de mi casa y de la tienda. Ahí tenía que quemar todo el contenido de la bolsa, hasta que se hiciera ceniza. Cuando se enfriaran las cenizas, debía recogerlas y tirarlas, en un lugar donde corriera agua o en un punto alejado sin relación con mi vida diaria. Además, al terminar eso, tenía que regresar a la tienda, tirar sal nueva en el piso, desde el fondo de la bodega hasta la puerta, dejarla unos minutos y luego barrer todo hacia la calle sin regresar la basura al interior. Hice exactamente lo que me dijo. Fui a un terreno apartado donde nadie se metía. Ahí abrí la bolsa y puse todo el contenido en el suelo, sobre unas piedras.

16:30 Encendí el fuego y me quedé mirando cómo se consumía la fotografía, cómo el papel se arrugaba y ennegrecía, cómo la tela se encendía y la tierra con sal quedaba mezclada entre las brasas. Esperé a que se apagara todo y después, con una lata vacía, recogí las cenizas. Las llevé a un punto lejos del barrio, junto a un cuerpo de agua que corría, y las tiré ahí. Luego regresé a la tienda. Cerré por un rato para hacer lo que faltaba. Fui al fondo de la bodega con un kilo de sal nueva. Empecé a esparcirla desde la esquina donde había estado la bolsa, siguiendo una línea hacia la salida. Fui tirando sal a lo largo del piso, por el pasillo y hasta la puerta. Dejé la sal unos minutos y después tomé la escoba y barrí todo hacia afuera, sacando la sal y el polvo hasta la calle, y no regresé nada al interior. En las semanas siguientes empecé a notar cambios concretos. El refrigerador dejó de fallar.

17:34 No se volvió a descomponer como antes. Las cajas dejaron de caerse sin explicación. Los clientes regresaron poco a poco y algunos me dijeron que tenían tiempo pensando en volver. pero que por una cosa u otra no pasaban. Yo dejé de enfermarme tan seguido. Me sentía más fuerte para atender la tienda, y podía estar de pie más horas, sin el cansancio absurdo que traía antes. La tienda no se convirtió en un negocio perfecto de la noche a la mañana, pero se acabó esa cadena de problemas raros uno tras otro. A partir de ahí, cuide mucho quien tenía llave. Revisaba la bodega seguido, movía muebles, y ya no dejaba los rincones tapados por años. Aprendí a poner límites con ciertas personas, sin hacer pleitos, solo cuidando mi espacio.

18:25 Esa vez entendí que la envidia no siempre se queda en comentarios. Mi tienda, que era mi forma de vivir, fue blanco directo de un trabajo de brujería. Desde entonces, cada vez que limpio una esquina o muevo un mueble pesado, reviso bien. Ya sé, por experiencia, lo que una sola bolsa escondida puede causar. Jamás supe quién fue quien me puso la brujería, pero espero no vuelva a pasar.