Aug. 9, 2025

BRUJERÍA A Chofer De AUTOBUS Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Jorge y desde hace 15 años manejo un camión de pasajeros en la ruta que conecta varios pueblos con la ciudad. Estoy acostumbrado a todo tipo de pasaje. Estudiantes, trabajadores, familias enteras, vendedores ambulantes y gente que solo sube un par de paradas. Hay días tranquilos y otros en los que las prisas o el tráfico me obligan a ir con el pie más pesado en el acelerador. Esa mañana llevaba retraso porque antes de salir tuve que esperar más tiempo de lo normal a que terminaran de cargar unas cajas en la terminal. El pasaje estaba casi lleno y todos parecían tener prisa. Apenas pasamos la zona urbana, aceleré un poco más de lo habitual para recuperar tiempo. El camino no estaba en las mejores condiciones y había varios tramos con baches. Aunque trataba de esquivarlos, alguno que otro lo agarré de frente y el camión se agitaba con cada golpe de las llantas. Una señora de unos 60 años, sentada en la parte de adelante, empezó a mirarme con cara de molestia cada vez que el camión brincaba. Primero murmuraba cosas que no alcanzaba a entender, pero después empezó a subir la voz. Dijo que manejaba como loco. que seguro no tenía idea de cómo cuidar a la gente que llevaba y que si por ella fuera ya me habrían quitado la licencia. Yo seguía concentrado en la carretera, pero las quejas continuaban. Le expliqué que iba un poco rápido para recuperar tiempo y que los baches no siempre

1:33 se podían esquivar. No sirvió de nada. Su tono subió más y empezó a decir que era un irresponsable, que solo me importaba llegar temprano y que por conductores como yo ocurrían los accidentes. En un punto ya estaba tan harto que le respondí con el mismo tono. Le dije que si no estaba a gusto podía bajarse en la próxima parada y esperar otro camión. Eso la encendió más. Movía las manos mientras hablaba y miraba alrededor, buscando apoyo de los demás pasajeros, pero nadie se metía. De repente, cuando pasamos otro bache, se levantó un poco del asiento y con una bolsa grande que llevaba en la mano, me dio un golpe fuerte en el hombro y parte de la cabeza. Sentí el impacto y el ruido de algo duro dentro de la bolsa, como si llevara botellas o latas. Frené el camión de inmediato y volteé hacia ella con rabia, mientras los demás pasajeros se quedaron en silencio.

2:31 Frené de golpe, ya sin importarme que los pasajeros se quejaran. El camión se detuvo con un rechinido de llantas y la señora perdió el equilibrio, cayó de rodillas y se agarró con fuerza de los tubos para no terminar en el pasillo. Algunos pasajeros se movieron en sus asientos para no recibir el golpe de su cuerpo, y ella empezó a soltar más groserías, gritándome que era un salvaje y que no debía estar manejando. Sentía el calor en la cara de tanto coraje. Le grité que se bajara, que no la quería en el camión y que no iba a seguir tolerando que me faltara al respeto. La señora no se movía, seguía insultando y diciendo que iba a reportarme.

3:14 Yo repetí que se bajara y apunté hacia la puerta sin quitarle la vista. Varios pasajeros miraban la escena con incomodidad, pero nadie decía nada. Me levanté del asiento, abrí la puerta y esperé. Ella soltó el tubo con una mano, recogió su bolsa y, todavía diciendo groserías, se bajó despacio. Pisó el pavimento y se quedó de pie mirando hacia mí, moviendo la cabeza como si estuviera indignada. Yo cerré la puerta y avancé sin mirar atrás. Durante el resto del recorrido nadie comentó nada, pero el ambiente quedó tenso. En los días siguientes traté de no pensar mucho en el incidente.

3:55 Manejar camiones implica encontrarse con gente complicada y siempre hay discusiones por cosas pequeñas. Pero esa vez me había afectado más porque me había golpeado. Y, además, había puesto en riesgo la seguridad de todos con su actitud. Una mañana, mientras llegaba a una de las paradas más concurridas de la ruta, vi a varias personas esperando. Entre ellas estaba la misma señora. Llevaba la misma bolsa grande colgando del brazo y un suéter gris. Apenas la reconocí, sentí que la sangre me hervía. Cuando me acerqué, algunos pasajeros comenzaron a subir. La señora dio un paso adelante con intención de entrar, pero antes de que pusiera el pie en el primer escalón, le dije que no iba a subir, que esperara el siguiente camión. Ella se quedó mirándome con cara de enojo y preguntó qué me pasaba. Le respondí que no iba a permitir que se repitiera lo que hizo la otra vez y que, con ella, no iba a viajar. La gente alrededor se quedó en silencio, observando.

4:59 La señora fruncía la boca y respiraba fuerte, como conteniéndose. Soltó una frase corta diciendo que yo estaba enfermo y que no sabía con quién me estaba metiendo. Retrocedió un paso, pero se quedó parada en la banqueta, mirando cómo el resto de la gente subía. Yo no aparté la vista de ella hasta que terminé de recibir el pasaje. Cerré la puerta y arranqué, viéndola por el espejo mientras se quedaba ahí, quieta, con la bolsa colgando y una expresión de rabia que parecía aumentar. No volvió a intentar correr para alcanzarnos, ni gritó. Solo se quedó observando hasta que la dejé de ver. Ese día estaba estacionado en la terminal, esperando la hora para salir. El camión estaba apagado y yo revisaba el tablero cuando, por el espejo, vi que la señora se acercaba por el pasillo de la estación.

5:50 Caminaba despacio, pero con la vista fija en mi dirección. lo primero que pensé fue que me había reportado y que vendría a reclamarme frente a todos quizá con alguien más para hacer un escándalo me quedé sentado observando cómo se acercaba preparado para escuchar cualquier cosa que dijera cuando estuvo a unos metros vi que llevaba en la mano una bolsa de plástico oscura que goteaba Antes de que pudiera preguntarle qué quería, soltó la bolsa frente a la llanta delantera. El golpe contra el suelo la rompió y salió un líquido naranja oscuro que comenzó a escurrir, formando un charco espeso con un olor fuerte, difícil de identificar.

6:33 Se fue extendiendo por el pavimento mientras ella se giraba y se alejaba sin decir nada. Caminó hasta desaparecer entre la gente que entraba y salía de la estación. Me quedé mirando el líquido. La textura era densa, como si fuera aceite mezclado con algo más. Me bajé, tomé una botella con agua que tenía y enjuagué lo que pude para que no manchara más el suelo. Un empleado de la terminal me preguntó si había pasado algo. Le dije que solo habían tirado basura y que ya estaba limpiando. No comenté nada más. Después subí de nuevo. Revisé que todo estuviera en orden y esperé a que llegara la hora de salida. Durante el recorrido de la tarde traté de no pensar en ella. El camión se fue llenando y vaciando en cada parada. El día transcurrió normal hasta que llegué al tramo final, cuando quedaban pocos pasajeros. Al llegar a la última parada, bajo el último que quedaba, cerré las puertas y continué la marcha para regresar a la base. En ese momento, escuché un tronido detrás de mí, como cuando se dobla una madera o se pisa algo rígido.

7:41 Pensé que tal vez había quedado mal asegurada alguna pieza o que algo del equipaje se había movido. Revisé por el retrovisor interior, ese que uso para ver a los pasajeros, pero las filas estaban vacías. El tronido se repitió, más largo. Avancé unos metros más y lo escuché de nuevo. Esta vez giré la cabeza para mirar directamente, pero no vi nada. Seguí conduciendo, pero el sonido no paraba. Aparecía a intervalos irregulares, como si algo se moviera de un asiento a otro. Cuando volví a mirar al retrovisor, vi claramente la figura de un niño sentado al fondo, en la última fila, con las piernas juntas y los brazos a los lados.

8:25 No podía verle la cara con detalle por la distancia, pero su cuerpo estaba inclinado hacia adelante como observándome. En cuanto me di cuenta de que había alguien ahí, la figura se agachó lentamente, desapareciendo detrás del respaldo. Un escalofrío me recorrió la espalda. mi primer pensamiento fue que algún pasajero había dejado a su hijo por accidente pisé el freno y estacioné el camión a un lado de la calle me levanté de inmediato y caminé hacia atrás llamando la atención por si estaba escondido revisé asiento por asiento pero no había nadie Me agaché para mirar debajo de las bancas y entre los pasillos, sin encontrar rastro de un niño o alguna mochila que pudiera haber parecido una figura.

9:12 El ambiente dentro del camión se sentía más pesado que antes, no por el calor, sino por el silencio y la sensación de que no estaba solo. Abrí las puertas traseras para ventilar y revisé una vez más. Nada. Volví al asiento del conductor, arranqué y seguí mi camino, pero el recuerdo de lo que vi en el retrovisor me acompañó todo el regreso. Estaba seguro de lo que había visto, de la postura, del movimiento lento al agacharse. No era una confusión ni una sombra. Desde ese momento me quedó claro que ese no sería el último recorrido en el que sentiría algo parecido. Esa noche, después de dejar el camión en la base, llegué a mi casa como siempre.

9:57 Apenas entré, empecé a sentir una picazón incómoda en la garganta, como si algo se hubiera quedado atorado o como si el aire estuviera cargado de polvo. Al principio pensé que podía ser por el humo de la calle o por hablar tanto durante el día. Pero la sensación se intensificó rápido. Me dieron ganas de toser y lo hice varias veces, pero no mejoró. Era como si hubiera una irritación constante que no se iba. Me senté un momento en la sala mientras mi familia seguía en lo suyo. Ellos se veían normales, conversando, preparando sus cosas para el día siguiente. Yo intenté no preocuparlos, así que no comenté nada, pero cada vez sentía más pesado el pecho. Cuando me fui a la cama, el cansancio me cayó de golpe. Tenía el cuerpo tenso, la respiración se me dificultaba un poco y preferí recostarme para ver si así me relajaba. La molestia en la garganta seguía, leve pero persistente, y en ese momento pensé que al dormir se me pasaría. En la mañana el malestar no había desaparecido. Me levanté con la misma picazón y con la voz un poco áspera.

11:08 Aún así, fui a trabajar como siempre. Durante las primeras horas del recorrido la incomodidad se mantuvo igual. No era algo que me impidiera hablar, pero sentía esa raspadura constante que me recordaba que seguía ahí. En uno de los tramos, mientras pasaba por una avenida cerca del mercado, la vi. La señora caminaba entre los puestos, con bolsas en las manos. Iba sola, mirando hacia el frente sin notar mi presencia. Por un momento pensé en detenerme o en mirarla más de cerca, pero no quise darle importancia. Seguí mi ruta como si nada. El día transcurrió normal hasta que llegó la noche. Antes de estacionar el camión, decidí revisarlo bien.

11:50 Tenía presente lo que había pasado días atrás con el tronido y el niño que vi en el retrovisor. Así que caminé por el pasillo, revisé los asientos, el piso y las esquinas. No encontré nada fuera de lugar. El interior estaba en silencio y vacío, así que cerré todo y lo dejé asegurado. Manejé de regreso a casa. Al llegar, lo primero que noté fue que, en la entrada, junto al portón, había basura tirada. No era basura común de los vecinos, sino una mezcla extraña de restos de comida, papeles y trozos de plástico, como si alguien hubiera vaciado una bolsa directamente ahí con la intención de dejarla. Algunos líquidos oscuros se habían escurrido hacia la banqueta y, entre los desperdicios, había pedazos de tela y una botella rota.

12:43 Me quedé observando un momento, tratando de identificar de dónde podía haber salido. La distribución me hizo pensar que no fue por accidente, sino que alguien lo dejó a propósito. Tomé una pala y una bolsa para recoger todo, cuidando de no tocarlo directamente con las manos. No reconocí nada como propio, y el olor era fuerte, una mezcla de humedad y comida podrida. Cuando terminé, me lavé bien y entré a la casa, con la sensación de que esa basura no había llegado ahí por casualidad. La picazón en la garganta seguía igual que en la mañana. Esa madrugada me desperté con la garganta más irritada que el día anterior.

13:25 El ardor era más fuerte. Sentía como si la parte interna estuviera raspada, y cada vez que tragaba, el malestar aumentaba. Me senté un momento en la cama esperando que se calmara, pero no pasó. Terminé levantándome para ir a la cocina a buscar agua. mientras cruzaba el pasillo vi de reojo hacia la puerta de cristal que daba al patio me detuve al notar una figura de pie del otro lado quieta con la forma de una persona la luz de la lámpara exterior apenas iluminaba una parte pero lo suficiente para distinguir que no se movía Sentí un escalofrío y retrocedí un poco, sin apartar la vista. Caminé hacia el interruptor.

14:07 Encendí la luz de la cocina y, en ese instante, la figura ya no estaba. Me quedé mirando a través del cristal unos segundos más, pero no vi nada. Tomé un vaso de agua y regresé a mi cuarto, aunque el ardor en la garganta seguía igual. No pude dormir el resto de la noche. Cada vez que cerraba los ojos, la molestia me hacía abrirlos de nuevo, y así pasaron las horas hasta que amaneció. Me levanté sin haber descansado nada, con la vista pesada y la mente lenta. Tuve que ir a trabajar así, arrastrando el cansancio desde el primer momento. El turno se me hizo eterno, me costaba concentrarme en el volante, y en varias ocasiones tuve que estacionarme para tomar aire y evitar que el sueño me venciera. La garganta seguía irritada, pero lo que más me afectaba era el agotamiento. Cuando por fin terminé la jornada y llegué a mi casa, decidí que me acostaría temprano para poder recuperar horas de sueño. Esa noche cené más temprano de lo habitual. Estaba sentado a la mesa sirviéndome la última porción, cuando escuché un golpe fuerte en la puerta principal. Me levanté de inmediato y caminé hacia la entrada. Al abrir, vi en el piso una botella de plástico de dos litros, aplastada por un lado que estaba rellena de un líquido café espeso, parecido a agua con tierra. Parte del contenido se había derramado en la banqueta. formando un charco oscuro

15:38 que comenzaba a correrse hacia la calle. Miré hacia ambos lados de la acera, pero no vi a nadie cerca. Tomé la botella con cuidado, la puse dentro de una bolsa y la dejé junto al bote de basura. Me quedé un momento en la entrada, observando la calle vacía, antes de volver a cerrar y seguir con la cena, con la incomodidad de sentir que alguien estaba buscando provocarme. Con el paso de los días me convencí de que todo lo que estaba viviendo no era casualidad. Desde aquella discusión con la señora, las apariciones en el camión, la figura en el patio y las cosas que dejaban afuera de mi casa, todo tenía un hilo que me llevaba a ella. Lo comenté con un compañero de la base, alguien de confianza, y apenas escuchó la historia me dijo que eso parecía trabajo de brujería. Me recomendó buscar a alguien que supiera hacer limpias y que usara algo para protegerme, como collares o amuletos. No soy de creer en esas cosas, pero después de tantas noches sin dormir y con esa molestia en la garganta que no cedía, acepté escuchar a quien pudiera darme una solución. Terminé hablando con una señora que atendía en un local pequeño cerca del mercado. Me escuchó en silencio, sin interrumpir, y cuando terminé dijo que era importante cortar lo que habían empezado conmigo. Me dio un collar con cuentas negras y rojas, y un frasquito con un líquido de olor fuerte que debía usar para

17:10 limpiarme la casa. Seguí sus indicaciones sin faltar a ninguna. Me lavé con esa mezcla durante tres noches seguidas y usé el collar todo el tiempo, incluso cuando manejaba. Al cabo de una semana la picazón en la garganta empezó a bajar y pude dormir varias horas seguidas. En mi casa siguieron dejando cosas afuera, como bolsas con tierra, botellas con líquidos extraños y basura regada frente a la puerta. Ya no sentía que me afectara como antes. Empecé a ignorarlo, recogía todo con cuidado y lo tiraba lejos de ahí. Con el tiempo esas cosas fueron apareciendo cada vez menos hasta que dejaron de hacerlo. Nunca volví a ver a la señora, ni en el camión, ni en la calle. Todavía, cuando paso por la zona donde la dejé aquel día, pienso en lo rápido que se desató todo después de esa discusión. No puedo asegurar que fuera ella, pero en mi mente quedó la idea de que alguien quiso hacerme daño y no lo logró del todo. Desde entonces conduzco con más cuidado y evito discutir con los pasajeros, porque no sé hasta dónde puede llegar la gente cuando guarda rencor.