BRUJERÍA A Chofer De AUTOBUS Historias De Terror - REDE
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0:02 Me llamo Jorge y desde hace 15 años manejo un camión de pasajeros en la ruta que conecta varios pueblos con la ciudad. Estoy acostumbrado a todo tipo de pasaje. Estudiantes, trabajadores, familias enteras, vendedores ambulantes y gente que solo sube un par de paradas. Hay dÃas tranquilos y otros en los que las prisas o el tráfico me obligan a ir con el pie más pesado en el acelerador. Esa mañana llevaba retraso porque antes de salir tuve que esperar más tiempo de lo normal a que terminaran de cargar unas cajas en la terminal. El pasaje estaba casi lleno y todos parecÃan tener prisa. Apenas pasamos la zona urbana, aceleré un poco más de lo habitual para recuperar tiempo. El camino no estaba en las mejores condiciones y habÃa varios tramos con baches. Aunque trataba de esquivarlos, alguno que otro lo agarré de frente y el camión se agitaba con cada golpe de las llantas. Una señora de unos 60 años, sentada en la parte de adelante, empezó a mirarme con cara de molestia cada vez que el camión brincaba. Primero murmuraba cosas que no alcanzaba a entender, pero después empezó a subir la voz. Dijo que manejaba como loco. que seguro no tenÃa idea de cómo cuidar a la gente que llevaba y que si por ella fuera ya me habrÃan quitado la licencia. Yo seguÃa concentrado en la carretera, pero las quejas continuaban. Le expliqué que iba un poco rápido para recuperar tiempo y que los baches no siempre
1:33 se podÃan esquivar. No sirvió de nada. Su tono subió más y empezó a decir que era un irresponsable, que solo me importaba llegar temprano y que por conductores como yo ocurrÃan los accidentes. En un punto ya estaba tan harto que le respondà con el mismo tono. Le dije que si no estaba a gusto podÃa bajarse en la próxima parada y esperar otro camión. Eso la encendió más. MovÃa las manos mientras hablaba y miraba alrededor, buscando apoyo de los demás pasajeros, pero nadie se metÃa. De repente, cuando pasamos otro bache, se levantó un poco del asiento y con una bolsa grande que llevaba en la mano, me dio un golpe fuerte en el hombro y parte de la cabeza. Sentà el impacto y el ruido de algo duro dentro de la bolsa, como si llevara botellas o latas. Frené el camión de inmediato y volteé hacia ella con rabia, mientras los demás pasajeros se quedaron en silencio.
2:31 Frené de golpe, ya sin importarme que los pasajeros se quejaran. El camión se detuvo con un rechinido de llantas y la señora perdió el equilibrio, cayó de rodillas y se agarró con fuerza de los tubos para no terminar en el pasillo. Algunos pasajeros se movieron en sus asientos para no recibir el golpe de su cuerpo, y ella empezó a soltar más groserÃas, gritándome que era un salvaje y que no debÃa estar manejando. SentÃa el calor en la cara de tanto coraje. Le grité que se bajara, que no la querÃa en el camión y que no iba a seguir tolerando que me faltara al respeto. La señora no se movÃa, seguÃa insultando y diciendo que iba a reportarme.
3:14 Yo repetà que se bajara y apunté hacia la puerta sin quitarle la vista. Varios pasajeros miraban la escena con incomodidad, pero nadie decÃa nada. Me levanté del asiento, abrà la puerta y esperé. Ella soltó el tubo con una mano, recogió su bolsa y, todavÃa diciendo groserÃas, se bajó despacio. Pisó el pavimento y se quedó de pie mirando hacia mÃ, moviendo la cabeza como si estuviera indignada. Yo cerré la puerta y avancé sin mirar atrás. Durante el resto del recorrido nadie comentó nada, pero el ambiente quedó tenso. En los dÃas siguientes traté de no pensar mucho en el incidente.
3:55 Manejar camiones implica encontrarse con gente complicada y siempre hay discusiones por cosas pequeñas. Pero esa vez me habÃa afectado más porque me habÃa golpeado. Y, además, habÃa puesto en riesgo la seguridad de todos con su actitud. Una mañana, mientras llegaba a una de las paradas más concurridas de la ruta, vi a varias personas esperando. Entre ellas estaba la misma señora. Llevaba la misma bolsa grande colgando del brazo y un suéter gris. Apenas la reconocÃ, sentà que la sangre me hervÃa. Cuando me acerqué, algunos pasajeros comenzaron a subir. La señora dio un paso adelante con intención de entrar, pero antes de que pusiera el pie en el primer escalón, le dije que no iba a subir, que esperara el siguiente camión. Ella se quedó mirándome con cara de enojo y preguntó qué me pasaba. Le respondà que no iba a permitir que se repitiera lo que hizo la otra vez y que, con ella, no iba a viajar. La gente alrededor se quedó en silencio, observando.
4:59 La señora fruncÃa la boca y respiraba fuerte, como conteniéndose. Soltó una frase corta diciendo que yo estaba enfermo y que no sabÃa con quién me estaba metiendo. Retrocedió un paso, pero se quedó parada en la banqueta, mirando cómo el resto de la gente subÃa. Yo no aparté la vista de ella hasta que terminé de recibir el pasaje. Cerré la puerta y arranqué, viéndola por el espejo mientras se quedaba ahÃ, quieta, con la bolsa colgando y una expresión de rabia que parecÃa aumentar. No volvió a intentar correr para alcanzarnos, ni gritó. Solo se quedó observando hasta que la dejé de ver. Ese dÃa estaba estacionado en la terminal, esperando la hora para salir. El camión estaba apagado y yo revisaba el tablero cuando, por el espejo, vi que la señora se acercaba por el pasillo de la estación.
5:50 Caminaba despacio, pero con la vista fija en mi dirección. lo primero que pensé fue que me habÃa reportado y que vendrÃa a reclamarme frente a todos quizá con alguien más para hacer un escándalo me quedé sentado observando cómo se acercaba preparado para escuchar cualquier cosa que dijera cuando estuvo a unos metros vi que llevaba en la mano una bolsa de plástico oscura que goteaba Antes de que pudiera preguntarle qué querÃa, soltó la bolsa frente a la llanta delantera. El golpe contra el suelo la rompió y salió un lÃquido naranja oscuro que comenzó a escurrir, formando un charco espeso con un olor fuerte, difÃcil de identificar.
6:33 Se fue extendiendo por el pavimento mientras ella se giraba y se alejaba sin decir nada. Caminó hasta desaparecer entre la gente que entraba y salÃa de la estación. Me quedé mirando el lÃquido. La textura era densa, como si fuera aceite mezclado con algo más. Me bajé, tomé una botella con agua que tenÃa y enjuagué lo que pude para que no manchara más el suelo. Un empleado de la terminal me preguntó si habÃa pasado algo. Le dije que solo habÃan tirado basura y que ya estaba limpiando. No comenté nada más. Después subà de nuevo. Revisé que todo estuviera en orden y esperé a que llegara la hora de salida. Durante el recorrido de la tarde traté de no pensar en ella. El camión se fue llenando y vaciando en cada parada. El dÃa transcurrió normal hasta que llegué al tramo final, cuando quedaban pocos pasajeros. Al llegar a la última parada, bajo el último que quedaba, cerré las puertas y continué la marcha para regresar a la base. En ese momento, escuché un tronido detrás de mÃ, como cuando se dobla una madera o se pisa algo rÃgido.
7:41 Pensé que tal vez habÃa quedado mal asegurada alguna pieza o que algo del equipaje se habÃa movido. Revisé por el retrovisor interior, ese que uso para ver a los pasajeros, pero las filas estaban vacÃas. El tronido se repitió, más largo. Avancé unos metros más y lo escuché de nuevo. Esta vez giré la cabeza para mirar directamente, pero no vi nada. Seguà conduciendo, pero el sonido no paraba. AparecÃa a intervalos irregulares, como si algo se moviera de un asiento a otro. Cuando volvà a mirar al retrovisor, vi claramente la figura de un niño sentado al fondo, en la última fila, con las piernas juntas y los brazos a los lados.
8:25 No podÃa verle la cara con detalle por la distancia, pero su cuerpo estaba inclinado hacia adelante como observándome. En cuanto me di cuenta de que habÃa alguien ahÃ, la figura se agachó lentamente, desapareciendo detrás del respaldo. Un escalofrÃo me recorrió la espalda. mi primer pensamiento fue que algún pasajero habÃa dejado a su hijo por accidente pisé el freno y estacioné el camión a un lado de la calle me levanté de inmediato y caminé hacia atrás llamando la atención por si estaba escondido revisé asiento por asiento pero no habÃa nadie Me agaché para mirar debajo de las bancas y entre los pasillos, sin encontrar rastro de un niño o alguna mochila que pudiera haber parecido una figura.
9:12 El ambiente dentro del camión se sentÃa más pesado que antes, no por el calor, sino por el silencio y la sensación de que no estaba solo. Abrà las puertas traseras para ventilar y revisé una vez más. Nada. Volvà al asiento del conductor, arranqué y seguà mi camino, pero el recuerdo de lo que vi en el retrovisor me acompañó todo el regreso. Estaba seguro de lo que habÃa visto, de la postura, del movimiento lento al agacharse. No era una confusión ni una sombra. Desde ese momento me quedó claro que ese no serÃa el último recorrido en el que sentirÃa algo parecido. Esa noche, después de dejar el camión en la base, llegué a mi casa como siempre.
9:57 Apenas entré, empecé a sentir una picazón incómoda en la garganta, como si algo se hubiera quedado atorado o como si el aire estuviera cargado de polvo. Al principio pensé que podÃa ser por el humo de la calle o por hablar tanto durante el dÃa. Pero la sensación se intensificó rápido. Me dieron ganas de toser y lo hice varias veces, pero no mejoró. Era como si hubiera una irritación constante que no se iba. Me senté un momento en la sala mientras mi familia seguÃa en lo suyo. Ellos se veÃan normales, conversando, preparando sus cosas para el dÃa siguiente. Yo intenté no preocuparlos, asà que no comenté nada, pero cada vez sentÃa más pesado el pecho. Cuando me fui a la cama, el cansancio me cayó de golpe. TenÃa el cuerpo tenso, la respiración se me dificultaba un poco y preferà recostarme para ver si asà me relajaba. La molestia en la garganta seguÃa, leve pero persistente, y en ese momento pensé que al dormir se me pasarÃa. En la mañana el malestar no habÃa desaparecido. Me levanté con la misma picazón y con la voz un poco áspera.
11:08 Aún asÃ, fui a trabajar como siempre. Durante las primeras horas del recorrido la incomodidad se mantuvo igual. No era algo que me impidiera hablar, pero sentÃa esa raspadura constante que me recordaba que seguÃa ahÃ. En uno de los tramos, mientras pasaba por una avenida cerca del mercado, la vi. La señora caminaba entre los puestos, con bolsas en las manos. Iba sola, mirando hacia el frente sin notar mi presencia. Por un momento pensé en detenerme o en mirarla más de cerca, pero no quise darle importancia. Seguà mi ruta como si nada. El dÃa transcurrió normal hasta que llegó la noche. Antes de estacionar el camión, decidà revisarlo bien.
11:50 TenÃa presente lo que habÃa pasado dÃas atrás con el tronido y el niño que vi en el retrovisor. Asà que caminé por el pasillo, revisé los asientos, el piso y las esquinas. No encontré nada fuera de lugar. El interior estaba en silencio y vacÃo, asà que cerré todo y lo dejé asegurado. Manejé de regreso a casa. Al llegar, lo primero que noté fue que, en la entrada, junto al portón, habÃa basura tirada. No era basura común de los vecinos, sino una mezcla extraña de restos de comida, papeles y trozos de plástico, como si alguien hubiera vaciado una bolsa directamente ahà con la intención de dejarla. Algunos lÃquidos oscuros se habÃan escurrido hacia la banqueta y, entre los desperdicios, habÃa pedazos de tela y una botella rota.
12:43 Me quedé observando un momento, tratando de identificar de dónde podÃa haber salido. La distribución me hizo pensar que no fue por accidente, sino que alguien lo dejó a propósito. Tomé una pala y una bolsa para recoger todo, cuidando de no tocarlo directamente con las manos. No reconocà nada como propio, y el olor era fuerte, una mezcla de humedad y comida podrida. Cuando terminé, me lavé bien y entré a la casa, con la sensación de que esa basura no habÃa llegado ahà por casualidad. La picazón en la garganta seguÃa igual que en la mañana. Esa madrugada me desperté con la garganta más irritada que el dÃa anterior.
13:25 El ardor era más fuerte. SentÃa como si la parte interna estuviera raspada, y cada vez que tragaba, el malestar aumentaba. Me senté un momento en la cama esperando que se calmara, pero no pasó. Terminé levantándome para ir a la cocina a buscar agua. mientras cruzaba el pasillo vi de reojo hacia la puerta de cristal que daba al patio me detuve al notar una figura de pie del otro lado quieta con la forma de una persona la luz de la lámpara exterior apenas iluminaba una parte pero lo suficiente para distinguir que no se movÃa Sentà un escalofrÃo y retrocedà un poco, sin apartar la vista. Caminé hacia el interruptor.
14:07 Encendà la luz de la cocina y, en ese instante, la figura ya no estaba. Me quedé mirando a través del cristal unos segundos más, pero no vi nada. Tomé un vaso de agua y regresé a mi cuarto, aunque el ardor en la garganta seguÃa igual. No pude dormir el resto de la noche. Cada vez que cerraba los ojos, la molestia me hacÃa abrirlos de nuevo, y asà pasaron las horas hasta que amaneció. Me levanté sin haber descansado nada, con la vista pesada y la mente lenta. Tuve que ir a trabajar asÃ, arrastrando el cansancio desde el primer momento. El turno se me hizo eterno, me costaba concentrarme en el volante, y en varias ocasiones tuve que estacionarme para tomar aire y evitar que el sueño me venciera. La garganta seguÃa irritada, pero lo que más me afectaba era el agotamiento. Cuando por fin terminé la jornada y llegué a mi casa, decidà que me acostarÃa temprano para poder recuperar horas de sueño. Esa noche cené más temprano de lo habitual. Estaba sentado a la mesa sirviéndome la última porción, cuando escuché un golpe fuerte en la puerta principal. Me levanté de inmediato y caminé hacia la entrada. Al abrir, vi en el piso una botella de plástico de dos litros, aplastada por un lado que estaba rellena de un lÃquido café espeso, parecido a agua con tierra. Parte del contenido se habÃa derramado en la banqueta. formando un charco oscuro
15:38 que comenzaba a correrse hacia la calle. Miré hacia ambos lados de la acera, pero no vi a nadie cerca. Tomé la botella con cuidado, la puse dentro de una bolsa y la dejé junto al bote de basura. Me quedé un momento en la entrada, observando la calle vacÃa, antes de volver a cerrar y seguir con la cena, con la incomodidad de sentir que alguien estaba buscando provocarme. Con el paso de los dÃas me convencà de que todo lo que estaba viviendo no era casualidad. Desde aquella discusión con la señora, las apariciones en el camión, la figura en el patio y las cosas que dejaban afuera de mi casa, todo tenÃa un hilo que me llevaba a ella. Lo comenté con un compañero de la base, alguien de confianza, y apenas escuchó la historia me dijo que eso parecÃa trabajo de brujerÃa. Me recomendó buscar a alguien que supiera hacer limpias y que usara algo para protegerme, como collares o amuletos. No soy de creer en esas cosas, pero después de tantas noches sin dormir y con esa molestia en la garganta que no cedÃa, acepté escuchar a quien pudiera darme una solución. Terminé hablando con una señora que atendÃa en un local pequeño cerca del mercado. Me escuchó en silencio, sin interrumpir, y cuando terminé dijo que era importante cortar lo que habÃan empezado conmigo. Me dio un collar con cuentas negras y rojas, y un frasquito con un lÃquido de olor fuerte que debÃa usar para
17:10 limpiarme la casa. Seguà sus indicaciones sin faltar a ninguna. Me lavé con esa mezcla durante tres noches seguidas y usé el collar todo el tiempo, incluso cuando manejaba. Al cabo de una semana la picazón en la garganta empezó a bajar y pude dormir varias horas seguidas. En mi casa siguieron dejando cosas afuera, como bolsas con tierra, botellas con lÃquidos extraños y basura regada frente a la puerta. Ya no sentÃa que me afectara como antes. Empecé a ignorarlo, recogÃa todo con cuidado y lo tiraba lejos de ahÃ. Con el tiempo esas cosas fueron apareciendo cada vez menos hasta que dejaron de hacerlo. Nunca volvà a ver a la señora, ni en el camión, ni en la calle. TodavÃa, cuando paso por la zona donde la dejé aquel dÃa, pienso en lo rápido que se desató todo después de esa discusión. No puedo asegurar que fuera ella, pero en mi mente quedó la idea de que alguien quiso hacerme daño y no lo logró del todo. Desde entonces conduzco con más cuidado y evito discutir con los pasajeros, porque no sé hasta dónde puede llegar la gente cuando guarda rencor.
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