July 18, 2025

BRUJAS Querían Los Bebés De 3 Embarazadas Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Llegué al pueblo a principios de julio. Era parte de un contrato de tres meses firmado en Mérida. La comunidad quedaba a seis horas de camino, sin señal ni internet. Me asignaron una clínica rural en medio del monte, con paredes agrietadas y ventanas mal selladas. No había otro médico. Solo una enfermera local, Marta, que era callada, respetuosa. Las calles eran de tierra. Las casas, separadas entre sí, estaban construidas con madera, bloc o lámina. El clima era húmedo y el aire olía a monte. Había ranas por las noches y gallinas sueltas por el día. La gente hablaba poco.

0:44 Me miraban con desconfianza. Algunos saludaban, otros simplemente seguían de largo. A los pocos días llegó una paciente embarazada, se llamaba Juana, tenía ocho meses de gestación, nunca había sido atendida por un médico. Dijo que su embarazo estaba siendo vigilado por las de blanco. Cuando pregunté quiénes eran, explicó que eran tres señoras del monte, que vivían juntas y ayudaban a las mujeres del pueblo desde hace poco. Según ella, ya tenían todo preparado para su parto. No quería que yo interviniera. Solo acudió porque tenía la presión alta y se sentía mareada. La revisé de todos modos. Tenía los pies hinchados y una expresión tensa. Le tomé los signos vitales y noté que el pulso era anormalmente bajo para una mujer en su estado. Le ofrecí que volviera al día siguiente para un seguimiento. Me dijo que lo pensaría. Antes de irse, me advirtió que no hacía falta que yo estuviera cuando llegara el momento, que las otras ya sabían lo que tenían que hacer. Esa misma tarde, al salir por la parte trasera de la clínica, vi a tres mujeres cruzar una vereda. Iban encorvadas, descalzas, vestidas con ropa blanca bordada hasta los tobillos. No hablaban. Caminaban lento, una detrás de otra, como si supieran exactamente a dónde iban. No miraron hacia la clínica. Solo desaparecieron entre los árboles. Los primeros días intenté mantener una rutina. Acomodé los horarios, revisé los insumos

2:17 de la clínica. Me familiaricé con los expedientes anteriores, aunque casi no había nada útil. Marta me ayudaba con lo necesario, sin hablar mucho. Era una mujer de mirada directa, manos callosas y movimientos discretos. No opinaba, solo escuchaba. Con el tiempo entendí que esa era su forma de cuidar las cosas. Empecé los controles prenatales con Rosa y Elena. Rosa tenía seis meses, Elena apenas dos. Llegaban puntuales, en silencio, siempre acompañadas por alguna familiar. Ninguna de las dos había tenido revisiones anteriores. Rosa se mostraba tímida, pero me dejaba trabajar sin resistencia. Elena era distinta. Respondía con frases cortas como si estuviera repitiendo algo que ya había dicho antes, pero ninguna puso obstáculos. Las dos aceptaron mis indicaciones. Me bastó eso para empezar. Lo que me llamó la atención desde el principio fue que las tres, incluyendo a Juana, eran del pueblo. No habían salido a estudiar, no tenían familiares en otras ciudades. Sus embarazos eran distintos, pero había una raíz común, algo que las mantenía atadas a ese lugar y a lo que ocurría dentro de él. Una mañana, mientras limpiaba el estante de medicamentos, Marta me habló desde la puerta con su voz pausada. Me dijo que esas mujeres, las del monte, no eran conocidas desde siempre. que antes

3:49 nadie se acercaba a ellas, que apenas hacía unos años comenzaron a ayudar con cosas del cuerpo, dolores, caídas, sustos, así lo dijo, pero que Juana era la primera que se entregaba a ellas para el parto, a las otras les habían dado remedios pero nada más, pregunté si eran parteras, dijo que no, tampoco curanderas, No tenían título ni nombre, solo eran las de blanco, las que vivían en la vereda lejos del camino principal, las que no hablaban con nadie. Esa misma noche, cerca de las nueve, Juana volvió a la clínica. Marta me llamó desde la entrada, tenía la cara húmeda de sudor y caminaba con una mano en el vientre. dijo que sentía un tirón, una punzada que la despertó, pero en cuanto quise pasarla al consultorio se negó, dijo que no quería revisión, solo algo para dormir, algo para descansar el cuerpo, lo repitió dos veces sin mirarme, accedí a tomarle la presión, la noté más alta que la primera vez, mientras ajustaba el manguito levantó la blusa por costumbre, ahí las vi tres marcas redondas del tamaño de una moneda chica con el borde más claro que el centro estaban alineadas en forma de triángulo apenas por encima del ombligo le pregunté qué eran bajó la blusa de golpe me dijo que siempre las había tenido nada más no aceptó más preguntas marta observaba desde la otra

5:19 esquina sin intervenir le di un sedante suave le indiqué que descansara y que regresara por la mañana para una revisión completa Asintió, pero no aseguró nada. Se fue sin despedirse. Esa noche me quedé sentada junto a la lámpara del escritorio, revisando mis notas. Busqué los controles previos, los signos vitales que había registrado. Comparé las pulsaciones, la presión, los datos que había pasado por alto. Fue ahí cuando lo vi. Las tres mujeres tenían el mismo patrón. El ritmo cardíaco por debajo de lo esperado para su etapa de embarazo. Incluso Elena, con apenas dos meses, mostraba un pulso anormalmente lento.

6:02 Juana tenía la presión más alta, pero el pulso más bajo. Como si el cuerpo estuviera en alerta, pero el corazón no respondiera igual. Lo comparé con otros registros, busqué posibles causas. No encontré ninguna. Era como si algo mantuviera a esas mujeres en un estado intermedio, como si estuvieran despiertas solo en parte. Escribí una nota al margen. Quería repetirles los controles al día siguiente. Marta pasó a dejarme una taza con té antes de irse. Me miró de reojo y dijo que no debía asustarme por lo que no entendía, que no todas las cosas dolían antes de enfermar. Cuando se fue, me quedé sola con el sonido de los insectos en la lámina del techo. Afuera el monte crujía, adentro solo el silencio. Dejé las notas sobre la mesa, pero no las cerré. No quería perder el hilo. Había algo más allá de los datos, algo que aún no podía nombrar, pero que ya estaba presente. Algo que latía más lento de lo normal, como si esperara, como si no tuviera prisa. Me despertó un golpeteo bajo y constante, como si alguien empujara la pared desde afuera con las palmas abiertas. Venía del lado trasero de la clínica donde estaban las bodegas. Me quedé quieta unos segundos, esperando que cesara.

7:23 No paró. Me puse los zapatos, tomé la lámpara de mano y crucé el consultorio en silencio. Al asomarme por la ventana, no vi a nadie. Solo monte, pero había algo en el aire. Un olor distinto, húmedo y fuerte, parecido al hierro mojado. Apagué la lámpara y regresé a la habitación sin abrir la puerta. Afuera no se escuchó más. Me costó trabajo volver a dormir. A la mañana siguiente, mientras revisaba el expediente de Rosa, escuché a Marta barrer el patio trasero. No habían pasado ni cinco minutos cuando me llamó. Su voz sonaba más tensa de lo normal. Fui con ella. La tierra junto a la pared trasera estaba manchada. Era una mancha grande, irregular, aún húmeda. Al acercarme noté que era sangre. No había duda. El color, el brillo, el olor. Sangre reciente. Buscamos rastros de animales, algún indicio que explicara la cantidad. No había huellas, ni plumas, ni pelo. Tampoco había marcas de arrastre. La tierra absorbió parte del líquido, pero no mostraba signos de movimiento, como si alguien se hubiera quedado quieto, sangrando en silencio. Pensamos que tal vez fue un animal herido que alcanzó a llegar hasta ahí, pero no cuadraba. La clínica tenía rejas y ninguna estaba rota. Dejamos la zona sin tocar por si se repetía. Antes de que pudiéramos entrar, llegó una mujer del pueblo. tenía los ojos enrojecidos y el cabello desarreglado.

8:58 Dijo que era tía de Juana. Me pidió hablar a solas. Marta se apartó sin decir nada. La mujer me contó que, pasada la medianoche, vio a Juana caminar hacia el monte, que no llevaba luces ni zapatos, que parecía dormida. Iba arrastrando una sábana blanca por el camino, como si no sintiera el peso. Dijo que la llamó varias veces, pero no respondió, que le dio miedo seguirla. Me pidió que fuera a verla, que temía que se hubiera hecho daño. Fui de inmediato. marta me acompañó en silencio la casa de juana estaba al fondo de una vereda sin luz la puerta no tenía seguro entramos juana estaba acostada en la cama con el cuerpo empapado en sudor tenía la blusa pegada a la piel y la cara brillante no se movía la despertamos con cuidado abrió los ojos sin sobresalto pero parecía confundida No recordaba haber salido. Le pregunté si se sentía mal. Dijo que solo estaba cansada. Su voz era baja, como si no tuviera fuerza. Al revisar sus pies, noté que estaban cubiertos de lodo. Tenía cortaduras pequeñas en las plantas, como si hubiera caminado entre piedras.

10:11 Marta trajo una cubeta con agua y comenzó a limpiarlos. Yo le tomé los signos vitales. De pronto, sin previo aviso, Juana vomitó. Se incorporó un poco y expulsó un líquido espeso, oscuro, con una consistencia extraña. Al revisar de cerca, noté que tenía restos vegetales, algo que parecía ramas trituradas o pedazos de hoja. Marta apartó la cara. Tomé una muestra con un frasco estéril. Mientras lo cerraba, noté algo que no esperaba. El olor cambió. Ya no olía a vómito. Ahora era un olor seco como flores marchitas mezcladas con tierra húmeda. Lo acerqué de nuevo. Confirmé que el contenido tenía ese aroma.

10:53 No dije nada frente a Marta. Guardé el frasco en mi maletín y terminé de revisar a Juana. Su pulso seguía bajo. No tenía fiebre, pero su cuerpo transpiraba como si luchara contra algo interno. Cuando salimos, le pregunté a Marta si conocía algún caso parecido. Me dijo que no. Pero luego murmuró que a veces, cuando alguien estaba atado en sueños, hacía cosas que no recordaba. Comer tierra, meterse al monte, llorar sin saber por qué. Que antes se decía que eso era por un susto no curado, o por haber caminado donde no debían. Al llegar a la clínica, anoté todo lo que había visto. Revisé los libros médicos que traje desde Mérida. La única explicación lógica que encontré fue un caso extremo de sonambulismo, combinado con un cuadro de pica. Una alteración de antojos en el embarazo. Tal vez en ese estado, Juana comió tierra o alguna planta sin saberlo. Tal vez eso provocó la reacción. Pero había cosas que no podía justificar con libros, ni con exámenes, como el olor que salía del frasco. o la forma en que la sangre había manchado la tierra sin dejar rastro de huida. Esa noche anoté una palabra que no había usado antes en mis reportes. Interferencia externa no determinada.

12:16 Fue la única forma de registrar lo que estaba pasando sin mentirme. Esa misma mañana, mientras terminaba de anotar los síntomas de Juana, Marta entró sin tocar. Dijo que Rosa había llegado a la clínica y que no se veía bien. Me levanté de inmediato. En el consultorio, Rosa estaba sentada al borde de la camilla. Tenía el rostro pálido, los ojos hundidos. La blusa estaba manchada por debajo del vientre. Le pregunté si sentía dolor. Negó con la cabeza. Dijo que el sangrado había empezado cuando despertó, pero que no sabía desde cuándo. Pensó que era poco hasta que se revisó y vio la mancha. Le pedí a Marta que preparara el ultrasonido. Mientras tanto, ayudé a Rosa a recostarse.

13:03 El sangrado era claro. No había coágulos ni tejido desprendido. Pero era suficiente para preocuparme. Su pulso seguía más lento de lo normal. La presión apenas estable. Cuando el equipo estuvo listo pasé el transductor sobre su abdomen, el monitor mostró la imagen del bebé, se movía poco pero el corazón latía, fue un alivio, aún así había algo que no cuadraba, al fondo de la imagen junto al borde del saco amniótico se veía una mancha. Una sombra oscura, alargada, como si algo estuviera adherido desde adentro. Intenté mover el ángulo para verlo mejor. Ajusté el brillo, el contraste. La sombra seguía ahí, no tenía forma de órgano ni parecía un coágulo. Marta, que estaba a mi lado, la vio también.

13:53 No dijo nada, solo se quedó quieta. Cuando quise guardar la imagen, el monitor parpadeó. La pantalla se puso negra por dos segundos. Luego volvió, pero la sombra ya no estaba. Moví el transductor por toda el área, buscando desde otro ángulo. Nada. Solo el feto, el líquido, el latido. Todo parecía normal. Marta se persignó en silencio y salió del cuarto. Me quedé sola con Rosa. Le pasé una toalla húmeda y esperé a que se incorporara un poco. Le pregunté si había hecho algo distinto últimamente, si había tomado algo que no le hubiera indicado. Tardó en responder. Luego, sin mirarme a los ojos, dijo que sí, que una de las mujeres del monte le había dado un té de hojas negras para el peso del vientre. Dijo que su mamá la había llevado, que fue solo dos veces. También mencionó que le untaron un ungüento en el vientre, que olía fuerte, como animal muerto. Pensó que no pasaría nada. Le pregunté cuándo fue la última vez. Dijo que hacía una semana, que desde entonces dormía más de lo normal, pero que no se había sentido enferma. El sangrado empezó apenas hoy.

15:08 Le indiqué que reposara al menos dos días y que no volviera a usar nada que no fuera aprobado en la clínica. Le receté hierro, le tomé una muestra de sangre y le pedí que regresara para otro control en tres días. Asintió sin decir nada más. Después de que Rosa se fue, Marta volvió al consultorio. Le conté lo del té y el ungüento. No se sorprendió. Dijo que esas mujeres hacían sus cosas en secreto, que muchas familias todavía confiaban más en ellas que en cualquier doctora. Me preguntó si había visto algo raro en la imagen. Le dije que sí, pero que desapareció. Mientras escribía el reporte, una joven que trabajaba en la tienda del pueblo vino a buscar su consulta. Al final, mientras le entregaba su receta, me dijo algo sin que yo se lo preguntara, que había visto a Elena, la otra embarazada, caminando hacia la vereda del monte hace dos noches, que llevaba flores secas y una olla envuelta en un trapo. Pensó que era para alguna ofrenda. Le agradecí la información y cerré la puerta.

16:14 Llamé a casa de Elena pero no contestaron. Fui personalmente. La madre me recibió en la entrada. Dijo que su hija había salido al río. Le pedí que le dijera que pasara por la clínica. Aceptó pero sonaba nerviosa. Volví a la clínica con una sensación que no supe explicar. Esa noche me quedé revisando los expedientes. Anoté los síntomas comunes. Pulso lento, sudoración nocturna, lagunas de memoria. En el caso de Juana, signos de sonambulismo y vómito con contenido vegetal. En el de Rosa, sangrado sin causa aparente y presencia de sombra intrauterina que desapareció. Estaba clasificando todo como un posible cuadro viral cuando Marta me llamó desde la entrada.

17:02 Había encontrado algo frente a la puerta. Era una figura pequeña, hecha con ramas amarradas. Tenía un mechón de cabello negro atado al centro y un pedazo de tela blanca que reconocí de inmediato. Era de una bata médica, como las que usábamos en la clínica. Marta lo arrojó al fogón del patio sin preguntar. El fuego lo consumió en segundos. Me acerqué y le pregunté por qué lo había hecho. Dijo que no era un adorno, que eso era brujería directa, que alguien estaba marcando la entrada, que si lo dejábamos entraría por donde pudiera. No discutí. solo regresé al escritorio y escribí todo en la hoja del expediente desde ese momento supe que no estaba enfrentando una enfermedad esto era otra cosa y ya me había alcanzado esa noche me quedé en la clínica revisando los expedientes Marta no se fue se sentó cerca de la entrada con una taza de café sin decir nada afuera se oían insectos y el monte crujía como si algo pasara entre las ramas no era viento Era un peso leve que se movía lento.

18:11 Anoté lo que había registrado en los últimos días. Las tres mujeres tenían síntomas en común. Juana tenía el caso más grave, pero Rosa también había presentado signos anormales. Lo que más me inquietaba era que, pese a sus diferencias físicas y tiempos de gestación distintos, todas mostraban el mismo patrón. pulso más bajo de lo normal, episodios de somnolencia intensa y señales de interferencia externa. A la mañana siguiente, Rosa regresó para un nuevo chequeo. Se veía más despierta, aunque su piel seguía pálida. Dijo que se sentía mejor, que ya no sangraba. Tomé su presión. Estaba apenas dentro del rango aceptable. El pulso seguía lento. Le hice unas preguntas generales.

18:57 Respondía sin dudar, pero con voz apagada. Le mencioné la sombra que había aparecido en el ultrasonido. Le pregunté si recordaba algo extraño de esos días. Al principio lo negó, pero cuando le pregunté directamente si había vuelto a ver a las ancianas, bajó la mirada. Luego confesó. Dijo que sí, que fue su mamá quien la llevó. que una de las mujeres le dio un té hecho con hojas negras amargas para el peso del vientre. La otra le untó un ungüento por las noches. Olía fuerte, como carne vieja, pero no le ardía. Se lo aplicó dos veces, nada más. Dijo que no lo hizo por desconfianza hacia mí, sino porque su madre insistía. Le pedí que no volviera a tomar ni a ponerse nada, que esos remedios podían interferir con el embarazo. aceptó aunque lo hizo sin convicción me firmó el control del día y se fue a media tarde la muchacha que atiende la tienda del centro vino por unas pastillas para su abuela antes de irse me hizo un comentario breve Dijo que Elena había sido vista dos noches antes entrando a la vereda que lleva al monte.

20:09 Iba sola, cargando una olla envuelta en trapos y un ramo de flores secas. La habían visto desde el callejón. No dije nada, pero algo se me cerró en el estómago. Esperé a que anocheciera un poco y fui hasta casa de Elena. Su madre abrió la puerta. Me dijo que no estaba, que había ido al río. Le pedí que le dijera que pasara a la clínica al día siguiente. Se limitó a sentir. De regreso, el aire se sentía distinto. No era solo humedad. Era como si el monte estuviera más cerca, más atento. Entré al consultorio, prendí la lámpara de mesa y saqué todas las notas que tenía. Hice una lista con los síntomas en común. El ritmo cardíaco bajo era constante. En los tres casos, Juana había vomitado restos vegetales, Rosa había tenido sangrado sin causa y Elena, aunque no había regresado aún, ya presentaba sudores nocturnos y fatiga al despertar. Me detuve en una línea que había escrito dos noches antes. Pulso lento, compresión elevada, en ausencia de fiebre. Añadí una nota. Posible interferencia externa, ritmo desacoplado.

21:22 Sabía que eso no era un diagnóstico médico aceptado, pero no podía dejarlo fuera. Eran casi las once cuando escuché a Marta llamarme desde la entrada. Fui hacia la puerta. Me señaló el piso justo en el umbral. Había una figura hecha de ramas delgadas amarradas con hilo. Tenía pegado en el centro algo negro como un mechón de cabello. también colgaba un pedazo de tela blanca con bordes azules era igual a las batas que usábamos nosotras la reconocí al instante faltaba una en el cuarto de lavado desde hacía dos días Marta no dijo nada solo la levantó con cuidado la metió en una lata vacía y la llevó al fogón la quemó ahí mismo no pregunté cuando regresó le pedí una explicación dijo que eso era un aviso que cuando algo así aparecía en la entrada no era casual que ya me habían marcado me quedé en silencio volví al escritorio terminé de escribir la ficha de rosa y empecé a preparar una hoja nueva para elena aunque aún no había regresado me detuve un momento Miré la puerta cerrada. Pensé en todo lo que había pasado en menos de dos semanas. Ya no era solo una cuestión médica. Algo más estaba pasando y empezaba a perder el control. No sabía si lo que hacían esas mujeres era una creencia inofensiva o algo más antiguo, más oscuro.

22:54 Pero estaban ganando terreno. Las pacientes ya no me buscaban por seguridad, sino por obligación. Y si eso no cambiaba, ninguna estaría a salvo. Esa mañana, después de quemar la figura de ramas, le pedí a Marta que me dijera dónde vivían las ancianas. Al principio no respondió. Me dijo que no debía acercarme, que ellas no querían visitas y que cualquier cosa que hiciera solo las iba a enfurecer más. le insistí le dije que era necesario que como médica necesitaba entender qué estaban haciendo y por qué todas las pacientes que atendía mostraban síntomas similares después de pensarlo aceptó sacó una hoja vieja de un cuaderno y me dibujó un camino No era un mapa exacto, solo una guía.

23:43 Me señaló un tramo de tierra que salía desde la ladera cerca del campo de mangos. Dijo que la choza estaba metida en una hondonada, una zona donde antes había monte espeso, pero que nadie limpiaba desde hacía años. Que no tenían casa como las demás personas, solo una estructura con techo de palma donde vivían entre humo y basura. Por la tarde atendía a una mujer con fiebre. Le di medicamento y la mandé a reposar. En cuanto se fue, me puse las botas, guardé una lámpara de mano, una botella con agua y salí hacia el camino que Marta me había marcado. El cielo ya empezaba a oscurecer. Caminé por la vereda de tierra unos 20 minutos, pasando matorrales, árboles torcidos y ramas secas que crujían bajo mis pasos. Encontré la choza justo donde ella me dijo. Era una construcción baja, hecha con troncos viejos, piedras apiladas y láminas oxidadas. No tenía puerta. Dentro se veía oscuro, y el aire que salía olía a humo viejo, grasa quemada y flores secas.

24:52 Frente a la entrada había un fogón apagado. A un lado, sobre un madero alargado, habían dejado tres gallinas sin cabeza. El cuello seguía goteando. Las patas estaban amarradas con hilo de mecate. toqué la pared con los nudillos se oyó hueco no pasaron más de 10 segundos cuando las vi salir la primera era la más encorvada caminaba apoyándose en un palo grueso la segunda tenía los ojos completamente pálidos como si ya no viera bien pero no se tropezaba la tercera no dijo nada Solo se quedó en la sombra de la entrada, observando. Tenía el cabello largo, suelto y las manos manchadas hasta los codos. Me presenté como la doctora del pueblo. Les expliqué que varias mujeres embarazadas estaban mostrando síntomas que no coincidían con ningún patrón médico claro.

25:45 Les dije que necesitaba que dejaran de dar remedios sin control. Que lo que hacían ponía en riesgo a las pacientes y a los bebés. Les ofrecí llevarles medicinas si la necesitaban, revisarlas si algo les dolía, explicarles cualquier cosa que no entendieran. Ninguna respondió al principio, solo me miraban. Después de un momento, la que parecía más joven, aunque igual de arrugada que las otras, soltó una risa ronca. Dijo que ellas no hacían daño, que solo acomodaban lo que venía mal desde el vientre. que muchas de esas mujeres cargaban cosas que no eran suyas, que si no se corregía nacían con defecto.

26:27 Le expliqué que la medicina moderna podía atender cualquier complicación, que yo podía monitorear cada embarazo, que ellas no tenían por qué meterse con el cuerpo de nadie. Les dije que tenía pruebas clínicas, que una de las mujeres había sangrado sin causa, otra había vomitado tierra. y que todas tenían el pulso más lento de lo normal, que eso no era normal y necesitaba detenerse. La encorvada escupió al suelo, la otra levantó la voz, me gritó que yo no entendía nada, que el cuerpo no era solo sangre, que dentro también cargaban memoria, pena, cosas que no se curaban con pastillas. que lo que crecía en esos vientres necesitaba más que una receta, seguí firme, les exigí que dejaran de intervenir, que dejaran en paz a las embarazadas, no lo dije como amenaza, lo dije como médica, como alguien que intentaba proteger vidas, empezaron a decir groserías, a gritarme que me fuera, que no tenía nada que hacer ahí, que si quería guerra la iba a tener. No contesté.

27:36 Me di la vuelta y caminé de regreso sin mirar atrás. Al llegar a la clínica, Marta me estaba esperando en la cocina. No me preguntó nada. Solo me puso una taza de café caliente en la mesa. Me dijo que ya sabía lo que iba a pasar. Que si ellas me hablaron, aunque fuera para insultarme, era porque ya me tenían marcada. Que lo que había hecho no se desharía fácil. Me senté en silencio. Afuera seguía oscuro. Nadie caminaba por las calles. cerca de las cuatro de la madrugada los golpes en la puerta fueron tan fuertes que despertaron a las dos al mismo tiempo marta se levantó primero yo me puse la bata de inmediato al abrir vimos al esposo de juana estaba temblando con la camisa pegada al pecho por la sangre tenía la cara llena de tierra dijo que juana no paraba de sangrar que se había desmayado en el baño Mientras Marta preparaba el cuarto, él la trajo en brazos. Tenía la ropa empapada hasta las rodillas, la cara blanca, los labios partidos. Apenas respiraba, la acostamos en la camilla. Su pulso era débil y el vientre estaba duro como una piedra. Le coloqué una vía en el brazo derecho y empecé con solución salina. Marta trajo oxígeno, gasas, medicamento.

28:59 El sangrado no paraba. No era un sangrado fresco. Era espeso, con grumos. El color era demasiado oscuro. El olor me obligó a cubrirme la boca. Busqué el latido fetal con el Doppler. No lo encontré. Cambié la posición. Lo intenté de nuevo. Apagué el aparato. Revisé la pila. Volví a colocarlo. Nada. Marta me pasó el estetoscopio. Me incliné sobre el vientre. Silencio. Ni un solo latido. El útero seguía inflamado, tenso. Todo indicaba un desprendimiento. No tenía cómo intervenir. En esa clínica no había sala quirúrgica. No había sangre disponible. Nada. Marta me miró. Dijo que llamara al helicóptero. tomé el teléfono satelital sin señal el radio tampoco funcionaba llevaba semanas sin arreglarse la carretera según me habían dicho seguía bloqueada por los deslaves juana se agitó le sujeté la mano tenía los ojos entreabiertos pero no parecía verme murmuraba algo que no entendíamos sólo palabras sueltas Intentamos controlar la hemorragia con compresas, medicamento, presión local. Logramos disminuir el flujo, pero el corazón del bebé nunca volvió a sonar. Juana perdió al bebé. Marta se quedó en silencio, empezó a limpiar, rezaba en voz baja.

30:25 dijo que en ese pueblo no se perdían embarazos que hacía muchos años que ninguna mujer había enterrado a un hijo antes de nacer la cubrimos con una sábana limpia le colocamos una nueva bolsa de suero el esposo no se movió del borde de la cama no dijo nada sólo le acariciaba el brazo tenía la vista fija en el techo entré al baño para lavarme abrí el grifo con los nudillos al inclinarme sentí algo duro dentro de la bota la saqué pegada a la suela tenía una rama delgada doblada en dos atada con un hilo rojo no la había visto antes la dejé sobre el lavabo no le dije nada a Marta cuando volví al cuarto ella me mostró el trapo con el que había limpiado el vientre de Juana En el centro tenía una marca, no era sangre, era como tierra mezclada con grasa. Al tocarla dejó una silueta parecida a una mano, pero con tres dedos largos, como marcas de presión. Ninguna de las dos quiso decir lo que parecía. Juana durmió todo el día.

31:31 Le bajamos la fiebre con paños, le dimos agua por cucharadas. El esposo seguía sin moverse, solo salía para ir al baño. Esa tarde, nadie se acercó a la clínica. Nadie llevó comida. Nadie preguntó. Ni los niños salieron a jugar. El pueblo estaba callado. El monte, quieto. Me senté en el escritorio. Escribí el reporte médico. Anoté todo. Signos vitales, tratamiento, evolución. En la hoja final, después de describir el sangrado y la pérdida fetal, escribí una nota personal, separada del resto. Feto muerto intrauterino, causa desconocida, sangrado atípico, pulso materno lento, presión inestable, signos no explicables médicamente. Guardé el expediente en el cajón y lo cerré con llave. Marta me pasó una taza con café frío. No dije nada. Ella tampoco.

32:29 Nos quedamos sentadas hasta que oscureció por completo. La pérdida de Juana cambió el ritmo del pueblo. En la mañana siguiente, Rosa y Elena llegaron a la clínica sin que nadie las llamara. Tocaron despacio. Marta abrió. Yo las pasé a la sala de consulta una por una. No mencionaron síntomas. No venían a que se les revisara nada. Solo preguntaron si lo que le pasó a Juana podía pasarles a ellas. Usaron esas palabras. Así, sin más.« Eso también nos puede pasar». Me tomé unos segundos antes de responder. Les dije que cada embarazo era distinto, que si seguían con los controles, con el descanso y buena alimentación, todo debía salir bien.

33:16 Les pedí que ya no usaran remedios de otras personas, que si notaban cualquier cambio, vinieran de inmediato. Rosa bajó la cabeza y asintió. Elena no dijo nada. Apenas me miró. La piel de su cara estaba tensa como si no hubiera dormido. Cuando Rosa salió, tenía los ojos húmedos. No se quedó a hablar con Marta. Esa misma tarde, Marta me contó lo que empezaba a correrse entre los vecinos. Algunos decían que Juana perdió al bebé por culpa de la clínica. Otros, que las cosas se arruinaron porque la doctora intervino donde no debía. No era la mayoría, pero los comentarios se escuchaban en las tiendas y en la fila de las tortillas. Tres días después, Rosa fue la primera en recibirlas. Las ancianas llegaron a su casa al atardecer, caminando por la banqueta con las batas blancas manchadas. Desde la calle empezaron a gritar. Decían que el cuerpo de Juana no resistió porque lo habían interrumpido. que todo lo que ya estaba preparado por ella se echó a perder, que no se debía meter la doctora en lo que no entendía. Una de ellas traía un recipiente de barro, lo aventó contra la reja, se rompió al contacto y soltó un polvo negro. La madre de Rosa salió de inmediato, les gritó que se largaran, la siguió unos metros, ellas no corrieron. Solo caminaron lento, hablando entre ellas con los pies descalzos cubiertos de polvo. Esa noche fue el turno

34:47 de Elena. Las viejas no entraron a la casa. Se quedaron frente al portón. Su abuela no las dejó acercarse. Cerró con tranca. Desde adentro oyeron los murmullos. Cuando salieron a la mañana siguiente, encontraron colgada en la cerca una bolsa de tela cerrada con hilo de zacate. Dentro tenía ceniza, dos huesos pequeños y lo que parecía ser la uña de un animal. Marta fue quien me lo contó. Dijo que Elena estaba asustada, pero que no quería venir. Ambas mujeres dejaron de presentarse a consulta. No me dijeron por qué. No enviaron recado. Solo dejaron de venir. Yo sabía lo que estaba pasando. Era claro que las estaban presionando, o tal vez asustando. Intenté ir a sus casas, pero nadie abrió.

35:38 sólo una vecina me dijo que elena se había ido con su tía unos días y que rosa no quería problemas marta tampoco insistió dos días después a las cinco de la mañana marta fue a barrer la entrada tocó la puerta de mi cuarto me llamó en voz baja salí frente a la puerta de la clínica justo sobre el tapete había una figura hecha con ramas delgadas atadas en forma de cuerpo en el pecho tenía un pedazo de tela blanca Era parte de una bata médica claramente cortada de una igual a la mía. En el centro, sobre esa tela, alguien había clavado un objeto oxidado. Era un bisturí. Me quedé mirándolo. Marta no me dejó tocarlo.

36:22 Lo envolvió en una bolsa de plástico sin decir nada. Caminó al fondo del patio, sacó alcohol y lo quemó junto a otras cosas que había separado. dijo que era un amarre de hueso que no todas las brujerías eran iguales que esa iba dirigida a mí porque lo que habían dejado tenía intención estaba hecho con conocimiento me quedé en silencio no era la primera vez que alguien usaba objetos con intención simbólica lo había visto en comunidades lejanas pero nunca algo tan directo nunca con mi nombre entre líneas Una tarde, los esposos de Rosa y Elena llegaron juntos.

37:04 Tocaron la puerta de la clínica con los nudillos. Marta los hizo pasar. Me hablaron directo, ya sabían todo lo que había pasado. Lo de Juana, lo de las visitas, lo que se decía en el pueblo. Dijeron que no iban a permitir que eso le pasara a sus mujeres. Me preguntaron si yo creía que esas mujeres las estaban afectando, a lo que yo les dije que sí, que los métodos usados solo eran tratamientos falsos, con sabe que intención. Ellos solo dijeron que harían algo, y se fueron. Al anochecer, poco después de las diez, el monte empezó a crujir. Se escucharon pasos pesados en la vereda, voces de hombres, luego gritos, insultos, un golpe seco contra madera. Yo estaba en la clínica, escribiendo notas sobre los casos. Marta me dijo que cerrara con tranca. No la cuestioné. Apagué las luces.

37:59 Me quedé en la oscuridad, con la lámpara apagada y la espalda contra la pared. Afuera el ruido siguió. Un grito se perdió en la distancia. Luego se oyó como alguien rompía ramas a machetazos. Marta no volvió a hablar. Solo rezaba por lo bajo, sin terminar las oraciones. Alrededor de la una de la madrugada, el cielo cambió. Desde el techo se alcanzaba a ver el resplandor de un fuego. Subí en silencio, pisando el concreto despacio. Desde ahí, entre los árboles, vi el humo levantarse hacia el lado de la hondonada. No era un incendio grande, pero sostenido. Ardía algo controlado, como si lo alimentaran con cuidado. A las seis, el sol apenas había salido cuando los hombres regresaron. Caminaban en grupo, con las lámparas apagadas y las camisas manchadas de ceniza. Ninguno habló. Cruzaron por la calle de tierra y se metieron a sus casas. No se reunieron en la plaza. No se saludaron entre ellos. Marta me confirmó lo que ya sospechaba. Quemaron la choza. No la encontraron vacía.

39:08 Al principio no había nadie, pero luego una de las mujeres salió corriendo con el pelo ardiendo. No la siguieron. Se internó en el monte sola, dando gritos. No volvieron a verla. Tampoco encontraron a las otras dos, ni cadáveres. Solo cosas esparcidas, figuras hechas con ramas, piedras talladas con marcas que nadie entendió, telas colgadas en ramas, todas blancas. El fogón todavía tenía brasa cuando llegaron Nadie se atrevió a quedarse Quemaron todo y salieron antes del amanecer Pasó una semana El pueblo se calmó Rosa y Elena regresaron a consulta No mencionaron lo ocurrido Dijeron que se sentían bien Yo les tomé los signos vitales El pulso estaba estable No había manchas en el ultrasonido El ritmo del bebé era normal Aceptaron el tratamiento sin protestar No pidieron remedios ni preguntaron por otras opciones. Juana, en cambio, seguía en casa. Iba todos los días a revisarla. Estaba débil, pero mejoraba. No recordaba con claridad lo que pasó esa noche.

40:18 Decía que sentía el cuerpo más liviano. Dormía sin sobresaltos. Comía. No tenía pesadillas. Agradecía cuando le cambiaba las vendas, aunque a veces se quedaba mirando por la ventana sin parpadear. Yo no pregunté nada más. Mi contrato terminó tres semanas después. No pedí que lo extendieran. Preparé los documentos, firmé las últimas notas y empaqué lo necesario. Antes de irme, cerré el expediente de las tres mujeres, lo metí a un sobre y lo marqué como privado. Lo marqué como privado. Marta lo guardó en una caja de madera que tenía bajo su cama. Me dijo que ahí iba a estar seguro.

41:02 No volví a saber de ellas, tampoco de Marta.