July 3, 2025

BRUJAS Acaban Con Un Pelotón Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Vargas, soy cabo primero del ejército mexicano. Llevo más de una década en servicio y he pasado por situaciones que podrían contar durante mucho tiempo, pero ninguna como la que viví junto a mi pelotón en un pueblo. Nunca nos dijeron su nombre, ni siquiera apareció en los documentos oficiales. Solo nos marcaron coordenadas y una advertencia informal. Que la gente allá estaba asustada y que nos prepararemos para lo que sea. Éramos ocho. El Teniente Carrillo, los Sargentos Medina y Lozano. Y cinco soldados más. Entre ellos, yo. Nos enviaron a verificar reportes de actividad sospechosa cerca de la sierra, en una comunidad aislada que, según decían, había sido abandonada por la mayoría de sus habitantes. Llegamos justo cuando caía el atardecer. El camino era estrecho y lleno de curvas, flanqueado por montes secos y árboles. Lo primero que nos impactó fue el silencio, absoluto, sofocante, ni el canto de los pájaros ni el zumbido de los insectos.

1:08 El pueblo era pequeño, con casas de adobe agrietadas y techos de lámina oxidados por el tiempo. La iglesia al fondo, muy vieja, parecía más una ruina que un lugar sagrado. No había señales de vida. Solo dos personas salieron a recibirnos, una mujer mayor y un joven con la mirada perdida. Ella nos dijo que era la encargada del templo y que aún quedaban unas pocas familias en el pueblo. El resto había huido semanas atrás. No fue por la violencia común. Dijo que aquí bajaron ellas. No sabíamos a qué se refería. La vieja bajó la voz y se persignó.« Brujas», murmuró, mirando con miedo hacia el cerro. Nos contuvo con la mirada como si buscara advertirnos algo más. Pero se cayó.

1:57 El joven solo nos miró fijamente y nos dijo que no deberíamos estar aquí cuando oscureciera. nos instalamos en lo que quedaba del edificio de la delegación municipal pusimos radios armas listas revisamos el perímetro nada parecía fuera de lo normal sólo el ambiente que pesaba como si el aire estuviera saturado el teniente ordenó rondas de vigilancia Lozano y yo fuimos los primeros en recorrer la parte trasera del pueblo, hacia un sendero que llevaba al cerro. Mientras caminábamos entre los matorrales secos y árboles, sentí una incomodidad, como si algo nos vigilara. Lozano lo dijo primero. Dijo que sentía que nos seguían, pero no hay nada. Regresamos y reportamos sin novedades, aunque ninguno pudo ocultar lo nerviosos que estábamos.

2:49 Esa noche el cielo estaba completamente despejado, pero la luna se escondía tras una bruma espesa. El aire olía a tierra húmeda aunque no había llovido. Entonces comenzaron los ruidos. A la una y treinta y cuatro de la mañana escuchamos un chillido. largo y agudo como si viniera desde debajo de la tierra uno tras otro los hombres se despertaron alertas carrillo nos ordenó salir en formación el chillido se repitió esta vez más cerca y luego escuchamos lo que sonaba como pasos pero muchos rodeándonos apuntamos las linternas a todos lados nada medina fue el primero en verlas gritó y apuntó a una dirección y todos giramos a ver a unos veinte metros en la colina que rodeaba la iglesia vimos tres figuras de pie eran altas cubiertas con algo parecido a mantos o telas raídas pero su silueta era femenina Una de ellas se movía en espasmos como si la sacudieran hilos invisibles, otra flotaba a unos centímetros del suelo, la tercera simplemente nos miraba, las linternas comenzaron a parpadear, la radio emitía estática. el teniente carrillo gritó órdenes pero su voz se distorsionaba como si hablara dentro del agua uno de los soldados reyes corrió hacia ella sin aviso nadie pudo detenerlo lo último que vimos fue como se perdía en la niebla que de pronto

4:21 descendió del cerro como una ola y entonces escuchamos su grito Un grito que nunca voy a olvidar. Todos apuntamos nuestras armas hacia la colina, pero las figuras ya no estaban. Solo quedaba la neblina, densa como el humo. Corrimos hacia donde Reyes desapareció, pero era imposible ver más allá de unos pocos pasos. Carrillo ordenó regresar y cerrar el perímetro. Cuando volvimos a la base improvisada, algo nos esperaba en la entrada. Una figura hecha con ramas, huesos pequeños y trapos amarrados con cabello humano. En su pecho, un botón del uniforme de Reyes. Nadie habló por varios minutos. Pasamos el resto de la noche sin dormir. Nadie dijo nada, pero todos teníamos mucho miedo. Reyes seguía desaparecido. Las radios no funcionaban. Al amanecer, un grupo de tres soldados, Medina, Lozano y yo, salimos a buscar a Reyes. Caminamos hacia el cerro siguiendo el sendero que bordeaba la iglesia. No tardamos en encontrar rastros, marcas en el suelo, huellas profundas, demasiado grandes para ser humanas, y ramas torcidas con cintas de tela amarradas en nudos extraños. Llegamos hasta un claro.

5:39 En el centro había un círculo perfecto de piedras negras, dentro de él cenizas, y en medio de todo eso su placa, la de reyes quemada por un borde. Nadie dijo nada, solo recogimos lo que quedaba y regresamos. Cuando cruzamos de vuelta el límite del pueblo, la mujer anciana que nos había recibido la primera noche nos esperaba sentada frente a la iglesia. Nos miró y nos dijo que nuestro amigo ya no iba a volver y que no debíamos estar ahí. Carrillo la interrogó, exigió respuestas, pero ella solo le dio un papel doblado. Un mapa, hecho a mano, indicaba una zona más arriba del cerro, marcada con un símbolo que ya habíamos visto antes, la espiral con una línea vertical. Nos dijo que ahí estaban sus cuevas, pero que si íbamos no fuéramos con odio, porque ellas lo huelen.

6:33 A pesar de todo, Carrillo decidió seguir con la misión. No podíamos abandonar la zona hasta tener confirmación oficial. Y claramente nadie en el alto mando nos iba a creer si hablábamos de brujas. Nos dividimos de nuevo. Tres se quedaron vigilando el pueblo. Los otros cuatro, incluyéndome, subimos al cerro al anochecer. La subida fue brutal. Cada metro parecía resistirse. Al llegar a la zona señalada la encontramos. Una boca oscura abierta en la piedra. No era una cueva natural. Los bordes estaban tallados con precisión. En las paredes había símbolos por todas partes. Espirales, cruces invertidas, dibujos de figuras humanas con cabezas torcidas y manos largas. Entramos con linternas.

7:21 El aire era frío, pero no como el de la montaña. Era un frío seco. Caminamos en formación cerrada. La cueva era más grande de lo que aparentaba. Los pasillos se ramificaban, llevándonos a salas pequeñas con restos de velas derretidas, huesos de animales y en una ocasión una muñeca sin ojos colgada del techo con alambre oxidado. Lo más extraño fue el sonido. No se escuchaba eco. Era como si la cueva se tragara cualquier ruido que hiciéramos, hasta que empezamos a oír voces, primero suaves, como si alguien hablara a través de una pared gruesa, después más claras, nos llamaban por nombre, Vargas, Mejiré. Nadie me había hablado, pero escuché mi nombre otra vez, más cerca. Los otros también empezaron a escucharlo. Medina se tapó los oídos. Lozano cayó de rodillas, muy asustado. Carrillo nos ordenó salir de inmediato. Cuando dimos la vuelta, el pasillo por el que habíamos entrado ya no estaba. era otro túnel los símbolos en las paredes habían cambiado ahora mostraban cuerpos encorvados con bocas abiertas en un grito corrimos sin pensar buscando una salida y entonces las vimos eran tres estaban en el fondo de la galería principal No caminaban, se deslizaban. Sus pies no tocaban el suelo. Una de ellas tenía la cara tapada con

8:53 una máscara de hueso. Otra tenía el rostro al revés con la boca desde la frente. La tercera solo era una silueta negra con ojos blancos. Nos miraron. Las luces se apagaron. Sentí una presión en el pecho, como si algo tratara de entrarme por la boca. Carrillo gritó que disparáramos. Lo hicimos. Pero las balas rebotaban en las paredes. No les hacía nada. La figura negra avanzó hacia mí. Extendió su brazo. Toqué mi crucifijo y grité lo único que recordaba de memoria. Un Padre Nuestro. La figura se detuvo y se desvaneció en lo oscuro de la cueva. Solo podíamos escuchar unos chillidos fuertes que empezaban a hacer eco.

9:39 Se sentía como si la cueva temblara. Salimos corriendo sin mirar atrás. Al llegar al exterior, el cielo estaba oscuro. Habíamos estado adentro más tiempo de lo que pensábamos. Carrillo sangraba de la nariz. Lozano no dejaba de vomitar y Medina ya no hablaba. Cuando regresamos al pueblo, la anciana nos esperaba de nuevo. Medina no volvió a hablar. No era solo que no pronunciara palabra, era como si no estuviera ahí. Caminaba, respondía órdenes básicas, pero sus ojos estaban vacíos. Más tarde descubrimos que no comía ni dormía. Se limitaba a observar fijamente el horizonte, como si esperara algo o alguien.

10:25 El Teniente Carrillo, a pesar de todo lo que habíamos vivido, aún intentaba sostener la cadena de mando. Reunió al grupo, trazó una estrategia para salir del pueblo a primera hora. Pero cada intento de comunicarnos con el cuartel general era en vano. La radio solo emitía un ruido blanco interrumpido por ocasionales frases distorsionadas que nadie comprendía. Esa noche tomamos turnos para vigilar, pero el sueño nos vencía, o eso pensábamos. Cuando desperté, no sé si fueron minutos u horas después, ya no estábamos todos. Lozano y otro soldado, Jiménez, habían desaparecido. Sus camas estaban intactas, solo quedaban sus botas y en la almohada de Lozano una mano seca. No era humana.

11:13 Tenía uñas largas, negras, y una pulsera tejida como las que los niños venden en los pueblos. Sentí un escalofrío en la nuca. Salimos a buscarlos, gritando sus nombres. Carrillo se enojó y, como si esperara que alguien, o algo, lo escuchara, empezó a gritar que no teníamos miedo, que éramos el ejército. un canto comenzó a sonar desde algún lugar entre las casas era una voz femenina medina se levantó lentamente y caminó hacia el canto lo seguimos caminaba sin detenerse sin mirar a los lados como si supiera exactamente a dónde ir llegó a la iglesia empujó la puerta y entró sin dudar dentro el ambiente era distinto el aire olía a sangre y cera derretida las bancas estaban volcadas y sobre el altar había símbolos pintados con algo oscuro medina se arrodilló frente al altar y empezó a murmurar al principio no entendíamos luego estaba repitiendo la canción carrillo se acercó para detenerlo pero apenas lo tocó medina se giró con los ojos completamente negros de su garganta salió un sonido que no era humano un grito grave como el crujido de cientos de ramas secas quebrándose al mismo tiempo lo empujamos al suelo y lo inmovilizamos su cuerpo estaba helado volvimos cargando a medina Ya no teníamos misión. Ya no teníamos superior. Solo teníamos miedo. Esa

12:46 noche nos encerramos. Apilamos muebles contra las ventanas y puertas. Nadie habló. Solo esperábamos. Y llegaron primero los gritos. Cada uno oía algo distinto. Carrillo se tiró al suelo con las manos en la cabeza. Luego vinieron los golpes, lentos y rítmicos, como si algo gigante caminara alrededor de la casa. las paredes crujían el suelo vibraba y entonces la puerta se abrió de golpe una figura entró flotando no tenía rostro sólo una máscara de barro con símbolos que se movían detrás de ella sombras se colaban por los muros sin forma clara sólo oscuridad disparamos pero nuestras balas no servían de nada una sombra atravesó a carrillo y lo dejó inmóvil como congelado en el aire Vi como su piel se secaba, como si le chuparan el alma por dentro, pero la verdad no estoy muy seguro de lo que vi, todo pasó muy rápido. Medina se levantó por su cuenta, caminó hacia la figura de la máscara, pero no miré qué pasó, solo corrimos. No recuerdo cómo ni en qué momento salimos de la casa, solo recuerdo el frío, un frío que no era del aire sino del miedo puro.

14:06 Nos refugiamos en una construcción abandonada, quizás una vieja bodega. Ahí bajo el techo podrido nos encerramos. Quedábamos solo tres. Yo, el cabo Montiel y Sánchez, un joven recién ingresado al cuerpo. Sánchez fue el primero en levantarse y salir a asomarse. No lo detuvimos. A los pocos segundos regresó temblando. Dijo que todo el pueblo estaba cubierto por una neblina espesa, como ceniza flotando. No se veía a más de 20 metros. Montiel decidió que teníamos que movernos. No podíamos quedarnos ahí esperando a que nos encontraran, porque ni siquiera sabían de nuestra situación. La idea era llegar al vehículo, salir por la misma brecha por la que entramos. Pero cuando llegamos al lugar, todo estaba destrozado. El vehículo no arrancaba. Caminamos hacia la iglesia. Pensamos que quizá ahí podríamos encontrar algo útil.

15:06 Solo encontramos marcas en el suelo, líneas dibujadas en círculos, con ceniza y piedras. Y en una de las bancas estaba el chaleco de carrillo, manchado con algo oscuro y pegajoso. montiel recogió el chaleco de carrillo lo apretó entre las manos y no dijo nada su rostro seguía firme pero los ojos ya no parecía entender que habíamos llegado al límite no teníamos a quien reportar ni refuerzos ni un vehículo funcional sólo quedábamos nosotros decidimos salir a pie tomar el camino contrario al que habíamos seguido al llegar Según Montiel, si avanzábamos en línea recta al norte, debíamos llegar a una brecha secundaria que conectaba con una vieja carretera de terracería.

15:53 Nos tomara las horas que nos tomara, necesitábamos salir. Nos abastecimos con lo que pudimos, un poco de agua, un paquete de galletas quebradas. una linterna con las baterías casi muertas y los restos de una radio sánchez caminaba lento pero no seguía no hablaba pero parecía consciente de que salíamos las piernas comenzaban a doler las botas llenas de polvo la garganta partida por el calor el aire olía a humo aunque no había fuego sólo un aroma raro las ramas secas se mecían aunque no soplaba viento y fue entonces cuando escuchamos los primeros ruidos era como si algo caminara entre los árboles al costado del sendero no lo vimos pero lo escuchábamos ramas partiéndose hojas removidas pasos lentos detenidos nos quedamos en silencio montiel apuntó con su arma yo también Sánchez solo miraba al suelo. Los ruidos nos siguieron durante casi una hora. Nunca vimos a nadie.

16:55 Solo sabíamos que no estábamos solos. Ya a las horas, una bruma niebla comenzó a cubrirlo todo. No era como la del pueblo. Esta era más ligera, pero igual de incómoda. Se nos metía por la nariz, nos nublaba la vista. Las linternas apenas servían. Solo podíamos ver unos pocos metros al frente. Y en el cielo, muy alto, comenzaron a aparecer unas esferas. Brillaban como fuego flotando. Eran tres, después cinco. no se movían como bengalas se desplazaban en línea recta luego se detenían luego bajaban unos metros y subían de nuevo no hacían ruido ni vibraban solo flotaban nos detuvimos las miramos y una de ellas pareció inclinarse como si mirara hacia nosotros sentí que algo me quemaba la frente me llevé la mano y tenía la piel caliente sudada Montiel dijo que siguiéramos, que no las miráramos, caminamos sin voltear atrás. No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que dejamos de escuchar pasos entre los árboles. Ya no había ruido, ni luces, ni sombras, solo el sonido de nuestras botas sobre la tierra seca. A lo lejos vimos una estructura metálica, una torre oxidada de las que usan para repetidoras. Era la señal de que nos acercábamos a una zona habitada.

18:22 A la media hora vimos luces de verdad. Una patrulla estacionada a un lado del camino. Dos oficiales afuera, tomando café. Nos vieron llegar con el uniforme rasgado, las caras sucias, Sánchez arrastrando los pies. Nos preguntaron qué nos había pasado. Les dimos un resumen rápido. Dijimos que nuestra unidad fue enviada a patrullar una zona sin nombre y que hubo un problema con el vehículo. Nada más. uno de los policías nos ofreció agua montiel se sentó sin decir palabra sánchez se quedó de pie mirando a la nada yo me senté en la parte trasera de la patrulla y sentí que el cuerpo me pesaba el doble Cuando el oficial me preguntó cuántos salieron de la base, dudé. Me tardé un segundo en responder. Dije ocho. Luego me corrigí.

19:15 Dije siete. No estoy seguro de cuál número usé al final. Nos llevaron a la comandancia más cercana. Luego nos trasladaron a un hospital militar. No nos preguntaron mucho. A Sánchez lo trasladaron a un psiquiátrico en Hermosillo. Montiel solicitó su baja meses después. Yo fui reubicado. Nunca más volví a ver a ninguno de ellos, hasta que tiempo después pedí mi baja.