BRUJAS Acaban Con Un Pelotón Historias De Terror - REDE
¡ Rápido ! Suscríbete y activa la campanita.
Se parte de la comunidad REDE.
ENVIAME TUS HISTORIAS A: relatosdesclasificados@gmail.com
SÍGUEME EN FANPAGE: https://bit.ly/33H3Og3
SÍGUEME EN INSTAGRAM: https://bit.ly/3dgiBmd
0:02 Me llamo Vargas, soy cabo primero del ejército mexicano. Llevo más de una década en servicio y he pasado por situaciones que podrÃan contar durante mucho tiempo, pero ninguna como la que vivà junto a mi pelotón en un pueblo. Nunca nos dijeron su nombre, ni siquiera apareció en los documentos oficiales. Solo nos marcaron coordenadas y una advertencia informal. Que la gente allá estaba asustada y que nos prepararemos para lo que sea. Ãramos ocho. El Teniente Carrillo, los Sargentos Medina y Lozano. Y cinco soldados más. Entre ellos, yo. Nos enviaron a verificar reportes de actividad sospechosa cerca de la sierra, en una comunidad aislada que, según decÃan, habÃa sido abandonada por la mayorÃa de sus habitantes. Llegamos justo cuando caÃa el atardecer. El camino era estrecho y lleno de curvas, flanqueado por montes secos y árboles. Lo primero que nos impactó fue el silencio, absoluto, sofocante, ni el canto de los pájaros ni el zumbido de los insectos.
1:08 El pueblo era pequeño, con casas de adobe agrietadas y techos de lámina oxidados por el tiempo. La iglesia al fondo, muy vieja, parecÃa más una ruina que un lugar sagrado. No habÃa señales de vida. Solo dos personas salieron a recibirnos, una mujer mayor y un joven con la mirada perdida. Ella nos dijo que era la encargada del templo y que aún quedaban unas pocas familias en el pueblo. El resto habÃa huido semanas atrás. No fue por la violencia común. Dijo que aquà bajaron ellas. No sabÃamos a qué se referÃa. La vieja bajó la voz y se persignó.« Brujas», murmuró, mirando con miedo hacia el cerro. Nos contuvo con la mirada como si buscara advertirnos algo más. Pero se cayó.
1:57 El joven solo nos miró fijamente y nos dijo que no deberÃamos estar aquà cuando oscureciera. nos instalamos en lo que quedaba del edificio de la delegación municipal pusimos radios armas listas revisamos el perÃmetro nada parecÃa fuera de lo normal sólo el ambiente que pesaba como si el aire estuviera saturado el teniente ordenó rondas de vigilancia Lozano y yo fuimos los primeros en recorrer la parte trasera del pueblo, hacia un sendero que llevaba al cerro. Mientras caminábamos entre los matorrales secos y árboles, sentà una incomodidad, como si algo nos vigilara. Lozano lo dijo primero. Dijo que sentÃa que nos seguÃan, pero no hay nada. Regresamos y reportamos sin novedades, aunque ninguno pudo ocultar lo nerviosos que estábamos.
2:49 Esa noche el cielo estaba completamente despejado, pero la luna se escondÃa tras una bruma espesa. El aire olÃa a tierra húmeda aunque no habÃa llovido. Entonces comenzaron los ruidos. A la una y treinta y cuatro de la mañana escuchamos un chillido. largo y agudo como si viniera desde debajo de la tierra uno tras otro los hombres se despertaron alertas carrillo nos ordenó salir en formación el chillido se repitió esta vez más cerca y luego escuchamos lo que sonaba como pasos pero muchos rodeándonos apuntamos las linternas a todos lados nada medina fue el primero en verlas gritó y apuntó a una dirección y todos giramos a ver a unos veinte metros en la colina que rodeaba la iglesia vimos tres figuras de pie eran altas cubiertas con algo parecido a mantos o telas raÃdas pero su silueta era femenina Una de ellas se movÃa en espasmos como si la sacudieran hilos invisibles, otra flotaba a unos centÃmetros del suelo, la tercera simplemente nos miraba, las linternas comenzaron a parpadear, la radio emitÃa estática. el teniente carrillo gritó órdenes pero su voz se distorsionaba como si hablara dentro del agua uno de los soldados reyes corrió hacia ella sin aviso nadie pudo detenerlo lo último que vimos fue como se perdÃa en la niebla que de pronto
4:21 descendió del cerro como una ola y entonces escuchamos su grito Un grito que nunca voy a olvidar. Todos apuntamos nuestras armas hacia la colina, pero las figuras ya no estaban. Solo quedaba la neblina, densa como el humo. Corrimos hacia donde Reyes desapareció, pero era imposible ver más allá de unos pocos pasos. Carrillo ordenó regresar y cerrar el perÃmetro. Cuando volvimos a la base improvisada, algo nos esperaba en la entrada. Una figura hecha con ramas, huesos pequeños y trapos amarrados con cabello humano. En su pecho, un botón del uniforme de Reyes. Nadie habló por varios minutos. Pasamos el resto de la noche sin dormir. Nadie dijo nada, pero todos tenÃamos mucho miedo. Reyes seguÃa desaparecido. Las radios no funcionaban. Al amanecer, un grupo de tres soldados, Medina, Lozano y yo, salimos a buscar a Reyes. Caminamos hacia el cerro siguiendo el sendero que bordeaba la iglesia. No tardamos en encontrar rastros, marcas en el suelo, huellas profundas, demasiado grandes para ser humanas, y ramas torcidas con cintas de tela amarradas en nudos extraños. Llegamos hasta un claro.
5:39 En el centro habÃa un cÃrculo perfecto de piedras negras, dentro de él cenizas, y en medio de todo eso su placa, la de reyes quemada por un borde. Nadie dijo nada, solo recogimos lo que quedaba y regresamos. Cuando cruzamos de vuelta el lÃmite del pueblo, la mujer anciana que nos habÃa recibido la primera noche nos esperaba sentada frente a la iglesia. Nos miró y nos dijo que nuestro amigo ya no iba a volver y que no debÃamos estar ahÃ. Carrillo la interrogó, exigió respuestas, pero ella solo le dio un papel doblado. Un mapa, hecho a mano, indicaba una zona más arriba del cerro, marcada con un sÃmbolo que ya habÃamos visto antes, la espiral con una lÃnea vertical. Nos dijo que ahà estaban sus cuevas, pero que si Ãbamos no fuéramos con odio, porque ellas lo huelen.
6:33 A pesar de todo, Carrillo decidió seguir con la misión. No podÃamos abandonar la zona hasta tener confirmación oficial. Y claramente nadie en el alto mando nos iba a creer si hablábamos de brujas. Nos dividimos de nuevo. Tres se quedaron vigilando el pueblo. Los otros cuatro, incluyéndome, subimos al cerro al anochecer. La subida fue brutal. Cada metro parecÃa resistirse. Al llegar a la zona señalada la encontramos. Una boca oscura abierta en la piedra. No era una cueva natural. Los bordes estaban tallados con precisión. En las paredes habÃa sÃmbolos por todas partes. Espirales, cruces invertidas, dibujos de figuras humanas con cabezas torcidas y manos largas. Entramos con linternas.
7:21 El aire era frÃo, pero no como el de la montaña. Era un frÃo seco. Caminamos en formación cerrada. La cueva era más grande de lo que aparentaba. Los pasillos se ramificaban, llevándonos a salas pequeñas con restos de velas derretidas, huesos de animales y en una ocasión una muñeca sin ojos colgada del techo con alambre oxidado. Lo más extraño fue el sonido. No se escuchaba eco. Era como si la cueva se tragara cualquier ruido que hiciéramos, hasta que empezamos a oÃr voces, primero suaves, como si alguien hablara a través de una pared gruesa, después más claras, nos llamaban por nombre, Vargas, Mejiré. Nadie me habÃa hablado, pero escuché mi nombre otra vez, más cerca. Los otros también empezaron a escucharlo. Medina se tapó los oÃdos. Lozano cayó de rodillas, muy asustado. Carrillo nos ordenó salir de inmediato. Cuando dimos la vuelta, el pasillo por el que habÃamos entrado ya no estaba. era otro túnel los sÃmbolos en las paredes habÃan cambiado ahora mostraban cuerpos encorvados con bocas abiertas en un grito corrimos sin pensar buscando una salida y entonces las vimos eran tres estaban en el fondo de la galerÃa principal No caminaban, se deslizaban. Sus pies no tocaban el suelo. Una de ellas tenÃa la cara tapada con
8:53 una máscara de hueso. Otra tenÃa el rostro al revés con la boca desde la frente. La tercera solo era una silueta negra con ojos blancos. Nos miraron. Las luces se apagaron. Sentà una presión en el pecho, como si algo tratara de entrarme por la boca. Carrillo gritó que disparáramos. Lo hicimos. Pero las balas rebotaban en las paredes. No les hacÃa nada. La figura negra avanzó hacia mÃ. Extendió su brazo. Toqué mi crucifijo y grité lo único que recordaba de memoria. Un Padre Nuestro. La figura se detuvo y se desvaneció en lo oscuro de la cueva. Solo podÃamos escuchar unos chillidos fuertes que empezaban a hacer eco.
9:39 Se sentÃa como si la cueva temblara. Salimos corriendo sin mirar atrás. Al llegar al exterior, el cielo estaba oscuro. HabÃamos estado adentro más tiempo de lo que pensábamos. Carrillo sangraba de la nariz. Lozano no dejaba de vomitar y Medina ya no hablaba. Cuando regresamos al pueblo, la anciana nos esperaba de nuevo. Medina no volvió a hablar. No era solo que no pronunciara palabra, era como si no estuviera ahÃ. Caminaba, respondÃa órdenes básicas, pero sus ojos estaban vacÃos. Más tarde descubrimos que no comÃa ni dormÃa. Se limitaba a observar fijamente el horizonte, como si esperara algo o alguien.
10:25 El Teniente Carrillo, a pesar de todo lo que habÃamos vivido, aún intentaba sostener la cadena de mando. Reunió al grupo, trazó una estrategia para salir del pueblo a primera hora. Pero cada intento de comunicarnos con el cuartel general era en vano. La radio solo emitÃa un ruido blanco interrumpido por ocasionales frases distorsionadas que nadie comprendÃa. Esa noche tomamos turnos para vigilar, pero el sueño nos vencÃa, o eso pensábamos. Cuando desperté, no sé si fueron minutos u horas después, ya no estábamos todos. Lozano y otro soldado, Jiménez, habÃan desaparecido. Sus camas estaban intactas, solo quedaban sus botas y en la almohada de Lozano una mano seca. No era humana.
11:13 TenÃa uñas largas, negras, y una pulsera tejida como las que los niños venden en los pueblos. Sentà un escalofrÃo en la nuca. Salimos a buscarlos, gritando sus nombres. Carrillo se enojó y, como si esperara que alguien, o algo, lo escuchara, empezó a gritar que no tenÃamos miedo, que éramos el ejército. un canto comenzó a sonar desde algún lugar entre las casas era una voz femenina medina se levantó lentamente y caminó hacia el canto lo seguimos caminaba sin detenerse sin mirar a los lados como si supiera exactamente a dónde ir llegó a la iglesia empujó la puerta y entró sin dudar dentro el ambiente era distinto el aire olÃa a sangre y cera derretida las bancas estaban volcadas y sobre el altar habÃa sÃmbolos pintados con algo oscuro medina se arrodilló frente al altar y empezó a murmurar al principio no entendÃamos luego estaba repitiendo la canción carrillo se acercó para detenerlo pero apenas lo tocó medina se giró con los ojos completamente negros de su garganta salió un sonido que no era humano un grito grave como el crujido de cientos de ramas secas quebrándose al mismo tiempo lo empujamos al suelo y lo inmovilizamos su cuerpo estaba helado volvimos cargando a medina Ya no tenÃamos misión. Ya no tenÃamos superior. Solo tenÃamos miedo. Esa
12:46 noche nos encerramos. Apilamos muebles contra las ventanas y puertas. Nadie habló. Solo esperábamos. Y llegaron primero los gritos. Cada uno oÃa algo distinto. Carrillo se tiró al suelo con las manos en la cabeza. Luego vinieron los golpes, lentos y rÃtmicos, como si algo gigante caminara alrededor de la casa. las paredes crujÃan el suelo vibraba y entonces la puerta se abrió de golpe una figura entró flotando no tenÃa rostro sólo una máscara de barro con sÃmbolos que se movÃan detrás de ella sombras se colaban por los muros sin forma clara sólo oscuridad disparamos pero nuestras balas no servÃan de nada una sombra atravesó a carrillo y lo dejó inmóvil como congelado en el aire Vi como su piel se secaba, como si le chuparan el alma por dentro, pero la verdad no estoy muy seguro de lo que vi, todo pasó muy rápido. Medina se levantó por su cuenta, caminó hacia la figura de la máscara, pero no miré qué pasó, solo corrimos. No recuerdo cómo ni en qué momento salimos de la casa, solo recuerdo el frÃo, un frÃo que no era del aire sino del miedo puro.
14:06 Nos refugiamos en una construcción abandonada, quizás una vieja bodega. Ahà bajo el techo podrido nos encerramos. Quedábamos solo tres. Yo, el cabo Montiel y Sánchez, un joven recién ingresado al cuerpo. Sánchez fue el primero en levantarse y salir a asomarse. No lo detuvimos. A los pocos segundos regresó temblando. Dijo que todo el pueblo estaba cubierto por una neblina espesa, como ceniza flotando. No se veÃa a más de 20 metros. Montiel decidió que tenÃamos que movernos. No podÃamos quedarnos ahà esperando a que nos encontraran, porque ni siquiera sabÃan de nuestra situación. La idea era llegar al vehÃculo, salir por la misma brecha por la que entramos. Pero cuando llegamos al lugar, todo estaba destrozado. El vehÃculo no arrancaba. Caminamos hacia la iglesia. Pensamos que quizá ahà podrÃamos encontrar algo útil.
15:06 Solo encontramos marcas en el suelo, lÃneas dibujadas en cÃrculos, con ceniza y piedras. Y en una de las bancas estaba el chaleco de carrillo, manchado con algo oscuro y pegajoso. montiel recogió el chaleco de carrillo lo apretó entre las manos y no dijo nada su rostro seguÃa firme pero los ojos ya no parecÃa entender que habÃamos llegado al lÃmite no tenÃamos a quien reportar ni refuerzos ni un vehÃculo funcional sólo quedábamos nosotros decidimos salir a pie tomar el camino contrario al que habÃamos seguido al llegar Según Montiel, si avanzábamos en lÃnea recta al norte, debÃamos llegar a una brecha secundaria que conectaba con una vieja carretera de terracerÃa.
15:53 Nos tomara las horas que nos tomara, necesitábamos salir. Nos abastecimos con lo que pudimos, un poco de agua, un paquete de galletas quebradas. una linterna con las baterÃas casi muertas y los restos de una radio sánchez caminaba lento pero no seguÃa no hablaba pero parecÃa consciente de que salÃamos las piernas comenzaban a doler las botas llenas de polvo la garganta partida por el calor el aire olÃa a humo aunque no habÃa fuego sólo un aroma raro las ramas secas se mecÃan aunque no soplaba viento y fue entonces cuando escuchamos los primeros ruidos era como si algo caminara entre los árboles al costado del sendero no lo vimos pero lo escuchábamos ramas partiéndose hojas removidas pasos lentos detenidos nos quedamos en silencio montiel apuntó con su arma yo también Sánchez solo miraba al suelo. Los ruidos nos siguieron durante casi una hora. Nunca vimos a nadie.
16:55 Solo sabÃamos que no estábamos solos. Ya a las horas, una bruma niebla comenzó a cubrirlo todo. No era como la del pueblo. Esta era más ligera, pero igual de incómoda. Se nos metÃa por la nariz, nos nublaba la vista. Las linternas apenas servÃan. Solo podÃamos ver unos pocos metros al frente. Y en el cielo, muy alto, comenzaron a aparecer unas esferas. Brillaban como fuego flotando. Eran tres, después cinco. no se movÃan como bengalas se desplazaban en lÃnea recta luego se detenÃan luego bajaban unos metros y subÃan de nuevo no hacÃan ruido ni vibraban solo flotaban nos detuvimos las miramos y una de ellas pareció inclinarse como si mirara hacia nosotros sentà que algo me quemaba la frente me llevé la mano y tenÃa la piel caliente sudada Montiel dijo que siguiéramos, que no las miráramos, caminamos sin voltear atrás. No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que dejamos de escuchar pasos entre los árboles. Ya no habÃa ruido, ni luces, ni sombras, solo el sonido de nuestras botas sobre la tierra seca. A lo lejos vimos una estructura metálica, una torre oxidada de las que usan para repetidoras. Era la señal de que nos acercábamos a una zona habitada.
18:22 A la media hora vimos luces de verdad. Una patrulla estacionada a un lado del camino. Dos oficiales afuera, tomando café. Nos vieron llegar con el uniforme rasgado, las caras sucias, Sánchez arrastrando los pies. Nos preguntaron qué nos habÃa pasado. Les dimos un resumen rápido. Dijimos que nuestra unidad fue enviada a patrullar una zona sin nombre y que hubo un problema con el vehÃculo. Nada más. uno de los policÃas nos ofreció agua montiel se sentó sin decir palabra sánchez se quedó de pie mirando a la nada yo me senté en la parte trasera de la patrulla y sentà que el cuerpo me pesaba el doble Cuando el oficial me preguntó cuántos salieron de la base, dudé. Me tardé un segundo en responder. Dije ocho. Luego me corrigÃ.
19:15 Dije siete. No estoy seguro de cuál número usé al final. Nos llevaron a la comandancia más cercana. Luego nos trasladaron a un hospital militar. No nos preguntaron mucho. A Sánchez lo trasladaron a un psiquiátrico en Hermosillo. Montiel solicitó su baja meses después. Yo fui reubicado. Nunca más volvà a ver a ninguno de ellos, hasta que tiempo después pedà mi baja.
Apple Podcasts
Spotify
Castro
RSS Feed