July 13, 2025

BRUJA Los Usaba En Rituales Y Se Los COMÍA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Me llamo Mariana, tengo 34 años y vivo sola en una colonia tranquila de Cancún, en una casa de una planta que rento desde hace casi 5 años. Trabajo desde casa, así que paso mucho tiempo entre paredes blancas, ventiladores de techo y el canto de los pájaros que se cuelan por las rendijas de las ventanas. Mis dos gatos, Mango y Gila, son mi compañía constante. Mango es un macho naranja, gordito, muy cariñoso. Le gusta acostarse sobre mi teclado, frotarse en mis piernas cada que me levanto de la silla y dormir conmigo pegado al brazo. Gila es distinta. Es gris, delgada, de mirada seria. No le gusta que la toquen y siempre parece estar alerta. Ambos llegaron a mi vida casi al mismo tiempo, hace más de cuatro años, cuando una amiga se fue a vivir a Mérida y me pidió que los cuidara por unas semanas. Nunca volvió por ellos.

1:02 En esta colonia, como en muchas otras de la ciudad, hay una costumbre rara con los animales. La gente tiene perros y gatos, pero no los cuida como se debería. Muchos los dejan salir solos a la calle, sin collar ni supervisión. No es raro ver perros echados en las banquetas o gatos caminando sobre los muros como si el mundo les perteneciera. No hay muchas reglas aquí, ni nadie que las haga cumplir. Los animales entran y salen como si fueran parte del paisaje. Yo también dejaba salir a Mango. A Gila no le gusta salir, así que nunca insistí. Pero Mango tenía esa costumbre de irse en la tarde y volver antes de dormir. Algunas veces llegaba con hojas pegadas al lomo o con los bigotes sucios de tierra.

1:50 Nunca se tardaba demasiado. Una mañana, doña Amelia, una vecina de la cuadra de atrás, me detuvo cuando salí a barrer la banqueta. Me contó en voz baja que su gata negra, Chabela, no había vuelto desde hacía tres días. Pensó que podía haber quedado atrapada en alguna casa abandonada, pero ya había preguntado y nadie la había visto. Al día siguiente, una mujer joven que vive frente al parque mencionó que sus dos gatitos, uno blanco y otro atigrado, también dejaron de regresar. Dijo que uno de ellos solía dormir en su jardín y que simplemente ya no apareció más. Luego, un niño que vive en la esquina contó algo que me puso un poco nerviosa. Dijo que había escuchado maullidos por la noche, unos maullidos feos, como de gatos peleando o lastimados. Incluso dijo que una vez escuchó un chillido, como cuando uno pisa sin querer a un animal. Yo le pregunté si sabía de dónde venía el sonido, pero solo encogió los hombros y dijo que del callejón que da al canal. Al principio no me preocupé demasiado, pensé que los gatos se habrían ido con alguien o que tal vez los atropellaron y nadie se enteró. En esta colonia no hay muchas cámaras y los coches pasan rápido por las avenidas. También pensé, con algo de tristeza, que tal vez alguien los robaba. Aunque no tenía pruebas de eso, uno escucha tantas cosas. Aún así, comencé a tener más

3:22 cuidado con Mango. Le puse una plaquita con mi número de teléfono y traté de no dejarlo salir tan seguido. Pero él se desesperaba. Maullaba en la puerta hasta que le abría. Se iba por unas horas y siempre volvía al anochecer. Yo también notaba que algo no iba bien. no sé si era por las historias o porque gila se ponía rara cada vez que mango se acercaba a la puerta ella lo miraba desde su rincón con el lomo erizado antes no lo hacía pasaron unos días y las conversaciones en la tienda de la esquina cambiaron de tono ya no eran solo comentarios sueltos varias personas empezaban a decir que algo raro estaba pasando una señora dijo que su perro ladraba por las noches sin razón mirando al canal otra comentó que alguien estaba haciendo trabajos porque se habían encontrado velas negras y un costal con tierra en el parque yo seguía sin creer que fuera algo serio nunca he sido supersticiosa me criaron en una familia donde todo tenía una explicación lógica Pero empecé a sentir una incomodidad extraña. Esa noche, antes de dormir, le di a Mango su ración de croquetas y lo vi salir por la ventana del baño. Lo hacía siempre por ahí, trepaba por un bote y luego por un ladrillo suelto.

4:42 Gila se quedó en su cojín mirando la puerta. Esa noche, Mango no regresó. No era la primera vez que se quedaba más tiempo del habitual, así que al principio no me alarmé. Me acosté como siempre, esperando que en algún momento lo escucharía rascar la puerta o maullar por la ventana del baño, como hacía cada vez que quería entrar, pero no pasó. Me desperté a las 3 de la mañana, revisé el patio con una linterna, lo llamé varias veces por su nombre, pero no hubo respuesta. A las cinco de la mañana me rendí y dejé su plato con croquetas junto a la puerta trasera, por si volvía sin hacer ruido. Apenas pude dormir. A las ocho ya estaba vestida, caminando por la cuadra, llamando a Mango con una vocecita tonta que me daba vergüenza usar en público. Revisé debajo de coches, detrás de los botes de basura y en los jardines donde a veces se echaba. Nada. Fui casa por casa preguntando a los vecinos si lo habían visto.

5:45 Casi todos me respondieron lo mismo. Ya no dejo salir a los míos. El mío también desapareció hace una semana. Escuché que alguien los está agarrando. Nadie tenía pruebas, solo la certeza de que algo raro estaba pasando. Una señora mayor que vivía en la esquina del callejón me dijo que la noche anterior escuchó un ruido fuerte en su azotea, como si alguien hubiera corrido por el techo. No se atrevió a asomarse. Esa tarde regresé a casa con el estómago hecho un nudo. La noche siguiente traté de quedarme despierta más tiempo. Dejé la puerta entreabierta, puse más croquetas afuera y dejé el foco del patio encendido. Me senté junto a la ventana con una manta y un café, mirando hacia la calle vacía. Cerca de las dos de la mañana, cuando el sueño ya me ganaba, escuché algo en la azotea. No fue un golpe fuerte ni un ruido común. Fue una pisada suave, pero firme, como si alguien caminara con cuidado sobre las láminas. Me levanté de golpe, apagué la luz del cuarto y me asomé con cuidado.

6:55 No vi nada. Segundos después, escuché un maullido, corto, casi como un gemido. Sonó ahogado, como si lo hubieran tapado con la mano. Tomé la linterna, subí las escaleras que daban al techo y abrí la puerta de acceso. El aire era caliente, denso, olía a tierra húmeda y a basura. Alumbré todo el perímetro, los bordes, los cables, los tanques. No había nadie, ni rastro de mango, ni siquiera una sombra. Me quedé un rato en la azotea mirando hacia las casas vecinas, por si algo se movía, pero todo estaba en calma. bajé resignada cerré bien la puerta y me acosté con la esperanza inútil de que todo hubiera sido un malentendido por la mañana salí al patio a revisar otra vez por inercia al levantar la ropa del tendedero vi algo que me paralizó en una de las pinzas de plástico colgaba un mechón de pelo naranja enredado con una cinta negra vieja de esas de tela como las que se usan para amarrar el cabello El mechón era idéntico al pelaje de mango. Lo toqué con cuidado. Estaba seco, pero no sucio, como si lo hubieran puesto ahí recientemente.

8:08 Lo envolví en una bolsa pequeña y lo llevé con doña Amelia. Ella me miró con los labios apretados y los ojos muy abiertos. Cuando le mostré lo que había encontrado, hizo la señal de la cruz sin decir palabra. Luego, en voz baja, casi como un susurro, dijo que eso era un trabajo, que las brujas agarran gatos por la energía que tienen. Que no era raro que aquí en Cancún, sobre todo en las colonias viejas, todavía había gente que hacía cosas raras en las madrugadas. Brujería, dijo, sin rodeos. Le pregunté si conocía a alguien que hiciera ese tipo de cosas. Negó con la cabeza. Dijo que uno no debía andar preguntando mucho, porque esas cosas eran como avisperos.

8:54 Mejor era no tocar. Me recomendó que guardara el mechón, que no lo tirara, y que pusiera un vaso de agua con sal en la puerta trasera, que eso ayudaba cuando alguien quería hacerte algo desde lejos. Regresé a casa más confundida que antes. No sabía si creerle o pensar que todo era una exageración. Pero la verdad es que no tenía otra explicación para lo que estaba pasando. Esa noche se revientó todo. No dejé ninguna ventana abierta. Gila se durmió conmigo, acurrucada en mis piernas, como si también necesitara sentir que estábamos protegidas. Mango no volvió, y yo empecé a temer que ya no lo haría. Esa misma tarde, cuando apenas había empezado a oscurecer y el calor se sentía más espeso que nunca, tocaron a la puerta. Fue un golpecito seco, como si quien tocaba no quisiera ser notado.

9:52 Me asomé por la ventana y vi a una señora que no conocía bien, aunque su cara no me era del todo ajena. Tal vez la había visto alguna vez en la tienda o en la parada del camión. Tenía el rostro serio, arrugado, de esos que no sonríen por costumbre, y una expresión que me pareció más preocupada que tímida. Me dijo que vivía en la calle paralela, justo detrás de mi casa, y que había pensado mucho si debía venir. Dijo que no me lo tomara a mal, pero que desde hacía varias semanas había visto cosas raras, que no se lo había dicho a nadie por miedo a que la tomaran por loca. pero que cuando supo lo de mi gato decidió venir le ofrecí pasar pero prefirió quedarse en la banqueta me contó que en varias madrugadas había visto a una mujer delgada con la espalda muy encorvada siempre vestida con ropa suelta y oscura casi como si trajera una túnica que caminaba con dificultad arrastrando un pie como si le pesara y que siempre llevaba un costal largo colgado de un hombro, arrastrando la punta por el suelo.

11:02 Dijo que parecía pesado, como si llevara algo vivo o muerto adentro. Yo la escuchaba sin decir palabra, apretando el borde de la reja con las dos manos. No sabía si creerle, pero tampoco quería descartarlo. me dijo que esa mujer había sido vista varias veces por la brecha que conecta con el parque el que queda a dos cuadras que una vez desde su ventana la vio detenerse frente a un árbol grande que está justo al lado de una banca que la mujer colgó algo en una rama baja y luego desapareció por la vereda que lleva al monte. No quise quedarme con la duda. Le dije que si quería fuéramos juntas a ver ese árbol. Ella aceptó de inmediato.

11:47 Caminamos sin hablar mucho, con paso rápido, como si el solo hecho de demorarnos pudiera empeorar algo. El árbol era uno de esos de sombra ancha, con las ramas gruesas y bajas, perfecto para sentarse debajo en los días de calor. Había una banca oxidada justo al frente, y en una de las ramas más bajas colgaba un costalito chico, de tela áspera como de yute. estaba atado con un nudo extraño no uno común sino hecho con tres vueltas cruzadas que parecían tener una intención el costal se veía húmedo por debajo y se movía apenas pero se movía como si algo dentro se hinchara o respirara lento me eché hacia atrás pero la señora dio un paso al frente dijo que lo mejor era bajarlo que no podíamos dejarlo ahí que si alguien lo había dejado con intención debíamos saber qué clase de intención era dudé me sudaban las manos pero al final lo bajamos entre las dos Con cuidado, como si fuéramos a despertar a una cosa dormida, lo pusimos sobre la banqueta. Saqué mi navajita de llavero y corté el nudo. Abrimos el costal despacio. Adentro había un muñeco de trapo mal cosido, con la tela rasgada en algunas partes. Tenía ojos de canica, negros, brillosos. En el cuello colgaba una cinta de tela roja y justo en el centro del pecho había una cola de gato, seca, peluda,

13:20 enrollada con hilo rojo. El muñeco tenía tierra adentro, y en una de las esquinas del costal había pelo suelto y algo que parecía sangre seca, marrón oscuro, pegajosa. Me quedé helada. La señora se agachó a mirarlo mejor. Dijo que eso era brujería, que era para amarrar el alma de un animal, o tal vez para ofrecerlo en algún tipo de trabajo más fuerte, que muchas veces usaban partes reales para que el vínculo fuera más fuerte. me preguntó si creía que esa cola podía ser de mango no supe qué decir no quise dejarlo ahí algo me decía que no era buena idea tocarlo con las manos así que lo envolví en un trapo viejo que traía la señora en su bolso Y lo metí en una bolsa con cierre que tenía en mi mochila. Le tomé una foto con el celular antes de guardarlo. No sabía qué hacer con eso, pero sentía que si lo dejábamos colgado, era como permitir que siguiera funcionando, como si ignorarlo fuera parte del problema. Regresamos cada una a su casa sin hablar mucho. Esa noche no dormí. Me pasé horas viendo el techo, repasando todo en la cabeza. Tenía miedo de haber traído algo que no debía, pero también sentía que haberlo descubierto era una especie de paso, una señal de que tal vez no estaba sola, que otras también veían lo que pasaba. que algo muy extraño estaba ocurriendo en esa colonia, y que nuestros gatos eran solo la punta

14:53 del hilo. Después de encontrar aquel muñeco, no pudimos quedarnos cruzadas de brazos. La vecina, que me dijo llamarse Clara, fue quien propuso que vigiláramos. No era fácil. Las noches en Cancún no son calladas, siempre hay algún ruido, una moto pasando, un perro ladrando, música lejana, pero aún así nos organizamos. Ella se asomaba desde su azotea y yo caminaba por la banqueta como si fuera a tirar la basura o a revisar el medidor de luz. Lo hacíamos sin levantar sospechas. Queríamos ver si esa mujer regresaba. Pasaron dos noches en silencio. Yo empezaba a pensar que tal vez no volvería. que se había dado cuenta de que alguien la había descubierto pero la tercera noche casi a las dos de la mañana volví a verla fue desde la ventana de mi sala estaba cerrando las cortinas cuando noté algo moviéndose al fondo de la calle Me agaché, apagué la luz y miré con cuidado. Era la misma figura, delgada, encorvada, caminando despacio, arrastrando ese costal largo que rozaba el pavimento.

16:01 La reconocí por la manera en que caminaba, con un pie arrastrado, como si le pesara más que el otro. No la enfrenté. El miedo me pudo más. Solo tomé el celular y le mandé un mensaje a Clara. Le dije que saldría a seguirla. Bajé en silencio y crucé la calle cuando ya había doblado la esquina. Caminaba lento, así que no fue difícil seguirla. Clara se nos unió dos cuadras después, salió de su casa como si solo fuera a barrer el frente. Caminamos con distancia, sin hablar. La mujer avanzó varias cuadras, saliendo de nuestra colonia hacia una más vieja. Una que queda cerca del canal donde empieza la maleza. Ahí hay casas muy deterioradas, de concreto agrietado, con puertas sin pintura y ventanas rotas. Se detuvo frente a una casa sin luz, empujó una reja medio caída y entró. No encendió ningún foco. Solo desapareció entre la sombra del marco. Nos quedamos paradas un buen rato, sin acercarnos.

17:05 Clara me dijo en voz baja que era esa. Que esa casa era el origen de todo. A la mañana siguiente fuimos al módulo de policía. No fue fácil. Los agentes que estaban en turno apenas nos escuchaban. Les enseñamos la foto del muñeco, les explicamos lo que habíamos visto. La dirección de la casa, la descripción de la mujer... Uno de los policías, el más joven, tomó nota. Otro solo dijo que no podían hacer nada sin una denuncia formal. Clara insistió. Habló de los gatos, de los niños que habían perdido a sus mascotas, de los rumores. No sé si fue por hartazgo o porque algo de lo que dijimos les hizo ruido, pero al final dijeron que lo revisarían.

17:50 Pasaron dos días. Yo ya pensaba que no haría nada. Hasta que una patrulla se estacionó en la entrada de la colonia. Venían con una orden de cateo. Eran tres policías y dos personas de civil. Clara y yo no nos movimos de la esquina. Solo observamos desde lejos. Entraron con guantes, linternas, cámara en mano. Nadie salió a abrir. La puerta fue forzada. Lo que encontraron ahí adentro no era de este mundo. El primero que salió se cubría la cara. Otro dijo algo por radio y pidió refuerzos. Nosotros no podíamos acercarnos, pero desde la banqueta vimos cuando sacaron varias bolsas. Después nos enteramos de lo que había adentro.

18:35 En el refrigerador encontraron restos de animales envueltos en periódico. Había gatos completos, algunos visiblemente cocinados, otros abiertos y vaciados. También restos pequeños como ratas, aves, todo acomodado en bolsas sin ningún orden. En la mesa de la cocina había platos con sangre seca, velas negras gastadas y figuras similares al muñeco que habíamos hallado en el árbol. Algunas tenían orejas, otras colas, todas cosidas con hilo rojo, con símbolos raros bordados a mano. En una esquina de la casa, sobre una base de tierra seca, encontraron más de diez cráneos pequeños, todos de gato. Estaban acomodados en círculo, con flores marchitas, ramitas, hojas secas y montoncitos de sal negra. En los cuartos había altares, pequeños, improvisados, hechos con cajas, mesas viejas. incluso una lavadora volteada servía como base de uno, encima de esos altares había papeles con nombres escritos, pedazos de ropa, pelos, uñas y más muñecos, todos hechos a mano, todos deformes, los policías salieron con caras que no olvidaré, no fue solo asco, fue algo más. como si hubieran tocado algo que no debían. A la mujer la encontraron en un rincón, sentada, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en una vela apagada. No dijo nada cuando la esposaron. No opuso resistencia.

20:07 Caminó con ellos como si ya supiera que iban por ella. como si no le importara. Clara me miró en silencio. Me temblaban las manos. No solo era horror, era la certeza de que todo lo que pensábamos que era exageración o superstición, era real. Había estado ahí, en nuestra calle, cargando gatos en un costal, haciendo cosas con ellos que ninguna de nosotras se atrevía a imaginar. Y Mango ya no tenía dudas de que había pasado por esas manos. La mujer no intentó escapar. No gritó. No preguntó por qué. Solo salió caminando con las muñecas esposadas y la cabeza baja.

20:49 Dicen que no paraba de repetir una sola frase mientras la subían a la patrulla. Que los que no entienden el llamado nunca verán el propósito. Así como si hablara de una religión. como si ella estuviera convencida de algo que los demás no podíamos ver los vecinos la veían desde lejos con el ceño fruncido como si no supieran si sentir miedo o asco a nadie le sorprendió realmente que fuera ella pero nadie lo había dicho en voz alta antes Una señora comentó que ya desde hacía años le había notado algo raro, que hablaba sola, que se paraba mucho tiempo frente a los árboles sin moverse, que parecía olfatear el aire. Otra vecina dijo que se acordaba de cuando esa mujer tenía varios gatos y que luego, de repente, ya no se le volvió a ver ninguno.

21:42 Un agente me confirmó después que no la llevarían a la cárcel directamente. que primero la revisarían en un hospital psiquiátrico porque estaba en una especie de trance desde que la detuvieron me dijo que la investigación seguía abierta que habían encontrado más restos de animales enterrados en el patio pero que no podían confirmar todavía cuántos eran también dijo con cierta incomodidad que todo indicaba que no solo los usaba para brujería que posiblemente también los cocinaba para alimentarse esa parte fue la que más me revolvió el estómago A los pocos días, la historia ya estaba en boca de todos. En la tienda, en la parada del camión, entre los muchachos que jugaban fútbol en la cancha del parque.

22:29 La casa donde vivía esa mujer quedó vacía, acordonada, con cintas amarillas en la entrada. Nadie se quería acercar. Algunos decían que adentro todavía olía a sangre, otros que habían escuchado maullidos durante la noche como si aún hubiera gatos atrapados dentro. Los cambios en la colonia no se hicieron esperar. Los vecinos empezaron a meter a sus gatos desde temprano. Ya no se veían tantos sobre las bardas ni durmiendo en los techos. Varios niños lloraron al saber que sus mascotas quizá habían terminado en ese refrigerador. Kila fue lo único que me quedó. La empecé a cuidar más que nunca.

23:10 Le cerraba todas las salidas por la noche, sellé la rendija de la ventana del patio con un pedazo de triplay y puse malla metálica en el espacio por donde solía salir a tomar el sol. Al principio maullaba mucho, se notaba que extrañaba a Mango, que buscaba su olor en los rincones. Dormía sobre su misma cobija, la olía, se enroscaba encima como si quisiera estar con él. Me partía el alma verla así. No volví a dejar comida afuera. Cada sonido en la madrugada me ponía los nervios de punta. A veces me despertaba y revisaba la puerta trasera, las ventanas, la azotea. Clara, la vecina que me acompañó desde el inicio, me dijo que habían intentado sacar más información de la mujer, pero que apenas hablaba. Solo repetía frases sin sentido, cosas como que los gatos veían más allá del velo, que eran puentes, que ella los liberaba del cuerpo para que pudieran cruzar, que los alimentaba con su devoción, con su carne.

24:13 Frases así, sin lógica, pero con una convicción que helaba la sangre. Yo no pude volver a pasar por esa calle, aunque la casa sigue ahí, no he vuelto a mirarla, ni siquiera de reojo. Nunca encontré a Mango, en el fondo ya sé lo que le pasó, solo me queda imaginar que no sufrió, que tal vez fue rápido, que no lo atraparon de forma cruel, pero sé que eso no es cierto.