BRUJA GUAJOLOTE En El Rancho Historias De Terror - REDE
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0:02 Lo que voy a contar me lo relató mi madre cuando crecÃ, porque yo era apenas un niño de tres años y no me acuerdo de aquellos dÃas. VivÃamos en un rancho apartado, rodeados de monte y parcelas de temporal. La vida era tranquila, aunque dura, siempre pendiente de los animales y las cosechas. Una mañana mi abuelo regresó del pueblo con un guajolote negro que habÃa conseguido en un intercambio. DecÃa que le habÃa salido barato. que lo traÃa para engordarlo y después tener carne segura para los meses de fiesta el animal era grande de plumas brillantes lo llevaron al patio apenas el guajolote piso la tierra extendió las alas y soltó un sonido ronco yo siendo un niño pequeño corrà hacia él con la curiosidad inocente de tocarle las plumas Mi madre me gritó que no me acercara, pero ya estaba a unos pasos cuando el animal me lanzó el primer ataque. Saltó sobre mà con las alas abiertas, picoteando con el pico duro y rascándome con las patas.
1:05 Caà al suelo llorando, con la cara arañada y los brazos cubiertos de rasguños. Mi abuelo corrió. Lo sujetó con fuerza y lo apartó de mÃ, mientras mi madre me levantaba en brazos y revisaba mis heridas. El guajolote seguÃa agitado, con las plumas erizadas. Eso fue lo que más sorprendió a mis abuelos. Decidieron no matarlo en ese momento, aunque la rabia de mi madre era grande. Mi abuelo dijo que seguramente se trataba de un guajolote bravo, de esos que no están acostumbrados al trato con la gente. Aseguró que podÃa apaciguarlo con el tiempo, siempre y cuando lo mantuviera bajo control. Asà que tomó un mecate y lo amarró de una pata, llevándolo hasta el tronco de un árbol grande que estaba en el patio. Debajo de ese árbol le puso agua en una batea y un poco de maÃz en una cazuela vieja. El animal quedó ahÃ, con espacio para caminar en cÃrculo, pero sin poder acercarse a la casa ni a nosotros. Aún asÃ, mi madre no dejaba que yo me arrimara, ni siquiera cuando el guajolote parecÃa tranquilo. Los dÃas siguientes, cada vez que alguien se acercaba al árbol, el guajolote abrÃa las alas y soltaba un gruñido ronco, golpeando con fuerza el suelo con las patas. No comÃa frente a nosotros, esperaba a que nos alejáramos para picotear el maÃz. Si algún perro del rancho se aproximaba, el animal se erizaba y se lanzaba contra ellos, haciéndolos huir entre chillidos. Nadie habÃa visto un
2:38 guajolote comportarse asÃ. Mi abuelo, acostumbrado a tratar con animales de todo tipo, intentaba calmarlo hablando en voz baja, echándole maÃz desde lejos, pero el guajolote no mostraba cambio. Se mantenÃa inquieto girando en cÃrculos con el mecate tenso, como si estuviera esperando el momento de soltarse. Mientras tanto, yo seguÃa con rasguños que tardaron dÃas en sanar. Mi madre contaba que cada vez que veÃa al guajolote me ponÃa a llorar sin razón, aún desde dentro de la casa. DecÃa que, aunque tenÃa apenas tres años, parecÃa reconocer que ese animal me habÃa querido lastimar de verdad, no como cualquier picotazo de corral. La familia empezó a comentar lo raro que resultaba todo. Mis tÃos, cuando venÃan de visita, decÃan que un guajolote nunca debÃa ser tan agresivo. que aquello no era normal. Algunos sugerÃan matarlo de inmediato, pero mi abuelo insistÃa en darle tiempo, confiando en que con el encierro y el alimento terminarÃa acostumbrándose. Las cosas no fueron asÃ. El guajolote negro no se calmó nunca. Cada tarde, cuando caÃa el sol, comenzaba a caminar de un lado a otro debajo del árbol, arrastrando el mecate con un sonido seco contra la tierra. A veces levantaba el pico hacia la casa y soltaba un grasnido grave que resonaba extraño en el aire. Mi madre aseguraba que esos sonidos
4:08 no eran de un ave común, que parecÃan un lamento. Con los dÃas, la tensión en el rancho fue creciendo. Nadie confiaba en el animal y aunque seguÃa atado, daba la impresión de que en cualquier momento se soltarÃa para lanzarse contra alguien más. Yo siendo tan pequeño era mantenido lejos, pero aún asà recuerdo lo que mi madre decÃa, que cada vez que yo pasaba cerca de la ventana, el guajolote me seguÃa con la mirada. Ese fue el principio de una historia que mis abuelos nunca olvidaron, porque lo que parecÃa un simple animal de corral pronto se convirtió en una presencia que cambió la calma de la casa. El guajolote negro no se calmó nunca. Los dÃas pasaban y seguÃa mostrando la misma fiereza, siempre con las alas abiertas y el gruñido ronco que ponÃa nerviosos hasta a los perros, porque no se acercaban para nada. Mi abuelo, que era un hombre paciente, se aferraba a la idea de que con el tiempo el animal se acostumbrarÃa. DecÃa que tarde o temprano el coraje se le quitarÃa, que no habÃa bestia que no cediera cuando encontraba comida y techo.
5:20 Una noche, mientras todos dormÃan, mi abuelo se levantó al baño y de pura casualidad miró por una ventana que daba hacia la dirección donde estaba el guajolote. Afuera todo estaba oscuro. Entonces vio a una mujer de pie bajo el árbol. No podÃa distinguirle el rostro ni la ropa con claridad, solo alcanzaba a notar la silueta erguida y quieta. Lo extraño era que el guajolote no estaba ahÃ. El animal que siempre dormÃa al pie del tronco habÃa desaparecido, y en su lugar estaba aquella figura. Mi abuelo se quedó quieto, mirando. Pensó que quizá alguna vecina habÃa entrado al patio por accidente, pero a esas horas no habÃa razón para que nadie anduviera allÃ. Decidió salir para preguntar quién era y qué buscaba. Tomó su sombrero y abrió la puerta despacio, con la intención de no espantarla. El tiempo que tardó en cruzar la sala y salir al corredor no fueron más de unos segundos, pero cuando puso un pie afuera, la mujer ya no estaba. Solo estaba el guajolote de nuevo, amarrado a la pata del árbol, con las alas plegadas y la mirada fija en dirección a la casa. Mi abuelo tragó saliva sin entender lo que habÃa visto. Avanzó un par de pasos hacia el árbol, alumbrando apenas con la luz que entraba del cielo, pero no encontró rastro de nadie. Dio una vuelta con la vista, buscando en el patio o entre los matorrales cercanos. El
6:51 único sonido era el soplo del viento contra las láminas del corral. Sintió un golpeteo rápido, se escuchó detrás de él, como si alguien corriera entre la tierra suelta del patio. No era un ruido lejano, los pasos pasaron tan cerca que hasta pudo sentir la vibración en el suelo. El corazón se le aceleró al escuchar como algo cruzaba justo frente a él y se perdÃa hacia los matorrales. Giró la cabeza de inmediato, pero no vio a nadie, ni una sombra ni un destello, solo la sensación de que algo invisible acababa de pasar rozándolo. El guajolote mientras tanto seguÃa inmóvil, mirando hacia la casa, como si nada hubiera ocurrido.
7:35 Mi abuelo regresó adentro. No quiso despertar a mi abuela ni a mi madre, pero esa madrugada apenas pudo dormir. Desde entonces, aunque no lo reconocÃa de frente, comenzó a mirar al guajolote con otros ojos. A partir de esa noche, mi abuelo evitaba salir solo después del anochecer. Y cada vez que miraba al animal parecÃa estar buscando respuestas que nunca encontró. Para mi madre, que me contaba todo esto años después, ese fue el punto en que el guajolote negro dejó de ser simplemente un animal bravo. Mi madre siempre decÃa que lo peor vino después de aquella noche en que mi abuelo vio a la mujer bajo el árbol.
8:18 El guajolote negro comenzó a comportarse distinto, como si de verdad hubiera algo más dentro de él. Ya no dormÃa en silencio. Cada madrugada se escuchaban sus aleteos furiosos, los golpes de las patas contra la tierra y ese grasnido grave que parecÃa un lamento humano. Los perros del rancho dejaron de acercarse al patio y hasta las vacas del corral se agitaban cada vez que el animal comenzaba a moverse. Mi abuela rogaba que lo mataran, que lo acabaran de una vez, pero mi abuelo se resistÃa. DecÃa que si lo habÃa traÃdo al rancho, era su responsabilidad cuidarlo hasta el final. Sin embargo, la tensión crecÃa con cada dÃa que pasaba, y todos en la casa sentÃan que algo malo iba a ocurrir. Una noche el viento soplaba fuerte.
9:09 Mi madre me contó que escuchó el primer ruido. Dijo que sonó como si el mecate se hubiera reventado. Un chasquido seco seguido de un batir de alas. Mi abuelo se levantó de inmediato. tomó el machete que siempre tenÃa junto a la puerta y salió corriendo al patio allà estaba el guajolote libre con las alas abiertas y las plumas erizadas caminaba despacio hacia la casa con los ojos brillando como si tuvieran luz propia mi abuelo gritó para espantarlo pero el animal no retrocedió al contrario avanzó más rápido y de un salto se le lanzó encima la pelea fue brutal Mi abuelo blandÃa el machete mientras el guajolote lo atacaba con el pico y las patas. Mi madre y mi abuela gritaban desde la puerta, sin atreverse a salir viendo cómo el animal lo tiraba al suelo.
10:03 El guajolote le picoteó el ojo izquierdo con tanta fuerza que mi abuelo soltó un alarido que se escuchó hasta en el corral. La sangre le cubrió la cara de inmediato, y el machete casi se le escapa de las manos. Aún asÃ, en un último esfuerzo, alzó el brazo y dio un tajo sobre el animal. El filo atravesó al guajolote de lado a lado. El cuerpo cayó retorciéndose, lanzando un grasnido que no era de ave. El animal se agitó unos segundos más, golpeando con las alas, hasta que finalmente quedó inmóvil bajo el árbol donde habÃa estado amarrado. Mi abuelo se arrastró de rodillas, con la mano en el rostro. Mi madre corrió entonces. Lo tomó de los hombros y lo ayudó a entrar. El ojo sangraba demasiado, pero no lo habÃa perdido. TenÃa el párpado abierto y la vista borrosa, como si algo hubiera intentado arrancárselo sin lograrlo del todo. pasaron horas limpiándole la herida mientras mi abuela lloraba en silencio al amanecer salieron a ver el cuerpo del guajolote estaba ahà tirado en el mismo sitio donde habÃa caÃdo pero lo extraño fue que ya no parecÃa un animal normal Su tamaño habÃa disminuido, las plumas estaban opacas y el cuerpo parecÃa más liviano, como si se hubiera vaciado por dentro. Nadie quiso tocarlo demasiado. Lo metieron en un costal y lo enterraron lejos, en un barranco detrás del rancho. Mi abuelo vivió muchos años después
11:34 de eso, pero siempre cargó la cicatriz en el ojo izquierdo. No lo perdió, aunque la vista le quedó dañada. Yo crecà escuchando esa historia una y otra vez, y aunque era apenas un niño cuando ocurrió, la marca quedó en la memoria de toda mi familia. La herida en el ojo de mi abuelo fue la prueba de que no era un invento ni un rumor.
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