Arañazos De Una BRUJA Historias De Terror - REDE
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0:02 Una madrugada recuerdo que mi hijo me llamó con un grito. Me levanté rápido de la cama y fui a su cuarto. Estaba sentado contra la pared con las rodillas al pecho y los ojos muy abiertos. Me dijo que habÃa sentido unas manos flacas salir desde abajo de la cama y que lo habÃan querido jalar de los pies. Encendà la luz y revisé todo. Movà la colcha, revisé el suelo y hasta me arrodillé para mirar debajo. No habÃa nada más que polvo y un par de zapatos viejos. Le dije que no se preocupara, que a veces la imaginación lo hacÃa sentir cosas cuando estaba medio dormido. Lo arropé de nuevo y me quedé un rato hasta que cerró los ojos. Al dÃa siguiente lo vi cansado, casi sin ganas de desayunar. Le pregunté si habÃa dormido bien y solo movió la cabeza diciendo que no. En la escuela me llamaron en la tarde para decirme que estaba distraÃdo, que se quedaba mirando por la ventana y parecÃa ido.
1:00 Esa noche lo escuché hablar solo en la recámara. Me acerqué despacio y oà que pedÃa que lo dejaran, que él no querÃa. Entré sin hacer ruido. La luz estaba apagada, pero la luna entraba por la ventana y alcanzaba a iluminar parte de la cama, él pegado a la pared con las piernas dobladas. Me dijo que otra vez habÃa visto las manos, que habÃan salido de la oscuridad de abajo de la cama y que habÃan intentado tocarlo. Revisé de nuevo con calma, esta vez levantando el colchón y jalando la base de madera para asegurarme de que nada raro estuviera escondido. El espacio estaba vacÃo. Le expliqué que a veces los nervios y los sueños hacÃan sentir que alguien lo tocaba Pero me contestó que él estaba despierto cuando pasó. Durante la tercera noche me quedé a dormir en su cuarto. Puse una silla junto a la cama y ahà me acomodé, decidida a demostrarle que todo estaba en su cabeza. Pasó la mayor parte de la madrugada tranquilo, hasta que cerca de las 3 de la mañana lo vi mover las piernas como si se defendiera de algo. Se levantó asustado y gritó que lo estaban agarrando. Me agaché enseguida para comprobar y en ese momento sentà un roce en mis tobillos. Fue rápido, como unas uñas largas que rasparon la piel. Me asusté y retiré las piernas de golpe.
2:25 Encendà la lámpara y vi que tenÃa marcas rojas en la piel, varias lÃneas delgadas que ardÃan como si me hubieran arañado con fuerza. El niño me miraba con los ojos asustados. Me dijo que eso mismo le pasaba a él todas las noches, que sentÃa esas manos buscando jalarlo hacia abajo. Me quedé sin decir nada, muy sorprendida y asustada, porque por primera vez entendà que no eran mentira. esa madrugada no dormimos más lo abrace en la sala hasta que amaneció cada ruido dentro de la casa lo sentÃa con miedo en ese cuarto habÃa algo después de aquella madrugada me quedó claro que el niño no estaba inventando nada las marcas en mis tobillos ardÃan como si todavÃa tuviera las uñas pegadas a la piel pase todo el dÃa tratando de pensar en una explicación pero ninguna tenÃa sentido No habÃa animales en la casa que pudieran haber hecho eso, y la manera en que las lÃneas se marcaban en la piel era idéntica a lo que él describÃa.
3:31 Lo llevé conmigo a todas partes esa mañana porque no quise dejarlo solo ni un minuto. Cuando regresamos por la tarde, la casa se sentÃa diferente. Caminé por cada cuarto y me quedé un buen rato en su recámara. El aire estaba más frÃo, como si hubiera corriente, aunque las ventanas estaban cerradas. Movà la cama y revisé todo de nuevo. Levanté las cobijas, las sábanas y hasta quité el colchón. No habÃa nada, pero el espacio debajo de la cama parecÃa más oscuro de lo normal, como si absorbiera la poca luz que entraba. Esa noche decidà que dormirÃamos juntos en mi cuarto. Puse el colchón del niño a un lado de mi cama y le dije que se recostara ahÃ.
4:17 Se quedó tranquilo un rato, pero cerca de la medianoche se empezó a mover inquieto. Me dijo que desde ahà también veÃa algo. Según él, en la esquina de mi cuarto se formaba una sombra larga que bajaba hasta el piso, y de ese lugar salÃan los mismos brazos que lo buscaban cada madrugada. Yo encendà la lámpara de inmediato y no habÃa nada, pero lo miré temblar, encogido en el colchón, y no tuve valor de apagar la luz hasta que salió el sol. Los dÃas siguientes fueron cada vez peores. El niño comenzó a tener marcas nuevas en los tobillos, algunas más profundas, como si lo hubieran sujetado con más fuerza.
4:57 Yo me despertaba sobresaltada y lo veÃa retorcerse, tratando de soltar las piernas de algo invisible. Llegué a arañar el piso de la desesperación, queriendo sacar lo que estuviera ahÃ, pero nunca encontraba nada. El cansancio se me acumulaba en la cabeza y hasta el trabajo empecé a descuidarlo, porque no lograba dormir más de dos o tres horas seguidas. Una madrugada lo escuché llorar con más fuerza que antes. Me levanté corriendo y lo vi a medio metro fuera de su colchón, arrastrado hacia abajo de mi cama. Lo jalé de los brazos con toda mi fuerza y sentà una resistencia, como si algo tirara del otro lado. El forcejeo duró segundos que parecieron interminables, hasta que logré sacarlo.
5:45 TenÃa los tobillos llenos de lÃneas rojas, algunas sangrando. Me quedé paralizada porque lo habÃa visto moverse hacia abajo. Sin que él pudiera controlarlo. Esa noche comprendà que ya no era suficiente con estar a su lado. Empecé a notar detalles extraños dentro de la casa. Por las noches los muebles crujÃan aunque nadie los tocara. Las puertas se movÃan apenas un poco como si fueran empujadas desde dentro y el aire cambiaba de temperatura bruscamente. En el cuarto del niño, sobre todo, se escuchaban ruidos leves de uñas arrastrándose en el piso de madera. Cuando me acercaba con una lámpara, las marcas seguÃan ahÃ, como arañazos nuevos que antes no estaban.
6:28 Decidà mudarlo a la sala para dormir. Puse su colchón junto al mÃo en el suelo y dejé la televisión encendida en silencio para no sentir tanta oscuridad. Durante dos noches logramos descansar un poco más, aunque él seguÃa intranquilo y se despertaba cada cierto tiempo. Me dijo que desde el sofá veÃa figuras cruzar la sala, sombras que se acercaban hasta la pared y se quedaban ahÃ, como esperando. Yo no las veÃa, pero su manera de encogerse con la mirada fija en un punto... me hacÃa pensar que hablaba en serio al tercer dÃa cuando volvà del trabajo encontré su recámara con la puerta abierta estoy segura de haberla dejado cerrada el colchón estaba movido como si alguien lo hubiera jalado hacia el centro del cuarto revisé el piso y encontré más arañazos profundos como si varias manos hubieran intentado subir desde debajo de la cama Cerré la puerta con llave y decidà que no volverÃamos a usar ese cuarto. Las noches siguientes fueron un tormento. Aunque estábamos en la sala, los ruidos seguÃan. El niño despertaba con moretones en las piernas, además de las marcas de uñas.
7:42 yo también empecé a sentir roces en mis tobillos cada vez más seguidos a veces despertaba con la piel irritada con lÃneas delgadas que ardÃan la primera vez pensé que lo habÃa soñado pero al ver la sangre en las sábanas comprendà que lo mismo me estaba alcanzando el cansancio nos tenÃa al borde pasábamos los dÃas con sueño acumulado sin apetito y con miedo de la siguiente madrugada Me sorprendÃa cómo el niño todavÃa lograba ir a la escuela, aunque siempre lo notaban distraÃdo. Yo inventaba excusas para justificarlo, pero sabÃa que no iba a poder sostenerlo mucho tiempo más.
8:22 Una noche, cerca de las tres, escuché un ruido claro de arrastre en la sala. Abrà los ojos y vi cómo el colchón del niño se movÃa lentamente hacia el sillón. Lo jalé con todas mis fuerzas gritando su nombre y el colchón se detuvo de golpe. El niño lloraba y decÃa que sentÃa las manos otra vez. Lo revisé y tenÃa marcas frescas en los tobillos, sangrando como si acabaran de hacerlo. El miedo se me convirtió en rabia. Agarré la escoba y metà el palo debajo del sillón, convencida de que tenÃa que sacar lo que fuera. Golpeé varias veces el suelo y sentà un contacto duro, como si hubiera topado con algo sólido que se apartaba rápido. El niño me miró aterrado, dijo que lo habÃa visto, que desde su colchón alcanzó a distinguir las manos flacas jalando hacia adentro. Me quedé helada porque yo no habÃa visto nada.
9:17 pero sà sentà el choque del palo con algo que no estaba vacÃo. Las madrugadas se volvieron insoportables. Cada vez los ataques eran más agresivos. Una ocasión lo desperté a tiempo cuando ya lo tenÃan medio cuerpo debajo del sofá, como si lo hubieran arrastrado de golpe. Sus piernas quedaron llenas de rasguños y mis brazos igual, porque me aferré a él con todo mi cuerpo para sacarlo. Terminé sangrando también. Intenté mudarnos a casa de mi hermana, pero en cuanto le conté lo que estaba pasando, me dijo que exageraba, que los niños inventaban cosas y que yo estaba sugestionada. No insistà más porque sabÃa que no me creerÃa hasta ver las marcas en la piel y no tenÃa fuerzas para discutir. Volvimos a casa y me aseguré de mantenernos en la sala con todas las luces encendidas. El niño empezó a hablar dormido. DecÃa que lo dejaran ir, que él no querÃa bajar. En una ocasión se levantó sonámbulo y caminó directo hacia su cuarto, con los brazos extendidos como si lo llamaran. Lo alcancé antes de que cruzara la puerta, y al detenerlo sentà un aire helado salir de ahà dentro, como si alguien hubiera abierto una ventana en plena madrugada de invierno. Lo cargué y lo llevé a la sala, pero tardó varios minutos en despertar por completo.
10:41 En la última semana las marcas se intensificaron, ya no solo en los tobillos, también en sus muslos y rodillas, como si varias manos flacas hubieran intentado subir por su cuerpo. Yo también terminé con moretones y rasguños en las piernas, aunque no siempre recordaba haber sentido algo. Era como si me hubieran tocado mientras estaba inconsciente. Una madrugada sentà como me jalaban directo de los pies. Abrà los ojos y vi que mi colchón se estaba moviendo, igual que habÃa pasado con el de mi hijo. Grité con todas mis fuerzas y me aferré al borde del sofá para no ser arrastrada. Sentà los dedos clavados en mis tobillos, uñas largas que rasgaban la piel. Luché con todas mis fuerzas, pateando, hasta que el contacto se soltó. Me quedé jadeando, con las piernas sangrando y el niño abrazado a mÃ, temblando igual que yo. Ese fue el punto en que entendà que ya no solo lo buscaban a él, ahora también me tenÃan tomada a mÃ, y la casa ya no nos dejaba descansar en ningún rincón. Esa madrugada después de que me jalaran a mÃ, ya no tuve dudas de que todo habÃa llegado a un lÃmite. El niño y yo nos quedamos abrazados en el suelo, con las piernas sangrando sin atrevernos a volver a acostarnos. Sentà que, si seguÃamos ahÃ, tarde o temprano nos iban a arrastrar por completo hacia abajo. La sala ya no era segura, ni el sofá, ni el colchón. Todo en la casa estaba contaminado.
12:13 Tomé la decisión de sacar al niño de ahÃ, aunque fuera de madrugada. Lo cargué todavÃa con los pies heridos y salà con él en brazos. Afuera la noche estaba callada, pero ese silencio me pareció más llevadero que quedarme adentro. Me fui directo al coche y nos subimos. Arranqué con las manos temblando, sin rumbo fijo, solo con la idea de poner distancia entre nosotros y esa casa. Manejé hasta que amaneció. Paramos en una gasolinera y lo desperté para que entrara conmigo al baño a limpiarnos un poco. TenÃamos los pantalones manchados de sangre. Lo vi en el espejo, la piel de los tobillos desgarrada y los ojos hinchados de no dormir. Me preguntó si Ãbamos a regresar. yo le dije que no que ya no volverÃamos a dormir ahà busqué a una amiga que vivÃa en otra colonia y le pedà que nos recibiera unos dÃas no le conté todo solo dije que estábamos teniendo problemas en la casa y que necesitábamos un espacio nos dejó quedarnos en un cuarto que tenÃa libre esa primera noche en su casa sentà un alivio que no recordaba dormimos juntos en un colchón y aunque el niño se movió inquieto nadie lo tocó Despertamos con las piernas tal cual, sin nuevas marcas.
13:30 Eso me confirmó que la casa estaba tomada por algo. No era una cuestión de sueños ni de imaginación. Allá adentro habÃa algo que buscaba arrastrarnos. Pasaron dos noches tranquilas y hasta entonces pude pensar con más calma. Decidà regresar a la casa solo durante el dÃa para recoger lo esencial. No querÃa perder todo, pero tampoco arriesgarme a pasar otra noche. Cuando volvÃ, sentà un rechazo inmediato al abrir la puerta. Caminé por la sala y el colchón seguÃa tirado donde lo habÃamos dejado, con manchas de sangre secas. Al acercarme a la recámara del niño, la llave estaba forzada. No entendà cómo se habÃa abierto sola si yo la habÃa cerrado con seguro. Entre despacio y el cuarto estaba peor.
14:17 El colchón estaba completamente de lado apoyado contra la pared y en el piso justo debajo de la cama se veÃa un hueco. El piso de madera tenÃa tablas levantadas, como si las hubieran empujado desde abajo. Miré con cuidado y noté que no era un hueco natural, sino un espacio abierto hacia la tierra. La oscuridad se extendÃa más allá de lo que alcanzaba mi linterna, como si alguien hubiera cavado un túnel largo. En los bordes habÃa marcas de uñas y pedazos de piel reseca. Sentà un escalofrÃo al comprender que aquello no era algo que aparecÃa de la nada, sino que salÃa desde abajo. Buscando subir, no me atrevà a revisar más. Cerré la puerta y me fui de inmediato. Ni siquiera recogà todo lo que habÃa planeado.
15:04 Ese mismo dÃa hablé con el dueño de la casa y le dije que no pensaba seguir ahà ni un dÃa más. No le expliqué nada, solo que la propiedad tenÃa problemas de cimientos. Entregué las llaves y me fui con la certeza de que jamás volverÃa. En la casa de mi amiga, poco a poco, las heridas del niño fueron sanando. Tardó semanas en dejar de hablar de manos que lo buscaban. Yo también quedé marcada, con cicatrices visibles en los tobillos que aún arden cuando pienso en lo que pasamos. Nunca volvimos a saber qué habÃa bajo aquel cuarto, ni quise enterarme. Solo sé que lo que vivÃa allà no era humano, que subÃa cada noche buscando arrastrar a alguien más hacia su túnel. Conseguà otra vivienda tiempo después y nos mudamos. El niño logró dormir mejor. aunque todavÃa despertaba algunas noches gritando que lo sujetaban de las piernas.
15:58 Lo abrazaba y le recordaba que ya no estábamos en esa casa, que nadie iba a llevárselo. Con el tiempo, esos recuerdos fueron quedando más atrás, aunque nunca desaparecieron del todo.
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