Aug. 16, 2025

Arañazos De Una BRUJA Historias De Terror - REDE

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REDE (Relatos Desclasificados)
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0:02 Una madrugada recuerdo que mi hijo me llamó con un grito. Me levanté rápido de la cama y fui a su cuarto. Estaba sentado contra la pared con las rodillas al pecho y los ojos muy abiertos. Me dijo que había sentido unas manos flacas salir desde abajo de la cama y que lo habían querido jalar de los pies. Encendí la luz y revisé todo. Moví la colcha, revisé el suelo y hasta me arrodillé para mirar debajo. No había nada más que polvo y un par de zapatos viejos. Le dije que no se preocupara, que a veces la imaginación lo hacía sentir cosas cuando estaba medio dormido. Lo arropé de nuevo y me quedé un rato hasta que cerró los ojos. Al día siguiente lo vi cansado, casi sin ganas de desayunar. Le pregunté si había dormido bien y solo movió la cabeza diciendo que no. En la escuela me llamaron en la tarde para decirme que estaba distraído, que se quedaba mirando por la ventana y parecía ido.

1:00 Esa noche lo escuché hablar solo en la recámara. Me acerqué despacio y oí que pedía que lo dejaran, que él no quería. Entré sin hacer ruido. La luz estaba apagada, pero la luna entraba por la ventana y alcanzaba a iluminar parte de la cama, él pegado a la pared con las piernas dobladas. Me dijo que otra vez había visto las manos, que habían salido de la oscuridad de abajo de la cama y que habían intentado tocarlo. Revisé de nuevo con calma, esta vez levantando el colchón y jalando la base de madera para asegurarme de que nada raro estuviera escondido. El espacio estaba vacío. Le expliqué que a veces los nervios y los sueños hacían sentir que alguien lo tocaba Pero me contestó que él estaba despierto cuando pasó. Durante la tercera noche me quedé a dormir en su cuarto. Puse una silla junto a la cama y ahí me acomodé, decidida a demostrarle que todo estaba en su cabeza. Pasó la mayor parte de la madrugada tranquilo, hasta que cerca de las 3 de la mañana lo vi mover las piernas como si se defendiera de algo. Se levantó asustado y gritó que lo estaban agarrando. Me agaché enseguida para comprobar y en ese momento sentí un roce en mis tobillos. Fue rápido, como unas uñas largas que rasparon la piel. Me asusté y retiré las piernas de golpe.

2:25 Encendí la lámpara y vi que tenía marcas rojas en la piel, varias líneas delgadas que ardían como si me hubieran arañado con fuerza. El niño me miraba con los ojos asustados. Me dijo que eso mismo le pasaba a él todas las noches, que sentía esas manos buscando jalarlo hacia abajo. Me quedé sin decir nada, muy sorprendida y asustada, porque por primera vez entendí que no eran mentira. esa madrugada no dormimos más lo abrace en la sala hasta que amaneció cada ruido dentro de la casa lo sentía con miedo en ese cuarto había algo después de aquella madrugada me quedó claro que el niño no estaba inventando nada las marcas en mis tobillos ardían como si todavía tuviera las uñas pegadas a la piel pase todo el día tratando de pensar en una explicación pero ninguna tenía sentido No había animales en la casa que pudieran haber hecho eso, y la manera en que las líneas se marcaban en la piel era idéntica a lo que él describía.

3:31 Lo llevé conmigo a todas partes esa mañana porque no quise dejarlo solo ni un minuto. Cuando regresamos por la tarde, la casa se sentía diferente. Caminé por cada cuarto y me quedé un buen rato en su recámara. El aire estaba más frío, como si hubiera corriente, aunque las ventanas estaban cerradas. Moví la cama y revisé todo de nuevo. Levanté las cobijas, las sábanas y hasta quité el colchón. No había nada, pero el espacio debajo de la cama parecía más oscuro de lo normal, como si absorbiera la poca luz que entraba. Esa noche decidí que dormiríamos juntos en mi cuarto. Puse el colchón del niño a un lado de mi cama y le dije que se recostara ahí.

4:17 Se quedó tranquilo un rato, pero cerca de la medianoche se empezó a mover inquieto. Me dijo que desde ahí también veía algo. Según él, en la esquina de mi cuarto se formaba una sombra larga que bajaba hasta el piso, y de ese lugar salían los mismos brazos que lo buscaban cada madrugada. Yo encendí la lámpara de inmediato y no había nada, pero lo miré temblar, encogido en el colchón, y no tuve valor de apagar la luz hasta que salió el sol. Los días siguientes fueron cada vez peores. El niño comenzó a tener marcas nuevas en los tobillos, algunas más profundas, como si lo hubieran sujetado con más fuerza.

4:57 Yo me despertaba sobresaltada y lo veía retorcerse, tratando de soltar las piernas de algo invisible. Llegué a arañar el piso de la desesperación, queriendo sacar lo que estuviera ahí, pero nunca encontraba nada. El cansancio se me acumulaba en la cabeza y hasta el trabajo empecé a descuidarlo, porque no lograba dormir más de dos o tres horas seguidas. Una madrugada lo escuché llorar con más fuerza que antes. Me levanté corriendo y lo vi a medio metro fuera de su colchón, arrastrado hacia abajo de mi cama. Lo jalé de los brazos con toda mi fuerza y sentí una resistencia, como si algo tirara del otro lado. El forcejeo duró segundos que parecieron interminables, hasta que logré sacarlo.

5:45 Tenía los tobillos llenos de líneas rojas, algunas sangrando. Me quedé paralizada porque lo había visto moverse hacia abajo. Sin que él pudiera controlarlo. Esa noche comprendí que ya no era suficiente con estar a su lado. Empecé a notar detalles extraños dentro de la casa. Por las noches los muebles crujían aunque nadie los tocara. Las puertas se movían apenas un poco como si fueran empujadas desde dentro y el aire cambiaba de temperatura bruscamente. En el cuarto del niño, sobre todo, se escuchaban ruidos leves de uñas arrastrándose en el piso de madera. Cuando me acercaba con una lámpara, las marcas seguían ahí, como arañazos nuevos que antes no estaban.

6:28 Decidí mudarlo a la sala para dormir. Puse su colchón junto al mío en el suelo y dejé la televisión encendida en silencio para no sentir tanta oscuridad. Durante dos noches logramos descansar un poco más, aunque él seguía intranquilo y se despertaba cada cierto tiempo. Me dijo que desde el sofá veía figuras cruzar la sala, sombras que se acercaban hasta la pared y se quedaban ahí, como esperando. Yo no las veía, pero su manera de encogerse con la mirada fija en un punto... me hacía pensar que hablaba en serio al tercer día cuando volví del trabajo encontré su recámara con la puerta abierta estoy segura de haberla dejado cerrada el colchón estaba movido como si alguien lo hubiera jalado hacia el centro del cuarto revisé el piso y encontré más arañazos profundos como si varias manos hubieran intentado subir desde debajo de la cama Cerré la puerta con llave y decidí que no volveríamos a usar ese cuarto. Las noches siguientes fueron un tormento. Aunque estábamos en la sala, los ruidos seguían. El niño despertaba con moretones en las piernas, además de las marcas de uñas.

7:42 yo también empecé a sentir roces en mis tobillos cada vez más seguidos a veces despertaba con la piel irritada con líneas delgadas que ardían la primera vez pensé que lo había soñado pero al ver la sangre en las sábanas comprendí que lo mismo me estaba alcanzando el cansancio nos tenía al borde pasábamos los días con sueño acumulado sin apetito y con miedo de la siguiente madrugada Me sorprendía cómo el niño todavía lograba ir a la escuela, aunque siempre lo notaban distraído. Yo inventaba excusas para justificarlo, pero sabía que no iba a poder sostenerlo mucho tiempo más.

8:22 Una noche, cerca de las tres, escuché un ruido claro de arrastre en la sala. Abrí los ojos y vi cómo el colchón del niño se movía lentamente hacia el sillón. Lo jalé con todas mis fuerzas gritando su nombre y el colchón se detuvo de golpe. El niño lloraba y decía que sentía las manos otra vez. Lo revisé y tenía marcas frescas en los tobillos, sangrando como si acabaran de hacerlo. El miedo se me convirtió en rabia. Agarré la escoba y metí el palo debajo del sillón, convencida de que tenía que sacar lo que fuera. Golpeé varias veces el suelo y sentí un contacto duro, como si hubiera topado con algo sólido que se apartaba rápido. El niño me miró aterrado, dijo que lo había visto, que desde su colchón alcanzó a distinguir las manos flacas jalando hacia adentro. Me quedé helada porque yo no había visto nada.

9:17 pero sí sentí el choque del palo con algo que no estaba vacío. Las madrugadas se volvieron insoportables. Cada vez los ataques eran más agresivos. Una ocasión lo desperté a tiempo cuando ya lo tenían medio cuerpo debajo del sofá, como si lo hubieran arrastrado de golpe. Sus piernas quedaron llenas de rasguños y mis brazos igual, porque me aferré a él con todo mi cuerpo para sacarlo. Terminé sangrando también. Intenté mudarnos a casa de mi hermana, pero en cuanto le conté lo que estaba pasando, me dijo que exageraba, que los niños inventaban cosas y que yo estaba sugestionada. No insistí más porque sabía que no me creería hasta ver las marcas en la piel y no tenía fuerzas para discutir. Volvimos a casa y me aseguré de mantenernos en la sala con todas las luces encendidas. El niño empezó a hablar dormido. Decía que lo dejaran ir, que él no quería bajar. En una ocasión se levantó sonámbulo y caminó directo hacia su cuarto, con los brazos extendidos como si lo llamaran. Lo alcancé antes de que cruzara la puerta, y al detenerlo sentí un aire helado salir de ahí dentro, como si alguien hubiera abierto una ventana en plena madrugada de invierno. Lo cargué y lo llevé a la sala, pero tardó varios minutos en despertar por completo.

10:41 En la última semana las marcas se intensificaron, ya no solo en los tobillos, también en sus muslos y rodillas, como si varias manos flacas hubieran intentado subir por su cuerpo. Yo también terminé con moretones y rasguños en las piernas, aunque no siempre recordaba haber sentido algo. Era como si me hubieran tocado mientras estaba inconsciente. Una madrugada sentí como me jalaban directo de los pies. Abrí los ojos y vi que mi colchón se estaba moviendo, igual que había pasado con el de mi hijo. Grité con todas mis fuerzas y me aferré al borde del sofá para no ser arrastrada. Sentí los dedos clavados en mis tobillos, uñas largas que rasgaban la piel. Luché con todas mis fuerzas, pateando, hasta que el contacto se soltó. Me quedé jadeando, con las piernas sangrando y el niño abrazado a mí, temblando igual que yo. Ese fue el punto en que entendí que ya no solo lo buscaban a él, ahora también me tenían tomada a mí, y la casa ya no nos dejaba descansar en ningún rincón. Esa madrugada después de que me jalaran a mí, ya no tuve dudas de que todo había llegado a un límite. El niño y yo nos quedamos abrazados en el suelo, con las piernas sangrando sin atrevernos a volver a acostarnos. Sentí que, si seguíamos ahí, tarde o temprano nos iban a arrastrar por completo hacia abajo. La sala ya no era segura, ni el sofá, ni el colchón. Todo en la casa estaba contaminado.

12:13 Tomé la decisión de sacar al niño de ahí, aunque fuera de madrugada. Lo cargué todavía con los pies heridos y salí con él en brazos. Afuera la noche estaba callada, pero ese silencio me pareció más llevadero que quedarme adentro. Me fui directo al coche y nos subimos. Arranqué con las manos temblando, sin rumbo fijo, solo con la idea de poner distancia entre nosotros y esa casa. Manejé hasta que amaneció. Paramos en una gasolinera y lo desperté para que entrara conmigo al baño a limpiarnos un poco. Teníamos los pantalones manchados de sangre. Lo vi en el espejo, la piel de los tobillos desgarrada y los ojos hinchados de no dormir. Me preguntó si íbamos a regresar. yo le dije que no que ya no volveríamos a dormir ahí busqué a una amiga que vivía en otra colonia y le pedí que nos recibiera unos días no le conté todo solo dije que estábamos teniendo problemas en la casa y que necesitábamos un espacio nos dejó quedarnos en un cuarto que tenía libre esa primera noche en su casa sentí un alivio que no recordaba dormimos juntos en un colchón y aunque el niño se movió inquieto nadie lo tocó Despertamos con las piernas tal cual, sin nuevas marcas.

13:30 Eso me confirmó que la casa estaba tomada por algo. No era una cuestión de sueños ni de imaginación. Allá adentro había algo que buscaba arrastrarnos. Pasaron dos noches tranquilas y hasta entonces pude pensar con más calma. Decidí regresar a la casa solo durante el día para recoger lo esencial. No quería perder todo, pero tampoco arriesgarme a pasar otra noche. Cuando volví, sentí un rechazo inmediato al abrir la puerta. Caminé por la sala y el colchón seguía tirado donde lo habíamos dejado, con manchas de sangre secas. Al acercarme a la recámara del niño, la llave estaba forzada. No entendí cómo se había abierto sola si yo la había cerrado con seguro. Entre despacio y el cuarto estaba peor.

14:17 El colchón estaba completamente de lado apoyado contra la pared y en el piso justo debajo de la cama se veía un hueco. El piso de madera tenía tablas levantadas, como si las hubieran empujado desde abajo. Miré con cuidado y noté que no era un hueco natural, sino un espacio abierto hacia la tierra. La oscuridad se extendía más allá de lo que alcanzaba mi linterna, como si alguien hubiera cavado un túnel largo. En los bordes había marcas de uñas y pedazos de piel reseca. Sentí un escalofrío al comprender que aquello no era algo que aparecía de la nada, sino que salía desde abajo. Buscando subir, no me atreví a revisar más. Cerré la puerta y me fui de inmediato. Ni siquiera recogí todo lo que había planeado.

15:04 Ese mismo día hablé con el dueño de la casa y le dije que no pensaba seguir ahí ni un día más. No le expliqué nada, solo que la propiedad tenía problemas de cimientos. Entregué las llaves y me fui con la certeza de que jamás volvería. En la casa de mi amiga, poco a poco, las heridas del niño fueron sanando. Tardó semanas en dejar de hablar de manos que lo buscaban. Yo también quedé marcada, con cicatrices visibles en los tobillos que aún arden cuando pienso en lo que pasamos. Nunca volvimos a saber qué había bajo aquel cuarto, ni quise enterarme. Solo sé que lo que vivía allí no era humano, que subía cada noche buscando arrastrar a alguien más hacia su túnel. Conseguí otra vivienda tiempo después y nos mudamos. El niño logró dormir mejor. aunque todavía despertaba algunas noches gritando que lo sujetaban de las piernas.

15:58 Lo abrazaba y le recordaba que ya no estábamos en esa casa, que nadie iba a llevárselo. Con el tiempo, esos recuerdos fueron quedando más atrás, aunque nunca desaparecieron del todo.